MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 6.- VIERNES SANTO

La liturgia de estos días nos invita, como decíamos hace unos días, a mirar a Cristo con atención y amor. Pero cuando miramos ¿a quien vemos? ¿Quién es Cristo para nosotros? ¿Quién decimos que es Cristo para nosotros? Las respuestas pueden ser varias y distintas según las circunstancias personales de cada uno; pero, en cualquier caso, no podemos olvidar que Cristo es “el que fue crucificado”.

Es fácil admirar a los hombres y mujeres que destacan y brillan por cualquier motivo, es fácil situarse detrás de líderes fascinantes, la vida de los famosos se vende en las revistas, ¿pero quién conoce el nombre de los crucificados de nuestro mundo? ¿Quién se interesa por la suerte  de los marginados? Y sin embargo, Cristo estuvo entre ellos. El cristiano no puede dejar de lado la cruz del Señor. La cruz fue el suplicio de Jesús y…, ¡es la marca del cristiano!. ¿Por qué pues hemos hecho de la cruz un simple adorno, una joya para nuestros cuellos, una imagen de nuestras iglesias? ¿Por qué olvidamos tan fácilmente el mensaje y la vida de la cruz? Decimos muy fácilmente que el cristiano es el discípulo de Jesús, que nuestra vida es el seguimiento de las huellas del Señor. Pero cuando en ese seguimiento aparece la sombra de la cruz… ¡ay!… ¡qué pocos continúan! ¡Cuánto nos parecemos a aquella semilla que cayó en terreno pedregoso, que brota enseguida, pero que al llegar la tribulación, sucumbe! ¡Qué poco cuenta la cruz en nuestros planes personales y/o pastorales!

Y sin embargo, Cristo, de quien decimos que es nuestro Señor, está en la cruz. «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alardes de su categoría de Dios». Cristo era Dios, pero se presentó como un hombre cualquiera. Más aún, ni siquiera hizo alardes de su categoría. Nosotros no somos, pero alardeamos. Qué bien se nos podría aplicar el refrán: «Dime de lo que presumes, te diré de lo que careces». La vida de Jesús es paradigmática para nosotros. Pero en este sentido, y más aún que la vida, el modelo para nosotros es su propia muerte: «Y así, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte» e inmediatamente Pablo añade de su puño y letra: «y muerte de cruz». No una muerte cualquiera, sino la destinada a los malhechores, a los delincuentes, a los revolucionarios. ¿Quién podría pensar que el crucificado era el salvador del mundo? ¿Quién podría pensar que en la cruz estaba clavada la salvación del mundo?. El escándalo de la cruz. «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos» (1 Cor 1,23). Así expresa Pablo la reacción espontánea de todo hombre puesto en presencia de la cruz redentora. Los discípulos lo abandonaron y huyeron. ¿Y nosotros? ¡Cuántas veces hemos dulcificado el mensaje de la cruz!, ¡cuántas de nuestras homilías, de nuestras catequesis, de nuestros consejos han olvidado la cruz, y nos hemos quedado en moralinas y beaterías! ¡No terminamos de creer que la cruz está en el designio salvífico de Dios! Ojalá a nosotros se nos abrieran los ojos, como a los discípulos de Emaús, para saber reconocer al crucificado. Ojalá comprendiésemos que el conocimiento de la cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1,18-24). Pablo exhortaba a todas sus comunidades a someterse al mensaje de la cruz, a tener un modo de pensar y actuar caracterizado por la cruz de Cristo; exhortación a abandonar el poder, la fama, los privilegios los propios intereses, como él mismo lo hizo. Quien no lo hace así, quien va tras lo terrenal y cuyo caminar no está movido por el mensaje salvífico de la cruz es, según nos dice Pablo en la carta a los Filipenses, enemigo de la cruz de Cristo: «su final será la perdición, su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y sólo piensan en las cosas de la tierra» (Flp 3,17-19).

Pero nosotros los cristianos, debemos ser los amigos de Jesús, y por tanto, amigos de la cruz. Es la invitación que Jesús nos hace en el Evangelio:

«El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga» (Lc 9,23)

«Cargar con la cruz» significa hacer el mismo camino que Jesús y ello comporta tres grandes exigencias: el discípulo debe, en primer lugar, negarse a sí mismo, es decir, convertirse de raíz, renunciando a sus propios criterios humanos para asumir los criterios de Dios, que no pocas veces trastocan nuestros juicios y valoraciones. En segundo lugar, debe proyectar su vida en términos de donación, no de posesión; el que apuesta toda su existencia por el tener queda empobrecido en el ser; sólo una vida de entrega y solidaridad es vida en plenitud, porque en su entramado más profundo el hombre está hecho de amor. El discípulo, en tercer lugar, debe testimoniar valientemente su fe, incluso cuando ello le acarree burlas, ultrajes y persecuciones; la fe es una fuerza que ha de regir toda la existencia del cristiano, y no es posible deshacerse de ella a la hora de la prueba.

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La cruz, la auténtica, siempre ha sido y será escándalo y necedad. Sólo los humildes y los crucificados pueden entenderla. Y quien la entienda y la viva será el auténtico cristiano.

Padre, ilumina nuestra vida con la luz de Jesús.

No vino a ser servido, sino a servir.

No permitas que desfiguremos el rostro auténtico de Jesús.

No dejes que, cobardemente, rehuyamos la cruz. La cruz es dura, y no la soportamos, por eso, danos tu gracia, sé, hoy, nuestro cireneo, oh Señor.

