¡HAY POESÍA! DEBE HABER CIELO

Rosalía de Castro, con palabras que impresionaron a Unamuno, acaba uno de sus poemas con un salto de lo estético a lo religioso que da mucho que pensar: “¡Hay arte! ¡Hay poesía!… Debe haber cielo. ¡Hay Dios!”. El dato: hay poesía. La conclusión, o mejor, la interpretación posiblemente válida para creyentes y no creyentes: debe haber cielo. Para el no creyente el “debe” es un deseo; para el creyente, un hecho.

Poesía y religión remiten al “más allá” de lo inmediato. En ellas suele haber siempre una “segunda lectura” que se esconde tras la primera, una segunda lectura que remite al “más allá” de lo inmediato. Poesía y religión pueden convertirse en fáciles escapatorias de lo real, en adornos anodinos, en opios del pueblo, y quedar así desvirtuadas. Pero si son auténticas nunca olvidan la vida, en ellas siempre hay de una u otra forma, una denuncia de lo inauténtico, ellas son profecía que busca abrir caminos nuevos para futuros soñados que ansían despertar. La poesía auténtica es una llamada al cielo que debería ser y venir.

La poesía siempre tiene algo de religión, a veces una religión secular, que esconde el nombre de religión, pero nunca apaga del todo lo religioso. Por su parte, la religión siempre tiene algo de poesía, aunque a veces se exprese en formas duras o rígidas, que tampoco pueden apagar el destello divino que en ellas subyace. La poesía es “creación”. La religión, la judeo-cristiana al menos, empieza con una creación. En la primera frase de la Biblia, según la traducción griega, en el primer verso del Génesis aparece la palabra “poiesis”: en el principio creo Dios el cielo y la tierra. Crear, poiesis, fabricar una cosa distinta de su autor.

La acción de Dios, creación del cielo, de la tierra, de la luz, del firmamento, eso es poesía. La acción poética, en Dios, es creación del mundo exterior, mediante la palabra: “dijo Dios”. En el ser humano, lógico porque está hecho a imagen del Logos, la poesía es descubrir en lo creado rasgos inéditos o aspectos inauditos. Y es también creación de mundos interiores en los que se condensan las más profundas vivencias del hombre en su relación con Dios y en su dimensión humana, en los momentos trascendentes y en los acontecimientos ordinarios de la vida.

Creación es poesía. Y la mejor poesía de Dios, su mejor creación, es el ser humano, varón y mujer. El ser humano siempre es plural, pero siempre semejante en su pluralidad. Siempre inquieto, siempre buscando cielos nuevos, tierras vírgenes, estrellas nunca vistas, siempre hambriento de amor, de verdad, de justicia, de paz. Eso es poesía. Y la humanidad, hoy más que nunca, está necesitada de esa buena poesía.

Martín Gelabert Ballesteros – Blog Nihil Obstat

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JUAN XXIII

Angelo Giuseppe Roncalli nació el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, diócesis y provincia de Bérgamo, el cuarto de trece hermanos. Ese mismo día fue bautizado. En la parroquia, bajo la guía del excelente sacerdote don Francesco Rebuzzini, recibió una impronta eclesiástica imborrable, que le sirvió de apoyo en las dificultades y de estímulo en las tareas apostólicas.

Recibió la confirmación y la primera comunión en 1889; en 1892 ingresó en el Seminario de Bérgamo, donde estudió humanidades, filosofía y hasta el segundo año de teología. Allí, con catorce años, empezó a redactar unos apuntes espirituales que le acompañaron, de una u otra forma, a lo largo de su vida, y que fueron recogidos en Diario de un alma. También desde entonces practicaba con asiduidad la dirección espiritual. El 1 de marzo de 1896, el padre espiritual del Seminario de Bérgamo, don Luigi Isacchi, lo admitió en la Orden Franciscana Seglar, cuya regla profesó el 23 de mayo de 1897.

De 1901 a 1905 fue alumno del Pontificio Seminario Romano, gracias a una beca de la diócesis de Bérgamo para seminaristas aventajados. En este tiempo, hizo también un año de servicio militar. Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1904 en la Iglesia de Santa María in Monte Santo, en la Piazza del Popolo de Roma. En 1905 el nuevo Obispo de Bérgamo, mons. Giacomo Maria Radini Tedeschi, lo nombró su secretario, cargo que desempeñó hasta 1914, acompañando al Obispo en las visitas pastorales y colaborando en múltiples iniciativas apostólicas: Sínodo, redacción de la publicación mensual «La vita diocesana», peregrinaciones, obras sociales. También era profesor de historia, patrología y apologética en el Seminario. En 1910, en la reordenación de los Estatutos de la Acción Católica, el Obispo le confió la sección V (las mujeres católicas). Colaboró con el diario católico de Bérgamo, fue predicador asiduo, profundo y eficaz.

Durante estos años tuvo la oportunidad de conocer en profundidad a los santos pastores, San Carlos Borromeo (del que publicó las Actas de la visita apostólica realizada a Bérgamo en 1575), San Francisco de Sales y el entonces Beato Gregorio Barbarigo. Fueron años en los que adquirió una gran experiencia pastoral al lado del Obispo mons. Radini Tedeschi. Cuando murió el Obispo en 1914, Don Angelo siguió como profesor del Seminario y dedicándose a las diversas actividades pastorales, sobre todo la asociativa.

Cuando en 1915 Italia entró en la guerra, fue movilizado como sargento de sanidad. El año siguiente pasó a ser capellán castrense en los hospitales militares de retaguardia y coordinador de la asistencia espiritual y moral a los soldados. Al terminar la guerra, fundó la «Casa del estudiante», dedicada a la pastoral estudiantil. En 1919 fue nombrado director espiritual del Seminario.

En 1921 comenzó la segunda parte de su vida, al servicio de la Santa Sede. Llamado a Roma por Benedicto XV como Presidente para Italia del Consejo central de la Pontificia Obra para la Propagación de la Fe, recorrió muchas diócesis italianas para organizar los Círculos Misioneros.

En 1925 Pío XI lo nombró Visitador Apostólico para Bulgaria, elevándolo al episcopado con el título de Areópolis. Eligió como lema episcopal «Oboedientia et pax», programa que siempre le acompañó.

Ordenado Obispo el 19 de marzo de 1925 en Roma, marchó a Sofía el 25 de abril. Nombrado posteriormente primer Delegado Apostólico, estuvo en Bulgaria hasta finales de 1934, visitando las comunidades católicas, cultivando relaciones respetuosas con las demás comunidades cristianas. Actuó con solicitud caritativa durante el terremoto de 1928. Sufrió en silencio incomprensiones y dificultades de un ministerio caracterizado por la pastoral de pequeños pasos. Se perfeccionó en la confianza y el abandono a Jesús Crucificado.

El 27 de noviembre de 1934 fue nombrado Delegado Apostólico en Turquía y Grecia. El nuevo campo de trabajo era vasto y la Iglesia católica estaba presente en muchos ámbitos de la joven república turca, que se estaba renovando y organizando. Su ministerio con los católicos fue intenso, y se distinguió por un talante de respeto y diálogo con el mundo ortodoxo y musulmán.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, estaba en Grecia, que quedó devastada por los combates. Intentó recabar información sobre los prisioneros de guerra y puso a salvo a muchos judíos sirviéndose del «visado de tránsito» de la Delegación Apostólica. El 6 de diciembre de 1944 Pío XII lo nombró Nuncio Apostólico en París.

Durante los últimos meses de la contienda y los primeros de la paz, ayudó a los prisioneros de guerra y se preocupó por la normalización de la organización eclesiástica de Francia. Visitó los santuarios franceses, participó en las fiestas populares y en las manifestaciones religiosas más significativas. Estuvo atento, con prudencia y confianza, a las nuevas iniciativas pastorales del episcopado y del clero de Francia. Siempre se caracterizó por la búsqueda de la simplicidad del Evangelio, incluso cuando trataba los más complejos asuntos diplomáticos. El deseo pastoral de ser sacerdote en cualquier circunstancia lo sostenía. Y una sincera piedad, que se transformaba cada día en un prolongado tiempo de oración y de meditación, lo animaba.

El 12 de enero de 1953 fue creado Cardenal y el 25 promovido al Patriarcado de Venecia. Estaba contento de poder dedicarse los últimos años de su vida al ministerio directo de la cura de almas, deseo que siempre le acompañó desde que se ordenó sacerdote. Fue pastor sabio y emprendedor, a ejemplo de los santos pastores que siempre había venerado: San Lorenzo Justiniani, primer Patriarca de Venecia, y San Pío X. Con los años, crecía su confianza en el Señor, que se manifestaba en una entrega pastoral activa, dinámica y alegre.

Tras la muerte de Pío XII, fue elegido Papa el 28 de octubre de 1958, y tomó el nombre de Juan XXIII. En sus cinco años como Papa, el mundo entero pudo ver en él una imagen auténtica del Buen Pastor. Humilde y atento, decidido y valiente, sencillo y activo, practicó los gestos cristianos de las obras de misericordia corporales y espirituales, visitando a los encarcelados y a los enfermos, acogiendo a personas de cualquier nación y credo, comportándose con todos con un admirable sentido de paternidad. Su magisterio social está contenido en las Encíclicas Mater et magistra (1961) y Pacem in terris (1963).

Convocó el Sínodo Romano, instituyó la Comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico, convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II. Como Obispo de la diócesis de Roma, visitó parroquias e iglesias del centro histórico y de la periferia. El pueblo veía en él un rayo de la benignitas evangelica y lo llamaba «el Papa de la bondad». Lo sostenía un profundo espíritu de oración; siendo el iniciador de la renovación de la Iglesia, irradiaba la paz de quien confía siempre en el Señor. Se lanzó decididamente por los caminos de la evangelización, del ecumenismo, del diálogo con todos, teniendo la preocupación paternal de llegar a sus hermanos e hijos más afligidos.

Murió la tarde del 3 de junio de 1963, al día siguiente de Pentecostés, en profundo espíritu de abandono a Jesús, deseando su abrazo, rodeado por la oración unánime de todo el mundo, que parecía haberse reunido en torno a él, para respirar con él el amor del Padre.

Juan XXIII fue declarado beato por el Papa Juan Pablo II el 3 de septiembre de 2000 en la Plaza de San Pedro, durante la celebración del Gran Jubileo del año 2000, y santificado el 27 de abril de 2014 por el Papa Francisco.

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV. LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II. IV. CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES (GS 12-22) 3. LA COMUNIDAD HUMANA (GS, 23-32)

Dedicando el segundo capítulo a la “comunidad humana”, la Constitución Gaudium et spes (GS) invita a considerar la «multiplicación de las relaciones mutuas entre los hombres» como uno de «los principales aspectos del mundo actual» (n. 23). Pero esta realidad necesita encontrar su realización «más hondamente en la comunidad que entre las personas», para la cual es indispensable «el mutuo respeto de su plena dignidad espiritual» (ibid.).

Son afirmaciones que, en nuestros días, ven aumentar su urgencia. Por un lado, de hecho, el desarrollo tecnológico, la difusión de los medios de comunicación y de las redes sociales, el siempre creciente recurso a la inteligencia artificial, abren nuevas posibilidades, derribando barreras y distancias; por el otro lado, las relaciones tienden a convertirse en cada vez menos personales, más virtuales, y se corre el riesgo de acostumbrar a delegar en los algoritmos decisiones que corresponden solo a la conciencia humana. Hacer que las relaciones sociales tengan sustancia real y profundidad personal es, en este sentido, la contribución que la comunidad cristiana se propone ofrecer.

El Concilio invita a extraer criterio y fuerza del proyecto creador de Dios, el cual ha querido que «los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos»; por esto «el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento», que en Cristo ha tenido su plena revelación y su completa implementación (cfr GS, 24).

El perfeccionamiento de la persona humana y el desarrollo de la sociedad deben ser considerados entre ellos como estrechamente interdependientes: oponerlos o separarlos supondría anularlos. La historia, también la más reciente, confirma esta verdad de forma clara y, por eso, no hay que cansarse de reiterar con los Padres del Vaticano II que «el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social» (GS, 25).

En esta perspectiva, Gaudium et spes afirma que la diversidad de las personas y de los pueblos en el mundo no debe ser considerada como un peligro o una amenaza, sino como potencialidad de enriquecimiento y de crecimiento. La oposición, que a veces degenera en violencia, es un fruto del poder del pecado y de cómo esto condiciona la mentalidad y las acciones, a todos los niveles, causando destrucción y muerte. Es necesario abrirse cada vez más a la lógica de la reciprocidad, del compartir y del cuidado, como sucede también entre los diferentes miembros del cuerpo humano (cfr 1Cor 12,21-25).

En este punto, la Constitución pastoral ofrece también una definición sintética de “bien común”, recordando que este consiste en el «conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (GS, 26).  Al mismo tiempo, reconociendo la interdependencia entre los pueblos, afirma que «todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común de toda la familia humana» (GS, 26).

Partiendo de este planteamiento, los Padres conciliares indican después algunas «consecuencias prácticas de máxima urgencia» (GS, 27). En primer lugar, el respeto de la persona humana. Dice Gaudium et spes: «cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes» (ibid.).

Segunda consecuencia: el respeto y el amor también por los adversarios o por los que tienen formas de pensar y de actuar diferentes de los propios (cfr GS, 28).

En tercer lugar: la igualdad fundamental de todos los hombres que exige justicia social. Dice el Documento: «Toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino» (GS, 29).

Finalmente, los padres conciliares exhortan a superar la mentalidad individualista y a asumir una actitud de responsabilidad y participación (cfr GS, 30-31).

Queridos hermanos y hermanas, esta visión de la humanidad como “comunidad de personas” es un legado valioso que nos ha dejado el Concilio Vaticano II. Nos ayuda a todos nosotros a realizar un discernimiento personal y comunitario, para valorar con responsabilidad los proyectos sociales y políticos de hoy, en base a los criterios de la dignidad de la persona humana, de la justicia social y de la libre participación en la construcción del bien común. Porque el futuro de la humanidad depende del compromiso de cada uno para colaborar con Dios y con los hermanos a construir un mundo más humano (cfr GS, 30).

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The holy see

EN LA VEJEZ NO ME ABANDONES, DIOS MÍO

El día 1 de octubre se celebra el día internacional de las personas mayores, según designó en 1990 la Asamblea General de las Naciones Unidas. El Papa León nos ha recordado, como así indica el lema de esta jornada, la promesa eterna que Dios nos ha hecho por medio del profeta Isaías: “yo no te olvidaré” (Is 49,15), que nos invita a reconocer que el amor siempre fiel de Dios es la respuesta más adecuada a la soledad y el olvido en el que viven muchas personas mayores. El Señor, que conoce personalmente a cada uno, que, al decir del profeta Isaías (49,16), lleva nuestros rostros tatuados en las palmas de sus manos, no se olvida de ninguno de nosotros; por eso, su amor nunca cesa, y mucho menos en la debilidad de la vejez. Cuando nos hacemos mayores hay que repetir, con más fuerza que nunca, estas palabras del salmista, sabiendo que son al mismo tiempo una invocación y una certeza: “no me rechaces ahora en la vejez; me van faltando las fuerzas, no me abandones” (Sal 71,9).

La Iglesia está llamada a ser madre de todos y en cualquier edad es posible descubrirse como hijas e hijos de Dios, y experimentar que Dios siempre tiene sus ojos abiertos sobre nosotros y nos mira con entrañable afecto. Esta realidad puede ser un gran consuelo en situaciones de soledad, de hospitalización o cuando parece que no interesamos a nadie. Pero esta realidad debe ser también una llamada a solidarizarnos con aquellos que viven en situaciones dolorosas: “en una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad” (León XIV, Magnifica humanitas, 239).

Entre las personas mayores, como ocurre en todos los grupos sociales, hay unos que están más integrados, o tienen más nivel económico o cultural. Pero, de un modo u otro, todos tienen una experiencia y unos recuerdos más abundantes que los jóvenes. También en ocasiones han perdido algo de vitalidad. Se diría que los ancianos, de entrada, deberían tener más insatisfacciones que los jóvenes. En realidad, no es así. La satisfacción no depende de la edad, sino de cómo se vive la vida, de los amores que se conservan, de la mirada con la que nos dirigimos a los demás, de la riqueza interior que se tiene y, para el creyente, de su grado de encuentro con Dios. Eso sí, cada etapa de la vida tiene sus propias necesidades. Y es posible que, en relación a la llamada Tercera Edad, sea verdad que la capacidad de hacerse oír no sea precisamente proporcional a las necesidades que uno tiene. De ahí la importancia de descubrir, debajo de muchos silencios, los gritos que no se hacen oír.

Martín Gelabert  – Blog Nihil Obstat

ENVEJECER NO INCAPACITA PARA LA CONDUCCIÓN

Ser mayor no implica tener que dejar de conducir. Así lo entiende la Unión Europea, que blinda en su normativa los derechos de los sénior y estipula que la retirada del carnet debe realizarse por criterios individuales y sin «dar lugar a discriminación, en particular por razón de edad».

Y es que, desde el punto de vista científico, la evidencia demuestra que cumplir años no significa, automáticamente, perder las facultades necesarias para manejar un turismo. Así lo entiende la especialista en Geriatría, Gerontología y Medicina de Familia y Comunitaria, jefa del Servicio de Geriatría del Hospital Universitario Quirónsalud Zaragoza (HUQZ) y vicesecretaria general de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), Nieves Fernández.

La experta explica a 65YMÁS qué señales de alarma sí que son definitivas a la hora de replantearse dejar de usar el coche y asegura que la previsión y anticipación son clave para que la decisión se tome de forma progresiva, sin limitar la autonomía de los mayores.

Además, llama a dejar de lado los estereotipos edadistas: «Una persona de 80 años puede mantener una conducción segura, mientras que otra más joven puede no estar en condiciones de hacerlo por una enfermedad neurológica, visual, cardiovascular, metabólica o por determinados tratamientos».

PREGUNTA: ¿Existe una edad para dejar de conducir?

RESPUESTA: No. En España no existe una edad máxima legal para conducir. Envejecer, por sí mismo, no incapacita para la conducción. Lo relevante es si la persona conserva visión, cognición, capacidad perceptivo-motora, movilidad y un estado médico compatibles con una conducción segura.

Por tanto, resulta más correcto preguntarnos «¿cuándo dejan de ser suficientes las capacidades necesarias para conducir?» que «¿a qué edad hay que dejar de conducir?». Una persona de 80 años puede mantener una conducción segura, mientras que otra más joven puede no estar en condiciones de hacerlo por una enfermedad neurológica, visual, cardiovascular, metabólica o por determinados tratamientos.

La normativa española aborda esta cuestión mediante la valoración de aptitudes psicofísicas y permite, cuando procede, reducir el periodo de vigencia del permiso o establecer restricciones.

P.: ¿Cuáles son las señales de alarma?

R.: Este tema sale con mucha frecuencia en nuestras consultas, especialmente cuando estamos ante pacientes con deterioro cognitivo y el inicio de la conversación suele estar propiciado por las familias. Las señales de alerta que nos deben hacer plantear una valoración específica son los accidentes o pequeños golpes repetidos, los «casi accidentes», la dificultad para mantenerse en el carril, errores ante señales o semáforos, problemas en cruces, incorporaciones y rotondas, respuestas excesivamente lentas ante imprevistos, perderse en trayectos conocidos, confundir pedales o maniobras, o recibir de forma reiterada advertencias de acompañantes u otros conductores.

También es relevante que la persona comience a evitar espontáneamente la conducción nocturna, autopistas, tráfico intenso, lluvia o trayectos desconocidos o se ponga excesivamente nerviosa en esas circunstancias cuando antes no le pasaba. Puede ser una adaptación prudente, pero también una señal de que está percibiendo una pérdida de capacidades.

En presencia de síncope o pérdida de conciencia, crisis epilépticas, episodios de confusión o desorientación, déficits neurológicos transitorios, hipoglucemias graves, somnolencia excesiva o alteraciones visuales agudas, no se debería conducir hasta aclarar la causa y comprobar que se cumplen los requisitos médicos y legales correspondientes.

En personas con deterioro cognitivo, la información de familiares o cuidadores y los antecedentes de accidentes o infracciones pueden aportar información particularmente valiosa. Hay que tener en cuenta que la autopercepción del propio conductor no siempre es suficientemente fiable.

