¡Qué alegría que hoy se publique el número 200 de nuestro boletín “EN CAMINO”! Felicito con todo cariño a las autoras del mismo que semana tras semana nos informan y acompañan.
Me parece que es un momento adecuado para compartir con los lectores mi experiencia en Vida Ascendente.
Desde niña yo sentía veneración por las personas mayores, pero nunca imaginé que Dios me llamaría a una misión de ayuda y acompañamiento espiritual a las mismas. Nada hacía pensar que mi profesión de maestra, que ejercí con niños y jóvenes, y mi posterior dedicación a la política, durante más de tres lustros, darían paso a una nueva vocación, una llamada del Señor, que me llevó a pertenecer a Vida Ascendente.
Hace veinte años, existía un grupo de Vida Ascendente en mi parroquia (del que sólo sabía que se reunían periódicamente); iban a participar, según me dijo la animadora, en la romería diocesana de final fe curso, en la aldea donde se ubica la ermita de la Virgen de Zocueca. Como algunas personas no podían subir al autobús me pidieron que las llevara en mi coche, lo hice encantada y me quedé a la Eucaristía para poder trasladarlas, después, al restaurante.
Cuando intentaba volver, supe que allí mismo se celebraba la Asamblea Anual, a la que me invitaron a quedarme. Viví con asombro la sencillez de un encuentro amistoso, la humidad con que se daba cuenta de los logros, el ánimo de los responsables que transmitían entusiasmo a los asistentes y la dicha de sentirse hijos amados de Dios, capaces de evangelizar con el testimonio de sus vidas.
No me preocupó saber a qué edad se empezaba a pertenecer al movimiento, ni que obligaciones se iban a derivar de mi incorporación, sólo me dije: <Yo quiero pertenecer a Vida Ascendente>. Fue un amor a primera vista
Pasé a formar parte del grupo, unos meses después asistí a un encuentro de formación de animadores en Madrid donde, de nuevo, experimenté la calidez de la acogida, sentí la fe y la entrega de los participantes y se confirmó mi decisión de entregarme al movimiento. Desde entonces he tenido distintas responsabilidades de servicio, y doy gracias a Dios por su llamada. Mi forma de vivir mi fe, de seguir a Jesús, el Señor, de ser cristiana en esta época de mi vida, está ligada al movimiento. ¡Cuánto me ayuda a percibir la ternura de Dios, a sentir la fragilidad de los mayores, la necesidad de escucha y acompañamiento en las cuestiones humanas y espirituales!
Vida Ascendente y Cáritas, en la que también estoy implicada, llenan mi vida y me colman de alegría.
El Señor me sedujo y me dejé seducir… (Jr,20, 7) Me siento una persona afortunada que estoy donde quiero estar, que vivo una vejez intensa, que disfruto acompañando a los mayores, a los de mi edad, y que aprendo a diario de la reciedumbre de su fe, de su entrega, de su sabiduría, de su espíritu de sacrificio, de su amistad sincera.,
Como decía S. Juan Pablo II: “Los mayores sois una bendición para el mundo y un tesoro para la Iglesia”
Yo doy gracias al Señor, que me ayuda a reconocer su ternura compartiendo mi vida con los miembros de Vida Ascendente.
Acabo con una reflexión en forma de preguntas:
¿Somos conscientes del don que el Señor nos ha otorgado al pertenecer al movimiento?
¿Pensamos que Dios confía en nuestro esfuerzo y compromiso para llevar esta bendición a muchos mayores, y que si no lo hacemos nadie lo hará por nosotros? ¡Mucho ánimo!
Con todo mi cariño
Mª Dolores Núñez García
