SAN JOSÉ, EL ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA, PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL, INSPIRA LA VIDA ESPIRITUAL DE MILLONES DE FIELES CADA MES DE MARZO

Cada año, cuando llega el mes de marzo, la Iglesia Católica vuelve su mirada hacia una figura que, aunque aparece discretamente en el Evangelio, ocupa un lugar central en la historia de la salvación: San José, el esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesucristo.

Su vida, marcada por el silencio, la obediencia y la confianza absoluta en Dios, ha inspirado durante siglos a millones de fieles. Aunque las Escrituras no conservan ninguna palabra pronunciada por él, sus actos hablan con una fuerza extraordinaria: aceptó el misterio de la Encarnación, protegió a María y al Niño Jesús, y cuidó con amor la Sagrada Familia en los años ocultos de Nazaret.

Por eso la tradición cristiana ha querido dedicarle especialmente el mes de marzo, culminando el día 19 con la solemnidad litúrgica que honra al santo considerado patrono de la Iglesia Universal, protector de las familias y modelo de trabajadores.

San José aparece en la historia del Evangelio como un hombre sencillo, pero su misión fue inmensa: custodiar al Redentor y acompañar el misterio de Dios hecho hombre.

Una aparición providencial que marcó a Santa Teresa

Entre los muchos testimonios de devoción a San José a lo largo de la historia de la Iglesia, uno de los más conocidos es el vivido por Santa Teresa de Jesús, gran reformadora del Carmelo y una de las santas que más propagó la devoción al padre adoptivo de Cristo.

Según relata el libro San José, el más santo de los santos, del agustino recoleto P. Ángel Peña, la santa vivió un episodio extraordinario durante una de sus fundaciones en el siglo XVI. En el año 1575, tras celebrar el Miércoles de Ceniza en la parroquia de Santa María de los Olmos, Santa Teresa emprendió viaje hacia Beas de Segura con el propósito de fundar un nuevo convento carmelita.

La acompañaban dos sacerdotes y varias monjas, entre ellas Sor Ana de Jesús, una de sus más cercanas colaboradoras.

Durante el trayecto, la comitiva se perdió en un terreno escarpado y peligroso. Los guías no encontraban la salida entre los peñascos y el grupo corría el riesgo de precipitarse por un barranco. Ante la angustia de la situación, Teresa pidió a las hermanas que comenzaran a rezar, implorando la ayuda de Dios y la intercesión de San José. Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.

A lo lejos comenzaron a escuchar la voz de un anciano que les advertía: “Deteneos, deteneos, que vais perdidos y os vais a despeñar si seguís por ahí”.

Aquel misterioso hombre les indicó el camino seguro para salir del lugar y permitió que las carretas pasaran sin dificultad. Sin embargo, cuando algunos regresaron para agradecerle la ayuda, el anciano había desaparecido.

Santa Teresa, profundamente conmovida, comprendió lo sucedido.

Entre lágrimas afirmó a sus compañeras: “¿Para qué lo habéis dejado ir? Era mi padre San José, y no lo encontraréis”. Nunca volvieron a ver a aquel providencial guía.

Marzo: el mes dedicado al custodio de Jesús

Desde hace siglos, la tradición católica ha consagrado cada mes del año a una devoción particular. Marzo está dedicado a San José, figura clave en el misterio de la Encarnación y patrono de la Iglesia Universal.

La Sagrada Escritura presenta a José como un hombre justo. Fue elegido por Dios para una misión extraordinaria: cuidar de María y proteger al Niño Jesús.

Su grandeza no radica en gestos espectaculares, sino en la fidelidad silenciosa con la que respondió a los planes de Dios. A través de sueños y revelaciones, el Señor le fue mostrando el camino que debía seguir.

Y José siempre obedeció.

Aceptó el misterio de la maternidad de María, condujo a la Sagrada Familia hacia Egipto para proteger al Niño de la persecución de Herodes y regresó después a Nazaret para iniciar una vida humilde y sencilla.

Allí trabajó como artesano, enseñó a Jesús el oficio y sostuvo a su familia con el fruto de su esfuerzo diario.

Por eso la Iglesia lo presenta también como modelo para todos los trabajadores y protector de las familias.

La profunda devoción de Santa Teresa de Jesús

Entre los grandes promotores de la devoción a San José destaca Santa Teresa de Jesús, quien lo consideraba uno de los intercesores más poderosos del cielo.

La santa carmelita experimentó personalmente su ayuda cuando padecía una grave enfermedad que la dejó casi paralizada y que los médicos consideraban incurable. Tras encomendarse con fe a San José, recuperó la salud.

Desde entonces difundió su devoción con entusiasmo. Numerosos conventos fundados por ella fueron dedicados al santo, y en sus escritos dejó testimonios de la confianza absoluta que tenía en su intercesión.

