MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA PASCUA: LA PAZ NO SE CONSTRUYE CON LAS ARMAS, SINO ABRIENDO LOS CORAZONES

En su Mensaje de Pascua el Papa recordó que el Resucitado es el único que puede hacer rodar la piedra de la guerra y de las crisis humanitarias y abrir el camino de la vida. También rezó por las víctimas y los niños de Israel, Palestina y Ucrania, y pidió el intercambio de rehenes y el alto el fuego en la Franja. Asimismo oró por Siria, el Líbano, Haití, el pueblo Rohingyá y los países africanos en dificultades. Y subrayó que con frecuencia el don de la vida es despreciado por el hombre.

En el día en que resuena en todo el mundo el anuncio de que Cristo ha resucitado, tantas pesadas piedras cierran las esperanzas de la humanidad como la gran piedra cerró el sepulcro. Son las piedras de las guerras, como las de Israel, Palestina, Ucrania y Siria; las de las crisis humanitarias, como la de Gaza en Haití y la de los Rohingyá en Myanmar; las de las violaciones de los derechos humanos y de la trata de seres humanos que afectan a migrantes y niños.

En el día en que la Iglesia revive el asombro de las mujeres ante la tumba abierta y vacía de Jesús, el Papa Francisco, en su mensaje Urbi et Orbi desde la logia central de la Basílica de San Pedro ante sesenta mil fieles, recordó que sólo Él ha resucitado y es «capaz de hacer rodar las piedras que cierran el camino a la vida», abriendo las puertas de la vida, «que cerramos continuamente con las guerras que campan a sus anchas por el mundo».

Porque sólo Dios podía abrir el camino nuevo a través de la tumba vacía, el camino de la vida en medio de la muerte, de la paz, la reconciliación y la fraternidad en medio de la guerra, el odio y la enemistad. Sólo Él quita el pecado del mundo y perdona nuestros pecados, y «sin el perdón de Dios esa piedra no puede ser removida».

El sufrimiento en los ojos de los niños

Con la mirada puesta en Jerusalén y en todas las comunidades cristianas de Tierra Santa, el pensamiento del Papa se dirigió a las víctimas de los numerosos conflictos del mundo, para que Cristo Resucitado abra un camino de paz a las poblaciones atormentadas de Israel y Palestina y también de Ucrania.

De acuerdo con el derecho internacional, Francisco pidió un intercambio general «todos por todos» de prisioneros entre Rusia y Ucrania, e hizo un nuevo llamamiento para que «se garantice el acceso a la ayuda humanitaria en Gaza, instando a una pronta liberación de los rehenes secuestrados el 7 de octubre y a un alto el fuego inmediato en la Franja».

No permitamos que las hostilidades en curso continúen afectando gravemente a la población civil, ya de por sí extenuada, y principalmente a los niños. Cuánto sufrimiento vemos en sus ojos. Con su mirada nos preguntan: ¿por qué? ¿Por qué tanta muerte? ¿Por qué tanta destrucción? La guerra es siempre un absurdo y una derrota. No permitamos que los vientos de la guerra soplen cada vez más fuertes sobre Europa y sobre el Mediterráneo. Que no se ceda a la lógica de las armas y del rearme. La paz no se construye nunca con las armas, sino tendiendo la mano y abriendo el corazón.

No olvidar el mundo en dificultad

La invitación del Papa fue a no olvidar los numerosos lugares del mundo en dificultad, empezando por Siria, «que sufre desde hace trece años las consecuencias de una guerra larga y devastadora»:

Muchísimos muertos, personas desaparecidas, tanta pobreza y destrucción esperan respuestas por parte de todos, también de la Comunidad internacional.

    “Mi mirada se dirige hoy de modo especial al Líbano, afectado desde hace tiempo por un bloqueo institucional y por una profunda crisis económica y social, agravados ahora por las hostilidades en la frontera con Israel”

Que el Resucitado consuele al amado pueblo libanés y sostenga a todo el país en su vocación a ser una tierra de encuentro, convivencia y pluralismo.

Asimismo, aliento las conversaciones entre Armenia y Azerbaiyán para que, con el apoyo de la Comunidad internacional, puedan proseguir el diálogo, ayudar a las personas desplazadas, respetar los lugares de culto de las diversas confesiones religiosas y llegar cuanto antes a un acuerdo de paz definitivo.

El pensamiento del Papa se dirigió también a los Balcanes Occidentales, donde se están dando pasos significativos hacia la integración europea:

Que las diferencias étnicas, culturales y confesionales no sean causa de división, sino fuente de riqueza para toda Europa y para el mundo entero.

Oración por las víctimas de toda forma de terrorismo

Francisco pidió que Cristo resucitado abra un camino de esperanza para quienes, además de sufrir la violencia y los conflictos, padecen los efectos de la inseguridad alimentaria y del cambio climático – incluida la sequía que provoca hambruna y hambre en vastas zonas de África – así como que traiga consuelo a las víctimas de todas las formas de terrorismo.

Recemos por los que han perdido la vida e imploremos el arrepentimiento y la conversión de los autores de estos crímenes.

    “Que el Resucitado asista al pueblo haitiano, para que cese cuanto antes la violencia que lacera y ensangrienta el país, y pueda progresar en el camino de la democracia y la fraternidad”

Que el Señor Resucitado asista también – prosiguió diciendo el Papa – al pueblo haitiano, «para que cese cuanto antes la violencia que lacera y ensangrienta el país y progrese por el camino de la democracia y la fraternidad», dando también consuelo al pueblo Rohingyá, afligido por una grave crisis humanitaria, y abra el camino de la reconciliación en Myanmar, desgarrado desde hace años por conflictos internos, para que se abandone definitivamente toda lógica de violencia».

Que se abran caminos de paz también en Sudán, en el Sahel, en el Cuerno de África, en la República Democrática del Congo y en la provincia de Cabo Delgado en Mozambique. Que la luz de Cristo, desea el Pontífice, ilumine también a los emigrantes y a quienes atraviesan un período de dificultades económicas, guiando a todos los hombres de buena voluntad a la solidaridad para ayudar a las familias en la búsqueda de una vida mejor y de la felicidad.

El hombre desprecia a menudo el don de la vida

En el día de Pascua, afirmó Francisco, celebramos la vida que nos ha dado la Resurrección del Hijo y su amor por cada uno de nosotros. Un don, la vida, que, sin embargo, «tantas veces es despreciado por el hombre».

    “¿Cuántos niños ni siquiera pueden ver la luz? ¿Cuántos mueren de hambre o carecen de cuidados esenciales o son víctimas de abusos y violencia? ¿Cuántas vidas se compran y se venden por el creciente comercio de seres humanos?”

Por último, en el día en que «Cristo nos ha liberado de la esclavitud de la muerte», el Pontífice exhortó a «quienes tienen responsabilidades políticas» a no escatimar esfuerzos en la lucha contra la plaga de la trata de seres humanos, trabajando sin descanso para desmantelar sus redes de explotación y llevar la libertad a quienes son sus víctimas».

Que el Señor, concluyó Francisco antes de desear una Feliz Pascua a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro y concederles la indulgencia plenaria, «consuele a sus familias, especialmente a las que esperan ansiosamente noticias de sus seres queridos, asegurándoles consuelo y esperanza».

Vatican News

Michele Raviart – Ciudad del Vaticano

PARTICIPEMOS PLENAMENTE EN LA PASCUA

Las Lecturas Patrísticas son un tesoro que encontramos en el Oficio de Lectura y que nos ayudan a vivir en plenitud. El último sábado de cuaresma encontramos esta preciosa lectura.

“Es verdad que ahora celebraremos la Pascua todavía sacramentalmente; sin embargo, lo haremos ya con un conocimiento más claro que en la antigua ley (ya que la Pascua de la ley antigua era -no tengo reparo en decirlo- una figura más oscura que lo que representaba), y de aquí a poco la celebraremos de un modo más puro y perfecto, a saber, cuando aquel que es la Palabra beba con nosotros el vino nuevo en el reino de su Padre, dándonos la plena y clara inteligencia de lo que aquí nos enseñó de un modo más restringido. Decimos «nuevo», pues siempre resulta nuevo lo que se llega a comprender de una manera diferente.

Y ¿en qué consiste esa bebida y esa manera nueva de percibir? Eso es lo que toca a él enseñar a sus discípulos, y a nosotros aprenderlo. Y la doctrina de aquel que alimenta es también alimento.

Celebremos, pues, ahora también nosotros lo mismo que celebraba la ley antigua, pero no en un sentido literal, sino evangélico; de una manera perfecta, no imperfecta; de un modo eterno, no temporal. Sea nuestra capital no la Jerusalén terrena, sino la metrópoli celestial; quiero decir, no ésta que es ahora hollada por los ejércitos, sino la que es ensalzada por las alabanzas y encomios angélicos.

Inmolemos no ya terneros y machos cabríos, que es cosa ya caducada y sin sentido, sino el sacrificio de alabanza, ofrecido a Dios en el altar del cielo, junto con los coros celestiales. Atravesemos el primer velo, no nos detengamos ante el segundo, contemplemos de lleno el santuario. y diré más todavía: inmolémonos nosotros mismos a Dios, inmolemos cada día nuestra persona y toda nuestra actividad, imitemos la pasión de Cristo con nuestros propios padecimientos, honremos su sangre con nuestra propia sangre, subamos con denuedo a la cruz.

Si quieres imitar a Simón de Cirene, toma la cruz y sigue al Señor.

Si quieres imitar al buen ladrón crucificado con él, reconoce honradamente su divinidad; y así como entonces Cristo fue contado entre los malhechores, por ti y por tus pecados, así tú ahora, por él, serás contado entre los justos. Adora al que por amor a ti pende de la cruz y, crucificándote tú también, procura recibir algún provecho de tu misma culpa; compra la salvación con la muerte; entra con Jesús en el paraíso, para que comprendas de qué bienes te habías privado. Contempla todas aquellas bellezas; deja fuera, muerto, lo que hay en ti de murmurador y blasfemo.

Si quieres imitar a José de Arimatea, pide el cuerpo a aquel que lo mandó crucificar; haz tuya la víctima expiatoria del mundo.

Si quieres imitar a Nicodemo, el que fue a Jesús de noche, unge a Jesús con aromas, como lo ungió él para honrado en su sepultura.

Si quieres imitar a María, a la otra María, a Salomé y a Juana, ve de madrugada a llorar junto al sepulcro, y haz de manera que, quitada la piedra del monumento, puedas ver a los ángeles y aun al mismo Jesús.”

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo

(Disertación 45, 23-24; PG 36, 654-655)

EL SANTO DE LA SEMANA SAN RICARDO DE WYCHE

También es conocido por San Ricardo de Chichester. La Iglesia lo celebra el día 3 de abril.

A finales del siglo XII nace Ricardo, en Wyche, en una familia de trabajadores del campo. Choca la austeridad y dureza permanente de su vida con el estilo de los grandes de su tiempo. Los obispos son «lores» y amantes de los cuidados humanos; los monjes abundan en la prosperidad y el lujo; los nobles son ambiciosos y en el trono se aprecia una corriente fuertemente regalista. La clase baja del pueblo es pobre y está sumida en la ignorancia y en la superstición. Ricardo es enérgico e intransigente cuando se tratan asuntos en los que está presente la injusticia, la inmoralidad o la avaricia. Posiblemente esta condición natural en él sea lo que le lleva a un distanciamiento, cuando no rechazo de los poderosos. El caso es que la austeridad vivida en casa de sus padres -cuando fue niño- debió prepararle para la misión que había de desempeñar de adulto.

Marcha a estudiar a Oxford donde tiene buenos maestros franciscanos y dominicos; y como los recursos no estiran más, pasó hambre y frío. Una corta estancia en París y vuelta a Oxford, graduándose en Artes. En Bolonia aprende durante siete años los cánones, haciendo lo que hoy llamaríamos la carrera de Derecho. Cuando vuelve a Oxford es nombrado Canciller de la Universidad, Canciller del arzobispado de Canterbury y también de Lincoln, donde estaba de obispo su antiguo amigo y profesor Grosseteste. Ejerce la docencia en Orleáns por dos años y allí se ordena sacerdote.

El Arzobispo de Canterbury lo nombra obispo de Chichester, a la muerte del obispo Ralph Neville. Y aquí comienza una etapa de dificultades mayores y de vigoroso testimonio.

El rey Enrique III, que se apodera por sistema de los beneficios eclesiásticos vacantes, se opone rotundamente a esta elección. Además, prefiere para la sede libre a Roberto Passelewe por razones de «erario real». Interviene el papa Inocencio IV que está presidiendo en este tiempo el concilio de Lyon, confirmando el nombramiento de Ricardo y consagrándolo personalmente, el 5 de marzo de 1245. Pero esto pone peor las cosas. Y es que el alto prestigio adquirido por el papado desde el siglo IX ha venido a menos desde que se hundió la Casa de Hohenstaufen y los papas se han inclinado hacia Francia; la rivalidad existente entre Inglaterra y Francia provoca de rebote reacciones contra Roma que se manifiestan en un fuerte nacionalismo inglés, en la resistencia del trono a aceptar las decisiones del papa y en intransigencias e intromisiones en las materias mixtas. Hasta los Legados pontificios son mal recibidos, si no ignorados, en la corte inglesa.

En estas circunstancias, el nombramiento de Ricardo ha caído, humanamente, en mal momento. El rey ha mandado cerrarle físicamente las puertas del palacio episcopal y ha prohibido darle cobijo y dinero. El temor de la gente a la venganza real lleva a que se vea a Ricardo-obispo vagabundo por su legítima diócesis, haciendo de obispo misionero, viajando a pie y desprovisto de servicio. Debía ser una estampa curiosa en la época en que los obispos eran «lores» y jamás trabajaban sin séquito. Visita las casas de los pescadores y catequiza a los humildes con quienes comparte alimento. ¡Todo un escándalo para altos eclesiásticos que gustan de fastuosidades y de monjes que disfrutan de buena mesa! Condena los abusos de poder y los vicios de la época con extraordinaria energía; de modo especial presenta una defensa a ultranza del derecho frente a la arbitrariedad y al abuso de poder; predica la doctrina evangélica frente al nepotismo reinante.

Fueron ocho años de obispo en que supo mantenerse, con fortaleza, libre de presiones. De hecho, nadie se explica cómo fue posible reunir una y otra vez a su Cabildo para sacar adelante las Constituciones que son de esa época y sientan los modos de hacer en adelante, señalando una praxis pastoral distinta y más adecuada a los principios evangélicos.

Murió en la casa-asilo -«Mas-Dieu»- para sacerdotes pobres y peregrinos, a los 55 años.

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE LAS VIRTUDES: DIOS NO SOLO NOS QUIERE SANTOS, NOS QUIERE INTELIGENTES

Continuando con su ciclo de catequesis sobre las virtudes, el Papa Francisco reflexionó en la Audiencia General del miércoles 20 de marzo sobre la prudencia.

A continuación, la catequesis completa del Papa Francisco:

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy la dedicamos a la virtud de la prudencia. Ella, junto con la justicia, la  fortaleza y la templanza, forma las virtudes llamadas cardinales, que no son prerrogativa exclusiva de los  cristianos, sino que pertenecen al patrimonio de la sabiduría antigua, en concreto, la de los filósofos  griegos. Por eso, uno de los temas más interesantes en la obra de encuentro y de inculturación fue  precisamente el de las virtudes.

En los escritos medievales, la presentación de las virtudes no es una simple enumeración de  cualidades positivas del alma. Retomando los autores clásicos a la luz de la revelación cristiana, los  teólogos imaginaron el septenario de las virtudes -las tres teologales y las cuatro cardinales- como una  suerte de organismo viviente en el que cada virtud ocupa un espacio armónico. Hay virtudes esenciales y virtudes accesorias, como pilares, columnas y capiteles. Quizá nada como la arquitectura de una catedral  medieval puede dar la idea de la armonía que existe en el ser humano y de su continua tensión hacia el  bien.

Entonces, comencemos por la prudencia. No es la virtud de la persona temerosa, siempre  titubeante ante la acción que debe emprender. No, esta es una interpretación errónea. No es tampoco solamente la cautela. Conceder la primacía a la prudencia significa que la acción del ser humano está en  manos de su inteligencia y de su libertad. La persona prudente es creativa: razona, evalúa, trata de  comprender la complejidad de la realidad. Y no se deja llevar por las emociones, la pereza, las presiones, las ilusiones.

En un mundo dominado por las apariencias, por los pensamientos superficiales, por la banalidad tanto del bien como del mal, la antigua lección de la prudencia merece ser recuperada.  Santo Tomás, en la estela de Aristóteles, la llamó “recta ratio agibilium”. Es la capacidad de  gobernar las acciones para dirigirlas hacia el bien; por eso recibe el sobrenombre de “conductor de las  virtudes”.

Prudente es quien sabe elegir: mientras permanece en los libros, la vida es siempre fácil, pero  en medio de los vientos y las olas de lo cotidiano, la cosa cambia: a menudo nos sentimos inseguros y no  sabemos hacia dónde ir. Quien es prudente no elige al azar: ante todo, sabe lo que quiere; luego, pondera las situaciones, se deja aconsejar y, con amplitud de miras y libertad interior, elige qué camino tomar.

No es que no pueda cometer errores, después de todo sigue siendo humano; pero evitará grandes “bandazos”. Desafortunadamente, en todos los ambientes hay quien tiende a liquidar los problemas con bromas  superficiales o a suscitar siempre polémicas. La prudencia, en cambio, es la cualidad de quienes están  llamados a gobernar: saben que administrar es difícil, que hay muchos puntos de vista y que es preciso tratar de armonizarlos, que no se debe hacer el bien de algunos, sino el de todos.  La prudencia enseña también que, como se suele decir, “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”.

Demasiado celo, de hecho, en algunas situaciones, puede provocar desastres: puede arruinar una  construcción que hubiera requerido gradualidad; puede generar conflictos e incomprensiones; puede incluso desatar la violencia.

La persona prudente sabe custodiar la memoria del pasado, no porque tenga miedo al futuro, sino porque sabe que la tradición es un patrimonio de sabiduría. La vida está hecha de una continua  superposición de cosas antiguas y cosas nuevas, y no es bueno pensar siempre que el mundo empieza con  nosotros, que tenemos que afrontar los problemas desde cero. La persona prudente también es previsora. Una vez decidido el objetivo por el que luchar, hay que procurarse todos los medios para alcanzarlo.

Muchos pasajes del Evangelio nos ayudan a educar la prudencia. Por ejemplo: es prudente quien  edifica su casa sobre la roca, e imprudente el que la construye sobre la arena. (cfr. Mt 7,24-27). Sabias  son las vírgenes que llevan consigo el aceite para sus lámparas, y necias son las que no lo hacen (cfr. Mt 25,1-13). La vida cristiana es una combinación de sencillez y astucia. Al preparar a sus discípulos para la  misión, Jesús les recomienda: “Yo los envío como ovejas entre lobos; sean entonces prudentes como las  serpientes y sencillos como las palomas». (Mt 10,16). Es como si dijera que Dios no sólo quiere que  seamos santos, sino que quiere que seamos santos inteligentes, porque sin prudencia ¡equivocarse de camino es cuestión de un momento!»

Fuente Aciprensa

 

NACIDOS POR ABRAZADOS

 

Cada ser humano es el resultado de un acto de amor. El acto de amor más inmediato es el de los padres. Pero este abrazo de la madre y del padre que provoca una nueva vida es la mediación de una voluntad previa, que es voluntad de Amor, la voluntad de Dios, que nos ha querido y nos ha creado tal como somos, porque cada uno de nosotros somos una maravilla a sus ojos. El ser humano ha sido creado por amor y para el amor. Ya desde el principio de la humanidad Dios ofrece su amor al ser humano y busca una respuesta de amor. El problema que ocurrió en los inicios y que, desgraciadamente puede seguir ocurriendo hoy, es que el ser humano no responda al amor creador con amor, y busque alejarse e independizarse del amor que le ha dado la vida y le sostiene en ella.

Prescindiendo de consideraciones religiosas y quedándome solo con consideraciones antropológicas es posible llegar al mismo resultado. El hijo se asoma al mundo tras un abrazo de varios meses de la madre, un abrazo tan íntimo, tan profundo y tan unitivo, que hace que pueda hablarse de dualidad en la unidad. El hijo no sólo no puede rechazar este abrazo, sino que lo desea con toda vehemencia, porque sabe que ahí está su vida. Si la madre lo rechaza, entonces el otro sujeto del abrazo se pierde para siempre. Tal es la importancia del abrazo para la vida: hemos comenzado a existir rodeados de amor y por causa del amor. Este abrazo hace plausible la hipótesis de que el sello puesto sobre la existencia humana sea el del amor.

El abrazo es una manifestación de afecto entre personas, una manifestación que une los cuerpos de los que se aman. Pues bien, el embarazo es un abrazo de una intensidad tan grande que nunca más podrá experimentar el hombre. Como muy bien dice Carlo Casini, “cada uno ha nacido porque ha sido abrazado durante muchos meses por una mujer”. Desde este punto de vista, el ser y el amor coinciden. Esto nos hace pensar en lo que dice la primera carta de Juan: el Dios Creador es Amor (1 Jn 4,8). En esta misma carta se dice: “hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quién no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14). Podríamos parafrasear: hemos entrado en la vida porque nos han amado. Y sólo podemos vivir si amamos. Sin amor hay muerte.

Lo que hace posible el inicio de toda vida, hace también posible su continuación. ¿Qué son las guerras, que destruyen y matan sino actos de no amor? ¿Qué son las discusiones entre las personas y las familias, que destruyen, separan y matan, sino actos de no amor? ¿Por qué hay niños a los que se impide nacer, pobres a quiénes se hace difícil vivir, hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad, personas que huyen del miedo, de la violencia, de la miseria y a las que se impide la entrada en nuestros ricos países, países en los que sólo importa el dinero, y cuando importa la política también es porque importa el dinero?

Blog Nihil Obstat. Martín Gelabert

NOTICIAS DEL MOVIMIENTO: RETIRO DE CUARESMA EN SEVILLA

El día  15 de marzo, celebramos el Retiro de Cuaresma en la Parroquia de Santa Cruz de Sevilla.

Empezamos con una charla de Doña Yolanda Fernández Bernabé, Psicóloga y Catequista de la Parroquia de Nuestra Señora de la Salud, disertando cobre la necesidad de vivir la Cuaresma con verdadera FE y recordando en todo momento a Jesucristo en su Pasión que sufrió y aceptó por la salvación de nuestras almas. En todo momento recordó a todos los mayores asistentes, la influencia que debemos tener sobre los jóvenes, especialmente de nuestros nietos, sobrinos, etc., y recordarles que la Semana de Pasión, no es solamente diversión y cofradías. Su intervención fue muy aplaudida por su claridad.

            A continuación celebramos la Eucaristía, presidida por el Consiliario de nuestra Diócesis Don Manuel Martínez Alaminos y concelebrada por los Sacerdotes Don Manuel Mateo Fraile, Canónigo de la Santa Iglesia Catedral y Párroco Emérito de la Parroquia de Santa María la Blanca. Don Juan José González González, Párroco de la Parroquia de San Gonzalo y Don Enrique Barrera Delgado, Párroco de Nuestra Señora del Mar de Los Bermejales.

            En la homilía Don Manuel Martínez, acentuó la importancia de poder tener a nuestro movimiento de Vida Ascendente y poder disfrutar de todas las actividades.

            Asimismo Don Manuel Mateo, recordó a nuestra querida hermana TRINI, que hace un mes la llamó Jesús a su vera a los 103 años de edad.

            Afortunadamente cada día los eventos que realizamos se ven más concurridos, como en esta ocasión que fue realmente un éxito.

            Al final hubo una pequeña convivencia con los sacerdotes celebrantes y pidiendo a Dios que cada vez sea mayor la asistencia de nuestros grupos de Vida Ascendente.

            Por último agradecer a Don Eduardo Martín Clemens, Párroco de la Parroquia de Santa Cruz, el poner a nuestra disposición la parroquia para los distintos actos que en ella celebramos.

Sevilla, 16 de marzo 2024.

Manuel Montero

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN DIMAS

Sólo poseemos noticias ciertas acerca de su muerte y de su solemne canonización -por parte del mismo Jesucristo-, no repetida en la historia de la Santidad.

“Y con Él crucificaron dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda de Él. Y fue cumplida la Escritura que dice: Y fue contado entre los inicuos. Uno de los malhechores le insultaba diciendo: ¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a Ti mismo y a nosotros. Mas el otro, respondiendo, le reconvenía diciendo: ¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros, la verdad, lo estamos justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos; mas Éste nada ha hecho; y decía a Jesús Acuérdate de mí cuando vinieres en la gloria de tu realeza. Díjole: En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Marcos 17, 27s. y Lucas 23, 39-43)

Como hemos indicado al principio, nada más sabemos de San Dimas con certeza histórica, pues son unas actas, aunque muy antiguas, apócrifas las que iniciaron la leyenda sobre el mismo, que todos hemos oído relatar alguna vez.

La Sagrada Familia, según nos narra la Biblia, se vio obligada a huir a Egipto, debido al peligro que corría la vida de Jesús, por la persecución de los niños menores de dos años que Herodes el Grande había decretado.

En cierta ocasión en que los soldados del rey -y empieza aquí la narración apócrifa- estaban sobre la pista de la Familia Santa, y cuando ya les andaban muy cerca, José y María encontraron una casa en la que fácilmente se podrían esconder, si les dejaban entrar.

Esta casa era la que habitaba Dimas con los suyos. José les pide que los escondan, pues los soldados del rey con sus caballos, mucho más veloces que el sencillo borrico que montan, ya casi les dan alcance. Pero los habitantes de aquella casa se niegan a ello.

En este momento sale el joven Dimas, que seguramente por su carácter y decisión gozaba entre sus camaradas de gran autoridad, y dispone que se queden y les esconde en un lugar tan oculto que la policía romana no consigue descubrirlos, ni puede detenerlos. Jesús promete a Dimas, agradecido, que su acto no quedará sin recompensa, y le anuncia que volverán a verse en otra ocasión y aún en peores condiciones, y entonces será Él, Cristo, quien ayudará a su benigno protector.

De este modo terminan su narración las actas apócrifas. Explicación suficiente, sin embargo, para observar en ella una diferencia total entre las leyendas atribuidas a Jesús, y la sobriedad evangélica, aun en los momentos más sublimes en que para confirmar su doctrina, Jesucristo obra algunos de sus milagros. Por esta razón nos ceñiremos a continuación al relato evangélico, Palabra Viva, que nos conduce a importantes enseñanzas.

¿A qué fue debida la conversión de Dimas, un ladrón, un malhechor, que seguramente en toda su vida no había visto a Jesús, aunque hubiera oído hablar de Él, como de alguien grande, misteriosamente poderoso y enigmático para muchos?

Porque en la cruz, Dimas se nos presenta ya convertido, como creyente en la divinidad de Cristo: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio?».

Un autor moderno atribuye la conversión de Dimas a la mirada de Jesucristo, la mirada clara de Cristo; en su cara abofeteada, escupida y demacrada, la mirada que había obrado tantos prodigios y que convertía al que se adentraba en ella con corazón limpio, en seguidor y discípulo…

Y el corazón de Dimas debía ser limpio, a pesar de todos sus delitos. Inclinado al robo quizá por circunstancias externas, circunstancias tal vez de tipo social, había sabido conservar, empero, cierto cariño a los que le rodeaban, y un respeto sincero a sus padres y a las vidas de los demás.

Y Dios, por la Sangre de su Hijo que estaba a punto de derramarse, le premiaba lo bueno que había hecho y le perdonaba lo malo. Y en su Amor insondable -Dios es Amor- le había concedido las gracias suficientes y necesarias para aquel acto profundo de fe.

Y a continuación el gran acto de sometimiento a la Voluntad de Dios y a la justicia de los hombres: «Nosotros, la verdad, lo estamos justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos»; y después, en aquellos momentos solemnes, alrededor de los cuales gira toda la Historia, quiera el hombre reconocerlo o no, la petición confiada, anhelante a su Dios, que por él, con él y también por nosotros moría en una cruz: «Acuérdate de mí, cuando vinieres en la gloria de tu realeza».

Y de labios del mismo Cristo oye Dimas las palabras santificadoras: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

He aquí un Santo original: hasta poco antes de morir, un ladrón, un malhechor, de familia seguramente innoble, sin ningún milagro en su haber, que puede ser, para nosotros, un magnífico tema de profunda meditación.

    Fuente: http://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=458

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO: «LAS VIRTUDES, REFLEJO DE DIOS EN UN MUNDO QUE DISTORSIONA SU IMAGEN»

Tras ocho catequesis dedicadas a los vicios, Francisco introduce la reflexión sobre esa «bondad que procede de una lenta maduración de la persona, hasta convertirse en su característica interior»: las virtudes.

Se trata de una reflexión introductoria sobre las virtudes, tras ocho catequesis dedicadas a los vicios, que desarrolló el Papa Francisco en la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro. Todavía refriado, el Pontífice confió la lectura a un colaborador de la Secretaría de Estado, el padre Pierluigi Giroli. En el texto, el Papa invita a «volver la mirada» a lo que se opone a «la experiencia del mal» y explica que si «el corazón humano puede complacer las malas pasiones» y hacer caso a las tentaciones, «también puede oponerse a todo esto», porque «el ser humano está hecho para el bien», por lo que puede realizarlo y «ejercitarse en este arte», haciendo que ciertas disposiciones se vuelvan permanentes, estables y firmes en definitiva. Los filósofos romanos hablaban de virtus, recuerda Francisco, señalando que virtuoso es una persona «fuerte, valiente, capaz de disciplina y ascesis» y que, por tanto, el ejercicio de la virtud «requiere esfuerzo e incluso sufrimiento». Los griegos, por su parte, utilizaban el término aretè para indicar «algo que sobresale», «emerge» y «suscita admiración», lo que lleva a concluir que virtuoso es aquel individuo que es «fiel a su vocación» y que «se realiza plenamente».

Redescubrir las virtudes

Virtuosos son entonces los santos, «aquellos que llegan a ser plenamente ellos mismos, que realizan la vocación propia de todo hombre», subrayó el Papa, aclarando que no deben considerarse «excepciones de la humanidad: una especie de pequeño círculo de campeones que viven más allá de los límites de nuestra especie». Y si hoy «la justicia, el respeto, la benevolencia recíproca, la amplitud de miras» y «la esperanza» son «una rara anomalía», es necesario, en cambio, practicar las virtudes y tener presente que Dios nos creó a su imagen.

“El capítulo de la acción virtuosa, en estos tiempos dramáticos nuestros en los que a menudo nos encontramos con lo peor de lo humano, debería ser redescubierto y practicado por todos. En un mundo deformado, debemos recordar la forma en la que hemos sido moldeados, la imagen de Dios que está impresa para siempre en nosotros”.

Qué es la virtud

«La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien», reza el Catecismo de la Iglesia católica; no es algo «improvisado», añade Francisco, y no puede clasificarse entre los actos buenos, de los que incluso los delincuentes pueden ser capaces «en un momento de lucidez», que «están escritos en el ‘libro de Dios'». Por el contrario, «es un bien que surge de una lenta maduración de la persona, hasta convertirse en su característica interior».

“La virtud es un hábito de libertad. Si somos libres en cada acto, y cada vez estamos llamados a elegir entre el bien y el mal, la virtud es lo que nos permite tener un hábito hacia la elección correcta”.

Dios completa las buenas obras que esboza el hombre

Pero, ¿cómo alcanzar la virtud? El cristiano puede beneficiarse ante todo de la ayuda de la gracia de Dios, dice el Papa, de hecho, en los bautizados «actúa el Espíritu Santo, que obra en nuestra alma para conducirla a una vida virtuosa». Y así, incluso quienes se han visto «incapaces de superar» ciertas debilidades han «experimentado que Dios ha completado» la obra de bondad que han esbozado, porque «la gracia precede siempre a nuestro compromiso moral», señala Francisco.

Sabiduría y buena voluntad

Por último, son necesarios dos elementos para que la virtud crezca y se cultive. En primer lugar, es necesario pedir, entre los dones del Espíritu, el de la sabiduría, indica el Papa. El hombre «no es territorio libre para la conquista de los placeres, de las emociones, de los instintos, de las pasiones», incapaz de hacer frente a «estas fuerzas, a veces caóticas, que lo habitan», la sabiduría le permite «aprender de los errores para dirigir bien la vida». Y luego hace falta buena voluntad, concluye Francisco, es decir, «la capacidad de elegir el bien, de moldearnos mediante el ejercicio ascético, rehuyendo los excesos».

Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano para Vatican News

CUADERNOS DE ORACIÓN: ORAR HOY

El Jubileo Ordinario del 2025 está ya a la puerta. ¿Cómo prepararse a este evento tan importante para la vida de la Iglesia si no a través de la oración? El año 2023 estuvo destinado al redescubrimiento de las enseñanzas conciliares, contenidas sobre todo en las cuatro constituciones del Vaticano II. Es un modo para mantener viva la encomienda que los Padres reunidos en el Concilio han querido poner en nuestras manos, para que, a través de su puesta en práctica, la Iglesia pudiera rejuvenecer su propio rostro y anunciar con un lenguaje adecuado la belleza de la fe a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Ahora es el momento de preparar el año 2024, que está dedicado íntegramente a la oración. En efecto, en nuestro tiempo se revela cada vez con más fuerza la necesidad de una verdadera espiritualidad, capaz de responder a las grandes interrogantes que cada día se presentan en nuestra vida, provocadas también por un escenario mundial ciertamente no sereno. La crisis ecológica-económica-social agravada por la reciente pandemia; las guerras, especialmente la de Ucrania, que siembran muerte, destrucción y pobreza; la cultura de la indiferencia y del descarte, tiende a sofocar las aspiraciones de paz y solidaridad y a marginar a Dios de la vida personal y social… Estos fenómenos contribuyen a generar un clima adverso, que impide a tanta gente vivir con alegría y serenidad. Por eso, necesitamos que nuestra oración se eleve con mayor insistencia al Padre, para que escuche la voz de cuantos se dirigen a Él con la confianza de ser atendidos.

Papa Francisco

El primer apunte sobre la oración se titula Orar hoy, un desafío a superar y recoge el testimonio de algunos grandes maestros de la oración que nos pueden servir de ayuda y ejemplo. Son Teresa de Lisieux, Francisco de Asís y Teresa de Calcuta. En su lectura conocerás el testimonio de personas de todo tipo y condición a quienes la oración les ha cambiado la vida.

Orar hoy, un desafío a superar

El escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn narraba, casi en primera persona, Un día en la vida de Iván Denisóvich. Nos da a conocer una de las 3 653 jornadas que Iván Denisóvich transcurrió en el campo de concentración, resaltando que para el pobre prisionero se trataba de un «precioso día, casi feliz».

Los trabajos forzados, el ser contado y vuelto a contar como si fuera ganado, llevan a la aniquilación espiritual del hombre, a la descomposición de su sentido moral volviéndolo malo, cruel, despiadado y egoísta hasta el punto de que «el peor enemigo del pri sionero es él mismo». Una pequeña llama brilla y da esperanza: es la fe de quien es prisionero por haberla custodiado, defendido y propagado; la fe del joven Aljoska, el cual «mira el sol y se alegra» y «tiene la sonrisa en los labios» a pesar de todo.

Él ha conseguido llevar consigo a ese infierno el libro del Nuevo Testamento: los evangelios y las epístolas de los apóstoles. Hasta ahora ha podido salvarlo de las continuas redadas y es feliz. Cada noche, a la tenue luz de la lámpara que se queda encendida en el frío barracón, lee y reza. Iván lo escucha, ya que su cama está justo encima de la suya.

La maldad es el verdadero mal del hombre: liberarse de ella es sin duda obra suya; pero le es imposible sin la ayuda de Dios: este es el gran motivo de la necesidad de la oración del hombre. Y donde quiera que estemos hemos de hacer nuestra la oración de Iván: «Señor, ¡quítanos del corazón la espuma de la maldad!»

  1. Sta. Teresa de Lisieux

Santa Teresa de Lisieux (1873-1897) expresó bien el secreto de la fecundidad de la oración que hoy muchos ya no entienden. La oración es la palanca que apoyada en Dios es capaz de mover el mundo. Esa oración inflama con un fuego de amor a los santos. Teresa nos confía una verdad de un valor incalculable: ¡los verdaderos «apóstoles» son los santos! Y, ante todo, ¡son apóstoles porque rezan!

Para tener santos, necesitamos personas de una auténtica oración; y la auténtica oración es la que inflama con un fuego de amor: solo así es posible levantar el mundo y acercarlo al corazón de Dios. Ella había tenido su primera experiencia de la eficacia de la oración cuando, con catorce años, pidió la conversión de un hombre que había sido condenado a muerte por un triple asesinato. Cuando se enteró de la noticia de la condena a muerte de Enrico Pranzini comenzó una oración ferviente, involucrando a su hermana Celina en la misma tarea. Al día siguiente de la ejecución, leyó que el reo cuando estaba a punto de meter su cabeza en el lúgubre agujero, sobrecogido por una inspiración repentina, dio media vuelta, cogió un Crucifijo que le presentaba el sacerdote, ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas!

Si creyéramos en la eficacia de la oración, nos pasaríamos mucho tiempo de rodillas. ¡Y el mundo cambiaría de dirección!

El hombre no puede realizarse sin oración, decía David Maria Turoldo (1916-1992): “Yo creo que el hombre no puede realizarse sin el silencio ni la oración. Lo que más falta en este tiempo nuestro, en esta civilización, es el espíritu de oración. Esta sería la verdadera revolución: ¿el mundo no reza? Yo rezo. ¿El mundo no guarda si- lencio? Yo guardo silencio. Y me pongo a la escucha. ¡Sí, es necesario volver a orar! Solo la oración deja espacio a Dios en nuestra vida y en la historia del mundo: y con Dios todo es posible.

Teresa de Calcuta también decía que sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres. Preguntó a un sacerdote joven, cuántas horas rezaba y cuando le contestó, le dijo: «¡No es suficiente! ¡La relación con Jesús es una relación de amor! Y en el amor uno no puede limitarse al deber. Haces bien en celebrar la misa cada día y en rezar el rosario y el breviario: ¡es tu deber! Pero tienes que añadir un poco de tiempo de adoración delante de la Eucaristía, ¡en un tú a tú con Jesús!». Y añadió: ¡sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres!».

  1. Señor, ¡Enséñanos a orar!

No se puede vivir sin oración. En la Biblia se afirma claramente la necesidad de la oración, ¡de la verdadera oración! De hecho, el mismo Jesús rezaba. Este argumento basta para estar a favor de la oración porque para todo discípulo, el comportamiento de Jesús es una norma absoluta de vida. ¡De hecho, Jesús es el Maestro! Y en él se ve que la oración ha sido literalmente el centro de la vida de Jesús: la oración era su respiración, su horizonte de referencia, la fuente de sus acciones y de sus palabras.

El evangelista Marcos anota: «Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar» (Mc 1,35). Debía de ser un gesto tan habitual de Jesús que se quedó profundamente impreso en la memoria de los apóstoles: estos, después de la Ascensión, no podían acordarse de su Maestro y Señor sin recordar al mismo tiempo su oración.

San Lucas, un escritor capaz casi de pintar los gestos de la vida de Jesús, subraya un aspecto de gran importancia: Jesús, antes de tomar la decisión de llamar a los apóstoles, ¡pasó una noche entera en oración! El evangelista relata este hecho porque es una extraordinaria lección de vida: «En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles» (Lc 6,12-13).

¿No tendría que hacer lo mismo cada discípulo? ¿No debería el discípulo tener sus ojos mirando siempre al Maestro para entender cada latido, cada matiz, cada pos- tura en su vida? ¿Cuánto se ha dirigido nuestra mirada al Señor en el día de hoy? ¿Cuánto inspira su vida la nuestra?

¡No se pueden eludir estas preguntas, si queremos que Jesús sea nuestro Maestro y nosotros seamos sus discípulos!

La oración de Jesús tenía que ser al mismo tiempo transparente y misteriosa: era una santa oración en la que se veía algo hermoso, pero al mismo tiempo seguía siendo un misterio profundo. La petición de los apóstoles fue espontánea: «Jesús, haznos entrar en este hermoso misterio que se ve en tus ojos y en tu rostro. Jesús, ¡enséñanos a orar!».

Los pasos del hombre hacia la oración están marcados por estas frases de la Escritura:

«Señor, dame a conocer cuál es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy» (Sal 39,5)

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador!» (Lc 18,13)

Y la respuesta de Dios se ve también en la Escritura

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3,16)

«Padre, les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos» (Jn 17,26)

La oración cristiana desemboca en este océano: ¡en el mismo amor de Dios! No existe oración cristiana si no se crea un contacto entre nuestra pobreza y la riqueza infinita de la caridad de Dios. Pero cuando la oración es verdadera, un río de amor entra en nuestro corazón y nos llenamos del Espíritu Santo: ¡nos llenamos del amor de Dios!

  1. San Francisco de Asís

Para Francisco, nacido en 1182 en Asís, fue crucial el encuentro con Jesús crucificado en la iglesia de San Damiano, ocurrido en el otoño del año 1205, cuando tenía 23 años. Fue un encuentro con Jesús que, por primera vez, le habló al corazón y entró en su corazón y lo interpeló personalmente.

En la vida de tantos cristianos, sacerdotes, religiosas y teólogos suele faltar precisamente estos encuentros con Jesús vivo y, entonces, la vida cristiana se reduce a una costumbre aburrida. Dios está lejos y casi es insignificante: falta el clic del entusiasmo y la implicación del corazón y, por tanto, de la vida.

Pero el encuentro decisivo de Francisco con Jesús es preparado por una crisis de seguridades: muy pronto, Francisco comprende que el dinero no es la seguridad sobre la que construir la vida; luego entiende lentamente que la diversión ni el poder ni el éxito ni la gloria mundana son las seguridades sobre las cuales poder construir la vida. Los lugares llamados “de placer”; ¡son lo más miserable y triste que se puede encontrar en el mundo!

Francisco prefería la humildad a los honores y Dios —que ama a los humildes— lo juzgaba digno de los puestos más encumbrados porque el verdadero humilde será enaltecido a una gloria sublime, de la que es arrojado el soberbio. A menudo, nosotros solo hacemos actos aparentes de humildad, pero nuestro corazón sigue habitado por el orgullo.

Para Francisco, la formidable decisión de no adorarse más a sí mismo, prepara el salto hacia los brazos de Dios. Que quede bien claro algo: si el yo está en el centro, Dios siempre se quedará en la periferia. No lo olvidemos. Y cuando Dios está en la periferia, ¡tampoco es posible la fraternidad!

A este respecto podemos concluir: ¿cuál es el mensaje que deja Francisco a todos los cristianos y a todos los hombres? Es sencillo y, al mismo tiempo, formidable: Francisco nos invita a tomarnos en serio el Evangelio, a tomarnos en serio a Jesús, a tomarnos en serio el camino recorrido por Jesús porque el amor asemeja: ¡el amor genera la imitación!

¡San Francisco nos recuerda que el Evangelio se puede vivir! Ahora viene la pregunta: ¿queremos de verdad al Señor? ¿Es el Señor realmente nuestro bien y nuestro sumo bien? No respondamos con precipitación: El problema se encuentra aquí. Que la misericordia de Dios nos conceda dar el salto hacia Dios, hacia el amor de Dios, del mismo modo que hizo Francisco. Ahora nos toca a nosotros.

Nos toca a nosotros dar una respuesta de amor al infinito amor que está ante nosotros, clavado en el terreno de nuestra vida con la Cruz de Jesús crucificado por amor nuestro. La pequeña iglesia de San Damiano está dentro de cada uno de nosotros: allí Jesús nos llama por nuestro nombre y espera nuestra respuesta. Y solo podemos oír la voz de Jesús si oramos, orando de verdad, orando con humildad.

  1. Madre Teresa de Calcuta

Un periodista inglés, Malcolm Muggeridge, fue a la India para hacer una película sobre la labor de las Misioneras de la Caridad. Cuando entró en el lugar en el que cuidaban a los moribundos que recogían en la calle se asombró de la fortaleza de las religiosas y preguntó a Madre Teresa: “¿Dónde encuentran la fuerza para amar? ¿Dónde encuentran la fuerza para sonreír… aquí?». Madre Teresa fue extremadamente sincera y desafió al periodista diciéndole: «Venga mañana a las seis de la mañana a la puerta de nuestro pequeño convento. Entenderá dónde encontramos la fuerza para amar y sonreír».

