SEGUNDO CONGRESO INTERNACIONAL DE LA PASTORAL DE LAS PERSONAS MAYORES: PONENCIAS (I)

Como ya nos hicimos eco en su momento a principios de octubre tuvo lugar en Roma el Segundo Congreso Internacional sobre la Pastoral de los Mayores, bajo el lema “Sus ancianos tendrán sueños”,  continuación de la reunión  de 2020 bajo el lema “La riqueza de los años”.

Nuestro Presidente nos ha hecho llegar las ponencias traducidas y las vamos a ir recogiendo en este medio, identificando al ponente, para que dispongáis de todos los datos sin haberos desplazado hasta la Ciudad Eterna.

La introducción corrió a cargos se Su Eminencia el Cardenal Kevin Farrell, de quien os dejamos unas notas biográficas

Su Eminencia el Cardenal  Kevin J. Farrell nació el 2 septiembre de 1947 en Dublín (Irlanda) y fue ordenado sacerdote el 24 de diciembre de 1978.

Después de haber ejercido el ministerio de capellán en la Universidad de Monterrey en México, en 1983 ejerció el servicio pastoral en la parroquia de San Bartolomé en Bethesda, Estados Unidos de América. Seguidamente, fue vice párroco en varias parroquias de la arquidiócesis de Washington y, después, director del Centro Católico Español, director ejecutivo regente de las Organizaciones Caritativas Católicas, secretario para los asuntos financieros de la arquidiócesis y párroco de la Anunciación.

Desde 2001, desempeñó los cargos de vicario general para la administración y moderador de la curia. El 28 de diciembre del mismo año fue nombrado por Juan Pablo II obispo auxiliar de Washington, recibiendo la consagración episcopal el 11 de febrero de 2002.

El 6 de marzo de 2007, Benedicto XVI lo llamó a guiar la diócesis de Dallas. En el curso de su ministerio episcopal, asumió varias responsabilidades: canciller de la Universidad de Dallas; miembro del consejo de administración de la Universidad Católica de América, de la Papal Foundation, de la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, del Instituto San Lucas en Washington; presidente de la Nueva Evangelización de América; delegado nacional de los Congresos Eucarísticos Internacionales; moderador episcopal del órgano consultivo para la gestión financiera diocesana.

Dentro de la Conferencia Episcopal Estadounidense llevó a cabo las tareas de tesorero, presidente del Comité para el balance y las finanzas, presidente del Comité para las colectas nacionales, miembro del Comité para el culto divino, consultor del Comité para la inmigración, miembro del Grupo operativo para la promoción de las vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada.

El 15 de agosto de 2016, el Papa Francisco lo nombró Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Fue creado cardenal por el Papa Francisco en el Consistorio ordinario público del 19 de noviembre de 2016, de la Diaconía de San Julián Mártir.

Es Miembro:

– de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica;

– de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano;

– de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

El 14 de febrero de 2019 fue nombrado por el Papa Francisco Camarlengo de la Santa Iglesia Romana.

Desde el 29 de septiembre de 2020 es presidente de la Comisión de asuntos reservados y desde el 7 de junio de 2022 es presidente del Comité de Inversiones.

Desde el 1 de enero de 2024 es presidente del Tribunal de Casación del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Con la Carta del Santo Padre al Colegio Cardenalicio y a los Prefectos y Responsables de las Instituciones Curiales, de las Oficinas de la Curia Romana y de las Instituciones relacionadas con la Santa Sede, fechada el 19 de noviembre de 2024, el Papa Francisco nombró al Card. Kevin J. Farrell Administrador Único del Fondo de Pensiones del Vaticano.

Y a continuación la totalidad de su intervención:

“Excelencias, queridos responsables de la pastoral de las personas mayores:

Les doy mi más cordial bienvenida a este Segundo Congreso Internacional sobre la Pastoral de las Personas Mayores. Hace cinco años, nuestra primera reunión tuvo como tema: «La riqueza de los años». Nuestra intuición de entonces resultó acertada: una pastoral dedicada a las personas mayores responde a una necesidad real y creciente en nuestras comunidades.

A ustedes, que están en primera línea de este servicio, les expreso mi sincero agradecimiento: el trabajo que realizan es esencial, y para nuestro Dicasterio, conocerlos y escucharlos es de suma importancia. De hecho, son ustedes quienes viven en primera persona la vida cotidiana de las personas mayores, con sus alegrías, esperanzas y dificultades. De su experiencia puede surgir una pastoral que no sea impuesta desde arriba, sino que se base en la escucha y sea capaz de valorar la contribución única de las personas mayores a la Iglesia y a la sociedad.

Durante el pontificado del Papa Francisco, la atención pastoral al mundo de las personas mayores se ha intensificado y se ha realizado de forma más sistemática. Con gestos concretos y una enseñanza coherente, ha situado a las personas mayores en el centro de la reflexión eclesial: piensen en las audiencias dedicadas a las personas mayores, la serie de catequesis sobre la vejez, rica en sabiduría humana y espiritual, se ha traducido en la instauración de la «Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores» y en los mensajes enviados con motivo de este evento. Esta no es, sin duda, una iniciativa completamente nueva; tiene una larga historia eclesial. San Juan Pablo II sentó las bases al instar, ya en su viaje a España en 1982, a una pastoral que potenciara el papel creativo de las personas mayores. Esta idea fue retomada y desarrollada por el Consejo Pontificio para los Laicos, con el documento «La dignidad de las personas mayores y su misión en la Iglesia y en el mundo» (1998), y por el propio Papa Wojtyla con la conmovedora Carta a las personas mayores (1999). Benedicto XVI continuó en esta línea; su visita en 2012 a la casa familiar «Viva gli Anziani» aquí en Roma permanece grabada en la memoria. Presentándose como «un anciano que visita a sus semejantes», ofreció un criterio fundamental: «La calidad de una sociedad también se juzga por cómo se trata a sus mayores. ¡Quien hace espacio para los mayores hace espacio para la vida!»

Retrocediendo aún más, podemos afirmar con certeza que nuestra reflexión sobre la pastoral de las personas mayores tiene sus raíces más profundas en el Concilio Vaticano II, con el redescubrimiento de la Iglesia como Pueblo de Dios peregrino, el reconocimiento de la dignidad bautismal de todos los fieles y su corresponsabilidad en la misión y la vida de la Iglesia. El redescubrimiento conciliar de la dignidad bautismal, en cualquier edad y en cualquier estado de vida, conduce naturalmente al reconocimiento del papel protagónico que las personas mayores pueden y deben desempeñar en la Iglesia. Por lo tanto, para continuar implementando el Concilio, el siguiente paso es promover el florecimiento de la pastoral de las personas mayores.

El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, siguiendo las Constituciones Conciliares Lumen Gentium y Gaudium et Spes, se propone servir a todo el Pueblo de Dios de manera unificada, en sus diversas vocaciones y etapas de la vida. De ahí nuestro compromiso con las familias, los jóvenes, los laicos y las asociaciones de fieles. Dado que hoy en día una parte amplia y cada vez mayor de este pueblo está compuesta por personas mayores, en el cumplimiento de nuestra misión no podemos ignorar las Atención pastoral dedicada a ellos.

Como recordó el Papa Francisco en el primer congreso, los ancianos son el futuro de la Iglesia, no solo su pasado: su experiencia, su fe arraigada y su sabiduría son un tesoro invaluable para todo el Pueblo de Dios en camino.

La semilla del Concilio está ahora entrando en contacto con una nueva situación social: por primera vez en la historia, asistimos a una longevidad generalizada. Una verdadera transición demográfica está en marcha: las personas mayores ya no son una minoría, sino un segmento amplio y creciente de la sociedad. Los datos lo confirman: en Europa, más de una quinta parte de la población tiene más de 65 años, y en países como Japón, Italia y Alemania, este grupo de edad ya representa una cuarta parte de la población. Naturalmente, las dinámicas que impulsan este aumento de la población anciana son diversas y complejas. En muchos contextos, esto es resultado de un bienestar generalizado; en otros, sin embargo, se debe a otros fenómenos, como el abandono de pueblos, las zonas despobladas por la migración y las crisis económicas o políticas que obligan a los jóvenes a huir. Sin embargo, independientemente de las causas, los datos son globales: el número de personas mayores está aumentando en todas partes. Incluso en África, un continente con una edad promedio muy baja, el número total de personas mayores está creciendo, y ya no representan una excepción dentro de una población predominantemente joven, sino una presencia significativa que merece atención y valor.

El Concilio nos invitó a leer los signos de los tiempos a la luz del Evangelio. La prolongación de la vida puede considerarse uno de estos «signos» que caracterizan el «cambio de época» que estamos experimentando, que la Iglesia está llamada a interpretar con espíritu profético y con «ojos de esperanza», como nos invita el Jubileo. Así, mientras muchos ven con preocupación el fenómeno del aumento de personas mayores, como si fuera una carga para la sociedad, nosotros, como Iglesia, reconocemos la longevidad como un don de Dios. No es una emergencia que deba gestionarse, sino una nueva oportunidad. A la luz de la fe, vivir más años debe considerarse un tiempo de gracia.

Durante este Congreso, podemos acoger con entusiasmo el mensaje del Evangelio y enriquecer a toda la comunidad.

En muchas parroquias, las personas mayores no solo constituyen el grupo más numeroso, sino también, a menudo, el más activo. Hoy, de hecho, la vida de una persona jubilada no es una vida de inactividad; al contrario, suele estar llena de compromisos y pasiones. Nos reunimos en este Congreso precisamente porque sentimos la urgencia de desarrollar conjuntamente respuestas pastorales adecuadas a esta nueva realidad, para compartir experiencias e identificar caminos adecuados.

Nuestro Dicasterio está a su entera disposición para apoyar esta labor. No pretendemos proponer soluciones prefabricadas —cada comunidad tiene su propia historia y especificidades—, sino que deseamos reflexionar y caminar junto con ustedes, con un espíritu verdaderamente sinodal, para impulsar esta esencial atención pastoral. Las palabras que el Santo Padre nos dirigirá mañana serán sin duda esclarecedoras y alentadoras para nuestra labor.

Concluyo renovando mi más cordial bienvenida a cada uno de ustedes, deseándoles una labor fructífera. Que el Señor guíe nuestro servicio a las personas mayores, quienes son una bendición para la Iglesia y para el mundo entero.”

FIESTA DE LA MEDALLA MILAGROSA

La Medalla Milagrosa es una medalla de devoción católica, también conocida como Medalla de Nuestra Señora de las Gracias, que se originó a raíz de las apariciones de la Virgen María a santa Catalina Labouré en París, Francia, en 1830. Es considerada un sacramental que ayuda a recordar la fe, y la Virgen prometió a Catalina que quienes la llevaran con confianza recibirían gracias espirituales y materiales.

Origen

1.- Apariciones: La Virgen María se apareció a santa Catalina Labouré en la capilla de la Rue du Bac, en París, en 1830.

2.- Promesa: Durante la aparición del 27 de noviembre de 1830, la Virgen le mostró a Catalina una visión en la que aparecía de pie sobre un globo, aplastando a una serpiente, con rayos de luz saliendo de sus manos. Le explicó que los rayos representaban las gracias que concedería a quienes las pidieran.

3.- Diseño: La Virgen le indicó a Catalina que los rayos de sus manos simbolizaban las gracias que derramaba sobre quienes las pedían. Si se acuñaba la medalla, estos rayos y gracias se volverían más accesibles.

4.- Nombre: Originalmente se llamó “Medalla de la Inmaculada Concepción”, pero se le conoció popularmente como “Medalla Milagrosa” debido a los numerosos milagros que ocurrieron tras su difusión.

Simbolismo y significado

1.- Anverso: En el anverso de la medalla se encuentra una imagen de la Virgen con la inscripción «Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti».

2.- Reverso: En el reverso hay una cruz, una gran letra «M», una cruz y una estrella.

3.- Conexión espiritual: Es un símbolo espiritual que sirve como recordatorio de la protección divina y la fe.

Uso y promesas

1.- Arma espiritual: Se considera una herramienta para la fe y un «arma contra el demonio».

2.- Promesa de gracias: La Virgen prometió que quienes la porten con confianza recibirán gracias espirituales y materiales, incluyendo la ayuda para vencer tentaciones.

3.- Recordatorio físico: Funciona como un recordatorio físico para orar y confiar en la Virgen María, especialmente en momentos de dificultad.

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LOS DESAFÍOS DEL MUNDO ACTUAL. 5. ESPIRITUALIDAD PASCUAL Y ECOLOGÍA INTEGRAL.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Estamos reflexionando, en este Año jubilar dedicado a la esperanza, sobre la relación entre la Resurrección de Cristo y los desafíos del mundo actual, es decir nuestros desafíos. A veces, Jesús, el Viviente, también nos quiere preguntar: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?». Los desafíos, de hecho, no se pueden afrontar solos y las lágrimas son un don de vida cuando purifican nuestros ojos y liberan nuestra mirada.

El evangelista Juan nos llama la atención sobre un detalle que no encontramos en los otros Evangelios: llorando cerca de la tumba vacía, la Magdalena no reconoció enseguida a Jesús resucitado, sino que pensó que era el custodio del jardín. De hecho, ya narrando la sepultura de Jesús, al anochecer del viernes santo, el texto era muy preciso: «En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús» (Jn 19, 41-42).

Termina así, en la paz del sábado y en la belleza de un jardín, la dramática lucha entre tinieblas y luz desatada con la traición, el arresto, el abandono, la condena, la humillación y el asesinato del Hijo que «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Cultivar y custodiar el jardín es la tarea originaria (cfr Gen 2,15) que Jesús llevó a su término. Su última palabra en la cruz – «está cumplido» (Jn 19,30) – invita a cada uno a reencontrar la misma tarea, su tarea. Por esto, «inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (v. 30).

Queridos hermanos y hermanas, ¡María Magdalena, entonces, no se equivocó del todo, creyendo que encontraba al cuidador de la huerta! De hecho, debía volver a escuchar el propio nombre y comprender la propia tarea del Hombre nuevo, la que en otro texto de Juan dice: «hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). El Papa Francisco, con la encíclica Laudato si’, nos indicó la extrema necesidad de una mirada contemplativa: si no es cuidador del jardín, el ser humano se convierte en su devastador.

La esperanza cristiana, por lo tanto, responde a los desafíos que enfrenta toda la humanidad hoy deteniéndose en el jardín donde se colocó el Crucificado como una semilla, para volver a brotar y dar mucho fruto.

El Paraíso no está perdido, sino que es encontrado. La muerte y resurrección de Jesús, por lo tanto, son el fundamento de una espiritualidad de la ecología integral, fuera de la cual las palabras de la fe se quedan sin conexión con la realidad y las palabras de la ciencia se quedan fuera del corazón. «La cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia» (Laudato si’, 111).

Por esto, hablamos de una conversión ecológica, que los cristianos no pueden separar de ese cambio de dirección que les requiere seguir a Jesús. El hecho de que María se volviera aquella mañana de Pascua es una señal de esto: solo de conversión en conversión pasamos de este valle de lágrimas a la nueva Jerusalén. Tal pasaje, que empieza en el corazón y es espiritual, modifica la historia, nos compromete públicamente, activa solidaridad que desde ahora protegen personas y criaturas de las ansias de los lobos, en el nombre y fuerza del Ángel Pastor.

Así, los hijos y las hijas de la Iglesia pueden hoy encontrar millones de jóvenes y de otros hombres y mujeres de buena voluntad que han escuchado el grito de los pobres y de la tierra dejándose tocar el corazón. Son muchas también las personas que desean, a través de una relación más directa con la creación, una nueva armonía que los lleve más allá de tantas laceraciones. Por otro lado, además «el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje» (Sal 18,1-5).

El Espíritu nos dé la capacidad de escuchar la voz de quien no tiene voz. Veremos, entonces, lo que los ojos aún no ven: ese jardín, o Paraíso, al que solo nos acercamos acogiendo y cumpliendo cada uno su propia tarea.

Fuente: La Santa Sede

EL AMOR DETERMINANTE DE LA VERDAD

Lo mismo que hemos dicho en el artículo anterior sobre la justicia, cabe decirlo ahora a propósito de la verdad. Pues una verdad sin amor puede conducir a la condena de quienes supuestamente viven en la mentira. En Ef 4,15 San Pablo habla de realizar la verdad en el amor. La verdad cristiana está determinada por el amor. Una verdad sin amor puede conducir al fanatismo y desvirtuar la verdad. El cristianismo no puede ser nunca una verdad sin amor. Por eso el acento en la evangelización, en el anuncio del mensaje cristiano, debe estar en el amor con que se ofrece, en el amor con que se comprende la postura del otro, en el amor con el que se respeta la negativa del otro, en el amor con el que se disculpa la incomprensión del otro. En este amor está la verdad. Una evangelización así es auténtica porque aúna e integra la dignidad de la persona humana con la oferta del misterio que en Cristo se manifiesta.

La verdad del cristianismo es el amor. Porque Dios es Amor. Ya Pascal decía que podía hacerse un ídolo de la verdad, cuando la verdad no iba acompañada de caridad: “podemos hacer un ídolo de la verdad. Pues la verdad sin caridad no es Dios; es un ídolo que no hay que amar ni adorar; y aún menos hay que amar o adorar a su contrario, que es la mentira”. Esta última observación de Blas Pascal (no hay que adorar a la verdad sin caridad, pero menos aún hay que amar o adorar a la mentira) nos invita a hacer una última reflexión. Por una parte, la verdad cristiana está en la caridad, pues la verdad que proclama el cristianismo es el amor. Por eso, la verdad cristiana debe proponerse con amor, so pena de que haya una contradicción entre lo propuesto y el modo de proponerlo, en cuyo caso el modo negaría el contenido ofrecido. No puede hablarse de paz desde la irritación o de amor desde la intransigencia y la fuerza, porque el modo niega el contenido.

Ahora bien, la caridad debe fundamentarse en la verdad y regularse por la verdad. No es posible un amor fundamentado en la falsedad. Ni en la falsedad subjetiva, en el engaño o la apariencia del que dice amar; ni en la falsedad objetiva, pues el amor busca siempre el bien, y en la mentira no hay bien. De ahí que pueda escribir Benedicto XVI: “Solo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad… Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente”.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

 

UN JUBILADO DE 91 AÑOS DONA UN MILLÓN DE EUROS PARA SALVAR LA IGLESIA DE SU PUEBLO

En La Chapelle-sur-Aveyron, una pequeña localidad de la región de Loiret, en el centro de Francia, los vecinos han rendido homenaje a uno de los suyos. Raymond Landy, de 91 años, que ha donado un millón de euros para restaurar la iglesia del pueblo, gravemente deteriorada por el paso del tiempo.

El pasado 25 de octubre, decenas de personas se reunieron frente al templo para asistir al descubrimiento de una placa en honor a Landy, un gesto de gratitud hacia el benefactor que ha hecho posible unas obras largamente esperadas. Según ha informado el medio francés France 3, este donativo permitirá financiar tres cuartas partes del presupuesto total de la restauración, cifrado en 1,38 millones de euros.

«Nací aquí, hice mi Primera Comunión aquí, siempre he vivido en La Chapelle…», expresó Landy, visiblemente emocionado, desde su silla de ruedas durante el homenaje.

El corazón del pueblo en riesgo de derrumbe

Con apenas 640 habitantes, La Chapelle-sur-Aveyron es una de tantas pequeñas comunas rurales que luchan por conservar su patrimonio. Su iglesia, varias veces remodelada a lo largo de los siglos, se encontraba en un estado crítico.

«Somos un pueblo muy pequeño, así que nuestra iglesia es nuestro único patrimonio. No está catalogada, pero es el corazón del pueblo, todo el mundo la aprecia», explicó el alcalde, Christian Chevalier, a France 3.

Las primeras señales de deterioro aparecieron a principios de los años 2000. Sin fondos suficientes para acometer una restauración integral, las distintas corporaciones locales fueron aplazando los trabajos. El gesto de Landy lo cambió todo.

«El alcalde me dijo que teníamos una donación de un millón de euros, así que decidimos llevar a cabo la mayor cantidad de obras posible», recordó el arquitecto del patrimonio Antoine Leriche, encargado del proyecto.

La situación del edificio era tan grave que, según el propio alcalde, sin esta intervención la iglesia habría tenido que cerrarse o incluso demolerse.

La bóveda se estaba desintegrando y los trozos de yeso se acumulaban sobre una red de seguridad. El problema principal, detalló Leriche, era la estructura de la techumbre, que cedía y presionaba la bóveda inferior. Además, el campanario —símbolo visible del templo— se inclinaba cada vez más «debido a una base podrida».

Obras a gran escala

Las obras de restauración, que comenzarán en noviembre, se desarrollarán durante 18 meses en tres fases. La primera consistirá en desmontar el campanario, que será retirado con una grúa y depositado en la plaza del pueblo para su reparación. Luego se rehabilitará el coro, tanto por dentro como por fuera.

Entre primavera y otoño de 2026 se acometerá la parte más compleja: la sustitución completa de la cubierta y la estructura de madera, junto con la retirada de la bóveda de yeso y la renovación de las fachadas.

«Por lo general, el proyecto dura más de 20 años y se divide en cuatro, cinco o seis fases, lo que da tiempo a los municipios para conseguir nueva financiación. Esta vez, es todo a la vez; ¡es la primera vez que me pasa algo así!», confesó el arquitecto Leriche a France 3.

Una vez concluidos los trabajos, el edificio quedará libre de riesgos estructurales. «Y estaremos listos para otros 150 años», celebró el alcalde.

Un gesto que deja huella

Para Raymond Landy, este acto representa una forma de «hacer algo importante» con el dinero heredado de un familiar. Su donación ha sido reconocida públicamente por las autoridades locales, responsables políticos y el obispo de Orléans, Jacques Blaquart, que acudió al acto conmemorativo.

En un tiempo en que muchas iglesias rurales francesas sufren abandono por falta de medios, la historia de La Chapelle-sur-Aveyron ha emocionado a todo el país.

Miriam Gómez Sanz para 65 y MAS

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA CECÍLIA DE ROMA

La antigüedad de su martirio y la amplitud de su recuerdo hicieron que su nombre esté presente en el canon de la Misa. También por este motivo, son numerosas las dedicaciones de templos a su nombre y puestos bajo su protección.

Lo extraño es que a pesar de tanta y tan notoria devoción se sepa tan poco de su vida; y digo saber, porque lo que nos ha llegado contado sobre su martirio en la «pasión», escrita muy tardíamente (s. VI), no es fiable desde el punto de vista histórico

Suelen presentarla como perteneciente a una familia ilustre, de la nobleza romana, del linaje de los Cecilios, anteriores a Cristo y emparentados con Metelos y Pomponios. A Cecilia le señalan como antepasadas a Caya Cecilia y a Cecilia Metea, sin que en realidad sean estos datos demostrables; colocarla dentro de la flor y nata de los patricios romanos podría deberse al vivo deseo de ensalzar la figura de la santa o a la necesidad de cubrir la ausencia de datos con una mera posibilidad.

Dicen que se quedó huérfana desde pequeña, que la instruyó en la fe el obispo Urbano y que se bautizó a los trece años. La presentan los escritos dedicada a la oración, con obras de penitencia y asistiendo a los oficios de culto sin remilgos ni disimulos, aunque los tiempos no estaban para muchos aspavientos. ¡Qué otra cosa podían hacer los dados a la hagiografía si tienen que hablar de la vida de una santa y no disponen de materiales que le sirvan para su intento! Es lógico que apliquen a su figura todas las virtudes que son concebibles en su vida cristiana y quizá también deseen hablar de las que deberían tener los lectores de su vida para sentirse animados a su imitación. Se muestran extremadamente explícitos en hacer mención de la generosidad que Cecilia demostraba con las colas de pobres que se acercaban a la puerta de su casa en la Vía Apia donde siempre había un plato de sopa caliente y unas limosnas. Y aún son más las alabanzas a la santa cuando se explayan en poner de relieve la radicalidad de su fe hasta el punto de formular en su temprana edad un voto de castidad que puso bajo la custodia de su Ángel.

Lo sorprendente para el hombre de nuestro tiempo tan refinado y culto es que contrajo matrimonio con Valeriano y fue en la misma noche de bodas, después de las capitulaciones matrimoniales, cuando manifestó a su esposo el voto de virginidad que había hecho y lo importante que era respetarlo porque era nada menos que su ángel quien la defendería ante cualquier atropello. Pero lo más insólito del caso es que Valeriano -mucho debía amarla- no se sintiera defraudado por tal planteamiento y aceptara la condición de buen grado.

Valeriano y su hermano Tiburcio son dos mártires bien documentados en la iglesia de Roma. Se convirtieron del paganismo a la fe y dieron su vida por ella. Igual que Cecilia que fue condenada a muerte por decapitación, probablemente en tiempos de Marco Aurelio, sin que los primeros golpes de hacha sobre su cuello le llegaran a hacer daño.

Tampoco se sabe muy bien de dónde le viene a la santa su patronazgo sobre la música ni su protección a los amantes de las corcheas. ¿Sería por aquello de que «cantaba a Dios en su corazón»? Eso es lo que sucede cada vez que se reza a Dios con toda el alma. Quizá alguien, al leerlo en su passio, llegó a pensar en Cecilia, soprano acompañada de instrumentos musicales, y luego se decidió a divulgar la figura pintándola con su órgano.

Aunque no siempre fue así; Stefano Maderna, artista no muy conocido, esculpió la figura de santa Cecilia en mármol de Carrara, haciendo una estatua yacente, con las manos entrelazadas, mostrando una el dedo índice y la otra tres, simbolizando la fe inquebrantable en la unidad divina y en la trinidad de personas. En el altar mayor de la iglesia de su nombre, en el Trastévere romano, puede contemplarse la efigie junto a las reliquias milagrosas de la santa.

Como Cecilia ya trasciende el tiempo y está por encima de los defectos humanos que ella sabe comprender y disculpar, atenderá la súplica de los aún viandantes para formar parte un día del maravilloso coro del cielo, sin importarle mucho que seamos sordomudos, tengamos mal oído o no seamos capaces de disfrutar del pentagrama.

(Fuente: archimadrid.es)

SOLEMNIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

En el año 325, se celebró el primer concilio ecuménico en la ciudad de Nicea, en Asia Menor. En esta ocasión, se definió la divinidad de Cristo contra las herejías de Arrio: «Cristo es Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». 1600 años después, en 1925, Pío XI proclamó que el mejor modo de que la sociedad civil obtenga “justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia” es que los hombres reconozcan, pública y privadamente, la realeza de Cristo. “Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe -escribió-mucha más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio (…) e instruyen a todos los fieles (…) cada año y perpetuamente; (…) penetran no solo en la mente, sino también en el corazón, en el hombre entero”. (Encíclica Quas primas, 11 de diciembre de 1925). La fecha original de la fiesta era el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos; pero con la reforma de 1969, se trasladó al último domingo del Año Litúrgico, para subrayar que Jesucristo, el Rey, es la meta de nuestra peregrinación terrenal. Los textos bíblicos cambian en los tres ciclos litúrgicos, lo que nos permite captar plenamente la figura de Jesús.
Del Evangelio según San Lucas
“El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino».
Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 35-43).
Última etapa
Hoy celebramos, en el último domingo del año litúrgico, la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Como el año litúrgico representa el camino de nuestra vida, esta experiencia nos recuerda -es más, nos enseña- que nos dirigimos hacia el encuentro con Jesús, el Esposo, que vendrá como Rey y Señor de la vida y de la historia. Estamos hablando de su segunda venida. En la primera vino en la humildad de un Niño acostado en un pesebre (Lc 2,7); en la segunda regresará en la gloria, al final de la historia, una venida que hoy celebramos litúrgicamente.
Pero hay también una venida intermedia, la que vivimos hoy, en la que Jesús se nos presenta en la Gracia de sus Sacramentos y en el rostro de cada «pequeño» del Evangelio. Es el tiempo en el que se nos invita a reconocer a Jesús en el rostro de nuestros hermanos, el tiempo en que se nos invita a utilizar los talentos que hemos recibido, a asumir nuestras responsabilidades cada día. Y a lo largo de este camino, la liturgia se nos ofrece como escuela de vida para educarnos a reconocer al Señor presente en nuestra vida cotidiana y para prepararnos a su venida final.
Una fiesta que revela el camino
El año litúrgico es el símbolo del camino de nuestra vida: tiene su principio y tiene su final en el encuentro con Jesús, Rey y Señor, en el Reino de los Cielos, cuando entraremos en él por la puerta estrecha de la «hermana muerte» (San Francisco). Pues bien, al comienzo del año litúrgico, el primer domingo de Adviento, se nos mostró de antemano la meta hacia la que dirigimos nuestros pasos. Es como si, de cara a un examen, nos hubieran dado, un año antes, las respuestas a las preguntas; esto habría sido un examen amañado. En la liturgia, en cambio, es un don de Jesús, el Maestro, porque nos permite saber qué camino tomar (Jesús, Camino), qué pensamiento seguir (Jesús, Verdad), qué esperanza dejar que nos anime (Jesús, Vida, cfr. Jn 14,6).
Un rey en la cruz
El texto del Evangelio nos presenta al Rey en la cruz, entre dos ladrones. Si recordamos la entrada de Jesús en Jerusalén, en medio de cantos y danzas (cfr. Lc 19,28-40), nos asombramos de cómo se presenta al final, en el «trono” de la cruz. E incluso aquí se encuentra con un ladrón que se burla de su condición de rey: «¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti y a nosotros». El otro, en cambio, dirá: «Acuérdate de mí cuando entres en tu Reino», reconociendo que Jesús es Rey. La fuerza de la realeza de Jesús está precisamente en lo que el buen ladrón ha captado: el amor. Un amor ilimitado, misericordioso, reflejo de aquella realeza con la que Jesús fue recibido en Jerusalén: «He aquí que viene a ti tu Rey. Es justo y victorioso, humilde, cabalga un asno» (Zac 9,9).
¿Él mismo o los demás?
Jesús no se pone a sí mismo en primer lugar, como exigían sus acusadores («Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!», v. 35); los soldados («Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!», v. 37); y el primer ladrón («¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros», v. 39).
Jesús no vino para ser servido, sino para servir; no vino para usar su poder, sino para donarse completamente por los demás. Para salvarlos. Ésta es la realeza de Jesús, y por eso no es comprendida. Es la realeza del amor, del perdón, del servicio, que Jesús ha traído y que, gracias a la Cruz, ha vencido.

Fuente: The Holy See

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

La fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen María en el Templo recuerda -según los evangelios apócrifos- el día en que María, aún niña, fue al Templo de Jerusalén y se consagró a Dios. La Iglesia desea destacar no el acontecimiento histórico en sí, del que no hay rastro en los Evangelios, sino el don total de sí misma que, en la escucha – «Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan»-, preparó a la joven de Nazaret para convertirse en «templo del Hijo». Este mismo día, el 21 de noviembre, se celebra también la fiesta de Nuestra Señora de la Salud, que fue establecida en la República de Venecia en 1630 y que posteriormente tuvo gran difusión. Esta fiesta se originó tras la peste que azotó el norte de Italia entre 1630 y 1631, mencionada por Alessandro Manzoni en «Los novios». Ante la propagación de la enfermedad y sin saber cómo poner remedio, el gobierno de la República organizó una procesión de oración a la Virgen; asimismo, el Dogo se comprometió a erigir un templo dedicado a Nuestra Señora si la ciudad sobrevivía. Unas semanas más tarde se produjo un repentino colapso de la epidemia, y en noviembre de 1631 se declaró el fin de la emergencia. Desde entonces, se decidió llamar a la Virgen con el título «de la Salud». Para cumplir su voto, el Dogo hizo construir una basílica, que fue consagrada el 9 de noviembre de 1687. También el 21 de noviembre, la Iglesia -por voluntad de Pío XII- celebra desde 1953 la Jornada Pro Orantibus, dedicada a las religiosas y religiosos de vida contemplativa y de oración.

Del Evangelio según San Mateo

“Todavía estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con Él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte».

Jesús le respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre»”. (Mt 12, 46-50)

No tienen más vino

María, Mujer y Madre, no es ajena a las «carencias» de casa. En las bodas de Caná, se da cuenta de que falta vino, e intercede ante su Hijo Jesús para que remedie la situación. Lo que la mueve es la certeza de que nada es imposible para Dios, como le dijo el ángel en la Anunciación. Jesús se resiste – «Mujer, aún no ha llegado mi hora», responde-; pero luego cede. En Caná, María se revela como la creyente en Jesús, la que gracias a su fe provoca el primer milagro de Jesús. El vino es el símbolo de la alegría, de la celebración, de la felicidad; por eso, decir que no hay vino significa que al banquete de bodas le falta el ingrediente por excelencia, la alegría. María se da cuenta y, mediante su intercesión, provee para que el agua de la vergüenza, del miedo, se transforme rápidamente en la alegría de la fiesta. Esto es lo que hizo en Caná, esto es lo que María, Nuestra Señora de la Salud, hace con todos los que la invocan y se confían a ella.

Los Siervos

Los que siguen el acontecimiento paso a paso son los sirvientes, que toman las tinajas, las llenan de agua hasta el borde y, sorprendidos, se dan cuenta de que están repartiendo vino. Y pasan de siervos a testigos: a través de la obediencia, se convierten en protagonistas de un hecho del que todos hablarán y del que ellos son los primeros testigos. Ante los signos que Dios sigue obrando en nosotros y a nuestro alrededor, también nosotros podemos pasar de ser «siervos» a ser «testigos», narradores de las grandes cosas que Dios puede hacer entre nosotros con nuestra humilde y frágil obediencia. Una experiencia que se hace posible si somos obedientes a la orden de la Virgen María: «Hagan lo que Él les diga».

Regalo y compromiso

En esta fiesta, la entrega de María a Dios se entrelaza con su compromiso de vivir la vida animada por la fe, segura de que Dios mismo proveerá (Gn 22). Lo que para el hombre parece imposible, se hace posible para quien cree en Dios y confía en la intercesión de María, Madre de Jesús y Madre nuestra.

Oración a la Virgen de la Salud

Virgen Santísima

venerada por nosotros bajo el título

de Nuestra Señora de la Salud,

obtén para nosotros de Dios la salud

del alma y del cuerpo,

para que, purificados de toda culpa

y fortalecidos en el cuerpo,

podamos servirle cada vez mejor

todos los días de nuestra vida,

para que podamos merecer el premio eterno.

Amén.

 

Fuente : The Holy See

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LOS DESAFÍOS DEL MUNDO ACTUAL. 4. LA ESPIRITUALIDAD PASCUAL INSPIRA LA FRATERNIDAD. «ÁMENSE LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO LOS HE AMADO» (CF. JN 15,12)

Creer en la muerte y resurrección de Cristo y vivir la espiritualidad pascual infunde esperanza en la vida y anima a invertir en el bien. En particular, nos ayuda a amar y a alimentar la fraternidad, que es sin duda uno de los grandes desafíos para la humanidad contemporánea, como vio claramente el Papa Francisco.

La fraternidad nace de un dato profundamente humano. Somos capaces de relacionarnos y si queremos, sabemos construir vínculos auténticos entre nosotros. Sin relaciones, que nos sostienen y que nos enriquecen desde el inicio de nuestra vida, no podremos sobrevivir, crecer, aprender. Estas son múltiples, diferentes en cuanto a modalidad y profundidad. Pero es cierto que nuestra humanidad se realiza mejor cuando estamos y vivimos juntos, cuando somos capaces de experimentar vínculos auténticos, no formales, con las personas que tenemos al lado. Si nos encerramos en nosotros mismos, corremos el riesgo de enfermarnos de soledad e incluso de un narcisismo que se preocupa solo de los demás por interés. El otro se reduce, entonces, a alguien de quien tomar, sin que estemos nunca dispuestos verdaderamente a dar, a entregarnos.

Sabemos bien que tampoco hoy la fraternidad no es algo ni inmediato ni que se pueda dar por descontado. Es más, muchos conflictos, tantas guerras esparcidas por el mundo, tensiones sociales y sentimientos de odio parecerían demostrar lo contrario. Sin embargo, la fraternidad no es un hermoso sueño imposible, no es un deseo de unos pocos ilusos. Pero para superar las sombras que la amenazan hay que ir a las fuentes y, sobre todo, obtener luz y fuerza de Aquel que solo nos libra del veneno de la enemistad.

La palabra “hermano” deriva de una raíz muy antigua, que significa cuidar, preocuparse, apoyar y sustentar. Aplicada a cada persona humana se convierte en un llamamiento, una invitación. A menudo pensamos que el papel de hermano, de hermana, se refiera al parentesco, al hecho de ser consanguíneos, de pertenecer a la misma familia. En realidad, sabemos bien que los desacuerdos, las fracturas y a veces el odio pueden devastar también las relaciones entre parientes, no solo entre extraños.

