CUANDO FALTAN LAS GANAS DE VIVIR

Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Una fecha necesaria para hablar de una realidad que todavía permanece rodeada de silencios, miedos y demasiados prejuicios. También cuando afecta a las personas mayores, quizás las más olvidadas cuando hablamos de sufrimiento emocional y riesgo de suicidio.

Hablar de ello no es fácil. No lo es para quien siente que ya no puede continuar ni para la familia que escucha unas palabras que nunca esperaba oír.

—Doctor, yo ya no quiero seguir viviendo.

No minimicemos esta frase que aparece algunas veces en la consulta. Puede decirse con lágrimas, pero también con una serenidad que desconcierta. A veces surge después de una caída, de un diagnóstico difícil o de la muerte de la pareja. Otras veces aparece cuando la persona siente que ha perdido su autonomía, que depende demasiado de los demás o que ya no ocupa el lugar que tenía en su familia y en el mundo. Sin olvidar la soledad que merece una especial atención. Se puede vivir solo y sentirse acompañado, pero se puede estar rodeado de personas y experimentar una profunda sensación de vacío.

No, no deberíamos considerarlo normal por el hecho de tener ochenta, noventa o cien años, como si perder las ganas de seguir adelante fuera una consecuencia inevitable de cumplir años. Porque no lo es.

Envejecer no significa necesariamente perder el deseo de vivir. Tampoco la enfermedad, la fragilidad o la dependencia conducen inevitablemente a querer morir. Muchas personas con grandes limitaciones continúan encontrando sentido en una conversación, en la familia, en un paseo, en una comida compartida o simplemente en la posibilidad de decidir cómo quieren vivir cada día.

Por esto es importante distinguir. No toda persona mayor que dice «me quiero morir» va a suicidarse. Pero toda persona que lo dice está expresando algún tipo de sufrimiento que merece ser escuchado y que debe ponernos en alerta.

Hoy  deberíamos recordar que prevenir empieza muchas veces escuchando, preguntando y no apartando la mirada ante el sufrimiento de una persona mayor. Porque esa escucha puede ser el primer paso para ayudarla a encontrar motivos para seguir con ganas de vivir.

Dr. Ignasi Coll-Rolduà para 65 y MAS

CEREBROS SINCRONIZADOS

Un estudio de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich muestra que la actividad cerebral de personas de distintas edades se sincroniza al realizar una actividad creativa conjunta, y que determinados patrones pueden estar relacionados con la soledad y la conexión social.

La investigación, publicada en PLOS Biology, analizó a 31 parejas intergeneracionales, formadas por adultos mayores de 70 años y personas de entre 18 y 35 años. Sus resultados se compararon con los de 30 parejas de adultos jóvenes de la misma generación.

Los participantes acudieron a seis sesiones de un programa de dibujo creativo. En ellas realizaron dibujos tanto de manera individual como conjunta, sin hablar entre ellos. Durante las sesiones, los investigadores evaluaron la soledad de los participantes, sus actitudes hacia su pareja y el grado de cercanía social que sentían.

Al mismo tiempo, registraron su actividad cerebral mediante espectroscopia funcional de infrarrojo cercano para calcular posteriormente el nivel de sincronía entre ambos cerebros.

Los resultados mostraron que la actividad cerebral estaba más sincronizada cuando las parejas dibujaban juntas que cuando lo hacían por separado. Además, algunos patrones de esta actividad conjunta estuvieron relacionados con la percepción de soledad o de cercanía social.

En las parejas intergeneracionales, la coordinación registrada entre ambos cerebros en la corteza frontal inferior derecha y en la unión temporoparietal derecha mientras los participantes dibujaban por separado permitió predecir la soledad. En cambio, este patrón de actividad en la corteza frontal inferior derecha durante el dibujo conjunto se relacionó con una mayor conexión entre los participantes.

La sincronía cambia a medida que se crean vínculos

El estudio también observó que la sincronía cerebral no permanecía estable a lo largo de las sesiones. Mientras aumentaba entre las parejas de la misma generación, disminuía entre las parejas intergeneracionales.

Para los investigadores, estos resultados apuntan a que la sincronía cerebral es dinámica y puede cambiar conforme las personas desarrollan conexiones sociales. No obstante, reconocen algunas limitaciones, como que el estudio solo incluyó seis sesiones de dibujo y no pudo contar con parejas formadas por adultos mayores de la misma generación.

La investigación surgió, en parte, del interés de Ryssa Moffat, autora del estudio, por comprender las relaciones entre personas jóvenes y mayores. Según explica, su motivación aumentó al conocer “los riesgos de la soledad y el aislamiento social” y observar el crecimiento de la proporción de adultos mayores a nivel mundial.

