EL ÓRGANO DE BELÉN VUELVE A SONAR 800 AÑOS DESPUÉS: «UN AUTÉNTICO MILAGRO»

El musicólogo español David Catalunya lidera el proyecto de reconstrucción del órgano más antiguo de la cristiandad, el de Belén, ocultado por los cruzados y que ahora vuelve a sonar en Tierra Santa

Construido en Francia en el siglo XI y ocultado por los cruzados de Tierra Santa dos siglos después para evitar su destrucción. El llamado órgano de Belén, considerado uno de los más antiguos de la cristiandad, ha vuelto a sonar tras más de 800 años de silencio.

El instrumento fue hallado en 1906 bajo el jardín de la basílica de la Natividad, en Belén. Ahora un proyecto ha permitido recuperar el sonido de varios de los tubos originales gracias a un trabajo de análisis y reconstrucción. La presentación oficial tuvo lugar en Jerusalén, con la colaboración de la Custodia de Tierra Santa y del Museo Tierra Santa, ofreciendo por primera vez en la era moderna la posibilidad de escuchar el timbre original de un órgano medieval, en un proyecto dirigido por el musicólogo español David Catalunya.

¿Qué tal suena el órgano de Belén casi mil años después de su construcción?

—Son solo ocho tubos originales los que suenan, pero el órgano tenía 342. Con estos ocho tubos ya nos hacemos una idea bastante precisa de las características sonoras del instrumento. Es especial y emocionante, porque estamos hablando de tubos de casi 1.000 años. Hemos hecho replicas para poder escuchar las notas que faltan, y tiene un sonido muy rico, muy interesante. Tiene todos los tubos del mismo diámetro y eso da una variación de timbre y sonido particulares: el grave es muy rico en armónicos, el medio es muy pleno y el agudo es casi aflautado, como angelical.

¿Existen partituras de ese tiempo?

—En esa época el repertorio instrumental y de órgano se transmitía de un modo no escrito, pero sabemos que tenía como base las melodías eclesiásticas en uso en el momento. El repertorio era el canto litúrgico de la época o improvisaciones basadas en esos cantos.

Estuvo olvidado mucho tiempo tras su descubrimiento. ¿Cómo comenzó tu relación con este instrumento?

—Encontré una referencia a él en un viejo libro. Se sabía la existencia de este órgano, pero nadie había hecho una investigación profunda. No se sabía concretamente siquiera de qué siglo era. Me interesó mucho y me sorprendió que nadie hubiera hecho ese estudio. Contacté con el museo y les propuse iniciar un proyecto de investigación, que es el que ahora estamos llevando a cabo.

¿Y de ahí surgió la idea de reconstruirlo para hacerlo sonar?

—Esa era la idea original del proyecto, además de datar su origen y saber qué tipo de instrumento era. Se trataba de reconstruir el proceso de manufactura del órgano para entender cómo estaba hecho, construir tubos y recuperar así su sonido. Queremos entender, no solo cómo suena, sino también qué lugar ocupa en la historia de la música. Es una arqueología experimental, entender un objeto arqueológico para intentar saber cómo se fue hecho y cómo se usaba, ponernos en la mentalidad de quienes lo hicieron y lo tocaron. Estudio y reconstrucción han ido de la mano todo el tiempo.

¿Que se pasaba por la cabeza y por tu interior en el momento que lo escuchaste por primera vez?

—Sin duda estamos ante un objeto que ocupa un lugar especial en el Patrimonio Cultural de la Humanidad. Para mí, fue un punto de inflexión el día que los tubos originales sonaron. Llevamos las réplicas a Jerusalén para compararlas con el instrumento original. Cuando estuvimos frente a ellos se nos ocurrió probar los tubos originales, y fue un auténtico milagro, sonaban como si se hubiesen construido el día anterior. Me di cuenta de que era un sonido dormido de hace ocho siglos, un sonido milenario. Fue un momento indescriptible, sentí que mi relación con ese objeto cambiaba, me di cuenta de que era un objeto vivo, no fosilizado. Continuaba hablando, es una reliquia viva, única en el mundo. La emoción fue indescriptible.

¿Volverá a servir para cantar a Dios y elevar nuestros oídos al cielo?

—Yo espero que sí. El Museo del Tierra Santa tiene esa idea, exponer este instrumento de un modo vivo. Además, habrá varios facsímiles disponibles en diversos lugares, por supuesto uno de ellos en Belén, e incluso en España, para que suene y que ese sonido vuelva a revivir. Y que nosotros podamos revivir la experiencia de la idea original de este instrumento: conectar la música celestial con la música humana, un puente entre ambas esferas, que esa música entre en nuestra alma. Sin duda volverá a sonar para sumergirnos en una sonoridad que nos traiga el cielo a la Tierra

Pincha en el enlace para ver el video

https://youtu.be/oWrGUN_ZBP0

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo 26 de Septiembre de 2025 para Alfa y Omega

EL SANTO DE LA SEMANA: SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

Le llamaban «el divino Tomás», Era un inmenso predicador, que había nacido en Fuenllana (Ciudad Real) en 1486, de padres caritativos, de los que heredó su amor por los pobres: «Madre, le dijo Tomás, ya podéis dejar pan abundante en la panera; pues si no tenéis cuidado, pronto no habrá una sola gallina en el gallinero». Vivió sus primeros años en Villanueva de los Infantes, de donde recibirá el «nombre». A los quince años, fue enviado a estudiar a la Universidad renacentista de Alcalá, de la que llegó a ser maestro, con una vasta competencia en las ciencias humanas y sagradas. Allí obtuvo, el título de «Maestro» de lógica, física y metafísica. Continuó estudiando teología durante tres cursos. Bachiller en artes y Licenciado en Teología, le encargaron la Cátedra de Lógica. Sus estudios en Alcalá, le habían dejado una profunda impronta humanística. Poseía una inteligencia excepcionalmente lúcida y un criterio muy práctico para dar opiniones sobre temas difíciles. Pero tuvo que ejercitarse continuamente para adquirir una buena memoria y luchar mucho para que las distracciones no le alejaran de los temas que quería tratar.

FRAILE AGUSTINO

En Salamanca viste el hábito de la Orden de San Agustín, que por aquellos mismos días, Lutero tira a las zarzas. Se ordena de Sacerdote en 1518. Fue nombrado Prior de Salamanca, Provincial de Andalucía, Prior de Burgos; Provincial de Castilla, Prior de Burgos. Carlos V, que siente por él una especial predilección y le considera una persona clave para la reforma de su reino, le nombra predicador y consejero suyo.

