EL SANTO DE LA SEMANA: SAN SIMPLICIO, PAPA

Natural de Tívoli, en el campo de Roma. Es hijo de Castino. Le vemos formando parte del clero romano y sucediendo al papa san Hilario en la Sede de Roma, en marzo del año 467.

Le toca vivir y ser Supremo Pastor en un tiempo difícil por la herejía y la calamidad dentro de la Iglesia que aparece como inundada por el error. En Occidente, Odaco se ha hecho dueño de Italia y es arriano como los godos en las Galias, los de España y los vándalos en África; el panorama no es muy consolador, no. Los ingleses aún están en el paganismo. Para Oriente no van mejor las cosas, aunque con otros tonos, en cuanto a la vida de fe: el emperador Zenón y el tirano Basílico favorecen la herejía de Eutiques; los Patriarcas han resultado ambiciosos de poder y las sedes patriarcales son una deseada presa más que un centro de irradiación cristiana. ¡Lamentable estado general de la Iglesia que está necesitando un buen timonel!

El nuevo papa adopta en su pontificado una actitud fundamental: atiende preferente al clero. Procura su reforma, detectando el error y proponiendo el remedio con la verdad sin condescendencias que lo acaricien; muestra perseverancia firme y tesón férreo cuando debe reprimir la ambición de los altos eclesiásticos.

Modera la Iglesia que está en Oriente siendo un muro de contención frente a las ambiciones de poder y dominio que muestra Acacio, Patriarca de Constantinopla, cuando pretendía los derechos de Alejandría y Antioquía. No cedió a las pretensiones del usurpador Timoteo Eluro, ni a las del intruso Pedro el Tintorero. Defendió la elección canónica de Juan Tabenas como Patriarca de Alejandría frente a las presiones de Pedro Mingo protegido por el emperador Zenón.

Gobierna la Iglesia que está en Occidente mandando cartas a otro Zenón -obispo de Sevilla-, encargándole rectitud y alabando su dedicación permanente a la familia cristiana que tiene encomendada. También escribe a Juan, Obispo de Rávena, en el 482, con motivo de ordenaciones ilícitas: «Quien abusa de su poder -le dice- merece perderle». En el año 475 manda a los obispos galos Florencio y Severo corregir a Gaudencio y privar del ejercicio episcopal a los que ordenó ilícitamente al tiempo que da orientaciones para distribuir los bienes de la Iglesia y evitar abusos.

En su diócesis de Roma se comporta como modelo episcopal, entregándose al cuidado de sus fieles como si no tuviera en sus hombros a la Iglesia Universal. Aquí cuida especialmente la instrucción religiosa de los fieles, facilita la distribución de limosnas entre los más pobres y dicta normas para atender primordialmente la administración del bautismo. Aún tuvo tiempo para dedicar el primer templo en el occidente a San Andrés, el hermano del apóstol Pedro, iuxta sanctam Mariam o iuxta Praesepe, sobre el monte Esquilino.

También convocó un concilio para explicitar la fe ante los errores que había difundido Eutiques, equivocándose en la inteligencia de la verdad, pues, en su monofisismo, sólo admitía en Cristo la naturaleza divina con lo que se llegaba a negar la Redención.

Los datos exactos de su óbito no están aun perfectamente esclarecidos, si bien se conoce que fue en el mes de Febrero del año 483. Sus reliquias se conservan en Tívoli.

Los contemporáneos del santo conocieron bien la austeridad de su vida y su constante oración hasta el punto de afirmar que rezó como un monje y se mortificó como un solitario del desierto. Sin esos medios, su labor de servicio a la Iglesia hubiera resultado imposible.

Fuente: Santopedia

MONSEÑOR CHICO: «LA PACIENCIA DE DIOS ES NUESTRA SALVACIÓN»

«Procurad que Dios os encuentre en paz con él,

intachables e irreprochables, y considerad que

la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación».

(2Pe 3,14-15)

Queridos fieles diocesanos:

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará» (Mc 10,33-34). La Cuaresma no se entiende sin la Pascua. Sería como caminar sin horizonte, como sembrar sin esperar la cosecha, como amar sin creer en la eternidad. La Cuaresma es el camino, pero la Pascua es la meta.

Jerusalén es la ciudad del rechazo y, al mismo tiempo, del cumplimiento. Allí se cruzan la infidelidad humana y la fidelidad infinita de Dios. Allí, la Cruz se alza como trono de misericordia y la muerte se convierte en puerta de Vida. Jesús camina delante, sin engañar a sus discípulos, sin edulcorar la Cruz, sin ocultar el precio del amor verdadero. Esta subida a Jerusalén, culminación de la vida histórica de Jesús, se convierte también en sendero y norma para todo discípulo.

El discípulo no puede permanecer al margen, porque seguir a Cristo implica caminar tras Él, asumir su estilo y compartir su destino. Por ello, durante este tiempo cuaresmal, nos disponemos interiormente, a purificar el corazón y a afinar la mirada para participar de manera activa, consciente y plena en los misterios de su pasión, muerte y resurrección; dejándonos transformar por el amor que brota del costado abierto de Cristo.

«Conviértete». Es el imperativo que resuena cuando recibimos las cenizas sobre nuestra cabeza, precisamente en el mismo lugar donde un día fuimos marcados con el santo Crisma en las aguas del Bautismo. Allí donde comenzó nuestra vida nueva, vuelve hoy a pronunciarse una llamada a recomenzar. Porque la conversión es un camino, una promesa, una puerta siempre abierta.

Sin embargo, contemplamos sombras que cubren nuestro mundo: el cansancio, la indiferencia, la desconfianza, la mentira, la tentación de instalarnos, de proteger lo poco que creemos tener, de quedarnos donde estamos. En muchas ocasiones vamos sobreviviendo más que viviendo, sostenidos por un realismo superficial que nos enseña a disimular las grietas y heridas. Fingimos firmeza, mientras por dentro nos habita la duda. Estas sombras nos susurran que no vale la pena cambiar, que es mejor acomodarse que arriesgar, que es más seguro permanecer que avanzar. Pero, precisamente por eso, hoy resuena con más fuerza la palabra: «Conviértete», para despertarnos y renovar nuestra esperanza en Aquel que no se cansa de esperar, y que da unidad, dirección y sentido a nuestra vida.

Para esto se nos ofrece, un año más, la Cuaresma, donde la Iglesia, como madre y maestra, nos conduce al desierto, ese lugar bíblico donde Dios habla al corazón y donde el hombre aprende a escuchar. Allí Israel aprendió a confiar, allí los profetas escucharon la voz de Dios, allí Cristo fue tentado y confirmó su fidelidad al Padre. También, nosotros necesitamos desierto, no para huir del mundo, sino para reordenar la vida, para recordar que no todo es urgente ni todo es imprescindible. En el silencio del desierto —tan necesario como incómodo en nuestros días— resuena una verdad que sostiene nuestra esperanza: la paciencia de Dios es nuestra salvación.

Dios no nos “soporta” con resignación ni nos mira con indiferencia cuando recaemos, cuando nos enredamos en nuestras incoherencias o cuando nos alejamos del rostro de Cristo; su paciencia es activa y redentora. Al vernos heridos por el pecado y rodeados por sombras de muerte, no se limitó a esperar: envió a su Hijo para revelarnos hasta dónde llega su amor y para ofrecernos, gratuitamente, la redención. En su silencio ante el juicio, en su mansedumbre ante la violencia, en su perseverancia ante la incomprensión, se revela que la paciencia es una forma suprema de amor.

La paciencia de Dios es su modo de amar. Es búsqueda incansable de nuestro bien, llamada respetuosa a nuestra libertad, apoyo en nuestras posibilidades. Es una espera que levanta, sostiene y restaura. Por eso, con toda verdad, podemos decir que sin la paciencia de Dios estaríamos perdidos, porque somos frágiles, fácilmente seducidos por la tentación y vulnerables a causa de nuestras propias debilidades.

Queridos hermanos, la Cuaresma es el tiempo privilegiado para dejarnos alcanzar por esta paciencia. La oración nos enseña a mirarnos con la misma misericordia con que Dios nos mira, que perdona y cura, nos pone bajo su luz para caminar en la verdad, y nos regala su sabiduría para conocernos y conocer a Dios sin engaños. El ayuno, vivido con sencillez, nos hace sensibles a la llamada de Dios que nos despierta cuando el mal nos acecha y nos libera de lo que nos esclaviza, para que el corazón vuelva a ser suyo. Y la limosna – la caridad concreta – nos hace tocar su presencia fiel en el hermano, y reaviva el ardor del amor cuando nos enfría la indiferencia. Así, todo en Cuaresma nos recuerda que no somos nosotros quienes salvamos nuestra vida, sino Dios quien la rescata con infinita paciencia.

Por eso, en este tiempo santo, hagamos nuestra la exhortación del apóstol: «En tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es día de la salvación» (2Cor 6,2). Dios vuelve a tomar la iniciativa y nos llama, otra vez, ofreciéndonos una nueva oportunidad. No dejemos pasar esta gracia, no la echemos en saco roto. No tengamos miedo de volver a empezar de nuevo. No tengamos miedo de dejarnos amar por un Dios que no se cansa, no se rinde y no nos abandona.

Que la Virgen María nos acompañe en este camino hacia la Pascua, para que, sostenidos por la paciencia de Dios, podamos llegar al sepulcro vacío con un corazón nuevo, reconciliado y lleno de esperanza.

Con mi afecto y mi bendición,

+ Sebastián Chico Martínez

 Obispo de Jaén

HOMILIA DEL SANTO PADRE LEON XIV EL MIÉRCOLES DE CENIZA EN LA BASÍLICA DE SANTA SABINA

Queridos hermanos y hermanas:

Al inicio de cada tiempo litúrgico, redescubrimos con una alegría siempre nueva la gracia de ser Iglesia, comunidad convocada para escuchar la Palabra de Dios. El profeta Joel nos alcanza con su voz, que saca a cada uno de su aislamiento y hace de la conversión una urgencia personal y pública al mismo tiempo: «Convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho» (Jl 2,16). Menciona a las personas cuya ausencia no sería difícil de justificar: las más frágiles y menos aptas para las grandes muchedumbres. Luego, el profeta nombra al esposo y a la esposa; parece sacarlos de su intimidad para que se sientan parte de una comunidad más grande. Después, toca el turno a los sacerdotes, que ya se encuentran —casi por obligación— «entre el vestíbulo y el altar» (v. 17); se les invita a llorar y a encontrar las palabras adecuadas para todos: «¡Perdona, Señor, a tu pueblo!» (v. 17).

La Cuaresma, también hoy, es un tiempo fuerte de comunidad: «Reúnan al pueblo, convoquen a la asamblea» (Jl 2,16). Sabemos cuán difícil resulta hoy en día reunir a las personas y sentirse pueblo, no de manera nacionalista y agresiva, sino en la comunión en la que cada uno encuentra su lugar. Es más, aquí toma forma un pueblo que reconoce sus propios pecados, es decir, que el mal no proviene de supuestos enemigos, sino que ha entrado en los corazones, está en el interior de la propia vida y debe asumirse con valiente responsabilidad. Tenemos que admitir que se trata de una actitud contracorriente, pero que, cuando es tan natural declararse impotente delante de un mundo que arde, constituye una alternativa auténtica, honesta y atractiva. Sí, la Iglesia existe también como profecía de comunidades que reconocen sus propios pecados.

Ciertamente, el pecado es personal, pero toma forma en los entornos reales y virtuales que frecuentamos, en las actitudes con las que nos condicionamos mutuamente, no pocas veces dentro de verdaderas “estructuras de pecado” de orden económico, cultural, político e incluso religioso. Oponer el Dios vivo a la idolatría —nos enseña la Escritura— significa osar la libertad y reencontrarla a través de un éxodo, de un camino. Ya no paralizados, rígidos, seguros en nuestras posiciones, sino reunidos para ponerse en movimiento y cambiar. Qué raro es encontrar adultos que se arrepienten, personas, empresas e instituciones que admiten haber cometido un error.

Hoy, entre nosotros, es precisamente esta posibilidad la que está en juego. Y no es casualidad que muchos jóvenes, incluso en contextos secularizados, sientan más que en el pasado, el llamamiento de este día, Miércoles de ceniza. Son los jóvenes, de hecho, los que perciben claramente que es posible una forma de vida más justa y que existen responsabilidades por aquello que no funciona en la Iglesia y en el mundo. Por lo tanto, hay que empezar por donde se pueda y con quien esté dispuesto a hacerlo. «Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Co 6,2). Percibamos, entonces, el alcance misionero de la Cuaresma, no para distraernos del trabajo que corresponde hacer sobre nosotros mismos, sino para abrirlo a tantas personas inquietas y de buena voluntad, que buscan caminos para una auténtica renovación de la vida, en el horizonte del Reino de Dios y de su justicia.

«¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios?”» (Jl 2,17). La pregunta del profeta es como un aguijón. Nos recuerda también aquellos pensamientos que nos conciernen y que surgen entre quienes observan al Pueblo de Dios desde afuera. La Cuaresma nos exhorta, de hecho, a esos cambios de rumbo —conversiones— que hacen nuestro anuncio más creíble.

Hace sesenta años, pocas semanas después de la conclusión del Concilio Vaticano II, san Pablo VI quiso celebrar públicamente el Rito de las Cenizas, haciendo visible para todos, durante una Audiencia general en la Basílica de San Pedro, el gesto que hoy estamos a punto de realizar. Habló de él como de una «ceremonia penitencial tan severa e impresionante» (Audiencia general, 23 febrero 1966), que impacta al sentido común y, al mismo tiempo, intercepta las preguntas de la cultura. Decía: «Nosotros, los modernos, podemos preguntarnos si esta pedagogía sigue siendo comprensible. Respondemos afirmativamente. Porque es una pedagogía realista. Es una severa llamada a la verdad. Nos devuelve a la visión correcta de nuestra existencia y nuestro destino» (Idem).

Esta “pedagogía penitencial” —decía san Pablo VI— «sorprende al hombre moderno bajo dos aspectos»: el primero es «el de su inmensa capacidad de ilusión, de autosugestión, de engaño sistemático a sí mismo sobre la realidad de la vida y sus valores». El segundo aspecto es “el pesimismo fundamental” que el Papa Montini encontraba en todas partes: «La mayor parte de la documentación humana que nos ofrecen hoy la filosofía, la literatura y el espectáculo —decía— concluye proclamando la ineludible vanidad de todas las cosas, la inmensa tristeza de la vida, la metafísica de lo absurdo y de la nada. Esta documentación es una apología de las cenizas».

Hoy podemos reconocer la profecía que contenían estas palabras y sentir, en las cenizas que se nos imponen, el peso de un mundo que arde en llamas, de ciudades desintegradas completamente por la guerra; las cenizas del derecho internacional y de la justicia entre los pueblos, las cenizas de ecosistemas enteros y de la concordia entre las personas, las cenizas del pensamiento crítico y de la sabiduría local ancestral, las cenizas de ese sentido de lo sagrado que habita en toda criatura.

“¿Dónde está su Dios?”, se preguntan los pueblos. Sí, queridos hermanos, la historia nos lo pregunta, y antes aún nuestra conciencia: llamar a la muerte por su nombre, llevar sus marcas en nosotros y, sin embargo, dar testimonio de la resurrección. Reconocer nuestros pecados para convertirnos es ya un presagio y un testimonio de resurrección. Significa, en efecto, no quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir. Entonces, el Triduo Pascual, que celebraremos como culminación del camino cuaresmal, desplegará toda su belleza y su significado. Lo hará habiéndonos involucrado, a través de la penitencia, en el paso de la muerte a la vida, de la impotencia a las posibilidades de Dios.

Por eso, los mártires antiguos y contemporáneos brillan como pioneros de nuestro camino hacia la Pascua. La antigua tradición romana de las stationes cuaresmales —de las cuales la de hoy es la primera— es educativa: remite tanto al movimiento como peregrinos, cuanto a la parada —statio— ante las “memorias” de los mártires, sobre las que se levantan las basílicas de Roma. ¿No es acaso una invitación a seguir las huellas de los admirables testimonios que ahora se encuentran diseminados por todo el mundo? Reconocer los lugares, las historias y los nombres de quienes eligieron el camino de las Bienaventuranzas y llevaron sus consecuencias hasta el final. Una miríada de semillas que, incluso cuando parecían perdidas, enterradas, prepararon la abundante cosecha que nos toca recoger. La Cuaresma, como nos sugiere el Evangelio, liberándonos del deseo de ser vistos a toda costa (cf. Mt 6,2.5.16), nos enseña a ver más bien lo que nace, lo que crece; y nos impulsa a servirlo. Es la profunda sintonía que se establece con el Dios de la vida, nuestro Padre y el de todos, en el secreto de quien ayuna, ora y ama. A Él reorientamos, con sobriedad y con gozo, todo nuestro ser, todo nuestro corazón.

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CUARESMA SIN PASCUA

El Papa Francisco decía, de vez en cuando, alguna frase llamativa y hasta provocativa, que pretendía despertar nuestra conciencia o llamar la atención sobre un determinado asunto. Algunas se hicieron famosas e incluso fueron criticadas. Basta recordar el “hagan lío” dirigido a los jóvenes, o “la Iglesia es una casa paterna, no una aduana”, o “como me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”. Y esta dirigida a curas y monjas, que tiene mucho que ver con lo que diré a continuación: “no pierdan el sentido del humor. Es triste ver a un cura, un religioso, una religiosa avinagrado”.

En su exhortación apostólica sobre “la alegría del Evangelio” se encuentra otra frase llamativa, aunque quizás menos conocida, que tiene que ver con este tiempo de cuaresma: “hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”. Esta frase está dicha en el contexto de un discurso sobre la alegría como una actitud propia del cristiano. La vida cristiana no es triste, ni amargada, ni consiste en cumplir con una serie de pesadas normas, aunque no cabe duda de que muchos cristianos viven en situaciones muy duras y difíciles, en las que predomina muchas veces la tristeza y la desesperanza. Pues bien, también en estas circunstancias la alegría puede permanecer, al menos, “como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo”. Efectivamente, cuando uno se sabe amado, cuando siente que una mano amiga le acompaña, la vida tiene otro color y, aunque las dificultades no desaparecen, pueden vivirse con más serenidad.

El Papa afirma que “poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, en medio de las peores angustias”. Y como apoyo de su convicción cita este texto del libro de las Lamentaciones: “Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha… Pero traigo a la memoria algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad!… Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor”.

La paz para que no se turbe nuestro corazón (Jn 14,27) y la alegría que nadie podrá quitarnos (Jn 16,22) son dos dones que Jesús deja a sus discípulos en su discurso de despedida. Si permanecemos en el amor de Jesús, nuestro gozo será completo (Jn 15,11; 16,24; 1 Jn 1,4). Por otra parte, la esperanza es constitutiva de la vida cristiana. Por eso, vivir la Cuaresma en la perspectiva de la Pascua es una buena imagen de lo que es toda la vida cristiana, una vida gozosa y esperanzada, porque el Señor resucitado ha vencido a la muerte y a todos sus poderes. Sin duda en el mundo tenemos tribulaciones, pero el cristiano las vive en la esperanza y el consuelo de la victoria final (Jn 16,33).

Vivir la Cuaresma en la perspectiva de la Pascua es alimentar nuestra alegría en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo.

Marín Gelabert – Blog Nihil Obstat

BÀRBARA MARTÍNEZ, 90 AÑOS: “EL CUERPO NECESITA MOVIMIENTO”

Si ya es poco habitual encontrar a alguien que haga deporte todos los días del año, todavía lo es más cruzarse con una nonagenaria que lo haga —y, además, que enseñe a hacerlo a los demás—. Ella es Bàrbara Martínez, tiene 90 años y desde hace tres décadas imparte clases diarias de actividad física en la playa del Bogatell, en Barcelona. Cada mañana, de 10 a 11 horas de lunes a viernes, reúne a centenares de personas: algunos acuden para moverse y mantenerse en forma; otros, simplemente, para combatir la soledad y socializar.

Martínez no ha faltado a una sola clase en todos estos años. Solo hace un parón en verano, ya que las altas temperaturas suponen un riesgo para practicar deporte al aire libre, especialmente para las personas mayores. Su vitalidad no es fruto de fórmulas milagrosas, sino de una filosofía de vida tan sencilla como contundente. “Hago lo que me da la gana, como lo que me apetece y vivo tranquila”, Resume Martínez en un reciente vídeo de @lainfopositiva, cuyo equipo se desplazó hasta la playa para hablar con ella.

Más allá del beneficio físico, esta profesora observa emocionada la transformación de sus alumnos a lo largo de las semanas. “Las personas que vienen se lo pasan pipa. Al principio no te diré que estén tristes, pero sí llegan aburridas. Al cabo de una semana ya no son las mismas: tienen otra alegría”, explica. Una prueba, asegura, de que el ejercicio actúa también como un poderoso aliado del bienestar mental y emocional.

Las clases de Bàrbara tienen, además, un sello propio. Desde la prohibición de vestir de negro —porque para ella “el color es vida”— hasta los peculiares nombres de los ejercicios, como “sacar agua del pozo” o “hacer el caganer”. Y, en una ciudad donde las cadenas de fitness no dejan de crecer, Martínez reivindica con orgullo impartir sus sesiones en catalán, mientras decenas de turistas observan con curiosidad al grupo que se ejercita junto al mar.

Cuando alguien le pregunta qué necesita para poder acudir a sus clases, siempre responde lo mismo: “Solo hace falta llegar puntual y decir buenos días. Ya está, ni papeleo ni nada más”, señala.

El movimiento en la tercera edad es una recomendación constante entre los expertos en salud, algo que Bàrbara defiende con la claridad que la caracteriza. “Si no te mueves a esta edad, un día no puedes levantar una pierna y al siguiente no puedes levantar la otra”, advierte en uno de sus vídeos en redes sociales. “El señor que se jubila y cree que su tarea es ir a buscar el periódico, salir al balcón y mirar a los vecinos es un aburrido. El cuerpo necesita movimiento”, añade.

Fuente: La vanguardia

CELEBRACIÓN DE LOS SANTOS PATRONOS EN JAEN

La Casa de la Iglesia acogía, el pasado lunes 2 de febrero, la Fiesta del Mayor, que Vida Ascendente celebra anualmente en torno a la festividad de la Presentación del Señor.

Se congregaron alrededor de 110 miembros pertenecientes a distintos grupos de Vida Ascendente y otros mayores, los cuales se hicieron presentes superando las adversidades climatológicas del día.

A partir de las once y media comenzaron los actos programados para celebrar la fiesta de sus patronos, Simeón y Ana.

En primer lugar, la presidenta, Dña. M.ª Dolores Núñez García, y el consiliario, D. Facundo López Sanjuán, dieron la bienvenida a los asistentes con gran alegría, destacando la afluencia de personas que habían acudido y la presencia de los nuevos grupos que se han creado en nuestra diócesis.

A continuación, Dña. M.ª Dolores Núñez García presentó al ponente escogido este año para la charla de formación, D. Juan Manuel Bajo, consiliario de Vida Ascendente de la diócesis de Tortosa y delegado de la Pastoral de la Salud, quien ofreció una conferencia muy instructiva y enriquecedora sobre cómo los ancianos podemos, incluso bajo los achaques de la vida, seguir siendo instrumentos de Dios. Animó, además, a todos los asistentes a ser valientes y a aceptar la llamada que nos hace el Señor y el Espíritu Santo en este servicio, en el que podemos hacernos presentes y desempeñar, con nuestra experiencia, un papel importante en la Iglesia.

A la una de la tarde daba comienzo la Eucaristía, presidida por nuestro Obispo, Don Sebastián Chico Martínez, y concelebrada, además, por el consiliario diocesano de Vida Ascendente y los sacerdotes diocesanos D. Domingo Pérez, D. Ángel Sánchez, D. Juan Manuel Bajo y D. Francisco Cova.

Homilía

En la homilía, nuestro Obispo diocesano hizo hincapié en el sentido profundo de la fiesta litúrgica que celebra la Iglesia cada 2 de febrero, subrayando la riqueza espiritual de la Presentación del Señor y el valor del testimonio creyente de los mayores. “Cada 2 de febrero, la Iglesia celebra una fiesta llena de luz: la Presentación del Señor. María y José traen a Jesús al Templo; y ese gesto sencillo nos recuerda algo esencial: todo lo recibido se ofrece, y toda la vida -con su historia, sus gozos y sus heridas- puede ponerse en manos de Dios. Por eso venimos en este día a esta Eucaristía con gratitud por el camino recorrido, con el corazón abierto, y con el deseo de seguir dejándonos purificar y renovar por el Señor”.

El Prelado destacó, también, el papel del movimiento Vida Ascendente en la Diócesis, valorando su aportación a la vida eclesial y su compromiso activo desde la fe. “En este día nos encontramos a dos ancianos llenos de esperanza: Simeón y Ana, dos ancianos que han aprendido a esperar, a orar, a escuchar al Espíritu… y a reconocer a Cristo cuando llega. Por eso la Iglesia y el propio movimiento los venera como patronos de los mayores y de Vida Ascendente: Simeón, con sus brazos abiertos para acoger al Salvador; y Ana, con su palabra valiente para anunciarlo a los demás”.

Asimismo, Monseñor Chico Martínez animó a los mayores a vivir esta etapa de la vida como una verdadera vocación dentro de la Iglesia, siendo testigos de esperanza y transmisores de fe y de esperanza. “La Iglesia necesita Simeones y Anas hoy. Personas mayores que no se apagan, que siguen mirando con fe, que sostienen la esperanza de los demás, que hablan bien de Dios porque lo han probado en su vida”.

Finalmente, Don Sebastián quiso invitar a los presentes a reconocer a Cristo en lo cotidiano y a dejarse iluminar por Él como luz del mundo. “Queridos hermanos: hoy pedimos la gracia de Simeón: reconocer a Jesús cuando viene ‘en lo pequeño’: en un Niño, en un gesto sencillo, en una Eucaristía, en un hermano, en una visita, en una llamada, en un rato de oración. Que Cristo, Luz para alumbrar a las naciones, encienda de nuevo nuestra fe”.

Tras la celebración de la Eucaristía, los miembros de Vida Ascendente y otros mayores pudieron compartir un rato de convivencia y comida fraterna en la misma Casa de la Iglesia.

La alegría, el entusiasmo y la convivencia fueron, como siempre, las notas distintivas de este encuentro diocesano.

✍Delegación de la Pastoral del Mayor

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA 133

Todos endeudados

 

 

Todos endeudados…

por la deuda pública,

según la ONU, en 2024 la deuda pública mundial

ascendió a 102 billones de dólares,

de ellos, 31 billones corresponden a los países en desarrollo;

3.400 millones de personas, el 40 % de la población mundial,

viven en países que gastan más en intereses de la deuda

que en salud y educación.

El Papa Francisco dijo sobre este asunto:

“Hay que implementar políticas que ayuden a solucionar

el problema de la deuda que aqueja a muchos países del sur global,

generando miseria y angustia a millones de familias y de personas.

Animo a los gobernantes de los países de tradición cristiana

a que den buen ejemplo, cancelando o reduciendo,

en la medida de lo posible, las deudas de los países pobres”.

-¿Crees que hay que condonar la deuda “eterna” a los países pobres?

 

Todos endeudados…

con Dios, que para condonarnos la deuda

contraída por los pecados de la humanidad

envió a su Hijo a la tierra y con su sangre firmó la quita en la cruz.

“Dios canceló la deuda que había en contra nuestra

y que nos obligaba con sus requisitos legales,

poniendo fin con la muerte de Cristo en la cruz” (Col 2,14).

“Si alguno comete pecado,

tenemos ante el Padre un buen abogado,

Jesucristo, que se ofreció en sacrificio

para que nuestros pecados sean perdonados;

y no sólo los nuestros sino los de todo el mundo” (1Jn 2,1).

-¿Te sientes perdonado por Dios?

Todos endeudados…

con el planeta, “nuestra casa común”,

con el que tenemos una triple deuda:

“agradecimiento” por todo lo que nos da,

“cuidado” de la Creación,

y “reparación” de los daños causados.

“Se necesitan los talentos y la implicación de todos

para reparar el daño causado por el abuso humano

a la creación de Dios” (LS 14).

-¿Reciclas todos tus desechos?

 

Todos endeudados…

con los “pobres”,

porque la riqueza de algunos países

está directamente relacionada con la pobreza

de millones de personas.

