GRACIAS PADRE VALENTIN

 Hace algunos años vino a Cádiz un sacerdote vasco jubilado, Padre Valentín Vivar García con la finalidad de cuidar y ayudar a una persona aquejada de una enfermedad degenerativa  y enseguida se encarnó en la diócesis realizando labores propias de su Ministerio en la Parroquia de San José, también como capellán de la congregación de María Inmaculada, presto a colaborar con cualquier párroco que lo solicitaba.

 En el año 2019 el Padre José Araujo, consiliario diocesano de nuestro Movimiento durante muchos años solicitó dejar de ejercer este cometido debido a sus limitaciones físicas que le impedían el movimiento, creándonos la necesidad de nombrar un nuevo consiliario diocesano y conociendo la actitud del Padre Valentín, a  través del Grupo de la Parroquia de San José, se le propuso al Sr, Obispo para que le nombrara Consiliario Diocesano, y nos dijo que hablaría con él y ya nos lo comunicaría. Al poco tiempo nos comunicó que el Padre Valentín hablaría con nosotros para que le informáramos de cual sería su cometido, ya que desconocía todo de nuestro Movimiento.

En esta reunión se le explicó los pilares del Movimiento y que su labor sería como Director Espiritual, desarrollar un programa de formación espiritual, que el diseñaría y presidir todas las actividades que se organizarán a nivel diocesano. Dijo que estaba muy ocupado y que no tendría tiempo para ello pero que ya que se lo había pedido Don Rafael aceptaría. A partir de este momento fue conociendo e involucrándose cada día más y llegando a realizar la formación espiritual grupo por grupo todos los de la diócesis  y de tal forma lo hacía que llegaba al fondo de todos los asistentes.

Con el tiempo su carácter y vitalidad le hizo ser muy querido por todos los miembros de nuestra diócesis y en más de una ocasión llegò a decir que “ lo mas importante de mi larga vida como sacerdote ha sido el ser Consiliario de Vida Ascendente “. El año pasado sufrió una caída cuando iba  a celebrar la Eucaristía a las Hermanas de María Inmaculada por lo que su movilidad se vio muy reducida y fue aumentando cada vez mas lo que le  impedía poder desplazarse y a ello se ha sumado el fallecimiento de la persona que atendía y su salud se ha venido deteriorando mucho y se ha visto obligado a regresar al Vitoria en donde podrá ser atendido por su familia.

Por eso queremos despedirte con estas palabras:

P. Valentín “Tu presencia en nuestras vidas, en cada momento, en el día a día, nos ha enriquecido y nos ha acercado a la Verdad y al Amor: a Jesús.

¡¡ GRACIAS PADRE Y AMIGO!!

EL SANTO DE LA SEMANA. SAN MIGUEL FEBRES CORDERO

En Premià de Mar, cerca de Barcelona, en España, san Miguel (Francisco Luis) Febres Cordero, religioso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que durante cuarenta años se dedicó a la educación en la ciudad de Cuenca, en Ecuador, y, trasladado a España, se distinguió por la perfecta observancia de la disciplina de la vida religiosa.

Hijo de Don Francisco Febres Cordero Montoya y de Doña Ana Muñoz Cárdenas. Aquel 7 de Noviembre de 1854, en una colonial casa situada en la calle Real, hoy Bolivar, de la ciudad de Cuenca-Ecuador, hay inacostumbrado movimiento Caballeros de blasonada prosapia. Señoras vestidas a la española y cholas con policromas polleras, pregonan el suceso: Doña Anita ha dado a luz a un niño. Había nacido el Santo Miguel Febres Cordero.

Antes de ingresar a la Congregación de los Hermanos Cristianos, la admiración de todos los religiosos de esa época subió de grado, cuando se enteraron de que pertenecía a una familia entroncada con uno de los mas eminentes Jefes de la Independencia de Guayaquil, el General Leon de Febres-Cordero y Oberto, primo hermano de su abuelo Joaquin Febres-Cordero Oberto. En 1868 vistió el hábito de los Hermanos Cristianos de La Salle, con el nombre de Hermano Miguel. Se dedicó a la enseñanza y al cultivo de las letras, llegó a ser uno de los mas notables escritores Ecuatoriano.

Fué miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia de la Lengua de España. Las obras didácticas las escribió bajo el seudónimo de G.M. Bruno. (más de 50)

Falleció en Premiá del Mar, España, el 9 de Febrero de 1910.

En Enero de 1937, durante la Guerra Civil Española, sus restos fueron arrojados de la sepultura, por las milicias rojas, pero el Cónsul del Ecuador en Barcelona, Lic. Colón Serrano, los buscó y envió de regreso a Guayaquil, en el Vapor «Orazzio»; llegaron el 5 de Febrero y fueron conducidos a la capital.

La Orden Lasallana decidió conseguir su santificación en Roma y el 1913 el Hermano Paul Joseph escribió una Biografía en Francés, titulada «Un Religieux Equaterien».

* El 9 de Febrero de 1923 Monseñor Manuel María Pólit inició el «Proceso informativo sobre la vida y virtudes del Hermano Miguel»

* Pio XI, firmó el decreto de introducción, a la causa de Beatificación.

* Paulo VI, lo Beatificó el 30 de Octubre de 1977.

* Juan Pablo II, lo Canonizó el 21 de Octubre de 1984.

(oremosjuntos.org)

LAS APARICIONES DE LA VIRGEN MARIA EN LOURDES

La memoria litúrgica de hoy conmemora las apariciones de la Virgen María en Lourdes a partir del 11 de febrero de 1858. La protagonista de este acontecimiento fue una joven llamada Bernadette Soubirous, que hoy se cuenta entre las filas de las santas. La Virgen María se le apareció dieciocho veces en una gruta junto al río Gave. Los detalles de esta experiencia fueron recogidos por la comisión diocesana encargada de examinar los hechos.

Así, sabemos que Bernadette estaba junto al río con su hermana y una amiga cuando oyó una especie de «ráfaga de viento» que venía de una cueva. Se acercó, pero las hojas de los árboles estaban inmóviles. Mientras intentaba comprender, oyó un segundo «ruido» y vio una figura blanca que parecía una Señora. Temiendo sufrir alucinaciones, se frotó los ojos, pero Ella seguía allí. Sin saber qué hacer, sacó el rosario del bolsillo y comenzó a rezarlo; la Virgen se unió a su oración. Más tarde le confió a su hermana lo que había sucedido;  también se lo contó a su madre, que le prohibió volver a ese lugar.

Pero Bernadette sentía una fuerza interior que la empujaba a volver a la gruta. Después de mucho insistir, su madre se lo permitió. El 14 de febrero, la joven regresó a la cueva con un grupo de amigas, y se produjo una segunda aparición.

La invitó a volver durante 15 días

El 18 de febrero hubo otra aparición, y en esta ocasión la Virgen le pidió a Bernadette que volviera durante 15 días consecutivos.

El día 25 de febrero, la Señora invitó a la joven a hacer gestos de penitencia por los pecadores, y a cavar con las manos para encontrar agua.

Tras la aparición del 1 de marzo, una mujer se dirigió por la noche a la gruta, metió su brazo enfermo en el agua de la fuente y quedó curada. Fue la primera de una larga serie de curaciones milagrosas.

Soy la Inmaculada Concepción

El 25 de marzo, a petición de Bernadette, la Virgen le dijo que era la Inmaculada Concepción. El dogma de fe había sido promulgado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854.

Las apariciones

Las apariciones duraron desde el 11 de febrero hasta el 16 de julio de 1858, con diferentes intervalos, hasta un total de 18 apariciones. Fueron reconocidas oficialmente por el obispo de Tarbes el 18 de enero de 1862.

Santuario para enfermos

La fama de Lourdes no se debe solamente a las apariciones, sino también al mensaje de esperanza para la humanidad que sufre en cuerpo y espíritu. Lourdes es conocido como el lugar que acoge a los enfermos que peregrinan hasta allí para encontrar la paz, la salud y la serenidad por intercesión de la Virgen Inmaculada. Se han reconocido setenta curaciones físicas -por un equipo médico independiente- y se han producido innumerables conversiones.

Del Evangelio según San Juan

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino».

Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía».

Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que Él les diga».

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una.

Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora -agregó Jesús-, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.

El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».

Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él. (Jn 2,1-12).

Caná y Lourdes

En este contexto, comprendemos el sentido de la conmemoración de hoy: la Virgen María sigue intercediendo por sus hijos, sobre todo por los débiles y enfermos de cuerpo y espíritu, para que confíen en Jesús, Señor y Salvador, el único que puede convertir el agua en vino, que puede transformar todo trabajo en alegría, todo luto en esperanza, toda enfermedad en nueva confianza.

Día Mundial del Enfermo

El mensaje de las bodas de Caná y el de Lourdes nos llevan a comprender por qué San Juan Pablo II eligió, en 1992, celebrar la Jornada Mundial del Enfermo en el día de la Virgen de Lourdes: al fin y al cabo, a través de Lourdes se reafirma que ninguna persona enferma puede ser descartada nunca, sino que necesita encontrar la plena ciudadanía dentro de la vida.

Vatican News

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: I. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA DEI VERBUM. 4. LA SAGRADA ESCRITURA: PALABRA DE DIOS EN PALABRAS HUMANAS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo. Los textos bíblicos, sin embargo, no fueron escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. Como también nos enseña la realidad cotidiana, de hecho, dos personas que hablan lenguas diferentes no se entienden entre ellas, no pueden entrar en diálogo, no logran establecer una relación. En algunos casos, hacerse comprender por el otro es un primer acto de amor. Por esto Dios elige hablar usando lenguajes humanos y, así, diferentes autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura. Como recuerda el documento conciliar, «las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (DV, 13). Por tanto, no sólo en sus contenidos, sino también en el lenguaje, la Escritura revela la condescendencia misericordiosa de Dios hacia los hombres y su deseo de hacerse cercano a ellos.

A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que se produce entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante muchos siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En tiempos más recientes, la reflexión ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cfr DV, 11). Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, «rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina». [1] ¡Dios no mortifica nunca al ser humano y sus potencialidades!

Por tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier aproximación a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se desprende que una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones. Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual». [2]

Igualmente reductiva es, por otra parte, una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que debe estudiarse simplemente desde un punto de vista técnico o como sólo «un texto del pasado». [3] Más bien, especialmente cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cfr. DV, 12).

En este sentido, la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: «El que juzga haber entendido las divinas escrituras […], y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió». [4] El origen divino de la Escritura recuerda también que el Evangelio, encomendado al testimonio de los bautizados, incluso abrazando todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: esto no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor porque, en su bondad, no permite que en nuestras vidas falte el alimento esencial de su Palabra y oremos para que nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra.

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[1] L. Alonso Schökel, La parola ispirata. La Bibbia alla luce della scienza del linguaggio, Brescia 1987, 70. ( La palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje).

[2] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 11.

[3] Benedicto XVI, Exhort. ap. post-sin. Verbum Domini (30 septiembre 2010), 35.

[4] S. Agustín, De doctrina christiana I, 36, 40.

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CUANDO EL CRITERIO SON LAS VÍSCERAS

Siempre he pensado que no es la piedad el criterio de la verdad, sino al revés: la verdad es criterio de toda piedad. En uno de sus Sermones universitarios, John Enry Newman se refiere a “aquellos que se dejan llevar de un sentimentalismo religioso, donde la imaginación y los sentimientos ocupan el lugar que le correspondería a la Palabra de Dios”.

En algunos terrenos la pasión nos ciega. Es posible incluso que, aún así, tengamos razón. Pero el modo de expresarla o de manifestarla la descalifica o, al menos, dificulta que podamos convencer de ella a los que no piensan como nosotros. En el terreno religioso hay algunos temas sensibles que mucha gente vive con esa pasión que, a veces, nos hacer perder incluso la razón que tenemos. Y muchas veces ocurre que cuanta menos teología se sabe con más pasión se expresa uno.

Por poner un ejemplo, que espero que se lo tomen con humor, yo mismo he oído decir: “yo no sé si Dios existe, pero a mí a la Virgen de los desamparados no me la toca nadie”. Lo que hay detrás de expresiones como estas es el fanatismo que provocan determinas imágenes o advocaciones, importando poco lo que ellas significan. Porque lo que importa en la Virgen no es la imagen, sino siguiendo con el ejemplo de la advocación puesta, lo que importa es que ella nos invita a ocuparnos de los desamparados. Lo fácil es hacer una religión de fórmulas, gritos o apariencias, una religión en definitiva vacía, y olvidar que la buena religión transforma el corazón y cambia a la persona. Vamos, que el criterio de toda buena fe religiosa es el amor al prójimo.

Ahora que ha pasado un tiempo y que los ánimos están más calmados, me atrevo a decir que algunas cosas que se dijeron a propósito del documento del dicasterio de la doctrina fe publicado el pasado mes de noviembre, que trataba de algunos títulos marianos, resultan cuando menos penosas. Calificar el documento, como yo he leído, de “inmundicia talmúdica y masónica, pérfida y ambigua” no parece muy cristiano. También he escuchado algunos argumentos a favor de los títulos que el documento cuestiona, que me hubieran parecído respetables si se hubieran dicho con paz y sin descalificar a nadie.

No tiene más razón el que más chilla, ni ama más a María el que mejor descalifica a otros. Precisamente el buen argumentador no necesita enfadarse ni levantar la voz. Hablar visceralmente no es prueba de tener razón, sino de ser poco elegante. Hay algunos que solo están de acuerdo con el Magisterio cuando el Magisterio hace y dice lo que ellos quieren. Esos solo están de acuerdo consigo mismos. Por cierto, refiriéndose explícitamente a este documento, el pasado 29 de enero, dijo el Papa que “brinda aclaraciones precisas e importantes para la mariología”.

En muchos temas religiosos convendría no olvidar la frase atribuida a San Agustín: “en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad”.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

SIMEÓN Y ANA: TESTIGOS DE LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

La ancianidad no es sólo una etapa de la vida humana. Conlleva también una situación social y un entramado de relaciones modificadas. Y un cambio notable en la autopercepción de la persona: un cambio que a veces puede resultar verdaderamente traumático.

Con el paso de los años la naturaleza humana se resiente y va perdiendo una gran parte de sus capacidades. Se pierde una gran parte de la percepción de la realidad y la persona reacciona con más dificultad y lentitud ante sus retos.

Pero también es verdad que los ancianos y las ancianas están ahí como presencia benéfica y como demanda moral. Son personas. Y son personas queridas. Muchos de ellos son todavía activos y eficaces. Son la memoria del pasado, la sabiduría del presente y la promesa de un futuro que ha de ser pensado y recreado.

Algunos han vivido durante años amarrados a la prisa y se encuentran ahora frenados por la pausa. Muchos se han mostrado avaros de minutos de negocio y se encuentran al final con las horas alargadas de un ocio sin salidas.

Algunos han creído vivir lejos de Dios y descubren ahora, con asombro y alegría, que el Señor nunca los había abandonado.

EL SIGNO DE LA GRACIA EN LA VEJEZ

Pues bien, también las páginas de la Sagrada Escritura se ofrecen como escenario para las vidas de algunos ancianos, prestan eco a sus dolores, lamentos, protestas o esperanzas. Y alguna vez hasta esbozan una leve reflexión más abstracta, pero siempre experiencial, sobre el sentido mismo de la ancianidad.

Apenas aparecida la buena noticia es acogida por dos ancianos venerables. Simeón y Ana son, después de los pastores, los primeros destinatarios del Evangelio y los primeros evangelizadores. Ellos pertenecen a ese grupo de elegidos de Dios que han descubierto la luz y la anuncian a los demás.

Parecen ser evocados para que sean testigos de que la familia de Jesús cumple con exactitud las normas prescritas por la Ley de Moisés (Lv 12, 2-8; Nm 6, 9-10). Pero, de pronto, se convierten en testigos del gran acontecimiento de la salvación. Es más, su misma presencia es ya un testimonio de la salvación y del Salvador:

«Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor» (Lc 2, 22-24).

Simeón y Ana son recordados como ancianos. En ellos se remansa la sabiduría humana de milenios y la esperanza represada durante siglos de anhelos y de exilios.

Ambos pertenecen a ese pueblo humilde que habían anunciado los antiguos profetas. Son como una prolongación del Antiguo Testamento, que se empeña en presenciar la llegada del Mesías.

Los dos están relacionados entre sí por el templo. A él sube Simeón, movido por el Espíritu. Y en él transcurre Ana los largos años de su viudez, orando día y noche y aguardando la salvación.

Hay en ellos muchos puntos de coincidencia que los convierten en figuras modélicas para la experiencia religiosa del cristiano.

SIMEÓN, O EL TIEMPO DE LA SALVACIÓN

De pocas personas se han pronunciado unos elogios tan hermosos como los que a Simeón dedica el relato del evangelio de San Lucas. Tres notas lo hacen memorable: era un hombre justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel y en él estaba el Espíritu Santo (Lc 2, 25). He ahí unas palabras que, inevitablemente, nos asoman al barandal del misterio.

«Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios.»

El texto no dice explícitamente que Simeón fuera un anciano, pero lo sugiere al poner en sus labios las palabras de aceptación de una muerte que habría de coronar sus expectativas.

Seguramente no es una casualidad que a la triple mención de la Ley (Lc 2, 22.23.24) suceda la triple mención del Espíritu Santo (Lc 2, 25.26.27). Simeón es como el gozne sobre el cual giran las dos puertas de un gran díptico. Una mira al pasado y la otra al presente. En él se encuentran la promesa y el cumplimiento. En él se encuentran la alianza antigua y la nueva. Con él parece retornar el Espíritu de Dios que se creía extinguido. Su subida al templo da lugar a la gran epifanía del Mesías.

Pertenece a la tradición de su pueblo el orar bendiciendo a Dios. Isabel había pronunciado una berakab, es decir, una bendición, al recibir la visita de María. También Simeón «bendijo a Dios» con un himno —conocido como el Nunc dimittis— que evoca las antiguas experiencias de su pueblo:

«Ahora, Señor, según tu promesa,

puedes dejar a tu siervo irse en paz;

porque mis ojos han visto a tu Salvador,

a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones

y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 29-32).

Este canto, que la Iglesia ha incorporado a la oración litúrgica del anochecer, es de una conmovedora belleza. La paz, la luz y la gloria son las grandes realidades aportadas por Jesús, que ahora se convierten en motivo de gratitud y de alabanza a Dios.

En sus brazos Simeón sostiene a un niño que había nacido para ser luz de las naciones y gloria de Israel. Un nuevo horizonte de universalidad se abre ante sus ojos cansados. Pertenece a una era nueva esa gozosa percepción de que la salvación se ofrece a todos los pueblos. Dios no es patrimonio de una sola nación o cultura. Su salvación está destinada a todas las gentes (Lc 2, 29-32).

«Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones (Lc 2, 33-35).

María y José estaban admirados. La fe, como la sabiduría, sólo puede brotar en un corazón asombrado. Con Siméon empieza toda una historia de encuentros con el Mesías, que suscitarán indefectiblemente un sentimiento de pasmo y de sorpresa.

Por los labios de Siméon se anuncia la salvación como un drama de aceptación y rechazo: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción». Así lo repetía el hombre justo movido por el Espíritu (Lc 2, 34). Y así sucederá bien pronto en la vida de Jesús y, especialmente, en la hora dramática de su pasión y de su muerte.

Su última frase se dirige personalmente a María. Una espada atravesará su corazón, es decir, toda su persona. A la luz de otros textos del mismo Evangelio (Lc 8, 21; 11, 27-28), la espada sugiere las dificultades para comprender que la obediencia a la Palabra de Dios está por encima incluso de los más sagrados vínculos familiares» (Fitzmyer, 262).

Simeón se presenta, pues, como el que acoge al Hijo de Dios. En la fiesta de la Presentación del Señor (2 de febrero), la Liturgia de las Horas nos ofrece un sermón de San Sofronio, en el que aquel patriarca de Jerusalén nos invita a recibir la luz de Cristo como lo hizo Simeón:

«Ha llegado ya aquella luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.

»Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche. Al contrario, avancemos todos llenos de resplandor. Todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna.

»Imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.»

ANA, O LA HORA DE LA PROCLAMACIÓN

Pero Simeón no está solo. Junto a él aparece la figura simpática y atrayente de Ana, que es descrita con unos pocos rasgos que no tienen desperdicio:

»Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, dando culto a Dios noche y día en ayunos y oraciones (Lc 2, 36-37).

 Así pues, Ana representa a los profetas, mientras que Simeón representaba a la Ley. Aquellos dos pilares de la fe y de la comunidad de Israel se unen ahora para testificar la llegada del Mesías. Ana nos recuerda a otra Ana, la madre del profeta Samuel (1S 1-2) y también a Judit, viuda como ella, que vivió en ayunos y oraciones y fue un medio privilegiado para la «liberación» de su pueblo.

Su nombre es la transcripción del hebreo Hannáh, que significa «Gracia», Favor[ecida] o Favor[ita], y viene a significar el momento que presencia y anuncia.

El Evangelio de Lucas la presenta como perteneciente a la tribu de Aser, instalada en el Norte, incluso fuera del territorio de Palestina. Había estado casada durante siete años. La versión siro-sinaítica reduce aquel período a ¡siete días! Pero de eso hacía ya muchos años. Cuando Jesús aparece en el templo, Ana parece tener ochenta y cuatro años, según interpretan el dato la mayor parte de los estudiosos. De todas formas, su larga viudez es uno de los signos privilegiados en la Biblia. La mujer viuda y anciana era uno de los modelos clásicos de la pobreza humana y de la compasión divina.

Según el Evangelio, Ana había pasado su larga vida escuchando la Palabra de Dios. Y ahora en el templo dedicaba sus días y sus noches al culto a Dios, representado por el ayuno y la oración. La asiduidad del culto a Dios la volvemos a encontrar en boca de Pablo, atribuida a las doce tribus de Israel (Hch 26, 7). Ello nos hace pensar que Ana es presentada aquí como un símbolo de todo su pueblo.

Simeón y Ana. Un mismo Espíritu los mueve. Un mismo escenario los alberga. Y un mismo misterio los reúne. Pero el texto parece subrayar una menuda y dichosa distinción que los asocia en una misión compartida y compartible. Tal vez no sea una casualidad que Simeón se dirija a los padres del Niño mientras que Ana habla a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. El primero medita y anuncia, la segunda proclama y predica. Simeón anuncia la proyección universal del mensaje. Ana invita a Israel a descubrirlo:

«Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret» (Lc 2, 38-39).

Ana alaba a Dios y habla del Niño a todos los que esperaban la redención de Israel. Es interesante anotar que el verbo que aquí se refiere a la alabanza pública que Ana dedica a Dios no aparece más veces en todo el Nuevo Testamento. El análisis del texto sugiere, además, que la buena anciana no se limitó a hablar aquel día de Jesús, sino que <sus palabras sobre el Niño siguieron difundiéndose más allá de los muros del santuario» (Fitzmyer, 266). Así pues, Ana descubre al Salvador y proclama la hora de la salvación, es decir, de la redención y del »»rescate», que evoca la antigua liberación de su pueblo del poder opresor de los egipcios.

Ana contempla al Salvador y anuncia la llegada de su salvación. En eso consiste su don de profecía.

Entre las personas que vivían a la espera de la novedad de Dios, el evangelista Lucas nos presenta a dos personas ancianas: Simeón y Ana. Además del papel teológico que desempeñan en el texto, Simeón y Ana nos descubren el misterio y ministerio de una ancianidad que, en medio de la algarabía -como la de aquel templo de Jerusalén- abren su espíritu al paso del Espíritu. Son dos «testigos» que nos hablan de las posibilidades de una ancianidad al servicio del Evangelio y la evangelización.

El pequeño Jesús es presentado al templo para cumplir los requisitos ordenados por la Ley. Y ellos son los primeros en reconocerlo y en anunciarlo públicamente. Se podría decir que, tras los pastores y los magos, Simeón y Ana son los primeros discípulos y apóstoles del Mesías.

Simeón es el hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu. Por él pasa el eje que separa el mundo de la Ley y el mundo del Espíritu.

Y Ana, con su clarividencia, descubre en Jesús al Mesías de Israel y así lo anuncia a todos los que esperan la liberación. San Lucas ha querido ver en estos dos ancianos los prototipos del profetismo más auténtico.

En la última edición del Martirologio Romano (2001), se ha optado por acercar la memoria de Simeón y Ana a la fiesta de la Presentación, y figura el 3 de febrero.

JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS

Primeros Cristianos.Com

SOY CATÓLICO

Cuando empezamos un nuevo año muchas personas tienen la intención de tener otros hábitos, generalmente para mejorar su salud. Propongo para este año incrementar el número de cristianos en España, en especial de católicos. Lo digo porque los datos publicados en Madrid el 02/06/2025, que no han variado a lo largo del año, al contrario, disminuyeron se pasó del 18 % de practicantas católicos al 17 %, lo confirma la Nota de Coyuntura Social, editada por Funcas que ve que es una evidencia la secularización de la sociedad en España, un país que durante siglos fue considerado el gran bastión del catolicismo y motor de su difusión internacional. Las cifras lo dicen todo el 55 % de los españoles mayores de edad se identifica como católico, cifra que dista considerablemente del 90% registrado en la segunda mitad de los años setenta. Lejos de otros datos de católicos practicantes mencionados anteriormente.

Contrasta con los que se está viviendo en el mundo anglosajón, menos en Francia y Alemania, donde los jóvenes, también los mayores, se manifiestan por las calles de Londres y Nueva York con cánticos religiosos, e incluso rezando el rosario. El último dato conocido: de 26.000 asistentes es el balance final del gran evento espiritual del año organizado en Estados Unidos por la Fellowship of Catholic University Students, la Comunidad de estudiantes universitarios católicos. En España se inicia un ligero incremento en la juventud. Aún así podemos ver que las iglesias no están llenas.

Es necesario e imprescindible salir de nuestro refugio en la iglesia y demostrar que ser cristiano es lo mejor que le puede suceder a una persona. Hay muchas actividades religiosas, pero solo para quien las conozca. Debemos demostrar que ser cristiano ayuda a la sociedad, lo hace con la pobreza, con los que viven solos, con las familias que no llegan a fin de mes, con los emigrantes, resumiendo con toda persona o grupo de personas que lo necesitan sin distinción de edad, sexo, raza … visualicémoslo para que se den cuentan los que han dejado la iglesia, los agnósticos y ateos. Demos la bienvenida y que sepan que no se va a tratar de variar sus creencias. Si lo hacen será por convicción al ver lo que los actos que el catolicismo aporta a la sociedad.

Porque creo en Jesús y en lo que he escrito soy católico, pido perdón si en algún momento no actúo como tal.

 Jacinto Seara

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA JUANA DE VALOIS

Juana de Valois nació el 23 de abril de 1464 en Nogent-le-Roi, eran sus padres el rey de Francia Luis XI y la reina Carlota de Saboya.

No por ser hija del rey de Francia iba a pasarlo muy bien en su vida; más bien se puede asegurar todo lo contrario. El conjunto de su existencia fue una mezcla de los sufrimientos más amargos a los que puede estar abocada una persona. Ni querida, ni rica, ni agasajada -como suele hacerse con los príncipes y princesas- ni galanes, ni fiestas palaciegas. Más bien todo lo contrario. Fue despreciada por su padre el rey por desencanto al esperar un hijo varón y nacerle una hembra. Peor asunto cuando se descubre que a su condición de mujer se añade la fealdad de rostro y, por si fuera poco, hay que añadir la incipiente cojera. «Una cosa así» hay que sacarla de la Corte de los Valois. Será el castillo de Linières su sitio para aprender a bordar. Allí pasará una vida monótona y solitaria sin volver a ver a su madre, Carlota de Saboya, desde los cinco años.

Luis XI es, aunque Valois, un tirano, dueño de vidas y haciendas. Ha querido casar a su hija Juana con Luis de Orleáns porque eso sí entra dentro de su juego y engranajes políticos. Ya lo tiene todo dispuesto. Los Orleáns se niegan a emparentar con la fea, coja y jorobada maltrecha Juana; pero las amenazas de muerte por parte del enojadizo rey son cosa seria y el matrimonio de celebra el 8 de setiembre de 1476 en la capilla de Montrichard, aunque el novio ni hable ni mire a la novia. A partir de este acontecimiento, sólo hay visitas del esposo a la malquerida mujer cuando lo manda el rey.

El duque Luis de Orleáns -el esposo de paja- es levantisco; da con sus huesos en la cárcel por rebeldía y la buena esposa despreciada intercede por él ante su hermano, el nuevo rey Carlos VIII. Inesperadamente sube al trono francés el duque de Orleáns por la muerte repentina de Carlos. Ahora es el rey Luis XII y precipitadamente consigue la anulación del matrimonio.

Ya Juana no es reina, sólo duquesa de Berry. Retirada en Bourges funda la Orden de la Anunciación que honre a la Virgen María, aprenda de ella las virtudes y se desviva por los pobres. Es el año 1504 cuando ella hace su propia profesión para morir en santidad el año 1505. La canonización solemne será en Pentecostés del 1950.

Su esposo que la había humillado y rechazado tantas veces hizo celebrar en su honor grandes funerales, fue beatificada en el siglo XVIII y canonizada el 28 de mayo de 1950.

Con añadido de matices y divergencias uno piensa si la verdad de esta vida es susceptible de ser narrada como una real versión de «cenicienta». Hay reyes, príncipes y palacios; abundan los desprecios más que duraderos, notables y bien sufridos; el final es feliz en ambos, si bien el del cuento termina aquí mientras que el verdadero es más radiante; un hada madrina -con varita mágica- hizo un papel fugaz en tanto que la Virgen María prestó su ayuda eficaz.

VUESTROS MAYORES TENDRÁN SUEÑOS

Entre los días 20 y 22 de enero estuvimos en la Casa de Espiritualidad de las Esclavas de Cristo Rey de Madrid, bajo el lema: LOS MAYORES TENDRAN SUEÑOS, 15 Consiliarios, 24 Presidentes, junto a los componentes de la Comisión Nacional de Vida Ascendente, con las ausencias notables de nuestros hermanos de Andalucía, que por el accidente de ferrocarril en ADAMUZ, habían cancelado su asistencia.

El lema estaba recogido del II Congreso internacional de la Pastoral de las Personas Mayores, y dice bien, Pastoral de, y no para,  las personas mayores.

La preposición “para” indica principalmente finalidad, destino, destinatario, plazo temporal y punto de vista. Señala la meta o propósito de una acción, el límite de un movimiento, el receptor de algo o un tiempo límite.

La preposición «de» en español es un conector versátil que indica principalmente posesión o pertenencia, origen o procedencia, materia, causa, contenido y tiempo o lugar. También se usa para describir cualidades y conectar verbos con complementos.

Mientras que “para” indica finalidad, Pastoral para el mayor, “de” indica origen, Pastoral del mayor, y es que los mayores, que somos el grupo mayoritario en la Iglesia Católica somos el origen de muchas actividades dentro de ella, aportamos nuestro saber hacer,  nuestra paciencia, nuestro tiempo, somos un grupo muy numerosos y cada vez más activo.

En la década de los 60 nació mucha gente en España, son los llamados Baby Boomers que ahora llegan a la jubilación, entre ellos hay muchos que no están suficientemente evangelizados, ha crecido mucho la esperanza de vida y por debajo de la pirámide poblacional cada vez hay menos nacimientos, esto es un cambio cualitativo que marca no época de cambio sino un cambio de época.

Es curioso cómo se trata de enfrentar a las generaciones en esta sociedad donde impera la cultura del descarte, y debemos plantearnos la búsqueda de una sociedad donde todos podamos vivir bien, con dignidad y de forma sostenible, poniendo a la persona en el centro.

Seguramente todos llegaremos a necesitar unos cuidados asistenciales que la sociedad debe proveer, pero mientras tenemos mucho que ofrecer a esta sociedad, los voluntariados, el cuidado de la familia, los nietos, son actividades productivas y valorables cuantitativamente.

La antropología bíblica, especialmente en el Antiguo Testamento, no ve al ser humano como una división rígida (cuerpo separado del alma), sino como una unidad holística e integral compuesta por diferentes dimensiones. Los términos basar, nefesh y ruaj describen aspectos de esta totalidad humana en relación con Dios y el mundo.

Basar se refiere a la carne, el cuerpo físico, la sustancia material del hombre y de los animales (Gn 2,21).

Nefesh aunque se traduce a menudo como «alma», nefesh no es una parte inmortal e inmaterial encerrada en el cuerpo. Significa el ser entero, la vida, la garganta, la respiración o la «persona» viviente. Se refiere a la sede de las emociones.

Ruaj significa «viento», «soplo», «aliento» o «espíritu». Representa la fuerza vital o la energía que proviene de Dios y anima la vida humana y animal.

Diferencia clave: Mientras basar resalta la fragilidad terrenal, nefesh resalta la experiencia de estar vivo (deseos, emociones), y ruaj resalta la fuente de vida que viene de Dios. Y es precisamente en la condición trascendental de la ruaj, que nos pone en contacto con Dios donde entra Vida Ascendente, nuestro carisma es cuidar esta relación, esta espiritualidad con Dios, ya que de esta forma también cuidamos nuestra relación con los demás.

Entonces, ¿Por qué no introducir un grupo de vida Ascendente en cada parroquia, en cada residencia? La respuesta nos vino en esta preciosa interacción consiliarios y  presidentes, y es que no se conoce bien el movimiento, los párrocos no nos conocen y piensan que vamos a darles un trabajo extra y a exigirles un tiempo que no tienen, otra reunión semanal que les rellena aún más su agenda, pero nuestro movimiento es de laicos para laicos, y aquí es donde el consiliario tiene un papel fundamental, el de hacer partícipes a sus compañeros que no vamos a  darles más trabajo.

El Santo Padre León XIV en su audiencia dio una serie de indicaciones a la luz de las catequesis de Papa Francisco, los mayores somos un don, una bendición, una luz, somos sujetos activos, y la Iglesia necesita apostar por los Baby Boomers en la pastoral misionera y evangelizadora, y ¿Que hacemos en Vida Ascendente? Precisamente esto, los grupos se reúnen para llevar el Evangelio a personas que nunca lo han vivido, es fundamental involucrar a los ancianos en la dinámica misionera.

Y es que los mayores seguimos estando pero nuestra presencia es invisible, y no es por fragilidad, sino por prejuicio, el reto es superar ese prejuicio y promover una Pastoral donde el mayor sea el protagonista activo.

Ana María Marqués Rada

Pte. Diocesana de Orihuela-Alicante

 

SEGUNDO CONGRESO INTERNACIONAL DE LA PASTORAL DE LAS PERSONAS MAYORES: PONENCIAS (y IX).

Monseñor Dario Gervasi es un alto prelado de la Iglesia Católica que actualmente se desempeña como Secretario Adjunto del Dicastero para los Laicos, la Familia y la Vida en el Vaticano.

Nació en Roma el 9 de mayo de 1968. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Pontificio Seminario Romano Maggiore.

El 31 de agosto de 2020, el Papa Francisco lo nombró Obispo Auxiliar de Roma, asignándole la sede titular de Subaugusta. Durante este periodo, fue el encargado del sector sur de la diócesis romana.

En octubre de 2024, fue promovido y transferido al Vaticano para asumir su rol actual en el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Su labor se ha centrado especialmente en la pastoral familiar, los movimientos eclesiales y la vida de las parroquias.

CLAUSURA – CONCLUSIONES

Queridos amigos participantes en este II Congreso Internacional de Pastoral de los Ancianos, quisiera expresar, en nombre del Cardenal Farrell, mi más sincero agradecimiento por vuestra participación. Gracias a todos los participantes, a los hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas presentes. Realmente, durante estos días nos hemos sentido unidos, aunque venimos de tantas partes diferentes del mundo. Unidos en la única fe y en el interés común por el bien que podemos hacer y recibir de las personas mayores. También quiero agradecer uno por uno a los ponentes que han intervenido en el congreso. Verdaderamente regresamos muy enriquecidos por sus ponencias. Nos han ayudado a tener una visión muy amplia sobre la pastoral de los ancianos, una visión que nos ha permitido comprender desde diferentes puntos de vista la vastedad del tema que hemos abordado. Un agradecimiento especial por el valioso servicio de nuestro equipo del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, que ha vivido con alegría estos días junto a nosotros. Y nuevamente, gracias por todo lo que cada uno de ustedes hace en las Diócesis y en las Congregaciones religiosas.

En esta breve conclusión, he querido recoger algunas líneas dominantes que han surgido tanto de las ponencias como de las intervenciones en los grupos. Se trata de indicaciones que han emergido repetidamente y que pueden ayudarnos a continuar el camino.

La situación de los ancianos, un nuevo pueblo que considerar una bendición

El primer día de nuestro trabajo comenzó con una investigación que nos permitió comprender mejor la magnitud del fenómeno relacionado con la formación de un nuevo pueblo de ancianos. En varias ocasiones y de diversas maneras hemos escuchado en las ponencias y en las intervenciones que lo que estamos viviendo es algo único en la historia de la humanidad. Y parece que en muchas partes del mundo este fenómeno nos está tomando desprevenidos. En casi todos los grupos hemos escuchado que, relacionado con el tema de los ancianos, hay una serie de problemáticas. La primera de todas es la soledad, y muchas otras vinculadas a ella: aislamiento social, aislamiento digital, manejo de enfermedades, falta de una familia capaz de enfrentar la vejez, etc. Ante esta mirada realista, no debemos caer en la trampa de pensar en la vejez y la longevidad de manera negativa. Ayer mismo, el Santo Padre nos recordó que la longevidad y la vejez siempre son un bien. Dijo: Los ancianos son un don, una bendición que debemos acoger, y la prolongación de la vida es un hecho positivo, es más, es uno de los signos de esperanza de nuestro tiempo, en todas partes del mundo. Ciertamente, también representa un desafío, porque el número creciente de ancianos es un fenómeno histórico inédito que nos llama a un nuevo ejercicio de discernimiento y comprensión.

Alianza entre generaciones

Una segunda línea que surgió claramente de nuestro trabajo es que, para que la generación de los ancianos sea percibida como un don, es necesaria una alianza entre generaciones, para retomar una expresión utilizada por el Santo Padre en la audiencia. Esta expresión resume muchos de los felices aportes escuchados en este congreso. Los problemas surgen cuando se considera a la generación de los ancianos separada de las demás generaciones, la de los niños y jóvenes, y sobre todo la de los adultos. Hemos escuchado hablar del valor del intercambio intergeneracional, del encuentro intergeneracional, de las relaciones de cuidado y reciprocidad intergeneracional. Por ejemplo, podemos pensar en la generación de los ancianos como un campo que contiene un tesoro de proporciones inauditas y que está oculto. Si los ancianos son aislados, como tiende a hacer la actual cultura del descarte, este tesoro se pierde para siempre. Si, en cambio, este terreno puede ser cultivado junto con las demás generaciones, entonces el tesoro que se encuentra en él es tan grande que puede enriquecer al resto de la humanidad. Hablo de lo que he escuchado de ustedes, es decir, cómo los ancianos, cuando entran en relación activa con las demás generaciones, superan más fácilmente sus problemáticas y pueden ofrecer una carga de humanidad, afecto, sabiduría y, sobre todo, una experiencia de fe que es muy valiosa para todos. Ha quedado claro que en la vejez se manifiesta el sentido de la vida como orientado hacia Dios y el amor al prójimo. La vejez se convierte en transparencia de este destino hacia el amor de Dios.

El protagonismo de los ancianos en la vida eclesial

Retomando la comparación del terreno en el que se descubre el tesoro, el hecho de que el terreno deba ser cultivado junto con las generaciones indica que debemos hacer una transición de una pastoral pensada para los ancianos como sujetos pasivos, a una pastoral pensada también con los ancianos como sujetos activos. Recordemos, a este respecto, la expresión de la ponencia del secretario Gleison: ¡pasar de la asistencia a la existencia! Hemos escuchado varias veces en estos días cómo debemos valorar a los ancianos. En muchas comunidades, ellos son la parte más activa y quienes pueden dedicar más tiempo al servicio de la Iglesia. Sin embargo, esto no siempre se reconoce y parece una evidencia que permanece invisible. Hablar del protagonismo de los ancianos no significa eclipsar otras figuras en la comunidad eclesial, sino recuperar plenamente la dignidad de la vida cristiana de los ancianos y su vínculo imprescindible con todas las demás dimensiones de la vida comunitaria. Una indicación constante de estos días ha sido la de aumentar los lazos no solo afectivos, sino también efectivos (el juego, la danza, las visitas, etc.) entre generaciones, de modo que se pueda activar un intercambio fructífero de dones recíprocos.

El papel determinante de la fe

En muchos países occidentales se están difundiendo leyes que permiten el suicidio asistido y la eutanasia. Aparentemente, detrás de estas leyes hay motivaciones relacionadas con la afirmación de la libertad de la persona. En realidad, también hay un impulso implícito para permitir la eliminación de la vida cuando ya no es productiva. Una deriva que puede ser un terrible desenlace para los más ancianos. En algunas partes del mundo, de manera diferente, se insinúa el pensamiento maligno de que los ancianos son solo explotadores de la sociedad y, por lo tanto, son superfluos. La fe cristiana rechaza estas visiones pesimistas y propone una lectura de la vida humana como preciosa en cada uno de sus instantes. Precisamente las leyes sobre el final de la vida resaltan aún más la diferencia cristiana y iluminan el hecho de que el encuentro con Cristo es capaz de dar sentido, esperanza y alegría a cada experiencia de la vida. Incluso el sufrimiento y la soledad, iluminados por la fe, demuestran un valor misterioso en el plan de Dios. En este sentido, debemos agradecer al querido Papa Francisco, quien ha dedicado tanta atención al tema de la fe de las personas mayores y ha impartido una serie de valiosas catequesis sobre ellas.

Además, la fe siempre lleva a experimentar la dimensión de la comunión, y por eso es normal que un creyente cuide de los necesitados, ya sean ancianos o jóvenes. La fe se celebra en la dimensión comunitaria. Es el bautismo lo que nos convierte en un solo Pueblo de Dios, de modo que el mensaje cristiano contiene la buena nueva de que ninguna generación se opone a otra, sino que todos juntos son necesarios y forman el único Pueblo de Dios. Esto es lo que la sabiduría humana y religiosa había intuido incluso antes del cristianismo, y que el cristianismo ha hecho cada vez más real en la construcción de la única Iglesia. La longevidad, por tanto, trae consigo una nueva oportunidad de evangelización, la oportunidad que Dios nos da de redescubrir plenamente cómo en Cristo se rompen todas las divisiones y los diferentes pueblos, las diferentes generaciones, se convierten en un solo y nuevo Pueblo de hijos de Dios.

Necesidad de desarrollar una pastoral global para los abuelos y las personas mayores.

Durante estos días de la conferencia, sentimos un gran entusiasmo, un deseo —creo que de todos nosotros— de unir fuerzas para afrontar los desafíos y encontrar nuevas maneras de brindar atención pastoral a las personas mayores. Este es el mayor regalo que nos llevamos a casa. No solo una nueva conciencia y más preguntas que al principio, sino también la certeza de que no estamos solos en el cuidado de las personas mayores, y con ellas mismas, en el cuidado de la vida de la Iglesia.

Algunos ponentes pidieron programas de formación continua para agentes pastorales y la continuación de los encuentros internacionales que pueden enriquecernos enormemente tanto al estudiar la situación actual como al compartir buenas prácticas implementadas en diferentes partes del mundo. Sin duda, el tema de la formación multinivel —para agentes pastorales, familias, seminaristas, sacerdotes, religiosos y religiosas— es clave para el futuro.

Pero, sobre todo, sabemos que somos expresión de la Iglesia que ama a sus hijos y que desea construir una pastoral basada no solo en los recursos humanos, sino en el amor de Dios que nos impulsa.

Debemos agradecer a nuestros hermanos y hermanas mayores. Siempre he pensado que algo hermoso se refleja en quienes más se dedican a las personas mayores. Esto se debe, sin duda, a un gran corazón, pero también a todo el amor y cariño que las personas mayores pueden brindar a quienes se acercan a ellas. Quisiera concluir con las palabras del Papa León XIV en el Ángelus de la V Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores: «Construyamos con ellas una alianza de amor y oración».

Un último y sincero agradecimiento: al Santuario del Espíritu Santo que nos acogió y al coro de la Comunidad Shalom que nos ayudó a orar; a todas las valiosas contribuciones de los conferenciantes, a los funcionarios del Dicasterio, a la Curia General de los Jesuitas, a los traductores, a los técnicos de audio y al personal de catering.

Seguiremos en contacto. ¡Que Dios los bendiga y les vaya bien!

4 de octubre de 2025, Festividad de San Francisco de Asís