JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y MAYORES 2026: “GRATITUD COLMADA DE GESTOS DE TERNURA”

El sol de julio entra, oblicuo y dorado, por los balcones entornados de la vieja casa. Las maderas crujen levemente. En la penumbra del cuarto reposa un libro con las hojas gastadas y un reloj de pared desgrana su tictac parsimonioso. Todo en la estancia respira quietud, permanencia, memoria. El tiempo, para la persona mayor, no corre veloz como el agua de los torrentes; se remansa, se vuelve contemplación, se torna sabiduría silenciosa. Vemos al abuelo sentado en su sillón de siempre, con las manos nudosas descansando sobre las rodillas. Esas manos han labrado la tierra, han acariciado cunas, han escrito cartas que el tiempo fue amarilleando. Miramos al anciano y comprendemos la hondura de las pequeñas cosas cotidianas. La vejez no es una ausencia de vida, sino una plenitud callada.

La VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores se celebra el próximo 26 de julio, coincidiendo con la festividad litúrgica de San Joaquín y Santa Ana. Esta conmemoración eclesial, consolidada en el calendario, nos invita a situar la vejez en el centro de nuestras comunidades y hogares. Fue el Papa Francisco quien, con mirada providencial, instituyó esta cita anual para recordarnos que la marginación de los mayores corrompe todas las estaciones de la existencia. Bergoglio insistió con fuerza en que los ancianos representan las raíces vivas de nuestra historia, ese hilo invisible que une el pasado con el porvenir. La Iglesia, bajo su guía, nos enseñó a no dejar solas a las personas mayores, a combatir la cultura del descarte con la calidez del encuentro familiar.

Hoy el testigo de esa dulce preocupación pastoral lo recoge con idéntica ternura León XIV. En el horizonte de la VI Jornada Mundial, el Santo Padre, el pasado 15 de junio, nos dirigió su mensaje para advertirnos sobre la dolorosa experiencia del olvido que atenaza a tantos ancianos. El Papa nos llama a descubrir la fuerza de la fragilidad, recordándonos que las limitaciones físicas no disminuyen la dignidad humana, sino que abren cauces para una misión espiritual altísima: la oración perseverante por la paz del mundo.

El magisterio de la debilidad se alza así frente al orgullo de una sociedad desbocada. Nos viene a la memoria el verso preclaro de José María Pemán, que supo cantar con hondura lírica e hidalguía los misterios de las cosas entrañables de nuestra patria. Decía el gran poeta con sutil sabiduría: «La juventud es un soplo; la vejez es una cumbre donde el alma reposa mirando al cielo con la paz de la tarde cumplida». ¡Qué exacta verdad encierran estas palabras si las miramos a la luz del atardecer! Los abuelos son esas cimas iluminadas por los últimos rayos del sol. No hay en ellos la prisa del sembrador, sino la sosegada paz del recolector que contempla el grano limpio. No se puede mirar a un anciano sin sentir el respeto sagrado que infunden los templos antiguos. No bastan, sin embargo, los discursos bellos ni las palabras solemnes escritas sobre el papel. La jornada del 26 de julio debe traducirse en la menudencia de la vida ordinaria, en la geografía íntima de nuestros barrios y escaleras. La verdadera piedad cristiana y humana se demuestra con pequeños detalles palpables.

Cuidar de nuestros mayores implica detener el paso apresurado del día para regalarles lo más valioso que poseemos: nuestro tiempo. Pongamos nombres concretos a las intenciones: una visita pausada, sentándose a la vera de la cama o del sofá, simplemente para escuchar una historia mil veces repetida. Una llamada telefónica a mitad de la tarde, rompiendo el espeso silencio de un piso solitario. El gesto de acompañar a la abuela al parque, sujetando su brazo tembloroso con paciencia infinita. Preparar la mesa compartiendo el pan cotidiano, trayendo la risa de los nietos al comedor del anciano. Estos actos mínimos, aparentemente insignificantes, son los que verdaderamente sostienen el edificio de la civilización. Cuando besamos la frente de un anciano, estamos rescatando nuestra propia humanidad.

