CATEQUESIS PAPA LEON XIV JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. III. LA PASCUA DE JESÚS. 4. LA ENTREGA. «¿A QUIÉN BUSCAN?» (JN 18,4)

Hoy nos detenemos en una escena que marca el inicio de la pasión de Jesús: el momento de su detención en el huerto de los Olivos. El evangelista Juan, con su habitual profundidad, no nos presenta a un Jesús asustado, que huye o se esconde. Al contrario, nos muestra a un hombre libre, que se adelanta y toma la palabra, afrontando con valentía la hora en la que puede manifestarse la luz del amor más grande.

«Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?”» (Jn 18,4). Jesús lo sabe. Sin embargo, decide no retroceder. Se entrega. No por debilidad, sino por amor. Un amor tan pleno, tan maduro, que no teme el rechazo. Jesús no es capturado: se deja capturar. No es víctima de un arresto, sino autor de un don. En este gesto se encarna una esperanza de salvación para nuestra humanidad: saber que, incluso en la hora más oscura, se puede seguir siendo libre para amar hasta el final.

Cuando Jesús responde «Soy yo», los soldados caen al suelo. Se trata de un pasaje misterioso, ya que esta expresión, en la revelación bíblica, evoca el nombre mismo de Dios: «Yo soy». Jesús revela que la presencia de Dios se manifiesta precisamente allí donde la humanidad experimenta la injusticia, el miedo y la soledad. Precisamente allí, la luz verdadera está dispuesta a brillar sin temor a ser abrumada por el avance de las tinieblas.

En plena noche, cuando todo parece derrumbarse, Jesús muestra que la esperanza cristiana no es evasión, sino decisión. Esta actitud es fruto de una profunda oración en la que no se pide a Dios que nos libre del sufrimiento, sino que nos dé la fuerza para perseverar en el amor, conscientes de que la vida ofrecida libremente por amor nadie nos la puede quitar.

«Si me buscan a mí, dejen que estos se vayan» (Jn 18,8). En el momento de su detención, Jesús no se preocupa por salvarse a sí mismo: solo desea que sus amigos puedan irse libres. Esto demuestra que su sacrificio es un verdadero acto de amor. Jesús se deja capturar y encarcelar por los guardias solo para poder dejar en libertad a sus discípulos.

Jesús vivió cada día de su vida como preparación para este momento dramático y sublime. Por eso, cuando llega, tiene la fuerza de no buscar una vía de escape. Su corazón sabe bien que perder la vida por amor no es un fracaso, sino que posee una misteriosa fecundidad. Como el grano de trigo que, al caer en tierra, no permanece solo, sino que muere y da fruto.

También Jesús se siente turbado ante un camino que parece conducir solo a la muerte y al fin. Pero está igualmente convencido de que solo una vida perdida por amor, al final, se reencuentra. En esto consiste la verdadera esperanza: no en tratar de evitar el dolor, sino en creer que, incluso en el corazón de los sufrimientos más injustos, se esconde la semilla de una nueva vida.

¿Y nosotros? Cuántas veces defendemos nuestra vida, nuestros proyectos, nuestras seguridades, sin darnos cuenta de que, al hacerlo, nos quedamos solos. La lógica del Evangelio es diferente: solo lo que se da florece, solo el amor que se vuelve gratuito puede devolver la confianza incluso allí donde todo parece perdido.

El Evangelio de Marcos también nos habla de un joven que, cuando Jesús es arrestado, huye desnudo (Mc 14,51). Es una imagen enigmática, pero profundamente evocadora. También nosotros, en nuestro intento de seguir a Jesús, vivimos momentos en los que nos vemos sorprendidos y quedamos despojados de nuestras certezas. Son los momentos más difíciles, en los que nos sentimos tentados de abandonar el camino del Evangelio porque el amor nos parece un viaje imposible. Sin embargo, será precisamente un joven, al final del Evangelio, quien anunciará la resurrección a las mujeres, ya no desnudo, sino vestido con una túnica blanca.

Esta es la esperanza de nuestra fe: nuestros pecados y nuestras vacilaciones no impiden que Dios nos perdone y nos devuelva el deseo de retomar nuestro seguimiento, para hacernos capaces de dar la vida por los demás.

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos también nosotros a entregarnos a la buena voluntad del Padre, dejando que nuestra vida sea una respuesta al bien recibido. En la vida no es necesario tenerlo todo bajo control. Basta con elegir cada día amar con libertad. Esta es la verdadera esperanza: saber que, incluso en la oscuridad de la prueba, el amor de Dios nos sostiene y hace madurar en nosotros el fruto de la vida eterna.

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. III. LA PASCUA DE JESÚS. 3. EL PERDÓN. «LOS AMÓ HASTA EL FINAL» (JN 13,2)

Hoy nos detenemos en uno de los gestos más conmovedores y luminosos del Evangelio: el momento en que Jesús, durante la última cena, ofrece el bocado a aquel que está a punto de traicionarlo. No es solo un gesto de compartir, es mucho más: es el último intento del amor por no rendirse.

San Juan, con su profunda sensibilidad espiritual, nos cuenta así ese instante: «Durante la cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de traicionarlo […] Jesús, sabiendo que había llegado su hora […] los amó hasta el final» (Jn 13,1-2). Amar hasta el final: esta es la clave para comprender el corazón de Cristo. Un amor que no se detiene ante el rechazo, la decepción, ni siquiera la ingratitud.

Jesús conoce la hora, pero no la sufre: la elige. Es Él quien reconoce el momento en que su amor tendrá que pasar por la herida más dolorosa, la de la traición. Y en lugar de retirarse, acusar, defenderse… sigue amando: lava los pies, moja el pan y lo ofrece.

«Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato»(Jn 13,26). Con este gesto sencillo y humilde, Jesús lleva adelante y a fondo su amor. No porque ignore lo que está sucediendo, sino precisamente porque lo ve con claridad. Ha comprendido que la libertad del otro, incluso cuando se extravía en el mal, todavía puede alcanzarse con la luz de un gesto manso. Porque sabe que el verdadero perdón no espera el arrepentimiento, sino que se ofrece primero, como un don gratuito, incluso antes de ser acogido.

Judas, por desgracia, no lo comprende. Después de dar el bocado —dice el Evangelio— «Satanás entró en él» (v. 27). Este pasaje nos impacta: es como si el mal, hasta ese momento oculto, se manifestara después de que el amor mostrara su rostro más desarmado. Y precisamente por eso, hermanos y hermanas, ese bocado es nuestra salvación: porque nos dice que Dios lo hace todo, absolutamente todo, para llegar a nosotros, incluso en el momento en que lo rechazamos.

Es aquí donde el perdón se revela en toda su potencia y manifiesta el rostro concreto de la esperanza. No es olvido, no es debilidad. Es la capacidad de dejar libre al otro, amándolo hasta el final. El amor de Jesús no niega la verdad del dolor, pero no permite que el mal sea la última palabra. Este es el misterio que Jesús realiza por nosotros, en el que también nosotros, a veces, estamos llamados a participar.

Cuántas relaciones se rompen, cuántas historias se complican, cuántas palabras no dichas quedan en el aire. Sin embargo, el Evangelio nos muestra que siempre hay una manera de seguir amando, incluso cuando todo parece irremediablemente comprometido. Perdonar no significa negar el mal, sino impedir que genere más mal. No es decir que no haya pasado nada, sino hacer todo lo posible para que no sea el rencor el que decida el futuro.

Cuando Judas sale de la habitación, «era de noche» (v. 30). Pero inmediatamente después, Jesús dice: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado» (v. 31). La noche sigue ahí, pero una luz ya ha comenzado a brillar. Y brilla porque Cristo permanece fiel hasta el final, y así su amor es más fuerte que el odio.

Queridos hermanos y hermanas, nosotros también vivimos noches dolorosas y agotadoras. Noches del alma, noches de decepción, noches en las que alguien nos ha herido o traicionado. En esos momentos, la tentación es cerrarnos, protegernos, devolver el golpe. Pero el Señor nos muestra que hay esperanza, que siempre hay otro camino. Nos enseña que se puede ofrecer un bocado incluso a quien nos da la espalda. Que se puede responder con el silencio de la confianza. Y que se puede seguir adelante con dignidad, sin renunciar al amor.

Hoy pedimos la gracia de saber perdonar, incluso cuando no nos sentimos comprendidos, incluso cuando nos sentimos abandonados. Porque es precisamente en esos momentos cuando el amor puede alcanzar su cima. Como nos enseña Jesús, amar significa dejar al otro libre —incluso para traicionar— sin dejar nunca de creer que incluso esa libertad, herida y perdida, puede ser arrancada del engaño de las tinieblas y devuelta a la luz del bien.

Cuando la luz del perdón logra filtrarse entre las grietas más profundas del corazón, comprendemos que nunca es inútil. Aunque el otro no lo acoja, aunque parezca vano, el perdón libera a quien lo ofrece: disuelve el resentimiento, devuelve la paz, nos devuelve a nosotros mismos.

Jesús, con el sencillo gesto de ofrecer el pan, muestra que toda traición puede convertirse en una oportunidad de salvación, si se elige como espacio para un amor más grande. No cede ante el mal, sino que lo vence con el bien, impidiendo que apague lo que hay de más verdadero en nosotros: la capacidad de amar.

Fuente: The Holy See

LA EXALTACIÓN DE LA CRUZ

El 13 de septiembre del año 335 se dedicó en Jerusalén la iglesia de la Resurrección y del Martyrium. Al día siguiente, en una solemne ceremonia, se expuso la cruz que la emperatriz Helena había encontrado el 14 de septiembre de 320. En el año 614, Cosroe II, rey de los persas, declara la guerra al imperio bizantino. Tras ocupar Jerusalén, se llevó, entre sus tesoros, la Cruz de Jesús. El emperador Heraclio propuso la paz a Cosroe, pero éste rechazó la oferta. Ante la negativa, Heraclio le hizo la guerra, y en el año 627 venció la batalla de Nínive. Tras la caída de Cosroe, Heraclio exigió a su sucesor la devolución de la Cruz, que regresó así a Jerusalén. En este día no se exalta la crueldad de la Cruz, sino el Amor que Dios manifestó a los hombres al aceptar morir en la Cruz: «Aunque era Dios, Cristo se humilló haciéndose siervo. Esta es la gloria de la Cruz de Jesús» (Papa Francisco).

Del Evangelio según san Juan

«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3-13-17).

Confiar en Dios

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, escribió Benedicto XVI en su Encíclica Deus Caritas est. El Evangelio que la liturgia nos ofrece en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz muestra que Dios quiere construir una relación de amor con cada persona: se ofrece en su Hijo Jesús, elevado en la Cruz.

Levantar los ojos hacia Dios sugiere una verdad importante: estamos invitados a relacionarnos con Él. Hay que dejar de encerrarse en uno mismo alimentando inútiles sentimientos de culpa y olvidando que «si el corazón nos condena, Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,19). Hemos de levantar la mirada hacia las estrellas (cfr. Abraham y la promesa de una gran descendencia, Gn 15, 5), aprendiendo a poner todas las preocupaciones en manos de Dios.

Asombro y gratitud

Levantar la mirada no debe suscitar miedo sino gratitud, porque la Cruz es la medida del amor con que Dios ama a sus hijos. Es la Misericordia de Dios la que -como en el caso de Nicodemo- ilumina las noches de la vida y permite continuar el camino.

Ante la Cruz no hay neutralidad

Ante la Cruz de Jesús no se puede permanecer neutral: o con Él o contra Él. Es una elección que debe hacerse antes de cualquier acción, porque el obrar del cristiano no es otra cosa que el testimonio de lo mucho que Dios nos ha amado, hasta el punto de entregar a su Hijo Jesús.

Oraciones

Dios altísimo y glorioso,

Ilumina las tinieblas de mi corazón.

Y dame fe recta,

esperanza cierta y caridad perfecta,

sabiduría y conocimiento, oh Señor,

Para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento. Amén.

(Oración de San Francisco ante el Crucifijo de San Damián)

Te adoramos,

Señor Jesucristo,

aquí y en todas tus iglesias

que hay en todo el mundo

y te bendecimos,

porque por tu santa cruz

has redimido el mundo.

(San Francisco de Asís)

Fuente: Vatican News

MARISA GARCÍA-MERITA: «LOS JÓVENES CONSTRUYEN UNA SOCIEDAD QUE NO ES PARA CUANDO ELLOS SEAN MAYORES»

Marisa García-Merita ha sido nombrada recientemente presidenta del Consejo Valenciano de Personas Mayores, un órgano consultivo y asesor de la Generalitat Valenciana adscrito a la Consejería de Bienestar Social. Psicóloga, Catedrática emérita de la Universidad de Valencia, ha ocupado algunos puestos de importante responsabilidad política, como directora general de Servicios Sociales, se trata de la primera mujer en ocupar este puesto.

Hemos hablado con ella del papel del Consejo Valenciano de Personas Mayores sobre el papel de este organismo en la lucha contra el edadismo, sus áreas de actuación y los retos que se ha marcado para los próximos seis años.

PREGUNTA.- ¿Qué es el Consejo Valenciano de Personas Mayores?

RESPUESTA.- El Consejo se creó por ley hace ya 20 años aproximadamente, es un organismo colegiado que se renueva cada seis años, para desligarlo del ciclo político. Está compuesto por 22 vocales en total que vienen de todas las entidades importantes que representan a la personas mayores, desde residencias privadas, sindicatos con agrupaciones de mayores, la Federación Valenciana de Municipios, usuarios de residencias. Cuatro son elegidos por la Consellería de Asuntos Sociales.

P.- Se trata de conseguir una representatividad muy amplia, desde todos los ámbitos

R.-Así es, entidades, fundaciones, federaciones, asociaciones, etc, que sean representativas de los mayores en la Comunidad Valenciana

P.- ¿Qué hace y qué objetivos tiene?

R.- Se crea con el objetivo de asesorar al Gobierno valenciano, a la Dirección General de Mayores, principalmente, pero no sólo a este organismo, puesto que los asuntos que atañen a los mayores son transversales, por ejemplo, habrá ámbitos en los que el asesoramiento sea a Sanidad… en fin, en todo lo que tenga que ver con los mayores, sea del ámbito que sea.

También es un órgano consultivo, cuando va a salir una norma, un decreto o una ley, nos convocan, nos consultan y nos hacen partícipes. Esa es la función, digamos, más oficial.

P.- ¿Hay otras funciones… digamos, menos oficiales?

R.- Sí, nosotros por nuestra cuenta también encargamos estudios, y trabajamos por hacernos visibles, a los mayores. Queremos ser como los oídos y la voz de los mayores, porque las personas mayores, en muchas ocasiones, no tienen la capacidad para dirigirse directamente a un conveler, pero nosotros sí. Por eso nosotros estamos vigilantes de muchas situaciones… con las administraciones, pero también con las empresas, como el caso de Carlos San Juan y la banca. Nosotros también nos dirigimos a las empresas. Por eso decía que queremos ser la voz y los oídos de los mayores, y darles asesoramiento, porque hay cosas que parecen muy insignificantes, pero para algunas personas son importantes, cómo pedir una ayuda, cómo calarse con ya página web…

P.- Llevas poco tiempo al frente de este organismo. ¿Cómo lo asumes, qué objetivos te has marcado?

R.- Si, llevo poco tiempo. Por supuesto tengo ideas nuevas, y una de las cosas que pretendo es, quizá estar en menos sitios pero ser más eficaces. Es que creo que incluso mucha gente no sabe de la existencia de este Consejo Valenciano de Personas Mayores, me he dado cuente de que incluso entre las consellerías, hay gente que no conoce el organismo.

Y, oye, que yo soy nueva, pero el organismo no, que tiene 20 años, no puede ser que se nos conozca. Así que quiero llevar el Consejo a diferentes lugares, presentarnos, para que se nos conozca.

P.- El colectivo al que representáis no es nada desdeñable, ¿a cuántas personas representáis?

R.- Efectivamente, por eso tienen que escucharnos, tienen que escuchar la voz de los mayores, a fin de cuentas representamos a más o menos un millón de personas en la Comunidad Valenciana, y eso es mucho.

Ahora tenemos prevista una una entrevista que le hemos pedido al conseller de sanidad. Queremos proponerle que el cribado de las personas mayores se alargue. Es decir, no puede ser que las mamografías a partir de los 60 años ya no se hagan. En toda Europa se hacen, por lo menos hasta los 70, a veces más.

P.- Representáis a un colectivo numeroso… y cada día lo será más

R.- Así es. Fíjate, es una especie de contrasentido que le veo yo a la a la sociedad. Todo el mundo sabe lo que es el edadismo, la brecha digital, que hay marginación, cosificación, infantilización… Pero yo creo que no nos paramos a reflexionar en que los jóvenes están construyendo una sociedad que no es para cuando ellos sean mayores, es como si ellos no fuesen a ser mayores. Y no se dan cuenta de que llegarán, que también ellos se convertirán en mayores.

P.- ¿Echas en falta un entorno más amigable para los mayores?

R.- Lo lógico sería crear una sociedad que fuese amable con todos sus ciudadanos y que tuviese en cuenta, por supuesto, a todos, y también a los mayores, que es a lo que van a ser todas las personas, si llegan. Y creo que todavía no hay conciencia de eso. No creo que esto ocurra con mala intención, no tienen mala intención los jóvenes, no tienen mala intención las empresas, pero no tienen en cuenta a los mayores ni sus valores. Si los valores de los mayores no tienen sentido, la sociedad se dirige al sinsentido, ¿no?.

P.- Pues cambiar eso… si que es una labor titánica

R.- Si, aunque se poco a poco, queremos ir creando conciencia, también entre la gente mayor, porque a veces se produce una automarginación. Muchas personas mayores incluso se sienten culpables por estar vivas, porque son una carga para sus hijos, porque se sienten una molestia…

P.- Hay personas que sufren porque se sienten inútiles, ¿verdad?

R.- Si, pero fíjate. Las cosas son útiles o inútiles, pero las personas no son cosas, no son utensilios. Las personas lo que tienen es dignidad. Desgraciadamente estamos en una sociedad muy utilitarista.

P.- Hemos hablado del papel del Consejo… como órgano consultivo. Pero la pregunta es, ¿os hacen caso? ¿Os sentís escuchados?

R.- A ver, yo llevo poco tiempo, pero tengo la sensación de que muy escuchados, muy escuchados, no. Creo que nosotros, por nuestra parte, nos tenemos que hacer escuchar más, darnos a conocer más. Tengo la sensación de que piensan que somos un organismo que reúne a las personas mayores, pero no creen que que se muy interesante lo que podamos aportar. Con la salvedad de nuestra Consellería, que sí nos valora muy bien.

La experiencia acumulada a través de los años sí que sirve, y mucho. Sobre todo cuando llega de personas que todas venimos de áreas específicas… en mi caso, por ejemplo, soy catedrática emérita de psicología, he sido directora general de servicios sociales. Es decir que cuando damos opiniones no son ocurrencias. Cada vocal tiene una especialización en un área determinada.

P.- ¿Qué papel ha jugado el Consejo Valenciano de Personas Mayores tras la DANA? Supongo que este asunto os habrá ocupado de forma especial, por la situación en que dejó la catástrofe a muchas personas mayores.

R.- Si, si, claro, hemos estado muy volcados y lo seguimos estando. Dejamos pasar un tiempo prudencial, pero enseguida tuvimos reuniones con las autoridades encargadas de la reconstrucción para llevarles nuestras sugerencias. Una de ellas, por ejemplo, fue la petición de dar prioridad a la reparación de ascensores, pero con urgencia, evitando burocracias que alarguen los procesos, porque hay personas mayores que sin ascensor no pueden moverse de su casa, y no podemos permitir que la gente sufra por la burocracia. Pedimos que se fijara un listado prioritario de ascensores, y arreglar allí donde haya una persona discapacitada, o una persona mayor con movilidad reducida.

Las situaciones de desesperanza desencadenan depresiones muy severas. Yo lo he visto como psicóloga, cuando una persona evalúa qué no tiene ninguna opción, ninguna posibilidad de solucionar un tema vital, se abandona, se deja morir.

Gracias a que somos un organismo independiente, este tipo de cosas, tenemos la opción de decir las cosas molesten a quien molesten.

P.- Tenéis muchos asuntos que abordar, muchos frentes abiertos… edadismo, brecha digital, soledad no deseada, dependencia, cuidados. Personalmente, ¿qué es lo que a tí más te preocupa?

R.- Pues mira, me preocupa muy especialmente la brecha digital, esos adelantos tecnológicos que dejan a muchas personas mayores inutilizadas. Ya no hablo de la inteligencia artificial, hablo de cosas más básicas y simples, como que haya cosas y gestiones que ya solo se puedan hacer a través de internet. Es gravísimo. Dile a muchas personas mayores que para pedir la ayuda a la dependencia entren en internet, requieren certificado, o autenticación vía SMS, pinchar en se cuántos links… y quizá no tiene siquiera ordenador.

Por eso hace poco, cuando lanzaron la idea de hacer un carné de identidad digital dije que esto ya no se podía consentir. Eso de llevar el carnet dentro del teléfono, nada. Ahora los teléfonos son complicadísimos… yo, que no tengo problemas con la tecnología creo que no le debo sacar ni el 50% de las posibilidades, porque la mayoría de las cosas no se usarlas.

P.- La brecha digital no solo excluye a quienes no tienen habilidades digitales, también a quienes tienen menos recursos. Con pensiones mínimas, es difícil acceder a la tecnología, los dispositivos, fibra en casa…

R.- Fíjate, ahí, incluso afecta a los viajes del IMSERSO. Tienen plazas limitadas, y lo suyo sería que tuvieran prioridad quienes tengan menos recursos. Pues no, consiguen plaza quienes tienen más recursos porque son quienes o bien contratan a un gestor, o quienes tienen ordenador o smartphone que pueden estar a las doce de la noche, cuando se abre el plazo, reservando el destino que quieren.

P.-Por no dar una visión extremadamente negativa o pesimista, busquemos datos que inviten al optimismo. ¿En qué aspectos relacionados con los mayores estamos hoy mejor que ayer?¿En qué puntos hemos mejorado?

R.- Evidentemente estamos muchísimo mejor que hace años. Hemos mejorado, por ejemplo, en la calidad de las residencias, hemos pasado de los asilos a residencias de calidad en las que se atiende bien a las personas. Hacen falta cosas, y mejorar aspectos, desde luego que sí, el avance es enorme. Y luego también han mejorado los servicios para retrasar ese paso a la residencia, en los centros de día, en las ayudas a domicilio. Porque una persona, cuanto más tarde en entrar en una residencia, mejor.

Antes existían los hogares del jubilado, donde se bailaba o se jugaba al mus, ahora hay centros para mayores fabulosos donde se trabaja la calidad de vida, el estilo de vida saludable, con programas muy interesantes, con cursos  de todo tipo y con una parte asistencial también muy completa.

Insisto en que faltan muchas cosas, hacen falta más recursos, pero las mejoras son innegables.

P.- Te he leído decir que en las residencias hay que fomentar el buen trato a los mayores, y a los trabajadores, ¿a qué te refieres?

R.- Cuando digo buen trato a los mayores, no me refiero a que no haya maltrato a las personas. Eso, por descontado. Me refiero a que los profesionales tengan una formación específica para tratar a personas mayores, para comunicarse bien con ellos, aunque sufran alguna demencia, para no infantilizarles… en detalles tan sencillos como no mover o manipular a una persona que va en silla de ruedas sin antes decirle que la vas a mover. Esto hay residencias que lo están incorporando y lo están haciendo muy bien.

Y luego hay que pensar en los trabajadores, yo muchas veces digo que son héroes porque es un trabajo duro, física y emocionalmente, y muchas veces están sobrecargados porque falta gente. Es imprescindible que los salarios mejoren y que se equiparen sus condiciones con las que tendrían si trabajan en sanidad, es la manera de retenerles.

Beatriz Torija para 65 y mas

JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y DE LOS MAYORES 2025 EN BURGOS

El pasado domingo día 27, y siguiendo las directrices de nuestro Vicario de pastoral, desde el Secretariado para la Pastoral de las Personas Mayores, se prepararon y realizaron los actos para la celebración del 5º día de los Abuelos y Mayores.

 Se prepararon dos actos, uno en la Parroquia de La Anunciación de la Santísima Virgen en Burgos capital, organizado por el secretariado diocesano para la pastoral con las personas mayores y el otro en la Parroquia de San Facundo y San Primitivo en Las Quintanillas, organizado por el Programa de Mayores de Cáritas diocesana.

Esta fiesta instituida por el papa Francisco, ha sido convocada por el papa León XIV este año bajo el lema “Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza” 

La celebración de la Eucaristía en Burgos la celebramos solemnemente en la misa de parroquial de la una, presidida por el párroco Don Jesús. La iglesia a rebosar de fieles, con los laterales y el claustro a rebosar

Iniciamos la ceremonia con una monición de entrada que nos recordó, que nos habíamos reunido para celebrar el día del Señor, el cual nos enseñaba a orar y a hacerlo con insistencia y que orar es mirar a nuestro Dios con amor y agradecimiento. También a reconocer que los abuelos y personas mayores nos han enseñado las mejores lecciones de la vida y pedirle al Señor que les bendiga y guarde en estos años apacibles de la ancianidad.

En la homilía, Don Jesús, destaco y desarrolló varios de los puntos tratados por el Papa León en su mensaje y resalto la gran labor que está haciendo el grupo de Vida Ascendente en referencia a los consejos y directrices que nos da el papa en su mensaje. Hizo una invitación especial a los mayores, y a los no tan mayores, para conocer el movimiento basado en tres pilares: Espiritualidad, Apostolado y Amistad que se desarrollan plenamente en sus reuniones semanales.

En el ofertorio se ofrecieron junto con el pan y el vino, el cartel de la Jornada Mundial de los Abuelos y Mayores, dando gracias al Papa León por su precioso mensaje; una cesta de cerezas en las que estaban representados los trabajos y alegrías de nuestra vida y por último un centro de flores que simbolizan lo vello y bonito de la vida.

En la postcomunión, rezamos la oración compuesta por el Papa León para este día y que junto al mensaje del Papa habíamos preparado en un libreto que dimos a la entrada, junto con un marcapáginas que había preparado la responsable de Cáritas.

Al finalizar la Eucaristía, en el claustro, un profesor de música nos deleitó con un recital de música de nuestra juventud, tocada con un acordeón mientras degustábamos las cerezas ofrecidas. Incluso hubo parejas que se animaron a bailar.

En Miranda de Ebro, los grupos de Vida Ascendente, también animaron y celebraron la jornada de los Mayores con una Eucaristía.

Al final todo resultó muy entrañable.

Amelia Díez Reoyo

Presidente de Burgos

PLAN RUT: DE LA INCERTIDUMBRE A FICHAR DE GOLPE A 60 VOLUNTARIOS

El Plan Rut es una de las iniciativas de mayor crecimiento para visitar ancianos en residencias. Tras extenderse rápidamente por la diócesis de Getafe, ahora se prepara para llegar a la archidiócesis de Madrid

Mientras Álvaro Medina se dirigía al local de Parla en el que había convocado a los potenciales y aún desconocidos voluntarios de su iniciativa, en 2024, «iba con incertidumbre y me decía: “Señor, si no viene nadie, dime que eche redes en otro sitio”». Nada más lejos de la realidad, el lugar elegido «se llenó». Él y otros organizadores ofrecieron a los curiosos unos cursos de formación, «60 personas se inscribieron y nació el Plan Rut», como ya anunció Alfa y Omega. Su objetivo: «Formar una nueva familia para acompañar» a los usuarios de residencias a los que nadie visitaba nunca jamás. «Eran personas que habían perdido ese círculo familiar porque sus parientes habían muerto, vivían lejos o directamente los habían aparcado allí», recuerda con crudeza.

Este vecino de Parla nos cuenta que decidió el nombre del proyecto gracias a la carta que el Papa Francisco escribió para la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores del año pasado. Estaba centrada en el libro de Rut, quien se empeñó en no dejar sola a la anciana Noemí después de que enviudara. Así, decidió que Plan Rut era un título con fuerza y diseñó una estrategia junto a la Delegación Diocesana de Pastoral de los Mayores de la diócesis de Getafe.

En medio año se han extendido rápidamente por tres residencias de Parla, una de ellas dependiente de la Comunidad de Madrid, lo que les abrió la puerta al resto de la región. «La acogida ha sido fascinante», añade Medina. Para el curso que viene aspiran a implantarse en Aranjuez, Valdemoro, Getafe, Alcorcón y San Martín de Valdeiglesias. Y en la archidiócesis de Madrid, pues Medina está participando en las reuniones de su Comisión Diocesana de la Pastoral con las Personas Mayores.

Medina reivindica que «los ancianos son nuestros hermanos mayores y están viviendo una soledad lamentable, que no es culpa de las residencias» pero necesita igualmente una solución. Su aportación es que «dos voluntarios visitan a cada usuario». Van en parejas para que, en el caso de que le surja algún imprevisto a alguno de sus miembros, «nunca se interrumpa esa relación semanal».

El Plan Rut ni es de evangelización ni se exigen convicciones religiosas a sus participantes, pero «sí es verdad que nace del espíritu cristiano y ese ánimo que nos lleva a abrazar a quien está en necesidad». También tienen un encuentro mensual «en el que hablar, preguntar y manifestar sus inquietudes» para que los voluntarios se aligeren entre sí las cargas que a veces implica cuidar. Y, aunque Medina está jubilado, reivindica que «aquí hay mucha sensibilidad por los mayores y hay gente de todas las edades, desde los 20 hasta los 70 años».

Trabajo transversal

Alberto Guirao, consiliario de Vida Ascendente de Madrid, considera esta iniciativa «muy importante porque hay personas que no reciben a nadie y así pueden crear lazos de afectividad». Y revela que, con una inspiración similar, desde sus comunidades se están expandiendo con éxito por numerosas residencias, lo que «es muy interesante porque algunas no tienen capellán y así» quienes viven en ellas «pueden reunirse con un grupo que los ayuda a acercarse a Dios». El grueso son usuarios del propio centro, pero en ocasiones se incorporan visitantes. Entre estas residencias y las parroquias de Madrid, durante este año Vida Ascendente ha visto nacer 14 nuevos grupos.

Por su parte, María Bazal, delegada de Familia y Vida de la archidiócesis madrileña, recalca que «es muy de agradecer el espacio conjunto de trabajo que se ha formado» a raíz del relanzamiento de la Comisión Diocesana de la Pastoral con las Personas Mayores. «El año pasado el cardenal Cobo ya nos pidió trabajar de manera transversal entre delegaciones», explica. En cuanto a la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores del próximo domingo, adelanta que entre los participantes en la catedral de la Almudena habrá también ancianos de las residencias  de las hermanitas de los Pobres de Doctor Esquerdo, de las hermanitas de los Ancianos Desamparados de Carabanchel y de la Fundación Residencia Santa Lucía, que gestiona Cáritas.

Rodrigo Moreno Quicios 26 de Julio de 2025

Para Alfa y Omega

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN ARTURO DE IRLANDA

Mártir de la Fe, sacrificado por los musulmanes en 1282. Este dato y los pocos más que conocemos y se dan por ciertos sobre él, proceden de las crónicas de la Orden de los Trinitarios. No es mencionado en el Martirologio Romano, ni en la monumental obra de los Bolandistas, ni en las otras colecciones hagiográficas. Su fiesta se celebra el día 1 de septiembre, aniversario, según parece, de su martirio.

En tiempo de San Arturo la vitalidad católica de Irlanda había logrado gran auge. En su historial contaba con varios Santos y algunos teólogos famosos. Era conocido doquier, por otra parte, el dinamismo de los creyentes irlandeses, que les llevaba constantemente a empresas grandes. Nadie extrañaba, pues, que hubieran cuajado allí las órdenes Militares y la directamente emparentada con ellas, la Trinitaria. A ella perteneció nuestro Santo.

A causa de las luchas entre cristianos y sarracenos y debido a los procedimientos de piratería de éstos, yacían en la esclavitud, en todas las ciudades musulmanas, centenares y hasta miles de cristianos, sufriendo toda suerte de penalidades. Sintióse Arturo con alma generosa para trabajar y aun para ofrecer su propia vida en aras de la liberación de los infelices cautivos. Y por esto ingresó en la ínclita y tan fervorosa milicia redentora.

Pronto demostró sus actividades. Siguiendo con perfecta fidelidad las normas directrices de San Juan de Mata, fundador de la Orden, partió Arturo para el Oriente, a rescatar a los fieles que estaban prisioneros… Poco conocemos de sus andanzas por tierras semitas. Pero la celebridad de su heroísmo es indicio seguro del sendero de claridad que dejarían sus huellas, todas ellas en ruta de inmolación por Cristo. Sin cesar, resonaría en su corazón la promesa del divino Maestro: «El que pierde su vida, la recobrará».

Es casi seguro (como de las Crónicas trinitarias se colige, guardadas en el convento de Cerf-Froid) que visitó los Lugares Santos, donde se acabaría de enardecer de amor a Jesús y a su Pasión. Este amor era el que le impulsaba a laborar y luchar por la libertad de los pobres reclusos de las mazmorras mahometanas, y por la abolición total de la esclavitud. Se sabe que estuvo en Babilonia, si bien se ignora si vivió mucho tiempo en ella.

Su condición de fraile cristiano, su activismo proselitista, su celo ardiente y sus osadías, se hicieron odiosos a los discípulos del Corán. Y, según noticias de su Orden, fue apresado y allí mismo, en Babilonia, quemado vivo, por odio a la fe y a la doctrina de nuestra Religión.

A raíz de haber obtenido Fray Arturo la palma del martirio, difundióse su veneración rápidamente por amplias regiones. Y ha sido y es grande la devoción que en muchas partes se le tiene, desde el siglo XIII.

(Fuente: multimedios.org)

CATEQUESIS PAPA LEON XIV JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. III. LA PASCUA DE JESÚS. 2. LA TRAICIÓN. «¿SERÉ YO?» (MC 14,19)

Continuamos nuestro camino en la escuela del Evangelio, siguiendo los pasos de Jesús en los últimos días de su vida. Hoy nos detenemos en una escena íntima, dramática, pero también profundamente verdadera: el momento en el que durante la cena pascual Jesús revela que uno de los Doce está a punto de traicionarlo: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo» (Mc 14,18).

Son palabras contundentes. Jesús no las pronuncia para condenar, sino para mostrar que el amor, cuando es verdadero, no puede prescindir de la verdad. La habitación del piso superior, donde poco antes se había preparado todo con atención, se llena de repente de un dolor silencioso, hecho de preguntas, de sospechas, de vulnerabilidad. Es un dolor que conocemos bien también nosotros, cuando en las relaciones más queridas se insinúa la sombra de la traición.

Sin embargo, el modo en el que Jesús habla de lo que está a punto de suceder es sorprendente. No levanta la voz, no señala con el dedo, no pronuncia el nombre de Judas. Habla de tal modo que cada uno pueda cuestionarse a sí mismo. Y es precisamente eso lo que sucede: «Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro: ‘¿Seré yo?’» (Mc 14,19).

Queridos amigos, esta pregunta – “¿Seré yo?” – es quizá una de las preguntas más sinceras que podemos hacernos a nosotros mismos. No es la pregunta del inocente, sino la del discípulo que descubre su fragilidad. No es el grito del culpable, sino el susurro de quien, aunque queriendo amar, sabe que puede herir. Es en esta consciencia donde inicia el camino de la salvación.

Jesús no denuncia para humillar. Dice la verdad porque quiere salvar. Y para ser salvados hay que sentir: sentir que se está involucrado, sentir que se es amado a pesar de todo, sentir que el mal es real pero no tiene la última palabra. Solo quien ha conocido la verdad de un amor profundo puede aceptar también la herida de una traición.

La reacción de los discípulos no es rabia, sino tristeza. No se indignan, se entristecen. Es un dolor que nace de la posibilidad real de ser involucrados. Y precisamente esta tristeza, si se acoge con sinceridad, se convierte en un lugar de conversión. El Evangelio no nos enseña a negar el mal, sino a reconocerlo como una ocasión dolorosa para renacer.

Jesús, después, añade una frase que nos inquieta y nos hace pensar: «El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!» (Mc 14,21). Son palabras duras, ciertamente, pero hay que entenderlas bien: no se trata de una maldición, es más bien un grito de dolor. En griego ese “ay de aquel” suena como un lamento, como un “ay”, una exclamación de compasión sincera y profunda.

Nosotros estamos acostumbrados a juzgar. Dios, en cambio, acepta sufrir. Cuando ve el mal, no se venga, sino que se entristece. Y aquel “más le valdría a ese hombre no haber nacido” no es una condena impuesta a priori, sino una verdad que cada uno de nosotros puede reconocer: si renegamos del amor que nos ha engendrado, si traicionando nos volvemos infieles a nosotros mismos, entonces realmente perdemos el sentido de nuestra venida al mundo y nos autoexcluimos de la salvación.

Sin embargo, precisamente allí, en el punto más oscuro, la luz no se apaga. Es más, comienza a brillar. Porque si reconocemos nuestro límite, si nos dejamos tocar por el dolor de Cristo, entonces podemos finalmente nacer de nuevo. La fe no nos evita la posibilidad del pecado, sino que nos ofrece siempre una vía para salir: la de la misericordia.

Jesús no se escandaliza frente a nuestra fragilidad. Sabe bien que ninguna amistad es inmune al riesgo de traición. Pero sigue fiándose. Sigue sentándose en la mesa con los suyos. No renuncia a partir el pan, incluso para quien lo traicionará. Esta es la fuerza silenciosa de Dios: no abandona nunca la mesa del amor, ni siquiera cuando sabe que lo dejarán solo.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros podemos preguntarnos hoy, con sinceridad: “¿Seré yo?”. No para sentirnos acusados, sino para abrir un espacio a la verdad en nuestro corazón. La salvación comienza aquí: en la conciencia de que podremos ser nosotros los que rompamos la confianza en Dios, pero que podemos ser también nosotros los que la recojamos, la custodiemos y la renovemos.

En el fondo, esta es la esperanza: saber que, aunque podamos fallar, Dios nunca nos falla. Aunque podamos traicionar, Él nunca deja de amarnos. Y si nos dejamos alcanzar por este amor – humilde, herido, pero siempre fiel – entonces podemos de verdad renacer. Y empezar a vivir ya no como traidores, sino como hijos siempre amados.

Fuente: The Holy See

CATEQUESIS PAPA LEON XIV JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. III. LA PASCUA DE JESÚS. 1. LA PREPARACIÓN DE LA CENA. «PREPÁRENNOS ALLÍ LO NECESARIO» (MC 14,15)

Seguimos nuestro camino jubilar al descubrimiento del rostro de Cristo, en el que nuestra esperanza toma forma y consistencia. Hoy comenzamos a reflexionar sobre el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Iniciemos meditando una palabra que parece sencilla, pero que custodia un secreto precioso de la vida cristiana: preparar.

En el Evangelio de Marcos se cuenta que «el primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”». (Mc 14,12). Es una pregunta práctica, pero también cargada de expectación. Los discípulos intuyen que algo importante está a punto de suceder, pero no conocen los detalles. La respuesta de Jesús parece casi un enigma: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua.» (v. 13). Los detalles se vuelven simbólicos: un hombre que lleva un cántaro —gesto habitualmente femenino en aquella época—, una sala en el piso superior ya preparada, un dueño de la casa desconocido. Es como si todas las cosas hubieran sido preparadas de antemano. De hecho, así es. En este episodio, el Evangelio nos revela que el amor no es fruto del azar, sino de una elección consciente. No se trata de una simple reacción, sino de una decisión que requiere preparación. Jesús no afronta su pasión por fatalidad, sino por fidelidad a un camino acogido y recorrido con libertad y cuidado. Esto es lo que nos consuela: saber que el don de su vida nace de una intención profunda, no de un impulso repentino.

Esa «sala en el piso superior ya preparada» nos dice que Dios siempre nos precede. Incluso antes de que nos demos cuenta de que necesitamos acogida, el Señor ya ha preparado para nosotros un espacio donde reconocernos y sentirnos sus amigos. Este lugar es, en el fondo, nuestro corazón: una “sala” que puede parecer vacía, pero que solo espera ser reconocida, llenada y custodiada. La Pascua, que los discípulos deben preparar, está en realidad ya preparada en el corazón de Jesús. Es Él quien lo ha pensado todo, dispuesto todo, decidido todo. Sin embargo, pide a sus amigos que hagan su parte. Esto nos enseña algo esencial para nuestra vida espiritual: la gracia no elimina nuestra libertad, sino que la despierta. El don de Dios no anula nuestra responsabilidad, sino que la hace fecunda.

Hoy, como entonces, hay una cena que preparar. No se trata solo de la liturgia, sino de nuestra disponibilidad a entrar en un gesto que nos supera. La Eucaristía no se celebra solo en el altar, sino también en la vida cotidiana, donde es posible vivir todo como ofrenda y acción de gracias. Prepararse para celebrar esta acción de gracias no significa hacer más, sino dejar espacio. Significa quitar lo que estorba, rebajar las pretensiones, dejar de cultivar expectativas irreales. Con demasiada frecuencia, de hecho, confundimos los preparativos con las ilusiones. Las ilusiones nos distraen, los preparativos nos orientan. Las ilusiones buscan un resultado, los preparativos hacen posible un encuentro. El amor verdadero —nos recuerda el Evangelio— se da incluso antes de ser correspondido. Es un don anticipado. No se basa en lo que recibe, sino en lo que desea ofrecer. Es lo que Jesús vivió con los suyos: mientras ellos aún no entendían, mientras uno estaba a punto de traicionarlo y otro de renegar de él, Él preparaba una cena de comunión para todos.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros estamos invitados a «preparar la Pascua» del Señor. No solo la litúrgica, sino también la de nuestra vida. Cada gesto de disponibilidad, cada acto gratuito, cada perdón ofrecido por adelantado, cada esfuerzo aceptado con paciencia es una forma de preparar un lugar donde Dios puede habitar. Podemos entonces preguntarnos: ¿qué espacios de mi vida necesito reordenar para que estén listos para acoger al Señor? ¿Qué significa para mí hoy «preparar»? Quizás renunciar a una pretensión, dejar de esperar que el otro cambie, dar el primer paso. Quizás escuchar más, obrar menos o aprender a confiar en lo que ya está dispuesto.

Si acogemos la invitación a preparar el lugar de la comunión con Dios y entre nosotros, descubrimos que estamos rodeados de signos, encuentros, palabras que nos orientan hacia esa sala, espaciosa y ya preparada, en la que se celebra incesantemente el misterio de un amor infinito, que nos sostiene y siempre nos precede. Que el Señor nos conceda ser humildes preparadores de su presencia. Y, en esta disponibilidad cotidiana, crezca también en nosotros esa confianza serena que nos permite afrontar todo con el corazón libre. Porque donde se ha preparado el amor, la vida puede realmente florecer.

Fuente: The Holy See

CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA. II. LA VIDA DE JESÚS. 12. EL SORDOMUDO. «Y, EN EL COLMO DE LA ADMIRACIÓN, DECÍAN: «TODO LO HA HECHO BIEN: HACE OÍR A LOS SORDOS Y HABLAR A LOS MUDOS» (MC 7,32-37)

Con esta catequesis terminamos nuestro recorrido por la vida pública de Jesús, hecha de encuentros, parábolas y curaciones.

También este tiempo que estamos viviendo necesita curación. Nuestro mundo está atravesado por un clima de violencia y odio que mortifica la dignidad humana. Vivimos en una sociedad que se está enfermando a causa de una «bulimia» de conexiones en las redes sociales: estamos hiperconectados, bombardeados por imágenes, a veces incluso falsas o distorsionadas. Somos arrollados por múltiples mensajes que suscitan en nosotros una tormenta de emociones contradictorias.

En este escenario, es posible que surja en nosotros el deseo de apagar todo. Podemos llegar a preferir no sentir nada. Nuestras palabras también corren el riesgo de ser malinterpretadas, y podemos sentir la tentación de encerrarnos en el silencio, en una incomunicación en la que, por muy cercanos que estemos, ya no somos capaces de decirnos las cosas más simples y profundas.

A este respecto, me gustaría detenerme hoy en un texto del Evangelio de Marcos que nos presenta a un hombre que no habla ni oye (cf. Mc 7, 31-37). Precisamente como nos podría pasar a nosotros hoy, este hombre quizá decidió no hablar más porque no se sentía comprendido, y apagar toda voz porque se sentía decepcionado y herido por lo que había oído. De hecho, no es él quien acude a Jesús para ser sanado, sino que lo llevan otras personas. Se podría pensar que quienes lo conducen al Maestro son los que están preocupados por su aislamiento. Sin embargo, la comunidad cristiana ha visto en estas personas también la imagen de la Iglesia, que acompaña a cada ser humano hasta Jesús para que escuche su palabra. El episodio tiene lugar en un territorio pagano, por lo que nos encontramos en un contexto en el que otras voces tienden a cubrir la voz de Dios.

El comportamiento de Jesús puede parecer extraño al principio, porque toma consigo a esta persona y la lleva aparte (v. 33a). Parece así acentuar su aislamiento; pero, mirándolo bien, este gesto nos ayuda a comprender lo que se esconde detrás del silencio y la cerrazón de este hombre, como si hubiera captado su necesidad de intimidad y cercanía.

Jesús le ofrece ante todo una proximidad silenciosa, a través de gestos que hablan de un encuentro profundo: toca los oídos y la lengua de este hombre (cf. v. 33b). Jesús no usa muchas palabras, dice lo único que es necesario en este momento: «¡Ábrete!» (v. 34). Marcos reproduce la palabra en arameo, “efatà”, casi para hacernos sentir «en vivo» el sonido y el soplo. Esta palabra, sencilla y hermosa, contiene la invitación que Jesús dirige a este hombre que ha dejado de escuchar y de hablar. Es como si Jesús le dijera: «¡Ábrete a este mundo que te asusta! ¡Ábrete a las relaciones que te han decepcionado! ¡Ábrete a la vida que has renunciado a afrontar!». Cerrarse, de hecho, nunca es una solución.

Después del encuentro con Jesús, esa persona no solo vuelve a hablar, sino que lo hace «normalmente» (v. 35). Este adverbio insertado por el evangelista parece querer decirnos algo más sobre los motivos de su silencio. Quizás este hombre dejó de hablar porque le parecía que decía las cosas mal, quizás no se sentía adecuado. Todos experimentamos que se nos malinterpreta y que no nos sentimos comprendidos. Todos necesitamos pedirle al Señor que sane nuestra forma de comunicarnos, no solo para ser más eficaces, sino también para evitar herir a los demás con nuestras palabras.

Volver a hablar “normalmente” es el comienzo de un camino, no es todavía el punto de llegada. De hecho, Jesús prohíbe a ese hombre contar lo que le ha sucedido (cf. v. 36). Para conocer verdaderamente a Jesús hay que recorrer un camino, hay que estar con Él y atravesar también su Pasión. Cuando lo hayamos visto humillado y sufriendo, cuando experimentemos el poder salvífico de su Cruz, entonces podremos decir que lo hemos conocido verdaderamente. No hay atajos para convertirse en discípulos de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que podamos aprender a comunicarnos con honestidad y prudencia. Oremos por todos aquellos que han sido heridos por las palabras de los demás. Oremos por la Iglesia, para que nunca falte en su tarea de llevar a las personas a Jesús, para que puedan escuchar su Palabra, ser sanadas por ella y convertirse, a su vez, en portadoras de su anuncio de salvación.

Fuente: The Holy See