FRANCISCO DIEZ AÑOS DE PONTIFICADO

Justamente, el Papa Francisco, en estos diez años de Pontificado, nos ha mostrado un estilo humano y pastoral propio de su condición de jesuita, de latinoamericano y de buen pastor, ajustado siempre a los principios del evangelio de Jesucristo. Estilo del papa Francisco que impacta más en el mundo y en la Iglesia cuanto más el mundo se aparta de los caminos de Dios y más necesita la comunidad eclesial de volver a las fuentes primeras del cristianismo.

Su pontificado ha causado admiración y a nadie ha dejado indiferente, bien por lo novedoso de su genuina personalidad como ser humano y como Papa o bien por los temas, acentos y énfasis de su ministerio Petrino. Francisco abraza la vida y enseñanzas de Jesús de Nazaret para hacerlas su propia vida y sus propias enseñanzas.

Y esta manera de querer vivir auténticamente el evangelio de Jesucristo, de manera sencilla, transparente y sin poses, no es ajena ni escapa al asombro y admiración de todos, dentro y fuera de la Iglesia Católica. Su propio temperamento y su vida como cristiano lo convierten, además, en un hombre y pastor bueno, cercano, sencillo, humilde, en uno como nosotros.

Jorge Mario Bergoglio es, como hombre y como Papa, un ser cotidiano y auténtico en sus palabras y gestos, en los temas que trata, en sus actitudes y en su muy propio y personal modo de comunicarse y de acercarse a todos…

Su manera de ser y estar en la Iglesia y en el mundo lo muestran como un hombre conservador en su doctrina pero progresista en sus actitudes y enfoques; como acogedor, compasivo e incluyente y no excluyente y como un Papa que tiene, quiere y propone una nueva manera de entender las formas de gobierno al interior de la Iglesia hasta aparecer y presentarse él mismo como “anticlerical”.

Desde el primer instante en que asomó al balcón de la Plaza de San Pedro para ofrecer su primera bendición Papal “Urbi et Orbi”, el Pontificado de Francisco ha estado acompañado de signos y gestos novedosos y proféticos con los que ha refrescado la imagen de la Iglesia ante el mundo pero, sobre todo, nos ha convocado permanentemente a los creyentes, a la adhesión a la persona de Cristo, a volver a las fuentes primarias de nuestra fe para vivir la autenticidad evangélica, como verdaderos discípulos y misionera de la Buena Nueva en el mundo.

En la complejidad de esta coyuntura histórica, política, social y cultural en la que vive hoy la humanidad entera, en medio de los enormes desafíos por los que atraviesa hoy el mundo y la Iglesia Católica en él, la guía del Papa Francisco, su vida, sus gestos, sus enseñanzas, han sido, para todos, un viento fresco y un faro de luz en medio de las vicisitudes e incertidumbres que todos afrontamos. Su deseo de avanzar, de poner en marcha a la Iglesia para que avance al mismo paso de los cambios y “signos de los tiempos” que experimenta hoy la humanidad.

Francisco, luz del mundo

Su afán porque la Iglesia entera sea “luz en medio de las tinieblas”, porque alumbremos en las periferias del mundo y compartamos el amor de Dios especialmente con los “descartados” de la tierra, ha encontrado críticas y frenos, sobre todo, al interior de la misma Iglesia, de los que – laicos y clérigos – ven en Francisco una amenaza para sus comodidades e intereses, de los que sienten que Francisco los confronta con el Evangelio y desempolva y sacude el apaciguamiento de sus conciencias, y de todos los que – como los fariseos en tiempos de Jesús de Nazaret – dejan de lado el mandamiento de Dios por aferrarse a los legalismos y tradiciones de los hombres (Cfr. Mc 7,1-13).

Todo esto porque Francisco es primero que todo un “cristiano” a carta cabal, un convencido del Evangelio de Cristo como la respuesta a nuestras ansias de felicidad y a las búsquedas de todos por un mundo mejor, más vivible, más sostenible, más humano y fraterno.

En este décimo aniversario de su pontificado, nos alegramos por todo lo que es y ha significado para la iglesia y el mundo la guía y el Pontificado de Francisco. Celebramos su afán por acercarnos – de nuevo – al evangelio de Cristo y al amor de Dios experimentado y compartido por todos. Nos alegramos por su empeño en que volvamos a ser cristianos y en sacar a la Iglesia de las sacristías para que “alumbre a todos los que están en casa” (Cfr. Mt 5,14-16).

Agradecemos a Dios todo su amor y devoción por los más pobres, los enfermos, los encarcelados, los migrantes, los que más sufren. No le ha tocado fácil al Papa Francisco. Le ha tocado nadar contracorriente de un mundo que quiere construir realidades, relaciones, instituciones y sociedades en contra o a espaldas de Dios y, sobre todo, lo que más duele al Papa, experimentar y padecer las resistencias, oposiciones, negaciones y traiciones al evangelio de Cristo, de laicos y ministros ordenados, al interior mismo de la Iglesia que preside.

Recemos por Francisco, como él mismo nos lo pidió desde el primer instante de su pontificado, para que el Espíritu de Dios continúe fortaleciéndolo, consolándolo, animándolo y nos acompañe y presida en la fe por muchos años más. ¡Ad multos annos!

MARIO J. PAREDES

*Mario J. Paredes es director ejecutivo de SOMOS Community Care, una red de 2600 médicos independientes, la mayoría de ellos proveedores de atención primaria, que atienden a cerca de un millón de los pacientes de Medicaid más vulnerables de la ciudad de Nueva York.

UN LEONÉS SE GRADÚA EN HISTORIA DEL ARTE…¡A LOS 81 AÑOS!

Lucio Santamarta es originario de Villamoratiel de las Matas (León), inició el Grado en Historia del Arte en 2014 y desde entonces ha sido constante en su asistencia a clase

 El pasado viernes 3 de marzo, la Facultad de Filosofía y Letras acogió la lectura y defensa de uno más de los Trabajos Fin de Grado que se celebran en este centro y resto de escuelas y facultades de la Universidad de León (ULE). Sin embargo, en esa ocasión merecía un mayor reconocimiento y atención al tratarse del alumno Lucio Ángel Santamarta Alegre, que a sus 81 años ha logrado graduarse en Historia del Arte.

Santamarta, natural de León aunque su familia procede de Villamoratiel de las Matas (León), inició el Grado en Historia del Arte en 2014 y desde entonces ha sido constante en su asistencia a clase, solo suspendida una temporada por motivos de salud.

Su TFG (Trabajo Fin de Grado) versa sobre la Catedral de León

El Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras recién inaugurado el pasado miércoles fue el escenario donde dio lectura a su proyecto de fin de estudios, un Trabajo Fin de Grado (TFG) titulado ‘Arquitectura renacentista en la Catedral de León’, donde analiza los promotores, arquitectos y circunstancias que transformaron el templo leonés durante el siglo XVI y que defendió con éxito ante un tribunal integrado por Mª Dolores Teijeira Pablos (presidenta), José Alberto Moráis Morán (Vocal) y Javier Castiñeiras López (secretario).

Con este trabajo, según explicó el profesor y tutor del TFG, Joaquín García Nistal, «no solo ha demostrado desarrollar las competencias propias del título, sino también, y especialmente, porque Lucio Ángel se ha convertido en un ejemplo de superación y un referente para su generación y otras más jóvenes con las que ha compartido los últimos años su entusiasmo por el Arte».

LEONOTICIAS

ESTA CUARESMA VOLVEMOS AL DESIERTO

Necesitamos que nos recuerden las cosas, bien para reforzar lo que ya sabemos o para hacernos reflexionar y descubrir.

Éstos son los SIETE SACRAMENTOS DEL DESIERTO, son reflexiones para leerlas despacito, en voz baja y dejarlas que entren hasta el fondo de nuestro ser:

1º El desierto está aquí, en tu edad con sus achaques, en tu cruz de cada día. Llévalos con paz, incluso con gozo, conviértelos en ofrenda.

2º El desierto está dentro de ti, en tu intimidad, donde te cuesta pasar, porque el ruido, la prisa, la superficialidad te echan fuera. ¡Vuélvete dentro, donde Dios habita y te espera!

3º El Desierto es ahora, aquí mismo, en tu vivir cotidiano con sus cuestas arriba y abajo, su trajín, sus madrugones, sus insomnios, en la ventanilla cerrada, la multa o la hipoteca sin pagar. Cada roce, mala cara, ruido, silencio molesto, cada dolor de rodilla, de espalda, cada tropezón son instantes que nos maduran en el sufrir y en el luchar.

4º El Desierto está cerca, alrededor. ¡Hay tantas seducciones, ofertas, señuelos! Cada pecado capital te envía su mensaje seductor, con el sexo, la codicia, la comodidad, o soliviantador, como la envidia o la ira

5º El desierto es purificación, maduración. Las tentaciones de Jesús estaban disfrazadas de

bien: ¡Asegúrate, ten un buen proyecto, cuídate, no te compliques! Son las tentaciones de los buenos. En el desierto aprendemos a diferenciar lo que viene de Dios, o de los hombres.

6º El desierto es intimidad, vida interior, encuentro amoroso con el Señor, penitencia y reconciliación.

7º El desierto, en fin, está en el piso solitario de la abuelita, en la chabola llena de frío y hambre, en los portales de Belén sin pastores ni Reyes Magos, en las frías noches del enfermo, el mendigo.

Reflexionemos y meditemos…..

LAS EXIGENCIAS, CON UNO MISMO

La buena noticia de Jesús debe ser defendida por todo seguidor de Jesús. Pero como en la base de esta buena noticia está siempre el amor, un amor que termina dando la vida por los enemigos, es inconcebible que esta buena noticia se emplee para odiar, condenar o rechazar a quien no la acepta. En la cruz de Cristo se rompe toda espiral de violencia, porque allí Jesús se niega a devolver mal por mal. El único modo de parar el mal es no respondiendo al mal. Y el único modo de desarmarlo es devolviendo bien por mal.

No es extraño, por tanto, que el Papa Francisco insista en la necesidad de una Iglesia acogedora, una Iglesia de puertas abiertas, no una Iglesia de puros o de perfectos, sino una Iglesia en la que los impuros y los imperfectos, muchas veces condicionados por circunstancias difíciles de superar, por no decir imposibles, hacen lo que pueden. Evidentemente cuando hablamos de impuros e imperfectos, no nos referimos a personas que hacen el mal o dañan a otros. Una cosa es que yo tenga dificultades en controlar mis pasiones y otra es que esas pasiones me lleven a dañar al prójimo o a abusar de él. En el primer caso, un cristiano es comprensivo y busca ayudar; en el segundo, un cristiano busca impedir; o busca ayudar impidiendo que una tercera persona sea dañada.

Por eso decía en el post anterior que con la precisión de evangélica nos orientamos en el buen sentido del término radicalidad. Porque el evangelio no es extremoso ni intransigente. Ese modo de pensar y de proceder no debería tener lugar en la Iglesia. Si un cristiano es radical es porque entiende que nunca ama suficientemente, que siempre puede hacer más por los demás. Un cristiano nunca se cansa de hacer el bien. Pero esta radicalidad se aplica sobre todo con uno mismo. De cara a los demás, la radicalidad del amor se ofrece como una propuesta, nunca como una exigencia.

En este sentido un cristiano es alguien muy exigente consigo mismo, pero nada intransigente con los demás. Un amor a la fuerza es imposible. El amor siempre nace, crece y se desarrolla en un clima de libertad. Dígase lo mismo de la fe: ella es libre por su propia naturaleza. Por eso, cualquier género de coacción en materia religiosa está en total desacuerdo con la índole de la fe cristiana. La verdad solo se impone “por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y a la vez fuertemente en las almas” (Concilio Vaticano II).

Martin Gelabert

Blog Nihil Obstat

EL LEGADO TEOLÓGICO PASTORAL DEL PAPA FRANCISCO TRAS 10 AÑOS DE PONTIFICADO

Así resume Mons. Mariano Fazio, vicario auxiliar del Opus Dei, el legado que el Papa ha dejado a la Iglesia y a la sociedad desde 2013 hasta hoy. Estas ideas fueron presentadas en un evento organizado recientemente por la Academia de líderes católicos y la Pontificia Comisión para América Latina.

Me gustaría subrayar algunos puntos del Magisterio de Papa Francisco, que están ayudando a renovar la fe de la Iglesia siempre dentro de la tradición.

Diez años son muchos, por lo que se trata necesariamente de una selección de ideas.

“El nombre de Dios es misericordia”.

Al recordarnos que Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre, Francisco plantea una realidad en la que tanto insistió san Juan Pablo II: nos dice que el anuncio del kerigma salvífico es el mensaje fundamental de la fe cristiana. Dios se encarnó para salvarnos, muriendo en la Cruz y abriéndonos las puertas de su perdón a través de su infinita misericordia.

Las bienaventuranzas, corazón del Evangelio.

Tanto las bienaventuranzas como el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo -donde se habla de las vírgenes necias y prudentes, de la parábola de los talentos y del juicio final- son el corazón del Evangelio, porque esos textos ponen de manifiesto la misericordia divina y su acogida en el corazón de cada persona.

El matrimonio, participación del amor de Dios.

En Amoris laetitiae, el Papa hace una relectura del himno del amor de la carta de san Pablo a los Corintios que permite comprender que el amor de los esposos es participación del amor de Dios: “Podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada”, dice san Pablo.

Y el Papa añade en su exhortación apostólica: “No podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar”. Propone, en concreto, que en la familia se usen tres palabras para estimular ese amor: gracias, perdón, permiso.

El buen samaritano, inspiración para acoger al otro.

En la encíclica Fratelli tutti, el Papa sugiere una relectura de la parábola del buen samaritano. Rastrea sus antecedentes en el Antiguo Testamento e interpela al lector preguntando con qué personaje se identifica.

Mirando al mundo de hoy e incluso a la Iglesia, afirma: “Todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes”. Francisco invita a que en la catequesis y la predicación se tenga más presente hablar dignidad de cada persona.

La santidad “de la puerta de al lado”.

En Gaudete et exsultate, Francisco acerca la santidad a la vida ordinaria, rememorando aquellos gestos cotidianos que podemos llevar a plenitud con la presencia de Dios. Dice así: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, ‘la clase media de la santidad’”.

A los jóvenes: Dios es Amor. Cristo salva. Vive.

Estas tres realidades componen el anuncio kerigmático vivencial que Francisco quiere transmitirles. “No conocerás la verdadera plenitud de ser joven -dice en Christus vivit-, si no encuentras cada día al gran amigo, si no vives en amistad con Jesús”. Y añade que los amigos nos ayudan a madurar y son, al mismo tiempo, un reflejo del cariño del Señor.

Tener amigos nos enseña a abrirnos, a comprender, a cuidar a otros, a salir de nuestra comodidad. Por eso, la amistad con Jesús transforma, porque él “los quiere como sus instrumentos para derramar luz y esperanza, porque quiere contar con vuestra valentía, frescura y entusiasmo”. El Señor invita a todos al anuncio misionero en “cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente”.

Contagiarnos de la alegría del Evangelio.