El emperador Carlos V le había ofrecido el nombramiento de arzobispo de Granada pero él no lo aceptó. Un día el emperador le dijo a su secretario: Escriba: «Arzobispo de Valencia, será el Padre…», y le dictó el nombre de otro sacerdote. Cuando fue a firmar el decreto leyó que el secretario había escrito: «Arzobispo de Valencia, Tomás de Villanueva». «¡Pero este no fue el que yo le dicté!», dijo el emperador. «Perdone, señor» – le respondió el secretario. «Me pareció haberle oído ese nombre. Pero lo borraré». «No, no lo borre, dijo Carlos V, el otro era el que yo pensaba elegir, pero éste es el que Dios quiere que sea elegido». Y mandó que lo llamaran para darle noticia del nombramiento. Tomás se negó a obedecer al emperador. Sólo aceptó tan alto cargo cuando su superior se lo mandó bajo obediencia.

ENTRADA EN VALENCIA

Llegó a Valencia de noche mientras caía un fortísimo aguacero, acompañado solamente por un religioso. Pidió que lo hospedaran por caridad en el convento de los Padres Agustinos, diciendo que le bastaba una estera en el suelo para dormir. Antes de tomar posesión del arzobispado hizo seis días de retiro, oración y penitencia en el convento. Los sacerdotes de la ciudad le obsequiaron con 4000 monedas de plata que entregó al hospital diciendo: «los pobres necesitan esto más que yo. ¿Qué lujos y comodidades puede necesitar un sencillo fraile y religioso como soy yo?». Lo criticaban porque usaba una sotana muy vieja y desteñida, y él respondía: «Lo importante no es una sepultura. Lo importante es embellecer el alma que nunca se va a morir». Le costó mucho al clero catedralicio que aceptara un sombrero de seda, pero a él le parecía que los pobres se lo reclamaban. Y muchas veces enseñaba el sombrero con sonrisa de burla, diciendo: «Aquí tenéis mí dignidad episcopal. Mis señores, los canónigos, han creído que no podía ser obispo sin esto».

SITUACION DE LA DIOCESIS

Valencia, vivía unas condiciones espirituales deplorables, después de un siglo sin un Obispo residente, con muchos clérigos en situación irregular y atenazada por la agitación morisca. Tomás busca la re-cristianización de la diócesis. Para ello funda el colegio-seminario de la Presentación en 1550, para formar al clero. Tiene muy claro que un Arzobispo sin la ayuda de los sacerdotes, limita mucho su influencia pastoral. Debe cuidar, atender, animar, santificar a sus sacerdotes. Eso, que cuesta tanto a ciertas personas y que yo no puedo entender. Lo que más le interesaba era transformar a sus sacerdotes. A los menos cumplidores se los ganaba a base de consejos y peticiones amables y los hacía mejorar. A uno que no quería cambiar, lo llamó a su palacio y le dijo: «Yo soy el que tengo la culpa de que usted o quiera enmendarse. Porque no he hecho penitencias por su conversión, por eso no ha cambiado». Y quitándose la camisa empezó a darse latigazos hasta derramar sangre. El otro se arrodilló llorando y le pidió perdón y mejoró totalmente su conducta. ¿Qué no puede hacer un Arzobispo si se gana la confianza sincera y cordial de sus sacerdotes? No se debe preocupar de que los sacerdotes no le quieran sino de si es él el que quiere de verdad a sus sacerdotes.

PREDICADOR FORMIDABLE

El emperador Carlos V al oírle predicar exclamaba: «Este obispo conmueve hasta las piedras». Y cuando estaba en la ciudad, nunca faltaba a sus sermones. Su predicación producía cambios impresionantes en los oyentes, y aun hoy día conmueven a quienes los leen. La gente decía que Tomás de Villanueva era como un nuevo apóstol San Pablo. Fue el «predicador» más grande de su tiempo, pero su fuerza más que en la palabra, la ejercía con el ejemplo de su vida, que es lo que definitivamente convencía. Contemporáneo suyo será Fray Juan de Sahagún en Salamanca. Los dos impresionantes predicadores, éste más gracioso, hasta quizá pasarse, Tomás más serio, como fiel cumplidor de las normas dadas a los predicadores por Fray Luís de Granada: «Nada digan de lo que puedan con razón ofenderse los oyentes; nada digan con insolencia, nada con arrogancia, nada con descaro, nada con desvergüenza, nada injurioso, nada soez, nada chocarreramente, nada bajo, nada licenciosa, indecente y viciosamente, sino que todo el carácter de la oración represente modestia, humanidad, caridad, celo y un deseo fervoroso de la verdadera caridad.

SUS ACTIVIDADES COMO ARZOBISPO

El Arzobispo convoca un Sínodo y visita todas las parroquias, actuando con mano enérgica y paternal. Envió misioneros al Perú. Encuentra su inspiración en las enseñanzas del Buen Pastor, en San Pablo y en los grandes obispos. Será llamado el «San Bernardo español» por su profundidad teológica sobre la Virgen. Se distinguió por su asistencia a los pobres y enfermos y decía que la cama de un enfermo es como la zarza ardiente de Moisés, en la cual se logra encontrar con Dios y hablar con Él, entre las espinas de incomodidad que lo rodean. La evangelización a los moriscos y la dedicación a la juventud, también acaparó parte de sus energías. La intensa actividad afianzada en su gran erudición, le consagra como uno de los hombres más respetados de su tiempo y modelo del obispo. En Valencia, se mostró como verdadero modelo de buen pastor, sobresaliendo por su caridad, pobreza, prudencia y celo apostólico. Se le reconoce como «El Obispo de los pobres», envió a América los primeros Padres Agustinos que llegaron a México.

SU ORACION MISTICA

Frecuentemente mientras celebraba la Santa Misa o rezaba los Salmos, le sobrevenían los éxtasis y se olvidaba de todo lo que lo rodeaba y sólo pensaba en Dios. En esos momentos el rostro le brillaba intensamente. Predicando en Burgos contra el pecado, tomó en sus manos un crucifijo y levantándolo gritó «¡Pecadores, mírenlo!», y no pudo decir más, porque se quedó en éxtasis, y así estuvo un cuarto de hora, mirando hacia el cielo, contemplando lo sobrenatural. Al volver en sí, dijo a la multitud que estaba maravillada: «Perdonen hermanos por esta distracción. Trataré de enmendarme». En un sermón de la Transfiguración, dijo: «En cuanto a mí me ha sido dado, sin ningún mérito mío, subir con él hasta la santa montaña y contemplar la gracia de su rostro, aunque sólo fuese de lejos, ¡con qué lágrimas, con qué entusiasmo gritaba entonces: Señor, bueno es estar aquí! No permitáis que descienda jamás. No os alejéis, por favor. ¡Que sea así toda mi vida, todos los días de mi vida! ¿Para qué quiero más?» Pero el camino de la perfección no se ha de recorrer al vuelo, sino paso a paso: «Non pervolanda, sed perambulanda est».