Que nuestra vida sea como la de él: servir.

Grano de trigo que muere en el surco del mundo.

Oh, Jesús, Buen Señor,       que das la vida por los hombres,          permítenos asociarnos al misterio de tu cruz.  No permitas que la dispersión nos venza,      que la apatía nos conquiste.

Haz que tu palabra ilumine y caldee nuestro ánimo,         y que la celebración de tus misterios     nos llene del gozo de tu salvación.  Tú nuestro señor crucificado. Amen.

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 5.- JUEVES SANTO

 1.-«Dios es amor» (1 Jn 4,8). «No hay mayor amor que dar (entregar) la vida por los hermanos» (Jn 15,13).

Nos adentramos, queridos hermanos el Misterio Pascual, centro de toda la liturgia, que a la vez es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. Todo ello dentro de un contexto: la misericordia, el amor entrañable con que Dios nos ama: «él que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (hasta el fin) (Jn 13,1); y Pablo decía: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20).

Hoy es Jueves Santo, y de un modo muy particular celebramos el amor de Dios en tres momentos particulares: Su amor se ha quedado entre nosotros primero en la Eucaristía y después en el sacerdocio, sacramentos instituidos por Jesús en su última cena, y en tercer lugar hoy es el día del amor fraterno. Estos tres nacen del amor de Dios.

La institución de la Eucaristía

«Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada en mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía». (1 Cor 11,23-25). 

Palabras sublimes. Así narraba san Pablo la institución de la Eucaristía treinta años después de la noche de su Pasión. Ya en las comunidades cristianas nacientes se celebraba la Eucaristía, y esta era el centro de la vida cristiana, el momento cumbre para el encuentro con el Señor.

Para nosotros, la cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados en sacrificio para la redención de los hombres.

En sus veinte siglos de existencia, jamás la Iglesia ha dejado de celebrar la eucaristía. La eucaristía es la vida de la Iglesia. «La eucaristía hace a la

Iglesia, y la Iglesia hace la eucaristía» en la feliz expresión conciliar. En la eucaristía se nos hace realmente presente el Señor bajo las especies de pan y vino, porque quiere compartir nuestra vida, nuestros gozos y también nuestras penas, pero lo que es más importante quiere compartir su vida con nosotros, quiere dársenos, regalarse a nosotros. La eucaristía es el sacramento del amor, porque recuerda el mayor amor que jamás haya podido darse entre los hombres: la entrega definitiva de Jesús por nosotros. «Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam?» (Después de esto, hijo mío, que más puedo hacer por ti). ¡Nada, Señor, ya lo has hecho todo por nosotros!. El sacrificio de la cruz, cuyo memorial, recuerdo y presencia, hacemos en el sacrificio de la eucaristía es el cenit de la obra salvadora de Dios. Ninguna oración, ningún sacrificio, ninguna actitud religiosa puede compararse al gesto de Cristo, entregado en amorosa obediencia al Padre, en nombre de todos sus hermanos. La eucaristía es el sacramento del amor de Dios.

La institución del sacerdocio

La noche del jueves santo mandó el Señor a sus apóstoles hacer la eucaristía en memoria suya, y les dio sus últimas consignas: vivir unidos, en la ley del amor, para dar fruto en medio del mundo.

La presencia del sacerdote es signo de la presencia de Jesús en medio de su Iglesia. El sacerdote hace las veces de Cristo, cabeza, siervo y pastor en medio de la comunidad, para la comunidad, desde la comunidad. Por los apóstoles y por los que en el futuro desempeñaría su función oró el Señor en esta noche santa: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros…Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno… Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo…» (Jn 17).

Anunciar la Palabra de Dios, santificar al pueblo cristiano, apacentar la grey de Dios que nos ha sido confiada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios, no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando sino siendo modelos, es la tarea que el Señor encomendó los suyos en este día grande (cf. 1 Pe 5,1-4). Así, el sacramento del orden es también sacramento del amor de Dios que no abandona a su pueblo.

Día del amor fraterno

Si con ese amor definitivo, que llega hasta el extremo, hasta entregar su vida en la cruz, nos amó Jesús, entonces podemos estar confiados y acercarnos con seguridad al trono de la gracia para alcanzar misericordia. Si así nos amó Jesús, también nosotros debemos amarnos. El signo de nuestro amor es la cruz.

Es en la cruz de Jesucristo donde se nos revela el amor de Dios y es en las cruces de cada día, en las propias o en las ajenas, donde debemos hacer presente el amor de Dios.

No lo olvidemos: Cristo está presente y crucificado en «sus pequeños»: en los ancianos, los que vemos por la calle, o los internados en el asilo; en los presos, en los faltos de libertad; en los enfermos;  en los emigrantes y en los exiliados; en los parados; en los que carecen de pan, o de cultura; en los pecadores, o en los que carecen de formación o de vida cristiana; en el hermano sólo y «etiquetado» con nuestras críticas, que vive a nuestro lado…

En ellos está la cruz de nuestro siglo: la cruz en la que nosotros debemos de gloriarnos. En ellos se repite hoy, de algún modo, como hace veinte siglos la escena del calvario. Rechazarlos es rechazar a Jesucristo (cf. Mt 25,30ss): traicionarlos es hacer lo que en otro tiempo hizo Judas; negarlos y abandonarlos es tomar la postura de Pedro y de los apóstoles; acusarlos sería repetir la escena del Sanedrín; ignorarlos es lavarse las manos como Pilato.

Ciertamente, sólo la cruz de Cristo tiene un valor salvífico definitivo, sí. Y este valor salvífico, este regalo de la salvación lo hacemos presente y eficaz en la Eucaristía y en los sacramentos, ¡es verdad!. Pero no menos verdad es aquello de «lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos conmigo lo hicisteis» o aquello otro de que «nosotros completamos en nuestra carne lo que falta a la pasión de Cristo», o aquello de que la voluntad de Dios es «que se abran las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no cerrarse al la propia carne» (cf. Is 58,6).

Hoy es el día del amor fraterno: sería bueno revisar nuestras actitudes,  fomentando las muchas cosas buenas que tenemos, convirtiéndonos hacia la

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 4.- MIÉRCOLES SANTO

Miércoles santo. Día previo a la entrega del Señor por amor en la Eucaristía y en el Sacrificio de la Cruz. Todo está a punto.

El evangelio de este día se centra en los preparativos de la Pascua del Señor y en la traición de Judas Iscariote. Es difícil entender el motivo de tal traición: cómo se abandona al amigo que lo ha elegido para un gran servicio, como se le entrega con total deslealtad. Es desconcertante para todos y a la vez una llamada de atención para todos nosotros.

Nos podemos preguntar por el motivo de ese comportamiento. Hay varias hipótesis. Algunos recurren a la avidez por el dinero; otros dan una explicación de carácter mesiánico: Judas, probable zelota, habría quedado decepcionado al ver que Jesús no incluía en su programa la liberación político-militar de Israel.

Benedicto XVI apunta otro aspecto más profundo siguiendo el evangelio de Juan: «el diablo  había  puesto en el  corazón  a  Judas  Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo» (Jn 13,2); de manera semejante, Lucas escribe: «Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce» (Lc 22,3). De este modo, se va más allá de las motivaciones históricas y se explica lo sucedido basándose en la responsabilidad personal de Judas, que cedió miserablemente a una tentación del Maligno. En todo caso, la traición de Judas sigue siendo un misterio –dice el papa-. Jesús lo trató como a un amigo (cf. Mt 26,50), pero en sus invitaciones a seguirlo por el camino de las bienaventuranzas no forzaba las voluntades ni les impedía caer en las tentaciones de Satanás, respetando la libertad humana.

El corazón de Judas se ha pervertido. Ya no ama a quien lo ha amado a él. Es difícil imaginar sus sentimientos. Donde Jesús había dicho pobreza y humildad, Judas ha dicho egoísmo; donde Jesús había puesto mansedumbre y afabilidad, Judas ha preferido el rencor; donde Jesús había puesto consuelo para los afligidos, Judas ha preferido mirar a otro lado; donde Jesús hablaba de justicia, Judas considera más eficaz la venganza; donde Jesús hablaba de misericordia, Judas no sabe del perdón; donde Jesús purificaba la limpieza del corazón, Judas no tiene más ojos que para el mal pensamiento y la maldición; donde Jesús construía paz, Judas destruye con el desorden y la violencia…

Judas ya no mira con los ojos de Jesús. En su ceguera piensa que tiene más luces que el Señor. ¡Ay! ¡Cuantos ciegos en nuestro mundo! ¡Cómo desde la ceguera se engendra odio y traición! ¡Ay! ¡Cuantos ciegos guiando a otros ciegos! ¡Cuánta mentira disfrazada de buenas intenciones! Quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Judas es descubierto en su propósito. Pero lejos de arrepentirse y cambiar a tiempo sigue con sus malos pensamientos. Todo podía haber quedado en la tentación, en un mal paso… pero la tentación sigue… y crece… y engendra traición. Con un beso entregará al Maestro, al amigo. ¡Con un beso!

¡Hay tantos Judas en nuestro mundo!, ¡tantos malos propósitos, tantas mentes ciegas, tanto corazón torcido!, ¡tantos besos falsos! Jesús fue y es traicionado. Tú y yo somos traicionados. Tú y yo a veces somos traidores. Pero no caigamos en la desesperanza: es posible cambiar, es posible hacer las cosas mejor, es posible desechar los malos propósitos, es posible dar pasos hacia la luz. ¡Es posible! Mañana es Jueves Santo, día del amor fraterno, día del servicio fiel, día de la Eucaristía, día de la entrega por amor: ¡es posible… con Jesucristo!

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 3.- MARTES SANTO

Martes Santo. El anuncio de la traición de Judas y de las negaciones de Pedro (cf. Jn 13,21-38). En el evangelio de Juan, de donde está sacado el pasaje que hoy se lee en la santa Misa, Jesús aparece siempre controlando la situación: Él es el Señor. Toda la Pasión está en el plan redentor de Dios. Jesús obediente, entra en ese plan pero sabe que todo está en las manos de Dios: es su Hora, el momento de su glorificación.

Pero humanamente hablando cuánto dolor debió sentir nuestro Señor al saber quién lo iba a traicionar, quién lo iba a negar, quienes lo iban a abandonar. Y sin embargo se entrega a ese plan sin dejar de amar a estos “amigos”. El evangelio habla de un Jesús profundamente conmovido. No es para menos. Meditamos poco en este dolor del Señor: el dolor de la amistad traicionada.