Vuelve el silencio a la estancia. La luz de la tarde va declinando lentamente tras los cerros lejanos. El anciano cierra los ojos con placidez, mecido por el susurro de la brisa que a veces nos regala el estío. En su rostro arrugado se dibuja la paz de quien lo ha dado todo. No permitamos que esa paz se trueque en amargura por culpa de nuestra indiferencia. Celebremos esta VI Jornada Mundial acudiendo al encuentro de nuestros abuelos. Hagámoslo con la certeza de que, al cuidar de sus vidas frágiles, estamos custodiando el tesoro más limpio y noble de nuestra propia alma.

Mons. Fernando Chica Arellano Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA @HolySee_FAO

ESPECIALISTAS DESTACAN QUE PEQUEÑAS RUTINAS DIARIAS AYUDAN A PRESERVAR EL BIENESTAR FÍSICO Y MENTAL

Quienes llegan a los 70, 80 años o más con una actitud positiva y una buena capacidad cognitiva suelen compartir un rasgo en común: protegen con firmeza una serie de rutinas cotidianas que, aunque parezcan simples, les aportan estructura, propósito y una sensación de estabilidad que resulta clave para afrontar esta etapa de la vida.

Aunque desde afuera puedan parecer simples costumbres o incluso pequeñas manías, especialistas sostienen que esos hábitos ayudan a mantener el funcionamiento físico, mental y emocional durante la vejez.

Cuando desaparecen las obligaciones laborales o familiares que durante décadas organizaron la vida diaria, esas actividades pasan a convertirse en una especie de andamiaje que da sentido al paso de los días y evita que la rutina pierda forma.

Diversos estudios identificaron ocho prácticas que aparecen con frecuencia entre las personas mayores que conservan una vida activa, buena autonomía y una actitud positiva frente al envejecimiento.

Según especialistas, muchas personas mayores que conservan una buena salud mental comparten estas prácticas:

Levantarse siempre a la misma hora. Mantener horarios estables ayuda a conservar los ritmos biológicos y favorece el bienestar emocional. Investigadores de la Universidad de Pittsburgh observaron que quienes sostienen una rutina regular suelen presentar mejores indicadores de salud mental.

Vestirse cada mañana. Cambiarse de ropa, aunque no haya compromisos, representa una señal de inicio del día y evita que la rutina pierda estructura.

Caminar todos los días. El ejercicio moderado beneficia la memoria y otras funciones cognitivas, además de mejorar el estado de ánimo.

Mantener una conversación significativa. Hablar diariamente con familiares, amigos o vecinos ayuda a combatir el aislamiento. Un estudio de la Universidad Johns Hopkins asoció la soledad con un 27% más de riesgo de desarrollar demencia.

Levantarse a la misma hora todos los días ayuda a mantener una rutina estable durante la jubilación.

Leer con frecuencia. La lectura exige atención, memoria y comprensión, habilidades que continúan estimulando el cerebro incluso durante la jubilación.

Cocinar y comer en la mesa. Preparar los alimentos implica planificación y organización, mientras que dedicar un momento específico para comer ayuda a conservar una rutina diaria.

Cuidar algo vivo. Regar plantas, mantener un jardín o alimentar animales genera un sentido cotidiano de responsabilidad y propósito.

Caminar, leer y conversar con otras personas forman parte de los hábitos más repetidos entre los adultos mayores activos.

Tener siempre un plan para el día siguiente. Una visita familiar, una caminata o una salida al mercado son suficientes para generar expectativa y evitar que los días se vuelvan idénticos.

Los especialistas aclaran que ninguno de estos hábitos constituye una garantía contra el deterioro cognitivo ni reemplaza la atención médica cuando resulta necesaria.

Sin embargo, coinciden en que mantener una vida organizada alrededor de pequeñas acciones repetidas favorece la autonomía, fortalece los vínculos sociales y ayuda a preservar la sensación de propósito durante la vejez. La clave no está en llevar una agenda repleta de actividades, sino en construir una estructura diaria que dé sentido al paso del tiempo.

