D. ÁNGEL PÉREZ PUEYO, OBISPO DE BARBASTRO-MONZÓN: LA OFRENDA MÁS VALIOSA, ES DAR LA VIDA

A ninguno se nos escapa «eufemismos aparte» que lo verdaderamente sublime en esta nueva etapa que nos toca vivir a vosotros y a mí (obispo ya sexagenario) es ofrendar al Señor definitivamente la vida. No cabe duda que es la ofrenda más hermosa y la más valiosa. También la más difícil y arriesgada. Y sabemos de sobra que es preciso emplearse a fondo para poder estar a la altura.

Desde el cariño y la admiración que os tengo a la gran familia de “vida ascendente”, en este número cien del boletín digital “en camino”, desearía agradeceros el gran servicio que prestáis en nuestra Diócesis y animaros a que juntos encaremos esta etapa de la vida con dignidad, con elegancia, con serenidad, con madurez, con altura y profundidad de miras, con la confianza ilimitada en Aquél que sigue llenando de sentido vuestra vida. Es decir, que sigamos siendo, como hasta ahora, hombres y mujeres recios, ejemplares, y creyentes maduros.

La mayoría de la gente cuando llega este momento suele deprimirse porque con la jubilación laboral lo que sienten es que se les priva sobre todo del medio que les proporcionaba autoridad, prestigio, relevancia, significatividad, poder adquisitivo… es decir, los cimientos donde tenían sustentado el sentido de sus vidas. En nuestro caso, al menos teóricamente, tenemos claro que nuestra originalidad sigue estando en haber descubierto la vida, la vocación y la raíz de nuestro ser en Dios mismo. Por eso, esta etapa de la vida es también, sin duda, un verdadero tiempo de gracia y de fecundidad para quienes somos testigos de Jesucristo aunque hagamos menos cosas.

Si me lo permitís, os comparto siete constataciones que desenmascaran algunos tópicos culturales que creo que no son tan ciertos:

  • El activismo

Suele ser una tapadera que, en muchos casos, encubre el sinsentido de la vida personal (cfr. ¿recordáis aquel anuncio de la tv en la que salía un osito que se movía sin parar mientras le duraban las pilas? Se movía y se movía pero sin ningún sentido). Las personas de hoy, de ordinario, tienen ocupadas casi todas sus horas y, sin embargo, suele ocurrir que manifiestan sentirse insatisfechas, vacías, necesitadas de consuelo y de sentido en sus vidas.

La alternativa que os sugiero es que frente al dogmatismo del hacer y de lo pragmático logremos recuperar la cultura de la relación y de lo gratuito. La mejor manera en que uno puede aportar sentido a la vida es salir de sí mismo, preocuparse por el otro, dedicarse a amar a los demás, volcarse en la comunidad en la que uno vive.

  • El dejarse querer

En bastantes personas, especialmente de determinadas generaciones, existe la convicción de que si nos dejamos querer, nos hacemos más vulnerables o más blandas. Otras, en cambio, no se creen merecedoras del cariño que la gente les ofrece. Y, sin embargo, el amor es el único acto verdaderamente racional, objetivo, que te permite y reconoce nuestra propia libertad. Para muchos, constituye un verdadero desafío cómo responder a algunas de estas cuestiones capitales: ¿a quién he abierto realmente mi corazón?; ¿qué estoy aportando en mi hogar, parroquia, diócesis, residencia?; ¿me siento en paz conmigo mismo?; ¿estoy siendo todo lo humano que puedo?

  • La «autocompasión»

Es verdad que la vida no siempre resulta fácil. A veces uno está enfadado sin saber por qué, o se siente mal física o anímicamente, o se cree ignorado y abandonado, etc. Pase lo que pase, se debe evitar que uno consienta más de cinco minutos diarios de «autocompasión». Es bueno repetirse, una y otra vez, ¡quiero vivir con sentido y dignidad! Es necesario aprender a saborear la vida, a disfrutar de cada instante, de cada encuentro personal, de cada acontecimiento que uno vive… Es importante poner alma (pasión) en todo cuanto uno haga por el otro, saber relativizar las cosas superfluas y centrarse en lo que realmente es esencial.

  • La seguridad

Estamos demasiado apegados a las cosas materiales. Éstas, en el mejor de los casos, logran satisfacer nuestras necesidades pero no siempre proporcionan la felicidad. Sólo cuando uno ha estado gravemente enfermo o ha tenido una dificultad o un problema serio se llega a descubrir otra verdad. La pandemia del Covid19 nos ha ratificado que nuestra familia sigue siendo todavía hoy nuestra base más segura. Si no tenemos el apoyo, el amor, el cariño, la dedicación, que nos ofrece la familia, los amigos o la comunidad de fe, no tenemos gran cosa. El amor tiene una importancia suprema. Sin amor somos pájaros con alas rotas.

Nuestra familia, ojalá también nuestra parroquia o la residencia, nos ofrezca además de amor, seguridad. Nada en el mundo, que yo sepa, podrá ofrecernos esto. Ni el dinero, ni la fama, ni el trabajo ni el éxito personal…

  • El «desligarse»

En esta vida es muy importante aprender también a «desligarse» de las vivencias pasadas. Todo es temporal. Sin embargo, el desapego no significa que la vivencia no penetre, al contrario, hemos de dejar que nos penetre plenamente. Sólo así seremos capaces de dejarla. Si contenemos las emociones, si no permitimos llevarlas hasta el final, nunca podremos llegar a estar desligado, siempre estaremos demasiado ocupados con nuestros miedos. En cambio, si nos sumergimos hasta el final, las vivimos de una manera plena y completa podremos llegar a saber lo que nos está pasando, a aceptarlo, a vivirlo con paz y serenidad y a poder “soltarnos”.

  • La autonomía

En general, las personas mayores, por el estilo de vida que llevamos, solemos ser personas autónomas e independientes. Nos resistimos de ordinario, a que nos ayuden. Nos sentimos de menos, siguiendo las pautas culturales estándar, si nos tienen que bañar, vestir, dar de comer, llevar de un sitio a otro, incluso limpiarnos el «trasero». Y sin embargo, es preciso educarnos para llegar a disfrutar de nuestra dependencia. Es como volver a ser niños. Y todos sabemos ser niños. Lo llevamos dentro. Cuando nuestras madres nos tenían en brazos, nos acunaban, nos acariciaban… a nadie le parecía excesivo ni se cansaba de tanta ternura. Aun siendo tan pequeños sabíamos descubrir su amor y atención incondicional. También las personas mayores somos sensibles a la ternura y al final es ante lo único que reaccionamos.

  • La «juvenilización social»

Los medios de comunicación nos han logrado convencer que es lo único bueno y valioso. Y no es verdad. Todos hemos sido jóvenes y sabemos de los sueños, de las ilusiones, expectativas y proyectos que se tienen en esa época. También de las inquietudes, preocupaciones, penalidades, luchas que hay que librar para abrirse camino. Todas las etapas de la vida tienen su cara y su cruz. Todo depende de cómo se sepa uno situar en ella.

Es necesario, por tanto, que abrazar la etapa que nos toca vivir. Aceptar quiénes somos y gozar de ello. Encontrar lo que hay de bueno, de verdadero y de hermoso en nuestra vida tal como es ahora. Cuando uno añora el deseo de volver a ser joven, en definitiva, es porque su vida sigue estando insatisfecha, no se ha sentido realizada, no han encontrado sentido. Porque si uno ha encontrado sentido a su vida, no quiere volver atrás. Desea seguir creciendo, madurando, ver más y con mayor profundidad. Por otra parte, si luchamos contra el envejecimiento, vamos a ser siempre infelices porque nos va a llegar en todo caso (cfr. Mitch Albom, “martes con mi viejo profesor”, Ed. Maeva, Madrid 2000).

A la luz de todo esto, me gustaría compartiros a todos los lectores del boletín digital “en marcha”, por si os puede dar luz o criterios, cuáles son las convicciones de las que parto a la hora de diseñar un proyecto coherente y realista para las «personas mayores, jubiladas o enfermas» en la Diócesis de Barbastro-Monzón:

  1. Necesidad de afrontar de cara y sin eufemismos la última etapa de nuestra vida que no significa renunciar a seguir siendo y sentirnos verdaderamente hombres y mujeres creyentes. No circunscribir tampoco la jubilación al puro ámbito laboral o profesional (quehacer).
  2. Importancia de que haya hombres y mujeres ancianos en todas nuestras comunidades cristianas o en nuestras residencias que sean signo creíble, referencia, testigos silenciosos de los grandes valores que conforman la vida: gratuidad, fidelidad, disponibilidad, fraternidad, servicio (oblación total), etc.
  3. Aunque somos conscientes de que cualquier fecha que se estableciera resultaría siempre aleatoria, es aconsejable establecer una fecha de voluntariado (de los 65 a los 80 años) que permita:
  4. a) Hacer todo el bien que uno pueda, sin ningún tipo de responsabilidad. Ofrecerse al párroco ¾dependiendo de la salud, del estado de ánimo, del temple apostólico, de los intereses y aficiones personales, de las potencialidades, habilidades pastorales que cada una tenga cada curso y de las necesidades que haya en cada parroquia o residencia¾ para poder colaborar eclesialmente ¡Cuántas tareas quedan, a veces, relegadas o inconclusas por falta de tiempo! La colaboración que podríamos prestar no sólo sería valiosa y eficaz sino también cualificada y creativa. El párroco o el director de la residencia, cada curso, revisaría la encomienda con el propio interesado y con la comunidad parroquial y el equipo de gestión de la residencia.
  5. b) Experimentar el afecto y la fecundidad de nuestras vidas no tanto por lo que hacemos cuanto por lo que somos realmente, una familia.
  6. c) Prepararnos adecuadamente para el Encuentro verdadero con el Señor. A pesar de ser creyentes maduros, descubrimos que tampoco nos resulta fácil vivir con serenidad y altura de miras esta etapa. Ver la vida desde la otra orilla nos puede ayudar a relativizar lo superfluo y a subrayar lo esencial y sustantivo. Saber envejecer. Aprender a morir. Llegar a VIVIR en Él.

Dada la complejidad del tema, de los intereses personales diversos que cada persona tenemos al respecto, de los sentimientos encontrados que este tema provoca en unas y en otras, de los recursos y medios que cada familia, parroquia o residencia ofrece para la atención de sus mayores y enfermos… me parece maravilloso que lo podamos afrontar abiertamente en los grupos de vida ascendente que me felizmente se han vuelto a recuperar en la Diócesis.

Consciente de la grandeza de corazón que tienen los mayores termino con las palabras del Presiente John F. Kennedy el día de su investidura: «Así pues mis queridos americanos [«diocesanos ancianos»], no se pregunten qué puede hacer por ustedes su país [la Diócesis] sino más bien lo que ustedes pueden hacer por él [ella]. Amigos míos, ciudadanos de todo el mundo, no se pregunten qué podrá hacer América [la Diócesis] por ustedes sino lo que todos juntos podemos hacer por la libertad del hombre» (cfr. tumba de J. F. Kennedy. Cementerio de Árlington. Discurso de investidura).

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón