La grandeza de la “compasión”
La grandeza de la compasión…
teóricamente reconocida, pero poco practicada en un mundo como el nuestro
con una “cultura del individualismo”,
la prisa, lo inmediato, la indiferencia hacia el otro y el descarte, que deja a muchas personas “heridas”
al borde del camino de la vida,
a la espera de que llegue un “samaritano” que se “compadezca” de ellas
y se haga “prójimo” con ellas.
La grandeza de la compasión…
inicia su proceso en el “sentimiento de alteridad” que brota del corazón
y finaliza en el “compromiso” con el sufrimiento ajeno, tanto corporal como mental y espiritual.
La compasión que se queda en la pura emoción
sin llegar a la “acción”, no es verdadera compasión. El “buen samaritano” es el ejemplo:
“Un samaritano que iba de camino vio a un hombre herido y sintió compasión de él.
Se acercó, lo curó, se hizo cargo de él, lo cuidó y lo llevó al posadero.
-¿Quién de los tres que lo vieron
te parece que fue el prójimo del hombre herido? El maestro de la ley respondió:
-El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo:
-Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10,30).
La grandeza de la compasión…
tanto a nivel personal como planetario
viene dada esencialmente por la relación con el sufrimiento, en cualquiera de sus manifestaciones,
y con la persona sufriente.
“Una sociedad que no acepta a los que sufren
y que no es capaz de contribuir mediante la compasión a lograr que el sufrimiento sea compartido
y sobrellevado interiormente,
es una sociedad cruel y deshumanizada” (Benedicto XVI).
La grandeza de la compasión…
tiene el valor añadido que le dio Jesús viviéndola, practicándola y recomendándola. “Jesús vio que llevaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda.
Jesús tuvo compasión de ella y le dijo: “No llores”
Y al muerto le dijo: “Muchacho, a ti te digo, ¡levántate!” El muerto se sentó y comenzó a hablar” (Lc 7,11).
“Un mendigo ciego oyó que pasaba Jesús y comenzó a gritar: -¡Hijo de David, ten compasión de mí!
Jesús se detuvo y preguntó al ciego: -“¿Qué quieres que haga por ti?”
-Maestro, quiero recobrar la vista.
Jesús le dijo: “Puedes irte, tu fe te ha salvado” (Mc 10,46). “Jesús, viendo a la gente, sentía compasión,
porque estaban angustiados y desvalidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,35).
La grandeza de la compasión…
se alcanza cuando alguien, voluntariamente, se acerca a la persona que sufre,
se hace “prójimo” con ella
y compadeciéndose, le ofrece ayuda.
“El verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor fraterno,
que tiene su raíz en el amor de Dios” (Papa Francisco).
“Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí; por tu gran ternura, borra mi culpa. ¡Lávame de mi maldad!
¡Límpiame de mi pecado!” (Sal 51,1).
Julián del Olmo
Domingo, 5 de julio de 2026