También advierten que la rutina debe conservar cierta flexibilidad. Cuando los hábitos se transforman en una obligación rígida pueden generar el efecto contrario. El equilibrio consiste en utilizarlos como un apoyo para la vida cotidiana, no como una limitación.

EL TÉCNICO DE ESPAÑA QUE SORPRENDIÓ AL MUNDO: NO LE PIDIÓ A DIOS GANAR EL MUNDIAL

Mientras millones de españoles contenían la respiración frente al televisor y otros tantos elevaban una oración para que la selección venciera a Francia, hubo alguien que hizo exactamente lo contrario de lo que muchos imaginaban.

Era el hombre que dirigía al equipo desde el banco.

Luis de la Fuente, el entrenador que acaba de clasificar a España a la final del Mundial 2026, reveló antes del partido una confesión que hoy, tras la victoria, está recorriendo el mundo.

No le pidió a Dios ganar.

En un deporte donde abundan las cábalas, los amuletos y los rituales para atraer la suerte, el seleccionador español explicó que su manera de vivir la fe es completamente distinta.

«Yo rezo todos los días, pero no porque estoy en un Mundial ni pretendo sacar un resultado», aseguró durante la conferencia de prensa previa al encuentro.

Sus palabras sorprendieron incluso a muchos periodistas.

Para él, la oración nunca fue una forma de conseguir ventajas deportivas.

«Yo le doy gracias todos los días de que estoy bien. Me levanto, me miro y digo: ‘Otro día más que puedo disfrutar de la vida’.»

En un momento en el que toda España soñaba con llegar a la final, De la Fuente habló de algo mucho más profundo que el fútbol.

Habló de gratitud.

Habló de salud.

Habló de confianza.

Y dejó una reflexión que trascendió por completo el resultado del partido.

«Sería injusto pedirle a Dios que me ayude a mí y no ayude al rival.»

La frase llamó especialmente la atención porque rompe con una idea muy extendida: la de pensar la oración como una herramienta para ganar.

Para Luis de la Fuente, Dios no está para decidir qué selección levanta una copa.

Su relación con Él es cotidiana.

Es una fuente de serenidad, fortaleza y equilibrio para afrontar los desafíos de la vida, independientemente del marcador.

Por eso también explicó qué es lo único que suele pedir.

«Le pido salud, especialmente. Lo demás… que me dé opciones para seguir peleando. Soy un guerrero y peleo todo, pero con salud.»

No es la primera vez que el entrenador habla públicamente de su fe.

En distintas entrevistas ha reconocido que es católico practicante y que esa dimensión espiritual le ha permitido convertirse en la persona que es hoy.

También ha aclarado que cuando se persigna antes de los partidos no lo hace por superstición.

Es simplemente una expresión natural de sus creencias.

Incluso ha contado que la oración forma parte de su rutina diaria, juegue o no juegue un Mundial.

La clasificación de España a la final ha multiplicado el interés por conocer esta faceta menos conocida del entrenador.

Mientras muchos analizan los planteamientos tácticos, las sustituciones o las decisiones técnicas que llevaron a «La Roja» al partido decisivo, otros descubren que detrás del exitoso seleccionador hay un hombre profundamente agradecido por el simple hecho de estar vivo.

Quizá ese sea uno de los mensajes más poderosos que deja esta historia.

En una sociedad acostumbrada a medir el éxito únicamente por las victorias, Luis de la Fuente propone una mirada diferente.

La oración, según él, no consiste en pedir privilegios, sino en reconocer los dones recibidos.

No busca que Dios incline el resultado de un partido, sino que le conceda la fortaleza necesaria para vivir con responsabilidad cada desafío.

Después, el fútbol hará su parte.

Y el resultado llegará.

España ya está en la final del Mundial 2026.

Pero, para su entrenador, la victoria más importante parece haber comenzado mucho antes del pitazo inicial: aprender a agradecer cada nuevo día, incluso antes de saber si terminará con una copa entre las manos.

Porque hay triunfos que no se levantan sobre un estadio, sino en el corazón de quien entiende que la fe no garantiza el éxito, pero sí puede dar la paz para afrontar cualquier resultado.

¿Qué te parece la actitud de Luis de la Fuente? ¿Crees que la oración debe ser un acto de gratitud más que una forma de pedir victorias?

DÍA DE LOS ABUELOS, RECONOCIMIENTO A QUIENES ENRIQUECEN NUESTRA SOCIEDAD

Cada 26 de julio conmemoramos el Día de los Abuelos, una jornada dedicada a reconocer la valiosa contribución de las personas mayores a nuestras familias, comunidades y a la sociedad en su conjunto. Es una fecha para agradecer una vida de esfuerzo, trabajo y dedicación, pero también para poner en valor el papel activo que muchas personas mayores continúan desempeñando en la construcción de una sociedad más cohesionada, solidaria e inclusiva.

Desde la Unión de Jubilados y Pensionistas UJP UGT queremos trasladar nuestro reconocimiento y afecto a todos los abuelos y abuelas, auténticos referentes de compromiso, transmisión de valores y apoyo intergeneracional. Su experiencia, su capacidad de adaptación y su generosidad constituyen un patrimonio social que merece ser reconocido, protegido y promovido.

En la UJP UGT trabajamos cada día para defender los derechos de las personas jubiladas y pensionistas, favoreciendo su participación activa en la vida social y comunitaria. Creemos firmemente que el envejecimiento debe vivirse como una etapa de oportunidades, en la que cada persona pueda seguir aprendiendo, compartiendo conocimientos, participando en la vida cultural y social, y contribuyendo con su experiencia al bienestar colectivo.

El papel de los abuelos y abuelas va mucho más allá del ámbito familiar. Son transmisores de memoria, cultura y valores; sostienen redes de apoyo fundamentales para muchas familias y desempeñan un papel esencial en el fortalecimiento de los vínculos entre generaciones. Reconocer esta aportación significa también avanzar hacia una sociedad que combata el edadismo, promueva la participación y garantice el respeto y la dignidad de las personas mayores.

En este sentido, la labor de la UJP UGT se orienta a crear espacios de encuentro, formación, participación y representación, impulsando iniciativas que favorezcan el envejecimiento activo, la autonomía personal y la implicación de las personas mayores en la vida pública. Porque una sociedad que escucha a sus mayores es una sociedad que aprovecha el conocimiento acumulado, fortalece la convivencia y construye un futuro más justo para todas las generaciones.

En este Día de los Abuelos renovamos nuestro compromiso con las personas mayores y con la defensa de una sociedad en la que la edad sea sinónimo de experiencia, participación y ciudadanía activa.

Desde la Unión de Jubilados y Pensionistas de UGT, felicitamos a todos los abuelos y abuelas, agradeciendo su ejemplo, su dedicación y la huella que dejan cada día en sus familias y en la sociedad.

Feliz Día de los Abuelos. Gracias por seguir construyendo presente y futuro con vuestra experiencia, vuestro compromiso y vuestra generosidad.

Anatolio diez para 65 Y mas

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN PEDRO CLAVER

Pedro Claver y Juana Corberó, campesinos catalanes, tuvieron seis hijos, pero solo sobrevivieron Juan, el mayor, y los dos mas pequeños, Pedro e Isabel. El padre apenas podía firmar su nombre, pero era un hombre trabajador y buen cristiano. La infancia de Pedro quedó oculta para la historia como la de tantos santos, incluso la de Nuestro Señor. Trabajaba en el campo con su familia.

Pedro se graduó de la Universidad de Barcelona. A los 19 años decide ser Jesuita e ingresa en Tarragona. Mientras estudiaba filosofía en Mallorca en 1605 se encuentra con San Alonso Rodriguez, portero del colegio. Fue providencial. San Alonso recibió por inspiración de Dios conocimiento de la futura misión del joven Pedro y desde entonces no paró de animarlo a ir a evangelizar lo territorios españoles en América.

Pedro creyó en esta inspiración y con gran fe y el beneplácito de sus superiores se embarcó hacia la Nueva Granada en 1610. Debía estudiar su teología en Santa Fe de Bogotá. Allí estuvo dos años, uno en Tunja y luego es enviado a Cartagena, en lo que hoy es la costa de Colombia. En Cartagena es ordenado sacerdote el 20 de Marzo de 1616.

Al llegar a América, Pedro encontró la terrible injusticia de la esclavitud institucionalizada que había comenzado ya desde el segundo viaje de Colón el 12 de Enero de 1510, cuando el rey mandó a emplear negros como esclavos. Se trata de una tragedia que envolvió a unos 14 millones de infelices seres humanos. Un millón de ellos pasaron por Cartagena. Los esclavos venían en su mayoría de Guinea, del Congo y de Angola. Los jefes de algunas tribus de esas tierras vendían a sus súbditos y sus prisioneros. En América los usaban en todo tipo de trabajo forzado: agricultura, minas, construcción.

Cartagena por ser lugar estratégico en la ruta de las flotas españolas se convirtió en el principal centro del comercio de esclavos en el Nuevo Mundo. Mil esclavos desembarcaban cada mes. Aunque se murieran la mitad en la trayectoria marítima, el negocio dejaba grandes ganancias. Por eso, las repetidas censuras del papa no lograron parar este vergonzoso mercado humano.

Pedro no podía cambiar el sistema. Pero si había mucho que se podía hacer con la gracia de Dios. Pero hacía falta tener mucha fe y mucho amor. Pedro supo dar la talla. En la escuela del gran misionero, el padre Alfonso Sandoval, Pedro escribió: «Ego Petrus Claver, etiopum semper servus» (yo Pedro Claver, de los negros esclavo para siempre». Así fue. San Pedro no se limitó a quejarse de las injusticias o a lamentarse de los tiempos en que vivía. Supo ser santo en aquella situación y dejarse usar por Jesucristo plenamente para su obra de misericordia. En Cartagena durante cuarenta años de intensa labor misionera se convirtió en apóstol de los esclavos negros. Entre tantos cristianos acomodados a los tiempos, el supo ser luz y sal, supo hacer constar para la historia lo que es posible para Dios en un alma que tiene fe.

A pesar de su timidez la cual tubo que vencer, se convirtió en un organizador ingenioso y valiente. Cada mes cuando se anunciaba la llegada del barco esclavista, el padre Claver salía a visitarlos llevándoles comida. Los negros se encontraban abarrotados en la parte inferior del barco en condiciones inhumanas. Llegaban en muy malas condiciones, víctimas de la brutalidad del trato, la mala alimentación, del sufrimiento y del miedo. Claver atendía a cada uno y los cuidaba con exquisita amabilidad. Así les hacia ver que el era su defensor y padre. Enseña a los esclavos

Los esclavos hablaban diferentes dialectos y era difícil comunicarse con ellos. Para hacer frente a esta dificultad, el padre Claver organizó un grupo de intérpretes de varias nacionalidades, los instruyó haciéndolos catequistas.

Mientras los esclavos estaban retenidos en Cartagena en espera de ser comprados y llevados a diversos lugares, el padre Claver los instruía y los bautizaba. Los reunía, se preocupaba por sus necesidades y los defendía de sus opresores. Esta labor de amor le causó grandes pruebas. Los esclavistas no eran sus únicos enemigos. El santo fue acusado de ser indiscreto por su celo por los esclavos y de haber profanado los Sacramentos al dárselos a criaturas que a penas tienen alma. Las mujeres de sociedad de Cartagena rehusaban entrar en las iglesias donde el padre Claver reunía a sus negros. Sus superiores con frecuencia se dejaron llevar por las presiones que exigían se corrigiesen los excesos del padre Claver. Este sin embargo pudo continuar su obra entre muchas humillaciones y obstáculos. Hacia además penitencias rigurosas. Carecía de la comprensión y el apoyo de los hombres pero tenia una fuerza dada por Dios.

Muchos, aun entre los que se sentían molestos con la caridad del padre Claver, sabían que hacia la obra de Dios siendo un gran profeta del amor evangélico que no tiene fronteras ni color. Era conocido en toda Nueva Granada por sus milagros. Llegó a catequizar y bautizar a más de 300,000 negros.

En la mañana del 9 de Septiembre de 1654, después de haber contemplado a Jesús y a la Santísima Virgen, con gran paz se fue al cielo.

