CATEQUESIS DEL PAPA. EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA. »EL ESPÍRITU INTERCEDE POR NOSOTROS». EL ESPÍRITU SANTO Y LA ORACIÓN CRISTIANA

La acción santificadora del Espíritu Santo, además de en la Palabra de Dios y en los Sacramentos, se expresa en la oración, y es a ella a la que queremos dedicar la reflexión de hoy: la oración.  El Espíritu Santo es, al mismo tiempo, sujeto y objeto de la oración cristiana. Es decir, Él es el que dona la oración y Él es el que se nos dona mediante la oración. Nosotros oramos para recibir al Espíritu Santo, y recibimos al Espíritu Santo para poder orar verdaderamente, es decir, como hijos de Dios, no como esclavos.

Pensemos un poco en esto: rezar como hijos de Dios, no como esclavos. Hay que rezar siempre con libertad. «Hoy debo rezar esto, esto, esto, porque he prometido esto, esto, esto… ¡De lo contrario iré al infierno!». No, esto no es rezar. La oración es libre. Se reza cuando el Espíritu ayuda a rezar. Se ora cuando se siente en el corazón la necesidad de orar; y cuando no se siente nada, hay que detenerse y preguntarse: ¿por qué no siento el deseo de orar? ¿Qué está pasando en mi vida? La espontaneidad en la oración es siempre lo que más nos ayuda. Esto es lo que significa rezar como hijos, no como esclavos.

En primer lugar, debemos rezar para recibir el Espíritu Santo. A este respecto, hay unas palabras muy precisas de Jesús en el Evangelio: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Todos nosotros sabemos darles cosas buenas a los pequeños, ya sean hijos, nietos, sobrinos o amigos. Los pequeños siempre reciben cosas buenas de nosotros. ¿Y cómo no nos va a dar el Padre el Espíritu? Esto nos anima y podemos seguir adelante.

En el Nuevo Testamento, vemos que el Espíritu Santo desciende siempre durante la oración. Desciende sobre Jesús tras el bautismo en el Jordán, mientras «estaba en oración» (Lc 3,21); y desciende sobre los discípulos en Pentecostés, mientras «todos ellos perseveraban juntos en la oración» (Hechos 1,14).

Es el único «poder» que tenemos sobre el Espíritu de Dios. El «poder» de la oración: Él no resiste a la oración. Rezamos y llega. En el monte Carmelo, los falsos profetas de Baal – recuerden ese paso de la Biblia – se agitaban para invocar fuego del cielo sobre su sacrificio, pero no ocurrió nada, porque eran idólatras, adoraban a un dios que no existe; Elías se puso a orar y el fuego descendió y consumió el holocausto (cfr. 1 Re 18,20-38). La Iglesia sigue fielmente este ejemplo: siempre tiene en los labios la invocación «¡Ven! ¡Ven!» cuando se dirige al Espíritu Santo. Y lo hace sobre todo en la Misa, para que descienda como rocío y santifique el pan y el vino para el sacrificio eucarístico.

Pero también existe el otro aspecto, que es el más importante y alentador para nosotros: el Espíritu Santo es el que nos dona la verdadera oración. San Pablo dice: «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables; y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios.» (Rm 8,26-27).

Es cierto, no sabemos rezar, no sabemos. Tenemos que aprender cada día. La razón de esta debilidad en nuestra oración se expresaba en el pasado en una sola palabra, utilizada de tres formas distintas: como adjetivo, como sustantivo y como adverbio. Es fácil de recordar, incluso para los que no saben latín, y merece la pena tenerla presente, porque ella sola encierra todo un tratado. Nosotros, los seres humanos, decía aquel dicho, “mali, mala, male petimus”, que significa: siendo malos (mali), pedimos cosas equivocadas (mala) y de la manera equivocada (male). Jesús dice: «Busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas por añadidura» (Mt 6,33); en cambio, nosotros buscamos en primer lugar “las añadiduras”, es decir, nuestros intereses – ¡muchas veces! –  y nos olvidamos totalmente de pedir el Reino de Dios. Pidamos al Señor el Reino, y todo vendrá con él.

El Espíritu Santo viene, sí, en auxilio de nuestra debilidad, pero hace algo aún más importante: nos confirma que somos hijos de Dios y pone en nuestros labios el grito: «¡Padre!» (Rm 8,15; Gal 4,6). Nosotros no podemos decir “Padre, Abba” sin la fuerza del Espíritu Santo. La oración cristiana no es el ser humano que, a un lado del teléfono, habla con Dios que está al otro lado, no, ¡es Dios que reza en nosotros! Rezamos a Dios a través de Dios. Rezar es ponernos dentro de Dios y que Dios entre en nosotros.

Es precisamente en la oración cuando el Espíritu Santo se revela como «Paráclito», es decir, abogado y defensor. No nos acusa ante el Padre, sino que nos defiende. Sí, nos defiende, nos convence del hecho de que somos pecadores (cfr. Jn 16,8), pero lo hace para hacernos experimentar la alegría de la misericordia del Padre, no para destruirnos con estériles sentimientos de culpa. Incluso cuando nuestro corazón nos reprocha algo, Él nos recuerda que «Dios es mayor que nuestro corazón» (1 Jn 3,20).

Dios es más grande que nuestro pecado. Todos somos pecadores… Pensemos: quizá algunos de ustedes -no lo sé- tienen mucho miedo por las cosas que han hecho, tienen miedo de ser reprendidos por Dios, tienen miedo de muchas cosas y no encuentran la paz. Pónganse en oración, invoquen al Espíritu Santo y Él les enseñará a pedir perdón. ¿Y saben qué? Dios no sabe mucha gramática y cuando pedimos perdón, ¡no nos deja terminar! «Perd…» y ahí, Él no nos deja terminar la palabra perdón. Él nos perdona primero, siempre está ahí para perdonarnos, antes de que terminemos la palabra perdón. Decimos «Perd…» y el Padre siempre nos perdona.

El Espíritu Santo intercede por nosotros, y también nos enseña a interceder, a nuestra vez, por nuestros hermanos y hermanas; nos enseña la oración de intercesión: rezar por esta persona, rezar por aquel enfermo, por el que está en la cárcel, rezar…; rezar también por la suegra, y rezar siempre, siempre. Esta oración es especialmente agradable a Dios, porque es la más gratuita y desinteresada. Cuando cada uno reza por todos los demás, sucede – lo decía san Ambrosio – que todos los demás rezan por cada uno y la oración se multiplica [1]. La oración es así. He aquí una tarea muy valiosa y necesaria en la Iglesia, especialmente en este tiempo de preparación al Jubileo: unirnos al Paráclito, cuya “intercesión a favor de todos nosotros es según Dios”.

Pero no recen como los loros, ¡por favor! No digan: «bla, bla, bla…». No. Digan «Señor», pero díganlo de corazón. «Ayúdame, Señor», «Te quiero, Señor». Y cuando recen el Padre Nuestro, recen «Padre, Tú eres mi Padre». Recen con el corazón y no con los labios, no sean como los loros.

Que el Espíritu nos ayude en la oración, ¡porque la necesitamos tanto! Gracias.

[1] De Cain et Abel, I, 39.

Pinchando en el enlace puedes verla completa

https://www.youtube.com/watch?v=qgw12veMGTw

Fuente: The Holy See

LA PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN

El día 21 de noviembre celebramos la Presentación de la Virgen. María es ofrecida a Dios por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén.

Fueron callados, como su humildad, los años de infancia de María Santísima. Nada nos dice la Sagrada Escritura. Los cristianos, sin embargo, deseaban conocer con más detalle la vida de María. Era una aspiración legítima. Y como los evangelios guardan silencio hasta el momento de la Anunciación, la piedad popular, inspirada en varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, elaboró pronto algunas narraciones sencillas que luego se recogerían en el arte, en la poesía y en la espiritualidad cristiana.

Uno de estos episodios, quizá el más representativo, es la Presentación de la Virgen. María es ofrecida a Dios por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén; lo mismo que otra Ana, madre del profeta Samuel, ofreció a su hijo para el servicio de Dios en el tabernáculo donde se manifestaba su gloria (cfr. 1 Sam 1, 21-28); igual que, años después, María y José llevarían a Jesús recién nacido al Templo para presentarlo al Señor (cfr. Lc 2, 22-38).

Como los evangelios guardan silencio hasta el momento de la Anunciación, la piedad popular, inspirada en varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, elaboró pronto algunas narraciones sencillas. En rigor, no hay una historia de estos años de la Virgen, sino lo que la tradición nos ha ido transmitiendo.

El primer texto escrito que refiere este episodio —de él dependen los numerosos testimonios de la tradición posterior— es el Protoevangelio de Santiago, un escrito apócrifo del siglo II. Apócrifo significa que no pertenece al canon de los libros inspirados por Dios; pero esto no excluye que algunos de estos relatos tengan ciertos elementos verdaderos.

En efecto, despojado de los detalles posiblemente legendarios, la Iglesia incluyó este episodio en la liturgia: primero en Jerusalén, donde en el año 543 se dedicó la basílica de Santa María Nueva en recuerdo de la Presentación; en el siglo XIV, la fiesta pasó a Occidente, donde su conmemoración litúrgica se fijó el 21 de noviembre.

María en el Templo. Toda su belleza y su gracia —estaba llena de hermosura en el alma y en el cuerpo— eran para el Señor. Éste es el contenido teológico de la fiesta de la Presentación de la Virgen.

Y en este sentido la liturgia le aplica algunas frases de los libros sagrados: en el tabernáculo santo, en su presencia, le di culto, y así me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad. Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad (Sir 24, 15-16).

Lo mismo que Jesús cuando fue presentado en el Templo, María continuaría viviendo con Joaquín y Ana una vida normal. Donde Ella estaba —sujeta a sus padres, creciendo hasta hacerse mujer—, allí estaba la llena de gracia (Lc 1, 28), con el corazón dispuesto para un servicio completo a Dios y a todos los hombres, por amor a Dios.

La Virgen fue madurando ante Dios y ante los hombres. Nadie notó nada extraordinario en su comportamiento, aunque, sin duda, cautivaría a quienes tenía alrededor, porque la santidad atrae siempre; más aún en el caso de la Toda Santa.

Era una doncella sonriente, trabajadora, metida siempre en Dios, y a su lado todos se sentían a gusto. En sus ratos de oración, como buena conocedora de la Sagrada Escritura, repasaría una y otra vez las profecías que anunciaban el advenimiento del Salvador. Las haría vida suya, objeto de su reflexión, motivo de sus conversaciones. Esa riqueza interior se desbordaría luego en el Magnificat, el espléndido himno que pronunció al escuchar el saludo de su prima Isabel.

Todo en la Virgen María estaba orientado hacia la Santísima Humanidad de Jesucristo, el verdadero Templo de Dios. La fiesta de su Presentación expresa esa pertenencia exclusiva de Nuestra Señora a Dios, la completa dedicación de su alma y de su cuerpo al misterio de la salvación, que es el misterio del acercamiento del Creador a la criatura.

Como cedro del Líbano crecí, como ciprés de los montes del Hermón. Crecí como palmera en Engadí, como jardín de rosas en Jericó, como noble olivo en la planicie, como plátano crecido junto al agua en las plazas (Sir 24, 17-19). Santa María hizo que en torno suyo floreciera el amor a Dios. Lo llevó a cabo sin ser notada, porque sus obras eran cosas de todos los días, cosas pequeñas llenas de amor.

La voz del Magisterio

«La definición del dogma de la Inmaculada Concepción se refiere de modo directo únicamente al primer instante de la existencia de María, a partir del cual fue inmune de toda mancha de la culpa original. El Magisterio pontificio quiso definir así sólo la verdad que había sido objeto de controversias a lo largo de los siglos: la preservación del pecado original, sin preocuparse de definir la santidad permanente de la Virgen Madre del Señor».

«Esa verdad pertenece ya al sentir común del pueblo cristiano, que sostiene que María, libre del pecado original, fue preservada también de todo pecado actual y la santidad inicial le fue concedida para que colmara su existencia entera».

«La Iglesia ha reconocido constantemente que María fue santa e inmune de todo pecado o imperfección moral. El Concilio de Trento expresa esa convicción afirmando que nadie «puede en su vida entera evitar todos los pecados, aun los veniales, si no es ello por privilegio especial de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia» (DS 1573). También el cristiano transformado y renovado por la gracia tiene la posibilidad de pecar. En efecto, la gracia no preserva de todo pecado durante el entero curso de la vida, salvo que, como afirma el Concilio de Trento, un privilegio especial asegure esa inmunidad del pecado. Y eso es lo que aconteció en María».

«El Concilio tridentino no quiso definir este privilegio, pero declaró que la Iglesia lo afirma con vigor: tenet, es decir, lo mantiene con firmeza. Se trata de una opción que, lejos de incluir esa verdad entre las creencias piadosas o las opiniones de devoción, confirma su carácter de doctrina sólida, bien presente en la fe del pueblo de Dios. Por lo demás, esa convicción se funda en la gracia que el ángel atribuye a María en el momento de la Anunciación. Al llamarla «llena de gracia» — kejaritoméne —, el ángel reconoce en Ella a la mujer dotada de una perfección permanente y de una plenitud de santidad, sin sombra de culpa ni de imperfección moral o espiritual».

«El privilegio especial que Dios otorgó a la Toda Santa nos lleva a admirar las maravillas realizadas por la gracia en su vida. Y nos recuerda también que María fue siempre toda del Señor, y que ninguna imperfección disminuyó la perfecta armonía entre Ella y Dios».

«Su vida terrena, por tanto, se caracterizó por el desarrollo constante y sublime de la fe, la esperanza y la caridad. Por ello, María es para los creyentes signo luminoso de la Misericordia divina y guía segura hacia las altas metas de la perfección evangélica y la santidad».

Juan Pablo II, Catequesis mariana (Discurso en la audiencia general, 19-VI-1996).

La voz de los Padres y escritores antiguos

«Los meses se sucedían para la niña. Y, cuando llegó a la edad de dos años, Joaquín dijo: «Llevémosla al templo del Señor, para cumplir la promesa que le hemos hecho, no sea que nos la reclame y rechace nuestra ofrenda». Y Ana respondió: «Esperemos al tercer año, a fin de que la niña no nos eche de menos». Y Joaquín repuso: «Esperemos»».

«Cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: «Llamad a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla, y que tome cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás, y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor». Ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. El Sumo Sacerdote recibió a la niña, y, abrazándola, la bendijo, y exclamó: «El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti, hasta el último día, el Señor hará ver la redención por Él concedida a los hijos de Israel»».

«E hizo sentarse a la niña en la tercera grada del altar, y el Señor envió su gracia sobre ella, y ella danzó sobre sus pies y toda la casa de Israel la amó».

«Sus padres salieron del templo llenos de admiración, y glorificando al Omnipotente, porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo del Señor, nutriéndose como una paloma, y recibía su alimento de manos de un ángel».

Protoevangelio de Santiago, VII-VIII (Escrito apócrifo del siglo II).

«Cuando superó la edad de la lactancia y cumplió tres años, sus bienaventurados padres la llevaron al templo de Dios y la consagraron como ofrenda, según la promesa que habían hecho antes de su nacimiento. La condujeron con gloria y honor, como era justo; muchas vírgenes la precedían y la acompañaban con lámparas encendidas, como había preanunciado un día el rey profeta [David], antepasado de la Virgen inmaculada, diciendo: Sus jóvenes compañeras la llevarán hasta el rey, sus amigos se la ofrecerán ( Sal 44 [45] 15). El profeta había dicho esto con anterioridad, a propósito de la presentación en el templo y de las vírgenes que precedían y acompañaban».

«Sin embargo, esta profecía no concierne solamente a aquellas vírgenes, sino que se refiere también a las almas vírgenes que siguieron sus pasos, almas que el profeta ha llamado «sus amigos». Aunque todos sean inferiores a Ella en la amistad y en la semejanza, sin embargo, por gracia y bondad de su Hijo, el Señor, las almas de los santos son llamadas «amigos suyos»; por otra parte, el mismo Señor y Creador del universo no ha considerado indigno llamar «hermanos» a los que le son gratos y le imitan. En realidad, todas las almas de los justos que llegarán a ser «amigos suyos» mediante el ejercicio de la santidad, gozarán de su ayuda y estarán espiritualmente unidas al Señor su Hijo, y serán introducidas en el celestial Santo de los Santos».

Vida de María, atribuida a San Máximo el Confesor (siglo VII)

La voz de los santos

«No hubo ni habrá jamás un ofrecimiento hecho por una criatura, ni más grande ni más perfecto que el que hizo la niña María a Dios cuando se presentó en el Templo para ofrecerle, no incienso ni cabritillas, ni monedas de oro, sino a sí misma del todo y por entero, en perfecto holocausto, consagrándose como víctima perpetua en su honor. Muy bien comprendió la voz del Señor que la llamaba a dedicarse toda entera a su amor, con aquellas palabras: Levántate, apresúrate, amiga mía… y ven ( Ct 2, 10). Por eso quería su Señor que se dedicara del todo a amarlo y complacerlo: Oye, hija mía, mira, inclina tu oído y olvida tu pueblo y la casa paterna ( Sal 44, 14). Y Ella, al instante, siguió la llamada de Dios».

«Por amor a esta niña privilegiada aceleró el Redentor su venida al mundo. Precisamente porque no se juzgaba digna de ser la esclava de la Madre de Dios, fue la elegida para ser tal madre. Con el aroma de sus virtudes y con sus poderosas plegarias atrajo a su seno virginal al Hijo de Dios. Por eso la llamó tortolita su divino Esposo: Se ha oído en nuestra tierra la voz de la tórtola ( Ct 2, 12); no sólo porque Ella, al igual que la tórtola, amó siempre la soledad, viviendo en este mundo como en un desierto, sino porque como la tortolita que siempre va gimiendo por la campiña, María siempre suspiraba compadeciendo las miserias del mundo perdido y pidiendo a Dios que otorgara la redención para todos. Con cuánto más fervor que los profetas repetía Ella cuando estaba en el templo las súplicas y los suspiros de los mismos para que mandara al Redentor: Envía, Señor, al Cordero dominador de la tierra ( Is 15, 1). Destilad, cielos, vuestro rocío y que las nubes lluevan al Justo ( Is 45, 8). Oh si rasgaras los cielos y descendieras! ( Is 44, 1)».

«En una palabra, Ella era el objeto de las complacencias de Dios, al contemplar a esta virgencita aspirando siempre a la más encumbrada perfección como columna de incienso rica por el aroma de todas las virtudes, como la describe el Espíritu Santo: ¿Quién es ésta que va subiendo por el desierto como una columna de humo hecha de la mirra y del incienso y de toda especie de aromas? ( Ct 3, 6). En verdad, dice Sofronio, era esta doncella el jardín de las delicias del Señor donde se encontraban toda suerte de flores y todos los aromas de las virtudes. Por eso, afirma San Juan Crisóstomo, Dios eligió a María por su Madre, porque no encontró en la tierra una virgen más santa ni más perfecta que María, ni lugar más digno para habitar que su seno sacrosanto. San Bernardo dice de modo semejante: no hubo en la tierra sitio más digno que el seno virginal. San Antonino afirma que la bienaventurada Virgen, para ser elegida y destinada a la dignidad de Madre de Dios, tenía que poseer una perfección tan grande y consumada que superara totalmente a la perfección de todas las demás criaturas: la suprema perfección de la gracia es estar preparada para concebir al Hijo de Dios».

«Como la santa niña María se ofreció a Dios en el templo con prontitud y por entero, así nosotros en este día presentémonos a María sin demora y sin reserva y roguémosle que ella nos ofrezca a Dios, el cual no nos rehusará viendo que somos ofrecidos por las manos de la que fue el templo viviente del Espíritu Santo, las delicias de su Señor y la elegida como Madre del Verbo eterno. Y esperemos toda clase de bienes de esta excelsa y muy agradecida Señora que recompensa con gran amor los obsequios que recibe de sus devotos».

San Alfonso María de Ligorio (s. XVII), Las glorias de María, Parte II, Discurso III.

«Desde hace casi treinta años ha puesto Dios en mi corazón el ansia de hacer comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana. Considerémoslo una vez más, contemplando la vida de María».

«No olvidemos que la casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!»

«Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos».

San Josemaría Escrivá de Balaguer (s. XX), Es Cristo que pasa, n. 148.

La voz de los poetas

Virgen, pura azucena, lirio en valle,

cándida y limpiamente concebida;

Virgen, donde se mide el sin medida,

preciosa cinta a su divino talle.

Jardín donde no hay flor que no se halle

de las virtudes de que estáis vestida;

árbol en cuya planta esclarecida,

la sierpe antigua para siempre calle.

Si Dios se cifra en Vos, ¿qué puede hallarse

para excelencia vuestra, si ésta excede

tanto que a Dios no deja de alargarse?

Cuando Él puede, y Vos sois, aquí se quede,

que como Dios no puede mejorarse,

así de madre mejorar no puede.

Lope de Vega (siglos XVI-XVII), Pastores de Belén, III.

***

Venid, alba, venid; ved el lucero

de miel, casi morena, que trasmana

un rubor silencioso de milgrana

en copa de granado placentero;

la frente como sal en el estero,

y la mano amiga como luz cercana,

y el labio en que despunta la mañana

con sonrisa de almendro tempranero.

¡Venid, alma, venid; y el mundo sea

heno que cobra resplandor y brío

en su mirar de alondra transparente,

aurora donde el cielo se recrea,

¡aurora Tú que fuiste como un río,

y Dios puso la mano en la corriente!

Luis Rosales (siglo XX), Retablo de Navidad.

Fuente: J.A. Loarte

DOCUMENTO SINODAL: IGLESIA MÁS PARTICIPATIVA

 Los que esperaban que el Sínodo propusiera algunas cuestiones novedosas y delicadas, por ejemplo, el sacerdocio de la mujer, la ordenación de varones casados o la bendición de parejas del mismo sexo, se habrán sentido un poco decepcionados. Aunque el Sínodo ha dicho que el tema del diaconado  femenino es una cuestión abierta y ha indicado que es necesario que las mujeres ocupen más puestos de liderazgo en la Iglesia.

El Sínodo ha hecho algo mejor que entrar en cuestiones concretas que podrían haber causado división en el mundo católico. Hay un elemento transversal que recorre todo el documento final: la necesidad de poner a toda la Iglesia, diócesis y parroquias, en estado de sinodalidad, o sea, de escucha, diálogo, fraternidad y encuentro. Pues la sinodalidad es también una forma de gobierno eclesial. Cierto, ya hay muchas instancias sinodales: consejos episcopales, presbiterales, de pastoral y económicos. El Sínodo apuesta claramente por reforzar, y transformar si es necesario, estas instancias ya existentes y por crear otras nuevas. No para cargarnos con más, sino para que la sinodalidad funcione. Hasta el punto de que pide que se amplíe la representatividad de estas instancias y no sean puramente consultivas, sino que puedan ser decisorias, al menos en algunos puntos.

El documento final abre la sinodalidad más allá de las fronteras eclesiales, sugiriendo que en las instancias sinodales participen representantes de otras Iglesias cristianas, de otras religiones e incluso personas ajenas a la Iglesia; y también personas en los márgenes de la Iglesia. Y llega a pedir la realización de un sínodo ecuménico. Es bueno dialogar con todos, escuchar a todos, tener en cuenta a todos. Porque el diálogo es una forma de encuentro y de unión, en el terreno ecuménico, interreligioso y con las personas de buena voluntad.

Sin olvidar que el ejercicio de la sinodalidad no prescinde del ministerio del Obispo de Roma, ni del ministerio episcopal. Sinodalidad es unir, escuchar a todos, conjugar todas las instancias necesarias y propias de la Iglesia, de modo que la sinodalidad articula de manera sinfónica las dimensiones comunitarias (“todos”), colegial (“algunos”) y personal (“uno”) de cada una de las Iglesias y de la Iglesia toda. Esta articulación entre todos, algunos y uno, debería encontrar formas concretas de realización en el Sínodo de los Obispos, que debería convocarse con más frecuencia y contar con participación de laicos.

Practicado con humildad, el estilo sinodal puede hacer de la Iglesia una voz profética en el mundo de hoy, plagado de desigualdades, formas de gobierno autocráticas y dictatoriales, con un modelo de mercado que no tiene en cuenta la vulnerabilidad de las personas y el cuidado de la creación. Un mundo en el que prima el individualismo y no la solidaridad.

En el documento aparecen muchos asuntos que necesitan renovación, que habrá que hacer vida, y abordar con espíritu sinodal: formación de catequistas y de aspirantes al sacerdocio (y en esa formación es necesaria la presencia femenina), ecumenismo, los pobres, abusos de autoridad sobre personas vulnerables, una liturgia más participada, acompañamiento en África a matrimonios polígamos, la familia como ejercicio de sinodalidad, unidad en la diversidad, conversación en el Espíritu, vida consagrada, nuncios y oficiales de la curia romana (muchos son Obispos sin diócesis, pero ¿es necesario que sean Obispos?).

Martín Gelabert. Blog Nihil Ostat

¿POR QUÉ CELEBRAMOS A CRISTO REY AL FINAL DE CADA AÑO LITÚRGICO?

En la Iglesia Católica el fin de año no es el 31 de diciembre, sino cuando se termina el ciclo o año litúrgico, lo cual sucede el domingo anterior a que inicie el Adviento (que es el tiempo con que comienza el nuevo ciclo litúrgico, período de preparación para la Navidad y que abarca 4 domingos antes del 25 de diciembre).

Siempre al final del año litúrgico se celebra la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

¿Cuál es la razón de esto? Quizá para recordarnos otro final, el nuestro, y ayudarnos a tener presentes al menos estas tres consideraciones:

Nuestra historia es lineal

Va avanzando hacia una meta: encontrarnos con Jesucristo. Se han puesto de moda espiritualidades orientales que proponen la reencarnación, según la cual cuando alguien muere su alma migra a otro ser, animal o persona, para expiar, en esa nueva vida, lo malo que hizo en la vida anterior (aparente justicia que en realidad no lo es, pues nadie sabe qué hizo mal en esa supuesta vida anterior y por lo tanto ignora cómo evitarlo en la actual), en un continuo nacer y morir, un ciclo al que no se le ve la salida y en el que la persona intenta salvarse por su propio esfuerzo.

Es un concepto completamente incompatible con el cristianismo, cuyos miembros sabemos que no podemos salvarnos a nosotros mismos, que Cristo es nuestro Salvador, y que, como nos lo reveló en Su Palabra, vivimos una sola vez, morimos una sola vez y después nos encontraremos con Él (ver Heb 9, 27).

Nuestro Señor Jesucristo es el Rey del Universo

Y nos ha prometido que volverá, y cuando venga de nuevo, ya no vendrá como lo hizo la primera vez, discretamente, humildemente, sino precedido de signos cósmicos que no pasarán desapercibidos, rodeado de Sus ángeles y con gran poder y majestad (ver Mc 13, 24-25). A todo ser humano le quedará clarísimo que Jesucristo es Dios, sobre todo a los que pensaban que no existía o que había sido solamente un gran líder o filósofo, un personaje admirable del pasado. Tenemos la firme certeza de que Jesús cumplirá Su promesa de venir, porque antes cumplió otra promesa que parecía incumplible: Su Resurrección, un hecho histórico del que hay irrefutables pruebas y que le da absoluta credibilidad a todo lo que enseñó, a todo lo que hizo, a todo lo que prometió. En Su promesa de que vendrá tenemos puesta nuestra esperanza, es lo que anhela nuestro corazón. Por eso clamamos en Misa, después de la Consagración: “¡Ven, Señor Jesús!”

Cuando muramos seremos juzgados por Dios

Será un Juicio personal, en el que se determinará dónde pasaremos la eternidad, y sólo entre Él y nosotros. Pero al final de los tiempos, cuando Jesucristo venga por segunda vez, habrá un Juicio Universal, en el que todos seremos juzgados ante todos. Se cumplirá lo que anunció Jesús: que no hay nada oculto que no llegue a saberse (ver Lc 8, 16-18). Se revelará cada pensamiento, palabra, obra y omisión; se conocerán las consecuencias de cada acto de amor y de cada acto de maldad e injusticia, a quiénes afectó, cuándo, dónde, cómo, por qué. Y cada uno recibirá lo que merezca: si fue misericordioso, recibirá misericordia, si no lo fue, será juzgado sin misericordia.

Esto será necesario por justicia, para que no sean ignorados sino conocidos y recompensados, todos los buenos pensamientos, intenciones, palabras y acciones, y también para que no pase desapercibido ni quede impune ningún mal cometido.

Muchos descubrirán que no bastaba llamar a Jesús “Señor” y creer que por considerarlo su salvador personal podían vivir como quisieran y no perder su salvación (ver Mt 7, 21-23). La fe de todos será probada o desmentida por sus obras (ver Mt 25,31-46).

Tener presentes estas tres consideraciones al final del año nos puede ayudar a preguntarnos hacia dónde vamos, cómo estamos, cómo nos iría en ese Juicio si lo enfrentáramos hoy. Y si calculamos que no nos iría muy bien, enmendar lo que sea necesario. Todavía estamos a tiempo, pero hay que aprovecharlo, pues no sabemos cuándo regresará el Señor, puede ser antes de lo que imaginamos.

82 RESIDENCIAS DEVASTADAS POR LA DANA Y 6.655 MAYORES AFECTADOS

La DANA del siglo ha devastado a su paso un total de 82 residencias de personas mayores de la Comunidad Valenciana, lo que afecta a nada más y nada menos que 6.655 mayores residentes, según los datos facilitados a 65YMÁS por la Vicepresidencia y Conselleria de Servicios Sociales, Igualdad y Vivienda de la Generalitat Valenciana.

Estos centros se encuentran «en la zona más dañada»: en las comarcas Ribera Alta, Ribera Baja, Camp de Turia, Hoya de Buñol, Los Serranos y, sobre todo, Utiel-Requena y Horta Sud.

En cuanto a los centros con los que la DANA se ha ensañado especialmente, las fuentes consultadas destacan dos: SAVIA, en Paiporta, y Parqueluz, en Catarroja.

En SAVIA Paiporta, 95 usuarios fueron trasladados a otras residencias de la provincia y 17 fueron realojados en una residencia del grupo: SAVIA Albuixech.

Cabe recordar que en este centro se vivió una verdadera tragedia la noche del martes 29 de octubre por la DANA: la riada inundó la planta baja y provocó el fallecimiento de seis mayores, que no pudieron ser rescatados a tiempo por el personal.

Además, la Generalitat resalta el caso de la residencia de Parqueluz, en Catarroja, donde, debido a los efectos de la DANA en el edificio, los residentes tuvieron que ser trasladados: 20 personas han tenido que ser reubicadas en Burriana y 17 en Villahermosa del Río.

Otros centros afectados son: el Centro de Envejecimiento Activo de Alzira y la Residencia para personas mayores dependientes de Carlet. En el primer caso, los daños del temporal han provocado su cierre y hay que resaltar que no se han producido ningún tipo de víctimas porque en el momento de la DANA no había usuarios en el centro.

Recientemente, desde la Generalitat han anunciado que se trasladará a 27 usuarios de la residencia de Aldaia, para garantizar su bienestar tras los efectos causados por la DANA.

Desde la Generalitat se asegura que: «Desde el primer momento se ha establecido una vía de comunicación directa con los centros para la coordinación entre la Conselleria, los servicios de emergencias, sanidad y las autoridades municipales para atender de manera inmediata las evacuaciones y las principales necesidades de medicación, agua, comida o luz».

También señalan que: «En las zonas más aisladas, ha sido fundamental la cooperación de los municipios, de los supermercados, de los servicios de emergencia y de los profesionales sanitarios para poder acceder a los centros y abastecer de comida y medicamentos a las personas mayores o a las personas que padecen enfermedades».

En las residencias más afectadas por la DANA se vivieron momentos de angustia, caos y miedo, tal y como se pudo ver en los vídeos que circulaban por las redes sociales.

Una vez pasado lo peor, los residentes fueron trasladados, como ocurrió en SAVIA Paiporta y, en los centros menos afectados, la solución pasó por ubicarles en las plantas superiores, mientras se tratan de habilitar las partes bajas que se inundaron.

«Por ejemplo, en Massanassa y en Sedaví, han llevado a los usuarios a la planta de arriba y están en sus habitaciones», explica a 65YMÁS la responsable de Dependencia de la Federación de Sanidad y Servicios Sociosanitarios de CCOO en Comunidad Valenciana (@Sanitat_CCOOPV), Ana Sánchez.

Además, señala, el personal estaría haciendo esfuerzos importantes estos días para atender a los usuarios, si bien no todos han logrado ir a sus puestos de trabajo. «Los hay que no pueden llegar, porque están incomunicados», comenta. Muchos estarían «doblando turnos», apostilla.

Coincide con Sánchez José Marchante, responsable del sector sociosanitario y dependencia de UGT (@UGT_Comunica) en la Comunidad Valenciana.

«El problema que nos encontramos es que hay gente que trabaja en los centros que es de fuera. Y, o no ha podido salir, o no ha podido venir, o se ha quedado. Ha habido una sobrecarga de trabajo», denuncia.

Por su parte, la Asociación Empresarial de Residencias y Servicios a Personas Dependientes de la Comunidad Valenciana (AERTE) asegura que la situación de las residencias en la zona afectada por la DANA, a excepción de la de Paiporta, en la que fallecieron seis mayores, es de «normalidad».

El presidente de Aerte, José María Toro, afirma que los desperfectos se concentran en la planta baja, donde suelen situarse las cocinas, despachos, y almacenes de material y salas comunes, por lo que algunas de ellas han tenido que recurrir unos días a un servicio de cátering o han estado sin luz y sin agua.

Además, Toro indica que hay problemas con la recuperación del gas, porque era «más peligroso» realizarla. Ahora bien, añade «no hay carencia de medicamentos porque las farmacias los están administrando de manera adecuada».

Por contra, detalla que los centros de día sí que están «sufriendo bastante». En este sentido, indica que un centro de alzhéimer y dos de día, en Picaña y Alfafar, están «destruidos». «El agua entró, lo arrastró todo, metió coches, contenedores y árboles dentro de los centros o los vació directamente, y ahora mismo solo queda lodo», se lamentó. «Tardarán unos meses en poder estar operativos y no podrán prestar el mismo servicio a las personas que atendían», advirtió.

Por su parte, el presidente de la Federación Empresarial de la Dependencia (@FEDdependencia), Ignacio Fernández-Cid, informa que cuatro centros de día están cerrados.

Cabe recordar que las personas mayores han sido especialmente afectadas por esta DANA, sobre todo las de más edad –80 o 90 años–, que tenían problemas de movilidad y que vivían en pisos bajos.

A falta de datos oficiales, este diario ha podido contabilizar que al menos 25 de los fallecidos tenían más de 65 años, aunque seguramente sean más.

Por ahora, las autoridades no han dado a conocer cuántas de las más de 200 víctimas reconocidas eran mayores.

65 y mas

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA MARGARITA DE ESCOCIA

De estirpe regia y de santos. Por parte de padre emparenta con la realeza inglesa y por parte de madre con la de Hungría. Los santos son, por parte de padre, san Eduardo Confesor que era su bisabuelo y, por parte de madre, san Esteban, rey de Hungría.

Nació del matrimonio habido entre Eduardo y Agata, en Hungría, con fecha difícil de determinar. Su padre nunca llegó a reinar, porque al ser llamado por la nobleza inglesa para ello, resulta que el normando Guillermo el Conquistador invade sus tierras, se corona rey e impone el juramento de fidelidad; al poco tiempo murió Eduardo de muerte natural.

Pero esta situación fue la que hizo que Margarita llegara a ser reina de Escocia por casarse con el rey. Su madre había previsto y dispuesto que la familia regresara al continente al quedarse viuda tras la muerte de su esposo y, bien sea por necesidad de puerto a causa de tempestades, bien por la confianza en la buena acogida de la casa real escocesa, el caso es que atracaron en Escocia y allí se enamoró el rey Malcon III de Margarita y se casó con ella.

Es una mujer ejemplar en la corte y con la gente paño de lágrimas. Se la conoce delicada en el cumplimiento de sus obligaciones de esposa; esmerada en la educación de los hijos, les dedica todo el tiempo que cada uno necesita; sabe estar en el sitio que como a reina le corresponde en el trato con la nobleza y asume responsabilidades cristianas que le llenan el día. Señalan sus hagiógrafos las continuas preocupaciones por los más necesitados: visita y consuela enfermos llegando a limpiar sus heridas y a besar sus llagas; ayuda habitualmente a familias pobres y numerosas; socorre a los indigentes con bienes propios y de palacio hasta vender sus joyas. Lee a diario los Libros Santos, los medita y lo que es mejor ¡se esfuerza por cumplir las enseñanzas de Jesús! De ellos saca las luces y las fuerzas. De hecho, su libro de rezos, un precioso códice decorado con primor —milagrosamente recuperado sin sufrir daño del lecho del río en que cayó— se conserva en la biblioteca bodleiana de Oxford (Inglaterra).

También se ocupó de restaurar iglesias y levantar templos, destacando la edificación de la abadía de Dunferline.

Puso también empeño en eliminar del reino los abusos que se cometían en materia religiosa y se esforzó en poner fin a las abundantes supersticiones; para ello, convocó concilios con la intención de que los obispos determinaran el modo práctico de exponer todo y sólo lo que manda la Iglesia y las enseñanzas de los Padres.

«Gracias, Dios mío, porque me das paciencia para soportar tantas desgracias juntas». Esta fue su frase cuando le comunicaron la muerte de su esposo y de su hijo Eduardo en una acción bélica. Fue cuando marcharon a recuperar el castillo de Aluwick, en Northumberland, del que se había apoderado el usurpador Guillermo. Ella soportaba en aquellos momentos la larga y penosísima enfermedad que le llevó a la muerte el año 1093, en Edimburgo.

Es la reina Margarita la patrona de Escocia, canonizada por el papa Inociencio IV en el año 1250. Pero no pueden venerarse sus reliquias por desconocerse el lugar donde reposan. Por la manía que tenían los antiguos de desarmar los esqueletos de los santos, su cráneo —que perteneció a María Estuardo— se perdió con la Revolución francesa, porque lo tenían los jesuitas en Douai y, desde luego, no salieron muy bien parados sus bienes. El cuerpo tampoco se pudo encontrar cuando lo pidió Gelliers, arzobispo de Edimburgo, a Pío XI, aunque se sabe que se trasladó a España por empeño de Felipe II quien mandó tallar un sepulcro en El Escorial para los restos de Margarita y de su esposo.

    Fuente: http://es.catholic.net/santoral/

CATEQUESIS DEL PAPA. EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA. «NOS UNGIÓ Y NOS MARCÓ CON SU SELLO». CONFIRMACIÓN, SACRAMENTO DEL ESPÍRITU SANTO.

Hoy proseguimos nuestra reflexión sobre la presencia y la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia mediante los Sacramentos.

La acción santificadora del Espíritu Santo nos llega ante todo a través de dos canales: la Palabra de Dios y los Sacramentos. Y entre todos los Sacramentos, hay uno que es, por antonomasia, el Sacramento del Espíritu Santo, y es en el que quisiera detenerme hoy. Se trata de la Crismación o de la Confirmación.

En el Nuevo Testamento, además del bautismo con agua, se menciona otro rito, el de la imposición de manos, que tiene como objetivo comunicar visiblemente y de manera carismática el Espíritu Santo, con efectos similares a los producidos en los Apóstoles en Pentecostés. Los Hechos de los Apóstoles relatan un episodio significativo a este respecto. Tras saber que algunos en Samaria habían acogido la palabra de Dios, desde Jerusalén enviaron a Pedro y Juan. «Estos bajaron – dice el texto – y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (8:14-17).

A esto se añade lo que escribe San Pablo en la Segunda Carta a los Corintios: «Es Dios el que nos conforta en Cristo a nosotros y a vosotros, y el que nos ungió. Él fue quien nos marcó con su sello y quien puso el Espíritu en nuestros corazones, como arras de lo venidero» (1.21-22). Las arras el Espíritu. El tema del Espíritu Santo como «sello real» con el que Cristo marca a sus ovejas es la base de la doctrina del «carácter indeleble» que confiere este rito.

Con el pasar del tiempo, el rito de la unción tomó forma como un sacramento por derecho propio, asumiendo diferentes formas y contenidos en las diversas épocas y ritos de la Iglesia. No es éste el lugar para recorrer esta historia tan compleja. Lo que el sacramento de la Confirmación es en la comprensión de la Iglesia, me parece que está descrito, simple y claramente, en el Catecismo para los Adultos de la Conferencia Episcopal Italiana. Dice así: «La Confirmación es para cada fiel lo que Pentecostés fue para toda la Iglesia. […] Refuerza la incorporación bautismal a Cristo y a la Iglesia, y la consagración a la misión profética, real y sacerdotal. Comunica la abundancia de los dones del Espíritu […]. Si, por tanto, el bautismo es el sacramento del nacimiento, la confirmación es el sacramento del crecimiento. Por eso es también el sacramento del testimonio, porque éste está estrechamente ligado a la madurez de la existencia cristiana». [1]

El problema es cómo conseguir que el sacramento de la confirmación no se reduzca, en la práctica, a una «extremaunción», es decir, al sacramento de la «salida» de la Iglesia. Se dice que es el “sacramento del adiós”, porque una vez que los jóvenes lo realizan se van, y luego volverán para casarse. Eso dice la gente. Pero debemos hacer que se convierta en el sacramento del inicio de una participación activa en la vida de la Iglesia. Es un objetivo que puede parecernos imposible, dada la situación actual en casi toda la Iglesia, pero eso no significa que debamos dejar de perseguirlo. No será así para todos los confirmandos, sean niños o adultos, pero es importante que lo sea al menos para algunos que luego serán los animadores de la comunidad.

Puede ser útil, con este fin, dejarse ayudar, en la preparación al Sacramento, por fieles laicos que hayan tenido un encuentro personal con Cristo y hayan tenido una verdadera experiencia del Espíritu. Algunas personas dicen haberlo experimentado como un florecimiento en ellos del Sacramento de la Confirmación recibido cuando eran chicos.

Pero esto no sólo afecta a los futuros confirmandos; nos afecta a todos y en todo momento. Junto con la confirmación y la unción, hemos recibido también, nos asegura el Apóstol, la «prenda del Espíritu», que en otro lugar llama «las primicias del Espíritu» (Rom 8,23). Debemos «gastar» esta garantía, disfrutar de estas primicias, no enterrar bajo tierra los carismas y talentos recibidos.

San Pablo exhortó a su discípulo Timoteo a «reavivar el don de Dios, recibido por la imposición de manos» (2 Tm 1,6), y el verbo utilizado sugiere la imagen de quien sopla sobre el fuego para reavivar su llama. ¡He aquí un hermoso objetivo para el año jubilar! las cenizas de la costumbre y del desinterés, para convertirnos, como los portadores de la antorcha en las Olimpiadas, en portadores de la llama del Espíritu. ¡Que el Espíritu nos ayude a dar algunos pasos en esta dirección!

[1] La verdad los hará libres. Catecismo de los adultos. Libreria Editrice Vaticana 1995, p. 324.

Fuente: The Holy See

RESURRECCIÓN DE LA CARNE. DE LA CARNE, SÍ

“Creo en la resurrección de la carne”. Con estas palabras termina el llamado Símbolo de los Apóstoles, la profesión de fe cristiana. Hablar de resurrección de los muertos o de la carne parece cosa de locos. Los doctos filósofos que escucharon a Pablo en Atenas le oyeron hablar gustosamente del Dios creador que no habita en santuarios fabricados por hombres, pero cuando se puso a hablar de resurrección de la carne su burlaron de él y no quisieron seguir escuchando. Incluso entre los mismos cristianos de cultura griega la doctrina de la resurrección encontró muchas dificultades para vencer sus prejuicios naturales (ver, por ejemplo, 1 Cor 15,12). Si el Apóstol hubiera hablado de inmortalidad del alma seguramente no habría suscitado tanto escándalo en Atenas.
La Iglesia, ya desde sus primeros momentos, insistió en la resurrección de la carne, a veces con fórmulas que habrá que explicar, pero manteniendo la sustancia y la verdad de lo que implican: los muertos resucitan “con sus cuerpos”, “en esta carne con la que ahora vivimos”, “con sus propios cuerpos, los que ahora poseen” (esta última fórmula es del cuarto Concilio de Letrán). Estas expresiones quieren indicar que es el mismo ser humano de la existencia terrena quien resucita, con todas sus dimensiones, incluida la corporal. Oyendo lo que se oye, a veces uno tiene la impresión de que muchos piensan que el cristianismo promete a sus fieles ir al cielo con su alma, para vivir allí eternamente, liberados del cuerpo.
La carne es frágil y corruptible, envejece: “toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo. La flor se marchita, se seca la hierba” (Is 40,6-7). Sin embargo, por medio de ella se expresan las necesidades humanas más sencillas: el hambre, la sed, el calor, el sueño, la ternura. Y, aunque durante esta vida la fragilidad de la carne nos hace sufrir, ella forma parte de la condición humana. Pues bien, la sensibilidad y vulnerabilidad de nuestra carne está incluida en la promesa de la resurrección, pues ellas son dimensiones esenciales de nuestra humanidad. Están destinadas a la salvación.
La carne, el cuerpo muchas veces humillado, violentado, abusado, deshonrado, cargado de vergüenza o de culpabilidad, es una dimensión de lo humano que necesita ser salvada. Una salvación que no incluyera todas las dimensiones de lo humano, no sería salvación de lo humano. Bien pensado, resulta muy sorprendente que el Verbo se haya hecho carne (Jn 1,14), pues se diría que no hay nada más alejado que el Verbo de Dios y la carne humana. Pues bien, el Verbo de Dios ha sido maltratado y crucificado en su carne, que es la nuestra. Y ha resucitado al tercer día con esta carne nuestra. Con su resurrección ha entrado en una dimensión definitiva, llena de claridad, transparencia y hospitalidad. La resurrección de Cristo Jesús es la garantía de la resurrección de nuestra carne. Una carne transfigurada, en la que ya no será posible el engaño; carne gloriosa y, por eso, totalmente entregada al amor.

Martín Gelabert, Blog Nihil Obstat

PURIFICAR LA IMAGEN DE DIOS

Cuando hablamos de Dios siempre utilizamos imágenes humanas que solo muy lejana e imperfectamente podemos considerarlas un reflejo de Dios. San Agustín decía: si comprendemos lo que de él decimos, no estamos hablando de Dios. Y Tomás de Aquino llegó a decir que de Dios solo sabemos lo que no es, pero ignoramos absolutamente lo que es, de modo que lo más perfecto de nuestro conocimiento de Dios en esta vida es conocerle como a un desconocido. Cuando afirmamos algo de Dios siempre nos quedamos cortos, muy cortos, incluso por ejemplo cuando decimos algo tan fundamental como que Dios es Padre: “si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mt 7,11). Cualquier comparación de Dios con una realidad de este mundo, incluso las mas sanas y buenas, es la comparación con algo deficiente y, por eso, con Dios siempre se realiza el “¡cuánto más!”.

Así se comprende que una mejor comprensión de las realidades mundanas facilite una mejor comprensión de las realidades divinas. En contra de la opinión de San Agustín, que pensaba que no importaba nada a la verdad de la fe la opinión que cada uno pueda tener sobre las criaturas, con tal de que se piense correctamente sobre Dios, Santo Tomás considera que el error sobre las criaturas redunda en una opinión falsa sobre Dios y aparta a las mentes humanas de Dios. O sea, para volver al ejemplo puesto en el párrafo anterior: una mejor comprensión de la paternidad humana ayuda a comprender mejor la paternidad divina; y una mala comprensión de la paternidad humana puede llevar a comprender mal la divina.

A lo largo de la historia de la teología una serie de “encuentros”, que nos han permitido afinar mejor nuestra comprensión de la realidad, han provocado a la reflexión creyente para purificar su imagen de Dios y presentarla de forma más significativa ante los desafíos que la cultura planteaba. Así, por ejemplo, el encuentro con los pobres ha ayudado a la teología a descubrir nuevas dimensiones de la caridad cristiana que sin este encuentro nunca hubiéramos descubierto; por su parte, la experiencia del sufrimiento ha llevado a la teología a encontrar una solidaridad doliente en el seno de la inefable Trinidad, que se corresponde, a su nivel, al sufrimiento de la persona humana, hasta el punto de que Juan Pablo II se atrevió a afirmar que en el seno de la Trinidad habría un dolor inconcebible e indecible que vendría a ser la reacción misericordiosa de Dios a la vista de los pecados de los humanos.

Finalmente, las modernas aportaciones de la ciencia deberían estimular nuestra reflexión sobre el Dios Creador, del mismo modo que las aportaciones científicas de su tiempo condujeron a Tomás de Aquino a mostrar que la ciencia que él consideraba más acertada podía ser coherente con la fe o, al menos, no era necesariamente incompatible con ella. Pues la fe y la razón, la naturaleza y la revelación no pueden ser contradictorias, porque tienen su origen en el mismo Dios.

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat

INICIO DE CURSO EN TOLEDO

El pasado día 23 de octubre celebramos en Toledo la Asamblea Diocesana para realizar formalmente el inicio de curso y presentar a la candidata a la presidencia de nuestro movimiento al haber cumplido 8 años el actual equipo. Asistimos unas 70 personas

Comenzamos con la Eucaristía presidida por nuestro Arzobispo D. Francisco Cerro, acompañado por D. Luis Miguel Valero director diocesano de la Pastoral del Mayor, D. Juan Luis nuestro consiliario y varios párrocos y consiliarios de grupos. También contamos con la presencia y compañía de D. Jaime Tamarit nuestro presidente nacional

Seguidamente en la Asamblea tanto D. Francisco, como D.Jaime, D. Juan Luis José Antonio nos hablaron de las bondades y virtudes de Vida Ascendente, haciendo hincapié en la promoción y trabajo en nuestro movimiento ya que nuestros 3 pilares nos enseñan a crecer como cristianos, transmitir la Fe y practicar la amistad quitando mucha soledad no deseada.

Fue presentada Lina, mujer de Iglesia, preparada y con mucha ilusión y disposición tal y como ella nos comunicó.

Fue aprobada su candidatura por unanimidad.

Seguidamente, tras un emotivo acto de agradecimiento a José Antonio por su labor, nuestro Arzobispo dio por finalizada la asamblea orando todos juntos.

Por último y antes de despedirnos tomamos un refresco y comentamos lo bonita que había resultado la tarde.

Agradecemos a todos la asistencia especialmente a D  Francisco que nos apoya,  D. Jaime que nos dio su cariño, a D. Luis Miguel que vino de lejos con un grupo de mayores y a todos los que hicieron un esfuerzo bien por venir de lejos o dejar otros quehaceres por estar juntos.

Saludos y abrazos