EL VIDEO DEL PAPA

El Video del Papa es una iniciativa oficial de alcance global que tiene como objetivo difundir las intenciones de oración mensuales del Santo Padre. Es desarrollada por la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración).

La Red Mundial de Oración del Papa es una Obra Pontificia, que tiene como misión movilizar a los católicos por la oración y la acción, ante los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia. Estos desafíos se presentan en forma de intenciones de oración confiados por el Papa a toda la Iglesia. Su misión se inscribe en la dinámica del Corazón de Jesús, una misión de compasión por el mundo. Fue fundada en 1844 como Apostolado de la Oración. Está presente en 89 países y la integran más de 22 millones de católicos. Incluye su rama de jóvenes, el MEJ – Movimiento Eucarístico Juvenil. En diciembre 2020 el Papa constituyó esta obra pontificia como fundación vaticana y aprobó sus nuevos estatutos. Su Director Internacional es el P. Frédéric Fornos, SJ. Más información en: oraciondelpapa.va

El proyecto cuenta con el apoyo de Vatican Media.

En noviembre está dedicado a  aquellos que han perdido un hijo

En el siguiente enlace podéis ver el video completo

https://www.youtube.com/watch?v=NktHdl-nn18

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN CARLOS BORROMEO

Quienes se encuentran a orillas del Lago Mayor, la ven inmediatamente: es la estatua de san Carlos Borromeo que domina las aguas de Arona. De treinta y cinco metros de altura, incluyendo la base, construida en el siglo XVII, la escultura representa al Arzobispo de Milán en el momento de bendecir al pueblo. Pero este monumento tiene una particularidad: se puede visitar desde dentro gracias a una larga escalera. Desde lo alto se puede admirar el espléndido panorama a través de dos orificios hechos justo en correspondencia con los ojos de la estatua. Y aquí está la enseñanza que dejó este santo: mirar al mundo con los ojos de la caridad y de la humildad de Cristo, del Buen Pastor, como hizo él.

De «obispo precoz» a «gigante de la santidad»

Carlos nació el 2 de octubre de 1538 en Arona, en el seno de la rica, noble y muy influyente familia Borromeo. Fue el segundo hijo de Gilberto y Margarita y, a tan sólo 12 años recibió el título de «Comendador» de una Abadía benedictina local. El título honorífico le reportó una renta considerable, pero ya desde entonces Carlos decidió dedicar sus bienes a obras de caridad hacia los pobres. A los 22 años su tío, el Papa Pio IV lo nombró cardenal, y pocos años después también fue nombrado obispo y arzobispo a una edad insólita.

El Concilio de Trento

Estudió derecho canónico y derecho civil en Pavía y en 1559, a la edad de 21 años, se convirtió en doctor in utroque jure. Unos años después murió su hermano mayor Federico. Muchos le aconsejaron que dejara los encargos eclesiásticos para ocuparse mejor de los intereses de la familia. Carlos sintió en cambio que su vocación era la de servir a sus hermanos mediante el ministerio sacerdotal: en 1563, a la edad de 25 años, fue ordenado sacerdote e inmediatamente después consagrado obispo. Luego, con tal autoridad eclesiástica, participó con gran competencia en las etapas finales del Concilio de Trento (1562-1563), convirtiéndose en uno de los principales promotores de la llamada «Contrarreforma» y colaborando en la redacción del «Catecismo Tridentino».

Arzobispo de Milán a sólo 27 años de edad

Para poner inmediatamente en práctica las indicaciones del Concilio, que exigía que los Pastores residieran en sus respectivas diócesis, en 1565, a la edad de sólo 27 años, Carlos tomó posesión de la Arquidiócesis de Milán, de la que había sido nombrado Arzobispo. Su dedicación a la Iglesia Ambrosiana fue total: hizo tres visitas pastorales a todo el vastísimo territorio, organizándolo en distritos. Fundó seminarios para ayudar a reformar a los sacerdotes, construyó iglesias, escuelas, colegios, hospitales, estableció la Congregación de los Oblatos, sacerdotes seculares, y donó su patrimonio familiar a los pobres.

«Las almas se conquistan de rodillas»

Al mismo tiempo, Carlos se dedicó a unir la acción y la contemplación para reformar profundamente la Iglesia desde dentro. Después del cisma provocado por la Reforma luterana, la Iglesia católica se hallaba en un período particularmente crítico. El joven arzobispo no tuvo miedo de defender la Iglesia contra la interferencia de los poderosos, ni tampoco le faltó valor para renovar las estructuras eclesiales, sancionando y corrigiendo algunas de sus deficiencias. Consciente de que la reforma de la Iglesia, para ser creíble, debía partir precisamente del testimonio de sus Pastores, Borromeo animó a los sacerdotes, religiosos y diáconos a experimentar la fuerza de la oración y de la penitencia, transformando sus vidas en un verdadero camino de santidad. «Las almas», repetía a menudo, «se conquistan de rodillas».

«Que los pastores sean siervos de Dios y padres del pueblo»

Su intensa acción pastoral, profundamente estimulada por el amor de Cristo, no le ahorró hostilidades y resistencias. Los llamados «Humillados» -que se oponían a las reformas- organizaron un ataque armado contra él: le dispararon por la espalda con un arcabuz, mientras Carlos estaba recogido en oración. Por fortuna, el ataque fracasó y Carlos continuó su misión, porque «deseaba que los pastores fueran siervos de Dios y padres del pueblo, especialmente de los pobres» (Papa Francisco, Audiencia a la Comunidad del Pontificio Seminario Lombardo en Roma, 25.01.2016).

La peste de Milán

En la década de 1570, la plaga de la peste se extendió tanto que las ciudades de Venecia, Trento y Milán estaban doblegadas por la epidemia y la hambruna, y sólo podían contar con la ayuda de su arzobispo. Y Carlos no se amedrentó: fiel a su lema episcopal, «Humilitas», entre 1576 y 1577 suspendió las peregrinaciones y visitó, consoló y gastó todos sus bienes para ayudar a los enfermos. Su presencia entre la gente fue constante, hasta el punto de que el período histórico será recordado como el tiempo de la «peste de san Carlos» y siglos más tarde incluso Alejandro Manzoni hablará de ello en el capítulo XXXI de su famosa novela «Los Novios».

En peregrinación a la Sábana Santa

El arzobispo de Milán era muy devoto del Santo Sudario o Sábana Santa, y desempeñó un papel fundamental para que fuera trasladada de Francia a Italia. En efecto, para evitar que Borromeo, ya muy enfermo, tuviera que ir a Francia, fueron los Duques de Saboya, en 1578, quienes accedieron a transportar la Sábana Santa desde el Castillo de Chambéry, en Francia, a Turín, donde se halla desde entonces. De todos modos, Borromeo hizo una peregrinación a pie caminando durante cuatro días desde Milán hasta Turín, ayunando y rezando, para orar ante la imagen impresa en la Síndone.

El «Sepulcro» en la Catedral de Milán

Agotado por los grandes esfuerzos afrontados en sus duros viajes y por las diversas pruebas que tuvo que superar en su trabajo pastoral, poco a poco su físico comenzó a ceder y en noviembre de 1584 se rindió: Carlos murió a sólo 46 años, pero dejó un inmenso legado moral y espiritual. Fue beatificado en 1602 por Clemente VIII y luego canonizado en 1610 por Pablo V. Desde entonces, sus restos descansan en la cripta del Duomo de Milán, en un sepulcro cubierto con sutiles paneles de plata que retratan algunos episodios de su vida.

Fuente: Vatican News

CATEQUESIS DEL PAPA. EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA. «EL ESPÍRITU DON DE DIOS» EL ESPÍRITU SANTO Y EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

La vez pasada, explicamos lo que proclamamos sobre el Espíritu Santo en el credo. Sin embargo, la reflexión de la Iglesia no se ha detenido en esa breve profesión de fe. Ha continuado, tanto en Oriente como en Occidente, a través de la obra de grandes Padres y Doctores. Hoy, queremos recoger algunas “migajas” de la doctrina del Espíritu Santo desarrollada en la tradición latina, para ver cómo ilumina toda la vida cristiana y, especialmente, el sacramento del matrimonio.

El principal artífice de esta doctrina es San Agustín, que desarrolló la doctrina sobre el Espíritu Santo. Él parte de la revelación de que «Dios es amor» ( 1 Jn 4,8). Ahora bien, el amor presupone alguien que ama, alguien que es amado y el amor mismo que los une. El Padre es, en la Trinidad, el que ama, la fuente y el principio de todo; el Hijo es el que es amado, y el Espíritu Santo es el amor que los une [1]. El Dios de los cristianos es, por tanto, un Dios «único», pero no solitario; la suya es una unidad de comunión, de amor. En esta línea, algunos han propuesto llamar al Espíritu Santo no la «tercera persona» singular de la Trinidad, sino más bien «la primera persona plural». Él es, en otras palabras, el Nosotros, el Nosotros divino del Padre y del Hijo, el vínculo de unidad entre diferentes personas  [2], el principio mismo de la unidad de la Iglesia, que es exactamente un «solo cuerpo» resultante de una multitud de personas.

Como les decía, hoy quisiera reflexionar con ustedes sobre lo que el Espíritu Santo tiene que decir a la familia. ¿Qué tiene que ver el Espíritu Santo con el matrimonio, por ejemplo? Mucho, quizá lo esencial; intento explicar por qué. El matrimonio cristiano es el sacramento del hacerse don, el uno para la otra, del hombre y la mujer. Así lo pensó el Creador cuando «creó al ser humano a su imagen y semejanza […]:  hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). La pareja humana es, por tanto, la primera y más básica realización de la comunión de amor que es la Trinidad.

Los cónyuges también deben formar una primera persona del plural, un «nosotros». Estar el uno ante el otro como un «yo» y un «tú», y estar ante el resto del mundo, incluidos los hijos, como un «nosotros». Qué hermoso es oír a una madre decir a sus hijos: «Tu padre y yo…», como dijo María a Jesús, que tenía entonces doce años, cuando lo encontraron enseñando a los Doctores en el templo (cf. Lc 2,48); y oír a un padre decir: «Tu madre y yo», casi como si fueran una única persona. ¡Cuánto necesitan los hijos esta unidad – “papá y mamá juntos” -, la unidad de los padres, y cuánto sufren cuando falta! ¡Cuánto sufren los hijos de padres que se separan, cuánto sufren!

Para responder a esta vocación, el matrimonio necesita el apoyo de Aquel que es el Don, o, mejor dicho, el que se dona por excelencia. Allí donde entra el Espíritu Santo, renace la capacidad de entregarse. Algunos Padres de la Iglesia latina afirmaron que, siendo don recíproco del Padre y del Hijo en la Trinidad, el Espíritu Santo es también la razón de la alegría que reina entre ellos; y no temieron utilizar, al hablar de esto, la imagen de gestos propios de la vida conyugal, como el beso y el abrazo [3].

Nadie dice que esa unidad sea un objetivo fácil, y menos en el mundo actual; pero ésta es la verdad de las cosas tal y como el Creador las concibió y, por tanto, está en su naturaleza. Por supuesto, puede parecer más fácil y más rápido construir sobre arena que sobre roca; pero Jesús nos dice cuál es el resultado (cfr. Mt 7:24-27). En este caso, ni siquiera necesitamos la parábola, porque las consecuencias de los matrimonios construidos sobre arena están, lamentablemente, a la vista de todos, y son sobre todo los hijos quienes pagan el precio. ¡Los hijos sufren la separación o la falta de amor de sus padres! De muchos cónyuges, hay que repetir lo que María le dijo a Jesús en Caná de Galilea: «No tienen vino» (Jn 2,3). El Espíritu Santo es quien sigue realizando, en el plano espiritual, el milagro que Jesús realizó en aquella ocasión, a saber, cambiar el agua de la costumbre en una nueva alegría de estar juntos. No es una ilusión piadosa: es lo que el Espíritu Santo ha hecho en tantos matrimonios, cuando los esposos se decidieron a invocarlo.

No estaría mal, por tanto, si, junto a la información de orden jurídico, psicológico y moral que se da en la preparación de los novios al matrimonio, se profundizara en esta preparación “espiritual”, el Espíritu Santo que hace la unidad. Dice un proverbio italiano: “Entre mujer y marido no pongas el dedo”. En cambio, hay un “dedo” que se debe poner entre marido y mujer, y es precisamente el “dedo de Dios”: ¡es decir, el Espíritu Santo!

[1] Cfr. S. Agustín, De Trinitate, VIII,10,14)

[2] Cfr. H. Mühlen, Una mystica persona.  La Iglesia como el misterio del Espíritu Santo, Città Nuova, 1968.

[3] Cfr. S. Hilario de Poitiers, De Trinitate, II,1; S. Agustín, De Trinitate, VI, 10,11.

Fuente: The Holy See

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN

Dedicar o consagrar un lugar a Dios es un rito que forma parte de todas las religiones. Es «reservar» un lugar a Dios, reconociéndole gloria y honor. Cuando el emperador Constantino dio plena libertad a los cristianos -en el año 313-, éstos no escatimaron en la construcción de lugares para el Señor.

El propio emperador donó al Papa Melquiades los terrenos para la edificación de una «domus ecclesia» cerca del monte Celio. La Basílica fue consagrada en el 324 ( o 318 ) por el Papa Silvestre I, que la dedicó al Santísimo Salvador. En el s. IX, el Papa Sergio III la dedicó también a San Juan Bautista; y en el s. XII, Lucio II añadió también a San Juan Evangelista. De ahí el nombre de Basílica Papal del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Evangelista en Letrán.

Es considerada como la madre y la cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo: es la primera de las cuatro Basílicas papales mayores y la más antigua de occidente. En ella se encuentra la cátedra del Papa, pues es la sede del Obispo de Roma.

A lo largo de los siglos, la basílica pasó a través de numerosas destrucciones, restauraciones y reformas. Benedicto XIII la volvió a consagrar en 1724; fue en esta ocasión cuando se estableció y extendió a toda la cristiandad la fiesta que celebramos el día 9.

Del Evangelio según San Juan

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?».

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».

Pero Él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que Él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado” (Jn 2,13-22).

Lugar de encuentro

Las lecturas bíblicas elegidas para este día desarrollan el tema del «templo». En el Antiguo Testamento (Primera Lectura, Ez 47), el profeta Ezequiel, desde su exilio en Babilonia (estamos en torno al 592 a.C.), trata de ayudar al pueblo a salir de su desánimo por no tener ya tierra ni lugar para orar. Surge así el mensaje -la Primera Lectura- en el que el profeta anuncia el día en que el pueblo adorará a su Dios en el nuevo templo. Un lugar donde el hombre eleva su oración a Dios y donde Dios se acerca al hombre escuchando su oración y socorriéndolo allí donde suplica: un lugar de encuentro. De este modo, el templo asume el papel de Casa de Dios y Casa del pueblo de Dios. Un lugar donde se practica la justicia, la única capaz de curar al pueblo. De este templo, el profeta ve brotar agua: «Y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa». Un agua que es don y que traerá vida, bendición.

¡Fuera de aquí!

Todo judío varón estaba obligado a subir a Jerusalén para ofrecer el cordero de la Pascua; tres semanas antes comenzaba la venta de animales aptos para la ofrenda (las palomas eran el sacrificio de los pobres, Lv 5,7). Los cambistas tenían la tarea de cambiar las monedas romanas por monedas acuñadas en Tiro. No era esta una cuestión de ortodoxia religiosa, aunque se hiciera pasar por tal. Al fin y al cabo, también las monedas de Tiro tenían una imagen pagana, pero contenían más plata, por lo que valían más. Los sacerdotes del templo supervisaban este «comercio» y siempre obtenían un beneficio en el cambio.

Este es el entorno que Jesús encontró en el Templo, precisamente en el Hieron, es decir, en el patio exterior del Templo, el Patio de los Gentiles. El Templo propiamente dicho es el Naos, el santuario, que se mencionará en los v. 19-21. «Hizo un látigo de cuerdas… y los expulsó del Templo»: con el látigo Jesús azota este «comercio» presente en el Templo. Derriba los puestos de los vendedores y los expulsa a todos (cfr. Ex 32, el becerro de oro).

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado». Son palabras y acciones que remiten al profeta Zacarías, que anunció lo que sucederá cuando el Señor venga a la ciudad de Jerusalén: «Y aquel día, ya no habrá más traficantes en la Casa del Señor de los ejércitos» (Zc 14,21).

“«¿Qué signo nos das para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar»”. Los sacerdotes del templo le preguntan a Jesús con qué autoridad actúa, y Él responde invitándoles a destruir el templo, porque Él lo hará resurgir. La respuesta de Jesús se refiere no a todo el edificio del templo, sino al «santuario» propiamente dicho, allí donde estaba la presencia de Dios: «Él hablaba del templo de su cuerpo». Con la Pascua de Jesús -con su cuerpo destruido y resucitado- comienza el nuevo culto, el culto del amor, en el nuevo templo (naos) que es Él mismo. La resurrección será el acontecimiento clave que hará que los discípulos sean finalmente capaces de comprender; el Espíritu Santo (Jn 14:26) les hará recordar los acontecimientos y verlos de una manera nueva.

Jesús, el nuevo templo

La fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán nos permite recordar el camino del pueblo y el cuidado constante y fiel de Dios. Al mismo tiempo, se nos recuerda que hoy cada uno de nosotros, en Jesús resucitado, es «templo de Dios», porque el Espíritu mismo habita en cada uno de nosotros (1 Cor 3,16). Ser conscientes de ello nos lleva, por un lado, a alabar al Señor; pero, por otro lado, nos lleva a decir, a veces de forma desproporcionada: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa…» (Mt 8,8), olvidando que Él ya está en nosotros, y que nos acoge y nos ama no por cómo quisiéramos ser, sino por cómo somos, aquí, ahora.

Son las cosas con las que nos distraemos en nuestro interior las que hacen borroso el Rostro del Señor. Cuando aprendamos a mantener nuestra mirada fija en Jesús, Autor y perfeccionador de nuestra fe, de nuestra amistad con Él (cfr. Hb 12,1-4), nuestro rostro brillará con la luz que brota de un corazón «unificado». El equilibrio requerido no es el trabajo de un momento, sino el resultado de toda una vida, de un continuo reentrar en nosotros mismos dirigiéndonos directamente al “aposento del Rey» (cfr. Castillo interior, Santa Teresa de Ávila).

The Holy See

VALENCIA: DANA MORTAL E INMENSA SOLIDARIDAD

Poco a poco vamos cobrando conciencia de la tragedia que ha supuesto la dana o gota fría que cayó sobre la provincia de Valencia los pasados días 29 y 30. Los destrozos materiales son incontables, decenas de coches amontonados en las calles de algunos pueblos, bastantes templos han quedado completamente inservibles; en Picanya el agua llegó hasta la bóveda de la Iglesia. Lo más importante es el sufrimiento de las personas, los desaparecidos y los muertos, que se acercan a los 200, muchos de ellos niños pequeños.

Y, como siempre, alguna nota negativa para que así resalten las positivas: una banda se ha dedicado a aprovechar el caos para robar en algunas iglesias. Lo positivo: ha habido mucha ayuda entre personas, mucha solidaridad, protección civil ha actuado con eficacia, la Cruz Roja y otras instituciones de ayuda han trabajado bien. El gobierno autonómico y el nacional han prometido recursos económicos para los afectados (esperamos que cumplan y lo hagan rápido).

La comunidad judía y las Iglesias protestantes se han solidarizado con las víctimas. Dígase lo mismo de la Iglesia católica. Desde Caritas diocesana destacan la inmensa solidaridad de personas, instituciones, empresas, asociaciones, que han ofrecido a Caritas de Valencia su aportación económica o su colaboración. Por supuesto, Caritas nacional y las otras Caritas diocesanas han manifestado su deseo de ayudar, así como algunas internacionales, la suiza, la alemana y hasta la siria. El Papa y muchos obispos españoles han enviado mensajes al Arzobispo de Valencia. La diócesis ha organizado actos religiosos (una Eucaristía y un rosario) para rezar por los difuntos.

Hoy un alumno de la Facultad de Teología, puesto que se han suspendido las clases, vino desde Paiporta a pie a Valencia (8,5 Km.) para comprar comida, y llevarla caminando a su pueblo, porque los coches no pueden circular por algunas carreteras y en algunos pueblos escasea el agua y la comida, además de no tener electricidad.

Algunos recuerdan que el agua caída supera la que cayó durante el desbordamiento del Turia en 1957, que, por cierto, provocó que se efectuara una obra faraónica, desviando el cauce del río desde el centro de la ciudad de Valencia a sus afueras. Asusta pensar que hubiera pasado si el cauce siguiera dentro de la ciudad.

Mucha gente de España y de fuera de España me ha enviado mensajes a través del whatsapp, impresionados por la tragedia y preguntando si un servidor o las personas cercanas a mi estaban afectadas. No estamos heridos, he respondido, pero estamos afectados o deberíamos estarlo, porque el dolor del hermano debemos asumirlo como propio para así ayudar con más eficacia. Compasión es padecer con el otro, ponerse en la piel del otro.

Gracias a Dios, la Iglesia, desde el primer momento, puso todos sus medios a disposición de las personas más necesitadas. Las vidas perdidas son irrecuperables. Sin duda, han sido acogidas por la misericordia de Dios. Quedan las necesidades de los vivos. Esas personas a las que ha llegado ayuda urgente, pero lo han perdido todo, seguramente seguirán necesitando ayuda cuando ya nos hayamos olvidado del desastre. Conviene comenzar por lo de hoy sin olvidar lo que puede pasar mañana. Conviene comenzar por lo de cerca, sin olvidar lo de lejos.

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat

31.10.2024

TESTIMONIO DE LA PREGRINACIÓN A CARAVACA

Hoy lunes 30 de septiembre del 2024, hemos despertado de una manera especial, somos de la parroquia de Nuestra Señora de Alta Gracia y nos vamos de peregrinos, algunos de nuestro grupo de Vida Ascendente todos no podemos ir pero estarán presente en nuestras oraciones.

Cuando todas las diócesis nos encontramos en el autocar nos da gran alegría, porque nos une el mismo sentimiento, el Amor a Jesús y a nuestra Madre la Virgen María, en este momento empieza la peregrinación.

Nos acompañan cinco sacerdotes que estarán en la ruta a nuestro lado, siendo la voz de nuestras vivencias y nuestras oraciones.

¡Ya estamos en Murcia!

Nos ponemos los pañuelos y cogemos la mochila que llevamos vacía pero con la ayuda de la Cruz de Caravaca, la llenaremos de amor, humildad, comprensión y tolerancia y porque no también de felicidad. Te pedimos Señor que nos ayudes a saber repartirlo.

Al entrar en la Catedral, sentimos una paz interior difícil de explicar. Escuchamos la Santa Misa y en nuestras oraciones pedimos que el mundo entero pueda sentir esa paz y amor a los demás y en ese momento seguramente pararían las guerras.

Luego ene el exterior de la Catedral hemos rezado el Vía Crucis y a muchas nos recordó la Vía Dolorosa de Jerusalem y nos dio como un pellizquito en el corazón.

¡Estamos en Caravaca!

Celebramos la Santa Misa con devoción. Después un guía nos enseña las maravillas de su arquitectura, sus puentes, sus calles y edificios de mayor importancia; comentándonos su historia y las fechas en que se empezaron a construir. A pesar del calor parece que nos transportan a otra época.

Vamos a San Salvador, repetimos el Vía Crucis con todas las Diócesis, nos embargo una gran emoción y gran hermandad.

Al terminar, fuimos al Museo de Salzillo y al ver sus imágenes pensamos que Jesús tuvo que ayudarle para que sus manos pudieran plasmar en ellas el odio, el dolor y en sus ojos el gran amor que tuvo por nosotros.

Regresamos

Contentas por lo que hemos vivido y compartido, prometiendo ser un poquito mejor cada día.

Cruz de Caravaca ayúdanos en este Jubileo a subir un peldaño más para poder cruzar el puente que nos llevara a la otra orilla.

Vida Ascendente

Parroquia de Nuestra Señora de Alta Gracia.

