PRESENTACIÓN CON PROMULGACIÓN DE LA CARTA ENCÍCLICA «MAGNIFICA HUMANITAS“

Agradezco de corazón a quienes han organizado el encuentro de hoy, y en particular a quienes han compartido su conocimiento y su experiencia en las diversas ponencias que hemos escuchado.

De manera especial, deseo agradecer al señor Olah por haber aceptado nuestra invitación. A mi vez, en nombre de la Iglesia, acepto su invitación a caminar juntos, a escuchar y a dialogar, para encontrar el camino para la humanidad en este tiempo de la inteligencia artificial.

Qué gran signo de esperanza es el hecho de que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos unos a otros. Este intercambio indica claramente la gravedad del momento, así como la convicción de que, juntos, podemos discernir las cuestiones más importantes de nuestro tiempo y, por tanto, el futuro de la humanidad.

En los momentos clave de la historia, la Iglesia está llamada a descifrar «cosas nuevas» a la luz del Evangelio y de la dignidad de la persona. Hace 135 años, mi venerable predecesor León XIII observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial. Comprendió que la Iglesia no podía permanecer al margen. En un momento de cambio trascendental que amenazaba la dignidad humana, la encíclica Rerum novarum expresó su mensaje evangélico y social sobre las «cosas nuevas» que estaban ocurriendo.

Hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta a muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra.

Al igual que el «León» anterior, me siento llamado a contemplar otra gran transformación con los ojos de la fe, con la lucidez de la razón, con apertura al misterio y con los gritos de los pobres de la tierra resonando en mi corazón.

Magnifica humanitas nació de escuchar como lo hizo León XIII. He escuchado a científicos e ingenieros que trabajan con sincero entusiasmo en tecnologías capaces de aliviar inmensos sufrimientos; a líderes políticos y funcionarios públicos que han buscado con perseverancia normas justas; a padres y maestros profundamente preocupados por el futuro de las generaciones más jóvenes.

También me han llegado otras voces muy preocupantes, sobre sistemas de armas cada vez más autónomos, que prácticamente ningún ser humano ni ningún gobierno puede controlar realmente. Escucho relatos muy preocupantes sobre algoritmos que pueden bloquear el acceso a la atención médica, al trabajo y a la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias. Y he escuchado el silencio de quienes no tienen voz cuando se toman las decisiones, decisiones que corren el riesgo de generar nuevas formas de exclusión y sufrimiento.

De esta escucha ha madurado una convicción alarmante expresada en Magnifica humanitas: la inteligencia artificial debe ser desarmada. Se trata de una palabra fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento necesita palabras capaces de llamar la atención, despertar las conciencias e indicar el camino a seguir para la humanidad.

La Iglesia lleva mucho tiempo trabajando por el desarme nuclear, consciente de que todo gran poder tecnológico puede afectar la vida de las personas y, por lo tanto, debe ir acompañado de un discernimiento moral y un control público adecuados. El desarme nuclear sigue siendo un servicio a la paz y a la dignidad de la familia humana.

De manera análoga, la inteligencia artificial exige ahora ser «desarmada», liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte. Al igual que la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común. Las decisiones relativas a la tecnología nunca deben separarse de la conciencia y la responsabilidad. «…no durmamos como los demás», advertía el apóstol Pablo, «sino velemos…» (1 Ts 5, 6). Esta vigilancia es necesaria hoy. La paz no es solo ausencia de guerra, sino justicia en acción. Pero, cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, la paz misma está en riesgo.

Sin embargo, el desarme no es suficiente. Debemos construir.

La palabra «construir» me recuerda los años que pasé en Perú como misionero. En 2017, el norte del país se vio afectado por lluvias torrenciales e inundaciones: muchas familias vieron cómo el lodo se llevaba sus hogares, y también muchas carreteras. Allí aprendí que reconstruir no significa simplemente reemplazar lo que ha sido destruido. Significa reparar vínculos, restablecer la confianza y despertar la esperanza en el futuro. Además, nadie reconstruye solo.

En Magnifica humanitas recuerdo al profeta bíblico Nehemías. Ante las ruinas de los muros de Jerusalén, él reúne a las personas desanimadas para dar vida a un renacimiento. La imagen de las murallas no justifica cierres ni divisiones, sino que invita a todos y cada uno a aportar su granito de arena. Ladrillo a ladrillo va tomando forma una convivencia más justa, capaz de salvaguardar la dignidad de todos. El esfuerzo de Nehemías nos habla en el tiempo presente. La inteligencia artificial puede ser una obra de la historia dentro de un horizonte de comunión, en el que el progreso técnico aprende a servir a la vida humana.

«¡Que cada uno se fije bien de qué manera construye!» (1 Cor 3, 10), advierte san Pablo. Él no teme la obra; más bien advierte contra construir sin cimientos sólidos. No temamos a la inteligencia artificial, pero sigamos manteniendo viva la cuestión de lo humano. No podemos ser descuidados en el uso de nuestras herramientas técnicas más poderosas.

El verdadero desarrollo, afirma san Pablo VI, se refiere siempre a «cada persona y a la persona en su totalidad». «Cada» significa que no se puede dejar a nadie al margen de la transformación digital. «En su totalidad» significa que nadie puede ser reducido a la productividad, al rendimiento cognitivo o a simples datos. Cada persona lleva en sí misma una libertad, una interioridad y una vocación al amor y a la adoración que ninguna máquina puede sustituir ni detener.

Solo con esta visión integral la inteligencia puede orientarse hacia el bien común. Solo juntos —quienes diseñan los sistemas y quienes sufren sus efectos, los países más ricos y los más pobres, las instituciones y los individuos, los centros de poder y las periferias— lograremos construir un futuro no para unos pocos privilegiados, sino para toda la familia humana.

Esta es la civilización del amor de la que hablaba san Pablo VI y que san Juan Pablo II señaló con tanta fuerza como el horizonte que debemos buscar juntos. No es un sueño ingenuo. Es una dirección. Es el camino que Jesucristo abre en la historia.

Por esta razón, la Iglesia desea, con humildad y franqueza, ser parte de las conversaciones sobre la inteligencia artificial. No tenemos respuestas técnicas, ni pretendemos sustituir a quienes poseen las competencias. Pero aportamos una sabiduría sobre el ser humano que el tiempo presente necesita desesperadamente: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir a los demás y de cuidar de nuestra casa común.

Por lo tanto, invito a todos los miembros de la Iglesia y de la familia humana: aprendamos a escucharnos unos a otros, a afrontar los desafíos actuales con valentía y a cooperar en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.

De esta presentación de Magnifica humanitas, por favor, lleven consigo el compromiso de permanecer vigilantes y, como «artesanos de la esperanza», de seguir construyendo la obra de nuestro tiempo. Que el Espíritu del Señor Jesús Resucitado sostenga nuestro trabajo conjunto.

Encomiendo a cada uno de ustedes a nuestra Madre María. Su Magnificat canta la grandeza de Dios, que exalta a los humildes. Que ella nos enseñe a reconocer la verdadera grandeza de cada hombre y cada mujer en el amor y en el servicio. Que Dios Todopoderoso haga fecunda la gran empresa que hoy confiamos a su gracia, haciendo madurar en la historia la civilización del amor.

Sobre todos ustedes invoco de corazón la bendición de Dios.

Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 25 de mayo de 2026

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La Santa Sede

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