MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 8.- DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Al comienzo de la Pascua, en este día de la Resurrección del Señor, nuestros ojos se dirigen a aquel que murió en la cruz, pero que ha vencido, que es el Señor, y nuestros corazones se llenan del gozo por la Vida Nueva de aquel que nos salva, uniéndonos a sí por el bautismo.

En una homilía para este día Benedicto XVI dijo gozoso: “abramos el corazón a Cristo muerto y resucitado para que nos renueve, para que nos limpie del veneno del pecado y de la muerte y nos infunda la savia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna. En la secuencia pascual, como haciendo eco a las palabras del Apóstol, hemos cantado: «Scimus Christum surrexisse / a mortuis vere» – sabemos que estás resucitado, la muerte en ti no manda. Sí, éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe; éste es hoy el grito de victoria que nos une a todos. Y si Jesús ha resucitado, y por tanto está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él? ¿Quién podrá privarnos de su amor que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte? Que el anuncio de la Pascua se propague por el mundo con el jubiloso canto del aleluya. Cantémoslo con la boca, cantémoslo sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de vida «ázimo», simple, humilde, y fecundo de buenas obras”.

Al hilo de esta reflexión los cristianos hoy podemos tener la misma experiencia de los apóstoles aquel día glorioso. El Evangelio de San Lucas nos narra la aparición del Señor: “Mientras hablaban se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros“ (Lc 25,36).

Los discípulos se alarman, están llenos de miedo, creen ver un fantasma, aún albergan dudas en su interior. En el fondo, y a pesar de las noticias que les llegan, a pesar de lo que les acaban de contar los dos discípulos de Emaús, no se lo acaban de creer. ¿Cómo puede estar vivo aquel a quien han visto morir en la cruz y al que luego han dado sepultura? Además, siguen sin comprender la muerte de Jesús; siguen pensando, aunque no se atreven a decirlo, que ese final en la cruz pone de manifiesto que Jesús no es el Mesías, pues si lo fuera, Dios no hubiera permitido semejante muerte y fracaso.

Por ello el Señor, en primer lugar, tiene que convencerles de que es él, el mismo que murió en la cruz, el que ahora está vivo en medio de ellos. Les dice: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo“ (Lc 25,39). E incluso les pide de comer, como una muestra más de que realmente ha resucitado.

Y, en segundo lugar, les abre la inteligencia para que comprendan las Escrituras y lo que éstas decían acerca de él (cf. Lc 25,44-47). Ahí está el significado de su vida, muerte y resurrección como el misterio del amor redentor de Dios hacia los hombres; la cruz ya no aparece entonces como un escándalo ni como una necedad, sino como la sabiduría de Dios, como expresión del amor incondicional de Dios, quien, para salvar a los hombres, asume su condición, incluyendo el dolor y la muerte, para redimirla y trasfigurarla. Dios nos enseña así, y al mismo tiempo lo realiza, que el único camino para restablecer la condición humana en su dignidad originaria, el único camino para salvarla, es el amor, la misericordia, la generosidad, la entrega de uno mismo. Nos enseña que el poder, la fuerza y el dominio no son precisamente caminos de vida.

También nosotros, como los discípulos de entonces, tenemos a veces dudas en nuestro interior: ¿Ha resucitado realmente el Señor? ¿Tiene nuestra fe un fundamento sólido? ¿Es vacía nuestra esperanza de que un día resucitaremos con Cristo? Y seguramente no tendremos el privilegio de que el Señor se nos muestre y podamos ver y tocar, como hicieron algunos de los primeros discípulos. Nosotros hemos de creer sin ver; hemos de creer apoyándonos en el testimonio de aquellos que lo vieron y luego lo proclamaron a todos los pueblos. Y es por eso a nosotros a quien se dirige la bienaventuranza del Señor: “Dichosos los que creen sin haber visto“ (Jn 20,29).

Igual que aquellos discípulos también nosotros debemos pasar del miedo a la alegría, y más aún en estos tiempos de crisis total que nos han tocado vivir. Y precisamente por esto debemos orar y ponernos a la obra del amor. Que Cristo resucitado aliente en nosotros esa fe, ese amor y esa esperanza.

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILISRIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 7.-SÁBADO SANTO

Ya todo ha terminado, Redentor, duerme,

entra en el descanso merecido, lavaremos tu cuerpo tan herido

con lágrimas y ungüentos de dolor.

 

Besamos tus heridas, mi Señor, a tus

pies con un beso arrepentido, a tus

manos con beso enternecido, tu

pecho con pasión y con amor.

Y ahora te sembramos en el huerto,

esperando que sea primavera;

lleva ya el Evangelio a los que han muerto,

devuelve al viejo Adán su luz primera;

y no tardes en volver a nuestro puerto,

que estamos impacientes… a la espera.

 

Según las Escrituras Dios descansó de su trabajo de la creación el sábado (Gén 2,2). Así ese día se convirtió en el día de la Alianza del Antiguo Testamento en la tradición judía (Éx 20,8-11). Jesús, que vino a dar vida en abundancia (Jn 10,10), había aprovechado siempre el sábado para hacer el bien (Mc 3,1-6), lo cual le trajo no pocos problemas con las autoridades judías, y en última instancia sería uno de los motivos de su condena. Pero él quería darle todo su sentido y plenitud a la Ley (Mt 5,17).

Ahora este sábado santo de la muerte del Señor, el cuerpo de Cristo descansa en el sepulcro, pero su espíritu ha bajado al sheol (a los infiernos, o lugar de los muertos) para rescatar a los hijos de Adán en prisión (1 Pe 3,19), llevando su obra de salvación sobre toda la humanidad, incluso sobre aquellos que habían muerto antes que él, trascendiendo su salvación el espacio y el tiempo, y las coordenadas de la vida y de la muerte. Es lo que nosotros confesamos en el Credo: “fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos…

Mientras Cristo rescata a todos en ese gran trabajo del sábado santo, ¿dónde están los demás?

Los saduceos y los sumos sacerdotes consideran que han terminado con el embaucador que ponía en peligro sus pequeños intereses políticos y económicos, como miembros de la alta casta sacerdotal judía.

Los fariseos y los escribas se han quedado tranquilos también; habían acabado con el blasfemo que ponía en peligro la Ley de Moisés y las tradiciones de los padres. Para ambos grupos Jesús había tocado el centro de su tradición religiosa y espiritual.

Los celotes andarían decepcionados. El galileo nunca se había identificado con ellos, pero podrían haberlo manipulado en pro de sus intereses políticos y revolucionarios, tal y como hacen muchos hoy en diversas algaradas. Este nazareno no les había durado nada, ni un asalto; aunque quizás alguno al menos estaría satisfecho por la liberación de Barrabás… ese sí podría hacer algo más por su violenta causa.

Las masas que antaño habían seguido a Jesús, que incluso lo acogieron como rey e hijo de David en Jerusalén unos días antes, estarían desconcertadas ante su error al haber proclamado Mesías a alguien tan efímero.

Los sanados por él durante su ministerio público y todos aquellos que habían puesto algo de esperanza en él no dejarían de mostrar su perplejidad: esperaban que él fuera el futuro liberador de Israel, y ya se ve… nada de nada (cf. Lc 24,19-21). Sólo José de Arimatea se atrevió a pedir su cuerpo para darle piadosa sepultura, junto algunas mujeres.

Pilato y los romanos, insensibles, habían permitido la muerte de un inocente, pero habían evitado una revuelta mayor. Se habían lavado las manos y mirado a otra parte. Con ellos –pensaban- no iba el asunto.

Los apóstoles escondidos y con miedo (Jn 20,19), participes no sólo de la desesperación por la pérdida de un maestro y amigo, sino temerosos de seguir ellos mismos sus pasos. De Pedro sabemos cómo llegó a negarle, los demás ni aparecieron siquiera por el calvario, salvo el joven Juan. ¡Qué terrible el miedo que paraliza!

¿Y María? Ella sí había estado junto a la cruz de Jesús (Jn 19,25). Lo había acogido en sus brazos y asistiría con toda amargura a su entierro. Este sábado permanecía en silencio, tratando de asimilar el sentido de la muerte de su Hijo, que ella bien sabía era Hijo de Dios y Salvador (Lc 1,32). María

– 2 –

 

entre el sinsentido, el dolor de esa espada que atravesaba su alma (Lc 2,35) y la fe y la esperanza en que Dios no podía haber abandonado definitivamente a su Hijo. ¿Qué sentiría, qué esperaría María el sábado santo? Acercarnos a ella será la mejor vivencia de este día.

¿Y nosotros? Esa es la pregunta clave. Tú y yo. ¿Qué esperamos el sábado santo? Durante toda la Cuaresma hemos preparado la Pascua con esmero. Se supone que hemos hecho oración, sacrificio y caridad… -y estación de penitencia en muchos casos- para adentrarnos en el sentido de este sábado sin perder la esperanza como María… Y sin embargo parece que todo ha terminado el viernes santo…

¡Y no es así!. Este sábado se siembra en la tierra el grano de trigo que muere y que dará mucho fruto desde hoy mismo. ¿Nos lo vamos a perder? ¿No vamos a ser gavillas de su cosecha? ¿Para qué la Cuaresma si desde hoy no empezamos a vivir la Pascua?

Cristo este sábado descansó en su cuerpo, pero su espíritu estaba rompiendo las cadenas de la muerte desde dentro. No rechazó meterse hasta en lo más duro de nuestra existencia y de nuestra muerte para liberarnos del pecado y de la muerte. Este sábado santo Cristo ha llegado a lo más hondo para elevarnos a lo más alto. Nosotros, como María, esperemos… Dios siempre hace las cosas bien.

 

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 6.- VIERNES SANTO

La liturgia de estos días nos invita, como decíamos hace unos días, a mirar a Cristo con atención y amor. Pero cuando miramos ¿a quien vemos? ¿Quién es Cristo para nosotros? ¿Quién decimos que es Cristo para nosotros? Las respuestas pueden ser varias y distintas según las circunstancias personales de cada uno; pero, en cualquier caso, no podemos olvidar que Cristo es “el que fue crucificado”.

Es fácil admirar a los hombres y mujeres que destacan y brillan por cualquier motivo, es fácil situarse detrás de líderes fascinantes, la vida de los famosos se vende en las revistas, ¿pero quién conoce el nombre de los crucificados de nuestro mundo? ¿Quién se interesa por la suerte  de los marginados? Y sin embargo, Cristo estuvo entre ellos. El cristiano no puede dejar de lado la cruz del Señor. La cruz fue el suplicio de Jesús y…, ¡es la marca del cristiano!. ¿Por qué pues hemos hecho de la cruz un simple adorno, una joya para nuestros cuellos, una imagen de nuestras iglesias? ¿Por qué olvidamos tan fácilmente el mensaje y la vida de la cruz? Decimos muy fácilmente que el cristiano es el discípulo de Jesús, que nuestra vida es el seguimiento de las huellas del Señor. Pero cuando en ese seguimiento aparece la sombra de la cruz… ¡ay!… ¡qué pocos continúan! ¡Cuánto nos parecemos a aquella semilla que cayó en terreno pedregoso, que brota enseguida, pero que al llegar la tribulación, sucumbe! ¡Qué poco cuenta la cruz en nuestros planes personales y/o pastorales!

Y sin embargo, Cristo, de quien decimos que es nuestro Señor, está en la cruz. «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alardes de su categoría de Dios». Cristo era Dios, pero se presentó como un hombre cualquiera. Más aún, ni siquiera hizo alardes de su categoría. Nosotros no somos, pero alardeamos. Qué bien se nos podría aplicar el refrán: «Dime de lo que presumes, te diré de lo que careces». La vida de Jesús es paradigmática para nosotros. Pero en este sentido, y más aún que la vida, el modelo para nosotros es su propia muerte: «Y así, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte» e inmediatamente Pablo añade de su puño y letra: «y muerte de cruz». No una muerte cualquiera, sino la destinada a los malhechores, a los delincuentes, a los revolucionarios. ¿Quién podría pensar que el crucificado era el salvador del mundo? ¿Quién podría pensar que en la cruz estaba clavada la salvación del mundo?. El escándalo de la cruz. «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos» (1 Cor 1,23). Así expresa Pablo la reacción espontánea de todo hombre puesto en presencia de la cruz redentora. Los discípulos lo abandonaron y huyeron. ¿Y nosotros? ¡Cuántas veces hemos dulcificado el mensaje de la cruz!, ¡cuántas de nuestras homilías, de nuestras catequesis, de nuestros consejos han olvidado la cruz, y nos hemos quedado en moralinas y beaterías! ¡No terminamos de creer que la cruz está en el designio salvífico de Dios! Ojalá a nosotros se nos abrieran los ojos, como a los discípulos de Emaús, para saber reconocer al crucificado. Ojalá comprendiésemos que el conocimiento de la cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1,18-24). Pablo exhortaba a todas sus comunidades a someterse al mensaje de la cruz, a tener un modo de pensar y actuar caracterizado por la cruz de Cristo; exhortación a abandonar el poder, la fama, los privilegios los propios intereses, como él mismo lo hizo. Quien no lo hace así, quien va tras lo terrenal y cuyo caminar no está movido por el mensaje salvífico de la cruz es, según nos dice Pablo en la carta a los Filipenses, enemigo de la cruz de Cristo: «su final será la perdición, su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y sólo piensan en las cosas de la tierra» (Flp 3,17-19).

Pero nosotros los cristianos, debemos ser los amigos de Jesús, y por tanto, amigos de la cruz. Es la invitación que Jesús nos hace en el Evangelio:

«El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga» (Lc 9,23)

«Cargar con la cruz» significa hacer el mismo camino que Jesús y ello comporta tres grandes exigencias: el discípulo debe, en primer lugar, negarse a sí mismo, es decir, convertirse de raíz, renunciando a sus propios criterios humanos para asumir los criterios de Dios, que no pocas veces trastocan nuestros juicios y valoraciones. En segundo lugar, debe proyectar su vida en términos de donación, no de posesión; el que apuesta toda su existencia por el tener queda empobrecido en el ser; sólo una vida de entrega y solidaridad es vida en plenitud, porque en su entramado más profundo el hombre está hecho de amor. El discípulo, en tercer lugar, debe testimoniar valientemente su fe, incluso cuando ello le acarree burlas, ultrajes y persecuciones; la fe es una fuerza que ha de regir toda la existencia del cristiano, y no es posible deshacerse de ella a la hora de la prueba.

– 2 –

La cruz, la auténtica, siempre ha sido y será escándalo y necedad. Sólo los humildes y los crucificados pueden entenderla. Y quien la entienda y la viva será el auténtico cristiano.

Padre, ilumina nuestra vida con la luz de Jesús.

No vino a ser servido, sino a servir.

No permitas que desfiguremos el rostro auténtico de Jesús.

No dejes que, cobardemente, rehuyamos la cruz. La cruz es dura, y no la soportamos, por eso, danos tu gracia, sé, hoy, nuestro cireneo, oh Señor.

Que nuestra vida sea como la de él: servir.

Grano de trigo que muere en el surco del mundo.

Oh, Jesús, Buen Señor,       que das la vida por los hombres,          permítenos asociarnos al misterio de tu cruz.  No permitas que la dispersión nos venza,      que la apatía nos conquiste.

Haz que tu palabra ilumine y caldee nuestro ánimo,         y que la celebración de tus misterios     nos llene del gozo de tu salvación.  Tú nuestro señor crucificado. Amen.

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 5.- JUEVES SANTO

 1.-«Dios es amor» (1 Jn 4,8). «No hay mayor amor que dar (entregar) la vida por los hermanos» (Jn 15,13).

Nos adentramos, queridos hermanos el Misterio Pascual, centro de toda la liturgia, que a la vez es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. Todo ello dentro de un contexto: la misericordia, el amor entrañable con que Dios nos ama: «él que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (hasta el fin) (Jn 13,1); y Pablo decía: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20).

Hoy es Jueves Santo, y de un modo muy particular celebramos el amor de Dios en tres momentos particulares: Su amor se ha quedado entre nosotros primero en la Eucaristía y después en el sacerdocio, sacramentos instituidos por Jesús en su última cena, y en tercer lugar hoy es el día del amor fraterno. Estos tres nacen del amor de Dios.

La institución de la Eucaristía

«Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada en mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía». (1 Cor 11,23-25). 

Palabras sublimes. Así narraba san Pablo la institución de la Eucaristía treinta años después de la noche de su Pasión. Ya en las comunidades cristianas nacientes se celebraba la Eucaristía, y esta era el centro de la vida cristiana, el momento cumbre para el encuentro con el Señor.

Para nosotros, la cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados en sacrificio para la redención de los hombres.

En sus veinte siglos de existencia, jamás la Iglesia ha dejado de celebrar la eucaristía. La eucaristía es la vida de la Iglesia. «La eucaristía hace a la

Iglesia, y la Iglesia hace la eucaristía» en la feliz expresión conciliar. En la eucaristía se nos hace realmente presente el Señor bajo las especies de pan y vino, porque quiere compartir nuestra vida, nuestros gozos y también nuestras penas, pero lo que es más importante quiere compartir su vida con nosotros, quiere dársenos, regalarse a nosotros. La eucaristía es el sacramento del amor, porque recuerda el mayor amor que jamás haya podido darse entre los hombres: la entrega definitiva de Jesús por nosotros. «Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam?» (Después de esto, hijo mío, que más puedo hacer por ti). ¡Nada, Señor, ya lo has hecho todo por nosotros!. El sacrificio de la cruz, cuyo memorial, recuerdo y presencia, hacemos en el sacrificio de la eucaristía es el cenit de la obra salvadora de Dios. Ninguna oración, ningún sacrificio, ninguna actitud religiosa puede compararse al gesto de Cristo, entregado en amorosa obediencia al Padre, en nombre de todos sus hermanos. La eucaristía es el sacramento del amor de Dios.

La institución del sacerdocio

La noche del jueves santo mandó el Señor a sus apóstoles hacer la eucaristía en memoria suya, y les dio sus últimas consignas: vivir unidos, en la ley del amor, para dar fruto en medio del mundo.

La presencia del sacerdote es signo de la presencia de Jesús en medio de su Iglesia. El sacerdote hace las veces de Cristo, cabeza, siervo y pastor en medio de la comunidad, para la comunidad, desde la comunidad. Por los apóstoles y por los que en el futuro desempeñaría su función oró el Señor en esta noche santa: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros…Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno… Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo…» (Jn 17).

Anunciar la Palabra de Dios, santificar al pueblo cristiano, apacentar la grey de Dios que nos ha sido confiada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios, no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando sino siendo modelos, es la tarea que el Señor encomendó los suyos en este día grande (cf. 1 Pe 5,1-4). Así, el sacramento del orden es también sacramento del amor de Dios que no abandona a su pueblo.

Día del amor fraterno

Si con ese amor definitivo, que llega hasta el extremo, hasta entregar su vida en la cruz, nos amó Jesús, entonces podemos estar confiados y acercarnos con seguridad al trono de la gracia para alcanzar misericordia. Si así nos amó Jesús, también nosotros debemos amarnos. El signo de nuestro amor es la cruz.

Es en la cruz de Jesucristo donde se nos revela el amor de Dios y es en las cruces de cada día, en las propias o en las ajenas, donde debemos hacer presente el amor de Dios.

No lo olvidemos: Cristo está presente y crucificado en «sus pequeños»: en los ancianos, los que vemos por la calle, o los internados en el asilo; en los presos, en los faltos de libertad; en los enfermos;  en los emigrantes y en los exiliados; en los parados; en los que carecen de pan, o de cultura; en los pecadores, o en los que carecen de formación o de vida cristiana; en el hermano sólo y «etiquetado» con nuestras críticas, que vive a nuestro lado…

En ellos está la cruz de nuestro siglo: la cruz en la que nosotros debemos de gloriarnos. En ellos se repite hoy, de algún modo, como hace veinte siglos la escena del calvario. Rechazarlos es rechazar a Jesucristo (cf. Mt 25,30ss): traicionarlos es hacer lo que en otro tiempo hizo Judas; negarlos y abandonarlos es tomar la postura de Pedro y de los apóstoles; acusarlos sería repetir la escena del Sanedrín; ignorarlos es lavarse las manos como Pilato.

Ciertamente, sólo la cruz de Cristo tiene un valor salvífico definitivo, sí. Y este valor salvífico, este regalo de la salvación lo hacemos presente y eficaz en la Eucaristía y en los sacramentos, ¡es verdad!. Pero no menos verdad es aquello de «lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos conmigo lo hicisteis» o aquello otro de que «nosotros completamos en nuestra carne lo que falta a la pasión de Cristo», o aquello de que la voluntad de Dios es «que se abran las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no cerrarse al la propia carne» (cf. Is 58,6).

Hoy es el día del amor fraterno: sería bueno revisar nuestras actitudes,  fomentando las muchas cosas buenas que tenemos, convirtiéndonos hacia la

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 4.- MIÉRCOLES SANTO

Miércoles santo. Día previo a la entrega del Señor por amor en la Eucaristía y en el Sacrificio de la Cruz. Todo está a punto.

El evangelio de este día se centra en los preparativos de la Pascua del Señor y en la traición de Judas Iscariote. Es difícil entender el motivo de tal traición: cómo se abandona al amigo que lo ha elegido para un gran servicio, como se le entrega con total deslealtad. Es desconcertante para todos y a la vez una llamada de atención para todos nosotros.

Nos podemos preguntar por el motivo de ese comportamiento. Hay varias hipótesis. Algunos recurren a la avidez por el dinero; otros dan una explicación de carácter mesiánico: Judas, probable zelota, habría quedado decepcionado al ver que Jesús no incluía en su programa la liberación político-militar de Israel.

Benedicto XVI apunta otro aspecto más profundo siguiendo el evangelio de Juan: «el diablo  había  puesto en el  corazón  a  Judas  Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo» (Jn 13,2); de manera semejante, Lucas escribe: «Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce» (Lc 22,3). De este modo, se va más allá de las motivaciones históricas y se explica lo sucedido basándose en la responsabilidad personal de Judas, que cedió miserablemente a una tentación del Maligno. En todo caso, la traición de Judas sigue siendo un misterio –dice el papa-. Jesús lo trató como a un amigo (cf. Mt 26,50), pero en sus invitaciones a seguirlo por el camino de las bienaventuranzas no forzaba las voluntades ni les impedía caer en las tentaciones de Satanás, respetando la libertad humana.

El corazón de Judas se ha pervertido. Ya no ama a quien lo ha amado a él. Es difícil imaginar sus sentimientos. Donde Jesús había dicho pobreza y humildad, Judas ha dicho egoísmo; donde Jesús había puesto mansedumbre y afabilidad, Judas ha preferido el rencor; donde Jesús había puesto consuelo para los afligidos, Judas ha preferido mirar a otro lado; donde Jesús hablaba de justicia, Judas considera más eficaz la venganza; donde Jesús hablaba de misericordia, Judas no sabe del perdón; donde Jesús purificaba la limpieza del corazón, Judas no tiene más ojos que para el mal pensamiento y la maldición; donde Jesús construía paz, Judas destruye con el desorden y la violencia…

Judas ya no mira con los ojos de Jesús. En su ceguera piensa que tiene más luces que el Señor. ¡Ay! ¡Cuantos ciegos en nuestro mundo! ¡Cómo desde la ceguera se engendra odio y traición! ¡Ay! ¡Cuantos ciegos guiando a otros ciegos! ¡Cuánta mentira disfrazada de buenas intenciones! Quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Judas es descubierto en su propósito. Pero lejos de arrepentirse y cambiar a tiempo sigue con sus malos pensamientos. Todo podía haber quedado en la tentación, en un mal paso… pero la tentación sigue… y crece… y engendra traición. Con un beso entregará al Maestro, al amigo. ¡Con un beso!

¡Hay tantos Judas en nuestro mundo!, ¡tantos malos propósitos, tantas mentes ciegas, tanto corazón torcido!, ¡tantos besos falsos! Jesús fue y es traicionado. Tú y yo somos traicionados. Tú y yo a veces somos traidores. Pero no caigamos en la desesperanza: es posible cambiar, es posible hacer las cosas mejor, es posible desechar los malos propósitos, es posible dar pasos hacia la luz. ¡Es posible! Mañana es Jueves Santo, día del amor fraterno, día del servicio fiel, día de la Eucaristía, día de la entrega por amor: ¡es posible… con Jesucristo!

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 3.- MARTES SANTO

Martes Santo. El anuncio de la traición de Judas y de las negaciones de Pedro (cf. Jn 13,21-38). En el evangelio de Juan, de donde está sacado el pasaje que hoy se lee en la santa Misa, Jesús aparece siempre controlando la situación: Él es el Señor. Toda la Pasión está en el plan redentor de Dios. Jesús obediente, entra en ese plan pero sabe que todo está en las manos de Dios: es su Hora, el momento de su glorificación.

Pero humanamente hablando cuánto dolor debió sentir nuestro Señor al saber quién lo iba a traicionar, quién lo iba a negar, quienes lo iban a abandonar. Y sin embargo se entrega a ese plan sin dejar de amar a estos “amigos”. El evangelio habla de un Jesús profundamente conmovido. No es para menos. Meditamos poco en este dolor del Señor: el dolor de la amistad traicionada.

Judas y Pedro, y también los demás discípulos, por diversos motivos y de diversas formas abandonan al Señor en estos momentos clave. No son mejores que nosotros cuando abandonamos al Señor, ni nosotros somos peores que ellos por nuestros pecados. Jesús mismo sabe que somos pecadores, débiles y traicioneros, y sin embargo no deja de amarnos, de conmoverse por nosotros.

Ahora está la reacción de cada uno… Judas terminará desesperando; Pedro arrepintiéndose y confesando nuevamente su amor por Jesús. ¿Y tú y yo? ¿Cómo reaccionamos? Miremos siempre a Cristo que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 33,11). Su mirada es de compasión, para decirte: álzate de nuevo; no te quedes en tu pecado; mira que hago las cosas nuevas (Ap 21,5).

Jesús afronta su Pasión solo, abandonado de todos… la duda le habrá podido asaltar: ¿habrá valido la pena todo su trabajo? Es la pregunta que nos hacemos todos ante nuestros fracasos: ¿ha valido la pena tanto esfuerzo? Y podemos tener la tentación de tirar la toalla. Jesús, el Siervo de Yahveh, ante el abandono de sus discípulos y lo que está por venir pudo hacerse estas mismas preguntas: ¿Ha valido la pena? “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas” (Is 49,4) Incluso aquellos en los que más amor ha puesto, a los que más tiempo ha dedicado, a los que les explicaba las cosas en privado, no han entendido nada, le fallan es esta Hora decisiva.

Jesús debió hacer un gran esfuerzo por sobreponerse al desaliento del abandono y confiar en la tarea encomendada. Volver a confiar, esa es la tarea; reforzar la confianza en el Dios que nos sostiene: “En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.” (Is 49,5).

Dios será su único valedor, su único sostén a partir de ese momento. El cántico segundo del Siervo de Yahveh, que leemos hoy, enfatiza estas ideas.

En estas circunstancias de abandono y soledad, de duda y de necesidad de afianzar la fe, nosotros tenemos el ejemplo luminoso de Jesús en su Pasión. Pero sólo quien ha intimado mucho con Dios también en los momentos de gozo sabrá ver su presencia en los de desolación. Una de las tentaciones que tenemos nosotros es abandonar también, pagar con la misma moneda a aquellos que nos han dejado. ¡Qué difícil ver la mano de Dios en estos momentos! ¡Qué agria la soledad y la traición! Y es ahora cuando, si rebuscamos en el fondo de nuestro corazón el Señor te vuelve a decir: ¡No estás sólo! ¿Acaso no soy yo tu padre?. ¡Qué dura la prueba sin Dios! Pero con Dios… Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,13). O como dice la lectura de este día: me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba (Is 49,2).

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 2.- LUNES SANTO

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero” (Is42,1)

“Mirarán al que traspasaron” (Zac 12,10; Jn 19,13)

Mirad el árbol de la cruz,

donde estuvo clavada la salvación del mundo

Mirar a Cristo. Pero no con una mirada ligera, sino profunda, atenta, amorosa. Mirar a Cristo, no sólo con los sentidos, sino con toda el alma, con todo nuestro ser, con toda nuestra atención.

En esta mirada de la fe, que nos pide el profeta, se concentra, queridos hermanos, toda la respuesta que el creyente puede dar a la acción misericordiosa de Dios en nuestra vida y en nuestra historia como personas y como Iglesia.

La celebración de los misterios cristianos requiere siempre esa mirada atenta, esa contemplación amorosa. Pero durante estos días santos la celebración de los misterios de nuestra salvación requiere una atención mayor. Vamos a celebrar los misterios fundamentales de nuestra salvación, vamos a contemplar la mayor de las muestras de amor que Dios, nuestro Señor, ha obrado en nuestra historia. Por eso, queridos hermanos, nuestras primeras disposiciones ante estos días santos deben ser la atención y el amor.

La atención requiere un esfuerzo, y ¡un esfuerzo difícil ciertamente! Sobre todo para nosotros, que nos hemos acostumbrado a escuchar muchos mensajes, muchas noticias, y que la mayoría de las veces no nos impresionan, es decir, no hacen presión ni mella en nuestra alma. La atención religiosa, que debe ser nuestra primera actitud en estos días santos, consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable a Dios, en disponerlo para recibir en su verdad desnuda el mensaje de la cruz.

El amor religioso es un paso más. Consiste en una vinculación afectiva, vital, existencial con aquello que celebramos, o mejor aún, con aquel a quien celebramos. Significa un meterse dentro, una participación en la cruz de Cristo, un morir con Cristo para ser resucitados con Cristo.

En cristiano, la atención religiosa y el amor religioso tienen un nombre propio: “oración”. La belleza de la liturgia, cargada estos días de símbolos y ritos que intentan expresar lo que con las palabras no podemos entender ni decir, la fuerza de la Palabra de Dios, la celebración de los oficios, y también, ¿por qué no?, la participación en las manifestaciones de religiosidad popular de nuestros pueblos son un camino para vincularnos atenta y amorosamente a Cristo muerto y resucitado. Mirar a Cristo, ese deber ser nuestro objetivo siempre pero muy especialmente durante estos días.

La Sagrada Escritura, retrata perfectamente el modelo de creyente que mira a Cristo con atención y con amor.

El retrato de la mirada amorosa a Cristo ante su Pasión lo encontramos en el evangelio: es María, la hermana de Lázaro y Marta. Todos conocemos el relato lucano que presenta a María a los pies de Jesús escuchando su palabra (Lc 10,39). En el evangelio de san Juan, aparece “tomando una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, y ungiendo a Jesús los pies y enjugándoselos con su cabellera” (Jn 12,3-4). Y ante la crítica de Judas Iscariote, despiadada, aunque, eso sí razonable desde los criterios de este mundo, Jesús debe defenderla. Esa defensa aparece aún más explícita en el evangelio de Lucas. En una situación parecida dice Jesús: “¿Ves a esta mujer? Cuando entré no me diste agua para lavarme los pies, pero ella ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso de la paz, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste con aceite mi cabeza, pero ella ha ungido mis pies con perfume. Te aseguro que si da tales muestras de amor es que se le han perdonado sus muchos pecados; en cambio, al que se le perdona poco, mostrará poco amor.” (Lc 7,44-47)

El otro ejemplo, el de la mirada atenta a Cristo es aún más impactante. ¿Sabéis a quien me refiero? El modelo de atención en Cristo es… ¡el centurión romano! Dice el evangelio de san Marcos, justo después de relatar la muerte de Jesús: “El centurión que estaba mirando a Jesús, al ver que había expirado de aquella manera, dijo: -Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.” (Mc 15,39).

El evangelio quiere contraponer la mirada de los judíos que se burlan del crucificado a la mirada del centurión pagano que descubre la identidad de Jesús en el momento y en el lugar más insospechado: en la cruz.

El centurión no pasó por alto los detalles: estaba donde tenía que estar, y aun antes de la resurrección, en el Gólgota, en el momento de la derrota y del fracaso, después del abandono del Padre, en el instante mismo de la muerte, un pagano vislumbra y confiesa la verdadera identidad del crucificado, aquello que lo define en lo más intimo de su ser: su filiación divina. Ni en los sermones de Jesús, ni en sus acciones, ni siquiera en sus milagros, nadie descubre esa realidad; ahora, en la cruz, la atención de un hombre ha sabido captar, lo que para él y para todos se convierte en buena noticia de salvación.

Mirarán al que traspasaron”. Ahí radica el secreto de nuestra actitud religiosa en estos días santos. No volvamos la vista. No perdamos la oportunidad de contemplar y amar el misterio de nuestra redención.

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 1.- DOMINGO DE RAMOS

No está el mundo acostumbrado a que un hombre entregue su vida en favor de los demás. A lo que sí estamos acostumbrados es a que unos hombres quiten la vida a otros. No se trata sólo de que recordemos los homicidios, en los que se repite el drama de Caín y Abel. Hay muchas formas de que los hombres arrebaten violentamente la vida a sus semejantes. La humanidad se ha habituado a las guerras, al hambre, al aborto, a la explotación sin tregua, al descarte de los improductivos… Pueblos enteros son exterminados. Los hombres llevamos las manos manchadas de sangre; hay una sed insaciable de sofocar la vida de los demás.

Pero también hay personas buenas en el mundo. Y éstas pesan en la balanza más que todos los que viven del odio y siembran la muerte. No pocos hombres viven preocupados por el bien de todos, exponen su vida por los demás y hasta llegan a perderla. Hay hombres y mujeres que se despojan, que son capaces de vivir en solidaridad, que cargan con todas las vejaciones de los oprimidos hasta perder ante la sociedad el trabajo, la libertad, el poder llevar una vida normal.

La lectura de la Pasión del Señor es una muestra inigualable de que el verdadero camino de la perfección del hombre es el amor a los demás, hasta ser capaz de dar la vida por ellos. La firme convicción de la fe cristiana proclama que quien pierde su vida, la gana para siempre.

Esto es lo que vamos a celebrar en estos días santos. Durante la Semana Santa vamos a acompañar a Jesucristo en el proceso de su pasión, muerte y resurrección. Y sería bueno pararse a pensar sobre el tipo de acompañamiento que le vamos a hacer. Nos podemos quedar como meros espectadores de un drama que sucedió hace muchos siglos, observando la pasión de Cristo con indiferencia, como algo que no va con nosotros. O por el contrario, podemos vivir estos días uniéndonos íntimamente a Jesucristo a través de las celebraciones litúrgicas en las que se manifiesta el amor inmenso con el que Cristo, con su sacrificio en el madero de la cruz, nos ha obtenido para todos la salvación.

El mismo Jesús que dijo “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) ahora nos demuestra con su propio ejemplo que él ha dado la vida por nosotros, que somos sus amigos. La cruz de Cristo no es más que el colofón de la entrega que él fue haciendo a lo largo de su vida, predicando la buena noticia de la salvación a todos los hombres. Toda la vida de Cristo, sus palabras, sus obras, sus milagros, expresan claramente cuál era su misión: “Servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

En la última cena, antes de aceptar voluntariamente su pasión, Cristo nos dejó en la Eucaristía su presencia real como testimonio de su entrega hasta el extremo por nuestra salvación.

Ante este amor por nosotros que llevó a Cristo a dar su vida en la cruz, nuestra respuesta no puede ser la pasividad o la indiferencia. Busquemos no sólo nuestro propio beneficio y comodidad y pensemos más en ayudar a los que no están tan bien como nosotros, a los más pobres y marginados, que son mayoría en el mundo. El ejemplo de entrega y servicio que Cristo nos da a todos en su pasión debe fructificar en nuestro corazón porque “Él sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 Pe 2,21).

Y alegrémonos con el triunfo de Cristo en su resurrección gloriosa. No nos podemos quedar en el Calvario, en el dolor, en el sufrimiento de nuestro Redentor en la cruz. La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe, la piedra angular de nuestra esperanza. Él ha vencido a la muerte, ha resucitado del sepulcro y nos ha dado a todos una vida nueva. La Semana Santa debe ser la vivencia de este doble aspecto del misterio pascual: Cristo, por su muerte, nos ha liberado del pecado y por su resurrección, nos abre el acceso a una vida feliz y eterna junto a él. La Resurrección de Cristo es el principio y la fuente de nuestra propia resurrección futura, ya que si Cristo ha vencido a la muerte, también nosotros la venceremos. La muerte no tiene la última palabra porque ha sido absorbida en la resurrección de Cristo.

Cristo nos pide hoy que le acompañemos en su estancia en Jerusalén, donde va a consumar su entrega por nosotros. Hagamos de estos días un espacio para el encuentro con el Señor, a través de la oración y de las celebraciones litúrgicas y vivamos con profundidad este misterio pascual, que es el misterio de nuestra salvación.

Meditaciones de José Pedro Carrero para el día de los Santos Patronos de Vida Ascendente

FIESTA DE LOS PATRONOS 2021
LA PURIFICACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

Muy posiblemente, con cuatro o cinco duros de los nuestros hubiera tenido bastante San José esposo de María, naturales de la ciudad de Belén, para el rescate del Niño Jesús.

En los tiempos primeros los hijos  primogénitos fueron destinados al culto de Dios. Pero cuando fue confiado este culto en exclusiva a la tribu de Leví, la ley decidió que esta exención fuera compensada mediante el pago de cinco siclos, que se destinaban a engrosar el tesoro del templo.

En un mismo día se podía llegar a Jerusalén, asistir a las ceremonias legales y regresar por la tarde, con tiempo sobrado, a Belén. Muy posiblemente esto sería lo que hiciera la Sagrada Familia.

María entraría por el atrio llamado de las mujeres, se colocaría en la grada más alta y allí sería rociada con el agua del hisopo por el sacerdote de turno, que a la vez recitaría sobre ella unas preces.

 Dice San Lucas (2,24), que San José compraría un par de palomas o tórtolas a alguno de aquellos mercaderes aprovechados cuyas jaulas serían volcadas un día por el propio Cristo. Las ceremonias del rescate consistían tan sólo en el pago de los cinco siclos legales.

Y ahora comienza una misa. Es el ofertorio. Esta misa terminará en el monte Calvario, cuando hayan pasado treinta y tres años.

El primer sacrificio digno de Dios se está ofreciendo en estos instantes en el templo sagrado de Jerusalén. El velo de muchas profecías se rasga en estos precisos momentos.

Cristo se ofrece al Padre. Y se ofrece con estas palabras: «Heme aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad. Los sacrificios, las ofrendas y los holocaustos por el pecado, no los quieres, no los aceptas…» (Heb. 1o,7s.).

María, en nombre de toda la humanidad, se ofrece también. Es éste uno de los momentos más solemnes de la vida de la Santísima Virgen.

Ella se ofrece y ofrece. Coofrece. Es parte integrante en la misa. Lo confirma la espada.

El mejor elogio que se pudo hacer de un hijo de Abraham, se lo hace San Lucas al anciano Simeón, que ahora aparece en escena: «Había en Jerusalén un hombre, llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido del Espíritu Santo vino al templo y, al entrar los padres con el Niño Jesús para cumplir lo que prescribe la ley sobre él, Simeón lo tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo: «Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para iluminación de todas las gentes y gloria de tu pueblo, Israel».

Simeón es todo un personaje colocado en la cumbre de la estructura mesiánica. Un santo. Un iluminado. Un profeta.

Sabe acunar a Cristo en sus brazos cargados de años. Y llamarle «consolación de Israel».

Y supo dejarnos la joya lírica del Nunc dímirttis como un testamento precioso que suena a relevo de centinelas, a libertad de prisioneros, a feliz liberación de cautivos… y que tiene un colorido de perspectiva salvadora, de horizontes lejanos, universales, católicos…

Todo el misterio de Cristo pasa ante sus ojos venerablemente abiertos, a punto ya de cerrarse a la espera y a la carne.

¡Amigos, qué santo tan grande y tan bíblico es este anciano Simeón!

¡Y qué gran santa también aquella mujer llamada «Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, casada en los días de su adolescencia, que vivió siete años con su marido y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro, que no se apartó del templo sirviendo con ayunos y oraciones noche y día y que también alabó a Dios y hablaba de Él a cuantos esperaban la redención de Jerusalén»! (Lc. 2, 36 ss.).

Simeón puede ya morir en paz. Abre los ojos y siente la caricia cordial de los ojos infinitamente hondos del Niño.

Ana prolonga aquella noche su oración en el templo un poco más tiempo del acostumbrado, dando gracias a Dios porque la redención de Israel está ya tan cerca…

La luz fue siempre símbolo manifestativo del honor debido a una persona. Y símbolo de gozo y de alegría.

Estos son los primeros pasos de la luz en la simbología eclesiástica.

Jesucristo fue anunciado como luz. Él mismo se llamó «luz del mundo».

Simbólicamente, Cristo se hace presente en medio de nosotros vestido de luz. Cristo es luz. Es la Luz.

Dios es la luz, nosotros las lámparas. Estamos en tiempo oscuros, hay guerras por todas partes; también guerra dentro de nuestras familias, incluso guerra dentro nosotros mismos. Stress, depresión, enfermedad.

¿Dónde ésta Dios?  Dios está donde siempre ha estado, en todas partes. Entonces la pregunta no debe ser dónde está Dios, sino ¿Dios es indiferente a esta situación? ¿Será que Dios no le importa que estemos en oscuridad? ¿Será que ya no hay esperanza

Si le preguntamos a Dios. ¿Qué nos dirá?  Vosotros sois la luz del mundo… Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Cuando alguien va a nacer decimos: Va a dar a luz.      Cada ser humano, es una nueva oportunidad, entonces eso quiere decir que Dios no es indiferente, quiere decir que Dios sabe que estamos en oscuridad,  quiere decir que hay esperanza. Sin embargo ¿Por qué no todos brillan? ¿Por qué el mundo sigue en oscuridad? “Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

Seamos la luz siguiendo los pasos de Jesús. ¿Cómo me siento al saber que Dios está pendiente de mí, y que siempre puedo contar con su luz?

La entrada en el templo, Jesús la hizo en los brazos de la Santísima Virgen. Una vela litúrgica encendida es un símbolo vivo de Cristo, Somos portadores de Cristo, con una vela en la mano.

Nosotros lo recibimos a Él, de manos de nuestra santa madre la Iglesia.

Sólo la Iglesia tiene poder para darnos a Cristo. Como las de la Candelaria, las manos de la Iglesia son manos cariñosamente maternales. Para recibir a Cristo necesitamos acudir a la Iglesia.

El cristiano es un ser iluminado. Es una fuente de luz. Porque Dios derramó el Espíritu sobre aquella primera Comunidad reunida con María, la Iglesia, nosotros, por eso somos LUZ de las gentes. Para llevarla a todas las naciones; para descubrirla ya presente en medio de esta tierra. Deseamos ser esa Iglesia tuya viva y luminosa, que enciende el calor en los corazones.

Por suerte no estamos  solos en esto, aunque a veces me cueste sentirlo.

Nos enviaste como comunidad para ser testigos tuyos; para que otros lleguen donde yo no puedo. Para que me pueda apoyar en otros y ellos en mí. Soy un eslabón único y necesario de esa Iglesia que lleva dos mil años empeñada en anunciar el Reino de Dios y hacerlo visible a todos los hombres.

Una Iglesia de la que todos formamos parte y hemos vivido con fuerza la Asamblea diocesana,  y en la que yo también tengo mi hueco.

Allí donde las cualidades que he recibido pueden ser más útiles. Una Iglesia cercana al mundo, testigo de Jesús, de palabra y de obra, a través de mí; una Iglesia en salida, como quiere el papa Francisco…

El mundo nos pregunta. ¿Vosotros los que veis, qué habéis hecho con la luz?

¿Has pensado alguna vez que una vela no pierde su brillante poder cuando enciende a otra?

La habilidad de compartir su luz sólo es limitada por el tiempo que permanece encendida.

Cuando Jesús dijo: “Tú eres la luz del mundo”, lo hizo con el conocimiento de que poseemos una Fuente de Luz ilimitada,  Cristo Jesús.

Como una vela encendida, cada uno de nosotros puede bendecir un número incalculable de personas gracias a esta Luz. Somos capaces de ayudar a muchas personas con nuestro amor y nuestra luz, sin disminuir nuestra Fuente.

Frecuentemente, ofrecemos luz a otras personas sin ser conscientes de ello. Cuando menos lo esperamos, algún gesto o palabra sencilla, ilumina la vida de una persona, y sin perder ni siquiera un poco de nuestra luz. La Fuente de nuestra Luz es ilimitada y eterna.

Cuando permitimos que la Luz de Dios brille a través de nosotros libre e incondicionalmente, somos verdaderamente la luz del mundo. De igual forma, cuando nos dejamos iluminar por los demás, también lo somos.

¿Cómo puedo ser  luz  y  calor  para las personas que están a mí alrededoren mi caminar por la vida?

La verdad de nuestra vida cristiana es una candela encendida.luz. La mentira en la vida es un apagón de la luz. La verdad es un acto de culto a la luz. La mentira es una ceremonia del culto a Luzbel, el ángel apagado.

Que nos queme la luz en el pecho. Y que todas las luces del alma y del cuerpo que hayamos de tocar en la vida, hayan podido ser arrancadas de un pedernal litúrgico y transmitidas por un beso caliente de las candelas encendidas en la fiesta de la Purificación de la Virgen.

Nuestra santa madre la Iglesia resume el sentido cristianamente luminoso de esta festividad en la oración de la bendición de las candelas, que es un manjar exquisito para el alma cristiana:

«Oh Señor Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombres que viene a este mundo, ilustra nuestros corazones con tu invisible fuego, con el resplandor del Espíritu Santo y cura la ceguera de nuestros pecados”

El anciano Simeón tan solo deseó ver un instante la luz de Dios para cerrar después sus ojos con esa imagen tan bella Incrustada en sus pupilas, momentos antes de abrirse a los resplandores eternos de la gloria del cielo.

En la nueva economía de la gracia, el cristiano puede estar constantemente viendo a Cristo y sintiendo su caricia de hermano que se nos ofrece acunado en los brazos de la Santísima Virgen.

Por favor, que no se nos olvide: históricamente es cierto que la Santísima Virgen – su madre y nuestra madre -, tiene todavía maternalmente extendidos sus brazos dispuesta a acunarnos sobre ellos y poder así ofrecernos al Padre en el templo santo del cielo.

Es éste su oficio. De nuevo os lo voy a recordar y a la vez, le vamos a pedir esta gracia a la Virgen con las mismas palabras de la liturgia de la fiesta de hoy: «Omnipotente y sempiterno Dios: suplicamos humildes a tu Majestad, que así como tu unigénito Hijo fue presentado hoy en el templo con la sustancia de nuestra carne, así nos concedas presentarnos a Ti con almas limpias de todo pecado. Amén.»

Retiro Navideño

En el siguiente enlace tenéis disponible el vídeo del retiro navideño dirigido por el Padre José Ignacio Figueroa, Consiliario General de Vida Ascendente, que tuvo lugar el pasado 14 de diciembre.

https://youtu.be/yB90UWwNP8I