PROCLAMADOS 14 NUEVOS SANTOS: ENTRE ELLOS LOS “MÁRTIRES DE DAMASCO”

Once de los canonizados son frailes franciscanos y laicos maronitas, varios de ellos españoles, asesinados por militantes drusos en 1860 en la capital siria. Las otras tres personas elegidas fundaron comunidades religiosas

El Papa Francisco proclamó este domingo 14 nuevos santos, entre ellos los “mártires de Damasco”, asesinados en Siria durante el Imperio Otomano en el siglo XIX y símbolos de la persecución cristiana.

Francisco presidió la ceremonia de canonización en la Plaza de San Pedro en presencia de miles de fieles católicos de todo el mundo.

“Los inscribimos entre los santos, decretando que sean venerados como tales por toda la Iglesia”, proclamó Francisco, tras recitar cada nombre.

La canonización es el último paso hacia la santidad en la Iglesia católica, tras la beatificación.

Se requieren tres condiciones, la más importante de las cuales es que la persona haya realizado al menos dos milagros. Debe haber fallecido hace al menos cinco años y haber llevado una vida cristiana ejemplar.

En el grupo se encuentran 11 personas conocidas como los “mártires de Damasco”, que se han convertido en santos unos 160 años después de su muerte.

Los ocho frailes franciscanos y tres laicos maronitas -todos hermanos- de un monasterio fueron asesinados por militantes drusos en julio de 1860 en la capital siria, entonces bajo dominio otomano.

Se trata del español Manuel Ruiz López (Burgos, 1804), quien en aquel momento era superior del convento de San Pablo y fue víctima de la furia de una multitud de drusos que la noche del 9 de julio de 1860 irrumpieron en el barro cristiano de Damasco. Ahí vivían unas 30.000 personas, miles de ellas fueron masacradas y algunas se refugiaron en el monasterio de Ruiz y el resto de frailes menores.

Con él decapitaron a siete franciscanos hoy también canonizados, entre ellos los españoles Carmelo Bolta, Nicanor Ascansio, Nicolás María Alberca, Pedro Nolasco Soler, Francisco Piñazo Peñalver y Juan Fernández, y el austríaco Engelbert Kolland.

Los religiosos recibieron una propuesta del gobernador otomano de la época para refugiarse en su residencia, pero la rechazaron al no querer dejar sola a la gente que buscaba protegerse en el convento.

En la ceremonia también fueron canonizados los laicos maronitas Francesco Massabki, Mooti Massabki y Raffaele Massabki. Eran tres hermanos de Damasco muy vinculados a la comunidad de los franciscanos que estaban en el convento de San Pablo junto al resto de frailes, donde murieron igualmente asesinados en la misma masacre.

Todos ellos habían sido beatificados por el Papa Pío XI en 1926.

Damasco es el hogar de una de las comunidades cristianas más antiguas del mundo, pero su población cristiana ha disminuido a sólo un dos por ciento en la actualidad, según el Vaticano.

Muchos ciudadanos, cristianos o no, han abandonado la ciudad desde el inicio de la guerra civil en Siria en 2011.

El martirio del grupo de Damasco canonizado el domingo “no es muy diferente de la situación de muchos cristianos en Oriente Medio hoy en día”, escribió Vatican News, el portal de noticias oficial del Vaticano.

Las otras tres personas, fallecidas a principios del siglo XX, fundaron comunidades religiosas.

Se trata del misionero italiano Giuseppe Allamano (1851-1926), fundador del Instituto de los Misioneros de Consolata y de las Hermanas Misioneras de Consolata, la monja italiana Elena Guerra (1835-1914), fundadora de la Congregación de Oblatas del Espíritu Santo -conocidas como Hermanas de Santa Zita-, y la canadiense Marie-Leonie Paradis (1840-1912), fundadora de la Congregación de las Hermanitas de la Sagrada Familia.

INTENCIONES DE ORACIÓN

“El Papa Francisco confía cada mes a su Red Mundial de Oración, intenciones de oración que expresan sus grandes preocupaciones por la humanidad y por la misión de la Iglesia”, afirma el sitio web de la iniciativa.

“Su intención de oración mensual es una convocatoria mundial para transformar nuestra plegaria en «gestos concretos», es una brújula para una misión de compasión por el mundo”, agrega.

Este mes de noviembre  oramos: POR LOS QUE HAN PERDIDO UN HIJO

Oremos para que todos los padres que lloran la muerte de un hijo o una hija encuentren apoyo en la comunidad y obtengan del Espíritu consolador la paz del corazón.

La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española aprobó en su 121º reunión, que tuvo lugar del 17 al 21 de abril de 2023, las intenciones de la CEE para el año 2024 por las que reza la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración).

Noviembre: Por todos los que sufren por cualquier causa, por los pobres, migrantes, los enfermos, los cristianos perseguidos, para que hallen en nuestra caridad el consuelo y la cercanía que necesitan, así como una ayuda eficaz para aliviar las consecuencias de su situación.

