FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

Dedicar o consagrar un lugar a Dios es un rito que forma parte de todas las religiones. Es «reservar» un lugar a Dios, reconociéndole gloria y honor. Cuando el emperador Constantino dio plena libertad a los cristianos -en el año 313-, éstos no escatimaron en la construcción de lugares para el Señor. El propio emperador donó al Papa Melquiades los terrenos para la edificación de una domus ecclesia cerca del monte Celio. La Basílica fue consagrada en el 324 ( o 318 ) por el Papa Silvestre I, que la dedicó al Santísimo Salvador. En el s. IX, el Papa Sergio III la dedicó también a San Juan Bautista; y en el s. XII, Lucio II añadió también a San Juan Evangelista. De ahí el nombre de Basílica Papal del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Evangelista en Letrán. Es considerada como la madre y la cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo: es la primera de las cuatro Basílicas papales mayores y la más antigua de occidente. En ella se encuentra la cátedra del Papa, pues es la sede del Obispo de Roma. A lo largo de los siglos, la basílica pasó a través de numerosas destrucciones, restauraciones y reformas. Benedicto XIII la volvió a consagrar en 1724; fue en esta ocasión cuando se estableció y extendió a toda la cristiandad la fiesta que hoy celebramos.

Del Evangelio según San Juan

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?».

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».

Pero Él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que Él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado” (Jn 2,13-22).

Lugar de encuentro

Las lecturas bíblicas elegidas para este día desarrollan el tema del «templo». En el Antiguo Testamento (Primera Lectura, Ez 47), el profeta Ezequiel, desde su exilio en Babilonia (estamos en torno al 592 a.C.), trata de ayudar al pueblo a salir de su desánimo por no tener ya tierra ni lugar para orar. Surge así el mensaje -la Primera Lectura- en el que el profeta anuncia el día en que el pueblo adorará a su Dios en el nuevo templo. Un lugar donde el hombre eleva su oración a Dios y donde Dios se acerca al hombre escuchando su oración y socorriéndolo allí donde suplica: un lugar de encuentro. De este modo, el templo asume el papel de Casa de Dios y Casa del pueblo de Dios. Un lugar donde se practica la justicia, la única capaz de curar al pueblo. De este templo, el profeta ve brotar agua: «Y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa». Un agua que es don y que traerá vida, bendición.

¡Fuera de aquí!

Todo judío varón estaba obligado a subir a Jerusalén para ofrecer el cordero de la Pascua; tres semanas antes comenzaba la venta de animales aptos para la ofrenda (las palomas eran el sacrificio de los pobres, Lv 5,7). Los cambistas tenían la tarea de cambiar las monedas romanas por monedas acuñadas en Tiro. No era esta una cuestión de ortodoxia religiosa, aunque se hiciera pasar por tal. Al fin y al cabo, también las monedas de Tiro tenían una imagen pagana, pero contenían más plata, por lo que valían más. Los sacerdotes del templo supervisaban este «comercio» y siempre obtenían un beneficio en el cambio.

Este es el entorno que Jesús encontró en el Templo, precisamente en el Hieron, es decir, en el patio exterior del Templo, el Patio de los Gentiles. El Templo propiamente dicho es el Naos, el santuario, que se mencionará en los v. 19-21. «Hizo un látigo de cuerdas… y los expulsó del Templo»: con el látigo Jesús azota este «comercio» presente en el Templo. Derriba los puestos de los vendedores y los expulsa a todos (cfr. Ex 32, el becerro de oro).

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado». Son palabras y acciones que remiten al profeta Zacarías, que anunció lo que sucederá cuando el Señor venga a la ciudad de Jerusalén: «Y aquel día, ya no habrá más traficantes en la Casa del Señor de los ejércitos» (Zc 14,21).

“«¿Qué signo nos das para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar»”. Los sacerdotes del templo le preguntan a Jesús con qué autoridad actúa, y Él responde invitándoles a destruir el templo, porque Él lo hará resurgir. La respuesta de Jesús se refiere no a todo el edificio del templo, sino al «santuario» propiamente dicho, allí donde estaba la presencia de Dios: «Él hablaba del templo de su cuerpo». Con la Pascua de Jesús -con su cuerpo destruido y resucitado- comienza el nuevo culto, el culto del amor, en el nuevo templo (naos) que es Él mismo. La resurrección será el acontecimiento clave que hará que los discípulos sean finalmente capaces de comprender; el Espíritu Santo (Jn 14:26) les hará recordar los acontecimientos y verlos de una manera nueva.

Jesús, el nuevo templo

La fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán nos permite recordar el camino del pueblo y el cuidado constante y fiel de Dios. Al mismo tiempo, se nos recuerda que hoy cada uno de nosotros, en Jesús resucitado, es «templo de Dios», porque el Espíritu mismo habita en cada uno de nosotros (1 Cor 3,16). Ser conscientes de ello nos lleva, por un lado, a alabar al Señor; pero, por otro lado, nos lleva a decir, a veces de forma desproporcionada: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa…» (Mt 8,8), olvidando que Él ya está en nosotros, y que nos acoge y nos ama no por cómo quisiéramos ser, sino por cómo somos, aquí, ahora. Son las cosas con las que nos distraemos en nuestro interior las que hacen borroso el Rostro del Señor. Cuando aprendamos a mantener nuestra mirada fija en Jesús, Autor y perfeccionador de nuestra fe, de nuestra amistad con Él (cfr. Hb 12,1-4), nuestro rostro brillará con la luz que brota de un corazón «unificado». El equilibrio requerido no es el trabajo de un momento, sino el resultado de toda una vida, de un continuo reentrar en nosotros mismos dirigiéndonos directamente al “aposento del Rey» (cfr. Castillo interior, Santa Teresa de Ávila).