El Papa invita a vivir y transmitir la alegría evangélica, y lo recuerda con expresiones como: “No tener cara de Cuaresma sin Pascua”. Es decir, el cristiano tiene que renovar la esperanza -en ocasiones, tantas veces al día- porque “Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos”. El pesimismo no es cristiano. Quien se entrega a Dios por amor será fecundo.

“Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo”. Nada hecho por amor se pierde: ningún trabajo, ninguna preocupación sincera, ningún acto de amor a Dios, ningún cansancio generoso… Pero esa espera no implica inactividad o una actitud pasiva ya que, en el misterio de una aparente esterilidad, “sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria”.

Cuidar y proteger la casa común.

Tomando como inspiración las palabras del santo de Asís –“Laudato si’”-, papa Francisco recuerda la necesidad de cuidar la tierra, que nos ha sido confiada por Dios. “Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos”.

El Papa subraya la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, con la convicción de que en el mundo todo está conectado. Además, denuncia la cultura del descarte y propone una base para desarrollar una nueva ecología humana.

La fe, luz para vernos y para ver como Cristo.

El Papa dedicó su primera encíclica a la fe. Lumen fidei explica que la fe nos ayuda a participar de la visión de Jesús. “Para la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver”.

Señalaba, además, que es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, “pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo”. La fe, dice el Papa, nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, “un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida”.

La piedad y la revolución de la ternura.

El Papa ha hecho numerosas referencias a devociones cristianas que pueden provocar una revolución en la vida de los cristianos si se viven con ternura: nos ha invitado a poner el belén en Navidad para acoger a Dios (Admirabile Signum), ha escrito sobre san José para que aprendamos a ser custodios de los demás (Patris Corde) y sabemos que acude a saludar a la Virgen a la basílica romana de Santa María la Mayor cada vez que regresa de un viaje. Son gestos de hijo del que aprendemos a ser hijos del Padre.

El autor: Mariano Fazio

Sacerdote, historiador y profesor. Actual vicario auxiliar del Opus Dei.​

LA SANTA DE LA SEMANA: REBECA DE HIMLAIA

Rafka Choboq Ar-Rayes,  en español Santa Rebeca de Himlaia,  nació en Himlaia, a 30 km de Beirut,  Libano,  el 29 de junio de 1832 – murió en  Batroun, Libano,  el 23 de marzo de 1914), , fue una religiosa maronita libanesa, su nombre real era Petra Choboq Ar-Rayes, descendía de una familia campesina.

Fue canonizada en 2001  su festividad es el  23 de marzo. Es venerada en Líbano por la  Orden religiosa Baladites y  la Orden Libanesa Maronita y por toda la Iglesia Católica.

Desde su juventud, Petra sintió un profundo amor por Cristo y la Eucaristía, por lo que quería ingresar como novicia en las Hermanas de María, pero la fuerte influencia de los que más tarde serían futuros santos libaneses, los maronitas, Chárbel Makhlouf y Nimatullah Al-Hardini, la volvieron hacia el monasterio maronita de San José de Batroun, al cual ingresó en 1897, tomando el nombre de Sor Rafka (en español, Rebeca).

En el 1860, Rafqa  fue trasladada a Deir al-Qamar, para enseñar el Catecismo a los jóvenes. Tuvieron lugar en aquel período los dramáticos acontecimientos que ensangrentaron Líbano en aquel año. Rafqa vio con los mismos ojos el martirio de un gran número de personas. También tuvo el ánimo de esconder a un niño bajo su propia capa, salvándolo de la muerte. Rafqa estuvo en Deir al-Qamar cerca de un año: luego regresó a Ghazir.

El primero domingo de octubre del 1885, en la iglesia del monasterio, mientras estuvo en oración, le suplicó a Dios hacerla participar en su Pasión redentora. Su ruego fue atendido esa misma tarde: ella empezó a sentir fuertes dolores de la cabeza y poco después el dolor se extendió a sus ojos. Todos los tratamientos resultaron inefectivos y se decidió mandarla a Beirut para intentar otros tratamientos.

Durante el viaje se detuvo en Biblos, dónde fue confiada a un médico americano que, después haber analizar su caso, decidió operarla, pero durante la operación le extrajo por error el ojo derecho. La enfermedad pronto afectó al ojo izquierdo; ahora los médicos juzgaron que cualquier tratamiento sería inútil y Rafqa regresó a su monasterio, donde el dolor ocular la acompañó por 12 años. Soportó su dolor con paciencia, en silencio, en oración y con alegría, repitiendo continuamente: «En unión con la Pasión de Cristo”

En 1897, un grupo de monjas del convento de San Simeón de Aitou se trasladó al nuevo convento de San José de Ad-Daher. La Madre Úrsula, que iba a ser la superiora de la nueva fundación, pidió que la hermana Rafqa fuera incluida en el grupo, para que su ejemplo ante las hermanas disminuyera las dificultades que siempre existen en una nueva fundación.

La Hermana Rafqa pasó los últimos diecisiete años de su vida en este convento, que iba a ser el escenario de sus más grandes sufrimientos, así como de sus alegrías más espirituales.

