LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA DOROTEA DE CAPADOCIA

En Cesarea de Capadocia a fines del Siglo III, nació Dorotea, cuando Diocleciano, a nombre del Emperador Maximiano Galerio, regía los destinos del imperio romano.

Dorotea era cristiana, amaba y servía al verdadero Dios y le honraba con el ayuno y la oración Era muy atractiva, mansa, humilde, pero sobre todo, prudente y sabia. Quienes la conocían, se maravillaban de sus dones y glorificaban a Dios por su sierva. Por su amor perfecto a Cristo alcanzó la corona de la virginidad inmaculada y la palma del martirio.

La fama de la santidad de Dorotea llegó a oídos del perseguidor de los cristianos Saprizio, el Prefecto, quien mandó a apresarla para interrogarla.

Cuando se instaló el tribunal, trajeron a Dorotea quien, después de haber elevado su oración ante Dios, se mantuvo firme delante del Prefecto.

– ¿Cómo te llamas?» , le preguntó.

– «Mi nombre es Dorotea», respondió la joven.

Saprizio dijo: «He mandado traerte para que ofrezcas sacrificios a los dioses inmortales, según la ley de nuestros augustos príncipes».

Respondió Dorotea: «El Dios que está en el cielo es la augusta Majestad, sólo a Él sirvo: Adorarás al Señor, tu Dios y a él sólo servirás. Los dioses que no crearon el cielo y la tierra, perecerán de la tierra. Pues bien, a qué emperador debemos obedecer, al terrenal o al celestial, a Dios o a un hombre. Los emperadores son hombres mortales como lo fueron también estos dioses, de los cuales adoráis sus imágenes».

Saprizio añadió: «Si quieres regresar sana y salva, cambia tu decisión y ofrece el sacrificio a los dioses, de lo contrario te haré castigar por las leyes más severas, para escarmiento de los demás».

«Ante esto -replicó Dorotea- daré testimonio de temor de Dios, para que todos aprendan a temer a Dios y no a los hombres airados que, como criaturas irracionales o perros rabiosos, se lanzan contra los hombres inocentes, se agitan, se inquietan, ladran insolentes y los desgarran con mordeduras».

Saprizio dijo. «Veo que estás resuelta a mantenerte firme en tu confesión inútil y quieres morir. Escúchame, y ofrece sacrificios para que escapes del «potro» (caballete de torturas).

Esas torturas son pasajeras, pero los tormentos del infierno son eternos. Para escapar de la pena eterna, no temo estos sufrimientos, pues Jesús dijo: «No temáis los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma, temed más bien a Aquel que puede herir el cuerpo y el alma en el infierno» , dijo Dorotea.

Saprizio replicó: «Entonces teme a los dioses y ofréceles sacrificios, para evitar el castigo de su ira».

Pero ella dijo: «De ningún modo me convencerás, esos dioses son los espíritus de hombres vanos que vivieron torpemente y murieron como seres irracionales, porque no conocieron al Creador del cielo y de la tierra, del mar y de todas las cosas. Las almas de tus ídolos cuya imagen impresa en metales adoráis, arden en el fuego, donde también irán los que negaron al Creador».

Saprizio se encendió en cólera y dijo a los verdugos: «Ponedla en el potro, atormentadla hasta que ofrezca el sacrificio a los dioses».

La sierva de Dios inmutable y firme, le interpeló: «¿Qué esperas? Haz lo que debes hacer, así podré ver a Aquel por cuyo amor no temo la muerte ni los tormentos».

Saprizio añadió: «¿Pero, quién es Aquel que tu deseas?».

«Cristo, el Hijo de Dios», respondió Dorotea.

Y ¿dónde está Cristo? preguntó Saprizio.

Dorotea respondió: Si creemos en su Omnipotencia, Él está en todas partes; si miramos en cambio su Humanidad santísima, profesamos que el Hijo de Dios subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre omnipotente, desde allí, verdadero y único Dios con el Padre y con el Espíritu Santo, nos invita al Paraíso de sus delicias, donde los árboles siempre están cargados de frutas. En toda las estaciones florecen los lirios, las rosas, verdean los campos los montes, las colinas se adornan, el agua fluye dulcemente y las almas de los santos gozan en Cristo. Si creyeses lo que yo creo, también tú podrías entrar en el Paraíso de las delicias de Dios».

Saprizio sentenció: «Olvídate de esas pequeñeces, ofrece incienso a los dioses, cásate y disfruta en esta vida sino perecerás como tus padres».

Conversión y martirio de Crista y Calixta

Después de esto, Saprizio llamó a dos hermanas Crista y Calixta quienes, poco antes habían apostatado y les ordenó: «Así como vosotras abandonasteis la vanidad y la superstición cristiana y ya adoráis a los dioses invictos, por lo cual os recompensé; ahora debéis inducir a Dorotea a renunciar de su necedad, os premiaré con mejores regalos».

Llevaron a su casa a Dorotea y trataron de persuadirle: «Acepta lo que te dice el juez, y te librarás del peligro de las penas como nosotras. No desperdicies tu vida con los tormentos y la muerte».

Dorotea, con dulzura, les reprochó: «Oh, si escuchaseis mi consejo, os arrepentiríais de haber ido tras los dioses falsos, pero el Señor es bueno y misericordioso hacia quienes se convierten a Él de todo corazón».

Crista y Calixta se conmovieron: «Pero si ya hemos matado a Cristo en nuestro corazón, cómo lo resucitaremos?».

Dijo Dorotea: «Pecado más grande es desesperar de la misericordia del Señor que ofrecer sacrificios a los ídolos. No desesperéis porque el Señor puede curar vuestras llagas. No hay llaga que El no pueda sanar. Es Salvador porque salva; es Redentor porque redime; liberador porque no cesa de liberar. Arrepentíos de corazón, tened fe y seréis perdonadas».

Las dos mujeres se arrojaron a sus pies, bañadas en lágrimas y le suplicaron su intercesión para ofrecer a Dios su arrepentimiento y alcanzar el perdón.

Dorotea elevó su oración conmovida por las lágrimas: «Oh Señor que has dicho, «No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.» Y «hay mayor fiesta en los cielos por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no han pecado», muestra tu piedad hacia quienes el Demonio te había arrebatado. Vuelve a llamarlas a tu grey para que con su ejemplo, regresen a Ti todos los que se alejaron de tu amor».

