ENVEJECER NO INCAPACITA PARA LA CONDUCCIÓN

Ser mayor no implica tener que dejar de conducir. Así lo entiende la Unión Europea, que blinda en su normativa los derechos de los sénior y estipula que la retirada del carnet debe realizarse por criterios individuales y sin «dar lugar a discriminación, en particular por razón de edad».

Y es que, desde el punto de vista científico, la evidencia demuestra que cumplir años no significa, automáticamente, perder las facultades necesarias para manejar un turismo. Así lo entiende la especialista en Geriatría, Gerontología y Medicina de Familia y Comunitaria, jefa del Servicio de Geriatría del Hospital Universitario Quirónsalud Zaragoza (HUQZ) y vicesecretaria general de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), Nieves Fernández.

La experta explica a 65YMÁS qué señales de alarma sí que son definitivas a la hora de replantearse dejar de usar el coche y asegura que la previsión y anticipación son clave para que la decisión se tome de forma progresiva, sin limitar la autonomía de los mayores.

Además, llama a dejar de lado los estereotipos edadistas: «Una persona de 80 años puede mantener una conducción segura, mientras que otra más joven puede no estar en condiciones de hacerlo por una enfermedad neurológica, visual, cardiovascular, metabólica o por determinados tratamientos».

PREGUNTA: ¿Existe una edad para dejar de conducir?

RESPUESTA: No. En España no existe una edad máxima legal para conducir. Envejecer, por sí mismo, no incapacita para la conducción. Lo relevante es si la persona conserva visión, cognición, capacidad perceptivo-motora, movilidad y un estado médico compatibles con una conducción segura.

Por tanto, resulta más correcto preguntarnos «¿cuándo dejan de ser suficientes las capacidades necesarias para conducir?» que «¿a qué edad hay que dejar de conducir?». Una persona de 80 años puede mantener una conducción segura, mientras que otra más joven puede no estar en condiciones de hacerlo por una enfermedad neurológica, visual, cardiovascular, metabólica o por determinados tratamientos.

La normativa española aborda esta cuestión mediante la valoración de aptitudes psicofísicas y permite, cuando procede, reducir el periodo de vigencia del permiso o establecer restricciones.

P.: ¿Cuáles son las señales de alarma?

R.: Este tema sale con mucha frecuencia en nuestras consultas, especialmente cuando estamos ante pacientes con deterioro cognitivo y el inicio de la conversación suele estar propiciado por las familias. Las señales de alerta que nos deben hacer plantear una valoración específica son los accidentes o pequeños golpes repetidos, los «casi accidentes», la dificultad para mantenerse en el carril, errores ante señales o semáforos, problemas en cruces, incorporaciones y rotondas, respuestas excesivamente lentas ante imprevistos, perderse en trayectos conocidos, confundir pedales o maniobras, o recibir de forma reiterada advertencias de acompañantes u otros conductores.

También es relevante que la persona comience a evitar espontáneamente la conducción nocturna, autopistas, tráfico intenso, lluvia o trayectos desconocidos o se ponga excesivamente nerviosa en esas circunstancias cuando antes no le pasaba. Puede ser una adaptación prudente, pero también una señal de que está percibiendo una pérdida de capacidades.

En presencia de síncope o pérdida de conciencia, crisis epilépticas, episodios de confusión o desorientación, déficits neurológicos transitorios, hipoglucemias graves, somnolencia excesiva o alteraciones visuales agudas, no se debería conducir hasta aclarar la causa y comprobar que se cumplen los requisitos médicos y legales correspondientes.

En personas con deterioro cognitivo, la información de familiares o cuidadores y los antecedentes de accidentes o infracciones pueden aportar información particularmente valiosa. Hay que tener en cuenta que la autopercepción del propio conductor no siempre es suficientemente fiable.

P.: ¿Qué recomendaciones daría a un conductor mayor?

R.: La estrategia debe ser adaptar la conducción antes de que aparezca un accidente. Es aconsejable conducir preferentemente de día, evitar condiciones meteorológicas adversas y horas de tráfico intenso, planificar los trayectos, evitar viajes excesivamente largos, realizar descansos frecuentes, mantener una distancia de seguridad suficiente y reducir al mínimo las distracciones.

