PRIMER VIAJE APOSTOLICO DEL SANTO PADRE LEON XIV: TURKIA Y LIBANO EN CONMEMORACIÓN DEL CONCILIO DE NICEA

León XIV, el primer papa originario de Estados Unidos, emprendió el jueves su primer viaje internacional como pontífice con una visita a Turquía que marca el inicio de una gira de seis días que también incluirá Líbano.

Su paso por una región dividida por diferencias religiosas será analizado con lupa en busca de señales que indiquen cuál es su postura en cuestiones geopolíticas delicadas.

En la mayor prueba diplomática de su papado, León intentará tender puentes con líderes musulmanes y patriarcas cristianos ortodoxos. También se reunirá con el presidente de Líbano, Joseph Aoun, como parte de su viaje..

Sus sosegadas intervenciones, la suavidad de su voz, nos dejan unos riquísimos textos con motivo del 1700 aniversario del Concilio de Nicea.

Os dejamos los enlaces a  las intervenciones del Papa León XIV en los  actos más relevantes del viaje.

1.- Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, DISCURSO DEL SANTO PADRE. Ankara, Palacio Presidencial

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https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/november/documents/20251127-turchia-autorita.html

2.- Encuentro de oración con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y operadores pastorales en la Catedral del Espíritu Santo, DISCURSO DEL SANTO PADRE. Catedral del Espíritu Santo (Estambul)

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https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/november/documents/20251128-turchia-clero.html

3.- Visita a la residencia de ancianos de las Hermanitas de los Pobres. SALUDO DEL SANTO PADRE. Estambul.

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4.- Encuentro ecuménico de oración cerca de las excavaciones arqueológicas de la antigua Basílica de San Neófito en İznik. Discurso del Santo Padre. İznik

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5.- Doxología en la Iglesia Patriarcal de San Jorge. Saludo del Santo Padre. Iglesia Patriarcal de San Jorge (Estambul)

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6.- Declaración Conjunta del Santo Padre León XIV y SS. Bartolomeo I.  Encuentro y firma de la Declaración conjunta. Palacio Patriarcal (Estambul)

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7.- Santa Misa en el «Volkswagen Arena» Homilía del Santo Padre. «Volkswagen Arena» (Estambul)

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8.- Visita de oración a la catedral armenia apostólica. SALUDO DEL SANTO PADRE a Su Beatitud, el Patriarca Armenio Sahak II. Estambul

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9.- Divina Liturgia en la Iglesia Patriarcal de San Jorge. Discurso del Santo Padre al fin de la Liturgia Divina. Iglesia Patriarcal de San Jorge (Estambul)

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10.- Conferencia de prensa durante el vuelo Estambul-Beirut. Vuelo papal.

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11.- Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Discurso del Santo Padre. Beirut

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12.- Visita y oración en la tumba de San Charbel Maklūf en el monasterio de San Maroun en Annaya. Saludo del Santo Padre. Annaya.

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13.- Encuentro con los obispos, sacerdotes, consagrados, consagradas y agentes pastorales en el Santuario de Nuestra Señora del Líbano. Discurso del Santo Padre. Santuario de Nuestra Señora del Líbano (Harissa)

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14.- Encuentro ecuménico e interreligioso en la Plaza de los Mártires de Beirut. Discurso del Santo Padre.

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15.- Encuentro con los jóvenes en la plaza frente al Patriarcado de Antioquía de los maronitas. Discurso del Santo Padre. Bkerké.

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16.- Visita a los trabajadores y pacientes del hospital «De La Croix» en Jal ed Dib. Saludo del Santo Padre.

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17.- Santa Misa en el «Beirut Waterfront». Homilia y Llamamiento del Santo Padre al finalizar la Misa. Beirut.

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ADVIENTO, PRESENCIA COMENZADA DE DIOS

El Adviento y la Navidad se han convertido en fiestas profanas. Los cristianos debemos aspirar a vivir un Adviento y una Navidad auténticos, según su sentido religioso. ¿Cuál es el sentido del Adviento? Este término no significa espera, como algunos suponen, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa bien la presencia, bien la llegada de personas, cosas o sucesos importantes.

Adviento significa pues la presencia comenzada de Dios. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, aunque ahora está presente de manera oculta. Y segundo, esta presencia aún no es total, sino que está en proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ha comenzado, pero somos los creyentes los que debemos hacer presente a Dios en el mundo. Como bien dice el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 50), “en la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo, Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos Él mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino”.

Por medio de nuestra fe, esperanza y amor, Dios hace brillar su luz en la noche del mundo. Por eso, las luces que encendamos en nuestras celebraciones de Adviento son, por una parte, expresión de nuestra certeza de que la luz del mundo se encendió en Belén y allí se manifestó el gran amor de Dios a todos los seres humanos. Y por otra, nos recuerdan que esta luz puede seguir brillando si los cristianos continuamos la obra de Cristo.

Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, pero todavía no manifestada en plenitud. Por eso, el cristiano no mira solo lo que ya ha pasado, sino también lo que está por venir. En un mundo en guerra, donde mucha gente sufre, un mundo en el que parece que cada uno solo piensa en sus propios intereses egoístas, el cristiano vive en la esperanza de que la luz de Cristo, ahora en parte escondida, un día se manifestará plenamente y el bien triunfará definitivamente: el día en que Cristo vuelva. La presencia de Dios será un día presencia total.

Celebrar el Adviento es despertar a la presencia de Dios oculta entre nosotros. Pero para ello es necesario un camino de conversión, alejarnos de tantas cosas bien visibles y tangibles que nos separan de Dios (nuestra ambición de dinero, nuestra ansia de poder, de dominio y de placer descontrolado, nuestros egoísmos y enemistades) para abrirnos a lo invisible, y aprender que no hay alegría más luminosa que la que nace del seguimiento de Cristo, transformando nuestra vida según los valores del Evangelio. En definitiva, vivir tal como indica la carta de San Pablo a los romanos que leeremos en la Eucaristía de este primer domingo de adviento: “dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo”. Quién celebre así el Adviento podrá vivir una Navidad llena de gracia.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

SOBRE RERUM NOVARUM II

Hay un gran cambio en la sociedad que es pasar de los antiguos medios de artesanos a una revolución industrial, con los empresarios acumulando riqueza y una desenfrenada codicia que es condenada por la Iglesia. (Que es la asuro y la codicia desenfrenada), pues los ricos tienen en su mano la contratación del trabajo el control de las relaciones comerciales, que se hayan sometidas al poder de unos pocos opulentos y adinerados han impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre de proletarios.

Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indefensos contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada, quieren que todos los bienes sean comunes y administrándolos por personas que rigen el municipio o gobiernan la nación y después distribuir por igual las riquezas y el bienestar para todos, así se podría curar el mal presente.

El Papa considera que esta medida no resuelve el problema y que perjudica a las propias clases obreras, es injustas por ejercer violencia contra la legítima propiedad y altera la misión de la República.

Por esta razón, el trabajo que aportan los obreros, es procurar algo para si y algo que pueda ahorrar y así pueda asegurarse más su vida y la de su familia. En esto consiste la propiedad de las cosas tanto en los muebles como en los inmuebles.

Los socialistas empeoran la situación de los obreros en cuanto tratan de transferir los bienes de los particulares a la comunidad; privándoles de su libertad les despojan de la esperanza y facultad de aumentar sus bienes familiares. Además promueven un remedio en contra de la justicia en cuanto que poseer algo en privado es un derecho dado al hombre por naturaleza.

El hombre es anterior al estado y tiene el derecho de velar por su vida y por su cuerpo, la propiedad privada es la más conforme con la naturaleza del hombre, las leyes civiles cuando son justas deducen su vigor de esa misma ley natural, confirman y amparan incluso con la fuerza de este derecho del que hablamos. Y esto esta en linea con  la autoridad de las leyes divinas que prohíben hasta el derecho de lo ajeno. “No desearas la mujer de prójimo, ni la casa, ni el campo, ni la esclava, ni el buey, ni el asno ni nada de lo que fuera suyo”

Los derechos individuales tienen más fuerza cuando se hayan ligados a los deberes, la familia verdadera sociedad, la más antigua tiene unos derechos y unos deberes. En relación al género de vida puede optar por seguir a Jesucristo sobre la virginidad o ligarse con el derecho matrimonial.

La familia como sociedad es anterior a la sociedad civil por lo cual sus derechos y deberes son también anteriores y más naturales.

Rvdo. D. Pascual Millán Arregui

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA BÁRBARA

Santa Bárbara, tan célebre en la Iglesia, tanto griega como latina, vino al mundo hacia la mitad del tercer siglo. La opinión más verosímil es que era de Nicomedia en Bitinia: su padre se llamaba Dióscoro, uno de los más furiosos secuaces del paganismo que jamás se conocieron; tan obstinado y tan adicto a las extravagancias y supersticiones de los paganos, que su devoción y su culto a los falsos dioses iban hasta el delirio y la necedad. Era, por otra parte, de un humor extravagante y de un natural cruel, teniendo todas sus inclinaciones bárbaras: no tenía más que esta hija, en la que Dios había juntado todas las calidades y prendas que hacen mirar a las de su sexo; una belleza extraordinaria, un talento superior, un alma noble y tan amiga de la razón, que desde su infancia se admiraba en ella una prudencia sin igual.

Por más bárbaro que fuese Dióscoro, no dejaba de amar a su única hija apasionadamente; y este misántropo era tan idólatra de su hija como de sus falsas divinidades. El temor de que hubiese otro que la amase tanto como él, le hizo tomar la ridícula resolución de hacerla invisible a los hombres. Hizo construir un cuarto acomodado en una alta torre, donde la encerró con algunas criadas desde su primera juventud; y como había reconocido en ella un espíritu extraordinario, quiso cultivarla, para lo cual la puso maestros.

Creciendo Bárbara en edad, crecía igualmente en espíritu y en sabiduría: sus delicias eran contemplar el cielo, y aquella multitud innumerable de estrellas, astros y planetas que le hermosean. No era menor la atención, admiración y gusto con que observaba la revolución periódica de los cielos y de las estaciones: el curso de los astros tan regular, y toda la armonía que advertía en la Naturaleza, la embelesaban; y, elevándose sobre, los sentidos con las solas luces de la razón, decía: ¡ Cuál debe ser la sabiduría infinita, el poder sin límites del Artífice que ha criado todo este vasto universo, que ha arreglado con tanta habilidad todas las partes de que se compone, y que le conserva con tanto orden? ¿Quién se, atreverá a imaginar, que esta grande obra, que este vasto y magnífico palacio ha sido fabricado por sí mismo, ó que este mundo tan unido, tan bien ordenado y tan adornado ha sido hecho por el acaso? ¿Quién no reconoce en este todo y en todas sus partes un Ser soberano, y una suprema inteligencia que lo conserva y lo gobierna? ¡Qué poco merecen nuestros dioses el nombre que llevan! ¡Qué divinidades tan ridículas! Se sabe cuándo nacieron estos pretendidos dioses: ellos no existieron siempre; luego no se han criado a sí mismos ; porque, cuando uno no existe, no puede producirse ni criarse; luego es preciso que haya una suprema inteligencia, un Ser soberano, que no haya comenzado jamás a existir.

Hecha cristiana Bárbara, conoció luego que la verdad no podía encontrarse sino en un espíritu verdaderamente cristiano. Ilustrada por las: luces de la fe, no halló gusto en adelante sino en las máximas del Evangelio. Haciendo impresión la gracia en un alma tan inocente, no aspiró sino a la soberana felicidad. El mundo la pareció no tener cosa que fuese digna, dé un corazón cristiano. La virginidad con especialidad la parecía una virtud tan preciosa y tan, amable, que hizo propósito de perder antes la vida que este rico tesoro; siendo, la augusta calidad de esposa de Jesucristo el solo objeto de su ambición y de su ternura.

Como Dióscoro tenia distintas miras en cuanto a su hija, y ésta era su ídolo, pensó en buscarla un establecimiento correspondiente a su mérito y a sus prendas: desde luego, se le presentó un partido ventajoso, qué debía hacerla una de las señoras más principales dé la provincia. La hizo Dióscoro la proposición, y se la dotó, con todo lo que podía tentar a una señora joven. El desprecio con que miró la Santa este matrimonio no hizo que su padre perdiera de todo punto las esperanzas; el cual, teniendo que hacer un viaje, creyó que el tiempo la mudaría, y que a su vuelta la encontraría más dócil: nuestra Santa en este tiempo pidió a su padre que mandara hacerla en lo más bajo de la torre un baño para su uso. Consintió Dióscoro en ello, no atreviéndose a negar cosa, alguna a su hija : ella misma trazó el plan, y su padre mandó a los albañiles que hicieran cuanto antes la obra. Habiendo partido Dióscoro, nuestra Santa dió priesa a los obreros; pero lo que quería no era un baño, sino una capilla: mandó hacer en ella tres ventanas que, a falta de imágenes, la representaban el misterio de la Santísima Trinidad.

Habiendo vuelto Dióscoro de su viaje, corre adonde estaba su hija, la abraza, y, no dudando qué hubiese mudado de sentimientos sobre el partido que la había propuesto, la pregunta sí permanece siempre resuelta a no admitir el casamiento. Nuestra Santa le responde que la ternura con que ama a su padre no la permite apartarse de él para pasar a la casa de un esposo. Vos, padre mío, sois ya viejo, le dice con un tono tierno y afectuoso; permitid que, cuide yo de vuestra vejez. Dióscoro; enternecido y embelesado de una respuesta tan oficiosa y tan obligatoria, no la habló más de casamiento, pero, imaginando que la soledad en que había criado a su hija fuese la causa de lo disgustada que estaba del mundo, determinó ponerla en su casa, y hacerla tratar con toda especie de gentes.

La Santa sintió vivamente dejar su soledad; pero instruida por el Espíritu Santo, y fortalecida con la gracia; determinó hacérse un retiro interior en el fondo del corazón, en donde esperaba no perder jamás de vista a su Dios. Como su padre era el pagano más supersticioso que se vió jamás, había procurado llenar su casa de ídolos: al entrar Bárbara en ella quedó sorprendida de esta tapicería; y, no pudiendo disimular su indignación, dijo a su padre con un tono indignado : ¿Qué hacen aquí todos estos ridículos muñecos? Dióscoro, herido vivamente de esta pregunta, y de los términos de menosprecio de que se había servido para burlarse de. sus dioses, la respondió con un tono áspero mezclado de amenazas : ¿Cómo hablas así? ¿Llamas muñecos a los sagrados ídolos de nuestros dioses? ¿Ignoras acaso el respeto que se les debe, y a qué castigo se expone el que les insulté? Nuestra Santa, movida de compasión a vista de una ceguedad tan lastimosa, y animada al mismo tiempo de un nuevo celo, le dice: ¿Es posible, padre mío, que un hombre del juicio y cordura que Vos tenga por dioses a las obras de los hombres? ¿Ignoráis las infamias de una Venus, y los horrendos desórdenes de un Marte, de un Neptuno, de un Apolo, de un Júpiter? Esta sola multiplicidad de divinidades ¿no es el mayor monstruo que se puede pensar? Sabed, padre mío, que no hay más que un solo Dios, el cual es el Ser supremo, Criador de todas las cosas, todopoderoso, infinito, soberano Señor del Universo, sólo Juez árbitro de la suerte de todos los hombres; y este Dios único, y sólo digno de respeto y adoración, es el Dios de los cristianos ; toda otra divinidad es una pura quimera. Dióscoro estaba tan aturdido de lo que oía, que parecía haber quedado yerto todo el tiempo que duró el razonamiento. Mas, volviendo de su pasmo, se abandonó a su natural fogoso y brutal; y haciéndole olvidar su cólera que era padre, arrebatado de un furor que no le permitía usar libremente de la razón, corre a tomar el sable para degollar a su hija, jurando por sus dioses que él mismo ha de ser su verdugo. No ignoraba la Santa lo que era capaz de hacer su padre; y así creyó que debía quitarle la ocasión de cometer un tan horrible parricidio. Escapando, pues, de su furor por medio de la fuga, atraviesa un campo para buscar un asilo donde ocultarse. No bien vuelto en sí Dióscoro, corre en su seguimiento; pero una roca se divide milagrosamente para franquearla el paso; mas esta maravilla hizo poca impresión en aquel furioso; el cual, habiéndola perdido de vista, se puso mucho más colérico. Se informa dónde estaba aquella a quien perseguía con tanto furor y rabia. Un pastor le señala una gruta cubierta de ramas, donde la hija había ido a esconderse. Habiéndola encontrado el bárbaro padre, se arroja sobre ella como un lobo rabioso sobre una inocente, oveja; la arrastra por los cabellos, y, habiéndose convertido en furor toda su ternura, la trata con tanta crueldad, que hubiera causado lástima aun a las bestias más feroces. Llevándola, después medio muerta a su casa, hubiera acabado de quitarla la vida si hubiera creído poderlo hacer impunemente. Resolvió delatarla al gobernador por cristiana, esperando que podría negar la fe a vista de los suplicios ; ó que, si perseveraba en querer ser cristiana, por lo menos tendría el bárbaro placer de verla expirar en los tormentos.

No aguardó Dióscoro mucho tiempo a ejecutar su cruel designio: va a buscar al presidente, llamado Marciano, y le presenta aquella inocente víctima atada como un criminal, y maltratada toda a golpes. Viendo Marciano a esta joven doncella, en quien la mansedumbre y la modestia igualaban a la belleza, se movió a compasión: la hizo quitar los cordeles con que estaba atada, y, blasfemando de la severidad que el padre había usado con ella, emplea todos los artificios para hacerla renunciar su religión. Alaba su belleza, su talento, sus raros méritos, y la promete todo lo que puede lisonjear y tentar a una doncella joven, si quiere obedecer las órdenes del Emperador, y adorar los dioses del imperio. Entonces nuestra Santa, que hasta aquí no había dicho palabra, habló al gobernador con tanta energía y elocuencia de la nada de todas las ventajas pasajeras con que la lisonjeaba, de la quimérica y extravagante divinidad de los pretendidos dioses de los paganos, y de la verdad y santidad de la religión cristiana, que toda la asamblea quedó admirada: el juez mismo se sorprendió, pero temiendo caer en desgracia de la corte s¡ disimulaba el hecho, ó si no usaba de severidad con esta joven cristiana, la hizo despedazar a golpes, que hicieron de todo su cuerpo una sola llaga; después, poniendo sobre su carne uno horroroso cilicio de cerdas, la hizo cerrar en un calabozo, donde cada instante sufría un horrible y doloroso suplicio. Jesucristo se la apareció por la noche, la consoló, la animó y la prometió sostenerla en medio de los tormentos; y, para darla pruebas sensibles de su protección, la curó repentinamente de todas sus llagas.

Por la mañana la hizo comparecer Marciano ante su tribunal, y, hallándola perfectamente curada, quiso persuadirla que debía su curación al poder de los dioses; pero la Santa, mirando con compasión a este pagano, le dijo: Señor, ¿sois tan ciego que creáis que unos ídolos, que necesitan de la mano de los hombres para ser lo que son, hayan podido obrar este prodigio? Ninguno de vuestros quiméricos dioses tiene poder para tanto; quien me ha curado es sólo Jesucristo, vuestro Dios y mío. Aunque hagáis piezas mi cuerpo, el que me ha dado la salud puede también darme la vida. Yo le he hecho un sacrificio de la mía, asegurada que vive eternamente con él en el Cielo el que muere aquí por su amor. Irritado el tirano de esta respuesta, la hizo despedazar con uñas de hierro, y después la hizo quemar los costados con hachas encendidas. Todo el tiempo que duró este cruel y horroroso suplicio tuvo la Santa levantados sus ojos al Cielo, y con rostro risueño decía : Señor, que conocéis el fondo de los corazones: Vos sabéis que el mío no ama sino a Vos, no desea sino a Vos, y en Vos sólo pone toda su confianza. Dignaos socorrerme en este duró combate, y no permitáis que vuestra esclava y vuestra esposa sea jamás vencida. No me arrojéis de vuestra presencia; haced que vuestro santo espíritu no se aparte jamás de mí. El tirano, enfurecido y despechado al ver la intrepidez de esta heroína cristiana, mandó que la cortasen los pechos. Aunque el suplicio fué cruel, y el dolor vivo y agudo en una doncella de diez y ocho a veinte años, la mano del Todopoderoso la fortaleció y la sostuvo. Se la apareció segunda vez Jesucristo, y derramó en su alma tantas dulzuras, que casi no sintió en adelante el rigor de los suplicios. Por último, perdiendo el presidente toda esperanza de vencer su fe y de cansar su perseverancia, la condenó a que la cortasen la cabeza.

Dióscoro, este padre cruel, inhumano y bestial, no contento con haber estado presente a todos los suplicios de su hija, llevó la barbarie hasta el extremo de querer ser él su último verdugo. Pidió al juez le hiciese el gusto de que su hija no muriese por otras manos que por las suyas. Una petición tan bárbara, que causó horror a todos los que estaban presentes, le fué, otorgada. Aquella casta víctima fue llevada fuera de la ciudad a una pequeña colina, donde apenas llegó se puso de rodillas, levantó los ojos al Cielo, y habiendo hecho una breve oración, suplicando al Señor que aceptara el sacrificio que le hacía de su vida, alargó el cuello a aquel padre inhumano: el que de un golpe de sable terminó una tan bella vida y la procuró la gloria del martirio el día 4 de Diciembre, siendo emperador, Maximino. El Cielo miró con horror la inhumanidad de este padre bárbaro y quiso librar al mundo de este monstruo de crueldad; pues al bajar de la colina, todo teñido en la sangre de su propia hija, estando el Cielo sereno y el aire muy quieto, se oyó el ruido, de un trueno, y un rayo vino a estrellar al pie del monte a este padre inhumano. Poco tiempo después tuvo la misma suerte el gobernador Marciano, siendo muerto por otro rayo. Desde entonces se hizo universal el culto de esta gran Santa, tanto en la iglesia griega como en la latina, y en toda ella es invocada, especialmente contra los truenos y rayos. Por el mismo motivo la invocan también para alcanzar de Dios la gracia de no morir sin los últimos: sacramentos. Un insigne milagro aumentó esta, devoción y la confianza, de los fieles en esta gran Santa.

El año de 1448 sucedió en la ciudad de Gorcun, en Holanda, que, un hombre llamado Enrique, muy devoto de Santa Bárbara, por la, confianza que tenía de que le alcanzaría la gracia de no, morir sin sacramentos; se encontró rodeado de un fuego, sin esperanza de salvar la vida. En este conflicto recurrió a su santa protectora, la que, se le apareció; y aunque no le había quedado ya sino un soplo de vida, por haber sido tan maltratado del fuego que no tenía figura de hombre, le dijo que Dios le alargaba la vida hasta el día siguiente, para darle tiempo de recibir los últimos sacramentos de la Iglesia; y, habiéndose apagado el fuego al mismo instante, se confesó, recibió el Viático y la Extremaunción; el mismo sacerdote que le confesó, llamado Teodorico Pauli, dejó a la posteridad la historia de este gran milagro. En la historia de San Estanislao Kostka, de la Compañia de Jesús, se halla otra prueba insigne de esta singular protección, de resultas de una confianza semejante a la expresada.

Habiendo sido llevado a Constantinopla el cuerpo de esta Santa, fué depositado, al fin del noveno siglo, en una iglesia erigida a honra suya por el emperador León. Pero en el año 991, siendo emperador Basilio, dieron estas Santas Reliquias a los venecianos, cuya mayor parte se guarda todavía hoy en la iglesia de los PP. de la Compañía la de Jesús de Venecia.

(P. Juan Croisset, S.J.)

SEGUNDO CONGRESO INTERNACIONAL DE LA PASTORAL DE LAS PERSONAS MAYORES: PONENCIAS (II)

Es profesor titular de Demografía y Estadística social en la Facultad de Economía de la Universidad Católica de Milán, donde dirige el “Departamento de Ciencias Estadísticas” y el “Center for Applied Statistics in Business and Economics”. Es coordinador científico del “Informe jóvenes” del Instituto Toniolo y presidente de la asociación InnovarexIncludere. Ha desempeñado el papel de experto en Comisiones ministeriales, Mesas de trabajo del Istat y Programas de la Comisión Europea. Es columnista de “la Repubblica”. Es uno de los fundadores de la revista Continuamos la serie de ponencias del Segundo congreso internacional de la Pastoral de las personas mayores, la segunda entrega corrió a cargo de Alessandro Rosina

Profesor titular, Universidad Católica de Milán Alessandro Rosina en línea Neodemos y forma parte del comité editorial de Italiani Europei. Su libro más reciente es “Il futuro non invecchia” (Vita e Pensiero, 2018).

“LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA Y EL RETO DE LA SOCIEDAD DE LA LONGEVIDAD

La Transición Demográfica es uno de los grandes cambios de nuestro tiempo. Produce implicaciones, especialmente en la estructura de la edad y en la relación entre generaciones, que manifiestan sus mayores efectos en este siglo, con diferentes tiempos y formas en las diversas partes del mundo.

1.

A principios del siglo XIX, en cualquier país del mundo en el que hubieras nacido, te habrías encontrado con una esperanza de vida media inferior a los 40 años y con recursos materiales per cápita limitados. La mortalidad infantil era alta (más de 1 de cada 5 nacimientos no llegó a su primer cumpleaños) y en todas las etapas posteriores de la vida. Pocos alcanzaron la vejez.

Dante Alighieri imagina embarcarse en el camino narrado en la Divina Comedia, es decir, estar «en medio del camino de nuestra vida», a la edad de 35 años. Menos de la mitad de los nacidos alcanzaron esta edad y los 70 años se consideraron el límite máximo que podía alcanzar la existencia humana.

La transición demográfica comienza en Europa y luego se expande gradualmente al resto del mundo. En la base hay una de las principales ambiciones de la Humanidad: el deseo de vencer a la muerte prematura. Es decir, garantizar que un niño al nacer pueda tener la expectativa de vivir plenamente la fase de juventud y adulto, y alcanzar el umbral de los 65-70 años.

La buena noticia es que todos los países, aunque en diferentes momentos, se han movido en esta dirección, al tiempo que han mejorado tanto la esperanza de vida como el bienestar material. Pero nada en este camino se da por sentado.

2.

Una de las repercusiones más evidentes de la reducción de la mortalidad es el crecimiento de la población, que pasó de 1.600 millones a escala mundial a principios del siglo XX a 6.100 millones con la entrada en el siglo actual. La demografía mundial ha pasado por tres fases. La primera fue la del crecimiento lento, con una tasa de crecimiento que se mantuvo durante milenios justo por encima de cero, de modo que solo superó los mil millones de habitantes después de 1800. La segunda, relativamente breve pero intensa, es la dinámica explosiva que alcanzó su punto más alto en los años sesenta del siglo XX, con un aumento anual que se elevó a alrededor del 2%, un valor que ahora se ha reducido a la mitad y está disminuyendo constantemente.

Si la reducción de la mortalidad es el motor del crecimiento de la población, la disminución de la tasa de natalidad es el factor de frenado. Cuando el riesgo de muerte en las edades tradicionales de la vida cae a niveles muy bajos, un promedio de dos hijos por mujer es suficiente para lograr un equilibrio cuantitativo entre generaciones. Muchos países occidentales ya estaban alrededor (o por debajo) de este umbral durante los años setenta. En todo el mundo, el valor seguía siendo igual a 5 niños en 1950 y ahora se ha reducido a más de la mitad. La tercera fase es, por lo tanto, la de la perspectiva de declive. Según pronósticos recientes de las Naciones Unidas, la población mundial dejará de crecer en la penúltima década de este siglo.

3.

Si la población mundial deja de crecer, la Transición Demográfica conducirá a un cambio profundo que estará destinado a permanecer: de hecho, debe entenderse sobre todo como el proceso que conduce de una sociedad organizada sobre la presencia abundante de las nuevas generaciones a una sociedad con un peso preponderante del componente maduro.

Al final de la Transición, hay tres escenarios posibles. El primero, el clásico esbozado por los autores que introdujeron esta expresión, predice una tasa de fecundidad estabilizada en torno a los dos hijos por mujer o ligeramente superior y una esperanza de vida en torno a los 75 años (hipótesis contemplada en las primeras ediciones de las previsiones de Naciones Unidas publicadas en los años cincuenta del siglo pasado). En este escenario, la población deja de crecer y adopta una estructura con una base piramidal que se vuelve rectangular.

Contrariamente a lo que predijo la teoría clásica, la esperanza de vida ha ido mucho más allá del objetivo de liberar a la infancia, la juventud y la edad adulta de la muerte evitable. No se ha estabilizado alrededor de los 70-75 años (la expectativa de Dante), pero en muchos países es hoy de más de 85 años y está en constante crecimiento.

La evolución de la esperanza de vida se ha producido en dos etapas. En la primera, los riesgos de muerte en las etapas tradicionales de la vida se reducen a casi cero. En la segunda conduce a alcanzar una esperanza de vida más allá de la tradicional entrada en la vejez, sin un punto de llegada. De hecho, cuanta más calidad se agrega a los años ganados, más generaciones posteriores están en condiciones de ir más allá. Renunciar a acompañar positivamente este proceso lleva a las personas a envejecer mal y a aumentar los costos sociales. En este segundo escenario, la transición demográfica lleva al mundo a la llamada «sociedad de la longevidad». Un pasaje que lleva a revolucionar las condiciones, los riesgos y las oportunidades en las diversas etapas de la vida, en interacción con las transformaciones sociales, culturales, tecnológicas, además de repercutir en las relaciones intergeneracionales.

Cómo garantizar el crecimiento, el desarrollo y el bienestar sostenible en la sociedad de la longevidad es un desafío abierto y sin precedentes. En este escenario, la cima de la pirámide se eleva, pero si la fertilidad se mantiene estabilizada en torno a dos hijos por mujer, el resultado es que cada nueva generación mantiene una consistencia sustancialmente en línea con las anteriores. En consecuencia, el envejecimiento de la población está determinado, en perspectiva, solo por el aumento de la longevidad.

Sin embargo, este segundo escenario se ve cuestionado por la observación de que en todos los países que han llegado al final de la transición demográfica, el nivel de fecundidad, en lugar de estabilizarse en torno a dos hijos por mujer, tiende a caer sistemáticamente por debajo. El valor actual de la Unión Europea es inferior a 1,5.

Se abre entonces un tercer escenario, el que conduce a la «sociedad del relevo generacional débil» (de la «transición» a la «crisis» demográfica) y para muchos países crónicamente insuficiente.

4.

Con respecto a la estructura de edad, la Transición Demográfica tiene tres fases. Aquella en la que la población joven es abundante (este es actualmente el caso especialmente en el África subsahariana), aquella en la que la población adulta-trabajadora es abundante (fase del «dividendo demográfico», caracteriza a América Latina, África del Norte, India y otros países asiáticos), y finalmente aquella en la que la población anciana se vuelve abundante (países occidentales, pero también China, Corea del Sur, Japón).

Los países del tercer grupo están en dificultades debido al fuerte aumento de la tasa de dependencia de las personas de edad, que es la relación entre los mayores de 65 años y la población en edad de trabajar (20-64 años). Cuanto más aumenta este índice, más se acentúan los desequilibrios entre generaciones. En los países occidentales, sin embargo, el crecimiento no solo se debe al aumento del numerador (los ancianos) sino también a la disminución del denominador (el que hace crecer la economía, financia y hace funcionar el sistema de bienestar público).

5.

Sin embargo, el cambio en curso no es solo cuantitativo sino también cualitativo.

La mejora continua de las condiciones de vida y de salud ha hecho que sea cada vez más común llegar a edades que en el pasado sólo alcanzaba una pequeña minoría de la población y en condiciones a menudo precarias.

En el pasado, las fases a lo largo de la (corta) vida útil no cambiaban sustancialmente de una generación a la siguiente, y la estructura de la población permanecía sustancialmente sin cambios (en forma de pirámide). Lo que está ocurriendo hoy no es solo el cambio en la estructura demográfica (y por lo tanto la relación entre generaciones), sino también una revolución en las fases de la vida.

El umbral de entrada en la vejez ya no es fijo, como lo ha sido durante milenios, sino que es dinámico y está destinado a avanzar continuamente. Esto también significa que no solo ya no se aplican los umbrales de edad utilizados en el pasado para delimitar las diversas estaciones de la vida, sino que cada generación debe actualizarlos continuamente con respecto a la anterior.

En particular, como consecuencia del aumento de la longevidad, se está creando una fase inédita a lo largo del curso de la vida entre la salida de la condición plenamente adulta (en la que las limitaciones familiares y laborales siguen siendo relevantes) y la fase propiamente anciana (en la que prevalece la condición de pérdida de la autosuficiencia y limitación en las relaciones sociales). Es una fase de la vida, actualmente entre los 60 y los 75 años, en fuerte cambio tanto cuantitativa como cualitativamente, que plantea un desafío histórico en la organización personal y en la producción de valor social.

6.

La longevidad debe considerarse una oportunidad. Pero para vivir bien y durante mucho tiempo, necesitamos políticas que pongan a las personas en condiciones de invertir en la calidad de su existencia. Y que les permitan contar con una asistencia adecuada cuando entren en una condición de no autosuficiencia. Pero también necesitamos una base sólida de jóvenes que la caída de la tasa de natalidad está erosionando fuertemente en muchos países. Es una ilusión pensar que podemos vivir bien agregando vida frente a nosotros, pero dejando un desierto detrás de nosotros.

La sociedad de la longevidad plantea el desafío de hacer del planeta un lugar donde todos puedan vivir bien y de manera sostenible durante mucho tiempo. Un reto que solo se puede ganar poniendo a la persona en el centro, favoreciendo las condiciones que den dignidad y valor a todas las etapas de la vida y promuevan el diálogo y la colaboración entre generaciones dentro de la familia, el contexto laboral y la sociedad. “

IN UNITATE FIDEI: LA CARTA APOSTÓLICA DE LEÓN XIV SOBRE EL CONCILIO DE NICEA

A pocos días del Viaje Apostólico a Turquía para conmemorar el 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea, el Papa León XIV publica una nueva Carta apostólica reafirmando “en la unidad de la fe” la respuesta de los Padres conciliares que “confesaron que Jesús es el Hijo de Dios”. Y su exhortación a la Comunidad Cristiana a “ser signo de paz e instrumento de reconciliación”.

 “En la unidad de la fe, proclamada desde los orígenes de la Iglesia, los cristianos están llamados a caminar concordes, custodiando y transmitiendo con amor y con alegría el don recibido”, así empieza la Carta apostólica In unitate fidei que publica este el Papa León XIV este 23 de noviembre, en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, y en vísperas de su primer viaje apostólico a Turquía para conmemorar el 1700 aniversario del Concilio de Nicea.

TEXTO COMPLETO DE LA CARTA APOSTÓLICA «IN UNITATE FIDEI»

«Creemos en Jesucristo, Hijo único de Dios, que por nuestra salvación bajó del cielo»

En la Carta apostólica el Santo Padre profundiza los temas esenciales del Concilio de Nicea y su importancia actual para fe de la Iglesia y o bautizados, reflexionando con el documento de la Comisión Teológica Internacional: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. El 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea.

La profesión de fe en Jesucristo

“En este Año Santo -escribe el Papa León XIV- dedicado a Cristo, quien es nuestra esperanza, es una coincidencia providencial que se celebre también el 1700 aniversario del primer Concilio Ecuménico de Nicea, que en el 325 proclamó la profesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios. Este es el corazón de la fe cristiana”.

El Papa recuerda que “los tiempos del Concilio de Nicea no eran menos turbulentos. Cuando comenzó, en el 325, aún estaban abiertas las heridas de las persecuciones contra los cristianos”. Y con las amenazas externas también “surgieron disputas y conflictos en la Iglesia”, de manera precisa la doctrina de Arrio quien “enseñaba que Jesús no es verdaderamente el Hijo de Dios”.

“Se trataba del centro de la fe cristiana, es decir, de la respuesta a la pregunta decisiva que Jesús había planteado a los discípulos en Cesarea de Filipo: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (cf. Mt 16,15)”

La respuesta de los Padres conciliares

En respuesta los Padres conciliares en Nicea “confesaron que Jesús es el Hijo de Dios en cuanto es «de la misma sustancia (ousia) del Padre […] generado, no creado, de la misma sustancia (homooúsios) del Padre». Con esta definición se rechazaba radicalmente la tesis de Arrio. Para expresar la verdad de la fe, el Concilio usó dos palabras, “sustancia” (ousia) y “de la misma sustancia” (homooúsios)”

El Pontífice resalta también del “Credo de Nicea, el verbo descendit, «descendió»”, y “la afirmación bíblica «se hizo carne»”. Y explica que “Nicea toma así distancia de la falsa doctrina según la cual el Logos habría asumido sólo un cuerpo como revestimiento exterior, pero no el alma humana, dotada de entendimiento y libre albedrío. Al contrario, quiere afirmar lo que el Concilio de Calcedonia (451) declararía explícitamente: en Cristo, Dios ha asumido y redimido al ser humano entero, con cuerpo y alma. El Hijo de Dios se hizo hombre —explica san Atanasio— para que nosotros, los hombres, pudiéramos ser divinizados”.

“La divinización no tiene nada que ver con la auto-deificación del hombre. Por el contrario, la divinización nos protege de la tentación primordial de querer ser como Dios (cf. Gn 3,5). Aquello que Cristo es por naturaleza, nosotros lo llegamos a ser por gracia”

La profesión de fe hoy

En su reflexión, León XIV advierte que “hoy, para muchos, Dios y la cuestión de Dios casi ya no tienen significado en la vida. El Concilio Vaticano II recalcó que los cristianos son al menos en parte responsables de esta situación, porque no dan testimonio de la verdadera fe y ocultan el auténtico rostro de Dios con estilos de vida y acciones alejadas del Evangelio”.

Y con el Credo de Nicea invita a un examen de conciencia: ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos?, entre otras preguntas

“En el centro del Credo niceno–constantinopolitano destaca la profesión de fe en Jesucristo, nuestro Señor y Dios. Este es el corazón de nuestra vida cristiana. Por eso nos comprometemos a seguir a Jesús como Maestro, compañero, hermano y amigo”

El valor ecuménico de Nicea

También en la Carta el Papa reconoce que “el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico”. Enumerando algunos frutos: “compartimos de hecho la fe en el único y solo Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios Jesucristo y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio”.

Exhortando también a que “la única Comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz”.

“Necesitamos un ecumenismo espiritual de oración, alabanza y culto, como sucedió en el Credo de Nicea y Constantinopla”

Y concluye el Papa León XIV con una oración invocando al Espíritu Santo: “… Indícanos los caminos que hay que recorrer, para que con tu sabiduría volvamos a ser lo que somos en Cristo: una sola cosa, para que el mundo crea. Amén.”

Enlace:

https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251123-in-unitate-fidei.html

Johan Pacheco – Ciudad del Vaticano

Para Vatican News

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CATEQUESIS PAPA LEON XIV. JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LOS DESAFÍOS DEL MUNDO ACTUAL. 6. ESPERAR EN LA VIDA PARA GENERAR VIDA

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos!

La Pascua de Cristo ilumina el misterio de la vida y nos permite mirarlo con esperanza. Esto no es siempre fácil o se da por descontado. Muchas vidas, en todas las partes del mundo, aparecen como fatigadas, dolorosas, llenas de problemas y de obstáculos por superar. Sin embargo, el ser humano recibe la vida como un don: no la pide, no la elige, la experimenta en su misterio desde el primer día hasta el último. La vida tiene su especificidad extraordinaria: nos es ofrecida, no podemos dárnoslas nosotros mismos, y tiene que ser alimentada constantemente: es necesario un cuidado que la mantenga, la haga dinámica, la custodie, la relance. Se puede decir que la pregunta sobre la vida es una de las cuestiones abismales del corazón humano. Hemos entrado en la existencia sin haber hecho nada para decidirlo. Da esta evidencia brotan como un rio en crecida las preguntas de todo tiempo: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es el sentido final de todo este viaje? En efecto, vivir invoca un sentido, una dirección, una esperanza. Y la esperanza actúa como el impulso profundo que nos hace caminar en las dificultades, que no nos hace rendirnos ante las fatigas del viaje, que nos asegura que el peregrinaje de la existencia nos conduce a casa. Sin esperanza la vida corre peligro de aparecer como un paréntesis entre dos noches eternas, una breve pausa entre el antes y el después de nuestro paso por la tierra. Esperar en la vida significa en cambio saborear la meta, creer como seguro aquello que no vemos, todavía no vemos ni tocamos, fiarse y confiarse en el amor de un Padre que nos ha creado porque nos ha querido con amor y nos quiere felices.

Queridos, en el mundo hay una enfermedad difundida: la falta de confianza en la vida. Como si nos hubiésemos resignado a una fatalidad negativa, de renuncia. La vida corre el riesgo de no representar más una posibilidad recibida como don, sino una incógnita, casi una amenaza de la cual preservarse para no desilusionarnos. Por esto, el valor de vivir y de generar vida, de testimoniar que Dios es por excelencia «El amante de la vida», como afirma el Libro de la Sabiduría (11,26), es hoy más que nunca un llamado urgente.

En el Evangelio Jesús confirma constantemente su premura por curar a los enfermos, resanar cuerpos y espíritus heridos, volver a dar vida a los muertos. De esta manera, el Hijo encarnado revela al Padre: restituye dignidad a los pecadores, acuerda el perdón de los pecados e incluye a todos, especialmente a los desesperados, a los excluidos, a los alejados de su promesa de salvación.

Generado del Padre, Cristo es la vida y ha generado vida sin ahorrarse hasta donarnos la suya, y nos invita a donar nuestra vida. Generar quiere decir poner vida en otro. El universo de los vivientes se ha extendido a través de esta ley, que en la sinfonía de las criaturas conoce un admirable “crescendo” culminante en el dueto del hombre y de la mujer: Dios los ha creado según su propia imagen y a ellos ha confiado la misión de generar también a su imagen, ósea por amor y en el amor.

Desde el inicio la Sagrada Escritura nos revela que la vida justamente en su forma más elevada, aquella humana, recibe el don de la libertad y se convierte en un drama. Así las relaciones humanas están también marcadas por la contradicción, hasta el fratricidio. Caín percibe al hermano Abel como una competencia, una amenaza, y en su frustración no se siente capaz de amarlo y de estimarlo. He aquí los celos, la envidia, la sangre (Gen 4,1-16). La lógica de Dios, en cambio, es otra. Dios permanece fiel por siempre a su diseño de amor y de vida; no se cansa de sostener a la humanidad también, cuando tras los rastros de Caín, obedece al instinto ciego de la violencia en las guerras, en las discriminaciones, en el racismo, en las múltiples formas de esclavitud.

Generar significa entonces confiarse en el Dios de la vida y promover lo humano en todas sus expresiones: ante todo en la maravillosa aventura de la maternidad y de la paternidad, también en contextos sociales en los que las familias fatigan en el sostener lo oneroso del cotidiano, siendo a menudo truncadas en sus proyectos y en sus sueños. En esta misma lógica, generar es comprometerse con una economía solidaria, buscar el bien común igualmente usufructuado por todos, respetar y cuidar a la creación, ofrecer consuelo con la escucha, la presencia, la ayuda concreta y desinteresada.

Hermanas y hermanos, la Resurrección de Jesucristo es la fuerza que nos sostiene en este desafío, también allí donde las tinieblas del mal oscurecen el corazón y la mente. Cuando la vida parece haberse apagado, bloqueado, he aquí que el Señor Resucitado pasa de nuevo, hasta el fin de los tiempos, y camina con nosotros y por nosotros. Él es nuestra esperanza.

LEÓN XIV SOBRE NICEA: ECUMENISMO Y ENCARNACIÓN

Seguimos celebrando el 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Durante este año se han celebrado numerosos congresos que nos han recordado su importancia. Este concilio fue el primer acontecimiento ecuménico del cristianismo, al que siguen apelando todas las confesiones cristianas para confesar que “Jesucristo es el Hijo único de Dios, que por nuestra salvación bajo del cielo”.

Con fecha del 23 de noviembre, León XIV ha escrito una carta apostólica para recordar este acontecimiento, con el significativo título de: “En la unidad de la fe”. En efecto, en la profesión de fe de Nicea estamos unidos todos los cristianos. El Concilio Vaticano II habló de un orden o jerarquía de verdades que convenía tener presente en cuestiones ecuménicas. Resulta, pues, que en la verdad más importante estamos de acuerdo todas las Iglesias y confesiones cristianas, a saber, que Jesucristo es el Hijo de Dios. Si lo más importante nos une, entonces las diferencias son sobre cuestiones “menos importantes”.

Por eso el Papa afirma que el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico. Y aunque la plena unidad con las Iglesias ortodoxas y las comunidades nacidas de la Reforma protestante todavía no ha sido lograda, el diálogo ecuménico, sobre la base del Credo niceno, nos permite considerar a ortodoxos y protestantes como hermanos “y redescubrir la única y universal Comunidad de los discípulos de Cristo en todo el mundo”, pues compartimos la fe en el único y sólo Dios, Padre de todos los hombres, en el único Señor Jesucristo y en el único Espíritu Santo, “que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio”. ¡Realmente lo que nos une, exclama León XIV, es mucho más que lo que nos divide! “De este modo, en un mundo dividido y desgarrado por muchos conflictos, la única Comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz”.

Ahora que nos acercamos a la fiesta de la Navidad vale la pena indicar que el Papa ofrece en su carta una serie de buenas reflexiones sobre el misterio de la Encarnación. “Los Padres de Nicea quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo”. El Credo niceno no nos habla “de un Dios lejano, inalcanzable, inmóvil, que descansa en sí mismo, sino de un Dios que está cerca de nosotros, que nos acompaña en nuestro camino por las sendas del mundo y en los lugares más oscuros de la tierra. Su inmensidad se manifiesta en el hecho de que se hace pequeño, se despoja de su infinita majestad haciéndose nuestro prójimo en los pequeños y en los pobres”.

Si con su Encarnación, Dios ha manifestado que “nos ama con todo su ser, entonces también nosotros debemos amarnos unos a otros. No podemos amar a Dios, a quien no vemos, sin amar también al hermano y a la hermana que vemos (cf. 1 Jn 4,20). El amor a Dios sin el amor al prójimo es hipocresía”.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

SOBRE RERUM NOVARUM (I)

Comenzamos hoy una serie de artículos que nos acercaran a la encíclica que fue revolucionaria  “Rerum Novarum”  que sigue estando en total vigencia con la que el Papa León XIII dio contestación a los movimientos revolucionarios que agitaban a los pueblos con el afán de cambiarlo todo.

Así comienza de una manera única la doctrina social de la iglesia y es el motivo por el que el Papa actual se puso por nombre León XIV. Lo que lleva a pensar que es importante para él: Sobre la situación de los obreros.

Debido al cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros. La acumulación de la riqueza en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría. La unión de los obreros y la relajación de la moral han determinado una confrontación; esto implica a toda la sociedad a los sabios, las asambleas del pueblo, a los  legisladores  y a las decisiones de los gobernantes, un tema que preocupa hondamente al hombre.

En esta situación social el Papa vela por la causa de la iglesia y  por la salvación de todos los hombres. Sobre la situación de los obreros el Papa se dirige al poder político, hablando sobre la libertad humana, sobre la cristiana constitución de los estados, y también para aclarar algunas opiniones al respecto.

El Papa quiere que resplandezcan los principios con que poder deprimir la contienda, la confrontación en función de la verdad y la justicia; reconoce que el asunto es difícil y no exento de peligros, porque es difícil de determinar los derechos y deberes dentro de los cuales han de mantenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que aportan el trabajo, es una discusión peligrosa.

Hay quienes se aprovechan para torcer el juicio de la verdad y para agitar a la masa de obreros.

El Papa quiere proveer de manera oportuna el bien de las gentes de condición humilde que es la inmensa mayoría, la que esta en situación de miseria.

(Continuará)

Rvdo. D. Pascual Millán Arregui

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA CATALINA LABOURÉ

Nació en Francia, de una familia campesina, en 1806. Al quedar huérfana de madre a los 9 años le encomendó a la Santísima. Virgen que le sirviera de madre, y la Madre de Dios le aceptó su petición. Como su hermana mayor se fue de monja vicentina, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir.

A los 14 años pidió a su papá que le permitiera irse de religiosa a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía a Nuestro Señor que le concediera lo que tanto deseaba: ser religiosa. Y una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: «Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos». La imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre en la memoria.

Al fin, a los 24 años, logró que su padre la dejara ir a visitar a la hermana religiosa, y al llegar a la sala del convento vio allí el retrato de San Vicente de Paúl y se dió cuenta de que ese era el sacerdote que había visto en sueños y que la había invitado a ayudarle a cuidar enfermos. Desde ese día se propuso ser hermana vicentina, y tanto insistió que al fin fue aceptada en la comunidad.

El 27 de noviembre de 1830 estando Santa Catalina rezando en la capilla del convento, la Virgen María se le apareció totalmente resplandeciente, derramando de sus manos hermosos rayos de luz hacia la tierra. Ella le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen María «M», y una cruz, con esta frase «Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti». Y le prometió ayudas muy especiales para quienes lleven esta medalla y recen esa oración.

Catalina le comentó a su confesor esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo el sacerdote al darse cuenta de la santidad de Catalina, intercedió ante el Arzobispo para obtener el permiso para hacer las medallas y por ende, los milagros.

Desde 1830, fecha de las apariciones, hasta 1876, fecha de su muerte, Catalina estuvo en el convento sin que nadie se le ocurriera que ella era a la que se le había aparecido la Virgen María para recomendarle la Medalla Milagrosa. En los últimos años obtuvo que se pusiera una imagen de la Virgen Milagrosa en el sitio donde se le había aparecido.

Al fin, ocho meses antes de su muerte, fallecido ya su antiguo confesor, Catalina le contó a su nueva superiora todas las apariciones con todo detalle y se supo quién era la afortunada que había visto y oído a la Virgen. Por eso cuando ella murió, todo el pueblo se volcó a sus funerales.

En 1947 el Santo Padre Pío XII declaró santa a Catalina Labouré.