Rafqa no decepcionó a la Madre Úrsula. Su ejemplo y ayuda resultó muy valiosa en el establecimiento del nuevo monasterio. Las novicias fueron especialmente impresionadas con el espíritu de oración de la monja ciega, además de su humildad y caridad. Muchos años después de su muerte, varias de las hermanas que, o bien habían llegado con ella a la nueva fundación, o que habían sido novicias durante los diecisiete años que vivió en San José de Ad-Daher, y que no habían olvidado lo vivido junto a ella, dieron testimonio de su santidad…

Rafqa sufrió durante esos diecisiete años de ceguera. Sólo Dios sabe lo mucho que tuvo que soportar. Su dolor era continuo noche y día, sin embargo, las demás hermanas nunca la oyeron murmurar o quejarse. A menudo la oyeron dar gracias a Dios por sus sufrimientos, «… porque sé que la enfermedad que tengo es para el bien de mi alma y de Su gloria» y que «la enfermedad aceptada con paciencia y acción de gracias purifica el alma como el fuego purifica el oro».

Siempre estaba tranquila, sonriente, soportando incluso el dolor más grande, con paciencia, confiando en el Señor quien se comprometió a aumentar el deleite de sus siervos fieles en el cielo (cf. Lucas 21:19).

Sor Rafka se caracterizó también por el amor que sintió hacia los enfermos y los niños abandonados, y oraba por ellos. En 1899, la religiosa sufre de diversas enfermedades, queda paralítica y ciega, pero su fe no se quebrantó, y ofreció sus dolores físicos para propiciación de los pecados de toda la humanidad, sobre todo, de su nación.

Murió en Batroun en 1914, a la edad de 82 años

«EL SEÑOR NOS LLAMA CADA DÍA Y CADA HORA»: EL PENSAMIENTO DE SAN ALONSO DE OROZCO PARA LA CUARESMA

San Alonso de Orozco recuerda la importancia del ayuno para el cristiano y la necesidad del recogimiento para orar con Dios en la Cuaresma

Ayuno

El ayuno está tan loado en la Sagrada Escritura, que por él los ninivitas, una gente sin fe, aplacaron la justicias rigurosa de Dios; Moisés, para recibir la ley, ayunó cuarenta días con sus noches; el bienaventurado san Pablo en tres días no comió no bebió, luego que fue convertido, y así mereció ver a Dios, siendo robado al tercer cielo; finalmente el ayuno derriba los vicios, levanta el alma al cielo y alcanza gran favor de Dios.

Ejemplo preclaro en la presente materia nos ofrece Jesucristo, nuestro invencible Príncipe, quien ‘guiado por el Espíritu Santo se retiró al desierto’ -ayunando cuarenta días-, acabados los cuales triunfó completamente a Satanás y, fuertemente amarrado, lo puso a nuestros pies.

Cosa digna de admiración, amadísimo hermano: Dios, el omnipotente, por cuyo imperio todo se gobierna y conserva, no quiso entrar en batalla con el astuto enemigo antes de mortificar la carne con una larga y austerísima abstinencia de cuarenta días, con cuyo ejemplo somos sabiamente aleccionados para que, venciendo nuestra pusilanimidad y cobardía, desbaratemos con frecuentes ayunos a nuestro doméstico tirano.

Se retira también nuestro Salvador a ayunar al desierto, huyendo de las alabanzas de los hombres. Es lo que debemos hacer en Cuaresma.

Nuestro Padre dice que nos dispongamos para la oración siendo abstinentes y ayunando, no según nuestro deseo querría, sino según nuestra flaqueza lo sufre. Esto es lo que san Pablo amonesta, que nuestro sacrificio sea puesto en razón, y que vaya siempre, según Dios lo mandaba en la ley, acompañado con sal de sabiduría y discreción.

Recogimiento

Lo que suplico, mi dulcísimo Redentor, es que me llevéis tras vos a este vergel y paraíso a donde vais a orar. Acompañen a vuestra Majestad todas nuestras potencias, como apostolado fiel y obediente, para que, olvidado el tumulto y turbación de esta Babilonia y valle de lágrimas, salgamos al campo adonde vais a orar.

El Señor nos llama cada día y cada hora, como llamó allí a sus apóstoles, para que nos levantemos y vayamos a orar en secreto, dejando compañía de hombres para gozar de nuestra compañía de ángeles.

Muchas veces se apartó solo nuestro Redentor parar orar en el monte de los Olivos, según dice san Lucas: no por necesidad de apartarse para orar con más quietud el que siempre gozaba de la visión beatífica del Verbo Dios, sino para que diese regla a nuestra flaqueza de seguir tal documento, orando con soledad y recogimiento.

En Cuaresma, te has de comenzar a disponer para orar, imitando al Redentor del mundo, dejando no solamente los negocios de casa y las compañías que quiten la oración, lo cual significa salir de Jerusalén, mas aun todo pensamiento extraño e impertinente se ha de olvidar, porque no basta estar solitaria el alma cuando ora, sino que ha de callar para que se levante sobre sí misma.

Así lo dice Jeremías: «Sentaráse solo y callará, levantándose sobre sí mismo». Aquel se asienta en la oración, que descansa perseverando en ella; y entonces calla, cuando a todos sus pensamientos pone silencio.