Mientras así oraba, el Prefecto mandó traer a Crista y Calixta para averiguar si habían logrado replegar el ánimo de Dorotea.

Ellas respondieron: «Estabamos equivocadas, habíamos obrado inicuamente al ofrecer sacrificios a los dioses falsos por miedo a las penas y dolores pasajeros; pero ya nos hemos arrepentido para alcanzar el perdón de Dios».

Entonces Saprizio, se rasgó sus vestidos y ordenó furioso que las amarrasen juntas de espaldas y las pusieran en el suplicio de la copa, si no adoraban a los dioses, mas, ellas elevaron su oración: «Señor Jesús, acepta nuestro arrepentimiento y concédenos tu perdón.» Y repitiendo esta confesión fueron torturadas y quemadas vivas.

Dorotea les animaba: «Id al cielo, con la certeza del perdón de vuestros pecados, sabed que habéis recuperado la palma del martirio que habías perdido. Viene a abrazaros el Padre, alegre por el hijo perdido y hallado».

Muerte de Dorotea

Luego, Dorotea al ser torturada nuevamente, comprendió que había llegado por fin su anhelada aspiración. Subió feliz al tormento porque, aquellas almas que el Demonio había raptado de Dios, en ese momento, habían sido reconquistadas.

Dijo a Saprizio «En el cielo hay una gran fiesta; gozan los Angeles, se alegran los Arcángeles, exultan los Apóstoles, los Mártires y todos los Profetas. Apresúrate, haz pronto lo que debes hacer, para poder unirme a la alegría y gozo de los santos».

Entonces Saprizio hizo aplicar en los costados de la joven, antorchas encendidas, y luego la hizo abofetearla hasta desfigurar la cara. Finalmente dictó la sentencia de muerte: «A Dorotea, joven muy soberbia que se negó a adorar a los dioses inmortales para salvar su vida y más bien, quiso resueltamente morir por no sé qué hombre que se llama Cristo, ordeno la pena de muerte a espada».

Dorotea exclamó dichosa: «Te agradezco, oh Amado de las almas, porque me invitas a tu Paraíso y a las nupcias celestiales».

Mientras salía del pretorio, Teófilo, el abogado de Saprizio, en forma irónica le dijo: «Oh tú, esposa de Cristo, mándame rosas y manzanas del paraíso de tu esposo.» Dorotea le respondió: «Sí, te las mandaré».

Al llegar al lugar del suplicio, oró un instante, y se realizó el prodigio: apareció un niño con tres manzanas y tres rosas. Dorotea le ordenó: «Llévalas a Teófilo y dile: «He aquí, te mando del Paraíso lo que me has pedido».

Enseguida, la joven fue degollada, y, circundada con la gloria del martirio, fue al encuentro de Cristo.

Conversión y muerte de Teófilo

Teófilo, aún estaba burlándose de la promesa de Dorotea, cuando en ese mismo instante apareció el niño con las manzanas y rosas: «He aquí, Dorotea desde el paraíso de su Esposo te manda estos dones». Era el mes de Febrero.

Teófilo los tomó y exclamó en alta voz: «Cristo es el verdadero Dios, no hay en Él ningún engaño».

Le dijeron los compañeros: «¿Te has vuelto loco», Teófilo, o bromeas?; «No me he vuelto loco, ni intento bromear- dijo- tengo razones para creer en el verdadero Dios. Mirad, Capadocia está inmersa en un frío glacial, ningún arbusto está revestido de su verde follaje, de dónde creéis que vengan estas manzanas y rosas magníficas?».

Bienaventurados los que creen en Cristo; los que sufren por su Nombre. Él es el verdadero Dios y quien cree en Él, es un verdadero sabio».

Con estas palabras, los compañeros fueron ante el Magistrado: «Tu abogado Teófilo que luchó y persiguió a los cristianos hasta la muerte, está alabando y bendiciendo el nombre de no sé qué Jesucristo y muchos creen en su predicación».

Teófilo confesó: «Alabo a Cristo a quien hasta hoy, he negado». Le dijo el Magistrado: «Me sorprende que tú, hombre prudente, pronuncies ese nombre, si antes habías perseguido a cuantos lo nombraban». Teófilo respondió: «Ahora creo que Él es el verdadero Dios porque me sacó del error y me condujo a la vía recta.»

Añadió el Magistrado: «Todos crecen en la sabiduría, los sabios llegan a ser más sabios; tú en cambio, de sabio te haces ignorante, llamas Dios a Aquel que fue crucificado por los judíos según dicen los cristianos».

Dijo Teófilo: «He oído que fue crucificado y por esto, en mi error, creía que no fuese Dios, pero me arrepiento de mis pecados y blasfemias, y profeso que Cristo es Dios».

Continuó el Magistrado «Y dónde y cómo te has hecho cristiano, si hasta hoy habías adorado a nuestros dioses?». Contestó Teófilo: «Desde el momento en que he pronunciado el nombre de Cristo, he creído en Él, me he convertido en cristiano. Creo con todo mi corazón en Cristo inmortal, Hijo de Dios, predico su Nombre santo, inmaculado, en el cual no hay engaño como en tus dioses». «¿Quieres decir que nuestros dioses son impostores?» preguntó Saprizio.

Teófilo dijo: «Mentiría si digo que no hay falsedad en estos simulacros que el hombre ha tallado de la madera, ha fundido del bronce, ha limado del hierro, ha modelado del plomo, custodiados por los mochuelos, entretejidos por las telas de araña en cuyas partes cóncavas hacen nidos los ratones. Como no te miento, es justo que tú aceptes la Verdad y te liberes de la falsedad. Y como tú juzgas a los mentirosos, es necesario que te liberes de la mentira y te conviertas a la verdad que es Cristo».

El Magistrado dijo: «Infeliz Teófilo, quieres morir de una muerte execrable. Si persistes en tu necedad, ordenaré que te den una muerte con crueles suplicios «.

Respondió Teófilo: «Yo deseo encontrar la verdadera vida. Ya he tomado esta decisión y estoy resuelto a ello.»

Cuando estuvo en el caballete de tormentos exclamó: «ahora soy verdadero cristiano porque estoy en la cruz. (la forma del potro era como una cruz) Gracias, Oh Cristo, porque me has concedido ser elevado en tu madero».

