BEATIFICACION DE JUAN PABLO I

Ha pasado a la historia como el Papa de los 33 días de pontificado, o más banalmente como el «Papa de la sonrisa» o, peor aún, como el Papa protagonista de una leyenda negra de muerte repentina alimentada por libros y periódicos. La beatificación ayuda a conocer mejor y también a descubrir la inmensa figura de Juan Pablo I. El magisterio, la profundidad espiritual y humana, la cultura patrística, moral, histórica y dogmática.

Durante la beatificación de Juan Pablo I, el Papa Francisco destacó este domingo 4 de septiembre la humildad y la alegría de Albino Luciani y alentó a imitar su ejemplo para “vivir sin concesiones”, “no a medias”, a amar “hasta el extremo”.

El Santo Padre presidió el rito de la beatificación y pronunció la homilía, mientras que la Santa Misa fue presidida por el prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, el Cardenal Marcello Semeraro.

Durante la liturgia eucarística el Papa permaneció sentado a un costado del altar.

La Eucaristía fue concelebrada por el postulador de la causa, el Cardenal Beniamino Stella, el secretario de Estado Vaticano y presidente de la Fundación Vaticana Juan Pablo I, el Cardenal Pietro Parolin, y también por numerosos cardenales, obispos y sacerdotes.

La ceremonia se llevó a cabo en la plaza de San Pedro del Vaticano, en un clima lluvioso con muchos peregrinos venidos de todas partes de Italia.

En su homilía, el Papa invitó a imitar a Jesús para “amar sin medida”, mirando al Crucificado para “purificarnos de nuestras ideas distorsionadas sobre Dios y de nuestras cerrazones, a amarlo a Él y a los demás, en la Iglesia y en la sociedad, también a aquellos que no piensan como nosotros, e incluso a los enemigos”.

“Amar; aunque cueste la cruz del sacrificio, del silencio, de la incomprensión y de la soledad, aunque nos pongan obstáculos y seamos perseguidos. Porque -como dijo también Juan Pablo I- si quieres besar a Jesús crucificado no puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona, que tiene la cabeza del Señor”, dijo el Papa.

En esta línea, el Santo Padre alentó a amar “hasta el extremo, con todas sus espinas; no las cosas hechas a medias, las componendas o la vida tranquila”.

“Si, por miedo a perdernos, renunciamos a darnos, dejamos las cosas incompletas: las relaciones, el trabajo, las responsabilidades que se nos encomiendan, los sueños, y también la fe”, advirtió.

“¡Cuánta gente vive a medias! También nosotros, muchas veces tenemos la tentación de vivir a medias. Vivir sin dar nunca el paso decisivo, esto significa vivir a medias, sin despegar, sin apostar todo por el bien, sin comprometernos verdaderamente por los demás. Jesús nos pide esto: vive el Evangelio y vivirás la vida, no a medias sino hasta el extremo. Vive el Evangelio, vive la vida sin concesiones”, invitó el Papa Francisco.

Por ello, el Papa invitó a imitar al nuevo beato Juan Pablo I porque “vivió́ de este modo: con la alegría del Evangelio, sin concesiones, amando hasta el extremo. El encarnó la pobreza del discípulo, que no implica solo desprenderse de los bienes materiales, sino sobre todo vencer la tentación de poner el propio ‘yo’ en el centro y buscar la propia gloria” y añadió que “por el contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, fue un pastor apacible y humilde”.

“Con su sonrisa, el Papa Luciani logró transmitir la bondad del Señor. Es hermosa una Iglesia con el rostro alegre, un rostro sereno y un rostro sonriente, que nunca cierra las puertas, que no endurece los corazones, que no se queja ni alberga resentimientos, que no está́ enfadada, una Iglesia no enfadada, ni es impaciente, que no se presenta de modo áspero ni sufre por la nostalgia del pasado, cayendo en el ‘indietrismo’”, indicó el Papa.

De este modo, el Papa Francisco sugirió pedir “la sonrisa del alma” que es una sonrisa “transparente, que no engaña” y sugirió rezar con las palabras de Juan Pablo I “Señor, tómame como soy, con mis defectos, con mis faltas, pero hazme como tú me deseas”.

Antes de concluir la ceremonia, el Papa Francisco dedicó un particular saludo a las delegaciones oficiales presentes, encabezadas por el presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella y agradeció la presencia de los fieles procedentes de Venecia, Belluno y Vittorio Veneto, Diócesis en las que ejerció su ministerio sacerdotal y episcopal el Beato Albino Luciani.

Luego, el Santo Padre invocó su oración a la Virgen María “para que obtenga el don de la paz en todo el mundo, especialmente en la martirizada Ucrania”.

“Que Ella, la primera y perfecta discípula del Señor, nos ayude a seguir el ejemplo y la santidad de vida de Juan Pablo I”, rezó el Santo Padre.

Al finalizar la Misa, el Papa Francisco saludó en silla de ruedas a los cardenales presentes y recorrió en el papamóvil los pasillos de la plaza de San Pedro para saludar y bendecir a los miles de fieles presentes en el Vaticano. El pasado día 4 Francisco Presidió la Santa Misa de  beatificación de Albino Luciani, Juan Pablo I

LA CAUSA DE CANONIZACIÓN Y LOS RECUERDOS PERSONALES

Una oportunidad preciosa para profundizar, fue  la rueda de prensa del 2 de septiembre en la Sala de Prensa vaticana. Presentes los actores de la causa de canonización, el postulador, el cardenal Beniamino Stella y la vicepostuladora Stefania Falasca. De su parte, no sólo un excursos de la causa de canonización, que duró 19 años, sino también recuerdos y experiencias personales. Por ejemplo, Stella recuerda a su madre que «en relación con la pobreza solía citar a Monseñor Luciani, para decir que el sacerdote no debería tener cuentas bancarias ni libretas de cheques». O la emoción de Falasca que, instada por los reporteros, relató las décadas pasadas, entre estudios y viajes, ahondando en la figura del que calificó como «uno de los Papas más geniales del siglo XX».

La sobrina Lina: «Ayudó a los judíos durante la guerra»

En la onda de este ambiente casi íntimo, inusual para una conferencia de prensa, los testimonios de dos mujeres que conocieron de cerca a Albino Luciani despertaron una gran emoción en la sala. Sor Margherita Marin, la monja de la Congregación de las Hermanas del María Niña, asistente en el departamento papal, quien fue la primera, junto con Sor Vincenza Taffarel, que encontró el cuerpo sin vida del Pontífice. A continuación, la sobrina Lina Petri, hija de su hermana Antonia, que recordó las postales desde Roma «de su tío», los consejos, las charlas sobre San Agustín y Santo Tomás, las llamadas telefónicas con su hermana, como aquella en la que hablando del encuentro en Belluno entre Hitler y Mussolini dijo en dialecto: «¡Estamos en manos de dos locos!». Lina Petri también contó la ayuda ofrecida por su tío a las personas con dificultades durante la guerra, especialmente a los judíos, o el día en que los obispos de Friuli le pidieron consejo sobre si debían celebrarse funerales católicos públicos por Pier Paolo Pasolini, asesinado en una «muerte escandalosa». «Lo autoricé enseguida, no tuve dudas», le confió a su sobrina, «le expliqué que todos necesitamos la misericordia del Señor. Pasolini en Friuli, de adolescente, estaba unido a la iglesia y lo pongo como base’. «Él era así… No hacía juicios condenatorios, sino que partía de lo que había de bueno en las personas».

La deposición de Benedicto XVI

Los testimonios de la religiosa y de la sobrina fueron algunos de los muchos que, en el transcurso del proceso, permitieron reconstruir pieza a pieza la obra y la vida, incluidos los últimos momentos, del Pontífice veneciano. Entre las deposiciones extraprocesales, destaca la de Benedicto XVI: un testimonio, señaló Stella, que representa «un unicum histórico, ya que es la primera vez que un Papa da testimonio de visu sobre otro Papa».

Una investigación exhaustiva y minuciosa

El proceso, que ha sido impulsado desde la Iglesia brasileña hasta la argentina, ha avanzado lentamente, llegando a la fase de beatificación 44 años después de su muerte en 1978, que ha quedado grabada en la memoria colectiva como «el año de los tres Papas». Sin embargo, es precisamente esta lentitud la que ha permitido llevar a cabo un trabajo meticuloso. «La causa del Papa Luciani», subrayó el postulador, «no fue más larga que otras, ni más corta y fácil que otras. Ha sido una investigación sin descuentos: precisa, concienzuda, escrupulosa, llevada a cabo con método histórico-crítico, sobre la base de una seria investigación de las fuentes archivísticas, de una búsqueda bibliográfica dirigida y de un rico panorama testimonial».

El pontificado punta de un iceberg

Y es precisamente la adquisición de las fuentes y de una impresionante masa de documentos, ahora recopilados por la Fundación Vaticana que lleva el nombre del Papa beato, lo que ha permitido la «excavación analítica» gracias a la cual, dijo Falasca, «se ha podido poner en marcha un proyecto de reconstrucción histórica que no es extemporáneo». «A nivel de interés historiográfico», subrayó el vicepostulador y vicepresidente de la Fundación Vaticana Papa Luciani, «Juan Pablo I ha tenido un espacio modesto. Su obra, su personalidad y su pensamiento han recibido poca atención». La causa de canonización ha prestado, por tanto, «un servicio a la verdad histórica, adquiriendo toda la documentación para hablar realmente de Juan Pablo I». Y sobre todo «reconstruir con plenitud un itinerario del cual el pontificado fue la punta de un iceberg».

La pequeña parroquia de montaña

De hecho, la santidad de Luciani tiene raíces lejanas, que se hunden en Canale d’Agordo, el pequeño pueblo del Véneto que lo vio nacer. «A pesar de muchos comentarios, que con demasiada frecuencia han ensalzado la humildad y el provincianismo de la ciudad natal», observó don Davide Fiocco, miembro de la Fundación y director de la casa de espiritualidad «Centro Papa Luciani», «las investigaciones históricas hablan de la vitalidad de una tierra fronteriza, que fue sede de iniciativas económicas y sociales que presumían de primogenitura incluso a nivel nacional y, sobre todo, fue forjadora de personalidades de cierta importancia». No es casualidad que durante el Concilio Vaticano II (quizás un caso único en el mundo) esta pequeña parroquia de montaña contara con hasta tres prelados, además de Monseñor Luciani, entre los Padres Conciliares.

Las mentiras sobre la muerte

Gracias a la investigación científica, pues, se ha podido desmontar la noticia falsa sobre la muerte por envenenamiento que «duró mucho tiempo». Una mentira histórica que, para Stefania Falasca, «ha fagocitado la consistencia y el calibre magistral de este hombre y de este Papa durante tantos años». «Es increíble que 44 años después de su muerte todavía nos preguntemos por qué fue asesinado», exclamó la periodista. Para contrarrestar lo que calificó de «basura publicitaria» están, precisamente, las fuentes: «Y cuando hay fuentes, la historia habla de verdad».

Informes e historiales médicos

En el caso de la muerte de Luciani, se habla de la adquisición de historiales médicos, declaraciones procesuales, partes médicos, los informes de los médicos -el arquíatra pontificio Mario Fontana y el médico Renato Buzzonetti- que habían redactado la causa y el estado clínico, la anamnesis, el expediente y dispuesto la conservación del cadáver. «Algunas personas se preguntan por qué no se realizó una autopsia. Entonces no estaba la ley, Juan Pablo II la introdujo en 1983. Además, la autopsia se solicitó por sospecha y Fontana y Buzzonetti, en el informe de la muerte, escribieron que no la consideraban necesaria’, dijo Falasca. La visión del cadáver, la descripción de las manchas que permitieron restablecer el momento de la muerte, llevaron a los dos profesionales a decretar la de Luciani como «muerte súbita». Y «cuando se escribe así en medicina forense, siempre es muerte natural», subraya el periodista: «Fue un infarto».

El mismo Luciani, que gozaba de «buena salud a pesar de tener algunos antecedentes médicos», había visto signos de ello la noche anterior, con un dolor en el pecho que confundió con un dolor intercostal. No le dio demasiada importancia y se fue a la cama despidiéndose de las monjas como cada noche y diciéndole a sor Margherita su última frase: «Mañana nos vemos, si el Señor quiere todavía, y celebramos la misa juntos».

Los recuerdos de sor Margherita Marin

La religiosa evocó estos fuertes recuerdos con voz tenue, junto con pequeñas pero significativas anécdotas que devuelven la imagen del hombre Albino Luciani. Por ejemplo, aquella vez por la tarde, que viendo a la monja planchando, el Papa, que iba de un lado a otro con papeles en la mano, le dijo: «Hermana, te hago trabajar tanto… Pero no planches tan bien la camisa porque hace calor, sudo y tengo que cambiarla a menudo. Plancha sólo el cuello y los puños, el resto no se ve».

La reliquia: una hoja de papel amarillenta con notas sobre las virtudes teológicas

Papeles en la mano, Juan Pablo I, los tenía siempre. Siempre. Una hoja de papel lo tenía incluso en sus manos cuando murió: notas sobre la virtud de la prudencia en el centro de la catequesis de la audiencia general del miércoles siguiente. En los archivos de la Fundación -que abarcan un periodo de tiempo que va de 1929 a 1978- se han recuperado diarios, cuadernos, notas, transcripciones que muestran cómo todo lo que decía Luciani «nunca se dejaba a la improvisación». De este «sanctum sanctorum» se extrajo la reliquia que será presentada al Papa el domingo: no un fragmento de hueso o parte del cuerpo, como siempre fue el caso, sino un trozo de papel. Una hoja blanca, amarillenta por el tiempo, de unos diez centímetros de grosor, en la que el Papa dibujó un esquema de reflexión espiritual sobre las tres virtudes teologales que recuerda el magisterio de las audiencias generales. Una novedad absoluta, llena de significado: «Es el emblema de lo que es toda su espiritualidad y su búsqueda de las siete lámparas de santificación», dijo Stefania Falasca, «el programa de su pontificado».

Dabusti: «El Espíritu Santo me sugirió que rezara por la niña enferma»

La historia de la joven, aquejada de epilepsia refractaria maligna, y de la milagrosa curación fue contada por el padre Juan José Dabusti, el sacerdote argentino que, ante la desesperación de la madre que le había llamado a la cabecera de su hija después de que los médicos le dijeran que no pasaría la noche, le propuso rezar juntos al Papa Luciani. «Al verla en ese estado, me animé a dirigirme a Juan Pablo I para pedirle la recuperación de su hija, y junto con ella y algunas enfermeras presentes, le recé», relató el sacerdote. «Hasta ese momento, nunca había rezado a Juan Pablo I por una curación. ¿Por qué le propuse a Roxana que rezara allí para que Luciani intercediera por la curación de Candela? No lo sé. Fue el Espíritu Santo».