MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILISRIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 7.-SÁBADO SANTO

Ya todo ha terminado, Redentor, duerme,

entra en el descanso merecido, lavaremos tu cuerpo tan herido

con lágrimas y ungüentos de dolor.

 

Besamos tus heridas, mi Señor, a tus

pies con un beso arrepentido, a tus

manos con beso enternecido, tu

pecho con pasión y con amor.

Y ahora te sembramos en el huerto,

esperando que sea primavera;

lleva ya el Evangelio a los que han muerto,

devuelve al viejo Adán su luz primera;

y no tardes en volver a nuestro puerto,

que estamos impacientes… a la espera.

 

Según las Escrituras Dios descansó de su trabajo de la creación el sábado (Gén 2,2). Así ese día se convirtió en el día de la Alianza del Antiguo Testamento en la tradición judía (Éx 20,8-11). Jesús, que vino a dar vida en abundancia (Jn 10,10), había aprovechado siempre el sábado para hacer el bien (Mc 3,1-6), lo cual le trajo no pocos problemas con las autoridades judías, y en última instancia sería uno de los motivos de su condena. Pero él quería darle todo su sentido y plenitud a la Ley (Mt 5,17).

Ahora este sábado santo de la muerte del Señor, el cuerpo de Cristo descansa en el sepulcro, pero su espíritu ha bajado al sheol (a los infiernos, o lugar de los muertos) para rescatar a los hijos de Adán en prisión (1 Pe 3,19), llevando su obra de salvación sobre toda la humanidad, incluso sobre aquellos que habían muerto antes que él, trascendiendo su salvación el espacio y el tiempo, y las coordenadas de la vida y de la muerte. Es lo que nosotros confesamos en el Credo: “fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos…

Mientras Cristo rescata a todos en ese gran trabajo del sábado santo, ¿dónde están los demás?

Los saduceos y los sumos sacerdotes consideran que han terminado con el embaucador que ponía en peligro sus pequeños intereses políticos y económicos, como miembros de la alta casta sacerdotal judía.

Los fariseos y los escribas se han quedado tranquilos también; habían acabado con el blasfemo que ponía en peligro la Ley de Moisés y las tradiciones de los padres. Para ambos grupos Jesús había tocado el centro de su tradición religiosa y espiritual.

Los celotes andarían decepcionados. El galileo nunca se había identificado con ellos, pero podrían haberlo manipulado en pro de sus intereses políticos y revolucionarios, tal y como hacen muchos hoy en diversas algaradas. Este nazareno no les había durado nada, ni un asalto; aunque quizás alguno al menos estaría satisfecho por la liberación de Barrabás… ese sí podría hacer algo más por su violenta causa.

Las masas que antaño habían seguido a Jesús, que incluso lo acogieron como rey e hijo de David en Jerusalén unos días antes, estarían desconcertadas ante su error al haber proclamado Mesías a alguien tan efímero.

Los sanados por él durante su ministerio público y todos aquellos que habían puesto algo de esperanza en él no dejarían de mostrar su perplejidad: esperaban que él fuera el futuro liberador de Israel, y ya se ve… nada de nada (cf. Lc 24,19-21). Sólo José de Arimatea se atrevió a pedir su cuerpo para darle piadosa sepultura, junto algunas mujeres.

Pilato y los romanos, insensibles, habían permitido la muerte de un inocente, pero habían evitado una revuelta mayor. Se habían lavado las manos y mirado a otra parte. Con ellos –pensaban- no iba el asunto.

Los apóstoles escondidos y con miedo (Jn 20,19), participes no sólo de la desesperación por la pérdida de un maestro y amigo, sino temerosos de seguir ellos mismos sus pasos. De Pedro sabemos cómo llegó a negarle, los demás ni aparecieron siquiera por el calvario, salvo el joven Juan. ¡Qué terrible el miedo que paraliza!

¿Y María? Ella sí había estado junto a la cruz de Jesús (Jn 19,25). Lo había acogido en sus brazos y asistiría con toda amargura a su entierro. Este sábado permanecía en silencio, tratando de asimilar el sentido de la muerte de su Hijo, que ella bien sabía era Hijo de Dios y Salvador (Lc 1,32). María

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entre el sinsentido, el dolor de esa espada que atravesaba su alma (Lc 2,35) y la fe y la esperanza en que Dios no podía haber abandonado definitivamente a su Hijo. ¿Qué sentiría, qué esperaría María el sábado santo? Acercarnos a ella será la mejor vivencia de este día.

¿Y nosotros? Esa es la pregunta clave. Tú y yo. ¿Qué esperamos el sábado santo? Durante toda la Cuaresma hemos preparado la Pascua con esmero. Se supone que hemos hecho oración, sacrificio y caridad… -y estación de penitencia en muchos casos- para adentrarnos en el sentido de este sábado sin perder la esperanza como María… Y sin embargo parece que todo ha terminado el viernes santo…

¡Y no es así!. Este sábado se siembra en la tierra el grano de trigo que muere y que dará mucho fruto desde hoy mismo. ¿Nos lo vamos a perder? ¿No vamos a ser gavillas de su cosecha? ¿Para qué la Cuaresma si desde hoy no empezamos a vivir la Pascua?

Cristo este sábado descansó en su cuerpo, pero su espíritu estaba rompiendo las cadenas de la muerte desde dentro. No rechazó meterse hasta en lo más duro de nuestra existencia y de nuestra muerte para liberarnos del pecado y de la muerte. Este sábado santo Cristo ha llegado a lo más hondo para elevarnos a lo más alto. Nosotros, como María, esperemos… Dios siempre hace las cosas bien.