Luego laceraron sus costados con garfios de hierro y los quemaron con antorchas encendidas. Antes de ser decapitado entregó su espíritu con esta oración: «Oh Cristo, Hijo de Dios, creo en Ti: inscríbeme en el número de tus santos».

(Fuente: aciprensa.com | Tomado de las Actas del Martirio)

CICLO DE CATEQUESIS – JUBILEO 2025. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. I. LA INFANCIA DE JESÚS. 3. «LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS» (MT 1,21). EL ANUNCIO A JOSÉ

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy seguiremos contemplando a Jesús en el misterio de sus orígenes, narrado por los Evangelios de la infancia.

Mientras que Lucas nos lo muestra desde la perspectiva de la madre, la Virgen María, Mateo, en cambio, se sitúa en la perspectiva de José, el hombre que asume la paternidad legal de Jesús, injertándolo en el tronco de Jesé y vinculándolo a la promesa hecha a David.

Jesús, en efecto, es la esperanza de Israel que se cumple: es el descendiente prometido a David (cf.2 Sam 7,12; 1Cr 17,11), que hace que su casa sea «bendita para siempre» (2 Sam 7,29); es el brote que nace del tronco de Jesé (cf. Is 11,1), el «vástago legítimo» destinado a reinar como verdadero rey, que sabe ejercer el derecho y la justicia (cf. Jr 23,5; 33,15).

José entra en escena en el Evangelio de Mateo como novio de María. Para los judíos, el compromiso era un verdadero vínculo jurídico, que preparaba para lo que sucedería un año más tarde, es decir, la celebración del matrimonio. Era entonces cuando la mujer pasaba de la custodia de su padre a la de su esposo, mudándose a su casa y haciéndose disponible para el don de la maternidad.

Fue precisamente durante este tiempo cuando José descubrió el embarazo de María, y su amor se vio sometido a una dura prueba. Ante tal situación, que habría llevado a la ruptura del compromiso, la Ley sugería dos posibles soluciones: o bien un acto jurídico público, como citar a la mujer ante el tribunal, o bien una acción privada, como entregar a la mujer una carta de repudio.

Mateo define a José como un hombre «justo» (zaddiq), un hombre que vive según la Ley del Señor, que se inspira en ella en todas las ocasiones de su vida. Por tanto, siguiendo la Palabra de Dios, José actúa ponderadamente: no se deja vencer por sentimientos instintivos ni teme llevarse a María con él, sino que prefiere dejarse guiar por la sabiduría divina. Opta por separarse de María sin clamores, es decir, en privado (cf. Mt 1,19). Y esta sabiduría de José le permite no equivocarse y hacerse abierto y dócil a la voz del Señor.

De este modo, José de Nazaret nos recuerda a otro José, hijo de Jacob, apodado «señor de los sueños» (cf. Gn 37,19), tan amado por su padre y tan odiado por sus hermanos, a quien Dios elevó sentándolo en la corte del faraón.

Ahora bien, ¿Qué sueña José de Nazaret? Sueña con el milagro que Dios realiza en la vida de María, y también con el milagro que realiza en su propia vida: asumir una paternidad capaz de custodiar, proteger y transmitir una herencia material y espiritual. El vientre de su esposa está grávido de la promesa de Dios, una promesa que lleva un nombre con el que se da a todos la certeza de la salvación (cf. Hch 4,12).

Durante su sueño, José oye estas palabras: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Ante esta revelación, José no pide más pruebas, se fía. José confía en Dios, acepta el sueño de Dios sobre su vida y la de su prometida. Así entra en la gracia de quien sabe vivir la promesa divina con fe, esperanza y amor.

José, en todo esto, no profiere palabra alguna, sino que cree, espera y ama. No habla con «palabras al viento», sino con hechos concretos. Él pertenece a la estirpe de los que, según el apóstol Santiago, «ponen en práctica la Palabra» (cf. Stg 1,22), traduciéndola en hechos, en carne, en vida. José confía en Dios y obedece: «Su vigilancia interior por Dios… se convierte espontáneamente en obediencia» (Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Milán-Ciudad del Vaticano 2012, 57).

Hermanas, hermanos, pidamos también al Señor la gracia de escuchar más de lo que hablamos, la gracia de soñar los sueños de Dios y de acoger responsablemente a Cristo que, desde el momento de nuestro bautismo, vive y crece en nuestras vidas. ¡Gracias!

EUTANASIA PASIVA

Me apropio del título de una carta que envió una mujer de 78 años a El País de España sobre el tema, una tragedia silenciosa que se está extendiendo por todo el mundo a manera de pandemia y de la que muy pocos hablan. En ella dice: “Conozco y desapruebo totalmente la eutanasia pasiva que se ha implantado y se ejecuta cada día con los viejos. Eutanasia pasiva es que tengamos que pedir cita previa para todo. Eutanasia pasiva es que intentemos pedir esa cita previa por teléfono y nos conteste una máquina. Eutanasia pasiva es que te atropellen hablando como metralletas o empujando en las cajas de los supermercados sin darte tiempo a meter los productos en las bolsas. Eutanasia pasiva es que te recomienden que acudas a un hijo o nieto para que haga por tí lo que no entiendas o no seas capaz de hacer”.

Como bien lo dice Manuel Domínguez, catedrático español, el edadismo va arrinconando a las personas mayores y llega esa tremenda soledad no elegida que va minando el ánimo, debilitando las defensas inmunológicas, ese alejamiento social que conlleva un dolor que afecta la calidad de vida, ese aislamiento de los hogares unipersonales tan de moda actualmente. “Si eres sénior, mujer y viuda, eres una mujer invisible, no existes”. “[Hay que] producir o morir, la exaltación de la gente joven por el hecho de producir. Si eres joven te utilizamos y si eres sénior no nos importas”, afirma.

La eutanasia pasiva no contempla la inyección letal, pero penetra en el alma cada día. Es el desamor de los más cercanos cuando la edad comienza a pasar factura en la autonomía, con la pérdida de facultades físicas y mentales; en la identidad, cuando ya la persona mayor no es actual ni como cuando estaba joven, y en la pertenencia, cuando muchas de las personas de su círculo de amistades van muriendo y se queda cada vez más aislada, limitada en sus relaciones sociales.

