MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 5.- JUEVES SANTO

 1.-«Dios es amor» (1 Jn 4,8). «No hay mayor amor que dar (entregar) la vida por los hermanos» (Jn 15,13).

Nos adentramos, queridos hermanos el Misterio Pascual, centro de toda la liturgia, que a la vez es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. Todo ello dentro de un contexto: la misericordia, el amor entrañable con que Dios nos ama: «él que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (hasta el fin) (Jn 13,1); y Pablo decía: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20).

Hoy es Jueves Santo, y de un modo muy particular celebramos el amor de Dios en tres momentos particulares: Su amor se ha quedado entre nosotros primero en la Eucaristía y después en el sacerdocio, sacramentos instituidos por Jesús en su última cena, y en tercer lugar hoy es el día del amor fraterno. Estos tres nacen del amor de Dios.

La institución de la Eucaristía

«Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada en mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía». (1 Cor 11,23-25). 

Palabras sublimes. Así narraba san Pablo la institución de la Eucaristía treinta años después de la noche de su Pasión. Ya en las comunidades cristianas nacientes se celebraba la Eucaristía, y esta era el centro de la vida cristiana, el momento cumbre para el encuentro con el Señor.

Para nosotros, la cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados en sacrificio para la redención de los hombres.

En sus veinte siglos de existencia, jamás la Iglesia ha dejado de celebrar la eucaristía. La eucaristía es la vida de la Iglesia. «La eucaristía hace a la

Iglesia, y la Iglesia hace la eucaristía» en la feliz expresión conciliar. En la eucaristía se nos hace realmente presente el Señor bajo las especies de pan y vino, porque quiere compartir nuestra vida, nuestros gozos y también nuestras penas, pero lo que es más importante quiere compartir su vida con nosotros, quiere dársenos, regalarse a nosotros. La eucaristía es el sacramento del amor, porque recuerda el mayor amor que jamás haya podido darse entre los hombres: la entrega definitiva de Jesús por nosotros. «Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam?» (Después de esto, hijo mío, que más puedo hacer por ti). ¡Nada, Señor, ya lo has hecho todo por nosotros!. El sacrificio de la cruz, cuyo memorial, recuerdo y presencia, hacemos en el sacrificio de la eucaristía es el cenit de la obra salvadora de Dios. Ninguna oración, ningún sacrificio, ninguna actitud religiosa puede compararse al gesto de Cristo, entregado en amorosa obediencia al Padre, en nombre de todos sus hermanos. La eucaristía es el sacramento del amor de Dios.

La institución del sacerdocio

La noche del jueves santo mandó el Señor a sus apóstoles hacer la eucaristía en memoria suya, y les dio sus últimas consignas: vivir unidos, en la ley del amor, para dar fruto en medio del mundo.

La presencia del sacerdote es signo de la presencia de Jesús en medio de su Iglesia. El sacerdote hace las veces de Cristo, cabeza, siervo y pastor en medio de la comunidad, para la comunidad, desde la comunidad. Por los apóstoles y por los que en el futuro desempeñaría su función oró el Señor en esta noche santa: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros…Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno… Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo…» (Jn 17).

Anunciar la Palabra de Dios, santificar al pueblo cristiano, apacentar la grey de Dios que nos ha sido confiada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios, no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando sino siendo modelos, es la tarea que el Señor encomendó los suyos en este día grande (cf. 1 Pe 5,1-4). Así, el sacramento del orden es también sacramento del amor de Dios que no abandona a su pueblo.

Día del amor fraterno

Si con ese amor definitivo, que llega hasta el extremo, hasta entregar su vida en la cruz, nos amó Jesús, entonces podemos estar confiados y acercarnos con seguridad al trono de la gracia para alcanzar misericordia. Si así nos amó Jesús, también nosotros debemos amarnos. El signo de nuestro amor es la cruz.

Es en la cruz de Jesucristo donde se nos revela el amor de Dios y es en las cruces de cada día, en las propias o en las ajenas, donde debemos hacer presente el amor de Dios.

No lo olvidemos: Cristo está presente y crucificado en «sus pequeños»: en los ancianos, los que vemos por la calle, o los internados en el asilo; en los presos, en los faltos de libertad; en los enfermos;  en los emigrantes y en los exiliados; en los parados; en los que carecen de pan, o de cultura; en los pecadores, o en los que carecen de formación o de vida cristiana; en el hermano sólo y «etiquetado» con nuestras críticas, que vive a nuestro lado…

En ellos está la cruz de nuestro siglo: la cruz en la que nosotros debemos de gloriarnos. En ellos se repite hoy, de algún modo, como hace veinte siglos la escena del calvario. Rechazarlos es rechazar a Jesucristo (cf. Mt 25,30ss): traicionarlos es hacer lo que en otro tiempo hizo Judas; negarlos y abandonarlos es tomar la postura de Pedro y de los apóstoles; acusarlos sería repetir la escena del Sanedrín; ignorarlos es lavarse las manos como Pilato.

Ciertamente, sólo la cruz de Cristo tiene un valor salvífico definitivo, sí. Y este valor salvífico, este regalo de la salvación lo hacemos presente y eficaz en la Eucaristía y en los sacramentos, ¡es verdad!. Pero no menos verdad es aquello de «lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos conmigo lo hicisteis» o aquello otro de que «nosotros completamos en nuestra carne lo que falta a la pasión de Cristo», o aquello de que la voluntad de Dios es «que se abran las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no cerrarse al la propia carne» (cf. Is 58,6).

Hoy es el día del amor fraterno: sería bueno revisar nuestras actitudes,  fomentando las muchas cosas buenas que tenemos, convirtiéndonos hacia la