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN ALONSO RODRÍGUEZ

A Alonso Rodríguez se le recuerda, principalmente, por los 30 años que pasó como portero en un colegio de Mallorca, pero tuvo otra vida anterior a la de jesuita en la que estaba casado y tenía tres hijos, y esta también la supo vivir con la heroicidad propia de los santos. «Todas las circunstancias que se le ponen por delante en la vida son un camino hacia Dios para él. Los primeros estudios, su matrimonio y paternidad, su posterior lucha por ser jesuita y, por supuesto, las tres décadas que se pasó abriendo y cerrando una puerta; todo lo vivió con tal hondura que todavía hoy es un modelo de santidad para mucha gente», asegura Daniel Cuesta, SJ, que comparte procedencia y orden religiosa con el protagonista de esta historia.

Nacido en Segovia en 1533, Rodríguez fue el segundo hijo de un exitoso comerciante de lana. Gracias a la hospitalidad de su padre, que en una ocasión acogió en su casa a Pedro Fabro —uno de los primeros compañeros de san Ignacio—, el pequeño Alonso entró muy pronto en contacto con la Compañía de Jesús. De hecho, fue el propio Fabro el que le preparó para recibir la Primera Comunión. La cosa no acaba ahí. «A los 12 años su padre lo mandó al nuevo colegio de los jesuitas en Alcalá», revela Tom Rochford, SJ, en la hagiografía publicada por la orden. Todos estos indicios llevan a Cuesta a pensar que «la vocación de Alonso como jesuita es anterior a su matrimonio. Es solo una teoría, porque no podemos saber qué hubiera sido de su vida si hubiera seguido estudiando. Pero yo creo que hubiera entrado en los jesuitas y se hubiera ordenado sacerdote».

La historia, sin embargo, dio un giro radical cuando el padre de Alonso se murió y este se tuvo que hacer cargo del negocio familiar. Tiempo después, ya con 27 años, se casó con una tal María Suárez y el matrimonio tuvo tres hijos. En esta labor también destacó Rodríguez. «Era un buen esposo y un buen padre», confirma Cuesta. Con las habilidades empresariales sucedió al contrario. Su poca pericia en este ámbito, sumada a los fuertes impuestos a los que debía hacer frente, terminaron por dar al traste con el negocio.

A su ruina económica pronto se añadió la ruina personal. Su mujer y sus tres hijos fallecieron por la peste, dejando a Alonso solo y arruinado. Era el momento de retomar su relación con la Compañía de Jesús, y, pasado un tiempo en el que se dedicó a la oración, pidió su ingreso. «Pero su avanzada edad —en aquel momento tenía 35 años—, su frágil salud y lo limitado de su formación no lo hacían apto a los ojos de los jesuitas, que lo examinaron con vistas a su admisión», escribe Rochford.

El candidato no se vino abajo, sino que puso más empeño y se pasó dos años estudiando para obtener la formación necesaria para ser sacerdote. Incluso se trasladó a Valencia siguiendo a su director espiritual, que era un miembro de la orden. Pero el segundo intento tampoco obtuvo resultados, y los jesuitas valencianos que lo examinaron tampoco lo vieron apto. No así el provincial, que percibió su santidad y le dio el permiso para entrar en la Compañía.

Todas estas vicisitudes le generaron un cierto estigma de zote, pero Cuesta ha estudiado su figura y ha descubierto a otro Alonso Rodríguez «mucho más profundo», asegura. «Hay un reto muy grande, que es salir de ese Alonsito que solo reza el rosario, al que incluso se le representa con los dedos gastados de tanto pasar las cuentas, y descubrir a ese otro Alonso, con una hondura espiritual y una oración mística que recuerda a la de santa Teresa», añade el jesuita. De hecho, «recibía a muchos grupos de personas, también a distintas personalidades que buscaban su consejo. El propio Pedro Claver dialogaba mucho con Rodríguez, y es este quien le impulsa para su labor evangelizadora en Cartagena de Indias».

A pesar de toda esta labor, la etapa más conocida de su vida fue la que pasó en la portería del colegio Montesión de Mallorca. Allí fue destinado en 1579 y pasó cerca de tres décadas. El trabajo era sencillo: recibir a las visitas, abrir y cerrar la puerta, pasar avisos. «Era repetitivo y monótono, exigía mucha humildad, pero Rodríguez imaginaba que todo el que llamaba a la puerta era el mismo Señor, y saludaba a todos con la misma sonrisa que había reservado para Dios», asegura el hagiógrafo. De aquella época es el famoso: «¡Ya voy, Señor!», que Rodríguez profería cada vez que alguien llamaba a la puerta. Él se imaginaba que era el mismo Cristo quien esperaba al otro lado.

Sus días concluyeron el 31 de octubre de 1617. Se cuenta que llevaba dos días casi sin sentido y, en un momento dado, se despertó, besó su crucifijo y expiró después de repetir por tres veces «Jesús, Jesús, Jesús». No pasaron ni diez años de su muerte cuando fue declarado venerable. Más tarde, en 1633, se le nombró patrono de Mallorca. Su beatificación llegó en 1825 y su canonización, el 6 de septiembre de 1888.

CATEQUESIS DEL PAPA. EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA. «CREO EN EL ESPÍRITU SANTO» EL ESPÍRITU SANTO EN LA FE DE LA IGLESIA

Con la catequesis de hoy pasamos de lo que se nos ha revelado sobre el Espíritu Santo en las Sagradas Escrituras a cómo está presente y actúa en la vida de la Iglesia, en nuestra vida cristiana.

En los tres primeros siglos, la Iglesia no sintió la necesidad de dar una formulación explícita de su fe en el Espíritu Santo. Por ejemplo, en el Credo más antiguo de la Iglesia, el llamado Credo de los Apóstoles, tras proclamar: «Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, que nació, murió, descendió a los infiernos, resucitó y subió a los cielos», se añade: «[Creo] en el Espíritu Santo» y nada más, sin ninguna especificación.

Pero fue la herejía la que impulsó a la Iglesia a especificar esta fe. Cuando comenzó este proceso -con San Atanasio, en el siglo IV- fue la experiencia vivida por la Iglesia de la acción santificadora y divinizadora del Espíritu Santo la que la condujo a la certeza de su plena divinidad. Esto ocurrió en el Concilio Ecuménico de Constantinopla del año 381, que definió la divinidad del Espíritu Santo con estas conocidas palabras que aún hoy repetimos en el Credo: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre [y del Hijo], que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas».

Decir que el Espíritu Santo es “Señor” era como decir que comparte el «señorío» de Dios, que pertenece al mundo del Creador, no al de las criaturas. La afirmación más fuerte es que se le debe la misma gloria y adoración que al Padre y al Hijo. Es el argumento de la igualdad en el honor, muy querido por San Basilio el Grande, que fue el principal artífice de esa fórmula: el Espíritu Santo es Señor, es Dios.

La definición conciliar no fue un punto de llegada, sino de partida. Y, de hecho, una vez superadas las razones históricas que habían impedido una afirmación más explícita de la divinidad del Espíritu Santo, ésta se proclamaría tranquilamente en el culto de la Iglesia y en su teología. Ya San Gregorio Nacianceno, tras ese Concilio, afirmará sin más reparos: «¿Es entonces Dios el Espíritu Santo? Ciertamente. ¿Es Él consustancial? Sí, si es Dios verdadero» (Oratio 31, 5.10).

¿Qué nos dice a nosotros, los creyentes de hoy, el artículo de fe que proclamamos cada domingo en la Misa? “¿Creo en el Espíritu Santo?” En el pasado, nos ocupaba principalmente la afirmación de que el Espíritu Santo «procede del Padre». La Iglesia latina pronto completó esta afirmación añadiendo, en el Credo de la Misa, que el Espíritu Santo procede «también del Hijo». Dado que en latín la expresión «y del Hijo» se dice «Filioque», esto dio lugar a la disputa conocida con este nombre, que fue el motivo (o el pretexto) de muchas disputas y divisiones entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente. Ciertamente, no es el caso de tratar aquí esta cuestión, que, por otra parte, en el clima de diálogo establecido entre las dos Iglesias, ha perdido la dureza del pasado y permite hoy esperar una plena aceptación mutua, como una de las principales «diferencias reconciliadas». Me gusta decir esto: «diferencias reconciliadas». Entre los cristianos hay muchas diferencias: este es de esta escuela, este es de aquella otra; este es protestante, este otro…Lo importante es que estas diferencias sean reconciliadas, en el amor de caminar juntos.

Superado este escollo, hoy podemos valorar la prerrogativa más importante para nosotros que se proclama en el artículo del Credo, es decir, que el Espíritu Santo es ‘vivificador’, es decir, da la vida. Nos preguntamos: ¿qué vida da el Espíritu Santo? Al principio, en la creación, el soplo de Dios da a Adán la vida natural; de una estatua de barro, lo convierte en «un ser viviente» (cf. Gn 2,7). Ahora, en la nueva creación, el Espíritu Santo es quien da a los creyentes la vida nueva, la vida de Cristo, vida sobrenatural, de hijos de Dios. Pablo puede exclamar: «La ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8,2).

¿Dónde está, en todo esto, la noticia grande y consoladora para nosotros? En que la vida que nos da el Espíritu Santo es la vida eterna. La fe nos libera del horror de tener que admitir que todo termina aquí, que no hay redención para el sufrimiento y la injusticia que reinan soberanas en la tierra. Nos lo asegura otra palabra del Apóstol: «Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en ustedes» (Rom 8,11). El Espíritu habita en nosotros, está dentro de nosotros.

Cultivemos esta fe también por aquellos que, a menudo sin culpa propia, se ven privados de ella y no pueden dar sentido a la vida. ¡Y no nos olvidemos de dar gracias a Aquel que, con su muerte, nos obtuvo este don inestimable!