P.: ¿Qué recomendaciones daría a un conductor mayor?

R.: La estrategia debe ser adaptar la conducción antes de que aparezca un accidente. Es aconsejable conducir preferentemente de día, evitar condiciones meteorológicas adversas y horas de tráfico intenso, planificar los trayectos, evitar viajes excesivamente largos, realizar descansos frecuentes, mantener una distancia de seguridad suficiente y reducir al mínimo las distracciones.

Deben revisarse periódicamente visión, audición, movilidad y medicación. En las personas mayores es especialmente importante valorar la polimedicación (más de 5 fármacos) y sobretodo si en éste tratamiento se incluyen fármacos que pueden provocar somnolencia, enlentecimiento psicomotor, alteraciones visuales, hipotensión o disminución de la atención. El alcohol debe evitarse completamente antes de conducir.

La capacidad funcional también es muy relevante: mantener fuerza, equilibrio, movilidad cervical y movilidad de miembros superiores e inferiores favorece las capacidades necesarias para conducir y los reflejos suficientes para dar respuesta a situaciones imprevistas en la conducción.

Los vehículos con sistemas avanzados de ayuda a la conducción (ADAS), como frenado automático de emergencia, detección de ángulo muerto, ayuda al mantenimiento de carril, cámaras y sensores, pueden aumentar la seguridad, aunque nunca sustituyen unas aptitudes psicofísicas adecuadas.

P.: Además del psicotécnico, ¿qué pruebas complementarias serían interesantes hacerse?

R.: No existe una única prueba capaz de determinar por sí sola si una persona conduce de manera segura. La valoración debe ser multidimensional.

En el área visual interesa valorar no solo la agudeza visual, sino también campos visuales, sensibilidad al contraste, visión en condiciones de baja iluminación y recuperación tras el deslumbramiento.

En el área cognitiva deben explorarse especialmente atención, velocidad de procesamiento, funciones ejecutivas y capacidades visuoespaciales.

La exploración física debería incluir movilidad cervical y de extremidades, fuerza, coordinación, equilibrio y capacidad para realizar rápidamente las maniobras necesarias. Deben añadirse audición y una valoración médica dirigida a enfermedades cardiovasculares, neurológicas, metabólicas, trastornos del sueño, consumo de alcohol y medicación.

Cuando después de la evaluación persisten dudas razonables, una valoración práctica y estructurada de la conducción real puede proporcionar información más directamente relacionada con el desempeño al volante que cualquier test aislado.

P.: ¿Cómo puede afectar psicológicamente la pérdida de capacidad para conducir?

R.: Dejar de conducir esta estudiado que puede tener un impacto psicológico importante porque el automóvil representa, para muchas personas mayores, independencia, identidad, espontaneidad y capacidad de mantener relaciones sociales y actividades fuera del domicilio.

Por ello, el objetivo no debe formularse simplemente como «retirar el coche», sino como preservar la movilidad y la autonomía. Siempre que sea posible, la transición debería anticiparse y planificarse: restringir inicialmente las situaciones de mayor riesgo, introducir alternativas de transporte antes del abandono completo, organizar apoyos familiares o comunitarios y preservar explícitamente las actividades sociales, familiares y de ocio.

Una retirada progresiva, explicada y participada suele ser psicológicamente más aceptada que una retirada brusca tras un accidente o una crisis.

Sobre el autor

Pablo Recio para 65 y MAS

CAFÉ O TÉ

El café y el té, dos de las bebidas más populares, pueden afectar de forma muy diferente a la salud ósea de las mujeres mayores. Así lo revela un nuevo estudio de la Universidad de Flinders, que siguió a cerca de 10.000 mujeres mayores de 65 años durante diez años.

La investigación, publicada en la revista Nutrients, buscaba analizar si el consumo diario de alguna de estas dos bebidas afectaba a la densidad mineral ósea, un indicador clave del riesgo de osteoporosis. Para ello examinó datos del Estudio de Fracturas Osteoporóticas, utilizando mediciones repetidas de la ingesta de bebidas y la densidad mineral ósea en la cadera y el cuello femoral, dos zonas muy asociadas con el riesgo de fractura.

Tras años de estudio, los investigadores observaron que aquellas mujeres que consumían té presentaban una densidad mineral ósea de la cadera ligeramente superior a las que no consumían. “Incluso pequeñas mejoras en la densidad ósea pueden traducirse en menos fracturas en grandes grupos de personas”, explica en este sentido Enwu Liu, profesor asociado adjunto de la Facultad de Medicina y Salud Pública, y recoge la universidad en un comunicado.

En cambio, mientras que el consumo moderado de café (dos o tres tazas al día) no perjudicaba la salud ósea, no obstante consumirlo en mayores cantidades (más de cinco tazas al día), se relacionó con una menor densidad mineral ósea.

Además, observaron que las mujeres que consumían más alcohol a lo largo de su vida presentaron más efectos negativos del café, mientras que el té parecía ser beneficioso para las mujeres con obesidad.

¿Té o café? cuál puede debilitar tus huesos y cuándo debes dejar de tomarlo

Según explica Ryan Liu, de la Universidad de Flinders y coautor del artículo, unos compuestos abundantes en el té, las catequinas, influirían en estos resultados al promover la formación ósea y ralentizar la degradación de los huesos. Por otro lado, señala, «se ha demostrado en estudios de laboratorio que el contenido de cafeína del café interfiere con la absorción de calcio y el metabolismo óseo, aunque estos efectos son pequeños y pueden contrarrestarse añadiendo leche”.

“Si bien el consumo moderado de café parece seguro, un consumo muy elevado puede no ser lo ideal, especialmente para las mujeres que beben alcohol”, explica la profesora adjunta Enwu Liu. “Si bien el calcio y la vitamina D siguen siendo fundamentales para la salud ósea, lo que consumes en tu taza de té también puede influir. Para las mujeres mayores, disfrutar de una taza de té al día puede ser más que un ritual reconfortante; podría ser un pequeño paso hacia huesos más fuertes”.

Con todo, los autores advierten que estas diferencias, aun siendo estadísticamente significativas, no son suficientemente grandes como para justificar cambios drásticos. “Nuestros resultados no significan que tengas que dejar de tomar café o empezar a beber té a litros”, aclara el profesor asociado Liu. “Pero sugieren que el consumo moderado de té podría ser una forma sencilla de favorecer la salud ósea, y que una ingesta muy elevada de café podría no ser ideal, especialmente para las mujeres que beben alcohol».

María Bonillo

LOS SANTOS DE LA SEMANA: SAN MIGUEL , SAN GABRIEL y SAN RAFAEL

Celebramos la fiesta de los tres Arcángeles que la sagrada Escritura menciona por su propio nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. Pero, ¿qué es un ángel? La sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia nos hacen descubrir dos aspectos.

Por una parte, el ángel es una criatura que está en la presencia de Dios, orientada con todo su ser hacia Dios. Los tres nombres de los Arcángeles acaban con la palabra «El», que significa «Dios». Dios está inscrito en sus nombres, en su naturaleza. Su verdadera naturaleza es estar en él y para él.

Precisamente así se explica también el segundo aspecto que caracteriza a los ángeles: son mensajeros de Dios. Llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y así abren la tierra. Precisamente porque están en la presencia de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre. En efecto, Dios es más íntimo a cada uno de nosotros de lo que somos nosotros mismos.

Como un ángel para los demás

Los ángeles hablan al hombre de lo que constituye su verdadero ser, de lo que en su vida con mucha frecuencia está encubierto y sepultado. Lo invitan a volver a entrar en sí mismo, tocándolo de parte de Dios. En este sentido, también nosotros, los seres humanos, deberíamos convertirnos continuamente en ángeles los unos para los otros, ángeles que nos apartan de los caminos equivocados y nos orientan siempre de nuevo hacia Dios.

Cuando la Iglesia antigua llama a los obispos ángeles de su Iglesia, quiere decir precisamente que los obispos mismos deben ser hombres de Dios, deben vivir orientados hacia Dios. Multum orat pro populo, «Ora mucho por el pueblo», dice el Breviario de la Iglesia a propósito de los obispos santos. El obispo debe ser un orante, uno que intercede por los hombres ante Dios. Cuanto más lo hace, tanto más comprende también a las personas que le han sido encomendadas y puede convertirse para ellas en un ángel, un mensajero de Dios, que les ayuda a encontrar su verdadera naturaleza, a encontrarse a sí mismas, y a vivir la idea que Dios tiene de ellas.

San Miguel: hacer espacio a Dios en el mundo

Todo esto resulta aún más claro si contemplamos las figuras de los tres Arcángeles cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Ante todo, san Miguel. En la sagrada Escritura lo encontramos sobre todo en el libro de Daniel, en la carta del apóstol san Judas Tadeo y en el Apocalipsis. En esos textos se ponen de manifiesto dos funciones de este Arcángel. Defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunción del dragón, de la «serpiente antigua», como dice san Juan. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que Dios obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de él.

Pero el dragón no sólo acusa a Dios. El Apocalipsis lo llama también «el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa día y noche delante de nuestro Dios» (Ap 12, 10). Quien aparta a Dios, no hace grande al hombre, sino que le quita su dignidad. Entonces el hombre se transforma en un producto defectuoso de la evolución. Quien acusa a Dios, acusa también al hombre. La fe en Dios defiende al hombre en todas sus debilidades e insuficiencias: el esplendor de Dios brilla en cada persona.

El cristiano tiene por misión hacer espacio a Dios en el mundo contra las negaciones y defender así la grandeza del hombre. Y ¿qué cosa más grande se podría decir y pensar sobre el hombre que el hecho de que Dios mismo se ha hecho hombre?

La otra función del arcángel Miguel, según la Escritura, es la de protector del pueblo de Dios (cf.Dn 10, 21; 12, 1). Queridos amigos, sed de verdad «ángeles custodios» de las Iglesias que se os encomendarán. Ayudad al pueblo de Dios, al que debéis preceder en su peregrinación, a encontrar la alegría en la fe y a aprender el discernimiento de espíritus: a acoger el bien y rechazar el mal, a seguir siendo y a ser cada vez más, en virtud de la esperanza de la fe, personas que aman en comunión con el Dios-Amor.

San Gabriel: Dios que llama

Al Arcángel Gabriel lo encontramos sobre todo en el magnífico relato del anuncio de la encarnación de Dios a María, como nos lo refiere san Lucas (cf. Lc 1, 26-38). Gabriel es el mensajero de la encarnación de Dios. Llama a la puerta de María y, a través de él, Dios mismo pide a María su «sí» a la propuesta de convertirse en la Madre del Redentor: de dar su carne humana al Verbo eterno de Dios, al Hijo de Dios.

En repetidas ocasiones el Señor llama a las puertas del corazón humano. En el Apocalipsis dice al «ángel» de la Iglesia de Laodicea y, a través de él, a los hombres de todos los tiempos: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). El Señor está a la puerta, a la puerta del mundo y a la puerta de cada corazón. Llama para que le permitamos entrar: la encarnación de Dios, su hacerse carne, debe continuar hasta el final de los tiempos.

Todos deben estar reunidos en Cristo en un solo cuerpo: esto nos lo dicen los grandes himnos sobre Cristo en la carta a los Efesios y en la carta a los Colosenses. Cristo llama. También hoy necesita personas que, por decirlo así, le ponen a disposición su carne, le proporcionan la materia del mundo y de su vida, contribuyendo así a la unificación entre Dios y el mundo, a la reconciliación del universo.

Queridos amigos, vosotros tenéis la misión de llamar en nombre de Cristo a los corazones de los hombres. Entrando vosotros mismos en unión con Cristo, podréis también asumir la función de Gabriel: llevar la llamada de Cristo a los hombres.

San Rafael: recobrar la vista

San Rafael se nos presenta, sobre todo en el libro de Tobías, como el ángel a quien está encomendada la misión de velar y curar. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, además de la tarea de anunciar el Evangelio, les encomienda siempre también la de curar. El buen samaritano, al recoger y curar a la persona herida que yacía a la vera del camino, se convierte sin palabras en un testigo del amor de Dios. Este hombre herido, necesitado de curación, somos todos nosotros. Anunciar el Evangelio significa ya de por sí curar, porque el hombre necesita sobre todo la verdad y el amor.

El libro de Tobías refiere dos tareas emblemáticas de curación que realiza el Arcángel Rafael. Cura la comunión perturbada entre el hombre y la mujer. Cura su amor. Expulsa los demonios que, siempre de nuevo, desgarran y destruyen su amor. Purifica el clima entre los dos y les da la capacidad de acogerse mutuamente para siempre. El relato de Tobías presenta esta curación con imágenes legendarias.

En el Nuevo Testamento, el orden del matrimonio, establecido en la creación y amenazado de muchas maneras por el pecado, es curado por el hecho de que Cristo lo acoge en su amor redentor. Cristo hace del matrimonio un sacramento: su amor, al subir por nosotros a la cruz, es la fuerza sanadora que, en todas las confusiones, capacita para la reconciliación, purifica el clima y cura las heridas.

Al sacerdote está confiada la misión de llevar a los hombres continuamente al encuentro de la fuerza reconciliadora del amor de Cristo. Debe ser el «ángel» sanador que les ayude a fundamentar su amor en el sacramento y a vivirlo con empeño siempre renovado a partir de él.

En segundo lugar, el libro de Tobías habla de la curación de la ceguera. Todos sabemos que hoy nos amenaza seriamente la ceguera con respecto a Dios. Hoy es muy grande el peligro de que, ante todo lo que sabemos sobre las cosas materiales y lo que con ellas podemos hacer, nos hagamos ciegos con respecto a la luz de Dios.

Curar esta ceguera mediante el mensaje de la fe y el testimonio del amor es el servicio de Rafael, encomendado cada día al sacerdote y de modo especial al obispo. Así, nos viene espontáneamente también el pensamiento del sacramento de la Reconciliación, del sacramento de la Penitencia, que, en el sentido más profundo de la palabra, es un sacramento de curación. En efecto, la verdadera herida del alma, el motivo de todas nuestras demás heridas, es el pecado. Y sólo podemos ser curados, sólo podemos ser redimidos, si existe un perdón en virtud del poder de Dios, en virtud del poder del amor de Cristo.

«Permaneced en mi amor», nos dice hoy el Señor en el evangelio (Jn 15, 9). Permaneced en la amistad con él, llena del amor que él os regala de nuevo en este momento. Entonces vuestra vida dará fruto, un fruto que permanece (cf. Jn 15, 16).

Benedicto XVI, fragmentos de una homilía pronunciada en Ciudad del Vaticano, 29 de septiembre de 2007.

Fuente Opus Dei

CATEQUESIS DEL PAPA LEÓN XIV – LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II IV. CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES (GS 1-10) 2. LA DIGNIDAD HUMANA, DON Y RESPONSABILIDAD

La Constitución conciliar Gaudium et spes (GS), al dedicar el primer capítulo a la dignidad de la persona humana, subraya que esta es fundamento y condición de aquellos «valores que hoy disfrutan la máxima consideración», pero que necesitan no perder la relación con «su fuente divina», para sustraerse a las posibles distorsiones debidas a la «la corrupción del corazón humano» (GS, 11).

El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa, ciertamente, una de las páginas más significativas de la historia humana. Sin embargo, dicho camino no ha terminado, y en su recorrido se deben afrontar las contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización.

