FIN DE CURSO DE SEVILLA EN LA ALDEA DEL ROCÍO

El pasado miércoles 18 de junio de 2025, nos trasladamos, por deseo expreso de varios grupos de Vida Ascendente a la Aldea de El Rocío para postrarnos ante ella y pedir mucha salud para todos. Éramos unas 80 personas. Durante el camino rezamos el Rosario de la Pastora y cantamos. Llegamos al Rocío con tiempo para celebrar la Eucaristía en la Ermita programada para las 13 horas. La Virgen estaba preciosa vestida de un blanco dorado y, todavía estaba en las Andas de Salida, pues la Romería acabó el pasado día 16 Lunes de Pentecostés.

La Eucaristía fue concelebrada por cuatro sacerdotes Don Manuel Martínez Alaminos,  Consiliario de Vida Ascendente de nuestra Diócesis; Don Manuel Mateo Fraile alma mater de Vida Ascendente; Don Juan José González González, titular de la Parroquia de San Gonzalo y Don Pedro José Rodríguez Molina, titular de la Parroquia de Nuestra Seora de Gracia de Camas (Sevilla) Tras el Evangelio (Mt 6,1-6, 16-18) Don Manuel Martínez resalto tres puntos en la homilía:

  • La esperanza como la alegría del corazón, que debe acompañarnos a las personas de Vida Ascendente, porque Dios está con nosotros. Esta alegría debe ser retenida en nuestro interior como un tesoro y transmitida a los más cercanos para que también participen de ella.
  • María, nuestra madre. Venimos a darle gracias porque nos sentimos cuidado por ella y nos muestra el camino hacia su Hijo. Es ejemplo y enseñanza para nuestra vida.
  • Seguimos construyendo el proyecto de Dios y eso nos debe de llenar de confianza y optimismo en las dificultades.

Al término de la Eucaristía, nuestro Presidente Don Manuel Montero, tras  unas palabras emotivas le hizo entrega a Don Manuel Mateo Fraile, de una placa conmemorativa, por sus 65 años de Sacerdocio que cumplió al día siguiente el jueves 19 de junio.

Tras hacernos la foto de grupo, nos trasladamos al Restaurante Toruño del El Rocío, para estrechar lazos de amistad entre nosotros y degustamos una rica comida.

Después de despedirnos de la Santísima Virgen, regresamos a Sevilla llenos de amor; Unión; Esperanza y Amistad y, pidiéndole a Ella que nunca nos abandone.

FIN DE CURSO EN CORIA CÁCERES

Hemos tenido un curso muy intenso y el final ha sido el mejor colofón.

Hemos tenido el privilegio y honor de contar con la presencia de nuestros queridos, presidente nacional, Jaime Tamariz y la secretaria Mercedes Montoya.

Comenzamos con la asamblea para evaluar el curso. Leímos el programa que hicimos al principio y un resumen de lo realizado y de los objetivos no alcanzados.

A continuación Jaime hizo una magistral intervención de “El mayor y la Evangelización” acompañado de un PowerPoint de imágenes ilustrativa que hacía que todo calara con facilidad y deleite.

Luego Mercedes hizo una interactuación para que se presentaran los miembros de los distintos grupos y terminar hablándonos de la espiritualidad y la oración. Con su talante sencillo que inmediatamente se metió a todos en el bolsillo. Y fue causa para que nuestro Consiliario dijera: “Tenemos unos dirigentes nacionales excepcionales”.

Sin movernos del sitio, por los 40º de temperatura que teníamos, tuvimos la Eucaristía de acción de gracias, donde presentamos al Señor nuestros sueños y proyectos, éxitos y fracasos, cansancios y fatigas. Buscando en Él nuestro descanso. Él que no nos juzga, porque nos conoce y a pesar de todo nos llama y nos espera. Le llevamos todo lo vivido en este curso, con la alegría de nuestros nietos, el amor de nuestros hijos y la serenidad de nuestros años a decirle ¡Gracias, Señor! Si quieres puedes contar con nosotros para el próximo curso.

En la homilía nuestro Consiliario nos sorprendió con dos sencillas y profundas ideas relacionadas con el Movimiento la primera y en relación al Evangelio del día la segunda,  decía que la parroquia es una comunidad de comunidades, donde si echamos un azucarillo es como si lo echamos en un cubo grande de agua, no se aprecia la dulzura, pero si un azucarillo lo ponemos en un vasito, sí que se endulza. Así florecen los grupos de Vida Ascendente en las parroquias. La segunda idea es: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” No le podremos amar afectivamente, pero sí efectivamente, sin odio, ni rencor y pidiendo por él.

Al final compartimos una comida con alegría y hermandad.

EL SANTO DE LA SEMANA: SANTO TOMÁS APÓSTOL

La tradición antigua dice que Santo Tomás Apóstol fue martirizado en la India el 3 de julio del año 72. Parece que en los últimos años de su vida estuvo evangelizando en Persia y en la India, y que allí sufrió el martirio.

De este apóstol narra el santo evangelio tres episodios.

El primero sucede cuando Jesús se dirige por última vez a Jerusalén, donde según lo anunciado, será atormentado y lo matarán. En este momento los discípulos sienten un impresionante temor acerca de los graves sucesos que pueden suceder y dicen a Jesús: «Los judíos quieren matarte y ¿vuelves allá?. Y es entonces cuando interviene Tomás, llamado Dídimo (en este tiempo muchas personas de Israel tenían dos nombres: uno en hebreo y otro en griego. Así por ej. Pedro en griego y Cefás en hebreo). Tomás, es nombre hebreo. En griego se dice «Dídimo», que significa lo mismo: el gemelo.

Cuenta San Juan (Jn. 11,16) «Tomás, llamado Dídimo, dijo a los demás: Vayamos también nosotros y muramos con Él». Aquí el apóstol demuestra su admirable valor. Un escritor llegó a decir que en esto Tomás no demostró solamente «una fe esperanzada, sino una desesperación leal». O sea: él estaba seguro de una cosa: sucediera lo que sucediera, por grave y terrible que fuera, no quería abandonar a Jesús. El valor no significa no tener temor. Si no experimentáramos miedo y temor, resultaría muy fácil hacer cualquier heroísmo. El verdadero valor se demuestra cuando se está seguro de que puede suceder lo peor, sentirse lleno de temores y terrores y sin embargo arriesgarse a hacer lo que se tiene que hacer. Y eso fue lo que hizo Tomás aquel día. Nadie tiene porque sentirse avergonzado de tener miedo y pavor, pero lo que sí nos debe avergonzar totalmente es el que a causa del temor dejemos de hacer lo que la conciencia nos dice que sí debemos hacer, Santo Tomás nos sirva de ejemplo.

La segunda intervención: sucedió en la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles: «A donde Yo voy, ya sabéis el camino». Y Tomás le respondió: «Señor: no sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn. 14, 15). Los apóstoles no lograban entender el camino por el cual debía transitar Jesús, porque ese camino era el de la Cruz. En ese momento ellos eran incapaces de comprender esto tan doloroso. Y entre los apóstoles había uno que jamás podía decir que entendía algo que no lograba comprender. Ese hombre era Tomás. Era demasiado sincero, y tomaba las cosas muy en serio, para decir externamente aquello que su interior no aceptaba. Tenía que estar seguro. De manera que le expresó a Jesús sus dudas y su incapacidad para entender aquello que Él les estaba diciendo.

Admirable respuesta:

Y lo maravilloso es que la pregunta de un hombre que dudaba obtuvo una de las respuestas más formidables del Hijo de Dios. Uno de las más importantes afirmaciones que hizo Jesús en toda su vida. Nadie en la religión debe avergonzarse de preguntar y buscar respuestas acerca de aquello que no entiende, porque hay una verdad sorprendente y bendita: todo el que busca encuentra.

Le dijo Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» Ciertos santos como por ejemplo el Padre Alberione, Fundador de los Padres Paulinos, eligieron esta frase para meditarla todos los días de su vida. Porque es demasiado importante como para que se nos pueda olvidar. Esta hermosa frase nos admira y nos emociona a nosotros, pero mucho más debió impresionar a los que la escucharon por primera vez.

En esta respuesta Jesús habla de tres cosas supremamente importantes para todo israelita: el Camino, la Verdad y la Vida. Para ellos el encontrar el verdadero camino para llegar a la santidad, y lograr tener la verdad y conseguir la vida verdadera, eran cosas extraordinariamente importantes.

En sus viajes por el desierto sabían muy bien que si equivocaban el camino estaban irremediablemente perdidos, pero que si lograban viajar por el camino seguro, llegarían a su destino. Pero Jesús no sólo anuncia que les mostrará a sus discípulos cuál es el camino a seguir, sino que declara que Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida.

Notable diferencia: Si le preguntamos al alguien que sabe muy bien: ¿Dónde queda el hospital principal? Puede decirnos: siga 200 metros hacia el norte y 300 hacia occidente y luego suba 15 metros… Quizás logremos llegar. Quizás no. Pero si en vez de darnos eso respuesta nos dice: «Sígame, que yo voy para allá», entonces sí que vamos a llegar con toda seguridad. Es lo que hizo Jesús: No sólo nos dijo cual era el camino para llegar a la Eterna Feliz, sino que afirma solemnemente: «Yo voy para allá, síganme, que yo soy el Camino para llegar con toda seguridad». Y añade: Nadie viene al Padre sino por Mí: «O sea: que para no equivocarnos, lo mejor será siempre ser amigos de Jesús y seguir sus santos ejemplos y obedecer sus mandatos. Ese será nuestro camino, y la Verdad nos conseguirá la Vida Eterna».

El hecho más famoso de Tomás

Los creyentes recordamos siempre al apóstol Santo Tomás por su famosa duda acerca de Jesús resucitado y su admirable profesión de fe cuando vio a Cristo glorioso.

Dice San Juan (Jn. 20, 24) «En la primera aparición de Jesús resucitado a sus apóstoles no estaba con ellos Tomás. Los discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». El les contestó: «si no veo en sus manos los agujeros de los clavos, y si no meto mis dedos en los agujeros sus clavos, y no meto mi mano en la herida de su constado, no creeré». Ocho días después estaban los discípulos reunidos y Tomás con ellos. Se presento Jesús y dijo a Tomás: «Acerca tu dedo: aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en la herida de mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Jesús le dijo: «Has creído porque me has visto. Dichosos los que creen sin ver».

Parece que Tomás era pesimista por naturaleza. No le cabía la menor duda de que amaba a Jesús y se sentía muy apesadumbrado por su pasión y muerte. Quizás porque quería sufrir a solas la inmensa pena que experimentaba por la muerte de su amigo, se había retirado por un poco de tiempo del grupo. De manera que cuando Jesús se apareció la primera vez, Tomás no estaba con los demás apóstoles. Y cuando los otros le contaron que el Señor había resucitado, aquella noticia le pareció demasiado hermosa para que fuera cierta.

Tomás cometió un error al apartarse del grupo. Nadie está pero informado que el que está ausente. Separarse del grupo de los creyentes es exponerse a graves fallas y dudas de fe. Pero él tenía una gran cualidad: se negaba a creer sin más ni más, sin estar convencido, y a decir que sí creía, lo que en realidad no creía. El no apagaba las dudas diciendo que no quería tratar de ese tema. No, nunca iba a recitar el credo un loro. No era de esos que repiten maquinalmente lo que jamás han pensado y en lo que no creen. Quería estar seguro de su fe.

Y Tomás tenía otra virtud: que cuando se convencía de sus creencias las seguía hasta el final, con todas sus consecuencias. Por eso hizo es bellísima profesión de fe «Señor mío y Dios mío», y por eso se fue después a propagar el evangelio, hasta morir martirizado por proclamar su fe en Jesucristo resucitado. Preciosas dudas de Tomás que obtuvieron de Jesús aquella bella noticia: «Dichosos serán los que crean sin ver».

(Fuente: EWTN)

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. II. LA VIDA DE JESÚS. LAS CURACIONES 11. LA MUJER HEMORROÍSA Y LA HIJA DE JAIRO. «NO TEMAS, SOLO TEN FE» (MC 5,36)

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy también meditamos sobre las curaciones de Jesús como señal de esperanza. En Él hay una fuerza que nosotros también podemos experimentar cuando entramos en relación con su Persona.

Una enfermedad muy difundida en nuestro tiempo es el cansancio de vivir: la realidad nos parece demasiado compleja, pesada, difícil de afrontar. Y entonces nos apagamos, nos adormecemos, con la ilusión que al despertarnos las cosas serán diferentes. Pero la realidad va afrontada, y junto con Jesús podemos hacerlo bien. A veces nos sentimos bloqueados por el juicio de aquellos que pretenden colocar etiquetas a los demás.

Me parece que estas situaciones puedan cotejarse con un pasaje del Evangelio de Marcos, donde se entrelazan dos historias: aquella de una niña de doce años, que yace en su lecho enferma a punto de morir; y aquella de una mujer, que, precisamente desde hace doce años, tiene perdidas de sangre y busca a Jesús para sanarse (cfr Mc 5,21-43).

Entre estas dos figuras femeninas, el evangelista coloca al personaje del padre de la muchacha: él no se queda en casa lamentándose por la enfermedad de la hija, sino sale y pide ayuda. Si bien sea el jefe de la sinagoga, no pone pretensiones argumentando su posición social. Cuando hay que esperar no pierde la paciencia y espera. Y cuando le vienen a decir que su hija ha muerto y es inútil disturbar al Maestro, él sigue teniendo fe y continúa esperando.

El coloquio de este padre con Jesús es interrumpido por la mujer que padecía flujo de sangre, que logra acercarse a Jesús y tocar su manto (v. 27). Con gran valentía esta mujer ha tomado la decisión que cambia su vida: todos seguían diciéndole que permanezca a distancia, que no se deje ver. La habían condenado a quedarse escondida y aislada.  A veces también nosotros podemos ser víctimas del juicio de los demás, que pretenden colocarnos un vestido que no es el nuestro. Y entonces estamos mal y no logramos salir de eso.

Aquella mujer emboca el camino de la salvación cuando germina en ella la fe que Jesús puede sanarla: entonces encuentra la fuerza para salir e ir a buscarlo. Al menos quiere llegar a tocar sus vestidos.

Alrededor de Jesús había una muchedumbre, muchas personas lo tocaban, pero a ellos no les pasó nada. En cambio, cuando esta mujer toca a Jesús, se sana. ¿Dónde está la diferencia? Comentando este punto del texto, San Agustín dice – en nombre de Jesús –: «La multitud apretuja, la fe toca» (Sermones 243, 2, 2). Y así: cada vez que realizamos un acto de fe dirigido a Jesús, se establece un contacto con Él e inmediatamente su gracia sale de Él. A veces no nos damos cuenta, pero de una forma secreta y real la gracia nos alcanza y lentamente trasforma la vida desde dentro.

Quizás también hoy tantas personas se acercan a Jesús de manera superficial, sin creer de verdad en su potencia. ¡Caminamos la superficie de nuestra iglesia, pero quizás el corazón está en otra parte! Esta mujer, silenciosa y anónima, derrota a sus temores, tocando el corazón de Jesús con sus manos consideradas impuras a causa de la enfermedad. Y he aquí que inmediatamente se siente curada. Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Mc 5,34).

Mientras tanto, llevaron a aquel padre la noticia que su hija había muerto. Jesús le dice: «¡No temas, basta que creas!» (v. 36). Luego fue a su casa y, viendo que todos lloraban y gritaban, dijo: «La niña no está muerta, sino que duerme» (v. 39). Luego entra donde está la niña, le toma la mano y le dice: «Talitá kum», “¡Niña, levántate!”. La muchacha se levanta y se pone a caminar (cfr vv. 41-42). Aquel gesto de Jesús nos muestra que Él no solo sana toda enfermedad, sino que también despierta de la muerte. Para Dios, que es Vida eterna, la muerte del cuerpo es como un sueño. La muerte verdadera es aquella del alma: ¡de esta debemos tener miedo!

Un último detalle: Jesús, luego de haber resucitado a la niña, dice a los padres que le den de comer (cfr v. 43). Esta es otra señal muy concreta de la cercanía de Jesús a nuestra humanidad. Podemos también entenderlo en sentido más profundo y preguntarnos: ¿cuándo nuestros muchachos se encuentran en crisis y tienen necesidad de nutrición espiritual, sabemos dársela? ¿Y cómo podemos hacerlo si nosotros mismos no nos nutrimos del Evangelio?

Queridos hermanos y hermanas, en la vida hay momentos de desilusión y de desánimo, y hay también la experiencia de la muerte. Aprendamos de aquella mujer, de aquel padre: vamos hacia Jesús: Él puede sanarnos, puede hacernos renacer. ¡Jesús es nuestra esperanza!

 Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los sacerdotes y seminaristas provenientes de España, México, Puerto Rico, Ecuador, Colombia, El Salvador, Venezuela. En la vida hay momentos de desilusión, de desaliento e incluso de muerte. Aprendamos de aquella mujer y de aquel padre: vayamos a Jesús. Él puede sanarnos, puede devolvernos la vida. ¡Él es nuestra esperanza! Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy meditamos sobre las curaciones que Jesús realizó como signo de esperanza. El Evangelio que hemos escuchado nos presenta dos historias: la de una mujer enferma desde hace doce años y la de una niña que está por morir.

La mujer, considerada impura y condenada al aislamiento, se atreve a acercarse a Jesús en silencio, convencida de que basta tocar su manto para sanar. Aunque muchos tocaban a Cristo entre la muchedumbre, sólo ella fue curada. ¿Por qué? Porque lo tocó con fe. Quizás también hoy muchos se acercan a Jesús de manera superficial. Entramos en nuestras iglesias, pero nuestro corazón se queda afuera. Esta mujer, silenciosa y anónima, venció sus miedos y tocó el corazón de Jesús con manos que todos juzgaban impuras. Y el Señor la sanó a causa de su fe.

El padre de la niña tampoco se rinde ante la noticia de la muerte. Jesús le dice: «No temas, sólo ten fe». Entra en la casa, toma a la niña de la mano y la vida vuelve. Es inmensa la fuerza de una fe sincera, que toca a Jesús con confianza —aun desde la debilidad— porque deja que sus benditas manos actúen. Cuando la fe es verdadera, se confirma nuestra esperanza. La gracia de Cristo actúa y nos es devuelta la vida.

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EL CORAZÓN DE JESÚS HABLA DE CARNE HUMANA

La última encíclica que nos dejó el Papa Francisco está dedicada al Sagrado Corazón de Jesús. Una de las cosas que allí se dicen es que la imagen del Corazón de Jesús nos habla de un Dios que ha querido compartir nuestra condición histórica y nuestro camino terreno. El Corazón de Jesús nos recuerda su amor íntegramente humano, sus sufrimientos humanos, su afectividad humana.

En los evangelios aparece muy bien reflejada esta afectividad humana del Señor. Jesús tuvo compasión de la multitud fatigada y abatida, lloró ante la tumba de Lázaro, amaba mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro, trata a sus discípulos como amigos, conversa con cariño con la samaritana, se deja lavar los pies por una prostituta, cuando curaba a alguien lo tocaba con la mano, le tocaba los ojos, o lo tocaba con su propia saliva. A la vista de estos hechos, comenta la encíclica: “el Señor sabe la bella ciencia de las caricias. La ternura de Dios no nos ama de palabra; El se aproxima y estándonos cerca nos da su amor con toda su ternura posible”. Más aún, “cuando parece que todos nos ignoran, que a nadie le interesa lo que nos pasa, que no tenemos importancia para nadie, él nos está prestando atención”.

A darnos cuenta de su amor humano y de la importancia de la humanidad de Cristo nos ayuda la imagen de su corazón de carne. Su humanidad hace posible que nos comprenda, que comprenda nuestras debilidades y tentaciones, nuestros fallos y nuestros errores, nuestro pecado también. Y hace posible su cercanía a nosotros. Solo por medio de realidades que estén a nuestro nivel y a nuestro alcance, solo por medio de la humanidad de Cristo, podemos acercarnos a Dios, tocarle, besarle, tratarle de tú a tú, y vivir un encuentro de amor verdaderamente mutuo.

En suma, entrando en el Corazón de Cristo, nos sentimos amados por un corazón humano, lleno de afectos y sentimientos como los nuestros. Su voluntad humana quiere libremente amarnos y ese querer espiritual está plenamente iluminado por la gracia y la caridad. Llegando a lo más íntimo de ese Corazón, nos inunda la gloria inconmensurable de su amor infinito como Hijo eterno que ya no podemos separar de su amor humano. Precisamente en su amor humano, y no apartándonos de él, encontramos su amor divino; encontramos “lo infinito en lo finito”.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

 

 

CARTA DE PRESENTACIÓN DEL NUEVO CONSILIARIO GENERAL D. FACUNDO LÓPEZ SANJUÁN

Queridos hermanos y hermanas de Vida Ascendente:

Dice la Escritura que cuando el profeta Jeremías recibió  la llamada alegó sus limitaciones para eludirla. Pero Dios mismo lo animó a acoger confiadamente esa tarea: “—No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte —oráculo del Señor—“ (Jer 1,7-8). Me viene a la cabeza ahora este pasaje para poner mi confianza en el Dios que nos llama a pesar de nuestras limitaciones y nos capacita para la misión encomendada. Pongo este ministerio en las manos de la Virgen María y os pido que me acompañéis con vuestra oración.

Ante todo quiero dar las gracias a la Comisión Nacional de Vida Ascendente por su confianza en mi persona al proponer mi nombramiento como Consiliario General. En mi diálogo con Jaime Tamarit y otros miembros de la misma expuse francamente mis dificultades pero aún así me expresaron su lealtad, su amistad y cercanía. Quiero desde aquí manifestarles mi compromiso y mi deseo de colaborar lealmente con todos ellos para el crecimiento de Vida Ascendente en toda España. Entiendo mi tarea como una prolongación de las huellas de los anteriores consiliarios generales, y especialmente de nuestro querido Nacho Figueroa, del que tanto hemos aprendido.

Quiero manifestaros a todos, especialmente a los Consiliarios Diocesanos, mi fraternidad y disponibilidad personal para serviros en cuanto necesitéis de mi persona. Me gustaría que caminasemos todos juntos en la tarea de acompañar, servir, estimular y promover a nuestros grupos de jubilados y mayores de Vida Ascendente. En mí podréis encontrar un amigo que sabe de vuestras ilusiones y de vuestras dificultades y que solo quiere acompañaros y animaros en la hermosa tarea de la pastoral con las personas mayores. En vosotros quiero encontrar hermanos dispuestos a colaborar codo con codo, todos unidos, en esta tarea. Poco a poco nos iremos conociendo en diversos encuentros y jornadas.

Mi saludo fraterno también a todos los miembros, hombres y mujeres, de nuestro movimiento en todas nuestras diócesis, a los distintos presidentes diocesanos, comisiones diocesanas e interdiocesanas, a los animadores y a los consiliarios de cada grupo. Os aseguro a todos mi estima y mi oración para que el Señor nos bendiga con la esperanza y el entusiasmo propio de nuestro movimiento y con la renovación espiritual de todos nuestros grupos.

Pongámonos todos al servicio de Dios, dispuestos a escuchar la voz del Espíritu en este tiempo, convirtiéndonos verdaderamente en peregrinos de esperanza, tal y como nos pide el lema de este año santo jubilar.

Os deseo a todos un feliz y restaurador verano y una incorporación ilusionada y confiada al próximo curso.

Facundo López Sanjuán

Consiliario General de Vida Ascendente

EL SEMÁFORO DE RIESGO DEL PLAN CALOR 2025 INCLUYE EL PELIGRO PARA LA SALUD DE LOS MAYORES

El Ministerio de Sanidad ha activado el Plan Nacional de Actuaciones Preventivas de los Efectos del Exceso de Temperaturas sobre la Salud, cuya aplicación se extiende entre el 16 de mayo y el 30 de septiembre de 2025, y en el cual se explica mediante un sistema de colores cuál es el riesgo en cada nivel para mayores –con o sin patologías que les puedan poner en peligro– y también para el conjunto de la población.

Esta estrategia, en vigor desde 2004 y revisada anualmente, explican en un comunicado del Ministerio, tiene como finalidad prevenir y mitigar los efectos negativos que las altas temperaturas pueden tener sobre la salud de la población. El diseño se  apoya en un sistema de alerta basado en predicciones meteorológicas y datos de mortalidad diaria, identificando riesgos de forma precoz y estableciendo niveles de intervención según la intensidad térmica y el impacto sanitario previsto.

El Plan Nacional, indican desde Sanidad, define cuatro niveles de riesgo para la salud por altas temperaturas que vienen identificados por un código de colores de tipo semáforo: nivel 0 (ausencia de riesgo) y los niveles 1, 2 y 3 que indican riesgo creciente para la salud y cuyos colores son amarillo, naranja y rojo, respectivamente.

Riesgo para la salud

Las temperaturas extremas afectan a la salud de todas las personas, pero el nivel de riesgo también depende de una serie de factores personales, sociales y ambientales. Entre los posibles factores de riesgo destacan:

Personales: Lactantes y menores de 4 años, personas mayores de 65 años, mujeres gestantes, personas con enfermedades cardiovasculares, respiratorias o crónicas. Personas con tratamientos médicos. Personas con trastornos  mentales, de memoria, dificultades de comprensión o de orientación o poca autonomía en la vida cotidiana, entre otros.

Ambientales, laborales o sociales: personas que viven solas, personas sin  hogar, personas con condiciones económicas desfavorables, personas  migrantes y/o turistas, viviendas no bien aclimatadas o sin capacidad de regular  la temperatura, exposición excesiva al calor por razones laborales, deportivas o  de ocio (especialmente entre las 14:00h y las 19:00h), entre otros.

A mayor número de factores de riesgo, mayor vulnerabilidad. Entre ellos, la edad  es un factor importante, puesto que la mortalidad se concentra en mayor medida  en mayores de 65 años y, especialmente, en mayores de 75. Igualmente, las situaciones de pobreza que impiden asegurar viviendas bien aclimatadas y  protección ante las altas temperaturas son otro factor de gran importancia.

«El calor extremo y las olas de calor ya están aquí y todo indica que van a seguir yendo a más y cada vez son más frecuentes, son más intensas, cada vez duran más y cuando las temperaturas no dan tregua ni de día ni de noche, el cuerpo humano sencillamente no tiene tiempo para aclimatarse y para recuperarse. Se sobrecarga, se agota y eso en muchas personas puede traducirse en enfermedades graves e incluso en golpes de calor que son letales», ha destacado la ministra de Sanidad, Mónica García, en la presentación de este Plan.

Al hilo, ha recordado que el calor extremo se ha situado como la principal causa de mortalidad asociada al cambio climático en los últimos tres años, produciendo 4.813 muertes en 2022; 3.009 en 2023; y 2.012 en 2024. «La mortalidad asociada al calor es solo la punta del iceberg, de la punta de una pirámide. El calor aumenta los accidentes laborales, aumenta las hospitalizaciones, las noches sin dormir y (…) también puede agravar situaciones de violencia de género», ha añadido.

Niveles de riesgo

Teniendo esto en cuenta, los niveles de riesgo del Plan Nacional pueden interpretarse de la siguiente forma:

Un nivel de riesgo amarillo supone:

Riesgo leve para personas mayores de 65 años con otros factores de riesgo.

Un nivel de riesgo naranja supone:

Riesgo leve en población general sin factores de riesgo.

Riesgo moderado para personas mayores de 65 años o menores de 65 años con múltiples factores de riesgo.

Riesgo elevado para mayores de 65 años con otros factores de riesgo adicionales.

Un nivel de riesgo rojo supone: 

Riesgo moderado en población general sin factores de riesgo.

Riesgo elevado para personas mayores de 65 años y menores de 65 años con algún factor de riesgo.

Riesgo extremo para mayores de 65 años con otros factores de riesgo adicionales.

La prolongación en el tiempo de niveles de riesgo rojo debido a episodios de ola de calor supone un nivel de riesgo extremo para toda la población, especialmente para las personas en una situación de mayor vulnerabilidad.

Sobre el autor: Úrsula Segoviano para 65 y mas

JAEN: LOS MAYORES DE LA DIÓCESIS SE LLENAN DE ESPERANZA AL LUCRAR EL JUBILEO

Más de 200 personas de toda la Diócesis, mayores y miembros de Vida Ascendente, se reunieron en el jueves de la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, para ganar el jubileo en la S.I. Catedral de Jaén. La celebración comenzó a las diez y media con la acogida de todos los asistentes en el Camarín de Nuestro Padre Jesús «el Abuelo», desde donde partió la peregrinación encabezada por nuestro Obispo, Mons. D. Sebastián Chico Martínez; el Delegado de la Pastoral de los Mayores y Consiliario Diocesano de Vida Ascendente, D. Facundo López Sanjuán, y por los distintos consiliarios de los grupos de Vida Ascendente de nuestra Diócesis.

A las once y media llegaba toda la comitiva a la Santa iglesia Catedral de Jaén donde, tras unos minutos, daba comienzo la Eucaristía, presidida, igualmente, por el obispo Diocesano. En la misma se vivió una profunda acción de gracias a Dios por todas sus bendiciones este año jubilar. Nuestro obispo daba las gracias en su saludo inicial a los asistentes por la oración de sustento de los mayores para la iglesia y por estar siempre ahí haciendo una petición en la que a él le gustaría que en todas las parroquias los mayores tuvieran su espacio en las parroquias bien como grupo de Vida Ascendente u otro similar.

Mons. D. Sebastián Chico, en su homilía ha tenido una especial palabra hacia nuestros mayores. “Sois memoria viva del amor fiel de Dios. Habéis caminado por la vida con alegría y con cruces, con luchas y esperanzas”. Para seguir expresando, “Habéis sostenido y seguís sosteniendo la fe en vuestras familias, la fe en vuestras parroquias, en vuestras cofradías y en vuestras comunidades, con vuestra entrega diaria a lo largo de los años.  Gracias.  Gracias por este testimonio que no tiene micrófono, pero que grita en nuestra Iglesia de Jaén al corazón de todos los jienenses”.

La Eucaristía ha concluido con la Bendición con el Santo Rostro a todos los asistentes y reiterando la gran labor de los mayores en nuestras parroquias.

Tras esto, hemos tenido la tradicional comida fraterna entre los asistentes donde se pasó un gran rato de amistad y convivencia.

Desde la Comisión Diocesana damos las gracias a todos los asistentes por haber acudido y a otros miembros que no han podido asistir por diferentes causas y a los que tenemos presentes y les enviamos un afectuoso abrazo, muchas gracias a todos.

Comisión Diocesana de Vida Ascendente Francisco Manuel Camacho Santiago secretario

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN PRÓSPERO DE AQUITANIA

Si no fuera por sus escritos, todos marcados por la controversia semipelagiana, y por el testimonio del historiador Gennadio no sabríamos gran cosa de su vida que destaca por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia y por el apasionamiento por la verdad.

Parece ser que era natural de Aquitania y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria y vió la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.

Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.

Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones» que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el «initium fidei». Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de alto nivel. Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín.

Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño. En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete. Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.

Muerto Casiano y fallecido también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».

Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario nada menos que del papa san León Magno y hasta se piensa que pudo poner su aportación en la Epístola Dogmática escrita a los Orientales para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas de Cristo.

Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud la fecha de su muerte en el actual estado de investigación.

Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.

(Fuente: archimadrid.es)

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. II. LA VIDA DE JESÚS. 10. AL VERLO TENDIDO, Y SABIENDO QUE HACÍA TANTO TIEMPO QUE ESTABA ASÍ, JESÚS LE PREGUNTÓ: « ¿QUIERES CURARTE?» (JN 5,6)

Seguimos contemplando a Jesús que sana. Hoy quisiera invitarlos de manera particular a pensar en las situaciones en las que nos sentimos “bloqueados” y encerrados en un camino sin salida. A veces de hecho nos parece que sea inútil continuar a esperar; nos resignamos y no tenemos más ganas de luchar. Esta situación es descrita en los Evangelios con la imagen de la parálisis. Por esta razón desearía detenerme hoy sobre la sanación de un paralítico, narrada en el quinto capítulo del Evangelio de san Juan (5,1-9).

Jesús va Jerusalén para una fiesta de los judíos. No va directamente al Templo; se detiene ante una puerta, donde seguramente se lavaban a las ovejas que luego eran ofrecidas en sacrificio. Cerca de esta puerta, se ubicaban también tantos enfermos, que, a diferencia de las ovejas, ¡eran excluidos del Templo porque eran considerados impuros! Es entonces Jesús mismo quien los alcanza en su dolor. Estas personas esperaban un prodigio que pudiese cambiar su destino; de hecho, junto a la puerta se encontraba una piscina, cuyas aguas eran consideradas taumatúrgicas, o sea capaces de sanar: en algún momento cuando el agua se agitaba, según la creencia del tiempo, quien primero se zambullía, se curaba.

De esta forma se creaba una especie de “guerra de los pobres”: podemos imaginar la triste escena de estos enfermos que se arrastraban con fatiga para tratar de entrar en la piscina. Aquella piscina se llamaba Betzatá, que significa “casa de la misericordia”: podría ser una imagen de la Iglesia, en donde los enfermos y los pobres se juntan y hasta donde el Señor llega para sanar y donar esperanza.

Jesús se dirige específicamente a un hombre que está paralizado desde hace treinta y ocho años. Ya está resignado, porque no logra sumergirse en la piscina cuando el agua se agita (cfr v. 7). En efecto, aquello que muchas veces nos paraliza es precisamente la desilusión. Nos sentimos desanimados y corremos el riesgo de caer en la dejadez.

Jesús dirige a este paralítico una pregunta que puede parecer superficial: «¿Quieres curarte?» (v. 6). En cambio, es una pregunta necesaria, porque, cuando uno se encuentra bloqueado desde hace tantos años, puede también faltarle la voluntad de sanarse. A veces preferimos permanecer en condición de enfermos, obligando a los otros a ocuparse de nosotros. Es a veces también un pretexto para no decidir qué cosa hacer con nuestra vida. Jesús en cambio reconduce a este hombre a su deseo veraz y profundo.

Este hombre de hecho responde de manera más articulada a la pregunta de Jesús, revelando su visión de la vida. Ante todo, dice que no ha tenido nadie que lo sumerja en la piscina : entonces no es suya la culpa, sino de los otros que no se preocupan por él. Esta actitud se convierte en el pretexto para evitar asumirse las propias responsabilidades. ¿Pero es verdad que no había nadie que lo ayudase? He aquí la respuesta iluminadora de San Agustín: «Si, para ser sanado tenía absolutamente necesidad de un hombre, pero de un hombre que fuese también Dios. […] Ha venido por lo tanto el hombre que era necesario; ¿por qué postergar de nuevo la sanación?». [1]

El paralítico agrega que cuando trata de sumergirse en la piscina hay siempre alguien que llega antes que él. Este hombre está expresando una visión fatalista de la vida. Pensamos que las cosas nos pasan porque no somos afortunados, porque el destino nos es adverso. Este hombre está desanimado. Se siente derrotado en la lucha de la vida.

Jesús en cambio lo ayuda a descubrir que su vida también está en sus manos. Le invita a levantarse, a alzarse de su situación crónica, y a recoger su camilla (cfr v. 8). Ese camastro no se deja o se echa: representa su pasado de enfermedad, es su historia. Hasta aquel momento el pasado lo ha bloqueado; lo ha obligado a yacer como un muerto. Ahora es él que puede cargar aquella camilla y llevarla a donde quiera: ¡puede decidir qué cosa hacer con su historia! Se trata de caminar, asumiéndose la responsabilidad de escoger cual camino recorrer. ¡Y esto gracias a Jesús!

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor el don de entender dónde se ha bloqueado nuestra vida. Intentemos dar voz a nuestro deseo de sanar. Y recemos por todos aquellos que se sienten paralizados, que no ven una salida. ¡Pidamos regresar a vivir en el Corazón de Cristo que es la verdadera casa de la misericordia!

[1] Omelia 17, 7.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España, México, Honduras, Chile y Argentina. Jesús nos pregunta también a nosotros: «¿Quieres curarte?». No tengamos miedo de reconocer nuestras parálisis interiores, ni de presentar al Señor nuestros desánimos. Pidamos a María Santísima que nos ayude a responder con fe al llamado de Jesús, que nos invita a levantarnos y caminar con esperanza hacia la vida nueva que Él nos ofrece. Muchas gracias.

Llamamiento

Queridos hermanos y hermanas:

El corazón de la Iglesia está desgarrado por los gritos que se elevan desde los lugares en guerra, en particular desde Ucrania, Irán, Israel y Gaza. ¡No debemos acostumbrarnos a la guerra! Al contrario, hay que rechazar como una tentación el encanto de las armas poderosas y sofisticadas. En realidad, ya que en la guerra actual «al emplear en la guerra armas científicas de todo género, su crueldad intrínseca amenaza llevar a los que luchan a tal barbarie, que supere, enormemente la de los tiempos pasados» (Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 79). Por tanto, en nombre de la dignidad humana y del derecho internacional, repito a los responsables lo que solía decir el papa Francisco: ¡la guerra es siempre una derrota! Y con Pío XII: «Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra».

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy nos detenemos en el relato del paralítico de la piscina de Betsata que nos revela a Jesús como Aquel que sana. La actitud de este hombre, paralizado desde hacía 38 años, nos hace pensar cómo, a veces, también nosotros nos resignamos, perdemos la esperanza y dejamos de luchar. A su parálisis física se agregaba una peor: la parálisis de la desesperanza. El Señor va a Jerusalén, pero su primer destino no es el templo, sino que se dirige a los excluidos que yacen cerca de la puerta. Y, al notar la situación de ese hombre, le hace una pregunta que, a simple vista, podría parecer superflua, pero con la cual busca hacerlo volver a su deseo más profundo y verdadero: «¿Quieres curarte?». El enfermo responde culpando a otros y mostrando una visión fatalista: «Señor, no tengo a nadie que me sumerja, […] mientras yo voy, otro desciende antes». Jesús lo ayuda a descubrir que el presente está en sus manos. Lo invita a levantarse, a tomar su camilla —símbolo de su pasado— y a caminar. Así, el pasado ya no lo detiene y su presente se transforma porque ahora camina junto al mismo Dios que vino a su encuentro.

Fuente : The Holy See