EL SANTO DE LA SEMANA: SAN PATRICIO

Patricio nació con el nombre de Maewyn alrededor del año 387 en Bennhaven Taberniae, en la actual Escocia. Era hijo de un oficial romano, cuya religión era el cristianismo. A los 16 años cayó prisionero de piratas irlandeses y fue vendido como esclavo. Tras varios intentos, logró huir y se convirtió en predicador del Evangelio en Irlanda, isla que en esos tiempos se encontraba dividida en numerosos clanes sometidos a la poderosa autoridad de los druidas.

Se adaptó muy bien a las condiciones sociales del lugar, formando un clero local y varias comunidades cristianas, respetando las tradiciones y costumbres propias de sus habitantes. Se le conoce como el Apóstol de Irlanda, donde murió hacia el año 461.

Una tradición irlandesa le atribuye la hazaña de haber librado la isla de serpientes. Actualmente, Irlanda es la única región de las Islas Británicas que no posee ofidios silvestres, debido a su separación de Gran Bretaña poco después de finalizar la última glaciación.

Su fiesta se celebra el día 17 de marzo. La Fiesta de San Patricio es muy celebrada en Irlanda, de donde es patrón, y sobre todo en Estados Unidos. Cada 17 de marzo se organiza en Nueva York un gran desfile por la Quinta Avenida en la que participan multitud de personas vestidas de verde.

Patricio tuvo que explicar una vez lo que era la Santísima Trinidad. Para que todos lo entendieran utilizó un trébol como muestra, explicando que la Santísima Trinidad, al igual que el trébol, era una misma unidad pero con tres personas diferentes (un mismo tallo con tres hojas).

San Patricio es una figura venerada en Lorca, Murcia, cuyo patronazgo se consolidó tras la Batalla de los Alporchones el 17 de marzo de 1452, fecha en la que las tropas cristianas derrotaron a los nazaríes. La importancia del santo se refleja en la imponente Colegiata de San Patricio, construida en el siglo XVI, siendo uno de los pocos templos en España dedicado a este patrón irlandés.

La situación fronteriza a mediados del siglo XV era bastante tensa ya que el rey granadino Muhammad X, aprovechando la división política que en esos momentos reinaba en Murcia, realizó diversas incursiones contra villas que permanecían fieles a Juan II, asaltando fortalezas, asolando los campos y capturando un gran número de cautivos. No pudiendo frenar la avalancha musulmana, Juan II solicitó una tregua con los granadinos en 1450 para dedicar todos sus esfuerzos a sus enfrentamientos con el marqués de Villena, en los que contaba con el apoyo de Lorca y de su alcaide Alonso Fajardo.

Pero la tranquilidad en relación con el reino nazarí de Granada no duró mucho y había cierta inseguridad en la frontera. En febrero de 1451 se produjo una nueva incursión granadina y cada vez llegaban noticias más alarmantes de los preparativos musulmanes. Un nuevo intento de negociación fracasó y en agosto de ese año se anunció la llegada de un potente ejército moro, avisos alarmantes que se repitieron en septiembre, sin que se materializaran.

Al mismo tiempo las rivalidades entre sectores enfrentados del Reino de Murcia dieron paso a una concordia para confederarse contra los musulmanes. La temida y anunciada incursión granadina se produjo en los finales de ese año, pero no se atrevieron a atacar Lorca y lo hicieron hacia el campo de Cartagena y término de Orihuela, buscando el botín, Así como apoderarse de los ganados e indefensos pastores de aquella comarca. Según las crónicas, el ejército sarraceno atravesó por los campos de Pulpí y Puerto de los Peines, entró en el campo de Cartagena y arrasaron Corvera, El Escobar, Campo Nubla y Rincón de San Ginés hasta llegar a las cercanías de Pinatar.

Terminada la incursión, los moros, que llevaban unos 40 cautivos y 40.000 cabezas de ganado, decidieron regresar a Granada por el interior, o sea por las cercanías de Lorca, envalentonados por su hazaña. Según las crónicas el ejército sarraceno estaba formado por 1.270 a caballo y 1.000 peones. Así que el jueves, 16 de marzo 1452, el alcaide de Lorca envió peticiones de ayuda a Murcia y a otras poblaciones cristianas ya que tenía la intención de enfrentarse a ese ejército.

De la capital llegaron 70 caballeros múrcianos y unos 500 peones; de Caravaca acudieron 200 caballeros y 1.400 peones; de Aledo siete hombres a caballo y 15 peones. En total, según la documentación de la época, en Lorca se concentraron unos 300 jinetes y cerca de 2.000 infantes, que se apostaron en el campo de los Alporchones, junto a la rambla de Viznaga, pues por escuchas y atalayas supieron que los moros regresaban por esa zona.

El encuentro entre los dos ejércitos tuvo lugar el 17 de marzo de 1452, y si la sorpresa favoreció en un principio a los cristianos, la batalla estaba igualada. Según narra Cánovas Cobeño en su Historia de la Ciudad de Lorca, «de una y otra parte hacíanse prodigios de valor, pues entre los moros estaban los más valientes capitanes, y con los de Lorca peleaban los Moratas, García de Paredes, Quiñonero, García de Alcaraz y otros bravos. Dos veces fue rota la caballería mora y dos veces se rehizo por el valor de Malik-alabez, cuyo brazo hacía gran daño en los cristianos».

Y sigue Cánovas diciendo que «Fajardo, que comprendió que el alma de la batalla era este alcaide, arremetió hacia él con su lanza y a no haber sido la cota de Alabez de tan buen temple, allí hubiera muerto, pues se quebró en ella la lanza. Malik-Alabez tiró con su alfanje un violento tajo a la cabeza de Fajardo que éste tuvo la fortuna de evitar, y sin darle tiempo asiole fuertemente con la mano izquierda que le sacó de la silla, y el caballo que estaba mal herido cayó arrastrando al jinete. Saltó de la silla Fajardo y sujetó al moro con gran fuerza hasta que llegaron más peones que lo maniataron y lo sacaron de la batalla por orden de Fajardo».

La batalla se decantó claramente a favor de los cristianos y el ejército moro salió en huida atravesando la sierra para llegar a la marina y dirigirse hacia Vera. Los cristianos lo siguieron hasta la fuente de Pulpí y a Granada sólo llegaron unos 300. Aquella batalla, y volvemos a Cánovas Cobeño, «costó la vida a 800 caballeros de lo más distinguido de Granada, entre ellos caudillos parientes todos de Malik-alabez. Fueron hechos prisioneros 400 moros y murieron muchos más peones. Por parte de los cristianos hubo 40 muertos y más de 200 heridos».

Las consecuencias de esta batalla fueron varias. Por una parte no hubo más invasiones ni algaradas en el Reino de Murcia. Por otra, los lorquinos decidieron erigir una iglesia en honor de San Patricio, ya que la batalla se dio en la festividad de este obispo, que es el patrón de Irlanda, y Murcia lo nombró patrono de la ciudad. El compromiso lorquino se empezó a cumplir en 1533, cuando por petición del Concejo de Lorca y mediación de D. Sebastián Clavijo, el Papa Clemente VII dio la bula de erección para la Colegial Insigne de San Patricio, un templo de estructura catedralicia levantado sobre la iglesia medieval de San Jorge, traza y plano de Jerónimo Quijano, cuyas obras no finalizarían hasta el siglo XVIII.

Muchos años después, en 1945, el profesor Walter Starkie, del Instituto Británico en España, visitó la ciudad para ver la Semana Santa y decidió pedir a las autoridades civiles y religiosas de Irlanda una reliquia de San Patricio para la iglesia lorquina. La reliquia llegó en 1951 y el entonces párroco, en agradecimiento pidió una bandera de Irlanda para ser izada cada vez que se celebrase una ceremonia en honor del patrón irlandés. La entrega de la enseña estuvo a cargo del secretario de la embajada en Madrid, y se izó por primera vez en 1952, en la balconada de las Salas Capitulares. Desde entonces, la ceremonia se repite cada 17 de marzo a los sones del himno nacional de Irlanda.

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEON XIV PARA LA CUARESMA: ESCUCHAR Y AYUNAR. LA CUARESMA COMO TIEMPO DE CONVERSIÓN

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

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[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.

[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.

[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).

[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).

SAN JOSÉ, EL ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA, PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL, INSPIRA LA VIDA ESPIRITUAL DE MILLONES DE FIELES CADA MES DE MARZO

Cada año, cuando llega el mes de marzo, la Iglesia Católica vuelve su mirada hacia una figura que, aunque aparece discretamente en el Evangelio, ocupa un lugar central en la historia de la salvación: San José, el esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesucristo.

Su vida, marcada por el silencio, la obediencia y la confianza absoluta en Dios, ha inspirado durante siglos a millones de fieles. Aunque las Escrituras no conservan ninguna palabra pronunciada por él, sus actos hablan con una fuerza extraordinaria: aceptó el misterio de la Encarnación, protegió a María y al Niño Jesús, y cuidó con amor la Sagrada Familia en los años ocultos de Nazaret.

Por eso la tradición cristiana ha querido dedicarle especialmente el mes de marzo, culminando el día 19 con la solemnidad litúrgica que honra al santo considerado patrono de la Iglesia Universal, protector de las familias y modelo de trabajadores.

San José aparece en la historia del Evangelio como un hombre sencillo, pero su misión fue inmensa: custodiar al Redentor y acompañar el misterio de Dios hecho hombre.

Una aparición providencial que marcó a Santa Teresa

Entre los muchos testimonios de devoción a San José a lo largo de la historia de la Iglesia, uno de los más conocidos es el vivido por Santa Teresa de Jesús, gran reformadora del Carmelo y una de las santas que más propagó la devoción al padre adoptivo de Cristo.

Según relata el libro San José, el más santo de los santos, del agustino recoleto P. Ángel Peña, la santa vivió un episodio extraordinario durante una de sus fundaciones en el siglo XVI. En el año 1575, tras celebrar el Miércoles de Ceniza en la parroquia de Santa María de los Olmos, Santa Teresa emprendió viaje hacia Beas de Segura con el propósito de fundar un nuevo convento carmelita.

La acompañaban dos sacerdotes y varias monjas, entre ellas Sor Ana de Jesús, una de sus más cercanas colaboradoras.

Durante el trayecto, la comitiva se perdió en un terreno escarpado y peligroso. Los guías no encontraban la salida entre los peñascos y el grupo corría el riesgo de precipitarse por un barranco. Ante la angustia de la situación, Teresa pidió a las hermanas que comenzaran a rezar, implorando la ayuda de Dios y la intercesión de San José. Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.

A lo lejos comenzaron a escuchar la voz de un anciano que les advertía: “Deteneos, deteneos, que vais perdidos y os vais a despeñar si seguís por ahí”.

Aquel misterioso hombre les indicó el camino seguro para salir del lugar y permitió que las carretas pasaran sin dificultad. Sin embargo, cuando algunos regresaron para agradecerle la ayuda, el anciano había desaparecido.

Santa Teresa, profundamente conmovida, comprendió lo sucedido.

Entre lágrimas afirmó a sus compañeras: “¿Para qué lo habéis dejado ir? Era mi padre San José, y no lo encontraréis”. Nunca volvieron a ver a aquel providencial guía.

Marzo: el mes dedicado al custodio de Jesús

Desde hace siglos, la tradición católica ha consagrado cada mes del año a una devoción particular. Marzo está dedicado a San José, figura clave en el misterio de la Encarnación y patrono de la Iglesia Universal.

La Sagrada Escritura presenta a José como un hombre justo. Fue elegido por Dios para una misión extraordinaria: cuidar de María y proteger al Niño Jesús.

Su grandeza no radica en gestos espectaculares, sino en la fidelidad silenciosa con la que respondió a los planes de Dios. A través de sueños y revelaciones, el Señor le fue mostrando el camino que debía seguir.

Y José siempre obedeció.

Aceptó el misterio de la maternidad de María, condujo a la Sagrada Familia hacia Egipto para proteger al Niño de la persecución de Herodes y regresó después a Nazaret para iniciar una vida humilde y sencilla.

Allí trabajó como artesano, enseñó a Jesús el oficio y sostuvo a su familia con el fruto de su esfuerzo diario.

Por eso la Iglesia lo presenta también como modelo para todos los trabajadores y protector de las familias.

La profunda devoción de Santa Teresa de Jesús

Entre los grandes promotores de la devoción a San José destaca Santa Teresa de Jesús, quien lo consideraba uno de los intercesores más poderosos del cielo.

La santa carmelita experimentó personalmente su ayuda cuando padecía una grave enfermedad que la dejó casi paralizada y que los médicos consideraban incurable. Tras encomendarse con fe a San José, recuperó la salud.

Desde entonces difundió su devoción con entusiasmo. Numerosos conventos fundados por ella fueron dedicados al santo, y en sus escritos dejó testimonios de la confianza absoluta que tenía en su intercesión.

Santa Teresa llegó a afirmar una frase que ha quedado grabada en la espiritualidad cristiana:

“Otros santos parecen tener poder para ayudar en algunas necesidades, pero a San José Dios le ha concedido poder para ayudar en todas”.

Hacia el final de su vida, la santa aseguraba que durante cuarenta años había pedido cada 19 de marzo una gracia particular a San José, y que nunca había dejado de obtenerla.

Un santo muy querido por los Papas

La devoción a San José ha sido especialmente promovida también por numerosos pontífices. En el siglo XIX, el Beato Pío IX lo proclamó Patrono de la Iglesia Universal mediante el decreto Quemadmodum Deus. Desde entonces su figura ocupa un lugar central en la espiritualidad católica.

Más recientemente, el Papa Francisco quiso impulsar aún más esta devoción. En 2013 eligió precisamente el 19 de marzo, solemnidad de San José, para comenzar oficialmente su pontificado.

Años después convocó un Año de San José para conmemorar el 150 aniversario de su proclamación como patrono de la Iglesia. En la carta apostólica Patris corde, Francisco describió a San José como un hombre cercano, humilde y silencioso, capaz de sostener con su fe los momentos más difíciles.

“Todos pueden encontrar en San José —el hombre de la presencia diaria y discreta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”, escribió el Pontífice.

Las virtudes de San José para nuestro tiempo

También el Papa León XIV ha destacado la actualidad espiritual de este santo.

Durante el Adviento de 2025, en una reflexión dedicada a la figura de José, el Pontífice subrayó algunas de sus virtudes más profundas: la piedad, la misericordia, la caridad y el abandono confiado en Dios. Para el Papa, José representa el ejemplo de un creyente que, a pesar de su fragilidad humana, supo confiar plenamente en el plan divino. Su historia —explicó— muestra cómo Dios actúa muchas veces a través de personas sencillas que aceptan con valentía la misión que reciben.

Caminos concretos para vivir el mes de San José

La tradición espiritual de la Iglesia invita a aprovechar el mes de marzo para acercarse más a San José mediante gestos sencillos de oración y vida cristiana.

Muchos fieles rezan diariamente una oración en su honor, celebran novenas o incluso dedican los miércoles —día tradicionalmente vinculado al santo— a pedir su intercesión.

También se recomienda confiarle las preocupaciones familiares, el trabajo, el discernimiento vocacional y las dificultades de la vida cotidiana.

San José es considerado patrono de los trabajadores, protector de las familias y defensor de la Iglesia. Pero también ocupa un lugar especial como patrono de la buena muerte, ya que la tradición sostiene que murió acompañado por Jesús y María. Por ello muchos cristianos recurren a él para pedir la gracia de vivir una vida santa y alcanzar una muerte serena en la presencia de Dios.

Un padre espiritual para toda la Iglesia

A pesar de su silencio en los Evangelios, San José sigue hablando al corazón de los creyentes con una elocuencia única. Su vida demuestra que la verdadera grandeza no se encuentra en el protagonismo, sino en la fidelidad silenciosa a Dios. Custodio de la Sagrada Familia, protector del Redentor y patrono de la Iglesia Universal, San José continúa siendo hoy un modelo luminoso de fe, humildad y entrega. Y cada mes de marzo, la Iglesia invita a los fieles a volver la mirada hacia él para aprender a vivir con su misma confianza, su misma valentía y su mismo amor.

Fuente: ETWN

LAS EMOCIONES EN EL ACTO DE FE

La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ha publicado una oportuna nota sobre el papel de las emociones en el acto de fe. La vida espiritual y el encuentro con Dios afecta a la persona en todas sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva, pero de ningún modo se reduce a lo puramente emocional o a lo sentimental.

La nota viene motivada porque en estos últimos años han aparecido diversas iniciativas de primer anuncio que, con métodos distintos, buscan facilitar el encuentro de la persona con Jesucristo. En todos estos métodos tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un gran impacto en las personas. Pero este primer momento debe prolongarse con una profundización en las implicaciones y consecuencias del anuncio, o sea, en una formación en la fe (que conduce a un mejor conocimiento de Jesucristo), en un cambio de actitudes en la vida, en un serio testimonio de Jesucristo de forma creíble (apostolado) y en celebrar el encuentro con el Señor por medio de la liturgia y los sacramentos.

En nuestros días parece que en la experiencia de fe ocupan un lugar privilegiado los sentimientos y las emociones. Pero estos sentimientos deben regularse y completarse, pues pueden ser un obstáculo para el crecimiento espiritual. A una fe basada solo en sentimientos positivos y agradables le repugna la cruz. No hay que minusvalorar las emociones, pero hay que tener claras dos cosas: 1) la fe no depende de la intensidad de la emoción; y 2) los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. Pues la fe sin verdad no salva, se queda en una bella fábula o en un sentimiento que, de entrada, entusiasma, pero que depende de nuestros estados de ánimo.

Por otra parte, el “emotivista” resulta fácilmente manipulable. Muchas discursos sociales y políticos apelan a las emociones, para generar adhesiones. Pero la fe es un compromiso estable en el que entra en juego toda la existencia, con todas sus dimensiones. La dimensión afectiva también, pues los sentimientos forman parte de la vida humana y, por tanto, de la vida espiritual, pero no pueden ser lo determinante de toda la vida cristiana. A veces la misma ausencia de sentimientos es parte del itinerario espiritual. Muchos grandes santos nos han contando sus momentos de sequedad o la noche oscura de su alma.

En la fe hay un aspecto de conocimiento, una dimensión de verdad que comporta la aceptación de la persona y del mensaje de Cristo. Por eso, la acogida del anuncio de Jesús como Señor y Salvador, requiere un proceso formativo, catequético, para que la fe sea madura y capaz de responder a las dificultades que se le presentan.

La vida de fe supone una dimensión eclesial. La fe es un acto personal, pero no solitario, se vive en comunión, en Iglesia. En la Iglesia se proclama la Palabra, se celebran los sacramentos y se vive el amor a los hermanos. Una vivencia eclesial de la fe no puede absolutizar el carisma del propio grupo, sino ponerlo al servicio de la unidad de la Iglesia, sin excluir, y mucho menos descalificar, otros carismas. Sin olvidar lo que dice el Vaticano II, a saber, que el juicio sobre la autenticidad de un carisma y su regulación pertenece a los pastores de la Iglesia, a los cuales compete no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (1 Tes 5,19-21).

Finalmente, la fe pide una dimensión celebrativa y exige una dimensión caritativa, que se traduce en solidaridad con los pobres y necesitados y en un serio compromiso por la búsqueda de la justicia, de la paz y del entendimiento entre las personas y los pueblos.

Martín Gelabert Ballesteros – Blog Nihil Obstat

RETIRO DE CUARESMA EN BURGOS

Don José Pinedo, párroco y consiliario de Vida Ascendente en la parroquia de San Pablo de Burgos, nos habló del evangelio de la samaritana que corresponde al tercer domingo de cuaresma.

Es pleno verano. Las mujeres de Sicar y aledaños han ido temprano a sacar agua, buscando la frescura de las primeras horas. La Samaritana va al pozo a mediodía, en pleno calor, cuando no hay nadie. No quiere que la vean, huye de las habladurías y los cuchicheos. Su vida es triste; se siente sola, está rota. Tuvo cinco maridos y ahora nadie la quiere, se aísla y sufre. Carece de comunicación. Pero Jesús está allí, al borde del pozo, queriendo sacar agua para calmar su sed. Pronto adivina cuál es la verdadera sed de aquella mujer. Está sedienta de amor. De amor humano: sigue sin encontrar a alguien a quien amar y con quien comunicarse de verdad. Y de amor divino: la religión no le satisface. Se queda en opiniones de judíos y samaritanos que dejan el corazón vacío. Pero Jesús le habla de un Agua Viva: la tiene dentro de ella sin saberlo. El pozo está en el corazón. Cuando Dios es nuestra agua, la vida recobra frescura y ánimo. Se restituye la comunicación. Jesús nos devuelve las ganas de vivir y de conocer al Dios vivo, en espíritu y en verdad.

Jesús es un profeta que ha leído su interior, el Mesías de judíos y gentiles. El que tenía que venir al mundo, el esposo anhelado por la humanidad.

Jesús le va llevando a la Samaritana a la verdadera conversión. Jesús le va cambiando su vida. En esta cuaresma él se acerca a nuestro pozo para compartir el agua. Nuestra vida puede cambiar. La conversión nos abre a un nuevo horizonte: Dios actúa en nosotros, nuestra vida puede ser una maravilla. Nunca nos faltará a nuestro lado el manantial del Amor de Dios y así poder disfrutar de su perdón, su misericordia y su alegría.

“Venid a ver a un hombre que me ha contado todo lo que he hecho”. La Samaritana descubre que Dios existe y actúa en nosotros. No se lo puede callar. Los vecinos de su pueblo también tienen sed y necesitan del Agua Vida del Espíritu. Todos necesitamos que Jesús nos cuente nuestra vida con la verdad por delante. Para que nos podamos reconciliar con Él y con nuestros prójimos.

Dejemos a Dios actuar. Te necesito, Señor, dentro de mí. Te deseo con toda mi alma.

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA

SALMOS DE VIDA Y ESPERANZA 135

Cansados y fracturados

Cansados y fracturados…

en una sociedad “polarizada en extremo”

por intereses políticos,

económicos,

ideológicos

y religiosos,

todo con el pretexto de no perder “nuestra identidad”,

ni la de nuestro país, ni nuestro credo, ni nuestros privilegios.

-¿Tú también estás “polarizado”? ¿Por qué razón?

Cansados y fracturados…

por la velocidad y la voracidad de una sociedad

en continuo movimiento humano y tecnológico

y “por la pérdida de un sentido más elevado

de la vida humana, del valor de la familia y de la sociedad

y por la brecha, cada vez más amplia,

entre el nivel de ingresos de la clase trabajadora y el de los ricos.

He leído que Elon Musk es el primer trillonario

(tres millones de millones) del mundo,

y si eso es lo único que tiene valor hoy

entonces tenemos un grave problema” (Papa León XIV).

-¿Tú estás “cansado y fracturado”? ¿A qué se debe?

Cansados y fracturados…

atrincherados cada uno en su “grupo”,

levantando “muros” de intolerancia y de odio

rematados por concertinas,

cuando deberíamos ser constructores de “puentes”,

siguiendo las “reglas” de edificación recogidas en los Evangelios

que, frente al “desencuentro” y la “división”,

proponen el “diálogo”, la “fraternidad” y la “comunión”.

-¿Tú levantas “muros” o construyes “puentes”?

Cansados y fracturados…

también espiritualmente,

porque la polarización ha “ideologizado el Evangelio”

para hacer que diga lo que a mí y a mi grupo nos interesa que diga.

“La ideología quiere utilizar el Evangelio

en lugar de que sea el mensaje auténtico del Evangelio

en lo que debemos centrarnos” (Papa León XIV).

-¿Qué buscas cuando “lees” el Evangelio?

Cansados y fracturados…

pero no derrotados

porque la “esperanza” nos mantiene firmes

y nos da certeza de que saldremos adelante

a pesar de “la que está cayendo”.

“Así, aunque llenos de problemas, tenemos salida;

estamos preocupados, pero no nos desesperamos;

nos persiguen, pero no estamos abandonados;

nos derriban, pero no nos destruyen” (2Cor 4,8).

“Debemos devolver la esperanza a nuestras vidas personales,

a nuestras familias, a nuestros países y a nuestro mundo

en la convicción de que un nuevo mundo es posible” (Papa León XIV).

-¿Cuál es el fundamento de tu esperanza?

“La ayuda a las personas buenas viene del Señor,

que es su refugio en tiempos difíciles.

El Señor les ayuda a escapar.

Les hace escapar de los malvados,

y les salva porque en Él buscaron protección” (Sal 37,39).

 

Julián del Olmo

Domingo, 1 de marzo de 2026

LA SANTA DE LA SEMANA: SANTA ÁUREA DE SAN MILLÁN

Santa Áurea (Orea u Oria) nació en la localidad riojana de Villavelayo, invadida por los moros, hija de Santa Amunia. Fue su maestro y padre espiritual Don Munio, que escribió su vida en latín, y luego tradujo en sonoros versos alejandrinos Gonzalo de Berceo. Una vida digna de crédito, pues, según el poeta, ni por un rico condado hubiera consentido mentir: En todo cuanto dijo, dijo toda verdad.

El mismo nombre de Áurea (Dorada) era ya todo un presagio de rica calidad: «Como era preciosa, más que oro preciada, nombre avía de oro: Oria era llamada». Son deliciosos los versos de Berceo: «Era esta manceba de Dios enamorada, más quería ser ciega que verse casada». Prefería las «horas» litúrgicas más que otros cantares y oír a los clérigos más que a otros juglares. «pesque mudó los dientes, luego a los pocos anuos, pagábase muy poco de los seglares ponnos». Sentía envidia de María, la hermana de Lázaro. Como ella, pasaría la vida junto al altar, a los pies de Cristo.

Un día se puso en romería y llegó al monasterio de San Millán de la Cogolla. El prior se llamaba Domingo, y más tarde fundaría la abadía de Silos. Oria cayó a sus pies y le pidió consejo para vivir separada del mundo y entregada a Dios. «Señor, Dios lo quiere, tal es mi voluntat, prender orden e velo, vivir en castidat, en rencón encerrada yacer en pobredat, vivir de lo que diera por mi la christiandat».

Después de encargarle el prior que pensase mucho el paso que iba a dar, y de insistir Oria en su empeño, Domingo accedió y le dio el hábito de esposa de Cristo. Los albañiles abrieron un hueco en el muro de la iglesia de San Millán de Suso, el de Arriba —donde también estuvieron enterrados los Siete Infantes de Lara— frente al altar mayor y al coro donde cantaban los monjes, y allí fue encerrada la intrépida doncella Oria.

Eran tiempos de heroicidades. Había personas que no se contentaban con encerrarse en un monasterio. Querían todavía más rigidez. Se encerraban en celdas increíblemente pequeñas, donde a veces no cabían de pie, para no salir más. Sólo abrían un ventanillo que diera al altar. A veces acudían gentes a pedirles consejo. Pero normalmente su soledad era total, sólo interrumpida por la lucha con los demonios y por su trato con los ángeles. Las mujeres fueron las más generosas para esta prisión voluntaria. Se llamaba las emparedadas, y todavía queda el recuerdo de su heroísmo.

«Ovo grant alegría» cuando se le concedió, dice la copla. No se asustó Oria del estrecho emparedamiento. Todavía se contempla hoy y no sin cierto escalofrío. Los días y las noches se le pasaban rezando, leyendo las Sagradas Escrituras y vidas de Santos. Aconsejaba a los que acudían a ella. Hacía las hostias para la Misa, cosía casullas para la iglesia, rezaba los salmos cuando los monjes «et la su oración foradaba los cielos».

«Mas la bendita niña, del Criador amiga», tuvo grandes tentaciones del demonio. Domingo lo supo, se vino de Silos, la roció con agua bendita, dijo la Misa en el altar frontero, la confesó, le dio la Comunión y la bendita niña ya no tuvo más visitas de demonios, sino de ángeles y de Santos.

Después de tan austera reclusión Oria cayó enferma. La misma Señora de los cielos le avisó su muerte. Acudió a atenderla Don Munio. Llegó la noche. Oria levantó la diestra y se hizo la señal de la cruz. Y luego «alzó ambas las manos, juntólas en igual, como quien rinde gracias al buen rey celestial, cerró ojos e boca la reclusa leal, e rindió a Dios la alma: nunca más sintió mal». Y pasó de su encierro por Dios al paraíso con Dios.

GABRIEL-ÁNGEL RODRÍGUEZ MILLÁN ADMINISTRADOR DIOCESANO, S.V. SALUDO EN EL ENCUENTRO DE FORMACIÓN DE ANIMADORES DE VIDA ASCENDENTE EN SORIA

Buenas tardes a todos, sean bienvenidos

Quisiera comenzar dirigiendo un saludo cordial y agradecido a todos los presentes en este encuentro que celebramos aquí, en nuestra diócesis de Osma-Soria. Un saludo muy especial al Presidente nacional de Vida ascendente, cuya presencia es un signo de comunión y de estímulo para nuestra tarea. Saludo también con gratitud a la Presidenta diocesana y al Consiliario por su dedicación y su servicio constante a este movimiento. Y, por supuesto, mi saludo más cercano a todos ustedes, participantes en este encuentro.

Nos reunimos hoy en Soria con una finalidad muy concreta: conocer mejor Vida ascendente y descubrir juntos cómo esta etapa de la vida puede seguir siendo un tiempo de crecimiento, de entrega y de misión.

Vivimos en una sociedad en la que cada vez hay más personas mayores. La esperanza de vida ha aumentado, y eso es una buena noticia, pero junto a este dato aparece otra realidad que todos conocemos: la soledad y la sensación de que, al llegar a cierta edad, uno ya no cuenta demasiado.

También en la Iglesia podemos caer, sin darnos cuenta, en una idea equivocada: pensar que la misión es sólo cosa de los jóvenes, pero el Papa Francisco recordaba muchas veces que en la Iglesia nadie se jubila del anuncio del Evangelio.

La edad avanzada no es el final del camino, sino un tiempo nuevo, un tiempo de madurez, de sabiduría, de fe más profunda, y también un tiempo de misión: desde esta convicción nace Vida ascendente.

Vida ascendente es un movimiento de Iglesia dirigido a personas mayores que desean vivir esta etapa no como un tiempo de retirada, sino como un tiempo de crecimiento y de servicio. Su propuesta es sencilla y muy humana, y se apoya en tres pilares fundamentales:

El primero es la amistad porque una de las pobrezas más grandes de nuestro tiempo es la soledad. En los grupos de Vida ascendente las personas se encuentran, se escuchan, se acompañan y crean lazos de cercanía y de apoyo.

El segundo pilar es la espiritualidad. El centro del grupo es la Palabra de Dios, la oración compartida y el crecimiento en la fe. No se trata sólo de reunirse, sino de dejar que el Señor siga actuando en nuestra vida.

Y el tercer pilar es el apostolado porque el grupo no se queda en sí mismo. Desde la experiencia de fe y de amistad, nace el deseo de acercarse a otros mayores, de visitar, de acompañar y de llevar consuelo y esperanza.

En el fondo, Vida ascendente parte de una intuición muy sencilla: los mayores pueden acompañar mejor a otros mayores. La experiencia de la vida, la cercanía, el lenguaje común, la comprensión…, hacen posible un acompañamiento que nadie puede sustituir.

Y aquí hay algo muy importante. Vida ascendente no es un servicio que la parroquia ofrece desde fuera. Es un movimiento de laicos. Los grupos los llevan los propios miembros. Es decir, los mayores no son sólo destinatarios, sino protagonistas.

Por eso hoy este encuentro tiene un sentido especial. La Iglesia necesita personas que den un paso adelante, personas que estén dispuestas a animar un grupo, a coordinar un encuentro, a cuidar a otros. Ser animador no significa saber mucho, no se trata de ser expertos. Se trata, sobre todo, de cuatro cosas muy sencillas: tener fe, aunque sea humilde, tener corazón para acoger y escuchar, tener disponibilidad para servir, y creer que el Señor sigue llamando también en esta etapa de la vida.

Quizá alguien piense: “Yo no sabría hacerlo”. Pero la experiencia nos dice algo muy claro: lo que más necesitan los grupos no son especialistas, sino personas cercanas, constantes y con espíritu de servicio.

Hoy, mientras participamos en este encuentro, cada uno puede hacerse una pregunta sencilla y profunda: ¿Podría el Señor estar llamándome a este servicio? ¿Podría yo ser esa persona que ayude a que otros no estén solos? ¿Podría colaborar para que Vida ascendente crezca en nuestras parroquias y en nuestra diócesis?

Que este encuentro nos ayude a comprender que la edad madura no es el final de nada, sino una oportunidad para poner al servicio de los demás el tiempo, la experiencia y la fe que hemos recibido. La Iglesia necesita hoy esa presencia cercana, esa escucha y ese acompañamiento que muchos de ustedes pueden ofrecer. Hoy la Iglesia en nuestra diócesis necesita personas que quieran acompañar a otros mayores. Si alguno siente que podría ofrecer su tiempo, su cercanía y su fe, este puede ser el momento de decir sencillamente: “Aquí estoy”.

Gabriel-Ángel Rodríguez Millán

Administrador diocesano, s.v.

 

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE: I. CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA LUMEN GENTIUM. 2. LA IGLESIA, REALIDAD VISIBLE Y ESPIRITUAL

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy seguimos profundizando en la Constitución conciliar Lumen gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.

En el primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión.

La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8; CCC, 771).

La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.

Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación. Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.

A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.

En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y actuando. Por eso, el Papa Francisco, en la Evangelii gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros.

La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).

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ELOGIO DEL ESTUDIO DE LA TEOLOGIA

Cuanta menos consideración ambiental tenga aquello que se pretende elogiar, tanto mayores son las posibilidades de no ser comprendido o de ser calificado de inepto por alabar aquello que supuestamente no se lo merece. ¿Cómo osar alabar una actividad que en muchos sectores de nuestra sociedad no tiene especial relevancia?

No todos los estudios son iguales ni están igualmente valorados. Hay un tipo de estudio que se considera útil. La utilidad es uno de los crite­rios de lo valioso en nuestro mundo moderno. Útil parece el estudio de muchos cien­tíficos, técnicos y especialistas que nos informan sobre medicina, economía, micro­chips, in­ternet y televisión digital. Este estudio está orientado a conseguir lo que ya poseemos (discúlpese la redundancia) y ofrece certezas a la mente humana. Pero ¿es esto todo lo que necesitamos saber para vivir y vivir bien? Muchos así lo consideran. Y, sin embargo, a la vista de las múltiples noticias que todos los días re­cibimos, mu­chas de las cuales se diría que “claman al cielo”, brota de nuestros labios una excla­mación: ¡en qué mundo vivimos!, que podría también convertirse en pre­gunta acu­ciante, una pregunta que pretende comprender esta realidad y que el estu­dio califi­cado de útil no resuelve: ¿en qué mundo vivimos? Una vez que hemos compren­dido, aunque sea muy mediocremente, en qué mundo vivimos, cabe for­mular otra pregunta que resulta todavía de más difícil respuesta: ¿qué podemos es­perar de este mundo en el que vivimos?

En lo que acabamos de decir hay como un triple paso que, al menos como primera aproximación, valdría para caracterizar el recorrido que va de la ciencia a la teología pasando por la filosofía. La ciencia, intentando identificar la realidad, se preocupa del saber. La filosofía, deseando comprender la realidad, se interesa por el significado y sentido de las cosas, ayudándonos a transformar y ampliar la visión personal del mundo. La teología habla de salvación y expresa fundamentalmente una preocupación por el destino; en el fondo, se preocupa por la suerte del ser humano, y tiene serias incidencias en el modo de vivir el presente, no sólo según modalidades éticas, sino también y sobre todo existenciales. Naturalmente, la teología supone la fe y sólo es posible entenderla por quién cree que únicamente Dios es la salvación definitiva y estable de todo lo humano, lo que no significa que no interese a todo ser humano.

Martín Gelabert Ballesteros – Blog Nihil Obstat