NOTICIAS DEL MOVIMIENTO: ARCHIDIÓCESIS DE PAMPLONA Y TUDELA

Los compañeros de la Archidiócesis de Pamplona y Tudela celebraron el día   26 de Mayo el final de curso,   en la Parroquia de San Nicolás, con un  retiro  de Pentecostés y posterior  Eucaristía, presidida por el consiliario Iñaki Malangre  y el Consiliario Alfonso Urrecha.

La asistencia fue de unas 25 personas que gozaron de un encuentro acogedor en el que la Espíritu Santo se dejó sentir y los  llenó de alegría,  esperanza y gran ilusión para comenzar a preparar el nuevo curso.

JOSÉ SAURAS ORDENADO SACERDOTE A LOS 72 AÑOS

A los nueve años, José María Sauras le dijo a su madre desde su mirada infantil que quería ser cura. Ella, prudente, no le desanimó pero le recomendó que esperara a vivir un poco más la vida porque aún era muy pequeño. Él esperó seis décadas.

Por el camino se hizo policía nacional y se licenció en la facultad de Ciencias de la Información en Madrid. Se retiró como inspector-jefe en Asturias y, ya jubilado, el recorrido vital le llevó por otros derroteros que han confluido, a sus 72 años, en el punto originario. Este domingo de Pentecostés ha sido  como sacerdote en la Catedral de Oviedo en una ceremonia presidida por el arzobispo Jesús Sanz Montes.

José María Sauras nació en el barrio madrileño de Chamberí en 1950. Aún no ha soplado las 73 velas y para él no existe la palabra “imposible”. Es un claro ejemplo de que si se persigue un sueño hay que llevarlo hasta el final. Aunque el motivo de que él sea ahora como el Ave Fénix y haya pasado de la tristeza más profunda a “rozar casi la perfección de la felicidad”, según sus propias palabras, haya sido una pérdida tan importante como la muerte de su mujer Maricarmen, con la que llevaba casado más de cuatro décadas.

Dos fechas estarán siempre unidas por ser claves en su vida: el 16 de junio de 2020, cuando murió Maricarmen, y el 28 de mayo de 2023, cuando se convertirá en sacerdote. Son dos días que ya están marcados a fuego en su cabeza y su corazón.

José María Sauras reconoce que estaba profundamente enamorado de Maricarmen, una ovetense a la que conoció en 1975. Era sobrina de una amiga íntima de su madre. En aquel momento él vivía en Madrid y su madre, de forma premonitoria de nuevo, le pidió que fuera su “cicerone”. De acompañarla a conocer la capital española pasó a convertirse en su novia, luego su esposa y más tarde en la madre de sus tres hijos: Borja, Pablo y Carlos que les han dado dos nietas: Jane y Emma.

José María y Maricarmen eran los “eternos novios”, suscribe, tanto en Oviedo como en Gandía donde pasaban las vacaciones de verano, porque siempre estaban juntos. Por eso su muerte fue para él un mazazo y reconoce que se hundió en un pozo de “tristeza y dolor” del que creyó que no iba a salir. Incluso deseaba reunirse pronto con ella. Por eso esta nueva etapa que se abre para él a través del sacerdocio le ha devuelto la alegría y la ilusión por vivir. Sostiene que ahora está “muy feliz rozando la perfección”.

Él mismo relata cómo tuvo un primer acercamiento a la idea de ser cura que tanto le rondaba en la cabeza desde niño. Recuerda que le daba vueltas continuamente. Cuando se jubiló como inspector-jefe de la Policía Nacional, adscrito a la Jefatura Superior de Asturias, volvió a plantearse su vida relacionada con la Iglesia. Pidió autorización a su mujer Maricarmen cuando quiso ser diacono. Explica que ella le contestó que lo hiciera si era ese su deseo. Por eso admite que se enfadó consigo mismo cuando, estando ella recién fallecida, él vio que había llegado el momento de tomar la decisión definitiva de ser cura.

 “Estábamos el 16 de junio de 2020 mi hijo Borja y yo en la misma habitación con mi mujer. Mi hijo Carlos estaba en otra. Yo estaba en la cama con Maricarmen. Cuando vi que no respiraba le dije a mi hijo: ‘Borja, ya está’. Me levanté para ir a avisar a Carlos y cuando iba por el pasillo me vino a mi mente la frase ‘ahora te puedes ordenar como presbitero’. Me cogí un cabreo muy fuerte conmigo mismo. Me llamé de todo, hasta miserable”, rememora.

José María Sauras ilustra con un ejemplo gráfico cómo se sintió ese día. Dice que en la vida uno se encuentra un camino donde todo son “flores, mariposas y un cielo azul”. De repente te encuentras una tapia que te impide seguir, pero hay otro camino por el que puedes andar. Y lo coges hasta que hay otra tapia y otro camino. En el penúltimo camino él se encontró con una montaña que era “inexpugnable”, describe.

Esa montaña pensaba que no la podía escalar pero en ese momento vio la luz. “Dios me indicó el camino, que también estaba lleno de flores y de mariposas y de un cielo azul…”.

Y se dio cuenta de que esa idea que le atormentaba y que de forma repetitiva volvía a su cabeza una y otra vez era ese camino alternativo a la montaña. Consultó a varios curas, entre ellos a Alberto Reigada, el párroco de la iglesia de San Francisco Javier del barrio ovetense de La Tenderina donde el próximo 4 de junio celebrará su primera Misa.

“En mi guión estaba que no iba a poder ser cura por mi edad”

También le trasladó sus pensamientos al rector del Seminario Metropolitano de Oviedo, Sergio Martínez Mendaro. Dice que en su guión estaba la palabra “no” porque pensaba que a su edad adónde iba a ir. Que ya era diacono y que ya estaba “haciendo su misión”.

Pero el rector no le contestó con una negativa. Al contrario, le recomendó que hablara con el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, con el que siempre José María Sauras había tenido un trato muy cercano. Recuerda especialmente que todos los años le enviaba una felicitación por su cumpleaños. “Siempre fue muy cariñoso, muy simpático y agradable conmigo”, dice emocionado.

Pero la última felicitación era diferente. En esa ocasión a los buenos deseos por su 72 cumpleaños le añadía unas palabras de recuerdo hacia Maricarmen. Y esa dedicatoria a su mujer ya le acabó de animar por completo. Le contestó por Whatsapp y ambos quedaron en verse el 22 de julio de 2022, otra fecha para enmarcar en el calendario vital de José María Sauras. Y ese día el arzobispo le dio su bendición para cumplir su sueño.

“Lo primero que se me ocurrió fue preguntarle si realmente hablaba en serio. Pensé que me iba a decir que no. Pero me dio una lección más de las muchas que me está dando. Me dijo una frase que me llegó profundamente. Me dijo que ‘el dueño de la viña llama a unos a primera hora de la mañana y, a otros, a última hora de la tarde y a todos les pagó lo mismo’. Y yo pensé que ya estaba claro mi camino”.

Cuando le dije a mi madre que quería ser sacerdote ella me dijo: ‘muy bien, pero no’. Cuando le pregunté por qué, ella me contestó que ‘era muy pequeño, que antes tenía que conocer la vida y luego si quería que fuera cura’. Siempre quise ser sacerdote

José María Sauras veía así cumplida su máxima aspiración. Recalca que no ha habido ni un solo instante en que no se acuerde de su mujer. Piensa en ella continuamente. Y también se acuerda de su madre, a la que ya de pequeño le confesó que quería ser cura. Esa madre muy religiosa que tenía mucho carácter y se preocupaba de que él y sus tres hermanos fueran todos los domingos a misa. La misma que les matriculó en el colegio de los Sagrados Corazones en Madrid donde cursó sus estudios desde párvulos.

 “Recuerdo perfectamente que no fue antes de los nueve años, ni después de los diez cuando le dije a mi madre que quería ser sacerdote, me dijo textualmente: ‘muy bien, pero no’ y cuando le pregunté por qué, me contestó que era muy pequeño, que antes tenía que conocer la vida y luego si quería que fuera cura”, comenta.

Como diácono, José María Sauras ha bautizado a sus dos nietas, Jane y Emma, en la iglesia parroquial de San Javier, en Oviedo, y ha participado en la boda de Borja, donde ofició el rito de la liturgia del matrimonio. “Como diácono podía hacer tres sacramentos: matrimonio, eucaristía y bautizos”, recuerda con orgullo.

Sus antiguos compañeros del Cuerpo Nacional de Policía han acogido tan bien su nueva faceta que le han pedido incluso que oficie la Misa del patrono. “Ya me han dado la enhorabuena”, corrobora. Y a la pregunta de si ha invitado al jefe superior de Policía de Asturias, Luis Carlos Espino, al solemne acto de Ordenación Presbiteral que tendrá lugar el domingo, día 28, en la Catedral de Oviedo a las seis de la tarde, donde junto a él serán ordenados otros cinco nuevos sacerdotes, él responde que no ha querido decir nada para no comprometerle. Y añade con humor que “hay un undécimo mandamiento que es no molestar”.

Afirma que la coincidencia de la ordenación con las elecciones municipales y autonómicas es mala fecha para la Policía Nacional porque tiene mucho trabajo ese día para controlar que la jornada se desarrolle con normalidad y sin incidencias.

José María Sauras tiene un lema que practica a la perfección que es no mezclar temas. Por eso prefiere centrarse en su etapa actual. Trabajó como policía nacional desde los 19 a los 56 años. Entre otros destinos, ejerció como jefe de prensa, lo que le permitió compaginar su otra profesión como periodista.

Asegura que nunca se llevaba el trabajo a casa. En la Jefatura Superior de Policía de Asturias, donde se retiró del servicio activo en 2006, era el inspector-jefe y cuando llegaba a su domicilio se desprendía de ese papel para ejercer únicamente como marido, padre y como abuelo siempre que tiene la oportunidad de estar con sus dos nietas, ya que son hijas de Pablo, el único de sus tres hijos que no vive en Oviedo, ya que residen en Greenville, en Carolina del Sur (Estados Unidos).

Aunque guarda un buen recuerdo de su etapa profesional como policía, a la que también se entregó por completo, ahora se centra en una fecha y un lugar concreto: el 28-M y la Catedral de Oviedo. No obstante, opina que aunque pueda parecer que son caminos muy opuestos, hay una similitud. A su juicio, no hay tanta diferencia entre ser policía o cura.

 “En la Policía nunca decíamos ‘vamos a trabajar, sino entramos de servicio’. En ese caso, antes como policía desarrollaba un servicio a la sociedad; ahora soy diácono permanente y a los diáconos se les denomina servidores. Así que, con mi nueva misión como diácono y a partir del domingo 28 como sacerdote, será como retomar el servicio a la sociedad”, compara.

Aún desconoce cuál será su destino siguiente. Pero afronta con ilusión esta nueva vuelta al sol. “Tengo un doble sentimiento: por un lado, siento pena, dolor y tristeza porque no tengo a la mujer de mi vida a mi lado, Maricarmen. Pero, por otro, siento felicidad y una alegría inmensa por ordenarme sacerdote”, corrobora. Una felicidad que, en el caso de José María Sauras, ya roza con la perfección.

Sus tres  hijos bromean con que ahora todos le llamaran padre.

Visto en Ideal.

LO QUE SE DICE Y LO QUE SE QUIERE DECIR

Muchas palabras tienen distintos sentidos según el contexto en el que se utilizan. Hoy muchos llaman al sexo amor. Hacer el amor es tener relaciones sexuales. Sin necesidad de llegar a este ejemplo extremo, el término amor tiene un sentido distinto si pensamos en el amor que tenemos a un recuerdo familiar, al perro de compañía o al hijo pequeño. Lo mismo ocurre con el término fe. Pero con la palabra “fe” resulta menos evidente que su sentido puede cambiar según el contexto, pues muchos funcionan con un modo único de entender la fe y, en función de este sentido, califican o descalifican otros usos del término, sin darse cuenta de que su calificación o descalificación lo único que demuestra es su supina ignorancia.

Si nos quedamos con el concepto de fe como conocimiento de verdades, entonces los demonios (como dice la carta de Santiago) también tiene fe, puesto que creen que Dios existe. Desgraciadamente concebir la fe como adhesión a una serie de verdades está bastante difundido en el mundo católico. Pero hay otro concepto de fe más bíblico y profundo: fe es un encuentro, una adhesión incondicional al misterio del Dios de Jesucristo, que compromete y cambia la vida entera. Este concepto de fe permite a San Pablo decir que la fe sola nos salva.

Al leer la Biblia, o un texto de teología, o al escuchar una catequesis, es importante distinguir (como hace la constitución “Dei Verbum” del Concilio Vaticano II) entre lo que se dice y lo que se quiere decir. Si no hacemos esta distinción podemos entender muy mal algunos textos bíblicos. Y no sólo bíblicos. Si digo que alguien me pone entre la espada y la pared, y un francés pide que le traduzcan lo que digo, si se lo traducen literalmente puede entender que alguien me está amenazando de muerte. O quizás que le estoy gastando una broma.

Un ejemplo bíblico: la biblia, traduciendo literalmente del griego, pone en boca de Jesús esta palabra: “muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Si no se sabe que detrás de esta comparación entre muchos y pocos, está el modo de expresar en arameo (que era la lengua de Jesús) el comparativo de superioridad, entiende muy mal lo que Jesús quiere decir. En castellano el comparativo de superioridad se expresa así: “hay más llamados que escogidos”. Mil es más que 999. ¿Qué quiere decir Jesús? ¿Qué serán muchos los que se condenen? No. Quiere decir que Dios llama a todos. Pero es posible que no todos respondan.

Un ejemplo más conocido: ¿Cuántas veces tengo que perdonar?, pregunta Pedro a Jesús. ¿Siete veces? No, dice Jesús, setenta veces siete. Jesús no dice que el límite del perdón está en 490 veces. Dice que hay que perdonar sin límite, siempre. En aquellas mentalidades los términos absolutos, como “siempre” o “nunca”, no eran conocidos. Para expresar el “siempre” de nuestras lenguas modernas empleaban este tipo de expresiones: setenta veces siete. Si las tomamos en su literalidad no entendemos nada. Si nos paramos a pensar un poco, veremos que son expresiones muy significativas y muy gráficas.