Es cierto que vivimos más años y con mejor calidad de vida gracias a la tecnología y los avances médicos. Pero los viejos se están muriendo por dentro de desamor, de indiferencia, de soledad. Esas jubilaciones súbitas a partir de cierta edad son muchas veces mutilaciones emocionales. La misma etiqueta de “jubilado” predispone al alejamiento. Ya nadie lo busca en el mercado laboral y no sabe cómo comenzar a vivir en este nuevo “estilo” de sano y fuerte por dentro, pero discriminado por fuera. Si es hombre y se enamora de alguien más, es tildado de viejo verde. Si es mujer, pues peores los epítetos, ya no está para esos trotes. Si los viejos participan en una conversación de jóvenes, nadie escucha porque “están gagá o chalados”.

El sistema de salud no quiere gastar dinero en exámenes costosos, porque “ya pa qué”, y se pelotean a los viejos de un lugar para otro mientras se acaban de enfermar y, si tienen suerte, de morirse rápido, para que no sigan jodiendo más a la familia ni a nadie. Sucede en España, en Japón, en Colombia, en la Conchinchina. Más que ser humano, te empiezan a mirar como un peligro. “¿Cómo así que todavía va al gimnasio?”, “¿cómo se le ocurre seguir manejando carro?”, “se atreve a ponerse vestido de baño?”, “¿y esa pinta de colores a su edad?”.

Así se pasan los días para hombres y mujeres en plenas facultades, que todavía tienen mucha vida, inteligencia, cosas por compartir, pero están viviendo sobredosis de soledad y eso se va notando en las miradas cada vez más perdidas en el horizonte, porque vivir en soledad es malvivir. Veo con terror lo que sucede a mi alrededor. Cuando visito un hogar geriátrico, siento esa soledad emocional en compañía de otros también abandonados a su suerte, en manos de enfermeros que ni siquiera saben sus nombres ni se interesan por sus historias de vida, que les hablan en diminutivos humillantes: “Coja la cucharita, tómese la sopita, vamos a la camita”.

Soy una afortunada de la vida, viajo, me divierto, peleo, rodeada de hijos, nietos, amigos. Cuando vaya a estirar la pata creo que lo que voy a hacer es dar una última patada antes de pedir la eutanasia inyectada, pero no me dejaré contaminar de esta epidemia de eutanasia pasiva que nos quiere rodear como un fantasma gris y silencioso. Caí en la cuenta de que pertenezco al rango de los arrinconados cuando hace unos días fui a un laboratorio a hacerme unos exámenes de sangre y una enfermera jovencita y maquillada me puso en la blusa un sticker. Creí que era el turno… ¡Oh, sorpresa! Cuando me miré en un espejo leí que decía: “Cuidado, riesgo de caída”. No se lo metí por donde sabemos porque ya estaba de salida.

Como afirma Domínguez en su libro Sénior. La vida que no cesa, el cambio verdadero lo vamos a dar los séniores. Sin dejarnos arrinconar, exigiendo respeto, haciendo lo que nos dé la gana, opinando lo que queramos, sin dejarnos atropellar de nadie, sacando o metiendo la pata cuando lo decidamos.

Buen escrito y excelente título. La vida nos ampare y nos favorezca de esa eutanasia pasiva!!!

Aura Lucía Mera

HACE FALTA UNA FUERZA INCREÍBLE

Tomás de Aquino decía que los jóvenes, al contrario de lo que ocurre con las personas mayores, tienen mucha esperanza, porque tienen futuro y vitalidad. Con todo respeto hacia el maestro de Aquino me permito decir que algunos jóvenes, más que futuro, lo que tienen son falsas ilusiones; y su vitalidad, a veces, es resultado de las hormonas. Hay personas mayores que tienen una muy buena esperanza, a pesar de las decepciones que han sufrido en su vida. Es posible que se hayan equivocado muchas veces; es posible que, buscando una cosa buena, hayan encontrado realidades no deseadas. Si, a pesar de todo, siguen adelante, si no se desaniman, si siguen luchando es porque tienen una buena esperanza.

No es la vana ilusión lo que sostiene a la esperanza, sino la fuerza en la debilidad, el convencimiento de que, a pesar de todo, vale la pena continuar. Esta esperanza sorprende al mismo Dios, según decía poéticamente Charles Peguy: “La esperanza – dice Dios- eso sí que me admira, eso sí que es sorprendente. Que estas pobres criaturas vean cómo va todo esto y crean que mañana irá mejor. Que vean cómo va hoy y crean que mañana por la mañana irá mejor. Esto sí que es sorprendente y es realmente la maravilla más grande de mi gracia. Yo mismo estoy sorprendido. ¡Hace falta que mi gracia sea de verdad una fuerza increíble!”.

Cuando atravesamos un largo túnel oscuro corremos el riesgo de perder la paciencia. Sólo es posible mantener la paz y continuar el camino si uno está convencido de que después de cada noche viene un amanecer. Cuando la noche la provocan las personas es cuando parece más larga y se hace más difícil mantener la paz. En estos momentos uno no es feliz con lo ocurrido. Pero si conserva la esperanza tendrá paz.

Las instituciones no las sostienen los que redactan documentos o los que proponen planes sin medir cómo pueden afectar a las personas, sin calcular las consecuencias negativas que pueden tener. Las instituciones las mantienen los que trabajan, conscientes de las dificultades y buscando, no la grandeza de la institución, sino el bien de las personas. Cuando uno no se siente valorado o recompensado no es fácil trabajar. Sin embargo, hay quién prefiere el sacrificio al reconocimiento. Benedicto XVI dice algo parecido, hablando precisamente de la esperanza: “la capacidad de aceptar el sufrimiento por amor del bien, de la verdad y de la justicia, es constitutiva de la grandeza de la humanidad”.

Cuando alguien es capaz de situar la verdad y la justicia por encima de su comodidad manifiesta tener una gran esperanza. La esperanza de que, a pesar y en contra de todas las apariencias, el bien terminará triunfando porque es más fuerte que el mal, la esperanza de que tras el largo invierno vendrá la primavera. Una esperanza así nos une a Cristo muerto y resucitado, capaz de hacerse presente en todos los inviernos y hasta en todos los infiernos: “si me acuesto en el abismo, allí te encuentro, porque la tiniebla no es oscura para ti” (Salmo 139).

