ADVIENTO: ¿QUE SIGNIFICA CICLO LITÚRGICO C AÑO IMPAR?

Con el primer Domingo de Adviento  el próximo día 1 de diciembre comienza un nuevo Año Litúrgico en la Iglesia Católica, con las lecturas correspondientes al llamado Ciclo C de año impar. ¿Qué significa esto?,  te lo explicamos.

¿Cuándo empieza y termina el año litúrgico?

La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB, por sus siglas en inglés) señala que el año litúrgico está constituido por 6 tiempos o estaciones: Adviento, Navidad, Cuaresma, Sagrado Triduo Pascual, Pascua y Tiempo Ordinario.

Asimismo, precisa que el nuevo Calendario Litúrgico 2025 iniciará con el primer Domingo de Adviento el 1 de diciembre de 2024, y concluirá el sábado posterior a la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, que será el domingo 23 de noviembre de 2025.

Ciclo trienal y el alfabeto

Pero algo que quizás se conoce menos es que el calendario litúrgico tiene un ciclo trienal. Es decir, que se repite cada tres años, y rige principalmente sobre las lecturas bíblicas de las Misas de domingo.

San Pablo VI, en su Constitución Apostólica Misal Romano, indica que “todas las lecturas dominicales se dividen en un ciclo de tres años”. En este sentido, el Ordo Lectioum Missae (Ordenación de las lecturas de la Misa, 1969) describe que a cada año litúrgico se le denominará “con las letras A, B, C”.

El Ordo de 1981 precisa que se designa ciclo C a todos los años “que son múltiplos de 3”. Por ello el Calendario Litúrgico 2025 es ciclo C.

En el ciclo A el evangelio dominical se toma generalmente de Mateo, en el B de Marcos y en el C de Lucas. Mientras que el Evangelio de Juan se lee primordialmente en la Pascua.

Durante el tiempo pascual, la primera lectura es de los Hechos de los Apóstoles. Pero la segunda lectura en el ciclo A es principalmente de la Primera carta de San Pedro; en el ciclo B, de la Primera carta de San Juan; y en el ciclo C, del Apocalipsis.

En el tiempo ordinario, la Primera carta a los Corintios se lee en los tres ciclos. Mientras que la Carta a los Hebreos ha sido dividida en dos. Una parte se lee en el ciclo B y la otra en el ciclo C.

¿Por qué año impar?

Los días laborables de la semana, llamados también ferias, las lecturas de la Misa tienen otro orden. La Cuaresma, Adviento, Navidad y Pascua tienen sus textos propios.

En el tiempo ordinario, los evangelios se rigen por un ciclo de lecturas que se repite todos los años. Sin embargo, las primeras lecturas, que generalmente son del Antiguo Testamento y de las cartas apostólicas, tienen doble ciclo, conformado por año par e impar.

En el Ordo de 1969 se especifica que el “Año I” es para los “años impares” y “Año II” para los “años pares”. Por lo tanto, el Calendario Litúrgico 2025 es año I o año impar.

¿Cuál es la finalidad de los ciclos con los pares e impares?

Toda esta distribución de las lecturas por ciclos y años pares o impares tiene su fuente en la Constitución Sacrosanctum Concilium, donde el Concilio Vaticano II pide que se abran más “los tesoros de la Biblia” a los fieles en la Eucaristía.

“De modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura”, puntualiza la Constitución.

En este sentido, al cabo de los tres ciclos se podrá haber escuchado gran parte de la Sagrada Escritura y si se va a Misa diariamente por dos años, se habrá profundizado más en la lectura de la Biblia.

Escrito por Abel Camasca

LA DIÓCESIS DE ORIHUELA – ALICANTE OTORGA LA INSIGNIA PRO ECCLESIA DIOCESANA A TRES MIEMBROS DE VIDA ASCENDENTE

El  10 de noviembre se celebró el día de la Iglesia Diocesana, en nuestra Diócesis celebramos un encuentro en el que se reconoce la entrega de determinadas personas a la Iglesia, es un bonito gesto que anualmente nos reúne.

Estas distinciones llamadas “Insignias Pro Ecclesia Diocesana”  fueron creadas hace quince años por iniciativa del obispo Mns. Rafael Palmero Ramos y tienen como objetivo reconocer el servicio pastoral que algunas personas han prestado y prestan a la sociedad y a la Iglesia Diocesana de Orihuela-Alicante. Así mismo, se reconoce en los distinguidos que hayan dado un largo y constante testimonio de servicio y entrega generosa en las diversas instituciones diocesanas.De todos los que son galardonados con esta insignia cabe destacar  su dedicación, en la mayoría de casos durante toda una vida, al bien de la comunidad y al trabajo por ayudar a los demás. Algunos de ellos son sacristanes o catequistas que han dedicado mucho de su tiempo y esfuerzo a la vida parroquial y otros han mostrado un gran compromiso con la sociedad y la Iglesia de Orihuela-Alicante desde diferentes movimientos, delegaciones, colegios o instituciones.

Estas insignias se caracterizan por llevar grabado el crismón que forma parte de la imagen institucional de la Diócesis, junto con la inscripción “Pro Ecclesia Diocesana. Orihuela-Alicante”. En el reverso cuenta con la imagen de la “Virgen Entronizada con el Niño”, conocida como Virgen de Gracia, datada a finales del siglo XIII, y que se encuentra actualmente en el Museo de Arte Diocesano. Junto a la imagen de la Virgen está la inscripción: “Que nuestra Iglesia Diocesana sea más fraternal y misionera”.

En el Salón de Actos del Obispado con la presencia de numerosos miembros de Vida Ascendente y familiares que los acompañábamos Antonio García, Aurora Rogado y Matilde Birlanga junto a otros 12 homenajeados, recibieron de mano de nuestro Obispo D. José Ignacio la preciosa insignia.

En el acto se hizo un responso por aquellos hermanos desaparecidos en la DANA de Valencia y el importe del Vino de honor que se sirve habitualmente a continuación fue donado a Cáritas Valencia.

Fue una fiesta entrañable en la que el grupo de jóvenes diocesanos «Eternos» acompaño y amenizó la velada con sus cantos, en un precioso encuentro intergeneracional de abuelos, padres y nietos.

En el enlace siguiente podéis ver la ceremonia completa

https://www.youtube.com/watch?v=b6xZfTvT11I

APUNTES PARA LA ORACIÓN. LA ORACIÓN QUE JESÚS NOS ENSEÑÓ

El Padrenuestro es la oración que Jesús mismo enseñó a sus discípulos. Más que una simple fórmula, es una síntesis de todo su mensaje.

A lo largo de la historia, los cristianos han encontrado en esta oración un lazo de unión con Dios. Es el corazón de su relación con Él, una oración de confianza y amor.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo dice: el Padrenuestro nos abre al Amor manifestado en Cristo. Es una invitación a orar con todos y por todos.

Esta oración, nacida en la Iglesia primitiva, aparece en Mateo y Lucas, aunque su espíritu se siente en los otros evangelios y en las cartas de san Pablo.

En Mateo, el Padrenuestro se enmarca en el Sermón de la Montaña, enseñándonos a ver a Dios como Padre y a pedirle con confianza, como una familia unida por su amor.

Por su parte, en Lucas, el Padrenuestro se presenta en el contexto de la petición de los apóstoles: enséñanos a orar. La fórmula que Jesús sugiere es la expresión perceptible de una oración que se mueve desde el interior.

San Pablo, a su manera, nos lleva a llamar a Dios ‘Abba, Padre’, una invocación llena de cercanía y amor familiar.

Hoy, cada vez que decimos el Padrenuestro, unimos nuestra voz a la de millones de cristianos a lo largo de la historia. Es la oración de cada creyente y de toda la Iglesia.

Más que palabras, el Padrenuestro es un encuentro eterno con Dios.

Todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en el Padrenuestro”.

Solo Jesús podía transmitir a sus discípulos esta oración, síntesis de todo su Evangelio. La Iglesia la ha señalado en el transcurso de los siglos de modos diversos: «Oración dominical», «Oración del Señor». Para los cristianos sigue siendo simplemente el Padrenuestro, la oración que Jesús mismo nos enseñó. Lejos de cualquier fórmula, aquí se encuentra el corazón de la relación con Dios, todo lo que el cristiano experimenta en lo profundo de su corazón. Esta es la oración de cada creyente y de toda la Iglesia que experimenta de este modo la presencia perenne del Espíritu que da vida.

Son muchísimos los comentarios a la oración del Señor que atraviesan los dos mil años de nuestra historia. Desde Tertuliano hasta el papa Francisco es posible llevar a cabo una numerosa reseña que pone de manifiesto el interés permanente por esta oración que persiste en su aspecto único.

El Padrenuestro, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Abre a dimensiones de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por todos los que no le conocen aún para que “estén reunidos en la unidad”. Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la creación debe ensanchar nuestra oración en un amor sin límites». En este podcast seguimos la oración del Padrenuestro en los cuatro evangelistas y en san Pablo, con sus diversas aportaciones.

El Padrenuestro nació y se formó en la experiencia de la Iglesia primitiva. A principios del siglo II encontramos que «la oración del Señor» ya se utilizaba en la liturgia de la Iglesia primitiva en una formulación similar a la actual. Aunque su fórmula litúrgica solo se encuentra en los evangelios de Mateo y en Lucas, Marcos, Juan y Pablo, también dejan ver en sus evangelios y en sus cartas el contenido principal del Padrenuestro.

Los antecedentes de Marcos

En el evangelio de Marcos se pueden identificar algunas sugerencias importantes que la preparan abiertamente. De manera importante la relevancia que se da en este evangelio a la oración: los discípulos son animados a dirigirse a Dios con la máxima confianza y confidencia; y se les recomienda esperar todo de Dios como si ya lo hubieran obtenido al pedirlo.

La convivencia con Jesús, el «estar con Él», típico del Evangelio de Marcos, hace surgir de forma gradual en los discípulos la necesidad de acudir al Padre y prepara por decirlo de algún modo, un espacio de acogida, que es la necesidad del perdón. Lo dice así: «Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».

Los discípulos debieron conmoverse de manera particular cuando Jesús, en el culmen de su pasión interior en Getsemaní, pidió a Dios el cumplimiento de su voluntad como don supremo, alcanzando así la cima de la oración de todos los tiempos. En este momento especialmente dramático, los discípulos notan con sorpresa que Jesús se dirige a Dios llamándolo Padre y utilizando la terminología de la ternura familiar: se les quedó impreso el término arameo Abba: es la invocación, hecha de confianza y de conexión, con la que los niños se dirigen a su padre en la esfera familiar. Y es la única vez que encontramos el término en el ámbito de los Evangelios.

La formulación de Mateo

En Mateo, el Padrenuestro aparece en el contexto del sermón de la montaña, un programa relativamente completo de la práctica cristiana basada en las bienaventuranzas. La oración cristiana en Mateo aparece como un diálogo marcado por una intensa intimidad filial que se desarrolla entre el cristiano y Dios. Se entiende de inmediato precisamente por ser un diálogo entre sujetos.

Por eso, la oración del Padrenuestro no es enseñada como una fórmula fija. Aunque luego se convertirá en fija en el uso litúrgico de la comunidad de Mateo y más tarde de la comunidad cristiana primitiva, el Padrenuestro constituye una cuadrícula estimulante y de referencia que ilumina y guía el desarrollo de la oración y de la vida. Reducirlo a una fórmula significaría rebajar y quizás desnaturalizar su valor.

La expresión Padre nuestro nos habla de una familia que gira alrededor del padre, de su diligencia, habilidad, sabiduría. Y la primera petición que se le hace, que su nombre sea santificado, expresa el deseo de que su santidad se realice y se extienda en su gran familia cristiana.  La petición del pan está en el centro de las siete peticiones de la formulación de Mateo. Y también la que parece más característica del cristiano que se dirige a Dios como Padre: es propio del padre dar el pan a los hijos. Pero el pan es también un símbolo. Evoca todo lo que tiende a hacer que la vida familiar no sea solo posible, sino también agradable. Se trata de la ropa, de la vivienda, en resumen, se trata de todo lo que está alrededor, aunque sea secundario con respecto al alimento y que contribuye a hacer que la vida pueda ser de verdad vivida con serenidad y dignidad.

También Hay una exigencia de «familia» por parte de Dios Padre. Para poder invocar a Dios como Padre, el cristiano tendrá primero que tender la mano a sus hermanos. Se diría que Dios rechaza ser invocado fuera de este ámbito de familia y rechaza a quien quiera alcanzarlo en solitario excluyendo a los demás. Por eso pedir perdón al Padre implica perdonar a los hermanos. En Mateo, el Padrenuestro termina con dos peticiones en torno al pecado: la liberación de la tentación y del Mal. En el fondo, ambas son una llamada al realismo de la situación precaria del cristiano.

El Padrenuestro en san Pablo

San Pablo no formula el Padrenuestro pero en dos ocasiones insiste en llamar a Dios Abba Padre. Se trata de una invocación que tiene lugar en el ámbito de la liturgia, como indica el verbo característico utilizado: «clamamos». La asamblea siente la necesidad de expresar en voz alta una invocación que la conecta directamente con el Padre. Según algunos expertos, se trataría precisamente del rezo en voz alta del Padrenuestro.

Según este testimonio de Pablo, los cristianos se atreven a dirigirse a Dios haciendo suya la intimidad familiar señalada por la expresión Abba que Jesús se había reservado a Él mismo. Hay un tema que Pablo desarrolla de manera particular en sus cartas en relación al Padrenuestro, el tema de la voluntad de Dios. La voluntad de Dios como contenido objetivo está totalmente condensada en Cristo. Lo que Dios quiere lo encontramos expresado en Cristo, en sus enseñanzas, en su comportamiento, en su persona. El Espíritu tomará este «material en bruto» concentrado en Cristo y se preocupará de «anunciarlo» al cristiano en cada momento y en cada situación.

También pone su acento en las cartas en el “líbranos del mal”. El apóstol afirma que el cristiano deberá tener frente a quien le hace mal una actitud constructiva, hasta dar de comer y de beber a su propio enemigo; y afirma con decisión que el cristiano es siempre y solo deudor de amor: «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo».

En resumen, los elementos del Padrenuestro también pueden reconocerse en san Pablo. Se encuentran en un estado fluido que sin embargo podríamos llamar incandescente. La dimensión inequívocamente litúrgica en la cual se sitúa la invocación de «Abba-Padre» nos lleva también, si no necesariamente a la fórmula del Padrenuestro, sí a un fragmento de oración equivalente. Podríamos decir que se da una especie de desplazamiento: de la formulación litúrgica a la vida cristiana, de la vida cristiana a la formulación.

El Padrenuestro en Lucas

En Lucas también se observa una fórmula del Padrenuestro, en un contexto de deseo de aprender de Jesús. Mientras Mateo la coloca en el Sermón de la Montaña, en el contexto de una oración que evite la palabrería pagana, Lucas da algunas referencias más concretas relacionadas con la actitud de Jesús. Jesús ora. Para hacerlo, a menudo se retira a lugares solitarios aislándose también de sus discípulos. Estos se dan cuenta de ello, aprecian el comportamiento del Maestro y son impulsados a imitarlo. Así, le piden: «Señor, enséñanos a orar». La respuesta de Jesús les involucra. Les dice: «Cuando oréis, decid». Y esta expresión presupone una voluntad de oración decidida, seria y comprometida por parte de los discípulos.

La santificación del nombre de Dios y la venida de su reino adquieren una nitidez particular. La santificación del nombre es también aquí la difusión de la santidad personal propia de Dios dentro de la comunidad cristiana. El reino cuya presencia se desea cerca es el que ya se ha vislumbrado en Mateo, quizá con un énfasis en su movimiento hacia la conclusión al final de los tiempos.

En lo relativo al pan, Lucas subraya la cotidianidad. Mientras Mateo insiste en el pan que es pedido «hoy», Lucas explicita añadiendo «danos cada día nuestro pan cotidiano». Se trata de un matiz importante. Es decir, se pide que Dios nos conceda el pan según el plan establecido por Él mismo, con respecto a la continuidad de la vida que se desarrolla día a día.

Por último, en Lucas encontramos una simplificación de la última pregunta que atañe a la tentación y al maligno. La parte de «líbranos del maligno» cae y solo permanece la petición de «no nos dejes caer en tentación». La liberación del maligno está ya contenida en la petición de no quedarse atrapados en la tentación. Es como decir: la tentación se dará y podrá también tener, siempre que se salga de ella, una finalidad positiva. Pero se necesitará un apoyo especial de Dios que se obtiene con la oración, para que esta tentación, inevitable de hecho, no se convierta en una trampa mortal.

El Padrenuestro en Juan

Una oración que haga pensar directamente en la del Padrenuestro no aparece documentada en el campo de los escritos de san Juan. Se habla indudablemente de oración, se insiste en la oración de dirigirse al Padre en el nombre de Jesús, se subraya asimismo la oración que se dirige a Jesús mismo y pide en su nombre, pero no encontramos una oración dirigida directamente por los cristianos al Padre. En cambio, sí encontramos una oración dirigida precisamente al Padre y expresada directamente por Jesús: es el capítulo 17 del evangelio de san Juan.

Esta oración al final del Evangelio hace visible la relación entre Jesús y el Padre que se resalta de manera totalmente particular en esta oración, pero que empieza antes y se aprecia en todo el cuarto Evangelio. Toda la vida de Jesús está regulada por el Padre. Podríamos decir que se dirige en la luz del Padre en cada momento en oportuna reciprocidad: «El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace». Y el amor mueve al Padre a mostrar al Hijo lo que hace y que el Hijo aceptará como voluntad del Padre.

En ese capítulo 17, al que nos hemos referido, La oración de la «hora» se desarrolla en tres círculos concéntricos. En el primero, Jesús habla al Padre de sí mismo, pide su glorificación para poder a su vez glorificar al Padre entregando así a los hombres lo que el Padre le ha dado: la vida eterna. En el segundo círculo concéntrico, Jesús habla al Padre de sus discípulos: estos han recibido del Padre la manifestación del «hombre». Jesús pide al Padre que se ocupe siempre en relación con «tu nombre, a los que me has dado», de manera que ellos, compartiendo la realidad del Padre y de Jesús, «sean uno, como nosotros». En el tercer círculo, la oración de Jesús al Padre abarca a todos los que creerán en Él. Jesús transfiere en ellos su «gloria». Por consiguiente, serán todos, al igual que los discípulos, «uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti».

En resumen, el Padrenuestro es una fórmula. La Iglesia ha privilegiado la forma de Mateo que es la más articulada y se ha impuesto en el uso litúrgico. Esta fórmula es analizada y resumida en sus siete peticiones: se hace constantemente referencia a ellas. En la oración de la Iglesia, cada una de las siete peticiones es esencial, aunque no sea necesaria presentarlas todas simultáneamente. Esta fórmula es una condensado de vida. Confluyen en ella los valores de fondo que la experiencia de la Iglesia ha madurado y ha desarrollado en su historia, de manera análoga a lo que encontramos en las comunidades paulinas y en las correspondientes a los Evangelios.

Fuente: Conferencia Episcopal Española. Jubileo 2025

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA ROSA FELIPA DUCHESNE

Nació en Grenoble (Francia), el 29 de agosto de 1769. De niña su mamá la llevaba a visitar a los pobres y enfermos y regalaba a los niños algunos de sus juguetes. También ayudaba a los pobres con el dinero que sus papás le daban para gastar. Estudió con las Visitadinas en el colegio de Santa María d´en Haut. Como a los doce años manifestó a sus padres la idea de hacerse religiosa, la retiraron del colegio y le pusieron un tutor que le enseñara matemáticas, latín, lengua, música y danza.Hacia los dieciocho años pidió permiso a su padre para ingresar al convento, pero él se opuso rotundamente. Sin embargo, visitando un día el convento en compañía de una tía, se quedó con las religiosas, y con el tiempo obtuvo el consentimiento de su padre, quien quedó convencido al constatar su determinación por seguir el camino de la vida consagrada.

Al estallar la revolución francesa el convento de Santa María fue confiscado y las religiosas expulsadas. Rosa Felipa tuvo que regresar a casa de sus padres donde vivió como religiosa. Durante los siguiente once años desarrolló una intensa labor apostólica desde su casa, asistiendo a prisioneros, pobres y enfermos. Terminada la revolución en 1801 se unió a las religiosas del Sagrado Corazón, congregación que había sido fundada recientemente por la madre Magdalena Sofía Barat.

En 1817, el obispo de Luisiana, Estados Unidos, en visita por Francia, pidió religiosas para educar a las niñas y a los indios de su diócesis y la Madre Rosa Felipa fue elegida, con cuatro compañeras para realizar esta misión.

Luisiana era un amplio territorio explorado por los franceses durante un siglo y que por ochenta millones de francos había vendido el gobierno de Napoleón Bonaparte a los Estados Unidos. Ya al año siguiente había fundado numerosas escuelas en todo el Valle del río Mississippi, y en 1820 abrió un noviciado con el ingreso de la primera religiosa norteamericana de la congregación.

En medio de numerosas penalidades físicas, y la crítica e incomprensión de muchas personas, realizó durante casi treinta años un apostolado infatigable en favor de la educación de la juventud y de servicio a los indígenas.

Una vez relevada del cargo de superiora, cuando tenía setenta y dos años, llevó a cabo el deseo que había añorado durante muchos años: llegar a un campamento de indios Potawatomi en Sugar Creek (Kansas) y entregarse de lleno a su evangelización.

Como se le dificultó mucho aprender el difícil idioma de los indios, dedicó gran parte de su tiempo a la oración, por lo que los pieles rojas la apodaron “la mujer que ora siempre”. Después de un año fue llamada a la ciudad de San Carlos donde permaneció hasta su muerte ocurrida el 18 de noviembre de 1852. Fue beatificada por el papa Pío XII en 1940 y canonizada por el papa Juan Pablo II en 1988.

Fuente: Santopedia

CATEQUESIS DEL PAPA. EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA. »EL ESPÍRITU INTERCEDE POR NOSOTROS». EL ESPÍRITU SANTO Y LA ORACIÓN CRISTIANA

La acción santificadora del Espíritu Santo, además de en la Palabra de Dios y en los Sacramentos, se expresa en la oración, y es a ella a la que queremos dedicar la reflexión de hoy: la oración.  El Espíritu Santo es, al mismo tiempo, sujeto y objeto de la oración cristiana. Es decir, Él es el que dona la oración y Él es el que se nos dona mediante la oración. Nosotros oramos para recibir al Espíritu Santo, y recibimos al Espíritu Santo para poder orar verdaderamente, es decir, como hijos de Dios, no como esclavos.

Pensemos un poco en esto: rezar como hijos de Dios, no como esclavos. Hay que rezar siempre con libertad. «Hoy debo rezar esto, esto, esto, porque he prometido esto, esto, esto… ¡De lo contrario iré al infierno!». No, esto no es rezar. La oración es libre. Se reza cuando el Espíritu ayuda a rezar. Se ora cuando se siente en el corazón la necesidad de orar; y cuando no se siente nada, hay que detenerse y preguntarse: ¿por qué no siento el deseo de orar? ¿Qué está pasando en mi vida? La espontaneidad en la oración es siempre lo que más nos ayuda. Esto es lo que significa rezar como hijos, no como esclavos.

En primer lugar, debemos rezar para recibir el Espíritu Santo. A este respecto, hay unas palabras muy precisas de Jesús en el Evangelio: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Todos nosotros sabemos darles cosas buenas a los pequeños, ya sean hijos, nietos, sobrinos o amigos. Los pequeños siempre reciben cosas buenas de nosotros. ¿Y cómo no nos va a dar el Padre el Espíritu? Esto nos anima y podemos seguir adelante.

En el Nuevo Testamento, vemos que el Espíritu Santo desciende siempre durante la oración. Desciende sobre Jesús tras el bautismo en el Jordán, mientras «estaba en oración» (Lc 3,21); y desciende sobre los discípulos en Pentecostés, mientras «todos ellos perseveraban juntos en la oración» (Hechos 1,14).

Es el único «poder» que tenemos sobre el Espíritu de Dios. El «poder» de la oración: Él no resiste a la oración. Rezamos y llega. En el monte Carmelo, los falsos profetas de Baal – recuerden ese paso de la Biblia – se agitaban para invocar fuego del cielo sobre su sacrificio, pero no ocurrió nada, porque eran idólatras, adoraban a un dios que no existe; Elías se puso a orar y el fuego descendió y consumió el holocausto (cfr. 1 Re 18,20-38). La Iglesia sigue fielmente este ejemplo: siempre tiene en los labios la invocación «¡Ven! ¡Ven!» cuando se dirige al Espíritu Santo. Y lo hace sobre todo en la Misa, para que descienda como rocío y santifique el pan y el vino para el sacrificio eucarístico.

Pero también existe el otro aspecto, que es el más importante y alentador para nosotros: el Espíritu Santo es el que nos dona la verdadera oración. San Pablo dice: «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables; y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios.» (Rm 8,26-27).

Es cierto, no sabemos rezar, no sabemos. Tenemos que aprender cada día. La razón de esta debilidad en nuestra oración se expresaba en el pasado en una sola palabra, utilizada de tres formas distintas: como adjetivo, como sustantivo y como adverbio. Es fácil de recordar, incluso para los que no saben latín, y merece la pena tenerla presente, porque ella sola encierra todo un tratado. Nosotros, los seres humanos, decía aquel dicho, “mali, mala, male petimus”, que significa: siendo malos (mali), pedimos cosas equivocadas (mala) y de la manera equivocada (male). Jesús dice: «Busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas por añadidura» (Mt 6,33); en cambio, nosotros buscamos en primer lugar “las añadiduras”, es decir, nuestros intereses – ¡muchas veces! –  y nos olvidamos totalmente de pedir el Reino de Dios. Pidamos al Señor el Reino, y todo vendrá con él.

El Espíritu Santo viene, sí, en auxilio de nuestra debilidad, pero hace algo aún más importante: nos confirma que somos hijos de Dios y pone en nuestros labios el grito: «¡Padre!» (Rm 8,15; Gal 4,6). Nosotros no podemos decir “Padre, Abba” sin la fuerza del Espíritu Santo. La oración cristiana no es el ser humano que, a un lado del teléfono, habla con Dios que está al otro lado, no, ¡es Dios que reza en nosotros! Rezamos a Dios a través de Dios. Rezar es ponernos dentro de Dios y que Dios entre en nosotros.

Es precisamente en la oración cuando el Espíritu Santo se revela como «Paráclito», es decir, abogado y defensor. No nos acusa ante el Padre, sino que nos defiende. Sí, nos defiende, nos convence del hecho de que somos pecadores (cfr. Jn 16,8), pero lo hace para hacernos experimentar la alegría de la misericordia del Padre, no para destruirnos con estériles sentimientos de culpa. Incluso cuando nuestro corazón nos reprocha algo, Él nos recuerda que «Dios es mayor que nuestro corazón» (1 Jn 3,20).

Dios es más grande que nuestro pecado. Todos somos pecadores… Pensemos: quizá algunos de ustedes -no lo sé- tienen mucho miedo por las cosas que han hecho, tienen miedo de ser reprendidos por Dios, tienen miedo de muchas cosas y no encuentran la paz. Pónganse en oración, invoquen al Espíritu Santo y Él les enseñará a pedir perdón. ¿Y saben qué? Dios no sabe mucha gramática y cuando pedimos perdón, ¡no nos deja terminar! «Perd…» y ahí, Él no nos deja terminar la palabra perdón. Él nos perdona primero, siempre está ahí para perdonarnos, antes de que terminemos la palabra perdón. Decimos «Perd…» y el Padre siempre nos perdona.

El Espíritu Santo intercede por nosotros, y también nos enseña a interceder, a nuestra vez, por nuestros hermanos y hermanas; nos enseña la oración de intercesión: rezar por esta persona, rezar por aquel enfermo, por el que está en la cárcel, rezar…; rezar también por la suegra, y rezar siempre, siempre. Esta oración es especialmente agradable a Dios, porque es la más gratuita y desinteresada. Cuando cada uno reza por todos los demás, sucede – lo decía san Ambrosio – que todos los demás rezan por cada uno y la oración se multiplica [1]. La oración es así. He aquí una tarea muy valiosa y necesaria en la Iglesia, especialmente en este tiempo de preparación al Jubileo: unirnos al Paráclito, cuya “intercesión a favor de todos nosotros es según Dios”.

Pero no recen como los loros, ¡por favor! No digan: «bla, bla, bla…». No. Digan «Señor», pero díganlo de corazón. «Ayúdame, Señor», «Te quiero, Señor». Y cuando recen el Padre Nuestro, recen «Padre, Tú eres mi Padre». Recen con el corazón y no con los labios, no sean como los loros.

Que el Espíritu nos ayude en la oración, ¡porque la necesitamos tanto! Gracias.

[1] De Cain et Abel, I, 39.

Pinchando en el enlace puedes verla completa

https://www.youtube.com/watch?v=qgw12veMGTw

Fuente: The Holy See

LA PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN

El día 21 de noviembre celebramos la Presentación de la Virgen. María es ofrecida a Dios por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén.

Fueron callados, como su humildad, los años de infancia de María Santísima. Nada nos dice la Sagrada Escritura. Los cristianos, sin embargo, deseaban conocer con más detalle la vida de María. Era una aspiración legítima. Y como los evangelios guardan silencio hasta el momento de la Anunciación, la piedad popular, inspirada en varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, elaboró pronto algunas narraciones sencillas que luego se recogerían en el arte, en la poesía y en la espiritualidad cristiana.

Uno de estos episodios, quizá el más representativo, es la Presentación de la Virgen. María es ofrecida a Dios por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén; lo mismo que otra Ana, madre del profeta Samuel, ofreció a su hijo para el servicio de Dios en el tabernáculo donde se manifestaba su gloria (cfr. 1 Sam 1, 21-28); igual que, años después, María y José llevarían a Jesús recién nacido al Templo para presentarlo al Señor (cfr. Lc 2, 22-38).

Como los evangelios guardan silencio hasta el momento de la Anunciación, la piedad popular, inspirada en varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, elaboró pronto algunas narraciones sencillas. En rigor, no hay una historia de estos años de la Virgen, sino lo que la tradición nos ha ido transmitiendo.

El primer texto escrito que refiere este episodio —de él dependen los numerosos testimonios de la tradición posterior— es el Protoevangelio de Santiago, un escrito apócrifo del siglo II. Apócrifo significa que no pertenece al canon de los libros inspirados por Dios; pero esto no excluye que algunos de estos relatos tengan ciertos elementos verdaderos.

En efecto, despojado de los detalles posiblemente legendarios, la Iglesia incluyó este episodio en la liturgia: primero en Jerusalén, donde en el año 543 se dedicó la basílica de Santa María Nueva en recuerdo de la Presentación; en el siglo XIV, la fiesta pasó a Occidente, donde su conmemoración litúrgica se fijó el 21 de noviembre.

María en el Templo. Toda su belleza y su gracia —estaba llena de hermosura en el alma y en el cuerpo— eran para el Señor. Éste es el contenido teológico de la fiesta de la Presentación de la Virgen.

Y en este sentido la liturgia le aplica algunas frases de los libros sagrados: en el tabernáculo santo, en su presencia, le di culto, y así me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad. Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad (Sir 24, 15-16).

Lo mismo que Jesús cuando fue presentado en el Templo, María continuaría viviendo con Joaquín y Ana una vida normal. Donde Ella estaba —sujeta a sus padres, creciendo hasta hacerse mujer—, allí estaba la llena de gracia (Lc 1, 28), con el corazón dispuesto para un servicio completo a Dios y a todos los hombres, por amor a Dios.

La Virgen fue madurando ante Dios y ante los hombres. Nadie notó nada extraordinario en su comportamiento, aunque, sin duda, cautivaría a quienes tenía alrededor, porque la santidad atrae siempre; más aún en el caso de la Toda Santa.

Era una doncella sonriente, trabajadora, metida siempre en Dios, y a su lado todos se sentían a gusto. En sus ratos de oración, como buena conocedora de la Sagrada Escritura, repasaría una y otra vez las profecías que anunciaban el advenimiento del Salvador. Las haría vida suya, objeto de su reflexión, motivo de sus conversaciones. Esa riqueza interior se desbordaría luego en el Magnificat, el espléndido himno que pronunció al escuchar el saludo de su prima Isabel.

Todo en la Virgen María estaba orientado hacia la Santísima Humanidad de Jesucristo, el verdadero Templo de Dios. La fiesta de su Presentación expresa esa pertenencia exclusiva de Nuestra Señora a Dios, la completa dedicación de su alma y de su cuerpo al misterio de la salvación, que es el misterio del acercamiento del Creador a la criatura.

Como cedro del Líbano crecí, como ciprés de los montes del Hermón. Crecí como palmera en Engadí, como jardín de rosas en Jericó, como noble olivo en la planicie, como plátano crecido junto al agua en las plazas (Sir 24, 17-19). Santa María hizo que en torno suyo floreciera el amor a Dios. Lo llevó a cabo sin ser notada, porque sus obras eran cosas de todos los días, cosas pequeñas llenas de amor.

La voz del Magisterio

«La definición del dogma de la Inmaculada Concepción se refiere de modo directo únicamente al primer instante de la existencia de María, a partir del cual fue inmune de toda mancha de la culpa original. El Magisterio pontificio quiso definir así sólo la verdad que había sido objeto de controversias a lo largo de los siglos: la preservación del pecado original, sin preocuparse de definir la santidad permanente de la Virgen Madre del Señor».

«Esa verdad pertenece ya al sentir común del pueblo cristiano, que sostiene que María, libre del pecado original, fue preservada también de todo pecado actual y la santidad inicial le fue concedida para que colmara su existencia entera».

«La Iglesia ha reconocido constantemente que María fue santa e inmune de todo pecado o imperfección moral. El Concilio de Trento expresa esa convicción afirmando que nadie «puede en su vida entera evitar todos los pecados, aun los veniales, si no es ello por privilegio especial de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia» (DS 1573). También el cristiano transformado y renovado por la gracia tiene la posibilidad de pecar. En efecto, la gracia no preserva de todo pecado durante el entero curso de la vida, salvo que, como afirma el Concilio de Trento, un privilegio especial asegure esa inmunidad del pecado. Y eso es lo que aconteció en María».

«El Concilio tridentino no quiso definir este privilegio, pero declaró que la Iglesia lo afirma con vigor: tenet, es decir, lo mantiene con firmeza. Se trata de una opción que, lejos de incluir esa verdad entre las creencias piadosas o las opiniones de devoción, confirma su carácter de doctrina sólida, bien presente en la fe del pueblo de Dios. Por lo demás, esa convicción se funda en la gracia que el ángel atribuye a María en el momento de la Anunciación. Al llamarla «llena de gracia» — kejaritoméne —, el ángel reconoce en Ella a la mujer dotada de una perfección permanente y de una plenitud de santidad, sin sombra de culpa ni de imperfección moral o espiritual».

«El privilegio especial que Dios otorgó a la Toda Santa nos lleva a admirar las maravillas realizadas por la gracia en su vida. Y nos recuerda también que María fue siempre toda del Señor, y que ninguna imperfección disminuyó la perfecta armonía entre Ella y Dios».

«Su vida terrena, por tanto, se caracterizó por el desarrollo constante y sublime de la fe, la esperanza y la caridad. Por ello, María es para los creyentes signo luminoso de la Misericordia divina y guía segura hacia las altas metas de la perfección evangélica y la santidad».

Juan Pablo II, Catequesis mariana (Discurso en la audiencia general, 19-VI-1996).

La voz de los Padres y escritores antiguos

«Los meses se sucedían para la niña. Y, cuando llegó a la edad de dos años, Joaquín dijo: «Llevémosla al templo del Señor, para cumplir la promesa que le hemos hecho, no sea que nos la reclame y rechace nuestra ofrenda». Y Ana respondió: «Esperemos al tercer año, a fin de que la niña no nos eche de menos». Y Joaquín repuso: «Esperemos»».

«Cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: «Llamad a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla, y que tome cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás, y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor». Ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. El Sumo Sacerdote recibió a la niña, y, abrazándola, la bendijo, y exclamó: «El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti, hasta el último día, el Señor hará ver la redención por Él concedida a los hijos de Israel»».

«E hizo sentarse a la niña en la tercera grada del altar, y el Señor envió su gracia sobre ella, y ella danzó sobre sus pies y toda la casa de Israel la amó».

«Sus padres salieron del templo llenos de admiración, y glorificando al Omnipotente, porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo del Señor, nutriéndose como una paloma, y recibía su alimento de manos de un ángel».

Protoevangelio de Santiago, VII-VIII (Escrito apócrifo del siglo II).

«Cuando superó la edad de la lactancia y cumplió tres años, sus bienaventurados padres la llevaron al templo de Dios y la consagraron como ofrenda, según la promesa que habían hecho antes de su nacimiento. La condujeron con gloria y honor, como era justo; muchas vírgenes la precedían y la acompañaban con lámparas encendidas, como había preanunciado un día el rey profeta [David], antepasado de la Virgen inmaculada, diciendo: Sus jóvenes compañeras la llevarán hasta el rey, sus amigos se la ofrecerán ( Sal 44 [45] 15). El profeta había dicho esto con anterioridad, a propósito de la presentación en el templo y de las vírgenes que precedían y acompañaban».

«Sin embargo, esta profecía no concierne solamente a aquellas vírgenes, sino que se refiere también a las almas vírgenes que siguieron sus pasos, almas que el profeta ha llamado «sus amigos». Aunque todos sean inferiores a Ella en la amistad y en la semejanza, sin embargo, por gracia y bondad de su Hijo, el Señor, las almas de los santos son llamadas «amigos suyos»; por otra parte, el mismo Señor y Creador del universo no ha considerado indigno llamar «hermanos» a los que le son gratos y le imitan. En realidad, todas las almas de los justos que llegarán a ser «amigos suyos» mediante el ejercicio de la santidad, gozarán de su ayuda y estarán espiritualmente unidas al Señor su Hijo, y serán introducidas en el celestial Santo de los Santos».

Vida de María, atribuida a San Máximo el Confesor (siglo VII)

La voz de los santos

«No hubo ni habrá jamás un ofrecimiento hecho por una criatura, ni más grande ni más perfecto que el que hizo la niña María a Dios cuando se presentó en el Templo para ofrecerle, no incienso ni cabritillas, ni monedas de oro, sino a sí misma del todo y por entero, en perfecto holocausto, consagrándose como víctima perpetua en su honor. Muy bien comprendió la voz del Señor que la llamaba a dedicarse toda entera a su amor, con aquellas palabras: Levántate, apresúrate, amiga mía… y ven ( Ct 2, 10). Por eso quería su Señor que se dedicara del todo a amarlo y complacerlo: Oye, hija mía, mira, inclina tu oído y olvida tu pueblo y la casa paterna ( Sal 44, 14). Y Ella, al instante, siguió la llamada de Dios».

«Por amor a esta niña privilegiada aceleró el Redentor su venida al mundo. Precisamente porque no se juzgaba digna de ser la esclava de la Madre de Dios, fue la elegida para ser tal madre. Con el aroma de sus virtudes y con sus poderosas plegarias atrajo a su seno virginal al Hijo de Dios. Por eso la llamó tortolita su divino Esposo: Se ha oído en nuestra tierra la voz de la tórtola ( Ct 2, 12); no sólo porque Ella, al igual que la tórtola, amó siempre la soledad, viviendo en este mundo como en un desierto, sino porque como la tortolita que siempre va gimiendo por la campiña, María siempre suspiraba compadeciendo las miserias del mundo perdido y pidiendo a Dios que otorgara la redención para todos. Con cuánto más fervor que los profetas repetía Ella cuando estaba en el templo las súplicas y los suspiros de los mismos para que mandara al Redentor: Envía, Señor, al Cordero dominador de la tierra ( Is 15, 1). Destilad, cielos, vuestro rocío y que las nubes lluevan al Justo ( Is 45, 8). Oh si rasgaras los cielos y descendieras! ( Is 44, 1)».

«En una palabra, Ella era el objeto de las complacencias de Dios, al contemplar a esta virgencita aspirando siempre a la más encumbrada perfección como columna de incienso rica por el aroma de todas las virtudes, como la describe el Espíritu Santo: ¿Quién es ésta que va subiendo por el desierto como una columna de humo hecha de la mirra y del incienso y de toda especie de aromas? ( Ct 3, 6). En verdad, dice Sofronio, era esta doncella el jardín de las delicias del Señor donde se encontraban toda suerte de flores y todos los aromas de las virtudes. Por eso, afirma San Juan Crisóstomo, Dios eligió a María por su Madre, porque no encontró en la tierra una virgen más santa ni más perfecta que María, ni lugar más digno para habitar que su seno sacrosanto. San Bernardo dice de modo semejante: no hubo en la tierra sitio más digno que el seno virginal. San Antonino afirma que la bienaventurada Virgen, para ser elegida y destinada a la dignidad de Madre de Dios, tenía que poseer una perfección tan grande y consumada que superara totalmente a la perfección de todas las demás criaturas: la suprema perfección de la gracia es estar preparada para concebir al Hijo de Dios».

«Como la santa niña María se ofreció a Dios en el templo con prontitud y por entero, así nosotros en este día presentémonos a María sin demora y sin reserva y roguémosle que ella nos ofrezca a Dios, el cual no nos rehusará viendo que somos ofrecidos por las manos de la que fue el templo viviente del Espíritu Santo, las delicias de su Señor y la elegida como Madre del Verbo eterno. Y esperemos toda clase de bienes de esta excelsa y muy agradecida Señora que recompensa con gran amor los obsequios que recibe de sus devotos».

San Alfonso María de Ligorio (s. XVII), Las glorias de María, Parte II, Discurso III.

«Desde hace casi treinta años ha puesto Dios en mi corazón el ansia de hacer comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana. Considerémoslo una vez más, contemplando la vida de María».

«No olvidemos que la casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!»

«Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos».

San Josemaría Escrivá de Balaguer (s. XX), Es Cristo que pasa, n. 148.

La voz de los poetas

Virgen, pura azucena, lirio en valle,

cándida y limpiamente concebida;

Virgen, donde se mide el sin medida,

preciosa cinta a su divino talle.

Jardín donde no hay flor que no se halle

de las virtudes de que estáis vestida;

árbol en cuya planta esclarecida,

la sierpe antigua para siempre calle.

Si Dios se cifra en Vos, ¿qué puede hallarse

para excelencia vuestra, si ésta excede

tanto que a Dios no deja de alargarse?

Cuando Él puede, y Vos sois, aquí se quede,

que como Dios no puede mejorarse,

así de madre mejorar no puede.

Lope de Vega (siglos XVI-XVII), Pastores de Belén, III.

***

Venid, alba, venid; ved el lucero

de miel, casi morena, que trasmana

un rubor silencioso de milgrana

en copa de granado placentero;

la frente como sal en el estero,

y la mano amiga como luz cercana,

y el labio en que despunta la mañana

con sonrisa de almendro tempranero.

¡Venid, alma, venid; y el mundo sea

heno que cobra resplandor y brío

en su mirar de alondra transparente,

aurora donde el cielo se recrea,

¡aurora Tú que fuiste como un río,

y Dios puso la mano en la corriente!

Luis Rosales (siglo XX), Retablo de Navidad.

Fuente: J.A. Loarte

DOCUMENTO SINODAL: IGLESIA MÁS PARTICIPATIVA

 Los que esperaban que el Sínodo propusiera algunas cuestiones novedosas y delicadas, por ejemplo, el sacerdocio de la mujer, la ordenación de varones casados o la bendición de parejas del mismo sexo, se habrán sentido un poco decepcionados. Aunque el Sínodo ha dicho que el tema del diaconado  femenino es una cuestión abierta y ha indicado que es necesario que las mujeres ocupen más puestos de liderazgo en la Iglesia.

El Sínodo ha hecho algo mejor que entrar en cuestiones concretas que podrían haber causado división en el mundo católico. Hay un elemento transversal que recorre todo el documento final: la necesidad de poner a toda la Iglesia, diócesis y parroquias, en estado de sinodalidad, o sea, de escucha, diálogo, fraternidad y encuentro. Pues la sinodalidad es también una forma de gobierno eclesial. Cierto, ya hay muchas instancias sinodales: consejos episcopales, presbiterales, de pastoral y económicos. El Sínodo apuesta claramente por reforzar, y transformar si es necesario, estas instancias ya existentes y por crear otras nuevas. No para cargarnos con más, sino para que la sinodalidad funcione. Hasta el punto de que pide que se amplíe la representatividad de estas instancias y no sean puramente consultivas, sino que puedan ser decisorias, al menos en algunos puntos.

El documento final abre la sinodalidad más allá de las fronteras eclesiales, sugiriendo que en las instancias sinodales participen representantes de otras Iglesias cristianas, de otras religiones e incluso personas ajenas a la Iglesia; y también personas en los márgenes de la Iglesia. Y llega a pedir la realización de un sínodo ecuménico. Es bueno dialogar con todos, escuchar a todos, tener en cuenta a todos. Porque el diálogo es una forma de encuentro y de unión, en el terreno ecuménico, interreligioso y con las personas de buena voluntad.

Sin olvidar que el ejercicio de la sinodalidad no prescinde del ministerio del Obispo de Roma, ni del ministerio episcopal. Sinodalidad es unir, escuchar a todos, conjugar todas las instancias necesarias y propias de la Iglesia, de modo que la sinodalidad articula de manera sinfónica las dimensiones comunitarias (“todos”), colegial (“algunos”) y personal (“uno”) de cada una de las Iglesias y de la Iglesia toda. Esta articulación entre todos, algunos y uno, debería encontrar formas concretas de realización en el Sínodo de los Obispos, que debería convocarse con más frecuencia y contar con participación de laicos.

Practicado con humildad, el estilo sinodal puede hacer de la Iglesia una voz profética en el mundo de hoy, plagado de desigualdades, formas de gobierno autocráticas y dictatoriales, con un modelo de mercado que no tiene en cuenta la vulnerabilidad de las personas y el cuidado de la creación. Un mundo en el que prima el individualismo y no la solidaridad.

En el documento aparecen muchos asuntos que necesitan renovación, que habrá que hacer vida, y abordar con espíritu sinodal: formación de catequistas y de aspirantes al sacerdocio (y en esa formación es necesaria la presencia femenina), ecumenismo, los pobres, abusos de autoridad sobre personas vulnerables, una liturgia más participada, acompañamiento en África a matrimonios polígamos, la familia como ejercicio de sinodalidad, unidad en la diversidad, conversación en el Espíritu, vida consagrada, nuncios y oficiales de la curia romana (muchos son Obispos sin diócesis, pero ¿es necesario que sean Obispos?).

Martín Gelabert. Blog Nihil Ostat

¿POR QUÉ CELEBRAMOS A CRISTO REY AL FINAL DE CADA AÑO LITÚRGICO?

En la Iglesia Católica el fin de año no es el 31 de diciembre, sino cuando se termina el ciclo o año litúrgico, lo cual sucede el domingo anterior a que inicie el Adviento (que es el tiempo con que comienza el nuevo ciclo litúrgico, período de preparación para la Navidad y que abarca 4 domingos antes del 25 de diciembre).

Siempre al final del año litúrgico se celebra la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

¿Cuál es la razón de esto? Quizá para recordarnos otro final, el nuestro, y ayudarnos a tener presentes al menos estas tres consideraciones:

Nuestra historia es lineal

Va avanzando hacia una meta: encontrarnos con Jesucristo. Se han puesto de moda espiritualidades orientales que proponen la reencarnación, según la cual cuando alguien muere su alma migra a otro ser, animal o persona, para expiar, en esa nueva vida, lo malo que hizo en la vida anterior (aparente justicia que en realidad no lo es, pues nadie sabe qué hizo mal en esa supuesta vida anterior y por lo tanto ignora cómo evitarlo en la actual), en un continuo nacer y morir, un ciclo al que no se le ve la salida y en el que la persona intenta salvarse por su propio esfuerzo.

Es un concepto completamente incompatible con el cristianismo, cuyos miembros sabemos que no podemos salvarnos a nosotros mismos, que Cristo es nuestro Salvador, y que, como nos lo reveló en Su Palabra, vivimos una sola vez, morimos una sola vez y después nos encontraremos con Él (ver Heb 9, 27).

Nuestro Señor Jesucristo es el Rey del Universo

Y nos ha prometido que volverá, y cuando venga de nuevo, ya no vendrá como lo hizo la primera vez, discretamente, humildemente, sino precedido de signos cósmicos que no pasarán desapercibidos, rodeado de Sus ángeles y con gran poder y majestad (ver Mc 13, 24-25). A todo ser humano le quedará clarísimo que Jesucristo es Dios, sobre todo a los que pensaban que no existía o que había sido solamente un gran líder o filósofo, un personaje admirable del pasado. Tenemos la firme certeza de que Jesús cumplirá Su promesa de venir, porque antes cumplió otra promesa que parecía incumplible: Su Resurrección, un hecho histórico del que hay irrefutables pruebas y que le da absoluta credibilidad a todo lo que enseñó, a todo lo que hizo, a todo lo que prometió. En Su promesa de que vendrá tenemos puesta nuestra esperanza, es lo que anhela nuestro corazón. Por eso clamamos en Misa, después de la Consagración: “¡Ven, Señor Jesús!”

Cuando muramos seremos juzgados por Dios

Será un Juicio personal, en el que se determinará dónde pasaremos la eternidad, y sólo entre Él y nosotros. Pero al final de los tiempos, cuando Jesucristo venga por segunda vez, habrá un Juicio Universal, en el que todos seremos juzgados ante todos. Se cumplirá lo que anunció Jesús: que no hay nada oculto que no llegue a saberse (ver Lc 8, 16-18). Se revelará cada pensamiento, palabra, obra y omisión; se conocerán las consecuencias de cada acto de amor y de cada acto de maldad e injusticia, a quiénes afectó, cuándo, dónde, cómo, por qué. Y cada uno recibirá lo que merezca: si fue misericordioso, recibirá misericordia, si no lo fue, será juzgado sin misericordia.

Esto será necesario por justicia, para que no sean ignorados sino conocidos y recompensados, todos los buenos pensamientos, intenciones, palabras y acciones, y también para que no pase desapercibido ni quede impune ningún mal cometido.

Muchos descubrirán que no bastaba llamar a Jesús “Señor” y creer que por considerarlo su salvador personal podían vivir como quisieran y no perder su salvación (ver Mt 7, 21-23). La fe de todos será probada o desmentida por sus obras (ver Mt 25,31-46).

Tener presentes estas tres consideraciones al final del año nos puede ayudar a preguntarnos hacia dónde vamos, cómo estamos, cómo nos iría en ese Juicio si lo enfrentáramos hoy. Y si calculamos que no nos iría muy bien, enmendar lo que sea necesario. Todavía estamos a tiempo, pero hay que aprovecharlo, pues no sabemos cuándo regresará el Señor, puede ser antes de lo que imaginamos.

82 RESIDENCIAS DEVASTADAS POR LA DANA Y 6.655 MAYORES AFECTADOS

La DANA del siglo ha devastado a su paso un total de 82 residencias de personas mayores de la Comunidad Valenciana, lo que afecta a nada más y nada menos que 6.655 mayores residentes, según los datos facilitados a 65YMÁS por la Vicepresidencia y Conselleria de Servicios Sociales, Igualdad y Vivienda de la Generalitat Valenciana.

Estos centros se encuentran «en la zona más dañada»: en las comarcas Ribera Alta, Ribera Baja, Camp de Turia, Hoya de Buñol, Los Serranos y, sobre todo, Utiel-Requena y Horta Sud.

En cuanto a los centros con los que la DANA se ha ensañado especialmente, las fuentes consultadas destacan dos: SAVIA, en Paiporta, y Parqueluz, en Catarroja.

En SAVIA Paiporta, 95 usuarios fueron trasladados a otras residencias de la provincia y 17 fueron realojados en una residencia del grupo: SAVIA Albuixech.

Cabe recordar que en este centro se vivió una verdadera tragedia la noche del martes 29 de octubre por la DANA: la riada inundó la planta baja y provocó el fallecimiento de seis mayores, que no pudieron ser rescatados a tiempo por el personal.

Además, la Generalitat resalta el caso de la residencia de Parqueluz, en Catarroja, donde, debido a los efectos de la DANA en el edificio, los residentes tuvieron que ser trasladados: 20 personas han tenido que ser reubicadas en Burriana y 17 en Villahermosa del Río.

Otros centros afectados son: el Centro de Envejecimiento Activo de Alzira y la Residencia para personas mayores dependientes de Carlet. En el primer caso, los daños del temporal han provocado su cierre y hay que resaltar que no se han producido ningún tipo de víctimas porque en el momento de la DANA no había usuarios en el centro.

Recientemente, desde la Generalitat han anunciado que se trasladará a 27 usuarios de la residencia de Aldaia, para garantizar su bienestar tras los efectos causados por la DANA.

Desde la Generalitat se asegura que: «Desde el primer momento se ha establecido una vía de comunicación directa con los centros para la coordinación entre la Conselleria, los servicios de emergencias, sanidad y las autoridades municipales para atender de manera inmediata las evacuaciones y las principales necesidades de medicación, agua, comida o luz».

También señalan que: «En las zonas más aisladas, ha sido fundamental la cooperación de los municipios, de los supermercados, de los servicios de emergencia y de los profesionales sanitarios para poder acceder a los centros y abastecer de comida y medicamentos a las personas mayores o a las personas que padecen enfermedades».

En las residencias más afectadas por la DANA se vivieron momentos de angustia, caos y miedo, tal y como se pudo ver en los vídeos que circulaban por las redes sociales.

Una vez pasado lo peor, los residentes fueron trasladados, como ocurrió en SAVIA Paiporta y, en los centros menos afectados, la solución pasó por ubicarles en las plantas superiores, mientras se tratan de habilitar las partes bajas que se inundaron.

«Por ejemplo, en Massanassa y en Sedaví, han llevado a los usuarios a la planta de arriba y están en sus habitaciones», explica a 65YMÁS la responsable de Dependencia de la Federación de Sanidad y Servicios Sociosanitarios de CCOO en Comunidad Valenciana (@Sanitat_CCOOPV), Ana Sánchez.

Además, señala, el personal estaría haciendo esfuerzos importantes estos días para atender a los usuarios, si bien no todos han logrado ir a sus puestos de trabajo. «Los hay que no pueden llegar, porque están incomunicados», comenta. Muchos estarían «doblando turnos», apostilla.

Coincide con Sánchez José Marchante, responsable del sector sociosanitario y dependencia de UGT (@UGT_Comunica) en la Comunidad Valenciana.

«El problema que nos encontramos es que hay gente que trabaja en los centros que es de fuera. Y, o no ha podido salir, o no ha podido venir, o se ha quedado. Ha habido una sobrecarga de trabajo», denuncia.

Por su parte, la Asociación Empresarial de Residencias y Servicios a Personas Dependientes de la Comunidad Valenciana (AERTE) asegura que la situación de las residencias en la zona afectada por la DANA, a excepción de la de Paiporta, en la que fallecieron seis mayores, es de «normalidad».

El presidente de Aerte, José María Toro, afirma que los desperfectos se concentran en la planta baja, donde suelen situarse las cocinas, despachos, y almacenes de material y salas comunes, por lo que algunas de ellas han tenido que recurrir unos días a un servicio de cátering o han estado sin luz y sin agua.

Además, Toro indica que hay problemas con la recuperación del gas, porque era «más peligroso» realizarla. Ahora bien, añade «no hay carencia de medicamentos porque las farmacias los están administrando de manera adecuada».

Por contra, detalla que los centros de día sí que están «sufriendo bastante». En este sentido, indica que un centro de alzhéimer y dos de día, en Picaña y Alfafar, están «destruidos». «El agua entró, lo arrastró todo, metió coches, contenedores y árboles dentro de los centros o los vació directamente, y ahora mismo solo queda lodo», se lamentó. «Tardarán unos meses en poder estar operativos y no podrán prestar el mismo servicio a las personas que atendían», advirtió.

Por su parte, el presidente de la Federación Empresarial de la Dependencia (@FEDdependencia), Ignacio Fernández-Cid, informa que cuatro centros de día están cerrados.

Cabe recordar que las personas mayores han sido especialmente afectadas por esta DANA, sobre todo las de más edad –80 o 90 años–, que tenían problemas de movilidad y que vivían en pisos bajos.

A falta de datos oficiales, este diario ha podido contabilizar que al menos 25 de los fallecidos tenían más de 65 años, aunque seguramente sean más.

Por ahora, las autoridades no han dado a conocer cuántas de las más de 200 víctimas reconocidas eran mayores.

65 y mas

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA MARGARITA DE ESCOCIA

De estirpe regia y de santos. Por parte de padre emparenta con la realeza inglesa y por parte de madre con la de Hungría. Los santos son, por parte de padre, san Eduardo Confesor que era su bisabuelo y, por parte de madre, san Esteban, rey de Hungría.

Nació del matrimonio habido entre Eduardo y Agata, en Hungría, con fecha difícil de determinar. Su padre nunca llegó a reinar, porque al ser llamado por la nobleza inglesa para ello, resulta que el normando Guillermo el Conquistador invade sus tierras, se corona rey e impone el juramento de fidelidad; al poco tiempo murió Eduardo de muerte natural.

Pero esta situación fue la que hizo que Margarita llegara a ser reina de Escocia por casarse con el rey. Su madre había previsto y dispuesto que la familia regresara al continente al quedarse viuda tras la muerte de su esposo y, bien sea por necesidad de puerto a causa de tempestades, bien por la confianza en la buena acogida de la casa real escocesa, el caso es que atracaron en Escocia y allí se enamoró el rey Malcon III de Margarita y se casó con ella.

Es una mujer ejemplar en la corte y con la gente paño de lágrimas. Se la conoce delicada en el cumplimiento de sus obligaciones de esposa; esmerada en la educación de los hijos, les dedica todo el tiempo que cada uno necesita; sabe estar en el sitio que como a reina le corresponde en el trato con la nobleza y asume responsabilidades cristianas que le llenan el día. Señalan sus hagiógrafos las continuas preocupaciones por los más necesitados: visita y consuela enfermos llegando a limpiar sus heridas y a besar sus llagas; ayuda habitualmente a familias pobres y numerosas; socorre a los indigentes con bienes propios y de palacio hasta vender sus joyas. Lee a diario los Libros Santos, los medita y lo que es mejor ¡se esfuerza por cumplir las enseñanzas de Jesús! De ellos saca las luces y las fuerzas. De hecho, su libro de rezos, un precioso códice decorado con primor —milagrosamente recuperado sin sufrir daño del lecho del río en que cayó— se conserva en la biblioteca bodleiana de Oxford (Inglaterra).

También se ocupó de restaurar iglesias y levantar templos, destacando la edificación de la abadía de Dunferline.

Puso también empeño en eliminar del reino los abusos que se cometían en materia religiosa y se esforzó en poner fin a las abundantes supersticiones; para ello, convocó concilios con la intención de que los obispos determinaran el modo práctico de exponer todo y sólo lo que manda la Iglesia y las enseñanzas de los Padres.

«Gracias, Dios mío, porque me das paciencia para soportar tantas desgracias juntas». Esta fue su frase cuando le comunicaron la muerte de su esposo y de su hijo Eduardo en una acción bélica. Fue cuando marcharon a recuperar el castillo de Aluwick, en Northumberland, del que se había apoderado el usurpador Guillermo. Ella soportaba en aquellos momentos la larga y penosísima enfermedad que le llevó a la muerte el año 1093, en Edimburgo.

Es la reina Margarita la patrona de Escocia, canonizada por el papa Inociencio IV en el año 1250. Pero no pueden venerarse sus reliquias por desconocerse el lugar donde reposan. Por la manía que tenían los antiguos de desarmar los esqueletos de los santos, su cráneo —que perteneció a María Estuardo— se perdió con la Revolución francesa, porque lo tenían los jesuitas en Douai y, desde luego, no salieron muy bien parados sus bienes. El cuerpo tampoco se pudo encontrar cuando lo pidió Gelliers, arzobispo de Edimburgo, a Pío XI, aunque se sabe que se trasladó a España por empeño de Felipe II quien mandó tallar un sepulcro en El Escorial para los restos de Margarita y de su esposo.

    Fuente: http://es.catholic.net/santoral/