San Alonso de Orozco

LA BÚSQUEDA DE DIOS

No es suficiente con que Dios nos busque a nosotros. No podemos sentarnos y esperar con los brazos cruzados a que Dios nos encuentre.

Es necesario que también nosotros busquemos a Dios. Para que se dé el encuentro al que Dios nos llama y para el que ya ha puesto todo de su parte y que es lo único que nos da plenitud humana, cristiana y en la vida contemplativa- hay que escuchar, responder, dejar actuar a Dios.

Ese encuentro que Dios quiere, no se produce sin nuestra colaboración, sin nuestro permiso.

«Dios nos visita frecuentemente. La mayoría de las veces no estamos en casa», dice un proverbio africano. Y es verdad: andamos tan dispersos y tan acelerados por el activismo que difícilmente Dios nos encuentra en casa.

Para que la búsqueda de Dios hacia nosotros dé su fruto hace falta, por lo menos, que nos dejemos encontrar; pero es mucho mejor si salimos nosotros a su encuentro por el mismo camino por el que él viene a visitarnos.

Por eso es necesario buscar a Dios, por eso es necesaria una tarea muy concreta por nuestra parte.

Una advertencia importante: la necesidad de nuestra búsqueda no niega que es Dios el que tiene más interés en que se produzca este encuentro y el que ya ha hecho todo lo necesario para que podamos buscarle con éxito.

Tenemos que saber y mantener en nuestro corazón que Dios es el que busca primero y el que nos busca con toda intensidad, aunque experimentemos con frecuencia la lejanía de Dios y nos cueste trabajo, esfuerzo y tiempo encontrarle.

Pero por grande que sea la dificultad y el esfuerzo de purificación y de renuncia para buscar a Dios, no podemos pensar que Dios se esconde o que no quiere encontrase con nosotros, o que esa búsqueda es imposible para nosotros.

Lo que sentimos espontáneamente es la distancia que nos separa de él y lo que nos cuesta a nosotros recorrerla; pero no nos damos cuenta de que somos nosotros los responsables de esa distancia, que si hace falta trabajo y esfuerzo para buscar a Dios es porque nosotros, en nuestro estado actual, no podemos encontrarnos con Dios.

Necesitamos un proceso de transformación para ver a Dios: ésa es la búsqueda de Dios que nosotros tenemos que hacer, pero sabiendo que Dios respalda esta búsqueda.

a) Hemos de comenzar prestando atención a lo que nos dice el profeta Jeremías:

“Me buscaréis y me encontraréis cuando me busquéis de todo corazón; me dejaré encontrar de vosotros” (Jr 29,13).Muchas veces nos quejamos de que Dios está lejos de nosotros, y ponemos como excusa nuestros pequeños esfuerzos para encontrarle (hacemos un poco de oración, nos hemos parado un poco a pensar… y queremos resultados inmediatos).

Pero lo que garantiza encontrar a Dios, según nos dice el profeta, es “buscarle con todo el corazón”. Es decir, sin condiciones, sin reservas; del todo, no a ratos o sólo cuando nos interesa.

Mientras sigamos poniendo otras cosas por encima de la búsqueda de Dios (trabajo, preocupaciones, respetos humanos, perezas), no le buscaremos con todo el corazón y no es extraño que no le encontremos.

Porque la dificultad de ese encuentro no es un largo camino que recorrer para encontrar a Dios -porque Dios está a nuestro lado-, sino un corazón abierto y limpio en el que Dios pueda entrar, por eso hay que buscarle con todo el corazón.

b) También el salmo 69, al que nos hemos referido antes, nos dice todavía más cosas sobre cómo debe ser el que busca a Dios.

“Miradlo, los humildes y alegraos, buscad a Dios y revivirá vuestro corazón” (Sal 69,33).

Es a los «humildes » a los que se manda buscar a Dios. Es a los «pobres » a los que se les promete que Dios les escuchará. El que busca a Dios es el pobre y el pobre busca necesariamente a Dios. Por tanto, el que busca a Dios ha de ser pobre o ha de hacerse pobre, es decir:

Saberse débil y acudir confiadamente a Dios.

Estar necesitado y buscar en Dios la salvación.

Escuchar a Dios con infinito respeto, con sobrecogimiento religioso y obedecer sus palabras.

c) El Salmo 14 nos dice:

“El Señor observa desde el cielo

a los hijos de Adán,

para ver si hay alguno sensato

que busque a Dios”

(Sal 14,2 = 53,3).

El salmo nos habla de dos categorías de hombres:

El necio que vive a espaldas de Dios (que no busca a Dios), que es el malhechor, el injusto, el que no invoca a Dios.

El sensato, el que busca a Dios, el que obra bien. Dios busca desde el cielo a alguien que le busque a él.

El cristiano, especialmente el contemplativo, ha de tener la sensatez de ponderar lo que merece la pena buscar: lo que vale para siempre, lo que no termina, un tesoro que ni la polilla puede roer ni los ladrones robar: la comunión con Dios.

Este salmo nos confirma que no podemos dudar que Dios busca al que le busca, que mira desde el cielo para encontrar verdaderos buscadores de Dios.

d) El salmo 24 identifica más claramente al grupo que busca al Señor. Primero aparece una pregunta en el salmo:

“¿Quién puede subir al monte del Señor?” (Sal 24,6)

Y la respuesta es clara:

“El hombre de manos inocentes,
y puro corazón,
que no confía en los ídolos,
ni jura contra el prójimo en falso.”

Y concluye:

“Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia Dios de Jacob.”

Ése es el retrato del verdadero buscador de Dios: el hombre justo, de corazón puro (los limpios de corazón verán a Dios, nos dice el Señor, Mt 5,8), que ha puesto su confianza sólo en Dios.

Esto recitaban los judíos piadosos al acercarse al templo de Jerusalén. Con mayor razón nos lo debemos aplicar nosotros que caminamos a la Jerusalén Celestial. «Este es el grupo que busca al Señor» ha de poder decirse especialmente de los contemplativos, a eso es a lo que debemos ayudarnos con el esfuerzo de cada uno, con el estímulo del mutuo ejemplo, con la corrección fraterna. No buscamos a Dios solos, formamos parte del grupo que busca al Señor.

 Características de la búsqueda de Dios

Podemos terminar estos puntos de oración contemplando las características fundamentales de la búsqueda de Dios. Ya hemos visto dos de ellas:

1º. Lo primero es la llamada de Dios: él despierta nuestro corazón para que le deseemos y le busquemos, nos muestra su rostro para que podamos buscarlo y reconocerlo.

2º. El hombre debe consentir y recibir ese deseo de Dios como un don precioso de Dios y convertirlo en búsqueda activa de Dios para llegar a entrar en la intimidad que nos ofrece.

3º. El deseo de Dios aumenta según vamos sintiendo más cercana su presencia.

Dios no nos sacia como las cosas del mundo. Una vez que tenemos las cosas que tanto deseábamos, o hemos conseguido las metas por las que tanto luchábamos, se satisface el deseo, nos aburren, no nos parecen ya tan valiosas, incluso nos hartan de tal manera que llegamos a aborrecer lo que antes deseábamos fervientemente.

Con Dios sucede al contrario: cuanto más le conocemos y le tenemos más aumenta el deseo de él; se hace mayor la atracción cuanto más cerca está de nosotros. Se trata de una búsqueda que no termina nunca, mientras dura esta vida; una búsqueda que nos produce el vértigo de sabernos más y más atraídos por Dios, según nos vamos acercando a él.

De nuevo podemos apoyarnos en los salmos para profundizar en esta verdad y avivar este deseo creciente en nosotros.

“Como busca la cierva corrientes de agua,                                                                            así mi alma te busca a ti, Dios mío;                                                                                      tiene sed de Dios, del Dios vivo:”

Mercedes Montoya Diaz

¡GRACIAS MARÍA, POR RESPONDER CON TU ‘SÍ’ A DIOS!

Cada año, el 25 de marzo, la Iglesia celebra la Solemnidad de la Anunciación del Señor. Es decir, se recuerda de manera solemne que, un día como hoy, la historia de la humanidad cambió de curso radicalmente, en el momento en que una humilde doncella de Nazaret, María, dio un “Sí” valiente a Dios, que la invitaba a cooperar en su plan salvífico. Por su ‘sí’ María concibe a Jesús y se convierte en madre del mismo Dios, en protectora del Aquel que nacería y moriría para redención del género humano.

Por qué celebrar

“‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible’. María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’. Y la dejó el ángel” (Lc. 1, 35 – 38).

El Evangelio del día (Lc. 1, 26-38) recuerda el diálogo del mensajero de Dios con la Virgen. No hubo imposición, hubo libertad. Fue una propuesta que María pudo haber rechazado -la salvación del mundo dependía de ella- pero la “bendita entre las mujeres” aceptó, produciéndose el más grande de todos los milagros, la Encarnación del Hijo de Dios. Dios eterno hecho hombre, el Amor infinito ingresando a la historia, haciendo que todo quede elevado.

Un día solemne

La Solemnidad de la Anunciación se celebra nueve meses antes de la Navidad (25 de diciembre). Si se considera con detenimiento el pasaje bíblico correspondiente (la narración del encuentro de la Virgen con el ángel), es claro que el camino que se abría para la Madre de Dios no sería fácil. En ese momento, María estaba comprometida con José y ya había un “plan trazado” para ella y su futuro esposo. No resulta difícil calcular, en consecuencia, que ese plan sería dejado de lado e iban a aparecer dificultades e incertidumbres.

José, sorprendido por lo que María le contaba, decidió repudiarla en secreto, intentando, en la medida de lo posible, no avergonzarla frente a todos. María, por su parte, tendría a su Hijo y confiaría en la Providencia de Dios aunque todo se pusiese en contra.

Pero como Dios no abandona a los suyos, envía un ángel que le habla a José en sueños. Dios esperaba muchísimo de él. Quería que su Hijo estuviera bajo el cuidado paternal del santo varón. José, de esta manera, recibiría el privilegio incomparable de ser el padre de Jesús en la tierra y de formar con María un hogar santo, lleno del amor divino: la Sagrada Familia de Nazaret.

La Anunciación del Señor y la cultura de la vida

María tuvo en su vientre a Jesús. Fueron nueve meses de espera, albergando a la fuente de la vida dentro de sí. Nueve meses en los que cada instante era una confirmación de Dios de que la naturaleza humana posee una grandeza y dignidad incalculables. Dios abrazó nuestra naturaleza, quiso pasar por cada etapa de nuestra vida, desde la concepción hasta la muerte. No se encarnó a los tres meses, ni a los seis, la Encarnación se produjo en el instante de la concepción. He aquí una razón más por la que la Iglesia defiende a cada ser humano desde el primer instante de su vida, y por qué en muchas partes del mundo,  se celebra “el día del niño por nacer” (25 de marzo).

¡Feliz día de la Anunciación!

¡Por María entró la alegría al mundo entero!

CARTA DEL OBISPO DE CORIA-CÁCERES: «CUARESMA, TIEMPO DE SANACIÓN»

Estamos en Cuaresma y D. Jesús Pulido nos propone la práctica de la limosna, que aúna el amor a Dios y el amor al prójimo, especialmente al más necesitado

La Cuaresma es un tiempo de sanación. Lázaro que resucita, la Samaritana que descubre un agua que salta para la vida eterna, y el ciego de nacimiento que recobra la vista serán nuestros guías. En Cuaresma nos ponemos en “cuarentena” para sanar de la enfermedad del pecado, del alejamiento de Dios y de la indiferencia para con los hermanos, y celebrar así, limpios de corazón y bien dispuestos, la Pascua anual de la resurrección del Señor. Estos cuarenta días son un símbolo, una metáfora, de toda nuestra vida, en peregrinación al Reino de los cielos, a la Pascua definitiva. Por eso, la Cuaresma se abre con estas palabras al imponernos la ceniza: Acuérdate de que estás de paso… “conviértete y cree en el evangelio”.

Sin el anuncio gozoso de la resurrección, sin la certeza de que nos espera la vida después de la muerte, las penitencias cuaresmales no pasarían de ser una estéril mortificación. Seríamos de esos cristianos con cara de funeral, a los que se refiere el Papa Francisco, “cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”. Sin la Pascua, las prácticas cuaresmales no serían curativas sino punitivas, como esos latigazos de más, prohibidos por las Escrituras, porque ya no sirven para regenerar al pecador sino para torturarlo. Pero con la Pascua en el horizonte, estos cuarenta días son una nueva oportunidad que el Señor nos da para reorientar nuestra vida; y las renuncias son como una medicina saludable, una poda de los sarmientos viejos para que broten renovados.

Hay tres medicinas, tres podas, que se remontan al mismo Jesús, para convertirnos en Cuaresma: el ayuno, la oración y la limosna. No se trata de mandamientos de la ley. Son actos de religión, dirigidos directamente al “Padre que ve en lo secreto” (Mt 6,6).

En esta primera semana de Cuaresma proponemos la práctica de la limosna, que aúna el amor a Dios y el amor al prójimo, especialmente al más necesitado. La limosna puede tener tres motivaciones que se implican unas a otras: hacer limosna es practicar la justicia porque lo que damos al pobre, a quien carece de lo necesario para vivir, es algo debido; por otra parte, limosna nos construye como personas de bien y nos hace crecer en humanidad, en la virtud la generosidad, contraria a la avaricia; y, en tercer lugar, hacemos limosna como sacrificio agradable a Dios, fruto de la conversión.

Estos tres niveles no son excluyentes, sino inclusivos y se refuerzan mutuamente. Aunque repartiéramos todos nuestros bienes para dar de comer a los pobres, si no tenemos amor, de nada nos sirve. «Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en tu corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aun cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, tu limosna es válida» (San Agustín, Enarrat. in Ps. 125). Amar es darse, no solo dar cosas. Y, por otra parte, no es agradable a Dios la limosna que no repercute en bien de los demás. La sensibilidad social va unida a la verdadera fe en Dios Padre desde los primeros siglos. San Ambrosio, en el siglo IV, dice algo que nos tiene que inquietar: «No es menos delito quitar los bienes al que los tiene, que negárselos a quien le faltan, cuando nosotros estamos sobrados y podemos dar” (Sent. 153).

Para esta Cuaresma 2023, nuestra Iglesia diocesana propone una práctica común de la limosna en favor de las personas mayores de nuestras seis residencias. En ellas intentamos ofrecer, como cristianos, un servicio caritativo, social y espiritual, especialmente a aquellas personas que no tienen acceso a las ayudas públicas y no se pueden permitir los costes de unos cuidados privados. Durante la pandemia, los ancianos son los que más han sufrido las consecuencias sanitarias y sociales, y nuestras residencias se han tenido que convertir por momentos en un hospital de campaña para las enfermedades y en una familia para acompañar la soledad del confinamiento.

Invito a los párrocos y a los responsables de las comunidades religiosas o laicales a unirse a esta penitencia comunitaria que nos sane del egoísmo, de la indiferencia, de la avaricia… y nos introduzca en la comunión de los santos, como la primera comunidad cristiana.

Nuestro granito de arena puede formar grandes playas con la bendición de Dios.

Deseo a todos una santa Cuaresma. Que Dios os bendiga,

+ Jesús Pulido Arriero

Obispo de Coria-Cáceres