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat

DE CONSILIARIOS Y PRESIDENTES

Desde el día 20 al medio día hasta el día 22 al medio día nos hemos reunidos en la Casa de  Espiritualidad de las Esclavas de Cristo Rey.

Hemos celebrado el  XVI Encuentro de Consiliarios del movimiento con el lema ”La parroquia eje integrador”. El día 21 se incorporaron los presidentes a la hora de la comida y juntos pudimos ganar el Jubileo yendo a la Catedral de la Almudena.

El día 22 Monseñor Arguello, presidente de la Conferencia Episcopal Española nos dio una conferencia sobre el documento “Dios es fiel y mantiene su alianza” posteriormente celebramos la Eucaristía que él mismo presidio. Después de comer los consiliarios nos dejaron y empezó propiamente el XIX Encuentro de Presidentes.

El encuentro de los dos grupos de Vida Ascendente ha sido muy rico pues hemos podido compartir distintas experiencias y como hay muy diversas maneras de afrontar  las diversas cuestiones que se pueden plantear en un grupo.

Se ha subrayado lo importante que es que el Consiliario mantenga plena comunión con la Comisión Diocesana también se ha que son los principales promotores de Vida Ascendente proponiéndola a sus hermanos sacerdotes contando su propia experiencia. Es necesario conocer bien el movimiento y “enamorarse” de él.

Juan Manuel Bajo presento un nuevo libro “Caminar hacia un nuevo horizonte” que ha sido una reflexión sobre cómo debe ser tratado el mayor con toda dignidad y derecho.

A partir del 22 por la tarde nos quedamos los presidentes solos y los temas que tratamos ya nos llevan a nuestra realidad cotidiana. Álvaro Medina, nos hablo de “La belleza del mayor” y Jaime Tamarit nos hablo de los Retos y Perspectivas.

El jueves 23 tras la Eucaristía  y el desayuno nos preparamos para celebrar la Asamblea General, que se realiza siempre en estos encuentros.

Se aprueba el acta de la anterior Asamblea, se comenta la Memoria, Tesorería, Medios de comunicación y Entrega de Diplomas.

Despedida y cierre. El clima ha sido cordial y lleno de alegría de volvernos a encontrar  y dar la bienvenida a los nuevos. Es bueno cuando los hermanos se encuentran y comparten el gozo de un mismo sentir. Nos preocupamos  por los que faltan y se nos hace corto el tiempo.

HA MERECIDO LA PENA

Al igual que el año pasado después de participar en el encuentro de consiliarios y presidentes de Vida Ascendente y cuando voy en el viaje de vuelta a mi Diócesis de Coria – Cáceres me dispongo a compartir una breve reflexión para nuestro boletín.

Con frecuencia nos cuesta dejar por unos días nuestro terruño y nuestra “zona de confort” y no solo por el hecho de ponernos en camino con todo lo que esto supone, sino porque cuando aparcamos por unos días nuestras obligaciones cotidianas cuando volvemos nos encontramos con el trabajo acumulado que no hemos realizado los días que hemos estado fuera y que siempre hay que sacar adelante sí o sí.

Pero por experiencia propia y por lo que todos comentamos al finalizar el encuentro siempre decimos HA MERECIDO LA PENA.

Ha merecido la pena porque siempre que participamos en un encuentro nacional siempre volvemos con las “pilas cargadas” por la riqueza de todo lo compartido.

Ha merecido la pena porque siempre venimos con nuevas ideas para proponerlas a nuestros grupos.

Ha merecido la pena por el testimonio de tantos compañeros que se están dejando la vida en la entrega a sus grupos, y esto siempre es una motivación para hacer nosotros lo mismo, si ellos corren no podemos limitarnos a andar con pasitos cortos.

Ha merecido la pena por las nuevas amistades, siempre en todo encuentro conocemos a gente nueva que gracias a Dios nunca falta esa savia nueva en nuestro movimiento.

Ha merecido la pena porque siempre es muy gratificante volvernos a ver los que ya nos conocemos y que en muchos casos sólo nos vemos una vez al año, pero ¡que intenso es este encuentro anual!

Ha merecido la pena porque este encuentro siempre quedará grabado en nuestra memoria, en cambio si nos quedamos en nuestras casas estos días, serán unos días más. que pasado un mes no nos acordaremos de lo que hicimos.

Ha merecido la pena porque hemos caminado juntos y como decía el poeta “caminante se hace camino al andar”, pero hacemos camino para nosotros y lo más importante, para todos los que vengan detrás.

Ha merecido la pena venir por los compañeros de nuestros grupos, también tenemos que pensar en ellos, porque muchos ya no están para viajes largos y somos los que hemos venido, los encargados de llevarles las riquezas del encuentro.

Ha merecido la pena porque nuestros mayores se lo merecen, siempre estaremos en deuda con ellos y todo lo que sea formarnos para servir a nuestros mayores, ellos que son tan agradecidos siempre lo agradecerán y valorarán.

Ha merecido la pena por nuestros dirigentes: Jaime, Nacho, José María, Álvaro, Pepe, Mercedes… que para ellos siempre es un estímulo ver que la siembra no cae en terreno pedregoso, sino que cae en tierra buena y produce el cuarenta, el setenta o el ciento por uno.

Adelante, siempre adelante, caminar juntos SIEMPRE MERECE LA PENA

Juan Manuel García Acedo. Consiliario de Coria- Cáceres

   

LAS DIEZ GRANDES MENTIRAS DEL DIABLO PARA IMPEDIR LA CONFESIÓN Y DIEZ ARGUMENTOS PARA DESENMASCARARLE

Del «me confieso directamente con Dios» al «nunca me perdonará», el padre Ed Broom las refuta todas

«Quitémosle la máscara al `Padre de la mentira´ respecto a sus tácticas para alejarnos de la infinita misericordia de Dios canalizada a través de la Confesión», afirma el padre Ed. Broom (En la imagen, el sacerdote Chris Zugger en una catequesis sobre la confesión).

Aunque en los últimos años se dan unas cifras esperanzadoras en torno a un resurgir del sacramento de la confesión en las diócesis donde esta se facilita o promueve, en términos generales son muchos los católicos que se confiesan poco o nada.

Y de entre los muchos argumentos que lo explican, para el experimentado sacerdote Ed Broom, uno de los más relevantes es que «el diablo nunca se va de vacaciones».

Como escribió recientemente en Catholic Exchange, uno de los principales ataques del demonio a las almas afecta directamente a la práctica y recepción del sacramento de la confesión.

Siendo sumamente astuto y con un intelecto pervertido, inclinado al mal y buscando nuestra condenación, subraya Broom, «el diablo nunca deja de proporcionar razones para no acercarse a Dios. Sabe cómo y cuándo atraernos hacia sus trampas, pero sobre todo, sabe convencernos de que no nos confesemos, de que lo pospongamos o incluso de que hagamos malas confesiones».

Por ello, y para «quitarle la máscara al padre de la mentira», el sacerdote oblato de la Virgen María ha sintetizado «las diez grandes mentiras del diablo» materializadas en las objeciones comunes .

1º Yo me confieso directamente con Dios

El sacerdote lamenta que muchos católicos han sido fuertemente influenciados por las doctrinas protestantes cuando afirman que no necesitan confesarse con una persona porque se lo hacen «directamente con Dios». Sin embargo, explica Broom, «Jesús nos dio el sacramento de la confesión aquella cuando sopló sobre los apóstoles diciendo: `A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos´». Puede que sea más fácil confesarse directamente con Dios, agrega el sacerdote, «pero Jesús quiso que nos confesásemos a través del sacerdote, que actúa in persona Christi, en persona de Cristo, en el sacramento de la confesión».

2º El sacerdote es solo un hombre y un pecador más

Otra de las objeciones que recoge Broom respecto de la confesión es que el sacerdote es solo un hombre más, un pecador, y muchos se preguntan por qué deben confesarse con un pecador como cualquier otro. «Y es cierto», dice  Broom, «el sacerdote es un pecador y tiene que confesarse con otro sacerdote para recibir la absolución. Incluso el Papa. Sin embargo, a un sacerdote válidamente ordenado se le ha dado el poder y la gracia para perdonar los pecador en nombre del Señor. Cristo comunica su gracia de sanación y perdón a través del sacerdocio».

3º El sacerdote está demasiado ocupado para alguien como yo

«Esta es una mentira evidente del diablo. Los sacerdotes están ocupados, pero deben encontrar el momento, lugar y disponibilidad para escuchar la confesión de las almas que se les confió. Según el Derecho Canónico, los fieles tienen derecho a confesarse con su pastor, si las circunstancias lo permiten. ¿Qué es más importante que reconciliar a un pecador con Dios, procurando el camino hacia su salvación eterna?».

4º El sacerdote se enfada conmigo

Para estos casos, Broom recomienda acercarse al momento de La Divina Misericordia en mi alma de Santa Faustina Kowalska, cuando relata una confesión que parecía no ir bien, cargada de incomprensión. Cuando Jesús se comunicó con ella, relata Broom, «le reveló las razones por las que no estaba en paz después de esa confesión: no rezó por el sacerdote antes de entrar al confesionario. Adquiera el hábito de rezar por el sacerdote antes de entrar al confesionario, esto puede allanar el camino para una confesión pacífica y eficaz».

5º No conozco los mandamientos

Es una de las objeciones más simples de refutar, pues  «hay abundante material sobre cómo confesarse, así como de los diez mandamientos, examen de conciencia…etc. Se pueden comprar folletos, buscarlos en Internet o consultar  en la parroquia o iglesia más cercana».

6º Tengo miedo y vergüenza

«El miedo y la vergüenza paralizantes vienen del maligno, nunca de Dios. San Felipe Neri señaló que el diablo nos quita hábilmente el miedo y la vergüenza cuando nos convence de elegir el pecado, pero cuando se nos llama a volver a Dios a través de la confesión sacramental, puede mentirnos tanto que nos quedamos paralizados y nunca llegamos al confesionario», explica.

7º Mis pecados son tan graves que no pueden ser perdonados

Broom regresa sobre Santa Faustina y sus meditaciones para recordar que Jesús afirmó «sin lugar a dudas, con la mayor claridad y énfasis que el pecado que más le ofende es  la falta de voluntad de confiar en su infinita misericordia. De hecho, no hay pecado tan grave que la infinita misericordia del Corazón de Jesús no pueda perdonar».

8º La gente sabrá cuáles son mis pecados

«¡De ninguna manera!», responde el sacerdote, pues «el secreto de la confesión es una de las obligaciones más serias del oficio del sacerdocio. El sacerdote está obligado, bajo pena de excomunión , a mantener el secreto absoluto de todo lo que se ha dicho en el contexto de la confesión. Ha habido sacerdotes santos que han sido martirizados por mantener el secreto inviolable del confesionario».

9º Ya iré mañana cuando esté preparado

Esta es otra de las razones más comunes para no confesarse en el momento. Sin embargo, argumenta, «en cualquier empresa o actividad, nunca vamos a estar perfectamente listos y preparados. ¡Sólo Dios es perfecto! Sin embargo, especialmente si nos encontramos en un estado de pecado, un estado de peligro moral, entonces bajo ninguna circunstancia debemos posponer nuestra confesión. No queremos jugar a la ruleta rusa con nuestra salvación».

10º ¿Por qué confesarme si volveré a caer en el mismo pecado?

El sacerdote admite que puede que así sea, pero es precisamente la confesión frecuente lo que es de gran ayuda para superar gradualmente las faltas de las que nos confesamos. Así, resumiendo la teología moral al respecto, Broom menciona que el sacerdote, «como padre, amigo y sanador, puede ayudar sutilmente al penitente a superar gradualmente sus mayores pecados. De esta forma, con la ayuda de la gracia de Dios y la confesión frecuente, el pecado puede ser cometido con menos gravedad y frecuencia, y un día, ser vencido por completo. Lo importante para el penitente es confiar en la misericordia de Dios, tratar de evitar la ocasión próxima de pecado y poner toda la voluntad y el esfuerzo posible», sentencia.

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EL SANTO DE LA SEMANA: SANTO TOMÁS DE AQUINO

¡Ustedes lo llaman el buey mudo! Yo les digo que este buey mugirá tan fuerte que su mugido resonará en todo el mundo». San Alberto Magno, su maestro, no se equivocó. Con estas palabras, lo defendió de sus compañeros de estudios, quienes le habían dado ese apodo por su carácter taciturno y aparentemente poco brillante.