Santa Teresa llegó a afirmar una frase que ha quedado grabada en la espiritualidad cristiana:

“Otros santos parecen tener poder para ayudar en algunas necesidades, pero a San José Dios le ha concedido poder para ayudar en todas”.

Hacia el final de su vida, la santa aseguraba que durante cuarenta años había pedido cada 19 de marzo una gracia particular a San José, y que nunca había dejado de obtenerla.

Un santo muy querido por los Papas

La devoción a San José ha sido especialmente promovida también por numerosos pontífices. En el siglo XIX, el Beato Pío IX lo proclamó Patrono de la Iglesia Universal mediante el decreto Quemadmodum Deus. Desde entonces su figura ocupa un lugar central en la espiritualidad católica.

Más recientemente, el Papa Francisco quiso impulsar aún más esta devoción. En 2013 eligió precisamente el 19 de marzo, solemnidad de San José, para comenzar oficialmente su pontificado.

Años después convocó un Año de San José para conmemorar el 150 aniversario de su proclamación como patrono de la Iglesia. En la carta apostólica Patris corde, Francisco describió a San José como un hombre cercano, humilde y silencioso, capaz de sostener con su fe los momentos más difíciles.

“Todos pueden encontrar en San José —el hombre de la presencia diaria y discreta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”, escribió el Pontífice.

Las virtudes de San José para nuestro tiempo

También el Papa León XIV ha destacado la actualidad espiritual de este santo.

Durante el Adviento de 2025, en una reflexión dedicada a la figura de José, el Pontífice subrayó algunas de sus virtudes más profundas: la piedad, la misericordia, la caridad y el abandono confiado en Dios. Para el Papa, José representa el ejemplo de un creyente que, a pesar de su fragilidad humana, supo confiar plenamente en el plan divino. Su historia —explicó— muestra cómo Dios actúa muchas veces a través de personas sencillas que aceptan con valentía la misión que reciben.

Caminos concretos para vivir el mes de San José

La tradición espiritual de la Iglesia invita a aprovechar el mes de marzo para acercarse más a San José mediante gestos sencillos de oración y vida cristiana.

Muchos fieles rezan diariamente una oración en su honor, celebran novenas o incluso dedican los miércoles —día tradicionalmente vinculado al santo— a pedir su intercesión.

También se recomienda confiarle las preocupaciones familiares, el trabajo, el discernimiento vocacional y las dificultades de la vida cotidiana.

San José es considerado patrono de los trabajadores, protector de las familias y defensor de la Iglesia. Pero también ocupa un lugar especial como patrono de la buena muerte, ya que la tradición sostiene que murió acompañado por Jesús y María. Por ello muchos cristianos recurren a él para pedir la gracia de vivir una vida santa y alcanzar una muerte serena en la presencia de Dios.

Un padre espiritual para toda la Iglesia

A pesar de su silencio en los Evangelios, San José sigue hablando al corazón de los creyentes con una elocuencia única. Su vida demuestra que la verdadera grandeza no se encuentra en el protagonismo, sino en la fidelidad silenciosa a Dios. Custodio de la Sagrada Familia, protector del Redentor y patrono de la Iglesia Universal, San José continúa siendo hoy un modelo luminoso de fe, humildad y entrega. Y cada mes de marzo, la Iglesia invita a los fieles a volver la mirada hacia él para aprender a vivir con su misma confianza, su misma valentía y su mismo amor.

Fuente: ETWN

LAS EMOCIONES EN EL ACTO DE FE

La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ha publicado una oportuna nota sobre el papel de las emociones en el acto de fe. La vida espiritual y el encuentro con Dios afecta a la persona en todas sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva, pero de ningún modo se reduce a lo puramente emocional o a lo sentimental.

La nota viene motivada porque en estos últimos años han aparecido diversas iniciativas de primer anuncio que, con métodos distintos, buscan facilitar el encuentro de la persona con Jesucristo. En todos estos métodos tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un gran impacto en las personas. Pero este primer momento debe prolongarse con una profundización en las implicaciones y consecuencias del anuncio, o sea, en una formación en la fe (que conduce a un mejor conocimiento de Jesucristo), en un cambio de actitudes en la vida, en un serio testimonio de Jesucristo de forma creíble (apostolado) y en celebrar el encuentro con el Señor por medio de la liturgia y los sacramentos.

En nuestros días parece que en la experiencia de fe ocupan un lugar privilegiado los sentimientos y las emociones. Pero estos sentimientos deben regularse y completarse, pues pueden ser un obstáculo para el crecimiento espiritual. A una fe basada solo en sentimientos positivos y agradables le repugna la cruz. No hay que minusvalorar las emociones, pero hay que tener claras dos cosas: 1) la fe no depende de la intensidad de la emoción; y 2) los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. Pues la fe sin verdad no salva, se queda en una bella fábula o en un sentimiento que, de entrada, entusiasma, pero que depende de nuestros estados de ánimo.

Por otra parte, el “emotivista” resulta fácilmente manipulable. Muchas discursos sociales y políticos apelan a las emociones, para generar adhesiones. Pero la fe es un compromiso estable en el que entra en juego toda la existencia, con todas sus dimensiones. La dimensión afectiva también, pues los sentimientos forman parte de la vida humana y, por tanto, de la vida espiritual, pero no pueden ser lo determinante de toda la vida cristiana. A veces la misma ausencia de sentimientos es parte del itinerario espiritual. Muchos grandes santos nos han contando sus momentos de sequedad o la noche oscura de su alma.

En la fe hay un aspecto de conocimiento, una dimensión de verdad que comporta la aceptación de la persona y del mensaje de Cristo. Por eso, la acogida del anuncio de Jesús como Señor y Salvador, requiere un proceso formativo, catequético, para que la fe sea madura y capaz de responder a las dificultades que se le presentan.

La vida de fe supone una dimensión eclesial. La fe es un acto personal, pero no solitario, se vive en comunión, en Iglesia. En la Iglesia se proclama la Palabra, se celebran los sacramentos y se vive el amor a los hermanos. Una vivencia eclesial de la fe no puede absolutizar el carisma del propio grupo, sino ponerlo al servicio de la unidad de la Iglesia, sin excluir, y mucho menos descalificar, otros carismas. Sin olvidar lo que dice el Vaticano II, a saber, que el juicio sobre la autenticidad de un carisma y su regulación pertenece a los pastores de la Iglesia, a los cuales compete no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (1 Tes 5,19-21).

Finalmente, la fe pide una dimensión celebrativa y exige una dimensión caritativa, que se traduce en solidaridad con los pobres y necesitados y en un serio compromiso por la búsqueda de la justicia, de la paz y del entendimiento entre las personas y los pueblos.

Martín Gelabert Ballesteros – Blog Nihil Obstat

RETIRO DE CUARESMA EN BURGOS

Don José Pinedo, párroco y consiliario de Vida Ascendente en la parroquia de San Pablo de Burgos, nos habló del evangelio de la samaritana que corresponde al tercer domingo de cuaresma.

Es pleno verano. Las mujeres de Sicar y aledaños han ido temprano a sacar agua, buscando la frescura de las primeras horas. La Samaritana va al pozo a mediodía, en pleno calor, cuando no hay nadie. No quiere que la vean, huye de las habladurías y los cuchicheos. Su vida es triste; se siente sola, está rota. Tuvo cinco maridos y ahora nadie la quiere, se aísla y sufre. Carece de comunicación. Pero Jesús está allí, al borde del pozo, queriendo sacar agua para calmar su sed. Pronto adivina cuál es la verdadera sed de aquella mujer. Está sedienta de amor. De amor humano: sigue sin encontrar a alguien a quien amar y con quien comunicarse de verdad. Y de amor divino: la religión no le satisface. Se queda en opiniones de judíos y samaritanos que dejan el corazón vacío. Pero Jesús le habla de un Agua Viva: la tiene dentro de ella sin saberlo. El pozo está en el corazón. Cuando Dios es nuestra agua, la vida recobra frescura y ánimo. Se restituye la comunicación. Jesús nos devuelve las ganas de vivir y de conocer al Dios vivo, en espíritu y en verdad.

Jesús es un profeta que ha leído su interior, el Mesías de judíos y gentiles. El que tenía que venir al mundo, el esposo anhelado por la humanidad.

Jesús le va llevando a la Samaritana a la verdadera conversión. Jesús le va cambiando su vida. En esta cuaresma él se acerca a nuestro pozo para compartir el agua. Nuestra vida puede cambiar. La conversión nos abre a un nuevo horizonte: Dios actúa en nosotros, nuestra vida puede ser una maravilla. Nunca nos faltará a nuestro lado el manantial del Amor de Dios y así poder disfrutar de su perdón, su misericordia y su alegría.

“Venid a ver a un hombre que me ha contado todo lo que he hecho”. La Samaritana descubre que Dios existe y actúa en nosotros. No se lo puede callar. Los vecinos de su pueblo también tienen sed y necesitan del Agua Vida del Espíritu. Todos necesitamos que Jesús nos cuente nuestra vida con la verdad por delante. Para que nos podamos reconciliar con Él y con nuestros prójimos.

Dejemos a Dios actuar. Te necesito, Señor, dentro de mí. Te deseo con toda mi alma.

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA 135

Cansados y fracturados

Cansados y fracturados…

en una sociedad “polarizada en extremo”

por intereses políticos,

económicos,

ideológicos

y religiosos,

todo con el pretexto de no perder “nuestra identidad”,

ni la de nuestro país, ni nuestro credo, ni nuestros privilegios.

-¿Tú también estás “polarizado”? ¿Por qué razón?

Cansados y fracturados…

por la velocidad y la voracidad de una sociedad

en continuo movimiento humano y tecnológico

y “por la pérdida de un sentido más elevado

de la vida humana, del valor de la familia y de la sociedad

y por la brecha, cada vez más amplia,

entre el nivel de ingresos de la clase trabajadora y el de los ricos.

He leído que Elon Musk es el primer trillonario

(tres millones de millones) del mundo,

y si eso es lo único que tiene valor hoy

entonces tenemos un grave problema” (Papa León XIV).

-¿Tú estás “cansado y fracturado”? ¿A qué se debe?

Cansados y fracturados…

atrincherados cada uno en su “grupo”,

levantando “muros” de intolerancia y de odio

rematados por concertinas,

cuando deberíamos ser constructores de “puentes”,

siguiendo las “reglas” de edificación recogidas en los Evangelios

que, frente al “desencuentro” y la “división”,

proponen el “diálogo”, la “fraternidad” y la “comunión”.

-¿Tú levantas “muros” o construyes “puentes”?

Cansados y fracturados…

también espiritualmente,

porque la polarización ha “ideologizado el Evangelio”

para hacer que diga lo que a mí y a mi grupo nos interesa que diga.

“La ideología quiere utilizar el Evangelio

en lugar de que sea el mensaje auténtico del Evangelio

en lo que debemos centrarnos” (Papa León XIV).

-¿Qué buscas cuando “lees” el Evangelio?

Cansados y fracturados…

pero no derrotados

porque la “esperanza” nos mantiene firmes

y nos da certeza de que saldremos adelante

a pesar de “la que está cayendo”.

“Así, aunque llenos de problemas, tenemos salida;

estamos preocupados, pero no nos desesperamos;

nos persiguen, pero no estamos abandonados;

nos derriban, pero no nos destruyen” (2Cor 4,8).

“Debemos devolver la esperanza a nuestras vidas personales,

a nuestras familias, a nuestros países y a nuestro mundo

en la convicción de que un nuevo mundo es posible” (Papa León XIV).

-¿Cuál es el fundamento de tu esperanza?

“La ayuda a las personas buenas viene del Señor,

que es su refugio en tiempos difíciles.

El Señor les ayuda a escapar.

Les hace escapar de los malvados,

y les salva porque en Él buscaron protección” (Sal 37,39).

 

Julián del Olmo

Domingo, 1 de marzo de 2026

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA ÁUREA DE SAN MILLÁN

Santa Áurea (Orea u Oria) nació en la localidad riojana de Villavelayo, invadida por los moros, hija de Santa Amunia. Fue su maestro y padre espiritual Don Munio, que escribió su vida en latín, y luego tradujo en sonoros versos alejandrinos Gonzalo de Berceo. Una vida digna de crédito, pues, según el poeta, ni por un rico condado hubiera consentido mentir: En todo cuanto dijo, dijo toda verdad.

El mismo nombre de Áurea (Dorada) era ya todo un presagio de rica calidad: «Como era preciosa, más que oro preciada, nombre avía de oro: Oria era llamada». Son deliciosos los versos de Berceo: «Era esta manceba de Dios enamorada, más quería ser ciega que verse casada». Prefería las «horas» litúrgicas más que otros cantares y oír a los clérigos más que a otros juglares. «pesque mudó los dientes, luego a los pocos anuos, pagábase muy poco de los seglares ponnos». Sentía envidia de María, la hermana de Lázaro. Como ella, pasaría la vida junto al altar, a los pies de Cristo.

Un día se puso en romería y llegó al monasterio de San Millán de la Cogolla. El prior se llamaba Domingo, y más tarde fundaría la abadía de Silos. Oria cayó a sus pies y le pidió consejo para vivir separada del mundo y entregada a Dios. «Señor, Dios lo quiere, tal es mi voluntat, prender orden e velo, vivir en castidat, en rencón encerrada yacer en pobredat, vivir de lo que diera por mi la christiandat».

Después de encargarle el prior que pensase mucho el paso que iba a dar, y de insistir Oria en su empeño, Domingo accedió y le dio el hábito de esposa de Cristo. Los albañiles abrieron un hueco en el muro de la iglesia de San Millán de Suso, el de Arriba —donde también estuvieron enterrados los Siete Infantes de Lara— frente al altar mayor y al coro donde cantaban los monjes, y allí fue encerrada la intrépida doncella Oria.

Eran tiempos de heroicidades. Había personas que no se contentaban con encerrarse en un monasterio. Querían todavía más rigidez. Se encerraban en celdas increíblemente pequeñas, donde a veces no cabían de pie, para no salir más. Sólo abrían un ventanillo que diera al altar. A veces acudían gentes a pedirles consejo. Pero normalmente su soledad era total, sólo interrumpida por la lucha con los demonios y por su trato con los ángeles. Las mujeres fueron las más generosas para esta prisión voluntaria. Se llamaba las emparedadas, y todavía queda el recuerdo de su heroísmo.

«Ovo grant alegría» cuando se le concedió, dice la copla. No se asustó Oria del estrecho emparedamiento. Todavía se contempla hoy y no sin cierto escalofrío. Los días y las noches se le pasaban rezando, leyendo las Sagradas Escrituras y vidas de Santos. Aconsejaba a los que acudían a ella. Hacía las hostias para la Misa, cosía casullas para la iglesia, rezaba los salmos cuando los monjes «et la su oración foradaba los cielos».

«Mas la bendita niña, del Criador amiga», tuvo grandes tentaciones del demonio. Domingo lo supo, se vino de Silos, la roció con agua bendita, dijo la Misa en el altar frontero, la confesó, le dio la Comunión y la bendita niña ya no tuvo más visitas de demonios, sino de ángeles y de Santos.

Después de tan austera reclusión Oria cayó enferma. La misma Señora de los cielos le avisó su muerte. Acudió a atenderla Don Munio. Llegó la noche. Oria levantó la diestra y se hizo la señal de la cruz. Y luego «alzó ambas las manos, juntólas en igual, como quien rinde gracias al buen rey celestial, cerró ojos e boca la reclusa leal, e rindió a Dios la alma: nunca más sintió mal». Y pasó de su encierro por Dios al paraíso con Dios.

GABRIEL-ÁNGEL RODRÍGUEZ MILLÁN ADMINISTRADOR DIOCESANO, S.V. SALUDO EN EL ENCUENTRO DE FORMACIÓN DE ANIMADORES DE VIDA ASCENDENTE EN SORIA

Buenas tardes a todos, sean bienvenidos

Quisiera comenzar dirigiendo un saludo cordial y agradecido a todos los presentes en este encuentro que celebramos aquí, en nuestra diócesis de Osma-Soria. Un saludo muy especial al Presidente nacional de Vida ascendente, cuya presencia es un signo de comunión y de estímulo para nuestra tarea. Saludo también con gratitud a la Presidenta diocesana y al Consiliario por su dedicación y su servicio constante a este movimiento. Y, por supuesto, mi saludo más cercano a todos ustedes, participantes en este encuentro.

Nos reunimos hoy en Soria con una finalidad muy concreta: conocer mejor Vida ascendente y descubrir juntos cómo esta etapa de la vida puede seguir siendo un tiempo de crecimiento, de entrega y de misión.

Vivimos en una sociedad en la que cada vez hay más personas mayores. La esperanza de vida ha aumentado, y eso es una buena noticia, pero junto a este dato aparece otra realidad que todos conocemos: la soledad y la sensación de que, al llegar a cierta edad, uno ya no cuenta demasiado.

También en la Iglesia podemos caer, sin darnos cuenta, en una idea equivocada: pensar que la misión es sólo cosa de los jóvenes, pero el Papa Francisco recordaba muchas veces que en la Iglesia nadie se jubila del anuncio del Evangelio.

La edad avanzada no es el final del camino, sino un tiempo nuevo, un tiempo de madurez, de sabiduría, de fe más profunda, y también un tiempo de misión: desde esta convicción nace Vida ascendente.

Vida ascendente es un movimiento de Iglesia dirigido a personas mayores que desean vivir esta etapa no como un tiempo de retirada, sino como un tiempo de crecimiento y de servicio. Su propuesta es sencilla y muy humana, y se apoya en tres pilares fundamentales:

El primero es la amistad porque una de las pobrezas más grandes de nuestro tiempo es la soledad. En los grupos de Vida ascendente las personas se encuentran, se escuchan, se acompañan y crean lazos de cercanía y de apoyo.

El segundo pilar es la espiritualidad. El centro del grupo es la Palabra de Dios, la oración compartida y el crecimiento en la fe. No se trata sólo de reunirse, sino de dejar que el Señor siga actuando en nuestra vida.

Y el tercer pilar es el apostolado porque el grupo no se queda en sí mismo. Desde la experiencia de fe y de amistad, nace el deseo de acercarse a otros mayores, de visitar, de acompañar y de llevar consuelo y esperanza.

En el fondo, Vida ascendente parte de una intuición muy sencilla: los mayores pueden acompañar mejor a otros mayores. La experiencia de la vida, la cercanía, el lenguaje común, la comprensión…, hacen posible un acompañamiento que nadie puede sustituir.

Y aquí hay algo muy importante. Vida ascendente no es un servicio que la parroquia ofrece desde fuera. Es un movimiento de laicos. Los grupos los llevan los propios miembros. Es decir, los mayores no son sólo destinatarios, sino protagonistas.

Por eso hoy este encuentro tiene un sentido especial. La Iglesia necesita personas que den un paso adelante, personas que estén dispuestas a animar un grupo, a coordinar un encuentro, a cuidar a otros. Ser animador no significa saber mucho, no se trata de ser expertos. Se trata, sobre todo, de cuatro cosas muy sencillas: tener fe, aunque sea humilde, tener corazón para acoger y escuchar, tener disponibilidad para servir, y creer que el Señor sigue llamando también en esta etapa de la vida.

Quizá alguien piense: “Yo no sabría hacerlo”. Pero la experiencia nos dice algo muy claro: lo que más necesitan los grupos no son especialistas, sino personas cercanas, constantes y con espíritu de servicio.

Hoy, mientras participamos en este encuentro, cada uno puede hacerse una pregunta sencilla y profunda: ¿Podría el Señor estar llamándome a este servicio? ¿Podría yo ser esa persona que ayude a que otros no estén solos? ¿Podría colaborar para que Vida ascendente crezca en nuestras parroquias y en nuestra diócesis?

Que este encuentro nos ayude a comprender que la edad madura no es el final de nada, sino una oportunidad para poner al servicio de los demás el tiempo, la experiencia y la fe que hemos recibido. La Iglesia necesita hoy esa presencia cercana, esa escucha y ese acompañamiento que muchos de ustedes pueden ofrecer. Hoy la Iglesia en nuestra diócesis necesita personas que quieran acompañar a otros mayores. Si alguno siente que podría ofrecer su tiempo, su cercanía y su fe, este puede ser el momento de decir sencillamente: “Aquí estoy”.

Gabriel-Ángel Rodríguez Millán

Administrador diocesano, s.v.

 

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: I. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA LUMEN GENTIUM. 2. LA IGLESIA, REALIDAD VISIBLE Y ESPIRITUAL

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy seguimos profundizando en la Constitución conciliar Lumen gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.

En el primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión.

La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8; CCC, 771).

La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.

Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación. Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.

A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.

En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y actuando. Por eso, el Papa Francisco, en la Evangelii gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros.

La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

ELOGIO DEL ESTUDIO DE LA TEOLOGIA

Cuanta menos consideración ambiental tenga aquello que se pretende elogiar, tanto mayores son las posibilidades de no ser comprendido o de ser calificado de inepto por alabar aquello que supuestamente no se lo merece. ¿Cómo osar alabar una actividad que en muchos sectores de nuestra sociedad no tiene especial relevancia?

No todos los estudios son iguales ni están igualmente valorados. Hay un tipo de estudio que se considera útil. La utilidad es uno de los crite­rios de lo valioso en nuestro mundo moderno. Útil parece el estudio de muchos cien­tíficos, técnicos y especialistas que nos informan sobre medicina, economía, micro­chips, in­ternet y televisión digital. Este estudio está orientado a conseguir lo que ya poseemos (discúlpese la redundancia) y ofrece certezas a la mente humana. Pero ¿es esto todo lo que necesitamos saber para vivir y vivir bien? Muchos así lo consideran. Y, sin embargo, a la vista de las múltiples noticias que todos los días re­cibimos, mu­chas de las cuales se diría que “claman al cielo”, brota de nuestros labios una excla­mación: ¡en qué mundo vivimos!, que podría también convertirse en pre­gunta acu­ciante, una pregunta que pretende comprender esta realidad y que el estu­dio califi­cado de útil no resuelve: ¿en qué mundo vivimos? Una vez que hemos compren­dido, aunque sea muy mediocremente, en qué mundo vivimos, cabe for­mular otra pregunta que resulta todavía de más difícil respuesta: ¿qué podemos es­perar de este mundo en el que vivimos?

En lo que acabamos de decir hay como un triple paso que, al menos como primera aproximación, valdría para caracterizar el recorrido que va de la ciencia a la teología pasando por la filosofía. La ciencia, intentando identificar la realidad, se preocupa del saber. La filosofía, deseando comprender la realidad, se interesa por el significado y sentido de las cosas, ayudándonos a transformar y ampliar la visión personal del mundo. La teología habla de salvación y expresa fundamentalmente una preocupación por el destino; en el fondo, se preocupa por la suerte del ser humano, y tiene serias incidencias en el modo de vivir el presente, no sólo según modalidades éticas, sino también y sobre todo existenciales. Naturalmente, la teología supone la fe y sólo es posible entenderla por quién cree que únicamente Dios es la salvación definitiva y estable de todo lo humano, lo que no significa que no interese a todo ser humano.

Martín Gelabert Ballesteros – Blog Nihil Obstat

FENÓMENO EN AUGE: SE DISPARAN LAS DONACIONES CONDICIONADAS

Las donaciones de vivienda han aumentado un 67,8% en siete años y en la gran mayoría de casos se imponen condiciones al donatario

Los abogados detectan un incremento de operaciones sujetas al cuidado de mascotas o donaciones a personal cuidador

«Nos encontramos con muchas donaciones de vivienda condicionales, donde el que recibe el piso tiene que cumplir una serie de pactos que se hayan adquirido entre el donante y el donatario y que, si no se cumplen, pueden llevar a la revocación. Tuvimos un caso en Madrid de una abuela y una nieta que se llevaban muy bien y ella le donó la casa con el compromiso de que esta última acabara la carrera y el máster. Se la donó para garantizar que ella finalizara su formación. También nos encontramos cada vez con más donaciones condicionadas al cuidado de las mascotas». Quien habla es Manuel Hernández, CEO de Vilches Abogados, uno de los bufetes más reconocidos de Madrid por el que pasan decenas de donaciones de vivienda al año, una figura legal que va al alza en España, con un aumento del 67,8% en siete años.

De los 32.623 actos de donación de vivienda que el Consejo General de Notario registró en 2017 se ha pasado a 54.735 en 2024, un notable aumento provocado principalmente por la dificultad que tienen los jóvenes para acceder a una vivienda a causa de los precios al alza del ladrillo. Los datos que ofrece el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España son demoledores: el 85% de los menores de 30 años no se puede emancipar y siete de cada diez jóvenes con empleo viven con sus padres.

De ahí que la donación se haya convertido, según María Teresa Barea, portavoz del Consejo General del Notariado, en un «mecanismo jurídico de solidaridad intergeneracional»: «Las generaciones mayores ayudan a las más jóvenes a poner en marcha sus proyectos de vida». Sin embargo, estas donaciones, frecuentemente, no son a cambio de nada, simplemente porque haya parentesco.

Mantener el usufructo

La donación es considerada legalmente un contrato y, como tal, puede llevar condicionantes. Una de las fórmulas más usadas es donar la vivienda en nuda propiedad a hijos, nietos o personas cercanas, lo que ocurre en la gran mayoría de casos, según varios abogados consultados. Esto permite transmitir la titularidad de un inmueble manteniendo el donante el usufructo vitalicio, lo que le asegura el derecho a seguir viviendo en ella o rentabilizar su alquiler hasta el fallecimiento, en el caso de que, por ejemplo, se vaya a vivir a una residencia.

«Llevamos el caso de un hombre que donó su casa en usufructo a una amiga si cuidaba a sus perros: si esta condición no se cumplía, la decisión se podía revocar»

— Manuel Hernández. Abogado

«Nos encontramos –apunta Hernández– con donaciones a personal de confianza, como cuidadores. Cuando el señor o señora fallece el piso donde vivía pasa a la cuidadora y los herederos no ven nada. Estos casos se están dando porque las personas valoran mucho la atención que han tenido en los últimos días de su vida».

En este supuesto, la donación puede tener carácter inoficioso cuando perjudican a la legítima de los herederos forzosos, que son dos tercios de la herencia. Es decir, si una persona dona el piso a su personal cuidador, este deberá abonar dos tercios del precio del inmueble a los herederos legítimos si quiere quedarse con él. «Nosotros asesoramos al cliente, y hay fórmulas para evitarlo, como hacer una donación remunatoria [con efectivo], que no se puede hacer inoficiosa».

Otro fenómeno que se está dando cada vez más viene derivada de la «humanización» de las mascotas por parte de sus dueños. «Hay casos en que se dona la casa con la condición de que el que la reciba cuide de su mascota el tiempo que esté viva. Eso le garantiza que si fallece su mascota va a estar cuidada. Esta cláusula también se puede hacer por herencia, haciendo un legado condicional», señala el experto.

En ese sentido, precisa que tuvieron un caso en Madrid donde un hombre donó su casa a una amistad a cambio de que cuidara a sus tres perros, «de diferente raza». «Tenía poca conexión con sus hijos y le tenía mucho cariño a los animales, así que donó su casa en usufructo a una amiga, más joven, si cuidaba a sus perros. Si esta condición no la cumplía se podía instar al procedimiento de revocación».

EVOLUCIÓN DE LAS DONACIONES CON VIVIENDA

Dentro de la diferente casuística, hay casos de todo tipo, como una señora en el País Vasco que había enviudado siendo muy joven y, tras comenzar una relación con una persona más joven, decidió donar en vida todo el patrimonio a sus tres hijos. «Quería que ese amor no entorpeciera nada y, bien asesorada, hizo la donación en vida a sus hijos de la nuda propiedad de su vivienda y otras que tenía, quedándose en usufructo la vivienda habitual», explica Iker Gracia Martínez, experto financiero de Grupo Bárymont, una empresa especializada en asesoría fiscal y financiera 360. «Ante la más mínima duda, la mujer se quiso cubrir y donar en vida a sus hijos, y disfrutar de la vivienda hasta su muerte».

«Las donaciones salen muy caras. Mucha gente que pretende donar, pero cuando conoce los detalles, rechaza hacerlo»

Manuel Hernández— CEO de Vilches Abogados

De igual manera, también se han encontrado con casos donde se dona la casa a los empleados del hogar, «con los que durante años han estado compartiendo vida», y que, cuando mueren, se queda con el usufructo de la vivienda condicionada a la nuda propiedad de sus hijos para que, por ejemplo, a «esta persona se le dé un tiempo razonable, un año, o el tiempo que sea, para que se busque otra vivienda», apunta Gracia Martínez. La fórmula elegida habitualmente es lo que se llama «un pacto de socios condicionado a esa nuda propiedad».

«Todo se puede planificar, sobre todo las donaciones en vida, son una manera muy correcta y muy previsora de dejarlo todo arreglado», aconseja Gracia Martínez, que añade que, en los casos más frecuentes, «la mayoría de las personas quieren ayudar a sus hijos adelantando la herencia, pero no quieren quedarse desprotegidas. Por eso lo más habitual es reservarse el usufructo vitalicio: el hijo recibe la propiedad, pero los padres mantienen el derecho a vivir en la casa o alquilarla. Es una forma de donar sin perder seguridad».

Conflictos familiares

En cualquier caso, los expertos aconsejan siempre asesorarse bien sobre las particularidades de cada donación, ya que si bien las monetarias cuentan con «unas bonificaciones muy altas» y además no conllevan «imputación en el IRPF» para el donante, las de vivienda sí la tienen y también hay que pagar la plusvalía municipal. «Las donaciones salen muy caras. Mucha gente pretende donar, pero cuando conoce los detalles, rechaza hacerlo», aprecia Hernández, que también apunta a que, si se dona en vida un inmueble a uno de los herederos, se pueden generar conflictos luego cuando se produzca el fallecimiento del padre con el resto de los hijos.

Roberto Bécares para El Periódico.com

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA 134
Con buen humor

Con buen humor…
la vida tiene otro color
porque el humor tiene efectos muy positivos
para nosotros mismos y para los demás:
mejora el ánimo,
desintoxica de la realidad cotidiana
y alegra la propia vida y la ajena.

Con buen humor…
porque el humor es la punta del iceberg
que descubre la “cara B” de las personas y las cosas
dando pie a nuevos puntos de vista,
a veces tan vastos como la parte sumergida del iceberg,
que nos hace más perspicaces y humanos.

Con buen humor…
como el que tiene Dios
que es “alegría infinita” (Santa Teresa de los Andes),
porque si no fuera así estaría “entristecido y apenado”
al ver la insensatez y la malicia irreductibles de los humanos;
y sin embargo Él sigue siendo fiel a sus bondades,
sin perder la compostura.
“Si eres sabio, eres alegre”, sentenció Marco Marcial,
poeta latino del siglo I,
y Dios es el más sabio de éste y del otro mundo.
“No estéis tristes, porque la alegría de nuestro Señor
es nuestro refugio” (Neh 8,10).

Con buen humor…
y mejor todavía cuando el buen humor es “compartido”
porque entonces la alegría es de ida y vuelta,
tiene doble valor
y contagia a los que están en la tierra y en el cielo.
“Os digo que hay más alegría en el cielo
por un pecador que se convierte,
que por noventa y nueve justos
que no necesitan convertirse” (Lc 15,7).

Con buen humor…
porque de “malos humores” estamos sobrados,
pero el chiste oportuno de un amigo
o el ingenio de un humorista
pueden hacernos cambiar positivamente por dentro y por fuera,
porque el buen humor tiene efectos “sanadores” y “salvadores”
para el cuerpo y el espíritu.
¡Que nunca falte creatividad para hacer buenos chistes,
gracia para contarlos
y sensibilidad para apreciarlos!

“Cuando Dios entra en acción,
sus enemigos se dispersan,
pero los que le aman se alegran;
ante Dios se llenan de gozo
y saltan de alegría” (Sal 68,1).

Julián del Olmo
Domingo, 22 de febrero de 2026