Judas y Pedro, y también los demás discípulos, por diversos motivos y de diversas formas abandonan al Señor en estos momentos clave. No son mejores que nosotros cuando abandonamos al Señor, ni nosotros somos peores que ellos por nuestros pecados. Jesús mismo sabe que somos pecadores, débiles y traicioneros, y sin embargo no deja de amarnos, de conmoverse por nosotros.

Ahora está la reacción de cada uno… Judas terminará desesperando; Pedro arrepintiéndose y confesando nuevamente su amor por Jesús. ¿Y tú y yo? ¿Cómo reaccionamos? Miremos siempre a Cristo que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 33,11). Su mirada es de compasión, para decirte: álzate de nuevo; no te quedes en tu pecado; mira que hago las cosas nuevas (Ap 21,5).

Jesús afronta su Pasión solo, abandonado de todos… la duda le habrá podido asaltar: ¿habrá valido la pena todo su trabajo? Es la pregunta que nos hacemos todos ante nuestros fracasos: ¿ha valido la pena tanto esfuerzo? Y podemos tener la tentación de tirar la toalla. Jesús, el Siervo de Yahveh, ante el abandono de sus discípulos y lo que está por venir pudo hacerse estas mismas preguntas: ¿Ha valido la pena? “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas” (Is 49,4) Incluso aquellos en los que más amor ha puesto, a los que más tiempo ha dedicado, a los que les explicaba las cosas en privado, no han entendido nada, le fallan es esta Hora decisiva.

Jesús debió hacer un gran esfuerzo por sobreponerse al desaliento del abandono y confiar en la tarea encomendada. Volver a confiar, esa es la tarea; reforzar la confianza en el Dios que nos sostiene: “En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.” (Is 49,5).

Dios será su único valedor, su único sostén a partir de ese momento. El cántico segundo del Siervo de Yahveh, que leemos hoy, enfatiza estas ideas.

En estas circunstancias de abandono y soledad, de duda y de necesidad de afianzar la fe, nosotros tenemos el ejemplo luminoso de Jesús en su Pasión. Pero sólo quien ha intimado mucho con Dios también en los momentos de gozo sabrá ver su presencia en los de desolación. Una de las tentaciones que tenemos nosotros es abandonar también, pagar con la misma moneda a aquellos que nos han dejado. ¡Qué difícil ver la mano de Dios en estos momentos! ¡Qué agria la soledad y la traición! Y es ahora cuando, si rebuscamos en el fondo de nuestro corazón el Señor te vuelve a decir: ¡No estás sólo! ¿Acaso no soy yo tu padre?. ¡Qué dura la prueba sin Dios! Pero con Dios… Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,13). O como dice la lectura de este día: me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba (Is 49,2).

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 2.- LUNES SANTO

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero” (Is42,1)

“Mirarán al que traspasaron” (Zac 12,10; Jn 19,13)

Mirad el árbol de la cruz,

donde estuvo clavada la salvación del mundo

Mirar a Cristo. Pero no con una mirada ligera, sino profunda, atenta, amorosa. Mirar a Cristo, no sólo con los sentidos, sino con toda el alma, con todo nuestro ser, con toda nuestra atención.

En esta mirada de la fe, que nos pide el profeta, se concentra, queridos hermanos, toda la respuesta que el creyente puede dar a la acción misericordiosa de Dios en nuestra vida y en nuestra historia como personas y como Iglesia.

La celebración de los misterios cristianos requiere siempre esa mirada atenta, esa contemplación amorosa. Pero durante estos días santos la celebración de los misterios de nuestra salvación requiere una atención mayor. Vamos a celebrar los misterios fundamentales de nuestra salvación, vamos a contemplar la mayor de las muestras de amor que Dios, nuestro Señor, ha obrado en nuestra historia. Por eso, queridos hermanos, nuestras primeras disposiciones ante estos días santos deben ser la atención y el amor.

La atención requiere un esfuerzo, y ¡un esfuerzo difícil ciertamente! Sobre todo para nosotros, que nos hemos acostumbrado a escuchar muchos mensajes, muchas noticias, y que la mayoría de las veces no nos impresionan, es decir, no hacen presión ni mella en nuestra alma. La atención religiosa, que debe ser nuestra primera actitud en estos días santos, consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable a Dios, en disponerlo para recibir en su verdad desnuda el mensaje de la cruz.

El amor religioso es un paso más. Consiste en una vinculación afectiva, vital, existencial con aquello que celebramos, o mejor aún, con aquel a quien celebramos. Significa un meterse dentro, una participación en la cruz de Cristo, un morir con Cristo para ser resucitados con Cristo.

En cristiano, la atención religiosa y el amor religioso tienen un nombre propio: “oración”. La belleza de la liturgia, cargada estos días de símbolos y ritos que intentan expresar lo que con las palabras no podemos entender ni decir, la fuerza de la Palabra de Dios, la celebración de los oficios, y también, ¿por qué no?, la participación en las manifestaciones de religiosidad popular de nuestros pueblos son un camino para vincularnos atenta y amorosamente a Cristo muerto y resucitado. Mirar a Cristo, ese deber ser nuestro objetivo siempre pero muy especialmente durante estos días.

La Sagrada Escritura, retrata perfectamente el modelo de creyente que mira a Cristo con atención y con amor.

El retrato de la mirada amorosa a Cristo ante su Pasión lo encontramos en el evangelio: es María, la hermana de Lázaro y Marta. Todos conocemos el relato lucano que presenta a María a los pies de Jesús escuchando su palabra (Lc 10,39). En el evangelio de san Juan, aparece “tomando una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, y ungiendo a Jesús los pies y enjugándoselos con su cabellera” (Jn 12,3-4). Y ante la crítica de Judas Iscariote, despiadada, aunque, eso sí razonable desde los criterios de este mundo, Jesús debe defenderla. Esa defensa aparece aún más explícita en el evangelio de Lucas. En una situación parecida dice Jesús: “¿Ves a esta mujer? Cuando entré no me diste agua para lavarme los pies, pero ella ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso de la paz, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste con aceite mi cabeza, pero ella ha ungido mis pies con perfume. Te aseguro que si da tales muestras de amor es que se le han perdonado sus muchos pecados; en cambio, al que se le perdona poco, mostrará poco amor.” (Lc 7,44-47)

El otro ejemplo, el de la mirada atenta a Cristo es aún más impactante. ¿Sabéis a quien me refiero? El modelo de atención en Cristo es… ¡el centurión romano! Dice el evangelio de san Marcos, justo después de relatar la muerte de Jesús: “El centurión que estaba mirando a Jesús, al ver que había expirado de aquella manera, dijo: -Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.” (Mc 15,39).

El evangelio quiere contraponer la mirada de los judíos que se burlan del crucificado a la mirada del centurión pagano que descubre la identidad de Jesús en el momento y en el lugar más insospechado: en la cruz.

El centurión no pasó por alto los detalles: estaba donde tenía que estar, y aun antes de la resurrección, en el Gólgota, en el momento de la derrota y del fracaso, después del abandono del Padre, en el instante mismo de la muerte, un pagano vislumbra y confiesa la verdadera identidad del crucificado, aquello que lo define en lo más intimo de su ser: su filiación divina. Ni en los sermones de Jesús, ni en sus acciones, ni siquiera en sus milagros, nadie descubre esa realidad; ahora, en la cruz, la atención de un hombre ha sabido captar, lo que para él y para todos se convierte en buena noticia de salvación.

Mirarán al que traspasaron”. Ahí radica el secreto de nuestra actitud religiosa en estos días santos. No volvamos la vista. No perdamos la oportunidad de contemplar y amar el misterio de nuestra redención.

MEDITACIONES DE NUESTRO CONSILIARIO NACIONAL PARA LA SEMANA SANTA 1.- DOMINGO DE RAMOS

No está el mundo acostumbrado a que un hombre entregue su vida en favor de los demás. A lo que sí estamos acostumbrados es a que unos hombres quiten la vida a otros. No se trata sólo de que recordemos los homicidios, en los que se repite el drama de Caín y Abel. Hay muchas formas de que los hombres arrebaten violentamente la vida a sus semejantes. La humanidad se ha habituado a las guerras, al hambre, al aborto, a la explotación sin tregua, al descarte de los improductivos… Pueblos enteros son exterminados. Los hombres llevamos las manos manchadas de sangre; hay una sed insaciable de sofocar la vida de los demás.

Pero también hay personas buenas en el mundo. Y éstas pesan en la balanza más que todos los que viven del odio y siembran la muerte. No pocos hombres viven preocupados por el bien de todos, exponen su vida por los demás y hasta llegan a perderla. Hay hombres y mujeres que se despojan, que son capaces de vivir en solidaridad, que cargan con todas las vejaciones de los oprimidos hasta perder ante la sociedad el trabajo, la libertad, el poder llevar una vida normal.

La lectura de la Pasión del Señor es una muestra inigualable de que el verdadero camino de la perfección del hombre es el amor a los demás, hasta ser capaz de dar la vida por ellos. La firme convicción de la fe cristiana proclama que quien pierde su vida, la gana para siempre.

Esto es lo que vamos a celebrar en estos días santos. Durante la Semana Santa vamos a acompañar a Jesucristo en el proceso de su pasión, muerte y resurrección. Y sería bueno pararse a pensar sobre el tipo de acompañamiento que le vamos a hacer. Nos podemos quedar como meros espectadores de un drama que sucedió hace muchos siglos, observando la pasión de Cristo con indiferencia, como algo que no va con nosotros. O por el contrario, podemos vivir estos días uniéndonos íntimamente a Jesucristo a través de las celebraciones litúrgicas en las que se manifiesta el amor inmenso con el que Cristo, con su sacrificio en el madero de la cruz, nos ha obtenido para todos la salvación.

El mismo Jesús que dijo “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) ahora nos demuestra con su propio ejemplo que él ha dado la vida por nosotros, que somos sus amigos. La cruz de Cristo no es más que el colofón de la entrega que él fue haciendo a lo largo de su vida, predicando la buena noticia de la salvación a todos los hombres. Toda la vida de Cristo, sus palabras, sus obras, sus milagros, expresan claramente cuál era su misión: “Servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

En la última cena, antes de aceptar voluntariamente su pasión, Cristo nos dejó en la Eucaristía su presencia real como testimonio de su entrega hasta el extremo por nuestra salvación.

Ante este amor por nosotros que llevó a Cristo a dar su vida en la cruz, nuestra respuesta no puede ser la pasividad o la indiferencia. Busquemos no sólo nuestro propio beneficio y comodidad y pensemos más en ayudar a los que no están tan bien como nosotros, a los más pobres y marginados, que son mayoría en el mundo. El ejemplo de entrega y servicio que Cristo nos da a todos en su pasión debe fructificar en nuestro corazón porque “Él sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 Pe 2,21).

Y alegrémonos con el triunfo de Cristo en su resurrección gloriosa. No nos podemos quedar en el Calvario, en el dolor, en el sufrimiento de nuestro Redentor en la cruz. La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe, la piedra angular de nuestra esperanza. Él ha vencido a la muerte, ha resucitado del sepulcro y nos ha dado a todos una vida nueva. La Semana Santa debe ser la vivencia de este doble aspecto del misterio pascual: Cristo, por su muerte, nos ha liberado del pecado y por su resurrección, nos abre el acceso a una vida feliz y eterna junto a él. La Resurrección de Cristo es el principio y la fuente de nuestra propia resurrección futura, ya que si Cristo ha vencido a la muerte, también nosotros la venceremos. La muerte no tiene la última palabra porque ha sido absorbida en la resurrección de Cristo.

Cristo nos pide hoy que le acompañemos en su estancia en Jerusalén, donde va a consumar su entrega por nosotros. Hagamos de estos días un espacio para el encuentro con el Señor, a través de la oración y de las celebraciones litúrgicas y vivamos con profundidad este misterio pascual, que es el misterio de nuestra salvación.

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN BENITO MASSARARI

En Palermo, de Sicilia, en Italia, san Benito Massarari, denominado el «Negro» por el color de su piel, fue primero eremita, y entró después en la Orden de los Hermanos Menores, mostrándose humilde en todo y siempre lleno de fe en la divina Providencia.

Vida de San Benito Massarari 

Benito de san Filadelfo, llamado el Negro o el Moro, porque era hijo de padres africanos y esclavos -quizás nubios- que trabajaban en una propiedad cercana a Messina. Siciliano de nacimiento, nació también como ellos en la esclavitud y se sabe que de niño fue pastor.

Su amo le dio la libertad; compró un par de bueyes con sus ahorros y trabajó por su cuenta.

A los veintitantos años se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces en un fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís.

Por razones no muy claras para la historia, aquel grupo se dispersó en torno al año 1564 y, dependiendo del biógrafo que se lea, Benito funda o llama a las puertas de un convento. Sea lo que fuere, se le ve hecho todo un franciscano en el convento llamado Monte-Pellegrino, a poca distancia de Palermo. Eso sí, como no ha aprendido a leer ni a escribir, trabaja en la cocina de los frailes como hermano lego.

En todas las épocas sucede que al hombre le gustó la buena mesa y disfrutar de manjares suculentos y los frailes no son especiales para eso. Es verdad que la disciplina franciscana regula el disfrute de los alimentos y recorta apetencias nobles en honor de la virtud y en procura de méritos para el fraile y para la Iglesia; pero, por lo que cuentan, no estaba el convento a la altura de esas exigencias en aquel tiempo.

Fue Benito un cocinero especial. ¿Qué bien condimentados guisos saldrían del anafe del fraile negro? ¿Qué exquisitos postres angélicos preparó la cocina del repostero de color del carbón? ¿Qué deleitables menús saldrían de las manos recias y teñidas del cocinero lego? La historia culinaria no hace memoria de ello. La singularidad de Benito estriba en que, además de ser buen cocinero, es admirable por su piedad, por su humildad y por las curaciones milagrosas que prodigaba.

En el año 1578, los frailes le eligen superior del convento a pesar de ser sólo lego y no tener conocimientos de letras ni experiencia en el gobierno. El hecho tiene su importancia y da idea de por donde iban las ideas y la vida del fraile que fue en un tiempo esclavo y sigue siendo analfabeto. Desde luego no fue elegido para el cargo por los buenos platos que preparó cuando era guisandero; algo más debieron ver y buscar aquellos buenos frailes en la persona del lego. Costó mucho convencerle para que aceptara y quizá, luego, más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque llegó a establecer la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde pasó a ser maestro de novicios y, según cuentan, otra vez cocinero, que era lo que él amaba. Fue, en el sentido más estricto, un santo entre pucheros. ¿Qué importa el color? La gente enferma asaltaba la cocina conventual, la del Negro, para pedirle la curación por su rezo infalible y su gesto de taumaturgo entre los humos del fogón, los olores de las ollas, el vaho de las cacerolas y las mondas del día. Fue un hombre de una bondad extraordinaria y de una oración sublime.

Fuente: Santopedia

MUSICA SACRA: EL MISERERE DE ALLEGRI, UNA BELLEZA OCULTA

El Miserere es un himno litúrgico de gran tradición en la iglesia cristiana.

Su texto es el del Salmo 50(51) donde el rey David, ante el profeta Nathan, pide perdón a Dios por el pecado que cometió con Bethsabé.

A lo largo de la historia se han escrito diversas partituras sobre este pasaje bíblico, pero el más famoso fue el de Gregorio Allegri, prestigioso cantante y compositor italiano del siglo XVII.

Se trata de una serie de secuencias para coro de nueve voces, en el estilo de la polifonía renacentista, intercaladas con párrafos gregorianos.

Sin embargo hoy se recuerda esta composición por una anécdota relacionada con Mozart.

Se cuenta que el Vaticano había prohibido, bajo pena de excomunión, copiar la partitura, para que tan sólo pudiese ser interpretado en la Capilla Sixtina, en ciertas solemnidades.

En 1770 Mozart, un jovenzuelo de catorce años, que se encontraba en Roma acompañado por su padre, lo escuchó y, a la salida, lo escribió íntegramente de memoria.

Sin embargo el genio salzburgués no fue excomulgado, sino recompensado por su increíble proeza con la alta distinción pontificia de la espuela de oro.

No sabemos si la amenaza de excomunión era cierta, aunque sí que la difusión de la partitura estaba severamente restringida.

No obstante, existían, en tiempos de Mozart, tres copias, al menos, realizadas con permiso papal: la del Rey de Portugal, la del emperador austríaco Leopoldo I y la del Padre Martini, maestro de Mozart durante un breve periodo.

El problema era que, según tradición renacentista, las ornamentaciones musicales de los cantantes, denominadas abellimenti (embellecimientos) no se recogían por escrito, sino que eran transmitidas oralmente de unos interpretes a otros.

Estos adornos sonoros estuvieron a punto de causar una de las innumerables fricciones entre Pontificado y el Imperio.

Cuando el emperador Leopoldo recibió la partitura, y la hizo cantar por el coro imperial, pensó que había sido engañado y protestó enérgicamente al Pontífice.

El Papa despidió al pobre maestro de capilla, que había hecho la transcripción, y éste, para deshacer el entuerto, tuvo que viajar a Viena y explicar a los cantantes cómo tenían que interpretar aquellas notas.

Parece que el adolescente Mozart, sin embargo, fue capaz de escribir de oído toda la música, incluidos los abellimenti y la entregó a un inglés, llamado Charles Burney, que la publicó un año después, acabando así con el monopolio pontificio de la composición.

En 1831 realizó Mendelssohn una transcripción de la partitura y modernamente los musicólogos han propuesto diversas versiones, tratando de reconstruir su configuración originaria.

Gregorio Allegri

Sabemos poco sobre Allegri. Nació en Roma, en 1582.

La coincidencia del apellido ha hecho suponer, sin fundamento, que era familia del gran pintor Antonio Allegri Correggio (1489-1534).

Desde 1591 cantó como soprano en el coro de la iglesia romana de San Luis de los Franceses, donde, por aquellos años, pintó el Caravaggio unos espectaculares murales.

Después, ya como tenor, estuvo en las catedrales de Fermo, Vallicella y Tivoli.

Al parecer fue sacerdote.

De hecho, algunos de los manuscritos de Allegri se encuentran en los archivos de Santa María en Valicella, en la librería del Colegio Romano, en la colección del coro papal y también en la librería de la Abadía Santini.

También para la capilla papal escribió Allegri este célebre Miserere.

Hay que decir que era una obra un tanto anticuada para los gustos del siglo XVII.

Los cuatro solistas interpretaban versos que se alternaban con pasajes corales de canto llano, en estilo gregoriano.

Sólo el Emperador Leopoldo I y el padre Martini poseían una copia de la partitura.

En 1629, Allegri ingresó en la Capilla Papal y permaneció en Roma hasta su muerte, en 1652, a los setenta años.

Allegri está enterrado en la Chiesa Nuova de Roma, en la tumba de los miembros del Coro Papal, bajo una inscripción en la que se dice que los cuerpos de quienes estuvieron en vida unidos por la melodía no deben ser separados por la muerte.

Además del célebre Miserere, compuso numerosas obras corales de tipo religioso, e incluso un cuarteto de cuerda, inventando un género musical, que sería desarrollado, un siglo más tarde, por Joseph Haydn.

Una obra bellísima

A lo largo de la historia algunos expertos han destacado el poco interés que la obra en sí tiene.

Quizá nunca podremos escuchar esta obra sin sentirnos influenciados por la ‘’hazaña’’ de Mozart, pero podemos decir que la primera vez se escucha uno se queda tan impresionado que tiene que volver a oírla varias veces para asimilar toda su belleza.

El Miserere Mei era uno de los dos Motetes publicados en los dos volúmenes de los ‘’Concertini’’.

Escrito para nueve voces, tiene la forma clásica de antífona y responsorio, con el coro presentando el canto llano y los solistas respondiendo con unos pasajes ornamentados con gran maestría.

Muy llamativos son los sonidos sobreagudos de la voz superior, algo inusual en esa época.

Mendelssohn escribió en una carta, tras escuchar el Miserere: ‘’Cuando comienzan los cantos la iglesia está completamente a oscuras y después, una por una, las velas se van encendiendo, a medida que el coro va cantando las frases del Miserere’’.

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Fuente: Música Antigua.com

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: I. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA LUMEN GENTIUM. 5. SOBRE EL FUNDAMENTO DE LOS APÓSTOLES. LA IGLESIA EN SU DIMENSIÓN JERÁRQUICA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, comentando la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (LG). Después de haberla presentado como pueblo de Dios, hoy consideraremos su forma jerárquica.

La Iglesia Católica encuentra su fundamento en los apóstoles, que Cristo quiso como columnas vivas de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que obra al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus miembros. Este Orden sacro está permanentemente fundado sobre los apóstoles (cfr. Ef 2,20; Ap 21,14) en cuanto testigos autorizados de la resurrección de Jesús (cfr At 1,22; 1Cor 15,7) y enviados por el Señor mismo en misión al mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19). Como los apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas salvíficas del Maestro (cfr. 2Tm 1,13-14), transmiten su ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando, guiando e instruyendo la Iglesia «gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral» (CIC, n. 857).

El capítulo III de la Lumen Gentium, titulado Constitución jerárquica de la Iglesia, y particularmente del episcopado, profundiza en esta sucesión apostólica fundada en el Evangelio y en la Tradición. El Concilio enseña que la estructura jerárquica no es una construcción humana que sirve para la organización interna de la Iglesia como cuerpo social (cfr. LG, 8), sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los apóstoles.

El hecho de que esta temática se afronte en el capítulo III, después de que en los dos primeros se ha contemplado la esencia verdadera y propia de la Iglesia (cfr. Acta Synodalia III/1, 209-210), no implica que la constitución jerárquica sea un elemento sucesivo respecto al pueblo de Dios: como afirma el Decreto Ad gentes, «los Apóstoles fueron los gérmenes del nuevo Israel y, al mismo tiempo, origen de la sagrada Jerarquía» (n. 5), en cuanto comunidad de los redimidos por la Pascua de Cristo, establecida como medio de salvación para el mundo.

A fin de captar la intención del Concilio, es oportuno leer bien el título del capítulo III de Lumen Gentium, que explicita la estructura fundamental de la Iglesia, recibida de Dios Padre mediante el Hijo y llevada a cumplimiento con la efusión del Espíritu Santo. Los Padres conciliares no quisieron presentar los elementos institucionales de la Iglesia, como podría dar a entender el sustantivo “constitución” si se entiende en el sentido moderno. El documento se concentra, en cambio, en el «sacerdocio ministerial o jerárquico», que difiere «esencialmente y no sólo en grado» del sacerdocio común de los fieles, y recuerda que «se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (LG, 10). Así, el Concilio trata el ministerio que se transmite a hombres que son investidos de sacra potestas (cfr. LG, 18) para el servicio en la Iglesia: se detiene, especialmente, en el episcopado (LG, 18-27), y luego en el presbiterado (LG, 28) y el diaconado (LG, 29) como grados del único sacramento del Orden.

Con el adjetivo “jerárquica”, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro del ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus relaciones internas. Los obispos, ante todo, y, a través de ellos, los presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera) que los llevan a estar al servicio de «todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios» para que «tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación» (LG, 18).

La Lumen Gentium recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que «el encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio» (LG, 24). Se comprende entonces por qué San Pablo VI presentó la jerarquía como realidad «nacida de la caridad de Cristo para realizar, difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia» (Disc. 14 de sept. de 1964, en Acta Synodalia III/1, 147).

Queridas hermanas, queridos hermanos, pidamos al Señor que mande a su Iglesia ministros ardientes en la caridad evangélica, entregados al bien de todos los bautizados y misioneros valientes en todos los lugares del mundo.

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DIOS MANIFIESTA SU PODER PERDONANDO

La primera oración de la Eucaristía se llama “colecta”, porque recoge los sentimientos de la asamblea celebrante. Hay una que resulta particularmente interesante. Afirma que Dios manifiesta especialmente su poder por medio del perdón y de la misericordia. Una afirmación como esa resulta paradójica y contrasta con el modo como se manifiesta el poder en este mundo, a saber, por medio de la fuerza, del dominio y de la opresión. El perdón y la misericordia, más que manifestaciones de poder, se diría que son manifestaciones de debilidad o, al menos, de pena y de compasión.

Para entender este modo extraño que tiene Dios de ejercer el poder conviene preguntarse: en realidad, ¿quién tiene poder? El que consigue lo que quiere. Por eso, los poderosos de este mundo, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, no tienen verdadero poder, porque no logran lo que pretenden y, si lo logran, es a base de destruir o maltratar a los demás. Por poner un ejemplo inocente: el presidente de un equipo de futbol tiene aparentemente mucho poder en lo referente a su equipo, y utiliza este poder para que su equipo sea siempre ganador. Pero su poder es muy limitado, porque en muchas ocasiones su equipo resulta perdedor.

Dios, por el contrario, siempre consigue lo que quiere, aunque a veces su modo de conseguirlo pase desapercibido. ¿Qué es lo que quiere Dios? La Escritura lo dice así: “Dios quiere que todos los seres humanos se salven”. Para conseguir eso que quiere, Dios perdona los pecados y tiene misericordia de todos. Y así, por el perdón y la misericordia manifiesta su gran poder. Decía Tomás de Aquino: “la manera de demostrar que Dios tiene el poder supremo es perdonando libremente los pecados…, porque perdonando y apiadándose conduce a los hombres a la participación del bien infinito, que es el máximo efecto del poder divino”. Tiene poder el que conduce a los hombres al fin que se ha propuesto. El fin que Dios se propone para el ser humano es la salvación. Perdonando los pecados consigue este fin. Luego su poder se manifiesta en el perdón y la misericordia.

En consonancia con esta manera de ejercer el poder hay que entender la justicia de Dios. Según el Nuevo Tes­tamento la justicia de Dios se manifiesta en la rehabilitación del pecador por pura gracia. Dios manifiesta su justicia, leemos en Rm 3,24-26, justificando, o sea, haciendo justo al pecador y teniendo misericordia de todos. Por este motivo, en el Evan­gelio se revela la justicia de Dios (Rm 1,17). Esta justicia es una buena noticia, pues no se trata de la justicia retributiva, por la que Dios premia o castiga según los mereci­mientos de cada uno, sino de la justicia que justifica (hace justo) al impío.

Martín Gelabert – Blog Nihil Obstat