“Quedó claro que comprender cómo se adaptan los cerebros entre sí a medida que las personas forman relaciones intergeneracionales sería valioso para promover la conexión social”, concluye Moffat.

Ariel Huertas para 65 y MAS

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA TECLA DE SELEUCIDA

En su segundo viaje apostólico, hacia el año 48, San Pablo visita Iconio acompañado de Bernabé. Es una ciudad de Asia Menor que hoy forma parte de Turquía.

Al entrar en la ciudad es invitado cortés y amablemente por Onesíforo a hospedarse en su casa.

Las puertas están abiertas a quien quiera escuchar el anuncio del Evangelio. A la casa van acudiendo las gentes. Pero, aparte de los que se reúnen, alguien más escucha la Palabra. Se proponen doctrinas nuevas que resultan inauditas y apasionantes como la continencia y la resurrección.

Frente a ese punto de encuentro tiene su hogar una familia noble y rica. Allí vive Tecla con sus dieciocho años. Es la hija bellísima y casadera que se embelesa con lo que le llega de la predicación del Apóstol. Su madre está inquieta y sumamente molesta porque sólo vive para escuchar lo que se está diciendo en la casa de enfrente; la ha visto como en éxtasis, ausente… ni siquiera come, día y noche está sin pestañear clavada en la ventana, no pierde detalle. Termina por comunicar a Tamiris, novio de Tecla, su preocupación. Todos los esfuerzos familiares se han aunado para hacerla desistir de su actitud y todos los razonamientos resultan vanos a la hora de intentar que la joven se olvide de lo que está escuchando. Ella ha tomado la resolución de abandonar su vida cómoda y sus planes de futuro matrimonio, sólo quiere seguir a Jesús de quien Pablo habla.

Entre los amigos primero y entre conocidos después va de boca en boca corriendo la noticia de lo que pasa a Tecla por escuchar a ese predicador acerca de un judío resucitado. La clase alta de la ciudad se conmueve hasta tomarse la resolución de acusar a Pablo a las autoridades por brujería y hechizos.

Pablo es encarcelado y Tecla, sobornando al carcelero, entra loca de alegría en la cárcel y escucha horas y horas las grandezas de Dios sentada en el suelo junto a los hierros del preso. Pablo fue azotado cruelmente y penado con el destierro. El delicado amor de Tamiris se trueca ahora en desesperación y odio contra quien fue su amada y se prepara una hoguera donde Tecla va a ser castigada. Es salvada milagrosamente de las llamas y marcha de Iconio tras aquel hombre que inflama con el ardor de lo que predica. Ella misma va transmitiendo a todos el porqué de su modo de vivir, que es el amor.

Muy anciana ya Tecla es tragada por la tierra.

Esta novela forjada entre la verdad histórica y los entresijos de la fábula fue alimento en el amanecer del  cristianismo para las primitivas comunidades  cristianas. La dulce virgen doncella de Iconio, de la que no hay constancia en los escritos neotestamentarios, fue contemplada como la doctrina de Pablo personificada. Este apócrifo recorre el mundo  cristiano oriental y occidental sin que se pueda acertar a establecer dónde está la historia y dónde la poesía o invención, pero en cualquier caso es paradigma de la entrega a Dios y de la fidelidad a su Palabra. Ya en el siglo XIV, una reliquia suya llegó de Armenia a Tarragona de la que es patrona.

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV – LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II IV. CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES (GS 1-10) 1. LA IGLESIA EN ESCUCHA Y AL SERVICIO DEL MUNDO

Con el encuentro de hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, con la que el Concilio Vaticano II se propuso profundizar en un tema fundamental, es decir, la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. San Juan XXIII, ya en el discurso de inauguración del 11 de octubre de 1962, quiso mostrar su desacuerdo con los «profetas de calamidades», que  «aun en su celo ardiente […] van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia» (Discurso Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 4.2). De ahí la tarea que se encomendó a los Padres conciliares: «En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia». (Gaudet Mater Ecclesia, 4.4).

Tres años después, la promulgación de Gaudium et spes reconocía en ese discernimiento un elemento esencial de la naturaleza de la Iglesia, describiendo como constitutiva su índole pastoral: de ahí la definición de “Constitución pastoral”. No se trata de optimismo ingenuo, sino de una renovada fidelidad al Misterio de Cristo que, encarnándose, elige compartir nuestra vida: Él «tenía que parecerse en todo a sus hermanos» (Heb 2,17; cf. 4,15) y se cargó de las consecuencias del pecado, muriendo «en rescate por todos» (1Tm 2,6). Ese hecho de compartir con la humanidad es el camino que Cristo pide a la Iglesia; por ello, la Constitución conciliar Gaudium et Spes se abre declarando que la Iglesia siente como propios «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1).

Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados, es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos, sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).

En ese sentido, la proximidad hacia la humanidad abre la puerta a una lectura más profunda de los acontecimientos e de la propia Revelación y, en la misma perspectiva, Gaudium et spes reclama el «deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). Esta Constitución conciliar ha llamado, por tanto, a la Iglesia a un compromiso de conversión, para dar testimonio de que no se mueve por «ambición terrena alguna», sino que «sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

No se trata, de hecho, de una disposición simplemente moral. El Papa Francisco nos recordó que para la Iglesia «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica […] Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 198).

La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que no siempre el ser humano es capaz de poner  «a su servicio»; o un conocimiento más claro de las «leyes dela vida social», pero acompañado de incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4); o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.

En una época marcada por profundos cambios, de los que se derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y los anhelos que lo habitan, señalando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Por ello, en la Iglesia, en todo nivel, en toda época debe realizarse la kenosis misericordiosa de Cristo que «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo […] hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2,6-8).

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza – gaudium et spes – sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.

Fuente: The Holy See

RAZONES PARA VIVIR Y PARA ESPERAR

Son muchos los rasgos sombríos que caracterizan el momento actual. Hay un desencanto generalizado ante las promesas de progreso y prosperidad prometidas por la ilustración. Las guerras se suceden unas a otras. Nos hemos acostumbrado al deterioro ecológico, al hambre en el mundo y a otras adversidades. Encontramos un desencanto generalizado, sobre todo ante la política, pero también en ciertas actitudes eclesiales. Se diría que bastantes acontecimientos que estamos viviendo no conducen a ninguna parte, o por mejor decir, conducen derechos a la muerte en todas sus formas: aburrimiento, cansancio, desilusión, egoísmo, insolidaridad. De ahí la gran actualidad que siguen teniendo estas palabras del concilio Vaticano II: “Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (Gaudium et Spes, 31).

En unos tiempos como los nuestros, donde parece que no hay nada que esperar y muy poco que vivir, se necesitan más que nunca personas que aporten una luz que devuelva a los seres humanos las ganas de vivir, y alejen el miedo a la vida y el miedo a la muerte que a todos nos embarga. Luz que, en tiempos de guerra, llame a la paz; en tiempos de odio, reparta amor; en tiempos de escasez, comparta lo que hay. El auge de los horóscopos y de los adivinos muestra, como en negativo, la imperiosa necesidad que todos sentimos de escuchar “buenas noticias”. Ante el vacío existencial, el hombre está en busca de sentido.

Las sectas y algunos movimientos religiosos logran captar adeptos porque ofrecen una predicación cercana, cálida, acogedora y fraterna. No importan demasiado los presupuestos y fundamentos teóricos del grupo elegido, si en éste hay afecto y calor humano, si ofrece seguridad y protección. De ahí la urgencia de que la Iglesia, donde sea necesario, renueve su lenguaje, su pastoral, sus estructuras, de modo que en ellas se transparente la verdad de Jesucristo, “gozo del corazón humano y plenitud total de todas sus aspiraciones” (Gaudium et Spes, 45), “principio y modelo de una humanidad renovada, a la que todos aspiran, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz” (Ad gentes, 8).

Más que ante una época de cambios, estamos ante un cambio de época: han cambiado las convicciones profundas desde las que las personas miran la vida, buscan la felicidad, entienden lo sagrado y se relacionan con Dios y los demás. Hoy lo sagrado se coloca sobre todo en la persona: su dignidad, su libertad, sus sentimientos, su capacidad de disfrutar de la vida. Precisamente ahí es donde Jesús colocaba lo sagrado: en el amor al prójimo uno se encuentra con Dios, aunque no sea consciente de ello.

Martin Gelabert Ballesteros. Blog Nihil Obstat

EL GÉNESIS Y EL INICIO DEL UNIVERSO

Desde siempre hubo una lucha entre ciencia y religión, aunque si repasamos la vida de los científicos comprobamos que creen en Dios, entre otros muchos, Newton, Schrödinger, Mendel, Pasteur… y el 63 % de los premios nobel. Dos anécdotas: Albert Einstein le dice a Niels Bohr, uno de los padres de la teoría cuántica: “Dios no juega a los dados”, a lo que Bohr (creyente) le respondió: “Señor Einstein, ¡deje de decirle a Dios lo que debe hacer!” La otra es de Chesterton: “Si Dios no existiera, no habría ateos”.