Beatificado el 16 de Julio de 1850 por Pío IX.

Canonizado el 15 de Enero de 1888 por León XIII junto con Alfonso Rodriguez.

El 7 de Julio de 1896 fue proclamado patrón especial de todas las misiones católicas entre los negros.

El papa Juan Pablo II rezó ante los restos mortales de San Pedro Claver en la Iglesia de los Jesuitas en Cartagena el 6 de Julio de 1986.

Su fiesta se celebra el 9 de Septiembre.

Fuente: Santopedia

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV. LOS DOCUMENTOS DO CONCÍLIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM 7. LA MÚSICA SACRA

El sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sagrada. Este afirma: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne» (SC, 112) y precisa: «La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).

Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya resaltado por San Pio X en el Motu Proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). De hecho, la música forma parte de la acción litúrgica, y no es un mero adorno de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, sintonizando el propio corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios, en la participación activa en el misterio celebrado. Precisamente la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma San Agustín: «Cantare amantis est», es decir «cantar es proprio de quien ama» (Sermo 336,1). Esto es muy importante, porque ayuda en abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y en dejarse moldear por ella.

El canto, además, favorece la comunión. Por medio de la sinfonía de las voces contribuye a unir los ánimos, superando las diferencias entre las personas y reuniendo todos en la alabanza a Dios. Así se convierte en una epifanía de la Iglesia, manifestación tangible de la comunión que pertenece a su naturaleza.

De la profunda relevancia teológica del canto sacro, como parte integrante de la acción litúrgica, derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos los niveles a lo que resulta más adecuado para el momento de la celebración. Además, la forma, especialmente en su aspecto melódico, debe ser a la vez noble y sencilla, de alta calidad musical y fácil de ejecutar, sobretodo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).

Por la misma razón, el Concilio recomienda que los textos también sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, simples de comprender, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, en los libros litúrgicos y en la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto hay que velar, para que se mantenga viva y para que crezca la dinámica expresada en el antiguo principio “lex orandi lex credendi”, es decir, la ley de la oración es también la ley de la fe.

Sacrosanctum Concilium dedica mucho espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «se ha de comprender […] partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 52) en un «espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel» (ibid. 55). En cuanto a la manera concreta con la que esta se puede realizar por medio del rol específico de la música sagrada, la Constitución ofrece una respuesta clara: «se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30), y exhorta a cada uno, ministro o simple fiel, a desempeñar «todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC, 28) en el equilibrio armonioso entre los distintos ministerios, las diversas intervenciones y los momentos de silencio.

El Concilio concede además gran importancia al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sagrada. Se presta también especial atención al órgano (cfr. SC, 120), mientras que se admite el uso de otros instrumentos «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).

Un tema muy importante para la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas muy en cuenta, como parte de la vida religiosa y social de las personas. Por ello, se recomienda, por un lado, poner en práctica en todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por el otro, «dentro de lo posible […] puedan promover la música tradicional de su pueblo, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).

En el contexto litúrgico, se reconoce una función especial a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión de «velar por la ejecución exacta de las partes que le corresponden, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (S. CONGR. DE LOS RITOS, Instrucción Musicam sacram, 19).

Con este fin, el compositor de música sacra debe conocer y preservar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las diferentes tradiciones culturales, de modo que «purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» ( S. JUAN PABLO II, Quirógrafo sobre la música sagrada, 22 de noviembre de 2003, 3).

Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan fomentar la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115) y garantizar a los músicos y cantantes una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia concedieron gran importancia al canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por eso podemos concluir con estas hermosas palabras de San Ignacio de Antioquía: «Que cada uno de vosotros también se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4,2).

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CATEQUESIS DEL PAPA LEON XIV. LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM 6. EL AÑO LITÚRGICO

El quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema sobre el cual hoy queremos deternos, para explicar su importancia en la vida de todo creyente.

En primer lugar, hay que recordar que esta manera de definir el ciclo de las celebraciones cristianas “año litúrgico” se extendió en el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el abad Prosper Guéranger (1805-1875).

