VUESTROS MAYORES TENDRÁN SUEÑOS

Entre los días 20 y 22 de enero estuvimos en la Casa de Espiritualidad de las Esclavas de Cristo Rey de Madrid, bajo el lema: LOS MAYORES TENDRAN SUEÑOS, 15 Consiliarios, 24 Presidentes, junto a los componentes de la Comisión Nacional de Vida Ascendente, con las ausencias notables de nuestros hermanos de Andalucía, que por el accidente de ferrocarril en ADAMUZ, habían cancelado su asistencia.

El lema estaba recogido del II Congreso internacional de la Pastoral de las Personas Mayores, y dice bien, Pastoral de, y no para,  las personas mayores.

La preposición “para” indica principalmente finalidad, destino, destinatario, plazo temporal y punto de vista. Señala la meta o propósito de una acción, el límite de un movimiento, el receptor de algo o un tiempo límite.

La preposición «de» en español es un conector versátil que indica principalmente posesión o pertenencia, origen o procedencia, materia, causa, contenido y tiempo o lugar. También se usa para describir cualidades y conectar verbos con complementos.

Mientras que “para” indica finalidad, Pastoral para el mayor, “de” indica origen, Pastoral del mayor, y es que los mayores, que somos el grupo mayoritario en la Iglesia Católica somos el origen de muchas actividades dentro de ella, aportamos nuestro saber hacer,  nuestra paciencia, nuestro tiempo, somos un grupo muy numerosos y cada vez más activo.

En la década de los 60 nació mucha gente en España, son los llamados Baby Boomers que ahora llegan a la jubilación, entre ellos hay muchos que no están suficientemente evangelizados, ha crecido mucho la esperanza de vida y por debajo de la pirámide poblacional cada vez hay menos nacimientos, esto es un cambio cualitativo que marca no época de cambio sino un cambio de época.

Es curioso cómo se trata de enfrentar a las generaciones en esta sociedad donde impera la cultura del descarte, y debemos plantearnos la búsqueda de una sociedad donde todos podamos vivir bien, con dignidad y de forma sostenible, poniendo a la persona en el centro.

Seguramente todos llegaremos a necesitar unos cuidados asistenciales que la sociedad debe proveer, pero mientras tenemos mucho que ofrecer a esta sociedad, los voluntariados, el cuidado de la familia, los nietos, son actividades productivas y valorables cuantitativamente.

La antropología bíblica, especialmente en el Antiguo Testamento, no ve al ser humano como una división rígida (cuerpo separado del alma), sino como una unidad holística e integral compuesta por diferentes dimensiones. Los términos basar, nefesh y ruaj describen aspectos de esta totalidad humana en relación con Dios y el mundo.

Basar se refiere a la carne, el cuerpo físico, la sustancia material del hombre y de los animales (Gn 2,21).

Nefesh aunque se traduce a menudo como «alma», nefesh no es una parte inmortal e inmaterial encerrada en el cuerpo. Significa el ser entero, la vida, la garganta, la respiración o la «persona» viviente. Se refiere a la sede de las emociones.

Ruaj significa «viento», «soplo», «aliento» o «espíritu». Representa la fuerza vital o la energía que proviene de Dios y anima la vida humana y animal.

Diferencia clave: Mientras basar resalta la fragilidad terrenal, nefesh resalta la experiencia de estar vivo (deseos, emociones), y ruaj resalta la fuente de vida que viene de Dios. Y es precisamente en la condición trascendental de la ruaj, que nos pone en contacto con Dios donde entra Vida Ascendente, nuestro carisma es cuidar esta relación, esta espiritualidad con Dios, ya que de esta forma también cuidamos nuestra relación con los demás.

Entonces, ¿Por qué no introducir un grupo de vida Ascendente en cada parroquia, en cada residencia? La respuesta nos vino en esta preciosa interacción consiliarios y  presidentes, y es que no se conoce bien el movimiento, los párrocos no nos conocen y piensan que vamos a darles un trabajo extra y a exigirles un tiempo que no tienen, otra reunión semanal que les rellena aún más su agenda, pero nuestro movimiento es de laicos para laicos, y aquí es donde el consiliario tiene un papel fundamental, el de hacer partícipes a sus compañeros que no vamos a  darles más trabajo.

El Santo Padre León XIV en su audiencia dio una serie de indicaciones a la luz de las catequesis de Papa Francisco, los mayores somos un don, una bendición, una luz, somos sujetos activos, y la Iglesia necesita apostar por los Baby Boomers en la pastoral misionera y evangelizadora, y ¿Que hacemos en Vida Ascendente? Precisamente esto, los grupos se reúnen para llevar el Evangelio a personas que nunca lo han vivido, es fundamental involucrar a los ancianos en la dinámica misionera.

Y es que los mayores seguimos estando pero nuestra presencia es invisible, y no es por fragilidad, sino por prejuicio, el reto es superar ese prejuicio y promover una Pastoral donde el mayor sea el protagonista activo.

Ana María Marqués Rada

Pte. Diocesana de Orihuela-Alicante

 

SEGUNDO CONGRESO INTERNACIONAL DE LA PASTORAL DE LAS PERSONAS MAYORES: PONENCIAS (y IX).

Monseñor Dario Gervasi es un alto prelado de la Iglesia Católica que actualmente se desempeña como Secretario Adjunto del Dicastero para los Laicos, la Familia y la Vida en el Vaticano.

Nació en Roma el 9 de mayo de 1968. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Pontificio Seminario Romano Maggiore.

El 31 de agosto de 2020, el Papa Francisco lo nombró Obispo Auxiliar de Roma, asignándole la sede titular de Subaugusta. Durante este periodo, fue el encargado del sector sur de la diócesis romana.

En octubre de 2024, fue promovido y transferido al Vaticano para asumir su rol actual en el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Su labor se ha centrado especialmente en la pastoral familiar, los movimientos eclesiales y la vida de las parroquias.

CLAUSURA – CONCLUSIONES

Queridos amigos participantes en este II Congreso Internacional de Pastoral de los Ancianos, quisiera expresar, en nombre del Cardenal Farrell, mi más sincero agradecimiento por vuestra participación. Gracias a todos los participantes, a los hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas presentes. Realmente, durante estos días nos hemos sentido unidos, aunque venimos de tantas partes diferentes del mundo. Unidos en la única fe y en el interés común por el bien que podemos hacer y recibir de las personas mayores. También quiero agradecer uno por uno a los ponentes que han intervenido en el congreso. Verdaderamente regresamos muy enriquecidos por sus ponencias. Nos han ayudado a tener una visión muy amplia sobre la pastoral de los ancianos, una visión que nos ha permitido comprender desde diferentes puntos de vista la vastedad del tema que hemos abordado. Un agradecimiento especial por el valioso servicio de nuestro equipo del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, que ha vivido con alegría estos días junto a nosotros. Y nuevamente, gracias por todo lo que cada uno de ustedes hace en las Diócesis y en las Congregaciones religiosas.

En esta breve conclusión, he querido recoger algunas líneas dominantes que han surgido tanto de las ponencias como de las intervenciones en los grupos. Se trata de indicaciones que han emergido repetidamente y que pueden ayudarnos a continuar el camino.

La situación de los ancianos, un nuevo pueblo que considerar una bendición

El primer día de nuestro trabajo comenzó con una investigación que nos permitió comprender mejor la magnitud del fenómeno relacionado con la formación de un nuevo pueblo de ancianos. En varias ocasiones y de diversas maneras hemos escuchado en las ponencias y en las intervenciones que lo que estamos viviendo es algo único en la historia de la humanidad. Y parece que en muchas partes del mundo este fenómeno nos está tomando desprevenidos. En casi todos los grupos hemos escuchado que, relacionado con el tema de los ancianos, hay una serie de problemáticas. La primera de todas es la soledad, y muchas otras vinculadas a ella: aislamiento social, aislamiento digital, manejo de enfermedades, falta de una familia capaz de enfrentar la vejez, etc. Ante esta mirada realista, no debemos caer en la trampa de pensar en la vejez y la longevidad de manera negativa. Ayer mismo, el Santo Padre nos recordó que la longevidad y la vejez siempre son un bien. Dijo: Los ancianos son un don, una bendición que debemos acoger, y la prolongación de la vida es un hecho positivo, es más, es uno de los signos de esperanza de nuestro tiempo, en todas partes del mundo. Ciertamente, también representa un desafío, porque el número creciente de ancianos es un fenómeno histórico inédito que nos llama a un nuevo ejercicio de discernimiento y comprensión.

Alianza entre generaciones

Una segunda línea que surgió claramente de nuestro trabajo es que, para que la generación de los ancianos sea percibida como un don, es necesaria una alianza entre generaciones, para retomar una expresión utilizada por el Santo Padre en la audiencia. Esta expresión resume muchos de los felices aportes escuchados en este congreso. Los problemas surgen cuando se considera a la generación de los ancianos separada de las demás generaciones, la de los niños y jóvenes, y sobre todo la de los adultos. Hemos escuchado hablar del valor del intercambio intergeneracional, del encuentro intergeneracional, de las relaciones de cuidado y reciprocidad intergeneracional. Por ejemplo, podemos pensar en la generación de los ancianos como un campo que contiene un tesoro de proporciones inauditas y que está oculto. Si los ancianos son aislados, como tiende a hacer la actual cultura del descarte, este tesoro se pierde para siempre. Si, en cambio, este terreno puede ser cultivado junto con las demás generaciones, entonces el tesoro que se encuentra en él es tan grande que puede enriquecer al resto de la humanidad. Hablo de lo que he escuchado de ustedes, es decir, cómo los ancianos, cuando entran en relación activa con las demás generaciones, superan más fácilmente sus problemáticas y pueden ofrecer una carga de humanidad, afecto, sabiduría y, sobre todo, una experiencia de fe que es muy valiosa para todos. Ha quedado claro que en la vejez se manifiesta el sentido de la vida como orientado hacia Dios y el amor al prójimo. La vejez se convierte en transparencia de este destino hacia el amor de Dios.

El protagonismo de los ancianos en la vida eclesial

Retomando la comparación del terreno en el que se descubre el tesoro, el hecho de que el terreno deba ser cultivado junto con las generaciones indica que debemos hacer una transición de una pastoral pensada para los ancianos como sujetos pasivos, a una pastoral pensada también con los ancianos como sujetos activos. Recordemos, a este respecto, la expresión de la ponencia del secretario Gleison: ¡pasar de la asistencia a la existencia! Hemos escuchado varias veces en estos días cómo debemos valorar a los ancianos. En muchas comunidades, ellos son la parte más activa y quienes pueden dedicar más tiempo al servicio de la Iglesia. Sin embargo, esto no siempre se reconoce y parece una evidencia que permanece invisible. Hablar del protagonismo de los ancianos no significa eclipsar otras figuras en la comunidad eclesial, sino recuperar plenamente la dignidad de la vida cristiana de los ancianos y su vínculo imprescindible con todas las demás dimensiones de la vida comunitaria. Una indicación constante de estos días ha sido la de aumentar los lazos no solo afectivos, sino también efectivos (el juego, la danza, las visitas, etc.) entre generaciones, de modo que se pueda activar un intercambio fructífero de dones recíprocos.

El papel determinante de la fe

En muchos países occidentales se están difundiendo leyes que permiten el suicidio asistido y la eutanasia. Aparentemente, detrás de estas leyes hay motivaciones relacionadas con la afirmación de la libertad de la persona. En realidad, también hay un impulso implícito para permitir la eliminación de la vida cuando ya no es productiva. Una deriva que puede ser un terrible desenlace para los más ancianos. En algunas partes del mundo, de manera diferente, se insinúa el pensamiento maligno de que los ancianos son solo explotadores de la sociedad y, por lo tanto, son superfluos. La fe cristiana rechaza estas visiones pesimistas y propone una lectura de la vida humana como preciosa en cada uno de sus instantes. Precisamente las leyes sobre el final de la vida resaltan aún más la diferencia cristiana y iluminan el hecho de que el encuentro con Cristo es capaz de dar sentido, esperanza y alegría a cada experiencia de la vida. Incluso el sufrimiento y la soledad, iluminados por la fe, demuestran un valor misterioso en el plan de Dios. En este sentido, debemos agradecer al querido Papa Francisco, quien ha dedicado tanta atención al tema de la fe de las personas mayores y ha impartido una serie de valiosas catequesis sobre ellas.

Además, la fe siempre lleva a experimentar la dimensión de la comunión, y por eso es normal que un creyente cuide de los necesitados, ya sean ancianos o jóvenes. La fe se celebra en la dimensión comunitaria. Es el bautismo lo que nos convierte en un solo Pueblo de Dios, de modo que el mensaje cristiano contiene la buena nueva de que ninguna generación se opone a otra, sino que todos juntos son necesarios y forman el único Pueblo de Dios. Esto es lo que la sabiduría humana y religiosa había intuido incluso antes del cristianismo, y que el cristianismo ha hecho cada vez más real en la construcción de la única Iglesia. La longevidad, por tanto, trae consigo una nueva oportunidad de evangelización, la oportunidad que Dios nos da de redescubrir plenamente cómo en Cristo se rompen todas las divisiones y los diferentes pueblos, las diferentes generaciones, se convierten en un solo y nuevo Pueblo de hijos de Dios.

Necesidad de desarrollar una pastoral global para los abuelos y las personas mayores.

Durante estos días de la conferencia, sentimos un gran entusiasmo, un deseo —creo que de todos nosotros— de unir fuerzas para afrontar los desafíos y encontrar nuevas maneras de brindar atención pastoral a las personas mayores. Este es el mayor regalo que nos llevamos a casa. No solo una nueva conciencia y más preguntas que al principio, sino también la certeza de que no estamos solos en el cuidado de las personas mayores, y con ellas mismas, en el cuidado de la vida de la Iglesia.

Algunos ponentes pidieron programas de formación continua para agentes pastorales y la continuación de los encuentros internacionales que pueden enriquecernos enormemente tanto al estudiar la situación actual como al compartir buenas prácticas implementadas en diferentes partes del mundo. Sin duda, el tema de la formación multinivel —para agentes pastorales, familias, seminaristas, sacerdotes, religiosos y religiosas— es clave para el futuro.

Pero, sobre todo, sabemos que somos expresión de la Iglesia que ama a sus hijos y que desea construir una pastoral basada no solo en los recursos humanos, sino en el amor de Dios que nos impulsa.

Debemos agradecer a nuestros hermanos y hermanas mayores. Siempre he pensado que algo hermoso se refleja en quienes más se dedican a las personas mayores. Esto se debe, sin duda, a un gran corazón, pero también a todo el amor y cariño que las personas mayores pueden brindar a quienes se acercan a ellas. Quisiera concluir con las palabras del Papa León XIV en el Ángelus de la V Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores: «Construyamos con ellas una alianza de amor y oración».

Un último y sincero agradecimiento: al Santuario del Espíritu Santo que nos acogió y al coro de la Comunidad Shalom que nos ayudó a orar; a todas las valiosas contribuciones de los conferenciantes, a los funcionarios del Dicasterio, a la Curia General de los Jesuitas, a los traductores, a los técnicos de audio y al personal de catering.

Seguiremos en contacto. ¡Que Dios los bendiga y les vaya bien!

4 de octubre de 2025, Festividad de San Francisco de Asís

LO QUE TENGO TE DOY

Estando ya muy cercano a mi jubilación “por lo civil”, que no a mi jubilación como sacerdote, ha sido todo un estímulo haber participado en el XVII encuentro de consiliarios y presidentes celebrado en Madrid. Y ¿por qué digo que ha sido todo un estímulo? Porque ver a presidentes y consiliarios, la mayoría mayores que yo, con ese entusiasmo, dedicación y entrega es todo un estímulo para los que hemos tenido la suerte de haber participado en este encuentro.

Esto es como el futbolista que es un crack y a la vez es el que más corre del equipo, si el crack del equipo es el que más kilómetros hace a los demás no les queda más remedio que ponerse el mono de trabajo y correr tanto como el crack.

Si los más mayores se ponen el mono de trabajo, los demás no podemos quedarnos de brazos cruzados, tenemos que tener claro que nuestra misión en esta vida no ha terminado, sino que ha madurado, mientras estamos en este mundo todos tenemos una misión que cumplir.

A menudo, el mundo confunde la vitalidad con el vigor físico; sin embargo, quienes formamos parte de Vida Ascendente sabemos que la verdadera energía no nace de los músculos, sino del espíritu.

En esta etapa de la madurez que nos toca vivir en Vida Ascendente tenemos que saber diferenciar entre ser productivos y ser fructíferos, puede que no seamos productivos, pero sí fructíferos, fructíferos tenemos que ser siempre, porque hasta el último momento de dejar este mundo tenemos una misión que cumplir, y esto es así para todos, incluso para la persona que está enferma postrada en el lecho del dolor.

Que nunca nos sintamos “inútiles” por habernos retirado del mercado laboral y nuestra energía física no sea la misma, no seremos productivos pero siempre podemos ser fructíferos, y podemos ser fructíferos porque siempre y todos y cada uno tenemos mucho que ofrecer, tenemos algo que solo dan los años y es la experiencia de la vida y tiempo, mientras el mundo valora a las personas por lo que “producen”, la Iglesia y Vida Ascendente los valora por el “fruto” que dan sus vidas, de este modo la vejez, o mejor dicho la madurez, será una etapa de plenitud espiritual y no de declive; podemos ser inmensamente “fructíferos” al escuchar a un joven, aconsejar a un nieto, consolar a un enfermo, transmitir la fe, colaborar en la parroquia, trabajar en una asociación… el cristiano siempre tiene que ser luz y levadura en medio del mundo, fue la misión que nos encomendó Jesús: “vosotros sois la luz del mundo”, si esto nos lo creemos de verdad nos habremos hecho el mayor favor que podemos hacernos a nosotros mismos y no solo a nosotros, sino también a los demás.

Parafraseando al apóstol Pedro que decía “no tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy levántate y anda”, digamos nosotros “no tengo juventud ni energía, pero LO QUE TENGO TE DOY experiencia y tiempo”. Que así sea.

Juan Manuel García Acedo

Consoliario de Coria – Cáceres

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: I. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA DEI VERBUM. 3. UN ÚNICO DEPÓSITO SAGRADO. LA RELACIÓN ENTRE LA ESCRITURA Y LA TRADICIÓN.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuando con la lectura de la Constitución conciliar Dei Verbum sobre la Revelación divina, hoy reflexionamos sobre la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. Podemos tomar como fondo dos escenas evangélicas. En la primera, que tiene lugar en el Cenáculo, Jesús, en su gran discurso-testamento dirigido a los discípulos, afirma: «Os he dicho estas cosas mientras estoy todavía con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. […] Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa» (Jn 14,25-26; 16,13).

La segunda escena nos lleva, en cambio, a las colinas de Galilea. Jesús resucitado se muestra a los discípulos, que están sorprendidos y dudosos, y les da una consigna: «Id y haced discípulos a todas las naciones, […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). En ambas escenas es evidente la íntima relación entre la palabra pronunciada por Cristo y su difusión a lo largo de los siglos.

Es lo que afirma el Concilio Vaticano II recurriendo a una imagen sugerente: «La Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición están estrechamente unidas y se comunican entre sí. Puesto que ambas proceden de la misma fuente divina, forman en cierto modo un todo y tienden al mismo fin» (Dei Verbum, 9). La Tradición eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la Iglesia, que custodia, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n. 113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: «La Sagrada Escritura está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos materiales», es decir, en el texto sagrado.

Siguiendo las palabras de Cristo que hemos citado anteriormente, el Concilio afirma que «la Tradición de origen apostólico progresa en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo» (DV, 8). Esto ocurre con la plena comprensión mediante «la reflexión y el estudio de los creyentes», a través de la experiencia que nace de «una inteligencia más profunda de las cosas espirituales» y, sobre todo, con la predicación de los sucesores de los apóstoles que han recibido «un carisma seguro de la verdad». En resumen, «la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que cree» (ibíd.).

Famosa es, a este respecto, la expresión de San Gregorio Magno: «La Sagrada Escritura crece con quienes la leen». [1] Y ya San Agustín había afirmado que «una sola es la discurso de Dios que se desarrolla en toda la Escritura y una sola es el Verbo que resuena en boca de tantos santos». [2] La Palabra de Dios, por lo tanto, no está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición. Esta última, gracias al Espíritu Santo ( ), la comprende en la riqueza de su verdad y la encarna en las coordenadas cambiantes de la historia.

Sugestivo, en esta línea, es lo que proponía el santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman, en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmaba que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal y como indicó el mismo Jesús con las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior. [3]

El apóstol Pablo exhorta repetidamente a su discípulo y colaborador Timoteo: «Timoteo, guarda el depósito que se te ha confiado» (1 Tm 6,20; cf. 2 Tm 1,12.14). La Constitución dogmática Dei Verbum se hace eco de este texto paulino cuando dice: «La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia», interpretado por «el magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo» (n. 10). «Depósito» es un término que, en su matriz original, es de naturaleza jurídica e impone al depositario el deber de conservar el contenido, que en este caso es la fe, y de transmitirlo intacto.

El «depósito» de la Palabra de Dios está también hoy en manos de la Iglesia y todos nosotros, en los distintos ministerios eclesiales, debemos seguir custodiándolo en su integridad, como una estrella polar para nuestro camino en la complejidad de la historia y de la existencia.

En conclusión, queridos hermanos, escuchemos de nuevo la Dei Verbum, que exalta la interconexión entre la Sagrada Escritura y la Tradición: ambas —afirma— están tan unidas y entrelazadas entre sí que no pueden subsistir independientemente, y juntas, según su propio modo, bajo la acción de un solo Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas (cfr n. 10).

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[1] Homilías sobre Ezequiel I, VII, 8: PL 76, 843D.

[2] Enarrationes in Psalmos 103, IV, 1

[3] Cfr. J.H. Newman, Lo sviluppo della dottrina cristiana, Milán 2003, p. 104.

Fuente: The Holy See

SANTO TOMÁS DE AQUINO: PASIÓN POR LA VERDAD

Hace casi dos mil años que un procurador romano pasó a la historia por un famoso juicio, para él probablemente insignificante, en el que, cuando el acusado le habló de la verdad, diciendo que “todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz”, le respondió con esta pregunta: “¿Y qué es la verdad?” (Jn 18,37-38). Al procurador romano la respuesta no le interesaba. Por eso, tras formular la pregunta dió la espalda al testigo de la verdad, en vez de pararse a escuchar su respuesta.

En contraste con esta actitud escéptica de Poncio Pilato, la verdad fue una preocupación que acompañó a Tomás de Aquino a lo largo de su vida. Si inteligencia es la capacidad de comprender, razonar, aprender, resolver problemas y adaptarse a nuevas situaciones, bien podemos decir que la inteligencia de Tomás de Aquino, su estado de mente, estaba totalmente orientada hacia la verdad, entendida como conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se forma la mente. Ella es lo determinante de toda su reflexión, de toda su búsqueda, de toda su investigación.

De hecho, las dos grandes Sumas o síntesis de teología que dejó escritas comienzan con la palabra “verdad”. En la Suma contra los gentiles, la palabra se encuentra en una cita del libro de los Proverbios: “mi boca dice la verdad y mis labios aborrecerán lo impío”. Traduzco por “impío”, basándome en el texto latino que utiliza el santo. Pues si impío es el falto de piedad y de religión, el que se aleja de Dios, entonces la cita, al contraponer verdad e impiedad, está indicando que la verdad es lo que nos acerca a Dios.

Santo Tomás de Aquino decía que “la verdad es verdad no porque la dicen muchos, sino porque se ajusta a la realidad”. Hay una máxima que decían los antiguos: “amigo de Platón, pero más amigo aún de la verdad”. A este respecto, Felicísimo Martínez nota que la verdad está por encima de la amistad y, por supuesto, de lealtades institucionales (el partido, la Iglesia, la empresa, el sindicato). La verdad está por encima de cualquier interés partidista o de escuela. Por eso, Sto. Tomás no duda en distanciarse explícitamente de Aristóteles o de san Agustín cuando piensa que no tienen razón. Esta lealtad a la verdad contrasta con los actuales fanatismos políticos, religiosos, ideológicos; y, por supuesto, con aquellas (malas) lealtades que, para defender a su institución eclesiástica, empresarial, sindical o política, son capaces de sacrificar el valor sagrado de la verdad.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN ENRIQUE DE OSSÓ Y CERVELLÓ

Enrique de Ossó, sacerdote, fundador de la Congregación de Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, es uno de los hombre de Dios, que, en el siglo XIX, contribuyeron a mantener viva la fe cristiana en España, con una fidelidad inquebrantable a la Iglesia y la Sede Apostólica.

Nació en Vinebre, diócesis de Tortosa, provincia de Tarragona, el 16 de octubre de 1840. Su madre soñaba verlo sacerdote del Señor. Su padre le encaminó al comercio.

Gravemente enfermo, recibió la primera Comunión por Viático. Durante el cólera de 1854 perdió a su madre, y en este mismo año -trabajaba como aprendiz de comercio en Reus- abandonó todo y se retiró a Montserrat. Vuelto a casa con la promesa de poder emprender el camino elegido, inició en el mismo año 1854 los estudios en el Seminario de Tortosa.

Ordenado sacerdote en Tortosa, el 21 de septiembre de 1867, celebró la primera misa, en Montserrat, el domingo 6 de octubre, festividad de Nuestra Señora del Rosario.

Sus clases como profesor de Matemáticas y Física en el Seminario no le impidieron dedicarse con ardor a la catequesis, uno de los grandes amores de su vida. Organizó en 1871 una escuela metódica de catecismo, en doce Iglesias de Tortosa y escribió una «Guía práctica» para los catequistas. Con este libro inicia Enrique su actividad como escritor, apostolado que le convirtió en uno de los sacerdotes más populares de la España de su tiempo. Desde niño tuvo devoción entusiasta por Santa Teresa de Avila. La vida y doctrina de la Santa, asimilada con la lectura constante de sus obras, inspiró su vida espiritual y su apostolado, mantenidos por la fuerza de su amor ardiente a Jesús y María y por una adhesión inquebrantable a la Iglesia y al Papa.

Para acrecentar y fortificar el sentido de piedad, reunió en asociaciones a los fieles, especialmente a los jóvenes, para quienes la revolución y las nuevas corrientes hostiles a la fe católica resultaban una amenaza.

Después de haber dado vida en los primeros años de sacerdocio a una «Congregación mariana» de jóvenes labradores del campo tortosino, fundó en 1873 la Asociación de «Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús». En 1876 inauguraba el «Rebañito del Niño Jesús». Los dos grupos tenían un fin común: promover una intensa vida espiritual, unida al apostolado en el propio ambiente. El Movimiento Teresiano de Apostolado (MTA) recoge en la actualidad el carisma teresiano de nuestro Santo para hacer de los niños, jóvenes y adultos cristianos comprometidos mediante la oración y el apostolado.

Para facilitar la práctica de la oración a los asociados, Enrique publicó en 1874 «El cuarto de hora de oración», libro que el autor mandó imprimir 15 veces y del que hasta la fecha se han publicado más de 50 ediciones.

Convencido de la importancia de la prensa, inició en 1871 la publicación del semanario, «El amigo del pueblo» que tuvo vida hasta mayo de 1872, cuando por un motivo fútil de la autoridad civil, contraria a la Iglesia, lo suprimió. Sin embargo, en octubre de este mismo año inicia la publicación de la Revista mensual Santa Teresa de Jesús, que durante 24 años fue la palestra en la que el Santo expuso la verdadera doctrina católica, difundió las enseñanzas de Pío IX y León XIII, enseñó el arte de la oración, propagó el amor a Santa Teresa de Avila e informó de manera actualizada sobre la vida de la Iglesia en España y en el mundo. Para formar a la gente humilde publicó en 1884 un Catecismo sobre la masonería fundado en la doctrina del Papa. Y en 1891 ofreció lo esencial de la Rerum Novarum en un Catecismo de los obreros y de los ricos, prueba concreta de su atención a los signos de los tiempos, según el corazón de la Iglesia.

Su gran obra fue la Congregación de las Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús que se extendió, viviendo aún el Fundador por España, Portugal, México y Uruguay. En la actualidad la Congregación se extiende por tres continentes: Europa, Africa y América.

San Enrique quiso que sus hijas, llenas del espíritu de Teresa de Ávila, se comprometiesen a «extender el reino de Cristo por todo el mundo», «formando a Cristo en la inteligencia de los niños y jóvenes por medio de la instrucción y en su corazón por medio de la educación».

Había soñado junto con la institución de «Hermanos Josefinos» la de una Congregación de «Misioneros Teresianos», que viviendo santamente el propio sacerdocio en la mayor intimidad con Cristo y al servicio total de la Iglesia, siguiendo las huellas de Teresa, fuesen los apóstoles de los tiempos nuevos. En vida su proyecto no llegó a realidad. Sin embargo, desde hace pocos años, un grupo de jóvenes mexicanos se preparan al sacerdocio con el mismo espíritu teresiano de Ossó.

Sacerdote según el corazón de Dios, el Santo fue un verdadero contemplativo que fundió en sí con equilibrio extraordinario un ideal apostólico abierto a todo lo bueno que ofrecían los nuevos tiempos. De fe viva, no miraba sacrificios ni oposiciones; en una época especialmente hostil a la Iglesia, anunció valerosamente el Evangelio con la palabra, con los escritos, con la vida.

Murió el 27 de enero de 1896 en Gilet (Valencia), en el convento de los Padres Franciscanos, donde se había retirado durante algunos días para orar en la soledad. Las últimas páginas que escribió antes de su muerte trataban de la acción de la gracia del Espíritu Santo en la vida de los cristianos dóciles a su amor.

Es el mensaje de su vida: siempre fiel a las mociones del Espíritu Santo, vivió como apóstol que transmite la fuerza del Evangelio animada por la comunión constante con Dios y por un amor inmenso a la Iglesia. Su existencia, consumida al servicio de los hermanos en una entrega sin límites, revela que el verdadero amor de Cristo cuanto más posee a un ser lo hace más disponible a la caridad siempre nueva y siempre colmada de quien intenta ser reflejo de la presencia de Dios y de su amor en el mundo.

Fue beatificado el 14 de octubre de 1979 en la Plaza de San Pedro por S.S Juan Pablo II, y luego, fue canonizado en Madrid el 16 de junio de 1993 durante una visita apostólica que realizara el mismo Pontífice a España.

(Fuente: vatican.va)

SEGUNDO CONGRESO INTERNACIONAL DE LA PASTORAL DE LAS PERSONAS MAYORES: PONENCIAS (VIII).

Francesco Tedeschi, sacerdote y profesor de Liturgia y de Teología Sacramental, con la Comunidad de San Egidio realiza actividades pastorales y de apoyo a las personas mayores.

¿CÓMO PUEDE UN HOMBRE NACER CUANDO ES VIEJO?

La espiritualidad de los ancianos en la catequesis del Papa Francisco

«¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?», esta pregunta que Nicodemo le hace a Jesús resuena en las Catequesis del Papa Francisco sobre la vejez. Es una pregunta central no solo para los ancianos, sino que revela cómo entendemos la vida que se nos da. El Papa Francisco dice al respecto: «La objeción de Nicodemo es muy instructiva para nosotros. De hecho, podemos invertirla, a la luz de las palabras de Jesús, en el descubrimiento de una misión propia de la vejez. De hecho, ser viejo no sólo no es un obstáculo para el nacimiento desde lo alto del que habla Jesús, sino que se convierte en el momento oportuno para iluminarlo».[1]

Renacer de lo alto es el desafío de Nicodemo, pero en realidad lo es de cada hombre y de cada mujer. La catequesis sobre la vejez que el Papa Francisco impartió del 23 de febrero al 24 de agosto de 2022 nos concierne a todos e ilumina la gran sabiduría que es nuestro presente y nuestro futuro. Como nos recordó el Papa León XIV, representan una verdadera guía pastoral sobre la que orientar nuestro camino. El Papa Francisco fue el primer Pontífice en abordar el tema de la vejez en una catequesis, es decir, en un discurso sobre la comunicación de la fe, encarnando así en la realidad el ideal de una persona mayor que transmite a las generaciones posteriores el depósito de su fe como experiencia existencial.

El envejecimiento global de la población es uno de los rasgos distintivos de ese cambio de época que estamos viviendo y del que el Papa Francisco ha querido indicar con sensibilidad profética como uno de los signos de los tiempos a interpretar a la luz de la fe. Él mismo ha hablado de una novedad en esta larga convivencia entre generaciones, pero quizás el hecho nuevo que emerge es el de la presencia de personas mayores que todavía son físicamente activas y que sienten que todavía pueden dar mucho a la sociedad pero que se encuentran marginadas, aunque no excluidas.

Es un gran segmento de la población que busca dar sentido a su vida y que necesita ser evangelizado. Por lo tanto, el Papa Francisco tiene razón al hablar en sus catequesis en lugar de «proyectos de asistencia», de «proyectos de existencia”[2]. La catequesis aparece entonces, en esta perspectiva, como una «guía» para esta búsqueda profunda de sentido. ¿Dónde encontrar contenido y significados para experimentar? ¿Qué «plan de existencia» hay en la Iglesia hoy para nuestros ancianos? Son preguntas que nos plantea la catequesis a través de la mirada de la fe que siempre se interroga sobre la vida y el mundo a partir de la Palabra de Dios.

Uno de los hechos que se desprenden de la catequesis es que los ancianos no son objeto de la catequesis, sino que pueden convertirse en su sujeto activo: los ancianos con su existencia tienen un papel de comunicador de la fe a los más jóvenes, a los que la comunidad cristiana debe redescubrir como recurso. Por esta razón, el mundo de los ancianos no debe considerarse como un «mundo aparte»: en sus catequesis, el Papa Francisco coloca continuamente a los ancianos en un contexto más amplio e intergeneracional: «la vejez», dice, «es un don para todas las edades de la vida».[3]

¿Qué espiritualidad de los ancianos emerge de la catequesis?

Hay varios temas en las catequesis referentes a la espiritualidad de los ancianos. Se podría hablar de memoria y comunicación de la fe, del tema de la ternura y la compasión, de la oración y del diálogo entre generaciones. La trama misma de la catequesis se desarrolla en una relectura del texto bíblico a través de algunas figuras y temas particulares. ¿Cómo ve la Biblia la vejez? No hay una visión ideal de los ancianos en la Escritura: los ancianos de la Biblia son hombres y mujeres como todos los demás, sus debilidades, sus dudas, sus preguntas, sus problemas, no son figuras «resueltas» sino que encuentran el sentido de su existencia en la relación con Dios y dentro de una historia y un pueblo.

Como Nicodemo, son hombres y mujeres en búsqueda y que sólo pueden encontrar la respuesta dejando de lado su pensamiento de «maestros en Israel» y abriéndose a lo que el Señor propone: renacer de lo alto. Y esto no es fácil porque, como bien señaló Francisco, existe el peligro de «la anestesia de los sentidos espirituales”[4]. Así lo describe: «es un síndrome muy extendido en una sociedad que cultiva la ilusión de la eterna juventud […] No se trata simplemente de pensar en Dios o en la religión. La insensibilidad de los sentidos espirituales se refiere a la compasión y la piedad, la vergüenza y el remordimiento, la fidelidad y la entrega, la ternura y el honor, la responsabilidad propia y el dolor por el otro. […] Y la vejez se convierte en la primera víctima de esta pérdida de sensibilidad. En una sociedad que ejerce sobre todo sensibilidad por el disfrute, la atención a los frágiles solo puede faltar y prevalece la competencia de los ganadores.”[5] Y concluye: «Hoy necesitamos esto más que nunca: necesitamos una vejez dotada de sentidos espirituales”[6] ¿Cómo pueden nuestras comunidades ayudar a recuperar estos sentidos espirituales?

Gratitud, expectativa y fragilidad

En el curso de las catequesis, el Papa Francisco habla de dos ministerios y un magisterio precisamente para la vejez: los ministerios de gratitud y espera, y el magisterio de la fragilidad. Por lo tanto, ahora me gustaría tratar de desarrollar estos tres temas

El Ministerio de Gratitud

Evocando el episodio de la curación de la suegra de Pedro (cf. Mc 1, 29-31), el Papa Francisco habla de un ministerio de gratitud propio de los ancianos: «Si los ancianos, en lugar de ser descartados y expulsados del escenario de los acontecimientos que marcan la vida de la comunidad, se pusieran en el centro de la atención colectiva, se animarían a ejercer el precioso ministerio de la gratitud a Dios, que nadie olvida.

La gratitud de los ancianos por los dones recibidos de Dios en sus vidas, como nos enseña la suegra de Pedro, devuelve a la comunidad la alegría de vivir juntos y da a la fe de los discípulos el rasgo esencial de su destino.”[7]

Aquí está el quid de cómo volver a poner la vida de los ancianos en el centro de nuestras comunidades que, especialmente en los grandes centros urbanos, está cada vez más oculta y expuesta a la cultura del descarte y donde la pérdida de sentido de la vida se consume en un anonimato creciente. Una de las expresiones de esta cultura es el drama de la institucionalización. En el curso de su catequesis, el mismo Papa Francisco volvió a menudo no solo para denunciar este escándalo, sino también para proponer el cuidado de la visita, diciendo: «Es precisamente la comunidad cristiana la que debe cuidar no solo de los ancianos: familiares y amigos, sino también de la comunidad. La visita a los ancianos debe ser realizada por muchos, juntos y con frecuencia.”[8]

De esta visita nace el ministerio de la gratitud, que está unido al don de la gracia y de la gratuidad. «¿A qué debo que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1,43), cada vez que visitamos a un anciano, repetimos esta exclamación gozosa de la anciana Isabel que sabe reconocer en esa visita la presencia de un amor más grande. Entonces, qué central se vuelve para nuestras comunidades proponer y poner en práctica estas visitas, mientras que en las ciudades a menudo hay una multiplicación de lugares de «refugio» precisamente para las personas más frágiles y ancianas. ¡Y cuánto puede ayudar llevar a los más jóvenes a conocer a los ancianos en las instituciones! El Papa Francisco dijo: «Si los jóvenes se abren a la gratitud por lo que han recibido y los ancianos toman la iniciativa de relanzar su futuro, ¡nada podrá detener el florecimiento de las bendiciones de Dios entre los pueblos! Recomiendo que los jóvenes hablen con sus abuelos, que los jóvenes hablen con los ancianos, que los ancianos hablen con los jóvenes. Debemos restablecer este puente con fuerza, hay una corriente de salvación, de felicidad.”[9] La gratitud también se puede expresar como servicio, tal como le sucede a la suegra de Pedro.

Hoy, con el alargamiento de la esperanza de vida de muchas personas mayores, este podría ser el descubrimiento de que aún pueden ser útiles para la comunidad y la sociedad. Pero cuidado, no es solo un discurso sobre lo que ahora se llama «envejecimiento activo», o una especie de «terapia ocupacional» para pasar el tiempo que de otro modo se perdería, sino para redescubrir a través de un servicio a la comunidad precisamente aquellos sentidos espirituales que están en peligro de perderse. Es un desafío al victimismo que a menudo nos hace vivir encerrados en nosotros mismos y es una propuesta para redescubrir que nadie puede ser considerado realmente «inútil».

Detrás del tema de la gratuidad hay una profunda propuesta para nuestros ancianos, y para los más jóvenes que están a su lado, de redescubrir la fe. Y aquí también está el redescubrimiento del valor de la intercesión y la oración, por lo que el Papa Francisco afirma: «Los ancianos que conservan la disposición para la curación, el consuelo, la intercesión por sus hermanos y hermanas, son quizás el testimonio más alto de la pureza de esta gratitud que acompaña a la fe.”[10] El ministerio de gratitud es lo que lleva al anciano a decir con el profeta que «las misericordias (gracias en la antigua traducción) del Señor no han terminado» (Lam 3:22)

Ministerio de la Espera

Vivimos en una época de velocidad e impaciencia. Siempre buscando el resultado inmediato y la conexión más rápida, se ha perdido este sentido de espera, que siempre piensa en largos tiempos y sabe vivir con preguntas sin necesariamente esperar las respuestas de inmediato, que es la condición más verdadera de nuestras vidas. Es el tema que este jubileo, que el Papa Francisco quiso consagrar a la esperanza, y que el Papa León XIV continúa hoy, ciertamente ha enfatizado más. Y quisiera recordar aquí las palabras del Papa León pronunciadas hace pocos días durante el Jubileo de los Catequistas, sobre el valor de la «intuición» que es propia de los «pequeños» de aquellos que no presumen de saberlo todo, como lo fue el anciano Nicodemo antes de encontrarse con Jesús. Dijo: «¡Cuánta esperanza hay cuando surgen nuevas ideas en el pueblo de Dios!”[11]

Por lo tanto, hay algo que intuir también en la vida de nuestros ancianos, y esto es lo que el Papa Francisco quiso decirnos precisamente al hablar del ministerio de la espera. «La fe, que acoge el anuncio evangélico del reino de Dios al que estamos destinados, tiene un primer efecto extraordinario, dice Jesús. Nos permite «ver» el reino de Dios. Nos volvemos capaces de ver realmente los muchos signos de aproximación de nuestra esperanza de cumplimiento de lo que, en nuestras vidas, lleva la señal del destino de Dios para la eternidad.”[12]

Y aquí puedo testimoniar personalmente, habiendo acompañado como sacerdote, con la Comunidad de Sant’Egidio, a tantos ancianos, en el ocaso de la vida, cómo la existencia de cada uno puede ser, precisamente en este tiempo aparentemente pobre en vida, ser en realidad rica en signos, dones, misericordia, y darse cuenta, como dice el Salmo, de que el Señor ha hecho de cada uno «un prodigio admirable» (cf. Sal 139, 14). En el tiempo de la vejez, el tema de la realización de la vida se convierte en una cuestión importante, pero a veces angustiante donde no hay nadie en quien confiar. La mayoría de las veces asistimos a una especie de eliminación del discurso, incluso sobre la muerte. Y, sin embargo, aquí hay un nodo central de la vida del creyente que debemos aprender a aceptar, porque creo que, por ejemplo, el gran éxito de ciertas espiritualidades orientales, que ofrecen la fácil solución de la «reencarnación», se debe quizás a la falta de aceptación de esta pregunta sobre el «después» de la vida terrena.

Aquí hay un desafío importante que hay que aceptar, porque como señaló Romano Guardini en su hermoso ensayo sobre «Las edades de la vida»: «La eternidad no es un plus cuantitativo, aunque ilimitado, sino algo cualitativamente Otro, libre e incondicional. Lo eterno no está relacionado con la vida biológica.”[13]  En realidad, la unidad de medida de la eternidad no es el tiempo, sino el amor: y aquí entendemos por qué cuando Jesús nos habla del Reino usa parábolas sobre fiestas y banquetes de bodas, y en el juicio final todos seremos interrogados sobre el amor. Y esto significa también que en el encuentro con Jesús ya estamos en esta vida eterna. El Reino de Dios no es sólo lo que está por venir, sino que ya está en medio de nosotros: ¿no deberían nuestras comunidades cultivar más este sentido de «ya y todavía no»? ¿Cómo podemos, aun como ancianos, ponernos al servicio del Reino, anunciando y preparándonos para su venida?

Esto es lo que se preguntó el Papa Francisco: «En la vejez, las obras de fe, que nos acercan a nosotros y a los demás al reino de Dios, están ahora más allá del poder de las energías, las palabras, los impulsos de la juventud y la madurez. Pero precisamente de esta manera hacen aún más transparente la promesa del verdadero destino de la vida. ¿Y cuál es el verdadero destino de la vida? Un lugar en la mesa con Dios, en el mundo de Dios. Sería interesante ver si hay alguna referencia específica en las Iglesias locales, destinada a reavivar este ministerio especial de esperar al Señor -es un ministerio, el ministerio de esperar al Señor- fomentando los carismas individuales y las cualidades comunitarias de la persona mayor.”[14] Entonces, ¿qué podemos hacer para revivir este ministerio? Por un lado, creo que nuestros ancianos necesitan más anuncio del Evangelio para que esta espera encuentre su sentido.

¡No asumamos que nuestros mayores ya conocen el evangelio! Que ninguno de nosotros se sienta como un «maestro en Israel» (para citar las palabras de Jesús a Nicodemo).

¡Todos necesitamos volver siempre a abrir las páginas de las Escrituras para volver a ser como el escriba sabio que saca del tesoro de su corazón «cosas viejas, cosas nuevas»! También hay una gran parte de los que hoy se acercan a la vejez que, por razones culturales, familiares, «generacionales», en realidad han estado lejos de la iglesia y no han asistido tanto a nuestros ritos y oraciones. Aquí también hay una necesidad de redescubrir, creo que la presencia de los ancianos en nuestras liturgias, ¡y cuánto se han perdido también en la vida de los ancianos se ha descubierto precisamente en la pandemia!

 El Papa Francisco nos ayuda a comprender mejor esto: «No es casualidad que el Señor resucitado, mientras espera a los Apóstoles junto al lago, ase pescado (cf. Jn 21,9) y luego se lo ofrezca.

Este gesto de amor cariñoso nos da una idea de lo que nos espera al cruzar a la otra orilla. Sí, queridos hermanos y hermanas, especialmente vosotros, ancianos, lo mejor de la vida está por venir.”[15] Este es el Evangelio, es decir, la Buena Nueva, para cada persona mayor: la vida que tenemos ante nosotros está en realidad todavía llena de posibilidades con el Evangelio, y la enseñanza para todos es precisamente esta vida sabiendo siempre que «lo mejor de la vida está aún por venir».

El magisterio de la fragilidad

Por último, está quizás el magisterio, es decir, la enseñanza, lo más importante que los ancianos de hoy pueden ofrecer a la Iglesia y al mundo. No es un discurso, sino una forma de ser que se caracteriza por la fragilidad: del cuerpo y de la mente. Hoy vivimos, lamentablemente, en el tiempo de la fuerza, que se expresa en la lógica de la guerra y en la violencia del enfrentamiento donde prevalece el más fuerte. La debilidad y la fragilidad son automáticamente despreciadas y descartadas. La de la fragilidad es en realidad la mayor lección que los ancianos, todos ellos, independientemente de sus creencias y su condición social, pueden darnos hoy: pasar de la fragilidad como un «desvalor» a un «valor».

Por lo tanto, la fragilidad es algo que hay que tener siempre en cuenta, porque realmente concierne a todos (no solo a los ancianos, ¡podríamos decir cuánta fragilidad hoy en día incluso en los jóvenes!) Pero, ¿no es este entonces el tema central de toda verdadera «atención pastoral»? El mismo término se refiere a la imagen del «Buen Pastor» que toma sobre sus hombros a la oveja frágil y dispersa y la cuida. El Papa Francisco dijo al respecto: «No oculten su fragilidad, no. Es verdadera, hay una realidad y hay un magisterio de fragilidad, que la vejez es capaz de recordar de manera creíble durante toda la vida humana. No ocultes la vejez, no ocultes la fragilidad de la vejez. Esta es una lección para todos nosotros. Este magisterio abre un horizonte decisivo para la reforma de nuestra propia civilización. Una reforma que ahora es indispensable en beneficio de la convivencia de todos».

Hay una verdad profunda en este discurso, no creo que podamos reformar verdaderamente nuestro mundo si no partimos de la fragilidad, lo digo en este momento dramático en el que todos vemos a dónde nos lleva la exaltación de la fuerza. En realidad, gran parte del desprecio por la debilidad y la fragilidad de la vida proviene del miedo que tenemos a enfrentarnos a esta dimensión ineludible de nuestras vidas. Y así el Papa Francisco pregunta con razón: «¿Tenemos una espiritualidad verdaderamente capaz de interpretar la temporada, ya larga y extendida, de este tiempo de nuestra debilidad confiada a otros, en lugar del poder de nuestra autonomía?”[16]

«Renacer de lo alto» es, por tanto, no tener miedo de reconocernos frágiles y así estar cerca de los ancianos se convierte en una escuela: porque en la solidaridad se supera el miedo, y la fragilidad ya no es una maldición que hay que ocultar o borrar, sino el punto en el que redescubrimos el sentido de nuestro ser verdaderamente humano. Y estar cerca de los ancianos es la forma más directa de evangelizarlos. Y evangelizar a los ancianos hoy significa también dar un futuro a los más jóvenes para que aprendan a mirar al futuro con esperanza en el paso de una generación a la siguiente de esa fe que todavía nos lleva a decir con el Papa Francisco que: ¡»lo mejor de la vida está aún por venir»!

[1] Catechesi 13 del 8 giugno 2022

[2] Catechesi 1 del 23 febbraio 2022

[3] Catechesi 1, cit.

[4] Catechesi 5 del 30 marzo 2022

[5] ivi

[6] ivi

[7] Catechesi del 15 giugno 2022

[8] Catechesi 14 del 15 giugno 2022

[9] Catechesi 7 del 27 aprile 2022

[10] Catechesi 14, cit.

[11] Papa Leone XIV, Catechesi del 27.09.2025

[12] Catechesi 13 cit.

[13] R.Guardini, Le età della vita, Morcelliana, Brescia 2019, p.75

[14] Catechesi 16 del 10 agosto 2022.

[15] ivi

[16] Catechesi 15 del 22 giugno 2022

UN SOLO CUERPO Y UN SOLO ESPÍRITU

Estimados amigos y amigas:

Somos un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que hemos sido llamados (cf. Ef 4, 4), escribe el apóstol Pablo a la comunidad de Éfeso. Este sentir nos congrega para celebrar, como cada año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Una fecha en la que el Espíritu nos vuelve a convocar –en un mismo cenáculo– para recordarnos que Dios no se fragmenta ni se divide: ama y se deja amar sin medida y sin condición, haciéndonos solamente uno en su Amor. Porque ante cualquier diferencia, estamos llamados a una sola esperanza, a una verdad que brota desde lo más profundo del Evangelio y que palpita en lo hondo del misterio cristiano.

La unidad de los cristianos es un don para la Iglesia y una condición sine qua non para la credibilidad del Evangelio. San Pablo sabía, a la perfección, dónde nacían las fragilidades y las fracturas de las primeras comunidades; por eso, sus palabras llamaban a la unidad cristiana, la que nace de la fidelidad a un mismo Señor. Antes de ser signos vivos de una Tradición, somos Cuerpo de Cristo, y antes de pronunciar distintos lenguajes teológicos, respiramos un mismo aliento. La Palabra nos recuerda, una y otra vez, que la diversidad no es una amenaza cuando brota de una misma raíz. El cuerpo tiene muchos miembros, y cada uno es necesario para una determinada función; por tanto, ninguno puede decir al otro: «Aléjate de mí porque no te necesito» (cf. 1 Cor 12, 21). Ninguna iglesia puede olvidar que vive unida a las demás por la sangre del mismo Cristo.

El Señor Jesús, en la hora más difícil de su vida, no se aferró al poder, ni al éxito, ni a la gloria. Solamente pidió unidad, porque era consciente de que un cristianismo dividido no puede anunciar, de ningún modo, al Dios de la comunión: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).

La unión a la que esta semana nos convoca la Iglesia no ha de ponerse en práctica unos días en concreto para, un tiempo después, encerrarla en el baúl del olvido. Ser una misma Carne es la semilla que Dios cultiva en nuestro corazón como un ejercicio constante de oración compartida, de caridad cristiana, de esperanza activa.

San Agustín nos recordaba que «en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad». Y san Juan Pablo II afirmaba con fuerza profética que el compromiso ecuménico es una exigencia del seguimiento de Cristo. La unidad solamente puede construirse caminando juntos, porque lo que nos une es infinitamente más profundo que lo que nos separa. Que el Espíritu nos conduzca a la plenitud de la comunión, para que el mundo –al vernos– crea, para que el Evangelio resplandezca con nuestro testimonio y para que la Iglesia sea signo creíble del amor trinitario. Porque hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, y en Dios una sola esperanza que no defrauda.

† Sergi Gordo Rodríguez

Obispo de Tortosa

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: I. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA DEI VERBUM. 2. DIOS LLAMA A LA COMUNIÓN EN LA RECIPROCIDAD

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, sobre la divina Revelación. Hemos visto que Dios se revela en un diálogo de alianza, en el que se dirige a nosotros como a amigos. Se trata, entonces, de un conocimiento relacional, que no solo comunica ideas, sino que comparte una historia y llama a la comunión en la reciprocidad.

El cumplimiento de esta revelación se realiza en un encuentro histórico y personal en el cual Dios mismo se entrega a nosotros, haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra verdad más profunda.

Es lo que sucedió en Jesucristo. Dice el Documento: «La verdad íntima acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación» (DV, 2).

Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su propia relación con Él. En el Hijo enviado por Dios Padre «los hombres […] tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina» (ibid.). Llegamos, pues, al pleno conocimiento de Dios entrando en la relación del Hijo con su Padre, en virtud de la acción del Espíritu.

Así lo atestigua, por ejemplo, el evangelista Lucas cuando nos cuenta la oración de júbilo del Señor: «En aquel momento, Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo e de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,21-22). Gracias a Jesús conocemos a Dios del mismo modo en que somos conocidos por Él (cf. Gal 4,9; 1Cor 13,13).

En efecto, en Cristo, Dios se nos ha comunicado a sí mismo y, al mismo tiempo, nos ha manifestado nuestra verdadera identidad de hijos, creados a imagen del Verbo. Este «Verbo eterno ilumina a todos los hombres» (DV, 4) revelando su verdad en la mirada del Padre: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.8), dice Jesús; y añade que «el Padre conoce bien nuestras necesidades (cf. Mt 6,32).

Jesucristo es el lugar en el cual reconocemos la verdad de Dios Padre, mientras nos descubrimos conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena. San Pablo escribe: «Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, […] para hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: “¡Abba!, es decir, ¡Padre!”» (Gal 4,4-6).

Por último, Jesucristo es revelador del Padre con su propia humanidad. Precisamente porque es el Verbo encarnado que habita entre los seres humanos, Jesús nos revela a Dios con su verdadera e íntegra humanidad: «Por eso – dice el Concilio –, ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9), con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación» (DV, 4).

Para conocer a Dios en Cristo debemos acoger su humanidad integral: la verdad de Dios no se revela plenamente cuando se le quita algo a lo humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino. Es la humanidad integral de Jesús la que nos revela la verdad del Padre (cf. Jn 1,18).

Lo que nos salva y nos convoca no son solo la muerte y la resurrección de Jesús, sino su persona misma: el Señor que se encarna, nace, sana, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros.

Por eso, para honrar la grandeza de la Encarnación, no basta con considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales. Si Jesús tiene un cuerpo real, la comunicación de la verdad de Dios se realiza en ese cuerpo, con su manera propia de percibir y sentir la realidad, con su manera de habitar el mundo y de atravesarlo.

El mismo Jesús nos invita a compartir su mirada sobre la realidad: «Miren los pájaros del cielo – dice -: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y, sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?» (Mt 6,26).

Hermanos y hermanas, siguiendo hasta el final el camino de Jesús, llegamos a la certeza de que nada podrá separarnos del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros – escribe san Pablo –, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, […] ¿no nos concederá con él toda clase de favores?» (Rm 8,31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a Dios Padre y se abandona a Él con confianza.

UN SOLO CUERPO; UN SOLO ESPÍRITU

En el hemisferio norte, la semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra de 18 al 25 de enero. En el hemisferio sur, como el mes de enero es tiempo de vacaciones, las Iglesias suelen celebrar esta semana de oración en torno a Pentecostés. El lema escogido para este año está tomado de un texto de la carta a los efesios (4,4): “Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados”. Este texto recoge la enseñanza de Pablo sobre la unidad, subrayando que los seguidores de Cristo representan un solo cuerpo y un solo espíritu, unidos en una única esperanza. La comisión que ha preparado los materiales para esta semana afirma que “esta metáfora representa a la Iglesia como una entidad unificada que trasciende las barreras de la geografía, la nacionalidad, la etnia y la tradición”.

En la carta de san Pablo a los corintios se utiliza la metáfora del “cuerpo de Cristo” para describir la unidad de la Iglesia en la diversidad de sus miembros. Porque unidad no es uniformidad. La Iglesia es su diversidad de carismas, de instituciones, de vocaciones, de tradiciones litúrgicas, es un todo cohesionado por Cristo. Si todos los cristianos, sigue diciendo la comisión que ha preparado los materiales, reconocemos que “formamos parte de un cuerpo universal en Cristo”, esta convicción fomentará “la colaboración global en la difusión del Evangelio y el servicio a la humanidad, desplazando el centro de atención de las divisiones internas hacia la misión común”.

La mención del Espíritu subraya la importancia de la unidad de los cristianos, pues el Espíritu sostiene la comunión y capacita a la Iglesia para cumplir su misión. Cito de nuevo a la comisión preparatoria: “El Espíritu fomenta una profunda conexión espiritual entre los creyentes, que trasciende las diferencias y crea un vínculo que refleja la unidad de la Santísima Trinidad. Este vínculo espiritual compartido es la base de la reconciliación, guía a los creyentes en todo el mundo y los prepara para ofrecer un testimonio y un servicio eficaz”.

Finalmente, todos los cristianos estamos llamados a una única esperanza de salvación y de vida eterna, todos aspiramos al mismo fin, a saber, la vida eterna con Cristo. “Esta visión compartida (vuelvo a citar a la comisión) hace superar las divisiones confesionales y culturales, animando a los cristianos a trabajar juntos en todo lo que les es posible”.

En un mundo en el que las Iglesias y confesiones cristianas siguen divididas, la carta a los efesios nos recuerda que todos los cristianos formamos parte del único cuerpo de Cristo. Hay algo en lo que estamos unidos, a saber, la comunión en las verdades esenciales de la fe cristiana. Y sobre todo en la gran verdad de la fe: Jesucristo, Hijo único de Dios, de la misma naturaleza del Padre, tal como hemos recordado al celebrar el 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Para la celebración ecuménica de esta semana, se propone el Credo de los concilios de Nicea y Constantinopla. El Credo que afirma la fe en el Espíritu Santo, “que procede del Padre y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El añadido del Hijo con la conjunción copulativa “y”, después de afirmar que el Espíritu procede del Padre (el famoso “Filioque”) es posterior.

Martin Gelabert – Blog Nihil Obstat