LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

La liturgia católica ha dedicado esta Fiesta especial a hacer presentes en nuestra memoria a todas aquellas personas que, superando la debilidad y las tentaciones, fueron dóciles a la acción del Espíritu Santo y ahora comparten la gloria de Cristo. Hoy recordamos, pues, que los santos son todas aquellas hijas e hijos de Dios que vivieron la fe, la esperanza y la caridad siguiendo el ejemplo de Jesús, y que practicaron en modo eminente las Bienaventuranzas descritas en el Sermón de la Montaña. (Mt 5, 1-12). Hoy, el Pueblo de Dios se alegra por el triunfo de todos sus hermanos y hermanas que han trabajado, no sin fatiga, y a veces pagando con el precio de la vida, por la construcción del Reino de Dios, es decir, por la edificación de una nueva civilización donde reinen la justicia, la verdad, la fraternidad y la libertad de los hijos de Dios en la concordia y la paz.

Orígenes e historia de la fiesta

Esta fiesta nos recuerda que podemos vivir ya desde ahora en la vida eterna si nos comprometemos con determinación a transformar este mundo con la fuerza del Evangelio. Sus raíces son antiguas: en el siglo IV se empezó a celebrar la conmemoración de los mártires, común a varias Iglesias. Los primeros rastros de esta celebración los encontramos en Antioquía, en el domingo después de Pentecostés; san Juan Crisóstomo ya hablaba de ello. Entre los siglos VIII y IX, la fiesta comenzó a difundirse en Europa, y en Roma específicamente en el IX: aquí fue el Papa Gregorio III (731-741) quien eligió la fecha del 1 de noviembre para coincidir con la consagración de una capilla en San Pedro dedicada a las reliquias «de los Santos Apóstoles y de todos los santos mártires y confesores, y de todos los justos hechos perfectos que descansan en paz en todo el mundo». En la época de Carlomagno esta fiesta ya era ampliamente conocida y celebrada.

Nadie se salva solo

Para esta importante Fiesta litúrgica -que ha sido también llamada la «Pascua de Otoño»-  el Papa Francisco mismo nos ha invitado en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate a que: «No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9.). El Señor, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Por eso nadie  se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo», (cf GE, n.3)

El camino comunitario de la santificación

En otro pasaje de la misma exhortación del Papa Francisco, leemos que: «La santificación es un camino comunitario, de dos en dos. Así lo reflejan algunas comunidades santas. En varias ocasiones la Iglesia ha canonizado a comunidades enteras que vivieron heroicamente el Evangelio o que ofrecieron a Dios la vida de todos sus miembros. Pensemos, por ejemplo, en los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de María, en las siete beatas religiosas del primer monasterio de la Visitación de Madrid, en san Pablo Miki y compañeros mártires en Japón, en san Andrés Kim Taegon y compañeros mártires en Corea, en san Roque González, san Alfonso Rodríguez y compañeros mártires en Sudamérica. Recordemos también el reciente testimonio de los monjes trapenses de Tibhirine (Argelia), que se prepararon juntos para el martirio.

Del mismo modo, hay muchos matrimonios santos, donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del cónyuge. Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo espiritual. San Juan de la Cruz decía a un discípulo: estás viviendo con otros «para que te labren y ejerciten»», (cf GE, n.141).

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. IV. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LOS DESAFÍOS DEL MUNDO ACTUAL. 1. EL RESUCITADO, FUENTE VIVA DE LA ESPERANZA HUMANA. (JN 10,7.9-10)

En las catequesis del Año jubilar, hasta este momento, hemos recorrido la vida de Jesús siguiendo los Evangelios, desde el nacimiento a la muerte y resurrección. De este modo, nuestra peregrinación en la esperanza ha encontrado su fundamento firme, su camino seguro. Ahora, en la última parte del camino, dejaremos que el misterio de Cristo, que culmina en la Resurrección, libere su luz de salvación en contacto con la realidad humana e histórica actual, con sus preguntas y sus desafíos.

Nuestra vida está marcada por innumerables acontecimientos, llenos de matices y de vivencias diferentes. A veces nos sentimos alegres, otras veces tristes, otras incluso satisfechos, o estresados, gratificados o desmotivados. Vivimos muy ocupados, nos centramos en alcanzar resultados, llegamos a alcanzar metas también altas, prestigiosas. Y viceversa, permanecemos suspendidos, precarios, esperando éxitos y reconocimientos que tardan en llegar o nunca llegan. En resumen, nos encontramos experimentando una situación paradójica: quisiéramos ser felices, pero es muy difícil conseguirlo de forma continuada y sin sombras. Aceptamos nuestras limitaciones y, al mismo tiempo, tenemos el impulso irreprimible de intentar superarlas. En el fondo, sentimos que siempre nos falta algo.

En verdad, no hemos sido creados para la falta, sino para la plenitud, para disfrutar de la vida y de la vida en abundancia, según la expresión de Jesús en el Evangelio de Juan (cfr 10,10).

Este deseo grande de nuestro corazón puede encontrar su última respuesta no en los roles, no en el poder, no en el tener, sino en la certeza de que alguien se hace garante de este impulso constitutivo de nuestra humanidad; en la conciencia de que esta espera no será decepcionada o frustrada. Tal certeza coincide con la esperanza. Esto no quiere decir pensar de forma optimista: a menudo el optimismo nos decepciona, al ver cómo nuestras expectativas implosionan, mientras la esperanza promete y cumple.

Hermanas y hermanos, ¡Jesús Resucitado es la garantía de esta llegada! Él es la fuente que sacia nuestra sed ardiente, la sed infinita de plenitud que el Espíritu Santo infunde en nuestro corazón. La Resurrección de Cristo, de hecho, no es un simple acontecimiento de la historia humana, sino el evento que la transformó desde dentro.

Pensemos en una fuente de agua. ¿Cuáles son sus características? Sacia y refresca a las criaturas, riega la tierra, las plantas, hace fértil y vivo lo que de otra forma sería árido. Alivia al caminante cansado ofreciéndole la alegría de un oasis de frescura. Una fuente aparece como un don gratuito para la naturaleza, para sus criaturas, para los seres humanos. Sin agua no se puede vivir.

El Resucitado es la fuente viva que no se seca y no sufre alteraciones. Permanece siempre pura y preparada para todo el que tenga sed. Y cuanto más saboreamos el misterio de Dios, más nos atrae, sin quedar nunca completamente saciados. San Agustín, en el décimo libro de las Confesiones, capta este anhelo inagotable de nuestro corazón y lo expresa en el famoso Himno a la Belleza: «Exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz» (X, 27, 38).

Jesús, con su Resurrección, nos ha asegurado una permanente fuente de vida: Él es el Viviente (cfr Hch 1,18), el amante de la vida, el victorioso sobre toda muerte. Por eso es capaz de ofrecernos alivio en el camino terreno y asegurarnos la quietud perfecta en la eternidad. Solo Jesús muerto y resucitado responde a las preguntas más profundas de nuestro corazón: ¿hay realmente un punto de llegada para nosotros? ¿Tiene sentido nuestra existencia? ¿Y el sufrimiento de tantos inocentes, cómo podrá ser redimido?

Jesús Resucitado no deja caer una respuesta “desde arriba”, sino que se hace nuestro compañero en este viaje a menudo cansado, doloroso, misterioso. Solo Él puede llenar nuestra jarra vacía, cuando la sed se hace insoportable.

Y Él es también el punto de llegada de nuestro caminar. Sin su amor, el viaje de la vida se convertiría en un vagar sin meta, un trágico error con un destino perdido. Somos criaturas frágiles. El error forma parte de nuestra humanidad, es la herida del pecado que nos hace caer, renunciar, desesperar. Resurgir significa sin embargo volver a levantarse y ponerse de pie. El Resucitado garantiza la llegada, nos conduce a casa, donde somos esperados, amados, salvados. Hacer el viaje con Él al lado significa experimentar ser sostenidos a pesar de todo, saciados y fortalecidos en las pruebas y en las fatigas que, como piedras pesadas, amenazan con bloquear o desviar nuestra historia.

Queridos, de la Resurrección de Cristo brota la esperanza que nos hace gustar anticipadamente, no obstante las fatigas de la vida, una quietud profunda y gozosa: aquella paz que Él solo nos podrá dar al final, sin fin.

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LEON XIV EN LAS NUEVAS CANONIZACIONES: LOS NUEVOS SANTOS, SIGNOS LUMINOSOS DE ESPERANZA Y AMOR

Tras la canonización de 7 nuevos santos, entre ellos mártires, religiosas y laicos, el Pontífice se reúne en el Aula Pablo VI con los fieles que han llegado al Vaticano para la ocasión, incluso desde tierras lejanas. Los exhorta a seguir su ejemplo de vida para que haya reconciliación en Armenia, unidad para Venezuela y dignidad para todos.

“Los obispos de Venezuela han publicado el pasado 7 de octubre una carta con motivo del gozoso acontecimiento de ver en los altares a dos hijos de su amada tierra: san José Gregorio Hernández y santa Carmen Rendiles, pidiendo al Señor que este sea un fuerte estímulo para que todos los venezolanos se congreguen y sepan reconocerse como hijos y hermanos de una misma Patria, reflexionando así sobre el presente y el futuro, a la luz de las virtudes que estos santos vivieron de manera heroica”.

Con estas palabras, que suscitaron fervorosos aplausos de los miles de venezolanos presentes en el Aula Pablo VI, el Papa León XIV se dirigió a los fieles reunidos para la canonización de los mártires Peter To Rot y el obispo Ignatius Choukrallah Maloyan, de las religiosas Maria Troncatti, Vincenza Maria Poloni y Carmen Rendiles Martínez, así como de los laicos Bartolo Longo y José Gregorio Hernández Cisneros. En una audiencia que les concedió este lunes 20 de octubre, el Pontífice extrajo de cada uno de ellos un mensaje válido para nuestros días, especialmente ante las injusticias sociales.

“Cabría preguntarse, ¿cuáles son esas virtudes que deben motivarnos? Ciertamente la fe”, dijo el Pontífice en un discurso que alternó el español, el inglés y el italiano. “Dios estaba presente en sus vidas y las transformaba, haciendo de la sencilla existencia de una persona normal, como cualquiera de nosotros, una lámpara que en lo cotidiano iluminaba a todos con una luz nueva”.

 “Sin duda —añadió—, también la virtud de la esperanza: si Dios es nuestra recompensa eterna, nuestros trabajos y nuestras luchas no pueden finalizarse en metas que además de indignas y degradantes, son efímeras. Finalmente, la caridad, que nace de acoger y compartir el don recibido; que nos hace encontrar el verdadero sentido de una vida y nos pide que la construyamos por medio del servicio, sea a los enfermos, a los pobres, a los más pequeños”.

El Santo Padre invitó a reflexionar sobre cómo estas virtudes pueden ayudarnos en el momento actual, y aclaró: “Puede hacerlo si al mirar a estas dos grandes figuras, vemos en ellas sobre todo a personas muy semejantes a nosotros, que vivieron enfrentando problemáticas que no nos son extrañas, y que nosotros mismos podemos afrontar como ellos lo hicieron, siguiendo su ejemplo”.

“Por otro lado —sugirió el Obispo de Roma—, asumiendo que quien vive a mi lado —como yo, como ellos— está llamado a la misma santidad, y por ello debo verlo, ante todo, como un hermano al que respetar y al que amar, compartiendo el camino de la existencia, sosteniéndonos en las dificultades y construyendo juntos el reino de Dios con alegría”.

 “Un pastor según el corazón de Cristo”: así describió León XIV al obispo mártir armenio Ignacio Choukrallah Maloyan. Un pastor que defendió a su rebaño, que no renegó de su fe a cambio de la libertad y que murió como mártir por Dios.

«Esto me hace pensar con afecto en el pueblo armenio, que talla la cruz en la piedra como signo de su fe firme e inquebrantable. Que la intercesión del nuevo santo renueve el fervor de los creyentes y produzca frutos de reconciliación y de paz para todos».

Defender las verdades de la fe

“Un simple catequista” con “un coraje extraordinario”, capaz de proclamar la verdad incluso en el escondimiento. Así es san Pedro To Rot, ejemplo —afirmó el Papa— de la profunda fe del pueblo de Nueva Guinea, que desafió a las fuerzas de ocupación durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente cuando estas permitieron la poligamia. Un hombre que se confiaba por completo a Dios en la oración.

«Que el ejemplo de san Peter To Rot nos anime a defender las verdades de la fe, aun a costa de sacrificios personales, y a confiar siempre en Dios en medio de nuestras pruebas».

En el servicio a los más frágiles florece la santidad

Ejemplos de caridad y dedicación al prójimo son las historias de la santa salesiana sor María Troncatti —que consagró su vida a los pueblos indígenas del Ecuador con competencia médica— y de sor María Poloni, fundadora de las Hermanas de la Misericordia, movida por el amor hacia los enfermos y los marginados. Para el Papa, sor Troncatti es “ejemplo de una caridad que no se rinde ante las dificultades, sino que las transforma en ocasiones para una entrega gratuita y total de sí misma”. Sor Poloni, que alimentó su compromiso social con una profunda espiritualidad mariana, enseña “a perseverar en el servicio cotidiano a los más frágiles”, subraya León XIV. Y “¡es precisamente ahí donde florece la santidad de vida!”.

El apóstol del Rosario

Por último, al hablar de Bartolo Longo, el Sucesor de Pedro recordó su conversión: de hombre alejado de Dios a una vida llena de obras de misericordia y sostenida por el amor a María. Invita además al Santuario de Pompeya, del cual Longo fue fundador, a custodiar y difundir el fervor de este “apóstol del Rosario”.

“De corazón recomiendo esta oración a todos: a los sacerdotes, a los religiosos, a las familias, a los jóvenes. Contemplando los misterios de Cristo con la mirada de María, asimilamos día a día el Evangelio y aprendemos a ponerlo en práctica”.

Al despedir a los peregrinos, el Santo Padre les deseó regresar a sus países con el corazón lleno de gratitud y con el ardiente deseo de imitar a los nuevos santos.

Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano

Para Vatican NEWS

DILEXI TE: LOS POBRES SON LA MISMA CARNE DE CRISTO

Ya tenemos el primer gran escrito de León XIV, su exhortación apostólica Dilexi te (= te he amado). “Te he amado” (Ap 3,9) son palabras dirigidas por el Señor a una comunidad cristiana que no tenía ninguna relevancia ni recursos y estaba expuesta a la violencia y al desprecio. Esta exhortación ya la dejó escrita, en lo fundamental, el Papa Francisco. León XIV la he hecho suya, en un gesto que recuerda el de Francisco haciendo suya una encíclica sobre la luz de la fe que dejó preparada Benedicto XVI. Francisco, imaginaba que Cristo se dirigía a cada uno de los pobres diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero yo te he amado.

La exhortación es un grito a favor del compromiso de la Iglesia y de todo cristiano con la triste realidad de la pobreza. No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con el pobre es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos. De ahí la opción preferencial por los pobres de la que hablan los documentos eclesiales. Esta opción nos llama a un cambio de mentalidad, que puede incidir en una transformación cultural. La pobreza no es una elección; es el resultado de estructuras de pecado que se infiltran en la política y en la economía.

El texto firmado por León XIV recuerda que en la Escritura Dios aparece como solidario con el pobre. En Jesús de Nazaret esta solidaridad encuentra su plena realización: nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza (2 Co 8,9). La pobreza incidió en cada aspecto de la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte. Se refiere luego a la tradición patrística. Basta recordar que San Juan Crisóstomo denunciaba el lujo exagerado que convivía con la indiferencia hacia los pobres. Y decía que honrar el Cuerpo de Cristo no era adornar el templo, sino distribuir las riquezas entre los pobres.

Lo que más me ha gustado de la exhortación es el elogio que el Papa hace a la gran labor en favor de los pobres de las congregaciones religiosas, en la atención a inmigrantes, personas necesitadas, ancianos, niños abandonados, enfermos. Y ahí cita con nombres propios a casi todas las congregaciones. Por ejemplo, la labor sanitaria de los Hermanos de San Juan de Dios; la labor educativa en favor de los niños necesitados de los escolapios, los maristas o los hermanos de La Salle; la atención a personas abandonadas y moribundas de Santa Teresa de Calcuta. O la obra de trinitarios y mercedarios en favor de presos y cautivos, también de las nuevas cautividades, como la droga.

Las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos) fueron solidarios con los pobres, mediante una predicación y una cercanía a las personas alejada de lujos y poderes. La tradición monástica (Benito, Bernardo de Claraval) nos enseña que la oración y la caridad (la acogida en los monasterios), el silencio y el servicio, forman un único tejido espiritual. Sin olvidar la labor de las congregaciones femeninas (las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul y santa Luisa de Marillac, y tantas otras) tanto en el terreno hospitalario, educativo, asistencial, protección de los derechos de la mujer, cuidado de niños y jóvenes, presencia en lugares conflictivos y de guerra, y muchos más aspectos relacionados con la pobreza.

El Papa afirma que los movimientos populares han ayudado a la Iglesia a cobrar conciencia de la importancia de estar con los lastimados y crucificados de la tierra. En este sentido hay que decir que los pobres nos evangelizan, ya que ellos son la misma carne de Cristo. Por eso, la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe. Pues no se trata solo de llevar a los pobres a Dios, sino de encontrar a Dios en los pobres.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

CERRAR LA BOCA PARA ENTRAR EN LO SAGRADO

El verbo griego “myein” significa cerrar los ojos o cerrar la boca. De esta raíz derivan palabras que remiten a prácticas religiosas, como místico y misterio. Hay una relación estrecha entre cerrar los ojos, o sea, entrar en el ámbito de lo invisible, y el culto a los dioses. Los dioses son invisibles. La carta a los hebreos (11,27) elogia la fe de Moisés, que se mantuvo firme en las dificultades precisamente porque se apoyaba en “el invisible”. Igualmente hay una estrecha relación entre cerrar la boca, o sea, guardar silencio, y el culto a lo divino. Esta segunda relación me parece interesante porque se diría que hoy el silencio no es lo que más abunda.

Vivimos en un mundo ruidoso. El silencio estorba y necesitamos continuamente del ruido para sentirnos vivos. Muchas personas llevan puestos unos auriculares como si fueran la continuación de sus orejas. Y en muchas casas, está continuamente encendido el aparato de televisión, aunque nadie lo mire. El ruido se ha convertido en una necesidad. ¿Será porque nuestro tiempo es alérgico al misterio, o porque “vivimos en un mundo sin consagración”, como dice Byung-Chul Han? El verbo fundamental de nuestro tiempo, añade el filósofo no es cerrar, sino abrir sobre todo la boca. Nadie escucha y muchos gritan. Y, sin embargo, el silencio nos permite entrar en nuestro interior; solo así podemos plantearnos las grandes preguntas que de verdad interesan: ¿quién soy?, ¿a dónde voy?, ¿qué sentido quiero dar a mi vida?

Escuchar es la actitud religiosa por excelencia. Pero para escuchar hay que guardar silencio. Por eso, si la fe en Dios es ante todo escucha, solo el silencio puede despertarla. Recuerden esa escena del evangelio, en la que, aparentemente con toda razón, Marta se queja a su amigo Jesús de que su hermana María no le ayuda en las tareas de la casa. ¿Cuál el motivo por el que no es ayudada? Porque María está a los pies de Jesús, escuchando su palabra. Esta es la respuesta de Jesús a Marta: “te preocupas y agitas por muchas cosas y solo hay necesidad de una sola. María ha elegido la parte buena” (Lc 10,41-42). Lo que sobre todo esperamos de los amigos no es un regalo, ni un favor, ni que nos sean útiles, sino que presten atención a nuestra persona. A nuestra persona y no a nuestras necesidades. El servir a los amigos es útil. Pero solo una cosa es necesaria en la amistad: saber escuchar. Esta es la gran lección que María da a Marta. El otro tiene algo que decirnos, El verbo griego “myein” significa cerrar los ojos o cerrar la boca. De esta raíz derivan palabras que remiten a prácticas religiosas, como místico y misterio. Hay una relación estrecha entre cerrar los ojos, o sea, entrar en el ámbito de lo invisible, y el culto a los dioses. Los dioses son invisibles. La carta a los hebreos (11,27) elogia la fe de Moisés, que se mantuvo firme en las dificultades precisamente porque se apoyaba en “el invisible”. Igualmente hay una estrecha relación entre cerrar la boca, o sea, guardar silencio, y el culto a lo divino. Esta segunda relación me parece interesante porque se diría que hoy el silencio no es lo que más abunda.

Vivimos en un mundo ruidoso. El silencio estorba y necesitamos continuamente del ruido para sentirnos vivos. Muchas personas llevan puestos unos auriculares como si fueran la continuación de sus orejas. Y en muchas espera que le escuchemos con tranquilidad, que dejemos el ajetreo y nos paremos a mirarle en silencio, dándole lo mejor que podemos darle: la vida misma. El amor requiere silencio.

El ruido es inconciliable con la oración, en cierto modo impide la trascendencia. No es extraño que en algunas iglesias haya carteles en la puerta que invitan a los fieles a apagar el teléfono. Hoy estamos digitalmente hipercomunicados. Los ordenadores y los teléfonos producen mucho ruido, oral y visual. Esta hipercomunicación no crea ninguna conexión. Más bien aísla y acentúa la soledad. El silencio, en cambio, es camino de comunión con Dios, con los hermanos y con uno mismo.

Blog Nihil Obstat – Martín Gelabert

VAN EN SERIO

Más de una vez he escrito que la cultura woke con su Agenda 2030 como biblia y el Pacto Verde Europeo como el Dios a seguir, conjuntamente con todas las otras acciones que han conformado la sociedad woke en la que vivimos, tiene un objetivo claro, por ello se viene ideologizando desde hace tiempo la destrucción de lo que siempre ha sido Occidente.

Han empezado por los católicos, quizás sea casualidad el incendio de la Catedral de Notre-Dame de París que se volvió a inaugurar el 8 de diciembre de 2024, el viernes 8 de agosto a las 21,11 h saltan las alarmas en la Mezquita-Catedral al detectarse llamas en almacén y en la capilla de la Encarnación, que vio caer su techo, afortunadamente este monumento de la humanidad no sufrió más daños y se puede reparar. Si está demostrado que se produjo hace poco tiempo el incendio de la iglesia de El Pozuelo en el municipio de Albuñol en Granada, y el daño causado a la custodia y también hubo destrozos en la capilla de Adoración Perpetua, en pleno centro de Valencia y con personas orando. En años anteriores hubo otras iglesias quemadas y algunas profanadas. Van por todo lo que esté relacionado con el mensaje de Jesús de Nazaret.

Otros cristianos deberían recordar una de las variaciones del poema de Martin Niemöller:

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por mí, pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

No les quepa duda de que también irán a por ellos.

Hace poco el papá León XIV escribió una carta muy clarificadora: “Hermanos, hermanas… A ustedes les hablo, sobre todo a los que ya no creen, no esperan, no oran, porque piensan que Dios se fue. A los que están hartos de los escándalos, del poder mal usado, del silencio de una Iglesia que a veces parece más palacio que casa…” Hay elementos positivos, especialmente entre los jóvenes occidentales de 16-19 años, muchos de ellos están volviendo a los orígenes de occidente, por supuesto al cristianismo. No fue sorprendente que un millón de jóvenes, de todos los países, estuvieron en la misa del papa León XIV por el jubileo de la juventud.

Jacinto Seara

CITA EN ROMA: UN CORAZÓN QUE LATE POR NUESTROS MAYORES

Este encuentro ha sido un laboratorio de ideas y esperanza, pues la contribución de los ancianos es esencial para el futuro de la Iglesia

Qué días tan maravillosos y conmovedores he vivido.

Del 2 al 4 de octubre, Roma se convirtió en el epicentro de la esperanza y yo tuve la inmensa fortuna de ser parte de ello.

El II Congreso Internacional de Pastoral de los Mayores, organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, no fue solo un evento; fue una declaración de amor y de reconocimiento a la tercera edad.

El viernes 3 de octubre quedaron grabadas en nosotros, 150 delegados de 65 países, así como miembros de asociaciones y congregaciones comprometidas con los mayores, las palabras de León XIV: «Los ancianos son un don, una bendición que hay que acoger. Y la prolongación de la vida es uno de los signos de esperanza de nuestro tiempo». Vivimos en un mundo que envejece, y el congreso nos recordó la urgencia pastoral global de adaptarnos a esta realidad.

Como subrayó el cardenal Kevin Farrell, prefecto del dicasterio, «las personas mayores no son solo el pasado de la Iglesia, sino su presente y su futuro». Esta cita da continuidad al itinerario marcado por la Iglesia desde el encuentro de 2020 y la instauración de la Jornada Mundial de los Abuelos, con la que el Papa Francisco quiso consolidar la atención de la Iglesia a las personas mayores. El tema central Los sueños de los mayores: una visión de futuro, fue una constante invitación a mirar a nuestros mayores como fuente de inspiración, no de carga.

Darío Gervasi lo resumió perfectamente: este encuentro ha sido un «laboratorio de ideas y esperanza», pues «los mayores son el corazón palpitante de nuestras comunidades y su contribución es esencial para el futuro de la Iglesia».

El programa fue riquísimo, abordando la realidad de frente, pero siempre con el corazón puesto en la esperanza. Para ello, cerrábamos cada día con la Eucaristía en el santuario de la Divina Misericordia.

Comenzamos el congreso con la cruda realidad de la transición demográfica que presentó Alessandro Rosina, seguida por la búsqueda de sentido de la vida cuando esta se alarga, abordada por Albert Evrard, SJ. Terezinha Tortelli (Brasil), Paulinus Yan Olla (Indonesia) y Alfred Mateyu Chaima (Malawi), quienes me hicieron ver que la esperanza de los mayores es un desafío global.

La segunda jornada atacó de lleno la «cultura del descarte» como un desafío ético. Josephine Lombardi expuso la postura firme de la Iglesia contra el abandono. El antídoto es el encuentro: Anne-Marie Maison defendió el «diálogo entre generaciones como un encuentro vital». Los sueños de los mayores nos iluminaron: Mariangela Zama habló de la paz y Sofia Soli, representar a mis compañeros de la Comisión Diocesana de la Pastoral de las Personas Mayores, guiados por nuestro querido padre Carlos Rivas.

Llevamos la riqueza del trabajo transversal de nuestra diócesis a un foro global, del que hemos salido con un mensaje claro: «Nuestros mayores son nuestro tesoro, y escucharlos es la clave para un futuro lleno de esperanza». ¡Esa es la misión!

Este encuentro ha sido un laboratorio de ideas y esperanza, pues la contribución de los ancianos es esencial para el futuro de la Iglesia.

Quedaron grabadas en nosotros las palabras de León XIV: «La prolongación de la vida es un signo de esperanza de nuestro tiempo»

 

José Barceló en Alfa y Omega

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JUAN PABLO II

Karol Józef Wojtyla, elegido Papa el 16 de octubre de 1978, naciò en Wadowice (Polonia) el 18 de mayo de 1920.

Fue el menor de los tres hijos de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska, que falleció en 1929. Su hermano mayor, Edmund, médico, murió en 1932 y su padre, suboficial del ejército, en 1941.

A los nueve años recibió la Primera Comunión y a los dieciocho el sacramento de la Confirmación. Terminados los estudios en la escuela superior de Wadowice, en 1938 se inscribió en la Universidad Jagellónica de Cracovia.

Cuando las fuerzas de ocupación nazis cerraron la Universidad en 1939, el joven Karol trabajó (1940-1944) en una cantera y luego en la fábrica química Solvay para poder subsistir y evitar la deportación a Alemania.

A partir de 1942, sintiéndose llamado al sacerdocio, asistió a los cursos de formación del seminario mayor clandestino de Cracovia, dirigido por el Arzobispo Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del «Teatro Rapsódico», también clandestino.

Después de la guerra, continuo sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, abierto de nuevo, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal, en Cracovia, el 1 de noviembre de 1946. Después fue enviado por el Cardenal Sapieha a Roma, donde obtuvo el doctorado en teología (1948), con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de San Juan de la Cruz. En esos años, durante sus vacaciones, ejerció el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda.

En 1948 regresó a Polonia y primero fue coadjutor en la parroquia de Niegowìć, a las afueras de Cracovia, y luego en la de San Florián, dentro de la ciudad. Fue capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanudó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó, en la Universidad Jagellónìca de Cracovia, una tesis sobre la posibilidad de fundar una ética cristiana a partir del sistema ético de Max Scheler. Después fue profesor de Teología Moral y Ética en el seminario mayor de Cracovia y en la Facultad de Teología de Lublín.

El 4 de julio de 1958, el Papa Pío XII lo nombró Obispo Auxiliar de Cracovia y titular de Ombi. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral de Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak.

El 13 de enero de 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por el Papa Pablo VI, que lo creó Cardenal el 26 de junio de 1967.

Participó en el Concilio Vaticano II (1962-1965), contribuyendo especialmente en la elaboración de la constitución Gaudium et spes. El Cardenal Wojtyla participó en las 5 asambleas del Sínodo de los Obispos, anteriores a su Pontificado.

Fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978 y el 22 de octubre dio inicio a su ministerio como Pastor Universal de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo Il realizó 146 visitas pastorales en Italia y, como Obispo de Roma, visito 317 de las 332 parroquias con que cuenta Roma en la actualidad. Realizó 104 viajes apostólicos por el mundo, expresión de la constante solicitud pastoral del Sucesor de Pedro por todas las Iglesias.

Entre sus principales documentos se encuentran 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. Al Papa Juan Pablo II se deben también 5 libros: Cruzando el umbral de la esperanza (octubre de 1994); Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio (noviembre de 1996); Tríptico romano, meditaciones en forma de poesía (marzo de 2003); ¡Levantaos! ¡vamos! (mayo de 2004) y Memoria e identidad (febrero de 2005).

El Papa Juan Pablo II celebró 147 ceremonias de beatificación, en las cuales proclamo 1338 beatos, y 51 de canonización, con un total de 482 santos. Tuvo 9 consistorios, en los que creo 231 Cardenales (+ 1 in pectore). Presidio también 6 reuniones plenarias del Colegio de Cardenales.

Desde 1978 convoco 15 asambleas del Sínodo de los Obispos: 6 generales ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990,1994 Y 2001),1 asamblea general extraordinaria (1985) y 8 asambleas especiales (1980, 1991, 1994, 1995,1997,1998 2 Y 1999).

El 13 de mayo de 1981, en la Plaza de San Pedro, sufrió un grave atentado. Salvado por la mano maternal de la Madre de Dios, tras una larga convalecencia, perdonó a su agresor y, consciente de haber recibido una nueva vida, intensificó sus compromisos pastorales con heroica generosidad.

Su solicitud de pastor encontró, además, expresión en la erección de numerosas diócesis y circunscripciones eclesiásticas, en la promulgación de los Códigos de Derecho Canónico —el latino y el de las Iglesias Orientales—, del Catecismo de la Iglesia Católica. Proponiendo al Pueblo de Dios momentos de particular intensidad espiritual, convoco el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía, además del Gran Jubileo del año 2000. Se acercó a las nuevas generaciones instituyendo la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud.

Ningún Papa se había encontrado con tantas personas como Juan Pablo II. En las Audiencias Generales de los miércoles (no menos de 1160) participaron más de 17.600.000 peregrinos, sin contar todas las demás audiencias especiales y las ceremonias religiosas (más de 8 millones de peregrinos solo durante el Gran Jubileo del año 2000). También se encontró con millones de fieles en el curso de las visitas pastorales en Italia y en el mundo. Igualmente fueron numerosos los mandatarios recibidos en audiencia: baste recordar las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con Jefes de Estado, así como las 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros.

Murió en Roma, en el Palacio Apostólico Vaticano, el sábado 2 de abril de 2005, a las 21h 37m, la víspera del Domingo in Albis o de la Divina Misericordia, fiesta instituida por él. Los funerales solemnes en la Plaza de San Pedro y la sepultura en las Grutas Vaticanas fueron celebrados el 8 de abril.

La solemne ceremonia de beatificación, en el atrio de la Basílica Papal de San Pedro, el 1 de mayo de 2011, fue presidida por el Sumo Pontífice Benedicto XVI, su inmediato sucesor y valioso colaborador durante muchos años como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Fue canonizado el 27 de abril de 2014, domingo de la Divina Misericordia, en la Plaza de San Pedro del Vaticano por el Papa Francisco

Fuente: Santopedia

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. III. LA PASCUA DE JESÚS.!» 10. VOLVER A ENCENDER. «¿NO ARDÍA ACASO NUESTRO CORAZÓN, MIENTRAS NOS HABLABA EN EL CAMINO Y NOS EXPLICABA LAS ESCRITURAS?». (LC 24, 32)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera invitaros a reflexionar sobre un aspecto sorprendente de la resurrección de Cristo: su humildad. Si recordamos los relatos evangélicos, nos damos cuenta de que el Señor resucitado no hace nada espectacular para imponerse a la fe de sus discípulos. No aparece rodeado de huestes de ángeles, no hace gestos sensacionales, no pronuncia discursos solemnes para revelar los secretos del universo. Al contrario, se acerca discretamente, como un viandante cualquiera, como un hombre hambriento que pide compartir un poco de pan (cf. Lc 24,15.41).

María de Magdala lo confunde con un jardinero (cf. Jn 20,15). Los discípulos de Emaús creen que es un forastero (cf. Lc 24,18). Pedro y los demás pescadores creen que es un simple transeúnte (cf. Jn 21,4). Habríamos esperado efectos especiales, signos de poder, pruebas abrumadoras. Pero el Señor no busca eso: prefiere el lenguaje de la proximidad, de la normalidad, de la mesa compartida.

Hermanos y hermanas, en esto hay un mensaje precioso: la Resurrección no es un giro teatral, es una transformación silenciosa que llena de sentido cada gesto humano. Jesús resucitado come una porción de pescado delante de sus discípulos: no es un detalle marginal, es la confirmación de que nuestro cuerpo, nuestra historia, nuestras relaciones no son un envoltorio para tirar. Están destinados a la plenitud de la vida. Resucitar no significa convertirse en espíritus evanescentes, sino entrar en una comunión más profunda con Dios y con nuestros hermanos, en una humanidad transfigurada por el amor.

En la Pascua de Cristo, todo puede convertirse en gracia. Incluso las cosas más ordinarias: comer, trabajar, esperar, cuidar de la casa, apoyar a un amigo. La Resurrección no resta vida al tiempo y al esfuerzo, sino que cambia su sentido y su «sabor». Cada gesto realizado en gratitud y comunión anticipa el Reino de Dios.

Sin embargo, hay un obstáculo que a menudo nos impide reconocer esta presencia de Cristo en lo cotidiano: la pretensión de que la alegría debe ser sin heridas. Los discípulos de Emaús caminaban tristes porque esperaban otro final, un Mesías que no conociera la cruz. A pesar de haber oído que la tumba está vacía, son incapaces de sonreír. Pero Jesús está a su lado y, con paciencia, les ayuda a comprender que el dolor no es la negación de la promesa, sino el modo en que Dios ha manifestado la medida de su amor (cf. Lc 24, 13-27).

Cuando por fin se sientan a la mesa con Él y parten el pan, se les abren los ojos. Y se dan cuenta de que su corazón ya ardía, aunque no lo sabían (cf. Lc 24, 28-32). Esta es la mayor sorpresa: descubrir que bajo las cenizas del desencanto y del cansancio siempre hay un rescoldo vivo, a la espera de ser reavivado.

Hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza. Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por distantes, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda apagar la fuerza infalible del amor de Dios.

A veces pensamos que el Señor sólo viene a visitarnos en momentos de recogimiento o de fervor espiritual, cuando nos sentimos con fuerzas, cuando nuestra vida parece ordenada y luminosa. En cambio, el Resucitado se acerca en los lugares más oscuros: en nuestros fracasos, en las relaciones desgastadas, en los trabajos cotidianos que pesan sobre nuestros hombros, en las dudas que nos desaniman. Nada de lo que somos, ningún fragmento de nuestra existencia le es ajeno.

Hoy, el Señor resucitado viene junto a cada uno de nosotros, tal como recorremos nuestros caminos -los del trabajo y el compromiso, pero también los del sufrimiento y la soledad- y con infinita delicadeza nos pide que nos dejemos calentar el corazón. No se impone con clamores, no exige ser reconocido inmediatamente. Con paciencia espera el momento en que nuestros ojos se abran para ver su rostro amigo, capaz de transformar la decepción en confiada espera, la tristeza en gratitud, la resignación en esperanza.

El Resucitado sólo desea manifestar su presencia, hacerse nuestro compañero de camino y encender en nosotros la certeza de que su vida es más fuerte que cualquier muerte. Pidamos, pues, la gracia de reconocer su presencia humilde y discreta, de no esperar una vida sin pruebas, de descubrir que todo dolor, si es habitado por el amor, puede convertirse en lugar de comunión.

Y así, como los discípulos de Emaús, también nosotros volvemos a nuestras casas con un corazón que arde de alegría. Una alegría sencilla, que no borra las heridas, sino que las ilumina. Una alegría que nace de la certeza de que el Señor está vivo, que camina con nosotros y nos da en cada momento la posibilidad de recomenzar.

Fuente: The Holy See

DILEXI TE: EXHORTACIÓN APOSTÓLICA DEL PAPA LEÓN XIV SOBRE EL AMOR HACIA LOS POBRES

La presentación tuvo lugar el 9 de octubre de 2025 en la Oficina de Prensa de la Santa Sede a las 12:00 (hora de Roma)

Dilexi te: Exhortación Apostólica del Papa León XIV sobre el amor hacia los pobres

El Papa León XIV firmó el 4 de octubre de 2025 la primera Exhortación Apostólica de su Pontificado, titulada Dilexi te (“Te he amado”), centrada en el amor hacia los pobres.

El Santo Padre eligió la fecha del 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, para la firma de su primer documento magisterial. El Dicasterio para la Comunicación informó que el Papa León firmó Dilexi te en la Biblioteca privada del Palacio Apostólico Vaticano, en presencia del Sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado, el arzobispo Edgar Peña Parra.

El documento remite en su título a la cuarta y última Encíclica del Papa Francisco, Dilexit nos, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo, con fecha del 24 de octubre de 2024.

La Oficina de Prensa de la Santa Sede informó que la publicación y la conferencia de presentación del documento del Papa León XIV tendría lugar el jueves 9 de octubre a las 12:00 (hora de Roma).

En la conferencia participaron: el cardenal Michael Czerny SJ, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral; el cardenal Konrad Krajewski, limosnero de Su Santidad y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad (Limosnería Apostólica); fray Frédéric-Marie Le Méhauté O.F.M., provincial de los Hermanos Menores de Francia/Bélgica y doctor en teología, y sor Clémence, pequeña hermana de Jesús de la Fraternidad de las Tre Fontane e Roma.

Por último, a partir del 9 de octubre se pusieron  a disposición algunos recursos pastorales que pueden acompañar la profundización de la Exhortación Apostólica Dilexi te.

En el siguiente enlace podéis acceder al texto completo

https://vidaascendente.es/noticias-2025/exhortacion-apostolica-dilexi-te-del-santo-padre-leon-xiv/

Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral