EL SANTO DE LA SEMANA: SAN PEDRO CLAVER

Pedro Claver y Juana Corberó, campesinos catalanes, tuvieron seis hijos, pero solo sobrevivieron Juan, el mayor, y los dos mas pequeños, Pedro e Isabel. El padre apenas podía firmar su nombre, pero era un hombre trabajador y buen cristiano. La infancia de Pedro quedó oculta para la historia como la de tantos santos, incluso la de Nuestro Señor. Trabajaba en el campo con su familia.

Pedro se graduó de la Universidad de Barcelona. A los 19 años decide ser Jesuita e ingresa en Tarragona. Mientras estudiaba filosofía en Mallorca en 1605 se encuentra con San Alonso Rodriguez, portero del colegio. Fue providencial. San Alonso recibió por inspiración de Dios conocimiento de la futura misión del joven Pedro y desde entonces no paró de animarlo a ir a evangelizar lo territorios españoles en América.

Pedro creyó en esta inspiración y con gran fe y el beneplácito de sus superiores se embarcó hacia la Nueva Granada en 1610. Debía estudiar su teología en Santa Fe de Bogotá. Allí estuvo dos años, uno en Tunja y luego es enviado a Cartagena, en lo que hoy es la costa de Colombia. En Cartagena es ordenado sacerdote el 20 de Marzo de 1616.

Al llegar a América, Pedro encontró la terrible injusticia de la esclavitud institucionalizada que había comenzado ya desde el segundo viaje de Colón el 12 de Enero de 1510, cuando el rey mandó a emplear negros como esclavos. Se trata de una tragedia que envolvió a unos 14 millones de infelices seres humanos. Un millón de ellos pasaron por Cartagena. Los esclavos venían en su mayoría de Guinea, del Congo y de Angola. Los jefes de algunas tribus de esas tierras vendían a sus súbditos y sus prisioneros. En América los usaban en todo tipo de trabajo forzado: agricultura, minas, construcción.

Cartagena por ser lugar estratégico en la ruta de las flotas españolas se convirtió en el principal centro del comercio de esclavos en el Nuevo Mundo. Mil esclavos desembarcaban cada mes. Aunque se murieran la mitad en la trayectoria marítima, el negocio dejaba grandes ganancias. Por eso, las repetidas censuras del papa no lograron parar este vergonzoso mercado humano.

Pedro no podía cambiar el sistema. Pero si había mucho que se podía hacer con la gracia de Dios. Pero hacía falta tener mucha fe y mucho amor. Pedro supo dar la talla. En la escuela del gran misionero, el padre Alfonso Sandoval, Pedro escribió: «Ego Petrus Claver, etiopum semper servus» (yo Pedro Claver, de los negros esclavo para siempre». Así fue. San Pedro no se limitó a quejarse de las injusticias o a lamentarse de los tiempos en que vivía. Supo ser santo en aquella situación y dejarse usar por Jesucristo plenamente para su obra de misericordia. En Cartagena durante cuarenta años de intensa labor misionera se convirtió en apóstol de los esclavos negros. Entre tantos cristianos acomodados a los tiempos, el supo ser luz y sal, supo hacer constar para la historia lo que es posible para Dios en un alma que tiene fe.

A pesar de su timidez la cual tubo que vencer, se convirtió en un organizador ingenioso y valiente. Cada mes cuando se anunciaba la llegada del barco esclavista, el padre Claver salía a visitarlos llevándoles comida. Los negros se encontraban abarrotados en la parte inferior del barco en condiciones inhumanas. Llegaban en muy malas condiciones, víctimas de la brutalidad del trato, la mala alimentación, del sufrimiento y del miedo. Claver atendía a cada uno y los cuidaba con exquisita amabilidad. Así les hacia ver que el era su defensor y padre. Enseña a los esclavos

Los esclavos hablaban diferentes dialectos y era difícil comunicarse con ellos. Para hacer frente a esta dificultad, el padre Claver organizó un grupo de intérpretes de varias nacionalidades, los instruyó haciéndolos catequistas.

Mientras los esclavos estaban retenidos en Cartagena en espera de ser comprados y llevados a diversos lugares, el padre Claver los instruía y los bautizaba. Los reunía, se preocupaba por sus necesidades y los defendía de sus opresores. Esta labor de amor le causó grandes pruebas. Los esclavistas no eran sus únicos enemigos. El santo fue acusado de ser indiscreto por su celo por los esclavos y de haber profanado los Sacramentos al dárselos a criaturas que a penas tienen alma. Las mujeres de sociedad de Cartagena rehusaban entrar en las iglesias donde el padre Claver reunía a sus negros. Sus superiores con frecuencia se dejaron llevar por las presiones que exigían se corrigiesen los excesos del padre Claver. Este sin embargo pudo continuar su obra entre muchas humillaciones y obstáculos. Hacia además penitencias rigurosas. Carecía de la comprensión y el apoyo de los hombres pero tenia una fuerza dada por Dios.