Deben revisarse periódicamente visión, audición, movilidad y medicación. En las personas mayores es especialmente importante valorar la polimedicación (más de 5 fármacos) y sobretodo si en éste tratamiento se incluyen fármacos que pueden provocar somnolencia, enlentecimiento psicomotor, alteraciones visuales, hipotensión o disminución de la atención. El alcohol debe evitarse completamente antes de conducir.

La capacidad funcional también es muy relevante: mantener fuerza, equilibrio, movilidad cervical y movilidad de miembros superiores e inferiores favorece las capacidades necesarias para conducir y los reflejos suficientes para dar respuesta a situaciones imprevistas en la conducción.

Los vehículos con sistemas avanzados de ayuda a la conducción (ADAS), como frenado automático de emergencia, detección de ángulo muerto, ayuda al mantenimiento de carril, cámaras y sensores, pueden aumentar la seguridad, aunque nunca sustituyen unas aptitudes psicofísicas adecuadas.

P.: Además del psicotécnico, ¿qué pruebas complementarias serían interesantes hacerse?

R.: No existe una única prueba capaz de determinar por sí sola si una persona conduce de manera segura. La valoración debe ser multidimensional.

En el área visual interesa valorar no solo la agudeza visual, sino también campos visuales, sensibilidad al contraste, visión en condiciones de baja iluminación y recuperación tras el deslumbramiento.

En el área cognitiva deben explorarse especialmente atención, velocidad de procesamiento, funciones ejecutivas y capacidades visuoespaciales.

La exploración física debería incluir movilidad cervical y de extremidades, fuerza, coordinación, equilibrio y capacidad para realizar rápidamente las maniobras necesarias. Deben añadirse audición y una valoración médica dirigida a enfermedades cardiovasculares, neurológicas, metabólicas, trastornos del sueño, consumo de alcohol y medicación.

Cuando después de la evaluación persisten dudas razonables, una valoración práctica y estructurada de la conducción real puede proporcionar información más directamente relacionada con el desempeño al volante que cualquier test aislado.

P.: ¿Cómo puede afectar psicológicamente la pérdida de capacidad para conducir?

R.: Dejar de conducir esta estudiado que puede tener un impacto psicológico importante porque el automóvil representa, para muchas personas mayores, independencia, identidad, espontaneidad y capacidad de mantener relaciones sociales y actividades fuera del domicilio.

Por ello, el objetivo no debe formularse simplemente como «retirar el coche», sino como preservar la movilidad y la autonomía. Siempre que sea posible, la transición debería anticiparse y planificarse: restringir inicialmente las situaciones de mayor riesgo, introducir alternativas de transporte antes del abandono completo, organizar apoyos familiares o comunitarios y preservar explícitamente las actividades sociales, familiares y de ocio.

Una retirada progresiva, explicada y participada suele ser psicológicamente más aceptada que una retirada brusca tras un accidente o una crisis.

Sobre el autor

Pablo Recio para 65 y MAS

CAFÉ O TÉ

El café y el té, dos de las bebidas más populares, pueden afectar de forma muy diferente a la salud ósea de las mujeres mayores. Así lo revela un nuevo estudio de la Universidad de Flinders, que siguió a cerca de 10.000 mujeres mayores de 65 años durante diez años.

La investigación, publicada en la revista Nutrients, buscaba analizar si el consumo diario de alguna de estas dos bebidas afectaba a la densidad mineral ósea, un indicador clave del riesgo de osteoporosis. Para ello examinó datos del Estudio de Fracturas Osteoporóticas, utilizando mediciones repetidas de la ingesta de bebidas y la densidad mineral ósea en la cadera y el cuello femoral, dos zonas muy asociadas con el riesgo de fractura.

Tras años de estudio, los investigadores observaron que aquellas mujeres que consumían té presentaban una densidad mineral ósea de la cadera ligeramente superior a las que no consumían. “Incluso pequeñas mejoras en la densidad ósea pueden traducirse en menos fracturas en grandes grupos de personas”, explica en este sentido Enwu Liu, profesor asociado adjunto de la Facultad de Medicina y Salud Pública, y recoge la universidad en un comunicado.

En cambio, mientras que el consumo moderado de café (dos o tres tazas al día) no perjudicaba la salud ósea, no obstante consumirlo en mayores cantidades (más de cinco tazas al día), se relacionó con una menor densidad mineral ósea.

Además, observaron que las mujeres que consumían más alcohol a lo largo de su vida presentaron más efectos negativos del café, mientras que el té parecía ser beneficioso para las mujeres con obesidad.

¿Té o café? cuál puede debilitar tus huesos y cuándo debes dejar de tomarlo

Según explica Ryan Liu, de la Universidad de Flinders y coautor del artículo, unos compuestos abundantes en el té, las catequinas, influirían en estos resultados al promover la formación ósea y ralentizar la degradación de los huesos. Por otro lado, señala, «se ha demostrado en estudios de laboratorio que el contenido de cafeína del café interfiere con la absorción de calcio y el metabolismo óseo, aunque estos efectos son pequeños y pueden contrarrestarse añadiendo leche”.

“Si bien el consumo moderado de café parece seguro, un consumo muy elevado puede no ser lo ideal, especialmente para las mujeres que beben alcohol”, explica la profesora adjunta Enwu Liu. “Si bien el calcio y la vitamina D siguen siendo fundamentales para la salud ósea, lo que consumes en tu taza de té también puede influir. Para las mujeres mayores, disfrutar de una taza de té al día puede ser más que un ritual reconfortante; podría ser un pequeño paso hacia huesos más fuertes”.

Con todo, los autores advierten que estas diferencias, aun siendo estadísticamente significativas, no son suficientemente grandes como para justificar cambios drásticos. “Nuestros resultados no significan que tengas que dejar de tomar café o empezar a beber té a litros”, aclara el profesor asociado Liu. “Pero sugieren que el consumo moderado de té podría ser una forma sencilla de favorecer la salud ósea, y que una ingesta muy elevada de café podría no ser ideal, especialmente para las mujeres que beben alcohol».

María Bonillo

LOS SANTOS DE LA SEMANA: SAN MIGUEL , SAN GABRIEL y SAN RAFAEL

Celebramos la fiesta de los tres Arcángeles que la sagrada Escritura menciona por su propio nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. Pero, ¿qué es un ángel? La sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia nos hacen descubrir dos aspectos.

Por una parte, el ángel es una criatura que está en la presencia de Dios, orientada con todo su ser hacia Dios. Los tres nombres de los Arcángeles acaban con la palabra «El», que significa «Dios». Dios está inscrito en sus nombres, en su naturaleza. Su verdadera naturaleza es estar en él y para él.

Precisamente así se explica también el segundo aspecto que caracteriza a los ángeles: son mensajeros de Dios. Llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y así abren la tierra. Precisamente porque están en la presencia de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre. En efecto, Dios es más íntimo a cada uno de nosotros de lo que somos nosotros mismos.

Como un ángel para los demás

Los ángeles hablan al hombre de lo que constituye su verdadero ser, de lo que en su vida con mucha frecuencia está encubierto y sepultado. Lo invitan a volver a entrar en sí mismo, tocándolo de parte de Dios. En este sentido, también nosotros, los seres humanos, deberíamos convertirnos continuamente en ángeles los unos para los otros, ángeles que nos apartan de los caminos equivocados y nos orientan siempre de nuevo hacia Dios.

Cuando la Iglesia antigua llama a los obispos ángeles de su Iglesia, quiere decir precisamente que los obispos mismos deben ser hombres de Dios, deben vivir orientados hacia Dios. Multum orat pro populo, «Ora mucho por el pueblo», dice el Breviario de la Iglesia a propósito de los obispos santos. El obispo debe ser un orante, uno que intercede por los hombres ante Dios. Cuanto más lo hace, tanto más comprende también a las personas que le han sido encomendadas y puede convertirse para ellas en un ángel, un mensajero de Dios, que les ayuda a encontrar su verdadera naturaleza, a encontrarse a sí mismas, y a vivir la idea que Dios tiene de ellas.

San Miguel: hacer espacio a Dios en el mundo

Todo esto resulta aún más claro si contemplamos las figuras de los tres Arcángeles cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Ante todo, san Miguel. En la sagrada Escritura lo encontramos sobre todo en el libro de Daniel, en la carta del apóstol san Judas Tadeo y en el Apocalipsis. En esos textos se ponen de manifiesto dos funciones de este Arcángel. Defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunción del dragón, de la «serpiente antigua», como dice san Juan. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que Dios obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de él.

Pero el dragón no sólo acusa a Dios. El Apocalipsis lo llama también «el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa día y noche delante de nuestro Dios» (Ap 12, 10). Quien aparta a Dios, no hace grande al hombre, sino que le quita su dignidad. Entonces el hombre se transforma en un producto defectuoso de la evolución. Quien acusa a Dios, acusa también al hombre. La fe en Dios defiende al hombre en todas sus debilidades e insuficiencias: el esplendor de Dios brilla en cada persona.

El cristiano tiene por misión hacer espacio a Dios en el mundo contra las negaciones y defender así la grandeza del hombre. Y ¿qué cosa más grande se podría decir y pensar sobre el hombre que el hecho de que Dios mismo se ha hecho hombre?

La otra función del arcángel Miguel, según la Escritura, es la de protector del pueblo de Dios (cf.Dn 10, 21; 12, 1). Queridos amigos, sed de verdad «ángeles custodios» de las Iglesias que se os encomendarán. Ayudad al pueblo de Dios, al que debéis preceder en su peregrinación, a encontrar la alegría en la fe y a aprender el discernimiento de espíritus: a acoger el bien y rechazar el mal, a seguir siendo y a ser cada vez más, en virtud de la esperanza de la fe, personas que aman en comunión con el Dios-Amor.

San Gabriel: Dios que llama

Al Arcángel Gabriel lo encontramos sobre todo en el magnífico relato del anuncio de la encarnación de Dios a María, como nos lo refiere san Lucas (cf. Lc 1, 26-38). Gabriel es el mensajero de la encarnación de Dios. Llama a la puerta de María y, a través de él, Dios mismo pide a María su «sí» a la propuesta de convertirse en la Madre del Redentor: de dar su carne humana al Verbo eterno de Dios, al Hijo de Dios.

En repetidas ocasiones el Señor llama a las puertas del corazón humano. En el Apocalipsis dice al «ángel» de la Iglesia de Laodicea y, a través de él, a los hombres de todos los tiempos: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). El Señor está a la puerta, a la puerta del mundo y a la puerta de cada corazón. Llama para que le permitamos entrar: la encarnación de Dios, su hacerse carne, debe continuar hasta el final de los tiempos.

Todos deben estar reunidos en Cristo en un solo cuerpo: esto nos lo dicen los grandes himnos sobre Cristo en la carta a los Efesios y en la carta a los Colosenses. Cristo llama. También hoy necesita personas que, por decirlo así, le ponen a disposición su carne, le proporcionan la materia del mundo y de su vida, contribuyendo así a la unificación entre Dios y el mundo, a la reconciliación del universo.

Queridos amigos, vosotros tenéis la misión de llamar en nombre de Cristo a los corazones de los hombres. Entrando vosotros mismos en unión con Cristo, podréis también asumir la función de Gabriel: llevar la llamada de Cristo a los hombres.

San Rafael: recobrar la vista

San Rafael se nos presenta, sobre todo en el libro de Tobías, como el ángel a quien está encomendada la misión de velar y curar. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, además de la tarea de anunciar el Evangelio, les encomienda siempre también la de curar. El buen samaritano, al recoger y curar a la persona herida que yacía a la vera del camino, se convierte sin palabras en un testigo del amor de Dios. Este hombre herido, necesitado de curación, somos todos nosotros. Anunciar el Evangelio significa ya de por sí curar, porque el hombre necesita sobre todo la verdad y el amor.

El libro de Tobías refiere dos tareas emblemáticas de curación que realiza el Arcángel Rafael. Cura la comunión perturbada entre el hombre y la mujer. Cura su amor. Expulsa los demonios que, siempre de nuevo, desgarran y destruyen su amor. Purifica el clima entre los dos y les da la capacidad de acogerse mutuamente para siempre. El relato de Tobías presenta esta curación con imágenes legendarias.

En el Nuevo Testamento, el orden del matrimonio, establecido en la creación y amenazado de muchas maneras por el pecado, es curado por el hecho de que Cristo lo acoge en su amor redentor. Cristo hace del matrimonio un sacramento: su amor, al subir por nosotros a la cruz, es la fuerza sanadora que, en todas las confusiones, capacita para la reconciliación, purifica el clima y cura las heridas.

Al sacerdote está confiada la misión de llevar a los hombres continuamente al encuentro de la fuerza reconciliadora del amor de Cristo. Debe ser el «ángel» sanador que les ayude a fundamentar su amor en el sacramento y a vivirlo con empeño siempre renovado a partir de él.

En segundo lugar, el libro de Tobías habla de la curación de la ceguera. Todos sabemos que hoy nos amenaza seriamente la ceguera con respecto a Dios. Hoy es muy grande el peligro de que, ante todo lo que sabemos sobre las cosas materiales y lo que con ellas podemos hacer, nos hagamos ciegos con respecto a la luz de Dios.