Encarcelado por su familia por haberse hecho un religioso predicador

Tomás nació en el castillo de Roccasecca, en el Bajo Lazio, de los Condes de Aquino, emparentados con el Emperador Federico II. Su padre Landolfo esperaba que fuera abad del Monasterio de Montecassino, pensando que de ese modo se habría conjuntado el carácter tímido y amable de su hijo con sus ambiciosos planes políticos. El punto era que Tomás, rechazando cualquier ambición, ya había elegido una Orden mendicante para convertirse en un fraile dominico en Nápoles. Una elección muy frustrante para su ambiciosa familia. Sintiendo traicionadas las expectativas familiares, su madre y dos de sus hermanos lo secuestraron y lo mantuvieron prisionero en su castillo por un año. Su humor, poco sociable pero a la vez muy pacífico, se alteró solo cuando le hicieron entrar a una prostituta en su recámara para hacerlo desistir de su vocación. A ese punto, Tomás reaccionó aferrando con fuerza un leño ardiente y la hizo escapar. Con la ayuda de sus hermanas, se cuenta que luego Tomás logró escapar haciéndose bajar de las murallas del castillo de Roccasecca en una grande cesta.

Un intelectual enamorado de Dios

Finalmente libre del acoso familiar, fue enviado a Colonia y allí, con San Alberto Magno como su maestro, profundizó el aristotelismo. Se trasladó luego a París donde, no sin dificultades con el clero secular, enseñó en la Universidad. De regreso a Italia intensificó el estudio de Aristóteles gracias a las traducciones de un cofrade, y compuso el conocido himno vinculado a la fiesta del Corpus Christi, el «Pange lingua». Comenzó a escribir su «obra maestra», la Summa Theologiae. De este genial compendio teológico son particularmente conocidas las Cinco vías para probar racionalmente la existencia de Dios. (cf. ST. I Pars, q. II). El centro de su trabajo fue la confianza en la razón y los sentidos: la filosofía es un válido auxilio de la teología pero la fe no anula la razón. (cf Rm 1,19). Amaba el estudio y no es difícil imaginar por qué su inmensa producción filosófico-teológica haya causado un gran impacto entre los teólogos contemporáneos. Un día, el 6 de diciembre de 1273, Tomás le dijo a su cofrade Reginaldo que ya no escribiría más: «No puedo, porque todo lo que he escrito es como paja para mí en comparación con lo que se me ha revelado». Según algunos biógrafos, una experiencia mística con Jesús precedió a esta decisión. Parece ser que cayó enfermo en 1274, en el viaje a Lyon, donde el Papa Gregorio X lo había convocado para el Concilio, y murió en la abadía de Fossanova. Tenía sólo 49 años.

Santo Tomás leído por Chesterton: la reconciliación fe-razón

El famoso escritor inglés G. K. Chesterton, con su fina agudeza, en 1933 le dedicó un conocido ensayo titulado «Santo Tomás de Aquino». En tal texto Chesterton escribió: «Tomás fue un gran hombre que concilió la religión con la razón, que la expandió hacia la ciencia experimental, que insistió en que los sentidos son las ventanas del alma y en que la razón posee un derecho divino a alimentarse de hechos, y que es competencia de la fe digerir». Para Chesterton, tanto Santo Tomás como San Francisco fueron los iniciadores de una gran renovación del cristianismo desde dentro y cuyo centro fue la Encarnación: «… estos hombres se hacían más ortodoxos al hacerse más racionales y naturales: sólo siendo así de ortodoxos pudieron ser así de racionales y naturales. En otras palabras, lo que realmente se puede llamar teología liberal se desplegó desde dentro, desde los misterios originales del catolicismo».

Fuente: Vatican News

CICLO DE CATEQUESIS – JUBILEO 2025. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. I. LA INFANCIA DE JESÚS. 2. EL ANUNCIO A MARÍA. ESCUCHA Y DISPONIBILIDAD (CFR. LC 1,26-38)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy retomamos la catequesis del ciclo jubilar sobre Jesucristo nuestra esperanza.

Al comienzo de su Evangelio, Lucas muestra los efectos de la potencia transformadora de la Palabra de Dios que llega no sólo a los atrios del Templo, sino también a la pobre casa de una joven, María, que, comprometida con José, todavía vive con su propia familia.

Después de Jerusalén, el mensajero de los grandes anuncios divinos, Gabriel, que en su nombre celebra el poder de Dios, es enviado a una aldea que la Biblia hebrea nunca menciona: Nazaret. En aquella época era una pequeña aldea de Galilea, en la periferia de Israel, una zona de frontera con los paganos y sus contaminaciones.

Precisamente allí, el ángel lleva un mensaje de forma y contenido totalmente inauditos, tanto que el corazón de María se estremece, se turba. En lugar del clásico saludo “la paz sea contigo”, Gabriel se dirige a la Virgen con la invitación “¡alégrate!”, “¡regocíjate!”, un llamamiento muy querido en la historia sagrada, porque los profetas lo utilizan cuando anuncian la venida del Mesías (cfr. Sof 3,14; Gl 2,21-23; Zc 9,9). Es la invitación a la alegría que Dios dirige a su pueblo cuando termina el exilio y el Señor hace sentir su presencia viva y operante.

Además, Dios llama a María con un nombre de amor desconocido en la historia bíblica: kecharitoméne, que significa «llena de la gracia divina». María es llena de la gracia divina. Este nombre dice que el amor de Dios ha habitado desde hace tiempo y sigue habitando en el corazón de María. Dice que ella está ‘llena de gracia’ y, sobre todo, que la gracia de Dios ha realizado en ella un “cincelado” interior, convirtiéndola en su obra maestra: llena de gracia.

Este cariñoso sobrenombre, que Dios da sólo a María, va acompañado inmediatamente de una tranquilización: «¡No temas!», «¡No temas!» la presencia del Señor siempre nos da esta gracia de no temer y así lo dice a María: «¡No temas!». «No temas», dice Dios a Abraham, a Isaac, a Moisés, en la historia: «¡No temas!». (cf. Gn 15,1; 26,24; Dt 31,8). Y nos lo dice también a nosotros: «¡No temas, sigue adelante, no temas!». «Padre, tengo miedo de esto»; «¿Y qué haces tú cuando…?»; “Perdone, padre, le digo la verdad: voy a la adivina…»; «¿Vas a la adivina?”; “Sí, a que me lea la mano…». Por favor, ¡no tengan miedo! ¡No teman! ¡No teman! Esto es hermoso. «Soy tu compañero de viaje»: esto le dice Dios a María. El «Todopoderoso», el Dios de lo «imposible» (Lc 1,37) está con María, está con ella y junto a ella, es su compañero, su principal aliado, el eterno «Yo-contigo» (cf. Gn 28,15; Ex 3,12; Jdg 6,12).

