EL GÉNESIS Y EL INICIO DEL UNIVERSO

Desde siempre hubo una lucha entre ciencia y religión, aunque si repasamos la vida de los científicos comprobamos que creen en Dios, entre otros muchos, Newton, Schrödinger, Mendel, Pasteur… y el 63 % de los premios nobel. Dos anécdotas: Albert Einstein le dice a Niels Bohr, uno de los padres de la teoría cuántica: “Dios no juega a los dados”, a lo que Bohr (creyente) le respondió: “Señor Einstein, ¡deje de decirle a Dios lo que debe hacer!” La otra es de Chesterton: “Si Dios no existiera, no habría ateos”.

Entre las disputas de neodarwinistas y creacionistas en EEUU surge en Israel el doctor Gerald Schroeder (Física Nuclear y Oceanografía, con estudios en Química y Ciencias Planetarias por el Instituto Tecnológico de Massachusetts), judío ortodoxo, que admite sin dudar la teoría de la evolución con una afirmación sorprendente: Dios creó el Universo en seis días. Parte de las estimaciones de la NASA por la sonda James Webb de que el Universo tiene 13.800 millones de años, con incertidumbre de más o menos 100 millones de años.

Lo que conocemos hoy:

-El primero de los días bíblicos duró 24 horas, visto desde la perspectiva del comienzo del tiempo. Pero la duración desde la ciencia es de 7 mil millones de años.

-El segundo día, desde la perspectiva de la Torá, duró 24 horas. Desde la nuestra duró 3 mil millones de años.

-El tercer día duró 2 mil millones de años.

-El cuarto día, mil millones de años.

-El quinto día, quinientos millones de año

-El sexto día, doscientos cincuenta millones de años.

Lo que, sumado, dan 13.750 millones de años, dentro de los cálculos de la NASA.

Sabemos que antes hubo la gran explosión o inflación que hizo posible el Big Bang, que desaceleró rápidamente hasta obtener el bosón de Higgs y las partículas que dieron origen a los átomos, y éstos, al hidrógeno, helio y toda la tabla periódica que formaron las galaxias, las estrellas y el universo actual, según dice Gerald Schroeder, tal como dice el Génesis. La cosmología, la paleontología, la arqueología verifican la semejanza día por día entre la ciencia que estudió el inicio del universo y el Génesis. Puede producir escalofríos en todo el cuerpo cuando se leen; coinciden mucho. Todos los cristianos admiten esta teoría, al contrario que los ateos que la despreciaron. Hoy en día, la mayoría de los científicos ateos aceptan la teoría del Big Bang como la mejor explicación para la expansión del universo. No aplican el principio de que en física todo efecto tiene una causa, la “olvidan”.

Jacinto Seara para Atlántico

QUÉ SIGNIFICA EL PROVERBIO IRLANDÉS QUE MEJOR DEFINE LA SABIDURÍA: “EL ANCIANO PARA ACONSEJAR, Y EL JOVEN PARA ACTUAR”

“El anciano para aconsejar, y el joven para actuar”, reza un viejo proverbio irlandés. La frase parte de una división sencilla: el anciano aconseja y el joven actúa. No es una regla rígida ni una limitación, sino una imagen sobre la colaboración entre generaciones. La experiencia orienta; la energía ejecuta. Cuando ambas se unen, la acción tiene más posibilidades de ser acertada.

El anciano representa la memoria acumulada. Ha visto errores, consecuencias, ciclos y decisiones que parecían urgentes pero no lo eran. Su consejo nace de haber vivido lo suficiente para reconocer patrones. No siempre tendrá la respuesta perfecta, pero puede advertir sobre peligros que el entusiasmo juvenil no ve.

El joven representa el movimiento. Tiene fuerza, tiempo, impulso y disposición para transformar lo que existe. Pero esa energía, sin orientación, puede dispersarse o precipitarse. Por eso el proverbio no exalta la acción ciega, sino la acción guiada por consejo.

La frase también expone dos errores opuestos. El primero es despreciar a los mayores como si su experiencia ya no sirviera. El segundo es dejar a los jóvenes sin espacio, como si solo debieran escuchar y nunca actuar. El proverbio propone equilibrio: una comunidad sana necesita que el anciano hable y que el joven haga.

Qué es un proverbio

Un proverbio irlandés es una expresión breve de sabiduría tradicional vinculada a la cultura de Irlanda. Estos dichos suelen transmitirse de generación en generación y condensan enseñanzas sobre la vida cotidiana, la familia, la amistad, el trabajo, el tiempo, la muerte y la comunidad.

Muchos proverbios irlandeses tienen una raíz oral. Fueron útiles porque podían recordarse fácilmente y repetirse en conversaciones, reuniones familiares o momentos de decisión. Su valor está en que no imponen una teoría: ofrecen una imagen o una frase que ayuda a pensar.

En este caso, el proverbio muestra una visión comunitaria de la vida. Cada generación tiene algo que aportar. La vejez no queda reducida a pasividad; aconsejar también es participar. La juventud no queda reducida a obediencia; actuar también es construir el futuro.

Leído en la actualidad, el mensaje sirve para familias, trabajos, escuelas, equipos y sociedades. Cuando los mayores aconsejan sin imponer y los jóvenes actúan sin despreciar la experiencia, se produce una combinación poderosa. La sabiduría necesita manos; la energía necesita dirección. El proverbio recuerda que ninguna de las dos basta por sí sola.

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA LUDMILA DE BOHEMIA

Despunta una fresca mañana de primavera, en los comienzos del siglo X. En breve se iniciaría una sesión de la dieta convocada por el rey de Germania, en la ciudad de Worms.

Todos los ilustres invitados ya se encuentran en el lugar establecido, a la espera del joven duque de Bohemia, Wenceslao. Se intercambian comentarios acerca de su atraso, considerado una falta de deferencia para con el soberano allí presente. A fin de manifestar su unánime desaprobación, los nobles acuerdan que, contra la costumbre, nadie se levantará cuando llegue. Aún pasa un tiempo razonable hasta que se anuncia que, finalmente, está en la puerta. Y tan pronto como va entrando… ¡Todos mudan de opinión! Nada más lo ven, exclaman de admiración, y hasta el propio monarca se yergue de su trono para saludarle.

¿Qué sería lo que le hizo cambiar de actitud tan súbitamente a tan selecta asamblea?

Wenceslao no había ido solo: todos pudieron ver que delante de él iban ¡dos bellísimos ángeles portando una cruz de oro! Atónito, el rey lo invitó a sentarse a su derecha. El duque se disculpó por el atraso y explicó que se debía a su costumbre de asistir a dos Misas todos los días…

Ese hecho encantador es tan sólo uno entre los muchos otros inmortalizados por las leyendas de San Wenceslao, en las cuales contemplamos aspectos de su vida que no caben en los fríos y documentales archivos de la Historia, pero que se encuentran consignados con letras de oro en el multisecular tesoro de la piedad católica.

Junto a ese gran monarca, la Iglesia siempre ha venerado otra figura impar del cristianismo del mundo eslavo: Santa Ludmila, su abuela, «la primera perla y, al mismo tiempo, la primera flor arrancada en Bohemia».1 Con inquebrantable ánimo, ella preparó para su pueblo, en la persona de su nieto, «no sólo a un rey sabio y prudente, sino también a un convencido promotor del culto eucarístico y del amor al prójimo».2

Una conquista de San Metodio

Ludmila nació en torno al año 860, en medio del paganismo de la ciudad de Melník, en la región central de Bohemia. Su familia pertenecía a la más alta dinastía local.

Con 14 años fue entregada en matrimonio a Bořivoj, el primer príncipe del Estado de Přemyslida, formado con la unificación de las tierras que hoy componen la República Checa. Era la época en que el gran apóstol de los eslavos, San Metodio, ponía todo su empeño en la evangelización de la región. Bořivoj encantado con la fe católica, tuvo el honor y el mérito de ser el primer gobernante checo que recibió las aguas del Bautismo. También su joven esposa quiso ser bautizada, asumiendo los compromisos cristianos de manera tan sincera y profunda que adoptó como ideal de vida, junto con su marido, propagar la verdadera religión en sus dominios.

No fue una tarea sencilla, pero, impulsados por el fuego de la fe, ningún obstáculo los detuvo. Promovieron misiones de monjes para que les predicaran a la población y la incentivaran a la vida de piedad, emprendiendo para ello la construcción de la primera iglesia en Bohemia, dedicada a San Clemente.

Poco a poco los frutos de su apostolado se multiplicaron y, con ellos, sobrevinieron también persecuciones, signo característico de que se está recorriendo el camino del Señor. La noble pareja llegó a ser desterrada, debido a la acción de personas influyentes en la corte aún aferradas a la idolatría. Ahora bien, no hay nada más alentador para un apóstol que la saña del enemigo, que con ello demuestra estar perdiendo terreno…

No pasó mucho tiempo y Santa Ludmila y su esposo consiguieron retomar el trono y, con él, su impulso en pro de la expansión del catolicismo.

Sagacidad en la educación de su nieto

Cuando una fortaleza se muestra inexpugnable, el método más eficaz de conquistarla es penetrar discretamente en su interior y, desde dentro, comenzar la destrucción… Esa fue la táctica que el demonio usó para tratar de demoler el hogar de Santa Ludmila.

El peligro despuntó cuando su hijo Vratislav se casó con Drahomira de Lucsko, una joven que pasaría a la Historia como mujer «de genio altivo y fiero, añadiendo a la impiedad la crueldad y la perfidia».3 Fingía simpatizar con el cristianismo, pero en secreto favorecía prácticas idolátricas. Ni las exhortaciones, el celo o siquiera los buenos ejemplos de su marido lograron disuadirla de sus maquinaciones.

Sabía la santa duquesa que eso no significaba tan sólo una posible división en el trono o en la familia, sino también un peligro inminente para la verdadera religión en el ducado. Por esta razón, no se demoró en reaccionar: cuando nació el segundo hijo de Drahomira, le pidió la tutela del primogénito, Wenceslao, pues en él había discernido los atributos de un excelente soberano.

Por tanto, el pequeño se fue a vivir al palacio de su abuela, en Praga. «Encargose la virtuosa princesa de formar por sí misma aquel tierno corazón, repartiendo el cuidado de su educación con un sabio preceptor que le señaló. Era este un capellán suyo, sacerdote santo, por nombre Pablo, que llenó dignamente todo el deseo de la princesa en las lecciones que le dio [a Wenceslao] para cultivar a un mismo tiempo su entendimiento con el estudio de las letras, y su corazón con el amor y con el ejercicio de la virtud».4 A esta formación el niño correspondió tan perfectamente que es reputado como uno de los príncipes más capaces de su época.

Ánimo resoluto frente a los reveses

Mientras su nieto iba fortaleciéndose en sabiduría y virtud, la prudente abuela vigilaba, pues sabía que aquel período consistía en la preparación para la gran batalla de su vida, la cual imprimiría un rumbo decisivo a la nación que Dios le había confiado. Ella preveía que no tardaría mucho en llegar ese momento y, de hecho, así sucedió…

Antes de que la duquesa cumpliera los 40 años, su esposo murió en combate. ¿Qué iba a hacer ella sin la protección y el apoyo de su fiel Bořivoj? Siempre resoluta, no dudó un instante: continuaría luchando, porque si la Providencia le había dado la misión de propagar y defender el catolicismo en la incipiente Bohemia, con la gracia de Dios llevaría hasta el final el encargo.

Su primera actitud consistió en poner a la cabeza del ducado, después de algunas contiendas, a su hijo mayor, Spytihněv, quien continuó la obra iniciada por sus padres, asentando en bases católicas la naciente civilización. Gobernó durante más de veinte años, hasta su muerte, en el 915, cuando le sucedió su hermano Vrastislav.

Fuerte fue la influencia de Santa Ludmila en ese período, mostrándose firme con los rebeldes, pero al mismo tiempo bondadosa y llena de misericordia para con los débiles y afligidos que a ella acudían. Con esto, la duquesa madre acabó por convertirse en el encanto de los checos, desde los altos cortesanos hasta los más humildes miembros del pueblo. Todos sabían que aquella dama férrea, implacable cuando se trataba de defender el bien y castigar el mal, poseía un corazón maternal, siempre dispuesto a acoger, perdonar y animar en el camino de la virtud.

Sin embargo, había alguien a quien le exasperaba esa situación…

Lucha contra la «nueva Jezabel»

Hay quien ha comparado a Drahomira con la perversa Jezabel, que en su furor «exterminó a los profetas del Señor» (1 Re 18, 4). En efecto, esa mujer odiaba el cristianismo y estaba dispuesta a todo para restaurar la religión pagana de sus ancestrales… Cual serpiente al acecho del momento adecuado para atacar, esperaba una oportunidad para desatar toda su ira.

La ocasión llegó con la prematura muerte de su buen marido Vratislav, en el 921, durante una batalla contra los húngaros. Se iniciaba entonces la más ardua de las pruebas por las que pasó Santa Ludmila, un auténtico enfrentamiento entre el cristianismo y el paganismo. En tal choque, el príncipe de este mundo, simbolizado por Drahomira, desafiaba insolentemente a Nuestro Señor Jesucristo en la persona de su amada y fiel seguidora Ludmila.

Como Wenceslao aún no tenía la edad suficiente para asumir el trono, Drahomira se apoderó de las riendas del gobierno y, ya sin el freno de su esposo, dio libre curso a su implacable odio. Decretó el cierre de las iglesias y la suspensión de los servicios litúrgicos, les prohibió a todos los sacerdotes y profesores cristianos instruir al pueblo, depuso de los cargos públicos a los magistrados católicos y, finalmente, anunció que los paganos tenían el derecho de matar a los cristianos, pero éstos no podían quitarles la vida a sus agresores, ni siquiera en legítima defensa.

Santa Ludmila, reclusa en su palacio de Tetín, en ningún momento se dejó abatir por la dura realidad. Con admirable astucia, se mantuvo resoluta y serena, dando continuidad a la formación de su nieto.

Pero Drahomira sabía muy bien cuál era el árbol del cual provenían los mejores frutos del catolicismo en el ducado y quería extirparlo de raíz. Fue entonces cuando planeó minuciosamente una trampa siniestra.

Martirizada al pie del altar

Podemos imaginar a la santa duquesa recogida en sus aposentos, especialmente pensativa en una mañana que despunta radiosa. A la manera de escenas, le pasaban por la mente todas las batallas, todas las gracias, cada una de las victorias que el Altísimo le había concedido en la gloriosa misión de conquistar almas para Él. No obstante, sentía que Dios le pedía algo más, un último paso, un holocausto supremo con el cual coronara su militancia en este mundo.

Pensando en esto, de repente, oye unos pasos apresurados, pero discretos, que se acercaban. Era un emisario de mucha confianza que le llevaba noticias alarmantes: estaban tramando su muerte. Con esto, lo comprendió todo. Había dedicado toda su vida a la lucha aquí en la tierra, ahora iría a ofrecerle a Dios su muerte, para continuar batallando desde el Cielo.

Por lo tanto, empleó el tiempo que le quedaba en deshacerse por completo de los bienes de este mundo, pagándoles con generosidad a los criados los servicios prestados y distribuyendo las demás riquezas entre los pobres.

Una tarde de aquel año 921 —según algunos autores, un sábado, 15 de septiembre; en la opinión de otros, el domingo, día 16—, Santa Ludmila se confesó y entró en la capilla del castillo, donde permaneció postrada durante algún tiempo ante el altar. Recibió la sagrada Eucaristía y se quedó en profunda oración. Mientras renovaba su ofrecimiento al Señor, irrumpieron en el recinto dos asesinos, pagados por Drahomira, los cuales descargaron toda su cólera sobre la santa estrangulándola con su propio velo. De esta forma recibía la palma del martirio esta intrépida dama, a la edad de 61 años.

Un enorme regocijo se apoderó de la nueva Jezabel; sin embargo, no le duró mucho. La duquesa mártir fue enterrada cerca del castillo de Tetín y faltó tiempo para que se difundiera la fama de su santidad. Junto a la tumba empezaron a suceder muchos milagros. Sobre ella se veía una intensa luminosidad y por la noche un perfume se extendía por el entorno. Era como si una voz del Cielo recordara la inmortalidad de Dios, llenando de fe a los buenos y aterrorizando a los malos.

Reflejo de la Reina del Cielo y de la tierra

Cuando alcanzó la edad necesaria, San Wenceslao asumió el gobierno de Bohemia. Una de sus primeras actuaciones como soberano fue exiliar a su madre y a su hermano más pequeño —Boleslao, de la misma calaña que su progenitora— a una provincia alejada, y promover un grandioso traslado de los restos de su abuela a la iglesia de San Jorge, en Praga.

Se cuenta que fue el propio Dios quien se encargó de vengar la sangre de esta su tan predilecta combatiente: cierto día Drahomira pasaba cerca del lugar donde había mandado ejecutar a numerosos cristianos, cuando el suelo se abrió y fue tragada viva.

El joven duque se dedicó con ahínco al restablecimiento del orden perturbado por los años de despotismo de la sanguinaria Drahomira, logrando tanto éxito en esta tarea, por su sabiduría y prudencia, que en poco tiempo se transformó en un modelo de monarca cristiano. Su nombre atraviesa los siglos nimbado de gloria, proclamando cómo el Señor no defraudó las esperanzas de aquella que lo había formado para la lucha como una verdadera madre.

Así, el ejemplo de la santa patrona del pueblo bohemio refleja en la Historia el brillo de aquella que, teniéndose como humilde «esclava del Señor» (Lc 1, 38), confió en los altísimos designios de Dios hasta el punto de ser coronada como Reina del Cielo y de la tierra, de los ángeles y de los hombres, siendo para los infiernos «terrible y majestuosa como un ejército en orden de batalla» (cf. Cant 6, 4). ◊

Notas

1 BENEŠ, Vladimir (Ed.). Legenda о svatém Václavovi. Praga: Bonaventura, 2008, p. 12.

2 SAN JUAN PABLO II. Discurso a los obispos checoslovacos en visita «ad limina», 11/3/1982.

3 CROISSET, SJ, Juan. Año Cristiano. Barcelona: Librería Religiosa, 1854, v. IX, p. 539.

4 Ídem, ibídem.

Fuente: Heraldos del Evangelio

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV. LOS DOCUMENTOS DEL CONCÍLIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM 8. LAS MOTIVACIONES DE LA REFORMA LITÚRGICA

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La liturgia —escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio con Dios. Está claro que ella no puede renunciar a su función didáctica, y no puede no ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad». [1] Motivado por estas convicciones, el futuro papa san Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual». [2]

Es evidente la consonancia de estas declaraciones con aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí». Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva.

La reforma conciliar, al poner en el centro lo que constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la liturgia como «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica» [3]. De tal convicción nació la exigencia de hacer más accesible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el ordenamiento celebrativo respecto al previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes.

La liturgia, en efecto, al ser una realidad viva, siempre ha estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios. El magisterio ha adaptado sus formas a las exigencias de las diversas épocas. No sorprende entonces que también el Concilio Vaticano II, con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición, y precisamente con el fin de hacerlo más accesible, haya considerado necesaria una revisión de los libros litúrgicos.

El objetivo que los padres tenían en el corazón se explicita en el n.21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium: «Para que en la sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias abundantes, la santa madre Iglesia desea realizar una esmerada reforma general de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar, si en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados. En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria». Se remonta a la Encíclica Mediator Dei del papa Pío XII la distinción, en la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae Sedis 39, 1947, 541-542).

Por lo demás, el deseo de una “reforma general” no nacía de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los papas que se sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las demandas del Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus de papa Pío XI. Además, se pueden recordar las intervenciones de Pío XII sobre el ordenamiento de los ritos de la Semana Santa, los cuales reubicó en las horas correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos se hubieran anticipado a las horas de la mañana. Tampoco se debe olvidar que san Juan XXIII consideró necesaria una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal, aprobándola con el Motu proprio Rubricarum instructum, del 25 julio de 1960, en el cual remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios fundamentales para una reforma de la liturgia.

La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos che se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma.

A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución conciliar afirma que «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es «sacramento de unidad», es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos.

Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (Sacrosanctum Concilium n. 26).

Es, por lo tanto, responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual, custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (cfr. n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia de este tipo será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cfr. n. 48).

_________________

[1] G. B. Montini, «Terza lettera dal Concilio», Rivista Diocesana Milanese 51 (1962) 921-923: 922.

[2] Ibid.

[3] Solemne Clausura de la II Sesión del Concilio, Alocución del Santo Padre Pablo VI (4 de diciembre de 1963).

Fuente: The Holy See

MÚSICA SACRA:TE DEUM DE BRUCKNER

El “Te Deum” en do mayor (WAB 45) de Anton Bruckner es una monumental obra sacra para cuatro voces solistas, coro mixto, gran orquesta y órgano ad libitum, compuesta entre 1881 y 1884.  Se estructura en cinco secciones continuas que forman un arco simétrico en torno al texto sagrado, con una duración aproximada de 25 minutos.

Es una de las piezas más alegres, potentes y extáticas del compositor austriaco.

Bruckner la consideraba “el orgullo de su vida” y bromeaba diciendo que se la presentaría a Dios como prueba de sus talentos al llegar al cielo.

Se divide en cinco partes que siguen el texto litúrgico tradicional de alabanza y acción de gracias.

1.-«Te Deum laudamus» (Allegro, Feierlich, mit Kraft – Do mayor): Comienza de forma imponente y jubilosas con acordes macizos de la orquesta y el coro. Establece la tonalidad principal de Do mayor como símbolo de la gloria divina. Predomina la fuerza arrolladora del tutti orquestal y coral.

2.-«Te ergo quaesumus» (Moderato – Fa menor): Introduce un cambio radical hacia la introspección y la plegaria humilde. Destaca el diálogo íntimo entre el tenor solista y un violín solista. Domina una atmósfera lírica y contenida de carácter suplicante.

3.-«Aeterna fac» (Allegro, Feierlich, mit Kraft – Re menor): Retorna la energía colosal con un carácter casi apocalíptico y dramático. Funciona como el centro dinámico y tenso de la arquitectura simétrica. El coro ruge con texturas homófonas pesadas y metales incisivos.

4.-«Salvum fac populum tuum» (Moderato – Fa menor): Repite la atmósfera de recogimiento del segundo movimiento de plegaria. Reaparece el lirismo vocal con intervención de los solistas del cuarteto. Actúa como puente equilibrador antes de la gran apoteosis final.

5.-«In Te, Domine speravi» (Mäßig bewegt – Do mayor): Corona la obra combinando el regreso triunfal a la tonalidad de Do mayor. Se desarrolla como un gran movimiento antifonal y culmina en una imponente fuga coral. Sintetiza la acción de gracias con la grandiosidad sinfónica característica del compositor.

Puedes ver una interpretación clásica del Te Deum de Bruckner dirigida por Herbert von Karajan aquí:

https://youtu.be/KeYuPPP1-Qw?si=whTIoUkSE7sf9qzJ

 

LA VIDA HUMANA MARCADA POR LA GRATUIDAD

En este mundo se habla mucho de derechos, unos más dignos y legítimos que otros: derecho al trabajo, a tener una buena vivienda, a ganar un sueldo justo, derecho al asilo, derecho sobre mi cuerpo. Se habla menos de deberes, aunque alguna vez se recuerda que no hay derechos sin deberes: el derecho que tengo a que los demás me traten bien, implica por mi parte el deber de tratar bien a los demás. Por otra parte, las ganas que tengo de poseer algo comporta el deber de abonar su coste.

De lo que realmente se habla poco es de gratuidad, entre otras cosas porque solemos asociar lo gratuito a lo poco valioso. En el fondo, pensamos que nadie da nada gratis. Esta mentalidad marcada por los derechos y los deberes nos impide ver la realidad. Y la realidad es que en la base de todo lo que tenemos y podemos hay una gratuidad radical que marca todo lo que somos. Lo más valioso lo hemos conseguido gratis, sin abonar nada por ello. San Pablo se preguntaba: “¿qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4,7). Bien pensado, todo lo que tenemos es un don, empezando por el don fundamental de la vida.

La vida no nos la hemos ganado, no la hemos conseguido con nuestras fuerzas o nuestro trabajo, nos la hemos encontrado. Yo no soy el autor de mi existencia, en todo caso soy su cuidador. La vida es un don. Un dinamismo de gracia sostiene la entera realidad. Ser es ser donado y la vida solo puede ser recibida. Que la existencia es perfecta gracia está en el dato evidente de que se ha recibido sin merecimiento porque no había posibilidad alguna de merecerla. Por otra parte, todos nos hemos encontrado con un mundo habitable y humanamente conformado, así como un lenguaje y unas experiencias que nos permiten orientarnos en el mundo y desarrollar nuestra identidad.

Si nos hemos encontrado con la vida eso significa que alguien nos la ha regalado. Para los creyentes, la vida es un regalo de Dios. Para los no creyentes la vida es un regalo de la naturaleza. Esta respuesta debería, al menos, preguntarse de dónde ha salido la naturaleza y de dónde saca la naturaleza inanimada el extraordinario poder de dar vida y vida inteligente. En todo caso, aceptado el regalo de la vida, podemos afirmar que todo lo que ella conlleva es también un regalo. Los regalos están para ser acogidos. Y la acogida requiere un gesto o una palabra de agradecimiento. El don es gratuito, pero eso no quita que quien lo ha recibido debe, en justa correspondencia, agradecer el don, que sigue siendo don, aunque no haya agradecimiento. Precisamente, cuando no hay agradecimiento, el don gratuito se manifiesta en forma de perdón.