Muchos, aun entre los que se sentían molestos con la caridad del padre Claver, sabían que hacia la obra de Dios siendo un gran profeta del amor evangélico que no tiene fronteras ni color. Era conocido en toda Nueva Granada por sus milagros. Llegó a catequizar y bautizar a más de 300,000 negros.

En la mañana del 9 de Septiembre de 1654, después de haber contemplado a Jesús y a la Santísima Virgen, con gran paz se fue al cielo.

Beatificado el 16 de Julio de 1850 por Pío IX.

Canonizado el 15 de Enero de 1888 por León XIII junto con Alfonso Rodriguez.

El 7 de Julio de 1896 fue proclamado patrón especial de todas las misiones católicas entre los negros.

El papa Juan Pablo II rezó ante los restos mortales de San Pedro Claver en la Iglesia de los Jesuitas en Cartagena el 6 de Julio de 1986.

Su fiesta se celebra el 9 de Septiembre.

Fuente: Santopedia

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV. LOS DOCUMENTOS DO CONCÍLIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM 7. LA MÚSICA SACRA

El sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sagrada. Este afirma: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne» (SC, 112) y precisa: «La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).

Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya resaltado por San Pio X en el Motu Proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). De hecho, la música forma parte de la acción litúrgica, y no es un mero adorno de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, sintonizando el propio corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios, en la participación activa en el misterio celebrado. Precisamente la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma San Agustín: «Cantare amantis est», es decir «cantar es proprio de quien ama» (Sermo 336,1). Esto es muy importante, porque ayuda en abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y en dejarse moldear por ella.

El canto, además, favorece la comunión. Por medio de la sinfonía de las voces contribuye a unir los ánimos, superando las diferencias entre las personas y reuniendo todos en la alabanza a Dios. Así se convierte en una epifanía de la Iglesia, manifestación tangible de la comunión que pertenece a su naturaleza.

De la profunda relevancia teológica del canto sacro, como parte integrante de la acción litúrgica, derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos los niveles a lo que resulta más adecuado para el momento de la celebración. Además, la forma, especialmente en su aspecto melódico, debe ser a la vez noble y sencilla, de alta calidad musical y fácil de ejecutar, sobretodo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).

Por la misma razón, el Concilio recomienda que los textos también sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, simples de comprender, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, en los libros litúrgicos y en la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto hay que velar, para que se mantenga viva y para que crezca la dinámica expresada en el antiguo principio “lex orandi lex credendi”, es decir, la ley de la oración es también la ley de la fe.

Sacrosanctum Concilium dedica mucho espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «se ha de comprender […] partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 52) en un «espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel» (ibid. 55). En cuanto a la manera concreta con la que esta se puede realizar por medio del rol específico de la música sagrada, la Constitución ofrece una respuesta clara: «se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30), y exhorta a cada uno, ministro o simple fiel, a desempeñar «todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC, 28) en el equilibrio armonioso entre los distintos ministerios, las diversas intervenciones y los momentos de silencio.

El Concilio concede además gran importancia al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sagrada. Se presta también especial atención al órgano (cfr. SC, 120), mientras que se admite el uso de otros instrumentos «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).

Un tema muy importante para la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas muy en cuenta, como parte de la vida religiosa y social de las personas. Por ello, se recomienda, por un lado, poner en práctica en todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por el otro, «dentro de lo posible […] puedan promover la música tradicional de su pueblo, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).

En el contexto litúrgico, se reconoce una función especial a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión de «velar por la ejecución exacta de las partes que le corresponden, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (S. CONGR. DE LOS RITOS, Instrucción Musicam sacram, 19).

Con este fin, el compositor de música sacra debe conocer y preservar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las diferentes tradiciones culturales, de modo que «purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» ( S. JUAN PABLO II, Quirógrafo sobre la música sagrada, 22 de noviembre de 2003, 3).

Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan fomentar la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115) y garantizar a los músicos y cantantes una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia concedieron gran importancia al canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por eso podemos concluir con estas hermosas palabras de San Ignacio de Antioquía: «Que cada uno de vosotros también se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4,2).

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CATEQUESIS DEL PAPA LEON XIV. LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM 6. EL AÑO LITÚRGICO

El quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema sobre el cual hoy queremos deternos, para explicar su importancia en la vida de todo creyente.

En primer lugar, hay que recordar que esta manera de definir el ciclo de las celebraciones cristianas “año litúrgico” se extendió en el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el abad Prosper Guéranger (1805-1875).

