LA TAREA DE NICEA EN OTRO CONTEXTO

En el Concilio de Nicea, para clarificar las relaciones entre el Padre y el Hijo, desde la tradición apostólica, los Padres conciliares no utilizaron términos bíblicos, sino filosóficos. El uso de términos bíblicos comportaba un problema, a saber: que cualquier expresión bíblica podía ser interpretada desde la lógica arriana. Utilizaron, pues, una terminología que era familiar a sus oyentes para que comprendieran la verdad sobre Jesucristo, expuesta por los autores bíblicos. “Nicea introdujo un concepto no bíblico -homoousios- como clave interpretativa de la Biblia. Fue una decisión controvertida, pero a juicio de los Padres de Nicea necesaria, para impedir que la Escritura fuera mal interpretada” (Alberto de Mingo Kaminouchi). A veces la innovación es necesaria para conservar la integridad de la fe.

Pues bien, hoy estamos llamados, en un nuevo contexto cultural y eclesial, a realizar una tarea similar a la que hicieron los Padres de Nicea en su propio contexto. Nos invita y estimula a ello el documento de la Comisión Teológica Internacional dedicado al Concilio de Nicea: “la Iglesia puede inspirarse en los Padres de Nicea para buscar hoy expresiones significativas de la fe en los diferentes lenguajes y contextos… Nicea sigue siendo un paradigma de cualquier encuentro intercultural y de la posibilidad de recibir o forjar nuevas formas auténticas de expresar la fe apostólica”. Como muy bien dice el Papa Francisco, citando a Juan Pablo II, “la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico”. Ya el Vaticano II había dicho que la adaptación, o sea “la predicación acomodada de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda evangelización” (Gaudium et Spes, 44).

Hoy, más que nunca, el lenguaje religioso se encuentra ante la tarea de elaborar nuevos “conceptos, categorías, narraciones, parábolas, símbolos, que traduzcan y comuniquen la experiencia cristiana de forma íntegra e inteligible, que puedan relacionar los contenidos de la fe con la experiencia humana actual, con los anhelos y preguntas de la gente, con sus inquietudes y con sus demandas de sen­tido” (A. Jiménez Ortiz). Hoy se necesita “una nueva interpretación que ponga el mensaje bíblico en relación más explícita con los modos de sentir, de pensar, de vivir y de expresarse, propios de cada cultura local”, ya que “los conceptos no son idénti­cos y el alcance de los símbolos es diferente”, y son ellos los que “ponen en relación con otras tradicio­nes de pensamiento y otras maneras de vivir” (Pontificia Comisión Bíblica).

No es menos cierto que una buena pastoral requiere también de actitudes consecuentes en los pastores. La vida del creyente no puede ir por un lado y su fe por otro. De nada serviría una confesión clara y adaptada a los oyentes si la vida del pastor no estuviera en consonancia con ese Dios del que da testimonio. La distancia entre el mensaje y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio daña a la difusión del evangelio. A los pastores no coherentes con la fe que predican, se aplica esta denuncia de la Escritura: “profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan; son abominables y rebeldes e incapaces de toda obra buena” (Tit 1,16).

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

ALGUNAS PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE LA CUARESMA

El Miércoles 18  marca el comienzo de la Cuaresma, refrescamos lo que significa este tiempo

¿Qué es la Cuaresma?

>  Es el tiempo litúrgico que marca la Iglesia para prepararnos para la fiesta de la Pascua. Es un tiempo para la renovación de las promesas bautismales en Pascua de Resurrección mediante la oración, la limosna y el ayuno. Es un tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión.

¿Cuándo empieza y cuándo acaba la Cuaresma?

> La Cuaresma empieza con el Miércoles de Ceniza y acaba antes de la celebración de la Cena del Señor del Jueves Santo

¿Qué se evoca en la Cuaresma?

> Los tiempos que en la Sagrada Escritura muestran una preparación intensa para la misión.

> Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan, en el comienzo de su vida pública: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc1, 12-13). CEC. 538.

> También fueron cuarenta los años que el Pueblo de Israel estuvo por el desierto hacía la Tierra Prometida (Libro del Éxodo).

¿Desde cuándo se celebra la Cuaresma?

>  Desde la Iglesia primitiva, los catecúmenos se preparaban durante un tiempo de conversión para recibir el bautismo en la celebración de la Vigilia Pascual. Muy pronto, las comunidades cristianas se unieron a los catecúmenos y hacían un camino similar de conversión y preparación para la Pascua, en recuerdo de su bautismo.

> Desde el siglo IV se manifiesta la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia.

¿A qué nos invita la Cuaresma?

> La Cuaresma invita a una renovación espiritual. Es un tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos

> Esa renovación se hace visible en la oración, como camino para volvernos a Dios. En la limosna, de tiempo y de dinero, como camino para volvernos al prójimo. Y en el ayuno para liberarnos de nosotros mismos y podernos entregar a Dios y al prójimo.

¿Cuáles son los días de penitencia?

¿Cuáles son los días de ayuno y abstinencia?

> Todos los viernes son días de abstinencia, a no ser que coincidan con una solemnidad. En esos días, el fiel cristiano, mayor de catorce años, debe abstenerse de comer carne (Cf. CIC 1251 y CIC 1252).

> Los días de ayuno son el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo y lo han de vivir las personas mayores de edad y hasta que hayan cumplido 59 años. Estos dos días son también de abstinencia (Cf. CIC 1251 y CIC 1252 ).

¿Qué señala la Conferencia Episcopal para la Cuaresma?

> Los viernes de cuaresma debe guardarse la abstinencia de carnes, sin que pueda ser sustituida por ninguna otra práctica. El deber de la abstinencia de carnes dejará de obligar en los viernes que coincidan con una solemnidad y también si se ha obtenido la legítima dispensa.

> En cuanto al ayuno, establece que ha de guardarse el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Consiste en no hacer sino una sola comida al día; pero no se prohíbe tomar algo de alimento a la mañana y a la noche, guardando las legítimas costumbres respecto a la cantidad y calidad de los alimentos.

> Documento “El modo de observar el ayuno y la abstinencia”

¿Qué significa la imposición de la ceniza?

> El gesto de cubrirse con ceniza es un símbolo penitencial antiguo, vinculado al sacrificio. En la Iglesia primitiva, quienes se acercaban a recibir la penitencia para la celebración del triduo sacro, vestían un hábito penitencia y se ponían ceniza en la cabeza como expresión de su voluntad de convertirse.

> Tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. La Iglesia lo conserva como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal.

> Es un gesto que expresa el deseo de la conversión y la voluntad de una renovación pascual.

¿Cuándo se bendice e impone la ceniza?

 > En la celebración de la eucaristía del miércoles de ceniza, después de la proclamación del Evangelio y la homilía, se bendice e impone la ceniza. La ceniza se ha preparado a partir de los ramos de olivo bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior.

Fuente: https://www.conferenciaepiscopal.es

MINISTERIO DE GRATITUD……

El discurso que ha leído en el funeral de Huelva, una joven que ha perdido a su madre. Merece la pena volver a leerlo y reflexionarlo. Muchas gracias Liliana.

“Majestades, excelentísimas autoridades civiles y eclesiásticas que nos acompañáis. Hoy, cuando el vendaval que recorre nuestro interior parece intentar calmarse, queremos empezar estas palabras dando las gracias. En primer lugar, gracias a nuestra diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino bajo la mirada de su madre, en su advocación cinteña. Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo. Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía… gracias, incluso, a los que lo hacéis por agenda. Gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará, así como a la ciudad cordobesa, a los que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre… sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumirse al caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas. Acompañaron a nuestros heridos hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo y luego, nos acompañaron en nuestro lamento. Pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días, pero sobre todo, pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos.

Gracias a los cuerpos de seguridad y emergencias que acudieron prestos, como siempre, a la llamada… hicieron lo que pudieron con la información y los medios de los que disponían… gracias por vuestra empatía, vuestra cercanía y vuestro afecto en los días posteriores. Gracias a la sanidad andaluza, sin duda sostenida por los profesionales que la integran. Yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo. Yo sé lo que es intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte… tuvo que ser durísimo, compañeros, gracias. Gracias al personal y voluntarios de Cruz Roja, que no han soltado nuestra mano en ningún momento… si no puedes curar, alivia… si no puedes aliviar, consuela… si no puedes consolar, acompaña.

Gracias a nuestras instituciones autonómicas, que se pusieron de frente desde el minuto cero, soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia… permitidme, no obstante, una crítica a la lentitud de la información pues, creedme, es mejor saber que imaginar. Gracias también, como no, a las pequeñas corporaciones locales cuyos vecinos iban corriendo la voz de que algo grave estaba azotando los cimientos de la comunidad sintieron nuestro quebranto como el suyo propio… querida Pilar, queridos alcaldes… habéis demostrado que hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos.

Y gracias, infinitas gracias a Huelva, nuestra querida ciudad bendecida por el sol, que no ha dejado de arroparnos de una forma extraordinaria, haciéndonos llegar la grandeza de su amor y su propio dolor, intentado así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador. Y así han ido pasando los días y el dolor va dejando paso a los recuerdos y nuestro corazón, aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando mil estampas pasadas irrumpen continuamente en nuestra mente. Yo tendría algo más de pocos años cuando un día le pregunté a mi madre… «mami, ¿tú cuánto dinero ganas?»… supongo que sería algo que hablábamos entre chiquillos… «lo justo, cariño» -me dijo ella- «porque lo que queda en mi cuenta a final de mes, no es mío»… «¿y de quién es, mamá?», le pregunté porque no lo comprendía… «de los demás», me dijo ella. Así era mi madre… generosa con todo lo que tenía, generosa con sus ganas, generosa con su tiempo, generosa con sus sonrisas… así era ella.

Y es que lo que perdimos ese fatídico domingo 18 de enero no era sólo una cifra… eran vagones llenos de virtudes y defectos, eran vagones llenos de triunfos y derrotas, eran vagones llenos de anhelos y silencios… eran vagones llenos de esperanza. Porque ellos no sólo son los 45 del tren… ellos eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos. Ellos no sólo son los 45 del tren… ellos eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas. Ellos no sólo son los 45 del tren… ellos eran la ilusión de buscar un futuro mejor, la alegría de disfrutar momentos en familia o el deseo de volver con nuestros seres queridos… ellos eran eso que ya nunca serán. Porque ellos no son sólo los 45 del tren, ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta. Ellos no son sólo los 45 del tren… pero son los 45 del tren.

Y nosotros… nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 7:45 de aquella fatídica tarde. Somos las 45 familias que se abrazaron en aquel centro cívico, donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto cuando empezamos a comprender en el lento avance de las horas que volveríamos sin ellos. Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos. Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro de este mundo, que ahora no vale nada, por poder mover las agujas del reloj tan sólo 20 segundos. Y también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad porque sólo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará. Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que en los brazos de la Virgen ahora duermen y el regazo de una madre que los quiere es quien los mece.

Virgencita de la Cinta, patrona de este gran pueblo, dales paz, serenidad, descanso eterno. Virgen bella, virgen guapa, no los sueltes de tu vera, que no sientan el dolor, que no sientan la miseria. Que el amor y la verdad los cobije para siempre y en el abrazo de Dios la vida venza a la muerte. Madre de la Almudena, virgen que guía el camino, llévales el beso mudo, ese adiós que no les dimos. Remedios, madre querida, reina del Aljaraqueño, bríndales tus firmes manos que ya nunca tengan miedo. Madre del amor hermoso, reina de la Victoria, Dolores del negro luto, concédeles tú la gloria. Y guía también nuestras vidas, humilde Virgen del Sol, y que la misericordia lata en nuestro corazón. Haz que cese este dolor, Virgen morena del Carmen, llévate esta cruel espada con la espuma de los mares.

Y tú, Virgen del Rocío, la que alumbra mis desvelos, la que siempre me acompaña cuando me rompo por dentro, abraza sus corazones y llévales un suspiro con una canción de amor por los años compartidos. Diles que tenemos paz y que seremos valientes, que el odio no nacerá en la rabia que nos crece. Que volverán las sonrisas y seguiremos viviendo y este amor no morirá, vivirá de sus recuerdos. Diles tú, Blanca Paloma, Pastora de la Rocina, que siempre los sentiremos con el sol o con la brisa, y que con fe esperaremos a que llegue ese momento en el que Dios nos abrace y así volvamos a vernos. Descansen en paz.»

Liliana

CELEBRACIÓN DE LOS SANTOS PATRONOS EN OVIEDO

Con motivo de la celebración de nuestros Santos Patronos, el pasado 2 de febrero, tuvimos la alegría de vivir una jornada profundamente entrañable y llena de sentido comunitario, marcada por la fe compartida, la fraternidad y la gratitud.

La Eucaristía, corazón de la jornada, fué celebrada en un clima de recogimiento y alegría, enriquecida con cantos compartidos que fueron un hilo de luz a lo largo de la celebración, uniendo voces y corazones en una misma oración y llenando la Eucaristía de belleza y esperanza.

Contamos con la participación de cuarenta asistentes de varias Parroquias de diferentes puntos de Asturias, así como con la presencia de un representante del Apostolado Seglar de la Diócesis.

Nos acompañaron también con gran cercanía Don Santiago, anterior consiliario y Don José Manuel García de Jesús, párroco de San Francisco Javier

La Eucaristía estuvo presidida por Don Fermín, nuestro consiliario actual, quien fué acompañado por dos sacerdotes, a quienes agradecemos sinceramente su disponibilidad y su servicio pastoral.

Tras la celebración litúrgica, compartimos una merienda fraterna, verdadero signo de convivencia y hermandad. Las asistentes ofrecieron generosamente tartas caseras, que junto con el café y la conversación distendida crearon un ambiente familiar y acogedor, donde se fortalecieron los lazos y se hizo visible la alegría de caminar juntos.

Fue, en definitiva, una jornada vivida con gratitud, espíritu de familia y profundo sentido de pertenencia, que nos anima a seguir creciendo en la fe y en el compromiso dentro de Vida Ascendente.

Begoña Fuertes

GRACIAS PADRE VALENTIN

 Hace algunos años vino a Cádiz un sacerdote vasco jubilado, Padre Valentín Vivar García con la finalidad de cuidar y ayudar a una persona aquejada de una enfermedad degenerativa  y enseguida se encarnó en la diócesis realizando labores propias de su Ministerio en la Parroquia de San José, también como capellán de la congregación de María Inmaculada, presto a colaborar con cualquier párroco que lo solicitaba.

 En el año 2019 el Padre José Araujo, consiliario diocesano de nuestro Movimiento durante muchos años solicitó dejar de ejercer este cometido debido a sus limitaciones físicas que le impedían el movimiento, creándonos la necesidad de nombrar un nuevo consiliario diocesano y conociendo la actitud del Padre Valentín, a  través del Grupo de la Parroquia de San José, se le propuso al Sr, Obispo para que le nombrara Consiliario Diocesano, y nos dijo que hablaría con él y ya nos lo comunicaría. Al poco tiempo nos comunicó que el Padre Valentín hablaría con nosotros para que le informáramos de cual sería su cometido, ya que desconocía todo de nuestro Movimiento.

En esta reunión se le explicó los pilares del Movimiento y que su labor sería como Director Espiritual, desarrollar un programa de formación espiritual, que el diseñaría y presidir todas las actividades que se organizarán a nivel diocesano. Dijo que estaba muy ocupado y que no tendría tiempo para ello pero que ya que se lo había pedido Don Rafael aceptaría. A partir de este momento fue conociendo e involucrándose cada día más y llegando a realizar la formación espiritual grupo por grupo todos los de la diócesis  y de tal forma lo hacía que llegaba al fondo de todos los asistentes.

Con el tiempo su carácter y vitalidad le hizo ser muy querido por todos los miembros de nuestra diócesis y en más de una ocasión llegò a decir que “ lo mas importante de mi larga vida como sacerdote ha sido el ser Consiliario de Vida Ascendente “. El año pasado sufrió una caída cuando iba  a celebrar la Eucaristía a las Hermanas de María Inmaculada por lo que su movilidad se vio muy reducida y fue aumentando cada vez mas lo que le  impedía poder desplazarse y a ello se ha sumado el fallecimiento de la persona que atendía y su salud se ha venido deteriorando mucho y se ha visto obligado a regresar al Vitoria en donde podrá ser atendido por su familia.

Por eso queremos despedirte con estas palabras:

P. Valentín “Tu presencia en nuestras vidas, en cada momento, en el día a día, nos ha enriquecido y nos ha acercado a la Verdad y al Amor: a Jesús.

¡¡ GRACIAS PADRE Y AMIGO!!

EL SANTO DE LA SEMANA. SAN MIGUEL FEBRES CORDERO

En Premià de Mar, cerca de Barcelona, en España, san Miguel (Francisco Luis) Febres Cordero, religioso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que durante cuarenta años se dedicó a la educación en la ciudad de Cuenca, en Ecuador, y, trasladado a España, se distinguió por la perfecta observancia de la disciplina de la vida religiosa.

Hijo de Don Francisco Febres Cordero Montoya y de Doña Ana Muñoz Cárdenas. Aquel 7 de Noviembre de 1854, en una colonial casa situada en la calle Real, hoy Bolivar, de la ciudad de Cuenca-Ecuador, hay inacostumbrado movimiento Caballeros de blasonada prosapia. Señoras vestidas a la española y cholas con policromas polleras, pregonan el suceso: Doña Anita ha dado a luz a un niño. Había nacido el Santo Miguel Febres Cordero.

Antes de ingresar a la Congregación de los Hermanos Cristianos, la admiración de todos los religiosos de esa época subió de grado, cuando se enteraron de que pertenecía a una familia entroncada con uno de los mas eminentes Jefes de la Independencia de Guayaquil, el General Leon de Febres-Cordero y Oberto, primo hermano de su abuelo Joaquin Febres-Cordero Oberto. En 1868 vistió el hábito de los Hermanos Cristianos de La Salle, con el nombre de Hermano Miguel. Se dedicó a la enseñanza y al cultivo de las letras, llegó a ser uno de los mas notables escritores Ecuatoriano.

Fué miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia de la Lengua de España. Las obras didácticas las escribió bajo el seudónimo de G.M. Bruno. (más de 50)

Falleció en Premiá del Mar, España, el 9 de Febrero de 1910.

En Enero de 1937, durante la Guerra Civil Española, sus restos fueron arrojados de la sepultura, por las milicias rojas, pero el Cónsul del Ecuador en Barcelona, Lic. Colón Serrano, los buscó y envió de regreso a Guayaquil, en el Vapor «Orazzio»; llegaron el 5 de Febrero y fueron conducidos a la capital.

La Orden Lasallana decidió conseguir su santificación en Roma y el 1913 el Hermano Paul Joseph escribió una Biografía en Francés, titulada «Un Religieux Equaterien».

* El 9 de Febrero de 1923 Monseñor Manuel María Pólit inició el «Proceso informativo sobre la vida y virtudes del Hermano Miguel»

* Pio XI, firmó el decreto de introducción, a la causa de Beatificación.

* Paulo VI, lo Beatificó el 30 de Octubre de 1977.

* Juan Pablo II, lo Canonizó el 21 de Octubre de 1984.

(oremosjuntos.org)

LAS APARICIONES DE LA VIRGEN MARIA EN LOURDES

La memoria litúrgica de hoy conmemora las apariciones de la Virgen María en Lourdes a partir del 11 de febrero de 1858. La protagonista de este acontecimiento fue una joven llamada Bernadette Soubirous, que hoy se cuenta entre las filas de las santas. La Virgen María se le apareció dieciocho veces en una gruta junto al río Gave. Los detalles de esta experiencia fueron recogidos por la comisión diocesana encargada de examinar los hechos.

Así, sabemos que Bernadette estaba junto al río con su hermana y una amiga cuando oyó una especie de «ráfaga de viento» que venía de una cueva. Se acercó, pero las hojas de los árboles estaban inmóviles. Mientras intentaba comprender, oyó un segundo «ruido» y vio una figura blanca que parecía una Señora. Temiendo sufrir alucinaciones, se frotó los ojos, pero Ella seguía allí. Sin saber qué hacer, sacó el rosario del bolsillo y comenzó a rezarlo; la Virgen se unió a su oración. Más tarde le confió a su hermana lo que había sucedido;  también se lo contó a su madre, que le prohibió volver a ese lugar.

Pero Bernadette sentía una fuerza interior que la empujaba a volver a la gruta. Después de mucho insistir, su madre se lo permitió. El 14 de febrero, la joven regresó a la cueva con un grupo de amigas, y se produjo una segunda aparición.

La invitó a volver durante 15 días

El 18 de febrero hubo otra aparición, y en esta ocasión la Virgen le pidió a Bernadette que volviera durante 15 días consecutivos.

El día 25 de febrero, la Señora invitó a la joven a hacer gestos de penitencia por los pecadores, y a cavar con las manos para encontrar agua.

Tras la aparición del 1 de marzo, una mujer se dirigió por la noche a la gruta, metió su brazo enfermo en el agua de la fuente y quedó curada. Fue la primera de una larga serie de curaciones milagrosas.

Soy la Inmaculada Concepción

El 25 de marzo, a petición de Bernadette, la Virgen le dijo que era la Inmaculada Concepción. El dogma de fe había sido promulgado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854.

Las apariciones

Las apariciones duraron desde el 11 de febrero hasta el 16 de julio de 1858, con diferentes intervalos, hasta un total de 18 apariciones. Fueron reconocidas oficialmente por el obispo de Tarbes el 18 de enero de 1862.

Santuario para enfermos

La fama de Lourdes no se debe solamente a las apariciones, sino también al mensaje de esperanza para la humanidad que sufre en cuerpo y espíritu. Lourdes es conocido como el lugar que acoge a los enfermos que peregrinan hasta allí para encontrar la paz, la salud y la serenidad por intercesión de la Virgen Inmaculada. Se han reconocido setenta curaciones físicas -por un equipo médico independiente- y se han producido innumerables conversiones.

Del Evangelio según San Juan

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino».

Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía».

Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que Él les diga».

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una.

Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora -agregó Jesús-, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.

El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».

Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él. (Jn 2,1-12).

Caná y Lourdes

En este contexto, comprendemos el sentido de la conmemoración de hoy: la Virgen María sigue intercediendo por sus hijos, sobre todo por los débiles y enfermos de cuerpo y espíritu, para que confíen en Jesús, Señor y Salvador, el único que puede convertir el agua en vino, que puede transformar todo trabajo en alegría, todo luto en esperanza, toda enfermedad en nueva confianza.

Día Mundial del Enfermo

El mensaje de las bodas de Caná y el de Lourdes nos llevan a comprender por qué San Juan Pablo II eligió, en 1992, celebrar la Jornada Mundial del Enfermo en el día de la Virgen de Lourdes: al fin y al cabo, a través de Lourdes se reafirma que ninguna persona enferma puede ser descartada nunca, sino que necesita encontrar la plena ciudadanía dentro de la vida.

Vatican News

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: I. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA DEI VERBUM. 4. LA SAGRADA ESCRITURA: PALABRA DE DIOS EN PALABRAS HUMANAS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo. Los textos bíblicos, sin embargo, no fueron escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. Como también nos enseña la realidad cotidiana, de hecho, dos personas que hablan lenguas diferentes no se entienden entre ellas, no pueden entrar en diálogo, no logran establecer una relación. En algunos casos, hacerse comprender por el otro es un primer acto de amor. Por esto Dios elige hablar usando lenguajes humanos y, así, diferentes autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura. Como recuerda el documento conciliar, «las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (DV, 13). Por tanto, no sólo en sus contenidos, sino también en el lenguaje, la Escritura revela la condescendencia misericordiosa de Dios hacia los hombres y su deseo de hacerse cercano a ellos.

A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que se produce entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante muchos siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En tiempos más recientes, la reflexión ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cfr DV, 11). Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, «rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina». [1] ¡Dios no mortifica nunca al ser humano y sus potencialidades!

Por tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier aproximación a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se desprende que una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones. Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual». [2]

Igualmente reductiva es, por otra parte, una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que debe estudiarse simplemente desde un punto de vista técnico o como sólo «un texto del pasado». [3] Más bien, especialmente cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cfr. DV, 12).

En este sentido, la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: «El que juzga haber entendido las divinas escrituras […], y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió». [4] El origen divino de la Escritura recuerda también que el Evangelio, encomendado al testimonio de los bautizados, incluso abrazando todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: esto no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor porque, en su bondad, no permite que en nuestras vidas falte el alimento esencial de su Palabra y oremos para que nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra.

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[1] L. Alonso Schökel, La parola ispirata. La Bibbia alla luce della scienza del linguaggio, Brescia 1987, 70. ( La palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje).

[2] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 11.

[3] Benedicto XVI, Exhort. ap. post-sin. Verbum Domini (30 septiembre 2010), 35.

[4] S. Agustín, De doctrina christiana I, 36, 40.

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CUANDO EL CRITERIO SON LAS VÍSCERAS

Siempre he pensado que no es la piedad el criterio de la verdad, sino al revés: la verdad es criterio de toda piedad. En uno de sus Sermones universitarios, John Enry Newman se refiere a “aquellos que se dejan llevar de un sentimentalismo religioso, donde la imaginación y los sentimientos ocupan el lugar que le correspondería a la Palabra de Dios”.

En algunos terrenos la pasión nos ciega. Es posible incluso que, aún así, tengamos razón. Pero el modo de expresarla o de manifestarla la descalifica o, al menos, dificulta que podamos convencer de ella a los que no piensan como nosotros. En el terreno religioso hay algunos temas sensibles que mucha gente vive con esa pasión que, a veces, nos hacer perder incluso la razón que tenemos. Y muchas veces ocurre que cuanta menos teología se sabe con más pasión se expresa uno.

Por poner un ejemplo, que espero que se lo tomen con humor, yo mismo he oído decir: “yo no sé si Dios existe, pero a mí a la Virgen de los desamparados no me la toca nadie”. Lo que hay detrás de expresiones como estas es el fanatismo que provocan determinas imágenes o advocaciones, importando poco lo que ellas significan. Porque lo que importa en la Virgen no es la imagen, sino siguiendo con el ejemplo de la advocación puesta, lo que importa es que ella nos invita a ocuparnos de los desamparados. Lo fácil es hacer una religión de fórmulas, gritos o apariencias, una religión en definitiva vacía, y olvidar que la buena religión transforma el corazón y cambia a la persona. Vamos, que el criterio de toda buena fe religiosa es el amor al prójimo.

Ahora que ha pasado un tiempo y que los ánimos están más calmados, me atrevo a decir que algunas cosas que se dijeron a propósito del documento del dicasterio de la doctrina fe publicado el pasado mes de noviembre, que trataba de algunos títulos marianos, resultan cuando menos penosas. Calificar el documento, como yo he leído, de “inmundicia talmúdica y masónica, pérfida y ambigua” no parece muy cristiano. También he escuchado algunos argumentos a favor de los títulos que el documento cuestiona, que me hubieran parecído respetables si se hubieran dicho con paz y sin descalificar a nadie.

No tiene más razón el que más chilla, ni ama más a María el que mejor descalifica a otros. Precisamente el buen argumentador no necesita enfadarse ni levantar la voz. Hablar visceralmente no es prueba de tener razón, sino de ser poco elegante. Hay algunos que solo están de acuerdo con el Magisterio cuando el Magisterio hace y dice lo que ellos quieren. Esos solo están de acuerdo consigo mismos. Por cierto, refiriéndose explícitamente a este documento, el pasado 29 de enero, dijo el Papa que “brinda aclaraciones precisas e importantes para la mariología”.

En muchos temas religiosos convendría no olvidar la frase atribuida a San Agustín: “en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad”.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

SIMEÓN Y ANA: TESTIGOS DE LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

La ancianidad no es sólo una etapa de la vida humana. Conlleva también una situación social y un entramado de relaciones modificadas. Y un cambio notable en la autopercepción de la persona: un cambio que a veces puede resultar verdaderamente traumático.

Con el paso de los años la naturaleza humana se resiente y va perdiendo una gran parte de sus capacidades. Se pierde una gran parte de la percepción de la realidad y la persona reacciona con más dificultad y lentitud ante sus retos.

Pero también es verdad que los ancianos y las ancianas están ahí como presencia benéfica y como demanda moral. Son personas. Y son personas queridas. Muchos de ellos son todavía activos y eficaces. Son la memoria del pasado, la sabiduría del presente y la promesa de un futuro que ha de ser pensado y recreado.

Algunos han vivido durante años amarrados a la prisa y se encuentran ahora frenados por la pausa. Muchos se han mostrado avaros de minutos de negocio y se encuentran al final con las horas alargadas de un ocio sin salidas.

Algunos han creído vivir lejos de Dios y descubren ahora, con asombro y alegría, que el Señor nunca los había abandonado.

EL SIGNO DE LA GRACIA EN LA VEJEZ

Pues bien, también las páginas de la Sagrada Escritura se ofrecen como escenario para las vidas de algunos ancianos, prestan eco a sus dolores, lamentos, protestas o esperanzas. Y alguna vez hasta esbozan una leve reflexión más abstracta, pero siempre experiencial, sobre el sentido mismo de la ancianidad.

Apenas aparecida la buena noticia es acogida por dos ancianos venerables. Simeón y Ana son, después de los pastores, los primeros destinatarios del Evangelio y los primeros evangelizadores. Ellos pertenecen a ese grupo de elegidos de Dios que han descubierto la luz y la anuncian a los demás.

Parecen ser evocados para que sean testigos de que la familia de Jesús cumple con exactitud las normas prescritas por la Ley de Moisés (Lv 12, 2-8; Nm 6, 9-10). Pero, de pronto, se convierten en testigos del gran acontecimiento de la salvación. Es más, su misma presencia es ya un testimonio de la salvación y del Salvador:

«Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor» (Lc 2, 22-24).

Simeón y Ana son recordados como ancianos. En ellos se remansa la sabiduría humana de milenios y la esperanza represada durante siglos de anhelos y de exilios.

Ambos pertenecen a ese pueblo humilde que habían anunciado los antiguos profetas. Son como una prolongación del Antiguo Testamento, que se empeña en presenciar la llegada del Mesías.

Los dos están relacionados entre sí por el templo. A él sube Simeón, movido por el Espíritu. Y en él transcurre Ana los largos años de su viudez, orando día y noche y aguardando la salvación.

Hay en ellos muchos puntos de coincidencia que los convierten en figuras modélicas para la experiencia religiosa del cristiano.

SIMEÓN, O EL TIEMPO DE LA SALVACIÓN

De pocas personas se han pronunciado unos elogios tan hermosos como los que a Simeón dedica el relato del evangelio de San Lucas. Tres notas lo hacen memorable: era un hombre justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel y en él estaba el Espíritu Santo (Lc 2, 25). He ahí unas palabras que, inevitablemente, nos asoman al barandal del misterio.

«Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios.»

El texto no dice explícitamente que Simeón fuera un anciano, pero lo sugiere al poner en sus labios las palabras de aceptación de una muerte que habría de coronar sus expectativas.

Seguramente no es una casualidad que a la triple mención de la Ley (Lc 2, 22.23.24) suceda la triple mención del Espíritu Santo (Lc 2, 25.26.27). Simeón es como el gozne sobre el cual giran las dos puertas de un gran díptico. Una mira al pasado y la otra al presente. En él se encuentran la promesa y el cumplimiento. En él se encuentran la alianza antigua y la nueva. Con él parece retornar el Espíritu de Dios que se creía extinguido. Su subida al templo da lugar a la gran epifanía del Mesías.

Pertenece a la tradición de su pueblo el orar bendiciendo a Dios. Isabel había pronunciado una berakab, es decir, una bendición, al recibir la visita de María. También Simeón «bendijo a Dios» con un himno —conocido como el Nunc dimittis— que evoca las antiguas experiencias de su pueblo:

«Ahora, Señor, según tu promesa,

puedes dejar a tu siervo irse en paz;

porque mis ojos han visto a tu Salvador,

a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones

y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 29-32).

Este canto, que la Iglesia ha incorporado a la oración litúrgica del anochecer, es de una conmovedora belleza. La paz, la luz y la gloria son las grandes realidades aportadas por Jesús, que ahora se convierten en motivo de gratitud y de alabanza a Dios.

En sus brazos Simeón sostiene a un niño que había nacido para ser luz de las naciones y gloria de Israel. Un nuevo horizonte de universalidad se abre ante sus ojos cansados. Pertenece a una era nueva esa gozosa percepción de que la salvación se ofrece a todos los pueblos. Dios no es patrimonio de una sola nación o cultura. Su salvación está destinada a todas las gentes (Lc 2, 29-32).

«Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones (Lc 2, 33-35).

María y José estaban admirados. La fe, como la sabiduría, sólo puede brotar en un corazón asombrado. Con Siméon empieza toda una historia de encuentros con el Mesías, que suscitarán indefectiblemente un sentimiento de pasmo y de sorpresa.

Por los labios de Siméon se anuncia la salvación como un drama de aceptación y rechazo: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción». Así lo repetía el hombre justo movido por el Espíritu (Lc 2, 34). Y así sucederá bien pronto en la vida de Jesús y, especialmente, en la hora dramática de su pasión y de su muerte.

Su última frase se dirige personalmente a María. Una espada atravesará su corazón, es decir, toda su persona. A la luz de otros textos del mismo Evangelio (Lc 8, 21; 11, 27-28), la espada sugiere las dificultades para comprender que la obediencia a la Palabra de Dios está por encima incluso de los más sagrados vínculos familiares» (Fitzmyer, 262).

Simeón se presenta, pues, como el que acoge al Hijo de Dios. En la fiesta de la Presentación del Señor (2 de febrero), la Liturgia de las Horas nos ofrece un sermón de San Sofronio, en el que aquel patriarca de Jerusalén nos invita a recibir la luz de Cristo como lo hizo Simeón:

«Ha llegado ya aquella luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.

»Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche. Al contrario, avancemos todos llenos de resplandor. Todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna.

»Imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.»

ANA, O LA HORA DE LA PROCLAMACIÓN

Pero Simeón no está solo. Junto a él aparece la figura simpática y atrayente de Ana, que es descrita con unos pocos rasgos que no tienen desperdicio:

»Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, dando culto a Dios noche y día en ayunos y oraciones (Lc 2, 36-37).

 Así pues, Ana representa a los profetas, mientras que Simeón representaba a la Ley. Aquellos dos pilares de la fe y de la comunidad de Israel se unen ahora para testificar la llegada del Mesías. Ana nos recuerda a otra Ana, la madre del profeta Samuel (1S 1-2) y también a Judit, viuda como ella, que vivió en ayunos y oraciones y fue un medio privilegiado para la «liberación» de su pueblo.

Su nombre es la transcripción del hebreo Hannáh, que significa «Gracia», Favor[ecida] o Favor[ita], y viene a significar el momento que presencia y anuncia.

El Evangelio de Lucas la presenta como perteneciente a la tribu de Aser, instalada en el Norte, incluso fuera del territorio de Palestina. Había estado casada durante siete años. La versión siro-sinaítica reduce aquel período a ¡siete días! Pero de eso hacía ya muchos años. Cuando Jesús aparece en el templo, Ana parece tener ochenta y cuatro años, según interpretan el dato la mayor parte de los estudiosos. De todas formas, su larga viudez es uno de los signos privilegiados en la Biblia. La mujer viuda y anciana era uno de los modelos clásicos de la pobreza humana y de la compasión divina.

Según el Evangelio, Ana había pasado su larga vida escuchando la Palabra de Dios. Y ahora en el templo dedicaba sus días y sus noches al culto a Dios, representado por el ayuno y la oración. La asiduidad del culto a Dios la volvemos a encontrar en boca de Pablo, atribuida a las doce tribus de Israel (Hch 26, 7). Ello nos hace pensar que Ana es presentada aquí como un símbolo de todo su pueblo.

Simeón y Ana. Un mismo Espíritu los mueve. Un mismo escenario los alberga. Y un mismo misterio los reúne. Pero el texto parece subrayar una menuda y dichosa distinción que los asocia en una misión compartida y compartible. Tal vez no sea una casualidad que Simeón se dirija a los padres del Niño mientras que Ana habla a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. El primero medita y anuncia, la segunda proclama y predica. Simeón anuncia la proyección universal del mensaje. Ana invita a Israel a descubrirlo:

«Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret» (Lc 2, 38-39).

Ana alaba a Dios y habla del Niño a todos los que esperaban la redención de Israel. Es interesante anotar que el verbo que aquí se refiere a la alabanza pública que Ana dedica a Dios no aparece más veces en todo el Nuevo Testamento. El análisis del texto sugiere, además, que la buena anciana no se limitó a hablar aquel día de Jesús, sino que <sus palabras sobre el Niño siguieron difundiéndose más allá de los muros del santuario» (Fitzmyer, 266). Así pues, Ana descubre al Salvador y proclama la hora de la salvación, es decir, de la redención y del »»rescate», que evoca la antigua liberación de su pueblo del poder opresor de los egipcios.

Ana contempla al Salvador y anuncia la llegada de su salvación. En eso consiste su don de profecía.

Entre las personas que vivían a la espera de la novedad de Dios, el evangelista Lucas nos presenta a dos personas ancianas: Simeón y Ana. Además del papel teológico que desempeñan en el texto, Simeón y Ana nos descubren el misterio y ministerio de una ancianidad que, en medio de la algarabía -como la de aquel templo de Jerusalén- abren su espíritu al paso del Espíritu. Son dos «testigos» que nos hablan de las posibilidades de una ancianidad al servicio del Evangelio y la evangelización.

El pequeño Jesús es presentado al templo para cumplir los requisitos ordenados por la Ley. Y ellos son los primeros en reconocerlo y en anunciarlo públicamente. Se podría decir que, tras los pastores y los magos, Simeón y Ana son los primeros discípulos y apóstoles del Mesías.

Simeón es el hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu. Por él pasa el eje que separa el mundo de la Ley y el mundo del Espíritu.

Y Ana, con su clarividencia, descubre en Jesús al Mesías de Israel y así lo anuncia a todos los que esperan la liberación. San Lucas ha querido ver en estos dos ancianos los prototipos del profetismo más auténtico.

En la última edición del Martirologio Romano (2001), se ha optado por acercar la memoria de Simeón y Ana a la fiesta de la Presentación, y figura el 3 de febrero.

JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS

Primeros Cristianos.Com