Curar esta ceguera mediante el mensaje de la fe y el testimonio del amor es el servicio de Rafael, encomendado cada día al sacerdote y de modo especial al obispo. Así, nos viene espontáneamente también el pensamiento del sacramento de la Reconciliación, del sacramento de la Penitencia, que, en el sentido más profundo de la palabra, es un sacramento de curación. En efecto, la verdadera herida del alma, el motivo de todas nuestras demás heridas, es el pecado. Y sólo podemos ser curados, sólo podemos ser redimidos, si existe un perdón en virtud del poder de Dios, en virtud del poder del amor de Cristo.

«Permaneced en mi amor», nos dice hoy el Señor en el evangelio (Jn 15, 9). Permaneced en la amistad con él, llena del amor que él os regala de nuevo en este momento. Entonces vuestra vida dará fruto, un fruto que permanece (cf. Jn 15, 16).

Benedicto XVI, fragmentos de una homilía pronunciada en Ciudad del Vaticano, 29 de septiembre de 2007.

Fuente Opus Dei

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV – LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II IV. CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES (GS 1-10) 2. LA DIGNIDAD HUMANA, DON Y RESPONSABILIDAD

La Constitución conciliar Gaudium et spes (GS), al dedicar el primer capítulo a la dignidad de la persona humana, subraya que esta es fundamento y condición de aquellos «valores que hoy disfrutan la máxima consideración», pero que necesitan no perder la relación con «su fuente divina», para sustraerse a las posibles distorsiones debidas a la «la corrupción del corazón humano» (GS, 11).

El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa, ciertamente, una de las páginas más significativas de la historia humana. Sin embargo, dicho camino no ha terminado, y en su recorrido se deben afrontar las contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización.

La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando que la dignidad humana brota del mismo ser de la persona. He tenido ocasión de reafirmarlo también en la reciente Encíclica Magnifica humanitas: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50).

La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarlas y usarlas glorificando a Dios» (GS, 12).

En la fe podemos comprender el fundamento último de la dignidad de la persona, puesto que el Hijo, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).

La persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.

Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización. De hecho, por las decisiones en contra de su dignidad tomadas a lo largo de la historia, todavía existe hoy en el hombre una «división íntima» y «Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas». Sin embargo, esta condición frágil y limitada puede contemplarse con esperanza, pues «el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado.» (GS, 13).

La Constitución Gaudium et spes,  además, afirma que la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es «unidad de cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: «No debe […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día», vigilando que este no « permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón» (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.

Por último, son tres las expresiones más significativas de la dignidad de la persona que la Gaudium et spes destaca: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida (n. 16); y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17).

Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección.

Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio.

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ESPERANZA ESCATOLÓGICA Y TRANSFORMACIÓN DEL MUNDO

El Concilio Vaticano II en distintos lugares de la Constitución Gaudium et Spes ha dejado muy claro que “la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio” (21 c); “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo” (34 c).

Por tanto, la esperanza escatológica aviva la preocupación por transformar esta tierra haciéndola más acorde con el proyecto de Dios. La esperanza en un cielo nuevo y una tierra nueva, no hace que nos olvidemos de nuestras obligaciones mundanas; todo lo contrario, nos estimula a cumplirlas con mayor prontitud ¿Cómo es posible? Porque “los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, en una palabra, todos los bienes excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (39 c).

Cierto, “aunque hay que distinguir progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puedo contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (39 b). O sea, lo que encontraremos en el reino de Dios es el amor que hayamos puesto en este mundo en trabajar por una sociedad más justa, pero también “todos los bienes excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo”, eso sí, iluminados y transfigurados. Pero esta transfiguración nos resultará extrañamente familiar. Por eso, el progreso temporal, en la medida en que se ordena a conseguir un mundo más justo, interesa en gran medida al reino de Dios.

Así se responde a la objeción marxista que considera a la religión alienante, porque disuade de la liberación socioeconómica. “Este ateísmo pretende que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal” (20 b). Pero lo cierto es que cuanto más amor pongamos en la transformación del mundo, más amor encontraremos en el cielo. Por eso la esperanza, lejos de evadirnos de nuestras responsabilidades presentes, nos compromete y nos estimula para hacer de este mundo un lugar de paz, de perdón, de reconciliación, de justicia y de fraternidad.