ATIENDE A TODOS

Aunque dedicaba muchas horas a rezar y a meditar, su secretario tenía la orden de llamarlo cuando alguna persona necesitara consultarle o pedirle algo. A su palacio arzobispal acudían cada día centenares de pobres a pedir ayuda, y nadie se iba sin recibir algún regalo o algún dinero. Especial cuidado tenía el prelado para ayudar a los niños huérfanos. Y las muchachas pobres de la ciudad, el día de su matrimonio recibía un buen regalo del arzobispo. A quienes lo criticaban por dar demasiadas ayudas incluso a vagos, les decía: «mi primer deber es no negar un favor a quien lo necesita, si en mi poder está el hacerlo. Si abusan de lo que reciben, ellos responderán ante Dios». A los ricos les insistía continua y fuertemente sobre el deber tan grave que cada uno tiene de dar limosnas de todo lo que le sobre, en vez de gastarlo en lujos y cosas inútiles. Decía a la gente: «¿En qué otra cosa puedes gastar mejor tu dinero que en pagar tus pecados, haciendo limosna? Si quieres que Dios oiga tus oraciones, tienes que escuchar la petición de ayuda que te hacen los pobres. Debes anticiparte a repartir ayudas a los que no se atreven a pedir».

Algunos le decían que debía ser más fuerte y lanzar maldiciones contra los que vivían amancebados. Él respondía: «Hago todo lo que me es posible por animarlos a que se pongan en paz con Dios y que no vivan en pecado. Pero nunca quiero emplear métodos agresivos contra nadie». Si oía hablar de otro respondía: «Quizás lo que hizo fue malo, pero probablemente sus intenciones eran buenas».

SU MUERTE

En septiembre de 1555 sufrió una angina de pecho e inflamación de la garganta. Mandó repartir entre los pobres todo el dinero que había en su casa. Hizo que le celebrara la Misa en su habitación, y exclamó: «Que bueno es Nuestro Señor: a cambio de que lo amemos en la tierra, nos regala su cielo para siempre». Y murió cuando tenía 66 años, el 8 de septiembre de 1555. Beatificado en 1618, el Papa Alejandro VII lo canonizó en 1658. Sus restos se conservan en la iglesia catedral de Valencia. Su fiesta se celebra el 10 de Octubre.

(Fuente: jmarti.ciberia.es)

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. III. LA PASCUA DE JESÚS. 8. EL DESCENSO. «Y EN EL ESPÍRITU FUE A HACER SU ANUNCIO TAMBIÉN A LOS ESPÍRITUS QUE ESTABAN PRISIONEROS» (1 P 3,19)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

También hoy nos detenemos en el misterio del Sábado Santo. Es el día del Misterio pascual en el que todo parece inmóvil y silencioso, mientras que en realidad se cumple una invisible acción de salvación: Cristo desciende al reino de los infiernos para llevar el anuncio de la Resurrección a todos aquellos que estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte.

Este evento, que la liturgia y la tradición nos han entregado, representa el gesto más profundo y radical del amor de Dios por la humanidad. De hecho, no basta decir ni creer que Jesús ha muerto por nosotros: es necesario reconocer que la fidelidad de su amor ha querido buscarnos allí donde nosotros mismos nos habíamos perdido, allí donde se puede empujar solo la fuerza de una luz capaz de atravesar el dominio de las tinieblas.

Los infiernos, en la concepción bíblica, no son tanto un lugar, sino una condición existencial: esa condición en la que la vida está debilitada y reinan el dolor, la soledad, la culpa y la separación de Dios y de los demás. Cristo nos alcanza también en este abismo, atravesando las puertas de este reino de tinieblas. Entra, por así decir, en la misma casa de la muerte, para vaciarla, para liberar a los habitantes, tomándoles de la mano uno por uno. Es la humildad de un Dios que no se detiene delante de nuestro pecado, que no se asusta frente al rechazo extremo del ser humano.

El apóstol Pedro, en el breve pasaje de su primera Carta que hemos escuchado, nos dice que Jesús, vivificado en el Espíritu Santo, fue a llevar el anuncio de salvación también «a los espíritus encarcelados» (1 Pe 3,19). Es una de las imágenes más conmovedoras, que no se encuentra desarrollada en los Evangelios canónicos, sino en un texto apócrifo llamado Evangelio de Nicodemo. Según esta tradición, el Hijo de Dios se adentró en las tinieblas más espesas para alcanzar también al último de sus hermanos y hermanas, para llevar también allí abajo su luz. En este gesto está toda la fuerza y la ternura del anuncio pascual: la muerte nunca es la última palabra.

Queridos, este descenso de Cristo no tiene que ver solo con el pasado, sino que toca la vida de cada uno de nosotros. Los infiernos no son solo la condición de quien está muerto, sino también de quien vive la muerte a causa del mal y del pecado. Es también el infierno cotidiano de la soledad, de la vergüenza, del abandono, del cansancio de vivir. Cristo entra en todas estas realidades oscuras para testimoniarnos el amor del Padre. No para juzgar, sino para liberar. No para culpabilizar, sino para salvar. Lo hace sin clamor, de puntillas, como quien entra en una habitación de hospital para ofrecer consuelo y ayuda.

Los Padres de la Iglesia, en páginas de extraordinaria belleza, han descrito este momento como un encuentro: entre Cristo y Adán. Un encuentro que es símbolo de todos los encuentros posibles entre Dios y el hombre. El señor desciende allí donde el hombre se ha escondido por miedo, y lo llama por nombre, lo toma de la mano, lo levanta, lo lleva de nuevo a la luz. Lo hace con plena autoridad, pero también con infinita dulzura, como un padre con el hijo que teme que ya no es amado.

En los iconos orientales de la Resurrección, Cristo es representado mientras derriba las puertas de los infiernos y, extendiendo sus brazos, agarra las muñecas de Adán y Eva. No se salva solo a sí mismo, no vuelve a la vida solo, sino que lleva consigo a toda a la humanidad. Esta es la verdadera gloria del Resucitado: es poder de amor, es solidaridad de un Dios que no quiere salvarse sin nosotros, sino solo con nosotros. Un Dios que no resucita si no es abrazando nuestras miserias y nos levanta de nuevo para una vida nueva.

El Sábado Santo es, por tanto, el día en el que el cielo visita la tierra más en profundidad. Es el tiempo en el que cada rincón de la historia humana es tocado por la luz de la Pascua. Y si Cristo ha podido descender hasta allí, nada puede ser excluido de su redención. Ni siquiera nuestras noches, ni siquiera nuestros pecados más antiguos, ni siquiera nuestros vínculos rotos. No hay pasado tan arruinado, no hay historia tan comprometida que no pueda ser tocada por su misericordia.

Queridos hermanos y hermanas, descender, para Dios, no es una derrota, sino el cumplimiento de su amor. No es un fracaso, sino el camino a través del cual Él muestra que ningún lugar está demasiado lejos, ningún corazón demasiado cerrado, ninguna tumba demasiado sellada para su amor. Esto nos consuela, esto nos sostiene. Y si a veces nos parece tocar el fondo, recordemos: ese es el lugar desde el cual Dios es capaz de comenzar una nueva creación. Una creación hecha de personas que se han vuelto a levantar, de corazones perdonados, de lágrimas secadas. El Sábado Santo es el abrazo silencioso con el que Cristo presenta toda la creación al Padre para volver a colocarla en su diseño de salvación.

Fuente: The Holy See

LA VIRGEN DEL PILAR EN LOS JARDINES VATICANOS: UN RECORRIDO ESPIRITUAL Y ARTÍSTICO

El miércoles, 24 de septiembre, se celebró en los Jardines Vaticanos la bendición de un panel cerámico que representa la aparición a orillas del río Ebro de la Virgen del Pilar al Apóstol Santiago, patrona de la Hispanidad y patrón de España, respectivamente. Esta obra, colocada en el “Bastione Maestro” de los Jardines Vaticanos, se convierte en la representación oficial de España en el Vaticano, donde ya se encuentran otras imágenes marianas pertenecientes a diversas naciones, la mayoría de ellas representando a países de Hispanoamérica.

El acto de inauguración en los Jardines Vaticanos

El acto fue presidido por el cardenal Fernando Vérgez Alzaga, Presidente emérito de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano y contó con la presencia de monseñor Carlos Manuel Escribano Subías, Arzobispo de Zaragoza; la señora Isabel Celaá Diéguez, Embajadora de España ante la Santa Sede; don Juan Sebastián Teruel Pérez, Deán-Presidente del Cabildo de Zaragoza; don Manuel Jesús Formoso Fernández, Deán-Presidente del Cabildo de Santiago de Compostela y fue dirigido por monseñor José Jaime Brosel Gavilá, Rector de la Iglesia Nacional Española de Roma.

Después de las palabras que las autoridades dirigieron a los presentes, a los peregrinos de la diócesis de Zaragoza, a los miembros de la Guardia Civil destinados en la capital italiana; el Arzobispo de Zaragoza y la Embajadora de España descubrieron la imagen de la Virgen del Pilar. Luego, se procedió al rito de bendición, presidido por el cardenal Fernando Vérgez Alzaga. Durante el acto se entonó tanto el “Himno de la Virgen del Pilar” como el “Himno del apóstol Santiago”.

Cardenal Vérgez Alzaga: Un signo de fe y esperanza

El cardenal Fernando Vérgez Alzaga, Presidente emérito de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano señaló que, “esta iniciativa de poner la imagen de las Vírgenes en la Ciudad del Vaticano nació cuando él era Secretario de la Gobernación y en todos estos años faltaba la imagen de una advocación mariana de España”.

“Para mí es un consuelo que la Virgen del Pilar, a la que le tengo una gran devoción, esté aquí en los Jardines Vaticanos porque es un signo de fe y de esperanza a la cual podemos encomendarnos en estos momentos de especial dificultad que vivismo en España y pido también por todo el país”.

Monseñor Brosel: Una iniciativa común de la Iglesia en España

La iniciativa, explicó monseñor José Jaime Brosel Gavilá, Rector de la Iglesia Nacional Española, es un proyecto conjunto de la Conferencia Episcopal Española y la Iglesia de Santa María de Montserrat de los Españoles de Roma (también conocida como Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat).

“Cabe subrayar que, desde el primer momento, los cabildos de las catedrales de Zaragoza y de Santiago de Compostela se han unido a esta iniciativa con un apoyo generoso y comprometido, cuya aportación ha sido fundamental para dar forma y solidez a este proyecto común de la Iglesia en España. Su implicación resulta especialmente significativa, pues la catedral de Zaragoza custodia el Pilar y la memoria de la aparición de la Santísima Virgen al Apóstol Santiago, mientras que la catedral compostelana alberga el sepulcro del patrón de España”.

Monseñor Escribano: María es el pilar de nuestra fe

Por su parte el Arzobispo de Zaragoza manifestó su alegría por haber descubierto el mosaico, y explicó que la imagen “representa el momento de la venida de la Virgen María cuando se aparece al Apóstol Santiago el 2 de enero del año 40”, y esto constituye un momento destacado para la historia de Zaragoza y de España.

“María anima a Santiago, que estaba evangelizando, en un momento de desfallecimiento, pero se siente fortalecido por la presencia de la Madre. Ella deja la columna, y a partir de ahí a María la veneramos como la Virgen del Pilar, el pilar de nuestra fe”.

Características del panel: Arte, devoción e identidad española

Este panel devocional ha sido elaborado por “La Cerámica Valenciana. Sucesores de José Gimeno Martínez, S.L.”, empresa artesana de reconocido prestigio.

Los azulejos han sido elaborados y decorados a mano, siguiendo los modelos de la cerámica valenciana del siglo XVIII.

El retablo mide 140 cm de alto por 90 cm de ancho, y ha sido enmarcado en travertino, el mismo material utilizado en la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

Si bien la patrona de España es la Inmaculada Concepción, esta representación iconográfica ya existe en la gruta de Lourdes que se encuentra en dichos jardines. Por ese motivo se optó por otra advocación mariana que goza de gran tradición en territorio español y en otros muchos países, como es la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. El momento representado permitió incluir al apóstol Santiago, patrón de España.

La composición refleja el modelo iconográfico tradicional de la aparición: la Virgen sobre la columna, el Apóstol Santiago arrodillado como peregrino (con bordón o bastón, esclavina, vieiras, sandalias…), y una vista idealizada de Zaragoza junto al río Ebro. En la parte superior está la inscripción “España”, mientras que en la inferior el título “Nuestra Señora del Pilar”.

La obra incorpora dos guiños históricos: la imagen idealizada de la ciudad de Zaragoza se inspira en la antigua fachada de la Iglesia romana de Santa María de Montserrat de los Españoles; y la inclusión de un buey, símbolo heráldico de la familia Borja (Borgia), a la que pertenecen los dos Papas españoles, Calixto III (1455-1458) y Alejandro VI (1492-1503), ambos actualmente enterrados en dicha Iglesia.

Según la tradición, dicho evento tuvo lugar el día 2 de enero del año 40, a orillas del río Ebro en Zaragoza. Es un acontecimiento que, en el año 2040, cumplirá los dos milenios.

Si deseas ver el vídeo del evento pincha en el siguiente enlace

https://youtu.be/uqFIEpQILLw

Renato Martínez para Vatican News

MIGRANTES Y MAYORES

A principios de octubre, casi en las mismas fechas (el día 5), se celebra la jornada mundial del migrante y del refugiado, y el día del mayor. Mayores y migrantes merecen toda nuestra consideración, respeto y ayuda. Cuando el ser migrante y el ser mayor coinciden en la misma persona los problemas pueden multiplicarse.

Como suele ser habitual el Papa ha escrito un mensaje para la jornada mundial del migrante, bajo el título: “migrantes, misioneros de esperanza”. Comienza notando que hay tres fenómenos que contribuyen a la emigración: la carrera armamentística, la crisis climática y las profundas desigualdades económicas. En efecto, nadie emigra por placer. Los que dejan sus tierras es porque allí su vida y la de su familia corren peligro, bien porque hay guerra, bien porque el ambiente natural se ha vuelto hostil, bien porque no tienen trabajo y, por tanto, no tienen pan. Los que vivimos en lugares más o menos seguros y estables no deberíamos olvidar que la tierra es de todos, porque es del Señor, y el Señor nos la ha dejado todos: “Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella”, dice el Salmo 24.

El Papa relaciona la migración con la esperanza. Porque la valentía y tenacidad de los migrantes son el testimonio heroico de una fe que les da fuerza para desafiar la muerte en las diferentes rutas migratorias contemporáneas. Porque ellos recuerdan a la Iglesia su dimensión peregrina, perpetuamente orientada a alcanzar la patria definitiva, sostenida por una esperanza que es la virtud teologal. Y porque pueden convertirse en misioneros de esperanza en los países que les acogen. No cabe duda de que, en muchos lugares, nuestras Iglesias se han revitalizado y renovado gracias a la presencia de gentes venidas de otros países. Gracias a ellos nuestras Iglesias siguen teniendo gente.

Incluso en muchas de nuestras diócesis, la pastoral sacramental es posible gracias a la presencia de presbíteros venidos de otros países, porque el clero propio de la diócesis ha envejecido y los seminaristas son escasos. Ahora bien, no es por motivos “prácticos” porque los que debemos apreciar y acoger a los migrantes, sino por motivos religiosos: ellos son nuestros hermanos y deben ser tratado como tales. Tampoco conviene olvidar que muchos de nuestros abuelos, en la primera mitad del pasado siglo XX, dejaron España y buscaron en países lejanos pan, tierra y libertad. Quizás deberíamos ver, al menos en algunos emigrantes, a nuestros propios nietos o a nuestros abuelos que vuelven a casa.

¿Y qué decir de la necesidad de cuidar a nuestros mayores? En la debilidad y en la enfermedad, en las personas que sufren, encontramos a Cristo que nos pida ayuda, sufriendo en ellas. Migrantes, personas mayores, cualquier persona necesitada es una llamada que pide una respuesta de amor, respeto, cariño y cercanía.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

UN POSGRADO DE LA UNIVERSITAT DE VIC ABORDARÁ LA SOLEDAD EN LAS PERSONAS MAYORES

La Fundación «la Caixa» ha impulsado un posgrado en Atención a Personas en Situación de Soledad en la Universitat de Vic (UVic-UCC) que aborda la soledad en las personas mayores, informa en un comunicado de este lunes.

Es una formación online y se trata del «primer» programa de estas características en lengua española que aborda la soledad desde una perspectiva global y multidisciplinar.

La doctora en Salud Pública y coordinadora académica del posgrado, Laura Coll, afirma que la soledad «no es tanto un problema de salud como un problema de justicia social porque está desigualmente distribuida».

«Se debe poner más énfasis en las causas estructurales, como la pobreza o los entornos físicos de las ciudades, en los que cada vez hay menos espacios públicos de encuentro», ha añadido.

Por su parte, la coordinadora académica del posgrado, Elena Fernández, cree que sigue estando presente el estigma social de la soledad: «A veces no queremos reconocer nuestra situación por no hacer sufrir a los demás».

La soledad no deseada en mayores se agudiza en verano: su escasa red social se va de vacaciones

 En este sentido, el posgrado está dirigido a profesionales de cualquier ámbito que trabajen con personas mayores: desde profesionales que se ocupan de la intervención directa y directivos de entidades hasta técnicos y directivos de las administraciones públicas.

La dirección técnica corre a cargo del director de la Cátedra de Cuidados Paliativos de la UVic-UCC y director científico del programa para la Atención a Personas con Enfermedades Avanzadas de la Fundación La Caixa, Xavier Gómez; y del director científico del programa de Personas Mayores de la Fundación, Javier Yanguas.

El programa académico ofrece una mirada «profunda» sobre la soledad, estructurada en tres bloques: la parte emocional, con un enfoque interno hacia la persona; las relaciones sociales y la pertenencia a la comunidad; y la soledad existencial.

Retos de la sociedad

Para Laura Coll, la sociedad se enfrenta a dos «retos»: entender quién necesita qué y en qué momento ante la soledad, lo que hace necesaria una conexión entre servicios que permita identificar qué ayuda necesita cada persona y ofrecérsela.

Por otro lado, está la prevención y la promoción de un contexto social en el que las personas se puedan relacionar mejor, y considera que «recuperar esa conexión social con la profundidad que sea necesaria».

Fuente: 65 y MAS

UNA FISIOTERAPEUTA REVELA LA MEJOR POSTURA PARA DORMIR SI QUIERES EVITAR DOLORES DE ESPALDA

Dormir bien no depende solo de cuántas horas pasamos en la cama, sino también de la postura que adoptamos. Así lo recuerda la fisioterapeuta Nuria Márquez, responsable de la Clínica Fisiolé en Móstoles (Madrid), que en un vídeo compartido en la cuenta de TikTok @fisiole.es ha explicado cuál es la posición más recomendable para proteger la espalda y mejorar la calidad del descanso.

«Solo necesitas dos almohadas, una horizontal y otra en vertical. Nos colocamos sobre el lado izquierdo dejando el hombro libre y con la almohada en vertical dejamos nuestro brazo de arriba y nuestra cadera de arriba caer nuestro peso sobre ella. De esta manera mantendrás la alineación de la columna desde la zona cervical hasta la lumbar», señala Márquez.

La especialista insiste en un detalle clave: «Nunca metas el brazo por debajo de la almohada porque si no tu hombro y tus cervicales sufrirán mucho». Según explica, este simple cambio puede marcar la diferencia y lograr que muchas personas se despierten con menos molestias en la zona cervical o lumbar.

Elegir la almohada adecuada también es importante

Además de la postura, la elección de la almohada juega un papel fundamental en la calidad del descanso. En otro de sus vídeos, Márquez ofrece varios consejos prácticos para escoger la más adecuada.

«La altura de la almohada debe ser la distancia que hay entre tu oreja y el final de tu hombro. Esta almohada es la ideal para mí. Como veis me llega desde la oreja hasta el final de mi hombro. Esta sería demasiado alta para mí y esta sería demasiado baja», explica mientras muestra distintos ejemplos.

Entre sus recomendaciones figuran que la almohada distribuya bien el peso, no se deforme con facilidad y sea lavable o transpirable. En cuanto a materiales, sugiere el látex si se busca firmeza e hipoalergenicidad, la viscoelástica si se prefiere suavidad y adaptabilidad, o modelos ergonómicos siempre que se ajusten a la postura de cada persona.

Márquez recuerda también que durante los viajes muchas veces las almohadas de hoteles o apartamentos no se adaptan a nuestras necesidades. Por eso recomienda llevar, siempre que sea posible, la propia almohada: «Si te vas de viaje y puedes, viaja con tu almohada», señala.

Fuente: 65 y MAS

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JERÓNIMO

(Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años )y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, «teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos». Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.

En el año de 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido esclavo de Santa Melania.

Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un cristiano. «¡Mientes!», le replicaron. «Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón». Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el sentimiento. Corno consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales.

«En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto», escribió años más tarde a Santa Eustoquio, «quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma … En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma». De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, rnonótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. «Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos», dijo en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, «como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios». No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los clásicos paganos.

Por aquel entonces, la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusión. El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice: «Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo… Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer». Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno. En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de 382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que «había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas». Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín.

Al mismo tiempo que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, corno el de Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustoquio (28 de septiembre). Pero al morir San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En sus dos años de actuación pública, había causado profunda impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos sarcasmos. Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas «que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos». No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustoquio, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. «Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas … Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas». Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques. «Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo … Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio».

A nadie le puede extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron, a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jerónimo con Santa Paula. Las cosas llegaron a tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta dirigida a Santa Asela. «Saluda a Paula y a Eustoquio, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera», concluye aquella epístola. «Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros». En el mes de agosto del año 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.

Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela gratuita para niños y una hostería, «de manera que», como dijo Santa Paula, «si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos». Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos años en completa paz. «Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones … Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visita.

Pero no por gozar de aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido otros hijos con José. Este y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas. En su respuesta, Jerónimo le dijo: «Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor». Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió: «Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?» Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: «Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas».

Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que «una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera», lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:

… Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove.

(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)

Sin embargo, el afecto de Jerónimo por Rufino debió ceder ante el celo del santo por defender la verdad. Jerónimo, corno escritor, recurría continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse. Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén, había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes. San Agustín fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor que él estaba en posición de comprender suyas eran, necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender el bien y combatir el mal, no tenía el sentido de la moderación. Era fácil que se dejase arrastrar por la cólera o por la indignación, pero también se arrepentía con extraordinaria rapidez de sus exabruptos. Hay una anécdota referente a cierta ocasión en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde aparecía el santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra. «Haces bien en utilizar esa piedra», dijo el Pontífice a la imagen, «porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese canonizado».

Pero sus denuncias, alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que hayan sido, no constituyen la parte más importante de sus actividades. Nada dio tanta fama a San Jerónimo como sus obras críticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia le reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y le tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la explicación y el comentario de la divina palabra. El Papa Clemente VIII no tuvo escrúpulos en afirmar que Jerónimo tuvo la asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de las gentes eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representación de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces y, también sabía el hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre los doctores de la ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignación de los otros doctores de la ley. Pero no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda del cielo para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia indispensables para ser admitido en el santuario de la divina sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo para recibir aquella gracia. Ya vimos que, bajo el patrocinio del Papa San Dámaso, revisó en Roma la antigua versión latina de los Evangelios y los salmos, así como el resto del Nuevo Testamento. La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo, fue la obra que realizó durante sus años de retiro en Belén, a solicitud de todos sus amigos y discípulos más fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba hacer la traducción del original y no de otra versión cualquiera. No comenzó a traducir los libros por orden, sino que se ocupó primero del Libro de los Reyes y siguió con los demás, sin elegirlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo, son los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, el de Baruch y los dos libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los salmos, con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esa segunda versión es la que está incluida en la Vulgata y la que se usa en los oficios divinos. La primera versión, conocida como el Salterio Romano, se usa todavía en el salmo de invitación de los maitines y en todo el misal, así como para los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses. El Concilio de Trento designó a la Vulgata de San Jerónimo, como el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia católica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta versión sobre el texto original u otras versiones en otras lenguas. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jerónimo en la Vulgata ya que, al cabo de quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.

En el año de 404, San Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió de esta manera: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas».

De nuevo, cuando su vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus estudios por una incursión de los bárbaros y, algún tiempo después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a los monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la protección de San Jerónimo, el cual había atacado a Pelagio en sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos y religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, murió Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.

En los últimos años se hicieron muchos progresos en el estudio y la investigación de la vida de San Jerónimo. Es particularmente valioso el volumen Miscellanea Geronimiana, publicado en Roma en 1920, en ocasión de celebrarse el décimo quinto centenario de su muerte. Gran número de ilustres investigadores, corno Duchesne, Batifol, Lanzoni, Zeiller y Bulic, colaboraron en la formación de ese libro con diversos estudios sobre puntos de particular interés en relación con el santo. En 1922, hizo su aparición la mejor de sus modernas biografías, la de F. Cavallara, Saint Jéróme, sa vie et son ceuvre (1922, 2 vols). También se deben consultar las notas críticas M padre Peeters en Analecia Bollandiana, Vol. XLIII, PP. 180-184. En fechas anteriores, tenemos el descubrimiento hecho por G. Morin de los Comentarioli et Tractatus de San Jerónimo sobre los salmos, así como otros hallazgos (ver a Morin en Études, textes, découverts, pp. 17-25). Un artículo muy completo sobre San Jerónimo, escrito por H. Leclercq, aparece en el DAC., vol. vii, ec. 2235-3304, así como otro de J. Forget, en DTC., vol. viii (1924), ce. 894-983. En el siglo dieciocho Vallarsi y los bolandistas (septiembre, vol. viii) escribieron sendas obras minuciosas sobre el santo. Los escritos más antiguos sobre San Jerónimo, a excepción de la crónica de Marcelino (editado por Mominsen en MGH., Auctores Antiquissimi, vol. ii, pp. 47 y ss.), carecen de valor. La correspondencia y las obras de San Jerónimo fueron, son y serán siempre la fuente principal para el estudio de su vida. Ver también a P. Monceaux, en St. Jerome: the early years (1935) ; a J. Duff, en Letters of St. Jerome (1942) ; A. Penna, en S. Girolamo (1949) ; a P. Antin, en Essai sur S. Jeróme (1951) y el Monument to St. Jerome (1952), un ensayo de F. X. Murphy.

Adaptado de «Vidas de los Santos» de Butler, ed. española.

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Las Siervas de los Co

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. III. LA PASCUA DE JESÚS. 6. LA MUERTE. «UN SEPULCRO NUEVO, EN EL QUE NADIE HABÍA SIDO DEPOSITADO AÚN» (JN 19,40-41)

En nuestro camino de las catequesis sobre Jesús esperanza nuestra, hoy contemplamos el misterio del Sábado Santo. El Hijo de Dios yace en la tumba. Pero esta su “ausencia” no es un vacío: es espera, plenitud contenida, promesa custodiada en la oscuridad. Es el día del gran silencio, en el que el cielo parece mudo y la tierra inmóvil, pero es justamente allí que se cumple el misterio más profundo de la fe cristiana. Es un silencio grávido de sentido, como el vientre de una madre que custodia al hijo todavía no nacido, pero ya vivo.

El cuerpo de Jesús, bajado de la cruz, fue envuelto con cuidado, como se hace con aquello que es valioso.  El evangelista Juan nos dice que fue sepultado en un jardín, dentro «una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado» (Jn 19,41). Nada es dejado a la casualidad. Aquel jardín recuerda al Edén perdido, el lugar en el que Dios y el hombre estaban unidos. Y aquella tumba nunca antes usada habla de algo que todavía debe suceder: es un umbral, no un final. En el inicio de la creación Dios había plantado un jardín, ahora también la nueva creación toma forma en un jardín: con una tumba cerrada que pronto se abrirá

El Sábado Santo es también un día de descanso. Según la ley judía, el séptimo día no se debe trabajar: de hecho, luego de seis días de creación, Dios descansó (cfr Gen 2,2). Ahora, también el Hijo, luego de haber completado su obra de salvación, descansa. No porque está cansado, sino porque ha concluido su trabajo. No porque se ha rendido, sino porque ha amado hasta el final. No hay nada más que agregar. Este descanso es el sello de la obra cumplida, es la confirmación de aquello que tenía que hacerse y que ha sido completado. Es un descanso lleno de la presencia oculta del Señor.

Fatigamos en detenernos y descansar. Vivimos como si la vida nunca fuese suficiente. Corremos por producir, por demostrar, por no perder terreno. Pero el Evangelio nos enseña que saber detenerse es un gesto de confianza que tenemos que aprender a cumplir. El Sábado Santo nos invita a descubrir que la vida no depende siempre de aquello que hacemos, sino también de cómo sabemos desistir de cuanto hemos podido hacer.

En el sepulcro, Jesús, la Palabra viviente del Padre, calla. Pero es justamente en aquel silencio que la vida nueva inicia a fermentar. Como una semilla en la tierra, como la oscuridad antes del amanecer. Dios no tiene miedo del tiempo que pasa, porque es Señor también de la espera. Así, también nuestro tiempo “no útil”, aquel de las pausas, de los vacíos, de los momentos estériles, puede convertirse en vientre de resurrección. Todo silencio acogido puede ser la premisa de una Palabra nueva. Todo tiempo detenido puede convertirse en tiempo de gracia, si lo ofrecemos a Dios.

Jesús, sepultado en la tierra, es el rostro mansueto de un Dios que no ocupa todo el espacio. Es el Dios que deja hacer, que espera, que se retira para dejarnos la libertad. Es el Dios que se fía, también cuando todo parece terminado. Y nosotros, en ese sábado detenido, aprendemos que no tenemos que tener prisa de resurgir: más es necesario descansar, acoger el silencio, dejarse abrazar por el límite. A veces buscamos respuestas rápidas, soluciones inmediatas. Pero Dios trabaja en lo profundo, en el tiempo lento de la confianza. El sábado de la sepultura se convierte así en las entrañas de las que pueden brotar las fuerzas de una luz invencible, aquella de la Pascua.

Queridos amigos, la esperanza cristiana no nace en el ruido, sino en el silencio de una espera habitada por el amor. No es hija de la euforia, sino de un confiado abandono. Nos lo enseña la virgen María: ella encarna esta espera, esta esperanza. Cuando nos parezca que todo está detenido, que la vida es un camino interrumpido, acordémonos del Sábado Santo. También en la tumba, Dios está preparando la sorpresa más grande. Y si sabemos acoger con gratitud aquello acontecido, descubriremos que, justamente en la pequeñez, y en el silencio, Dios ama transfigurar la realidad haciendo nuevas todas las cosas con la fidelidad de su amor. La verdadera alegría nace de la espera habitada, de la fe paciente, de la esperanza que cuanto ha vivido en el amor, ciertamente, resurgirá a la vida eterna.

LOS TRES ARCÁNGELES: MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL

Los tres arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael se cuentan entre las figuras angélicas más importantes del cristianismo y son celebrados por su papel único en el plan divino. Mencionados en la Biblia y venerados por la Iglesia católica, estos arcángeles son mensajeros y agentes de Dios que llevan a cabo misiones específicas de protección, anuncio de planes divinos y curación. Su fiesta se celebra conjuntamente el 29 de septiembre, durante la Fiesta de los Arcángeles. Este texto explora en profundidad el papel de cada uno de estos arcángeles, su significado espiritual y su importancia en la fe cristiana.

1.- Los arcángeles, los mensajeros y los agentes de Dios

San Miguel Arcángel: el defensor celestial

San Miguel Arcángel es el más conocido de los tres arcángeles. Su nombre significa «Quien es como Dios», una afirmación que subraya su papel como defensor de la causa divina contra las fuerzas del mal. A menudo se le representa en el arte religioso como un guerrero con espada y escudo, de pie sobre un dragón o demonio, simbolizando la victoria del bien sobre el mal.

a) El papel bíblico de San Miguel

En la Biblia, San Miguel se menciona principalmente en tres pasajes importantes. En el Libro de Daniel (Daniel 10:13, 21 y 12:1), se le describe como el defensor del pueblo de Israel contra las fuerzas del mal. Luego, en la Epístola de Judas (Judas 1:9), se ve a Miguel disputando el cuerpo de Moisés contra el diablo, lo que ilustra su papel de protector de las almas. Por último, en el libro del Apocalipsis (Apocalipsis 12:7-9), Miguel dirige a los ejércitos celestiales en la batalla contra el dragón, que representa a Satanás, y sus ángeles caídos, expulsándolos del cielo. Este pasaje del Apocalipsis es fundamental para comprender el papel de San Miguel como jefe de los ejércitos celestiales y defensor de la fe contra el mal.

b) San Miguel y la protección espiritual

San Miguel es el protector por excelencia contra las fuerzas del mal. En la tradición cristiana, se le invoca por su capacidad para repeler los ataques demoníacos y proteger a las almas de la tentación. Los fieles recitan la oración de San Miguel para obtener su protección en momentos de peligro o dificultad espiritual. El Papa León XIII fomentó esta oración a finales del siglo XIX, tras una visión profética de la batalla espiritual a la que se enfrentaba la Iglesia.

Miguel es también el patrón de los soldados, los policías y los socorristas, grupos que acuden a él en busca de protección y fuerza. Como jefe de los ejércitos celestiales, simboliza la justicia divina y el triunfo de la luz sobre las tinieblas.

San Gabriel Arcángel: el mensajero de Dios

San Gabriel, cuyo nombre significa «Dios es mi fuerza», es conocido como el gran mensajero de Dios. En las Escrituras, Gabriel es el enviado para anunciar los acontecimientos cruciales relacionados con el cumplimiento del plan de salvación. A diferencia de Miguel, que es un arcángel guerrero, Gabriel es representado a menudo como portador de noticias divinas, símbolo de comunicación y revelación.

a) El papel bíblico de San Gabriel

Gabriel aparece en varios momentos clave de la historia bíblica. Su papel más famoso es el de la Anunciación a la Virgen María en el Evangelio según San Lucas (Lc 1,26-38). Fue Gabriel quien reveló a María que había sido elegida por Dios para ser la madre del Salvador, Jesucristo.

Este acontecimiento marca un giro decisivo en la historia de la salvación, pues anuncia la encarnación del Hijo de Dios.

Antes de esto, Gabriel también se aparece a Zacarías para anunciar el nacimiento de Juan el Bautista, que precederá y preparará la venida del Mesías (Lucas 1:11-20). Estos dos anuncios muestran el papel único de Gabriel como mensajero de las noticias de Dios, trayendo esperanza y bendiciones divinas.

En el Libro de Daniel (Daniel 8:16, 9:21), Gabriel es enviado para explicar visiones y profecías al profeta Daniel, trayendo comprensión de la voluntad de Dios.

b) San Gabriel y la comunicación divina

A menudo rezan a Gabriel aquellos que buscan comprender mejor la voluntad de Dios en sus vidas o que necesitan recibir claridad en momentos de duda. Es el patrón de los comunicadores, diplomáticos, carteros y medios de comunicación. Su papel de portador de buenas noticias le convierte en intercesor de todos aquellos que desean que la verdad de Dios se revele en sus vidas.

Como mensajero celestial, San Gabriel recuerda a los fieles que Dios siempre actúa en el mundo y comunica sus planes y propósitos a través de mensajeros celestiales o terrenales.

San Rafael Arcángel: el divino sanador

San Rafael, cuyo nombre significa «Dios sana», es el arcángel de la curación y de los viajes. Su papel está particularmente detallado en el Libro de Tobías del Antiguo Testamento, donde desempeña el papel de guía, sanador y protector.

a) El papel bíblico de San Rafael

Rafael es más conocido por su papel en el Libro de Tobías (Tobías 5-12), donde aparece en forma humana para ayudar a Tobías en una difícil misión. Durante el viaje, Rafael le protege del peligro, cura la ceguera de su padre Tobit y le ayuda a expulsar a un demonio que afligía a Sara, la futura esposa de Tobit. Al final de la historia, Rafael revela su verdadera identidad y explica que ha sido enviado por Dios para llevar a cabo esta misión de curación y protección.

Rafael es, por tanto, un ángel que actúa directamente para la curación física, emocional y espiritual. También se destaca su papel de guía, ya que conduce a Tobías en su viaje, ofreciéndole protección y consejo a cada paso.

b) San Rafael y la curación espiritual y física

Rafael es invocado por quienes buscan curación, ya sea para una enfermedad física o para heridas espirituales. Como patrón de médicos, curanderos y ciegos, se le considera un poderoso intercesor para todo tipo de curaciones. También se invoca a Rafael para obtener protección en los viajes, tanto físicos como espirituales.

Su misión en el Libro de Tobías muestra que actúa a la vez como médico divino y como fiel compañero de quienes atraviesan momentos de dificultad o transición en sus vidas.

2.-El papel de los arcángeles en la fe cristiana

Los tres arcángeles desempeñan un papel único y complementario en la fe cristiana. Cada uno refleja un aspecto de la relación entre Dios y la humanidad: Miguel encarna la protección contra el mal, Gabriel anuncia los planes divinos y Rafael cura y guía a las almas en apuros. Juntos, muestran cómo Dios se sirve de sus mensajeros celestiales para cumplir su voluntad y apoyar a los fieles en su camino espiritual.

a) Los arcángeles como protectores e intercesores

En la tradición cristiana, los arcángeles son vistos como protectores activos que intervienen en la vida de los creyentes. San Miguel es invocado en las oraciones de protección contra las fuerzas del mal. Es el que lucha por las almas de los fieles, protegiéndolas de la tentación y las influencias negativas. Gabriel, por su parte, es el intercesor de quienes buscan guía espiritual, mientras que a Rafael se le reza por la curación y la paz interior.

b) Mensajeros de la voluntad divina

Los ángeles no son meras figuras pasivas, sino agentes activos de la voluntad divina. Su papel es transmitir los mensajes de Dios y actuar en el mundo para llevar a cabo sus propósitos. Todo creyente puede invocar a estos arcángeles para que le ayuden e intercedan en momentos de necesidad, con la seguridad de que siempre actúan de acuerdo con la voluntad de Dios.

Conclusión

Los tres arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, ocupan un lugar central en la fe cristiana. Cada uno representa un aspecto de la misión divina: protección, comunicación y curación. Juntos, recuerdan a los creyentes que Dios está presente y activo en sus vidas, enviando a sus mensajeros celestiales para guiarles, protegerles y curarles. Su papel y su importancia van mucho más allá de las meras figuras espirituales; son amigos y aliados en la búsqueda de la salvación, siempre dispuestos a intervenir en favor de quienes los invocan con fe y confianza.

Salvadores.

Fuente: El Blog Cristiano la tienda de Lourdes