LA ENCÍCLICA DE LEÓN XIV: ¿QUÉ ESTAMOS CONSTRUYENDO?

No es fácil resumir la encíclica de León XIV, Magnifica humanitas. Quizás la pregunta, tomada de la encíclica, con la que he titulado mi artículo, puede ser la gran pregunta que recorre todo el texto papal: ¿qué estamos construyendo? Las innovaciones tecnológicas ¿contribuyen a hacer crecer a las personas y a los pueblos en fraternidad y en humanidad?

La encíclica no es exactamente una reflexión sobre la Inteligencia Artificial, aunque este sea su hilo conductor, sino una reflexión sobre un tiempo nuevo, como es el nuestro, en el que las nuevas tecnologías y, por supuesto, la inteligencia artificial, pueden ser muy útiles para mejorar nuestra vida, pero también ser obstáculos para vivir humanamente. Y no solo obstáculos, porque además de emplearse para bien pueden emplearse para mal, sino sobre todo porque este mal empleo condiciona, manipula, controla y orienta nuestra vida en direcciones inhumanas sin que seamos conscientes de ello, y hasta haciéndonos creer que lo malo es bueno. Un ejemplo de cómo los algoritmos controlan y manipulan la información que nos condiciona es el caso de la guerra: estamos tentados de pensar que no tendremos paz si no nos preparamos para el conflicto, sino no acumulamos armamento que mata a inocentes, si no detectamos al enemigo o no nos adelantamos a matarle.

El documento papal se sitúa dentro de la gran corriente de doctrina social de la Iglesia, que comenzó con la Rerum novarum de León XIII. En aquel momento había “cosas nuevas”, aparecían situaciones que exigían una palabra del Magisterio para iluminarlas a la luz del Evangelio. Pues bien, hoy la tecnología ha condicionado de forma inesperada la condición humana. De ahí la necesidad de una palabra del Magisterio, que ilumine los nuevos cambios que implican no solo nuevas necesidades y posibilidades, sino sobre todo nuevos comportamientos. “El progreso técnico, valioso en sí mismo, requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue”. Ser más poderosos no significa necesariamente ser mejores. Tener más no significa ser más. Con el “tener más” pudiere suceder que la persona fuera “valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece”.

La inteligencia artificial nunca es un hecho puramente técnico. No es moralmente neutral. No tiene conciencia. Entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad. Las inteligencias artificiales no poseen cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones, ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. No conocen la misericordia, el perdón, la esperanza de cambio, pudiendo así producir nuevas formas de descarte. Cuando la técnica deja de ser instrumento y se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz.

Algunos interpretan el progreso como la superación del ser humano, con los nombres de transhumanismo y posthumanismo. Es el sueño de superar los límites de la condición humana, consiguiendo así una humanidad nueva (incluso hibridada con la máquina). Pero los límites y fragilidad de la humanidad no es un error que haya que corregir, pues los cristianos sabemos que “el ser humano no florece a pesar del límite, sino dentro del límite”. Y que, al entrar el Verbo de Dios en nuestros límites, apareció precisamente el “Hombre perfecto”, la perfección de lo humano, una magnifica humanidad. Allí donde la humanidad corre el riesgo de perder su rostro, los cristianos alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, donde se esclarece del misterio del hombre. Ninguna máquina puede sustituir esta magnífica humanidad revelada en Cristo.

Martin Gelabert Ballester – Blog Nihil Obstat

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

“Luces cortas” para ver de cerca

 

Luces cortas para ver de cerca…

lo que hay en nuestro entorno, bueno y malo,

aunque son más, en cantidad y calidad,

las cosas buenas que las malas,

pero las malas noticias se publicitan

en los medios de comunicación,

redes sociales y tertulias de bar,

y ya se sabe que “hace más ruido un árbol que cae

que un bosque que crece”

y lo que no sale en los “medios”, “no existe”.

Luces cortas para ver de cerca…

lo que verdaderamente nos interesa saber, disfrutar y agradecer,

y entre esas cosas:

que estamos vivos,

aunque quizá algunos no seamos tan avispados como nos gustaría;

que el sol sale para todo el mundo

y no sólo para unos pocos privilegiados;

que los derechos humanos son también divinos

y violarlos es un “sacrilegio”;

que “Dios nos ama” y lleva tatuados nuestros nombres

en la palma de su mano.

Luces cortas para ver de cerca…

cosas y casos que no quisiéramos ver

porque nunca tendrían que haber sucedido,

como guerras y genocidios;

emigrantes que viajan en pateras que se traga el mar

y los que sobreviven no son bienvenidos ni bienqueridos

para mucha gente y para algunos partidos políticos,

que los ven como “intrusos” y no como “hermanos”

necesitados de acogida y ayuda;

medios de comunicación y redes sociales

que dan “gato por liebre”

contando mentiras, medias verdades y bulos

como si fueran “verdades irrefutables”.

Luces cortas para ver de cerca…

a los que transitan por calles de doble dirección

generando atascos y produciendo altercados y disputas

en los viandantes sobre la “prioridad” y la “propiedad” de la calle.

La calle es la pasarela donde se ve y se siente

que estamos crispados, excitados, irritados y enfadados

debido al ambiente de polarización, provocación, intolerancia, odio

e incertidumbre económica y política en el que nos movemos.

Luces cortas para ver mejor…

la realidad tal como es

y conocernos y comprendernos a nosotros mismos

al comprobar nuestra reacción ante los obstáculos

que encontramos en el camino.

Dios es la luz verdadera que ilumina nuestro interior

para que caminemos y vivamos en la luz,

“porque en Él está la fuente de la vida

y en su luz podemos ver la luz” (Sal 36,9).

Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo.

El que me siga tendrá la luz que le da vida

y nunca andará en oscuridad” (Jn 8,12).

“El Señor es mi luz y mi salvación,

¿de quién tendré miedo?

El Señor defiende mi vida,

¿quién me atemorizará?” (Sal 27,1).

Julián del Olmo

Domingo, 24 de mayo de 2026

VISITA AL OBISPO DE CÓRDOBA

 Con el fin de exponer al Sr. Obispo los problemas de nuestro Movimiento en su diócesis, le habíamos solicitado audiencia y esta nos fue concedida para el pasado día 22 del actual  y asistimos a la misma: Loly Núñez y el P. Facundo, Vicepresidenta y Consiliario nacionales, Carmen Casado, Presidenta diocesana de Córdoba y Paqui Benítez y Manolo Díaz, coordinadores interdiocesanos de Andalucía Occidental.

A la hora prevista  fuimos recibidos por el Sr. Obispo, D. Jesús Fernández, y tras las oportunas presentaciones, Loly habló de su experiencia en su visita a Roma , en la convocatoria que hizo el Papa Francisco para los Mayores y que fue el inicio del desarrollo de la Pastoral del Mayor y le hizo entrega del documento  de la Conferencia Episcopal, “ Lineas para activar las pastoral de las personas mayores “. A continuación el P. Facundo le comentó que lleva poco tiempo como Consiliario Nacional pero muchísimos años como Consiliario Diocesano en la Provincia de Jaén y resaltó la importancia que éste tiene para el desarrollo de Movimiento, en sintonía con el Presidente diocesano, y le hizo entrega del libro “ La ancianidad : riqueza de frutos y bendiciones “, también de la Conferencia episcopal española.

Después Carmen Casado, pasó a exponer una breve historia de la situación de la diócesis y que cuándo se hizo cargo de la misma sólo había dos grupos. Por el anterior obispo le fué nombrado un consiliario diocesano y este se vió sorprendido por el nombramiento ya que tenia muchas ocupaciones y no le iba a ser posible atender a Vida Ascendente, cómo así ha venido sucediendo, a pesar de su buena voluntad. En la actualidad, debido a su esfuerzo, hay siete grupos en la diócesis y al no tener Comisión Diocesana, se encuentra sola para desarrollar su labor, por lo que es absolutamente necesario contar con el apoyo activo de un consiliario, y esta es la petición que venimos a solicitarle.

Una vez oídas nuestras peticiones, Don Jesús, dijo que el está totalmente convencido de que la participación de los mayores en la vida de la Iglesia es imprescindible y con mayor motivo Vida Ascendente debido a los valores que nuestro Movimiento aporta. Dice que conoce nuestro Movimiento, ya que siendo Vicario en un pueblo de su tierra, había un Grupo de V.A. y que está de acuerdo en lo expuesto por Carmen ya que efectivamente los sacerdotes de la diócesis están sobrecargados pero que va cumplir sus deseos y nombrar un nuevo consiliario que la apoye. También dice que va a involucrarse en propagar entre los párrocos la necesidad de tener Grupos en sus parroquias. Le facilita su email a Carmen y le dice que en cuánto tenga la persona adecuada se lo hará llegar.

Agradeciéndole su acogida y su buena disposición para con nuestro Movimiento y con nosotros,  nos despedimos de él.  A la salida estábamos muy satisfechos del desarrollo de la reunión y nos dispusimos para partir cada uno para nuestro destino, no sin antes agradecer vivamente a Carmen y su marido su acogida y exquisita atención para con nosotros.

Manuel Díaz

EL PAPA DEL CORPUS Y DE LAS CORTES

La próxima visita del Papa León XIV a España, del 6 al 12 de junio, está siendo contemplada con esperanza por muchos fieles, pero también con cierta inquietud por quienes observan el clima de fuerte polarización que atraviesa nuestra sociedad. No son pocos los que temen que un acontecimiento de semejante relevancia espiritual pueda ser instrumentalizado políticamente, utilizado por unos y otros como arma arrojadiza en el permanente enfrentamiento ideológico que padecemos.

La preocupación ha crecido especialmente tras conocerse que el Santo Padre se dirigirá al conjunto de la clase política española en las Cortes Generales, en una sesión conjunta del Congreso y del Senado prevista para el lunes 8 de junio. Algunos se preguntan en privado si no será una iniciativa demasiado arriesgada. ¿No se estará metiendo el Papa en la “boca del lobo”? ¿No corre el riesgo de ser manipulado, tergiversado o utilizado como pretexto para nuevas confrontaciones?

La pregunta no es banal. El contexto internacional es extremadamente delicado. El mundo entero vive una creciente escalada de tensiones y conflictos. Las guerras abiertas, la carrera armamentística y la lógica de bloques amenazan con normalizar la violencia como método de resolución de conflictos. En ese escenario, el Papa León XIV no ha dudado en levantar su voz para denunciar la guerra como “injusta y cruel”, incluso a costa de recibir críticas muy duras por parte de algunos líderes internacionales.

Sí, es más que previsible que las palabras del Papa en España sean interpretadas de forma parcial y diseccionada, buscando cada cual el fragmento que mejor se acomode a sus propios intereses. Ni que decir tiene, toda recepción fragmentaria del mensaje acaba derivando, inevitablemente, en manipulación. Pero, a estas alturas, ya deberíamos tener la suficiente madurez como para no dejarnos engañar por quienes se arriman al altar según su conveniencia. La Iglesia no puede renunciar a anunciar íntegramente el Evangelio por miedo a ser instrumentalizada; sería concederle al demonio una victoria demasiado fácil.

El Papa viene a España como sucesor de Pedro, como mensajero de Jesucristo y servidor del Evangelio. Su misión no consiste en alinearse con ningún bloque, sino en llamar a todos a la conversión. Este es precisamente el punto decisivo que con frecuencia olvidamos. La raíz profunda de tantas divisiones y confrontaciones en el panorama internacional y nacional no se encuentra únicamente en las estructuras políticas o en las diferencias ideológicas. La raíz última está en el corazón humano herido por el pecado. Lo más grave que ocurre en España —como en cualquier otro lugar del mundo— es el alejamiento de Dios, porque del pecado nacen el egoísmo, la soberbia, el resentimiento y, finalmente, la violencia.

Por eso, el mensaje del Papa nunca puede reducirse a un simple llamamiento ético a la concordia civil. La paz auténtica comienza con la reconciliación del hombre con Dios. Sólo un corazón reconciliado puede convertirse en instrumento de fraternidad. Sólo desde la verdad, el perdón y la conversión es posible reconstruir vínculos rotos.

Aunque es previsible que muchos medios de comunicación pongan el foco en la presencia y en el discurso de León XIV ante las Cortes Generales, estoy convencido de que la imagen clave para comprender este viaje será aquella en la que contemplemos al Papa portando la custodia por las calles de Madrid, en la procesión del Corpus Christi. Será la ocasión de mostrar a todos los españoles la verdadera identidad del sucesor de Pedro: ser “cristóforo”, portador de Cristo, y “teóforo”, portador de Dios para el mundo.

El Papa no viene como un dirigente partidista ni como un líder ideológico, sino como el pastor universal de la Iglesia, llamado a confirmarnos en la fe. Ahora bien, que nadie confunda el carácter pastoral de este viaje con una visión desencarnada de la fe, como si la Iglesia debiese limitarse a rezar por todos, pero “sin estorbar”; es decir, sin ejercer la misión profética de iluminar los desafíos del momento presente. Lo cual, como hemos comprobado en los últimos meses, puede resultar incómodo para quienes persiguen otros fines y estrategias contrapuestas al bien común.

Ojalá sepamos acoger su visita con humildad y con apertura interior. Y ojalá este acontecimiento sea para España una ocasión providencial para crecer no sólo en convivencia social, sino también en comunión espiritual. Porque, en definitiva, la fraternidad entre los hombres sólo se sostiene de verdad cuando reconocemos juntos a Dios como Padre.

En estos momentos previos a la llegada del Santo Padre, quizá la mejor disposición espiritual que podemos adoptar sea la de la oración humilde y ferviente. Recemos para que la palabra del Papa encuentre corazones abiertos que sepan escuchar con sinceridad una llamada a la paz y al bien común; para que España avance en caminos de reconciliación verdadera; y, sobre todo, para que muchos hombres y mujeres redescubran la alegría de volver a Dios. El fruto más importante de esta visita no será el impacto mediático ni el eco político de sus discursos, sino las conversiones silenciosas que el Espíritu Santo quiera suscitar en las almas.

Obispo Munilla. En ti Confio.org

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JUAN GRANDE

Juan Grande Román nació en Carmona, Sevilla, España, el sábado 6 de marzo de 1546. Sus padres fueron Cristóbal Grande e Isabel Román, matrimonio muy cristiano, y fue bautizado por el párroco Andrés Muñoz. Su padre, artesano de oficio, falleció cuando Juan tenía 11 años.

Recibió una esmerada educación cristiana, primero en el seno familiar, y desde los siete años como «niño de coro» de su parroquia.

Su formación humana y profesional la completó en Sevilla aprendiendo el oficio de pañero o tejedor. A los 17 años volvió a su casa y se dedicó al comercio como vendedor de telas. Poco tiempo después el mismo oficio le hizo entrar en una profunda crisis espiritual.

Dejó su familia, y se retiró a la Ermita de Santa Olalla, en Marchena, población cercana de Carmona, donde pasó un año en retiro, tratando de conocer su verdadera vocación. Decidió entonces dedicarse totalmente a Dios: dejó su ropa y se vistió de un hábito de jerga; renunció al matrimonio y adoptó el sobrenombre de » Juan Pecador».

Inició al mismo tiempo la experiencia de atender a un matrimonio anciano que encontró en abandono: los llevó a su habitación, les cuidaba en sus necesidades y pedía limosna para ellos. Con ello entendió que su nueva vocación era el servicio a los pobres y necesitados.

Con sólo 19 años, Juan Pecador se trasladó a la ciudad de Jerez de la Frontera, Cádiz, y empezó una nueva vida: atendía personalmente a gente necesitada, a los presos de la » Cárcel Real «, y a otros enfermos convalecientes e incurables, que encontraba abandonados. Para ayudarles pedía limosna por la ciudad.

Al mismo tiempo frecuentaba la iglesia de los Padres Franciscanos, donde se recogía para su oración y se aconsejaba con uno de los Padres.

Juan Pecador era seguido con admiración por los habitantes de Jerez en su generosa vida de caridad.

En enero de 1574, se generalizó una grave epidemia en Jerez y entonces dirigió un memorial al Cabildo urgiendo la asistencia de tantos enfermos tirados por la calle. Él se multiplicaba ante tanta necesidad, y al fin optó por fundar su propio Hospital, que poco a poco lo fue ampliando: lo dedicó a la Virgen y llamó de Ntra. Sra. de la Candelaria.

La razón de ser y actuar de Juan Pecador era Dios expresado mediante el servicio a los pobres, y sostenido por su intensa vida de fe y oración.

Tuvo mientras tanto conocimiento de la Institución fundada por Juan de Dios en Granada. La visitó en 1574 y decidió unirse a ella, acogiéndose a sus reglas y aplicando en su hospital la misma forma de vida profesada.

Con su nuevo planteamiento, su testimonio y entrega ejemplar se derivó el que se le fueran uniendo compañeros, que formó según » los Estatutos de Juan de Dios «.

Esto le dio oportunidad para ampliar su acción con otras fundaciones en Medina Sidonia, Arcos de la Frontera, Puerto Santa María, San Lúcar de Barrameda y Villamartín.

La asistencia a los enfermos más pobres en Jerez dejaba mucho que desear, mientras se multiplicaban los pequeños centros. Las autoridades ante ello determinaron la reducción de los Hospitales, pretendiendo una mayor eficacia hospitalaria; pero la medida lesionaba los intereses de no pocos, apegados a los centros no tanto por servir a los enfermos, cuanto por ser medio de beneficios personales. Por eso mismo no habían de faltar críticas, resistencias y entorpecimientos.

La medida también afectaba al Hospital de Juan Pecador. Él, como los demás, presentó a las autoridades su «Memorial» sobre cómo se atendía a los enfermos en su hospital.

Ante la decisión, el Arzobispo de Sevila, Cardenal Rodrigo de Castro, encargó tan delicada misión a Juan Pecador, como la persona más apta y mejor capacitada para ello, por su espíritu, vocación y experiencia en hospitalidad. Juan Grande se enfrentó a la reducción con valor y amor, y ante los no pocos ni pequeños sinsabores, demostró su especial sensibilidad, capacidad, buen temple y no pequeña virtud.

De su Hospital se había presentado el informe de que la asistencia hospitalaria se cumplía en el mismo «con diligencia, cuidado y mucha caridad, haciéndose muy buena obra y servicio a Dios nuestro Señor, porque él y sus hermanos de hábito son hombres virtuosos y profesan esta caridad de curar los pobres enfermos».

Junto a su intensa vida interior, Juan Pecador se dedicó en cuerpo y alma a la tarea externa de buscar, cuidar y servir a los pobres y enfermos, preocupándose por todo lo que entonces era más grave y urgente: encarcelados, enfermos convalecientes e incurables, mujeres prostituidas, soldados enfermos desechados, niños abandonados, etc. En verdad, practicó todas las obras de misericordia.

En Juan Grande vemos a un hombre del bien hacer desde el ser, poco hablador y eficientemente práctico, servidor misericordioso del «Evangelio de la Vida», buen samaritano, organizador de hospitales y de la asistencia hospitalaria, conciencia crítica ante las injusticias, abusos y carencias. En definitiva, fue un profeta y apóstol de la asistencia sanitaria.

Contando Juan Grande 54 años y viviendo plenamente dedicado a su comunidad y al hospital, se presentó en Jerez una terrible epidemia de peste. Juan se prodigó por todas partes con todas sus fuerzas y generosidad, pero al fin contagiado, murió el sábado 3 de junio de 1600.

Fue beatificado en 1853 por Pío IX, y canonizado por Juan Pablo II el 2 de junio de 1996. Proclamado Patrón de la nueva Diócesis de Jerez de la Frontera en 1986, sus restos son venerados en el » Santuario Diocesano San Juan Grande «, en Jerez, en el hospital de los Hermanos de San Juan de Dios de su mismo nombre.

(Extraído de vatican.va)

MÚSICA SACRA: PANGE LINGUA GLORIOSI DE TOMAS LUIS DE VITORIA

El Pange lingua gloriosi «more hispano» de Tomás Luis de Victoria es una de las obras cumbres de la polifonía del Renacimiento español. Compuesta a finales del siglo XVI, destaca por utilizar una melodía tradicional de canto llano única de la península ibérica, diferenciándose de la versión utilizada en Roma.

Características principales de la obra

El Cantus Firmus español: La expresión «more hispano» significa «al modo español». En lugar de usar la melodía gregoriana tradicional (el more romano), Victoria utiliza una tonada de origen mozárabe muy popular en España, cuya creación se atribuye frecuentemente a Juan de Urrede.

Estructura alternada (Alternatim): La composición se interpreta intercalando los versos. Los versos impares se cantan en monofonía (canto llano tradicional), mientras que los versos pares están escritos en una rica polifonía a cuatro voces.

Tejido polifónico: Victoria entrelaza con maestría la melodía tradicional entre las diferentes voces. Dependiendo del verso, el motivo principal se sitúa en el bajo, el tenor o la voz de soprano.

Uso litúrgico: El texto es el famoso himno eucarístico escrito por Santo Tomás de Aquino. Se canta principalmente durante la festividad del Corpus Christi y en la procesión del Jueves Santo

El Texto: El Pange Lingua Gloriosi Corporis Mysterium es un célebre himno eucarístico en latín compuesto por el teólogo dominico Santo Tomás de Aquino en el año 1264 por encargo del Papa Urbano IV para la festividad del Corpus Christi. Se utiliza de manera solemne en la liturgia católica, especialmente durante la procesión del Jueves Santo hacia el Monumento y en la adoración del Santísimo Sacramento. Las dos últimas estrofas del himno forman por sí mismas un canto independiente sumamente conocido llamado Tantum Ergo.

Extraordinario himno eucarístico, del gran Santo Tomás de Aquino.

Pange, lingua, gloriosi

Corporis mysterium,

Sanguinisque pretiosi,

quem in mundi pretium

fructus ventris generosi

Rex effudit Gentium.

Nobis datus, nobis natus

ex intacta Virgine,

et in mundo conversatus,

sparso verbi semine,

sui moras incolatus

miro clausit ordine.

In supremae nocte coenae

recumbens cum fratribus

observata lege plene

cibis in legalibus,

cibum turbae duodenae

se dat suis manibus.

Verbum caro, panem verum

verbo carnem efficit:

fitque sanguis Christi merum,

et si sensus deficit,

ad firmandum cor sincerum

sola fides sufficit.

Tantum ergo Sacramentum

veneremur cernui:

et antiquum documentum

novo cedat ritui:

praestet fides supplementum

sensuum defectui.

Genitori, Genitoque

laus et jubilatio,

salus, honor, virtus quoque

sit et benedictio:

Procedenti ab utroque

compar sit laudatio.

Amen.

TRADUCCION AL ESPAÑOL:

Canta, oh lengua, el glorioso

misterio del Cuerpo

y de la Sangre preciosa

que el Rey de las naciones

Fruto de un vientre generoso

derramó en rescate del mundo.

Nos fue dado, nos nació

de una Virgen sin mancha;

y después de pasar su vida en el mundo,

una vez propagada la semilla de su palabra,

Terminó el tiempo de su destierro

Dando una admirable disposición.

En la noche de la Última Cena,

Sentado a la mesa con sus hermanos,

Después de observar plenamente

La ley sobre la comida legal,

se da con sus propias manos

Como alimento para los doce.

El Verbo encarnado, Pan Verdadero,

lo convierte con su palabra en su Carne,

y el vino puro se convierte en la Sangre de Cristo.

Y aunque fallan los sentidos,

Solo la fe es suficiente

para fortalecer el corazón en la verdad.

Veneremos, pues,

Postrados a tan grande Sacramento;

y la antigua imagen ceda el lugar

al nuevo rito;

¡la fe reemplace la incapacidad de los sentidos!

Al Padre y al Hijo

sean dadas Alabanza y Gloria, Fortaleza, Honor,

Poder y Bendición;

una Gloria igual sea dada a

aquel que de uno y de otro procede.

Amén.

Pincha el Enlace para escuchar la obra musical

https://www.youtube.com/watch?v=5atgMxRUx1A

EL CORPUS CHRISTI

La densidad de lo ocurrido durante la última cena, donde tuvo lugar el lavatorio de los pies de los discípulos, la traición de Judas, la institución de la Eucaristía, la revelación del sacerdocio de Cristo y, por ende, la institución del ministerio sacerdotal, más el largo testamento espiritual que se expone en Juan, a partir del cap. 13 de su evangelio, obliga a hacer un trabajo de distinción entre todos estos misterios para la mejor contemplación de los mismos.

Así, esta página quiere contemplar la fiesta de la Iglesia católica destinada a celebrar la Eucaristía. Con objeto de  proclamar la fe en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Es una fiesta especialmente querida por el pueblo español, que declara que “hay tres jueves en el año que brillan más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Se celebra 10 días después de Pentecostés, el jueves siguiente a domingo de la Santísima Trinidad, domingo siguiente a Pentecostés.

Las exigencias económicas han hecho que esta fiesta haya  sido trasladada al domingo siguiente para adaptarse al calendario laboral

  1. La historia

La historia de esta fiesta es un bello pasaje de la historia de la Iglesia, que muestra cómo es el Espíritu Santo quien la guía a través de la acción de los hombre –en este caso, de una mujer- que se muestran dóciles a su inspiración.

Es una fiesta cuyo nacimiento en la Iglesia está estrechamente entretejida con la peripecia personal de Santa Juliana de Lieja, también conocida como Juliana de Cornillon, nacida en 1191  en Lieja , Bélgica.

Huérfana a la edad de cinco años, quedó junto a su hermana Agnes, al amparo de las monjas agustinas en el monasterio de Monte Cornillon. Allí, al mismo tiempo que crecía y ayudaba a las monjas en los cuidados de la leprosería, desarrolló una devoción especial a Jesucristo en el misterio de la Sagrada Forma. Más tarde, hizo su profesión religiosa y llegó a ser, en 1222,  superiora de su comunidad.

Su abadía fue el centro  de un Movimiento Eucarístico que  dio origen a varias devociones alrededor de Cristo sacramentado, como la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi, etc.

Su gran veneración al Santísimo Sacramento fue premiada, a la edad de seis años con una visión,  en la que podía ver una gran luna llena con una mancha negra que parecía dividir la imagen en dos partes, visión que no supo interpretar. Fue una visión nocturna que se mantuvo continua durante 20 años, mientras en ella iba creciendo su amor por cristo en el santísimo sacramento del altar.

Finalmente, Cristo atendió las peticiones de quien tanto le amaba y la reveló el sentido último del sueño. “Una voz celestial le manifestó que el globo de la luna era figura de la Iglesia militante y la mancha representaba la falta de una fiesta especial al Santísimo Sacramento, queriendo Dios que fuera instituida dicha fiesta, pues el Jueves Santo, que conmemoraba tal celebración, al coincidir con la Semana santa no dejaba lugar a la solemnidad requerida”  (SANCHEZ ALISEDA, en El año litúrgico, tomo II, pag. 5. BAC)

Juliana viviría su calvario particular mientras veía cómo se iban extendiendo en la Iglesia los deseos expuestos por Jesús a través de sus visiones. No faltaron las persecuciones, aún dentro de su orden, pero finalmente, en 1233, se celebra por vez primera la fiesta del Corpus Christi, en Laon.  Murió en olor de santidad el Viernes Santo de 1258, día 5 de abril, tras ser “el alma que preparó la fiesta del Corpus Christi, cuando era necesario destacar ciertos aspectos del culto eucarístico que se hallaban en la penumbra” (o.c. pág 4).

Otro hecho providencial preparó la decisión definitiva. En 1263 se produjo el Milagro de Bolsena: durante la consagración eucarística, un sacerdote que celebraba la Misa tuvo dudas de fe sobre la eficacia real de la fórmula consacratoria. En el  momento de partir la Sagrada Hostia, vio manar de ella sangre que fue extendiéndose por los corporales.

El Papa Urbano IV, conmovido ante el prodigio, proclama la fiesta del Corpus Christi para toda la Iglesia de rito latino por medio de la bula «Transiturus», ese mismo año, el día de la Natividad de María, el 8 septiembre, fijándola para el jueves después del domingo de la octava de Pentecostés. El oficio de ese día fue preparado personalmente por santo Tomás de Aquino.

Finalmente, el Concilio de Trento declara “que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos…. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo”. (D 878)

3.-Los textos

Los tres evangelios sinópticos y san Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, san Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6)».(CIC, 1338)

Según los evangelios sinópticos

Mateo:

Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. (Mt 26, 26ss)

Marcos:

Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos(Mc 14, 22ss).

Lucas:

 Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». 20 Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz (Lc  22, 19ss)

Como es conocido, Juan no hace referencia a la institución de la Eucaristía y, en cambio, es muy explícito en la descripción del lavatorio de los pies de los apóstoles y su significado profundo. Pero su Evangelio habla repetidas veces de la necesidad de alimentarse del cuerpo de Cristo.

Juan:

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre (Jn 6: 54ss).

San Pablo, que no era apóstol en aquel momento, cuenta cómo se desarrollo este evento:

Pablo:

Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan  y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».  Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía» (1 Cor 11, 23-29).

La tradición, impulsada por la luz del espíritu Santo, ha ido penetrando en este misterio y, así, se lee en el Catecismo

“En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de Él, hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo la víspera de su pasión: «Tomó pan…», «tomó el cáliz lleno de vino…». Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación.” (1333)

4.-La transubstanciación

«El Concilio de Trento llama transustanciación al cambio de la sustancia del pan y del vino, respectivamente, en la sustancia del cuerpo y de la sangre de Cristo (que se hacen de un modo presentes en la celebración eucarística) bajo la permanencia de las realidades sensibles aparentes (especies) de pan y del vino». (GIACOMO CANOBBIO, Pequeño diccionario de teología).