Luego, Gabriel anuncia a la Virgen su misión, haciendo resonar en su corazón numerosos pasajes bíblicos que hacen referencia a la realeza y mesiazgo del Niño que va a nacer de ella y que será presentado como cumplimiento de las antiguas profecías. La Palabra que viene de lo Alto llama a María a ser la madre del Mesías, el tan esperado Mesías davídico. Es la madre del Mesías. Él será rey, no a la manera humana y carnal, sino a la manera divina, espiritual. Su nombre será «Jesús», que significa «Dios salva» (cf. Lc 1,31; Mt 1,21); recuerda así a todos y para siempre que no es el hombre quien salva, sino sólo Dios. Jesús es Aquel que cumple estas palabras del profeta Isaías: «No un enviado ni un ángel, sino Él mismo los salvó; con amor y compasión (Is 63,9).

Esta maternidad estremece a María profundamente. Y como mujer inteligente que es, es decir, capaz de leer dentro de los acontecimientos (cf. Lc 2,19.51), busca comprender, discernir lo que está sucediendo. María no busca fuera, sino dentro, porque, como enseña san Agustín, «in interiore homine habitat veritas» (De vera religione 39,72). Y allí, en lo más profundo de su corazón abierto, sensible, escucha la invitación a confiar en Dios, que ha preparado para ella un «Pentecostés» especial. Como al principio de la Creación (cf. Gn 1,2), Dios quiere «empollar» a María con su Espíritu, un poder capaz de abrir lo cerrado sin violarlo, sin menoscabar la libertad humana; quiere envolverla en la «nube» de su presencia (cf. 1Cor 10,1-2) para que el Hijo viva en ella y ella en Él.

Y María se enciende de confianza: es «una lámpara con muchas luces», como dice Teófanes en su Canon de la Anunciación. Se abandona, obedece, hace espacio: es «una cámara nupcial hecha por Dios» (ibid.). María acoge al Verbo en su propia carne y se lanza así a la mayor misión jamás confiada a una mujer, a una criatura humana. Se pone al servicio: es llena de todo, no como esclava, sino como colaboradora de Dios Padre, llena de dignidad y autoridad para administrar, como hará en Caná, los dones del tesoro divino, para que muchos puedan sacar de él abundantemente.

Hermanas, hermanos, aprendamos de María, Madre del Salvador y Madre nuestra, a dejarnos abrir los oídos a la Palabra divina y a acogerla y custodiarla, para que transforme nuestros corazones en tabernáculos de su presencia, en hogares acogedores donde pueda crecer la esperanza.

Fuente The Holy See

¿CUÁL ES LA VOLUNTAD DE DIOS AQUÍ Y AHORA?

Hace tiempo que una amable lectora, comentando unos de mis breves artículos, preguntaba por los criterios para discernir la voluntad de Dios a través de los acontecimientos. Lo primero que conviene aclarar es que somos nosotros los que discernimos la voluntad de Dios. Por eso la decisión que tomamos es nuestra. Los asuntos concretos y puntuales son cosa nuestra, aunque sea el evangelio el que inspira nuestra toma de posición. El evangelio no dice, por ejemplo, a qué partido hay que votar o qué presidente o superior hay que elegir. Lo que dice el evangelio es que vote o elija buscando el bien de la sociedad o de la comunidad.

Dios en este mundo se nos hace presente a través de mediaciones. En ellas descubrimos su voluntad. Pero las mediaciones nunca son claras del todo. Están lastradas de una ambigüedad ineliminable. Jesús, mediador entre Dios y los seres humanos, también estaba marcado por esta ambigüedad constitutiva de toda mediación. De otro modo nunca hubiera sido rechazado. Si pudo serlo, fue porque lo humano siempre puede interpretarse de modos muy diversos. Según unos, en Jesús actuaba el poder de Dios. Según otro, el poder de Satanás. En el terreno de lo humano, y más aún en el de lo religioso, lo que a unos les parece muy claro, a otros les parece oscuro.

Tomás de Aquino se planteó la pregunta de cuál es la voluntad de Dios en el aquí y el ahora. La respuesta puede resultar sorprendente «No lo sé», dice el santo. Citemos sus palabras exactas: «Podemos saber de una manera general cuál es el objeto querido por Dios, pues sabemos que todo lo que Dios quiere, lo quiere en cuanto bien. Por eso, todo el que quiere alguna cosa por este mismo motivo tiene una cierta conformidad con la voluntad divina en cuanto al motivo de querer. Pero, en particular, ignoramos lo que Dios quiere, y en este aspecto no estamos obligados a conformar nuestra voluntad con la de Dios».

Cuando buscamos el bien y pretendemos hacer lo que consideramos que es bueno (para los demás y para uno mismo), actuamos en conformidad con la voluntad de Dios, que siempre quiere lo bueno. Pero en concreto y en particular no sabemos lo que Dios quiere. No sabemos qué decisión tomaría Dios ante dos o tres caminos distintos que parecen todos buenos (se lo parecen a uno mismo; o uno parece bueno a un individuo y otro a un segundo individuo). Así se explica que en la búsqueda de lo bueno (lo bueno es formalmente la voluntad de Dios) puedan darse soluciones materialmente distintas o incluso opuestas cuando se trata de concretar eso bueno.

En este sentido el Concilio Vaticano II reconocía que una misma concepción cristiana de la vida puede conducir a adoptar soluciones divergentes. La razón de la divergencia no puede estar en la concepción cristiana a la vida, sino en la distinta lectura de los acontecimientos. Eso sí, cuando todos buscamos el bien, aunque a veces las soluciones que ofrecemos para resolver un problema concreto sean distintas, esta distinción no puede enemistarnos, tiene que ser un motivo para continuar el diálogo y para buscar consensos. Porque el bien fundamental es el buen entendimiento y la buena relación entre las personas.

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat