LOMBARDI: “BENEDICTO, UNA VIDA GASTADA EN ENCONTRAR EL ROSTRO DE JESÚS”

Quien fuera en pasado el portavoz de Benedicto XVI delinea un perfil de Joseph Ratzinger y de su extraordinaria misión centrada en la fe en Cristo. Una fe siempre en diálogo con la razón y, por ende, con el mundo; buscadora de la verdad, que no es un conjunto de conceptos, sino el Amor hecho carne.

“Muy pronto me presentaré ante el juez definitivo de mi vida. Aunque pueda tener muchos motivos de temor y miedo cuando miro hacia atrás en mi larga vida, me siento, sin embargo, feliz porque creo firmemente que el Señor no solo es el juez justo, sino también el amigo y el hermano que ya padeció Él mismo mis deficiencias y por eso, como juez, es también mi abogado. En vista de la hora del juicio, la gracia de ser cristiano se hace evidente para mí. Ser cristiano me da el conocimiento y, más aún, la amistad con el juez de mi vida y me permite atravesar con confianza la oscura puerta de la muerte. A este respecto, recuerdo constantemente lo que dice Juan al principio del Apocalipsis: ve al Hijo del Hombre en toda su grandeza y cae a sus pies como muerto. Pero el Señor, poniendo su mano derecha sobre él, le dice: «¡No temas, soy yo!» (cf. Ap 1,12-17)”. Así escribía Benedicto XVI en su última carta, fechada el 6 de febrero pasado, al final de unos dolorosos días «de examen de conciencia y reflexión», sobre las críticas que se habían vertido contra él por un asunto de abusos cuando era arzobispo de Múnich, más de 40 años antes.

Y finalmente ha llegado el momento del encuentro con el Señor. Desde luego, no puede decirse que fuera inesperado y que nuestro gran anciano llegara desprevenido. Si su predecesor nos había dado un precioso e inolvidable testimonio de cómo vivir en la fe una dolorosa enfermedad progresiva hasta la muerte, Benedicto XVI nos ha dado un hermoso testimonio de cómo vivir en la fe la creciente fragilidad de la vejez durante muchos años hasta el final. El hecho de haber renunciado al papado en el momento oportuno le ha permitido -y a nosotros con él- recorrer este camino con gran serenidad.

Tuvo el don de completar su camino manteniendo la mente clara, acercándose con experiencia plenamente consciente a aquellas «realidades últimas» sobre las que había tenido como pocos el valor de pensar y hablar, gracias a la fe que había recibido y vivido. Como teólogo y como Papa nos había hablado de ello de manera profunda, creíble y convincente. Sus páginas y palabras sobre la escatología y su encíclica sobre la esperanza siguen siendo un regalo para la Iglesia, sobre el que su oración silenciosa puso el sello durante los largos años de retiro «en el monte».

De las muchas cosas que se pueden recordar de su pontificado, la que sinceramente me pareció y me sigue pareciendo más extraordinaria fue que precisamente en esos años consiguió escribir y completar su trilogía sobre Jesús. ¿Cómo podía un Papa, con las responsabilidades y preocupaciones de la Iglesia Universal, que en realidad llevaba sobre sus hombros, llegar a escribir una obra como esa? Ciertamente, fue el resultado de toda una vida de reflexión e investigación. Pero, sin duda, la pasión interior y la motivación, debieron de ser formidables. Sus páginas salieron de la pluma de un estudioso, pero al mismo tiempo de un creyente que había comprometido su vida en la búsqueda del encuentro con el rostro de Jesús, y que veía en ello al mismo tiempo la realización de su vocación y su servicio a los demás.

En este sentido, por mucho que yo entienda que él dejó claro que ese trabajo no debía considerarse parte de su «magisterio pontificio», sigo pensando que es parte esencial de su testimonio de servicio como Papa, es decir, como creyente que reconoce en Jesús al Hijo de Dios, y en cuya fe también se puede seguir apoyando nuestra fe. Así, no puedo considerar casual que el momento de la decisión de renunciar al papado, es decir, el verano de 2012, coincida con el de la conclusión de la trilogía sobre Jesús. Fue el tiempo del cumplimiento de una misión centrada en la fe en Jesucristo.

No cabe duda de que el pontificado de Benedicto XVI se ha caracterizado más por su magisterio que por su acción de gobierno. «Era muy consciente de que mi punto fuerte -si es que tenía alguno- era el de presentar la fe de una manera adaptada a la cultura de nuestro tiempo». Una fe siempre en diálogo con la razón, una fe razonable; una razón abierta a la fe. El Papa Ratzinger fue justamente respetado por quienes viven atentos a los movimientos del pensamiento y del espíritu y buscan leer los acontecimientos en su significado más profundo y a largo plazo, sin detenerse en la superficie de los acontecimientos y los cambios. No por nada quedaron en la memoria algunos de sus grandes discursos ante auditorios no solo eclesiales, sino también de representantes de toda la sociedad, en Londres, Berlín… No temía a confrontar ideas y posturas diferentes, miraba con lealtad y clarividencia las grandes cuestiones, el oscurecimiento de la presencia de Dios en el horizonte de la humanidad contemporánea, los interrogantes sobre el futuro de la Iglesia, particularmente en su país y en Europa. Y buscaba afrontar los problemas con lealtad, sin rehuirlos, aunque fueran dramáticos; pero la fe y la inteligencia de la fe siempre le permitieron encontrar una perspectiva de esperanza.

El valor intelectual y cultural de Joseph Ratzinger es demasiado conocido como para que sea necesario repetir sus elogios. Quien supo comprenderlo y valorarlo para la Iglesia Universal fue Juan Pablo II. Durante 24 de los 26 años de pontificado de su predecesor, Ratzinger fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Dos personalidades diferentes, pero que fueron -permítanme decirlo- un «ensamble formidable». El vastísimo pontificado del Papa Wojtyla no puede pensarse adecuadamente, doctrinalmente hablando, sin la presencia del Cardenal Ratzinger y la confianza depositada en él, en su teología eclesial, en la amplitud y equilibrio de su pensamiento. Fue un servicio a la unidad de la fe de la Iglesia en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II, afrontando tensiones y desafíos de época en el diálogo con el judaísmo, el ecumenismo, el diálogo con otras religiones, la confrontación con el marxismo, en el contexto de la secularización y la transformación de la visión del hombre y la sexualidad. También logra proponer una síntesis doctrinal tan amplia y armoniosa como la del Catecismo de la Iglesia Católica, acogida por la inmensa mayoría de la comunidad eclesial con un consenso inesperado, para llevar a esta comunidad a cruzar el umbral del tercer milenio sintiéndose portadora de un mensaje de salvación para la humanidad.

En realidad, esa larguísima y extraordinaria colaboración fue la preparación del pontificado de Benedicto XVI, visto por los cardenales como el más idóneo continuador y sucesor de la obra del Papa Wojtyla. Una mirada global al camino que recorrió Joseph Ratzinger no escapa a la continuidad de su hilo conductor y, al mismo tiempo, a la progresiva ampliación del horizonte de su servicio. Es algo que impresiona. La vocación de Joseph Ratzinger es, desde el principio, una vocación sacerdotal, al mismo tiempo al estudio teológico y al servicio litúrgico y pastoral. Progresa en sus distintas etapas, desde el seminario hasta sus primeras experiencias pastorales y la enseñanza universitaria. Luego, su horizonte se amplía primero a la experiencia de la Iglesia Universal con su participación en el Concilio y su relación con los grandes teólogos de la época; después vuelve a la actividad académica del estudio teológico en profundidad, pero siempre en medio del debate y de la experiencia eclesial. Posteriormente, ensancha de nuevo su horizonte en el servicio pastoral de la gran arquidiócesis de Múnich; y pasa definitivamente al servicio de la Iglesia Universal con la llamada a Roma para la dirección de la Doctrina de la Fe. Al final, una nueva llamada lo lleva al gobierno de toda la comunidad eclesial.

Este horizonte se hizo total no solo para el pensamiento, sino también para el servicio sacerdotal y pastoral: servir a toda la comunidad eclesial, guiarla con inteligencia por los caminos de nuestro tiempo, preservar la unidad y la autenticidad de su fe. El lema elegido con ocasión de su ordenación episcopal, «Cooperadores de la verdad» (3 Jn 8), expresa muy bien todo el hilo conductor de la vida y la vocación de Joseph Ratzinger, si se comprende que para él la verdad no era en absoluto un conjunto de conceptos abstractos, sino que se encarnaba en última instancia en la persona de Jesucristo.

El pontificado de Benedicto XVI es y será también comúnmente recordado como un pontificado marcado por tiempos de crisis y dificultades. Esto es cierto y no sería justo pasar por alto este aspecto. Pero hay que verlo y evaluarlo no superficialmente. En cuanto a las críticas y oposiciones internas o externas, él mismo recordó con una sonrisa que varios otros papas habían tenido que afrontar momentos y situaciones mucho más dramáticas. Sin necesidad de remontarse a las persecuciones de los primeros siglos, basta pensar en Pío IX, o en Benedicto XV cuando había condenado la “matanza inútil”, o en las situaciones de los papas durante las guerras mundiales. Así que no se consideraba un mártir. Ningún Papa puede imaginarse no encontrarse con críticas, dificultades y tensiones. Esto no quita que, llegado el caso, supiera reaccionar a las críticas con vivacidad y decisión, como ocurrió con la inolvidable Carta escrita a los obispos en 2009, tras el asunto de la remisión de la excomunión a los lefebvristas y el ‘Caso Williamson’, una carta apasionada de la que su secretario me comentó que expresaba a ‘Ratzinger en estado puro’.

Pero la cruz más pesada de su pontificado, cuya gravedad ya había empezado a percibir durante su etapa en la Doctrina de la Fe, y que sigue manifestándose como una prueba y un desafío para la Iglesia de proporciones históricas, es el asunto de los abusos sexuales. Esto fue también causa de críticas y ataques personales contra él hasta sus últimos años, y por tanto también de un profundo sufrimiento. Habiendo estado también muy implicado en estos asuntos durante su pontificado, estoy firmemente convencido de que vio cada vez con mayor claridad la gravedad de los problemas y tuvo un gran mérito al abordarlos con amplitud y profundidad de miras en sus diversas dimensiones: la escucha de las víctimas, el rigor en la búsqueda de la justicia ante los crímenes, la curación de las heridas, el establecimiento de normas y procedimientos adecuados, la formación y la prevención del mal. Este fue solo el inicio de un largo camino, pero en la dirección correcta y con mucha humildad. Benedicto nunca se preocupó por una “imagen” de sí mismo o de la Iglesia que no correspondiera a la verdad. E incluso en este campo ha actuado siempre desde la perspectiva de un hombre de fe. Más allá de las medidas pastorales o jurídicas, necesarias para afrontar el mal en sus manifestaciones, sintió el poder terrible y misterioso del mal y la necesidad de apelar a la gracia para no dejarse aplastar por él en la desesperación y encontrar el camino de curación, de conversión, de penitencia, de purificación, que necesitan las personas, la Iglesia y la sociedad.

Cuando me pidieron que resumiera la historia del pontificado de Benedicto XVI con un episodio, recordé la Vigilia de oración durante la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid en 2011, en la gran explanada del aeropuerto de Cuatro vientos, a la que asistieron cerca de un millón de jóvenes. Era de noche, la oscuridad se hacía más densa cuando el Papa comenzó su discurso. En un momento dado, se desató un auténtico huracán de lluvia y viento. Los sistemas de iluminación y sonido dejaron de funcionar y muchas de las carpas situadas al borde de la explanada se derrumbaron. La situación era realmente dramática. Sus colaboradores pidieron al Papa que saliera y se pusiera bajo techo, pero él no quiso. Permaneció paciente y valientemente sentado en su lugar en el escenario abierto, protegido por un simple paraguas que ondeaba al viento. Toda la inmensa asamblea siguió su ejemplo, con confianza y paciencia. Al cabo de un rato, la tormenta amainó, dejó de llover y se impuso una gran e inesperada calma. Las instalaciones volvieron a funcionar. El Papa terminó su discurso y la maravillosa custodia de la catedral de Toledo fue llevada al centro del escenario para la adoración eucarística. El Papa se arrodilló en silencio ante el Santísimo Sacramento y detrás de él, en la oscuridad, la inmensa asamblea se unió en oración en absoluta calma.

En cierto sentido, esta puede seguir siendo la imagen no solo del pontificado, sino también de la vida de Joseph Ratzinger y de la meta de su camino. Mientras él entra ahora en el silencio definitivo ante el Señor, nosotros también seguimos sintiéndonos detrás de él y con él.

*Presidente de la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger – Benedicto XVI

GASBARRI: BENEDICTO XVI ERA EL PAPA DE LA DULZURA

Durante muchos años fue el organizador de los viajes papales y director administrativo de Radio Vaticano, Gasbarri recuerda un rasgo particular del Papa emérito: la dulzura. «Tuve el honor de servirle».

En junio de 1985 comenzaron los preparativos del gran viaje apostólico de San Juan Pablo II a la India. Un viaje que tendría lugar del 31 de enero al 11 de febrero de 1986, visitando nada menos que 15 ciudades. Entre ellas se encontraba la ciudad de Calcuta, donde no podía faltar una visita a la Casa de la Madre Teresa.

Durante los preparativos, la Madre Teresa nos hizo un recorrido por su famosa Casa, fundada para ofrecer cuidados y asistencia a los numerosos enfermos rechazados por los hospitales de la ciudad y abandonados en las calles. A la entrada de la Casa había un gran registro con los nombres de las miles de personas alojadas. Entre las diversas preguntas, le pregunté a la Madre Teresa a cuántas de esas personas había ayudado a sanar, pero su respuesta con la mayor humildad fue: «Nuestra misión fundamental no es curar a los incurables, para eso existen los hospitales. Es acompañar suavemente a las personas a un encuentro con Jesús’.

Tuve el gran honor de servir al Papa Benedicto durante todo su pontificado, y poco después de verle más íntimamente pensé inmediatamente en la dulzura descrita por la Madre Teresa.

La talla teológica, la impronta intelectual y la preparación doctrinal del Papa emérito serán sin duda expuestas y retratadas por quienes están cualificados para evaluar sus aspectos más profundos y detallados. En cambio, mi testimonio tiende a revelar un aspecto quizá menos conocido de su personalidad: la dulzura que se percibía en los encuentros confidenciales con él. Lo que la Madre Teresa llamaba «El Evangelio de la Bondad». «Sed amables», era en efecto la admonición de la Madre Teresa, «porque la santidad no es un lujo para unos pocos». Es un deber sencillo para todos. La bondad es la base de la mayor santidad. Si aprendes el arte de la bondad te parecerás cada vez más a Cristo’.

