EL PAPA EN BARCELONA: ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO EN MONTSERRAT

Saludo cordialment a Vostra Excel·lència, monsenyor Xavier Gómez García, al Pare Abat de Montserrat Dom Manel Gasch i Huriós. També als Bisbes, sacerdots, religiosos i religioses, seminaristes i tots els fidels que participen en aquest peregrinatge. Particularment, als nens i nenes que ens acompanyen avui. Gràcies per acollir-nos, gràcies per la vostra presència.

[Saludo cordialmente a Vuestra Excelencia, Mons. Xavier Gómez García, al Padre Abad de Montserrat Manel Gasch i Hurios. También a los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y a todos los fieles que participan en esta peregrinación. Particularmente, a los niños y niñas que nos acompañan hoy. Gracias por acogernos, gracias por vuestra presencia.]

Estic content de poder estar als peus de la Moreneta per encomanar-li, ple de confiança en la seva intercessió maternal, el meu servei petrí i la missió de l’Església en el món que clama demanant justícia i pau.

Amb emoció he recordat els meus anys com a rector de la parroquia de Santa Maria de Montserrat, a Trujillo, Perú. La Moreneta sempre m’ha acompanyat. Gràcies, Catalunya, per la vostra fe.

Els murs d’aquest recinte podrien explicar-nos les innombrables histories de devoció, agraïment i esperança que han contemplat al llarg dels segles al voltant de la Mare de Déu de Montserrat i també han estat testimonis de la sang vessada per amor a Jesucrist.

Així mateix en aquests murs han estat custodiades les alegries i les penes, els goigs i les llàgrimes de tants fidels, i han escoltat també les veus celestials del cant infantil de l’Escolania més antiga d’Europa.

[Estoy contento de poder venir a los pies de la Moreneta para encomendarle, lleno de confianza en su intercesión maternal, mi servicio petrino y la misión de la Iglesia en el mundo que clama pidiendo justicia y paz.

Guardo un grato recuerdo de mis años como párroco de la parroquia de Santa María de Montserrat en Trujillo, Perú. La Moreneta siempre me ha acompañado. Gracias, Cataluña, por tu fe.

Los muros de este recinto podrían narrarnos las innumerables historias de devoción, gratitud y esperanza que han contemplado a lo largo de los siglos en torno a la Mare de Déu de Montserrat y también han sido testigos de la sangre derramada por amor a Jesucristo.

Así mismo en ellos han quedado custodiadas las alegrías y las penas, los gozos y las lágrimas de tantos fieles, y han escuchado también las voces celestiales del canto infantil de la Escolanía más antigua de Europa.]

Cuando mi Predecesor, el Papa Francisco, en el 2023 ofreció la rosa de oro a esta venerada imagen, nos invitaba a considerar cómo, durante cientos de años, los fieles, sin distinción, han pasado por este Santuario desgranando las cuentas del rosario, porque María, Mare de Déu, es fundamental en la vida de todo cristiano. En esa misma ocasión señaló que «delante de la Madre […] se despiertan los sentimientos más nobles de una persona» (Discurso a los miembros de la Cofradía de la Mare de Déu de Montserrat, 7 de octubre de 2023); efectivamente, ella suscita en nosotros conversiones profundas, como la de san Ignacio de Loyola, que en este sugestivo lugar, después de una noche en oración ante la Virgen, entregó sus armas de caballero, momento que marcó el inicio de una vida nueva al servicio de Jesucristo.

Con esta misma actitud filial, os invito a acoger hoy la invitación de María: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). Estas palabras pronunciadas en Caná de Galilea contienen un verdadero programa de vida cristiana, porque María nos conduce hacia Cristo y nos enseña a escuchar su voz, obedecer su palabra y permitir que Él nos transforme. La voluntad de Jesús es clara: «Esto os mando: que os améis unos a otros» (Jn 15,17). Se trata de un amor que tiene en Él mismo su medida y su fuente: «Como yo os he amado» (v.12). Por eso, cuando María nos dice: «Haced lo que Él os diga», nos invita a alcanzar un corazón reconciliado con los criterios del Evangelio.

Jesús nos muestra el camino de la misericordia, la reconciliación, la verdad y la mansedumbre. Al mismo tiempo, desenmascara la violencia que puede esconderse en nuestras palabras y actitudes: la crítica que humilla, la condena que destruye y la agresividad que divide. Esa violencia escondida puede revestirse muchas veces de aparentes armaduras con las que intentamos proteger nuestras heridas, nuestros miedos o el sufrimiento causado por las injusticias.

Contemplem a la Mare de Déu de Montserrat que ens mostra Jesús com un nen indefens reposant a la seva falda, doncs aquí està la Mare, amb el seu Fill, convidant-nos a estimar-nos els uns als altres. Deposem avui als seus peus les cuirasses que han endurit poc a poc el cor.

El Nen Déu que Maria sosté en els seus braços, no porta armadures i serà Ell mateix qui després, despullat a la creu s’abandonarà totalment al Pare per salvar-nos amb la força desarmada i desarmant de l’amor.

[Contemplemos a María de Montserrat que nos muestra a Jesús como un niño indefenso descansando en su regazo, pues  aquí está Ella, junto a su Hijo, invitándonos a amarnos unos a otros. Depongamos hoy a sus pies las corazas que han endurecido poco a poco el corazón.

El Niño Dios que María sostiene en sus brazos, no lleva armaduras y será Él mismo quien luego, desnudo en la cruz, se abandone totalmente al Padre para salvarnos con la fuerza desarmada y desarmante del amor.]

Alcemos la mirada a María y supliquémosle que nos ayude a revestirnos únicamente con las armas de Dios, como nos exhorta san Pablo. «Ceñid vuestra cintura con la verdad, revestíos con la coraza de la justicia, calzaos los pies con la prontitud para el Evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, […] poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Ef 6,14-17).

Avui, com a peregrins a Montserrat, manifestem el sincer desig de reafirmar el nostre servei a Déu Pare que ens ha revelat Jesucrist, qui ens diu: «Qui acull un d’aquests infants en nom meu, a mi m’acull, i qui m’acull a mi, no m’acull a mi, sinó el qui m’ha enviat» (Mc 9, 37).

Considerem també com la Verge Maria, a la mà dreta, sosté l’esfera del món, signe de la seva cura materna, perquè el món sencer té cabuda en el seu cor. Ella ens invita a reconèixer-nos germans i germanes, on ningú quede excluit i on la comunió sigui més forta que tota divisió.

[Hoy, como peregrinos en Montserrat, manifestemos el sincero deseo de reafirmar nuestro servicio a Dios Padre que nos ha revelado Jesucristo, quien nos dice: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Mc 9,37).

Consideremos también cómo la Virgen, en su mano derecha, sostiene la esfera del mundo, signo de su cuidado materno, porque el mundo entero tiene cabida en su corazón. Ella nos invita a reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división.]

 Demanem a Maria, Reina de la pau, que ens ensenyi a renunciar a les paraules feridores, al judici immediat, a la murmuració i a les calumnies. I que aprenguem a custodiar i a conrear l’amor en la família, entre els amics, en el lloc de treball, en les xarxes socials, en els debats polítics i en les comunitats cristianes, de manera que l’odi doni pas a l’esperança i la pau.

Que Maria, Mare de l’Església, ens orienti sempre cap a Jesús. Us invito a saludar-la amb aquestes paraules:

Dels catalans sempre sereu la Princesa,

dels espanyols i de tot el món l’amor;

Digueu-nos: “Sou el meu tresor,

jo sóc la vostra mare, no tingueu por”.

Que així sigui.

[Pidamos a María, Reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Y que aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz.

Que María, Madre de la Iglesia, nos oriente siempre hacia Jesús. Os invito a honrarla con estas palabras:

De los catalanes siempre seréis la Princesa,

de los españoles y del mundo todo el amor;

decidnos: “Sois mi tesoro,

yo soy vuestra madre, no temáis”

Que así sea.]

_________________

Palabras improvisadas desde el balcón de la Abadía de Nuestra Señora de Montserrat

Germans i germanes, bon dia.

Gracias por estar aquí. Gracias por esta hermosa manifestación de fe. Todos unidos en una sola familia, con esa acogida de nuestra Madre María, la Virgen de Montserrat.

La alegría, entusiasmo, profundo sentido de fe que estamos viviendo en estos días: primero Madrid, ahora Barcelona, Cataluña, luego a las Canarias. Toda España llena de fe, de amor, llena de este deseo de alabar a Dios, de dar gracias a Dios y de estar unidos.

Gracias a Cataluña por haber recibido a tantas personas de otros países, porque enseña cómo integrar a todos en una única familia.

Gracias a la comunidad de fe, a la comunidad de nuestros hermanos los monjes que reciben y acogen a todos los peregrinos que vienen a rezar a María nuestra Señora.

Gracias a cada uno y a todos vosotros que estáis aquí esta mañana para recordar a todos —en Cataluña, en España, en el mundo— que la fe da vida, y la fe da esperanza.

Y es María, a quien Jesús nos dio como Madre desde la cruz, es María que nos acompaña, que es expresión de amor maternal que nos acompañará siempre.

Bendición.

Gracias, gracias a todos.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

EL PAPA EN BARCELONA: VISITA AL CENTRO PENITENCIARIO “BRIANS 1”

Queridos hermanos y hermanas:

Gràcies a tots pel vostre acolliment tan ple de simpatia i cordialitat!

Me siento edificado por el testimonio que nos han compartido Montse y Josefina. Muchas gracias. Agradezco también las palabras del padre Jesús, que ponen de manifiesto el compromiso de los capellanes y voluntarios de la pastoral penitenciaria diocesana de Sant Feliu de Llobregat.

Todo ser humano es “digno” por el mero hecho «de haber sido querido, creado y amado por Dios» (cf. Magnifica humanitas, 52). No existe, pues, ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada. Es una verdad consoladora que nos acompaña en todo momento y que nos recuerda cómo su amor misericordioso está siempre por encima de cuánto bien o mal hayamos hecho.

Esto es válido, de manera particular, para vosotros queridos hermanos y hermanas, que lleváis el peso de estar lejos de vuestros seres queridos y sufrís, además, a causa de vuestra actual condición. Cuando os venga la tentación de sentiros menos y penséis que no vale la pena seguir adelante, “alzad vuestra mirada” hacia Aquel que, a través de la presencia de tantas personas, nunca deja de mostraros su amor y cercanía.

Aunque el agobio y la tristeza marquen algunos momentos de vuestro camino, recordad que los errores de la vida no determinan la identidad de una persona. San Agustín, en sus Confesiones, nos comparte su itinerario vital y nos habla de ello; si confiamos en la gracia divina y nos dejamos guiar y transformar por ella, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones.

Hagamos espacio al Señor en nuestro corazón y busquemos su rostro. Dejémonos acompañar por su amor. Aferrémonos a Él, que nos invita continuamente a la esperanza y nos muestra un horizonte maravilloso que ninguna barrera física puede impedirnos alcanzar. Hoy, Él continúa hablándonos en lo profundo de nuestras conciencias para hacernos descubrir que tiene su morada en medio de nosotros. Sólo espera que le demos una oportunidad.

Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar.

Os encomiendo de modo particular a la intercesión maternal de Nuestra Señora de la Merced y con todo afecto pido al Señor que os bendiga. Muchas gracias.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

EL PAPA EN BARCELONA: VIGILIA DE ORACIÓN EN MONTJUIC

Respuestas del Santo Padre

  1. Santo Padre, crecemos escuchando que el único objetivo en la vida es producir, tener éxito y cuidar nuestra imagen. Yo mismo lo intenté, pero solo encontré un vacío inmenso. Buscando respuestas, mi vida dio un giro y esta última Pascua recibí el Bautismo. Ahora que este camino es nuevo para mí, le pregunto: ¿Cómo podemos mantener la mirada alzada hacia lo que de verdad importa, cuando la sociedad nos empuja a mirar constantemente hacia el suelo o solo a nosotros mismos? ¿Cómo podemos descubrir nuestra verdadera vocación en medio de esta corriente?

Gràcies per aquest testimoni. Gràcies per permetre’m participar en la teva alegria i en la de tots aquells que en la Pasqua d’aquest any han rebut el sagrament del Bateig.

[Gracias por este testimonio. Quisiera ante todo participar en tu alegría y en la de todos aquellos que en la Pascua de este año han recibido el sacramento del Bautismo.]

Numerosos jóvenes y adultos están redescubriendo la fe cristiana, quizá después de una etapa de la vida en la que se habían apartado un poco de Dios. Se trata de un paso realmente importante. En efecto, todo lo que descubrimos, acogemos y vivimos paulatinamente a lo largo del camino contribuye ciertamente a nuestro crecimiento, a nuestra madurez y a ensanchar espacios de vida en nuestro interior; pero, al mismo tiempo, en medio de las alegrías, los éxitos y las derrotas, nos damos cuenta de que necesitamos otra agua para saciarnos más profundamente. Nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande. Y esta inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado: estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando, a buscar avanzando, pero, sobre todo, a buscar “descendiendo interiormente”, es decir, yendo a lo profundo.

I aquí torno a la pregunta amb dos breus idees. La primera: és necessari cultivar una sana inquietud. En les nostres societats, de fet la idolatria del benefici i del rendiment, l’afany de produir sempre i de ser guanyadors, així com el culte a la pròpia imatge, no són més que anestèsics per endormiscar la nostra consciència i adaptar-la a una certa idea de societat. Quan les persones aprenen a aturar-se, a donar valor a les coses importants, a apreciar el temps de manera nova i a pensar en la pròpia vida deixant-se il·luminar per l’Evangeli, desenvolupant també un pensament crític respecte a un sistema social que no posa a la persona en el centre i provoca situacions d’injustícia i de pobresa existencials a diversos nivells. És per això que la inquietud fa por, així com el descobriment de la interioritat, de la espiritualitat i encara més de l’Evangeli.

[Y aquí vuelvo a la pregunta con dos breves ideas. La primera: es necesario cultivar esa sana inquietud. En nuestras sociedades, de hecho, la idolatría del beneficio y del rendimiento, el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen, no son más que anestésicos para adormentar nuestra conciencia y adaptarla a una cierta idea de sociedad. Cuando las personas aprenden a detenerse, a dar valor a las cosas importantes, a apreciar el tiempo de modo nuevo y a pensar en la propia vida dejándose iluminar por el Evangelio, desarrollan también un pensamiento crítico respecto a un sistema social que no pone a la persona en el centro y provoca situaciones de injusticia y de pobreza existenciales a diversos niveles. Es por eso que la inquietud da miedo, así como el descubrimiento de la interioridad, de la espiritualidad y aún más del Evangelio.]

Segunda idea: es en este mundo donde debemos cultivar la inquietud, no en otro. Es dentro de esta sociedad que tú y tantos otros habéis descubierto el valor de una vida más humana, más plena, abierta al encuentro con Dios y a la alegría de la fe. Esto significa que, a pesar de las dificultades, el lugar en el que Dios se hace presente y donde debemos encontrar sus huellas es siempre en la realidad donde nos encontramos. Creemos que el Espíritu Santo actúa y trabaja silenciosamente en todas las situaciones de la vida y de la historia, incluso en aquellas que parecen más difíciles. Pero debemos cultivar esta inquietud y hacerle espacio; como decía, “buscar dentro”, intentando no dejarnos abrumar por los ritmos y las seducciones externas, cultivando espacios de silencio, deteniéndonos quizá algunos minutos al día para leer el Evangelio y hablar con Dios, y también tratando de hacer este camino interior junto con otros, dejándonos acompañar en los itinerarios eclesiales y confrontándonos con los sacerdotes, los religiosos, las personas que como nosotros han emprendido este camino.

  1. Santo Padre, en un mundo donde las cosas se gritan, hay aspectos de la vida que permanecen callados, con vergüenza; como la depresión, una enfermedad silenciosa que afecta a muchas personas, jóvenes y adultos, y que conlleva una oscuridad, aislamiento y un dolor inmensurable. A veces, este dolor es tan abrumador que la idea de desaparecer parece la única salida. Yo misma luché por salir de esta enfermedad, en silencio durante años, y una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida. Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad, y le estaré eternamente agradecida, pero hay muchos otros que continúan enfrentándose a esta oscuridad. Por eso, le pregunto de todo corazón: ¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale la pena?

Ante todo, gracias por compartir hoy tu experiencia de sufrimiento. Me conmueve que puedas hablar de ella, que estés aquí entre nosotros y que hayas encontrado la fuerza de acoger esta segunda posibilidad que el Señor te ha dado. Te has levantado y has retomado el camino y este es un milagro maravilloso que vemos en muchos personajes del Evangelio: en contacto con Jesús, aun quien se siente perdido recobra confianza en la vida, sana la enfermedad y puede levantarse para volver a vivir.

En la teva pregunta, t’has referit en primer lloc a la “malaltia silenciosa” que és la depressió, i és important prendre consciència de com la salut mental es veu cada vegada més amenaçada en el context de societats que es consideren avançades. És un senyal de que hi ha quelcom profundament equivocat en una certa idea de creixement que sotmet a les persones a pressions i tensions que comprometen equilibris fonamentals. Per això es necessita un sistema sanitari que inclogui entre les seves prioritats aquest malestar invisible i generalitzat, que afecta també als joves.

Les teves paraules, tanmateix, ens han mostrat que el dolor posa a prova la fe i el sentit que li donem a la vida. Això és cert per a tothom, no solament per aquells que en algun moment travessen la prova de la malaltia.

[En tu pregunta, te has referido en primer lugar a la “enfermedad silenciosa” que es la depresión, y es importante tomar conciencia de cómo la salud mental se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas. Es una señal de que hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales. Por eso se necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes.

Tus palabras, sin embargo, también nos han mostrado que el dolor pone a prueba la fe y el sentido que le damos a la vida. Esto es cierto para todos, no sólo para quienes en algún momento atraviesan la prueba de la enfermedad.]

Mientras te escuchaba, pensé en esas horas de oscuridad, de angustia y de dolor que vivió Jesús cuando se acercaba la hora de su muerte. Los Evangelios, en los momentos de la última cena y de la oración en Getsemaní, subrayan que estaba cayendo la tarde, que estaba anocheciendo, así como poco antes de morir en la cruz nos dicen que “toda la tierra quedó en tinieblas”. Pero, en realidad, no se trata sólo de un sufrimiento personal; el Hijo de Dios está asumiendo en su propia carne toda la angustia, la soledad y el sufrimiento de la humanidad. En esas horas oscuras, muriendo en la cruz, Jesús comparte nuestro dolor y nos revela el rostro de un Dios compasivo, que carga con nuestras penas, que sufre con nosotros, llora nuestras lágrimas y permanece a nuestro lado con su presencia llena de amor y misericordia.

Pasar por esta experiencia es difícil, lo atestigua varias veces la Sagrada Escritura; hay momentos de oscuridad y de sufrimiento que nuestra sociedad hace callar, porque precisamente algunos modelos culturales nos quieren siempre vencedores y perfectos y, por eso, el límite, la fragilidad y el dolor deben ser eliminados, o confinados al silencio ensordecedor de la soledad o incluso de la vergüenza. Y, en estos momentos, podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad extrema, que Él recoge no sólo nuestras lágrimas, sino el grito de nuestro sufrimiento que otros no escuchan, un grito que Jesús hizo suyo en la cruz, diciendo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Hay una catequesis sobre las últimas horas de Jesús, en la que Benedicto XVI dice que su sufrimiento se vuelve oración y grito, y que eso vale también para nosotros: frente a las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando Dios parece ausente, debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla. Pero pienso que no podemos hacerlo solos. En las horas de dolor, al menos en cuanto sea posible, debemos abrirnos a alguien que nos ayude a expresar una oración sencilla, que nos acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que nos tome de la mano y nos haga salir de este grito.

Estas experiencias ofrecen un mensaje también a nosotros creyentes, a toda la Iglesia: no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Recordemos lo que decía el Papa Francisco: con Dios, la vida renace siempre.

  1. Buenas noches Santo Padre. Vengo de una familia de un barrio muy humilde de Barcelona. De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se hicieron cargo de mí, y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña. Al principio fue duro, pues me había creado un muro para protegerme, donde no dejaba entrar a nadie. Pero poco a poco experimenté por primera vez el amor de familia, y mi corazón se fue abriendo. Allí me hablaron de Jesús, empecé a rezar y me bauticé. Pero en mi adolescencia me rebelé contra Dios muchas veces. Me invitaron a un retiro y allí por primera vez experimenté el amor de Dios. Pero han pasado unos meses, y aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña? Santo Padre, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?

Gràcies pel teu testimoni i gràcies també per la pregunta sobre el perdó. És realment un signe de la gràcia de Déu que aquesta pregunta sorgeixi d’un passat tant marcat pel sofriment i que, a pesar del dolor, es tingui la valentia de preguntar com és possible perdonar a qui ens ha fet mal. Voldria dir dues coses aquí.

La primera complementa el que deia abans sobre la presència de Déu en les hores del nostre sofriment; en el fons també tu expresses aquesta pregunta respecte a la teva infància, però el context en el que han passat els fets de la teva vida ens demanen ampliar el radi d’influència de la nostra pregunta: ¿ens hem de preguntar “on estava Déu” o hem preguntar-nos sobre l’home i sobre la humanitat, sobre com a vegades som presoners del mal fins a arribar a ser violents amb els demés, sobre com no aconseguim cultivar l’amor i respectar als demés en la seva dignitat i llibertat?

[Gracias por tu testimonio y gracias también por la pregunta sobre el perdón. Es realmente un signo de la gracia de Dios que esta pregunta surja de un pasado tan marcado por el sufrimiento y que, a pesar del dolor, se tenga la valentía de preguntar cómo es posible perdonar a quien nos ha hecho mal. Quisiera decir también aquí dos cosas.

La primera completa lo que decía anteriormente sobre la presencia de Dios en las horas de nuestro sufrimiento; en el fondo también tú expresas esta pregunta respecto a tu infancia, pero el contexto en el que han pasado los acontecimientos de tu vida nos pide ampliar el radio de nuestra pregunta: ¿debemos preguntarnos “dónde estaba Dios” o debemos interrogarnos sobre el hombre y sobre la humanidad, sobre cómo a veces somos prisioneros del mal hasta llegar a ser violentos con los demás, sobre cómo no logramos cultivar el amor y respetar a los demás en su dignidad y libertad?]

Tantas crónicas policiales, todavía hoy, reflejan un clima envenenado en las relaciones familiares de abusos y opresiones, y en particular de violencia contra las mujeres, que a menudo desembocan lamentablemente también en feminicidios. Esta realidad dramática, que tiene raíces antropológicas y culturales estamos llamados a abordarla todos, sea personalmente, sea como sociedad, porque a nosotros nos corresponde afrontarla en todas sus dimensiones.

No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad; no podemos imaginar que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda; Él nos ha dotado de inteligencia y voluntad, nos ha dado una conciencia, nos ha revestido de dignidad y de libertad, y sobre todo ha venido a nuestro encuentro para indicarnos, en su Hijo Jesucristo, el camino a seguir para que nuestra vida sea plenamente humana y en nuestra sociedad reinen la justicia, la paz y la fraternidad. Nos ha dado su mismo Espíritu, precisamente para que el amor sea la clave de todas nuestras relaciones humanas. Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios.

Una segunda cosa se refiere al perdón. Debemos aprender a mirar el perdón, poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores, como algo que forma parte de un proceso, de un camino. El mismo Evangelio, si lo leemos como un libro de indicaciones, de mandamientos y de deberes, corre el riesgo de causarnos mucho desánimo y frustración, porque Jesús nos invita al perdón y nosotros experimentamos que no somos capaces. En cambio, no es así. El perdón sobre todo debemos invocarlo del Señor; seguir pidiendo —tal vez durante toda la vida— que el Señor amplíe en nosotros el espacio del amor precisamente allí donde hemos sido heridos, que nos ayude a reconciliarnos con nosotros mismos y con esa parte de nuestra historia marcada por el sufrimiento, que lentamente transforme el resentimiento en misericordia y compasión.

Es un camino largo, es un proceso que requiere mucha paciencia, es un trabajo que debemos hacer con nosotros mismos, tanto personalmente como por medio de otros itinerarios de acompañamiento y también reconciliación interior. Y es necesario no desanimarse: en el perdón se avanza con pequeños pasos. La reconciliación con la historia es gradual y, sobre todo, no debemos pensar que el perdón equivalga siempre y en todos los casos a volver a la situación anterior o a vivir una relación plena con quienes nos han herido, especialmente cuando el hecho ha sido marcado también por la violencia. Se puede permanecer en la buena disposición del corazón hacia la persona, rechazar toda forma de odio o de venganza, esforzarse por reparar la relación en la medida de lo posible y, quizá, rezar por él o por ella: tot això ens ajuda a entrar cada cop més en la dinámica del perdó i a reconciliar-nos amb Déu i amb els demés. Som pecadors perdonats, pacificats i capaços de perdonar. Capaços de ser portadors de pau.

[Todo esto nos ayuda a entrar cada vez más en la dinámica del perdón y a reconciliarnos con Dios y con los demás. Somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz.]

_________________

Homilía del Santo Padre

Estimats germans i germanes, fills i filles estimats de Déu. També nosaltres som com Nicodem, peregrins en la nit. Aquesta icona evangèlica, sobretot, ens ofereix un missatge del camí de la vida.

[Queridos hermanos y Hermanas, hijos e hijas amados de Dios. También nosotros somos como Nicodemo, peregrinos en la noche. Este icono evangélico nos ofrece un mensaje ante todo sobre el camino de la vida.]

Nuestro caminar, nuestro desear y todo aquello que abrazamos y vivimos cotidianamente, en las alegrías y en las derrotas, en las aspiraciones y en los proyectos, es la expresión de nuestra búsqueda continua: somos mendigos de amor, tenemos hambre y sed de verdad, buscamos un significado pleno que nos sostenga, nos anime y nos ayude a comprender el misterio de nuestra vida. Mientras avanzamos lentamente, con pequeños pasos, estamos llamados a dialogar con la penumbra de nuestra misma condición humana: nos falta la verdad completa, no conocemos en profundidad el misterio de nosotros mismos y el verdadero rostro de los demás, no siempre logramos comprender la verdad escondida de la realidad que nos rodea y de los acontecimientos que se presentan ante nuestros ojos. Buscamos una luz que ilumine el camino.

Però Nicodem també ens parla del camí de la fe. No es tracta d’un sender paral·lel respecte al de la nostra existència, però aquests dos itineraris estan sempre entrellaçats entre ells. Com hem proclamat en l’Evangeli, Déu ha estimat tant el món fins a donar-nos el seu Fill unigènit i, en Ell, s’ha unit per sempre a la nostra carn. Ell està sempre amb el Pare i amb nosaltres; així, cada vegada que el misteri de la nostra vida s’obre a la llum d’un nou dia, en tot el que som i obrem, estem en la presencia de Déu i som custodiats pel seu braç etern: la nostra vida “està en Crist amagada amb Déu”. I, amb tot, a vegades experimentem la nit de la fe, la fatiga de creure, el cansament de l’esperit, el sentit de la desproporció davant la crida de l’Evangeli, l’amargura dels nostres fracassos i la por a no ser capaços.

Germans i germanes, Nicodem ens ensenya que aquestes nits, que acompanyen la nostra vida, el camí de la fe i la historia en la qual vivim, són un lloc de benedicció, un espai per renéixer, unes entranyes que sempre engendren nova vida. Aquestes nits ens despullen i ens retornen a allò essencial; ens treuen les màscares humanes i religioses que utilitzem cada dia, per a que no ens reconeguin o per a donar una imatge de nosaltres diferents de la que som; ens deixen al descobert, en les nostres llums i les nostres ombres, tornant-nos a la humilitat de saber-nos mirar en la veritat, més enllà de la presumpció de pensar que el nostre camí ja està complert i que avancem com si tinguéssim una llum clara sobre tota cosa, sobre tots i fins i tot sobre Déu.

[Pero Nicodemo también nos habla del camino de la fe. No se trata de una senda paralela respecto a la de nuestra existencia humana, sino de dos itinerarios que están siempre entrelazados. Como hemos escuchado en el Evangelio, Dios ha amado tanto al mundo hasta darnos a su Hijo unigénito y, en Él, se unió para siempre a nuestra carne. Él está siempre junto al Padre y junto a nosotros; así, cada vez que el misterio de nuestra vida se despliega a la luz de un nuevo día, en todo lo que somos y obramos, estamos en la presencia de Dios y somos custodiados por su abrazo eterno: nuestra vida «está con Cristo escondida en Dios» (Col 3,3). Y, con todo, a veces experimentamos la noche de la fe, la fatiga de creer, el cansancio del espíritu, el sentido de la desproporción ante la llamada del Evangelio, la amargura de nuestros fracasos y el miedo a no ser capaces.

Hermanos y hermanas, Nicodemo nos enseña que estas noches —que acompañan nuestra vida, el camino de la fe y la historia en la que vivimos— son un lugar de bendición, un espacio para renacer, un vientre que siempre alumbra vida nueva. Estas noches nos despojan y nos devuelven a lo esencial; nos quitan las máscaras humanas y religiosas que usamos de día, para que no nos reconozcan o para dar una imagen de nosotros diferente de lo que somos; nos dejan al descubierto, en nuestras luces y en nuestras sombras, devolviéndonos a la humildad de sabernos mirar en la verdad, más allá de la presunción de pensar que nuestro camino ya esté cumplido y que avancemos como si tuviéramos una luz clara sobre todo, sobre todos e incluso sobre Dios.]

Este “espacio vacío” que la noche crea, aun cuando se presenta bajo la forma del sufrimiento o de la insatisfacción, de la desilusión o de la incredulidad, puede ser ocasión para recibir una nueva vida, para cambiar y renovarse, para “renacer de lo alto”, como dice Jesús a Nicodemo. Dios, en efecto, no ha venido a juzgar el mundo con su pecado y la noche de su infidelidad, sino que ha enviado a su Hijo para salvarlo, para dar al mundo la vida eterna.

Por eso, también nosotros estamos llamados a no juzgar las “noches”; ni las noches de nuestra vida, ni las de la Iglesia, ni las de la sociedad que nos rodea. En la noche, debemos en cambio ponernos en camino como hace Nicodemo, seguir interpelando al Señor, abrirnos al viento del Espíritu para acoger la noche ya no como el signo de un fracaso sino como el inicio de una nueva vida.

Y pensando en nuestro camino personal, pero también en las noches de nuestro camino eclesial y de España, en sus ciudades, de sus antiguas y nuevas pobrezas, de su sociedad y cultura, podemos entonces preguntarnos: ¿cuáles son las noches que atravesamos? ¿Qué nos sugieren? Entrando en ellas y mirando con humildad y sin prejuicios la realidad de lo que somos, ¿qué estamos llamados a cambiar?, ¿dónde debemos renovarnos, en qué dirección queremos ir, qué sociedad queremos construir?

No deixem de buscar, de qüestionar-nos i de dialogar, amb Déu i entre nosaltres, també en el cor de la nit. Caminem junts en la fe que harmonitza la diversitat de les nostre idees i sensibilitats, per a buscar la veritat que ens guia cap al bé comú, per a que aquest País sigui un espai acollidor per a tothom, on cadascú sigui respectat en la seva dignitat de persona i estimat per allò que és. Obrim-nos al do de l’Esperit, buscant el Senyor com Nicodem i acollint la llum del seu Evangeli, amb la certesa que experimentarem en nosaltres una vida nova, una presència que beneeix, un amor gratuït que ens ajudarà a passar de la nit a la llum. Perquè Déu vol que res es perdi i ja des d’ara desitja donar-nos la vida eterna, per conduir-nos a la felicitat que no té fi.

[No dejemos de buscar, de cuestionarnos y de dialogar, con Dios y entre nosotros, también en el corazón de la noche. Caminemos juntos en la fe que armoniza la diversidad de nuestras ideas y sensibilidades, para buscar la verdad que nos guía hacia el bien común, para que este país sea un espacio acogedor para todos, donde cada uno es respetado en su dignidad de persona y amado por lo que es. Abrámonos al don del Espíritu, buscando al Señor como Nicodemo y acogiendo la luz de su Evangelio, con la certeza de que experimentaremos en nosotros una vida nueva, una presencia que bendice, un amor gratuito que nos ayudará a pasar de la noche a la luz. Porque Dios quiere que nada se pierda y ya desde ahora desea darnos la vida eterna, para conducirnos a la felicidad que no tiene fin.]

Que el Senyor ens concedeixi, per intercessió de la Mare de Déu, obrir-nos a Ell i deixar-nos sacsejar pel vent del seu Esperit.

[Que el Señor nos conceda, por intercesión de la Virgen María, abrirnos a Él y hacernos sacudir por el viento de su Espíritu.]

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

EL PAPA EN BARCELONA: ORACIÓN DE LA HORA MEDIA EN LA CATEDRAL DE LA SANTA CRUZ Y SANTA EULALIA

Estimats germans i germanes,

Amb gran goig començo la meva visita resant l’Hora sexta en aquesta Catedral amb tots vosaltres.

[Queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría inicio mi visita rezando la Hora sexta en esta Catedral junto a vosotros.]

El Concilio Vaticano II define el Oficio divino como «la voz de la misma Esposa que habla al Esposo» (Sacrosanctum Concilium, 84) y «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (ibíd.). También la Lectura que hemos escuchado subraya que todos «hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo» (1 Co 12,13). Podemos entonces dejarnos ayudar, en nuestra reflexión, precisamente por estas dos imágenes: la Esposa y el Cuerpo.

La primera nos recuerda que la Iglesia, y en particular esta asamblea, rica de dones y carismas y de la variedad de las historias de cada uno, es ante todo una Esposa amada. Dios os ha querido aquí, porque ama en vosotros y en vuestro estar juntos una belleza y una bondad únicas y sagradas. Él os ha elegido a vosotros para representar hoy la “comunidad de los santos” (cf. 1 Co 1,2) que está en Barcelona. Y es con esta conciencia que os invito a renovar, concordes, el propósito de caminar juntos, todos, fieles y Pastores, tras las huellas de Cristo, hacia la plenitud de la vida. La Iglesia es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios y, ante todo, crece dejándose amar por Él, unida, con corazón humilde y agradecido, porque sólo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor.

A este respecto, el Papa Francisco, no hace muchos años, recomendaba a esta Comunidad diocesana iniciar «desde el encuentro con Cristo» para crecer «en fraternidad, en el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio» (Videomensaje con motivo de la inauguración de la torre de la Virgen María de la basílica de la Sagrada Familia, 8 diciembre 2021), y, un año después, repetía a los seminaristas de esta misma Archidiócesis, peregrinos en Roma: «No dejen nunca de gustar y rememorar este amor de predilección que se derrama y se derramará abundantemente en su corazón […]. No apaguen nunca ese fuego que los hará intrépidos predicadores del Evangelio» (Discurso a la comunidad del Seminario de Barcelona, 10 diciembre 2022).

Sus palabras indican el clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes, en las familias, en las parroquias, en los lugares de trabajo y de formación, en los ambientes de la Curia y en cualquier otro ámbito de vida: un clima de familia, en el que se vive juntos, conscientes de la filiación y de la llamada común, solidarios, abiertos, capaces de misericordia, de sacrificio, de atención recíproca, de perdón.

Estimats amics, Barcelona, en aquest sentit, té una gran tradició d’Església. Ho recordava sant Joan Pau II quan, en la seva visita aquí, lloava «l’ànim acollidor que al llarg de la història ha dut als barcelonins i catalans, a tots vosaltres, a compartir la ciutadania humana i cristiana amb moltíssima gent» (Àngelus, Barcelona, 7 novembre 1982), i us animava a «proclamar davant l’Església que aquesta ciutat i aquesta regió són un lloc ampli i obert a la fraternitat cristiana» (ibíd.).

Amb les seves paraules trobem rostres de tants germans i germanes que entre vosaltres s’han entregat i s’entreguen per construir harmonia i comunió, més enllà de tota polarització. I també avui hi trobem confirmació en la vitalitat de tantes obres d’anunci, de formació i de caritat de les quals tots vosaltres sou animadors i protagonistes.

[Queridos amigos: Barcelona, en esto, tiene una gran tradición de Iglesia. Lo recordaba san Juan Pablo II cuando, en su visita aquí, alababa el «ánimo acogedor que a lo largo de la historia ha llevado a barceloneses y catalanes, a vosotros, a compartir ciudadanía humana y cristiana con innumerables gentes» (Ángelus, Barcelona, 7 noviembre 1982), y os animaba a «proclamar ante la Iglesia que esta ciudad y esta región son un hogar amplio y abierto a la fraternidad cristiana» (ibíd.).

En sus palabras encuentran un lugar los rostros de tantos hermanos y hermanas que entre vosotros se han entregado y se entregan para construir armonía y comunión, más allá de toda polarización. Y también hoy ellas se ven confirmadas en la vitalidad de las numerosas obras de anuncio, de formación y de caridad de las que todos vosotros sois animadores y protagonistas.]

Esto nos lleva a la segunda imagen en la que queremos detenernos: la del cuerpo, objeto inmediato de la lectura que hemos escuchado (cf.1 Co 12,12-13). Si Cristo es el Esposo que nos amó primero, Él es también la Cabeza a la que estamos unidos como miembros de un único organismo, unos al servicio de otros, «hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,9), todos animados por la acción del mismo Espíritu, todos llamados a la misma santidad. También esto es importante, porque nos recuerda que para nosotros trabajar juntos no es una elección de “estilo”, sino una necesidad fisiológica, fundada en la gracia concedida a cada uno «según la medida del don de Cristo» (Ef 4,7), y a la que correspondemos poniendo en juego los carismas recibidos en el respeto de los ministerios confiados. Es el Espíritu quien, como partes de una única estructura viva, nos impulsa no sólo a entregarnos sin reservas allí donde la Providencia nos llama, sino a hacerlo según los designios de Dios, en la obediencia y en la confianza.

Como en un cuerpo, también entre nosotros hay miembros más fuertes y otros más débiles, algunos visibles, que desempeñan funciones evidentes hacia el exterior, otros escondidos, que actúan desde dentro, en algunos casos sin detenerse nunca y cumpliendo funciones vitales, sin que nadie siquiera se dé cuenta.

Son muchas las imágenes con las que podríamos ilustrar la variedad y la importancia de los roles y de las misiones que encontramos entre nosotros, pero el mensaje es siempre el mismo: en la riqueza de los dones recibidos, somos fuertes porque estamos unidos, y estamos unidos porque estamos animados por el mismo Espíritu, el Espíritu de Cristo, que es Espíritu de comunión para la salvación de todos (cf. Ef 4,4). Por tanto, es importante, para cada uno de nosotros, no permitir que nada destruya la unidad en la que Dios nos ha constituido y hacia cuya plenitud nos conduce día tras día.

Barcelona és anomenada “Cap i Casal de Catalunya”. Això dóna a aquesta comunitat, i a tots vosaltres, barcelonins i catalans, una vocació i una responsabilitat especial per convertir-vos, amb l’ajuda de Déu, en constructors d’unitat.

Ara venerarem les restes de santa Eulàlia copatrona d’aquesta Catedral, d’aquesta Arxidiòcesi i d’aquesta Ciutat.

[Barcelona es llamada “Cap i Casal de Catalunya”. Lo que da a esta comunidad, a todos vosotros, barceloneses y catalanes, una vocación y una responsabilidad especial de convertiros, con la ayuda de Dios, en constructores de unidad.

Dentro de poco veneraremos los restos de santa Eulalia, copatrona de esta Catedral, de esta Archidiócesis y de esta Ciudad.]

San Agustín, hablando de los Mártires, decía: «No nos parezca poca cosa el ser miembros de aquel de quien lo fueron aquellos con quienes no podemos equipararnos […] obedecemos al mismo Señor […], perseguimos la misma caridad y abrazamos la misma unidad» (Sermón 280, 6).

Queridos hermanos y hermanas: con este espíritu es que también nosotros, en un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser “mártires”, es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias. Como la virgen Eulalia y tantos otros mártires, queremos responder nuestro “sí”, dispuestos, en lo que sea necesario, a morir a nosotros mismos, a perdernos para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para siempre (cf. Mt 16,24-26).

Això ens ensenya el Crucificat, a això ens conviden l’apòstol Pau i els exemples dels sants, això volem fer plegats, segons l’oració de Jesús al Pare, durant el l’ Últim Sopar: « Que jo estigui en ells i tu en mi, perquè siguin plenament u. Així el món reconeixerà que tu m’has enviat i que els has estimat a ells com m’has estimat a mi» (Jo 17,23).

Que Maria, Mare de l’Església i Mare de la unitat, ens ajudi a ser fidels a aquest compromís i a aquesta missió. «Mare de Déu de la Mercè, pregueu per nosaltres».

[Esto nos enseña el Crucificado, a esto nos invitan el apóstol Pablo y los ejemplos de los santos, esto queremos hacer juntos, según la oración de Jesús al Padre, durante la Última Cena: «Yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17,23).

Que María, Madre de la Iglesia y Madre de la unidad, nos ayude a ser fieles a este compromiso y a esta misión: «Santa Maria de la Mercè, pregueu per nosaltres».]

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

EL PAPA EN MADRID: ENCUENTRO CON LOS VOLUNTARIOS

Eminencia, don José, queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este encuentro es el último de la etapa madrileña de mi Viaje apostólico, pero me alegra mucho que sea con vosotros, voluntarios y voluntarias. Cada uno de vosotros y muchos más que no han podido estar aquí esta mañana merecéis un “gracias” muy especial, porque habéis ofrecido vuestra presencia, vuestro servicio, y lo habéis hecho por amor al Señor, a la Iglesia y al Papa. ¡Gracias de todo corazón!

Agradezco a los dos “portavoces” que nos han brindado sus testimonios y a quienes han realizado el vídeo y la actuación musical.

He sabido que, desde el principio, vuestra respuesta a la convocatoria ha sido entusiasta: en pocos días habéis superado las cifras solicitadas y así las necesidades han quedado ampliamente cubiertas. Os habéis tomado días libres en el trabajo, algunos de vosotros os habéis dedicado a tiempo completo durante meses, pero cada uno ha dado lo que ha podido, entregando corazón, manos, ideas, talentos, sonrisas. ¡Que Dios os recompense como sólo Él sabe hacerlo!

Me gustaría compartir con vosotros una sencilla reflexión, que resumiría así: los cristianos están llamados a llevar al mundo la levadura de la gratuidad.

Jesús utilizó la imagen de la levadura en una parábola sobre el Reino de los cielos, recogida por el evangelista Mateo: «El Reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta» (Mt 13,33). Vuestra experiencia de estos días, como la de tantos hermanos y hermanas, voluntarios en circunstancias similares —pienso en el Jubileo del año pasado—, es un signo del Reino que viene, y lo es por un aspecto esencial: la gratuidad.

La gratuidad es una levadura que hace crecer la calidad humana, ética y espiritual de una sociedad, porque podríamos decir que es un rasgo típico de la “ciudad de Dios”. En un mundo continuamente influenciado por la lógica del interés y del lucro, donde el término “crecimiento” se reduce a la dimensión económico-financiera, es necesario pensar y vivir según la lógica más verdadera, es decir, la de un crecimiento humano integral. Es la lógica del Evangelio, que dice: «Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?» (Lc 6,33-34).

Queridos hermanos, Jesucristo vino a traer al mundo la levadura del Reino de los cielos; la mezcló con la masa de nuestra humanidad enferma para sanarla desde dentro, con el agua y la sangre de su sacrificio y con el fuego del Espíritu Santo. Y tras su muerte y resurrección, envió a sus discípulos, con la fuerza del mismo Espíritu, para que fueran en el mundo signos e instrumentos de su Reino, el Reino de amor, de justicia, de paz. Esto se realiza mediante la predicación, pero también, y diría más aún, a través de un estilo de vida, una forma de pensar y de comportarse que es la del Evangelio. Pues bien, un rasgo esencial de este estilo es la gratuidad que habéis testimoniado estos días aquí en Madrid. ¡Gracias! Quizá las estadísticas no lo registren, pero sabemos que, en estos días, también gracias a vosotros, esta ciudad ha crecido y está más cerca del Reino de Dios. ¿Mérito nuestro? ¡No! ¡Todo es gracia suya! Este es el secreto: el amor de Dios, que mueve el sol y los astros, y mueve los corazones de quienes han encontrado al «Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”» (Hch 20,35).

Hermanas, hermanos, ¡sigamos por este camino! Con humildad y mansedumbre, sin ninguna presunción, pero firmes en la fe y generosos en el servicio. Que la Virgen María os conceda ser levadura del Reino siempre y en todas partes. ¡Gracias! ¡Y nos vemos en Roma!

Tras bendecir las primeras piedras

Regalo del cáliz

Y quiero dejar también, como don para toda la familia, aquí en Madrid, como signo de comunión en la Iglesia, este cáliz. Que no nos olvidemos jamás de lo que celebramos en el memorial de Cristo que nos ha salvado.

Bendición apostólica

Muchas gracias a todos.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Edit

EL PAPA EN MADRID: ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD DIOCESANA

Queridos hermanos, queridas hermanas: ¡buenas tardes!

Yo supongo que, para un jugador de fútbol, hacer un gol en este estadio es algo que le marca un poco la vida. Pero, don José: ¡hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!

Gracias.

Esta velada es un gran himno de fe y me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad. Agradezco a vuestro Arzobispo, don José, por haber introducido la parábola del canto, que muestra cómo los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian. Para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran Memorial de la historia que nos ha salvado.

Cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución. Vosotros sois la Iglesia diocesana en medio de un pueblo que ama la música, la danza y el estar juntos, pero que también conoce los conflictos, la resignación y, a veces, la desesperación, situaciones en las que el Evangelio puede abrir un camino a la esperanza. Vosotros testimoniáis el Evangelio en la capital de un gran país europeo, sede de instituciones y organizaciones en las que se toman decisiones importantes para el presente y el futuro, pero también destino de millones de visitantes y de hermanos y hermanas en busca de nuevas oportunidades. Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana. No es casualidad que los apóstoles, en sus escritos, a menudo inviten a las iglesias a la alegría, recomendándola casi como un mandamiento. Es la Evangelii gaudium, una respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo: su vida, muerte y resurrección han cambiado para siempre la percepción de la historia de quienes lo han encontrado y seguido, aunque sea de formas y por caminos diferentes. También hoy el amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5,14) —el verbo que utiliza san Pablo significa además “nos cautiva”, “nos mantiene unidos”, “nos posee”— y así nos llama a la responsabilidad de la acción.

Sí, queridos hermanos y hermanas, como algunos de vosotros habéis atestiguado esta tarde, el Bautismo cambia verdaderamente la vida. Nuestras sensibilidades, procedencias y prioridades se encuentran en Cristo y de su vida reciben la savia, como los sarmientos de la vid. En concreto, esto significa que mucho de lo que ya había en nosotros se transforma, porque se orienta al servicio, deja de ser un don privado y sirve al bien común. No hay que temer el hecho de que nunca produzca uniformidad. Al respecto, el Nuevo Testamento da testimonio, en la variedad de sus voces, de la comunión en la diversidad, es decir, de la comprensión que desapareció en Babel, donde todos, según el relato bíblico, obligados a un proyecto totalitario y meramente humano, terminaron por no entender a su prójimo.

En la Encíclica Magnifica humanitas he propuesto, como alternativa a la homologación y confusión, la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén. «Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último» (Magnifica humanitas, 10).

Existe, pues, una relación especial entre la Iglesia y la ciudad, que cobra aún mayor importancia en el cambio de época que estamos viviendo: una relación que, naturalmente, se materializa entre personas de carne y hueso, en las relaciones laborales y de proximidad, pero también en las distintas comunidades, asociaciones y entidades barriales. Cada vez se hace más patente la especificidad de la misión cristiana en el seno de las grandes realidades urbanas, donde «una cultura inédita late y se elabora» (Evangelii gaudium, 73). La claridad sobre este punto ha madurado mucho a lo largo del camino sinodal, lo que nos ha permitido conocernos y escucharnos con mayor profundidad en los contextos en los que la comunidad diocesana vive y se configura. La pregunta que se vuelve más importante es: lo que somos y hacemos como cristianos, ¿llega «allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas», o sea, a los «núcleos más profundos del alma de las ciudades» (ibíd. 74)? Es cierto que dar una respuesta puede ser difícil, pero es posible si buscamos juntos la verdad.

Por eso es tan importante no dispersarnos ni encerrarnos cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía. Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera, cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado. Por eso, buscarlo y seguirlo es la condición para indicarlo: de lo contrario, no hay evangelización, y hoy podemos entender esto mejor que en el pasado. En las grandes ciudades, más que en otros lugares, a veces nos parece que ya no tenemos los mapas para movernos con seguridad. Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza.

Queridos hermanos, Madrid es una gran ciudad donde conviven tradiciones y “almas” diferentes. Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo Él sabe y puede hacerlo, es decir, en el amor y, por tanto, en la libertad. Él es misericordia infinita y quiere que todos se salven. Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo. ¡He aquí a Jesucristo! ¡He aquí la Buena Nueva, la gracia que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con todos! Porque todos, sin excepción, están hechos para la vida y para la vida en plenitud. La presencia de la Iglesia en una gran ciudad es una parábola de este misterio de salvación. Me viene a la mente el libro de Jonás, una joya de la Biblia que os invito a leer o a releer, personalmente y en comunidad. No es fortuito que fuera precisamente en las ciudades donde los apóstoles implantaron la Iglesia naciente, encontrándose no sólo con el rechazo, sino también con la acogida allí donde, de forma más natural, las personas se enfrentan a la diversidad y al cambio.

¡Nada os turbe, nada os espante! Juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad. Tened confianza en el hecho, cada vez más evidente, de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta. Disponeos a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión. La inversión en los consejos parroquiales y diocesanos no tiene un objetivo menor que este: modificar la sensibilidad de cada uno gracias a una escucha más profunda de lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Sería una lástima reducirlos a meros trámites burocráticos. Son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad.

Invito a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Queridos hermanos, sin apartaros de lo esencial, el hecho de deteneros regularmente con vuestro pueblo para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquecerá y consolará vuestro ministerio. También ayudará a cada uno y a cada comunidad a salir del aislamiento y a experimentar la alegría del Espíritu Santo. En efecto, cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo.

Las anécdotas que hemos escuchado esta noche nos cuentan, o mejor dicho “nos cantan”, cuánta vida hay en esta Iglesia. Alguno ha dado el siguiente testimonio: “Puedo decir sin dudar que amo profundamente a la Iglesia, familia de Dios, donde todos tenemos un lugar”. Otro ha dicho: “Sentí una gran alegría y responsabilidad, al convertirme en un miembro más activo de la comunidad y compartir mis dones con el resto de los miembros de la Iglesia”. Y aún otros más han relatado: “Para nosotros, servir en estos programas no sólo es una forma de ayudar, sino también una manera de devolver todo el cariño y apoyo que hemos recibido”. ¡He aquí la Iglesia, queridos hermanos y hermanas! He aquí la música del Evangelio, con su ritmo contagioso. Cuando llega al corazón, hace que uno diga haberse sentido acogido con los brazos abiertos, como la hermana que vino desde Perú a Madrid. Muchos, como ella y su familia, al comienzo sienten temor a acercarse, pues han oído hablar de prejuicios y decepciones. La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa. Muchas gracias.

Vamos a rezar juntos con las palabras que Jesús nos enseñó.

Padre nuestro

Bendición

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

EL PAPA EN MADRID: ORACIÓN Y HOMENAJE A LA VIRGEN DE LA ALMUDENA

Agradezco a Su Eminencia, el Arzobispo de Madrid, las palabras que me ha dirigido. Os saludo con afecto a todos vosotros, hermanos y hermanas que, con alegría y fervor, os unís hoy al homenaje a Nuestra Señora de la Almudena, Madre y Protectora de esta Archidiócesis, durante el cual pondré a sus pies la rosa de oro, símbolo del filial amor del Papa a la Virgen María.

Son numerosas las generaciones de madrileños que, a lo largo de los siglos, han venerado esta imagen de Santa María que lleva a su Hijo divino en brazos y nos lo presenta. Cuenta la tradición que, en tiempos difíciles para la comunidad cristiana, para proteger la talla de la Virgen, la escondieron en un recinto de la muralla de la Ciudadela, donde permaneció oculta durante mucho tiempo, hasta que, tras el derrumbe milagroso de una parte de los muros, fue hallada intacta.

Esta milenaria devoción mariana, tan sentida por todos vosotros, es un signo de las raíces cristianas que os caracterizan y os dan vida, pero también de la gran esperanza que continúa animándoos para seguir adelante. Fue gracias a una muralla demolida que se produjo el reencuentro de la Madre con su pueblo. Y este hecho es providencial, porque señala el camino que Jesús, a través de su Madre Santísima, nos invita a recorrer. En un primer momento, una muralla que cae provoca ruido, caos, desorden; pero también abre espacios, restaura posibilidades e impulsa restablecimientos. En nuestras sociedades actuales siguen existiendo aún muchas murallas que no protegen, sino que dividen, alejan y aíslan. Y, a veces, al pensar en que derribarlas supone tener que enfrentar lo que no nos gusta, preferimos la comodidad de sólo apuntalarlas y, más frecuentemente, de ignorarlas.

Sin embargo, Nuestra Señora de la Almudena, con su presencia y la seguridad de su protección, nos dice otra cosa: para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros, porque para reemprender la ruta son necesarios espacios que nos permitan vislumbrar el horizonte.

Persuadidos de que el Señor camina con su Pueblo santo, escucha sus temores y acoge con solicitud todos sus esfuerzos de bien, os exhorto a no desfallecer en vuestro testimonio de fe, para contemplar el designio de amor del Padre; de caridad, para uniros como una única familia de hermanos y hermanas; y de esperanza, para sosteneros en vuestra acción en el mundo. Y que con el ejemplo y la intercesión de Santa María la Real de la Almudena, la Virgen del Magníficat que sigue proclamando la grandeza del Señor y exultando en Dios su Salvador, Él custodie y fortalezca vuestro amor a Jesús y a la Iglesia, de modo que podáis ser constructores de vínculos que restauren el lenguaje universal de la comunión, el amor fraterno y la concordia.

Y, haciendo mías algunas palabras del himno a ella dedicado, os encomiendo al potente auxilio de su maternal amor:

Santa María de la Almudena,

Virgen y Madre del Redentor,

Reina del Cielo, Madre de Amor,

bajo tu manto, Virgen sencilla

buscan tus hijos la protección,

Madre amorosa, Templo de Dios,

ampáranos Señora y ayúdanos a ser

constructores de paz y reconciliación.

Amén.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

EL PAPA EN MADRID: ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE ESPAÑA

Queridos hermanos en el Episcopado:

Es con gran gozo que me presento ante vosotros en este tercer día de mi viaje apostólico en España. Después de saludar a los representantes políticos que me han recibido en el Parlamento, me gustaría ahora aprovechar estos momentos juntos para reavivar la comunión tal y como Jesús aconsejaba a sus apóstoles (cf. Mc 6,31). Agradezco a Mons. Luis Javier Argüello García las amables palabras que como Presidente de la Conferencia y en nombre de todos me ha dirigido, espero que las mías puedan confluir en ese diálogo en el Espíritu que supone acoger todo lo bueno que el Señor nos dice a través del hermano. El camino sinodal emprendido por la Iglesia, es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales.

Es un diálogo fecundo que como Iglesia vais definiendo en distintos modos. Uno concreto, que podemos evocar, es el de los congresos que estáis realizando. Me detengo en los celebrados en 2020 y 2025, que han tenido una especial repercusión: Pueblo de Dios en salida y ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión. Sus temas inciden en las cuestiones esenciales: ¿cómo se pueden afrontar los retos actuales? y ¿quiénes están llamados a acoger este desafío?

En mi contribución a esta reflexión, se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada. Es un viaje sui generis ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón.

Una tentación en los viajes es la de obsesionarnos con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas, sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos. A esta tentación se añade la del equipaje, que, por parecidas razones, llenamos de cosas inútiles que terminan siendo un lastre. Por otro lado, no conviene tampoco olvidar algo que aprendemos de las vicisitudes de tantos emigrantes: una persona sola, sin raíces y sin recursos, es alguien que sufre terriblemente y que con gran dificultad puede establecer vínculos sólidos en el lugar adonde llega.

De ese modo, en esta primera fase de nuestro periplo, nuestra respuesta a la pregunta de cómo podemos afrontar este reto que nos hemos propuesto debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita. Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona: con su belleza, que llega hasta el no creyente, o con los vínculos de pertenencia que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila. Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz.

Otro tesoro que no podemos olvidar en nuestra alforja es el Viático del peregrino. El Pan de la Palabra y de la Eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación. No es un problema de cómo hacer más o menos atractiva la celebración, es sentir que, si somos parte de Él, su ausencia nos produce un desasosiego que podemos comparar con el hambre material. La vida sacramental va acompasando nuestra existencia como la de un niño que recibe el alimento de su madre, como la de un deportista que va midiendo las fuerzas necesarias para llegar a la meta.

Por otra parte, algo que suele costarnos mucho al viajar es comunicarnos con el otro. Sea debido a la lengua y la cultura distintas, sea por la desconfianza hacia lo desconocido, sea por las rencillas e incomprensiones que pueden darse incluso entre personas cercanas, nos sentimos limitados a la hora de expresarnos o de comprender a nuestro interlocutor. Es una experiencia que podemos llevar al anuncio del Evangelio, a la acogida del otro, a la capacidad de responder a los cuestionamientos del mundo que nos rodea o a la necesidad de activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en nuestras acciones pastorales. Si antes hemos dicho que debemos abandonar todo lo que nos frena y aleja, ahora la consigna debe ser que nuestro patrimonio sea siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino.

Como sucede a los peregrinos del Camino de Santiago, en nuestro viaje podemos encontrarnos con esas inmensas planicies castellanas, vacías a nuestros ojos. Los pocos encuentros de estos peregrinos con algunas personas mayores o con trabajadores extranjeros, pueden ser una metáfora de muchas situaciones sociales que por desgracia se perciben en algunas de vuestras realidades eclesiales. No es la primera vez que España enfrenta una situación análoga: en el pasado, por ejemplo, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en las franjas de tierra quemada, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América y que pueden ayudarnos aquí en nuestra misión.

Como entonces, estamos llamados a construir una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el famoso santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera, y más adelante repitiera en América santo Toribio de Mogrovejo, del que estamos celebrando el tercer centenario de la canonización, presentándolo precisamente como modelo de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial. Aunque los lenguajes en esta era digital son distintos y las culturas que ahora componen el mosaico de nuestras realidades, con migrantes de todas las partes del mundo, también han cambiado, pero el espíritu debe permanecer.

¿Cuáles son los puntos esenciales de ese espíritu? El primero tiene que ver con la capacidad de comunicar, de hablar con cada realidad presente en nuestro territorio, de abajarse no sólo para comprender, sino para compartir. Sólo sobre la base de poner en común todo lo bueno que hay en el propio patrimonio, aportando cada uno su granito de arena, podremos edificar una realidad nueva en la que la fe pueda hundir raíces profundas. Para ello, lógicamente, hay que comenzar por aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino. El segundo es la llamada a crear realidades capaces ellas mismas de comunicar la propia experiencia de fe. Capaces de llevar —como hizo Toribio— la experiencia de Granada a América, es decir, de atesorar en nuestro equipaje los recursos que nos permitan afrontar con franqueza los retos siempre nuevos de la evangelización en cada circunstancia.

Después de las llanuras desiertas, encontraremos también grandes ciudades, en ellas, el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos. Las respuestas serán distintas, pero los procesos para llegar hasta ellas, análogos: escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza.

Los peregrinos suelen salir de noche y muchas veces esa oscuridad inicial del camino puede asustarlos. Podríamos evocar el himno de vísperas, La noche es tiempo de salvación, para decir que, si vamos en buena compañía, las dificultades del caminar y el peligro de extraviarse se reducen. Es el Señor quien nos conduce, Él es el dueño de la historia y de cada una de nuestras historias, Él determina los tiempos. Nosotros caminamos tras de Él, más aún, caminamos con Él como miembros de un sólo cuerpo. Ese vínculo profundo exige a la Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios. La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor.

En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar. Estamos llamados a ser principio visible de comunión, en primer lugar, de la comunión con Cristo, custodiando con amor la fe recibida, en docilidad a la Palabra de Dios y a la Tradición viva de la Iglesia; después, en la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada, con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado.

La comunión vivida de ese modo posee también una fuerza misionera. Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien común.

Esta llamada a ser signo de comunión en Cristo, caminando en unidad y tendiendo nuestra mano al hermano que encontramos, nos pone delante de otro desafío que toca hoy el corazón de muchos: la dificultad de asumir compromisos definitivos y de tomar decisiones vitales profundas. En tantos jóvenes, y no sólo en ellos, la pregunta: “¿Para quién soy?” resuena como una búsqueda sincera de sentido, de pertenencia y de don. El corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, se colma cuando descubre una llamada, cuando comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada.

Por eso, la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Esta nace de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande. Donde el Evangelio es vivido con alegría, servicio y comunión, también la llamada del Señor puede ser nuevamente escuchada como promesa de vida.

Antes hemos hablado de equipajes cargados y los peregrinos del Camino de Santiago saben bien que en la mochila debe cargarse sólo lo esencial. Como en reiteradas ocasiones propuso el Papa Francisco, en el actual contexto vocacional, es necesario decir que la conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación. Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a sacerdotes bien formados. El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria; que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual; y que cuenten con Centros Superiores de Teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función. Para ello es imprescindible, además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos.

En este terreno, las dificultades pueden ser vividas como oportunidades. A veces nos resulta difícil presentar la vocación de los laicos y su integración en este viaje de vida que como Iglesia estamos realizando. Por otro lado, vemos como en muchas obras, tradicionalmente gestionadas por religiosos, se recurre a colaboradores laicos para poder seguir realizando la tarea. Es una dificultad que podemos convertir en oportunidad de encuentro, de diálogo y de comunicación. De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace a asumir su responsabilidad como cristianos, interiorizando el espíritu, sintiéndose parte de la misión que el Señor encomendó a los religiosos que la pusieron en pie.

Como veis, nuestro viaje está hecho de encuentros, en ellos no faltarán los que viven momentos de oscuridad, y nos reclaman que nos hagamos para ellos samaritanos. Uno de los más dolorosos es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación.

Esta misma lógica vale también para los desafíos de un mundo secularizado. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo no rechazan simplemente a Dios, muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre. La Iglesia está llamada a reconocer estos anhelos, a escucharlos con respeto y a ofrecer, como Pedro y Juan al paralítico junto a la puerta del templo, el tesoro que les ha sido confiado: Jesucristo, en cuyo nombre el hombre puede levantarse y caminar (cf. Hch 3,1-10). También cuando colabora con otras instituciones, religiosas o civiles, incluso cuando ofrece ayuda material, educación, asistencia o promoción humana, la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo. Ese mensaje cala en la sociedad, que no duda de manifestar su aprecio por muchas de estas obras. Así cada gesto de caridad cristiana que nace del Evangelio lleva en sí una promesa más grande: restituir a la persona el convencimiento de ser amada.

En nuestro viaje recorremos aquella que san Juan Pablo II quiso llamar «Tierra de María». [1] En la Santísima Virgen tenéis a vuestra primera compañera de camino y vuestro principal tesoro, pues ella nos muestra con su vida cómo acoger la Palabra y custodiarla en el corazón, cómo acompañar en este itinerario a los discípulos y permanecer presente en el camino de la Iglesia como madre de comunión y de esperanza. A ella encomiendo vuestro ministerio, para que os ayude a ser, en medio del pueblo que tenéis confiado, esa levadura escondida de la que habla el Evangelio. Pequeña a los ojos del mundo, pero capaz, cuando permanece unida a Cristo, de hacer fermentar la masa (cf. Mt 13,33). La fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos, de la comunión de sus pastores, de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu.

En este camino os acompaña también san Juan de Ávila, patrono del clero español, en este año en el que recordamos el quinto centenario de la ordenación presbiteral. San Pablo VI lo definió «un maestro de vida espiritual benévolo y sabio, un renovador ejemplar de la vida eclesiástica y de las costumbres cristianas» y, al mismo tiempo, «un simple sacerdote». [2] En este santo doctor, la Iglesia reconoce la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio.

Mirándole a él, pienso en aquellos que son los más cercanos compañeros de los obispos en este viaje, en esos “simples sacerdotes”, en el sentido más alto y más exigente del término. Nuestro caminar con ellos debería trasmitir el valor de esa esencia: ser presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral. Presbíteros que encuentren en el obispo no sólo una autoridad reconocida, sino un padre que les acompaña; y en los otros sacerdotes hermanos con los que compartir las fatigas y las alegrías de esta peregrinación llena de encuentros, en la que todos buscamos a Cristo.

Concluyamos este periplo espiritual con una oración del santo doctor que nos recuerda que cada renovación eclesial nace de un corazón configurado con Cristo: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (Sermón 57,20). Sea esta también nuestra súplica: Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría. Porque la Iglesia que recibe el corazón de Cristo lleva consigo la columna de fuego que la guía, la sostiene, la defiende y la conforta, el equipaje necesario para afrontar cualquier reto.

Que Dios os bendiga. Muchas gracias.

________________________

[1] Homilía en la celebración de la Palabra y Acto Mariano nacional, Zaragoza, 6 noviembre 1982, 1.

[2] Homilía en la canonización del beato Juan de Ávila, 31 mayo 1970.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

EL PAPA EN MADRID: ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DEL PARLAMENTO ESPAÑOL EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS

Presidente del Gobierno, presidenta del Congreso de los Diputados, presidente del Senado, presidente del Tribunal Constitucional, presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, miembros del Congreso de los Diputados y del Senado, señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

EL PAPA EN MADRID: ENCUENTRO “TEJER REDES CON EL MUNDO DE LA CULTURA, DEL ARTE, DE LA ECONOMÍA Y DEL DEPORTE”

Eminencia, queridos amigos y amigas:

Es un placer encontrarme con vosotros en este lugar, un espacio que no sólo acoge actividades deportivas, artísticas y culturales, sino emociones profundas del ser humano: la alegría, la admiración, el entusiasmo y la esperanza, así como la tristeza y la frustración.

En este hermoso país es imposible no admirar la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad. Una hermosura visible en sus ciudades, en sus calles, sus monumentos, en las plazas y jardines, en sus universidades e iglesias, en la música, la pintura, la danza, en su gastronomía. Aquí se percibe también el alma de las generaciones que transformaron el paisaje y le dieron un rostro propio, y eso nos revela en cada trazo la inteligencia y la voluntad que residen en el alma humana.

Tras contemplar con detenimiento estas maravillas creadas por las generaciones anteriores, surge inevitablemente una pregunta que nos interpela a todos: ¿qué herencia estamos dejando al futuro y por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?

He escuchado con sumo interés cada una de las intervenciones de los panelistas; coincido con vosotros. Nuestra sociedad, en efecto, posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar, sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera. De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del porqué, para qué, con quién y para quién se produce. En este contexto, la Iglesia, consciente tanto de sus aciertos como de sus errores a lo largo de la historia, anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo.

En el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad; y es a partir de esa aspiración profundamente humana y de nuestra experiencia plurisecular, que la Iglesia propone caminos para una vida digna y el bien común. A este propósito, san Pablo VI afirmó ante las Naciones Unidas que independientemente de la opinión que se tenga del Pontífice de Roma, es bien conocida su misión. En cuanto “experta en humanidad” la Iglesia no se desentiende de nada verdaderamente humano (cf. Gaudium et spes, 1). Por esta razón la «actitud de diálogo es parte integrante de su vocación» (Magnifica humanitas, 2). Hoy constatamos cómo la cuestión decisiva sigue siendo la misma: ¿qué significa ser verdaderamente humano?

La Iglesia comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad. «Por eso, la persona humana permanece siempre como “el camino primero y fundamental de la Iglesia” y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral» (ibíd., 50). Y entonces, ella no puede desentenderse de la cultura, porque a través de ella, el hombre en cuanto hombre “es” más (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 554).

Y justamente porque “cultura” evoca “cultivo”, como sugiere la raíz etimológica que ambos términos comparten, estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece y qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad; qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir. Son preguntas profundas, necesarias y que no pueden ser ignoradas.

Para atender a estos interrogantes, es menester un diálogo social que podemos comparar con el arte de tejer redes, que implica encuentro, escucha, diálogo y respeto.

En los varios sectores de la actividad humana debemos cuidar el lenguaje que se utiliza: escrito, oral y, en el entorno digital, también el de las imágenes; porque la comunicación nunca es neutral. Toda expresión habla, transmite; puede herir o sanar, destruir expectativas o abrir horizontes, sembrar división o despertar la esperanza en la posibilidad de construir juntos algo genuinamente humano.

Así pues, tejer redes es un diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana. Ello comporta, por ejemplo, que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo ni renuncie a la verdad; que la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses; que el arte no tenga como fin sólo a las élites; que el deporte no sea reducido a espectáculo o convertido en mero negocio; que el progreso tecnológico tome en cuenta a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz.

 Nuestra aportación al diálogo, desde una visión cristiana de la vida, sabe que el Creador ha entramado al ser humano con hilos de amor; ya que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, Dios que es amor (1 Jn 4,8). Aquí reside el fundamento de la inalienable dignidad humana, cuyo absoluto respeto es la base del diálogo.

En segundo lugar, tejer redes significa crear juntos. «La fe ―afirmó el Papa Benedicto XVI― es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza» (Catequesis, 21 mayo 2008). Todos hemos experimentado algo hermoso, tanto que nos cambió interiormente: una canción, un poema, una iglesia silenciosa, una voz, una mirada, incluso un partido de baloncesto vivido con amigos.

No es extraño entonces que la proclamación de la Buena Nueva y la conciencia de sabernos hermanos se exprese con forma de saeta en una Semana Santa, de poesía mística, de maestría literaria en autores como Lope de Vega, santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, Calderón de la Barca, o en la prosa serena de santo Tomás de Aquino, de quien hemos heredado los hermosos himnos del Corpus Christi, que celebramos hoy. Todo ello muestra el vínculo entre lo material y lo espiritual que constituye nuestra existencia.

Tejer redes significa, en tercer lugar, servir de modo desinteresado. Una mirada objetiva revela que hombres y mujeres movidos por la fe han edificado hospitales y escuelas, dieron pie a iniciativas solidarias y hablaron con un lenguaje que dignifica a las personas. Por eso cabe preguntarse con honestidad si el mundo —y en particular Europa— habría forjado su identidad sin la huella espiritual que ha impregnado su historia. No se trata de una provocación, sino de una invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano.

¿En serio es posible creer que la Europa —a la que tanto amamos—, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo.

Quiero preguntarme en voz alta: ¿Quiénes están siendo excluidos   a pesar de sus virtudes y capacidades? No podemos ignorar que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y a la Iglesia (cf. Dilexi te, 9).

En efecto, Cristo le devuelve al bien común el lugar que le corresponde en cuanto árbitro sapiente que apacigua la codicia de unos y nutre la esperanza de otros, mientras anhela salvarlos a todos.

Esta Iglesia, “experta en humanidad”, aunque a veces camina contracorriente, insiste en que «las estructuras económicas e institucionales son justas sólo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos» (Magnifica humanitas, 34).

Permitidme dirigir finalmente vuestra atención a un mundo que, —como sabéis—, no me es ajeno: el del deporte. Pensemos cuántos de nosotros aprendimos el respeto por el adversario en un campo de juego más que escuchando un discurso. Cuántos deportistas nos enseñan a perder sin odiar, a ganar sin humillar o a levantarse después de caer.

Sobre esto, san Juan Pablo II, como deportista y pastor, declaró: «En estos tiempos en que por desgracia diversas formas de violencia, y por lo tanto de odio, tienden a desgarrar nefastamente el tejido de la solidaridad social, vosotros [los deportistas] contribuís, por vuestra parte, a dar un testimonio luminoso de cohesión, de paz, de unión, en una palabra de “saber estar juntos”». [1] Estas palabras son más actuales y oportunas que cuando resonaron por primera vez.

Queridos amigos: os invito entonces a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza.

Seamos hilos nuevos acogiendo el consejo de san Pablo: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios. A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente. En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo» (Rm 12,15-18). Porque en todo ello se juega que, en el porvenir, siga resplandeciendo nuestra “magnífica humanidad”. Muchas gracias.

Seamos todos entonces constructores de esta nueva comunidad.

Bendición

Muchas gracias, felicidades a todos.

___________________________

[1] S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el 33° Campeonato de Esquí Acuático Europa, África y Mediterráneo, 31 agosto 1979.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana