SEGUNDO CONGRESO INTERNACIONAL DE LA PASTORAL DE LAS PERSONAS MAYORES: PONENCIAS (VI). DISCURSO DEL SANTO PADRE LEON XIV

     En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    ¡La paz sea con ustedes!

     ¡Buenos días a todos y bienvenidos!

     Eminencias, Excelencias, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas.

     Les doy la bienvenida y me complace encontrarme con ustedes con ocasión del Segundo Congreso Internacional sobre la Pastoral de las Personas Mayores, organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

     El tema del Congreso, “¡Tus ancianos soñarán sueños!” (Jl 3,1), evoca las palabras del profeta Joel, tan querido por el Papa Francisco, quien a menudo ha hablado de la necesidad de una alianza entre jóvenes y ancianos, inspirada en los “sueños” de quienes han vivido una larga vida y enriquecida por las “visiones” de quienes comienzan la grana ventura de la vida. [1] En el pasaje citado, el profeta anuncia la efusión universal del Espíritu Santo, que crea unidad entre generaciones y distribuye dones diferentes a cada una.

     En nuestro tiempo, lamentablemente, las relaciones intergeneracionales suelen estar marcadas por fracturas y oposiciones, enfrentando a una generación contra otra. A los ancianos, por ejemplo, se les acusa de no dejar espacio a los jóvenes en el mercado laboral o de absorber demasiados recursos económicos y sociales en detrimento de otras generaciones, como si la longevidad fuera un pecado.

     Estas son formas de pensar que revelan visones muy pesimistas y contradictorias de la existencia. Las personas mayores son un don, una bendición que hay que acoger, y la prolongación de la vida es un hecho positivo; de hecho, es uno de los signos de esperanza de nuestro tiempo, en todo el mundo. Sin duda, también es un desafío, porque el creciente número de personas mayores es un fenómeno histórico sin precedentes que nos llama a un nuevo ejercicio de discernimiento y comprensión.

     La vejez es, ante todo, un recordatorio beneficioso de la dinámica universal de la vida. La mentalidad imperante hoy tiende a valorar la existencia si produce riqueza o éxito, si ejerce poder o autoridad, olvidando que los seres humanos son siempre criaturas limitadas y necesitadas. La fragilidad que se manifiesta en los ancianos nos recuerda esta evidencia común: por lo tanto, quienes cultivan ilusiones mundanas la ocultan o la rehúyen para no tener ante sus ojos la imagen de lo que inevitablemente seremos. En cambio, es saludable comprender que envejecer «forma parte de la maravilla que somos». [2] Esta fragilidad, «si tenemos el coraje de reconocerla», de abrazarla y cuidarle, «es un puente hacia el cielo». [3] En lugar de avergonzarnos de la debilidad humana, nos veremos impulsados a pedir ayuda a nuestros hermanos y hermanas y a Dios, que vela por todas las criaturas como un Padre. Los ancianos nos enseñan que «la salvación no está en la autonomía, sino en reconocer humildemente las propias necesidades y saber expresarlas libremente», de modo que «la medida de nuestra humanidad no está dada por lo que podemos conquistar, sino por la capacidad de dejarnos amar y, cuando es necesario, también ayudar». [4]

     Por extraño que parezca, la vejez, lamentablemente, se está convirtiendo cada vez más en algo que afrontamos de forma inesperada y sin preparación. Inspirándose en las Escrituras, la sabiduría de los Padres y la experiencia de los santos, la Iglesia está llamada a ofrecer el tiempo y las herramientas para descifrarla, para vivirla como cristianos, sin pretender permanecer eternamente jóvenes y libres de desesperación. En este sentido, las catequesis que el Papa Francisco dedicó a este tema en 2022 son valiosas, para desarrollar una verdadera espiritualidad para las personas mayores: pueden utilizarse para desarrollar una labor pastoral eficaz.

     Hoy en día, muchas personas, tras jubilarse, tienen la oportunidad de disfrutar de un período cada vez más prolongado de buena salud, bienestar económico y más tiempo libre. Se les llama “jóvenes ancianos”: suelen ser quienes demuestran una asistencia litúrgica asidua y dirigen las actividades parroquiales, como la catequesis  y diversas formas de servicio pastoral. Es importante identificar un lenguaje y propuestas adecuadas para ellos, implicándolos no como destinatarios pasivos de la evangelización, sino como sujetos activos, y responder con ellos, y no en su lugar, a las preguntas que la vida y el Evangelio nos plantean.

     Se pueden encontrar diferentes situaciones: algunas personas reciben el primer anuncio de fe a una edad avanzada; otras experimentaron a Dios y a la Iglesia en su juventud, pero luego se distanciaron; otras perseveraron en su vida cristiana. Para todos, la pastoral de las personas mayores debe ser evangelizadora y misionera, porque la Iglesia está siempre llamada a anunciar a Jesús, Cristo Salvador, a todo hombre y mujer, a cualquier edad y en cualquier etapa de la vida.

     Donde los ancianos se sienten solos y rechazados, esto significaría llevarles el alegre mensaje de la ternura del Señor, para superar, junto con ellos, la oscuridad de la soledad, el gran enemigo  de la vida de los ancianos. ¡Que nadie se sienta abandonado! ¡Que nadie se sienta inútil! Incluso una sencilla oración, recitada con fe en casa, contribuye al bien del Pueblo de Dios y nos une en comunión espiritual. Esta tarea misionera nos interpela a todos, a nuestras parroquias y, especialmente, a los jóvenes, quienes pueden convertirse en testigos de cercanía y escucha, de escucha mutua con quienes están más adelantados en la vida.

     En otros casos, la evangelización misionera ayudará a las personas mayores a encontrar al Señor y su Palabra. De hecho, a medida que envejecen, la pregunta por el sentido de la vida surge en muchos, creando la oportunidad de buscar una relación auténtica con Dios y profundizar su vocación a la santidad.

Queridos amigos, recordemos siempre que anunciar el Evangelio es el compromiso principal de nuestro ministerio pastoral: al involucrar a los ancianos en esta dinámica misionera, ellos también serán testigos  de esperanza, especialmente con su sabiduría, devoción y experiencia. Por esto rezo, invocando la maternal intercesión de la Virgen María, y los acompaño con mi bendición. ¡Gracias!

[1] Cf. Francisco, La sabiduría del tiempo, Roma 2018,9.

[2] Homilía en la Misa del Jubileo de la Juventud (3 de agosto de 2025).

[3] Catequesis sobre Jesucristo, nuestra esperanza. III. La Pascua de Jesús.5. Crucifixión. «Tengo sed» (Jn 19,28) (3 de septiembre de 2025).

[4] Ibíd.