GABRIEL-ÁNGEL RODRÍGUEZ MILLÁN ADMINISTRADOR DIOCESANO, S.V. SALUDO EN EL ENCUENTRO DE FORMACIÓN DE ANIMADORES DE VIDA ASCENDENTE EN SORIA

Buenas tardes a todos, sean bienvenidos

Quisiera comenzar dirigiendo un saludo cordial y agradecido a todos los presentes en este encuentro que celebramos aquí, en nuestra diócesis de Osma-Soria. Un saludo muy especial al Presidente nacional de Vida ascendente, cuya presencia es un signo de comunión y de estímulo para nuestra tarea. Saludo también con gratitud a la Presidenta diocesana y al Consiliario por su dedicación y su servicio constante a este movimiento. Y, por supuesto, mi saludo más cercano a todos ustedes, participantes en este encuentro.

Nos reunimos hoy en Soria con una finalidad muy concreta: conocer mejor Vida ascendente y descubrir juntos cómo esta etapa de la vida puede seguir siendo un tiempo de crecimiento, de entrega y de misión.

Vivimos en una sociedad en la que cada vez hay más personas mayores. La esperanza de vida ha aumentado, y eso es una buena noticia, pero junto a este dato aparece otra realidad que todos conocemos: la soledad y la sensación de que, al llegar a cierta edad, uno ya no cuenta demasiado.

También en la Iglesia podemos caer, sin darnos cuenta, en una idea equivocada: pensar que la misión es sólo cosa de los jóvenes, pero el Papa Francisco recordaba muchas veces que en la Iglesia nadie se jubila del anuncio del Evangelio.

La edad avanzada no es el final del camino, sino un tiempo nuevo, un tiempo de madurez, de sabiduría, de fe más profunda, y también un tiempo de misión: desde esta convicción nace Vida ascendente.

Vida ascendente es un movimiento de Iglesia dirigido a personas mayores que desean vivir esta etapa no como un tiempo de retirada, sino como un tiempo de crecimiento y de servicio. Su propuesta es sencilla y muy humana, y se apoya en tres pilares fundamentales:

El primero es la amistad porque una de las pobrezas más grandes de nuestro tiempo es la soledad. En los grupos de Vida ascendente las personas se encuentran, se escuchan, se acompañan y crean lazos de cercanía y de apoyo.

El segundo pilar es la espiritualidad. El centro del grupo es la Palabra de Dios, la oración compartida y el crecimiento en la fe. No se trata sólo de reunirse, sino de dejar que el Señor siga actuando en nuestra vida.

Y el tercer pilar es el apostolado porque el grupo no se queda en sí mismo. Desde la experiencia de fe y de amistad, nace el deseo de acercarse a otros mayores, de visitar, de acompañar y de llevar consuelo y esperanza.

En el fondo, Vida ascendente parte de una intuición muy sencilla: los mayores pueden acompañar mejor a otros mayores. La experiencia de la vida, la cercanía, el lenguaje común, la comprensión…, hacen posible un acompañamiento que nadie puede sustituir.

Y aquí hay algo muy importante. Vida ascendente no es un servicio que la parroquia ofrece desde fuera. Es un movimiento de laicos. Los grupos los llevan los propios miembros. Es decir, los mayores no son sólo destinatarios, sino protagonistas.

Por eso hoy este encuentro tiene un sentido especial. La Iglesia necesita personas que den un paso adelante, personas que estén dispuestas a animar un grupo, a coordinar un encuentro, a cuidar a otros. Ser animador no significa saber mucho, no se trata de ser expertos. Se trata, sobre todo, de cuatro cosas muy sencillas: tener fe, aunque sea humilde, tener corazón para acoger y escuchar, tener disponibilidad para servir, y creer que el Señor sigue llamando también en esta etapa de la vida.

Quizá alguien piense: “Yo no sabría hacerlo”. Pero la experiencia nos dice algo muy claro: lo que más necesitan los grupos no son especialistas, sino personas cercanas, constantes y con espíritu de servicio.

Hoy, mientras participamos en este encuentro, cada uno puede hacerse una pregunta sencilla y profunda: ¿Podría el Señor estar llamándome a este servicio? ¿Podría yo ser esa persona que ayude a que otros no estén solos? ¿Podría colaborar para que Vida ascendente crezca en nuestras parroquias y en nuestra diócesis?

Que este encuentro nos ayude a comprender que la edad madura no es el final de nada, sino una oportunidad para poner al servicio de los demás el tiempo, la experiencia y la fe que hemos recibido. La Iglesia necesita hoy esa presencia cercana, esa escucha y ese acompañamiento que muchos de ustedes pueden ofrecer. Hoy la Iglesia en nuestra diócesis necesita personas que quieran acompañar a otros mayores. Si alguno siente que podría ofrecer su tiempo, su cercanía y su fe, este puede ser el momento de decir sencillamente: “Aquí estoy”.

Gabriel-Ángel Rodríguez Millán

Administrador diocesano, s.v.