Los 61 países en desarrollo destinaron más del 10%

de sus ingresos públicos al pago de intereses de su deuda,

en detrimento de servicios sociales como la sanidad y la educación.

“Mientras una parte de la humanidad vive en la opulencia,

otra parte ve su propia dignidad olvidada, despreciada o pisoteada

y sus derechos fundamentales ignorados o violados” (FT 22).

-¿Compartes algo de “tu riqueza personal” con los “más pobres”?

Todos endeudados…

con “nosotros mismos”,

porque no logramos ser felices en esta sociedad

“tensionada y cansada” en la que se vivimos,

porque no somos pacíficos ni pacificadores,

ni pacientes, compasivos y humildes de corazón,

ni tampoco amamos a Dios sobre todas las cosas

y al prójimo como a nosotros mismos.

Necesitamos “perdonarnos”

para poder perdonar a nuestros deudores.

-¿Qué deudas tienes contigo mismo?

 

“El malvado pide prestado, y no paga;

pero el hombre bueno

es compasivo y generoso” (Sal 37,21).

 

Julián del Olmo

Domingo, 15 de febrero de 2026

NUEVA SECCIÓN: SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

En el encuentro de la Fiesta de nuestros Santos Patronos el pasado 2 de febrero, que compartieron con Vida Ascendente de Segovia nuestro Presidente y Secretaria nacionales, Jaime y Mercedes, les di a conocer los SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA, cuyo autor es JULIÁN DEL OLMO GARCÍA, sacerdote, periodista, poeta, “hijo del herrero de Yela (Guadalajara)”, alcarreño de la tierra  del trigo, la cebada y la lavanda.

Les pareció que podíamos incorporarlos a nuestro BOLETÍN semanal y aquí estoy presentándolos, con el permiso de su autor, esperando nos sirvan a todos los miembros de nuestro querido Movimiento y a cuantos leen nuestro BOLETÍN para reflexionar y orar. “Con ello me doy por satisfecho, dice el autor, porque ese era el objetivo final”.

JULIÁN DEL OLMO trabajó durante 32 años en los programas religiosos católicos de Televisión Española (TVE) y de 2000 a 2017 fue director del programa “PUEBLO DE DIOS (TVE2). Su larga vida ha transcurrido entre lo rural y lo urbano, lo local y lo global, los pulpitos de las Iglesias y televisión española, la prosa y la poesía. Se definía a sí mismo como “misionero del tercer mundo en el primero”.

El trabajo en TVE lo simultaneó con la atención a enfermos mentales y a sus familiares en el ámbito de los centros de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús y en AFAEP (Asociación de Familiares y Amigos de los Enfermos Psíquicos) fundada por él en 1990. A partir de su jubilación, colabora en la Parroquia San Pío X de Madrid y “acompaña” a las personas mayores.

LOS SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA, en palabras del propio Julián, “están cocinados en ollas de barro, a fuego lento, para que conserven todo su sabor y los “salmodiadores” los disfruten, los personalicen y los enriquezcan. Los “Salmos” son una lectura creyente de lo que vivimos y de lo que sucede en nuestro pequeño y gran mundo. Son una reflexión–meditación-oración personal sobre la presencia de Dios en la vida cotidiana, el guion para comenzar a “conversar” con nosotros mismos, con Dios, con el mundo y con la naturaleza y, a medida que vamos “conversando”, recibir la “iluminación” para ver con claridad aquello que, dentro y fuera de nosotros, es susceptible de mejora”.

Invitamos a leerlos y meditarlos cada semana con sosiego y apertura de mente y corazón, confiando en que su meditación os resultará, luminosa, gozosa y sanante. Gracias por la acogida.

José María López López

Consiliario Diocesano de Vida Ascendente de Segovia

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN VALERIO DEL BIERZO

San Valerio (Valerius del Bierzo), también llamado san Valerio de Astorga (630-695 d. C.), fue un cenobita, escritor y ermitaño del siglo VII que vivió retirado en la comarca de El Bierzo, (provincia de León, comunidad autónoma de Castilla y León, España).

Biografía

Discípulo de san Fructuoso de Braga​ (uno de los llamados «Padres del yermo»), Valerio adoptó la vida anacoreta y ascética de este y habitó en los mismos lugares, principalmente en el monasterio de San Pedro de Montes.

En algunas fuentes se denomina a Valerio como «gallego», confundiendo la Gallaecia geográfica de la división romana con la Galicia étnica. Valerio mismo escribió «Ego indignissimus peccator Asturiensis Prouintia indigena» («Yo, muy indigno pecador originario de la Provincia Asturiense»); lo de «pecador indigno» es una forma de mostrar humildad como común mortal, no considerándose santo a sí mismo. Era originario del territorio astur, concretamente del Conventus Asturum, subdivisión de la provincia de Gallaecia, con sede en Asturica Augusta, la actual Astorga. Acerca de su muerte nada se sabe, e incluso la fecha tradicionalmente aceptada sólo es conocida por testimonios muy tardíos.

Obras

San Valerio dejó un valioso legado literario que abarca diversas temáticas. En primer lugar, relató la vida de su maestro en la hagiografía Vita Sancti Fructuosi (Vida de san Fructuoso). Además, contribuyó al ámbito monástico con un tratado titulado De génere monachorum (Acerca del género monacal), en el que proporciona una visión detallada de la vida monástica.

Valerio escribió una obra única y de gran valor histórico titulada Ordo querimoniae. Esta autobiografía detalla las dificultades y persecuciones que enfrentó por parte del clero local y la población, destacando sus sufrimientos, muchos de los cuales consideraba como directamente provocados por el diablo.

Además de estas obras, Valerio es autor de una famosa carta en la que elogia la peregrinación de la asceta del siglo IV, Egeria. También compiló una obra hagiográfica que relata la vida de diversos padres del monacato antiguo, así como tres breves relatos de visiones del más allá experimentadas por monjes. Su contribución se completa con una pequeña colección de poesía que enriquece su diversa producción literaria. En conjunto, las obras de san Valerio ofrecen una valiosa perspectiva sobre la vida monástica y las adversidades enfrentadas en su tiempo.​

EL GRUPO DE VIDA ASCENDENTE, FORTALEZAS Y DEBILIDADES (III)

2º AMISTAD Y SOLIDARIDAD

  1. A) Compañerismo. _Se crean lazos de amistad y fraternidad que ayudan a los miembros a sentirse menos solos.

Se realizan actividades juntos, fuera de las reuniones, quedan para tomar alguna cosa, celebran fechas importantes, se llaman por teléfono, algunos quedan para ir juntos a la reunión del grupo

B ) Clima de confianza. _Se promueven diálogos respetuosos, la escucha activa y un ambiente de aceptación mutua.

_En el grupo no se hace acepción de personas, se quiere a cada uno como es, se acepta con sus peculiaridades y se valora. Todo ello genera un clima de confianza en el que se pueden compartir cuestiones personales, con la seguridad de ser escuchados con cariño y respeto y la tranquilidad de que la discreción está garantizada.

C,) Apoyo mutuo. -Los miembros se acompañan y ayudan entre sí en los desafíos personales.

a). Ante cualquier dificultad, situación complicada de gestionar, reciben la escucha y atención de los compañeros, los acompañan tanto en la enfermedad, como en las dificultades por las que pasan algunos;

b). Se avisa de acontecimiento que les afectan para que todos puedan estar al lado del que sufre.

  1. c) Se escucha con respeto y se reza por quienes están en alguna dificultad.

Sentir que tienes detrás un grupo que te apoya y reza por ti, es de gran consuelo.

3º APOSTOLADO Y SERVICIO

A)Servicio a la Iglesia. _Los mayores ponen su experiencia, fe y tiempo al servicio de la Iglesia en la parroquia, participando también en actividades diversas: catequesis, liturgia, pastoral de enfermos etc.

  1. A veces cuando llegan al grupo ya tienen otros compromisos con actividades parroquiales, pero en otros casos descubren, en el propio grupo, que pueden ser útiles a la Iglesia y se ofrecen para ello

      B)Transmisión de la Fe. _Los mayores trasmiten su Fe y testimonio a las generaciones más jóvenes.

a). En primer lugar, hablando de la felicidad que le genera seguir al Señor, sensibilizando a las personas de su entorno con la responsabilidad, de todos, ante la soledad no deseada que viven muchos mayores,

b).  inculcando los valores cristianos en los nietos y siendo testigo, con opinión, ante los comentarios y actuaciones e injusticias que se oyen y se viven a diario

C). Compromiso social. Se buscan traducir el compromiso cristiano con acciones concretas para la sociedad y la familia.

  1. a) Vida Ascendente pretende poner al servicio de la sociedad y la Iglesia las cualidades y valores de los mayores, es importante la implicación de los miembros de los grupos en la vida social.
  2. b) Muchos mayores están haciendo diferentes actividades en los centros de participación activa de las ciudades, ayudan a las familias, cuidan nietos, visitan enfermos, o hacen gestiones para quienes no pueden desplazarse.
  3. Implicación en los compromisos. Los miembros del grupo apoyan y participan en los compromisos personales o colectivos de sus miembros (Que es vida Ascendente)
  4. a) El compromiso que se adquiere, a nivel individual, necesita sólo de la propia voluntad, pero a veces ayuda el ejemplo o consejo de los compañeros.
  5. b) En cuanto a los compromisos colectivos se tiene conciencia de que sólo con la confluencia de fuerzas, con el interés y esfuerzo de todos se consiguen los objetivos. El sentido de corresponsabilidad, compromete a que nadie deje de hacer su parte.