“Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero” (Is42,1)
“Mirarán al que traspasaron” (Zac 12,10; Jn 19,13)
“Mirad el árbol de la cruz,
donde estuvo clavada la salvación del mundo”
Mirar a Cristo. Pero no con una mirada ligera, sino profunda, atenta, amorosa. Mirar a Cristo, no sólo con los sentidos, sino con toda el alma, con todo nuestro ser, con toda nuestra atención.
En esta mirada de la fe, que nos pide el profeta, se concentra, queridos hermanos, toda la respuesta que el creyente puede dar a la acción misericordiosa de Dios en nuestra vida y en nuestra historia como personas y como Iglesia.
La celebración de los misterios cristianos requiere siempre esa mirada atenta, esa contemplación amorosa. Pero durante estos días santos la celebración de los misterios de nuestra salvación requiere una atención mayor. Vamos a celebrar los misterios fundamentales de nuestra salvación, vamos a contemplar la mayor de las muestras de amor que Dios, nuestro Señor, ha obrado en nuestra historia. Por eso, queridos hermanos, nuestras primeras disposiciones ante estos días santos deben ser la atención y el amor.
La atención requiere un esfuerzo, y ¡un esfuerzo difícil ciertamente! Sobre todo para nosotros, que nos hemos acostumbrado a escuchar muchos mensajes, muchas noticias, y que la mayoría de las veces no nos impresionan, es decir, no hacen presión ni mella en nuestra alma. La atención religiosa, que debe ser nuestra primera actitud en estos días santos, consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable a Dios, en disponerlo para recibir en su verdad desnuda el mensaje de la cruz.
El amor religioso es un paso más. Consiste en una vinculación afectiva, vital, existencial con aquello que celebramos, o mejor aún, con aquel a quien celebramos. Significa un meterse dentro, una participación en la cruz de Cristo, un morir con Cristo para ser resucitados con Cristo.
En cristiano, la atención religiosa y el amor religioso tienen un nombre propio: “oración”. La belleza de la liturgia, cargada estos días de símbolos y ritos que intentan expresar lo que con las palabras no podemos entender ni decir, la fuerza de la Palabra de Dios, la celebración de los oficios, y también, ¿por qué no?, la participación en las manifestaciones de religiosidad popular de nuestros pueblos son un camino para vincularnos atenta y amorosamente a Cristo muerto y resucitado. Mirar a Cristo, ese deber ser nuestro objetivo siempre pero muy especialmente durante estos días.
La Sagrada Escritura, retrata perfectamente el modelo de creyente que mira a Cristo con atención y con amor.
El retrato de la mirada amorosa a Cristo ante su Pasión lo encontramos en el evangelio: es María, la hermana de Lázaro y Marta. Todos conocemos el relato lucano que presenta a María a los pies de Jesús escuchando su palabra (Lc 10,39). En el evangelio de san Juan, aparece “tomando una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, y ungiendo a Jesús los pies y enjugándoselos con su cabellera” (Jn 12,3-4). Y ante la crítica de Judas Iscariote, despiadada, aunque, eso sí razonable desde los criterios de este mundo, Jesús debe defenderla. Esa defensa aparece aún más explícita en el evangelio de Lucas. En una situación parecida dice Jesús: “¿Ves a esta mujer? Cuando entré no me diste agua para lavarme los pies, pero ella ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso de la paz, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste con aceite mi cabeza, pero ella ha ungido mis pies con perfume. Te aseguro que si da tales muestras de amor es que se le han perdonado sus muchos pecados; en cambio, al que se le perdona poco, mostrará poco amor.” (Lc 7,44-47)
El otro ejemplo, el de la mirada atenta a Cristo es aún más impactante. ¿Sabéis a quien me refiero? El modelo de atención en Cristo es… ¡el centurión romano! Dice el evangelio de san Marcos, justo después de relatar la muerte de Jesús: “El centurión que estaba mirando a Jesús, al ver que había expirado de aquella manera, dijo: -Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.” (Mc 15,39).
El evangelio quiere contraponer la mirada de los judíos que se burlan del crucificado a la mirada del centurión pagano que descubre la identidad de Jesús en el momento y en el lugar más insospechado: en la cruz.
El centurión no pasó por alto los detalles: estaba donde tenía que estar, y aun antes de la resurrección, en el Gólgota, en el momento de la derrota y del fracaso, después del abandono del Padre, en el instante mismo de la muerte, un pagano vislumbra y confiesa la verdadera identidad del crucificado, aquello que lo define en lo más intimo de su ser: su filiación divina. Ni en los sermones de Jesús, ni en sus acciones, ni siquiera en sus milagros, nadie descubre esa realidad; ahora, en la cruz, la atención de un hombre ha sabido captar, lo que para él y para todos se convierte en buena noticia de salvación.
“Mirarán al que traspasaron”. Ahí radica el secreto de nuestra actitud religiosa en estos días santos. No volvamos la vista. No perdamos la oportunidad de contemplar y amar el misterio de nuestra redención.