En la encíclica Mediator Dei, Papa Pio XII afirma que «no es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple […] recuerdo de una edad pretérita. Más bien, el año litúrgico es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […] con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y por ellos en cierto modo vivan; misterios que están presentes y obran constantemente» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). Por lo tanto, el año litúrgico debe entenderse como constante actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los fieles llenarse de la gracia de la salvación (cf. SC, 102c). El encuentro con Jesús, que murió y resucitó por nosostros, es el fin que la Iglesia persigue siempre, situando en el centro de cada momento la celebración del acontecimiento pascual.

Por esta razón, los padres conciliares consideran «fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» precisamente el domingo «el día de la fiesta primordial» (cf. SC, 106). En varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”, “el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!

San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, “el día de los días”: «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía» (n.75), cuando todos resucitaremos.

Para santificar el domingo es fundamental celebrar la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC, 106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede sustituirse por una presencia meramente virtual, ni se reduce a una reunión meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en la participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para que «den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1Pe, 1,3)» (ibid.).

En este sentido, os animo a todos a crear las mejores condiciones posibles para que también puedan participar en la Santa Misa aquellos que los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del trabajo.

Queridos hermanos, el año litúrgico, marcado por los domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la devoción de la Iglesia. De hecho, ya desde el siglo II d. C., a la celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «la máxima solemnidad» (SC, 102), que se extendía a lo que se denomina el «tiempo de gran alegría» de cincuenta días, que culminaba en Pentecostés y se preparaba mediante el tiempo de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC, 109). El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar posteriormente siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo. La Iglesia ha incorporado además en los distintos tiempos la veneración de la Santísima Virgen María, «unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo» (SC, 103), y «el recuerdo de los mártires y de los demás santos […] cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros» (SC, 104).

El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.

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CATEQUESIS DEL PAPA LEON XIV. LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM 5. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA

En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica.

Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).

En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece volver a ser descubierta en su verdad.

La Constitución Sacrosanctum Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba profundamente al Papa San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).

En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo» (SC, 5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC, 84).

Por eso, San Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const. ap. Laudis canticum).

Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración cristiana.

Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él.

Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros. Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra; le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).

Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo, las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso glorioso del Señor.

The Holy See

¿DÓNDE HAY PLENITUD DE VIDA?

Seguramente muchas personas responderían a la pregunta que encabeza este articulo diciendo que hay plenitud de vida o, en términos más sencillos, una buena vida, allí donde hay salud, dinero y amor. Aunque eso del amor suele confundirse con el sexo, y el sexo mal utilizado puede perjudicar la salud y desde luego está muy alejado del amor que perdona y se entrega desinteresadamente. Al final todo se reduce a tener dinero. Ahí está para muchos el criterio de la buena vida.

Pero no es lo mismo buena vida que vida buena. Jesús era amante de la fiesta y del buen vivir. Tanto que fue acusado de comilón y bebedor. Pero el buen vivir, la vida buena, no consiste en mirarse solo a sí mismo buscando agotar todas las posibilidades de placer, sino en vivir teniendo en cuenta a los demás, pensando en los demás, viviendo para los demás. Solo el que busca la felicidad de los demás, ese y solo ese, trabaja por su propia felicidad. Este vivir para los demás es el secreto que el Evangelio nos descubre si queremos salvar la vida ya desde ahora: el que entrega su vida y la pierde por el Evangelio, ese la gana. Y de eso se trata: de ganar la vida.

Jesús afirma explícitamente que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. La pretensión de Jesús es que haya vida en abundancia. Naturalmente, se trata de mucho más que la mera vida biológica. Una vida abundante y en plenitud es una vida con sentido. Hoy un miedo profundo ronda nuestras ciudades: el de que nada vale la pena, nada tiene sentido. De ahí las tentaciones fundamentalistas, que ofrecen respuestas demasiado fáciles a problemas demasiado complejos. La Iglesia, por el contrario, aunque pretende que su mensaje está cargado de sentido, no pretende tener respuesta a todas las cuestiones. El Vaticano II lo dice bien claro: no hay que pensar que “los pastores están siempre en condiciones de poder dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aún graves, que surjan. No es esta su misión” (Gaudium et Spes, 43).