Entre las disputas de neodarwinistas y creacionistas en EEUU surge en Israel el doctor Gerald Schroeder (Física Nuclear y Oceanografía, con estudios en Química y Ciencias Planetarias por el Instituto Tecnológico de Massachusetts), judío ortodoxo, que admite sin dudar la teoría de la evolución con una afirmación sorprendente: Dios creó el Universo en seis días. Parte de las estimaciones de la NASA por la sonda James Webb de que el Universo tiene 13.800 millones de años, con incertidumbre de más o menos 100 millones de años.

Lo que conocemos hoy:

-El primero de los días bíblicos duró 24 horas, visto desde la perspectiva del comienzo del tiempo. Pero la duración desde la ciencia es de 7 mil millones de años.

-El segundo día, desde la perspectiva de la Torá, duró 24 horas. Desde la nuestra duró 3 mil millones de años.

-El tercer día duró 2 mil millones de años.

-El cuarto día, mil millones de años.

-El quinto día, quinientos millones de año

-El sexto día, doscientos cincuenta millones de años.

Lo que, sumado, dan 13.750 millones de años, dentro de los cálculos de la NASA.

Sabemos que antes hubo la gran explosión o inflación que hizo posible el Big Bang, que desaceleró rápidamente hasta obtener el bosón de Higgs y las partículas que dieron origen a los átomos, y éstos, al hidrógeno, helio y toda la tabla periódica que formaron las galaxias, las estrellas y el universo actual, según dice Gerald Schroeder, tal como dice el Génesis. La cosmología, la paleontología, la arqueología verifican la semejanza día por día entre la ciencia que estudió el inicio del universo y el Génesis. Puede producir escalofríos en todo el cuerpo cuando se leen; coinciden mucho. Todos los cristianos admiten esta teoría, al contrario que los ateos que la despreciaron. Hoy en día, la mayoría de los científicos ateos aceptan la teoría del Big Bang como la mejor explicación para la expansión del universo. No aplican el principio de que en física todo efecto tiene una causa, la “olvidan”.

Jacinto Seara para Atlántico

QUÉ SIGNIFICA EL PROVERBIO IRLANDÉS QUE MEJOR DEFINE LA SABIDURÍA: “EL ANCIANO PARA ACONSEJAR, Y EL JOVEN PARA ACTUAR”

“El anciano para aconsejar, y el joven para actuar”, reza un viejo proverbio irlandés. La frase parte de una división sencilla: el anciano aconseja y el joven actúa. No es una regla rígida ni una limitación, sino una imagen sobre la colaboración entre generaciones. La experiencia orienta; la energía ejecuta. Cuando ambas se unen, la acción tiene más posibilidades de ser acertada.

El anciano representa la memoria acumulada. Ha visto errores, consecuencias, ciclos y decisiones que parecían urgentes pero no lo eran. Su consejo nace de haber vivido lo suficiente para reconocer patrones. No siempre tendrá la respuesta perfecta, pero puede advertir sobre peligros que el entusiasmo juvenil no ve.

El joven representa el movimiento. Tiene fuerza, tiempo, impulso y disposición para transformar lo que existe. Pero esa energía, sin orientación, puede dispersarse o precipitarse. Por eso el proverbio no exalta la acción ciega, sino la acción guiada por consejo.

La frase también expone dos errores opuestos. El primero es despreciar a los mayores como si su experiencia ya no sirviera. El segundo es dejar a los jóvenes sin espacio, como si solo debieran escuchar y nunca actuar. El proverbio propone equilibrio: una comunidad sana necesita que el anciano hable y que el joven haga.

Qué es un proverbio

Un proverbio irlandés es una expresión breve de sabiduría tradicional vinculada a la cultura de Irlanda. Estos dichos suelen transmitirse de generación en generación y condensan enseñanzas sobre la vida cotidiana, la familia, la amistad, el trabajo, el tiempo, la muerte y la comunidad.

Muchos proverbios irlandeses tienen una raíz oral. Fueron útiles porque podían recordarse fácilmente y repetirse en conversaciones, reuniones familiares o momentos de decisión. Su valor está en que no imponen una teoría: ofrecen una imagen o una frase que ayuda a pensar.

En este caso, el proverbio muestra una visión comunitaria de la vida. Cada generación tiene algo que aportar. La vejez no queda reducida a pasividad; aconsejar también es participar. La juventud no queda reducida a obediencia; actuar también es construir el futuro.