Fuente: The Holy See

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. IV. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LOS DESAFÍOS DEL MUNDO ACTUAL. 2. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, RESPUESTA A LA TRISTEZA DEL SER HUMANO (LC 24,32-35)

La resurrección de Jesucristo es un acontecimiento que nunca termina de ser contemplado y meditado, y cuanto más se profundiza en él, más nos quedamos llenos de asombro, atraídos como por una luz deslumbrante y al mismo tiempo fascinante. Fue una explosión de vida y alegría que cambió el sentido de toda la realidad, de negativo a positivo; sin embargo, no ocurrió de manera espectacular, y mucho menos violenta, sino de forma suave, oculta, podríamos decir humilde.

Hoy vamos a reflexionar sobre cómo la resurrección de Cristo puede curar una de las enfermedades de nuestro tiempo: la tristeza. Invasiva y generalizada, la tristeza acompaña los días de muchas personas. Se trata de un sentimiento de precariedad, a veces de profunda desesperación, que invade el espacio interior y parece prevalecer sobre cualquier impulso de alegría.

La tristeza le quita sentido y vigor a la vida, que se convierte en un viaje sin dirección y sin significado. Esta experiencia tan actual nos remite al famoso relato del Evangelio de Lucas (24,13-29) sobre los dos discípulos de Emaús. Ellos, desilusionados y desanimados, se alejan de Jerusalén, dejando atrás las esperanzas puestas en Jesús, que ha sido crucificado y sepultado. En sus primeras frases, este episodio muestra como un paradigma de la tristeza humana: el final del objetivo en el que han invertido tantas energías, la destrucción de lo que parecía esencial en la propia vida. La esperanza se ha desvanecido, la desolación se ha apoderado de su corazón. Todo ha implosionado en muy poco tiempo, entre el viernes y el sábado, en una dramática sucesión de acontecimientos.

La paradoja es realmente emblemática: este triste viaje de derrota y retorno a la normalidad se realiza el mismo día de la victoria de la luz, de la Pascua que se ha consumado plenamente. Los dos hombres dan la espalda al Gólgota, al terrible escenario de la cruz aún grabado en sus ojos y en sus corazones. Todo parece perdido. Es necesario volver a la vida anterior, manteniendo un perfil bajo, esperando no ser reconocidos.

En cierto momento, un viandante se une a los dos discípulos, tal vez uno de los muchos peregrinos que han estado en Jerusalén para la Pascua. Es Jesús resucitado, pero no lo reconocen. La tristeza les nubla la mirada, borra la promesa que el Maestro había hecho varias veces: que tenía que morir y que al tercer día resucitaría. El desconocido se acerca y se muestra interesado en lo que están diciendo. El texto dice que los dos «se detuvieron, con el semblante triste» (Lc 24,17). El adjetivo griego utilizado describe una tristeza integral: en sus rostros se refleja la parálisis del alma

Jesús los escucha, les deja desahogar su desilusión. Luego, con gran franqueza, los reprende por ser «duros de entendimiento para creer en todo lo que han dicho los profetas» (v. 25), y a través de las Escrituras les demuestra que Cristo debía sufrir, morir y resucitar. En los corazones de los dos discípulos se reaviva el calor de la esperanza, y entonces, cuando ya cae la tarde y llegan a su destino, invitan al misterioso compañero a quedarse con ellos.

Jesús acepta y se sienta a la mesa con ellos. Luego toma el pan, lo parte y lo ofrece. En ese momento, los dos discípulos lo reconocen… pero Él desaparece inmediatamente de su vista (vv. 30-31). El gesto del pan partido reabre los ojos del corazón, ilumina de nuevo la vista nublada por la desesperación. Y entonces todo se aclara: el camino compartido, la palabra tierna y fuerte, la luz de la verdad… De inmediato se reaviva la alegría, la energía vuelve a fluir en los miembros cansados, la memoria vuelve a ser agradecida. Y los dos regresan deprisa a Jerusalén, para contarlo todo a los demás.

«Es verdad, ¡el Señor ha resucitado!» (cf. v. 34). En este adverbio, «verdaderamente», se cumple el destino seguro de nuestra historia como seres humanos. No por casualidad es el saludo que los cristianos se intercambian el día de Pascua. Jesús no resucitó con palabras, sino con hechos, con su cuerpo que conserva las marcas de la pasión, sello perenne de su amor por nosotros. La victoria de la vida no es una palabra vana, sino un hecho real, concreto.

Que la alegría inesperada de los discípulos de Emaús sea para nosotros un dulce recordatorio cuando el camino se hace difícil. Es el Resucitado quien cambia radicalmente la perspectiva, infundiendo la esperanza que llena el vacío de la tristeza. En los senderos del corazón, el Resucitado camina con nosotros y por nosotros. Testimonia la derrota de la muerte, afirma la victoria de la vida, a pesar de las tinieblas del Calvario. La historia todavía tiene mucho que esperar en el bien.

Reconocer la Resurrección significa cambiar la mirada sobre el mundo: volver a la luz para reconocer la Verdad que nos ha salvado y nos salva. Hermanas y hermanos, permanezcamos vigilantes cada día en el asombro de la Pascua de Jesús resucitado. ¡Él solo hace posible lo imposible!

Fuente: The Holy See

PRESENCIA DEL VATICANO II EN LA EXHORTACIÓN «DILEXI TE»

El Concilio Vaticano II está muy presente en la exhortación firmada por León XIV, Dilexi te. El Papa reconoce que en los documentos preparatorios del Concilio el tema de los pobres fue marginal. Pero un mes después de su apertura, Juan XXIII dijo unas palabras que reorientaron la tarea del Concilio: “la Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres”. Esta reorientación tenía un fuerte apoyo cristológico, pues como bien dijo el Cardenal Lercano, “el misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero sobre todo hoy, el misterio de Cristo en los pobres”, y para que no quedará la menor duda añadió que “no se trataba de un tema más, sino que en cierto sentido era el único tema de todo el Vaticano II”, pues el pobre es representante de Cristo.

Una de los asuntos más interesantes del Concilio, prolongado luego por el magisterio de Juan Pablo II y de Francisco, fue la cuestión de la propiedad privada. Estos dos Papas afirmaron que el derecho de la propiedad privada era un derecho secundario, siempre subordinado al destino universal de los bienes. Pues, como dijo Tomás de Aquino, no hay derecho de propiedad donde hay urgente necesidad. Y por eso lo superfluo de los ricos debe, no en virtud de la caridad, sino del derecho natural, servir al sostenimiento de los pobres.

El texto clave del Concilio a este respecto es Gaudium et Spes, 69, que la Dilexi te casi cita por entero: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos… Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás… Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí… La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes. Cuando esta índole social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasión de ambiciones y graves desordene”.

La exhortación de León XIV recuerda el magisterio de los Obispos latinoamericanos (en Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida) que, siguiendo las huellas del Concilio, se pronunciaron contra las estructuras de pecado que causan pobreza y desigualdades extremas, así como contra la dictadura de una economía que mata. En casi todos los países de América Latina, dice la exhortación del Papa, la Iglesia sintió como propio de drama de la mayoría de sus fieles, de tanta gente que sufría desempleo, subemplo, salarios inicuos y estaba obligada a vivir en condiciones miserables. Y recuerda al Arzobispo de San Salvador, Oscar Romero, que hizo de la atención a los pobres el centro de su opción pastoral.

Si, como dice el salmo 24, “del Señor es la tierra y cuanto la llena”, entonces Dios es el único propietario de la tierra. El ser humano no es el dueño, sino el administrador de la tierra. Debe administrar en función de la voluntad del amo. Y la voluntad del amo es que cada uno tenga lo necesario, porque los bienes de la tierra pertenecen a todos. Por tanto, cuando no llegan a todos, no se cumple la voluntad de Dios.

Martin Gelabert – Blog Nihil Obstat

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN ALONSO RODRIGUEZ

San Alonso (o Alfonso) Rodríguez (1533-1617) se hizo famoso por la extraordinaria santidad que supo desarrollar en el día a día de su trabajo como jesuita portero de un colegio. Había nacido en Segovia, España, hijo segundo de un próspero comerciante de lana y tejidos, que un día dio confortable hospitalidad en su casa a Pedro Fabro, uno de los primeros compañeros de Ignacio, cuando estuvo predicando en Segovia. Fabro ayudó a aquel niño a prepararse para la primera comunión, pero el camino de Rodríguez hasta llegar a la Compañía de Jesús había de ser lento e indirecto.

A los doce años su padre lo mandó al nuevo colegio de los jesuitas en Alcalá, pero sus estudios se interrumpieron abruptamente con la muerte de su padre. Alonso ayudó a su madre a mantener el negocio familiar, y llegó a hacerse cargo de la dirección. A la edad de 27 años se casó con María Suárez, de la que tuvo tres hijos, pero la vida familiar tocó a su fin cuando murieron los cuatro. Los fuertes impuestos acabaron dando al traste con su negocio, dejando en el joven viudo una penosa impresión de fracaso personal.

En su angustia se dirigió a los jesuitas, que acababan de llegar a Segovia, en busca de dirección espiritual. Por medio de la pérdida inconsolable de su mujer y su familia, Dios condujo a Rodríguez hasta una relación de intimidad consigo. Fueron días de triste oración en soledad, buscando la voluntad de Dios. Queriendo entregarse a Dios como jesuita se ofreció como candidato al sacerdocio, pero su avanzada edad de 35 años, su frágil salud y lo limitado de su formación, no lo hacían apto a los ojos de los jesuitas que lo examinaron con vistas a su admisión. El año 1568 se trasladó a Valencia, a donde había sido destinado su director espiritual, y durante dos años se esforzó por obtener la formación necesaria para ser sacerdote. Por su parte estaba dispuesto a ser hermano jesuita si había que descartar el sacerdocio, pero los padres que lo examinaron en Valencia llegaron a la misma conclusión negativa de los anteriores. Sin embargo el provincial detectó su santidad y le dio el permiso para entrar en la Compañía.

El 31 de enero de 1571, a la edad de 37 años, Rodríguez entró en el noviciado, pero sólo seis meses después lo enviaron al colegio de Montesión en la isla de Mallorca, frente a la costa española. Allí acabaría su noviciado y se haría famoso por su humilde trabajo de portero y su amistad con otro santo jesuita, Pedro Claver, el apóstol de los esclavos que llegaban a Colombia.

En 1679 Rodríguez es nombrado portero del colegio, encargado de recibir a las visitas, localizar a los jesuitas o estudiantes que recibían alguna llamada, dar mensajes, hacer mandados, distribuir limosnas y – lo más importante – consolar a los atribulados que no tenían a nadie a quien dirigirse. Era repetitivo y monótono, exigía mucha humildad, pero Rodríguez imaginaba que todo el que llamaba a la puerta era el mismo Señor, y saludaba a todos con la misma sonrisa que habría reservado a Dios. Los estudiantes sentían la presencia y la influencia de Alonso y se le acercaban en busca de consejo, ánimos o de una oración.

Tenía ya 72 años cuando llegó Pedro Claver al colegio, ardiendo en deseos de hacer algo por Dios, pero no sabiendo cómo hacerlo. Se hicieron amigos y hablaban a menudo sobre la oración y la santidad mientras paseaban por el colegio. El anciano consejero animó al estudiante a irse a las misiones de América del Sur.

Al portero jesuita lo apreciaban por su amabilidad y su santidad, pero fueron sus apuntes espirituales y sus memorias, las que revelaron, después de su muerte, la cualidad y profundidad de su vida de oración. El humilde hermano había sido favorecido por Dios con notables favores místicos, con éxtasis y visiones del Señor, Nuestra Señora y los santos.

El 31 de octubre celebramos su memoria.

Originalmente compilado y editado por: Tom Rochford, SJ Traducción: Luis López-Yarto, SJ

LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

La liturgia católica ha dedicado esta Fiesta especial a hacer presentes en nuestra memoria a todas aquellas personas que, superando la debilidad y las tentaciones, fueron dóciles a la acción del Espíritu Santo y ahora comparten la gloria de Cristo. Hoy recordamos, pues, que los santos son todas aquellas hijas e hijos de Dios que vivieron la fe, la esperanza y la caridad siguiendo el ejemplo de Jesús, y que practicaron en modo eminente las Bienaventuranzas descritas en el Sermón de la Montaña. (Mt 5, 1-12). Hoy, el Pueblo de Dios se alegra por el triunfo de todos sus hermanos y hermanas que han trabajado, no sin fatiga, y a veces pagando con el precio de la vida, por la construcción del Reino de Dios, es decir, por la edificación de una nueva civilización donde reinen la justicia, la verdad, la fraternidad y la libertad de los hijos de Dios en la concordia y la paz.

Orígenes e historia de la fiesta

Esta fiesta nos recuerda que podemos vivir ya desde ahora en la vida eterna si nos comprometemos con determinación a transformar este mundo con la fuerza del Evangelio. Sus raíces son antiguas: en el siglo IV se empezó a celebrar la conmemoración de los mártires, común a varias Iglesias. Los primeros rastros de esta celebración los encontramos en Antioquía, en el domingo después de Pentecostés; san Juan Crisóstomo ya hablaba de ello. Entre los siglos VIII y IX, la fiesta comenzó a difundirse en Europa, y en Roma específicamente en el IX: aquí fue el Papa Gregorio III (731-741) quien eligió la fecha del 1 de noviembre para coincidir con la consagración de una capilla en San Pedro dedicada a las reliquias «de los Santos Apóstoles y de todos los santos mártires y confesores, y de todos los justos hechos perfectos que descansan en paz en todo el mundo». En la época de Carlomagno esta fiesta ya era ampliamente conocida y celebrada.

Nadie se salva solo

Para esta importante Fiesta litúrgica -que ha sido también llamada la «Pascua de Otoño»-  el Papa Francisco mismo nos ha invitado en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate a que: «No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9.). El Señor, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Por eso nadie  se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo», (cf GE, n.3)

El camino comunitario de la santificación

En otro pasaje de la misma exhortación del Papa Francisco, leemos que: «La santificación es un camino comunitario, de dos en dos. Así lo reflejan algunas comunidades santas. En varias ocasiones la Iglesia ha canonizado a comunidades enteras que vivieron heroicamente el Evangelio o que ofrecieron a Dios la vida de todos sus miembros. Pensemos, por ejemplo, en los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de María, en las siete beatas religiosas del primer monasterio de la Visitación de Madrid, en san Pablo Miki y compañeros mártires en Japón, en san Andrés Kim Taegon y compañeros mártires en Corea, en san Roque González, san Alfonso Rodríguez y compañeros mártires en Sudamérica. Recordemos también el reciente testimonio de los monjes trapenses de Tibhirine (Argelia), que se prepararon juntos para el martirio.

Del mismo modo, hay muchos matrimonios santos, donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del cónyuge. Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo espiritual. San Juan de la Cruz decía a un discípulo: estás viviendo con otros «para que te labren y ejerciten»», (cf GE, n.141).

