ARTE QUE CONSUELA: MUSEOS VATICANOS, LA BELLEZA NOS UNE

Museos Vaticanos: La belleza nos une La belleza crea comunión, involucra en la misma mirada a personas distantes, conecta el pasado, el presente y el futuro. El Papa Francisco lo ha recordado en más de una ocasión. La universalidad de la Buena Nueva siempre ha sido traducida por la Iglesia en el lenguaje del arte. A partir de estas premisas, en un momento histórico dramático, caracterizado por la incertidumbre y el aislamiento, presentamos esta iniciativa realizada por los Museos Vaticanos y Vatican News: las obras maestras de las colecciones del Vaticano comentadas por los Papas.

Esta obra, realizada por el Maestro del Crucifijo de Trevi entre 1320-1330, es una destacada pieza de retablo con escenas de la Pasión, conservada en los Museos Vaticanos (Pinacoteca). La escena central representa la Crucifixión, con la Virgen María, San Juan Evangelista y San Nicolás de Tolentino al pie de la cruz, ejecutada en técnica de témpera y oro sobre tabla.

 La obra forma parte de un retablo narrativo que narra las historias de la Pasión de Cristo.

La obra es una representación de la espiritualidad de la época, destacando el dolor de la Virgen y San Juan, junto a la presencia de San Nicolás de Tolentino, una figura importante de la orden agustiniana en el siglo XIV.

 “Señor Jesús, ayúdanos a ver en tu Cruz todas las cruces del mundo. Señor Jesús, reaviva en nosotros la esperanza de la resurrección y de tu victoria definitiva contra todo mal y toda muerte. Amén.”

Papa Francisco, oración durante el Via Crucis en el Coliseo, 19 abril  2019

INSTAGRAM: @vaticanmuseums

-Giandomenico Spinola, Conservador del Departamento de Antigüedades Griegas y Romanas – Museos Vaticanos

-Guido Cornini, Jefe del Departamento de Arte – Museos Vaticanos

Maestro del Crucifijo de Trevi. Tempera y oro sobre tabla, 1320-1330, Museos Vaticanos, Pinacoteca ©Musei Vatican

MENSAJE DE LEON XIV CON MOTIVO DE LA IV “FIESTA DE LA RESURRECCIÓN” EN MADRID

Queridos amigos:

Al concluir la Octava de Pascua, deseo haceros llegar un saludo lleno de afecto. Durante estos días, la Iglesia no ha dejado de repetir el anuncio central de su fe: ¡Cristo ha resucitado! Y esta certeza no pertenece sólo al pasado. Es una fuerza viva, capaz de renovar el corazón de las personas, reanimar la vida de la Iglesia y volver a encender en el mundo la alegría del Evangelio.

Por eso es hermoso que os hayáis reunido para celebrar, y que lo hagáis ya por cuarto año consecutivo. Es bueno y necesario que la Pascua encuentre también un lenguaje de música, de encuentro y de gozo compartido. La fe en Jesucristo da sentido a la alegría humana; la purifica, la eleva y la lleva a plenitud. Pero precisamente por eso la Pascua nos pide algo más grande que una emoción pasajera; nos invita a dejarnos alcanzar por la Resurrección, para que también nuestra vida comience a ser nueva.

San Mateo recoge un dato impresionante: después de la Resurrección del Señor, muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de los sepulcros, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos (cf. Mt 27,52-53). La Pascua, por tanto, no queda encerrada en el sepulcro; irrumpe en la ciudad y entra en la cotidianidad a través de la vida de los hombres. Y eso sigue ocurriendo hoy. Ha ocurrido ya a lo largo de la historia. Lo veis en vuestros compatriotas que, en el siglo pasado, fueron mártires y testigos de Jesús; en ellos, la victoria de Cristo sobre la muerte se hizo fidelidad, fortaleza y entrega. No estáis llamados sólo a recordarlos, sino a apoyaros en su ejemplo para que Cristo vuelva a pasar por vuestras calles, para que la Iglesia recobre ardor, para que la verdad del Evangelio abra esos sepulcros en que se han convertido tantos corazones, y así la Pascua se haga presente aquí y ahora a través de vidas cristianas que sean luz, valentía y anuncio jubiloso.

El mundo necesita oír hablar de Cristo y verlo en las obras de los cristianos que viven la novedad del bautismo. Hacen falta jóvenes que no se avergüencen del Evangelio, comunidades que irradien esperanza, testigos capaces de hacer presente al Señor en cada ambiente, vidas encendidas que hagan visible la belleza de la fe. La evangelización no nace, ante todo, de estrategias, sino de corazones transformados por el Señor resucitado.

¡Cómo desearía que hubiera fiesta en todo el mundo! ¡Cómo desearía que en todas partes la alegría pascual encontrara voces, rostros y cantos! Pero más aún: ¡cómo desearía que la existencia misma de los cristianos se convirtiera en un concierto, en una gran armonía de fe, de unidad, de comunión y de caridad, capaz de anunciar al mundo que Cristo vive! Que el fuego del Cirio pascual salga de vuestros templos. Que consuma toda tibieza interior, toda resignación, toda mediocridad espiritual. Que entre allí donde la fe se ha debilitado, donde el entusiasmo apostólico se ha apagado, donde el cristianismo corre el riesgo de volverse costumbre sin ardor. Y que se inflamen los corazones de quienes se han encontrado con el Resucitado (cf. Lc 24,32). Cristo está vivo y, por eso, nada en nosotros está condenado a la oscuridad del pecado.

Queridos amigos, la Iglesia espera mucho de vosotros. Espera vuestra alegría, pero también vuestra hondura espiritual; vuestra generosidad, vuestra fe y vuestra valentía para vivir como verdaderos discípulos del Señor. Dejaos alcanzar por la Pascua. Apoyaos en el ejemplo de vuestros mártires y honrad su memoria haciendo que vuestras vidas y acciones sean fruto de la semilla fecunda que sembró su sangre. ¡Haced de vuestra existencia un canto nuevo, que renueve la Iglesia y lleve al mundo la luz del Resucitado! ¡Alzad la mirada: contemplad a Cristo y seguidlo hasta la santidad!

Mientras llega el momento de encontrarnos en Cibeles, os pido: no dejéis pasar el presente; rezad, buscad a Cristo de verdad; no os conforméis con lo mínimo, porque la vida, con Cristo, vale la pena. Rezo por vosotros, os bendigo y os espero. Si Dios quiere, nos veremos en junio.

Vaticano, 8 de abril de 2026.

LEÓN PP. XIV

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

LEÓN XIV: VIGILIA DE ORACIÓN POR LA PAZ

El sábado, 11 de abril, ha tenido lugar en la Basílica de San Pedro la vigilia de oración por la paz, convocada y presidida por el Papa León XIV, con el rezo del santo rosario.  Se rezaron los misterios de gloria, excelente signo de paz, porque no necesitamos más cruces, necesitamos caminos de luz.

La paz ha sido una preocupación constante del pontificado de León XIV, como lo fue también de sus predecesores. Ningún cristiano puede apoyar la guerra en las condiciones actuales con consecuencias mortales sobre muchas personas inocentes. No hay política que pueda justificar una toma de postura cristiana a favor de la guerra. Desgraciadamente para algunos sus simpatías políticas o su ideología son condicionantes de su modo de vivir la fe, y no la fe el correctivo de sus ideologías y preferencias políticas.

Al comienzo de cada misterio, tres fieles de cada continente se han acercado a la imagen de la Virgen María para encender una vela con fuego tomado de la lámpara de la paz de Asís. De vez en cuando la televisión vaticana ofrecía una imagen panorámica de la Basílica. En ningún lugar me pareció ver a embajadores o representantes de las naciones del mundo, quizás porque bastantes de ellos (por no decir casi todos) no se sentían representados en lo que significaba este acto. Pues ellos, incluso cuando no hacen la guerra, suelen utilizar el poder en su propio beneficio, y esta es una mala manera de pensar en el bien de los demás.

La vigila terminó con unas emotivas palabras del Papa. Entre otras cosas dijo: la oración no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor, es una respuesta a la muerte que produce la guerra. Las tumbas de este mundo parecen no ser suficientes, porque se sigue aniquilando la vida sin piedad. La oración nos educa para actuar según nuestras posibilidades, para romper la cadena demoníaca del mal e introducirnos en el reino de Dios, en el que no hay espadas, ni drones, ni venganza, ni lucro injusto, sino dignidad, compresión y perdón. El delirio de omnipotencia, el hacer del propio poder un ídolo, se vuelve cada vez más agresivo, e incluso el santo nombre del Dios de la vida es arrastrado en discursos de muerte. El que reza no mata ni amenaza con la muerte. Basta ya de la guerra. La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida

Sin duda, ha terminado diciendo, los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles en favor de la paz. A ellos les decimos que se sienten en mesas de diálogo y no en mesas donde se prepara la guerra. Pero la oración nos compromete a todos a hacer desaparecer lo que queda de violencia en nuestro corazón. Dejemos el terreno de la polémica y busquemos la amistad y la cultura del encuentro. Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz.

León XIV ha citado a Pablo VI, Juan Pablo II, Juan XXIII y Francisco, todos ellos artífices de paz. Ha recordado el “nunca más la guerra” de Juan Pablo II, y las palabras de Francisco sobre la necesidad de ser artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y reencuentro con ingenio y audacia. Una artesanía de la paz que nos involucra a todos. Para concluir diciendo: Nunca más la guerra, aventura sin retorno, espiral de lutos y de violencia. Jesús venció a la muerte sin armas ni violencia.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

BUENO Y MALO

 

Bueno y malo…

todo junto y revuelto

porque es imposible separarlos

ya que constitutivamente todas las personas

tenemos bueno y malo,

en distintas cantidades y calidades,

y lo mismo sucede en la sociedad;

hay personas, colectivos, instituciones y partidos políticos

que quieren quitarse de en medio a las personas

que “no reúnen las condiciones que sólo ellos establecen”

para ser reconocidas y aceptadas socialmente.

En cambio, “Dios no hace diferencia

entre una persona y otra” (Hech 10,34).

– Tú haces acepción de personas?

Bueno y malo…

aunque el hecho real es que hay “mucho más bueno que malo”

en las personas, en la sociedad y en el mundo,

pero lamentablemente “lo malo”

llama más la atención del público que “lo bueno”,

ocupa más espacio en los informativos y las tertulias

de los medios de comunicación

y negativiza aún más la visión que tenemos

de las personas y del mundo,

sabiendo de antemano que “todos y todo”

dejamos mucho que desear.

– ¿Tú eres de los que se fijan más en lo malo que en lo bueno

de las personas y de la sociedad?

Bueno y malo…

según el criterio y los valores que se apliquen

a la hora de definir lo que es bueno y malo

porque lo que para unos es “bueno” para otros es “malo”,

aunque hay “líneas rojas” que nadie debería pasar

y menos a la hora de calificar a las personas

baremándolas como “buenas” si piensan y actúan como nosotros

y como “malas” si disienten.

A las pruebas me remito:

Para unos, el racismo, la xenofobia y la aporofobia

son “buenos”,

y tienen muchos seguidores;

en cambio, para otros, entre los que me encuentro, son “malos”

porque no respetan los derechos humanos y divinos.

– ¿Cuál es tu criterio a la hora de calificar a las personas?

Bueno y malo…

pero también hay “buenísimo” y “malísimo”,

cualidades que se dan no sólo en las personas

sino también en el acontecer de la vida cotidiana.

A las personas “buenísimas”, cuya lista es muy larga,

los canonizan la gente y la Iglesia

y a las “malísimas”, que haberlas haylas,

las condenan el pueblo y los juzgados.

– ¿Quiénes son para ti las personas “buenísimas” y “malísimas”?

Bueno y malo…

“buenos y malos”

en sana convivencia, como Jesús recomienda:

“Un labrador sembró buena semilla en su campo,

pero mientras dormía llegó un enemigo suyo,

que sembró mala hierba entre el trigo, y se marchó.

Cuando creció el trigo y se formó la espiga,

los obreros dijeron al dueño:

– ¿Quieres que vayamos a arrancar la hierba?

Pero él les dijo:

– No, porque al arrancar la mala hierba

podéis arrancar también el trigo,

es mejor dejarlos crecer juntos, hasta a la siega;

entonces mandaré a los segadores:

primero a recoger la mala hierba

y atarla en manojos para quemarla

y luego a que guarden el trigo en mi granero” (Mt 13,24).

– ¿Qué te parece esta respuesta de Jesús?

“No te enojes por causa de los malvados

ni sientas envidia de los malhechores,

pues pronto se secan, como el heno

y se marchitan como la hierba” (Sal 37,1).

Julián del Olmo

Domingo, 1 de febrero de 2026

EN COMUNIDAD NO MUESTRES TU HABILIDAD

Queridos amigos de Vida Ascendente:

Salía, el sábado 16 de diciembre 2022, del Salón de Actos del Obispado de Alcalá de Henares, cuando el P Nacho Figueroa me dijo:

“Tú que ya tienes una edad, pero estás joven, ¿podrías echarnos una mano en Vida ascendente?”

“Pues sí, precisamente es lo que estoy buscando. ¿Qué tengo que hacer?”

“Ve a la Catedral y pregunta por Paquita Lobo”

“Gracias Nacho, no se quién es Paquita, preguntaré el lunes”

Fui y pregunté a la primera catequista que ví, que iba con otra.

“Buenas tardes Mª Ángeles: “¿sabes dónde puedo encontrar a Paquita Lobo?” “Ya la has encontrado, esta es Paquita”. “¡Anda, pero si eres tú!” jajaja.

Por supuesto que la conocía, pero no sabía su nombre

Nos fuimos las tres a tomar un café y como en San Pedro Apóstol no había grupo me dijo que podía incorporarme al de San Isidro, el primer lunes después de Navidad.  9 de enero 2023.

Un grupo estupendo, desde el primer momento fui una más, me acogieron con mucho cariño, y me encantó poder compartir la fe y la amistad. Fue la primera vez que asistí a la fiesta de los patronos, Simeón y Ana el día de la Virgen de la Candelaria y a la Peregrinación al Rocío, Huelva y Sevilla, donde conocí gente maravillosa de Zaragoza, Tenerife y Madrid

A principios de septiembre, anunciaron en la Catedral, el inicio de Vida Ascendente en San Pedro, por lo que en octubre, me cambié al grupo de mi parroquia. Dada la cantidad de personas que se apuntaron tuvimos que hacer dos grupos, los martes, mañana y tarde.

Casi todos, amigos de toda la vida a excepción de cinco o seis. Algunos ya habían estado en VA, antes de la Pandemia.

Allí estuve, todo el curso 2023/2024. Asistí a la formación de Animadores en las Esclavas de Cristo Rey y a los EE EE en la Casa de Espiritualidad Divina Pastora en Madrid donde experimenté el cariño y la amistad de los grupos de la Archidiócesis de Madrid

En abril, 2024, fuimos a Valladolid a ganar el Jubileo del Corazón de Jesús, Santuario de la Gran promesa.

En Septiembre, Murcia, Jubileo Caravaca de la Cruz, otra experiencia preciosa de amistad y compañerismo.

2025, Año Jubilar de la Esperanza

2 de Febrero, Fiesta de los patronos.

Peregrinación a Roma. No pude ir por intervención quirúrgica, pero las fotos y videos que enviaban los amigos por WhatsApp, animaban y contagiaban de Esperanza al resto del grupo.

Junio, Peregrinación fin de curso a Arganda del Rey, tuve la alegría de poder participar de la amistad, oración y apostolado de los grupos que asistieron.

Octubre, tuve que volver al grupo de San Isidro, por incompatibilidad de horarios con las actividades del Centro de Mayores.

Del 25 al 27 de noviembre, “Formación Animadores” en las Esclavas de Cristo Rey. Tuve la gracia de conocer animadores nuevos de Oviedo y Segovia en el grupo de compartir experiencias, comimos juntos en la misma mesa y surgió una bonita amistad con Begoña, el nexo de unión “La Compañía de Jesús”. El Señor no da puntada sin hilo

2 febrero 2026, Paquita me nombró fotógrafa y cronista del evento, ya sabemos el refrán “En comunidad no muestres tu habilidad”

Cada día, doy gracias a Dios por todo lo que me ha aportado VA en esta etapa de mi vida.

Unidos en oración y misión

Un abrazo

Mari Carmen Martínez Molina

EL ARTE DE ENVEJECER

Viento prospero es el que empuja las velas sin el esfuerzo de remar. Algo así pido ahora, que mi cuerpo y mi espíritu por la edad le toca aprender el difícil arte de  envejecer. Con el paso de los años la vida, se encuentra con la lentitud y el peso del cuerpo. Pero sigue siendo fructífera, aunque no rentable económicamente.

En la juventud y la madurez nos lanzamos como una flecha a todo, nos tragaríamos  el mundo. En la vejez, la vida nos invita a ir despacio. De mayor, las fuerzas flaquean, los reflejos van bajando, los hijos  vuelan del nido, porque ellos van a otro ritmo. Ya no podemos correr, pero sí contemplar.

Nos duele el cuerpo que ya no obedece, duele el pensamiento que se repite, o la memoria que se hace  niebla, duele el paso de ser necesario a ser prescindible. Queremos seguir siendo útil, tememos la sombra del olvido. Nos cuesta aceptar la pasividad. Nuestra sociedad teme la pasividad porque la confunde con esterilidad. Pero no tiene por qué ser así.

Ahora sólo estamos. Ya no proyectamos, pero sembramos paz. Nuestra mirada es compasiva, porque hemos visto demasiadas guerras interiores para juzgar las ajenas. Hay ancianos que han asumido su pasividad y se vuelven maestros de mansedumbre, sin decir palabra. Asumir la vejez no significa aceptar la tristeza o el abandono. Es ir más despacio. En ese tiempo de lentitud, la ternura se vuelve frecuente. Los gestos cotidianos, una taza de té, una conversación, la brisa en la cara, dan una alegría no experimentada antes.

Quizá la mayor tarea de la vejez sea  ser llevado como Pedro a quien Jesús dijo: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras”. Es pasar de la iniciativa al consentir, del hacer al recibir, del control al abandono amoroso. Que se deja llevar por los compañeros, o por la familia, o por los amigos. Es la confianza de quien sabe que esta etapa, aunque parezca la noche, no es el fin, sino el umbral de la aurora eterna.

En esta edad el oficio es simplemente estar. Estar con Dios, con los recuerdos. Estar mirando cómo los días se acortan. Estar sin prisa, sin miedo, sin exigencia. Esa quietud, si se acoge con fe, se convierte en una ofrenda silenciosa. Porque la humanidad necesita tanto la energía de los jóvenes como la pasividad contemplativa de los mayor. Todos aportamos: los que ya no pueden correr, rezan; como los que ya no recuerdan,  aman; o los que ya no mandan, pero perdonan.

La vejez no es un crepúsculo: es el ocaso de oro donde el alma aprende la obediencia última. La del dejarse amar. Asumir las limitaciones no es rendirse, es permitir que Dios nos rehaga  de nuevo.

Maribel Reveiriego

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN HERMENEGILDO

El dominio visigótico se afianza y organiza en España durante el reinado de Leovigildo. Asociado primero a su hermano Liuva, quedó después como único soberano en el año 573. Catorce años ocupó el trono, realzando con pompa externa y enérgicas medidas la dignidad regia y viviendo en continua actividad bélica para asegurar y ensanchar las fronteras limítrofes con los suevos, francos y bizantinos. No faltaron tampoco rebeliones internas, castigadas con mano dura, no exenta en muchas ocasiones de crueldad.

Tan pronto como quedó único soberano asoció al gobierno del reino a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, destinados en su proyecto a que le sucedieran en el trono visigótico, al menos, alguno de los dos. Este sistema para prevenir la elección del sucesor y asegurar la monarquía en la propia  familia constituía tiránico abuso del poder, en contra del principio germánico para la libre designación del monarca. Posiblemente a esta causa hubieron de atribuirse muchas de las conjuraciones abortadas durante su reinado, surgidas en el seno de la nobleza, que veía así menoscabados sus derechos al trono, y atizadas posiblemente por los reinos vecinos, deseosos de minar de cualquier forma la pujanza creciente de Leovigildo.

En segundas nupcias había contraído matrimonio con la viuda del rey Atanagildo, Godsuinta, de quien algún cronista nos dice que era tuerta de cuerpo y alma. Godsuinta, mujer elemental, tenía clavada en la entraña una trágica espada, pues una de sus hijas, habidas de su primer matrimonio, Gelesuinta, casada con el rey franco Luilperico de Rouen, había sido asesinada por orden de su esposo, quien la hizo matar en el mismo lecho conyugal, proporcionando con ello emotivo tema para que el poeta Venancio Fortunato compusiese en su loor una tierna elegía. La otra hija, Brunequilda, había matrimoniado con el rey franco Sigiberto de Reims y la unión había sido feliz y fecunda. Pero el hecho de que un católico como Luilperico hubiera dado muerte a su hija dejó en el alma de Godsuinta un poso tal de amargura y deseos de venganza contra todo lo católico, que tendría muy pronto trascendentales y sangrientas consecuencias.

El año 579 trajo jornadas jubilosas para el reino visigótico. En él se verificó el enlace matrimonial de la princesa Ingunde con el primogénito Hermenegildo. La esposa, hermana del rey de Austrasia, Childeberto II, era hija de Sigiberto I y Brunequilda, la feliz hija de Atanagildo y de Godsuinta. Esta, abuela de la desposada y nuevamente reina de los visigodos, hubo de ser la muñidora de este enlace entre su nieta y su hijastro, donde los móviles políticos jugaron, sin duda, papel muy importante.

Las perspectivas de felicidad y poderío para la joven pareja eran halagadoras, pues mientras los visigodos contarían entre los francos con un poderoso rey amigo, Ingunde era entronizada en un matrimonio que reinaría en la Península en el apogeo de una época de esplendor.

Los cálculos halagüeños resultaron fallidos, tal vez desde los primeros momentos. Ingunde era católica; los componentes de la familia y corte real eran arrianos. Entre ellos influía poderosamente Godsuinta, que albergaba contra los católicos un odio represado de madre vengativa. Intentó perseverantemente, primero con ternezas de abuela, después con amenazas de reina violenta, que Ingunde renunciase al catolicismo y recibiera el bautismo arriano. El Turonense nos relata los diálogos vivos entre las dos mujeres, en los que la nieta, inconmovible en su fe, sufrió las violencias de la airada abuela. La atmósfera palatina se tornaba cada día más tormentosa e irrespirable, sobre todo para Hermenegildo, ganado por el amor y las cualidades de su esposa. Para evitar escenas violentas que no pudieron menos de trascender desde la intimidad doméstica al pueblo, integrado en su mayoría por hispanorromanos católicos, se arbitró el recurso de instalar al nuevo matrimonio en Sevilla, territorio fronterizo con el de los bizantinos y que necesitaba un representante del rey digno de toda confianza y seguridad. Allí el matrimonio viviría en paz, no estorbarían las medidas persecutorias contra los católicos, proyectadas por Leovigildo, y con el tiempo se pondría fin a la firmeza religiosa de Ingunde, que debía ser casi una adolescente.

No es fácil precisar la calidad del mando que Hermenegildo desempeñaba en la Bética. Los autores coetáneos utilizan frases ambiguas que, glosadas con el contexto de los acontecimientos, insinúan que se trataba del gobierno de aquella región con categoría de representante real, no como soberano independiente. Cualquier grado de desmembración del reino visigodo pugnaba con el programa unificador de Leovigildo.

Coincidiendo con el alejamiento de Toledo de Hermenegildo, incrementa su padre la política religiosa de unificar en la religión arriana a todos sus súbditos para lograr la fusión de godos e hispanorromanos, pues la diferencia de religión era el mayor obstáculo opuesto a ella. Un concilio de obispos arrianos, celebrado en Toledo, facilitó el paso a la apostasía, reconociendo válido el bautismo recibido en el seno del catolicismo y exigiéndose tan sólo una fórmula trinitaria muy en consonancia con su error. Hubo defecciones en abundancia y hasta el obispo de Zaragoza, Vicente, se pasó al arrianismo, más que por razones teológicas, por cálculo y miedo.

La persecución, fomentada e instigada por la reina, «cabeza responsable de las medidas tomadas», fue copiosa en destierros, expropiaciones, castigos corporales y encarcelamientos. Pero también con ella se puso de manifiesto el temple de algunos prelados, tales como Masona de Mérida, paladín de la resistencia católica, que no se intimidó ante las amenazas; depuesto de su sede, fue en ella impuesto el arriano Sunna, que ha pasado a la  historia de los prelados emeritenses como «feísimo, de rostro, de fiera catadura, mirada torva, aspecto repugnante y descompasados ademanes…» Masona entabló con el intruso una disputa pública, en la que le fue fácil quedar victorioso, pero no impidió que le arrebataran la basílica de Santa Eulalia, destinada al culto herético, como también lo fueron la de Santa María de Toledo y otros numerosos templos del reino. Hubo intentos de asesinato para el prelado enérgico, y el monarca le amenazó con el destierro, recibido con ironía por la víctima: «Me ofreces el destierro. Ten sabido que no temo las amenazas. No me intimida el exilio. Y por ello te ruego que, si conoces algún lugar donde no esté Dios, me envíes allí desterrado». «Imbécil, ¿en qué lugar no está Dios?», le increpó el rey. «Si sabes que Dios está en todas partes —respondió Masona—, ¿por qué me amenazas con el destierro? A cualquier sitio que me envíes sé que no me faltará la ayuda de Dios. Y esto lo tengo tan seguro que, cuanto más duramente tú me aflijas, tanto más me auxiliará su misericordia y me consolará su clemencia.» Como en Mérida, también se vieron precisados a abandonar sus diócesis los prelados Leandro de Sevilla, Fulgencio de Ecija, Frominio de Agde. San Isidoro resume la persecución diciéndonos que Leovigildo, rebosando fanatismo arriano, persiguió a los católicos, desterrando obispos, adueñándose de los bienes eclesiásticos, aboliendo los derechos de la Iglesia. Con ello consiguió que muchos, atemorizados por los castigos, pasaran a la herejía y que otros apostataran atraídos por el dinero y los favores reales.

Instalado Hermenegildo en Sevilla como gobernador de la Bética, rodeado de una corte adicta, vio renacer la paz doméstica. Ingunde pudo profesar libremente su catolicismo y gozar de las primicias maternales con el nacimiento de un hijo, a quien se puso de nombre Atanagildo.

Coincide la llegada de Hermenegildo con el pontificado de San Leandro, el primogénito de aquellos cuatro santos hermanos que, oriundos de Cartagena, pasaron al territorio visigótico, donde desde las cátedras episcopales o desde el claustro se constituyeron en lumbreras y ejemplos de la época.

Merced al continuado trato del príncipe con el obispo y a las reiteradas insinuaciones de Ingunde, Hermenegildo fue penetrando en la auténtica revelación cristiana y conociendo la falsedad de la secta arriana, tan ajena a la doctrina cristiana, pues negaba dogmas tan fundamentales como la divinidad de Jesucristo y la naturaleza de la Santísima Trinidad. Trabajado por la gracia de Dios, abjuró del arrianismo y pasó a formar parte de la grey católica, tomando en el bautismo el nombre de Juan.

Es interesante subrayar el apostolado eficaz ejercido por las reinas católicas durante la Edad Media europea. La borgoñona Clotilde influye en la conversión del rey franco Clodoveo, su esposo; la merovingia Berta, casada con Etelberto de Kent, es el puente abierto para el catolicismo en el sur de Inglaterra, como en el norte Etelberta, esposa de Edwin, introduce al monje Paulino de York, quien, ante el movimiento de conversiones que siguieron a la del rey, tiene que recurrir al bautismo de masas verificado en los ríos de Nortumbria. Y así Teodolinda entre los lombardos y Olga entre los súbditos del príncipe Igor en las tierras rusas. En España cupo a Ingunde la misión de preparar la entrada oficial del catolicismo en el reino visigótico. Pero a costa de tremendos sacrificios, dolores, lutos y lágrimas.

La persecución contra los católicos desencadenada por Leovigildo, en vez de fomentar la unión nacional sirvió para ahondar más profundamente las grietas de la separación. En el siglo que los visigodos llevaban dominando en España la tranquilidad política interior estaba muy lejos de haberse logrado. Los nativos hispanorromanos no se habían acostumbrado a considerar al pueblo invasor como compatriotas, sino como dominadores; ellos se habían reservado los altos cargos de la administración y del ejército. Los ásperos nombres germánicos son los únicos que aparecen en los documentos oficiales de la época. Hay durante este reinado grandes focos de malestar interno, exteriorizados con las frecuentes sublevaciones, que Leovigildo se ve obligado a reprimir duramente, sin conseguir del todo acabar con los rescoldos vivos. Los vascones, los cántabros, el litoral de Levante, los pobladores de la Oróspeda constituyen serios motivos de sobresalto para el monarca. Son antes que ninguna otra las regiones béticas, Sevilla y Córdoba, recientemente arrebatadas a los bizantinos, las que albergan núcleos de disidentes, dispuestos siempre a manifestar su insumisión. Es el mismo problema que siglo y medio después van a reactualizar los visigodos contra la invasión árabe. La conversión de Hermenegildo produjo dos efectos encontrados: en la corte toledana enfureció al monarca, aguijoneado por la irreprimible cólera anticatólica de Godsuinta y su círculo de fanáticos arrianos; creemos que el recrudecimiento de la persecución, hasta entonces larvada, se debió al deseo de atajar las consecuencias de tan inesperada noticia y de hacer abortar por la fuerza el movimiento hacia el catolicismo que de hecho pudiera seguirse. En la Bética, por el contrario, los resistentes se agruparon en torno al gobernador de la provincia, en quien adivinaban al defensor de sus ideales religiosos y políticos. El duelo estaba entablado desde el primer momento trágicamente. Los pueblos limítrofes, suevos, bizantinos y francos, católicos todos, midieron la magnitud de los acontecimientos que se avecinaban y se pusieron alerta para sacar de ellos el mejor partido.

Hermenegildo, tajamar de estas dos tendencias tan irreconciliables, hubo de pasar horas amargas solicitado por sus deberes de fidelidad al monarca, su padre, que le había asociado al reino, y por su responsabilidad católica como gobernador y correinante sobre su pueblo integrado en su mayoría por católicos, injustamente vejados en la libre profesión de sus creencias por imposiciones arrianas que les obligaban a la apostasía. La solución viable en tamaño aprieto hubo de irse madurando lentamente, al ritmo de los acontecimientos.

Posiblemente en los primeros momentos se produjo una situación violenta entre el padre y el hijo. Tal vez Leovigildo impuso la vuelta al arrianismo abandonado y la presentación de Hermenegildo en Toledo. Ambos mandatos fueron soslayados por este, decidido a mantenerse en su actitud. Mientras estas cosas se ventilaban, hemos de suponer un movido ajetreo diplomático con las cortes vecinas, a quienes se les pidió, o tal vez ofrecieron espontáneamente, ayudas militares en el caso de que Leovigildo intentase reducir por la fuerza la resistencia de su hijo. De hecho, San Leandro se trasladó a Bizancio para interesar en la empresa al emperador Mauricio, regresando con seguridades de auxilio castrense. Entretanto, se sumaban al partido bético otras ciudades de la Lusitania, situada fuera del gobierno de Hermenegildo; llegaron promesas y alientos de parte de los suevos, y quizá también de los francos. El príncipe sevillano se sintió animado, midió sus fuerzas y se proclamó rey. Algunas monedas e inscripciones, venidas hasta nosotros, testimonian la proclamación de este título aplicado a Hermenegildo. Hoy nos es difícil asegurar si lo que pretendía era crear un reino simultáneo al de su padre o suplantar a éste en el gobierno de los visigodos.

Leovigildo se decidió a poner fin a las insumisiones. Con fortuna militar dominó la resistencia de Mérida y Cáceres, cortó el paso a los suevos, dispuestos a prestar ayuda a los andaluces, y sobornó, mediante subida cantidad de dinero, al general bizantino, que desde Cartagena había de ayudar a Hermenegildo. Este quedó solo, sin más contingentes militares que los de su provincia, que cada día iba perdiendo territorios, conquistados por el ejército paterno. Hermenegildo se apresta a la defensa; pone a su mujer y a su hijo en territorio de los imperiales y con sus tropas se ampara en las fortalezas y castillos. Uno tras otro son conquistados por los toledanos; la feroz resistencia de los sitiados no impidió que el castillo de Osset, en las mismas puertas de Sevilla, cayera en manos de los atacantes. Cae la ciudad y su caudillo pudo escapar a Córdoba, perseguido por el ejército de Leovigildo. Viendo definitivamente perdida su causa, Hermenegildo se acoge al asilo de una iglesia. Era el año 584. Interviene entonces —según se dice— su hermano Recaredo para ofrecerle, en nombre del padre, la conservación de la vida si se entrega. Así lo hizo el refugiado, que quedó desde este momento prisionero del padre. Se habla de traslado a Sevilla y de encarcelamiento en Valencia. Se dice también que el rey franco, su cuñado, intentó ayudarle invadiendo la Galia Narbonense, y se sospecha que Hermenegildo pudo huir de la cárcel, con proyecto de unirse a las fuerzas francas, siendo nuevamente apresado y encarcelado en Tarragona.

En la prisión fue nuevamente trabajado para que abjurase del catolicismo y abrazase otra vez la religión arriana, pero la desgracia no aminoró la firmeza de su fe católica, siendo asesinado en el propio calabozo por Sisberto, al negarse a recibir la comunión de manos de un obispo arriano, en el 585.

El mártir Hermenegildo, engañado por sus confidentes, burlado por sus aliados, desafortunado en sus campanas, no tuvo, de los historiadores contemporáneos, si se exceptúa a San Gregorio Magno, ni una frase escrita en su favor. Nosotros, a muchos siglos de los acontecimientos, sin más testimonios que los que nos facilitan sus incriminadores, vemos en su levantamiento y resistencia una actitud noble y de moralidad plena en su calidad de gobernador de un pueblo católico, injustamente vejado por imposiciones reales, ordenadas directamente a fomentar la apostasía. Hay circunstancias en la vida en que la fidelidad a la religión exige saltar por encima de la carne y de la sangre y posponer a ella el bienestar y la propia vida.

El mérito de su sangre martirial tuvo en seguida un triunfo impensado. En el año 586 fallecía Leovigildo recomendando a Recaredo la conversión a la religión católica. De hecho, éste abrazó inmediatamente el catolicismo, y el 8 de mayo del 589, cuatro años tan sólo transcurridos desde el martirio de Hermenegildo, el pueblo visigodo abjuraba solemnemente el arrianismo, abrazándose con la religión católica y dando, con ello, unidad a cuantos en el reino vivían. Fue, sin duda, aquella fecha una de las más solemnes de toda nuestra  historia nacional, emotivamente glosada por San Leandro en la homilía pronunciada en tal ocasión en la basílica de Toledo: «Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia; los que antes nos atribulaban con su dureza ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo espiritual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra».

Aquella conversión nacional fue el fruto inmediato de la sangre de Hermenegildo, asesinado en una lóbrega cárcel, y de las penalidades de su mujer, Ingunde, fallecida en el norte de Africa bizantina cuando era conducida a Constantinopla.

Al cumplirse el milenario del martirio, el papa Sixto V, a petición de Felipe II, canonizaba a San Hermenegildo, el 14 de abril de 1585.

(Por Juan Francisco Rivera)

MÚSICA SACRA: EL CORO HALLELUJAH DEL MESIAS DE HAENDEL

El coro Hallelujah es una de las obras más conocidas de Haendel. Pertenece a su oratorio El Mesías. Un oratorio es una sucesión obra formada por una sucesión de arias, coros y recitativos escrita para cantantes solistas, coro y orquesta. Es un drama musical basado en un tema religioso, pero no tiene representación escénica, por lo que un solista suele aparecer en el papel de narrador.

Haendel nació en Alemania y estudió en Hamburgo e Italia. Se estableció en Inglaterra con 27 años, donde desarrolló toda su carrera. El oratorio El Mesías lo compuso en el verano de 1741, en tiempo récord: unas tres semanas. Se estrenó en el New Music Hall de Dublín el 13 de abril de 1742, generando cierta polémica por tratarse de una obra religiosa e interpretarse en un teatro. A partir de 1750 fue muy admirada, y se representa, desde entonces, año tras año. Haendel utilizó un libreto de Charles Jennenes para su composición, que toma textos del Antiguo Testamento y del Apocalipsis.

Está escrito para un cuarteto de solistas (soprano, contralto, tenor y bajo, aunque en algunas ocasiones la voz de contralto es sustituida por un contratenor), coro y orquesta, con sección de cuerdas frotadas con bajo continuo, timbales e instrumentos de viento. Haendel escribió a lo largo de su vida diferentes versiones de El Mesías que se diferencian, sobre todo, en la instrumentación de viento y en la selección de movimientos, quedando algunas versiones más reducidas.

El Mesías está dividido en tres partes:

◦La primera tiene por tema el Adviento, apareciendo recitativos basados en el texto de la Anunciación, coros que intentan reflejar el sentimiento del pueblo y arias. Los textos están basados en el Libro de Isaías. El oratorio empieza con una obertura francesa (sección lenta con ritmo apuntillado y sección rápida con estilo contrapuntístico).

◦La segunda parte está basada en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo y termina precisamente con el coro Aleluya.

◦La tercera parte muestra la victoria de Cristo ante la muerte y hace mención al Juicio final.

Al comentar Haendel la composición de este coro dijo que: «He creído ver el Paraíso frente a mí y al gran Dios sentado en su trono con su compañía de Ángeles». Musicalmente, está escrito para coro y orquesta, en la que se distingue, entre todas las versiones, siempre la sección de cuerda con bajo continuo y trompetas, cuyo sonido da imagen de realeza y fortaleza. Está en Re mayor y el tempo es allegro. La relación del texto y la música es significativa: la primera estrofa aparece primero en homofonía, lo que produce claridad y rotundidad al texto, mientras que el texto «He shall reign for ever and ever» aparece en contrapunto imitativo, para simbolizar una duración infinita, que nunca acaba.

El texto «King of Kings, and Lord of Lords» está repetido, cada vez más agudo, en homofonía en las dos voces femeninas del coro, mientras que las masculinas acompañan con «for ever and ever». Se distingue claramente una célula asociada en el coro al texto «Hallelujah», que aparece constantemente en todo el movimiento y que es lo que todos recordamos de él. Hay un claro simbolismo de lo terrenal y lo humano en el descenso melódico, en homofonía, con el texto «The Kingdom of this world» (El reino de este mundo), que provoca contraste con «the Kingdom of our Lord» (el Reino del Señor), que evoca de nuevo la Gloria.

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NUEVA SECCIÓN. ARTE QUE CONSUELA: LA PAZ DESARMADA Y DESARMANTE DEL RESUCITADO

«La Resurrección no es un golpe de efecto teatral, sino una transformación silenciosa que dota de significado a cada gesto humano». Con las palabras de León XIV, continúa la colaboración entre Vatican News y la Biblioteca Apostólica en la serie «El arte que consuela». Las enseñanzas de los Papas acompañadas de obras maestras de las colecciones pontificias.

La solemne figura de Cristo, representado ascendiendo al cielo, envuelto en un manto rojo y verde, sosteniendo el estandarte de los cruzados, emblema de su triunfo. Es el Resucitado quien, en la mañana de Pascua, deja el sarcófago vacío bajo sus pies, rodeado de soldados aterrorizados que observan la escena, testigos participantes del misterio divino. La imagen pertenece al coral Santa María Magg. 14, conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana.

Un manuscrito musical

Junto con otros dos volúmenes de la misma colección, este extenso manuscrito musical fue encargado por el cardenal Leonardo Grosso della Rovere, primo del Papa Julio II. Su fecha de elaboración se puede determinar con certeza después de 1517, considerando la indicación del título cardenalicio de San Pedro Encadenado que aparece en el escudo inscrito en letras doradas, y antes de su muerte el 17 de septiembre de 1520.

Las iniciales decoradas

El volumen estaba destinado al Cabildo de la Basílica de Santa María la Mayor y contiene el Temporale, desde el Domingo de Pascua hasta el sábado siguiente a Pentecostés, con numerosas iniciales decoradas en paneles enriquecidos con espléndidos y coloridos motivos vegetales.

Un mensaje de esperanza

Cristo, tras vencer a la muerte, aparece representado de frente y con majestuosidad, ofreciendo a los fieles un mensaje de esperanza: «Resurrectio Domini, spes nostra» (Agustín, Sermón 261, 1).

La página inicial presenta la R de Resurrexi con una representación de la Resurrección enmarcada con hojas de acanto, gemas y piedras preciosas. Los márgenes, enmarcados por un listel dorado y adornados con flores, hojas, gemas y motivos antiguos, completan la decoración.

«¡La paz este con todos ustedes! Queridos hermanos y hermanas, este es el primer saludo de Cristo Resucitado, el Buen Pastor, que dio su vida por el rebaño de Dios. Deseo también que este saludo de paz entre en sus corazones, que llegue a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz este con ustedes! Esta es la paz de Cristo Resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Viene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente».

Paolo Ondarza – Ciudad del Vaticano para Vatican News

MAYORES CON MUCHO QUE OFRECER: VIDA ASCENDENTE CRECE EN SEGOVIA

Aprovechando este número especial, 200 del boletín digital, el grupo de la parroquia de San Lorenzo quiere saludar a toda la familia de Vida Ascendente. Aunque somos el grupo más nuevo de la Diócesis de Segovia —formado apenas en 2024—, ya nos sentimos parte de este camino compartido.

Este sentimiento de pertenencia nace de que, desde el primer momento, se nos acogió muy bien y se nos guio en nuestros inicios. Actualmente formamos el grupo unas 22 personas, acompañadas por dos animadoras y con el apoyo cercano de nuestro párroco, D. Francisco Jimeno Mardomingo. Juntos hemos ido aprendiendo y creciendo, fieles a los tres pilares del movimiento: la amistad que nace en el grupo, la espiritualidad que brota del Evangelio y el apostolado que surge de vivir y compartir la fe.

Con este espíritu, nuestro deseo es dar a las personas mayores un lugar visible dentro de la vida parroquial, integrándolas plenamente en las celebraciones y en el día a día de la comunidad. Tenemos una convicción muy clara: las personas mayores todavía tienen mucho que aportar y ofrecer a la Iglesia, a la familia y a la sociedad.

Y es que la experiencia y la sabiduría acumuladas son un gran tesoro. En la parroquia, su presencia es muy valiosa: son la imagen viva de la tradición que nos recuerda de dónde venimos. Aportan fe vivida, perseverancia, testimonio y mucha alegría. Enseñan el valor de la paciencia, la fidelidad y la confianza en Dios, incluso en las dificultades.

Somos conscientes de que con los años se van acumulando las características propias de la edad, pero eso no nos impide seguir caminando y creciendo en la fe. En nuestras reuniones hemos encontrado un espacio sencillo y cercano donde compartir la vida, escuchar la Palabra y sentirnos acompañados.

Si al principio fue la fe la que nos reunió, hoy celebramos que nos une una verdadera fraternidad. En este tiempo, hemos creado un clima de amistad sincera donde compartimos experiencias, alegrías y preocupaciones; un espacio donde cada uno aporta su vivencia y todos nos sentimos acogidos, escuchados y fortalecidos.

Es esta fortaleza la que nos hace recordar las palabras del Evangelio: «Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia» (Jn 10,10). Aunque los años pasen, siempre hay tiempo para crecer en amor, en fe y en esperanza, y para seguir aportando a la Iglesia y a la sociedad lo mejor de nosotros mismos.

Con sencillez y gratitud seguimos caminando juntos, deseando que Vida Ascendente siga creciendo. Este número 200 es una ocasión especial para agradecer al movimiento y a todos los que nos han precedido; su testimonio y entrega silenciosa han sido, y siguen siendo, un pilar fundamental. Que este boletín continúe muchos años siendo un lugar de encuentro, esperanza y comunión para todos los que formamos esta gran familia.

Grupo de Vida Ascendente
Parroquia de San Lorenzo (Segovia)