EL ARTE DE ENVEJECER

Viento prospero es el que empuja las velas sin el esfuerzo de remar. Algo así pido ahora, que mi cuerpo y mi espíritu por la edad le toca aprender el difícil arte de  envejecer. Con el paso de los años la vida, se encuentra con la lentitud y el peso del cuerpo. Pero sigue siendo fructífera, aunque no rentable económicamente.

En la juventud y la madurez nos lanzamos como una flecha a todo, nos tragaríamos  el mundo. En la vejez, la vida nos invita a ir despacio. De mayor, las fuerzas flaquean, los reflejos van bajando, los hijos  vuelan del nido, porque ellos van a otro ritmo. Ya no podemos correr, pero sí contemplar.

Nos duele el cuerpo que ya no obedece, duele el pensamiento que se repite, o la memoria que se hace  niebla, duele el paso de ser necesario a ser prescindible. Queremos seguir siendo útil, tememos la sombra del olvido. Nos cuesta aceptar la pasividad. Nuestra sociedad teme la pasividad porque la confunde con esterilidad. Pero no tiene por qué ser así.

Ahora sólo estamos. Ya no proyectamos, pero sembramos paz. Nuestra mirada es compasiva, porque hemos visto demasiadas guerras interiores para juzgar las ajenas. Hay ancianos que han asumido su pasividad y se vuelven maestros de mansedumbre, sin decir palabra. Asumir la vejez no significa aceptar la tristeza o el abandono. Es ir más despacio. En ese tiempo de lentitud, la ternura se vuelve frecuente. Los gestos cotidianos, una taza de té, una conversación, la brisa en la cara, dan una alegría no experimentada antes.

Quizá la mayor tarea de la vejez sea  ser llevado como Pedro a quien Jesús dijo: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras”. Es pasar de la iniciativa al consentir, del hacer al recibir, del control al abandono amoroso. Que se deja llevar por los compañeros, o por la familia, o por los amigos. Es la confianza de quien sabe que esta etapa, aunque parezca la noche, no es el fin, sino el umbral de la aurora eterna.

En esta edad el oficio es simplemente estar. Estar con Dios, con los recuerdos. Estar mirando cómo los días se acortan. Estar sin prisa, sin miedo, sin exigencia. Esa quietud, si se acoge con fe, se convierte en una ofrenda silenciosa. Porque la humanidad necesita tanto la energía de los jóvenes como la pasividad contemplativa de los mayor. Todos aportamos: los que ya no pueden correr, rezan; como los que ya no recuerdan,  aman; o los que ya no mandan, pero perdonan.

La vejez no es un crepúsculo: es el ocaso de oro donde el alma aprende la obediencia última. La del dejarse amar. Asumir las limitaciones no es rendirse, es permitir que Dios nos rehaga  de nuevo.

Maribel Reveiriego