El término utilizado, transubstanciación, aparece  tardíamente con el desarrollo del pensamiento escolástico. Ayudó a ello el enfrentamiento dialéctico entre Berengario y Lanfranco de Pavía, que llegaría a ser arzobispo de Canterbury, sobre la realidad eucarística. La afirmación de la Iglesia era que durante la celebración de la misa el pan y el vino del celebrante se transforman realmente en el cuerpo y la sangre de Cristo; esta transformación recibe el nombre de transubstanciación.

Berengario no podía aceptar que los accidentes (los signos externos de la sustancia: olor, color, sabor, etc. ) pudieran subsistir alejados de la sustancia. Era obvio, decía, que bajo las especies de pan y vino hay, realmente, pan y vino. En su apoyo, aducía algunos textos de los Padres que, expresados con los términos originales, podían apoyar su postura herética.

La discusión evidenció la insuficiencia del lenguaje teológico empleado y, consecuentemente, la necesidad de uno nuevo que fuese capaz de recoger los matices filosóficos y metafísicos que el dogma exigía. Sería el pensamiento escolástico quien aportaría los instrumentos necesarios para el desarrollo definitivo de la construcción teórica de la transubstanciación. Pero, de hecho, ya en el IV Concilio de Letrán (1215), bajo el Papa Inocencio III, nos encontramos con este término,  sancionado y reconocido por toda la Iglesia Católica Romana

En 1225, diez años después de Letrán, nacería Tomás de Aquino, que en su tercera parte de la Summa Theológica expondría la doctrina católica definitiva sobre la presencia real de Jesucristo en el pan y vino consagrados en la mesa eucarística; es decir, en la concepción teológica de la transubstanciación.

4.1.- En la Iglesia Católica

Explicando lo que es de fe en este tema de la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC):

En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Concilio de Trento: DS 1651).(CIC.1374)

Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. CIC.1375

El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: «Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación» (DS 1642) CIC.1376.

La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Concilio de Trento: DS 1641). (CIC.1377)

Este término entró en uso en Occidente en los siglos XI y XII, se hizo canónico a partir del Concilio de Trento, y ha estado desde entonces en la base de la enseñanza teológica católica.

4.2.-En la Iglesia Ortodoxa griega

El término «transubstanciación» (μετουσίωσις) nunca fue utilizado por los Santos Padres en la Iglesia Ortodoxa hasta mediados del siglo XV en relación con la consagración de los Santos Dones del pan y del vino en la mesa eucarística. Se incorporarán a la literatura ortodoxa sobre la doctrina católica como sinónimo de los términos patrísticos tradicionales «addendum » (μεταβολή) e «implementación» (μεταποίημα).

Pero el término «transubstanciación» (μετουσίωσις) (desnaturalización) no tiene raíces en la teología ortodoxa, hasta  fines del siglo XVI, cuando comenzó a usarse entre clérigos griegos educados en occidente, en instituciones católicas romanas.

El lenguaje tomista fue adoptándose progresivamente en la Iglesia Griega hasta ser patrimonio común de los teólogos. En el consejo de Constantinopla, en 1691, se adoptó el término «transubstanciación» (μετουσίωσις); dentro de las definiciones dogmáticas, de manera que los que negaran el término «transubstanciación» caerían en anatema.

4.3.-En la Iglesia Ortodoxa rusa

Pero no fue ésta la trayectoria seguida en la Iglesia Ortodoxa Rusa, donde el término «transubstanciación» fue lisa y llanamente ignorado dentro de la discusión teológica, alegando que se trataba de una expresión nunca usada por los Padres y, por tanto, del todo ajena a la revelación de la Tradición.

No obstante, la mejor precisión del lenguaje tomista y los avances de Santo Tomás en la comprensión de los principios metafísico y filosóficos que estaban en el núcleo de los dificultades para explicar el misterio eucarístico, hicieron que este término comenzara a usarse entre los teólogos de la Iglesia Ortodoxa Rusa, y a examinar más críticamente los escritos patrísticos.

Específicamente, el término «transubstanciación» no se usa en los escritos patrísticos en relación con el pan y el vino eucarísticos. Aunque los términos μετουσίωσις y μετουσιόω (transubstanciación y perpetuación) fueron utilizados por primera vez por Leonty, de Bizancio, ya en la primera mitad del siglo VI,  los teólogos y escritores de la iglesia posteriores no lo supieron . Durante las discusiones sobre las cuestión eucarísticas en el siglo XVII, no hubo referencias directas de Leonty. Sin embargo, esto no impidió que la Iglesia ortodoxa oriental adoptara y utilizara el término «transubstanciación».

Analizando la terminología eucarística utilizada por Gregorio de Nisa, cabe señalar que la palabra μεταστοιχειώσας, que el santo usa en las discusiones de la Eucaristía, aparece solo una vez. Significa el cambio real de los elementos mismos o de los elementos básicos en cualquier cuerpo, y en su significado es cercano e incluso casi idéntico a los posteriores: μετουσίωσις y transsubstantiatio. San Gregorio también se refiere al misterio eucarístico con expresiones como: μετάστασις y μετάθεσις (cambio, movimiento) y α̉λλοίωσις – (reintervención, cambio)”

El término «transubstanciación» es una innovación en la teología ortodoxa, y los gloriosos Padres Ortodoxos Sagrados, ni colectivamente ni en sus obras, explicaron en detalle el proceso mismo de convertir los Santos Dones en el Cuerpo y la Sangre [de nuestro Señor], limitando este proceso  al concepto estricto de «Sacramento». Por esta razón, la enseñanza de Tomás de Aquino sobre la preservación de los accidentes al cambiar la naturaleza física del pan y el vino en el cuerpo humano y la sangre no es la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa, pero.

» [Posteriormente]Las circunstancias históricas llevaron a la Iglesia a introducir el término «transubstanciación» tanto en Occidente (herejía de Berengaria) como en Oriente. El Concilio Local de Constantinopla en 1691 atestiguó la fe de la Iglesia Oriental en la verdad del término «transubstanciación». Está claro que el Concilio consideró la transubstanciación no como una opinión teológica, sino como el dogma de la Iglesia y negarlo se considera una cuestión de herejes».

 (VLADIMIR JURGENSON, L a historia del término «transubstanciación» en la teología ortodoxa, en https://azbyka.ru/istoriya-termina-presushhestvlenie-v-pravoslavnom-bogoslovii)

  1. El icono

Es frecuente ver en estos iconos la imagen de Cristo duplicada, obtenida por simetría respecto a un eje vertical situado en mitad de la tablilla. A un lado, la mitad de los discípulos recibiendo el pan; al otro, la otra mitad, acercándose a recibir el cáliz con su sangre.

En el icono presente, las dos figuras están inequívocamente identificadas, tanto por el nimbo cruciforme, exclusivo de Cristo, como por la inscripción IC XC que figura al lado de la cabeza de cada una. El apóstol de la derecha se acerca con las manos cubiertas por su manto, como señal de respeto ante la santidad de Jesús.

Los vestidos de los personajes cumplen con el estándar simbólico. En Cristo, la túnica roja habla de su amor, su majestad y su divinidad; el manto azul, de su humanidad.

Domina, por su posición central y la contundencia de sus dimensiones, la mesa que ha servido para la cena eucarística, que aparece despojada de cualquier utensilio que no sea directamente el pan o el cáliz. El icono simboliza, con ello, la centralidad de la institución del sacramento eucarístico en la acción de Cristo en la última cena. Los discípulos, pintados por quien tiene ya la fe pospascual, acuden a las ofrendas del pan y del vino, convertidos en cuerpo y la sangre de Cristo, el verdadero pan del cielo.

El mantel que cubre la mesa, de un fuerte color rojo, sin más adornos que las cruces bordadas en él, simbolizan el amor que da sentido a la escena divina y sobre el que se realiza el misterio eucarístico.

Los apóstoles se presentan con mantos de colores diferentes, sobre túnicas de color azul. La diferencia indica que, aún alimentados con el mismo cuerpo y sangre de Cristo, son personas diferentes, pues la divinidad de la comida no uniformiza. El Espíritu Santo colma de bienes distintos a los cristianos sin más cosa común que el destino de sus carismas: la vida de la comunidad eclesial.

El dosel que simbólicamente cubre a las dos figuras de Jesús y el paño rojo que simula el techo de la figuración, nos indican que la escena tiene lugar en un recinto cerrado.

  1. La fiesta

La Festividad del Corpus Christi e historia de dicha fiesta

Hemos visto en el punto 2.-La historia, cómo fue una religiosa, Juliana de Cornillon,  la que animó, por petición expresa de Jesús resucitado, a celebrar esta fiesta en honor del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, el año 1208.

Su implantación y desarrollo fue gradual, tanto en la liturgia de la fiesta como en el florecimiento de su celebración en toda la Iglesia latina. El auge de la devoción eucarística en el pueblo cristiano que tuvo lugar a partir del siglo XII conllevó también un auge de las expresiones y ceremonias alrededor del Santísimo. Se comenzó con la elevación de la Hostia y el Cáliz tras la consagración, con el toque de las campanillas, con exposiciones de adoración, etc.

Ya en 1246 la diócesis de Lieja (Bélgica) reservó una fecha para la celebración local de una fiesta en honor del Cuerpo de Cristo. Pero fue el ya comentado milagro de Bolsano lo que precipitó la decisión del pontífice Urbano IV de instituir la festividad del Corpus Christi en 1264.  En efecto, de forma pública y notoria la Hostia recién consagrada comenzó a sangrar en el altar como consecuencia de las dudas de fe en el sacerdote celebrante de la Eucaristía.

Fue el mismo Santo Tomás de Aquino quien recibió el encargo de preparar los textos litúrgicos de dicha fiesta. Gracias a ello la liturgia del Corpus aúna la ciencia del primer teólogo católico con su amor por el santísimo sacramento, en himnos de la calidad del Pange lingua, Lauda Sion, Panis angelicus o Adoro te devote.

Más tarde, en el siglo XIV se reforzará la celebración de la nueva solemnidad con dos actos fundamentales: la Eucaristía y la Procesión. En el concilio de Vienne, 1311, el Papa, que a la sazón tenía la sede en Avignon, publicó las normas para  el cortejo que  acompañaría al Señor en la procesión dentro de los templos. Siglo y medio después, en 1447, Nicolás V saldría en procesión por las calles de Roma portando la custodia con el Santísimo, indicando hasta los detalles de dónde irían las autoridades que quisieran asistir al desfile. Años más tarde, Juan XXII introdujo la Octava del Corpus, con Exposición del Santísimo Sacramento incluida. Y será el primero de los Papas renacentistas,  Nicolás V, el primero en establecer que la Hostia Santa saliera en procesión por las calles de Roma en la fiesta del Corpus del año 1447.

En España es famosa la custodia de la catedral de Toledo, realizada entre los años 1517 y 1524 por al orfebre Enrique de Arfe, por encargo del cardenal Cisneros, y que alberga la Hostia que procesiona en la fiesta del Corpus desde el año 1595.

  1. Reflexión teológica

El momento de reflexión exige una actitud de meditación, de recogimiento interno que permita una “composición de lugar”, como recomienda san Ignacio a sus ejercitantes. Composición de lugar que no puede ser otra que la de situarnos en el cenáculo contemplando a Jesús mientras parte el pan y lo reparte; mientras bendice la cuarta copa y da de beber a sus discípulos.

Sin permitir que nada nos distraiga vayamos leyendo lo que “hemos recibido”, lo que declaramos creer cuando oramos en la Eucaristía, tal como nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica:

VII. La Eucaristía, «Pignus futurae gloriae»

En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: O sacrum convivium in quo Christus sumitur . Recolitur memoria passionis Eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur («¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!») /(Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona del «Magnificat» para las II Vísperas: Liturgia de las Horas). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados «de gracia y bendición» (Plegaria Eucarística I o Canon Romano 96: Misal Romano), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial. (CIC 1402)

En la última Cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el Reino de Dios: «Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre» (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia «el que viene» (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: Marana tha (1 Co 16,22), «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20), «que tu gracia venga y que este mundo pase» (Didaché 10,6). (CIC 1403)

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi («Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo») (Ritual de la Comunión, 126 [Embolismo después del «Padrenuestro»]: Misal Romano; cf Tit 2,13), pidiendo entrar «[en tu Reino], donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro» (Plegaria Eucarística III, 116: Misal Romano). (CIC 1404)

De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, «se realiza la obra de nuestra redención» (LG 3) y «partimos un mismo pan […] que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephesios, 20, 2). (CIC 1405)

Fuente: Rezando con los iconos

“ALZAD LA MIRADA”, LEMA DE LA VISITA DEL PAPA LEON XIV A ESPAÑA

La Santa Sede confirmó el programa oficial de Su Santidad, el Papa León XIV para su Viaje Apostólico a España entre los días 6 y 12 de junio, con paradas y actos en Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife.

La agenda, que llevará al Santo Padre a recorrer cerca de 2.500 kilómetros en seis días, es un itinerario pastoral con el que el Papa quiere poder encontrarse con todos, escuchar a todos y hablar a todos y con todos. De hecho, en total, el Papa intervendrá, con discursos y homilías, h

Todas las etapas  comparten tres ejes: la caridad, expresada en encuentros con entidades de asistencia social y acogida; la Eucaristía, que centrará cada etapa del itinerario, y el encuentro, tanto con jóvenes, como con la sociedad civil y las Iglesias locales.

Madrid · Del 6 al 9 de junio

El Papa llegará a España el día 6 de junio por la mañana, al aeropuerto internacional Adolfo Suárez Madrid/Barajas, en donde será recibido por los Reyes y otras autoridades. Del aeropuerto, se trasladará al Palacio Real en donde tendrá lugar un encuentro institucional de recepción y bienvenida presidido también por Su Majestades, junto con los representantes del resto de instituciones, la sociedad civil y del cuerpo diplomático.

 El mismo día por la tarde, León XIV visitará el proyecto social CEDIA 24 Horas de Cáritas, un centro especializado en la atención integral y acompañamiento de personas sin hogar, poniendo así, ya desde el mismo día de su llegada, la caridad en el centro de todo el Viaje. Tras este encuentro, el siguiente hito del día 6 será una vigilia de oración con jóvenes en la Plaza de Lima, que culminará con la celebración de una Adoración Eucarística.

Al día siguiente, el domingo 7 de junio, festividad del Corpus Christi, la jornada arrancará con la primera de las grandes misas del viaje. En la Plaza de Cibeles, el Santo Padre presidirá la Santa Misa y, posteriormente, en la zona cercana, una procesión eucarística por el día del Corpus. Ya por la tarde, León XIV presidirá en el recinto Movistar Arena, el acto Tejer Redes, en el que participarán representantes del mundo de la cultura, del arte y la economía.

El lunes 8 por la mañana, el Santo Padre recibirá en la Nunciatura al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Posteriormente, acudirá al Congreso de los Diputados, en donde por primera vez en la historia de nuestro país, León XIV se dirigirá a los miembros del Congreso y del Senado. Tras este acto, el Papa se encontrará con los obispos españoles en la sede de la Conferencia Episcopal.

Ya por la tarde, el Papa dirigirá una oración a la Virgen de la Almudena, en la Catedral de Santa María de la Almudena. Y desde ahí, acudirá al estadio Santiago Bernabéu para presidir un encuentro con la comunidad diocesana de Madrid.

Finalmente, la parada en la capital concluirá el martes 9 de junio, por la mañana, con un encuentro con los voluntarios que han trabajado en la organización de esta etapa del viaje. Será en IFEMA y desde allí, se trasladará al aeropuerto para emprender el vuelo a Barcelona.

Barcelona · Del 9 al 11 de junio

Ya en Barcelona, el mismo día 9, tras aterrizar en el aeropuerto internacional de Barcelona/El Prat, el Santo Padre rezará la hora media en la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia. Al finalizar la tarde, presidirá una vigilia de oración en el Estadio Olímpico Lluís Companys.

Al día siguiente, el miércoles día 10, León XIV se trasladará a la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en donde visitará el Centro Penitenciario Brians 1; tras lo cual se desplazará  hasta la Abadía de Nuestra Señora de Montserrat para presidir el rezo del Santo Rosario. Por la tarde del mismo día, el Santo Padre mantendrá un encuentro con organizaciones de caridad y asistencia de la diócesis de Barcelona en la Iglesia de San Agustín. Tras este encuentro, León XIV presidirá la celebración de la Santa Misa en la Basílica de la Sagrada Familia; tras la que inaugurará la Torre de Jesucristo del templo.

 Canarias · Del 11 al 12 de junio

En la mañana del jueves 11 de junio, por primera vez en la historia, un Papa visitará el Archipiélago, haciendo suyo el deseo de su antecesor, el Papa Francisco. El Pontífice aterrizará en la base aérea de Gran Canaria/Gando, desde donde acudirá al Puerto de Arguineguín para conocer de primera mano las realidades de acogida a los migrantes. Tras esto, se encontrará en la Catedral de Santa Ana con los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y agentes de pastoral de la diócesis. Por la tarde, la jornada culminará con la celebración de la Santa Misa presidida por León XIV en el Estadio de Gran Canaria.

El viernes 12 de junio, el Santo Padre viajará desde Las Palmas de Gran Canaria hasta Santa Cruz de Tenerife. Tras aterrizar en el aeropuerto internacional de Tenerife Norte-Los Rodeos, en el municipio tinerfeño de La Laguna, visitará a los migrantes del Centro Raíces, tras lo cual, mantendrá un encuentro con las entidades dedicadas a la integración de inmigrantes en la Plaza del Cristo de La Laguna. Finalmente, esta etapa y el Viaje Apostólico a España, concluirán con la celebración de la Santa Misa en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife.

Tras la ceremonia de despedida en el aeropuerto intencional de Tenerife Norte-Los Rodeos, el Papa emprenderá el vuelo de vuelta a Roma.

Fuente: Conferencia Episcopal Española

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: LOS DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II. III. CONSTITUCIÓN SACROSANTUM CONCILIUM. 2. LA REFORMA DE LA LITURGIA: TRADICIÓN Y DESARRROLLO

La catequesis de hoy nos ilustra acerca de cómo la reforma de la Sagrada Liturgia, manifestada en la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, mientras custodia la sana tradición de la liturgia, al mismo tiempo supone un desarrollo. Por eso, con el fin de hacer crecer más la vida cristiana entre los fieles, favorecer la comunión de todos los creyentes en Cristo y fortalecer todo aquello que ayude a atraer a todos al seno de la Iglesia (cf. SC 1), la asamblea conciliar reconoció la necesidad de una adaptación a las exigencias actuales, renovando por ende las formas rituales de la Sagrada Liturgia.

Esta necesidad la podemos constatar a lo largo del caminar de la Iglesia, pues bien, el culto se ha “encarnado” en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso de transformarlas. La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización.

En la encíclica Mediator Dei, el Venerable Pío XII escribió que «la Iglesia es un organismo vivo y, por lo tanto, incluso en lo que respecta a la sagrada liturgia, conservando la integridad de su enseñanza, crece y se desarrolla, adaptándose y conformándose a las circunstancias y necesidades que surgen con el tiempo» (I, V).

En plena continuidad con este principio, el Concilio Vaticano II, en el Preámbulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC), reconoce que «es su deber también prestar especial atención a la reforma y promoción de la liturgia» (n.º 1). El Concilio se había convocado, de hecho, con el objetivo de «fomentar una vida cristiana cada vez mayor entre los fieles, de adaptar con mayor eficacia a las necesidades de nuestro tiempo aquellas instituciones que están sujetas a cambios, de alentar todo aquello que pueda contribuir a la unión de todos los creyentes en Cristo y de fortalecer todo lo que pueda ayudar a atraer a todos al seno de la Iglesia» (ibíd.).

En aquel momento histórico, existía una imperiosa necesidad de renovar las formas rituales mediante las cuales la Iglesia había alcanzado durante siglos la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al Movimiento Litúrgico, se había consolidado la convicción, expresada posteriormente por san Juan Pablo II, de que «existe un vínculo muy estrecho y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no solo actúa, sino que también se expresa en la liturgia, y de ella extrae la fuerza para vivir» (Dominicae Cenae, 13).

Para facilitar el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia que se dispensan en la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, con una fórmula muy eficaz, el camino a seguir: «preservar la sana tradición y abrirse al progreso legítimo» (SC, 23).

En esta declaración de intenciones, el Papa Benedicto XVI resumió el programa de reforma de los Padres Conciliares, «en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y del futuro», señalando cómo «tradición y progreso suelen contraponerse torpemente», cuando «en realidad, ambos conceptos se complementan: la tradición misma incluye, de alguna manera, el progreso. Como si el río de la tradición llevara consigo su fuente y fluyera hacia su desembocadura» (Discurso a los participantes en la Conferencia del 50.º aniversario de la fundación del Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo, 6 de mayo de 2011).

El Concilio afirma la legitimidad de este progreso, arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia «una parte inmutable, por ser de origen divino», de «partes susceptibles de cambio, que con el tiempo pueden, o incluso deben, variar, si se han introducido elementos menos acordes con la naturaleza íntima de la liturgia, o si se han vuelto menos apropiados» (SC, 21). Cambios de este tipo se han producido constantemente a lo largo de los siglos, permitiendo a los fieles participar fructíferamente, mediante acciones rituales, en el Misterio Pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana. El culto de la Iglesia se ha «encarnado» así en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso transformarlas. De este modo, la liturgia ha sido, durante siglos, un motor de evangelización. Hoy, esta energía debe renovarse en continuidad con la auténtica y viva tradición católica, es decir, según una dinámica orientada a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad.

Por lo tanto, es comprensible que los Padres conciliares recomendaran que la revisión de los ritos, cuando corresponda a «un beneficio verdadero y probado para la Iglesia», se lleve siempre a cabo «con cuidado de que las nuevas formas surjan orgánicamente de las existentes» (SC, 23). Para el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe estar siempre «precedida de una investigación teológica, histórica y pastoral rigurosa» (ibíd.). De este modo, el Magisterio Conciliar nos invita a evitar la desorientación entre los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir, suprimir o modificar por iniciativa propia cualquier aspecto de la liturgia (cf. SC, 22). El progreso que evoca la Constitución Conciliar no compromete en absoluto la comunión eclesial; al contrario, pretende confirmarla y fomentarla.

Por lo tanto, exhorto a todos los llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, especialmente a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a que mantengan siempre ese respeto por los textos y ordenanzas de la liturgia que surge de una actitud interior de disponibilidad y confianza en Dios, demostrando humildad ante su grandeza y sincera fidelidad a la comunión eclesial.

Que la liturgia, que nos ayuda a la glorificación del Señor y a nuestra propia santificación, sea siempre valorada y respetada por todos, sobre todo en la celebración de los sagrados misterios.

Fuente The Holy see

PRESENTACIÓN CON PROMULGACIÓN DE LA CARTA ENCÍCLICA «MAGNIFICA HUMANITAS“

Agradezco de corazón a quienes han organizado el encuentro de hoy, y en particular a quienes han compartido su conocimiento y su experiencia en las diversas ponencias que hemos escuchado.

De manera especial, deseo agradecer al señor Olah por haber aceptado nuestra invitación. A mi vez, en nombre de la Iglesia, acepto su invitación a caminar juntos, a escuchar y a dialogar, para encontrar el camino para la humanidad en este tiempo de la inteligencia artificial.

Qué gran signo de esperanza es el hecho de que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos unos a otros. Este intercambio indica claramente la gravedad del momento, así como la convicción de que, juntos, podemos discernir las cuestiones más importantes de nuestro tiempo y, por tanto, el futuro de la humanidad.

En los momentos clave de la historia, la Iglesia está llamada a descifrar «cosas nuevas» a la luz del Evangelio y de la dignidad de la persona. Hace 135 años, mi venerable predecesor León XIII observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial. Comprendió que la Iglesia no podía permanecer al margen. En un momento de cambio trascendental que amenazaba la dignidad humana, la encíclica Rerum novarum expresó su mensaje evangélico y social sobre las «cosas nuevas» que estaban ocurriendo.

Hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta a muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra.

Al igual que el «León» anterior, me siento llamado a contemplar otra gran transformación con los ojos de la fe, con la lucidez de la razón, con apertura al misterio y con los gritos de los pobres de la tierra resonando en mi corazón.

Magnifica humanitas nació de escuchar como lo hizo León XIII. He escuchado a científicos e ingenieros que trabajan con sincero entusiasmo en tecnologías capaces de aliviar inmensos sufrimientos; a líderes políticos y funcionarios públicos que han buscado con perseverancia normas justas; a padres y maestros profundamente preocupados por el futuro de las generaciones más jóvenes.

También me han llegado otras voces muy preocupantes, sobre sistemas de armas cada vez más autónomos, que prácticamente ningún ser humano ni ningún gobierno puede controlar realmente. Escucho relatos muy preocupantes sobre algoritmos que pueden bloquear el acceso a la atención médica, al trabajo y a la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias. Y he escuchado el silencio de quienes no tienen voz cuando se toman las decisiones, decisiones que corren el riesgo de generar nuevas formas de exclusión y sufrimiento.

De esta escucha ha madurado una convicción alarmante expresada en Magnifica humanitas: la inteligencia artificial debe ser desarmada. Se trata de una palabra fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento necesita palabras capaces de llamar la atención, despertar las conciencias e indicar el camino a seguir para la humanidad.

La Iglesia lleva mucho tiempo trabajando por el desarme nuclear, consciente de que todo gran poder tecnológico puede afectar la vida de las personas y, por lo tanto, debe ir acompañado de un discernimiento moral y un control público adecuados. El desarme nuclear sigue siendo un servicio a la paz y a la dignidad de la familia humana.

De manera análoga, la inteligencia artificial exige ahora ser «desarmada», liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte. Al igual que la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común. Las decisiones relativas a la tecnología nunca deben separarse de la conciencia y la responsabilidad. «…no durmamos como los demás», advertía el apóstol Pablo, «sino velemos…» (1 Ts 5, 6). Esta vigilancia es necesaria hoy. La paz no es solo ausencia de guerra, sino justicia en acción. Pero, cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, la paz misma está en riesgo.

Sin embargo, el desarme no es suficiente. Debemos construir.

La palabra «construir» me recuerda los años que pasé en Perú como misionero. En 2017, el norte del país se vio afectado por lluvias torrenciales e inundaciones: muchas familias vieron cómo el lodo se llevaba sus hogares, y también muchas carreteras. Allí aprendí que reconstruir no significa simplemente reemplazar lo que ha sido destruido. Significa reparar vínculos, restablecer la confianza y despertar la esperanza en el futuro. Además, nadie reconstruye solo.

En Magnifica humanitas recuerdo al profeta bíblico Nehemías. Ante las ruinas de los muros de Jerusalén, él reúne a las personas desanimadas para dar vida a un renacimiento. La imagen de las murallas no justifica cierres ni divisiones, sino que invita a todos y cada uno a aportar su granito de arena. Ladrillo a ladrillo va tomando forma una convivencia más justa, capaz de salvaguardar la dignidad de todos. El esfuerzo de Nehemías nos habla en el tiempo presente. La inteligencia artificial puede ser una obra de la historia dentro de un horizonte de comunión, en el que el progreso técnico aprende a servir a la vida humana.

«¡Que cada uno se fije bien de qué manera construye!» (1 Cor 3, 10), advierte san Pablo. Él no teme la obra; más bien advierte contra construir sin cimientos sólidos. No temamos a la inteligencia artificial, pero sigamos manteniendo viva la cuestión de lo humano. No podemos ser descuidados en el uso de nuestras herramientas técnicas más poderosas.

El verdadero desarrollo, afirma san Pablo VI, se refiere siempre a «cada persona y a la persona en su totalidad». «Cada» significa que no se puede dejar a nadie al margen de la transformación digital. «En su totalidad» significa que nadie puede ser reducido a la productividad, al rendimiento cognitivo o a simples datos. Cada persona lleva en sí misma una libertad, una interioridad y una vocación al amor y a la adoración que ninguna máquina puede sustituir ni detener.

Solo con esta visión integral la inteligencia puede orientarse hacia el bien común. Solo juntos —quienes diseñan los sistemas y quienes sufren sus efectos, los países más ricos y los más pobres, las instituciones y los individuos, los centros de poder y las periferias— lograremos construir un futuro no para unos pocos privilegiados, sino para toda la familia humana.

Esta es la civilización del amor de la que hablaba san Pablo VI y que san Juan Pablo II señaló con tanta fuerza como el horizonte que debemos buscar juntos. No es un sueño ingenuo. Es una dirección. Es el camino que Jesucristo abre en la historia.

Por esta razón, la Iglesia desea, con humildad y franqueza, ser parte de las conversaciones sobre la inteligencia artificial. No tenemos respuestas técnicas, ni pretendemos sustituir a quienes poseen las competencias. Pero aportamos una sabiduría sobre el ser humano que el tiempo presente necesita desesperadamente: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir a los demás y de cuidar de nuestra casa común.

Por lo tanto, invito a todos los miembros de la Iglesia y de la familia humana: aprendamos a escucharnos unos a otros, a afrontar los desafíos actuales con valentía y a cooperar en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.

De esta presentación de Magnifica humanitas, por favor, lleven consigo el compromiso de permanecer vigilantes y, como «artesanos de la esperanza», de seguir construyendo la obra de nuestro tiempo. Que el Espíritu del Señor Jesús Resucitado sostenga nuestro trabajo conjunto.

Encomiendo a cada uno de ustedes a nuestra Madre María. Su Magnificat canta la grandeza de Dios, que exalta a los humildes. Que ella nos enseñe a reconocer la verdadera grandeza de cada hombre y cada mujer en el amor y en el servicio. Que Dios Todopoderoso haga fecunda la gran empresa que hoy confiamos a su gracia, haciendo madurar en la historia la civilización del amor.

Sobre todos ustedes invoco de corazón la bendición de Dios.

Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 25 de mayo de 2026

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La Santa Sede

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