Leído en la actualidad, el mensaje sirve para familias, trabajos, escuelas, equipos y sociedades. Cuando los mayores aconsejan sin imponer y los jóvenes actúan sin despreciar la experiencia, se produce una combinación poderosa. La sabiduría necesita manos; la energía necesita dirección. El proverbio recuerda que ninguna de las dos basta por sí sola.

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA LUDMILA DE BOHEMIA

Despunta una fresca mañana de primavera, en los comienzos del siglo X. En breve se iniciaría una sesión de la dieta convocada por el rey de Germania, en la ciudad de Worms.

Todos los ilustres invitados ya se encuentran en el lugar establecido, a la espera del joven duque de Bohemia, Wenceslao. Se intercambian comentarios acerca de su atraso, considerado una falta de deferencia para con el soberano allí presente. A fin de manifestar su unánime desaprobación, los nobles acuerdan que, contra la costumbre, nadie se levantará cuando llegue. Aún pasa un tiempo razonable hasta que se anuncia que, finalmente, está en la puerta. Y tan pronto como va entrando… ¡Todos mudan de opinión! Nada más lo ven, exclaman de admiración, y hasta el propio monarca se yergue de su trono para saludarle.

¿Qué sería lo que le hizo cambiar de actitud tan súbitamente a tan selecta asamblea?

Wenceslao no había ido solo: todos pudieron ver que delante de él iban ¡dos bellísimos ángeles portando una cruz de oro! Atónito, el rey lo invitó a sentarse a su derecha. El duque se disculpó por el atraso y explicó que se debía a su costumbre de asistir a dos Misas todos los días…

Ese hecho encantador es tan sólo uno entre los muchos otros inmortalizados por las leyendas de San Wenceslao, en las cuales contemplamos aspectos de su vida que no caben en los fríos y documentales archivos de la Historia, pero que se encuentran consignados con letras de oro en el multisecular tesoro de la piedad católica.

Junto a ese gran monarca, la Iglesia siempre ha venerado otra figura impar del cristianismo del mundo eslavo: Santa Ludmila, su abuela, «la primera perla y, al mismo tiempo, la primera flor arrancada en Bohemia».1 Con inquebrantable ánimo, ella preparó para su pueblo, en la persona de su nieto, «no sólo a un rey sabio y prudente, sino también a un convencido promotor del culto eucarístico y del amor al prójimo».2

Una conquista de San Metodio

Ludmila nació en torno al año 860, en medio del paganismo de la ciudad de Melník, en la región central de Bohemia. Su familia pertenecía a la más alta dinastía local.

Con 14 años fue entregada en matrimonio a Bořivoj, el primer príncipe del Estado de Přemyslida, formado con la unificación de las tierras que hoy componen la República Checa. Era la época en que el gran apóstol de los eslavos, San Metodio, ponía todo su empeño en la evangelización de la región. Bořivoj encantado con la fe católica, tuvo el honor y el mérito de ser el primer gobernante checo que recibió las aguas del Bautismo. También su joven esposa quiso ser bautizada, asumiendo los compromisos cristianos de manera tan sincera y profunda que adoptó como ideal de vida, junto con su marido, propagar la verdadera religión en sus dominios.

No fue una tarea sencilla, pero, impulsados por el fuego de la fe, ningún obstáculo los detuvo. Promovieron misiones de monjes para que les predicaran a la población y la incentivaran a la vida de piedad, emprendiendo para ello la construcción de la primera iglesia en Bohemia, dedicada a San Clemente.

Poco a poco los frutos de su apostolado se multiplicaron y, con ellos, sobrevinieron también persecuciones, signo característico de que se está recorriendo el camino del Señor. La noble pareja llegó a ser desterrada, debido a la acción de personas influyentes en la corte aún aferradas a la idolatría. Ahora bien, no hay nada más alentador para un apóstol que la saña del enemigo, que con ello demuestra estar perdiendo terreno…

No pasó mucho tiempo y Santa Ludmila y su esposo consiguieron retomar el trono y, con él, su impulso en pro de la expansión del catolicismo.

Sagacidad en la educación de su nieto

Cuando una fortaleza se muestra inexpugnable, el método más eficaz de conquistarla es penetrar discretamente en su interior y, desde dentro, comenzar la destrucción… Esa fue la táctica que el demonio usó para tratar de demoler el hogar de Santa Ludmila.

El peligro despuntó cuando su hijo Vratislav se casó con Drahomira de Lucsko, una joven que pasaría a la Historia como mujer «de genio altivo y fiero, añadiendo a la impiedad la crueldad y la perfidia».3 Fingía simpatizar con el cristianismo, pero en secreto favorecía prácticas idolátricas. Ni las exhortaciones, el celo o siquiera los buenos ejemplos de su marido lograron disuadirla de sus maquinaciones.