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. IV. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LOS DESAFÍOS DEL MUNDO ACTUAL. 1. EL RESUCITADO, FUENTE VIVA DE LA ESPERANZA HUMANA. (JN 10,7.9-10)

En las catequesis del Año jubilar, hasta este momento, hemos recorrido la vida de Jesús siguiendo los Evangelios, desde el nacimiento a la muerte y resurrección. De este modo, nuestra peregrinación en la esperanza ha encontrado su fundamento firme, su camino seguro. Ahora, en la última parte del camino, dejaremos que el misterio de Cristo, que culmina en la Resurrección, libere su luz de salvación en contacto con la realidad humana e histórica actual, con sus preguntas y sus desafíos.

Nuestra vida está marcada por innumerables acontecimientos, llenos de matices y de vivencias diferentes. A veces nos sentimos alegres, otras veces tristes, otras incluso satisfechos, o estresados, gratificados o desmotivados. Vivimos muy ocupados, nos centramos en alcanzar resultados, llegamos a alcanzar metas también altas, prestigiosas. Y viceversa, permanecemos suspendidos, precarios, esperando éxitos y reconocimientos que tardan en llegar o nunca llegan. En resumen, nos encontramos experimentando una situación paradójica: quisiéramos ser felices, pero es muy difícil conseguirlo de forma continuada y sin sombras. Aceptamos nuestras limitaciones y, al mismo tiempo, tenemos el impulso irreprimible de intentar superarlas. En el fondo, sentimos que siempre nos falta algo.

En verdad, no hemos sido creados para la falta, sino para la plenitud, para disfrutar de la vida y de la vida en abundancia, según la expresión de Jesús en el Evangelio de Juan (cfr 10,10).

Este deseo grande de nuestro corazón puede encontrar su última respuesta no en los roles, no en el poder, no en el tener, sino en la certeza de que alguien se hace garante de este impulso constitutivo de nuestra humanidad; en la conciencia de que esta espera no será decepcionada o frustrada. Tal certeza coincide con la esperanza. Esto no quiere decir pensar de forma optimista: a menudo el optimismo nos decepciona, al ver cómo nuestras expectativas implosionan, mientras la esperanza promete y cumple.

Hermanas y hermanos, ¡Jesús Resucitado es la garantía de esta llegada! Él es la fuente que sacia nuestra sed ardiente, la sed infinita de plenitud que el Espíritu Santo infunde en nuestro corazón. La Resurrección de Cristo, de hecho, no es un simple acontecimiento de la historia humana, sino el evento que la transformó desde dentro.

Pensemos en una fuente de agua. ¿Cuáles son sus características? Sacia y refresca a las criaturas, riega la tierra, las plantas, hace fértil y vivo lo que de otra forma sería árido. Alivia al caminante cansado ofreciéndole la alegría de un oasis de frescura. Una fuente aparece como un don gratuito para la naturaleza, para sus criaturas, para los seres humanos. Sin agua no se puede vivir.

El Resucitado es la fuente viva que no se seca y no sufre alteraciones. Permanece siempre pura y preparada para todo el que tenga sed. Y cuanto más saboreamos el misterio de Dios, más nos atrae, sin quedar nunca completamente saciados. San Agustín, en el décimo libro de las Confesiones, capta este anhelo inagotable de nuestro corazón y lo expresa en el famoso Himno a la Belleza: «Exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz» (X, 27, 38).

Jesús, con su Resurrección, nos ha asegurado una permanente fuente de vida: Él es el Viviente (cfr Hch 1,18), el amante de la vida, el victorioso sobre toda muerte. Por eso es capaz de ofrecernos alivio en el camino terreno y asegurarnos la quietud perfecta en la eternidad. Solo Jesús muerto y resucitado responde a las preguntas más profundas de nuestro corazón: ¿hay realmente un punto de llegada para nosotros? ¿Tiene sentido nuestra existencia? ¿Y el sufrimiento de tantos inocentes, cómo podrá ser redimido?

Jesús Resucitado no deja caer una respuesta “desde arriba”, sino que se hace nuestro compañero en este viaje a menudo cansado, doloroso, misterioso. Solo Él puede llenar nuestra jarra vacía, cuando la sed se hace insoportable.

Y Él es también el punto de llegada de nuestro caminar. Sin su amor, el viaje de la vida se convertiría en un vagar sin meta, un trágico error con un destino perdido. Somos criaturas frágiles. El error forma parte de nuestra humanidad, es la herida del pecado que nos hace caer, renunciar, desesperar. Resurgir significa sin embargo volver a levantarse y ponerse de pie. El Resucitado garantiza la llegada, nos conduce a casa, donde somos esperados, amados, salvados. Hacer el viaje con Él al lado significa experimentar ser sostenidos a pesar de todo, saciados y fortalecidos en las pruebas y en las fatigas que, como piedras pesadas, amenazan con bloquear o desviar nuestra historia.

Queridos, de la Resurrección de Cristo brota la esperanza que nos hace gustar anticipadamente, no obstante las fatigas de la vida, una quietud profunda y gozosa: aquella paz que Él solo nos podrá dar al final, sin fin.

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LEON XIV EN LAS NUEVAS CANONIZACIONES: LOS NUEVOS SANTOS, SIGNOS LUMINOSOS DE ESPERANZA Y AMOR

Tras la canonización de 7 nuevos santos, entre ellos mártires, religiosas y laicos, el Pontífice se reúne en el Aula Pablo VI con los fieles que han llegado al Vaticano para la ocasión, incluso desde tierras lejanas. Los exhorta a seguir su ejemplo de vida para que haya reconciliación en Armenia, unidad para Venezuela y dignidad para todos.

“Los obispos de Venezuela han publicado el pasado 7 de octubre una carta con motivo del gozoso acontecimiento de ver en los altares a dos hijos de su amada tierra: san José Gregorio Hernández y santa Carmen Rendiles, pidiendo al Señor que este sea un fuerte estímulo para que todos los venezolanos se congreguen y sepan reconocerse como hijos y hermanos de una misma Patria, reflexionando así sobre el presente y el futuro, a la luz de las virtudes que estos santos vivieron de manera heroica”.

Con estas palabras, que suscitaron fervorosos aplausos de los miles de venezolanos presentes en el Aula Pablo VI, el Papa León XIV se dirigió a los fieles reunidos para la canonización de los mártires Peter To Rot y el obispo Ignatius Choukrallah Maloyan, de las religiosas Maria Troncatti, Vincenza Maria Poloni y Carmen Rendiles Martínez, así como de los laicos Bartolo Longo y José Gregorio Hernández Cisneros. En una audiencia que les concedió este lunes 20 de octubre, el Pontífice extrajo de cada uno de ellos un mensaje válido para nuestros días, especialmente ante las injusticias sociales.

“Cabría preguntarse, ¿cuáles son esas virtudes que deben motivarnos? Ciertamente la fe”, dijo el Pontífice en un discurso que alternó el español, el inglés y el italiano. “Dios estaba presente en sus vidas y las transformaba, haciendo de la sencilla existencia de una persona normal, como cualquiera de nosotros, una lámpara que en lo cotidiano iluminaba a todos con una luz nueva”.

 “Sin duda —añadió—, también la virtud de la esperanza: si Dios es nuestra recompensa eterna, nuestros trabajos y nuestras luchas no pueden finalizarse en metas que además de indignas y degradantes, son efímeras. Finalmente, la caridad, que nace de acoger y compartir el don recibido; que nos hace encontrar el verdadero sentido de una vida y nos pide que la construyamos por medio del servicio, sea a los enfermos, a los pobres, a los más pequeños”.

El Santo Padre invitó a reflexionar sobre cómo estas virtudes pueden ayudarnos en el momento actual, y aclaró: “Puede hacerlo si al mirar a estas dos grandes figuras, vemos en ellas sobre todo a personas muy semejantes a nosotros, que vivieron enfrentando problemáticas que no nos son extrañas, y que nosotros mismos podemos afrontar como ellos lo hicieron, siguiendo su ejemplo”.

“Por otro lado —sugirió el Obispo de Roma—, asumiendo que quien vive a mi lado —como yo, como ellos— está llamado a la misma santidad, y por ello debo verlo, ante todo, como un hermano al que respetar y al que amar, compartiendo el camino de la existencia, sosteniéndonos en las dificultades y construyendo juntos el reino de Dios con alegría”.

 “Un pastor según el corazón de Cristo”: así describió León XIV al obispo mártir armenio Ignacio Choukrallah Maloyan. Un pastor que defendió a su rebaño, que no renegó de su fe a cambio de la libertad y que murió como mártir por Dios.

«Esto me hace pensar con afecto en el pueblo armenio, que talla la cruz en la piedra como signo de su fe firme e inquebrantable. Que la intercesión del nuevo santo renueve el fervor de los creyentes y produzca frutos de reconciliación y de paz para todos».

Defender las verdades de la fe

“Un simple catequista” con “un coraje extraordinario”, capaz de proclamar la verdad incluso en el escondimiento. Así es san Pedro To Rot, ejemplo —afirmó el Papa— de la profunda fe del pueblo de Nueva Guinea, que desafió a las fuerzas de ocupación durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente cuando estas permitieron la poligamia. Un hombre que se confiaba por completo a Dios en la oración.

«Que el ejemplo de san Peter To Rot nos anime a defender las verdades de la fe, aun a costa de sacrificios personales, y a confiar siempre en Dios en medio de nuestras pruebas».

En el servicio a los más frágiles florece la santidad

Ejemplos de caridad y dedicación al prójimo son las historias de la santa salesiana sor María Troncatti —que consagró su vida a los pueblos indígenas del Ecuador con competencia médica— y de sor María Poloni, fundadora de las Hermanas de la Misericordia, movida por el amor hacia los enfermos y los marginados. Para el Papa, sor Troncatti es “ejemplo de una caridad que no se rinde ante las dificultades, sino que las transforma en ocasiones para una entrega gratuita y total de sí misma”. Sor Poloni, que alimentó su compromiso social con una profunda espiritualidad mariana, enseña “a perseverar en el servicio cotidiano a los más frágiles”, subraya León XIV. Y “¡es precisamente ahí donde florece la santidad de vida!”.