La cuestión del sentido va unida a la cuestión de la verdad, del bien y del amor. Lo que da plenitud de vida es vivir en la verdad. Desgraciadamente, la mentira abunda. Se miente para ocultar el mal que uno hace. Se miente para aparentar. Pero detrás de la apariencia solo hay la nada y el vacío. La verdad está unida al bien y al amor. Lo que nos da plenitud de vida es actuar en conciencia buscando el bien de los demás y sentirnos queridos, sabernos destinatarios de un amor pleno e incondicional.

En Jesús de Nazaret encontramos el modelo más acabado de un amor que toma partido a favor del bien y en contra del mal, un amor “hasta el extremo” (Jn 13,1), hasta más no poder. De ahí que Jesús da la vida por sus amigos: “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Este amor es grande y hasta el extremo porque Jesús nos considera a todos sus amigos, incluso a los que aparentemente son sus enemigos. Por eso da la vida “por todos”, como decimos en cada Eucaristía, por todos “para el perdón de los pecados”, de todos los pecados.

Martin Gelabert Ballesteros O.P. – Blog Nihil Obstat

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

La grandeza de la “compasión”

La grandeza de la compasión…

teóricamente reconocida, pero poco practicada en un mundo como el nuestro

con una “cultura del individualismo”,

la prisa, lo inmediato, la indiferencia hacia el otro y el descarte, que deja a muchas personas “heridas”

al borde del camino de la vida,

a la espera de que llegue un “samaritano” que se “compadezca” de ellas

y se haga “prójimo” con ellas.

La grandeza de la compasión…

inicia su proceso en el “sentimiento de alteridad” que brota del corazón

y finaliza en el “compromiso” con el sufrimiento ajeno, tanto corporal como mental y espiritual.

La compasión que se queda en la pura emoción

sin llegar a la “acción”, no es verdadera compasión. El “buen samaritano” es el ejemplo:

“Un samaritano que iba de camino vio a un hombre herido y sintió compasión de él.

Se acercó, lo curó, se hizo cargo de él, lo cuidó y lo llevó al posadero.

-¿Quién de los tres que lo vieron

te parece que fue el prójimo del hombre herido? El maestro de la ley respondió:

-El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo:

-Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10,30).

La grandeza de la compasión…

tanto a nivel personal como planetario

viene dada esencialmente por la relación con el sufrimiento, en cualquiera de sus manifestaciones,

y con la persona sufriente.

“Una sociedad que no acepta a los que sufren

y que no es capaz de contribuir mediante la compasión a lograr que el sufrimiento sea compartido

y sobrellevado interiormente,

es una sociedad cruel y deshumanizada” (Benedicto XVI).

La grandeza de la compasión…

tiene el valor añadido que le dio Jesús viviéndola, practicándola y recomendándola. “Jesús vio que llevaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda.

Jesús tuvo compasión de ella y le dijo: “No llores”

Y al muerto le dijo: “Muchacho, a ti te digo, ¡levántate!” El muerto se sentó y comenzó a hablar” (Lc 7,11).

“Un mendigo ciego oyó que pasaba Jesús y comenzó a gritar: -¡Hijo de David, ten compasión de mí!

Jesús se detuvo y preguntó al ciego: -“¿Qué quieres que haga por ti?”

-Maestro, quiero recobrar la vista.

Jesús le dijo: “Puedes irte, tu fe te ha salvado” (Mc 10,46). “Jesús, viendo a la gente, sentía compasión,

porque estaban angustiados y desvalidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,35).

La grandeza de la compasión…

se alcanza cuando alguien, voluntariamente, se acerca a la persona que sufre,

se hace “prójimo” con ella

y compadeciéndose, le ofrece ayuda.

“El verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor fraterno,

que tiene su raíz en el amor de Dios” (Papa Francisco).

“Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí; por tu gran ternura, borra mi culpa. ¡Lávame de mi maldad!

¡Límpiame de mi pecado!” (Sal 51,1).

Julián del Olmo

Domingo, 5 de julio de 2026