Martin Gelabert. Blog Nihil Obstat

EL VIDEO DEL PAPA PARA JUNIO

Francisco clama en el Vídeo del Papa de junio por el fin de la tortura: “Es imprescindible poner la dignidad de la persona por encima de todo”, y añade “no es una historia de ayer” sino que “desgraciadamente es parte de nuestra historia de hoy”: la tortura.

“¿Cómo es posible que la capacidad humana para la crueldad sea tan grande?”, se pregunta Francisco en el vídeo, difundido este martes por la Red Mundial de Oración del Papa.

Así, el Papa pide que “paremos este horror de la tortura”, subrayando que “es imprescindible poner la dignidad de la persona por encima de todo”. “Si no las víctimas no son personas, son ‘cosas’ y se las puede maltratar sin medida, causándoles la muerte o daños psicológicos y físicos permanentes para toda la vida”, asevera.

Por ello, Francisco termina el vídeo pidiendo oración “para que la comunidad internacional se comprometa concretamente en la abolición de la tortura, garantizando el apoyo a las víctimas y sus familias”.

ELENA MAGARIÑOS

Enlace al video

https://youtu.be/UdoVu4NLjk

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA ROSA FRANCISCA MARÍA DE LOS DOLORES

Cuando el 8 de mayo de 1977 era beatificada María Rosa Molas y Vallvé, Pablo VI contemplaba a la humanidad que, en su «lento peregrinar hacia metas de anhelada superación», con frecuencia «solo alcanza un humanismo débil, parcial, ambiguo, formal, cuando no falseado». Contemplaba a nuestra sociedad «azotada por múltiples formas de violencia», desde la difusión de la droga, a la plaga del aborto, del criminal comercio de armas a la creciente miseria de tantos pueblos de la tierra.

A esta humanidad desorientada y a este mundo deshumanizado, presentaba el mensaje y la figura de María Rosa Molas corno «maestra en humanidad » y «auténtico instrumento » de la misericordia y la consolación de Dios.

A distancia de 46 años, nuestro mundo sigue perturbado por los mismos fenómenos, y el hombre, que con frecuencia pierde el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio de «la consolación, del amor y la misericordia de Dios».

La Canonización de María Rosa Molas forma parte de ese anuncio. Es un grito de esperanza para la humanidad y una llamada que la Iglesia vuelve a lanzar a cuantos creen en el hombre y «quieren dedicarse a la creación de un mundo más humano y más hermanado».

La vida de María Rosa Molas es una palabra de consolación para el hombre. Sus contemporáneos afirman que «en el mundo parece que estaba únicamente para consuelo de todos». Esa fue y esa sigue siendo su misión en la Iglesia: Hacerse transparencia de la Misericordia del Padre y mostrar a los hombres los caminos de la Consolación de Dios.

Esos caminos que María Rosa recorrió, parten en ella del encuentro con Dios en Cristo, descubierto en una profunda contemplación de su misterio, gustado en una serena experiencia de cruz.

María Rosa vive contemplando, «mirando a Jesucristo». En su pobreza lo contempla « tan pobre que no tenía donde descansar la cabeza », en las pruebas del espíritu «piensa en la Oración del Huerto». En toda clase de pruebas experimenta y ensena a sus hijas que «en el Calvario a los pies de Jesús, se encuentra todo consuelo y alivio». Mirando a Jesucristo en su prójimo, sus caminos de consolación se hacen entrega incondicional al hermano, servido hasta el olvido y el sacrificio total de sí misma.

A través de una intensa vida de oración que, con frecuencia prolonga a lo largo de noches enteras, «se hace perfecta discípula de Jesús». Ahí es donde se le da «una lengua de discípulo para poder decir al cansado una palabra alentadora» (Is 50, 4). De la contemplación saca la fortaleza para una entrega que no conoce límites y que la impulsa a «vivir en la caridad hasta morir víctima de la caridad».

María Rosa Molas había nacido en Reus, de una familia de artesanos, el 24 de marzo de 1815, siendo bautizada al día siguiente con los nombres de Rosa Francisca María de los Dolores.

Su padre, José Molas, tenía sangre andaluza en su ascendencia. Su madre, María Vallvé, profundas raíces catalanas. Esto confiere a María Rosa un temperamento rico, marcado por cualidades distintas, que se contraponen y armonizan entre sí. Por una parte, es intuitiva y sensible. Hay en ella ternura y delicadeza de sentimientos, empatía ante el sufrimiento de los demás y creatividad para aliviarlo.

Por otra, marcada por el «seny de la terra» del pueblo catalán, tiene un «carácter vivo y enérgico, emprendedor y decidido», «espíritu fuerte y tenaz». Sentido práctico.

La contemplación se hace en ella servicio concreto. La misma humildad se traduce en «energía trabajadora incansable». Lleva siempre en su servicio «un gesto desembarazado», «un aire despejado en el trabajo». Tratando de hacer el bien no encuentra obstáculos. «Nada dificulta su afán de bien obrar».

Su confesor y primer biógrafo observa que su nacimiento ocurrió en la noche del Jueves al Viernes Santo y ve en esta circunstancia un signo de los dones con que la enriqueció el Señor: «Sin duda, quiso que viniesen a reflejarse muy vivamente en ella el más grande amor de los amores, y la más cruel desolación de Jesús». Según él, era esto anuncio de su participación en los sentimientos de Cristo para que pudiera ser «maestra de su Cariño» y «mensajera de gran caridad». Era «el preludio de las intensas y frecuentes desolaciones con que sería probada».

María Rosa, en efecto, a partir del día de su Primera Comunión, vive una profunda experiencia mística, en la que el Señor, a veces, le da a gustar la dulzura inefable de su presencia. «Quien llega a probar cuan dulce es Dios, -exclama- no puede dejar de caminar en su presencia». Dios es para ella «Esposo dulce» o simplemente «Dulzura mía».

Pero en su experiencia espiritual más frecuentemente predominan « el silencio de Dios » y la dolorosa sensación de la ausencia del Esposo, por quien se desvive.

Esta experiencia, que marca su vida, la hace entrar en un camino de humildad y abnegación, de olvido de sí misma y búsqueda incansable de la gloria de Dios y del bien de los hermanos. Es esa la actitud honda de su vida, que expresa cuando repite: «Todo sea para gloria de Dios. Todo para bien de los hermanos. Nada para nosotras». Este es el camino de «humildad, sencillez y caridad, de abnegación y espíritu de sacrificio» que ella dice «son el alma de su Instituto». Es la «humildad de la caridad» que la lleva a vivir «fascinada por el otro» y a realizar los gestos más heroicos de caridad con la mayor sencillez y naturalidad.