Los seres humanos somos tan torpes que pensamos que el deseo de Dios se opone a la vida buena, a una vida plena y realizada. El tentador, bajo la forma de la serpiente, nos ha convencido de esta mentira, pues según ella, Dios no da, sino que prohíbe (Gen 3,1). Dios ama al mundo y, por eso, los cristianos amamos al mundo que se ajusta al proyecto de Dios.

Martín Gelabert Ballesteros – Blog Nihil Obstat

VIVEN SOLOS

En España hay cerca de 5,4 millones de hogares unipersonales, lo que significa que una de cada nueve personas vive sola, o sea, que más de dos millones de personas mayores de 65 años viven solas, y de ellas cerca del 72% son mujeres. Si nos fijamos en la evolución del número de personas que viven solas, comprobamos que se han multiplicado por ocho en los últimos 50 años, pasando del 1,9% en 1970 al 11,1% en 2024. Según el Observatorio Demográfico CEU-CEFAS, las personas que viven solas en España se han disparado desde 1970: había 8,2 veces en 2024 de lo que había entonces. Con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay 5,4 millones de personas que viven solas (en hogares unipersonales), lo que representa en torno al 11% de la población total y cerca de uno de cada cuatro hogares.

La franja de edad en la que más personas viven solas se concentra entre los 70 y los 79 años, con una presencia notable también de mayores de 65 años en municipios pequeños. Los porcentajes más elevados de hogares unipersonales se registran en el Principado de Asturias, Castilla y León y La Rioja. El INE estima en su proyección de hogares que los domicilios de una sola persona seguirán creciendo hasta alcanzar los 6,7 millones en el año 2041 (el 30,6% del total), convirtiéndose en el tipo de hogar más frecuente en España por delante de las parejas con hijos.

La soledad en el hogar es una de las peores consecuencias del declive de la natalidad y la nupcialidad, y de la alta tasa de ruptura familiar. Por ejemplo, sólo en el 16% de los hogares en Ourense residen menores de 16 años. Cierto que Ourense es la provincia gallega con menos jóvenes y los domicilios unipersonales ganan peso: solo en el 16% de los domicilios (21.651) viven niños o adolescentes menores de 16 años, según la Enquisa Estrutural a Fogares (EEF), elaborada por el Instituto Galego de Estadística, cuyos últimos datos son de 2024. En 2007, año en que comenzó la serie histórica, el número de hogares con menores de 16 años ascendía a cerca de 25.297, un 14,41% más que la última estadística. Algo hay que hacer para revertir este hecho. Si no se actúa a largo plazo, los españoles seremos minoritarios en España.

Jacinto Seara para La Región

CUANDO FALTAN LAS GANAS DE VIVIR

Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Una fecha necesaria para hablar de una realidad que todavía permanece rodeada de silencios, miedos y demasiados prejuicios. También cuando afecta a las personas mayores, quizás las más olvidadas cuando hablamos de sufrimiento emocional y riesgo de suicidio.

Hablar de ello no es fácil. No lo es para quien siente que ya no puede continuar ni para la familia que escucha unas palabras que nunca esperaba oír.

—Doctor, yo ya no quiero seguir viviendo.

No minimicemos esta frase que aparece algunas veces en la consulta. Puede decirse con lágrimas, pero también con una serenidad que desconcierta. A veces surge después de una caída, de un diagnóstico difícil o de la muerte de la pareja. Otras veces aparece cuando la persona siente que ha perdido su autonomía, que depende demasiado de los demás o que ya no ocupa el lugar que tenía en su familia y en el mundo. Sin olvidar la soledad que merece una especial atención. Se puede vivir solo y sentirse acompañado, pero se puede estar rodeado de personas y experimentar una profunda sensación de vacío.

No, no deberíamos considerarlo normal por el hecho de tener ochenta, noventa o cien años, como si perder las ganas de seguir adelante fuera una consecuencia inevitable de cumplir años. Porque no lo es.

Envejecer no significa necesariamente perder el deseo de vivir. Tampoco la enfermedad, la fragilidad o la dependencia conducen inevitablemente a querer morir. Muchas personas con grandes limitaciones continúan encontrando sentido en una conversación, en la familia, en un paseo, en una comida compartida o simplemente en la posibilidad de decidir cómo quieren vivir cada día.

