SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

El día después…

 El día después…

de llegar a este mundo,

incluso estando en el vientre materno,

las personas nos hacemos acreedoras de una serie de derechos

humanos y divinos:

derecho a vivir dignamente los años de vida que Dios nos dé,

derecho a ser respetadas sea cual sea nuestra condición personal,

y nuestro estatus social,

derecho a soñar un mundo mejor para todo el mundo

y derecho a ser felices.

¡Los derechos humanos siempre hay que respetarlos y cumplirlos!

El día después…

de una enfermedad, grave o no tan grave,

se da un giro de 180 grados en la vida de la persona

al tomar conciencia de la fragilidad humana

que, de golpe y porrazo, remueve los cimientos

de nuestro “castillo interior” en cuyo patio de armas

exhibíamos nuestro poderío y nuestro “ego”,

creyéndonos los “señores del castillo”

y que el castillo era inexpugnable.

¡La enfermedad es “maestra de la vida”!

El día después…

del paseo con una persona querida,

de un encuentro familiar,

de una comida con amigos,

de asistir a un concierto de música clásica o moderna

y de la participación en una fiesta patronal,

se descubre que “la alegría y la felicidad”

que muchas veces buscamos a tientas y a ciegas

están al alcance de nuestra mano,

siempre y cuando

acertemos en la elección del camino para encontrarla.

¡A veces se busca fuera lo que está dentro de nosotros!

El día después…

de un “retiro espiritual”

que pone orden y concierto

en nuestros pensamientos y sentimientos,

en nuestra fe, esperanza y caridad

descubrimos que amaneció de noche,

como en el “sábado de gloria”

que, con la luz del Cirio Pascual, la noche se hace día.

¡La luz de Cristo disipa las tinieblas del corazón!

El día después…

de la muerte,

o por ser más exactos, en el mismo momento de la muerte,

entramos en la eternidad con permiso del “jefe”

que siempre lo da porque es nuestro Padre

y no le niega la entrada a ninguno de sus hijos;

al contrario, está encantado de que todos sus hijos

acabemos viviendo en la casa paterna

donde no falta de nada,

porque “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.

¡Qué bien se está en la casa del Padre!

“Dice el Señor: Yo lo pondré a salvo,

fuera del alcance de todos,

porque él me ama y me conoce.

Cuando me llame, le contestaré;

¡yo mismo le abriré la puerta!

Le libraré de la angustia

y le colmaré de honores;

le haré disfrutar de una larga vida:

¡le haré gozar de mi salvación!” (Sal 91,14).

Julián del Olmo

Domingo, 3 de mayo de 2026