Sabía la santa duquesa que eso no significaba tan sólo una posible división en el trono o en la familia, sino también un peligro inminente para la verdadera religión en el ducado. Por esta razón, no se demoró en reaccionar: cuando nació el segundo hijo de Drahomira, le pidió la tutela del primogénito, Wenceslao, pues en él había discernido los atributos de un excelente soberano.

Por tanto, el pequeño se fue a vivir al palacio de su abuela, en Praga. «Encargose la virtuosa princesa de formar por sí misma aquel tierno corazón, repartiendo el cuidado de su educación con un sabio preceptor que le señaló. Era este un capellán suyo, sacerdote santo, por nombre Pablo, que llenó dignamente todo el deseo de la princesa en las lecciones que le dio [a Wenceslao] para cultivar a un mismo tiempo su entendimiento con el estudio de las letras, y su corazón con el amor y con el ejercicio de la virtud».4 A esta formación el niño correspondió tan perfectamente que es reputado como uno de los príncipes más capaces de su época.

Ánimo resoluto frente a los reveses

Mientras su nieto iba fortaleciéndose en sabiduría y virtud, la prudente abuela vigilaba, pues sabía que aquel período consistía en la preparación para la gran batalla de su vida, la cual imprimiría un rumbo decisivo a la nación que Dios le había confiado. Ella preveía que no tardaría mucho en llegar ese momento y, de hecho, así sucedió…

Antes de que la duquesa cumpliera los 40 años, su esposo murió en combate. ¿Qué iba a hacer ella sin la protección y el apoyo de su fiel Bořivoj? Siempre resoluta, no dudó un instante: continuaría luchando, porque si la Providencia le había dado la misión de propagar y defender el catolicismo en la incipiente Bohemia, con la gracia de Dios llevaría hasta el final el encargo.

Su primera actitud consistió en poner a la cabeza del ducado, después de algunas contiendas, a su hijo mayor, Spytihněv, quien continuó la obra iniciada por sus padres, asentando en bases católicas la naciente civilización. Gobernó durante más de veinte años, hasta su muerte, en el 915, cuando le sucedió su hermano Vrastislav.

Fuerte fue la influencia de Santa Ludmila en ese período, mostrándose firme con los rebeldes, pero al mismo tiempo bondadosa y llena de misericordia para con los débiles y afligidos que a ella acudían. Con esto, la duquesa madre acabó por convertirse en el encanto de los checos, desde los altos cortesanos hasta los más humildes miembros del pueblo. Todos sabían que aquella dama férrea, implacable cuando se trataba de defender el bien y castigar el mal, poseía un corazón maternal, siempre dispuesto a acoger, perdonar y animar en el camino de la virtud.

Sin embargo, había alguien a quien le exasperaba esa situación…

Lucha contra la «nueva Jezabel»

Hay quien ha comparado a Drahomira con la perversa Jezabel, que en su furor «exterminó a los profetas del Señor» (1 Re 18, 4). En efecto, esa mujer odiaba el cristianismo y estaba dispuesta a todo para restaurar la religión pagana de sus ancestrales… Cual serpiente al acecho del momento adecuado para atacar, esperaba una oportunidad para desatar toda su ira.

La ocasión llegó con la prematura muerte de su buen marido Vratislav, en el 921, durante una batalla contra los húngaros. Se iniciaba entonces la más ardua de las pruebas por las que pasó Santa Ludmila, un auténtico enfrentamiento entre el cristianismo y el paganismo. En tal choque, el príncipe de este mundo, simbolizado por Drahomira, desafiaba insolentemente a Nuestro Señor Jesucristo en la persona de su amada y fiel seguidora Ludmila.

Como Wenceslao aún no tenía la edad suficiente para asumir el trono, Drahomira se apoderó de las riendas del gobierno y, ya sin el freno de su esposo, dio libre curso a su implacable odio. Decretó el cierre de las iglesias y la suspensión de los servicios litúrgicos, les prohibió a todos los sacerdotes y profesores cristianos instruir al pueblo, depuso de los cargos públicos a los magistrados católicos y, finalmente, anunció que los paganos tenían el derecho de matar a los cristianos, pero éstos no podían quitarles la vida a sus agresores, ni siquiera en legítima defensa.

Santa Ludmila, reclusa en su palacio de Tetín, en ningún momento se dejó abatir por la dura realidad. Con admirable astucia, se mantuvo resoluta y serena, dando continuidad a la formación de su nieto.

Pero Drahomira sabía muy bien cuál era el árbol del cual provenían los mejores frutos del catolicismo en el ducado y quería extirparlo de raíz. Fue entonces cuando planeó minuciosamente una trampa siniestra.

Martirizada al pie del altar

Podemos imaginar a la santa duquesa recogida en sus aposentos, especialmente pensativa en una mañana que despunta radiosa. A la manera de escenas, le pasaban por la mente todas las batallas, todas las gracias, cada una de las victorias que el Altísimo le había concedido en la gloriosa misión de conquistar almas para Él. No obstante, sentía que Dios le pedía algo más, un último paso, un holocausto supremo con el cual coronara su militancia en este mundo.

Pensando en esto, de repente, oye unos pasos apresurados, pero discretos, que se acercaban. Era un emisario de mucha confianza que le llevaba noticias alarmantes: estaban tramando su muerte. Con esto, lo comprendió todo. Había dedicado toda su vida a la lucha aquí en la tierra, ahora iría a ofrecerle a Dios su muerte, para continuar batallando desde el Cielo.

Por lo tanto, empleó el tiempo que le quedaba en deshacerse por completo de los bienes de este mundo, pagándoles con generosidad a los criados los servicios prestados y distribuyendo las demás riquezas entre los pobres.

Una tarde de aquel año 921 —según algunos autores, un sábado, 15 de septiembre; en la opinión de otros, el domingo, día 16—, Santa Ludmila se confesó y entró en la capilla del castillo, donde permaneció postrada durante algún tiempo ante el altar. Recibió la sagrada Eucaristía y se quedó en profunda oración. Mientras renovaba su ofrecimiento al Señor, irrumpieron en el recinto dos asesinos, pagados por Drahomira, los cuales descargaron toda su cólera sobre la santa estrangulándola con su propio velo. De esta forma recibía la palma del martirio esta intrépida dama, a la edad de 61 años.

Un enorme regocijo se apoderó de la nueva Jezabel; sin embargo, no le duró mucho. La duquesa mártir fue enterrada cerca del castillo de Tetín y faltó tiempo para que se difundiera la fama de su santidad. Junto a la tumba empezaron a suceder muchos milagros. Sobre ella se veía una intensa luminosidad y por la noche un perfume se extendía por el entorno. Era como si una voz del Cielo recordara la inmortalidad de Dios, llenando de fe a los buenos y aterrorizando a los malos.

Reflejo de la Reina del Cielo y de la tierra

Cuando alcanzó la edad necesaria, San Wenceslao asumió el gobierno de Bohemia. Una de sus primeras actuaciones como soberano fue exiliar a su madre y a su hermano más pequeño —Boleslao, de la misma calaña que su progenitora— a una provincia alejada, y promover un grandioso traslado de los restos de su abuela a la iglesia de San Jorge, en Praga.

Se cuenta que fue el propio Dios quien se encargó de vengar la sangre de esta su tan predilecta combatiente: cierto día Drahomira pasaba cerca del lugar donde había mandado ejecutar a numerosos cristianos, cuando el suelo se abrió y fue tragada viva.

El joven duque se dedicó con ahínco al restablecimiento del orden perturbado por los años de despotismo de la sanguinaria Drahomira, logrando tanto éxito en esta tarea, por su sabiduría y prudencia, que en poco tiempo se transformó en un modelo de monarca cristiano. Su nombre atraviesa los siglos nimbado de gloria, proclamando cómo el Señor no defraudó las esperanzas de aquella que lo había formado para la lucha como una verdadera madre.

Así, el ejemplo de la santa patrona del pueblo bohemio refleja en la Historia el brillo de aquella que, teniéndose como humilde «esclava del Señor» (Lc 1, 38), confió en los altísimos designios de Dios hasta el punto de ser coronada como Reina del Cielo y de la tierra, de los ángeles y de los hombres, siendo para los infiernos «terrible y majestuosa como un ejército en orden de batalla» (cf. Cant 6, 4). ◊

Notas

1 BENEŠ, Vladimir (Ed.). Legenda о svatém Václavovi. Praga: Bonaventura, 2008, p. 12.

2 SAN JUAN PABLO II. Discurso a los obispos checoslovacos en visita «ad limina», 11/3/1982.

3 CROISSET, SJ, Juan. Año Cristiano. Barcelona: Librería Religiosa, 1854, v. IX, p. 539.

4 Ídem, ibídem.

Fuente: Heraldos del Evangelio

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV. LOS DOCUMENTOS DEL CONCÍLIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM 8. LAS MOTIVACIONES DE LA REFORMA LITÚRGICA

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La liturgia —escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio con Dios. Está claro que ella no puede renunciar a su función didáctica, y no puede no ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad». [1] Motivado por estas convicciones, el futuro papa san Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual». [2]

Es evidente la consonancia de estas declaraciones con aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí». Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva.

La reforma conciliar, al poner en el centro lo que constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la liturgia como «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica» [3]. De tal convicción nació la exigencia de hacer más accesible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el ordenamiento celebrativo respecto al previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes.

La liturgia, en efecto, al ser una realidad viva, siempre ha estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios. El magisterio ha adaptado sus formas a las exigencias de las diversas épocas. No sorprende entonces que también el Concilio Vaticano II, con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición, y precisamente con el fin de hacerlo más accesible, haya considerado necesaria una revisión de los libros litúrgicos.

El objetivo que los padres tenían en el corazón se explicita en el n.21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium: «Para que en la sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias abundantes, la santa madre Iglesia desea realizar una esmerada reforma general de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar, si en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados. En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria». Se remonta a la Encíclica Mediator Dei del papa Pío XII la distinción, en la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae Sedis 39, 1947, 541-542).

Por lo demás, el deseo de una “reforma general” no nacía de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los papas que se sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las demandas del Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus de papa Pío XI. Además, se pueden recordar las intervenciones de Pío XII sobre el ordenamiento de los ritos de la Semana Santa, los cuales reubicó en las horas correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos se hubieran anticipado a las horas de la mañana. Tampoco se debe olvidar que san Juan XXIII consideró necesaria una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal, aprobándola con el Motu proprio Rubricarum instructum, del 25 julio de 1960, en el cual remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios fundamentales para una reforma de la liturgia.

La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos che se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma.

A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución conciliar afirma que «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es «sacramento de unidad», es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos.

Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (Sacrosanctum Concilium n. 26).

Es, por lo tanto, responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual, custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (cfr. n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia de este tipo será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cfr. n. 48).

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[1] G. B. Montini, «Terza lettera dal Concilio», Rivista Diocesana Milanese 51 (1962) 921-923: 922.

[2] Ibid.

[3] Solemne Clausura de la II Sesión del Concilio, Alocución del Santo Padre Pablo VI (4 de diciembre de 1963).

Fuente: The Holy See

MÚSICA SACRA:TE DEUM DE BRUCKNER

El “Te Deum” en do mayor (WAB 45) de Anton Bruckner es una monumental obra sacra para cuatro voces solistas, coro mixto, gran orquesta y órgano ad libitum, compuesta entre 1881 y 1884.  Se estructura en cinco secciones continuas que forman un arco simétrico en torno al texto sagrado, con una duración aproximada de 25 minutos.

Es una de las piezas más alegres, potentes y extáticas del compositor austriaco.

Bruckner la consideraba “el orgullo de su vida” y bromeaba diciendo que se la presentaría a Dios como prueba de sus talentos al llegar al cielo.

Se divide en cinco partes que siguen el texto litúrgico tradicional de alabanza y acción de gracias.

1.-«Te Deum laudamus» (Allegro, Feierlich, mit Kraft – Do mayor): Comienza de forma imponente y jubilosas con acordes macizos de la orquesta y el coro. Establece la tonalidad principal de Do mayor como símbolo de la gloria divina. Predomina la fuerza arrolladora del tutti orquestal y coral.

2.-«Te ergo quaesumus» (Moderato – Fa menor): Introduce un cambio radical hacia la introspección y la plegaria humilde. Destaca el diálogo íntimo entre el tenor solista y un violín solista. Domina una atmósfera lírica y contenida de carácter suplicante.

3.-«Aeterna fac» (Allegro, Feierlich, mit Kraft – Re menor): Retorna la energía colosal con un carácter casi apocalíptico y dramático. Funciona como el centro dinámico y tenso de la arquitectura simétrica. El coro ruge con texturas homófonas pesadas y metales incisivos.

4.-«Salvum fac populum tuum» (Moderato – Fa menor): Repite la atmósfera de recogimiento del segundo movimiento de plegaria. Reaparece el lirismo vocal con intervención de los solistas del cuarteto. Actúa como puente equilibrador antes de la gran apoteosis final.

5.-«In Te, Domine speravi» (Mäßig bewegt – Do mayor): Corona la obra combinando el regreso triunfal a la tonalidad de Do mayor. Se desarrolla como un gran movimiento antifonal y culmina en una imponente fuga coral. Sintetiza la acción de gracias con la grandiosidad sinfónica característica del compositor.

Puedes ver una interpretación clásica del Te Deum de Bruckner dirigida por Herbert von Karajan aquí:

https://youtu.be/KeYuPPP1-Qw?si=whTIoUkSE7sf9qzJ