Dos ancianos huyen solos de la guerra: desde Ucrania a Zaragoza con agua y un abrigo

 

Los dos abuelos que huyen de la guerra abierta en  Ucrania por la invasión de Rusia abandonando su casa y lo poco que tienen.

Los ucranianos Luzmilag, de 72 años y Olekzander, de 74 / Cedida

 

Es una historia tan real como lo cuenta Lilia, la nieta de estos dos ancianos. “Salieron hace dos días con lo puesto. Apagaron la luz y el gas y cogieron una mochila, agua y el abrigo”, relata Lilia desde ZaragozaEn esa mochila, Luzmilag, de 72 años y Olekzander, de 74, llevan medicinas para paliar los dolores de piernas y espalda que sufre Olekzander. “Mi abuelo tiene que estar más tumbado que en pie por los dolores de piernas que sufre. Está siendo un viaje duro para ellos“, explica esta joven zaragozana.

Ternópil, una pequeña localidad ucraniana al oeste del país, donde vivían estos ancianos, estaba acogiendo a ucranianos de otros puntos del país. “Estaban solos y unos vecinos les ofrecieron la posibilidad de salir de la ciudad en coche”, dice Lilia.

Finalmente, por insistencia de su hija, que vive en Soria, cerraron su casa de toda la vida y se fueron hace dos días. “Han llegado a Rumania entre la nieve y el frío, soportando dolores y un camino de más de tres días en coche y otra parte más caminando. Todavía deben viajar a Viena, donde cogerán un avión hasta Madrid, y luego en Zaragoza pediremos asilo para ellos”, afirma Lilia.

DE TRABAJAR PARA RUSOS A HUIR DE ELLOS

Se da la circunstancia de que Olekzander, de 74 años, ha dedicado su vida a trabajar en la industria textil de la antigua Unión Soviética, haciendo todo tipo de trajes y diseños para el gobierno y ejército ruso. Hoy, con una pensión de apenas 80 euros mensuales, ve cómo su casa es atacada por el mismo país para el que trabajó toda su vida.

“Es así de contradictorio pero es una realidad que viven muchos ucranianos”, afirma la nieta de Olekzander. A los 80 euros de pensión de Olekzander se unen los poco más de 50 que cobra su mujer. Por suerte su casa fue cedida por la antigua URSS por ser trabajadores del antiguo Gobierno Soviético. “Les dieron una pequeña vivienda social, y lo que pagan son los gastos de luz, gas y agua que tienen en esa casa“, explica Lilia.

Ahora, su hija y su nieta siguen atentamente cada noticia que les llega de este matrimonio de septuagenarios. “Aunque ya estén fuera de Ucrania, son mayores y tienen muchos problemas físicos. No es un viaje que puedan hacer fácilmente y probablemente no estén descansando ni comiendo como deberían”, relata Lilia desde Zaragoza.

Gracias al dinero que les mandaron desde España esperan llegar a Madrid en los próximos días y empezar de cero con su familia en otro país, dejando atrás su vida. “Mi madre está triste pero también muy nerviosa. Ya no pensamos en su casa o lo que tienen, sino en que lleguen sanos y salvos”.

En los próximos días conoceremos el desenlace de un viaje que truncó el día a día de estos dos ancianos. Tuvieron que dejar todos sus recuerdos y salir huyendo de su casa sin entender todavía el porqué de una guerra que ya ha truncado demasiadas vidas.

Por Enrique Labiano @EnriqueLabiano 2 marzo, 2022

 Visto en Hoy Aragón

Por tantos, colaborar con la Iglesia Católica

Xtantos es una llamada a contribuir  con la labor de la Iglesia Católica.

 

En 2021  Ocho millones y medio  de personas marcaron la casilla de la asignación a la Iglesia Católica, el pasado año la cifra aumento en 40.078 de declaraciones con la X en la casilla a favor de la aportación a la Iglesia Católica, respecto al año anterior, aunque la cifra total en Euros disminuyó   en   cinco  millones y medio  de Euros por la menor recaudación, ahora, antes de que dé comienzo la nueva campaña de la Renta es el momento de dar las Gracias, y  han confeccionado un precioso video llamado «El Viaje de la X».

Os dejamos el enlace para que os sea más fácil acceder

https://youtu.be/isBr5girkJY

Ciclo de Catequesis del Papa sobre la vejez (II)

                                                                                                        

  En su catequesis del 2 de marzo, Miércoles de Ceniza, comienzo del tiempo litúrgico de la Cuaresma y Jornada de Ayuno y oración por la paz en Ucrania,

 

 

Francisco invitó a descubrir la belleza del ritmo de  la vida de los ancianos, a “perder tiempo “con los niños y las personas mayores.

Francisco animó a Buscar el diálogo entre generaciones como exigencia humana para descifrar las experiencias y confrontarse con los enigmas de la vida” considerando indispensable la alianza entre generaciones.

Al proponer que imaginemos una ciudad donde la convivencia de las diferentes edades forme parte integral del proyecto global de su hábitat,

Francisco aseveró que “la superposición de las generaciones se convertiría en fuente de energía para un humanismo verdaderamente visible y vivible”, en contraposición, aludió a la ciudad moderna y cómo tiende a ser más hostil con los  ancianos.

Puedes leer el texto íntegro en el siguiente enlace:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20220302-udienza-generale.html

El Santo de la Semana: San Juan de Dios

San Juan de Dios. Casarrubios del Monte (Toledo), 1495 – Granada, 8.III.1550. Confesor, fundador de la Orden Hospitalaria (OH), iniciador del hospital moderno, padre de los pobres, icono de caridad, profeta de la hospitalidad, patrón universal de los enfermos, enfermeros, hospitales y bomberos y copatrón de la ciudad de Granada.

Nació en el seno de una familia media en Casarrubios del Monte (Toledo) en 1495. No se sabe el nombre de los padres solo que su madre era cristiana y su padre judío. Fue llevado en sus primeros años a Portugal

A los ocho años lo trajo un clérigo de nuevo a España y lo dejó en Oropesa (Toledo), donde vivió y trabajó hasta 1532, en casa del mayordomo del conde de Oropesa, Francisco Mayoral. Allí recibió una educación cristiana y estudios propios de su tiempo, que compartió con su paisano y amigo san Alonso de Orozco, en el mismo ambiente y familia.

Trabajó como zagal y pastor en las mesnadas del conde de Oropesa, ocupándose de llevar y traer bastimento y lo que era menester para los pastores con toda diligencia. Fue muy apreciado y querido por todos.

A los veintiocho años, en 1523, quiso servir al emperador Carlos V en la defensa de Fuenterrabía,  pero la crudeza de la vida en con la soldadesca hizo que pronto retornó a Oropesa a casa de su amo Francisco Mayoral y tornar a la vida quieta de pastor, más segura que la de soldado en la guerra.

Su amo lo recibió con mucha alegría, ya que lo quería como a un hijo y Juan siempre se había mostrado fiel y diligente. Como joven inquieto y con poca experiencia decidió enrolarse como soldado del conde de Oropesa, en el año 1529, tras haber tenido noticia de que el conde partía a Hungría, a la defensa católica de Viena contra el enemigo musulmán turco, a favor del emperador Carlos V. Juan pudo saludar al Emperador en persona cuando Carlos V entró en Viena el 24 de septiembre de 1532 y pasó revista a las tropas españolas. Regresó de Viena el 4 de octubre de 1532, con el conde de Oropesa. Juan desembarcó en La Coruña.

Fue de peregrinación a Santiago de Compostela. Sintió el cansancio del camino, el duro trabajo, el sufrimiento, la soledad de la vida, la alegría de la reconciliación, la paz de su alma al encuentro con Dios. Sintió una felicidad en su soledad; confortado con los sacramentos de la penitencia y comunión, recobró fortaleza para proseguir su camino con la bendición del apóstol.

A finales del año 1532 realizó el viaje al que creía su pueblo, Montemor (Portugal). Todo el camino lo hizo a pie. Llegó allí para localizar a sus padres y a su familia, pero nadie los conocía. Localizó a un tío suyo y, al saber la realidad familiar, cambió de rumbo total su vida de zagal, pastor y soldado. No regresó ya a Oropesa en los últimos días del año 1532; volvió por Ayamonte y se dirigió a Sevilla, donde ejerció como pastor guardando las ovejas de Leonor de Zúñiga, madre del duque de Medina Sidonia-

Juan se dirigió a África a la ciudad de Ceuta para dejar “el mundo”. Se embarcó en Gibraltar. Llegó a Ceuta los primeros días de 1533 y permaneció allí unos meses. Trabajó en las fortificaciones como peón albañil para socorrer con su salario al caballero portugués desterrado y a toda su familia. Juan presenció un drama: la pérdida de la fe de un compañero que pasó de católico a musulmán. Rezó a la santísima Virgen María por la vuelta de su amigo a la fe cristiana. Pidió auxilio y consejo a los padres franciscanos.

Un padre docto le escuchó en confesión y, al conocer su historia, ante el peligro que Juan corría, le mandó volver a España. Juan obedeció y regresó a finales del verano de 1533. Desembarcó en Gibraltar. Se preparó e hizo una confesión general; dedicaba largo tiempo a la oración y meditación y pedía a nuestro Señor, con lágrimas, perdón de sus pecados y que le encaminase en lo que había de servir.

Finalmente, Juan decidió trabajar como vendedor de libros, oficio con el que no obtenía mucho dinero. Fueron los oficios de catequista y de librero, este último desde agosto hasta finales de octubre de 1533, los que le llevaron de la mano hasta la ciudad de Granada.

A su paso por Gaucín, le ocurrió lo que cuenta la bellísima leyenda áurea del Niño de Gaucín, que salió a su encuentro y Juan le regaló sus sandalias, le cargó sobre sus hombros y el Niño, abriendo una granada, le dijo señalando proféticamente su futuro: “Mira Juan de Dios, Granada será tu cruz y por ella verás la gloria de Jesús”. Y dicho esto desapareció. Esta tradición le encantaba al papa Juan XXIII, que respetaba las tradiciones populares; le agradaba ver repetida en Juan de Dios la leyenda de san Cristóbal. Juan, como librero y catequista, se insertó en el movimiento contemporáneo de renovación de la catequesis; el anuncio de la buena nueva, en forma de catequesis popular y accesible a un pueblo, en su inmensa mayoría analfabeto, fue una de las actividades del laico Juan, antes, incluso, de iniciar la fundación de la Hospitalidad. Por eso es una herencia que dejó a sus seguidores.

Cercana la Navidad de 1533, Juan llegó a Granada. Era un lugar bullicioso, hervidero de razas, encrucijada de culturas y creencias, paso obligado de los comerciantes, aventureros y pillos que deseaban partir hacia las lejanas tierras descubiertas por Colón.

Puso tienda en la Puerta Elvira, donde estuvo ejercitando su oficio de librero. Juan cambió de vida, y así, el 20 de enero de 1534, Granada hacía una fiesta en la ermita de los Mártires, en lo alto de la ciudad, frente a la Alhambra, en honor de san Sebastián. Predicaba un excelente varón, maestro en Teología, llamado el maestro Juan de Ávila. Sabía transmitir la palabra de Dios, certera y penetrante. Fue a escucharle mucha gente y, entre ellos, Juan.

San Juan de Ávila destacó en el sermón el ejemplo del mártir, por haber padecido tantos tormentos, ejemplo para los cristianos; acabado el sermón, Juan salió de allí, transformado y decidido a emprender nuevo estado, dando voces, pidiendo a Dios misericordia, arrojándose por el suelo, lastimándose y haciendo duras penitencias. Los muchachos corrían detrás de él dándole gritos: “¡Al loco, al loco!”.

Juan fue a su tienda, distribuyó los libros y las imágenes; se desnudó de sus bienes temporales y se quedó sólo vestido con una camisa y unos zaragüelles, para cubrir su desnudez. Así anduvo descalzo y descaperuzado por las calles de Granada, queriendo, desnudo, seguir a Jesucristo. Gritaba: “¡Misericordia, misericordia Señor, de este grande pecador!”.

Le creyeron loco por toda Granada. Lo llevaron ante el padre Juan de Ávila, quien le escuchó atento y paciente. Juan se comportó como cordero manso, pacífico, contenido, en silencio, roto sólo a ráfagas. Le relató su vida, sus vanidades, ensueños, desesperaciones, trabajos, persecuciones, fracasos; con serenidad, confesó sus pecados, con grandes muestras de contrición. Le rogó al maestro que lo aceptara por discípulo, como director espiritual. El maestro no puso reparos al comportamiento alarmante de las locuras de Juan. Lo admitió por hijo de confesión. Sería desde ese momento su principal consejero. Le levantó el ánimo y salió de allí con su bendición.

Siguió haciendo duras penitencias y excentricidades, quedándose sin fuerzas, al comer poco, contento de sufrir y padecer por Jesucristo. Lo llevaron al Hospital Real, donde curaban a los locos. Venía muy maltratado, lleno de heridas y cardenales de los golpes y pedradas. Lo curaron y procuraron hacerle algún regalo.

Juan vio cómo maltrataban a los enfermos. Denunció los malos tratos. Les recriminó su dureza, salió en favor de los derechos del enfermo. El maestro Ávila mandó a un discípulo suyo, quien le animó a sufrir todo por Jesucristo. Su estancia en el Hospital Real no fue larga. Recuperadas sus fuerzas fue dado de alta.

Más tarde, visitando el Hospital Real el 16 de mayo de 1539, vio pasar el cadáver de la emperatriz Isabel, mujer de Carlos V, que la traían a enterrar a Granada.

Escuchó el sermón de Juan de Ávila, que logró la conversión de Francisco de Borja y se conocieron los tres.

Del Hospital Real, Juan se dirigió a Montilla para visitar al padre Ávila. Permaneció algunos días con él, trataron de su vocación hospitalaria y futuro y lo encaminó para que visitara el famoso monasterio de Guadalupe, donde había un buen hospital, farmacia y albergue de peregrinos.

Se puso en camino y se hospedó en los hospitales o albergues de peregrinos. Era una buena escuela donde aprender la hospitalidad y profesionalidad enfermerística. En el monasterio fue bien recibido por los monjes y el prior, y allí adquirió conocimientos de enfermería durante un tiempo, que luego puso en práctica.

Era muy devoto de la Santísima Virgen y en una visión ante la venerada imagen de Guadalupe, vio que la Virgen le entregaba el Niño Jesús y le decía: “Juan, viste a Jesús para que aprendas a vestir a los pobres”.

Esta visita le imprimió carácter especial, fue su noviciado hospitalario, que lo ejerció como donado; de aprendiz de enfermero a fundador de un hospital. Salió con una orientación bastante buena para comenzar su obra hospitalaria en Granada.

 De Guadalupe regresó a Baeza donde estaba el padre Ávila, lo recibió con amor, llevó otra forma de portarse. Le dio los últimos consejos, instrucciones, personas a las que dirigirse, le nombró como confesor al padre Portillo y de mutuo acuerdo, regresó a Granada, a “donde fuiste llamado del Señor”. Juan se puso en camino para poner en marcha el nuevo hospital.

Había en Granada diez hospitales, todos con pocas camas. Juan analizó la marginación que le rodeaba: esclavitud y pobreza; enfermos y peregrinos; manada de mendigos y una porción de poderosos; la mendicidad y las famosas “células” para ciegos y vergonzantes; los poderosos que vivían bien y los desheredados de la sociedad con la mendicidad: mendigos y expósitos.

Los verdaderos marginados: el hampa, los pobres y los pícaros; las rameras, los gitanos, los cautivos y los galeotes, los criados y mendigos vagabundos. Juan conoció este ambiente, supo intuir los signos de los tiempos y, siguiendo el evangelio de la misericordia, se entregó a él dándole una respuesta adecuada.

Juan realizó cinco fundaciones hospitalarias, cuatro en Granada y una en Toledo. La primera la realizó a finales de 1534. Alquiló una casa-albergue en la zona de la Pescadería, que pronto se le quedó pequeña, pues en ella recogía a los que veía tendidos en los soportales y a tantos pobres desamparados, harapientos, maltratados de la vida.

Comenzó la tarea como hermano hospitalario: lavar los platos y escudillas, fregar las ollas, barrer, limpiar, ordenar la casa y traer agua, las labores diarias y domésticas, y lo hacía solo. Para ello introdujo la novedad de pedir limosna y víveres al anochecer por las calles de Granada, gritando: “Haced bien por amor de Dios, hermanos míos”. Se hizo pobre con los pobres e impactó con la novedad de la caridad hospitalaria en el pueblo y la ejercitó con alegría. Fue el cimiento de la futura Fraternidad Hospitalaria.

La segunda fundación fue en 1535 con el primer hospital en la calle de Lucena. Eran tantos los que acudían a su albergue que tuvo que alquilar otra casa más grande para poder acogerlos. Pronto se corrió por Granada lo bien que eran acogidos y cómo los trataba con tanta caridad. Juan tenía más experiencia y comenzó el bosquejo de la nueva Hospitalidad: por los cuerpos a las almas; curando los cuerpos y sanando las almas con estilo directo, con amor y entrega desde la misma pobreza compartida.

Lo hizo bajo el consejo del padre Portillo, que fue hasta su muerte su consejero y confesor. Su nuevo hospital fue casa de Dios, abierto siempre a la misericordia, a todos los pobres y enfermos, sin necesidad de papeleo. En esta casa había más orden y concierto. Armó algunas camas para los más dolientes y trajo enfermeros que le ayudasen a servirles, mientras iba a buscarles limosnas y medicinas para que se curasen. Viendo lo bien que eran tratados, acudían cada día más menesterosos.

Eran fundaciones intuitivas, como labor social, humanitaria y carismática, dando respuesta a los signos de los tiempos. Este estilo y labor de Juan conmovió a Granada, que se admiró de la capacidad de aquel hombre pobre y sencillo, quien, desde la nada, mantenía diariamente a cuantos pobres y enfermos llegaban a su hospital o él mismo encontraba por las calles y los ayudaba. Otra gran novedad: Juan se convirtió en el iniciador del voluntariado, pues se sumaron a él personas voluntarias: médicos, enfermeros, instituciones, personas devotas que le ayudaban. Con silencio y eficacia fue el gran reformador del siglo de los hospitales.

Juan era un laico comprometido en la caridad, que daba comida, bebida, vestido, acogida, cuidados sanitarios y médicos a los pobres y enfermos. Su ministerio fue apreciado, valorado y no pasó inadvertido. El presidente de la Chancillería de Granada, Ramiro de Fuenleal, obispo de Tuy se interesó por su labor social, evangélica y apostólica. Le dio el nombre definitivo: Juan de Dios. Desde ese día fue un verdadero religioso consagrado laico.

El obispo, al cambiarle el nombre y darle un hábito, le confirmó como fundador y, con ello, dio comienzo a la Fraternidad Hospitalaria. Luego diría de él san Pío V en 1571 al aprobarla: “Por ser Juan de Dios, el Fundador y Primero de su Fraternidad y Hospital”. Así se le abrieron las puertas y bolsillos de los señores de Granada al santo limosnero.

Una vez más en la historia surgió primero servir, luego nacer, la acción carismática y luego la aprobación.

Todo ello llevó un tiempo para encontrar forma jurídica. El proceso fue arduo, progresivo, con muchas dificultades al ser “religiosos laicos”. Era una obra pía, lugar de oración y caridad, que interesaba igualmente al ámbito eclesiástico y al civil. Ambas autoridades pretendían ejercitar su jurisdicción sobre ella.

Fuera civil o eclesiástico el origen del hospital, como obra pía, quedaba sujeto a la visita de la autoridad eclesiástica, dentro de las circunstancias previstas por el Concilio de Trento. En todo caso, el visitador ejercía su autoridad en el foro penitencial, culto de Dios, no en las materias económicas.

Juan de Dios, metido de lleno en el servicio hospitalario, por el año 1535, comenzó a recibir a sus primeros compañeros: Antón Martín y Pedro Velasco, a quienes dio el hábito hospitalario. Luego fueron llegando Simón de Ávila, Domingo Piola, Juan García, Fernando Núñez y los hermanos Sebastián, Diego y Alonso Retíngano. Con ellos Juan de Dios compartió el carisma fundacional de la caridad y hospitalidad.

Los dos primeros hermanos, Antón y Pedro, fueron vidas señeras en el futuro de la Fraternidad Hospitalaria, como cofundadores de la misma que tanto le ayudaron en los inicios difíciles de la incipiente obra hospitalaria. Ejercieron la hospitalidad a ejemplo e imitación como lo hizo su fundador. Con su forma de vida pretendió hacer un proyecto de comunidad sin fronteras. Fruto de la misma obra es hoy la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.

Juan de Dios realizó la tercera fundación: el hospital de la calle Gomeles. Dado que ya no cabían los enfermos en el hospital de Lucena, sus bienhechores le compraron una casa más grande en la calle de los Gomeles. Pudo hacer el traslado de los enfermos en 1536 o 1537. Le ayudaron en esta tarea los hermanos Antón Martín y Pedro Velasco. Hizo de este hospital general una “casa de Dios”. El fundador escribió a Gutierre Lasso que en ella recibía sin distinción “enfermos que aquí se encuentran tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos, tiñosos y otros muy viejos, y muchos niños; y esto sin contar otros muchos peregrinos y viandantes, que aquí acuden, a los cuales se les da fuego, agua, sal y vasijas para guisar de comer”. El santo recuerda que “para ello no hay renta, mas Jesucristo lo prevé todo”. Se sabe un poco de sus gastos por sus cartas: “Pues no pasa día en que no sean necesarios, para el abastecimiento de la casa, cuatro ducados y medio, y a veces cinco; y esto solo de pan, carne, gallinas y leña, porque las medicinas y los vestidos son otro gasto aparte”.