Para muchos, su figura aparentemente austera y profesoral podía inspirar distanciamiento y frialdad, pero en su alma el Papa Benedicto estaba lleno de dulzura y la temida severidad de algunos a menudo daba paso a una amabilidad desarmante acompañada frecuentemente de un sutil e ingenioso buen humor.

La noche del 19 de abril de 2005, inmediatamente después de su elección, al salir de la Capilla Sixtina, me anunció que viajaría muy poco porque percibía que no tenía el temperamento de un viajero. Pero poco después se dio cuenta de que el camino iniciado por Pablo VI y continuado con una energía sin igual por Juan Pablo II era ya irreversible. De hecho, en sus casi ocho años de pontificado emprendió 24 viajes internacionales, sometiéndose a esfuerzos extenuantes. Por desgracia, su avanzada edad y su estado físico mostraban a veces signos de fragilidad que parecían cada vez más incompatibles con la complejidad de algunos viajes especialmente exigentes (por ejemplo, Estados Unidos, Australia, Tierra Santa, México y Cuba).

En abril de 2012, a su regreso de Cuba, el Santo Padre preguntó si habían comenzado los preparativos del viaje al Líbano previsto para septiembre. A la respuesta afirmativa respondió que probablemente sería su último viaje internacional. Francamente, pensé que sólo era un signo temporal de cansancio debido al reciente exceso de compromisos y que más tarde se vería superado por nuevos planes de viaje.

En cambio, ese fue exactamente el último viaje internacional. Pocos días después, cuando estaba a punto de partir hacia Río de Janeiro para preparar la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, prevista para julio de 2013, informé a Su Santidad de que el comité organizador estaba esperando el anuncio oficial del viaje y, por tanto, si se podía confirmar con certeza su presencia en el evento. El Santo Padre respondió tranquilamente, con su amabilidad habitual, pero de un modo inusualmente impersonal: «Di que el Papa estará ciertamente allí con los jóvenes».

Hay innumerables episodios en los que la dulzura surgía cándidamente de sus ojos. En aras de la brevedad, puedo dar testimonio de un par de ocasiones en las que me resultó difícil contener la emoción.

En septiembre de 2010, el comité organizador de la visita a Gran Bretaña insistió en que el Papa Benedicto celebrara la beatificación del cardenal John Henry Newman en Birmingham. Fui muy firme en resistirme a la petición, ya que el propio Pontífice, al comienzo de su pontificado, había estipulado que las beatificaciones debían ser celebradas en las respectivas diócesis por el ordinario, mientras que las canonizaciones serían celebradas por el Santo Padre en Roma. Cuando presenté mi informe sobre el estado de preparación, el Papa Benedicto, con la mayor delicadeza, me dijo: «Quizá el cardenal Newman merezca una excepción, ¿cree que podríamos concedérsela?». Obviamente, no necesitaba mi permiso para ello, pero su forma de pedirlo fue de lo más tierna.

En agosto de 2011, durante el encuentro con unos quinientos mil jóvenes en el aeropuerto de Cuatro Vientos de Madrid, con motivo de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, se desató un terrible temporal de viento y lluvia que provocó un largo apagón y graves daños en la estructura del escenario papal con peligro físico para el propio Santo Padre. Se suspendió la iluminación y la difusión sonora en toda la zona. Las autoridades locales de seguridad y prevención estaban muy preocupadas por la situación. Por ello, propusimos al Papa Benedicto que se retirara del escenario para suspender el acto, pero su respuesta, educada pero firme, mientras permanecía sentado en su silla, fue: «Si los jóvenes se quedan aquí, el Papa no puede abandonarlos». A continuación, esperan a que pase la tormenta y reanudan la reunión, dándola por concluida.

Estoy seguro de que el Papa Benedicto se presentó con toda su dulzura en el encuentro con su amado Jesús, pero estoy igualmente seguro de que muchos echarán ahora de menos el refinamiento de su pensamiento y la exquisita dulzura de su corazón.

Leido en Vatican News

DISCURSO ANTE EL BUNDESTAG

Durante su viaje apostólico a Alemania, en septiembre de 2011, se dirigió al Bundestag, invitado por su Presidente, como Obispo de Roma, en el discurso propuso algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho.

A continuación el texto completo de la intervención

Ilustre Señor Presidente Federal,

Señor Presidente del Bundestag,

Señora Canciller Federal,

Señor Presidente  del Bundesrat,

Señoras y Señores Diputados

Es para mi un honor y una alegría hablar ante esta Cámara alta, ante el Parlamento de mi Patria alemana, que se reúne aquí como representación del pueblo, elegido democráticamente, para trabajar por el bien común de la República Federal de Alemania. Agradezco al Señor Presidente del Bundestag su invitación a pronunciar este discurso, así como sus gentiles palabras de bienvenida y aprecio con las que me ha acogido. Me dirijo en este momento a ustedes, estimados señoras y señores, también como un connacional que por sus orígenes está vinculado de por vida y sigue con particular atención los acontecimientos de la Patria alemana. Pero la invitación a pronunciar este discurso se me ha hecho en cuanto Papa, en cuanto Obispo de Roma, que tiene la suprema responsabilidad sobre los cristianos católicos. De este modo, ustedes reconocen el papel que le corresponde a la Santa Sede como miembro dentro de la Comunidad de los Pueblos y de los Estados. Desde mi responsabilidad internacional, quisiera proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho.

Permítanme que comience mis reflexiones sobre los fundamentos del derecho con un breve relato tomado de la Sagrada Escritura. En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. ¿Qué pedirá el joven soberano en este momento tan importante? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? No pide nada de todo eso. En cambio, suplica: “Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal” (1 R 3,9). Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que en definitiva debe ser importante para un político. Su criterio último, y la motivación para su trabajo como político, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, sin el cual nunca tendría la posibilidad de una acción política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”, dijo en cierta ocasión San Agustín[1]. Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos. ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente? La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma.

Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación. En el siglo III, el gran teólogo Orígenes justificó así la resistencia de los cristianos a determinados ordenamientos jurídicos en vigor: “Si uno se encontrara entre los escitas, cuyas leyes van contra la ley divina, y se viera obligado a vivir entre ellos…, por amor a la verdad, que, para los escitas, es ilegalidad, con razón formaría alianza con quienes sintieran como él contra lo que aquellos tienen por ley…”[2].

Basados en esta convicción, los combatientes de la resistencia actuaron contra el régimen nazi y contra otros regímenes totalitarios, prestando así un servicio al derecho y a toda la humanidad. Para ellos era evidente, de modo irrefutable, que el derecho vigente era en realidad una injusticia. Pero en las decisiones de un político democrático no es tan evidente la cuestión sobre lo que ahora corresponde a la ley de la verdad, lo que es verdaderamente justo y puede transformarse en ley. Hoy no es de modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente. A la pregunta de cómo se puede reconocer lo que es verdaderamente justo, y servir así a la justicia en la legislación, nunca ha sido fácil encontrar la respuesta y hoy, con la abundancia de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades, dicha cuestión se ha hecho todavía más difícil.

¿Cómo se reconoce lo que es justo? En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano[3]. De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación precristiana entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo”.

Para el desarrollo del derecho, y para el desarrollo de la humanidad, ha sido decisivo que los teólogos cristianos hayan tomado posición contra el derecho religioso, requerido por la fe en la divinidad, y se hayan puesto de parte de la filosofía, reconociendo a la razón y la naturaleza, en su mutua relación, como fuente jurídica válida para todos. Esta opción la había tomado ya san Pablo cuando, en su Carta a los Romanos, afirma: “Cuando los paganos, que no tienen ley [la Torá de Israel], cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos… son ley para sí mismos. Esos tales muestran que tienen escrita en su corazón las exigencias de la ley; contando con el testimonio de su conciencia…” (Rm 2,14s). Aquí aparecen los dos conceptos fundamentales de naturaleza y conciencia, en los que conciencia no es otra cosa que el “corazón dócil” de Salomón, la razón abierta al lenguaje del ser. Si con esto, hasta la época de la Ilustración, de la Declaración de los Derechos humanos, después de la Segunda Guerra mundial, y hasta la formación de nuestra Ley Fundamental, la cuestión sobre los fundamentos de la legislación parecía clara, en el último medio siglo se produjo un cambio dramático de la situación. La idea del derecho natural se considera hoy una doctrina católica más bien singular, sobre la que no vale la pena discutir fuera del ámbito católico, de modo que casi nos avergüenza hasta la sola mención del término. Quisiera indicar brevemente cómo se llegó a esta situación. Es fundamental, sobre todo, la tesis según la cual entre ser y deber ser existe un abismo infranqueable. Del ser no se podría derivar un deber, porque se trataría de dos ámbitos absolutamente distintos. La base de dicha opinión es la concepción positivista de naturaleza adoptada hoy casi generalmente. Si se considera la naturaleza —con palabras de Hans Kelsen— “un conjunto de datos objetivos, unidos los unos a los otros como causas y efectos”, entonces no se puede derivar de ella realmente ninguna indicación que tenga de algún modo carácter ético[4]. Una concepción positivista de la naturaleza, que comprende la naturaleza de manera puramente funcional, como las ciencias naturales la entienden, no puede crear ningún puente hacia el Ethos y el derecho, sino dar nuevamente sólo respuestas funcionales. Pero lo mismo vale también para la razón en una visión positivista, que muchos consideran como la única visión científica. En ella, aquello que no es verificable o falsable no entra en el ámbito de la razón en sentido estricto. Por eso, el ethos y la religión han de ser relegadas al ámbito de lo subjetivo y caen fuera del ámbito de la razón en el sentido estricto de la palabra. Donde rige el dominio exclusivo de la razón positivista —y este es en gran parte el caso de nuestra conciencia pública— las fuentes clásicas de conocimiento del ethos y del derecho quedan fuera de juego. Ésta es una situación dramática que afecta a todos y sobre la cual es necesaria una discusión pública; una intención esencial de este discurso es invitar urgentemente a ella.

El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual en modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma no es una cultura que corresponda y sea suficiente en su totalidad al ser hombres en toda su amplitud. Donde la razón positivista es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad. Lo digo especialmente mirando a Europa, donde en muchos ambientes se trata de reconocer solamente el positivismo como cultura común o como fundamento común para la formación del derecho, reduciendo todas las demás convicciones y valores de nuestra cultura al nivel de subcultura. Con esto, Europa se sitúa ante otras culturas del mundo en una condición de falta de cultura, y se suscitan al mismo tiempo corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivo y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los “recursos” de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo.

Pero ¿cómo se lleva a cabo esto? ¿Cómo encontramos la entrada en la inmensidad, o la globalidad? ¿Cómo puede la razón volver a encontrar su grandeza sin deslizarse en lo irracional? ¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones? Recuerdo un fenómeno de la historia política reciente, esperando que no se malinterprete ni suscite excesivas polémicas unilaterales. Diría que la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, aunque quizás no haya abierto las ventanas, ha sido y es sin embargo un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni rechazar porque se perciba en él demasiada irracionalidad. Gente joven se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones. Es evidente que no hago propaganda de un determinado partido político, nada más lejos de mi intención. Cuando en nuestra relación con la realidad hay algo que no funciona, entonces debemos reflexionar todos seriamente sobre el conjunto, y todos estamos invitados a volver sobre la cuestión de los fundamentos de nuestra propia cultura. Permitidme detenerme todavía un momento sobre este punto. La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar seriamente un punto que —me parece— se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.

Volvamos a los conceptos fundamentales de naturaleza y razón, de los cuales hemos partido. El gran teórico del positivismo jurídico, Kelsen, con 84 años —en 1965— abandonó el dualismo de ser y de deber ser (me consuela comprobar que a los 84 años se esté aún en condiciones de pensar algo razonable). Antes había dicho que las normas podían derivar solamente de la voluntad. En consecuencia —añade—, la naturaleza sólo podría contener en sí normas si una voluntad hubiese puesto estas normas en ella. Por otra parte —dice—, esto supondría un Dios creador, cuya voluntad se ha insertado en la naturaleza. “Discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vano”, afirma a este respecto[5]. ¿Lo es verdaderamente?, quisiera preguntar. ¿Carece verdaderamente de sentido reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presupone una razón creativa, un Creator Spiritus?

A este punto, debería venir en nuestra ayuda el patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la conciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su integridad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico.

Al joven rey Salomón, a la hora de asumir el poder, se le concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si nosotros, legisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediríamos? Pienso que, en último término, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz. Muchas gracias.

[1] De civitate Dei, IV, 4, 1.

[2] Contra Celsum GCS Orig. 428 (Koetschau); cf. A. Fürst, Monotheismus und Monarchie. Zum Zusammenhang von Heil und Herrschaft in der Antike. En: Theol. Phil. 81 (2006) 321 -338; citación p. 336; cf. también J. Ratzinger, Die Einheit der Nationen. Eine Vision der Kirchenväter (Salzburg-München 1971) 60.

[3] Cf. W. Waldstein, Ins Herz geschrieben. Das Naturrecht als Fundament einer menschlichen Gesellschaft (Augsburg 2010) 11ss; 31-61.

[4] Waldstein, op. cit. 15-21.

[5] Citado según Waldstein, op. cit. 19.

“DIOS ES AMOR”, LA CLAVE DEL PONTIFICADO DE BENEDICTO XVI

De cara a los escándalos y al carrerismo eclesiástico, el pontífice insistió en su llamado a la conversión, a la penitencia y a la humildad, proponiendo la imagen de una Iglesia libre de los privilegios materiales y políticos, para estar verdaderamente abierta al mundo.

Desde 1417, la muerte de un (ex) Papa no significaba el final de un pontificado. La muerte de Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, acaecida hoy 31 de diciembre, en el Vaticano, casi 10 años después de su renuncia, anunciada por sorpresa el 11 de febrero de 2013 con la lectura de una breve declaración en latín ante los atónitos cardenales. Nunca en dos milenios de historia de la Iglesia un Papa había dejado la Cátedra por sentirse físicamente impedido de soportar el peso del pontificado. Además, en una respuesta dada al periodista Peter Seewald en el libro-entrevista ‘La luz del mundo’, publicado tres años antes, había anticipado algo: “Cuando un Papa llega a la clara constatación de que ya no está en condiciones físicas, mentales y espirituales de llevar a cabo la tarea que se le ha confiado, entonces tiene el derecho y, en algunas circunstancias, incluso el deber de renunciar”. A pesar de que el epílogo de su pontificado fue anterior al final de su vida, constituyendo un precedente histórico de enorme trascendencia, sería mezquino recordar a Benedicto XVI solo por esto.

«Teenager» teológico en el Concilio

Nacido en 1927, hijo de un gendarme, en el seno de una familia sencilla y muy católica de Baviera, Joseph Ratzinger fue una figura destacada de la Iglesia del siglo pasado. Ordenado sacerdote junto con su hermano Georg en 1951, se doctoró en teología dos años más tarde y en 1957 obtuvo la licencia de profesor de teología dogmática. Enseñó en Freising, Bonn, Münster, Tubinga y, por último, Ratisbona. Con él desaparece el último de los Pontífices implicados personalmente en los trabajos del Concilio Vaticano II. Siendo un teólogo muy joven y ya muy considerado, Ratzinger había seguido de cerca el concilio como experto del cardenal Frings de Colonia, cercano al ala reformista. Él fue uno de los que criticaron duramente los planes preparatorios elaborados por la Curia Romana, que posteriormente fueron desechados por decisión de los obispos. Para el joven teólogo Ratzinger, los textos “deberían dar respuesta a las cuestiones más apremiantes y deberían hacerlo, en la medida de lo posible, no juzgando y condenando, sino utilizando un lenguaje maternal”. Ratzinger exalta la nueva reforma litúrgica y las razones de su providencial inevitabilidad. Según él, para redescubrir la verdadera naturaleza de la liturgia era necesario “romper el muro del latín”.

Custodio de la fe con Wojtyla

Pero el futuro Benedicto XVI también fue testigo directo de la crisis postconciliar, de la contestación en las universidades y facultades de teología. Es testigo del cuestionamiento de las verdades esenciales de la fe y de la experimentación salvaje en el ámbito litúrgico. Ya en 1966, un año después del final del Concilio, dijo que veía el avance de un «cristianismo a precios rebajados».

Pablo VI lo nombró en 1977 arzobispo de Munich con apenas 50 años de edad, y unas semanas más tarde le creó cardenal. En noviembre de 1981 Juan Pablo II le confió la dirección de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fue el comienzo de una sólida colaboración entre el Papa polaco y el teólogo bávaro, destinada a disolverse solo con la muerte de Wojtyla, que hasta el final rechazó la dimisión de Ratzinger, no queriendo privarse de él. Fueron los años en los que el antiguo Santo Oficio puso los puntos sobre las íes en muchos asuntos: frenó la Teología de la Liberación que utiliza el análisis marxista, y se posicionó frente a la aparición de grandes problemas éticos. La obra más importante es, sin duda, el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, un trabajo que duró seis años y vio la luz en 1992.

«Humilde trabajador de la viña»

Tras la muerte de Wojtyla, el cónclave de 2005 llamó para sucederlo en menos de 24 horas a un hombre ya anciano -tenía 78 años-, universalmente estimado y respetado incluso por sus adversarios. Desde el balcón de la Basílica de San Pedro, Benedicto XVI se presenta como «un humilde trabajador en la viña del Señor». Ajeno a cualquier protagonismo, dice que no tiene «ningún programa», sino que quiere ponerse “a la escucha, con toda la Iglesia, de la Palabra y de la voluntad del Señor”.

Auschwitz y Ratisbona

Inicialmente reacio, no renuncia a los viajes: el suyo será un pontificado itinerante como el de su predecesor. Uno de los momentos más conmovedores fue la visita a Auschwitz en mayo de 2006, en la que el Papa alemán dijo: “En un lugar como éste, las palabras sobran, lo único que queda es un silencio estremecedor, un silencio que es un grito interior a Dios: ¿Por qué has podido tolerar todo esto?”. 2006 es también el año del caso Ratisbona, cuando una antigua frase sobre Mahoma, que el Pontífice cita sin hacerla suya en la universidad en la que fue profesor, es instrumentalizada y desencadena protestas en el mundo islámico. Desde entonces, el Papa multiplicará sus muestras de atención hacia los musulmanes. Benedicto XVI afronta viajes difíciles, se enfrenta a la secularización galopante de las sociedades descristianizadas y a las disensiones en el seno de la Iglesia. Celebra su cumpleaños en la Casa Blanca junto a George Bush Jr. y unos días después, el 20 de abril de 2008, reza en la Zona Cero abrazando a los familiares de las víctimas del 11 de septiembre.

La Encíclica sobre el Amor de Dios

Aunque como Prefecto del antiguo Santo Oficio fue tachado a menudo de «Cardenal Panzer», como Papa habla continuamente de la «alegría de ser cristiano», y dedica su primera encíclica al amor de Dios, «Deus caritas est». “No se comienza a ser cristiano -escribe- por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona”. También encuentra tiempo para escribir un libro sobre Jesús de Nazaret, una obra única que se publicará en tres tomos. Entre las decisiones que hay que recordar están el Motu proprio que liberaliza el misal romano preconciliar y la creación de un Ordinariato para permitir a las comunidades anglicanas volver a la comunión con Roma. En enero de 2009, el Papa decide revocar la excomunión de los cuatro obispos ordenados ilícitamente por monseñor Marcel Lefebvre, entre ellos también Richard Williamson, negacionista de las cámaras de gas. Estalla la polémica en el mundo judío, el Papa toma papel y lápiz y escribe a los obispos del mundo asumiendo toda la responsabilidad.

La respuesta a los escándalos

Los últimos años están marcados por la reaparición del escándalo de la pedofilia y de los Vatileaks, filtración de documentos extraídos del escritorio papal y publicados en un libro. Benedicto XVI se muestra decidido y duro a la hora de afrontar el problema de la «mugre» dentro de la Iglesia. Introduce normas muy estrictas contra los abusos a menores, y pide a la Curia y a los obispos que cambien de mentalidad. Llega a decir que la persecución más grave para la Iglesia no proviene de sus enemigos exteriores, sino del pecado dentro de ella. Otra reforma importante es la financiera: es el Papa Ratzinger quien introduce la normativa contra el lavado de dinero en el Vaticano.

“Iglesia libre de dinero y poder”

Frente a los escándalos y al arribismo eclesiástico, el anciano Papa alemán sigue haciendo llamamientos a la conversión, la penitencia y la humildad. Durante su último viaje a Alemania, en septiembre de 2011, invita a la Iglesia a ser menos mundana: “Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia desprendida del mundo resulta más claro. Liberada de fardos y privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero; puede verdaderamente estar abierta al mundo…”.

ANDREA TORNIELLI, Ciudad del Vaticano

LA TIERNA CARTA AL NIÑO JESUS

En 1934 Joseph Ratzinger tenía solo 7 años y escribió una tierna carta al Niño Jesús en la que le pidió tres regalos por Navidad.

Recordamos cuáles fueron los obsequios que pidió, quien en 2005 se convertiría en el Papa Benedicto XVI.

La carta la conservó su hermana María Ratzinger, ya fallecida. Fue encontrada en la casa que la familia tenía en la región de Baviera (Alemania), una zona marcada por la fe católica de sus habitantes.

El sitio italiano Korazym informó que la carta fue hallada en 2012, cuando se realizaban trabajos de restauración en la casa donde nació Joseph Ratzinger, la localidad de Marktl am Inn, y que ahora es un museo.

La carta está expuesta allí. Fue escrita en la caligrafía conocida como Sütterlin, un estilo de escritura alemana antigua que ya no se usa ni se enseña, y que es difícil de leer incluso para quienes tienen el alemán como lengua materna.

“Querido Niño Jesús, pronto descenderás a la tierra. Quieres traer alegría a los niños. También a mí me traerás alegría”, comienza la carta que escribió Joseph Ratzinger.

“Quisiera el Volks-Schott, una casulla verde y un Corazón de Jesús. Siempre quiero ser bueno. Saludos de Joseph Ratzinger”, termina el texto.

El Volks-Schott (Misal del Pueblo), es un misal en alemán que tiene una columna paralela en latín y que era usado en ese tiempo.

En una entrevista concedida a Angela Ambrogetti en 2011, directora de ACI Stampa, agencia en italiano del Grupo ACI, Mons. Georg Ratzinger, recordaba que cuando eran niños, él y Joseph jugaban y hacían muchas cosas juntas.

“Los dos hacíamos el pesebre juntos, y luego entre los juegos más frecuentes estaban los juegos espirituales, lo llamábamos el ‘juego del párroco’ y lo hacíamos los dos, nuestra hermana no participaba”, relata Mons. Georg Ratzinger quien falleció en Alemania en julio de 2020, poco después de haber recibido la visita de Benedicto XVI quien pudo viajar para despedirse.

“‘Celebrábamos’ Misa con casullas confeccionadas por la costurera de nuestra madre solo para nosotros. A veces yo era el sacerdote o el monaguillo”, relató.

“Desde muy pequeños vivimos con amor la liturgia y esto continuó paulatinamente en el seminario”, hasta que ambos fueron ordenados sacerdotes juntos el 29 de junio de 1951, en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo.

Cuando el Arzobispo Georg Gaenswein, secretario personal de Benedicto XVI, le contó hace unos años del hallazgo al Pontífice Emérito, comentó que “el Papa se ha alegrado mucho de descubrir la carta y su contenido lo ha hecho sonreír”.

Junto con la carta de Joseph Ratzinger se encontraron las misivas de sus hermanos Georg y María, de 10 y 13 años respectivamente. El primero pedía una casulla blanca y la segunda un libro con dibujos.

 Visto en Aciprensa

EL TESTAMENTO ESPIRITUAL QUE DEJÓ BENEDICTO XVI

La Santa Sede publicó este sábado 31 de diciembre el testamento espiritual que dejó Benedicto XVI. A continuación, el texto completo:

Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás y repaso las décadas por las que he pasado, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. En primer lugar, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me dio la vida y me guió en diversos momentos de confusión; siempre me levantó cuando empecé a resbalar y siempre me devolvió la luz de su semblante.

En retrospectiva veo y comprendo que, incluso los tramos oscuros y agotadores de este viaje, fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien. Doy las gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor me prepararon una magnífica morada que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy.

La fe clarividente de mi padre nos enseñó hermanos y hermanas a creer y se mantuvo firme como guía en medio de todos mis conocimientos científicos; la piedad sincera y la gran amabilidad de mi madre siguen siendo un legado por el que no puedo agradecerle lo suficiente.

Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la lucidez de sus juicios, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin este constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo a Su bondad.

Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe.

Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y os ruego, queridos compatriotas: no os dejéis apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he hecho daño de alguna manera, les pido perdón de todo corazón. Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio: ¡manteneos firmes en la fe! No os dejéis confundir. A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por una parte, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otra- pudiera ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica.

He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he podido comprobar cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas sólo aparentemente pertenecientes a la ciencia; del mismo modo que, por otra parte, es en el diálogo con las ciencias naturales como también la fe ha aprendido a comprender mejor el límite del alcance de sus pretensiones, y por tanto su especificidad.

Hace ya sesenta años que acompaño el camino de la Teología, en particular de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles, demostrando ser meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista.

He visto y veo cómo de la maraña de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.

Por último, pido humildemente: rezad por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados e insuficiencias, me reciba en las moradas eternas. A todos los que me son confiados, día a día, va mi oración de corazón.

DIEZ MOMENTOS QUE DEFINIERON EL PAPADO DE BENEDICTO XVI

Cuando se produjo la renuncia de Su Santidad Benedicto XVI, BBC mundo recordaba diez momentos clave del papado de Benedicto XVI.

 

 

  1. Nuevo Papa

Benedicto XVI fue el hombre de más edad en convertirse Papa en 275 años cuando, contando 78 años de edad, sucedió a Juan Pablo II en abril de 2005.

Antes de su papado, Joseph Ratzinger fue cardenal por 24 años. Como tal, presidió la Congregación para la Doctrina de la Fe, alguna vez ampliamente conocida como Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición.

Su asunción se interpretó como un restablecimiento de las visiones conservadoras y tradicionalistas de la Iglesia Católica, y como una resistencia al cambio.

  1. Visita al mundo musulmán

En un esfuerzo por aumentar el diálogo interreligioso, a finales de 2006 Benedicto XVI visitó la Mezquita Azul de Estambul, capital de Turquía, donde acompañó a clérigos musulmanes en rezo silencioso.

La visita fue la segunda en la historia de un Papa a un sitio sagrado islámico, y generó protestas de algunos grupos islámicos.

  1. Celibato vigente

El papado de Benedicto XVI reflejó su creencia de que la Iglesia católica debe mantener sus valores tradicionales y conservadores en una era de rápido cambio.

En marzo de 2007 rechazó el llamado a un debate sobre el celibato de los sacerdotes, al decir que la abstinencia se mantiene obligatoria para los curas de la Iglesia católica romana.

Benedicto XVI reafirmó las prohibiciones de la Comunión para católicos divorciados que se vuelven a casar, así como el aborto, la eutanasia y las relaciones homosexuales, la cuales, ratificó, no son negociables.

  1. Recuerdo del Holocausto

En una visita a Austria en septiembre de 2007, el papa Benedicto hizo un homenaje a las víctimas del Holocausto nazi en un memorial en Viena, la capital.

El pontífice, que creció en la región vecina de Baviera, en Alemania, expresó su tristeza, arrepentimiento y amistad hacia el pueblo judío.

Unos meses después, el Papa, que fue miembro de las Juventudes Hitlerianas cuando niño, habló de haber crecido bajo el monstruo del nazismo.

  1. Perdón por el abuso

En julio de 2008 el Papa pidió perdón en nombre de la Iglesia por los abusos sexuales de niños por parte de curas católicos.

En un discurso en una reunión de obispos en Sidney, organizada para conmemorar la Jornada Mundial de la Juventud Católica, el Papa habló de «la vergüenza que hemos sentido» y llamó a los abusadores a que respondieran ante la justicia.

  1. Atacan al Papa

En la Navidad de 2009, el mundo pudo ver cómo una mujer noqueó al Papa, quien cayó al piso, después de una celebración de la misa en la Basílica de San Pedro.

La mujer, después identificada como Susanna Maiolo y descrita como mentalmente inestable, fue detenida por los oficiales de seguridad, quienes dijeron que la reconocieron como la misma que había intentado arremeter contra el Papa un año antes.

El pontífice, tembloroso, pudo recuperarse y celebrar la Misa, pero el incidente derivó en una revisión urgente de la seguridad en El Vaticano.

  1. Perdón a los irlandeses

En medio de las continuas revelaciones de pedofilia institucionalizada dentro de la Iglesia Católica, en marzo de 2010 el Papa dio un paso inesperado al escribir una carta a los católicos en Irlanda en la que reconocía los abusos y pedía perdón a quienes sufrieron gravemente.

La carta pretendía expresar abiertamente vergüenza y el remordimiento, y afirmaba que quienes eran culpables tendrían que responder ante Dios.

Las demandas de los grupos de víctimas, que incluían la admisión de que el abuso sistemático fue escondido por la Iglesia, no fueron satisfechas.

  1. Visita a América Latina

El Papa realizó un viaje de seis días que lo llevó a México y Cuba en marzo de 2012.

Fue la primera visita papal en siete años a dos países de lengua española de América Latina, la región más católica del mundo.

Ratzinger visitó por primera vez América Latina en 2007 en ocasión de la V Conferencia de la CELAM celebrada en Brasil.

La visita se interpretó como una respuesta al malestar manifestado por los creyentes de esa región del mundo, que quejaban de haber sido olvidados tras la muerte de Juan Pablo II, quien realizó 26 viajes a América Latina.

9.El Papa social

En un intento de desafiar su imagen conservadora, en diciembre de 2012 el Papa entró al mundo de las redes sociales con el lanzamiento de su cuenta en Twitter @pontifex (@pontifex_es).

El consultor de medios Greg Burke dijo que el Papa quería llegarle a todo el mundo con su nueva cuenta, la cual salió a la red en ocho idiomas-

10-Renuncia sorpresiva

El lunes 11 de febrero el Papa sorprendió al mundo al anunciar que renunciaría al cabo de dos semanas, lo que constituía la primera dimisión papal en casi 600 años.

En su comunicado, el Papa, de 85 años de edad, dijo que examinó repetidamente su consciencia… «Y llegué a la certeza de que mis fuerzas, por la edad avanzada, no son ya las adecuadas para ejercer del modo adecuado el ministerio petrino».

BIOGRAFÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

El cardenal Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI, nació en Marktl am Inn, diócesis de Passau (Alemania), el 16 de abril de 1927 (sábado santo), y fue bautizado ese mismo día. Su padre, comisario de la gendarmería, provenía de una antigua familia de agricultores de la Baja Baviera, de condiciones económicas más bien modestas. Su madre era hija de artesanos de Rimsting, en el lago Chiem, y antes de casarse trabajó de cocinera en varios hoteles.

Pasó su infancia y su adolescencia en Traunstein, una pequeña localidad cerca de la frontera con Austria, a treinta kilómetros de Salzburgo. En ese marco, que él mismo ha definido «mozartiano», recibió su formación cristiana, humana y cultural.

El período de su juventud no fue fácil. La fe y la educación de su familia lo prepararon para afrontar la dura experiencia de esos tiempos, en los que el régimen nazi mantenía un clima de fuerte hostilidad contra la Iglesia católica. El joven Joseph vio cómo los nazis golpeaban al párroco antes de la celebración de la santa misa.

Precisamente en esa compleja situación, descubrió la belleza y la verdad de la fe en Cristo; para ello fue fundamental la actitud de su familia, que siempre dio un claro testimonio de bondad y esperanza, arraigada en la pertenencia consciente a la Iglesia.

En los últimos meses de la segunda guerra mundial fue enrolado en los servicios auxiliares antiaéreos.

De 1946 a 1951 estudió filosofía y teología en la Escuela superior de filosofía y teología de Freising y en la universidad de Munich.

Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1951.

Un año después, inició su actividad de profesor en la Escuela superior de Freising.

En el año 1953 se doctoró en teología con la tesis: «Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de san Agustín».

Cuatro años más tarde, bajo la dirección del conocido profesor de teología fundamental Gottlieb Söhngen, obtuvo la habilitación para la enseñanza con una disertación sobre: «La teología de la historia de san Buenaventura».

Tras ejercer el cargo de profesor de teología dogmática y fundamental en la Escuela superior de filosofía y teología de Freising, prosiguió su actividad de enseñanza en Bonn, de 1959 a 1963; en Münster, de 1963 a 1966; y en Tubinga, de 1966 a 1969. En este último año pasó a ser catedrático de dogmática e historia del dogma en la Universidad de Ratisbona, donde ocupó también el cargo de vicepresidente de la Universidad.

De 1962 a 1965 dio una notable contribución al concilio Vaticano II como «experto»; acudió como consultor teológico del cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia.

Su intensa actividad científica lo llevó a desempeñar importantes cargos al servicio de la Conferencia episcopal alemana y en la Comisión teológica internacional.

En 1972, juntamente con Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac y otros grandes teólogos, inició la revista de teología «Communio».

El 25 de marzo de 1977, el Papa Pablo VI lo nombró arzobispo de Munich y Freising. El 28 de mayo sucesivo recibió la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano, después de 80 años, que asumió el gobierno pastoral de la gran archidiócesis bávara. Escogió como lema episcopal: «Colaborador de la verdad». Él mismo explicó: «Por un lado, me parecía que esa era la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de los diferentes modos, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la verdad, estar a su servicio. Y, por otro, escogí ese lema porque en el mundo de hoy el tema de la verdad se omite casi totalmente, pues parece algo demasiado grande para el hombre y, sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad».

Pablo VI lo creó cardenal, del título presbiteral de Santa María de la Consolación en Tiburtino, en el consistorio del 27 de junio de ese mismo año.

En 1978 participó en el Cónclave, celebrado del 25 al 26 de agosto, que eligió a Juan Pablo I, el cual lo nombró enviado especial suyo al III Congreso mariológico internacional, celebrado en Guayaquil (Ecuador), del 16 al 24 de septiembre. En el mes de octubre de ese mismo año participó también en el Cónclave que eligió a Juan Pablo II.

Actuó de relator en la V Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, celebrada en 1980, sobre el tema: «Misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo», y presidente delegado de la VI Asamblea general ordinaria, celebrada en 1983, sobre «La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia».

Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, y presidente de la Pontificia Comisión bíblica y de la Comisión teológica internacional el 25 de noviembre de 1981. El 15 de febrero de 1982 renunció al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Munich y Freising. Lo elevó al orden de los obispos, asignándole la sede suburbicaria de Velletri-Segni, el 5 de abril de 1993.

Fue presidente de la comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, que, después de seis años de trabajo (1986-1992), presentó al Santo Padre el nuevo Catecismo.

El Santo Padre, el 6 de noviembre de 1998, aprobó la elección del cardenal Ratzinger como vicedecano del Colegio cardenalicio, realizada por los cardenales del orden de los obispos. Y el 30 de noviembre de 2002, aprobó su elección como decano; con dicho cargo le fue asignada, además, la sede suburbicaria de Ostia.

En 1999 fue enviado especial del Papa a las celebraciones con ocasión del XII centenario de la creación de la diócesis de Paderborn, Alemania, que tuvieron lugar el 3 de enero.

Desde el 13 de noviembre de 2000 era Académico honorario de la Academia pontificia de ciencias.

En la Curia romana, fue miembro del Consejo de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estados; de las Congregaciones para las Iglesias orientales, para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, para los obispos, para la evangelización de los pueblos, para la educación católica, para el clero y para las causas de los santos; de los Consejos pontificios para la promoción de la unidad de los cristianos y para la cultura; del Tribunal supremo de la Signatura apostólica; y de las Comisiones pontificias para América Latina, «Ecclesia Dei», para la interpretación auténtica del Código de derecho canónico y para la revisión del Código de derecho canónico oriental.

