Gleison De Paula Souza nació el 14 de mayo de 1984 en Coronel Fabriciano, en el estado brasileño de Minas Gerais. Vivió su adolescencia en Ia patinga, una ciudad cercana a su lugar de nacimiento.
Desde 2005 hasta principios de 2016, fue miembro -con votos temporales- de la Congregación de la Pequeña Obra de la Divina Providencia (Don Orione), formando parte de varias comunidades oriones en Brasil e Italia. Tras un largo proceso de discernimiento, decidió tomar el camino de la vida laica.
En 2012 se licenció en Filosofía en el Instituto Santo Tomás de Aquino (ISTA) de Belo Horizonte (Brasil) defendiendo su tesis: “El concepto de Platón de Amor-Eros y Amor-Ágape y su relación con la Carta Encíclica ‘Deus Caritas Est’ del Papa Benedicto XVI”. En 2015 completó sus estudios de teología con la tesis: “Historia de la salvación: la acción misericordiosa de Dios en favor de los hombres” en la Pontificia Universidad Salesiana de Roma (UPS). En 2019 -en Lecce, Italia- obtuvo un Máster en Ciencias Filosóficas en la Universidad de Salento con la tesis: “Filosofía moderna y Magisterio de la Iglesia: el deseo de progreso racional y la defensa de la doctrina católica de 1823 a 1914”.
El Santo Padre Francisco lo nombró Secretario del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida el 17 de noviembre de 2022.
Desde el 11 de enero de 2023 es miembro de la Junta Directiva de la Pontificia Academia para la Vida.
El Dr. De Paula Souza está casado y es padre de dos hijas.
La urgencia de una mirada pastoral sobre el mundo de los mayores
DE LA ASISTENCIA A LA EXISTENCIA
Excelencias y queridos responsables de la pastoral de los mayores,
El tema de mi intervención es: «De la asistencia a la existencia».
Agradeciéndoles el hermoso trabajo que estamos realizando en este Congreso, reflexionaré sobre seis puntos que pueden ayudarnos a comprender la urgencia de una mirada pastoral sobre el mundo de los mayores.
En estos días de trabajo, madura la conciencia de que el mundo de las personas mayores es más complejo de lo que se piensa. Nuestra cultura, y a veces nuestra pastoral, ha interpretado durante mucho tiempo la vejez casi exclusivamente en términos de fragilidad y necesidad de asistencia. Esta visión parcial oscurece la plenitud y la dignidad de esta etapa de la vida. Las reflexiones del profesor Rosina y del padre Evrard nos han ayudado a superar simplificaciones y estereotipos. Estamos llamados a revisar las categorías con las que nos acercamos a esta etapa de la existencia, superando los prejuicios que reducen al anciano a un destinatario pasivo de cuidados y reconociendo su dignidad bautismal que lo convierte en sujeto activo en la comunidad.
El reto, por tanto, es precisamente este: valorar la contribución de las personas mayores a la misión de la Iglesia, con una pastoral que promueva su protagonismo. Para ello, sin embargo, es necesario un paso previo: cuestionar nuestras certezas. Nuestro trabajo de estos días será un éxito no si salimos con recetas prefabricadas, sino si tenemos el valor de plantearnos nuevas preguntas. Salir de aquí con algunas certezas menos nos empujaría a esa conversión pastoral que necesitamos: dejar de hablar de los ancianos para empezar a hablar con ellos, escuchando una realidad compleja y sorprendente. Partamos entonces de una de las paradojas que más nos interpelan.
La paradoja: una presencia activa pero pastoralmente invisible
Los ancianos son una realidad vital en nuestras comunidades. El fenómeno es global: todos los datos confirman que las personas mayores muestran niveles de práctica y participación religiosa más altos que los jóvenes, apoyando activamente a las parroquias. Sin embargo, esta presencia relevante suele estar ausente de nuestro horizonte pastoral. E incluso cuando se habla de ministerio, aunque a menudo son ellos los que reciben los ministerios instituidos o se convierten en diáconos permanentes, rara vez se reflexiona sobre su condición. En muchas realidades eclesiales se presta, con razón, gran atención a los jóvenes; es mucho más raro encontrar personas o estructuras que se ocupen específicamente de las personas mayores. Esta discrepancia nos interpela. ¿Cómo podemos descuidar a una parte tan importante del Pueblo de Dios? Es hora de iniciar un camino que integre su presencia de manera orgánica.
Superar los esquemas: la soledad de una generación en cambio
Uno de los primeros esquemas que hay que «desconstruir» es el que asocia la vejez con una experiencia única y monolítica. La realidad es muy diferente. Sin embargo, si hay un rasgo que, aunque con mil matices, une la vida de muchos ancianos hoy en día, es la soledad. Es una experiencia que tiene múltiples raíces y que caracteriza nuestra época, hasta el punto de que se ha hablado de un «siglo de soledad». Es una condición existencial que nos afecta a todos, pero que golpea con más dureza a los más frágiles, y por lo tanto también a las personas mayores. La cuestión es tan grave que varios Estados de todo el mundo están tomando medidas legislativas que imponen no abandonar a los padres o establecen un verdadero «deber de cuidado».
A esta soledad generalizada se suma, sin embargo, una especificidad de la generación que hoy vive la tercera edad. Los llamados baby boomers, nacidos después de la guerra, fueron la generación que más que ninguna otra cuestionó la institución familiar tradicional, en nombre de la autonomía y la realización personal. Son precisamente ellos los que hoy se enfrentan a menudo a la vejez en soledad. Como muestran los datos, en muchos países se está produciendo un aumento de los llamados «divorcios grises», es decir, de personas mayores: en Italia, en los últimos diez años, han aumentado inesperadamente los divorcios entre los mayores de 60 años, y se registran fenómenos similares en Estados Unidos, Japón y Corea del Sur. Es un fenómeno triste que provoca gran sufrimiento y preocupación. Parece paradójico que lo viva una generación que luchó por la autodeterminación y que hoy se enfrenta a la vejez en contextos familiares profundamente empobrecidos, en un silencio que ningún logro social puede llenar. Sin embargo, podemos esperar que no se trate de algo inevitable, sino que la tendencia pueda invertirse.
La existencia antes de la asistencia
Además del reto de la soledad, otro esquema reduccionista amenaza con aprisionar a la tercera edad: el que la identifica casi exclusivamente con la necesidad de asistencia. Nuestra cultura, orientada a la eficiencia, tiende a ver en las personas mayores principalmente una fragilidad que gestionar, un problema que resolver mediante planes de cuidados y estructuras protegidas. Desde esta perspectiva, la dimensión de la necesidad eclipsa cualquier otra, reduciendo la existencia a una supervivencia segura, pero a menudo vacía de sentido. Sin embargo, quien escucha auténticamente a las personas mayores percibe una demanda más profunda, un anhelo irreductible de no ser simplemente «cuidados», sino de «existir» plenamente. Es el deseo de seguir siendo protagonistas de su propia historia, de amar, soñar, aprender, participar en la vida hasta el final.
Y este deseo se manifiesta de mil maneras: en el jubilado que dedica su tiempo al voluntariado en la parroquia, convirtiéndose en un punto de referencia insustituible; en la viuda que, al quedarse sola, se matricula en la universidad de la tercera edad, no para obtener un título, sino por el placer de aprender y conocer gente nueva. Los ejemplos podrían multiplicarse mucho.
No se trata de un rechazo de la ayuda cuando es necesaria, sino de una poderosa afirmación de dignidad: una especie de resistencia silenciosa contra una cultura que querría definirlos solo por sus carencias. Es la petición de que se reconozca su valor no solo por lo que necesitan, sino por lo que son y lo que aún pueden aportar. Esta sed de vida, esta poderosa petición de existencia, interpela a nuestra pastoral y la llama a ofrecer no solo cuidados, sino también sentido y misión.
De la asistencia a la existencia: una nueva visión pastoral
En el Mensaje para la II Jornada Mundial de los Abuelos y los Ancianos, el Papa Francisco ofreció una clave de lectura decisiva para la pastoral de la tercera edad, distinguiendo entre «proyectos de asistencia» y «caminos de existencia». El Santo Padre afirma:
«No basta con preparar proyectos de asistencia, se necesitan caminos de existencia que sepan valorar la presencia, el testimonio y la misión de los ancianos en la Iglesia y en la sociedad» (Mensaje para la II Jornada Mundial de los Abuelos y los Ancianos, 2022).
Estas palabras, que ya había utilizado en una de sus catequesis, nos invitan a superar una visión reduccionista de la vejez, que la considera exclusivamente como un tiempo de fragilidad y necesidad, y a reconocer, en cambio, la riqueza de una etapa de la vida aún capaz de generar sentido, relaciones, testimonio y servicio. A menudo estamos acostumbrados a pensar que, con el avance de la edad, la persona solo necesita ser asistida. Pero nuestros ancianos, en realidad, desean existir plenamente, seguir viviendo como protagonistas, ser cristianos activos, participar en la vida de la comunidad y en la misión de la Iglesia. Quieren ser evangelizados y evangelizar. El Papa León nos ha hablado hoy de la pastoral de los ancianos como una pastoral «evangelizadora y misionera».
Como nos recordó el cardenal Farrell, la raíz de la pastoral de los ancianos se encuentra en el Concilio Vaticano II y en su redescubrimiento de la dignidad bautismal de todos los fieles. Precisamente esta dignidad, que pertenece a todos los bautizados de cualquier edad, nos lleva a reconocer el papel protagonista que los ancianos deben tener en la Iglesia. De hecho, todo bautizado está llamado a ser discípulo misionero. Por lo tanto, no podemos limitarnos a considerarlos «enfermos a los que hay que asistir», rechazamos la idea de que la vejez sea una enfermedad. Por el contrario, es una etapa de la vida, con sus retos y oportunidades.
Reconocer la dignidad para custodiar la vida
Aceptar estas premisas con seriedad nos lleva a dos consecuencias fundamentales e interrelacionadas. Por un lado, nos impulsa a buscar para los ancianos verdaderos «proyectos de existencia» que valoren sus carismas y su experiencia. Por otro lado, nos obliga a asistirles de manera más digna. Es decir, en nuestra pastoral no existe ninguna contradicción entre el cuidado de las personas mayores frágiles y el trabajo misionero: son dos dimensiones que brotan ambas de la conciencia de la dignidad infinita de cada persona.
Porque, seamos sinceros, cuántas veces, precisamente porque su dignidad no es plenamente reconocida, las personas mayores son mal atendidas, tratadas con suficiencia, descuidadas o, peor aún, maltratadas. Los datos de la Organización Mundial de la Salud nos dicen que aproximadamente 1 de cada 6 personas mayores en el mundo sufre algún tipo de abuso en contextos comunitarios, ya sea físico, psicológico, económico o una simple y terrible negligencia. Esto ocurre cuando la persona frágil deja de ser vista como un hermano o una hermana con nuestra misma dignidad y se convierte en un problema que hay que gestionar, en una carga.
Una propuesta para todos: el Evangelio y la oración por la paz
Por todas estas razones debemos dedicarnos con renovado entusiasmo a una verdadera pastoral de los ancianos. ¿Qué significa esto concretamente? Significa, ante todo, estar profundamente convencidos de que los ancianos —como todos, en cualquier edad de la vida— necesitan encontrar el Evangelio de Jesús, que siempre es una buena noticia, a cualquier edad. A todos, hasta el último momento, hay que ofrecerles una propuesta de vida cristiana plena, no una versión reducida o edulcorada. Tenemos los instrumentos para hacerlo. Algunos de estos instrumentos están relacionados precisamente con nuestro trabajo común, con los mensajes del Papa para la Jornada Mundial de los Abuelos y los Ancianos, con la celebración de la Jornada en nuestras comunidades, con el tesoro de la catequesis del papa Francisco. Y nosotros, desde el Dicasterio, estamos a vuestra entera disposición para colaborar y apoyar cualquier iniciativa que vaya en esta dirección.
En este horizonte, me gustaría hacer una propuesta concreta, un primer paso. Como sabéis, en estos días, el Santo Padre ha pedido dedicar este mes de octubre a la oración por la paz. Todos estamos angustiados por los vientos de guerra que soplan en el mundo y amenazan el futuro. ¿Por qué no hacer de esta intención el corazón de nuestra pastoral con los ancianos? Intentemos involucrar a todos los ancianos a los que llega nuestra pastoral, en las parroquias, en las residencias, en sus casas, en una gran oración incesante por como la viuda del Evangelio, verdaderos artesanos de la paz.
Pienso también en los muchos abuelos y abuelas que cada día elevan sus oraciones al Señor pidiendo protección y ayuda para sus nietos. En estos tiempos oscuros que estamos viviendo, cada persona mayor, al igual que los abuelos y las abuelas, puede asumir la misión de acompañar con la oración a los más jóvenes, de ayudarles a superar los enormes temores que les abruman, mostrándoles la esperanza y una visión confiada del futuro. Pensemos, por un momento, en los jóvenes llamados a las armas o que están luchando en el frente, en diversas partes del mundo; en aquellos que carecen de un trabajo justo y digno debido a sociedades destruidas por conflictos largos e interminables; y, en general, en los muchos jóvenes que no pueden realizar un proyecto de vida porque carecen de perspectivas de futuro. Los ancianos pueden asumir el compromiso de rezar concretamente por los jóvenes y para que la paz vuelva a reinar en nuestro mundo y en su mundo futuro.
La oración, además, ayuda a superar otra falsa y dañina idea preconcebida: la de una supuesta diferencia entre los ancianos «activos», a los que se les puede confiar una tarea, y los ancianos «demasiado frágiles», a los que solo se les puede asistir pasivamente. La oración es una propuesta universal, una misión para todos. Como nos recordó el Santo Padre León XIV en la catequesis del sábado pasado, nuestra relación con Dios no se basa en la comprensión intelectual, sino en la intuición del corazón. El Papa dijo: «A menudo, de hecho, las personas cultas intuyen poco, porque presumen saberlo todo. En cambio, es hermoso tener aún espacio en la mente y en el corazón para que Dios pueda revelarse». Por el contrario —continúa el Papa— «Dios es sencillo y se revela a los sencillos».
Incluso en el anciano más perdido, incluso en quien parece ausente, existe la posibilidad, en lo más profundo del corazón, de intuir a Dios y dirigirse a Él. La oración es un hilo que nadie, ni siquiera la enfermedad, puede romper. La oración puede ser un elemento que caracterice nuestra atención pastoral a los ancianos, porque creemos que Dios escucha la oración de todos, también la de los ancianos. Reflexionemos juntos sobre la poderosa fuerza que podríamos generar invitando a todos los ancianos, en cualquier condición en que se encuentren, a convertirse en artífices de la paz.
¡Gracias!
