SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

Visto para sentencia

Visto para sentencia…

el “juicio sumarísimo” que hacemos unos de otros,

dejándonos llevar por fobias y filias o por ideologías,

sin margen para la presunción de inocencia;

justamente lo contrario a como Dios actúa con sus hijos,

con paciencia, compasión y misericordia

perdonándonos una y mil veces

y manteniéndonos su amor incondicional

“porque el Señor es, con los que le honran,

tan tierno y compasivo como un padre con sus hijos;

pues sabe bien de qué estamos hechos:

sabe bien que somos polvo” (Sal 103,13).

Visto para sentencia…

en el “juicio final personalizado”,

en el momento de pasar de la dimensión terrenal a la celestial,

como el caso de uno de los dos malhechores

que, como Jesús, estaba colgado en la cruz.

Así fue la escena del juicio:

“Uno de los malhechores insultaba a Jesús, diciéndole:

-¡Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros!

pero el otro le reprendió, diciendo:

-¿No temes a Dios, tú que estás sufriendo el mismo castigo?

Nosotros padecemos con toda razón,

pues recibimos el justo pago de nuestros actos,

pero éste no ha hecho nada malo.

Luego añadió:

-Jesús, acuérdate de mí cuando comiences a reinar.

Jesús le contestó:

-Te aseguro que “hoy” estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,39).

¡Breve, ejemplar y esperanzador juicio!

Visto para sentencia…

el “juicio final” que escenifica san Mateo en su evangelio (Mt 25,31),

tan espectacular y fantástico como el que pintó Miguel Ángel

en la Capilla Sixtina,

y en ambos casos, muchas personas ven a Dios como un “juez contable”

que valora, con meticulosidad, el comportamiento de sus hijos

y “salva” a unos y “condena” a otros.

Con su imaginativo relato, el evangelista quiere decirnos

que, según el Espíritu de Jesús, nuestra vida

está íntimamente unida a la “buena relación” con los demás

y señala una serie de “obras de misericordia”

que todos deberíamos hacer por humanidad

y porque es como si se las hiciéramos al Señor en persona.

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer,

o con sed y te dimos de beber?, ¿cuándo llegaste como extranjero

y te acogimos, o desnudo y te vestimos?,

¿cuándo estuviste enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

El Rey contestará: Os aseguro que todo lo que hicisteis

por estos hermanos míos más humildes,

por mí lo hicisteis” (Mt 25,37).

Visto para sentencia…

el “juicio sobre las naciones” que san Mateo

describe simbólicamente de esta manera:

“Cuando venga el Hijo del Hombre rodeado de esplendor

y de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso.

Todas las naciones se reunirán delante de Él

y separará a unos de otros,

como el pastor separa a las ovejas de las cabras” (Mt 25,31).

La narración simbólica tiene un doble mensaje:

cuando acabe este mundo ¡y vaya usted a saber cuándo acabará!

Dios será el “único y verdadero Rey del Universo”

y todos, todos, todos seremos súbditos de su reino.

“El encuentro con Dios en la muerte

prolonga nuestra decisión a favor de Dios y de su amor

y nos conduce a la separación de nosotros mismos.

Ante Dios reconoceremos cómo hemos actuado en relación a Él

y en relación a los demás, y en este proceso de reconocimiento

debemos pensar en lo que tiene que ser excluido de nosotros

para que lleguemos a ser uno con Dios” (Anselm Grün).

Visto para sentencia…

el hecho de tener que optar no solo por la vida “eterna”

sino también por la vida “aquí y ahora”,

tal y como Jesús, “juez del universo”, propone.

Dios no quiere que ningún hijo suyo se “pierda”,

porque sería un fracaso para Él y eso es inconcebible.

Él va en busca de la oveja perdida

y no parará hasta encontrarla (Lc 15,3),

dice que “hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte,

que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc 15,7);

y pone como ejemplo al “padre bueno” que organiza una fiesta

para celebrar la vuelta a casa de su hijo “perdido”

“porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir;

se había perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15,24).

¡Este “padre bueno” es la viva imagen de nuestro “Padre Dios”!

“El Señor es tierno y compasivo;

es paciente y todo amor.

No nos reprende sin término,

ni su ira es eterna;

no nos ha dado el pago que merecen

nuestras maldades y pecados;

tan inmenso es su amor por los que le honran

como inmenso es el cielo sobre la tierra” (Sal 103,8).

Julián del Olmo

Domingo, 19 de abril de 2026