CELEBRACIÓN DE LOS SANTOS PATRONOS EN ALCALÁ

El pasado lunes, día 3 de febrero, celebramos en la Diócesis de Alcalá de Henares la festividad de nuestros Santos Patronos Simeón y Ana. Un gran número de representantes de los distintos grupos del Movimiento acudimos a dicha celebración, pudiendo participar, a su vez, en el Jubileo de los Mayores en este año jubilar de la esperanza 2025.

A las 12,00 horas estábamos convocados en el Monasterio de San Bernardo y nuestro Consiliario Nacional Don José Ignacio Figueroa hizo una reflexión e introducción de lo que era el jubileo en el pueblo judío. El Papa Bonifacio VIII proclamó el primer jubileo universal en 1300 como Año Santo.

Hoy los jubileos son ordinarios cada 25 años, o extraordinarios en el caso de un año especial declarado por el Pontífice, por ejemplo el jubileo extraordinario de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco en 2015.

El jubileo en la Iglesia es siempre una oportunidad de mirar a Cristo de nuevo. Continuó diciendo que los ancianos que a menudo experimentan soledad y sentimientos de abandono merecen signos de esperanza, valorando el tesoro que son, sus experiencias de vida, la sabiduría que tienen y el aporte que son capaces de ofrecer. Que este jubileo sea una ocasión de reavivar la esperanza. Nuestra esperanza está en el Cielo.

¡Dejémonos  llevar hasta el Cielo!

De allí partimos hasta la Catedral Magistral en procesión, precedida por nuestro estandarte y la Cruz Jubilar, que ha sido realizada para esta ocasión, por internos del Centro Penitenciario de Estremera, y participamos en la Santa Misa Jubilar de la Esperanza 2025, que fue presidida por nuestro Obispo Don Antonio Prieto, y concelebrada con nuestro Consiliario Nacional y varios sacerdotes de la Diócesis.

El Obispo en la Homilía resaltó las figuras de Simeón y Ana, recordando que Dios se hace presente en la edad madura y con los primeros con los que quiso entrar en contacto, siendo un niño, fueron unos ancianos, Simeón y Ana.

La vida avanzada es un tesoro en el que Jesús se hace presente. Nos animó a vivir esta etapa de la vida asociados a los grupos de Vida Ascendente, seguir cultivando la fe, la amistad y el apostolado, los tres pilares sobre los que se construye y sustenta la Vida Ascendente y a transmitir la fe y la sabiduría de la vida a las generaciones más jóvenes.

Nos invitó, también, a rezar por la Iglesia y seguir formándonos en nuestra vida Cristiana. El Cielo estará siempre esperándonos. Es la esperanza que no defrauda.

Una vez finalizada la celebración Eucarística, que fue solemne, con la participación de un coro y el órgano de la Catedral, retornamos de nuevo al Convento de San Bernardo para compartir un almuerzo de fraternidad en el antiguo refectorio del mencionado Convento.

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN BEATO DE LIÉBANA

El Beato de Liébana. Uno de los personajes religiosos que se contribuyeron a la importancia del Monasterio de Santo Toribio de Liébana fue Beato de Liébana.

El personaje religioso

Beato de Liébana, fue figura clave de la Iglesia hispana y europea, por dos motivos bien claros: fue defensor de la ortodoxia católica frente a la herejía adopcionista de Elipando de Toledo y fue el creador e impulsor del culto a Santiago Apóstol con su poema “O Dei Verbum”, en el que lo proclama “Cabeza refulgente de España”.

Apenas tres décadas más tarde, en el 813, Teodomiro, arzobispo de Iria Flavia, descubriría el sepulcro del Apóstol en Compostela; y el propio Rey, Alfonso II el Casto, sería el primer peregrino desde la corte de Oviedo a la tumba del Apóstol, donde mandó levantar un templo en su honor. Asimismo, Beato mantuvo gran amistad con el abad de Tours, Alcuino de York, consejero del emperador Carlomagno por lo que sus enseñanzas fecundaron toda Europa.

La obra cumbre de Beato, pieza fundamental en la historia del arte y la cultura, fue su “Comentario al Apocalipsis de San Juan” obra que llegó a ser el primer bestseller de la Edad Media y que acabaría denominándose “beato” en honor a su autor.

Con ella nuestro abad lebaniego aportó claridad en la lectura y comprensión del Apocalipsis. Beato inmerso y afectado por la época bélica que se vivía en la Península Ibérica en aquel entonces anunció que el fin del mundo llegaría en el año 800.

“En la Carta de los obispos de Spania a sus hermanos de la Galia, Elipando cuenta que Beato, en la vigilia de la Pascua, profetizó a un tal Ordoño y al pueblo lebaniego la inminente llegada del fin del mundo, por lo que, aterrorizado y enloquecido, el pueblo permaneció sin tomar alimento toda aquella noche y el domingo hasta la hora nona, en la que el citado Ordoño, al sentirse hambriento, se cuenta que dijo al pueblo: Comamos y bebamos, y si hemos de morir, al menos que estemos hartos.”

Joseba Abaitua

En el IV Concilio de Toledo, en el año 633, se aprueba la lectura diaria durante el tiempo de Pentecostés, del Libro del Apocalipsis de San Juan Evangelista. Un libro cargado de símbolos de muy difícil lectura y compresión.

El uso del comentario de Beato fue obligatorio, su lectura impuesta y los sacerdotes debían conocer la totalidad de sus escrituras. Sus textos cargados de imágenes explicativas a modo de cómic ayudaron a la lectura, al estudio y a la comprensión del Apocalipsis. Es decir, acercaron el conocimiento a todo el mundo.

A día de hoy la Iglesia lo reconoce más como un texto profético que simplemente vinculado a una época histórica. Asimismo también puede ser considerado como un libro, que lejos de anunciar el fin del mundo, contenga las claves de la salvación del ser humano, en clave espiritual, más como un camino a recorrer con sus claves, señales veladas tras su simbología, tal y como ocurre en el Camino de Peregrinación del verdadero peregrino.

El personaje político

Beato de Liébana se enfrentó a Elipando, el Obispo de Toledo, para desterrar la corriente religiosa del Adopcionismo, es decir, apodó hereje al Obispo de Toledo por decir que Jesucristo era hijo adoptivo de Dios y no hijo de sangre de Dios como defienden los encarnacionistas. Beato, con la ayuda de Carlomagno, logra imponer su cosmovisión y se alza como el máximo exponente político de la época, ya que política y religión eran en ese momento iban de la mano.

“Lo que había empezado por una cuestión de terminología técnica, se había agigantado y logró dividir a la Iglesia Española Mozárabe (y libre) e incluso a la antigua Iglesia del Pirineo oriental arrebatada a los musulmanes e incorporada al dominio franco. Elipando aún a sus ochenta años dirigiría otra carta a Carlomagno en la que deshonraría la figura de Beato.»

Joseba Abaitua

Beato de Liébana es un personaje de gran importancia política ya que además de su obra, es el personaje que marca un determinado rumbo de la historia de la España que comenzaba a ser reconquistada y unificada. Por un lado Beato de Liébana gana la batalla intelectual dentro de la Iglesia sobre el adopcionismo y, por otro lado, escribe el O Dei Verbum donde habla de España, pudiendo ser considerado el primer ideólogo de la reconquista española.

Es vital ubicarse en un momento de la Historia del mundo donde religión y política caminaban juntas, estamos en plena Edad Media. En este momento Elipando, el Obispo de Toledo, comienza a defender la idea de que Jesús era hijo adoptivo de Dios, lo que se conoce como el Adopcionismo, en contra de la Cristología Cristiana, la idea de que Jesús es Cristo y no “el Hijo de María” como lo llamaban los musulmanes. Beato se levanta, intelectualmente hablando contra esta idea y contra el Obispo de Toledo, el que, aunque cristiano, vivía en zona musulmana. Beato gana la batalla apoyado fielmente por Alcuino de York, primer consejero del Emperador Carlomagno, y una única corriente de pensamiento prevalece en la historia de la Iglesia a partir de ese momento.

Además, Beato, comienza a ensalzar la figura de Santiago El Mayor. Comienza a defender la idea de que el Apóstol era el evangelizador de España y con ello se empieza a aglutinar una idea de unión y comunión alrededor de su figura, que empieza ya a perfilarse como el Patrón de España. Beato se consideraba en posesión de la traditio, el heredero de la verdadera palabra del Apóstol Santiago que había elegido España para renacer.

“La gran luz proyectada por la pluma de Beato sobre el mundo brotó probablemente de su declaración del patronazgo de Santiago sobre España; esta declaración fue eficacísima para introducir entre los peninsulares la devoción a un apóstol al que jamás se había invocado”

Joseba Abaitua

Apenas tres décadas más tarde, en el 813, Teodomiro, arzobispo de Iria Flavia, descubriría el sepulcro del Apóstol en Compostela; y el propio Rey, Alfonso II el Casto, sería el primer peregrino desde la corte de Oviedo a la tumba del Apóstol, donde mandó levantar un templo en su honor. No se sabe a ciencia cierta si Beato aún vivía y conoció este hecho, pero los datos históricos de los que se dispone acuerdan en reconocer que Beato de Liébana fue un personaje vital para la historia social, política y religiosa de España, en su momento y de cara al futuro de un país que comenzaba a recuperar su identidad nacional.

CATEQUESIS PAPA FRANCISCO. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. I. LA INFANCIA DE JESÚS. . 5. «LES HA NACIDO UN SALVADOR, QUE ES CRISTO EL SEÑOR » (LC 2,11). EL NACIMIENTO DE JESÚS Y LA VISITA DE LOS PASTORES

En nuestro camino jubilar de catequesis sobre Jesús, que es nuestra esperanza, hoy nos detenemos en el acontecimiento de su nacimiento en Belén.