En este mundo, la gratuidad no es muy valorada. Lo gratuito parece que vale poco. Lo que vale, lo que importa son los negocios, las ganancias. Precisamente porque el mundo no valora la gratuidad, no comprende el perdón. Más que perdón, lo que se reclama y exige es justicia: el que la hace la paga. Sin embargo, la entera realidad que sostiene al ser humano es pura gracia. Eso nos llama a elaborar una comprensión de la realidad bajo el dinamismo constitutivo de la gracia. Construir un mundo solo a base de justicia resulta insuficiente si la justicia no se abre al amor y se prolonga en el amor. El canon de la justicia es necesario, pero llevado al extremo corre el riesgo de convertirse en relación de poder, por no decir de venganza.

Martin Gelabert Ballesteros – Blog Nihil Obstat

JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y MAYORES 2026: “GRATITUD COLMADA DE GESTOS DE TERNURA”

El sol de julio entra, oblicuo y dorado, por los balcones entornados de la vieja casa. Las maderas crujen levemente. En la penumbra del cuarto reposa un libro con las hojas gastadas y un reloj de pared desgrana su tictac parsimonioso. Todo en la estancia respira quietud, permanencia, memoria. El tiempo, para la persona mayor, no corre veloz como el agua de los torrentes; se remansa, se vuelve contemplación, se torna sabiduría silenciosa. Vemos al abuelo sentado en su sillón de siempre, con las manos nudosas descansando sobre las rodillas. Esas manos han labrado la tierra, han acariciado cunas, han escrito cartas que el tiempo fue amarilleando. Miramos al anciano y comprendemos la hondura de las pequeñas cosas cotidianas. La vejez no es una ausencia de vida, sino una plenitud callada.

La VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores se celebra el próximo 26 de julio, coincidiendo con la festividad litúrgica de San Joaquín y Santa Ana. Esta conmemoración eclesial, consolidada en el calendario, nos invita a situar la vejez en el centro de nuestras comunidades y hogares. Fue el Papa Francisco quien, con mirada providencial, instituyó esta cita anual para recordarnos que la marginación de los mayores corrompe todas las estaciones de la existencia. Bergoglio insistió con fuerza en que los ancianos representan las raíces vivas de nuestra historia, ese hilo invisible que une el pasado con el porvenir. La Iglesia, bajo su guía, nos enseñó a no dejar solas a las personas mayores, a combatir la cultura del descarte con la calidez del encuentro familiar.

Hoy el testigo de esa dulce preocupación pastoral lo recoge con idéntica ternura León XIV. En el horizonte de la VI Jornada Mundial, el Santo Padre, el pasado 15 de junio, nos dirigió su mensaje para advertirnos sobre la dolorosa experiencia del olvido que atenaza a tantos ancianos. El Papa nos llama a descubrir la fuerza de la fragilidad, recordándonos que las limitaciones físicas no disminuyen la dignidad humana, sino que abren cauces para una misión espiritual altísima: la oración perseverante por la paz del mundo.

El magisterio de la debilidad se alza así frente al orgullo de una sociedad desbocada. Nos viene a la memoria el verso preclaro de José María Pemán, que supo cantar con hondura lírica e hidalguía los misterios de las cosas entrañables de nuestra patria. Decía el gran poeta con sutil sabiduría: «La juventud es un soplo; la vejez es una cumbre donde el alma reposa mirando al cielo con la paz de la tarde cumplida». ¡Qué exacta verdad encierran estas palabras si las miramos a la luz del atardecer! Los abuelos son esas cimas iluminadas por los últimos rayos del sol. No hay en ellos la prisa del sembrador, sino la sosegada paz del recolector que contempla el grano limpio. No se puede mirar a un anciano sin sentir el respeto sagrado que infunden los templos antiguos. No bastan, sin embargo, los discursos bellos ni las palabras solemnes escritas sobre el papel. La jornada del 26 de julio debe traducirse en la menudencia de la vida ordinaria, en la geografía íntima de nuestros barrios y escaleras. La verdadera piedad cristiana y humana se demuestra con pequeños detalles palpables.

Cuidar de nuestros mayores implica detener el paso apresurado del día para regalarles lo más valioso que poseemos: nuestro tiempo. Pongamos nombres concretos a las intenciones: una visita pausada, sentándose a la vera de la cama o del sofá, simplemente para escuchar una historia mil veces repetida. Una llamada telefónica a mitad de la tarde, rompiendo el espeso silencio de un piso solitario. El gesto de acompañar a la abuela al parque, sujetando su brazo tembloroso con paciencia infinita. Preparar la mesa compartiendo el pan cotidiano, trayendo la risa de los nietos al comedor del anciano. Estos actos mínimos, aparentemente insignificantes, son los que verdaderamente sostienen el edificio de la civilización. Cuando besamos la frente de un anciano, estamos rescatando nuestra propia humanidad.

Vuelve el silencio a la estancia. La luz de la tarde va declinando lentamente tras los cerros lejanos. El anciano cierra los ojos con placidez, mecido por el susurro de la brisa que a veces nos regala el estío. En su rostro arrugado se dibuja la paz de quien lo ha dado todo. No permitamos que esa paz se trueque en amargura por culpa de nuestra indiferencia. Celebremos esta VI Jornada Mundial acudiendo al encuentro de nuestros abuelos. Hagámoslo con la certeza de que, al cuidar de sus vidas frágiles, estamos custodiando el tesoro más limpio y noble de nuestra propia alma.