Al día siguiente, puntual como auténtico inglés que era, Malcolm estaba delante de la puerta del pequeño convento. Madre Teresa, también puntual, lo recibió y lo llevó a la paupérrima capilla, sin bancos para sentarse, donde un grupo de hermanas con el sari de las mujeres que no cuentan para nada en la India, estaba recogida en oración y esperaba la celebración de la santa misa. Malcolm Muggeridge participó en silencio y todo le parecía sencillo, humilde e incluso un poco misterioso y aburrido. Se preguntaba: «¿Qué hacen estas religiosas? ¿Con quién hablan? ¿Qué reciben en esa pequeña hostia? ¿Acaso es posible que todo el secreto se encuentre aquí?». Una vez terminada la santa Misa, mientras Madre Teresa estaba yendo con paso rápido hacia sus pobres, dijo al periodista: «¿Ha visto? Todo el secreto está aquí. Es Jesús que nos pone en nuestro corazón su amor y nosotras vamos sencillamente a entregarlo a los pobres que nos encontramos en nuestro camino».

En su discurso ante las Naciones Unidas señaló: «Yo soy solo una pobre monja que reza. Rezando, Jesús me llena el corazón de su amor y yo voy a donárselo a los pobres que encuentro en mi camino». Hizo un momento de silencio, que pareció una eternidad. Luego añadió: «¡Recen también ustedes! Recen y se darán cuenta de los pobres que tienen al lado. Quizá muy cerca de sus casas. Quizá incluso en sus casas existe quien espera su amor. Recen y los ojos se abrirán y el corazón se llenará de amor».

Sigamos su ejemplo: que este año dedicado a la oración despierte en cada uno de nosotros la humildad que nos hace caer de rodillas y que salga del corazón una verdadera oración.

EL PRIMER INDICIO GERMINAL DEL TRIDUO SACRO Y LA ALUSIÓN IMPLÍCITA A LA RESURRECCIÓN

Alcanzamos los días más trascendentes del Año Litúrgico, los que sin lugar a dudas, nos reportan a la evocación del Misterio Pascual de la bienaventurada Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por este Misterio, valga la redundancia, como literalmente nos sugiere el Prefacio Pascual, “con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida”.

Luego, estos días cargados de intenso aroma del azahar, son considerados justamente el punto culminante de todo el año consagrado a conmemorar y vivificar la obra de la redención de los hombres y de la glorificación de Dios. La distinción que el Domingo adquiere en la Semana Santa, igualmente la obtiene el Santo Triduo Pascual. Si bien, al exponer la praxis sobre la Liturgia del Triduo Pascual, irremediablemente hay que hacer mención el puesto central que ostenta la celebración de los acontecimientos de la vida histórica de Jesús.

Entonces se hace referencia a la travesía de la antigua Pascua a la nueva, prestando atención a algunos de los testimonios, los más remotos acerca de la celebración en los primeros siglos de la era cristiana, que nos encaminan a la semblanza del Triduo Pascual y de la que por antonomasia, se sabe con convencimiento que existe un día que alcanza la rúbrica de celebración anual de la Pascua del Señor. Inicialmente, hay que comenzar exponiendo que el ayuno anual que finalizaba el día de Pascua, es el primero de los destellos originarios de lo que desde el siglo IV (301-400 d. C.) aparece como un Triduo dado a conmemorar el paso de Cristo de este mundo al Padre.

Ciertamente, se desconoce con certeza cuánto se alargaba dicho ayuno en el siglo II (101-200 d. C.), cuando se produjo la controversia entre las comunidades judeocristianas y las occidentales. En el siglo III (201-300 d. C.) la Tradición Apostólica de Hipólito de Roma alude el ayuno del Viernes y Sábado Santo que concluye con la celebración eucarística de la Vigilia Pascual. Otras evidencias como la Didascalia de los Apóstoles que nos ofrece la silueta de la vida eclesial de aquel momento, ensancha el ayuno a la totalidad de la semana, pero confiriendo un peso específico a los tres últimos días.

Posteriormente, el florecimiento de la celebración anual de la Pascua se ocasiona a partir de la Vigilia Pascual. Gracias a la Tradición Apostólica y Tertuliano descubrimos que en la Vigilia se concedía el Rito del Bautismo antes de surcar al banquete eucarístico. Toda vez, que la práctica probablemente sea más antigua.

Por aquel entonces, la Vigilia Pascual englobaba varias lecturas y es de sospechar que entre ellas se refiriesen los relatos de la creación, el sacrificio de Abrahán y el paso del mar Rojo por los israelitas, ya que estos pasajes del Antiguo Testamento se encuentran presentes en las series que han llegado hasta nuestros días provenientes de los sistemas de lecturas de las liturgias más primitivas.

Asimismo, es factible que la mención de Jesús a los tres días en que Jonás estuvo en el vientre del pez, además del indicativo de que el templo destruido sería levantado al tercer día, ayudaran a conformar la celebración del Triduo Pascual. Pero da la sensación de que se terciara aún más el anhelo de dedicar continuamente los instantes del Misterio Pascual practicando la descripción evangélica. Sin ir más lejos, San Agustín en el Norte de África y San Ambrosio en Milán, concuerdan al sacar a relucir “el sagrado triduo de Cristo crucificado, sepultado y resucitado”. Con lo cual, no ha de sorprender que en Palestina, adonde comparece la peregrina Egeria, los cristianos visitasen los lugares distinguidos por la tradición como los que acontecieron en los sucesos de la vida pública de Jesús, tratando de rememorar las palabras del Salvador.

En este interés por representar la historia estableciendo un cimiento psicosociológico más objetivo, se encuentra el principio de la inmensa mayoría de las fiestas del Año Litúrgico. La Liturgia de Jerusalén concretó un protagonismo absoluto en la disposición de las celebraciones del Triduo Pascual. Así, algunos de los capítulos del diario de viaje de Egeria, puntualizan escrupulosamente las ceremonias realizadas durante los tres días de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

La comunidad con su obispo a la cabeza, caminaba por los principales parajes donde se desenvolvieron las vicisitudes evangélicas: la Basílica del Martirio, construida junto al lugar de la cruz; la Anástasis, que comprendía el Santo Sepulcro; la gruta Eleona, donde Jesús instruía a los Apóstoles en el monte de los Olivos, etc. Curiosamente, el cenáculo llamado Sión, no se cita hasta el Domingo de Resurrección por la tarde, cuando se menciona la aparición de Jesús a los discípulos congregados.

Por lo demás, las celebraciones consistían básicamente en las lecturas y la recitación de salmos, de los que Egeria describe puntualmente el Viernes Santo con la Adoración de la Cruz y la proclamación solemne de la pasión; mientras que en la Vigilia Pascual se administra el bautismo y el obispo preside la eucaristía.

De manera, que paulatinamente las liturgias occidentales siguen la riqueza de las celebraciones de Jerusalén. Fijémonos que tanto la Adoración de la Cruz, como el énfasis de la pasión, el lavatorio de los pies o la procesión de los ramos que surge terciados el siglo V (401-500 d. C.), son repetidos por las Iglesias. Ya a lo largo de la Edad Media (siglos V y XV) se encajan algunos ritos de los que es complejo establecer su umbral exacto. Me refiero a la bendición del cirio pascual y el fuego, la entronización de la cruz con la aclamación “Mirad el árbol de la cruz”, o el traslado de la reserva eucarística, entre otros. De tal forma, que el Triduo Pascual de la Liturgia Romana queda dispuesto acompañando el anticipo de la hora de la Vigilia Pascual que se había adelantado a la hora sexta (12:00 horas o mediodía).

Otro tanto resultó con las solemnidades del Jueves y Viernes Santo que llegaron a realizarse por la mañana.

Cuando en 1951 el Papa Pío XII (1876-1958) emprende la reforma de la Semana Santa por la Vigilia Pascual, el primer matiz reside en hacerla retornar a su hora natural nocturna. Esta particularidad acontece en 1956 con relación a la misa vespertina de la cena del Señor y de la acción litúrgica de la pasión del Jueves y Viernes Santo, respectivamente. La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II (11/X/1962-8/XII/1965) es igualmente manifiesta en esta materia.

Con estos antecedentes preliminares, los preceptos universales sobre el Año Litúrgico son clarividentes al marcar el período en que se inaugura el Triduo Pascual. Expresamente rotulan la misa vespertina de la cena del Señor. De este modo, se acoge un remedio de equilibrio entre la tradición litúrgica que únicamente reconoce como días del Triduo Pascual al Viernes y Sábado Santo y el Domingo de Pascua, más la apreciación popular que satisface el Jueves Santo.

“Jesús nos ha rescatado y resucitado de nuestras muertes ontológicas, marchando junto a nosotros y haciendo posible que vivamos reproduciendo la impronta de la no resistencia al mal”

Es por ello, que el pueblo llano y la piedad no litúrgica hacían referencia no explícitamente al Triduo Pascual, sino al Triduo Sacro, comprendiendo bajo este último apelativo los días pertenecientes al Jueves, Viernes y Sábado Santos. Amén, que el Domingo de Resurrección concierne de la misma manera al triduo “en el que Cristo padece, reposa en el sepulcro y resucita”.

Por ende, de acuerdo con las fórmulas vigentes de la Liturgia, el Jueves Santo se introduce en el Triduo Pascual desde el atardecer, momento en que ha de oficiarse la misa vespertina de la cena del Señor. Hasta ese instante, este día atañe aún al Tiempo de Cuaresma.

Para ser más preciso en lo fundamentado, el Jueves Santo sigue la Feria VI de la Pasión del Señor, denominación litúrgica del Viernes Santo. Y según una tradición antiquísima, la Iglesia no celebra la eucaristía en este día ni en el siguiente.

Tan solo desde el siglo VII (601-700 d. C.) se distribuye la comunión, reproduciéndose una costumbre de la liturgia bizantina de proporcionar el pan eucarístico los Viernes y otros días en los que no se celebraba la eucaristía. Y como consecuencia de lo anterior, cabría preguntarse: ¿por qué no se celebra la Santa Misa en el día en que la Iglesia recapitula la pasión y muerte del Señor? La respuesta puede parecer sencilla, pero no lo suficientemente descifrable para quien no ha discernido en las leyes de la liturgia.

Primero, se constata la tradición remotísima y unísona de las liturgias que sólo han celebrado la eucaristía en la noche santa de la Pascua y, segundo, el propósito de la liturgia de celebrar el Misterio Pascual no como una conmemoración histórica, sino más bien como un memorial sacramental y no incompleto, sino en su integridad.

En la antigüedad el Sábado Santo es igualmente un día alitúrgico, llamémosle de silencio, meditación y ayuno, hasta que llegada la noche se da comienzo a la Vigilia Pascual, momento culminante del Triduo. Como dice literalmente San Agustín, “la Vigilia Pascual, la noche santa de la resurrección del Señor, es tenida como la madre de todas las santas vigilias”, y en ella la Iglesia aguarda esperando la resurrección del Señor y la rememora en los sacramentos. Por consiguiente, esta solemnidad se realiza de noche y acaba antes de la irrupción del alba del Domingo.

La Vigilia Pascual forma parte del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor y la Iglesia llama a los fieles para una doble ceremonia eucarística: la que se plasma en el trazado de la vela nocturna y la del día propiamente. El Domingo de Pascua, tercer día del Triduo Pascual, estrena un tiempo de regocijo y fiesta que perdura durante cincuenta días: ‘la cincuentena pascual’. Los primeros ocho días de este lapso que componen la Octava de Pascua, hacen con el Domingo de Resurrección, un único e idéntico día y se dedican como solemnidad del Señor. Llegados hasta aquí, primero, la misa vespertina de la cena del Señor definida en el Jueves Santo, ostenta el carácter de preludio en el Triduo Pascual y de acceso en la reminiscencia anual de la Pascua.

El indicativo del Misal subraya la trascendencia de esta celebración eucarística y pascual, trayéndonos a la memoria que están excluidas las misas sin asamblea, para que la comunidad de fieles con sus sacerdotes y ministros concurran plenamente en la eucaristía vespertina.

En caso de algún requerimiento, el ordinario del lugar puede optar por la celebración de otra misa para los fieles que de alguna manera estén imposibilitados para tomar parte en la principal. La Liturgia de las Horas excluye las Vísperas de este día para los que participan de la misa de la cena del Señor.

A resultas de todo ello, el sello eclesial, eucarístico y sacerdotal, no menos que el pascual, han sido fortalecidos. Asimismo, las lecturas reviven la seña fundamental de Jesús que al establecer la eucaristía, se entrega a la muerte para la salvación de los hombres. Con su entrega, el Señor ha llevado a término el protocolo de la vieja Pascua judía iniciada por Moisés, dedicando su cuerpo en lugar del cordero, y su sangre para sellar la nueva y definitiva alianza.

Pero la acción de Jesús contiene la prueba del amor infinito del que da la vida por los demás. “Los amó hasta el extremo”, refiere el evangelio antes de relatar la enseñanza de humildad y servicio que Jesús quiso fusionar a su memorial: el lavatorio de los pies a los discípulos. La Iglesia, con ello, es sabedora del mandato expreso del Señor de preservar su memoria actualizando la oblación sacrificial en la eucaristía.

El conocimiento y la razón de ser de estar cumpliendo el mandato de conservar el sacrificio de la eterna alianza, hace recitar textualmente al sacerdote en el instante mismo de la Plegaria Eucarística: “Acepta, Señor, tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que te presentamos en el día mismo en que nuestro Señor Jesucristo encomendó a sus discípulos la celebración de los misterios de su cuerpo y de su sangre… El cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tomó pan…”.

La otra expresión de Jesús que posee un valor no sacramental, sino de testimonio, “os he dado ejemplo…”, puede ser evocado de modo ilustrativo mediante el rito denominado mandato. Es decir, el lavatorio de los pies mientras se entona la antífona.

A continuación, la Santa Misa finaliza con el traslado solemne del Santísimo Sacramento al lugar de la reserva para la comunión del día siguiente: es el momento de la adoración eucarística. El Misal recomienda a los feligreses a que ofrezcan algún tiempo de la noche a la adoración, según las situaciones y particularidades de cada lugar, sugiriendo que después de la medianoche termine el culto.

Segundo, el Viernes Santo, no exento de su grandeza, la liturgia es más bien austera y sobria. Y su solemnidad se centraliza en la inmolación del Cordero que quita el pecado y en la señal de su muerte gloriosa: la cruz. Los devotos que recorran este Triduo santo, después de la introducción festiva de la tarde anterior, pueden pasar con Cristo por medio del Misterio de la Pasión, Muerte y Sepultura, al albor de la Resurrección.

Recuérdese que el Oficio de Lectura se inicia con tres Salmos de singular aplicación a Cristo que padece el sufrimiento en la pasión. Primero, reconstruyendo la insidia de los enemigos; segundo, las palabras que Jesús pronunció en la cruz; y, tercero, el retrato de la tragedia del hombre que sufre mientras sus parientes se quedan atrás.

En cambio, el texto bíblico nos presenta a Cristo como pontífice y mediador de la nueva alianza, penetrando en el santuario celeste llevando su sangre redentora. Además, la lectura patrística de San Juan Crisóstomo, muestra la tipología del cordero pascual y explica la escena de la lanzada. Sin inmiscuir, que la Liturgia de las Horas mediante el rezo de los Laudes, hace hincapié en la significación redentora de la Muerte del Señor y en el triunfo de la cruz, aspectos puestos de relieve en el tercer Salmo. La lectura breve de esta hora, lo mismo que las Horas Intermedias, se toma del Cuarto Canto del Siervo de Yahveh.

Las antífonas de la Hora Tercia, Sexta y Nona desmenuzan los diversos momentos de la Pasión, mientras que los salmos tintinean como el recogimiento de Cristo en la cruz ofreciéndose al Padre. Pero el núcleo de la liturgia lo colma la celebración de la Pasión. La acción litúrgica ha de arrancar después del mediodía, hacia las tres de la tarde, a no ser que por motivos pastorales se opte por una hora más tardía.

No ha de obviarse de este contexto, que los ornamentos sagrados son de color rojo, el tono oportuno de los mártires en señal de victoria. De ahí, que el Viernes Santo no es un día de duelo, sino de amorosa contemplación y meditación de la Muerte del Señor, fuente de nuestra salvación.

La estructura de la celebración es escueta y explícita: primero, la Liturgia de la Palabra, a la que le sigue la adoración de la cruz y, por último, la comunión. No hay más rito inicial que la postración y una oración que pide al Señor que se acuerde de su misericordia, “pues Jesucristo instituyó el misterio pascual por medio de su sangre en favor nuestro”. También, una segunda plegaria puede usarse en lugar de la anterior, implorando que podamos alcanzar el fruto de la Pasión de Cristo.

La Liturgia de la Palabra comienza con el Cuarto Canto del Siervo de Yahveh, texto profético destinado a Jesús que “entrega su vida como expiación” y que abraza una extraordinaria exposición de la Pasión del Señor. Y como no podía ser de otra manera, el Salmo tiene como réplica las palabras de Cristo en la cruz que resultan del mismo cántico: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

En la segunda lectura, el Siervo aparece como el Sumo Sacerdote que, ofreciéndose a sí mismo como víctima, “se convirtió en causa de salvación eterna para los que le obedecen”. Finalmente, el Evangelio es la narración tradicional de la Pasión según San Juan. La Liturgia reserva este pasaje previendo la intencionalidad y el punto de partida del Cuarto Evangelio. Para el evangelista San Juan, la cruz es el signo de la revelación suprema del amor de Dios y de la libertad de Jesús.

Por otra parte, la presencia de la Virgen María junto a la cruz y el suceso de la lanzada, adquieren un imponente valor para la Iglesia, personificada en la Madre de Jesús y en los símbolos del agua y la sangre que brotan del costado de Cristo.

“Si verdaderamente Cristo ha resucitado, estamos en condiciones de vivir de una manera nueva, porque nuestra existencia está eximida de las reglas de juego del pecado. Es decir, de tantísimas esclavitudes que, hoy por hoy, nos atenazan”

Tras las lecturas y el sermón, la Liturgia de la Palabra pone su broche con la oración universal de los fieles, un hermoso formulario que se nos dona con algunas modificaciones actuales desde la Liturgia Romana del siglo V. Sin duda, la jerarquía y universalidad de las intenciones resultan sumamente edificantes.

En seguida debería aparecer el rito de la comunión, pero el ejercicio litúrgico del Viernes Santo pretende aglutinar la atención de los fieles no en el sacramento memorial de la Pasión del Señor, sino en la señal de la cruz.

La adoración de la cruz por el pueblo va antecedida de la manifestación a la totalidad de la asamblea: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Además, en el transcurso de la adoración se entona la antífona “Tu cruz adoramos” y el himno Crux fidelis: “¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!…

La referencia al árbol del paraíso es evidente: el fruto de aquel árbol desencadenó la muerte, el producto de la cruz es la vida misma. Mismamente, los Improperios repasan el misterio de la glorificación y de la divinidad de Jesús que agoniza herido de amor y lleno de ternura hacia su pueblo. En paralelo, la participación eucarística con las especies consagradas la tarde anterior, remata la celebración con la oración sobre el pueblo, invocando la bendición divina sobre él.

Es preciso recordar que el Viernes Santo es un día consagrado a la práctica del ayuno, pero en sí, este no es un ayuno penitencial como el correspondiente al Tiempo de Cuaresma, sino más bien, pascual, porque nos permite experimentar el tránsito de la Pasión a la Resurrección. Análogamente, este ayuno no es ni mucho menos un componente secundario del Triduo Pascual, por eso la Iglesia recomienda que se guarde durante el Sábado Santo.

Alcanzamos el Sábado Santo y la rúbrica del Misal glosa su significado: “Durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, y se abstiene del sacrificio de la misa, quedando por ello desnudo el altar hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la Resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales”.

Y la Iglesia, junto al altar desnudo, solemniza el Oficio Divino impregnado íntegramente de realidades tan evidentes como el reposo y la contemplación. Los Salmos del Oficio de Lectura ponen su énfasis en el sueño en paz y de la carne que descansa serena; mientras que los textos bíblicos y patrísticos recuerdan el descendimiento de Cristo al abismo para proporcionar el reposo definitivo a los patriarcas del Antiguo Testamento. Si bien, el Salmo 23 comienza a insistir “¡puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria!, mención implícita a la Resurrección.

Los Laudes se reservan entre la expectativa de la Resurrección y la reflexión del valor redentor de la Muerte de Jesús. Por el contrario, la Hora Intermedia atesora un acento confiado con la alusión de la luz que brilla después de las tinieblas.

En idéntica sintonía las Vísperas redundan en los Salmos de la misma hora del Viernes Santo, pero con antífonas que refrescan las palabras de Jesús concernientes al signo de Jonás y a la destrucción del templo de su cuerpo. El resto de los pasajes hacen resonar el misterio de nuestra identificación por medio del bautismo, con Cristo muerto y sepultado.

Por fin llegamos al tercer día del Triduo Santo de la Pascua y el Misal nos indica: “Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor”. Los fieles, tal y como lo presenta el Evangelio, “deben asemejarse a los criados que, con las lámparas encendidas en sus manos, esperan el retorno de su Señor, para que cuando llegue les encuentre en vela y les invite a sentarse a su mesa”.

La Vigilia Pascual es fundamentalmente una extensa celebración de la Palabra de Dios y de oración que acontece con la eucaristía: la resurrección de Cristo en los sacramentos y aguardando su venida en gloria. Es el punto culminante del Triduo, la Pascua de la nueva alianza que marca el paso de Cristo de la muerte a la vida. No es por tanto, una misa vespertina en víspera a un día festivo, ni tan siquiera es una solemnidad más del Año Litúrgico, sino por excelencia, la acción litúrgica cardinal.

Cada uno de los intervalos de la Vigilia están repletos de simbolismo y belleza, comenzando por la hora de inicio, para que se observe a grandes rasgos la diferenciación entre las tinieblas y la luz, el pecado y Cristo Resucitado. La acción se desenvuelve en cuatro partes inconfundibles. Primero, el lucernario o rito del fuego y la luz, cuyo fundamento hay que indagarlo en la lejanísima práctica judía y cristiana de encender la lámpara articulando una bendición al Señor.

Por su evocación a lo divino, la disposición del Cirio Pascual que se prende con el fuego nuevo y es portado dignamente en procesión hacia el interior del templo, configura la resonancia simbólica de la Resurrección de Cristo: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”. El Cirio es la columna de fuego que alumbró a los israelitas al pasar el mar Rojo, como nos revela el Pregón Pascual: “Es el lucero que no conoce ocaso, es Cristo resucitado, que al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano”.

Ni que decir tiene, que la Liturgia de la Palabra, o segunda parte, alcanza su vivacidad propia que se exhibe en el ritmo de la misma y tan característico en las diversas lecturas, cantos y oraciones. La combinación de éstos proclamados solemnemente son un reconocimiento minucioso a la Historia de la Salvación, como la simbiosis de la creación, la figura de Abrahán, el Libro del Éxodo, la incidencia de los profetas y Cristo que pende sobre la Pascua del Señor. Cada uno de los instantes rememorados encarnan otros triunfos de la vida sobre la muerte, hasta alcanzar la Resurrección de Jesús.

Y en ella, no sólo Cristo es glorificado y ensalzado, también a nosotros nos alcanza esa fuerza de salvación, como proclama la Epístola a los Romanos. Como es sabido, a la finalización de la Liturgia de la Palabra, en el mismo momento de la entonación del Gloria se encienden el resto de luces de la Iglesia que quedaban todavía tenues y se echan al vuelo los toques de las campanas. Igualmente, toma su protagonismo los diversos tonos del Aleluya. Todos, sin excepción, son signos de la fiesta grande de la Pascua.

Después del sermón u homilía que en esta noche adquiere su relevancia distintiva, llega la Liturgia de los Sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. La Iglesia, como madre fecunda gracias a la Resurrección de Cristo, engendra y multiplica en este día a sus nuevos hijos en virtud del Espíritu Santo y los sostiene con el Cuerpo del Señor.

El rito bautismal se reduce a lo indispensable: letanías, bendición del agua, promesas y ablución. La Liturgia sugiere insistentemente que se disponga el Sacramento en el transcurso de la Vigilia. Para ello, incluso propone que no se realicen bautismos en la Cuaresma. Si se diese ocasión de no producirse ningún bautismo, ha de recordarse el Rito Bautismal mediante la renovación de las Promesas a todos los presentes y la aspersión con el agua.

Y como no, la Eucaristía de la noche santa de la Pascua adquiere una gracia concreta, como presagio de la Muerte del Señor y el anuncio dichoso de su Resurrección en la expectación de la venida. Pero la consideración maternal de la Iglesia está destinada a sus nuevos hijos: “Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que la nueva vida que nace de estos sacramentos pascuales sea, por tu gracia, prenda de vida eterna”. De este modo, tras el Triduo Pascual, centro y vértice del Año Litúrgico, Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado y surge el tiempo del gozo y la alegría con la Resurrección de Cristo que tendrá su eco en la semana siguiente con la Octava de Pascua, la primera semana de la Cincuentena distinguida como si fuera un único día, porque la alegría del Domingo de Pascua se dilata ocho días incesantes.

En consecuencia, como señala el Apóstol San Pablo, nuestra vida está con Cristo escondida en lo recóndito de Dios. Ya no nos atemoriza la muerte, ni tampoco precisamos de buscar la vida en las falsas seguridades por el recelo a morir, porque de antemano conocemos que la muerte no tiene la última palabra.

Si verdaderamente Cristo ha resucitado, estamos en condiciones de vivir de una manera nueva, porque nuestra existencia está eximida de las reglas de juego del pecado. Es decir, de tantísimas esclavitudes que, hoy por hoy, nos atenazan. Jesús nos ha rescatado y resucitado de nuestras muertes ontológicas, marchando junto a nosotros y haciendo posible que vivamos reproduciendo la impronta de la no resistencia al mal.

En este día en que actuó el Señor, todos los signos de alegría y de fiesta son la seña de identidad de la caridad que ha de inundar el corazón del hombre. Jesús triunfador nos esparce su vida para que podamos continuar en su rebaño. Él nos viabiliza la entrega desinteresada al prójimo y su acogida generosa, o el verdadero amor en el matrimonio y la familia, o la amistad desinteresada y benevolente, pero, sobre todo, el perdón de nuestras infidelidades en la Historia de Salvación que Dios ha previsto para que cada uno alcancemos la vida eterna.

Con lo cual, en estos Días Santos tras el Triduo Sacro, recapitulamos con gratitud el Sacramento del Bautismo que un día recibimos delante de tantos testigos, porque esta es nuestra ‘pascua personal’ y el mayor don que hemos recibido de Dios.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Alfonso José Jiménez Maroto