Por esto es importante distinguir. No toda persona mayor que dice «me quiero morir» va a suicidarse. Pero toda persona que lo dice está expresando algún tipo de sufrimiento que merece ser escuchado y que debe ponernos en alerta.

Hoy  deberíamos recordar que prevenir empieza muchas veces escuchando, preguntando y no apartando la mirada ante el sufrimiento de una persona mayor. Porque esa escucha puede ser el primer paso para ayudarla a encontrar motivos para seguir con ganas de vivir.

Dr. Ignasi Coll-Rolduà para 65 y MAS

CEREBROS SINCRONIZADOS

Un estudio de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich muestra que la actividad cerebral de personas de distintas edades se sincroniza al realizar una actividad creativa conjunta, y que determinados patrones pueden estar relacionados con la soledad y la conexión social.

La investigación, publicada en PLOS Biology, analizó a 31 parejas intergeneracionales, formadas por adultos mayores de 70 años y personas de entre 18 y 35 años. Sus resultados se compararon con los de 30 parejas de adultos jóvenes de la misma generación.

Los participantes acudieron a seis sesiones de un programa de dibujo creativo. En ellas realizaron dibujos tanto de manera individual como conjunta, sin hablar entre ellos. Durante las sesiones, los investigadores evaluaron la soledad de los participantes, sus actitudes hacia su pareja y el grado de cercanía social que sentían.

Al mismo tiempo, registraron su actividad cerebral mediante espectroscopia funcional de infrarrojo cercano para calcular posteriormente el nivel de sincronía entre ambos cerebros.

Los resultados mostraron que la actividad cerebral estaba más sincronizada cuando las parejas dibujaban juntas que cuando lo hacían por separado. Además, algunos patrones de esta actividad conjunta estuvieron relacionados con la percepción de soledad o de cercanía social.

En las parejas intergeneracionales, la coordinación registrada entre ambos cerebros en la corteza frontal inferior derecha y en la unión temporoparietal derecha mientras los participantes dibujaban por separado permitió predecir la soledad. En cambio, este patrón de actividad en la corteza frontal inferior derecha durante el dibujo conjunto se relacionó con una mayor conexión entre los participantes.

La sincronía cambia a medida que se crean vínculos

El estudio también observó que la sincronía cerebral no permanecía estable a lo largo de las sesiones. Mientras aumentaba entre las parejas de la misma generación, disminuía entre las parejas intergeneracionales.

Para los investigadores, estos resultados apuntan a que la sincronía cerebral es dinámica y puede cambiar conforme las personas desarrollan conexiones sociales. No obstante, reconocen algunas limitaciones, como que el estudio solo incluyó seis sesiones de dibujo y no pudo contar con parejas formadas por adultos mayores de la misma generación.

La investigación surgió, en parte, del interés de Ryssa Moffat, autora del estudio, por comprender las relaciones entre personas jóvenes y mayores. Según explica, su motivación aumentó al conocer “los riesgos de la soledad y el aislamiento social” y observar el crecimiento de la proporción de adultos mayores a nivel mundial.

“Quedó claro que comprender cómo se adaptan los cerebros entre sí a medida que las personas forman relaciones intergeneracionales sería valioso para promover la conexión social”, concluye Moffat.

Ariel Huertas para 65 y MAS

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA TECLA DE SELEUCIDA

En su segundo viaje apostólico, hacia el año 48, San Pablo visita Iconio acompañado de Bernabé. Es una ciudad de Asia Menor que hoy forma parte de Turquía.

Al entrar en la ciudad es invitado cortés y amablemente por Onesíforo a hospedarse en su casa.

Las puertas están abiertas a quien quiera escuchar el anuncio del Evangelio. A la casa van acudiendo las gentes. Pero, aparte de los que se reúnen, alguien más escucha la Palabra. Se proponen doctrinas nuevas que resultan inauditas y apasionantes como la continencia y la resurrección.

Frente a ese punto de encuentro tiene su hogar una familia noble y rica. Allí vive Tecla con sus dieciocho años. Es la hija bellísima y casadera que se embelesa con lo que le llega de la predicación del Apóstol. Su madre está inquieta y sumamente molesta porque sólo vive para escuchar lo que se está diciendo en la casa de enfrente; la ha visto como en éxtasis, ausente… ni siquiera come, día y noche está sin pestañear clavada en la ventana, no pierde detalle. Termina por comunicar a Tamiris, novio de Tecla, su preocupación. Todos los esfuerzos familiares se han aunado para hacerla desistir de su actitud y todos los razonamientos resultan vanos a la hora de intentar que la joven se olvide de lo que está escuchando. Ella ha tomado la resolución de abandonar su vida cómoda y sus planes de futuro matrimonio, sólo quiere seguir a Jesús de quien Pablo habla.