La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando que la dignidad humana brota del mismo ser de la persona. He tenido ocasión de reafirmarlo también en la reciente Encíclica Magnifica humanitas: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50).

La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarlas y usarlas glorificando a Dios» (GS, 12).

En la fe podemos comprender el fundamento último de la dignidad de la persona, puesto que el Hijo, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).

La persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.

Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización. De hecho, por las decisiones en contra de su dignidad tomadas a lo largo de la historia, todavía existe hoy en el hombre una «división íntima» y «Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas». Sin embargo, esta condición frágil y limitada puede contemplarse con esperanza, pues «el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado.» (GS, 13).

La Constitución Gaudium et spes,  además, afirma que la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es «unidad de cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: «No debe […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día», vigilando que este no « permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón» (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.

Por último, son tres las expresiones más significativas de la dignidad de la persona que la Gaudium et spes destaca: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida (n. 16); y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17).

Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección.

Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio.

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ESPERANZA ESCATOLÓGICA Y TRANSFORMACIÓN DEL MUNDO

El Concilio Vaticano II en distintos lugares de la Constitución Gaudium et Spes ha dejado muy claro que “la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio” (21 c); “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo” (34 c).

Por tanto, la esperanza escatológica aviva la preocupación por transformar esta tierra haciéndola más acorde con el proyecto de Dios. La esperanza en un cielo nuevo y una tierra nueva, no hace que nos olvidemos de nuestras obligaciones mundanas; todo lo contrario, nos estimula a cumplirlas con mayor prontitud ¿Cómo es posible? Porque “los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, en una palabra, todos los bienes excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (39 c).

Cierto, “aunque hay que distinguir progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puedo contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (39 b). O sea, lo que encontraremos en el reino de Dios es el amor que hayamos puesto en este mundo en trabajar por una sociedad más justa, pero también “todos los bienes excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo”, eso sí, iluminados y transfigurados. Pero esta transfiguración nos resultará extrañamente familiar. Por eso, el progreso temporal, en la medida en que se ordena a conseguir un mundo más justo, interesa en gran medida al reino de Dios.

Así se responde a la objeción marxista que considera a la religión alienante, porque disuade de la liberación socioeconómica. “Este ateísmo pretende que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal” (20 b). Pero lo cierto es que cuanto más amor pongamos en la transformación del mundo, más amor encontraremos en el cielo. Por eso la esperanza, lejos de evadirnos de nuestras responsabilidades presentes, nos compromete y nos estimula para hacer de este mundo un lugar de paz, de perdón, de reconciliación, de justicia y de fraternidad.

Los seres humanos somos tan torpes que pensamos que el deseo de Dios se opone a la vida buena, a una vida plena y realizada. El tentador, bajo la forma de la serpiente, nos ha convencido de esta mentira, pues según ella, Dios no da, sino que prohíbe (Gen 3,1). Dios ama al mundo y, por eso, los cristianos amamos al mundo que se ajusta al proyecto de Dios.

Martín Gelabert Ballesteros – Blog Nihil Obstat

VIVEN SOLOS

En España hay cerca de 5,4 millones de hogares unipersonales, lo que significa que una de cada nueve personas vive sola, o sea, que más de dos millones de personas mayores de 65 años viven solas, y de ellas cerca del 72% son mujeres. Si nos fijamos en la evolución del número de personas que viven solas, comprobamos que se han multiplicado por ocho en los últimos 50 años, pasando del 1,9% en 1970 al 11,1% en 2024. Según el Observatorio Demográfico CEU-CEFAS, las personas que viven solas en España se han disparado desde 1970: había 8,2 veces en 2024 de lo que había entonces. Con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay 5,4 millones de personas que viven solas (en hogares unipersonales), lo que representa en torno al 11% de la población total y cerca de uno de cada cuatro hogares.

La franja de edad en la que más personas viven solas se concentra entre los 70 y los 79 años, con una presencia notable también de mayores de 65 años en municipios pequeños. Los porcentajes más elevados de hogares unipersonales se registran en el Principado de Asturias, Castilla y León y La Rioja. El INE estima en su proyección de hogares que los domicilios de una sola persona seguirán creciendo hasta alcanzar los 6,7 millones en el año 2041 (el 30,6% del total), convirtiéndose en el tipo de hogar más frecuente en España por delante de las parejas con hijos.

La soledad en el hogar es una de las peores consecuencias del declive de la natalidad y la nupcialidad, y de la alta tasa de ruptura familiar. Por ejemplo, sólo en el 16% de los hogares en Ourense residen menores de 16 años. Cierto que Ourense es la provincia gallega con menos jóvenes y los domicilios unipersonales ganan peso: solo en el 16% de los domicilios (21.651) viven niños o adolescentes menores de 16 años, según la Enquisa Estrutural a Fogares (EEF), elaborada por el Instituto Galego de Estadística, cuyos últimos datos son de 2024. En 2007, año en que comenzó la serie histórica, el número de hogares con menores de 16 años ascendía a cerca de 25.297, un 14,41% más que la última estadística. Algo hay que hacer para revertir este hecho. Si no se actúa a largo plazo, los españoles seremos minoritarios en España.

Jacinto Seara para La Región