El Hijo de Dios entra en la historia convirtiéndose en nuestro compañero de viaje, y comienza a viajar cuando aún está en el vientre de su madre. El evangelista Lucas nos cuenta que, apenas concebido, fue desde Nazaret hasta la casa de Zacarías e Isabel; y luego, al final del embarazo, de Nazaret a Belén para el censo. María y José se vieron obligados a ir a la ciudad del rey David, donde también había nacido José. El Mesías tan esperado, el Hijo del Dios Altísimo, se deja censar, es decir, contar y registrar, como cualquier otro ciudadano. Se somete al decreto de un emperador, César Augusto, que se cree el amo de toda la tierra.

Lucas sitúa el nacimiento de Jesús en «un tiempo que se puede determinar con precisión» y en «un entorno geográfico indicado con exactitud», de modo que «lo universal y lo concreto se tocan recíprocamente» (Benedicto XVI, La infancia de Jesús, 2012, 77). Dios, que entra en la historia, no desestabiliza las estructuras del mundo, sino que quiere iluminarlas y recrearlas desde dentro.

Belén significa «casa del pan». Allí se cumplieron para María los días del parto y allí nació Jesús, Pan bajado del cielo para saciar el hambre del mundo (cf. Jn 6,51). El ángel Gabriel había anunciado el nacimiento del Rey mesiánico con el signo de la grandeza: «He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33).

Sin embargo, Jesús nace de una forma totalmente inédita para un rey. De hecho, «mientras estaban en aquel lugar, se le cumplieron los días del parto. Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en el albergue» (Lc 2,6-7). El Hijo de Dios no nace en un palacio real, sino en la parte trasera de una casa, en el espacio donde están los animales.

Lucas nos muestra así que Dios no viene al mundo con sonoras proclamas, no se manifiesta con clamor, sino que comienza su viaje en la humildad. ¿Y quiénes son los primeros testigos de este acontecimiento? Son unos pastores: hombres con poca cultura, malolientes por el contacto constante con los animales, que viven al margen de la sociedad. Sin embargo, ejercen el oficio por el que Dios mismo se da a conocer a su pueblo (cf. Gn 48,15; 49,24; Sal 23,1; 80,2; Is 40,11). Dios los elige para que sean los destinatarios de la noticia más maravillosa que jamás haya resonado en la historia: «No teman: porque les anuncio una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (Lc 2,10-12).

El lugar al que acudir para conocer al Mesías es un pesebre. Sucede, en efecto, que, después de tanta espera, «para el Salvador del mundo, para Aquel en vista del cual todo fue creado (cf. Col 1,16), no hay sitio» (Benedicto XVI, La infancia de Jesús, 2012, 80). Los pastores se enteran así de que, en un lugar muy humilde, reservado a los animales, nace para ellos el Mesías tan esperado, para ser su Salvador, su Pastor. Esta noticia abre sus corazones al asombro, a la alabanza y a la proclamación gozosa. «A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la Encarnación» (Carta ap. Admirabile signum, 5).

Hermanos y hermanas, pidamos también nosotros la gracia de ser, como los pastores, capaces de asombro y alabanza ante Dios, y capaces de custodiar lo que Él nos ha confiado: nuestros talentos, nuestros carismas, nuestra vocación y las personas que Él pone a nuestro lado. Pidamos al Señor saber discernir en la debilidad la fuerza extraordinaria del Niño Dios, que viene para renovar el mundo y transformar nuestras vidas con su proyecto lleno de esperanza para toda la humanidad.

Fuente The Holy See

ESPERAR ES VOLTEARSE. MARÍA MAGDALENA. AUDIENCIA JUBILAR

El Jubileo es un nuevo inicio para las personas y para la Tierra; es un tiempo donde todo es replanteado dentro del sueño de Dios. Y sabemos que la palabra “conversión” indica un cambio de dirección. Finalmente, todo se puede ver desde otra perspectiva y así también nuestros pasos se encaminan hacia nuevas metas. Así surge la esperanza que jamás desilusiona. La Biblia relata esto de muchas maneras. Y también para nosotros la experiencia de la fe ha sido estimulada por el encuentro con personas que han sabido cambiar en la vida y han, por así decirlo, entrado en los sueños de Dios. De hecho, si en el mundo hay tanto mal, nosotros podemos distinguir quién es diferente: su grandeza, que a menudo coincide con su pequeñez, nos conquista.

Por esto en los Evangelios, la figura de María Magdalena surge sobre todas las demás. Jesús la curó con la misericordia (cfr Lc 8,2) y ella cambió: hermanos y hermanas la misericordia cambia, la misericordia cambia el corazón y, a María Magdalena, la misericordia la recondujo a los sueños de Dios y dio nuevas metas a su camino.

El Evangelio de Juan narra de su encuentro con Jesús resucitado en una manera que nos hace reflexionar. Varias veces se repite que María se dio vuelta. ¡El Evangelista escoge bien las palabras! En lágrimas, María mira primero dentro el sepulcro, luego se voltea: el Resucitado no está en la parte de la muerte, sino en la parte de la vida. Puede ser intercambiado con una de las personas que encontramos cada día. Después, cuando escucha pronunciar su nombre, el Evangelio dice que nuevamente María se dio vuelta. Es así que crece su esperanza: ahora mira el sepulcro, pero no más como antes. Puede secar sus lágrimas, porque ha escuchado su nombre: solo su Maestro lo pronuncia así. Pareciera que el viejo mundo todavía estuviese, pero ya no está. Cuando sentimos que el Espíritu Santo actúa en nuestro corazón y sentimos que el Señor nos llama por nuestro nombre, sabemos distinguir la voz del Maestro.

Querido hermanos y hermanas, aprendamos de la esperanza de María Magdalena, que la tradición llamó “apóstola de los apóstoles”. En el nuevo mundo se entra convirtiéndose más de una vez. Nuestro camino es una constante invitación a cambiar de perspectiva. El Resucitado nos lleva a su mundo, paso a paso, con la condición que no pretendamos ya saber todo.

Preguntémonos hoy: ¿sé voltearme a mirar las cosas diversamente? ¿Tengo el deseo de conversión?

Un yo demasiado seguro y un yo orgulloso nos impide reconocer a Jesús Resucitado: de hecho, también hoy, su aspecto es aquel de las personas comunes que se quedan fácilmente a nuestras espaldas. Incluso cuando lloramos y nos desesperamos, lo dejamos a la espalda. En vez de mirar en la oscuridad del pasado, en el vacío de un sepulcro, de María Magdalena aprendamos a voltearnos hacia la vida. Allí nos espera nuestro Maestro. Allí es pronunciado nuestro nombre. Porque en la vida real hay un puesto para nosotros, siempre y en todos lados. Hay un lugar para ti, para mí, para cada uno. Es feo, como se dice comúnmente, es feo dejar la silla vacía: “Este lugar es mío; si yo no voy…”. Nadie puede tomárnoslo, porque desde siempre ha sido pensado para nosotros. Cada uno puede decir: ¡tengo un lugar, yo soy una misión! Piensen en esto: ¿cuál es mi lugar? ¿Cuál es la misión que el Señor nos da? Que este pensamiento nos ayude a asumir una actitud valiente en la vida. Gracias.

Copyright © Dicastero per la Comunicazione – Libreria Editrice Vaticana

AGUA AMENAZANTE Y FECUNDA

El fuego, para los hombres de la antigüedad, representaba una fuerza saludable, fuente de luz y de calor, pero también un poder de destrucción y de muerte. Igualmente, el agua presenta el doble aspecto de manantial de vida y ayuda para la sed, por un lado, y de algo amenazador y fatal por otro. Para darse cuenta del papel ambiguo que tiene el agua, basta recordar el contraste entre el potencial destructivo de las lluvias que cayeron en Valencia y en otros lugares de España a final de octubre y principio de noviembre, y las aguas pacíficas, saludables, motivo de diversión y alegría de muchos lugares vacacionales.

En la mayoría de las religiones, y en concreto en la religión judía y cristiana, el agua (al igual que el fuego) es lugar de las manifestaciones divinas, pero otras veces también es sede o vehículo de los poderes infernales. Así, por ejemplo, la Biblia comienza hablando de un espíritu divino que aleteaba por encima de las aguas (Gen 1,2), las aguas del caos y del desorden sobre las que el espíritu crea orden y belleza. En el Nuevo Testamento vemos a Jesús calmando las olas de un mar embravecido que amenazaba con tragarse a los atemorizados discípulos (Mt 8,23-27).

A esta agua, símbolo de muerte, se refiere San Pablo para explicar que el bautismo es un sumergirse con Cristo en las aguas de la muerte para resucitar a una vida nueva (Rm 6, 2 ss). Unidos a Cristo es posible vencer a todos los poderes de muerte y destrucción. El pecado, o sea, vivir alejados de la voluntad de Dios, es la síntesis de todos los males. Pero unidos a Cristo podemos vencer al pecado. Y esta victoria viene significada por el bautismo.

Pero el agua tiene también un carácter eminentemente positivo. Así Jesús habla de un agua viva que salta hasta la vida eterna, refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él (Jn 7,37-39). Este sentido positivo del agua también se encuentra en el simbolismo bautismal. El agua en la que se sumerge el catecúmeno no es tanto signo de limpieza, cuanto de fecundidad: unidos a Cristo, agua viva, nuestra tierra reseca puede dar frutos de vida eterna, se convierte en una vida fecunda.

Este doble simbolismo negativo y positivo del agua nos permite entender el bautismo como la transformación de un agua en otra, del agua mortal en agua fecundante. Dicho de otro modo, como un abandono del pecado, pasando por las aguas de la muerte, para vivir una vida nueva, vida que Cristo hace posible: bebiendo el agua que él nos da, jamás tendremos sed y además viviremos, ya en este mundo, la vida de Dios, la vida eterna (cf Jn 4,14). O sea, nuestra vida tendrá sentido y será fecunda en buenas obras.

Martín Gelabert, Blog Nihil Obstat

LOS SANTOS DE LA SEMANA: SAN RODRIGO Y SAN SALOMÓN

En Córdoba, en Andalucía (España), pasión de los santos Rodrigo, presbítero, y Salomón, mártires. El primero, al negarse a aceptar a Mahoma como el verdadero profeta enviado por el Omnipotente, fue encarcelado. En el cautiverio coincidió con Salomón, que algún tiempo antes había pertenecido a la religión mahometana, y al ser decapitados ambos a la vez, finalizaron gloriosamente el curso de su combate. († 857)

Su martirio, acaecido en Córdoba el 13 de marzo lo narra san Eulogio de Córdoba en el Apologeticus martyrum. El santo escritor llegó a ver sus cuerpos ya inmolados por su fe cristiana cuando estaban a punto de ser arrojados a las aguas del Guadalquivir, atados a piedras para impedir que salieran a flote y fueran objeto de culto por parte de los cristianos, lo que por providencia de Dios no llegó a suceder.

Rodrigo había nacido en un pueblo de la diócesis de Cabra y se había formado en esta ciudad para el orden sacerdotal, que, una vez recibido, ejercía en la misma. Tenía dos hermanos; uno de ellos se había hecho musulmán y por eso discutía con el otro, que perseveraba en el cristianismo. Habiendo llegado un día sus dos hermanos a las manos en una disputa religiosa, intervino Rodrigo para pacificados, recibiendo tantos golpes que quedó medio moribundo. Esta circunstancia fue aprovechada por el hermano musulmán para decir públicamente que su hermano sacerdote, próximo a la muerte, había abrazado también la religión musulmana. Pero el sacerdote no murió, y una vez repuesto se dio cuenta del peligro que corría si, habiéndose dicho que había pasado al islam, ahora volvía a vivir como sacerdote cristiano. Optó por dejar Cabra y retirarse a un pueblo de la serranía.

Cinco años más tarde acudió a Córdoba para realizar unas diligencias, queriendo la Providencia que se encontrara con su hermano. Este, viendo que llevaba la tonsura clerical, lo acusó ante el cadí de haber apostatado del islam. Rodrigo negó haber sido musulmán, no sirviéndole de nada su aseveración, pues con promesas y amenazas se le instó a declararse musulmán, siendo detenido y conducido a la cárcel ante su persistente negativa. Y allí, en la cárcel, tuvo lugar el encuentro con Salomón.

Salomón era un seglar acusado de haber abandonado el islam, que antiguamente había abrazado. Llevaba ya tiempo preso bajo esta acusación. Cuenta san Eulogio que se consolaron mutuamente, y que se armaron para el combate, determinando ambos buscar por todos los medios la más estrecha unión con Dios, sirviéndole fielmente y renunciando a todo afecto terreno. Para ello, se ejercitaban en el ayuno, la vigilia y la oración a fin de que sus almas estuviesen preparadas para el sacrificio supremo. Vista la ayuda espiritual que se prestaban los dos confesores de la fe, mandó el juez que fuesen separados y prohibió que recibiesen visita alguna, y ver así si la separación y la incomunicación rendía su hasta entonces invencible fortaleza. Pero fue en vano pues, llevados nuevamente ante el cadí, volvieron a manifestar su firme determinación de seguir a Cristo, rechazando ambos con energía abrazar el islam y mostrándose dispuestos al martirio.

Recayó sobre ellos sentencia de muerte y fueron llevados a la orilla del río, donde se dispuso que tuviese lugar primero la decapitación de Rodrigo para que Salomón se aterrorizara a la vista del martirio y cediera. Rodrigo y su compañero se santiguaron y arrodillaron, y el verdugo cortó de un tajo la cabeza del sacerdote. Se invitó entonces a Salomón a que acogiese al islam o, de modo contrario, sufriría la misma suerte. El mártir se mantuvo firme y recibió una fuerte cuchillada que acabó con su vida. Al conocerse en la ciudad la noticia de los martirios, al finalizar la eucaristía, corrió san Eulogio a ver los cuerpos, que atados a sendas piedras eran arrojados al río.

Veinte días más tarde apareció la cabeza y el cuerpo de san Rodrigo que, con presencia del obispo y del clero, fueron decorosamente sepultados en el monasterio de San Ginés, del poblado de Tercios, y cuenta san Eulogio que el mártir Salomón se apareció al sacerdote que había recogido el cuerpo de san Rodrigo y le dijo donde se encontraba el suyo propio. De esta forma fue hallado y sepultado en la basílica de los Santos Cosme y Damián del arrabal de Colubris.  (Texto de L. Repetto Betes)

ECO DE LA LITURGIA. HIMNO Cuando, Señor, el día ya declina, quedaos con el hombre, que, en la noche del tiempo y de la lucha en que camina, turba su corazón con su reproche. Disipad nuestras dudas, hombres santos, que en el alto glorioso del camino ya dejasteis atrás temores tantos de perder vuestra fe en el Don divino. Perdonad nuestros miedos, seguidores del camino en la fe que os fue ofrecido, hacednos con vosotros confesores de la fe y del amor que habéis vivido.  Que tu amor, Padre santo, haga fuerte nuestro amor, nuestra fe en tu Hijo amado; que la hora suprema de la muerte sea encuentro en la luz, don consumado. Amén.

CICLO DE CATEQUESIS – JUBILEO 2025. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. I. LA INFANCIA DE JESÚS. 4. «FELIZ DE TI POR HABER CREÍDO» (LC 1,45). LA VISITACIÓN Y EL MAGNIFICAT

Hoy contemplamos la belleza de Jesucristo, nuestra esperanza, en el misterio de la Visitación. La Virgen María visita a santa Isabel; pero es sobre todo Jesús, en el vientre de la madre, quien visita a su pueblo (cfr Lc 1,68), como dice Zacarías en su himno de alabanza.

Después de su asombro y admiración ante lo que le anuncia el Ángel, María se levanta y se pone en camino, como todos los que han sido llamados en la Biblia, porque «el único acto con el que el ser humano puede corresponder al Dios que se revela es el de la disponibilidad ilimitada» (H.U. von Balthasar, Vocazione, Roma 2002, 29). Esta joven hija de Israel no elige protegerse del mundo, no teme los peligros y los juicios de los otros, sino que sale al encuentro de los demás.

Cuando una persona se siente amada, experimenta una fuerza que pone en movimiento el amor; como dice el apóstol Pablo, «el amor de Cristo nos posee» (2Cor 5,14), nos impulsa, nos mueve. María siente el impulso del amor y acude a ayudar a una mujer que es pariente suya, pero que es también una anciana que, tras una larga espera, acoge un embarazo inesperado, difícil de afrontar a su edad.  La Virgen va a casa de Isabel también para compartir su fe en el Dios de lo imposible, y la esperanza en el cumplimiento de sus promesas.

El encuentro entre las dos mujeres produce un impacto sorprendente: la voz de la “llena de gracia” que saluda a Isabel provoca la profecía en el niño que la anciana lleva en su vientre, y suscita en ella una doble bendición: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42). Y también una bienaventuranza: «¡Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá!» (v. 45).

Ante el reconocimiento de la identidad mesiánica de su Hijo y de su misión como madre, María no habla de sí misma, sino de Dios, y eleva una alabanza llena de fe, esperanza y alegría, un canto que resuena cada día en la Iglesia durante la oración de las Vísperas: el Magnificat (Lc 1,46-55).

Esta alabanza al Dios Salvador, que brota del corazón de su humilde sierva, es un solemne memorial que sintetiza y cumple la oración de Israel. Está entretejida de resonancias bíblicas, signo de que María no quiere cantar “fuera del coro”, sino sintonizar con los padres, exaltando su compasión por los humildes, esos pequeños a los que Jesús en su predicación declarará «bienaventurados» (cfr Mt 5,1-12).

La presencia masiva del motivo pascual hace también del Magnificat un canto de redención, que tiene como trasfondo la memoria de la liberación de Israel de Egipto. Los verbos están todos en pasado, impregnados de una memoria de amor que enciende de fe el presente e ilumina de esperanza el futuro: María canta la gracia del pasado, pero es la mujer del presente que lleva en su vientre el futuro.

La primera parte de este cantico alaba la acción de Dios en María, microcosmos del pueblo de Dios que se adhiere plenamente a la alianza (vv. 46-50); la segunda recorre la obra del Padre en el macrocosmos de la historia de sus hijos (vv. 51-55), a través de tres palabras clave: memoria – misericordia – promesa.

Dios, que se inclinó sobre la pequeña María para hacer en ella «grandes cosas» y convertirla en la madre del Señor, comenzó a salvar a su pueblo a partir del éxodo, acordándose de la bendición universal que prometió a Abraham (cf. Gn 12,1-3). El Señor, Dios fiel para siempre, ha derramado un torrente ininterrumpido de amor misericordioso «de generación en generación» (v. 50) sobre el pueblo fiel a la alianza, y ahora manifiesta la plenitud de la salvación en su Hijo, enviado para salvar al pueblo de sus pecados. Desde Abraham hasta Jesucristo, y hasta la comunidad de los creyentes, la Pascua aparece, así, como la categoría hermenéutica para comprender toda liberación posterior, hasta llegar a la realizada por el Mesías en la plenitud de los tiempos.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos hoy al Señor la gracia de saber esperar el cumplimiento de todas sus promesas; y que nos ayude a acoger en nuestras vidas la presencia de María. Poniéndonos en su escuela, que todos descubramos que toda alma que cree y espera «concibe y engendra al Verbo de Dios» (San Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas 2, 26).