Entre sus numerosas publicaciones ocupa un lugar destacado el libro: «Introducción al Cristianismo», recopilación de lecciones universitarias publicadas en 1968 sobre la profesión de fe apostólica; «Dogma y revelación» (1973), antología de ensayos, predicaciones y reflexiones, dedicadas a la pastoral.

Obtuvo gran resonancia el discurso que pronunció ante la Academia católica bávara sobre el tema «¿Por qué sigo aún en la Iglesia?», en el que, con su habitual claridad, afirmó: «Sólo en la Iglesia es posible ser cristiano y no al lado de la Iglesia».

La serie de sus publicaciones prosiguió abundante en el decurso de los años, constituyendo un punto de referencia para muchas personas, especialmente para los que querían profundizar en el estudio de la teología. En 1985 publicó el libro-entrevista «Informe sobre la fe» y, en 1996, «La sal de la tierra». Asimismo, con ocasión de su 70° cumpleaños, se publicó el libro: «En la escuela de la verdad», en el que varios autores ilustran diversos aspectos de su personalidad y su obra.

Ha recibido numerosos doctorados «honoris causa» por el College of St. Thomas in St. Paul (Minnesota, Estados Unidos), en 1984; por la Universidad católica de Eichstätt, en 1985; por la Universidad católica de Lima, en 1986; por la Universidad católica de Lublin, en 1988; por la Universidad de Navarra (Pamplona, España), en 1998; por la Libre Universidad María Santísima Asunta (LUMSA) Roma, en 1999; por la Facultad de teología de la Universidad de Wroclaw (Polonia) en 2000.

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LA MAYORÍA DE PERSONAS CUIDADORAS SON MUJERES MAYORES QUE NO RECIBEN APOYO NI AYUDAS

Un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) ha mostrado que el 55% de las personas cuidadoras encuestadas no reciben apoyo ni ayudas, y que la mayoría considera que las medidas de la administración con «ineficaces».

El trabajo, publicado en la revista ‘Global Social Work’ y coordinado por el profesor de Ciencias de la Salud de la UOC José Daniel Rueda, ha investigado cómo valoran las personas cuidadoras los recursos disponibles y sus necesidades, y cuál es su salud subjetiva y su nivel de sobrecarga, ha informado la universidad en un comunicado.

Se ha basado en un cuestionario que completaron cerca de 300 personas cuidadoras de Castilla y León y, según los autores, se trata de una muestra representativa y cuyas características pueden considerarse extrapolables al resto de España.

El 55% de las personas encuestadas reconocen que no reciben apoyo ni ayudas en las tareas de cuidado, ni de entidades ni de la misma familia, y el estudio hace referencia al concepto de ‘cuidadanía’, acuñado por la filósofa Victoria Camps, que según Rueda se trata de una capa social «que se encarga de cuidar, lo hace gratis y cuyo papel apenas es reconocido».

El estudio muestra que el colectivo cuidador mayoritariamente es femenino –tres de cada cuatro cuidadores y muchas de ellas de edad avanzada y con estudios elementales y recursos económicos escasos–, y que «se siente desatendido por las instituciones, que malgastan recursos sin adaptarse a las verdaderas necesidades».

«Coste de oportunidad»

Esta tarea de cuidado da lugar a lo que se conoce como «coste de oportunidad, una pérdida de oportunidades que proviene de todo lo que dejan de hacer mientras cuidan», y que puede tener consecuencias negativas en la vida personal o en la salud.

En el estudio, un 53% de las personas cuidadoras reconocen que se sienten afectadas por las tareas de cuidado de muy diversas formas, ya sea en relación con el trabajo, la formación, el ocio o las relaciones familiares y personales.

Estos resultados contrastan con el nivel de salud percibida de este colectivo, que es bastante buena, y apenas un 21% presenta algún tipo de sobrecarga cuando se mide con una herramienta estándar como la escala de Zarit, unos datos que según Rueda «van en contra de algunos trabajos que sí detectaban niveles más altos de sobrecarga».

«Probablemente, esta capa de población tiene unos principios muy relacionados con el sacrificio y la renuncia, lo que han ido asumiendo por su propia experiencia personal y vital. Consideran la resignación como un valor en sí mismo y no reconocen la renuncia como tal», ha afirmado.

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LA FALTA DE VITAMINA D AUMENTA UN 78% EL RIESGO DE DEBILIDAD MUSCULAR EN MAYORES

La deficiencia de vitamina D puede aumentar hasta en un 78% el riesgo de perder fuerza muscular en las personas mayores, según un estudio longitudinal realizado por investigadores del Departamento de Gerontología (DGero) y de los programas de posgrado en Gerontología y Fisioterapia de la UFSCar de la Universidad Federal de São Carlos (Brasil) y del University College London (UCL).

Para llegar a esta conclusión, los investigadores analizaron si la falta de vitamina D eran factores de riesgo para la incidencia de debilidad en personas mayores de 50 años, y si la presencia de osteoporosis y la suplementación con vitamina D eran capaces de modificar esta asociación.

Tal y como explican los investigadores en una nota, «independientemente de la edad, etnia y ubicación geográfica, menos de la mitad de la población mundial» alcanza las concentraciones consideradas suficientes de vitamina D, es decir > 50 nmol/L, según el Instituto de Medicina. «Este déficit de vitamina D se ha considerado un problema de salud pública debido a las numerosas funciones que desempeña esta vitamina en el organismo», señalan, como el metabolismo del calcio y el mantenimiento de la salud musculoesquelética.

«Los estudios indican que los tejidos óseo y muscular están interconectados no solo mecánica y físicamente, sino también bioquímicamente. Por ello, los trastornos endocrinos, como la deficiencia e insuficiencia de vitamina D, favorecen la pérdida de la densidad mineral ósea así como la disminución de la masa, la fuerza y ​​la función muscular», explican.

En el estudio participaron 3.205 personas mayores de 50 años del Estudio Longitudinal Inglés del Envejecimiento (ELSA) en Inglaterra, quienes no presentan debilidad muscular al inicio del estudio. Así, durante los cuatro años que duró la investigación, se evaluó la asociación entre la insuficiencia o deficiencia de vitamina D y la debilidad muscular en ellos.

Durante el tiempo transcurrido, los investigadores observaron que aquellas personas que tenían deficiencia de vitamina D al inicio del estudio (vitamina D en sangre < 30 nmol/L), tenían un 70% más de riesgo de desarrollar debilidad muscular al final del estudio que aquellas personas que presentaban niveles normales (vitamina D en sangre > 50 nmol/L). Además, cuando se eliminó del análisis a las personas con osteoporosis que tomaban suplementos de vitamina D, este porcentaje de riesgo aumentó a un 78%.

«La vitamina D participa en procesos bioquímicos de mantenimiento de masa y cinética de contracción muscular. Así, en concentraciones más bajas, favorece la pérdida de fibras musculares, perjudica el mecanismo de contracción y dificulta la reparación y el metabolismo de las fibras musculares, generando debilidad», explicaba Tiago Alexandre, profesor de la DGero y coordinador de la Colaboración Internacional de Estudios Longitudinales del Envejecimiento (InterCoLAging).

«Medidas sencillas, como una alimentación adecuada, la práctica regular de ejercicio físico (preferiblemente de fuerza) y/o actividades de ocio y momentos de exposición solar, pueden contribuir tanto a mantener los niveles de vitamina D circulante en sangre, como la fuerza neuromuscular, previniendo la aparición de desenlaces más graves e incapacitantes», concluía.

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