En la encíclica Mediator Dei, Papa Pio XII afirma que «no es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple […] recuerdo de una edad pretérita. Más bien, el año litúrgico es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […] con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y por ellos en cierto modo vivan; misterios que están presentes y obran constantemente» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). Por lo tanto, el año litúrgico debe entenderse como constante actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los fieles llenarse de la gracia de la salvación (cf. SC, 102c). El encuentro con Jesús, que murió y resucitó por nosostros, es el fin que la Iglesia persigue siempre, situando en el centro de cada momento la celebración del acontecimiento pascual.

Por esta razón, los padres conciliares consideran «fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» precisamente el domingo «el día de la fiesta primordial» (cf. SC, 106). En varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”, “el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!

San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, “el día de los días”: «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía» (n.75), cuando todos resucitaremos.

Para santificar el domingo es fundamental celebrar la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC, 106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede sustituirse por una presencia meramente virtual, ni se reduce a una reunión meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en la participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para que «den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1Pe, 1,3)» (ibid.).

En este sentido, os animo a todos a crear las mejores condiciones posibles para que también puedan participar en la Santa Misa aquellos que los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del trabajo.

Queridos hermanos, el año litúrgico, marcado por los domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la devoción de la Iglesia. De hecho, ya desde el siglo II d. C., a la celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «la máxima solemnidad» (SC, 102), que se extendía a lo que se denomina el «tiempo de gran alegría» de cincuenta días, que culminaba en Pentecostés y se preparaba mediante el tiempo de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC, 109). El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar posteriormente siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo. La Iglesia ha incorporado además en los distintos tiempos la veneración de la Santísima Virgen María, «unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo» (SC, 103), y «el recuerdo de los mártires y de los demás santos […] cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros» (SC, 104).

El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.

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CATEQUESIS DEL PAPA LEON XIV. LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM 5. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA

En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica.

Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).

En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece volver a ser descubierta en su verdad.

La Constitución Sacrosanctum Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba profundamente al Papa San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).

En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo» (SC, 5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC, 84).

Por eso, San Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const. ap. Laudis canticum).

Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración cristiana.

Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él.

Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros. Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra; le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).

Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo, las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso glorioso del Señor.

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¿DÓNDE HAY PLENITUD DE VIDA?

Seguramente muchas personas responderían a la pregunta que encabeza este articulo diciendo que hay plenitud de vida o, en términos más sencillos, una buena vida, allí donde hay salud, dinero y amor. Aunque eso del amor suele confundirse con el sexo, y el sexo mal utilizado puede perjudicar la salud y desde luego está muy alejado del amor que perdona y se entrega desinteresadamente. Al final todo se reduce a tener dinero. Ahí está para muchos el criterio de la buena vida.

Pero no es lo mismo buena vida que vida buena. Jesús era amante de la fiesta y del buen vivir. Tanto que fue acusado de comilón y bebedor. Pero el buen vivir, la vida buena, no consiste en mirarse solo a sí mismo buscando agotar todas las posibilidades de placer, sino en vivir teniendo en cuenta a los demás, pensando en los demás, viviendo para los demás. Solo el que busca la felicidad de los demás, ese y solo ese, trabaja por su propia felicidad. Este vivir para los demás es el secreto que el Evangelio nos descubre si queremos salvar la vida ya desde ahora: el que entrega su vida y la pierde por el Evangelio, ese la gana. Y de eso se trata: de ganar la vida.

Jesús afirma explícitamente que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. La pretensión de Jesús es que haya vida en abundancia. Naturalmente, se trata de mucho más que la mera vida biológica. Una vida abundante y en plenitud es una vida con sentido. Hoy un miedo profundo ronda nuestras ciudades: el de que nada vale la pena, nada tiene sentido. De ahí las tentaciones fundamentalistas, que ofrecen respuestas demasiado fáciles a problemas demasiado complejos. La Iglesia, por el contrario, aunque pretende que su mensaje está cargado de sentido, no pretende tener respuesta a todas las cuestiones. El Vaticano II lo dice bien claro: no hay que pensar que “los pastores están siempre en condiciones de poder dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aún graves, que surjan. No es esta su misión” (Gaudium et Spes, 43).

La cuestión del sentido va unida a la cuestión de la verdad, del bien y del amor. Lo que da plenitud de vida es vivir en la verdad. Desgraciadamente, la mentira abunda. Se miente para ocultar el mal que uno hace. Se miente para aparentar. Pero detrás de la apariencia solo hay la nada y el vacío. La verdad está unida al bien y al amor. Lo que nos da plenitud de vida es actuar en conciencia buscando el bien de los demás y sentirnos queridos, sabernos destinatarios de un amor pleno e incondicional.

En Jesús de Nazaret encontramos el modelo más acabado de un amor que toma partido a favor del bien y en contra del mal, un amor “hasta el extremo” (Jn 13,1), hasta más no poder. De ahí que Jesús da la vida por sus amigos: “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Este amor es grande y hasta el extremo porque Jesús nos considera a todos sus amigos, incluso a los que aparentemente son sus enemigos. Por eso da la vida “por todos”, como decimos en cada Eucaristía, por todos “para el perdón de los pecados”, de todos los pecados.

Martin Gelabert Ballesteros O.P. – Blog Nihil Obstat

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

La grandeza de la “compasión”

La grandeza de la compasión…

teóricamente reconocida, pero poco practicada en un mundo como el nuestro

con una “cultura del individualismo”,

la prisa, lo inmediato, la indiferencia hacia el otro y el descarte, que deja a muchas personas “heridas”

al borde del camino de la vida,

a la espera de que llegue un “samaritano” que se “compadezca” de ellas

y se haga “prójimo” con ellas.

La grandeza de la compasión…

inicia su proceso en el “sentimiento de alteridad” que brota del corazón

y finaliza en el “compromiso” con el sufrimiento ajeno, tanto corporal como mental y espiritual.

La compasión que se queda en la pura emoción

sin llegar a la “acción”, no es verdadera compasión. El “buen samaritano” es el ejemplo:

“Un samaritano que iba de camino vio a un hombre herido y sintió compasión de él.

Se acercó, lo curó, se hizo cargo de él, lo cuidó y lo llevó al posadero.

-¿Quién de los tres que lo vieron

te parece que fue el prójimo del hombre herido? El maestro de la ley respondió:

-El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo:

-Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10,30).

La grandeza de la compasión…

tanto a nivel personal como planetario

viene dada esencialmente por la relación con el sufrimiento, en cualquiera de sus manifestaciones,

y con la persona sufriente.

“Una sociedad que no acepta a los que sufren

y que no es capaz de contribuir mediante la compasión a lograr que el sufrimiento sea compartido

y sobrellevado interiormente,

es una sociedad cruel y deshumanizada” (Benedicto XVI).

La grandeza de la compasión…

tiene el valor añadido que le dio Jesús viviéndola, practicándola y recomendándola. “Jesús vio que llevaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda.

Jesús tuvo compasión de ella y le dijo: “No llores”

Y al muerto le dijo: “Muchacho, a ti te digo, ¡levántate!” El muerto se sentó y comenzó a hablar” (Lc 7,11).

“Un mendigo ciego oyó que pasaba Jesús y comenzó a gritar: -¡Hijo de David, ten compasión de mí!

Jesús se detuvo y preguntó al ciego: -“¿Qué quieres que haga por ti?”

-Maestro, quiero recobrar la vista.

Jesús le dijo: “Puedes irte, tu fe te ha salvado” (Mc 10,46). “Jesús, viendo a la gente, sentía compasión,

porque estaban angustiados y desvalidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,35).

La grandeza de la compasión…

se alcanza cuando alguien, voluntariamente, se acerca a la persona que sufre,

se hace “prójimo” con ella

y compadeciéndose, le ofrece ayuda.

“El verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor fraterno,

que tiene su raíz en el amor de Dios” (Papa Francisco).

“Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí; por tu gran ternura, borra mi culpa. ¡Lávame de mi maldad!

¡Límpiame de mi pecado!” (Sal 51,1).

Julián del Olmo

Domingo, 5 de julio de 2026

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN NICOLÁS PIECK Y COMPAÑEROS

San Nicolás Pieck o Pick junto con otros diez franciscanos del convento de la pequeña ciudad holandesa de Gorcum, junto con otros ocho sacerdotes y religiosos, fueron martirizados por los calvinistas en Brielle por negarse a apostatar de la fe y, en especial, a retirar su obediencia al Papa.

La primera página de la historia de la nacionalidad holandesa está manchada de sangre. Hoy quisieran borrarla todos los holandeses, aun los protestantes más reaccionarios. Fueron jornadas inexplicables en un pueblo que pasa como prototipo de cordura y de sentido de tolerancia.

Para comprender lo que entonces sucedió precisa trasladarse al clima político y religioso, también social, de los Países Bajos de la segunda mitad del siglo XVI, ricos y superpoblados, invadidos por los predicantes calvinistas y alzados en guerra sin cuartel contra el dominio español.

El año 1566, con la aparición en escena del partido de los gueux o «mendigos», señala el comienzo de una serie de devastaciones iconoclastas en todo el Flandes español, no sin connivencia de la nobleza. Felipe II envía al duque de Alba. La sola presencia del gran estratega, alma recta y mano dura, impone el orden y el silencio. Silencio rencoroso, precursor de las grandes catástrofes. Guillermo de Nassau saca partido de la situación para levantar la bandera de la independencia. El de Alba le derrota en todos los frentes. Pero allí queda la pesadilla de los «mendigos del mar», guarecidos en las islas que ciñen la costa. Gente desgarrada, rebotada de todos los países, sin otro vínculo que el odio a los papistas y la sed del pillaje. Desde 1571 los manda el conde de la Marck, que ha jurado no raparse la barba ni cortarse las uñas hasta el día en que haya vengado, en los sacerdotes y religiosos, la muerte de los condes de Egmont y de Hornes, ajusticiados por los españoles. Un golpe audaz le ha puesto en posesión de la importante plaza fuerte de Brielle, en la desembocadura del Mosa. Iglesias y conventos son saqueados, quemadas las imágenes, asesinados con crueldad refinada los eclesiásticos que no logran ponerse a salvo.

El 25 de junio de 1572 una flotilla, mandada por el capitán Marino Brant, atacaba la pequeña ciudad de Gorkum. Las fuerzas fieles al rey hubieron de hacerse fuertes en la ciudadela, donde fueron a refugiarse todos los sacerdotes y religiosos. Pertenecían al clero secular el párroco Leonardo Vechel, su coadjutor Nicolás Janssen y un anciano de setenta años, por nombre Godofredo van Duynen. Los dos primeros, en la plenitud de sus fuerzas y de su celo pastoral, intrépidos defensores de su grey y llenos de caridad con los pobres. El anciano vivía retirado en su casa de Gorkum, debido al trastorno de sus facultades mentales, que no le impedía ejercer las funciones sacerdotales ni llevar una intensa vida interior.

El grupo más importante de los refugiados estaba formado por trece franciscanos de la Observancia, que componían, con algunos más, la comunidad existente en la ciudad. Gobernábala como guardián un religioso de dotes excepcionales, el padre Nicolás Pieck, joven de treinta y ocho años, en cuyo semblante se espejaban a la par la penetración de la mente y la limpidez serena del espíritu. Era su vicario el padre Jerónimo de Weert, de trato agradable y ejemplar en la guarda de sus obligaciones religiosas. Venían después los padres Nicasio de Heeze, eximio director de almas; Teodoro van der Eem, anciano de setenta años que desempeñaba la capellanía del monasterio de religiosas de la Tercera Orden; Willehald de Dinamarca, venerable y austero nonagenario, expulsado de su patria por la persecución protestante; Godofredo de Melveren, asiduo apóstol del confesonario; Antonio de Weer, Antonio de Hoornaert, el recién ordenado Francisco van Rooy, y un padre Guillermo, que constituía la nota discordante del cuadro, pues tenía contristada a la comunidad con su conducta poco regulada. Completaban la comunidad los hermanos legos fray Pedro de Assche, fray Cornelio de Wyk-by-Duurnstende y el novicio de dieciocho años fray Enrique.

Había también un religioso agustino, el padre Juan de Oosterwyk, capellán del segundo monasterio de religiosas de Gorkum. Las dos comunidades femeninas habían sido puestas a salvo con anterioridad.

Asimismo habían dejado la ciudad a tiempo los canónigos del Cabildo, a excepción del doctor Pontus van Huyter, administrador de los bienes capitulares. Se hallaba con los demás en el castillo.

En la noche del 27 de junio la guarnición tuvo que capitular. Brant juró respetar la vida y la libertad de todos los defensores y refugiados. Pero ¿podía confiarse en la palabra de aquella gente? Como primera precaución todos se confesaron y se aprestaron con el Pan de los fuertes para la inmolación.

Las escenas que siguieron vinieron a confirmar plenamente los presentimientos. Primero el saqueo general. Después el despojo de los detenidos uno a uno. Los gueux querían dinero, y como los franciscanos, fieles cumplidores de su regla, no lo llevaban, fueron maltratados sin piedad. El hallazgo de los cálices y demás vasos sagrados, ocultados en la torre, dio pie para una orgía sacrílega. Durante ocho días tuvieron que soportar cuantas burlas y crueldades es capaz de inventar una soldadesca ebria: parodias litúrgicas, simulacros de ejecución, torturas inauditas. Al padre Pieck le suspendieron con su propio cordón; éste se rompió, y el guardián cayó al suelo sin sentido. Los verdugos, para comprobar si había muerto, aplicáronle una llama a los oídos, a la nariz y en el interior de la boca.

Para curarle fue preciso llamar un cirujano, que resultó ser su propio cuñado, ardid de que se sirvieron los familiares para ver de libertarlo, como ya se había conseguido con otros dos sacerdotes. El padre Pieck, en efecto, era natural de Gorkum, donde tenía parientes y amigos de influencia. Merced a ellos tuvo desde el primer momento la libertad en su mano. Su respuesta, sin embargo, lo mismo ante el cirujano que ante sus dos hermanos, ladeados ya hacia la herejía y empeñados hasta el trance final en doblegarle con ruegos, persuasiones y amenazas, fue invariablemente la del superior fiel a su puesto: -No aceptaré la libertad si no es juntamente con mis religiosos.