Fuente: The Holy See

ESPERAR ES VOLVER A COMENZAR – JUAN EL BAUTISTA. AUDIENCIA JUBILAR

Muchos de ustedes se encuentran aquí, en Roma, como “peregrinos de esperanza”. Esta mañana iniciamos las audiencias jubilares del sábado, que idealmente pretenden acoger y abrazar a todos aquellos que de tantas partes del mundo vienen a buscar un nuevo comienzo. El Jubileo, de hecho, es un nuevo comenzar, la posibilidad para todos de volver a partir desde Dios. Con el Jubileo se comienza una nueva vida, una nueva etapa.

En estos sábados quisiera resaltar, de vez en vez, algún aspecto de la esperanza. Es una virtud teologal. La en latín virtud, virtus quiere decir “fuerza”; o sea, la esperanza es una fuerza que viene de Dios. La esperanza, por lo tanto, no es algo habitual o una característica – algo que se posee o no – sino una fuerza que hay que pedir. Por esto nos hacemos peregrinos: venimos a pedir un don, para volver a partir por el camino de la vida.

Estamos por celebrar la fiesta del Bautismo de Jesús y esto nos hace pensar en aquel gran profeta de esperanza que fue Juan Bautista. Sobre él Jesús dice algo maravilloso: que es el más grande entre los nacidos de mujer (cfr Lc 7,28). Entendemos ahora por qué tanta gente acudía a él, con el deseo de un nuevo comenzar. Con el deseo de volver a comenzar y el Jubileo nos ayuda en esto. El Bautista aparecía verdaderamente grande y creíble en su personalidad. Así como hoy nosotros atravesamos la Puerta Santa, así Juan proponía atravesar el rio Jordán, entrando en la Tierra Prometida como había acontecido con Josué la primera vez. Hermanas y hermanos, volver a comenzar. Esta es la palabra: volver a comenzar. Volver a comenzar, recibir la tierra desde el inicio, como la primera vez. Pongamos esto en la cabeza y digamos todos juntos: „volver a comenzar“ Digamos juntos…[volver a comenzar]; no escucho bien…[volver a comenzar]; soy un poco sordo, no escucho bien… Volver a comenzar… Eso, no se olviden de esto: volver a comenzar.

Jesús, inmediatamente después de aquel gran halago, agrega algo que nos hace pensar: «Les aseguro que no hay ningún hombre más grande que Juan, y sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él» (v. 28). La esperanza, hermanos y hermanas, se encuentra toda en este salto de calidad. No depende de 2 nosotros, sino del Reino de Dios. He aquí la sorpresa: acoger el Reino de Dios nos conduce a un nuevo orden de grandeza. ¡Nuestro mundo, todos nosotros tenemos necesidad de esto! Y nosotros decimos: qué cosa debemos hacer? [volver a comenzar]; no entiendo bien [volver a comenzar]. No se olviden de esto: volver a comenzar.

Cuando Jesús pronuncia aquellas palabras, el Bautista está en la cárcel, lleno de interrogativos. En nuestro peregrinar también nosotros llevamos tantas preguntas, y saben por qué? porque son muchos los “Herodes” que todavía contrastan el Reino de Dios. Pero Jesús nos muestra el camino, el camino de las nuevas Bienaventuranzas, que son las leyes sorprendentes del Evangelio. Entonces preguntémonos: ¿llevo dentro de mí un sincero deseo de volver a comenzar? ¿Quiero aprender de Jesús quién es verdaderamente grande? El más pequeño, en el Reino de Dios, él es grande. Y nosotros debemos… [Volver a comenzar, volver a comenzar].Volver a comenzar.

Entonces aprendamos de Juan el Bautista a volver a creer. La esperanza para nuestra casa común – esta nuestra Tierra tan abusada y herida – y la esperanza para todos los seres humanos está en la diferencia de Dios. Su grandeza es diferente. Y nosotros volvemos a comenzar desde esta originalidad de Dios, que ha resplandecido en Jesús y que ahora nos compromete a servir, a amar fraternalmente, a reconocernos pequeños. Y a ver a los más pequeños, a escucharlos y a ser su voz. ¡He aquí nuestro nuevo inicio, este es nuestro jubileo! Y nosotros debemos… [volver a comenzar] Gracias!

Fuente: The Holy See

INTELIGENCIA ARTIFICIAL E INTELIGENCIA HUMANA

Dos dicasterios de la Santa Sede, el de “Doctrina de la fe” y el de “Cultura y Educación”, han publicado una nota conjunta sobre la relación entre inteligencia artificial e inteligencia humana (en adelante: IA). La nota pretende considerar las implicaciones antropológicas y éticas de la IA, con el fin de garantizar que sus aplicaciones se dirijan a promover el progreso humano y el bien común. Mi consejo es que quienes estén interesados en el tema, lean despacio el documento vaticano.

Además de reconocer las ventajas que puede tener la IA en el campo de la sanidad, por ejemplo, y también de advertir sobre sus peligros, como la manipulación de informaciones o su uso perverso para la guerra, lo interesante de la nota es que ofrece claves para distinguir el concepto de inteligencia en referencia a la IA y al ser humano. La IA es capaz de realizar tareas mucho más rápidamente e incluso con mayor precisión que la inteligencia humana, pero no tiene en cuenta la experiencia humana en toda su amplitud, que no se agota en lo mensurable o en lo lógico-matemático, sino que abarca emociones, simpatías, sentido estético, moral y religioso, poesía y amor. Más aún, el ser humano, en todas sus búsquedas y en todos sus amores siempre busca a Dios, aunque no sea del todo consciente de ello.

Dado que la IA no posee la riqueza de la corporeidad, la relacionalidad y la apertura del corazón humano a la verdad y al bien, sus capacidades, aunque parezcan infinitas, son incomparables con las capacidades humanas de captar la realidad. Se puede aprender tanto de una enfermedad, como de un abrazo de reconciliación e incluso de una simple puesta de sol. Tantas cosas que experimentamos como seres humanos nos abren nuevos horizontes y nos ofrecen la posibilidad de alcanzar una nueva sabiduría. Ningún dispositivo, que sólo funciona con datos, puede estar a la altura de estas y otras tantas experiencias presentes en nuestras vidas.

Establecer una equivalencia demasiado fuerte entre la inteligencia humana y la IA conlleva el riesgo de sucumbir a una visión funcionalista, según la cual las personas son evaluadas en función de las tareas que pueden realizar. Sin embargo, el valor de una persona no depende de la posesión de capacidades singulares, logros cognitivos y tecnológicos o éxito individual, sino de su dignidad intrínseca basada en haber sido creada a imagen de Dios. Por lo tanto, dicha dignidad permanece intacta más allá de toda circunstancia, incluso en aquellos que son incapaces de ejercer sus capacidades, ya sea un feto, una persona en estado de inconsciencia o un anciano que sufre.

A la luz de esto, como observa el Papa Francisco, el uso mismo de la palabra “inteligencia” en referencia a la IA “es engañoso” y corre el riesgo de descuidar lo más valioso de la persona humana. Desde esta perspectiva, la IA no debe verse como una forma artificial de la inteligencia, sino como uno de sus productos.

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat

SANTOS PATRONOS: CELEBRACIÓN EN ORIHUELA-ALICANTE

Al mediodía del 31 de enero  nos habíamos dado cita en la Concatedral de San Nicolás de Alicante para celebrar nuestros Santos Patronos Simeón y Ana, los últimos coletazos de Herminia y la llegada de Ivo nos dejaban en las cumbres de la provincia una capa de nieve que dejaba la temperatura ambiente  muy fría.

Representantes de casi todos los grupos de la capital y de algunos de la provincia nos hemos hecho presentes para la ocasión, que hemos comenzado con la celebración Eucarística con mucha solemnidad y cuidada liturgia nuestro consiliario D. Tomás  nos ha hecho reflexionar sobre la  figura de nuestros patronos Simeón y Ana, de como el Espíritu le había prometido a Simeón que no vería la muerte antes de conocer al Mesías y allí esta él, un hombre entrado en años al que muchas veces representamos con las vestimentas sacerdotales, que espera  en el templo trabajando para Dios, y como Ana de Fanuel de 84 años, profetisa y  viuda,  ayunaba y oraba en el templo, de cómo ambos podrían haber sido el germen de Vida Ascendente hablando de Dios a todo aquel con quien se encontraran.

También son una muestra  de promesa cumplida y de cómo el anciano Simeón proclama la oración del NUNC DIMITIS, que rezamos en completas, en la liturgia de las horas:

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.

Porque mis ojos han visto a tu Salvador,

a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.”

Ambos son un buen ejemplo de como Dios se fija en los pequeños, en los humildes para realizar su obra, tanto Ana como Simeón son ya personas improductivas en lo físico pero con un gran capital de espiritualidad, perseverancia, sabiduría y esperanza.

Pedimos a nuestros patronos que intercedan por nuestro movimiento, y por todos y cada uno de nosotros para que sirvamos fielmente al Señor en nuestra misión.

Posteriormente hemos compartido mesa en un restaurante cercano donde hemos gozado del buen ambiente de los hermanos que se reencuentran, al finalizar  muchos besos y abrazos en la despedida que han dejado ganas de un pronto reencuentro.