En enero de 1841 había entrado en una Corporación de Hermanas de la Caridad, que prestaban sus servicios en el Hospital y la Casa de Caridad de Reus. Allí da pruebas de caridad heroica, en el humilde servicio a los más pobres; allí escucha el clamor de su pueblo, se conmueve y sale en su defensa. El 11 de junio de 1844, asediada y bombardeada la ciudad de Reus por las tropas del General Zurbano, con otras dos Hermanas, atraviesa la línea de fuego, se postra a los pies del General, pide y obtiene la paz para su pueblo.

Años después, va con otras Hermanas a Tortosa, donde su campo de acción se amplía. Allí descubre la falsa situación del grupo al que pertenece y experimenta «la orfandad espiritual en que se halla». Su inmenso amor a la Iglesia la lleva a dialogar con sus hermanas, a discernir con ellas los caminos del Señor. El 14 de marzo de 1857, se pone bajo la obediencia de la autoridad eclesiástica de Tortosa. Se encuentra así, sin haberlo deseado nunca, Fundadora de una Congregación que, al año siguiente -el 14 de noviembre- a petición de María Rosa, se llamará, Hermanas de la Consolación, porque las obras en que de ordinario se ejercitan» … «se dirigen todas a consolar a sus prójimos».

Por voluntad suya, la Congregación tendrá por fin: «Dilatar el conocimiento y Reino de Jesucristo», «como manantial y modelo de toda caridad, Consuelo y perfección» y «continuar la Misión sobre la tierra de nuestro dulcísimo Redentor», «consolando al afligido», educando, sirviendo al hombre en «cualquier necesidad».

El Señor la había preparado para la misión de Fundadora a través de múltiples servicios y situaciones, a veces dolorosas, que ella vivió Con serena y heroica paciencia. Tal fue la grave calumnia de la que fue objeto cuando, en obediencia a sus Superiores, tuvo que prepararse en secreto y sacar el título de Magisterio. Tal, la persecución que las autoridades civiles emprendieron contra ella en varias ocasiones.

María Rosa vive con fortaleza estas situaciones; las vive en silencio y tiene «para cuantos afligen su espíritu, delicadas atenciones y afabilidad». Las vive con serenidad y, a patentes injusticias, responde con servicios generosos y hasta heroicos.

Así, a las autoridades de Tortosa que injustamente la han alejado de la Escuela pública de niñas, presta su ayuda para la organización de un Lazareto, «dispuesta a sacrificarlo todo en pro de nuestros pobrecitos hermanos», por si sus «servicios fuesen bastantes para aliviar la suerte del prójimo».

Esta mansedumbre y paciencia en soportar, no son en María Rosa, cobardía ni debilidad, sino fortaleza que se hace «parresía», valentía y libertad evangélicas, cuando están en juego los intereses de los pobres, la verdad, o la defensa del débil. La vemos oponerse con energía a un alcalde que pretende hacerle jurar una Constitución española que va contra los intereses de la Iglesia; salir en defensa de las amas de lactancia a quienes la administración no paga el justo salario; defender a sus hijas, injustamente desacreditadas por un administrativo de uno de sus Hospitales; impedir a un médico utilizar a los niños expósitos para experimentar intervenciones quirúrgicas.

Y esto lo hace María Rosa sin perder en ningún momento su sereno equilibrio. «Poseía el secreto de ganar los corazones», «infundía recogimiento y veneración». «Era inexplicable verla siempre bondadosa, afable y cariñosa con una superioridad de espíritu envidiable». Esta actitud constante que caracteriza a María Rosa Molas, se entiende tan sólo desde «el secreto de su corazón, que llenaba sólo Dios». Era «efecto del íntimo y continuo trato con Dios que presidía su vida, su acción, sus afectos».

«Creía de poca importancia cualquier sacrificio, humillaciones, calumnias, persecuciones. Cuanto la acercaba a Dios le era muy grato … Difícil, inaguantable y amargo lo que sospechaba que a El ofendía».

Desde ese amor a Dios «se hacía Caridad vivida», «se inclinaba sobre el necesitado, sin distinción alguna», si no era en favor de los ancianos más desvalidos y de los niños más abandonados «que eran la pupila de sus ojos».

Pasa su vida haciendo el bien, ofreciéndose a sí misma «en el don de una completa entrega en la misericordia y en el consuelo, a quien lo buscaba y a quien, aun sin saberlo, lo necesitaba».

Cumple así su misión consoladora hasta que, a fines de mayo de 1876, siente que el Señor se acerca. Tras breve enfermedad, herida más por el deseo de Dios que por males físicos, desgastada por su servicio incansable a los pobres, más que por los años, pide permiso a su Confesor para morir: «¡Déjeme marchar!» Después de recibir su asentimiento: «Cúmplase la santísima voluntad de Dios», moría al caer el 11 de junio de 1876, domingo de la Santísima Trinidad.

Dejaba su misión consoladora en la Iglesia a su Familia religiosa, las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación, que hoy está esparcida en once naciones y cuatro continentes.

 

¿MISIÓN O BASTIÓN?: DOS VÍAS PARA LOS CATÓLICOS DE OCCIDENTE DE CARA A SU FUTURA SUPERVIVENCIA

Análisis del sociólogo Jérôme Fourquet sobre el catolicismo en Francia, valido también para Europa

Jérôme Fourquet es un reputado sociólogo y analista político francés. Es director del departamento de “opinión y estrategias corporativas» del IFOP,  el Instituto Francés de Opinión Pública, donde su trabajo está centrado en el comportamiento y las actitudes políticas en relación con las religiones, la inmigración y las cuestiones de identidad.

En su último ensayo La France sous nos yeux (Francia a nuestros ojos), Fourquet analiza, entre otras cosas, la capacidad de la Iglesia católica para hacer oír su voz en la Francia contemporánea, donde la huella del catolicismo va desapareciendo pese al enorme patrimonio religioso que atesora.

En estos últimos años no ha sido infrecuente escucharle o leerle en distintos medios de comunicación advirtiendo de la “fase terminal” del catolicismo en su país o de cómo se ha “llegado a la fase final de la descristianización”,  cita que pronunció cuando en Francia ardieron en pocos meses varias catedrales y templos emblemáticos.

En una entrevista con «Famille Chretienne» este sociólogo analiza el cambio producido en Francia, que en cierto modo y con pequeñas diferencias, se está produciendo simultáneamente en todo Occidente.

La pérdida de influencia de la Iglesia

En su opinión, se ha producido “un colapso de la matriz católica en el panorama espiritual francés”. Y lo explica asegurando que “como la naturaleza odia el vacío, algunos franceses buscan otra cosa”.

Citando una encuesta reciente de su instituto demoscópico para la revista francesa Mission afirma que “uno de cada dos franceses se encuentra en alguna forma de búsqueda espiritual”.

“Vemos a nuestro alrededor nuevas formas de religiosidad y espiritualidad que son muy flexibles y poco restrictivas. Si el yoga ha tenido tanto éxito es porque es totalmente plástico. Está en sintonía con un enfoque inspirado en el budismo que no impone nada”, añade Fourquet.

Es más, este sociólogo añade que una cuarta parte de la población se entrega al yoga que aunque “es principalmente una actividad deportiva para muchos va acompañada de una dimensión espiritual”. Es un sustitutivo de la fe. En su libro también habla de otros elementos mucho más minoritarios como la corriente neochamánica o el crecimiento de la brujería y el esoterismo.

Para la Iglesia, pese a tener todavía cifras importantes, es una situación prácticamente sin precedentes el ser ya una minoría como lo es ahora en Francia. Jérôme Fourquet lo analiza utilizando vocabulario del Marketing: “había una ‘marca’ católica que estaba en una situación de monopolio y hacía muy bien su trabajo.

Esta marca histórica está tratando ahora de resistir, pero está sujeta a la competencia de nuevos participantes. La Iglesia, actor histórico, mira lo que se está haciendo en otros lugares y trata de responder, en particular inspirándose en los métodos de ciertas corrientes carismáticas y evangélicas como se vio en el Congreso Misión del pasado mes de octubre”.

No cabe duda de que la Iglesia Católica en general, y en Francia en particular, ha vivido crisis importantes y ha logrado recuperarse. En el caso concreto de su país, Fourquet reconoce que “la gran prueba fue la Revolución Francesa. Ha habido muchos golpes duros antes, pero nunca con tanta intensidad. Es cierto que la Iglesia, con el apoyo de los regímenes postrevolucionarios, fue reconstruida en el siglo XIX”.

Ciertamente también admite que hubo lugares “donde la población se descristianizó definitivamente en ese momento, pero el catolicismo en general había encontrado una base solida”.

Sin embargo, este sociólogo del IFOP cree que “la situación hoy no tiene nada que ver”, pues “nunca habíamos estado en números tan pequeños en términos de practicantes o personas de la Iglesia: alrededor de 11.000 sacerdotes hoy contra casi 100.000 a principios del siglo XX” además de la menor influencia que antaño.

«La Iglesia no ha dicho su última palabra»

Aún así opina que la Iglesia “no ha dicho su última palabra” aunque en Francia se enfrenta “a una de sus mayores crisis en 1.500 años”.

¿Cree que la Iglesia puede superarlo? Jérôme Fourquet afirma que a tenor de las cifras “si la Iglesia quiere sobrevivir, el esfuerzo de evangelización ya no puede depender únicamente de los sacerdotes. Si quieren mantener una presencia algo sustancial en el país, los laicos ya no pueden conformarse con bautizar a sus hijos, ir a misa y dar dinero en el culto. Los laicos también son mensajeros de Cristo. ¡Probablemente tendrán que ir a la plaza, al lado del supermercado, para difundir la Buena Noticia como los testigos de Jehová!”.

Es en este punto donde este sociólogo habla de las posibilidades. A su juicio, la alternativa para los católicos es “misión o bastión“.

Tiene claro que los católicos «se encuentran en una encrucijada a medida que el número de fieles baja y envejece, y la base demográfica del catolicismo en Francia se ha reducido drásticamente”.

Jóvenes tradismáticos

Un fenómeno francés muy reciente es el del éxito de los «tradismáticos»: jóvenes que asisten a la misa tradicional y realizan evangelización carismática

Dos alternativas

Como analista asegura ver sólo dos opciones de cara al futuro.

La primera es la que pasa –cuenta Fourquet- por la misión “en un modo más o menos carismático” aplicando los métodos que ya utilizan con cierto éxito algunos grupos evangélicos. Esto provocaría un cambio en cómo se encuentra organizada la Iglesia Católica.

Francia ya no es la hija primogénita de la Iglesia, afirma este analista, sino que es “una tierra de misión profundamente descristianizada. De alguna manera, esto puede ser un desafío estimulante para algunos católicos”. En esta Francia el papel de los misioneros prácticamente se “remontaría a la época de los pioneros”.

Esta obra misionera –agrega igualmente- “podría desplegarse en torno a verdaderos puntos de apoyo: quedan iglesias, prensa católica, escuelas y tejido asociativo”, pero dada la descristianización de una gran parte de la población sería empezar casi de cero. De hecho, cita una encuesta reciente de IFOP según la cual el 90% de los menores de 35 años no sabían lo que era Pentecostés.

La segunda opción sería la de hacer un “bastión”, replegarse y organizarse. En esta alternativa, Fourquet considera que “el católico puede darse cuenta de que la situación colectiva ya no puede rectificarse.

Se puede decir que la sociedad francesa se ha descristianizado por completo, que dadas las fuerzas presentes, es ilusorio esperar influir en la trayectoria nacional.

En este contexto, sería imperativo continuar transmitiendo la fe a familias y comunidades en una perspectiva conservativa en el sentido cuasi-museístico del término. En esta opción, a la espera de mejores días, seguiríamos teniendo islas donde se produce la transmisión”.

¿Podría haber una tercera vía en esta teoría propuesta? Este sociólogo asegura que su tesis es teórica y radical pero “nada impide a los católicos, de hecho, perseguir ambos objetivos al mismo tiempo. Por tanto, puede surgir un tercer escenario”.

Artículo publicado originariamente en ReL DIGITAL en noviembre de 2021.

SECUENCIA PARA LA FIESTA DE CORPUS CHRISTI

En 1264. El Papa Urbano IV, quien era el Sumo Pontífice en ese momento, convocó a los más grandes teólogos de aquel tiempo que brillaban por su capacidad intelectual y espiritualidad ferviente, ellos eran San Buenaventura de la Orden de los Frailes Menores y  Santo Tomás de Aquino de la Orden de Predicadores.

Solicitó que elaborara una composición en honor del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Corpus Christi y la presentaran días después, con el fin de escoger la mejor.

El primero en exponer su obra fue fray Tomás de Aquino. Serena y tranquilamente, desenrolló un pergamino y los circundantes oyeron la declamación pausada de la Secuencia compuesta por él bajo el titulo “Lauda Sion Salvatorem”.

Fray Buenaventura, quien era digno hijo del Poverello de Asís,al escuchar aquella composición de fray Tomás tomó su composición y la rasgó en dos. Los demás teólogos lo imitaron, rindiéndole tributo de esta manera a fray Tomás de Aquino con su hermosa composición.

Dicha composición es la que escuchamos año con año, en la celebración de la Eucaristía en la Solemnidad de Corpus Christi, debiéndose cantar luego del Aleluya e inmediatamente antes de la lectura (o canto) del Santo Evangelio.

TEXTO  COMPLETO DE LA SECUENCIA DE CORPUS CHRISTI

Al Salvador alabemos, que es nuestro pastor y guía.

Alabémoslo con himnos y canciones de alegría.

Alabémoslo sin límites y con nuestras fuerzas todas;

Pues tan grande es el Señor, que nuestra alabanza es poca.

Gustosos hoy aclamamos a Cristo, que es nuestro pan,

pues él es el pan de vida, que nos da vida inmortal.

Doce eran los que cenaban y les dio pan a los doce.

Doce entonces lo comieron, y, después, todos los hombres.

Sea plena la alabanza y llena de alegres cantos;

que nuestra alma se desborde en todo un concierto santo.

Hoy celebramos con gozo la gloriosa institución

de este banquete divino, el banquete del Señor.

Ésta es la nueva Pascua, Pascua del único Rey,

que termina con la alianza tan pesada de la ley.

Esto nuevo, siempre nuevo, es la luz de la verdad,

que sustituye a lo viejo con reciente claridad.

En aquella última cena Cristo hizo la maravilla

de dejar a sus amigos el memorial de su vida.

Enseñados por la Iglesia, consagramos pan y vino,

que a los hombres nos redimen, y dan fuerza en el camino.

Es un dogma del cristiano que el pan se convierte en carne,

y lo que antes era vino queda convertido en sangre.

Hay cosas que no entendemos, pues no alcanza la razón;

mas si las vemos con fe, entrarán al corazón.

Bajo símbolos diversos y en diferentes figuras,

se esconden ciertas verdades maravillosas, profundas.

Su Sangre es nuestra bebida; su Carne, nuestro alimento;

pero en el pan o en el vino Cristo está todo completo.

Quien lo come no lo rompe, no lo parte ni divide;

él es el todo y la parte; vivo está en quien lo recibe.

Puede ser tan sólo uno el que se acerca al altar,

o pueden ser multitudes: Cristo no se acabará.

Lo comen buenos y malos, con provecho diferente;

no es lo mismo tener vida que ser condenado a muerte.

A los malos les da muerte y a los buenos les da vida.

¡Qué efecto tan diferente tiene la misma comida!

Si lo parten, no te apures; sólo parten lo exterior;

en el mínimo fragmento entero late el Señor.

Cuando parten lo exterior, sólo parten lo que has visto;

no es una disminución de la persona de Cristo.

EI pan que del cielo baja es comida de viajeros.

Es un pan para los hijos. ¡No hay que tirarlo a los perros!

Isaac, el inocente, es figura de este pan,

con el cordero de Pascua y el misterioso maná.

Ten compasión de nosotros, buen pastor, pan verdadero.

Apaciéntanos y cuídanos y condúcenos al cielo.

Todo lo puedes y sabes, pastor de ovejas, divino.

 Concédenos en el cielo gozar la herencia contigo.

Amén.

Mercedes Montoya y Ana Marqués

UNA MÍSTICA ANALFABETA ENSEÑA A TRATAR AL ESPÍRITU SANTO

El Jueves día de la Ascensión da comienzo  el Decenario al Espíritu Santo.

Yo, desde joven, utilizo el «Decenario» de Francisca Javiera del Valle. Año tras año me quedo asombrado de la familiaridad y la hondura  de  trato   que   consiguió  esta mística analfabeta castellana con la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Además con la ventaja de que «se le entiende bien».

Francisca Javiera del Valle muere en 1930 a los 73 años en el convento de Carmelitas de Carrión de los Condes.

Trabajó como costurera treinta y ocho años en labores de los jesuitas: colegio del Sagrado Corazón, Noviciado y Escuela Apostólica. Años de «trabajo oscuro, cuya exterior monotonía, llena con frecuencia de humillaciones y sufrimientos, alternó de manera habitual con los más altos goces y alegrías de una vida interior, tan rica de subidas experiencias por dentro como de naturalidad y de callada laboriosidad por fuera».

Hasta los veinticuatro años llevó una existencia corriente de muchacha pobre en un pueblo castellano de mediados del siglo XIX. Al final de su vida, cuando a los sesenta y tantos años fue despedida del taller de costura, perdiendo en silencio incluso su máquina de coser, proyectó y puso por obra marchar a México con unas religiosas, llamadas de la Cruz, que regresaban a su país después de haber vivido refugiadas en Carrión de los Condes, durante la época más cruda de la persecución. Las monjas embarcaron sin esperarla, pensó luego irse con otras monjas mexicanas Concepcionistas Jerónimas, pero finalmente permaneció en su pueblo, sin adoptar ninguna forma de vida religiosa canónica, y dedicada al cultivo de unas huertas que hubo de arrendar para vivir.

Si algún día, por fin, son publicados íntegra y satisfactoriamente los relatos en que aquella alma refirió los constantes y subidos fenómenos místicos de su vida espiritual, dispondrá la ciencia teológica de un testimonio de la mayor significación. Éxtasis, locuciones, visiones, raptos, repetidos innumerables veces, y sobre todo una práctica habitual y silenciosa de heroicas virtudes.

Por lo que hace a sus escritos, se dividen en dos tipos, claramente caracterizados.

  • Los unos, más numerosos, tuvieron como fin dar cuenta a su director espiritual de las vivencias sobrenaturales de su alma, y de las pruebas y consolaciones que experimentaba en la práctica de la santidad. En ellos escribió acerca de la Santísima Trinidad, de la Virgen y de San José; sobre las virtudes de obediencia, humildad, vencimiento propio, temor de Dios, del castigo de los Ángeles y de las tentaciones; sobre la Sagrada Eucaristía, sobre los caminos, felicidad y amistades de Dios, sobre la distinción entre el buen y el mal espíritu, y sobre otros muchos temas divinos y de vida espiritual.
  • El segundo tipo de escritos es el de los que estaban directamente dirigidos a difundir devociones y prácticas piadosas. Comprende dos obras: el Silabario de la escuela divina, y el Decenario al Espíritu Santo.

(Texto tomado de la introducción al «Decenario», F. Pérez Embid)

Entiendo que sus libros sean menos atractivos para algunos que los de otros ‘místicos’«sólo» enseña a querer más al Señor, sin mensajes apocalípticos, ni vías fáciles. Ascética y mística de la de siempre, no busquéis más.

El proceso de Francisca Javiera del Valle está abierto. Su «Devocionario» ha ayudado a miles de personas. Si tenéis oportunidad leedlo, lo recomiendo

infocatolica

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Los sacerdotes de la Antigua Alianza sacrificaban en el altar animales, pero no se sacrificaban ellos. Todos hemos de ser como él, sacerdotes y víctimas, porque nuestro sacerdocio es el suyo.

1.-«Os he llamado amigos, porque os he manifestado todo lo que he oído a mi Padre. No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os he elegido y os he destinado a que os pongáis en camino y deis fruto, y un fruto que dure» (Jn 15,15).

Jesús entrega su amistad y pide la nuestra. Ha dejado de ser el Maestro para convertirse en amigo. Escuchad como dice: Vosotros sois mis amigos… No os llamo siervos, os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer…En aras de esa amistad, que es entrañable, que es verdadera y ardorosa, desea atajar a los que aún pudieran no hacerle caso. «No sois vosotros -les dice- los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido».

Es un compañero deseoso de salvar, de alegrar y de llenar de paz a sus amigos. «Os he hablado para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». El Maestro está con los brazos abiertos de la amistad tendidos hacia nosotros. Y con la alegría como promesa y como ofrenda. Nunca se ha visto un Dios igual. Camina ahora mismo y por cualquier calle. Por la acera de tu casa, seguro. Y está diciendo que es amigo tuyo, que te quiere igual que a su Padre y que desea llenarte de alegría. Lo va repitiendo al paso, según se acerca a tu puerta.

2.-Por lo mismo que Dios ama, creó el mundo. El pecado es un desequilibrio, un desorden, como un ojo monstruoso fuera de su órbita, como un hueso fuera de su sitio, buscando el placer, la satisfacción del egoísmo, de la soberbia. Como un sol que se sale del camino buscando su independencia. Frustraron el camino y la meta de la felicidad. De ahí nace la necesidad de la expiación, del sufrimiento, del dolor, por amor, para restablecer el equilibrio y el orden. Dios envía una Persona divina, su Hijo, a «aplastar la cabeza de la serpiente», haciéndose hombre para que ame como Dios, hasta la muerte de cruz, con el Corazón abierto.

3.-Ese Hombre Dios, el Siervo de Yahvé, que, «desfigurado no parecía hombre, como raíz en tierra árida, si figura, sin belleza, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, considerado leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes, como cordero llevado al matadero» Isaías 52,13, inicia la redención de los hombres, sus hermanos. Él es la Cabeza, a la cual quiere unir a todos los hombres, que convertidos en sacerdotes, darán gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu, e incorporados a la Cabeza, serán corredentores con El de toda la humanidad.

El Padre, cuya voluntad ha venido a cumplir, lo ha constituido Pontífice de la Alianza Nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinando, en su designio salvifico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Para eso, antes de morir, elige a unos hombres para que, en virtud del sacerdocio ministerial, bauticen, proclamen su palabra, perdonen los pecados y renueven su propio sacrificio, en beneficio y servicio de sus hermanos.

«Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en su nombre el sacrificio de la redención, y preparan a sus hijos el banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne en su amor, se alimenta con su palabra y se fortalece con sus sacramentos. Sus sacerdotes, al entregar su vida por él y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y amor» (Prefacio).

4. Por eso, si los cristianos debemos tomar nuestra cruz, los sacerdotes, más, por más configurados con Cristo, con sus mismos poderes. Los sacerdotes de la Antigua Alianza sacrificaban en el altar animales, pero no se sacrificaban ellos. Los sacerdotes nos hemos de inmolar porque Cristo se inmoló a sí mismo. Hemos de ser como él, sacerdotes y víctimas, porque nuestro sacerdocio es el suyo.

5.-Una idea infantil del cristiano, que se acomoda al mundo, una mentalidad inmadura del sacerdote, lo hace un funcionario. De ahí surgen consecuencias de carrierismo, al estilo del mundo, excelencias, trajes de colores, que obnubilan el sentido sustancial del sacerdote-víctima, que conducen a la esterilidad, y contradicen la misión: «para que os pongáis en camino y deis fruto que dure». El fruto que dura es el de la conversión, la santidad, que permanecerá eternamente. Os he puesto en la corriente de la gracia, os planté para que vayáis voluntariamente y con las obras deis fruto. Y precisa cuál sea el fruto que deban dar: «Y vuestro fruto dure».

6.-Después de la «conversión» de Constantino, el clero eclesiástico hizo su entrada en este mundo, corrió serio peligro de perder su propia naturaleza, que no consiste en el poder, sino en el servicio. Además, entró en competencia con el poder secular al aparecer en la escena de la historia política. Este encuentro y confrontación con la jerarquía civil condujo no sólo a una ampliación político-social de las tareas apostólicas, sino que también oscureció el aspecto colegial del servicio de la Iglesia.

7.-En el curso del siglo XI comienza la teología medieval a distinguir claramente, en la elaboración del tratado de sacramentos, entre el Orden y la dignidad, y puso de relieve la sacramentalidad del Orden de la Iglesia. A partir de entonces se designa esencialmente como Orden el sacramento que confiere el poder de celebrar la eucaristía.

8.-Aunque el lenguaje de la Curia romana imprimió su sello a la tradición cristiana, la ordenación no fue considerada nunca como un simple acceso a una dignidad y como transmisión de unos poderes jurídicos y litúrgicos, pues siempre se confirió mediante un rito, porque la ordenación es un acto sacramental que transmite una gracia de santificación; los llamados son tomados del mundo y consagrados al servicio de Dios, son separados para atender a su misión especial.

9.-El Orden sacramental es una dimensión esencial para la Iglesia, y por eso fue incluido entre los sacramentos. Si se quiere comprender el sentido y la función de este «sacramento» particular en lugar de atribuir el sacerdocio cristiano y toda la jerarquía de la Iglesia a un único acto de institución, como hizo el Concilio de Trento, parece que está más en consonancia con la Sagrada Escritura y la realidad de las cosas partir de la Iglesia como «sacramento original».

10.- El desdoblamiento del ordo en varios grados y la introducción de diversas ordenaciones están tan relacionados con la historia de la Iglesia como con la Escritura. Son producto de un desarrollo, y, en definitiva, la cuestión de si se ha de hablar de un único sacramento del orden o de si el episcopado y el presbiterado constituyen sacramentos diversos es más una cuestión terminológica y teológica que dogmática.

11.-La estructura del ministerio eclesial se puede considerar, igual que el canon de la Escritura y el número septenario de los sacramentos, como el resultado de un desarrollo. Desarrollo que se produjo todavía en tiempo de los apóstoles; por eso ha carácter forzosamente limitado de las diversas expresiones históricas del ministerio y de la obligación que éste tiene de asemejarse constantemente a su modelo, Cristo.

12.-Lo mismo que Dios concedió el espíritu de profecía a los setenta ancianos que había llamado Moisés a participar con él en el gobierno del pueblo, así también comunica a los sacerdotes el Espíritu Santo para que se asocien al ministerio de los obispos. El presbítero colabora con el obispo en la totalidad de sus funciones de gobierno de la Iglesia.

13.- El sacerdote nos introduce en la memoria del Señor, no sólo en su pascua, sino en el misterio de toda su obra, desde su bautismo hasta su pascua en la cruz. Él exhorta a la asamblea de los creyentes a vivir en sintonía con el sacrificio de la cruz, que ésta vuelve a vivir en el presente en espera de su consumación definitiva. Por eso el ministerio del sacerdote no se puede limitar a la celebración de un rito; compromete toda la vida y se desarrolla de acuerdo con todo el orden sacramental.

14.-Pero no sería fiel a la tradición quien pretendiera defender que las funciones del sacerdote son de naturaleza estrictamente sacramental y cultural. También es función del sacerdote proclamar la palabra de Dios. La misma Cena, en la que el Señor llama a su sangre «sangre de la alianza», lo pone de manifiesto, pues no hay ningún rito de alianza sin una proclamación de la palabra de Dios a los hombres. El acontecimiento de la alianza es al mismo tiempo acción y palabra.

15.-El sacerdocio hoy está bastante desvalorizado. Las cosas poco prácticas no se cotizan. Esta generación consumista sólo tiene ojos para sus intereses. Ha perdido el sentido de la gratuidad. Un beso y una sonrisa no sirven para nada, pero los necesitamos mucho. Un jardín no es un negocio, pero necesitamos su belleza. Cultivar patatas y cebollas es más productivo, pero los rosales y las azucenas son necesarios.

16.- El sacerdote sirve. Siempre está sirviendo. Es necesario como la escoba para que esté limpia la casa. Pero a nadie se le ocurre poner la escoba en la vitrina. El sacerdote perdona los pecados, es instrumento de la misericordia de Dios. En un mundo lleno de rencores y envidias, el sacerdote es portador del perdón. Está siempre dispuesto a recibir confidencias, descargar conciencias, aliviar desequilibrios, a sembrar confianza y paz.

El sacerdote ilumina. Cuando nos movemos a ras de tierra, nos señala el cielo. Cuando nos quedamos en la superficie de las cosas, nos descubre a Dios en el fondo. El sacerdote intercede. Amansa a Dios, le hace propicio, le da gracias, da a Dios el culto debido. Impetra sus dones.

El sacerdote ama. Ha reservado su corazón para ser para todos. El sacerdote es antorcha que sólo tiene sentido cuando arde e ilumina. El sacerdote hace presente a Cristo. En los sacramentos y en su vida. Es el alma del mundo. Donde falta Dios y su Espíritu él es la sal y la vida. No hace cosas sino santos.

17. «No me habéis elegido vosotros a mí, os he elegido yo a vosotros». La elección indica siempre predilección. Si voy a un jardín, miro y remiro: tallo, capullo, color, aguante…Elijo, corto y me la llevo. Pero sé que yo no podré ni cambiar el color, ni darles más resistencia, ni aumentarles la belleza.

Considere, pues, cada uno si ha llegado a esta dignidad de ser llamado amigo de Dios, y si así es no atribuya a sus méritos los dones que encuentre en él, no sea que venga a caer en la enemistad. Por eso añadió el Señor: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto».

Mercedes Montoya

 

FIESTA DE LA VISITACIÓN DE MARÍA A SU PRIMA ISABEL

Cada 31 de mayo la Iglesia Católica celebra la Fiesta de la Visitación de la Virgen María a Santa Isabel, su prima, quien también se encontraba en estado de buena esperanza.

Con esta significativa celebración se cierra mayo, mes dedicado a nuestra Madre del Cielo. Se trata, en consecuencia, de un bello detalle previsto por la Iglesia para que amemos más a la Virgen, la conozcamos mejor y la tengamos cada vez más presente en nuestras vidas.

Conociendo más a María

La fiesta de la Visitación constituye esencialmente una invitación a contemplar a la Virgen María, la Madre de Dios, que sale al encuentro de Isabel para ponerse a su servicio. Al mismo tiempo, se trata de una nueva oportunidad para considerar el poderoso llamado a vivir el amor generoso -amor que brota cuando Jesús habita nuestro interior-.

Pensar a María camino a casa de Zacarías e Isabel es muestra suficiente de que la Madre de Dios jamás se cerró sobre sí misma sino que estuvo siempre sensible y atenta ante las necesidades del otro. Se pone en marcha para servir en las labores domésticas, mostrando su sencillez y el profundo amor que tiene por Isabel. María, como madre que es, ama a cada uno con un amor particular y nunca abandonará a ninguno de sus hijos.

En consecuencia, María, la doncella elegida, nos enseña a salir al encuentro del prójimo: llevando a Jesús en el corazón.

De acuerdo al relato evangélico, el ángel Gabriel le anunció a María que sería la Madre de Jesús, Redentor del mundo. Luego le revelaría que su prima Isabel estaba encinta a pesar de su edad. Dios obraba con grandeza y suscita una respuesta amorosa en el ser humano: la Virgen sale en ayuda de su pariente embarazada -la mujer que será madre de Juan el Bautista- y se queda con ella por un periodo de tres meses.

María, maestra de oración

Así como la Virgen nos invita a servir, así también nos invita a orar. De los textos correspondientes al episodio de la Visitación surgen dos importantes oraciones: la segunda parte del Avemaría y el canto del Magníficat.

Cuando Isabel oyó el saludo de María, “el niño saltó en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó a grandes voces: ‘¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme? Porque en cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno’” (ver Lucas 1, 39-56).

María, sierva del Señor, respondió alabando a Dios por sus maravillas: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava…”

“Canal de la Gracia”

San Bernardo de Claraval señalaba que “desde entonces María quedó constituida como un “canal inmenso” por medio del cual la bondad de Dios envía hacia nosotros las cantidades más admirables de gracias, favores y bendiciones”.

De la exposición de San Ambrosio, Obispo, sobre el Evangelio de San Lucas

(Libro 2, 19. 22-23. 26-27; CCL 14, 39-42)

El Ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place.

Desde que lo supo, María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el Ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas.

Llena de Dios de ahora en adelante, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu. Bien pronto se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo.

Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oir la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos.

El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre. Juan salta de gozo y María se alegra en su espíritu. En el momento que Juan salta de gozo, Isabel se llena del Espíritu, pero, si observas bien, de María no se dice que fuera llena del Espíritu, sino que se afirma únicamente que se alegró en su espíritu (pues en ella actuaba ya el Espíritu de una manera incomprensible); en efecto, Isabel fue llena del Espíritu después de concebir; María, en cambio, lo fue ya antes de concebir, porque de ella se dice: ¡Dichosa tú que has creído! Pero dichosos también vosotros, porque habéis oído y creído; pues toda alma creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras.

Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde la castidad con una pureza intachable.

Toda alma, pues, que llega a tal estado proclama la grandeza del Señor, igual que el alma de María la ha proclamado, y su espíritu se ha alegrado en Dios Salvador.

El Señor, en efecto, es engrandecido, según puede leerse en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor. No porque con la palabra humana pueda añadirse algo a Dios, sino porque Él queda engrandecido en nosotros. Pues Cristo es la imagen de Dios y, por esto, el alma que obra justa y religiosamente engrandece esa imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido creada, y, al engrandecerla, también la misma alma queda engrandecida por una mayor participación de la grandeza divina.

María proclama la grandeza del Señor por las obras que ha hecho en ella

San Beda el Venerable, presbítero. Homilías (Libro 1,4: CCL 122,25-26.30)

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.

Proclama la grandeza del Señor el alma de aquel que consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios y, con la observancia de los preceptos divinos, demuestra que nunca echa en olvido las proezas de la majestad de Dios.

Se alegra en Dios, su salvador, el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna.

Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno.

Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. No se atribuye nada a sus méritos, que toda su grandeza la refiere a la libre donación de aquel que es por esencia poderoso y grande, y que tiene por norma levantar a sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes.

Muy acertadamente añade: Su nombre es santo, para que los que entonces la oían y todos aquellos a los que habían de llegar sus palabras comprendieran que la fe y el recurso a este nombre había de procurarles, también a ellos, una participación en la santidad eterna y en la verdadera salvación, conforme al oráculo profético que afirma: Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán, ya que este nombre se identifica con aquel del que antes ha dicho: Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

Por esto se introdujo en la Iglesia la hermosa y saludable costumbre de cantar diariamente este cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina, ya que así el recuerdo frecuente de la encarnación del Señor enardece la devoción de los fieles y la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los corrobora en la solidez de la virtud. Y ello precisamente en la hora de Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y las múltiples preocupaciones del día, al llegar el tiempo del reposo, vuelva a encontrar el recogimiento y la paz del espíritu.