El apóstol del Rosario

Por último, al hablar de Bartolo Longo, el Sucesor de Pedro recordó su conversión: de hombre alejado de Dios a una vida llena de obras de misericordia y sostenida por el amor a María. Invita además al Santuario de Pompeya, del cual Longo fue fundador, a custodiar y difundir el fervor de este “apóstol del Rosario”.

“De corazón recomiendo esta oración a todos: a los sacerdotes, a los religiosos, a las familias, a los jóvenes. Contemplando los misterios de Cristo con la mirada de María, asimilamos día a día el Evangelio y aprendemos a ponerlo en práctica”.

Al despedir a los peregrinos, el Santo Padre les deseó regresar a sus países con el corazón lleno de gratitud y con el ardiente deseo de imitar a los nuevos santos.

Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano

Para Vatican NEWS

DILEXI TE: LOS POBRES SON LA MISMA CARNE DE CRISTO

Ya tenemos el primer gran escrito de León XIV, su exhortación apostólica Dilexi te (= te he amado). “Te he amado” (Ap 3,9) son palabras dirigidas por el Señor a una comunidad cristiana que no tenía ninguna relevancia ni recursos y estaba expuesta a la violencia y al desprecio. Esta exhortación ya la dejó escrita, en lo fundamental, el Papa Francisco. León XIV la he hecho suya, en un gesto que recuerda el de Francisco haciendo suya una encíclica sobre la luz de la fe que dejó preparada Benedicto XVI. Francisco, imaginaba que Cristo se dirigía a cada uno de los pobres diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero yo te he amado.

La exhortación es un grito a favor del compromiso de la Iglesia y de todo cristiano con la triste realidad de la pobreza. No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con el pobre es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos. De ahí la opción preferencial por los pobres de la que hablan los documentos eclesiales. Esta opción nos llama a un cambio de mentalidad, que puede incidir en una transformación cultural. La pobreza no es una elección; es el resultado de estructuras de pecado que se infiltran en la política y en la economía.

El texto firmado por León XIV recuerda que en la Escritura Dios aparece como solidario con el pobre. En Jesús de Nazaret esta solidaridad encuentra su plena realización: nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza (2 Co 8,9). La pobreza incidió en cada aspecto de la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte. Se refiere luego a la tradición patrística. Basta recordar que San Juan Crisóstomo denunciaba el lujo exagerado que convivía con la indiferencia hacia los pobres. Y decía que honrar el Cuerpo de Cristo no era adornar el templo, sino distribuir las riquezas entre los pobres.

Lo que más me ha gustado de la exhortación es el elogio que el Papa hace a la gran labor en favor de los pobres de las congregaciones religiosas, en la atención a inmigrantes, personas necesitadas, ancianos, niños abandonados, enfermos. Y ahí cita con nombres propios a casi todas las congregaciones. Por ejemplo, la labor sanitaria de los Hermanos de San Juan de Dios; la labor educativa en favor de los niños necesitados de los escolapios, los maristas o los hermanos de La Salle; la atención a personas abandonadas y moribundas de Santa Teresa de Calcuta. O la obra de trinitarios y mercedarios en favor de presos y cautivos, también de las nuevas cautividades, como la droga.

Las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos) fueron solidarios con los pobres, mediante una predicación y una cercanía a las personas alejada de lujos y poderes. La tradición monástica (Benito, Bernardo de Claraval) nos enseña que la oración y la caridad (la acogida en los monasterios), el silencio y el servicio, forman un único tejido espiritual. Sin olvidar la labor de las congregaciones femeninas (las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul y santa Luisa de Marillac, y tantas otras) tanto en el terreno hospitalario, educativo, asistencial, protección de los derechos de la mujer, cuidado de niños y jóvenes, presencia en lugares conflictivos y de guerra, y muchos más aspectos relacionados con la pobreza.

El Papa afirma que los movimientos populares han ayudado a la Iglesia a cobrar conciencia de la importancia de estar con los lastimados y crucificados de la tierra. En este sentido hay que decir que los pobres nos evangelizan, ya que ellos son la misma carne de Cristo. Por eso, la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe. Pues no se trata solo de llevar a los pobres a Dios, sino de encontrar a Dios en los pobres.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

CERRAR LA BOCA PARA ENTRAR EN LO SAGRADO

El verbo griego “myein” significa cerrar los ojos o cerrar la boca. De esta raíz derivan palabras que remiten a prácticas religiosas, como místico y misterio. Hay una relación estrecha entre cerrar los ojos, o sea, entrar en el ámbito de lo invisible, y el culto a los dioses. Los dioses son invisibles. La carta a los hebreos (11,27) elogia la fe de Moisés, que se mantuvo firme en las dificultades precisamente porque se apoyaba en “el invisible”. Igualmente hay una estrecha relación entre cerrar la boca, o sea, guardar silencio, y el culto a lo divino. Esta segunda relación me parece interesante porque se diría que hoy el silencio no es lo que más abunda.

Vivimos en un mundo ruidoso. El silencio estorba y necesitamos continuamente del ruido para sentirnos vivos. Muchas personas llevan puestos unos auriculares como si fueran la continuación de sus orejas. Y en muchas casas, está continuamente encendido el aparato de televisión, aunque nadie lo mire. El ruido se ha convertido en una necesidad. ¿Será porque nuestro tiempo es alérgico al misterio, o porque “vivimos en un mundo sin consagración”, como dice Byung-Chul Han? El verbo fundamental de nuestro tiempo, añade el filósofo no es cerrar, sino abrir sobre todo la boca. Nadie escucha y muchos gritan. Y, sin embargo, el silencio nos permite entrar en nuestro interior; solo así podemos plantearnos las grandes preguntas que de verdad interesan: ¿quién soy?, ¿a dónde voy?, ¿qué sentido quiero dar a mi vida?

Escuchar es la actitud religiosa por excelencia. Pero para escuchar hay que guardar silencio. Por eso, si la fe en Dios es ante todo escucha, solo el silencio puede despertarla. Recuerden esa escena del evangelio, en la que, aparentemente con toda razón, Marta se queja a su amigo Jesús de que su hermana María no le ayuda en las tareas de la casa. ¿Cuál el motivo por el que no es ayudada? Porque María está a los pies de Jesús, escuchando su palabra. Esta es la respuesta de Jesús a Marta: “te preocupas y agitas por muchas cosas y solo hay necesidad de una sola. María ha elegido la parte buena” (Lc 10,41-42). Lo que sobre todo esperamos de los amigos no es un regalo, ni un favor, ni que nos sean útiles, sino que presten atención a nuestra persona. A nuestra persona y no a nuestras necesidades. El servir a los amigos es útil. Pero solo una cosa es necesaria en la amistad: saber escuchar. Esta es la gran lección que María da a Marta. El otro tiene algo que decirnos, El verbo griego “myein” significa cerrar los ojos o cerrar la boca. De esta raíz derivan palabras que remiten a prácticas religiosas, como místico y misterio. Hay una relación estrecha entre cerrar los ojos, o sea, entrar en el ámbito de lo invisible, y el culto a los dioses. Los dioses son invisibles. La carta a los hebreos (11,27) elogia la fe de Moisés, que se mantuvo firme en las dificultades precisamente porque se apoyaba en “el invisible”. Igualmente hay una estrecha relación entre cerrar la boca, o sea, guardar silencio, y el culto a lo divino. Esta segunda relación me parece interesante porque se diría que hoy el silencio no es lo que más abunda.

Vivimos en un mundo ruidoso. El silencio estorba y necesitamos continuamente del ruido para sentirnos vivos. Muchas personas llevan puestos unos auriculares como si fueran la continuación de sus orejas. Y en muchas espera que le escuchemos con tranquilidad, que dejemos el ajetreo y nos paremos a mirarle en silencio, dándole lo mejor que podemos darle: la vida misma. El amor requiere silencio.

El ruido es inconciliable con la oración, en cierto modo impide la trascendencia. No es extraño que en algunas iglesias haya carteles en la puerta que invitan a los fieles a apagar el teléfono. Hoy estamos digitalmente hipercomunicados. Los ordenadores y los teléfonos producen mucho ruido, oral y visual. Esta hipercomunicación no crea ninguna conexión. Más bien aísla y acentúa la soledad. El silencio, en cambio, es camino de comunión con Dios, con los hermanos y con uno mismo.

Blog Nihil Obstat – Martín Gelabert

VAN EN SERIO

Más de una vez he escrito que la cultura woke con su Agenda 2030 como biblia y el Pacto Verde Europeo como el Dios a seguir, conjuntamente con todas las otras acciones que han conformado la sociedad woke en la que vivimos, tiene un objetivo claro, por ello se viene ideologizando desde hace tiempo la destrucción de lo que siempre ha sido Occidente.

Han empezado por los católicos, quizás sea casualidad el incendio de la Catedral de Notre-Dame de París que se volvió a inaugurar el 8 de diciembre de 2024, el viernes 8 de agosto a las 21,11 h saltan las alarmas en la Mezquita-Catedral al detectarse llamas en almacén y en la capilla de la Encarnación, que vio caer su techo, afortunadamente este monumento de la humanidad no sufrió más daños y se puede reparar. Si está demostrado que se produjo hace poco tiempo el incendio de la iglesia de El Pozuelo en el municipio de Albuñol en Granada, y el daño causado a la custodia y también hubo destrozos en la capilla de Adoración Perpetua, en pleno centro de Valencia y con personas orando. En años anteriores hubo otras iglesias quemadas y algunas profanadas. Van por todo lo que esté relacionado con el mensaje de Jesús de Nazaret.

Otros cristianos deberían recordar una de las variaciones del poema de Martin Niemöller:

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por mí, pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

No les quepa duda de que también irán a por ellos.

Hace poco el papá León XIV escribió una carta muy clarificadora: “Hermanos, hermanas… A ustedes les hablo, sobre todo a los que ya no creen, no esperan, no oran, porque piensan que Dios se fue. A los que están hartos de los escándalos, del poder mal usado, del silencio de una Iglesia que a veces parece más palacio que casa…” Hay elementos positivos, especialmente entre los jóvenes occidentales de 16-19 años, muchos de ellos están volviendo a los orígenes de occidente, por supuesto al cristianismo. No fue sorprendente que un millón de jóvenes, de todos los países, estuvieron en la misa del papa León XIV por el jubileo de la juventud.

Jacinto Seara