Esto demuestra la necesidad, hoy más urgente que nunca, de volver a considerar el saludo con el que San Francisco de Asís se dirigía a todas y a todos, independientemente de su procedencia geográfica y cultural, religiosa o doctrinal: omnes fratres era el modo inclusivo con el que San Francisco ponía en el mismo plano a todos los seres humanos, precisamente porque les reconocía en el destino común de dignidad, de diálogo, de acogida y de salvación. El Papa Francisco retomó este enfoque del Poverello de Asís, dando valor a su actualidad después de 800 años, en la Encíclica Fratelli tutti.

Ese “tutti” (todos) que para San Francisco significaba la señal acogedora de una fraternidad universal expresa un rasgo esencial del cristianismo, que desde el inicio fue el anuncio de la Buena Noticia destinada a la salvación de todos, nunca de forma exclusiva o privada. Esta fraternidad se basa en el mandamiento de Jesús, que es de nuevo, en cuanto realizado por Él mismo, cumplimiento sobreabundante de la voluntad del Padre: gracias a Él, que nos amó y se entregó por nosotros, nosotros podemos, a su vez, amarnos y dar la vida por los demás, como hijos del único Padre y verdaderos hermanos en Jesucristo.

Jesús nos amó hasta el final, dice el Evangelio de Juan (cfr 13,1). Cuando se acerca la pasión, el Maestro sabe bien que su tiempo histórico está a punto de concluirse. Teme lo que está a punto de suceder, experimenta el suplicio más terrible y el abandono. Su Resurrección, al tercer día, es el inicio de una historia nueva. Y los discípulos se convierten plenamente en hermanos, después de tanto tiempo de vida en común, no solo cuando viven el dolor de la muerte de Jesús, sino, sobre todo, cuando lo reconocen como el Resucitado, reciben el don del Espíritu y se convierten en testigos.

Los hermanos y las hermanas que se apoyan mutuamente en las pruebas no dan la espalda a quienes están necesitados: lloran y se alegran juntos en la perspectiva laboriosa de la unidad, de la confianza, de la entrega mutua. La dinámica es la que el mismo Jesús nos entrega: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (cfr Jn 15,12). La fraternidad que nos brindó Cristo muerto y resucitado nos libra de las lógicas negativas de los egoísmos, de las divisiones, de las prepotencias, y nos devuelve a nuestra vocación original, en el nombre de un amor y de una esperanza que se renuevan cada día. El Resucitado nos indicó el camino a recorrer junto a Él, para sentirnos y para ser “fratelli tutti” (hermanos todos).

Fuente – The Holy See

CONTRIBUCIÓN DISPOSITIVA DE MARÍA A LA OBRA DE CRISTO

En la reciente nota doctrinal del Dicasterio de la fe “Mater populi fidelis”, Tomás de Aquino es citado 30 veces. La mayoría de las referencias a Santo Tomás se encuentran en el apartado titulado: “Madre de la gracia”. Uno de los textos citados, que luego encontrará una buena aplicación para comprender el papel de María en la obra de la salvación, está en un artículo en donde el santo doctor se pregunta si para conseguir algo que excede las fuerzas de la naturaleza, como por ejemplo conseguir la felicidad eterna, puede hacer algo una criatura limitada. En este contexto dice el de Aquino y repite la nota del Dicasterio: “a la potencia superior (o sea, a Dios) pertenece el conducir al fin último, mientras que las potencias inferiores ayudan a su consecución creando las disposiciones favorables”.

Aplicado a María: solo Dios salva, solo Dios justifica, solo Cristo es mediador y redentor. María no añade nada a la mediación salvífica de Cristo, ella no es medio de salvación. Pero, asociada a Cristo, sí puede pensarse en una contribución dispositiva de María, en la medida en que ella puede “disponer de algún modo” a aquellos que se acercan a ella y le rezan, para que el espíritu del orante se abra con más prontitud a la acción de Cristo. Ella no salva, pero ayuda al creyente a acercarse a Cristo, que es el que salva. Una ayuda que, de ningún modo, es paralela o complementaria a la obra de Cristo. Esta misma contribución dispositiva puede afirmarse de todo aquel que ayuda a otro a conocer mejor a Cristo y su Evangelio. De este modo, María se convierte en icono de la Iglesia, en el modelo más acabado de lo que debe ser todo creyente.

Se comprende así que la nota del Dicasterio de la fe advierta que no se puede presentar a María como un depósito de gracia separado de Dios, o como una fuente de donde mana toda gracia. Porque la gracia solo Dios la concede. Y la concede directa y personalmente a cada ser humano. María nos ayuda a disponernos a la vida de la gracia que solamente el Señor puede infundir en nosotros. Pues la gracia es Dios mismo que, por el Espíritu Santo, se hace vida de nuestra vida. Ninguna criatura puede conferir la gracia. La gracia no desciende a través de diversos intermediarios. Dios está directamente conectado con nuestro corazón.

La nota doctrinal deja claro que “ninguna persona humana, ni siquiera los apóstoles o la Santísima Virgen, puede actuar como dispensadora universal de la gracia. Sólo Dios puede regalar la gracia y lo hace por medio de la Humanidad de Cristo”. Y también: “En la perfecta inmediatez entre un ser humano y Dios en la comunicación de la gracia, ni siquiera María puede intervenir. Ni la amistad con Jesucristo ni la inhabitación trinitaria pueden concebirse como algo que nos llega a través de María o de los santos. En todo caso, lo que podemos decir es que María desea ese bien para nosotros y lo pide junto a nosotros”.

Martin Gelabert – Blog Nihil Obstat