En nombre del Movimiento Cristiano Reformado – Vida Ascendente de Portugal, queremos felicitar a su Movimiento por la publicación del número 200 de su excelente boletín digital “En Camino”.
Cada semana recibimos su magnífica publicación a través de Mercedes Montoya y la enviamos a todos los miembros de nuestra directiva y a los coordinadores diocesanos de nuestro Movimiento.
Gracias por compartir esta valiosa publicación.
Que muchos más números nos informen y enriquezcan nuestra espiritualidad.
Como muestra de colaboración, les envío un artículo del escritor, crítico y periodista portugués Miguel Esteves Cardoso, que pone de relieve la cultura del usar y tirar de nuestros tiempos y la resistencia de las personas mayores ante esta situación.
Maria Fernanda Rodrigues, presidente del MCR-VA de Portugal
LOS ANCIANOS PODEROSOS
¿Y si nuestra visión de los ancianos fuera la opuesta a la lógica?
¿Y si la vejez fuera un juego donde cada año se presentan nuevos obstáculos y cargas para los participantes, cada año mayor, incitándolos: «¡Ríndanse! ¡Desánídense!»? Empieza alrededor de los 50. Inmediatamente sientes ganas de rendirte. Las personas que amamos profundamente comienzan a morir. Con sorpresas. Malas sorpresas. Comienzan las enfermedades. Comienzan los dolores. Comienzan los prejuicios. Comienza el cansancio.
Cada vez que aparece el monstruo —el monstruo de la vida, el monstruo de la vejez— con nuevas reducciones en nuestra alegría de vivir, nos grita: «¡Desánídense! ¡Ríndanse! Al menos, estén tristes…» Pero a los ancianos les molesta. Les gusta el juego. No es que haya otro juego al que jugar. Se sienten desafiados: «¿Ah, sí? ¿Ah, sí? ¡Pues ya verás!» «Entonces verás, la vida es una madrastra cruel conmigo… ¿o acaso pensabas que me dejaría vencer por tan poco?»
Los ancianos engullen a sus padres muertos, a sus amigos muertos, las cosas que ya no pueden hacer, además del rostro que les devuelve la mirada en el espejo, con la lengua fuera, y las ciudades que se han vuelto irreconocibles, y los paisajes que jamás volverán, y los análisis que empeoran cada vez más. Engullen, llenan sus pechos, se secan las lágrimas y palpan sus almas para ver si se han rendido. No se han rendido. Sigue ahí. Y así es como recuperan fuerzas: Sigo en pie, sigo riendo, sigo queriendo jugar, sigo siendo un gatito.
Los ancianos que no se rindieron son mucho más fuertes que los jóvenes que nunca se vieron obligados a rendirse.
De hecho, rendirse fácilmente es típico de la juventud: es un lujo dejarse vencer por tan poco. El monstruo de los jóvenes no es el mismo que el de los ancianos. No es la muerte. Es peor que la muerte: el monstruo de los jóvenes es la ignorancia. Es una ignorancia invencible, por mucho que uno lea y viva. Conduce a un gran desperdicio. Uno se entrega en cuerpo y alma a un gran desaliento, todo inútil.
Los ancianos, en cambio, saben. Saben y, sin embargo, no se rinden. No son solo supervivientes. Son vencedores.
Miguel Esteves Cardoso