Entre los amigos primero y entre conocidos después va de boca en boca corriendo la noticia de lo que pasa a Tecla por escuchar a ese predicador acerca de un judío resucitado. La clase alta de la ciudad se conmueve hasta tomarse la resolución de acusar a Pablo a las autoridades por brujería y hechizos.

Pablo es encarcelado y Tecla, sobornando al carcelero, entra loca de alegría en la cárcel y escucha horas y horas las grandezas de Dios sentada en el suelo junto a los hierros del preso. Pablo fue azotado cruelmente y penado con el destierro. El delicado amor de Tamiris se trueca ahora en desesperación y odio contra quien fue su amada y se prepara una hoguera donde Tecla va a ser castigada. Es salvada milagrosamente de las llamas y marcha de Iconio tras aquel hombre que inflama con el ardor de lo que predica. Ella misma va transmitiendo a todos el porqué de su modo de vivir, que es el amor.

Muy anciana ya Tecla es tragada por la tierra.

Esta novela forjada entre la verdad histórica y los entresijos de la fábula fue alimento en el amanecer del  cristianismo para las primitivas comunidades  cristianas. La dulce virgen doncella de Iconio, de la que no hay constancia en los escritos neotestamentarios, fue contemplada como la doctrina de Pablo personificada. Este apócrifo recorre el mundo  cristiano oriental y occidental sin que se pueda acertar a establecer dónde está la historia y dónde la poesía o invención, pero en cualquier caso es paradigma de la entrega a Dios y de la fidelidad a su Palabra. Ya en el siglo XIV, una reliquia suya llegó de Armenia a Tarragona de la que es patrona.

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV – LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II IV. CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES (GS 1-10) 1. LA IGLESIA EN ESCUCHA Y AL SERVICIO DEL MUNDO

Con el encuentro de hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, con la que el Concilio Vaticano II se propuso profundizar en un tema fundamental, es decir, la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. San Juan XXIII, ya en el discurso de inauguración del 11 de octubre de 1962, quiso mostrar su desacuerdo con los «profetas de calamidades», que  «aun en su celo ardiente […] van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia» (Discurso Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 4.2). De ahí la tarea que se encomendó a los Padres conciliares: «En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia». (Gaudet Mater Ecclesia, 4.4).

Tres años después, la promulgación de Gaudium et spes reconocía en ese discernimiento un elemento esencial de la naturaleza de la Iglesia, describiendo como constitutiva su índole pastoral: de ahí la definición de “Constitución pastoral”. No se trata de optimismo ingenuo, sino de una renovada fidelidad al Misterio de Cristo que, encarnándose, elige compartir nuestra vida: Él «tenía que parecerse en todo a sus hermanos» (Heb 2,17; cf. 4,15) y se cargó de las consecuencias del pecado, muriendo «en rescate por todos» (1Tm 2,6). Ese hecho de compartir con la humanidad es el camino que Cristo pide a la Iglesia; por ello, la Constitución conciliar Gaudium et Spes se abre declarando que la Iglesia siente como propios «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1).

Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados, es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos, sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).

En ese sentido, la proximidad hacia la humanidad abre la puerta a una lectura más profunda de los acontecimientos e de la propia Revelación y, en la misma perspectiva, Gaudium et spes reclama el «deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). Esta Constitución conciliar ha llamado, por tanto, a la Iglesia a un compromiso de conversión, para dar testimonio de que no se mueve por «ambición terrena alguna», sino que «sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

No se trata, de hecho, de una disposición simplemente moral. El Papa Francisco nos recordó que para la Iglesia «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica […] Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 198).

La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que no siempre el ser humano es capaz de poner  «a su servicio»; o un conocimiento más claro de las «leyes dela vida social», pero acompañado de incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4); o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.

En una época marcada por profundos cambios, de los que se derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y los anhelos que lo habitan, señalando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Por ello, en la Iglesia, en todo nivel, en toda época debe realizarse la kenosis misericordiosa de Cristo que «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo […] hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2,6-8).

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza – gaudium et spes – sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.

Fuente: The Holy See