El 7 de julio eran conducidos a Brielle. Los reclamaba el conde de la Marck desde su cuartel general. Y el emisario de confianza fue el canónigo apóstata Juan de Omal, auténtica estampa de renegado. Las befas y malos tratos se multiplicaron durante el trayecto y a la llegada al puerto de Brielle. Medio desnudos y atados de dos en dos fueron conducidos a la ciudad, entre los insultos soeces del populacho, y obligados a parodiar una procesión. El canto escogido por los confesores de la fe fue el Te Deum.

En la inmunda cárcel donde fueron hacinados hallaron a los párrocos Andrés Wouters y Andrés Bonders. Aquel mismo día se les unieron dos religiosos premonstratenses: Jacobo Lacops, que seis años antes había dado el escándalo de hacerse pastor protestante, pero lo había reparado con una vida ejemplar, y Adrián de Hilvarenbeek. Sumaban en total veintitrés los prisioneros.

Era demasiado hermoso. El conde de la Marck y su satélite Juan de Omal buscaban la apostasía. Y se iniciaron taimados interrogatorios, proposiciones, disputas sobre puntos de fe. Fue conmovedora la respuesta en que se cerró el lego fray Cornelio, ante las capciosas argumentaciones: -Yo creo todo lo que cree mi superior.

Hubo defecciones dolorosas. Pontus van Huyter y Andrés Bonders lograron la libertad claudicando. El guardián hubo de sufrir el ataque supremo de los suyos: ¡qué le costaba lograr que sus religiosos, sin negar ningún artículo de la fe, retiraran la obediencia al Papa, al menos fingidamente!

A la una de la mañana del día 9 fue la ejecución. Pieck subió el primero a la horca, sin dejar de animar a los demás. Ante el patíbulo hubo aún otras dos deserciones: la del padre Guillermo, tibio hasta el final, y la del novicio imberbe fray Enrique. Los demás afrontaron la muerte con serenidad, resistiendo hasta el final las insinuaciones de los ministros calvinistas.

Los diecinueve fueron canonizados por Pío IX el 29 de junio de 1867.

Los pormenores del martirio, con las noticias concernientes a cada uno de los santos, constan día a día por las fuentes más veraces que pudieran desearse. El escritor Pontus van Huyter lavó la mancha de su defección escribiendo más tarde el relato verificado de cuanto había presenciado. Hay otros relatos contemporáneos, basados en testigos oculares, entre éstos el mismo novicio fray Enrique, que hizo penitencia, ingresando de nuevo en la Orden. La obra fundamental es la de V. G. Estius (Van Est), Historia Martyrum Gorcomiensium (Douai 1603). El autor conoció personalmente a casi todos los mártires y se informó diligentemente. Modernamente ha hecho el estudio definitivo, en la colección «Les Saints», H. Meuffels, C.M., Les Martyrs de Gorcum (París 1908).

(por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.)

MARISOL Y ANTONIO, PRESENTES EN EL BERNABÉU CON EL PAPA LEÓN XIV: «LOS MAYORES SOMOS CON LOS QUE LA IGLESIA PUEDE CONTAR SIEMPRE»

La visita del Papa León XIV ha mostrado la polifonía de la Iglesia que camina en Madrid, como él mismo señaló en el Bernabéu: jóvenes, niños, familias, vida religiosa, clero, laicos comprometidos y mayores, que han acompañado al Santo Padre en toda su estancia en Madrid mostrando su entusiasmo en las calles, participando de la Eucaristía o poniendo sus dones al servicio para que cada peregrino pudiera tener su encuentro personal con Jesucristo.

Marisol Tormo tiene 85 años, es viuda desde hace 35 y tiene cinco hijos, nueve nietos y una biznieta. «Feliz y contenta», dice, enérgica, resumiendo su vida. Marisol está integrada en la parroquia Nuestra Señora de Altagracia y en Vida Ascendente, donde aprenden a mirar su realidad a la luz del Evangelio.

«Los mayores todavía tenemos muchas cosas que decir», apunta cuando le preguntamos por su vida en la Iglesia. «Que no produzcamos no quiere decir que no podamos aportar». «Somos pilares en la Iglesia» y, por eso, «que no nos aparten». Sí, continúa, los servicios sociales se preocupan «de que estemos bien cuidados, bien atendidos», pero también es importante que se ocupen «de la fe de los mayores».

Marisol, que en el encuentro diocesano en el Bernabéu pudo ver pasar al Papa muy cerca de ella, continúa explicando que «los mayores somos con los que la Iglesia puede contar siempre: somos los que tenemos tiempo para cuidar las flores, lavar los corporales, ir antes de las Misas y preparar las cosas, si se ha caído algo, barrerlo, estar atentos a lo que pasa alrededor…». «Los mayores sustentan la fe, y la economía, también».

Y ve un reto, que es el de llegar a los que no bajan a la parroquia: «Que tengamos la preocupación de llegar a los que no llegan a nosotros».

Ministra extraordinaria de la Comunión

Marisol ha vivido la visita del Papa a Madrid de una manera muy especial. Fue ministra extraordinaria de la Comunión en la Misa del Corpus en Cibeles. Se lo propuso su párroco. Sabía que tenía que madrugar mucho y que caminar, pero «me tomaré un paracetamol» y listo.

La mañana del domingo 7 de junio, los ministros de la Comunión participaron de la Eucaristía a las 8:00 en las parroquias eucarísticas que se instauraron en las inmediaciones de Cibeles. En esas Misas se consagraron las formas que se iban a distribuir después en la que presidió León XIV. A Marisol le tocó la basílica de Jesús de Medinaceli y repartir la Comunión en Neptuno. Le impresionó el respeto de la gente por la Eucaristía.

También le ha impresionado, en general de la visita, la cantidad de jóvenes que ha visto y que «no ha pasado absolutamente nada; han estado fantásticos, demostrando que tienen fe». Y de León XIV, se queda con su discruso «atrevido» en el Congreso de los Diputados: «Que la vida es lo más importante que tenemos, el tesoro más preciado, y tenemos que cuidarla, desde la concepción hasta el final». Está feliz con la experiencia en general: «Es de los trenes últimos que voy a coger». (Imagen inferior, parroquia eucarística de San José).

«Testimonio de la presencia y la permanencia»

A Antonio González lo encontramos en medio de una de sus sesiones matinales de bicicleta por la Casa de Campo. Tiene 74 años para 75, maestro jubilado, que vino a Madrid de su Cuenca natal a buscar trabajo y encontró una esposa, una parroquia, una comunidad…

Estuvo presente en la inauguración, hace 51 años, de la parroquia Santa María de la Fe, con el cardenal Tarancón. El nuevo templo lo consagró el cardenal Rouco años después, y el año pasado celebraron los 50 años con el cardenal Cobo. Antonio se casó allí, bautizó a sus hijos. En la parroquia «nos han acompañado, educado; hemos tenido sacerdotes buenísimos que nos han formado como laicos comprometidos y libres».

Encontró a la Iglesia a la que le ha dedicado su vida, siendo catequista, monitor de campamentos, formando parte del consejo pastoral —ahora del Económico—, en Cáritas… «Este año hemos ido a 13 colegios, públicos y privados, y a dos parroquias, en campañas de comunicación y sensibilización». Además, durante 18 años ha formado parte del Apostolado Seglar. «Me siento muy afortunado de estar en la Iglesia».

Ahora, cuando ya cuenta vida a sus espaldas, señala lo que los mayores como él aportan a la Iglesia: «Los mayores son testimonio de la presencia y la permanencia; aportan estar, permanecer, acompañar a hijos y nietos, rezar».

Antonio estuvo también presente en el Bernabéu, «a tres metros del Papa» durante todo el acto. «Se le veía que tenía ganas de escuchar, de estar con los cristianos», afirma, en general del viaje, por eso destaca «su proximidad». No es un hombre «de titulares de prensa, porque ya en sí el discurso entero lo es».

Le ve una persona «muy reflexiva, muy meditada, de mucha fe, de mucha confianza, entregado, inteligente, que habla claro sin ofender a nadie». Y destaca el diálogo que ha establecido con toda la sociedad civil.

Fuente: Archidiócesis de Madrid

MÚSICA SACRA: “ECCE SACERDOS MAGNUS” DE ANTON BRUCKNER

Ecce sacerdos magnus (He aquí un gran sacerdote), WAB 13, es un motete sacro de 1885 del compositor austriaco Anton Bruckner. Es una musicalización de la antífona del mismo título.

Historia

Esta obra fue compuesta a petición de Johann Burgstaller para ser interpretada en la Catedral de Linz con motivo del centenario de la fundación de la diócesis . Se completó el 28 de abril de 1885 y se envió a Burgstaller a mediados de mayo.  Sin embargo, la obra no se interpretó en dicho evento, ni en ningún otro durante la vida de Bruckner.

La obra, cuyo manuscrito se encuentra archivado en el Wiener Männer-Sangverein ,  fue editada por Viktor Keldorfer ( Edición Universal ) en 1911.  Se estrenó el 21 de noviembre de 1921 a cargo de la sociedad coral femenina de Vöcklabruck.

El motete se publica en Band XXI/33 de la Gesamtausgabe.

Música

La pieza, de un total de 106 compases, es un responsorio a seis voces en La menor para coro mixto, tres trombones y órgano:

Ecce sacerdos magnus (compases 1-22). Como en el Te Deum de Bruckner , la obra comienza con quintas desnudas .

Ideo jure jurando (compases 23–39). Esta segunda parte de la obra, que recuerda la armonía del anterior Locus iste y Christus factus est WAB 11 ,  se repite dos veces como un ritornello en los compases 64–80 y 90–106.

Benedictionem omnium (compases 40–63). Al igual que en la Misa n.º 1 y el Adagio de la mayoría de las sinfonías de Bruckner, esta tercera parte contiene las típicas escalas ascendentes de Bruckner .

Ideo jure jurando (compases 64–80): primera repetición de los compases 23–39.

Coral : Gloria Patri et Filio (compases 81–89). Esta quinta parte, que se canta a capella al unísono , es una transcripción del canto gregoriano sencillo Gloria Patri  con una estructura métrica diferente .

Ideo jure jurando (compases 90–106): segunda repetición de los compases 23–39.

La antífona, concebida como música procesional para la entrada del obispo a la catedral, fue diseñada para ser «majestuosa» y «ceremonial». El rasgo más cautivador de la obra es la «escritura antifonal de grandeza gabrieliana» en los compases 64-66. Kinder la califica como «uno de los mayores logros de Bruckner en las formas menores» y «una obra de intensidad casi bárbara».

Los trombones, que suelen doblar las voces graves, ocasionalmente adoptan líneas independientes. El ritornello sobre las palabras «Ideo jurejurando» se expande y contrasta con episodios «que parecen trazar la evolución de la música sacra» en su variado uso de la textura. En contraste, la estructura armónica refleja más el estilo compositivo propio de Bruckner. La pieza incluye varias referencias a Libera me de Bruckner de 1854 , particularmente en la escritura armónica.

En el siguiente enlace puedes escuchar la pieza

JESUCRISTO, CULMINACIÓN DE LO HUMANO

El planeta Tierra se formó hace unos 4.600 millones de años. Y en la tierra, apareció la vida hace unos 3.700 millones de años. Los primeros homínidos bípedos aparecieron hace unos seis o siete millones de años en África. La vida ha ido evolucionando siempre a mejor hasta la aparición del ser humano actual, hace unos 200.000 mil años en África. Bien podemos decir que el fin más íntimo de la naturaleza fue recibir algún día al hombre, poder desarrollar en el curso del tiempo un organismo capaz de transformarse en eso nuevo que denominamos hombre.

Una vez aparecido el ser humano “comienza una nueva tarea, más elevada: la humanidad existe para engendrar a Jesucristo. Está para crear el lugar en el que pueda producirse la unión entre Dios y el mundo. La humanidad vive para llegar a ser una con Dios” (J. Ratzinger). Jesucristo es la plenitud, la culminación, la perfección de lo humano. Por esta razón el Concilio Vaticano II califica a Cristo de “Hombre perfecto”. O sea, no se trata solo de afirmar la verdadera naturaleza humana de Jesús (perfecto hombre), en el sentido de que es un hombre completo, como desde antiguo ha afirmado la Tradición, sino algo más importante aún: en Cristo, la naturaleza humana ha llegado a su total y plena capacidad (“hombre perfecto”), hasta su más alta cota, que es el encuentro y la comunión con Dios.

Por este motivo, Cristo es el ideal concreto de lo humano, la “magnífica humanidad” (como dice León XIV). Si en Cristo se encuentra la humanidad más lograda, esta humanidad resulta paradigmática, ejemplar. Jesús es el modelo según el cual todo ser humano debe configurarse. De ahí que su seguimiento es crecimiento en humanidad, permite la plena realización personal: “el que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre” (Gaudium et Spes, 41). Mirando a Jesús sabemos a qué atenernos en la realización de nuestra perfección humana. En esta perspectiva podemos situar el texto de Rm 8,29: Dios nos “predestinó a reproducir la imagen del Hijo, para que fuera el primogénito entre muchos hermanos”. Todos estamos destinados a reproducir la imagen de Jesús, a ser otro Cristo, en definitiva. Hablar, pues, del Hijo de Dios, es algo que no solo afecta a Jesús de Nazaret, sino que también nos afecta a nosotros. El hombre tiene una dimensión que le pertenece intrínsecamente y que es una dimensión divina.

Ahora bien, si hay que mantener que llegó un momento en que la humanidad estaba, de algún modo, preparada para que Cristo pudiera encarnarse, hay que dejar bien claro que la encarnación de Dios no es resultado del ascenso del ser humano, sino del descenso de Dios. Una cosa es estar preparado para acoger a Dios y otra ser el creador de Dios. El intento, por parte del hombre, de hacerse por sí mismo divino, de convertirse en “super hombre”, de ir más allá de lo humano, de ser dios en definitiva, está condenado al fracaso, por mucho que se empeñen las teorías trans y post humanistas. “La salvación no proviene de la grandeza del hombre, sino de la graciosa misericordia de Dios” (J. Ratzinger).

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat