LA SANTA DE LA SEMANA, SANTA JULIA BRILLIART

Fundadora y primera superiora general de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Namur, nació el 12 de julio de 1751 en Cuvilly, un pueblo de Picardía, en la diócesis de Beauvais, departamento de Oise, Francia; murió el 8 de abril de 1816, en la casa matriz de su instituto, Namur, Bélgica. Era la sexta de siete hijos de Jean- François Billiart y su esposa, Marie-Louise-Antoinette Debraine. La infancia de Julie fue notable; a los siete años de edad ya sabía de memoria el catecismo y solía reunir a sus compañeros en torno suyo para oírlos recitarlo y explicárselos. Su educación se limitó a los rudimentos obtenidos en la escuela del pueblo, sostenida por su tío, Thibault Guilbert. Su progreso en cuestiones espirituales fue tan rápido que el sacerdote parroquial, M. Dangicourt, le permitió hacer su Primera Comunión y confirmarse a los nueve años de edad. Hizo en ese tiempo un voto de castidad. Los infortunios se precipitaron sobre la familia Billiart cuando Julie tenía 16 años y ella se entregó generosamente a ayudar a sus padres, trabajando en el campo con los cosecheros. Se le tenía en tan alta estima por su virtud y piedad que se le conocía como “la santa de Cuvilly”. A los 24 años, un choque nervioso ocasionado por un disparo de pistola dirigido contra su padre por un enemigo del que no se sabe más la paralizó de las extremidades inferiores, lo que en unos cuantos años la confinó a su cama, lisiada y dependiente, a donde permaneció durante 22 años. Durante ese tiempo, al recibir la diaria comunión, Julie hacía provecho de una excepcional don para rezar, y permanecía en contemplación durante cuatro o cinco horas diarias. El resto del tiempo lo destinaba a confeccionar manteles y encajes para el altar, y a la catequesis de los niños del pueblo, a los que reunía alrededor de su cama, prestándoles particular atención a los que se preparaban para su Primera Comunión.

En Amiens, a donde los turbulentos tiempos de la Revolución Francesa obligaron a Julie Billiart a refugiarse, en compañía de la condesa Baudoin, conoció a Françoise Blin de Bourdon, vizcondesa de Gizaincourt, destinada a convertirse en su colaboradora en la magna tarea que las dos ignoraban les estaba reservada, la vizcondesa, de 38 años en ese tiempo, había pasado su juventud piadosamente, entregada a causas buenas; durante el Terror padeció encarcelamiento, con toda su familia, escapando a la muerte sólo por la caída de Robespierre. En un principio, la paralítica casi muda no la atrajo, pero gradualmente llegó a amarla y admirarla, por sus maravillosos dones del alma. Se formó un pequeño grupo de jóvenes damas de alcurnia, amigas de la vizcondesa, en torno al lecho de “la santa”. Julie les enseñaba cómo conducir la vida interior, mientras ellas se consagraban generosamente a la causa de Dios y sus pobres. Aunque intentaron todos los ejercicios propios de la vida de comunidad, debieron faltar ciertos elementos de estabilidad, pues estas primeras discípulas desertaron hasta no quedar más que Françoise Blin de Bourdon. Nunca se separaría ya de Julie y en 1803, atendiendo al padre Varin, superior de los Padres de la Fe, y bajo los auspicios del obispo de Amiens, se sentó el cimiento del Instituto de las Hermanas de Nuestra Señora, una sociedad que tenía por objetivo primordial la salvación de niños pobres. Varios jóvenes se ofrecieron para ayudar a las dos superiores. Los primeros pupilos fueron ocho huérfanos. El 1º de junio de 1804, fiesta del Sagrado Corazón, la madre Julie se curó de su parálisis, al cabo de una novena rezada por orden de su confesor. El 15 de octubre de 1804, Julie Billiart, Françoise Blin de Bourdon, Victoire Leleu y Justine Garson tomaron los primeros votos de religión, cambiando sus apellidos por nombres de santos. Se proponían como tarea de vida la educación cristiana de las niñas y la preparación de maestras religiosas que habrían de ir a donde se solicitaran sus servicios. A guisa de prueba, el padre Varin dio a la comunidad una regla provisional, con tanto acierto en su visión a largo plazo que en lo esencial nunca ha cambiado. En vista de la propagación del instituto, dispuso que lo gobernara una superior general, responsable de visitar las casas y nombrar a las superiores locales, correspondientes con los miembros dispersos en diferentes conventos, y de asignar las rentas de la sociedad. Desde un principio, la fundadora estableció las devociones características de las Hermanas de Nuestra Señora. Ella fue además la primera en hacer de lado la secular distinción entre hermanas ordenadas y legas, pero esta perfecta igualdad de rango no impidió de manera alguna que pusiera a cada una a trabajar en las labores para las que su capacidad y educación la hacían apta. Julie daba gran importancia a la formación de las hermanas destinadas a las escuelas, en lo que recibió la capaz ayuda de la madre San José (Françoise Blin de Bourdon), ella misma recipendaria de una educación excepcional.

Cuando se aprobó la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora, por decreto imperial, el 19 de junio de 1806, sumaba 30 miembros. Ese año y durante los siguientes, se hicieron fundaciones en varias poblaciones de Francia y Bélgica, siendo las más importantes las de Gante y Namur, siendo la madre San José la primera superior de la segunda. La propagación del instituto más allá de la diócesis de Amiens causó a la fundadora el más grande dolor de su vida. Con la ausencia del padre Varin de esa ciudad, el confesor de la comunidad, el abad de Sambucy de St. Estève, hombre de logros e inteligencia superior pero emprendedor y poco juicioso, se propuso cambiar la regla y las constituciones fundamentales de la nueva congregación, a fin de ponerla en concordancia con las antiguas órdenes monásticas. Influyó a tal punto sobre el obispo, monseñor Demandoix, que la madre Julie pronto no tuvo mayor alternativa que abandonar la diócesis, acogiéndose a la buena voluntad de monseñor Pisani de la Gaude, obispo de Namur, quien la invitó a hacer de su ciudad episcopal el centro de la congregación, de necesitarlo. Al dejar Amiens, la madre Julie expuso la cuestión ante todas sus seguidoras, dejándolas en abierta libertad de permanecer o seguirla. Todas menos dos eligieron acompañarla y así, a mediados de invierno de 1809, el convento de Namur se convirtió en la casa matriz del instituto, como continúa al día de hoy. Desengañado al poco tiempo, monseñor Demandoix intentó cuanto estuvo en su poder por atraer a la madre Julie de regreso a Amiens, a reconstruir el instituto. Ella efectivamente volvió, pero luego de una infructuosa tarea a la búsqueda de seguidoras y rentas, regresó a Namur. Los siete años que le quedaban los dedicó a formar a sus hijas en una piedad sólida y en el espíritu interior, en lo que ella misma era el ejemplo. Monseñor De Broglie, obispo de Gante, decía de ella que había salvado más almas por su vida interior en unión con Dios que por su apostolado externo. En situaciones de peligro y necesidad, recibió favores sobrenaturales, lo mismo que auxilios no solicitados. En el lapso de doce años (1804-1816) fundó 15 conventos, realizó 120 viajes, muchos largos y arduos, y mantuvo estrecha correspondencia con sus hijas espirituales. Se conservan cientos de sus cartas en la casa matriz. En 1815, siendo Bélgica campo de batalla de las guerras napoléonicas, la madre general padeció gran angustia pues varios de sus conventos quedaban en el camino de los ejércitos, pero todos salieron ilesos. En enero de 1816 cayó enferma y luego de tres meses de dolor sobrellevados paciente y silenciosamente, murió con la Magnífica en sus labios. La fama de su santidad se propagó al extranjero, confirmándola varios milagros. Su causa de beatificación, iniciada en 1881, se completó en 1906, declarándola bendita por decreto del Papa Pío X fechado el 13 de mayo. [Nota: fue canonizada en 1969 por el Papa Paulo VI].

En el plano espiritual, el rasgo principal de santa Julia es su ardiente caridad, que brota de una fe entusiasta y se manifiesta en su sed por el que sufre y su ardor por las almas. Toda su alma encuentra un eco en la sencilla e inocente fórmula que de continuo tenía en sus labios y su pluma: “Oh, qu’il est bon, le bon Dieu” (¡Vaya que es bueno el buen Dios!). Poseía todas las cualidades del superior perfecto e inspiró a sus seguidoras con confianza filial y tierno afecto.

HERMANA DE NOTRE DAME Transcrito por H. Jon Thomas Traducido por Gabriel E. Breña

MÚSICA SACRA: TERRA TREMUIT, EL NACIMIENTO DE LA ARMONÍA

Con este canto, Terra Tremuit, la tierra tembló, estamos ante algo así como el nacimiento de la armonía en la música occidental, es decir, la producción de sonidos diferentes al mismo tiempo y cuyo conjunto suena bien, es armónico.

Son los comienzos de la Edad Media, en torno al año 600, y en aquella época la actividad cultural pasaba por la iglesia, que era la única institución medianamente organizada y con capacidad para recoger documentos. Lo que no quiere decir que este tipo de cantos fuera una creación suya. Probablemente se daban entre la gente del campo y lo que hizo la iglesia fue recogerlos y adaptarlos a sus temas e intereses.

Esta es una reconstrucción del Ensemble Organum bajo la dirección de Marcel Peres. Si no hacemos caso del texto en latín, resulta de lo más relajante. Atención a la voz grave que resuena por debajo del coro.

El texto  en latin dice:

Terra tremuit et quievit, Dum resurgeret in judicio Deus, alleluia.

Notus in Judea Deus in Israel magnum nomen eius, alleluia! Dum resurgeret in iudicio Deus, alleluia.

Et factus est in pace locus eius et habitatio eius in Sion, alleluia! Dum resurgeret in iudicio Deus, alleluia.

Ibi confregit cornua arcum, scutum, gladium et bellum, iluminans tu mirabiliter a montibus aeternis, alleluia.

Terra tremuit et quievit, Dum resurgeret in judicio Deus, alleluia.

Y su traducción en castellano

La tierra tembló y quedó quieta, cuando Dios se levantó para juzgar, aleluya.

Dios es conocido en Judea, su nombre es grande en Israel, aleluya. Cuando Dios se levantó para juzgar, aleluya.

Y su lugar fue establecido en paz, y su morada en Sion, aleluya. Cuando Dios se levantó para juzgar, aleluya.

Allí quebró los cuernos, el arco, el escudo, la espada y la guerra, tú que iluminas maravillosamente desde las montañas eternas, aleluya.

La tierra tembló y quedó quieta, cuando Dios se levantó para juzgar, aleluya.

Pinchando en el enlace puedes escuchar esta maravilla del canto A Capella

https://www.youtube.com/watch?v=p4bXqYU88lE

SAN JUAN PABLO II Y SANTA FAUSTINA KOWALSKA: TESTIMONIOS DE LA DIVINA MISERICORDIA

“Santa Faustina Kowalska y San Juan Pablo II apóstoles de la Divina Misericordia”, lo dijo el Papa Francisco. Aunque nunca se conocieron, la providencia unió sus caminos: San Juan Pablo II canonizó a Sor Faustina en el año 2000 y estableció el segundo domingo de Pascua como el “Domingo de la Misericordia Divina”. El camino de ambos se unió de nuevo en la JMJ Cracovia 2016

En 1967, el entonces Cardenal Karol Wojtyla presidió la sesión solemne que puso punto final al proceso informativo diocesano para recopilar todos los datos y testimonios sobre la vida y obra de Santa María Faustina Kowalska. Las actas del proceso fueron enviadas a Roma para que se abra el proceso de beatificación de la vidente del Señor de la Divina Misericordia.  Más adelante el Papa Juan Pablo II beatificó (1993) y canonizó (2000) a Santa Faustina, justamente en el segundo domingo de Pascua de ambos años.  El 30 de abril de 2000, el Papa proclamó el segundo domingo de Pascua como el “Domingo de la Misericordia Divina” para todo el mundo.

En 1980, San Juan Pablo II, había publicado su carta encíclica titulada “Dives in Misericordia”, sobre la misericordia divina, en la que anima a los fieles a regresar la mirada al misterio del amor misericordioso de Dios. «Es conveniente ahora que volvamos la mirada a este misterio: lo están sugiriendo múltiples experiencias de la Iglesia y del hombre contemporáneo; lo exigen también las invocaciones de tantos corazones humanos, con sus sufrimientos y esperanzas, sus angustias y expectación», escribió.

San Juan Pablo II: El gran devoto de la Divina Misericordia

En el 2002, Juan Pablo II estableció que el “Domingo de la Misericordia Divina” se enriquezca con indulgencias, con las que se pueden beneficiar también los enfermos, navegantes de altamar o aquellos que por causa justa no puedan abandonar su casa o desempeñen una actividad impostergable. Ese mismo año, el Santo Padre viajó a Cracovia (Polonia) y en el Santuario de la Misericordia Divina consagró el mundo a Jesús de la Divina Misericordia.

“Dios, Padre misericordioso, que has revelado tu amor en tu Hijo Jesucristo y lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu Santo, Consolador, te encomendamos hoy el destino del mundo y de todo hombre”, fueron algunas de las palabras de su oración.

La providencia unió los caminos de San Juan Pablo II y Santa Faustina

En 1938, cuando el joven de 18 años, Karol Wojtyla, llegó a Cracovia para estudiar en la Universidad Jagiellonica, Sor Faustina ya tenía 33 años y vivía en un convento de la ciudad. La Santa falleció el 5 de octubre de aquel año, justo cuando el que sería Papa 40 años después empezaba el primer curso de filología polaca. Sobre Santa Faustina el Cardenal emérito Stanislao Dziwisz dijo:

“Santa Faustina era una monja extraordinaria, no tuvo educación, sin embargo, Cristo la llamó y le confió la misión de llevar el mensaje de la Divina Misericordia a todo el mundo. Es útil recordar sus palabras: ‘La humanidad no encontrará ni paz ni tranquilidad hasta que no se vuelva con confianza a Mi Divina Misericordia’ (…) Tal vez algún día la devoción a la misericordia divina se vuelva realidad, para que así podamos vivir en paz, tanto en Europa como en el mundo”, dijo el purpurado.

San Juan Pablo II, Santa Faustina: testimonios de la Divina Misericordia

San Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005, la noche previa al Domingo de la Divina Misericordia de aquel año.

El Papa Benedicto XVI beatificó a Juan Pablo II el 1 de mayo de 2011, en el segundo domingo de Pascua, y el Papa Francisco lo canonizó el 27 de abril de 2014, también Fiesta de la Misericordia.

La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje:

Dios es Misericordioso y nos ama a todos … «y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia»(Diario, 723).

El Papa Francisco alentó a seguir el ejemplo del Papa San Juan Pablo II y de Santa Faustina Kowalska, a quienes se refirió como “luminosos testimonios” de la Divina Misericordia y recordó algunas palabras del Papa Wojtyla escritas en su encíclica encíclica Dives in misericordia:

“Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en contacto con toda la «condición humana» histórica, que de distintos modos manifiesta la limitación y la fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral”.

Y citando a Santa Faustina Kowalska, Francisco dijo que en su diario anotó la siguiente exhortación que le hizo el mismo Señor Jesús: “Hija mía, observa mi corazón misericordioso y reproduce en tu corazón y en tus acciones su piedad, de modo que tú misma, proclames en el mundo mi misericordia inflamándola”.

San Oscar Romero: “Misericordia expresión más acabada del amor”

Mons. Oscar Romero, el 11 de junio de 1978 en su homilía, recordaba que la Misericordia es la expresión más acabada del amor. “El amor que se entrega, que es lástima, que es perdón, que es comprensión, que es justicia, que es entenderse con todos. Misericordia quiere decir, dijo, no el orgullo de los fariseos que desprecian a los marginados, sino la acogida del Dios que siendo riquísimo ha venido a buscar a los pobres; a quienes no quieren sentarse a comer con ellos. Misericordia es la bondad expresada en hechos, no en palabras”.

El significado de la misericordia, dijo el prelado, cada uno de los cristianos lo comprende mejor, “porque todos creo que hemos tenido algún pequeño acto de misericordia para otros, y sobre todo, hemos sido objeto de misericordia: Si Dios nos hubiera tenido misericordia cuando caímos en tantas culpas, dónde estuviéramos… Si Dios no tuviera misericordia de perdonamos antes de morir, adónde iríamos. Y tal vez en la relación humana, hemos tenido muchos gestos de misericordia dados por nosotros, o recibidos también por nosotros. Dichoso aquél que puede contar en su vida muchos actos de misericordia. ¡Eso es lo que quiere Dios!”

Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano para Vatican News

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: I. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA LUMEN GENTIUM. 6. PIEDRAS VIVAS EN LA IGLESIA Y TESTIGOS EN EL MUNDO: LOS LAICOS EN EL PUEBLO DE DIOS

Hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Seguimos nuestro camino de reflexión sobre la Iglesia como se nos presenta en la Constitución conciliar Lumen gentium (LG). Hoy afrontamos el cuarto capítulo, que trata sobre los laicos. Todos recordamos lo que al Papa Francisco le gustaba repetir: «Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 102).

Esta sección del Documento se preocupa de explicar en positivo la naturaleza y la misión de los laicos, después de siglos en los que habían sido definidos simplemente como aquellos que no forman parte de los clérigos o de los consagrados. Por esto me gusta releer con vosotros un pasaje muy hermoso, que habla de la grandeza de la condición cristiana: «Por tanto, el Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: ‘un Señor, una fe, un bautismo’ (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad» (LG, 32).

Antes que cualquier diferencia de ministerio o de estado de vida, el Concilio afirma la igualdad de todos los bautizados. La Constitución no quiere que se olvide lo que ya había afirmado en el capítulo sobre el pueblo de Dios, es decir que la condición del pueblo mesiánico es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios (cfr LG, 9).

Naturalmente, cuanto más grande es el don, más grande también es el compromiso. Por esto el Concilio, junto con la dignidad, subraya también la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. ¿Pero dónde se funda esta misión y en qué consiste? Nos lo dice la descripción misma de los laicos que el Concilio se propone: «Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos […] que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde» (LG, 31).

El pueblo santo de Dios, por tanto, nunca es una masa informe, sino el cuerpo de Cristo o, como decía san Agustín, el Christus totus: es la comunidad orgánicamente estructurada, en virtud de la relación fecunda entre sus formas de participación al sacerdocio de Cristo: sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial (cfr LG, 10). En virtud del Bautismo, los fieles laicos participan al mismo sacerdocio de Cristo. De hecho, «Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta» (LG, 34).

¿Cómo no recordar, en este sentido, a san Juan Pablo II y su exhortación apostólica Christifideles laici (30 de diciembre de 1988)? En ella él subrayaba que «el Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y  los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo,  han convocado a todos los fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña» (n. 2). De este modo, mi venerado predecesor relanzaba el apostolado de los laicos, a quienes el Concilio había dedicado un Documento específico, del que hablaremos más adelante. [1]

El amplio campo del apostolado laical no se limita al espacio de la Iglesia, sino que se amplía al mundo. La Iglesia, de hecho, está presente en todos los lugares donde sus hijos profesan y testimonian el Evangelio: en los ambientes de trabajo, en la sociedad civil y en todas las relaciones humanas, allá donde ellos, con sus elecciones, muestran la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán plenas en el Reino de Dios. El mundo necesita que «se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz» (LG, 36). ¡Y esto es posible solamente con la contribución, el servicio y el testimonio de los laicos!

Es la invitación a ser esa Iglesia “en salida” de la que nos ha hablado el Papa Francisco: una Iglesia encarnada en la historia, siempre abierta a la misión, en la que todos estamos llamados a ser discípulos-misioneros, apóstoles del Evangelio, testigos del Reino de Dios, ¡portadores de la alegría del Cristo que hemos encontrado!

Hermanos y hermanas, ¡la Pascua que nos preparamos a celebrar renueve en nosotros la gracia de ser, como María Magdalena, como Pedro y Juan, testigos del Resucitado!

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[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem (18 de noviembre 1965).

Fuente: The Holy See

EL PADRE ENTREGA AL HIJO: IMPOSIBLE AMAR MÁS

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). La historia de Abraham, que oye una voz de Dios que le pide que le ofrezca en holocausto a su hijo Isaac, tiene muchas vertientes, pero hay una que puede iluminar este texto del evangelio de Juan que afirma que el insuperable amor de Dios se manifiesta en la entrega de su Hijo al mundo.

La carta a los hebreos interpreta el sacrificio de Abraham a la luz de la resurrección de Cristo y ve en Abraham a un hombre de fe que pensaba que poderoso era Dios para resucitar a Isaac de entre los muertos (Heb 11,19). Es posible que el texto, en su contexto original, sea una crítica a los sacrificios de niños. Pues en el texto aparecen dos voces de Yahvé. Quizás la segunda (“no toques al niño”) sea la auténtica voz de Dios, en contraste con la primera que pide el sacrificio del primogénito y era una voz bastante común en los dioses de las religiones de la antigüedad. O, al menos, era la voz que interesaba escuchar a los jefes de tribu para evitar que, en cuanto su primogénito tuviera algo de fuerza, les matara para quitarles el puesto.

Dejo todo esto y me quedo con la lectura que parece más directa y la que muchos lectores hacen, a saber: Abraham, para obedecer a Dios, está dispuesto a sacrificar a su hijo. Porque esta lectura me ofrece luz para entender el texto de Juan sobre el amor de Dios al mundo que entrega a su Hijo unigénito. Para empezar, más que del sacrificio de Isaac se trata del sacrificio de Abraham. Pues quien verdaderamente se expone a la muerte, o a algo peor que la muerte, es Abraham. Como bien dice Fabrice Hadjadj, “para este anciano de cien años inmolar a su hijo, el hijo de la promesa divina, es peor que morir. Preferiría mil veces ofrecer su cuello al cuchillo que herir el de su hijo. Dios le pide lo imposible. Y él lo acepta”. Aquí quién vive una verdadera tragedia y ofrece un gran sacrificio no es Isaac, porque el niño sin entender muy bien lo que está sucediendo, no piensa ni de lejos que su padre le va a matar. Por eso he dicho que más que del sacrificio de Isaac se trata del sacrificio de Abraham.

Por su parte, Jesús le dice a Nicodemo que el amor de Dios al mundo llega hasta entregar a su Unigénito. Cualquier padre preferiría morir en lugar de su hijo. Si es su hijo quien muere y el padre se ve forzado a entregarlo, entonces este padre se entrega a sí mismo y hasta podemos decir que se entrega más que a sí mismo. En la muerte del hijo el padre también se está entregando, el padre participa de esta muerte. Este padre manifiesta un gran amor. Y en el caso de Dios, un amor insuperable, porque el amor divino es insuperable. Por eso, le dice Jesús a Nicodemo que el que crea en la entrega que el Padre hace del Hijo “tiene vida eterna”. O sea, participa de un amor de tal calibre que es capaz de vencer a la muerte.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA 138

Solos ante el peligro

 

Solos ante el peligro…

de un “mundo” tan complejo e injusto,

con un sistema económico

cuya regla de oro es “sálvese quien pueda”,

pero no todos se “salvan”

porque muchas personas están “condenadas” a muerte

y otras muchas a la exclusión social:

más de 20.000 personas mueren diariamente de “hambre”,

el 10% de la población mundial vive en “pobreza extrema”

(con menos de 2,15 euros al día)

y 4,3 millones de españoles están en “exclusión severa”.

-¿Tú eres de los privilegiados que han podido “salvarse”?

Solos ante el peligro…

en medio de la pandemia de “soledad” que nos azota,

tanto o más peligrosa que la Covid-19,

que ya ha contagiado a una buena parte de la población española:

una de cada tres personas mayores confiesa sentirse sola

y tres de cada cuatro jóvenes dice sentir “soledad no deseada”.

Las “relaciones humanas”, con familiares y amigos,

son la vacuna más eficaz contra esta “enfermedad del siglo”

porque las “redes sociales”, en contra de lo que muchos creen,

no son la solución mágica para la “soledad no deseada”.

-¿Tú estás vacunado contra la soledad?

Solos ante el peligro…

que supone la pérdida de “valores humanos”,

manifestada en la crisis de principios éticos y morales

en la que valores como la familia, la honestidad, la solidaridad,

la fraternidad, el bien común, el respeto al diferente

y el cuidado de los mayores y de la naturaleza,

pierden relevancia frente al individualismo,

el “carpe diem”, la competitividad,

la fascinación por la tecnología y la riqueza

y la erosión del sentido de lo sagrado.

Reconozcamos que hay “valores esenciales”

que actualmente están infravalorados.

La pérdida de “valores” lleva a la persona al “vacío existencial”,

y a las instituciones y a la sociedad

al debilitamiento de la “identidad colectiva”

y del compromiso con las causas comunes,

dando vía libre a la “irresponsabilidad” y la “corrupción”.

-¿Cuáles son los “valores” fundamentales en tu vida?

Solos ante el peligro…

ante las “redes sociales” y la “inteligencia artificial”

que han invadido toda la geografía mundial,

¡que nos han invadido a todos!

y, por el mismo precio, nos ofrecen verdades y bulos,

lo bueno y lo malo de las personas y de la sociedad,

dejando a nuestra responsabilidad y a nuestra capacidad

¡más bien “incapacidad”!

distinguir el “grano de la paja”,

en un “mercado” público en el que todo está junto y revuelto,

para poder elegir correcta y responsablemente.

-¿Qué importancia tienen las “redes sociales” en tu vida?

¿Las controlas tú o te dominan ellas a ti?

Solos ante el peligro…

del acoso de los “manipuladores de la conciencia ajena”,

para conseguir sutilmente el control emocional y moral de las personas

en función de sus intereses particulares, sectarios o religiosos,

muchas veces perversos y oscuros.

“La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario de la persona,

en el que ésta se sienta a solas con Dios,

cuya voz resuena en el reciento más íntimo de aquélla” (LG 16).

En el juicio moral de nuestros actos,

la conciencia tiene “la última palabra”

y dada su trascendencia hay que evitar, a toda costa,

su “manipulación”, que no su “formación” tan necesaria como útil.

-¿Alguien ha pretendido “manipular” tu conciencia?

“En mi angustia llamé al Señor;

Él me escuchó y me dio libertad.

El Señor está conmigo y no tengo miedo.

¿Qué me puede hacer el hombre?” (Sal 118,5)

 

Julián del Olmo

Domingo, 22 de marzo de 2026

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 8.- DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Al comienzo de la Pascua, en este día de la Resurrección del Señor, nuestros ojos se dirigen a aquel que murió en la cruz, pero que ha vencido, que es el Señor, y nuestros corazones se llenan del gozo por la Vida Nueva de aquel que nos salva, uniéndonos a sí por el bautismo.

En una homilía para este día Benedicto XVI dijo gozoso: “abramos el corazón a Cristo muerto y resucitado para que nos renueve, para que nos limpie del veneno del pecado y de la muerte y nos infunda la savia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna. En la secuencia pascual, como haciendo eco a las palabras del Apóstol, hemos cantado: «Scimus Christum surrexisse / a mortuis vere» – sabemos que estás resucitado, la muerte en ti no manda. Sí, éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe; éste es hoy el grito de victoria que nos une a todos. Y si Jesús ha resucitado, y por tanto está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él? ¿Quién podrá privarnos de su amor que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte? Que el anuncio de la Pascua se propague por el mundo con el jubiloso canto del aleluya. Cantémoslo con la boca, cantémoslo sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de vida «ázimo», simple, humilde, y fecundo de buenas obras”.

Al hilo de esta reflexión los cristianos hoy podemos tener la misma experiencia de los apóstoles aquel día glorioso. El Evangelio de San Lucas nos narra la aparición del Señor: “Mientras hablaban se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros“ (Lc 25,36).

Los discípulos se alarman, están llenos de miedo, creen ver un fantasma, aún albergan dudas en su interior. En el fondo, y a pesar de las noticias que les llegan, a pesar de lo que les acaban de contar los dos discípulos de Emaús, no se lo acaban de creer. ¿Cómo puede estar vivo aquel a quien han visto morir en la cruz y al que luego han dado sepultura? Además, siguen sin comprender la muerte de Jesús; siguen pensando, aunque no se atreven a decirlo, que ese final en la cruz pone de manifiesto que Jesús no es el Mesías, pues si lo fuera, Dios no hubiera permitido semejante muerte y fracaso.

Por ello el Señor, en primer lugar, tiene que convencerles de que es él, el mismo que murió en la cruz, el que ahora está vivo en medio de ellos. Les dice: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo“ (Lc 25,39). E incluso les pide de comer, como una muestra más de que realmente ha resucitado.

Y, en segundo lugar, les abre la inteligencia para que comprendan las Escrituras y lo que éstas decían acerca de él (cf. Lc 25,44-47). Ahí está el significado de su vida, muerte y resurrección como el misterio del amor redentor de Dios hacia los hombres; la cruz ya no aparece entonces como un escándalo ni como una necedad, sino como la sabiduría de Dios, como expresión del amor incondicional de Dios, quien, para salvar a los hombres, asume su condición, incluyendo el dolor y la muerte, para redimirla y trasfigurarla. Dios nos enseña así, y al mismo tiempo lo realiza, que el único camino para restablecer la condición humana en su dignidad originaria, el único camino para salvarla, es el amor, la misericordia, la generosidad, la entrega de uno mismo. Nos enseña que el poder, la fuerza y el dominio no son precisamente caminos de vida.

También nosotros, como los discípulos de entonces, tenemos a veces dudas en nuestro interior: ¿Ha resucitado realmente el Señor? ¿Tiene nuestra fe un fundamento sólido? ¿Es vacía nuestra esperanza de que un día resucitaremos con Cristo? Y seguramente no tendremos el privilegio de que el Señor se nos muestre y podamos ver y tocar, como hicieron algunos de los primeros discípulos. Nosotros hemos de creer sin ver; hemos de creer apoyándonos en el testimonio de aquellos que lo vieron y luego lo proclamaron a todos los pueblos. Y es por eso a nosotros a quien se dirige la bienaventuranza del Señor: “Dichosos los que creen sin haber visto“ (Jn 20,29).

Igual que aquellos discípulos también nosotros debemos pasar del miedo a la alegría, y más aún en estos tiempos de crisis total que nos han tocado vivir. Y precisamente por esto debemos orar y ponernos a la obra del amor. Que Cristo resucitado aliente en nosotros esa fe, ese amor y esa esperanza.

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILISRIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 7.-SÁBADO SANTO

Ya todo ha terminado, Redentor, duerme,

entra en el descanso merecido, lavaremos tu cuerpo tan herido

con lágrimas y ungüentos de dolor.

 

Besamos tus heridas, mi Señor, a tus

pies con un beso arrepentido, a tus

manos con beso enternecido, tu

pecho con pasión y con amor.

Y ahora te sembramos en el huerto,

esperando que sea primavera;

lleva ya el Evangelio a los que han muerto,

devuelve al viejo Adán su luz primera;

y no tardes en volver a nuestro puerto,

que estamos impacientes… a la espera.

 

Según las Escrituras Dios descansó de su trabajo de la creación el sábado (Gén 2,2). Así ese día se convirtió en el día de la Alianza del Antiguo Testamento en la tradición judía (Éx 20,8-11). Jesús, que vino a dar vida en abundancia (Jn 10,10), había aprovechado siempre el sábado para hacer el bien (Mc 3,1-6), lo cual le trajo no pocos problemas con las autoridades judías, y en última instancia sería uno de los motivos de su condena. Pero él quería darle todo su sentido y plenitud a la Ley (Mt 5,17).

Ahora este sábado santo de la muerte del Señor, el cuerpo de Cristo descansa en el sepulcro, pero su espíritu ha bajado al sheol (a los infiernos, o lugar de los muertos) para rescatar a los hijos de Adán en prisión (1 Pe 3,19), llevando su obra de salvación sobre toda la humanidad, incluso sobre aquellos que habían muerto antes que él, trascendiendo su salvación el espacio y el tiempo, y las coordenadas de la vida y de la muerte. Es lo que nosotros confesamos en el Credo: “fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos…

Mientras Cristo rescata a todos en ese gran trabajo del sábado santo, ¿dónde están los demás?

Los saduceos y los sumos sacerdotes consideran que han terminado con el embaucador que ponía en peligro sus pequeños intereses políticos y económicos, como miembros de la alta casta sacerdotal judía.

Los fariseos y los escribas se han quedado tranquilos también; habían acabado con el blasfemo que ponía en peligro la Ley de Moisés y las tradiciones de los padres. Para ambos grupos Jesús había tocado el centro de su tradición religiosa y espiritual.

Los celotes andarían decepcionados. El galileo nunca se había identificado con ellos, pero podrían haberlo manipulado en pro de sus intereses políticos y revolucionarios, tal y como hacen muchos hoy en diversas algaradas. Este nazareno no les había durado nada, ni un asalto; aunque quizás alguno al menos estaría satisfecho por la liberación de Barrabás… ese sí podría hacer algo más por su violenta causa.

Las masas que antaño habían seguido a Jesús, que incluso lo acogieron como rey e hijo de David en Jerusalén unos días antes, estarían desconcertadas ante su error al haber proclamado Mesías a alguien tan efímero.

Los sanados por él durante su ministerio público y todos aquellos que habían puesto algo de esperanza en él no dejarían de mostrar su perplejidad: esperaban que él fuera el futuro liberador de Israel, y ya se ve… nada de nada (cf. Lc 24,19-21). Sólo José de Arimatea se atrevió a pedir su cuerpo para darle piadosa sepultura, junto algunas mujeres.

Pilato y los romanos, insensibles, habían permitido la muerte de un inocente, pero habían evitado una revuelta mayor. Se habían lavado las manos y mirado a otra parte. Con ellos –pensaban- no iba el asunto.

Los apóstoles escondidos y con miedo (Jn 20,19), participes no sólo de la desesperación por la pérdida de un maestro y amigo, sino temerosos de seguir ellos mismos sus pasos. De Pedro sabemos cómo llegó a negarle, los demás ni aparecieron siquiera por el calvario, salvo el joven Juan. ¡Qué terrible el miedo que paraliza!

¿Y María? Ella sí había estado junto a la cruz de Jesús (Jn 19,25). Lo había acogido en sus brazos y asistiría con toda amargura a su entierro. Este sábado permanecía en silencio, tratando de asimilar el sentido de la muerte de su Hijo, que ella bien sabía era Hijo de Dios y Salvador (Lc 1,32). María

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entre el sinsentido, el dolor de esa espada que atravesaba su alma (Lc 2,35) y la fe y la esperanza en que Dios no podía haber abandonado definitivamente a su Hijo. ¿Qué sentiría, qué esperaría María el sábado santo? Acercarnos a ella será la mejor vivencia de este día.

¿Y nosotros? Esa es la pregunta clave. Tú y yo. ¿Qué esperamos el sábado santo? Durante toda la Cuaresma hemos preparado la Pascua con esmero. Se supone que hemos hecho oración, sacrificio y caridad… -y estación de penitencia en muchos casos- para adentrarnos en el sentido de este sábado sin perder la esperanza como María… Y sin embargo parece que todo ha terminado el viernes santo…

¡Y no es así!. Este sábado se siembra en la tierra el grano de trigo que muere y que dará mucho fruto desde hoy mismo. ¿Nos lo vamos a perder? ¿No vamos a ser gavillas de su cosecha? ¿Para qué la Cuaresma si desde hoy no empezamos a vivir la Pascua?

Cristo este sábado descansó en su cuerpo, pero su espíritu estaba rompiendo las cadenas de la muerte desde dentro. No rechazó meterse hasta en lo más duro de nuestra existencia y de nuestra muerte para liberarnos del pecado y de la muerte. Este sábado santo Cristo ha llegado a lo más hondo para elevarnos a lo más alto. Nosotros, como María, esperemos… Dios siempre hace las cosas bien.

 

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 6.- VIERNES SANTO

La liturgia de estos días nos invita, como decíamos hace unos días, a mirar a Cristo con atención y amor. Pero cuando miramos ¿a quien vemos? ¿Quién es Cristo para nosotros? ¿Quién decimos que es Cristo para nosotros? Las respuestas pueden ser varias y distintas según las circunstancias personales de cada uno; pero, en cualquier caso, no podemos olvidar que Cristo es “el que fue crucificado”.

Es fácil admirar a los hombres y mujeres que destacan y brillan por cualquier motivo, es fácil situarse detrás de líderes fascinantes, la vida de los famosos se vende en las revistas, ¿pero quién conoce el nombre de los crucificados de nuestro mundo? ¿Quién se interesa por la suerte  de los marginados? Y sin embargo, Cristo estuvo entre ellos. El cristiano no puede dejar de lado la cruz del Señor. La cruz fue el suplicio de Jesús y…, ¡es la marca del cristiano!. ¿Por qué pues hemos hecho de la cruz un simple adorno, una joya para nuestros cuellos, una imagen de nuestras iglesias? ¿Por qué olvidamos tan fácilmente el mensaje y la vida de la cruz? Decimos muy fácilmente que el cristiano es el discípulo de Jesús, que nuestra vida es el seguimiento de las huellas del Señor. Pero cuando en ese seguimiento aparece la sombra de la cruz… ¡ay!… ¡qué pocos continúan! ¡Cuánto nos parecemos a aquella semilla que cayó en terreno pedregoso, que brota enseguida, pero que al llegar la tribulación, sucumbe! ¡Qué poco cuenta la cruz en nuestros planes personales y/o pastorales!

Y sin embargo, Cristo, de quien decimos que es nuestro Señor, está en la cruz. «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alardes de su categoría de Dios». Cristo era Dios, pero se presentó como un hombre cualquiera. Más aún, ni siquiera hizo alardes de su categoría. Nosotros no somos, pero alardeamos. Qué bien se nos podría aplicar el refrán: «Dime de lo que presumes, te diré de lo que careces». La vida de Jesús es paradigmática para nosotros. Pero en este sentido, y más aún que la vida, el modelo para nosotros es su propia muerte: «Y así, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte» e inmediatamente Pablo añade de su puño y letra: «y muerte de cruz». No una muerte cualquiera, sino la destinada a los malhechores, a los delincuentes, a los revolucionarios. ¿Quién podría pensar que el crucificado era el salvador del mundo? ¿Quién podría pensar que en la cruz estaba clavada la salvación del mundo?. El escándalo de la cruz. «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos» (1 Cor 1,23). Así expresa Pablo la reacción espontánea de todo hombre puesto en presencia de la cruz redentora. Los discípulos lo abandonaron y huyeron. ¿Y nosotros? ¡Cuántas veces hemos dulcificado el mensaje de la cruz!, ¡cuántas de nuestras homilías, de nuestras catequesis, de nuestros consejos han olvidado la cruz, y nos hemos quedado en moralinas y beaterías! ¡No terminamos de creer que la cruz está en el designio salvífico de Dios! Ojalá a nosotros se nos abrieran los ojos, como a los discípulos de Emaús, para saber reconocer al crucificado. Ojalá comprendiésemos que el conocimiento de la cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1,18-24). Pablo exhortaba a todas sus comunidades a someterse al mensaje de la cruz, a tener un modo de pensar y actuar caracterizado por la cruz de Cristo; exhortación a abandonar el poder, la fama, los privilegios los propios intereses, como él mismo lo hizo. Quien no lo hace así, quien va tras lo terrenal y cuyo caminar no está movido por el mensaje salvífico de la cruz es, según nos dice Pablo en la carta a los Filipenses, enemigo de la cruz de Cristo: «su final será la perdición, su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y sólo piensan en las cosas de la tierra» (Flp 3,17-19).

Pero nosotros los cristianos, debemos ser los amigos de Jesús, y por tanto, amigos de la cruz. Es la invitación que Jesús nos hace en el Evangelio:

«El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga» (Lc 9,23)

«Cargar con la cruz» significa hacer el mismo camino que Jesús y ello comporta tres grandes exigencias: el discípulo debe, en primer lugar, negarse a sí mismo, es decir, convertirse de raíz, renunciando a sus propios criterios humanos para asumir los criterios de Dios, que no pocas veces trastocan nuestros juicios y valoraciones. En segundo lugar, debe proyectar su vida en términos de donación, no de posesión; el que apuesta toda su existencia por el tener queda empobrecido en el ser; sólo una vida de entrega y solidaridad es vida en plenitud, porque en su entramado más profundo el hombre está hecho de amor. El discípulo, en tercer lugar, debe testimoniar valientemente su fe, incluso cuando ello le acarree burlas, ultrajes y persecuciones; la fe es una fuerza que ha de regir toda la existencia del cristiano, y no es posible deshacerse de ella a la hora de la prueba.

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La cruz, la auténtica, siempre ha sido y será escándalo y necedad. Sólo los humildes y los crucificados pueden entenderla. Y quien la entienda y la viva será el auténtico cristiano.

Padre, ilumina nuestra vida con la luz de Jesús.

No vino a ser servido, sino a servir.

No permitas que desfiguremos el rostro auténtico de Jesús.

No dejes que, cobardemente, rehuyamos la cruz. La cruz es dura, y no la soportamos, por eso, danos tu gracia, sé, hoy, nuestro cireneo, oh Señor.

Que nuestra vida sea como la de él: servir.

Grano de trigo que muere en el surco del mundo.

Oh, Jesús, Buen Señor,       que das la vida por los hombres,          permítenos asociarnos al misterio de tu cruz.  No permitas que la dispersión nos venza,      que la apatía nos conquiste.

Haz que tu palabra ilumine y caldee nuestro ánimo,         y que la celebración de tus misterios     nos llene del gozo de tu salvación.  Tú nuestro señor crucificado. Amen.

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 5.- JUEVES SANTO

 1.-«Dios es amor» (1 Jn 4,8). «No hay mayor amor que dar (entregar) la vida por los hermanos» (Jn 15,13).

Nos adentramos, queridos hermanos el Misterio Pascual, centro de toda la liturgia, que a la vez es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. Todo ello dentro de un contexto: la misericordia, el amor entrañable con que Dios nos ama: «él que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (hasta el fin) (Jn 13,1); y Pablo decía: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20).

Hoy es Jueves Santo, y de un modo muy particular celebramos el amor de Dios en tres momentos particulares: Su amor se ha quedado entre nosotros primero en la Eucaristía y después en el sacerdocio, sacramentos instituidos por Jesús en su última cena, y en tercer lugar hoy es el día del amor fraterno. Estos tres nacen del amor de Dios.

La institución de la Eucaristía

«Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada en mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía». (1 Cor 11,23-25). 

Palabras sublimes. Así narraba san Pablo la institución de la Eucaristía treinta años después de la noche de su Pasión. Ya en las comunidades cristianas nacientes se celebraba la Eucaristía, y esta era el centro de la vida cristiana, el momento cumbre para el encuentro con el Señor.

Para nosotros, la cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados en sacrificio para la redención de los hombres.

En sus veinte siglos de existencia, jamás la Iglesia ha dejado de celebrar la eucaristía. La eucaristía es la vida de la Iglesia. «La eucaristía hace a la

Iglesia, y la Iglesia hace la eucaristía» en la feliz expresión conciliar. En la eucaristía se nos hace realmente presente el Señor bajo las especies de pan y vino, porque quiere compartir nuestra vida, nuestros gozos y también nuestras penas, pero lo que es más importante quiere compartir su vida con nosotros, quiere dársenos, regalarse a nosotros. La eucaristía es el sacramento del amor, porque recuerda el mayor amor que jamás haya podido darse entre los hombres: la entrega definitiva de Jesús por nosotros. «Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam?» (Después de esto, hijo mío, que más puedo hacer por ti). ¡Nada, Señor, ya lo has hecho todo por nosotros!. El sacrificio de la cruz, cuyo memorial, recuerdo y presencia, hacemos en el sacrificio de la eucaristía es el cenit de la obra salvadora de Dios. Ninguna oración, ningún sacrificio, ninguna actitud religiosa puede compararse al gesto de Cristo, entregado en amorosa obediencia al Padre, en nombre de todos sus hermanos. La eucaristía es el sacramento del amor de Dios.

La institución del sacerdocio

La noche del jueves santo mandó el Señor a sus apóstoles hacer la eucaristía en memoria suya, y les dio sus últimas consignas: vivir unidos, en la ley del amor, para dar fruto en medio del mundo.

La presencia del sacerdote es signo de la presencia de Jesús en medio de su Iglesia. El sacerdote hace las veces de Cristo, cabeza, siervo y pastor en medio de la comunidad, para la comunidad, desde la comunidad. Por los apóstoles y por los que en el futuro desempeñaría su función oró el Señor en esta noche santa: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros…Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno… Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo…» (Jn 17).

Anunciar la Palabra de Dios, santificar al pueblo cristiano, apacentar la grey de Dios que nos ha sido confiada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios, no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando sino siendo modelos, es la tarea que el Señor encomendó los suyos en este día grande (cf. 1 Pe 5,1-4). Así, el sacramento del orden es también sacramento del amor de Dios que no abandona a su pueblo.

Día del amor fraterno

Si con ese amor definitivo, que llega hasta el extremo, hasta entregar su vida en la cruz, nos amó Jesús, entonces podemos estar confiados y acercarnos con seguridad al trono de la gracia para alcanzar misericordia. Si así nos amó Jesús, también nosotros debemos amarnos. El signo de nuestro amor es la cruz.

Es en la cruz de Jesucristo donde se nos revela el amor de Dios y es en las cruces de cada día, en las propias o en las ajenas, donde debemos hacer presente el amor de Dios.

No lo olvidemos: Cristo está presente y crucificado en «sus pequeños»: en los ancianos, los que vemos por la calle, o los internados en el asilo; en los presos, en los faltos de libertad; en los enfermos;  en los emigrantes y en los exiliados; en los parados; en los que carecen de pan, o de cultura; en los pecadores, o en los que carecen de formación o de vida cristiana; en el hermano sólo y «etiquetado» con nuestras críticas, que vive a nuestro lado…

En ellos está la cruz de nuestro siglo: la cruz en la que nosotros debemos de gloriarnos. En ellos se repite hoy, de algún modo, como hace veinte siglos la escena del calvario. Rechazarlos es rechazar a Jesucristo (cf. Mt 25,30ss): traicionarlos es hacer lo que en otro tiempo hizo Judas; negarlos y abandonarlos es tomar la postura de Pedro y de los apóstoles; acusarlos sería repetir la escena del Sanedrín; ignorarlos es lavarse las manos como Pilato.

Ciertamente, sólo la cruz de Cristo tiene un valor salvífico definitivo, sí. Y este valor salvífico, este regalo de la salvación lo hacemos presente y eficaz en la Eucaristía y en los sacramentos, ¡es verdad!. Pero no menos verdad es aquello de «lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos conmigo lo hicisteis» o aquello otro de que «nosotros completamos en nuestra carne lo que falta a la pasión de Cristo», o aquello de que la voluntad de Dios es «que se abran las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no cerrarse al la propia carne» (cf. Is 58,6).

Hoy es el día del amor fraterno: sería bueno revisar nuestras actitudes,  fomentando las muchas cosas buenas que tenemos, convirtiéndonos hacia la