Juan de Dios por este motivo se “encuentra siempre empeñado y entrampado, solo por Jesucristo”, y añade: “ya que debo más de doscientos ducados de camisas, capotes, zapatos, sábanas y mantas y de otras muchas cosas que son necesarias en esta casa de Dios; y de la crianza de niños que aquí abandonan”. Siempre le apoyaron los arzobispos de Granada, tanto Fernando Niño de Guevara, como el caritativo y santo Pedro Guerrero. Lo hacía con su auxilio y bendición, trabajaba para el servicio de la Iglesia y con su autorización.

Juan de Dios seguía con los hermanos su trabajo diario con profesionalidad y caridad.

Hizo la cuarta fundación: el tercer hospital en el convento viejo de San Jerónimo. Le regalaron los terrenos, le apoyaron el arzobispo Pedro Guerrero y san Juan de Ávila, y él mismo predicó sermones, recogió limosnas y comenzó las obras del que es hasta hoy día el Hospital de San Juan de Dios en Granada. No las vio finalizadas en vida. El traslado del Hospital de Gomeles al nuevo se realizó el 14 de agosto de 1553.

Era un hospital general, con la nueva impronta de su genialidad hospitalaria y profesional, donde colocó a los enfermos por especialidades, separó a los hombres y a las mujeres, contó con un voluntariado desinteresado de médicos, enfermeros, auxiliares, colaboradores administrativos, sacerdotes, religiosos y bienhechores que fueron su apoyo. En 1548 hizo la quinta fundación: abrió un albergue, igual al de Granada, en Toledo, y mandó allí al hermano Fernando Núñez.

Con ello comenzó a extenderse la Fraternidad Hospitalaria. Tienen a Juan de Dios como fundador y es su ejemplo y luz de la Hospitalidad.

En 1548, lleno de deudas, viajó a Valladolid y se entrevistó con Felipe II, todavía príncipe regente, el cual le recibió, le escuchó, se interesó por su obra y le socorrió con generosidad, al igual que lo hicieron sus hermanas las princesas de España. Le entregó varios memoriales interesándose siempre por los pobres. Fue un viaje de ida y vuelta muy duro, acompañado por el hermano Pedro Velasco. Dejó en Granada como superior al hermano Antón Martín, que fue un magnífico hospitalario y gestor.

Todo lo que le daban lo repartía a los pobres de Valladolid. El hermano Pedro le recordó el objetivo del viaje, que era recoger limosnas para el hospital de Granada, y el santo le respondió: “Hermano, darlo acá, o darlo allá, todo es darlo por Dios, que está en todo lugar, y donde quiera que haya necesidad, debe ser socorrida”. Para llegar a Granada con limosnas tuvieron la buena idea de darle “cédulas de pago” para que las pudiera cobrar en Granada. Regresaron descalzos y a pie; Juan llegó muy cansado y enfermo. Este viaje tan duro marcó su salud.

La grandeza de espíritu de Juan de Dios se manifestó en el ejercicio de todas las virtudes. Así, su amor pudo más que el fuego cuando ayudó a apagarlo en el incendio del Hospital Real de Granada, sacando a todos los enfermos del mismo y librándolos de una muerte segura. Así lo reconoce la Iglesia en la liturgia de su fiesta. Fue en pleno invierno de 1549 a socorrer a un joven que se estaba ahogando en el río Genil y contrajo la que sería su última enfermedad y causa de su muerte.

Juan de Dios cayó gravemente enfermo, le metieron en cama, rendido y enfermo, entre el dolor de los hermanos y enfermos que intuían lo peor. Todo el Hospital se revolucionó. La fiebre no remitía a pesar de los remedios que le aplicaban. En este estado, aún quería salir a pedir limosna para los suyos, seguir dialogando con los infortunados de la vida que siempre le esperaban. Eran muchos los que se interesaban por su salud, tanto los pobres como el resto de la ciudad.

Desde el lecho del dolor, Juan de Dios recomendaba a los hermanos de la comunidad que a nadie faltase nada, que todo siguiera su ritmo y no se alterase el orden normal del programa del Hospital. Esta es una de las grandezas de la hospitalidad hospitalaria: el enfermo era el centro y corazón del hospital para Juan de Dios y los hermanos.

Muy enfermo, le visitó su amigo y arzobispo Pedro Guerrero, lo confortó, lo consoló y le dijo las cosas que habían llegado a él: “He sabido como en vuestro hospital se recogen hombres y mujeres de mal ejemplo y que son perjudiciales y que os da mucho trabajo a vos propio su mala crianza por tanto despedidlos luego, y limpiad el hospital de semejantes personas, porque los pobres que quedaren vivan en paz y quietud y vos no seáis tan afligido y maltratado de ellos”.

Juan de Dios estuvo muy atento a todo lo que le dijo y le contestó con humildad y mansedumbre: “Padre mío y buen Prelado, yo solo soy malo y el incorregible y sin provecho, que merezco ser rechazado de la casa de Dios y los pobres que están en el Hospital son buenos y sobre todos tiende el sol cada día, no será razón echar a los desamparados y afligidos de su propia casa”. Convenció al arzobispo su respuesta y éste lo dejó en paz y le dio licencia para que hiciera el bien hasta el fin de su vida.

Viendo Juan de Dios su estado, arregló sus cuentas, tomó un libro y puso en orden las deudas y a todos pagó. Hizo dos libros, uno lo dejó en su pecho y otro lo mandó al Hospital. Todavía envió sus últimas cédulas de caridad a los pobres y enfermos. Estaba muy bien atendido en el hospital por todos los hermanos, rodeado de los pobres, que eran sus mejores joyas, su gloria y su preocupación. Le visitó Ana Osorio, mujer de mucha caridad, que vivía en el veinticuatro de García de Pisa, la cual, viendo su estado, llena de amor misericordioso, lo quiso llevar a su casa para atenderlo y curarlo. Juan de Dios no consintió dejar el Hospital ni abandonar a los enfermos y pobres, sino que deseaba morir en él y ser enterrado allí.

Como se agravaba su enfermedad, los señores de Pisa vinieron a buscarlo para llevárselo a su casa. Al fin lo convencieron diciéndole que si él había predicado a todos la obediencia, debía obedecer ahora a lo que con tanta razón pedían por amor de Dios. Fiel hijo de la Iglesia, obediente en todo momento, humildemente lo aceptó y con gran pesar lo llevaron en una silla. Cuando supieron los pobres que lo querían llevar, los que pudieron se levantaron y le cercaron —porque le tenían gran amor— y con gemidos y lágrimas comenzaron a dar alaridos, todos llorando.

Por consejo de los médicos, se metió en la cama, doña Ana le había preparado la habitación con la dignidad de un siervo de Dios, con ropa adecuada que le hizo cambiar, atendiéndole con fina hospitalidad y cuidado. La gente principal de Granada lo visitó.

También el arzobispo Pedro Guerrero lo confortó con santas palabras y le administró los sacramentos de la penitencia, unción de los enfermos y le llevó el viático. Y le animó para el último camino hacia la eternidad. Le preguntó que si tenía algo que le diese la pena, se lo dijese, porque pudiendo él lo realizaría. El respondió: “Padre mío y buen Pastor, tres cosas me dan cuidado. La una lo poco que he servido a nuestro Señor habiendo recibido tanto. Y la otra los pobres, que le encargo y gentes que han salido de pecado y mala vida y los vergonzantes. Y la otra estas deudas que debo, que he hecho por Jesucristo”. Y le puso en la mano el libro en que estaban asentadas. El prelado respondió: “Hermano mío, a lo que decís que no habéis servido a nuestro Señor, confiad en su misericordia, pues suplirá con los méritos de su pasión lo que en vos ha faltado. Y en lo de los pobres, yo los recibo, y tomo a mi cargo, como soy obligado. En cuanto a las deudas, las tomo a mi cargo para pagarlas. Y yo os prometo de hacerlo como vos mismo. Por tanto, sosegaos y nada os dé pena, sino sólo atended a vuestra salud y encomendaos a nuestro Señor”. Luego le dio su bendición y se fue.

Juan de Dios mandó llamar al hermano Antón Martín, al que dejó como hermano mayor y sucesor. Le encargó mucho el cuidado a los pobres, los huérfanos, los vergonzantes y de la Fraternidad Hospitalaria, amonestándole con santas palabras. Sintiendo que llegaba su último momento, se levantó de la cama, se puso en el suelo de rodillas, donde estuvo un poco callado y, luego, abrazándose a un crucifijo, exclamó: “Jesús, Jesús, entre tus manos me encomiendo”. Diciendo esto, murió. Tenía cincuenta y cinco años. Permaneció en este estado varias horas, sin caerse. Así lo quitaron para amortajarlo. Ocurrió su muerte a la entrada del sábado, media hora después de maitines, el 8 de marzo de 1550. Estuvieron presentes en su muerte muchas personas principales y cuatro sacerdotes. Todos quedaron admirados y dieron gracias a Dios por tan dulce y santa muerte. La noticia corrió veloz y Granada lloró su muerte. Pronto, sin cesar hasta su entierro, se dijeron misas y responsos por los frailes y clérigos de la ciudad.

Los hermanos prepararon el funeral, que fue presidido por el arzobispo Pedro Guerrero. El entierro fue un acontecimiento, una procesión solemne y silenciosa jamás vista en Granada. Todos los estamentos estuvieron presentes y su cuerpo fue depositado en la cripta en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria de los padres Mínimos de Granada, y allí permaneció hasta 1614 en que fue depositado en la iglesia de su hospital, hoy de San Juan de Dios. Su fama de santidad se extendió pronto por todo el mundo.

Fue beatificado por Urbano VIII el 7 de septiembre de 1630. El papa Alejandro VIII lo canonizó el 16 de octubre de 1690. Tanto por su beatificación como por su posterior canonización lo celebraron en todas las ciudades en donde había hospitales con gran solemnidad y actos culturales y religiosos, especialmente en Granada. El papa León XIII, el 22 de junio de 1886, le nombró patrono de los enfermos, colocando su nombre en la letanía de los agonizantes.

Pío XI, el 28 de agosto de 1930, le nombró patrono de los enfermeros y de cuantos se dedican a la asistencia de los enfermos. Pío XII se dignó nombrarle copatrón de Granada, el 6 de marzo de 1940.

La fundación de su obra, la Fraternidad Hospitalaria, fue aprobada por san Pío V, el 5 de septiembre de 1571, con estas palabras: “Esta era la flor que faltaba en el jardín de la Iglesia”.

Esta aprobación se hizo con la bula Salvatoris nostri y fue confirmada el 1 de enero de 1572 con la Licet ex debito. Sixto V la elevó a orden religiosa con la bula Etsi pro debito, el 1 de octubre de 1586. Clemente VIII la redujo a congregación el 13 de febrero de 1592 con la bula Ex omnibus. Pablo V, con el breve Romanus Pontifex, el 16 de marzo de 1619, la elevó definitivamente como Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.

Sacudirse el polvo: Vuelve la guerra a Europa

“El rey de Asiria hizo venir gentes de Babilonia, de Cutá, de Avá, de Jamat y de Sefarvaín para establecerlos en las poblaciones de Samaría, en lugar de los hijos de Israel, y ellos tomaron posesión de Samaría y habitaron sus ciudades” (2Re 17,24).

Hoy es martes 24 de febrero de 2022. Rusia ha invadido Ucrania. Me he levantado con miedo. Aunque con dolor, he aprendido a encajar las muertes de la pandemia, las catástrofes naturales que arrasan poblaciones enteras, los accidentes en la carretera o en la montaña que han sufrido seres cercanos e, incluso, las múltiples y cotidianas violencias que exhiben los medios o me topo en mi día a día. Pero hoy me he levantado con miedo.

Siempre me costó vivir con serenidad el desprecio a la persona que muestran los que ostentan cualquier tipo de poder. Nos consideran títeres, nos tienen a merced de su capricho, somos para ellos una pieza más de su partida de ajedrez y juegan con cosas que no tienen remedio, que cantara Serrat. No puedo con el mal del hombre con el hombre. Más allá de inseguridad, me genera un miedo triste.

La guerra llega a Europa, y seguimos mirando nuestros plácidos atardeceres mientras pensamos que el problema es de otros. Me aterra recordar que el siglo XX está lleno de malos cálculos que lo convirtieron en el más sangriento de la historia.

La Sagrada Escritura es la crónica del desprecio del poderoso por el ser humano: el pueblo judío vivió el escarnio constante del capricho de los poderosos de la época. El baile entre Egipto, Siria y Babilonia les tuvo constantemente a merced de los intereses de estos grandes imperios. El Evangelio también nos narra la salvación bajo el telón de fondo de la ocupación romana y el abuso al que la clase política y religiosa sometía al pueblo. Dios no se cansó de ser misericordioso con su pueblo. Y, hoy en día, su pueblo sigue sufriendo esclavitud, pobreza, injusticia, guerra.

Edulcorar la misericordia del Padre

En momentos como este, me queda la sensación de que los europeos acomodados, acostumbrados a mirar las grandes tragedias de la humanidad desde lejos, hemos edulcorado la misericordia del Padre y, los que nos llamamos cristianos, hemos cambiado la esperanza que nos trajo el Cristo muerto y resucitado, por el cómodo evangelio de la ilusión y el optimismo.

Conviene sacudirse el polvo.

Leido en Vida Nueva                                                                                                                   Por Raúl Molina, profesor padre de familia y miembro de CEMI

Mensaje de Papa Francisco para la cuaresma

 

El Santo Padre inició su mensaje recordando que “la Cuaresma es un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado”.

«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad (kairós), hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a), es la cita bíblica del apóstol Pablo que medita el Papa Francisco en su mensaje para el tiempo litúrgico de la Cuaresma de este año.

La escucha asidua de la Palabra de Dios nos hace madurar una docilidad que nos dispone a acoger su obra en nosotros (cf. St 1,21), que hace fecunda nuestra vida. Si esto ya es un motivo de alegría, aún más grande es la llamada a ser «colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), utilizando bien el tiempo presente (cf. Ef 5,16) para sembrar también nosotros obrando el bien”, dijo.

 Exhortando luego a recibir la gracia del perdón “en el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, sabiendo que Dios nunca se cansa de perdonar”.

Texto íntegro en:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/lent/documents/20211111-messaggio-quaresima2022.html

 

La Iglesia redefine la vejez en Italia

 

El Gobierno italiano ha puesto al arzobispo Vincenzo Paglia al frente de la reforma de la asistencia a los ancianos. Para ello contará con parte de los 18.490 millones de los fondos europeos que Italia dedicará a la salud

Cuando era niño, Mario Finotti superó los duros años del hambre después de la Segunda Guerra Mundial con pan duro y sopas de cebolla. A finales de noviembre cumplió 91 años. Su familia lo aparcó cuando tenía 85 y una demencia senil avanzada, en una residencia para ancianos.

Un día de este mes de enero Mario quiso escapar de aquella prisión que sentía ajena. Colocó una silla delante de la ventana, se subió y se tiró. Su cuerpo quedó hecho un guiñapo en el patio. La noticia desencadenó una ola de indignación en Italia. ¿Están seguros nuestros ancianos en estos centros para la tercera edad?

La pandemia de COVID-19 irrumpió primero como un monstruo letal que exasperó los miedos más profundos de las personas de edad avanzada. Después llegó la desesperanza de ver cada día las mismas paredes de la habitación de la residencia: sin poder ser visitados por sus seres queridos; con la prohibición explícita de tener contacto físico, y sin las únicas actividades diarias que les permitían disfrutar del día por la dificultad de los grupos burbuja.

Solos, sin caricias y sin alicientes para seguir viviendo. La supresión de la interacción personal y afectiva agravó las condiciones físicas y mentales de este colectivo, relegándolo a un estado catatónico entre la indefensión y la muerte. No hay cifras patentes de este malestar.

Una tragedia que –sumada a los miles de ancianos fallecidos en completa soledad a causa del coronavirus– impactó de lleno en el corazón del arzobispo Vincenzo Paglia, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, que se propuso cambiar la sociedad. «Es una contradicción que la ciencia nos permita vivir más años, pero que los centros que acogen la última etapa de la vida se hayan convertido en lugares de abandono y muerte», señala.

Por eso se presentó ante el ministro de Salud de Italia, Roberto Speranza, del partido Libres e Iguales –el ala más a la izquierda de la coalición de Gobierno–, con un plan para frenar el desahucio vital al que parecían condenados los ancianos. «Le dije que era una depravación lo que estaba sucediendo con los mayores y estuvo plenamente de acuerdo», sostiene.

Fue así como nació, en septiembre, la comisión para la reforma de la asistencia socio sanitaria de la población de más edad en Italia, presidida por Paglia, una especie de ministro del Vaticano para la familia.

En febrero adquirió rango gubernamental, con representantes de once ministerios distintos y un bufete legal para realizar una ley marco, gracias al impulso que le dio el primer ministro italiano, Mario Draghi.

Es poco frecuente que un Estado laico encomiende a un obispo presidir una importante comisión para reformar la asistencia a los ancianos y la ayuda a sus familias. Y es casi un hito que un Gobierno de coalición de mayoría de centro-izquierda colabore con la Iglesia en algún ámbito. El equipo de trabajo, además de personal sanitario, técnicos y expertos en geriatría, incluye ilustres personalidades del mundo artístico como la poetisa húngaro-italiana Edith Bruck.

Para Italia, así como para otros países con una alta tasa de ancianos –como es el caso de España–, «es indefectible pensar bien en cómo queremos pasar los últimos años de nuestra vida».

Para empezar, la comisión que preside Paglia ha definido una constitución de los derechos de los ancianos y los deberes de la comunidad que será la casilla de salida para reorganizar la vejez.

Una concepción que privilegia la atención domiciliaria y reivindica el derecho «a pasar los últimos años de la vida en casa» y no en una estructura extraña. «Desenraizar a los ancianos de la que ha sido siempre su casa es una equivocación», asegura Paglia. No solo crea «problemas humanos horribles», sino que además no es sostenible económicamente. «Únicamente una pequeña parte de las personas de edad avanzada están en residencias.

La mayoría viven completamente abandonadas, como acaban los objetos viejos que ya no sirven. Si se trasladaran a todos a residencias sufragadas por el Estado, saltarían por los aires los presupuestos públicos», asegura el arzobispo. Los datos lo avalan. Las regiones italianas pagan de media de 2.500 a 3.000 euros al mes por cada anciano ingresado en una estructura pública.

El documento de los derechos de los ancianos también ahonda en situaciones dolorosas, pero reales, como el abandono en hospitales públicos que han sufrido muchos abuelos por parte de sus familias. En algunos de estos casos, previamente se ha obtenido la declaración de incapacidad de estas personas, por lo que se quedan disfrutando de su pensión y sus propiedades. Para frenar este abuso, la comisión propone la creación de una figura competente en materia financiera que pueda indicar al anciano las consecuencias legales de sus decisiones y que le ayude a no perder el control de su patrimonio.

Paglia destaca que las residencias de ancianos nunca han funcionado bien. Frente al aislacionismo, propone trabajar con modelos de convivencia entre los ancianos, mejorar su vivienda y las experiencias de los hogares familiares pequeños, así como ayudar a las familias para que puedan mantener a sus abuelos y padres en casa. «Aquí la tecnología juega un factor clave. Hemos perdido las costumbres del barrio y hay que restablecerla esa importante red en las ciudades para evitar que se muera un anciano y solo nos enteremos cuando empieza a descomponerse el cuerpo», señala.

El modelo que propone pasa también por derribar las barreras arquitectónicas que imposibilitan, por ejemplo, a cerca de 560.000 ancianos italianos no autosuficientes y a los 2,7 millones con graves dificultades de movimiento, salir a dar un paseo. «Muchos están encerrados en pisos altos de edificios sin ascensor», asegura el arzobispo.

Repensar toda la perspectiva del cuidado de las personas mayores también requiere formación. «Crearemos nuevos puestos de trabajo y sacaremos de la economía en negro a los cuidadores, en su mayoría inmigrantes sin papeles y que están mal pagados». Además, «los jóvenes que no quieran irse de su pueblo podrán quedarse con un nuevo diploma de operador sociosanitario, que también incluirá formación psico-afectiva», señala.

La estrategia también pasa por visitas periódicas del personal médico a casa de los abuelos. Además, se establecerán 1.000 centros de día por todo el país restaurando inmuebles públicos abandonados. Parece un poco utópico, pero detrás de estas ideas hay un plan estratégico. El Gobierno italiano destinará parte de los de los 18.490 millones de los fondos europeos que Italia dedicará a la salud a repensar la vejez.

Freno a la eutanasia

El Tribunal Constitucional italiano frenó en seco la semana pasada la propuesta para realizar un referéndum sobre la eutanasia. Según el fallo, tal y como estaba propuesta la consulta popular, «no se garantizaría la protección mínima constitucionalmente necesaria de la vida humana», por lo que los jueces la consideraron «inadmisible».

En la práctica, la iniciativa pretendía tumbar el artículo 579 del Código Penal, que actualmente sanciona a «quien causa la muerte de un hombre, con su consentimiento» con penas de entre seis y 15 años de prisión.

Los obispos italianos manifestaron en un comunicado que con esta decisión judicial se ha confirmado que la eutanasia es contraria a la Constitución, que vela por «la vida, en general, con particular referencia a las personas débiles o vulnerables».

Victoria Isabel Cardiel C. 27 de Febrero de 2022

ALFA Y OMEGA

El Santo Padre inicia un ciclo de  catequesis sobre la vejez

 

En la Audiencia General del miércoles 23 de febrero  Papa Francisco inició una serie de catequesis sobre el sentido y el valor de la vejez porque “es una de las cuestiones más urgentes que la familia humana está llamada a afrontar en este tiempo”.

El Papa explicó que “la Palabra de Dios nos ayudará a discernir el sentido y el valor de la vejez” y rezó para que “el Espíritu Santo nos conceda también a nosotros los sueños y las visiones que necesitamos”.

Por ello, el Santo Padre recordó el pasaje bíblico del profeta Joel: “sus ancianos soñarán sueños, y sus jóvenes verán visiones” para explicar que “ha de existir una alianza entre las generaciones”.

“Si los ancianos, los abuelos, se repliegan en su melancolía y renuncian a soñar, los jóvenes no podrán ver más allá́ de su Smartphone. La pantalla puede también permanecer encendida, pero la vida se apaga antes de tiempo”, advirtió el Papa.

Y subrayó que “los ancianos, con los recursos que solo los años de vida otorgan, están llamados a comunicar sus sueños, para que a partir de ellos los jóvenes puedan ensanchar sus horizontes y tomar decisiones que abran caminos hacia el futuro”.

Texto completo en:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20220223-udienza-generale.html

Santos mártires Emeterio y Celedonio

Los Santos  Emeterio y Celedonio fueron  soldados romanos; decapitados por profesar el cristianismo, en Calahorra el  3 de marzo de 298  son mártires  de la Iglesia Católica y patronos  de la ciudad de Santander ( Cantabria) y de Calahorra, (La Rioja).

Emeterio y Celedonio eran posiblemente hermanos.  Algunos sitúan su nacimiento en Calahorra pero otros señalan a León como cuna por los libros de rezos leoneses -antifonarios, leccionarios y breviarios del siglo XIII- al interpretar «ex legione» como lugar de su proveniencia. Cuando parece ser que la frase latina es mejor referida a la Legión Gemina Pia Felix a la que pertenecieron y que estuvo acampada cerca de la antigua Lancia, hoy León, según se encuentra en el documento histórico denominado «Actas de Tréveris» del siglo VII.

Ambos servían en la ciudad riojana a finales delsiglo III y fueron honrados con la condecoración romana de origen galo llamada torques por los méritos al valor, al arrojo guerrero y disciplina marcial, cuando fueron encarcelados y puestos ante la alternativa de renunciar a su fe o abandonar la profesión militar, pudo ser en la persecución de Diocleciano o en la de Valeriano

 Por su disposición sincera a dar la vida por Jesucristo, primero sufren prisión larga hasta el punto de crecerles el cabello. En la soledad y retiro obligados bien pudieron ayudarse entre ellos, glosando la frase del Evangelio, que era el momento de «dar a Dios lo que es de Dios» después de haberle ya dado al César lo que le pertenecía. Su reciedumbre castrense les ha preparado para resistir los razonamientos, promesas fáciles, amenazas y tormentos.

En el arenal del río Cidacos se fija el lugar y momento del ajusticiamiento. Cuenta el relato que los que presencian el martirio ven, asombrados, cómo suben al cielo el anillo de Emeterio y el pañuelo de Celedonio como señal de su triunfo señero.

En ese lugar  es donde más tarde se levantó la actual  catedral, de ahí su extraño emplazamiento, extramuros de la ciudad. Muy pronto el pueblo calagurritano comenzó a dar culto a los mártires.

 El relato afirma que las cabezas de los santos llegaron a la ciudad de Santander (Cantabria) a bordo de una barca de piedra y fueron custodiadas por una comunidad de monjes que allí vivía.

También es posible que las cabezas llegaran a Santander para ser protegidas de la invasión musulmana, una vez ésta llegó a la zona devalle del Ebro, con el tiempo, las iglesias de Vizcaya y Guipúzcoa con otras hispanas y medio día de Francia dispusieron de preciosas reliquias

Las cabezas reposan hoy en día en Santander, en la actual catedral construida sobre la antigua abadía de tiempos de Alfonso II. El resto de los cuerpos se veneran en la Catedral de Calahorra y procesionan por sus calles todos los 3 de marzo, 15 de mayo y 31 de agosto.

Muy pronto el pueblo calagurritano comenzó a dar culto a los mártires. Sus restos se llevaron a la catedral del Salvador; con el tiempo, las iglesias de Vizcaya y Guipúzcoa con otras hispanas y del medio día de Francia dispusieron de preciosas reliquias.

 

Miércoles de Ceniza

La celebración del Miércoles de Ceniza nos invita hoy a una profunda revisión de nuestra vida, de nuestras actitudes y criterios de comportamiento; a iniciar un serio proceso de conversión y de purificación. Cuaresma es un tiempo de gracia que Dios nos concede como un regalo.

La cuaresma comienza el Miércoles de Ceniza

Convertíos y creed el Evangelio, un poco de historia

La implantación del Miércoles de Ceniza hay que relacionarla con la institución de la penitencia canónica. Éste era un día muy importante para los que iban a iniciar la penitencia cuaresmal antes de ser admitidos a la reconciliación el día de Jueves Santo. En los siglos V y VI, la entrada en la penitencia tenía lugar al principio de la Cuaresma. Este dato nos lo confirmará más tarde —en el siglo VII— el llamado Sacramentario Gelasiano b (I, XVI), uno de los más antiguos libros litúrgicos de la tradición romana.

En este sacramentado, la entrada en la penitencia canónica se sitúa el miércoles que precede al domingo primero de Cuaresma. Por eso será llamado «Miércoles de Ceniza». Ese día, después de haber oído en privado la confesión del penitente, el obispo, en un acto litúrgico solemne, impone las manos sobre la cabeza de los penitentes, les cubre de ceniza, les hace vestir de cilicio —una especie cíe vestimenta hecha con pelo de cabra— y les invita a emprender un camino de penitencia y de conversión. Al final de la celebración, los penitentes son expulsados de la Iglesia y entran a formar parte del grupo —el «orden— de los penitentes. El rito de reconciliación tiene lugar el día de jueves Santo.

Durante la Cuaresma, los penitentes se entregan a toda clase de mortificaciones y prácticas piadosas: visten de oscuro, con ropas miserables y burdas; se someten a un ayuno riguroso, privándose en absoluto de comer carnes; hacen abundantes limosnas y se ejercitan en toda clase de obras de misericordia.

 En las asambleas litúrgicas son colocados en un lugar especial, al fondo de la iglesia. Sólo asisten a la liturgia de la palabra. Antes del ofertorio, en el marco de la oración de los fieles, se hace una oración por ellos y se les despide».

Por otra parte, durante el tiempo de Cuaresma los sacerdotes imponen las manos a los penitentes y, en señal de duelo, en los días de fiesta asisten de rodillas a las oraciones de la iglesia. Todos estos gestos externos, marcados a veces de una extraordinaria rudeza y rigurosidad, deben ser la expresión visible de la penitencia interior. Deben hacer patente a los ojos de la comunidad cristiana el estado de ánimo del penitente, su actitud de arrepentimiento y de conversión y, sobre todo, su voluntad decidida de emprender un camino de renovación cristiana. No se excluye, sin embargo, entender estos actos de penitencia como gestos de expiación y de satisfacción por los pecados. En todo caso, todo este conjunto de prácticas penitenciales no son sino la expresión de la actitud interior del hombre que se siente pecador ante Dios y espera ansiosamente el perdón de la misericordia divina.

Desaparecida ya la penitencia canónica, la celebración del Miércoles de Ceniza nos invita hoy a una profunda revisión de nuestra vida, de nuestras actitudes y criterios de comportamiento; a iniciar un serio proceso de conversión y de purificación.

Cuaresma es un tiempo de gracia que Dios nos concede como un regalo. Quizás sea ésta, la cuaresma que ahora comenzamos, una oportunidad singular e irrepetible que no debiéramos echar en saco roto. Debemos tomarnos en serio este período de Cuaresma y enfrentarnos con nuestra propia realidad personal.

 Tenemos por delante un largo camino para la escucha de la palabra de Dios, para la reflexión personal y para el encuentro silencioso con Dios en la soledad de ese desierto singular que nos hemos construido en la profundidad de nuestra conciencia íntima. Al final de esa peregrinación, la Pascua se nos aparecerá como una explosión de luz fulgurante y transformadora.

Una experiencia de desierto

Cuaresma es, pues, sin duda, una experiencia de desierto. No es que la comunidad cristiana deba desplazarse a un lugar geográfico especial para vivir esta experiencia. Cuando aquí hablo de desierto, más que a un emplazamiento geográfico, me estoy refiriendo a un tiempo privilegiado, a un tiempo de gracia. Porque la experiencia de desierto es siempre un don de Dios. Es siempre él quien conduce al desierto. Fue él también quien condujo a Israel al desierto por medio de Moisés, y quien condujo a jesús por medio del Espíritu. Este mismo Espíritu es quien convoca a la comunidad cristiana y la anima a emprender el camino cuaresmal.

El desierto es un lugar hostil, lleno de dificultades y de obstáculos. Por eso la experiencia de desierto anima a los creyentes a la lucha, al combate espiritual, al enfrentamiento con la propia realidad de miseria y de pecado.

En este sentido, la Cuaresma debe ser interpretada como un tiempo de prueba. Los cuarenta años que Israel pasó en el desierto fueron también un tiempo de tentación y de crisis, durante los cuales Yahvé quiso purificar a su pueblo y probar su fidelidad (Dt 8, 2-4; Sal 94). También Jesús fue tentado en el desierto.

 Durante la Cuaresma, la Iglesia vive una experiencia semejante, sometida a las luchas y a las privaciones que impone la militia Christi. El cristiano vive un arduo combate espiritual. Lo vive siempre. No sólo durante la Cuaresma. Pero la Cuaresma representa una experiencia singular, una especie de entrenamiento comunitario en el que los creyentes aprenden y se ejercitan en la lucha contra el mal. Casi ninguno de los israelitas superó la prueba. En realidad fueron muy pocos los que, habiendo salido de Egipto, consiguieron entrar en la tierra prometida. La mayoría sucumbieron en el camino. Hasta Moisés. Cristo, en cambio, salió victorioso de la prueba. El diablo no logró hacerle sucumbir. Los cristianos que realizan seriamente el ejercicio cuaresmal y recorren con asiduidad el camino que lleva a la Pascua, compartirán sin duda con Cristo la victoria sobre la muerte y sobre el pecado.

Tiempo de conversión y penitencia

Toda cuaresma, por el simple hecho de serlo, debe ser un tiempo de penitencia. De hecho, ya el mismo Eusebio de Cesarea —el primero que nos habla de la Cuaresma— se refiere a ese tiempo de preparación a la Pascua llamándolo «ejercicio cuaresmal». Sin embargo, en Roma esta dimensión adquiere unas connotaciones propias. El mismo ayuno, que aparece desde el principio como ingrediente esencial en la preparación a la Pascua, reviste en Roma un sentido y unas resonancias que no poseía durante los primeros siglos.

La Cuaresma romana, al insistir sobre el ayuno y sobre la penitencia, lo hace desde una perspectiva eminentemente ascética y penitencial. Es una forma de expresar el permanente control que el cristiano debe ejercer sobre sí mismo y la lucha abierta contra las pasiones y las apetencias de la carne que se alza contra las exigencias del espíritu.

Al mismo tiempo, las prácticas de penitencia durante la Cuaresma son asumidas como una forma de «satisfacción» o castigo para purgar los pecados propios y los ajenos. Hay, por otra parte, una permanente invitación al reconocimiento de los propios pecados y una llamada insistente a una conversión radical y absoluta.

Todos estos aspectos, que caracterizan sin duda la penitencia cuaresmal, sólo se entienden adecuadamente si se tiene presente que, durante siglos, el tiempo de Cuaresma constituyó el cauce canónico oficial para celebrar el sacramento de la reconciliación.

 La misma estructura cuaresmal dio marco a la institución penitencial. Este hecho, que de suyo cae en la esfera de lo formal y accesorio, impregnó la Cuaresma de una dimensión espiritual determinante. Iniciar la Cuaresma ha significado y significa asumir las actitudes de fondo que caracterizan al hombre pecador, consciente de su pecado, arrepentido y confiado en la ilimitada misericordia de Dios.

Los antiguos ritos penitenciales estuvieron en vigor hasta el siglo VI, mientras duró la penitencia canónica. Después quedaron como restos arqueológicos de un pasado vigoroso. La Iglesia mantuvo el ritual de la reconciliación de penitentes. Pero como una ceremonia más, sin ninguna significación propiamente sacramental. A medida que fue introduciéndose la penitencia privada, la celebración solemne de la reconciliación fue conviniéndose en pieza de museo.

 A partir del siglo XII, la dimensión sacramental de la penitencia había quedado reservada de modo exclusivo a la confesión privada. Sin embargo, la Cuaresma, que había servido de marco a la penitencia canónica antigua, siguió manteniendo su significación penitencial, a pesar de haber caído en desuso la antigua forma de celebrar el sacramento del perdón.

En esa situación era la Iglesia entera la que, reconociéndose comunidad pecadora, entraba en penitencia y se sometía, durante la Cuaresma, a toda clase de privaciones, ayunos y asperezas, implorando la misericordia de Dios y el perdón de sus pecados. De aquí han debido surgir, sin duda, las asociaciones y procesiones de penitentes que la religiosidad popular ha mantenido hasta ahora y que abundan sobre todo durante la Semana Santa.

Los textos de oración litúrgica, mantenidos por la Iglesia hasta la reforma del Vaticano II, reflejan ampliamente la dimensión penitencial de la Cuaresma, cargando incluso las tintas en una visión pesimista del hombre, sometido al dominio de las pasiones y oprimido bajo el peso de sus culpas.

La reforma litúrgica del Vaticano II ha querido dar un enfoque nuevo a la espiritualidad y a la penitencia cuaresmal. Para ello se han introducido nuevos textos de oración y se han modificado muchos de los antiguos. Todas estas modificaciones reflejan un nuevo enfoque espiritual de la Cuaresma. No es tanto la penitencia corporal lo que interesa subrayar cuanto la conversión interior del corazón.

Los textos bíblicos, extraídos muchos de ellos de la literatura profética, orientan la actitud cuaresmal de cara a una profunda purificación del corazón y de la misma vida de la Iglesia. Hay una continua descalificación de cualquier intento de cristianismo formalista, anclado en ritualismos falsos. La verdadera conversión a Dios se manifiesta en una apertura generosa y desinteresada hacia las obras de misericordia: dar limosna a los pobres y comprometerse solidariamente con ellos, visitar a los enfermos, defender los intereses de los pequeños y marginados, atender con generosidad a las necesidades de los más menesterosos.

En definitiva, la Cuaresma se entiende como una lucha contra el propio egoísmo y como una apertura a la fraternidad. A partir de ahí es posible hablar de una verdadera conversión y de una ascesis auténtica. Sólo así puede iniciarse el camino que lleva a la Pascua.

En este sentido, Cuaresma viene a ser un tiempo que permite a la Iglesia —a toda la comunidad eclesial— tomar con-ciencia de su condición pecadora y someterse a un exigente proceso de conversión y de renovación. Sólo así la Cuaresma puede tener hoy un sentido.

José Manuel Bernal Llorente

Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),

Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

Fuente: Dominicos.org