Mons. Fernando Chica Arellano Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA @HolySee_FAO

ESPECIALISTAS DESTACAN QUE PEQUEÑAS RUTINAS DIARIAS AYUDAN A PRESERVAR EL BIENESTAR FÍSICO Y MENTAL

Quienes llegan a los 70, 80 años o más con una actitud positiva y una buena capacidad cognitiva suelen compartir un rasgo en común: protegen con firmeza una serie de rutinas cotidianas que, aunque parezcan simples, les aportan estructura, propósito y una sensación de estabilidad que resulta clave para afrontar esta etapa de la vida.

Aunque desde afuera puedan parecer simples costumbres o incluso pequeñas manías, especialistas sostienen que esos hábitos ayudan a mantener el funcionamiento físico, mental y emocional durante la vejez.

Cuando desaparecen las obligaciones laborales o familiares que durante décadas organizaron la vida diaria, esas actividades pasan a convertirse en una especie de andamiaje que da sentido al paso de los días y evita que la rutina pierda forma.

Diversos estudios identificaron ocho prácticas que aparecen con frecuencia entre las personas mayores que conservan una vida activa, buena autonomía y una actitud positiva frente al envejecimiento.

Según especialistas, muchas personas mayores que conservan una buena salud mental comparten estas prácticas:

Levantarse siempre a la misma hora. Mantener horarios estables ayuda a conservar los ritmos biológicos y favorece el bienestar emocional. Investigadores de la Universidad de Pittsburgh observaron que quienes sostienen una rutina regular suelen presentar mejores indicadores de salud mental.

Vestirse cada mañana. Cambiarse de ropa, aunque no haya compromisos, representa una señal de inicio del día y evita que la rutina pierda estructura.

Caminar todos los días. El ejercicio moderado beneficia la memoria y otras funciones cognitivas, además de mejorar el estado de ánimo.

Mantener una conversación significativa. Hablar diariamente con familiares, amigos o vecinos ayuda a combatir el aislamiento. Un estudio de la Universidad Johns Hopkins asoció la soledad con un 27% más de riesgo de desarrollar demencia.

Levantarse a la misma hora todos los días ayuda a mantener una rutina estable durante la jubilación.

Leer con frecuencia. La lectura exige atención, memoria y comprensión, habilidades que continúan estimulando el cerebro incluso durante la jubilación.

Cocinar y comer en la mesa. Preparar los alimentos implica planificación y organización, mientras que dedicar un momento específico para comer ayuda a conservar una rutina diaria.

Cuidar algo vivo. Regar plantas, mantener un jardín o alimentar animales genera un sentido cotidiano de responsabilidad y propósito.

Caminar, leer y conversar con otras personas forman parte de los hábitos más repetidos entre los adultos mayores activos.

Tener siempre un plan para el día siguiente. Una visita familiar, una caminata o una salida al mercado son suficientes para generar expectativa y evitar que los días se vuelvan idénticos.

Los especialistas aclaran que ninguno de estos hábitos constituye una garantía contra el deterioro cognitivo ni reemplaza la atención médica cuando resulta necesaria.

Sin embargo, coinciden en que mantener una vida organizada alrededor de pequeñas acciones repetidas favorece la autonomía, fortalece los vínculos sociales y ayuda a preservar la sensación de propósito durante la vejez. La clave no está en llevar una agenda repleta de actividades, sino en construir una estructura diaria que dé sentido al paso del tiempo.

También advierten que la rutina debe conservar cierta flexibilidad. Cuando los hábitos se transforman en una obligación rígida pueden generar el efecto contrario. El equilibrio consiste en utilizarlos como un apoyo para la vida cotidiana, no como una limitación.

EL TÉCNICO DE ESPAÑA QUE SORPRENDIÓ AL MUNDO: NO LE PIDIÓ A DIOS GANAR EL MUNDIAL

Mientras millones de españoles contenían la respiración frente al televisor y otros tantos elevaban una oración para que la selección venciera a Francia, hubo alguien que hizo exactamente lo contrario de lo que muchos imaginaban.

Era el hombre que dirigía al equipo desde el banco.

Luis de la Fuente, el entrenador que acaba de clasificar a España a la final del Mundial 2026, reveló antes del partido una confesión que hoy, tras la victoria, está recorriendo el mundo.

No le pidió a Dios ganar.

En un deporte donde abundan las cábalas, los amuletos y los rituales para atraer la suerte, el seleccionador español explicó que su manera de vivir la fe es completamente distinta.

«Yo rezo todos los días, pero no porque estoy en un Mundial ni pretendo sacar un resultado», aseguró durante la conferencia de prensa previa al encuentro.

Sus palabras sorprendieron incluso a muchos periodistas.

Para él, la oración nunca fue una forma de conseguir ventajas deportivas.

«Yo le doy gracias todos los días de que estoy bien. Me levanto, me miro y digo: ‘Otro día más que puedo disfrutar de la vida’.»

En un momento en el que toda España soñaba con llegar a la final, De la Fuente habló de algo mucho más profundo que el fútbol.

Habló de gratitud.

Habló de salud.

Habló de confianza.

Y dejó una reflexión que trascendió por completo el resultado del partido.

«Sería injusto pedirle a Dios que me ayude a mí y no ayude al rival.»

La frase llamó especialmente la atención porque rompe con una idea muy extendida: la de pensar la oración como una herramienta para ganar.

Para Luis de la Fuente, Dios no está para decidir qué selección levanta una copa.

Su relación con Él es cotidiana.

Es una fuente de serenidad, fortaleza y equilibrio para afrontar los desafíos de la vida, independientemente del marcador.

Por eso también explicó qué es lo único que suele pedir.

«Le pido salud, especialmente. Lo demás… que me dé opciones para seguir peleando. Soy un guerrero y peleo todo, pero con salud.»

No es la primera vez que el entrenador habla públicamente de su fe.

En distintas entrevistas ha reconocido que es católico practicante y que esa dimensión espiritual le ha permitido convertirse en la persona que es hoy.

También ha aclarado que cuando se persigna antes de los partidos no lo hace por superstición.

Es simplemente una expresión natural de sus creencias.

Incluso ha contado que la oración forma parte de su rutina diaria, juegue o no juegue un Mundial.

La clasificación de España a la final ha multiplicado el interés por conocer esta faceta menos conocida del entrenador.

Mientras muchos analizan los planteamientos tácticos, las sustituciones o las decisiones técnicas que llevaron a «La Roja» al partido decisivo, otros descubren que detrás del exitoso seleccionador hay un hombre profundamente agradecido por el simple hecho de estar vivo.

Quizá ese sea uno de los mensajes más poderosos que deja esta historia.

En una sociedad acostumbrada a medir el éxito únicamente por las victorias, Luis de la Fuente propone una mirada diferente.

La oración, según él, no consiste en pedir privilegios, sino en reconocer los dones recibidos.

No busca que Dios incline el resultado de un partido, sino que le conceda la fortaleza necesaria para vivir con responsabilidad cada desafío.

Después, el fútbol hará su parte.

Y el resultado llegará.

España ya está en la final del Mundial 2026.

Pero, para su entrenador, la victoria más importante parece haber comenzado mucho antes del pitazo inicial: aprender a agradecer cada nuevo día, incluso antes de saber si terminará con una copa entre las manos.

Porque hay triunfos que no se levantan sobre un estadio, sino en el corazón de quien entiende que la fe no garantiza el éxito, pero sí puede dar la paz para afrontar cualquier resultado.

¿Qué te parece la actitud de Luis de la Fuente? ¿Crees que la oración debe ser un acto de gratitud más que una forma de pedir victorias?

DÍA DE LOS ABUELOS, RECONOCIMIENTO A QUIENES ENRIQUECEN NUESTRA SOCIEDAD

Cada 26 de julio conmemoramos el Día de los Abuelos, una jornada dedicada a reconocer la valiosa contribución de las personas mayores a nuestras familias, comunidades y a la sociedad en su conjunto. Es una fecha para agradecer una vida de esfuerzo, trabajo y dedicación, pero también para poner en valor el papel activo que muchas personas mayores continúan desempeñando en la construcción de una sociedad más cohesionada, solidaria e inclusiva.

Desde la Unión de Jubilados y Pensionistas UJP UGT queremos trasladar nuestro reconocimiento y afecto a todos los abuelos y abuelas, auténticos referentes de compromiso, transmisión de valores y apoyo intergeneracional. Su experiencia, su capacidad de adaptación y su generosidad constituyen un patrimonio social que merece ser reconocido, protegido y promovido.

En la UJP UGT trabajamos cada día para defender los derechos de las personas jubiladas y pensionistas, favoreciendo su participación activa en la vida social y comunitaria. Creemos firmemente que el envejecimiento debe vivirse como una etapa de oportunidades, en la que cada persona pueda seguir aprendiendo, compartiendo conocimientos, participando en la vida cultural y social, y contribuyendo con su experiencia al bienestar colectivo.

El papel de los abuelos y abuelas va mucho más allá del ámbito familiar. Son transmisores de memoria, cultura y valores; sostienen redes de apoyo fundamentales para muchas familias y desempeñan un papel esencial en el fortalecimiento de los vínculos entre generaciones. Reconocer esta aportación significa también avanzar hacia una sociedad que combata el edadismo, promueva la participación y garantice el respeto y la dignidad de las personas mayores.

En este sentido, la labor de la UJP UGT se orienta a crear espacios de encuentro, formación, participación y representación, impulsando iniciativas que favorezcan el envejecimiento activo, la autonomía personal y la implicación de las personas mayores en la vida pública. Porque una sociedad que escucha a sus mayores es una sociedad que aprovecha el conocimiento acumulado, fortalece la convivencia y construye un futuro más justo para todas las generaciones.

En este Día de los Abuelos renovamos nuestro compromiso con las personas mayores y con la defensa de una sociedad en la que la edad sea sinónimo de experiencia, participación y ciudadanía activa.

Desde la Unión de Jubilados y Pensionistas de UGT, felicitamos a todos los abuelos y abuelas, agradeciendo su ejemplo, su dedicación y la huella que dejan cada día en sus familias y en la sociedad.

Feliz Día de los Abuelos. Gracias por seguir construyendo presente y futuro con vuestra experiencia, vuestro compromiso y vuestra generosidad.

Anatolio diez para 65 Y mas