MENSAJE DE PAPA FRANCISCO PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ 2025

La Santa Sede ha hecho público el jueves 12 de diciembre, el Mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz, que la Iglesia celebra el 1 de enero. El Santo Padre propone como lema para este año «Perdona nuestras ofensas, concédenos tu paz».

1.- Escuchando el grito de la humanidad amenazada

Al inicio de este nuevo año que nos da el Padre celestial, tiempo jubilar dedicado a la esperanza, dirijo mi más sincero deseo de paz a toda mujer y hombre, en particular a quien se siente postrado por su propia condición existencial, condenado por sus propios errores, aplastado por el juicio de los otros, y ya no logra divisar ninguna perspectiva para su propia vida. A todos ustedes, esperanza y paz, porque este es un Año de gracia que proviene del Corazón del Redentor.

En el 2025 la Iglesia católica celebra el Jubileo, evento que colma los corazones de esperanza. El “jubileo” se remonta a una antigua tradición judía, cuando el sonido de un cuerno de carnero —en hebreo yobel— anunciaba, cada cuarenta y nueve años, uno de clemencia y liberación para todo el pueblo (cf. Lv 25,10). Este solemne llamamiento debía resonar idealmente en todo el mundo (cf. Lv 25,9), para restablecer la justicia de Dios en distintos ámbitos de la vida: en el uso de la tierra, en la posesión de los bienes, en la relación con el prójimo, sobre todo respecto a los más pobres y a quienes habían caído en desgracia. El sonido del cuerno recordaba a todo el pueblo —al que era rico y al que se había empobrecido— que ninguna persona viene al mundo para ser oprimida; somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre, nacidos para ser libres según la voluntad del Señor (cf. Lv 25,17.25.43.46.55).

También hoy, el Jubileo es un evento que nos impulsa a buscar la justicia liberadora de Dios sobre toda la tierra. Al comienzo de este Año de gracia, en lugar del cuerno nosotros quisiéramos ponernos a la escucha del «grito desesperado de auxilio» (1) que, como la voz de la sangre de Abel el justo, se eleva desde muchas partes de la tierra (cf. Gn 4,10), y que Dios nunca deja de escuchar. También nosotros nos sentimos llamados a ser voz de tantas situaciones de explotación de la tierra y de opresión del prójimo (2). Dichas injusticias asumen a menudo la forma de lo que san Juan Pablo II definió como «estructuras de pecado» (3), porque no se deben sólo a la iniquidad de algunos, sino que se han consolidado —por así decirlo— y se sostienen en una complicidad extendida.

Cada uno de nosotros debe sentirse responsable de algún modo por la devastación a la que está sometida nuestra casa común, empezando por esas acciones que, aunque sólo sea indirectamente, alimentan los conflictos que están azotando la humanidad. Así se fomentan y se entrelazan desafíos sistémicos, distintos pero interconectados, que asolan nuestro planeta (4). Me refiero, en particular, a las disparidades de todo tipo, al trato deshumano que se da a las personas migrantes, a la degradación ambiental, a la confusión generada culpablemente por la desinformación, al rechazo de toda forma de diálogo, a las grandes inversiones en la industria militar. Son todos factores de una amenaza concreta para la existencia de la humanidad en su conjunto. Por tanto, al comienzo de este año queremos ponernos a la escucha de este grito de la humanidad para que todos, juntos y personalmente, nos sintamos llamados a romper las cadenas de la injusticia y, así, proclamar la justicia de Dios. Hacer algún acto de filantropía esporádico no es suficiente. Se necesitan, por el contrario, cambios culturales y estructurales, de modo que también se efectúe un cambio duradero (5).

2.-Un cambio cultural: todos somos deudores

El evento jubilar nos invita a emprender diversos cambios, para afrontar la actual condición de injusticia y desigualdad, recordándonos que los bienes de la tierra no están destinados sólo a algunos privilegiados, sino a todos (6) . Puede ser útil recordar lo que escribía san Basilio de Cesarea: «¿Qué cosa, dime, te pertenece? ¿De dónde la has tomado para ponerla en tu vida? […] ¿Acaso no saliste desnudo del vientre de tu madre?, ¿no tornarás desnudo nuevamente a la tierra? Los bienes presentes, ¿de dónde te vienen? Si dices del azar, eres impío, porque no reconoces al Creador, ni das gracias al que te ha dado» (7). Cuando falta la gratitud, el hombre deja de reconocer los dones de Dios. Sin embargo, el Señor, en su misericordia infinita, no abandona a los hombres que pecan contra Él; confirma más bien el don de la vida con el perdón de la salvación, ofrecido a todos mediante Jesucristo. Por eso, enseñándonos el “Padre nuestro”, Jesús nos invita a pedir: «Perdona nuestras ofensas» ( Mt 6,12).

Cuando una persona ignora el propio vínculo con el Padre, comienza a albergar la idea de que las relaciones con los demás puedan ser gobernadas por una lógica de explotación, donde el más fuerte pretende tener el derecho de abusar del más débil (8). Como las élites en el tiempo de Jesús, que se aprovechaban de los sufrimientos de los más pobres, así hoy en la aldea global interconectada (9), el sistema internacional, si no se alimenta de lógicas de solidaridad y de interdependencia, genera injusticias, exacerbadas por la corrupción, que atrapan a los países más pobres. La lógica de la explotación del deudor también describe sintéticamente la actual “crisis de la deuda” que afecta a diversos países, sobre todo del sur del mundo.

No me canso de repetir que la deuda externa se ha convertido en un instrumento de control, a través del cual algunos gobiernos e instituciones financieras privadas de los países más ricos no tienen escrúpulos de explotar de manera indiscriminada los recursos humanos y naturales de los países más pobres, a fin de satisfacer las exigencias de los propios mercados (10). A esto se agrega que diversas poblaciones, más abrumadas por la deuda internacional, también se ven obligadas a cargar con el peso de la deuda ecológica de los países más desarrollados (11). La deuda ecológica y la deuda externa son dos caras de una misma moneda de esta lógica de explotación que culmina en la crisis de la deuda (12). Pensando en este Año jubilar, invito a la comunidad internacional a emprender acciones de remisión de la deuda externa, reconociendo la existencia de una deuda ecológica entre el norte y el sur del mundo. Es un llamamiento a la solidaridad, pero sobre todo a la justicia (13).

El cambio cultural y estructural para superar esta crisis se realizará cuando finalmente nos reconozcamos todos hijos del Padre y, ante Él, nos confesemos todos deudores, pero también todos necesarios, necesitados unos de otros, según una lógica de responsabilidad compartida y diversificada. Podremos descubrir «definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros» (14).

3.- Un camino de esperanza: tres acciones posibles

Si nos dejamos tocar el corazón por estos cambios necesarios, el Año de gracia del jubileo podrá reabrir la vía de la esperanza para cada uno de nosotros. La esperanza nace de la experiencia de la misericordia de Dios, que es siempre ilimitada (15).

Dios, que no debe nada a nadie, continúa otorgando sin cesar gracia y misericordia a todos los hombres. Isaac de Nínive, un Padre de la Iglesia oriental del siglo VII, escribía: «Tu amor es más grande que mis ofensas. Insignificantes son las olas del mar respecto al número de mis pecados; pero, si pesamos mis pecados, respecto a tu amor, se esfuman como la nada» (16). Dios no calcula el mal cometido por el hombre, sino que es inmensamente «rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó» ( Ef 2,4). Al mismo tiempo, escucha el grito de los pobres y de la tierra. Bastaría detenerse un momento, al inicio de este año, y pensar en la gracia con la que cada vez perdona nuestros pecados y condona todas nuestras deudas, para que nuestro corazón se inunde de esperanza y de paz.

Por eso Jesús, en la oración del “Padre nuestro”, establece una afirmación muy exigente: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», después de que hemos pedido al Padre la remisión de nuestras ofensas (cf. Mt 6,12). Para perdonar una ofensa a los demás y darles esperanza es necesario, en efecto, que la propia vida esté llena de esa misma esperanza que llega de la misericordia de Dios. La esperanza es sobreabundante en la generosidad, no calcula, no exige cuentas a los deudores, no se preocupa de la propia ganancia, sino que tiene como punto de mira un sólo fin: levantar al que está caído, vendar los corazones heridos, liberar de toda forma de esclavitud

Al inicio de este Año de gracia, quisiera, por tanto, sugerir tres acciones que puedan restaurar la dignidad en la vida de poblaciones enteras y volver a ponerlas en camino sobre la vía de la esperanza, para que se supere la crisis de la deuda y todos puedan volver a reconocerse deudores perdonados.

Sobre todo, retomo el llamamiento lanzado por san Juan Pablo II con ocasión del Jubileo del año 2000, de pensar «en una notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones» (17). Que, reconociendo la deuda ecológica, los países más ricos se sientan llamados a hacer lo posible para condonar las deudas de esos países que no están en condiciones de devolver lo que deben. Ciertamente, para que no se trate de un acto aislado de beneficencia, que lleve a correr el riesgo de desencadenar nuevamente un círculo vicioso de financiación-deuda, es necesario, al mismo tiempo, el desarrollo de una nueva arquitectura financiera, que lleve a la creación de un Documento financiero global, fundado en la solidaridad y la armonía entre los pueblos.

Además, pido un compromiso firme para promover el respeto de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza, deseando el desarrollo y la felicidad para sí misma y para sus propios hijos. Sin esperanza en la vida, en efecto, es difícil que surja en el corazón de los más jóvenes el deseo de generar otras vidas. Aquí, en particular quisiera invitar una vez más a un gesto concreto que pueda favorecer la cultura de la vida. Me refiero a la eliminación de la pena de muerte en todas las naciones. Esta medida, en efecto, además de comprometer la inviolabilidad de la vida, destruye toda esperanza humana de perdón y de renovación (18).

Me atrevo también a volver a lanzar otro llamamiento, apelándome a san Pablo VI y a Benedicto XVI (19), para las jóvenes generaciones, en este tiempo marcado por las guerras: utilicemos al menos un porcentaje fijo del dinero empleado en los armamentos para la constitución de un Fondo mundial que elimine definitivamente el hambre y facilite en los países más pobres actividades educativas también dirigidas a promover el desarrollo sostenible, contrastando el cambio climático (20). Debemos buscar que se elimine todo pretexto que pueda impulsar a los jóvenes a imaginar el propio futuro sin esperanza, o bien como una expectativa para vengar la sangre de sus seres queridos. El futuro es un don para superar los errores del pasado, para construir nuevos caminos de paz.

4.- La meta de la paz

Aquellos que emprenderán, por medio de los gestos sugeridos, el camino de la esperanza, podrán ver cada vez más cercana la tan anhelada meta de la paz. El salmista nos confirma en esta promesa: cuando «el Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán» ( Sal 85,11). Cuando me despojo del arma del préstamo y restituyo la vía de la esperanza a una hermana o a un hermano, contribuyo al restablecimiento de la justicia de Dios en esta tierra y me encamino con esta persona hacia la meta de la paz. Como decía san Juan XXIII, la verdadera paz sólo podrá nacer de un corazón desarmado de la angustia y el miedo de la guerra (21).

Que el 2025 sea un año en el que crezca la paz. Esa paz real y duradera, que no se detiene en las objeciones de los contratos o en las mesas de compromisos humanos (22). Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón desarmado: un corazón que no se empecina en calcular lo que es mío y lo que es tuyo; un corazón que disipa el egoísmo en la prontitud de ir al encuentro de los demás; un corazón que no duda en reconocerse deudor respecto a Dios y por eso está dispuesto a perdonar las deudas que oprimen al prójimo; un corazón que supera el desaliento por el futuro con la esperanza de que toda persona es un bien para este mundo.

El desarme del corazón es un gesto que involucra a todos, a los primeros y a los últimos, a los pequeños y a los grandes, a los ricos y a los pobres. A veces, es suficiente algo sencillo, como «una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito» (23). Con estos pequeños-grandes gestos, nos acercamos a la meta de la paz y la alcanzaremos más rápido; es más, a lo largo del camino, junto a los hermanos y hermanas reunidos, nos descubriremos ya cambiados respecto a cómo habíamos partido. En efecto, la paz no se alcanza sólo con el final de la guerra, sino con el inicio de un mundo nuevo, un mundo en el que nos descubrimos diferentes, más unidos y más hermanos de lo que habíamos imaginado.

¡Concédenos tu paz, Señor! Esta es la oración que elevo a Dios, mientras envío mis mejores deseos para el año nuevo a los jefes de estado y de gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes de las diversas religiones, a todas las personas de buena voluntad.

Perdona nuestras ofensas, Señor,

como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,

y en este círculo de perdón concédenos tu paz,

esa paz que sólo Tú puedes dar

a quien se deja desarmar el corazón,

a quien con esperanza quiere remitir las deudas de los propios hermanos,

a quien sin temor confiesa de ser tu deudor,

a quien no permanece sordo al grito de los más pobres.

Vaticano, 8 de diciembre de 2024

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JOSÉ MANYANET

Josep Manyanet (Pare Manyanet) nació el 7 de enero de 1833 en Tremp (Lleida, España), en el seno de una familia numerosa y cristiana. Fue bautizado el mismo día y, a la edad de 5 años, fue ofrecido por su madre a la Virgen de Valldeflors, patrona de la ciudad. Tuvo que trabajar para completar los estudios secundarios en la Escuela Pía de Barbastro y los eclesiásticos en los seminarios diocesanos de Lleida y Urgell. Fue ordenado sacerdote el 9 de abril de 1859.

Tras doce años de intenso trabajo en la diócesis de Urgell al servicio del obispo, en calidad de paje y secretario particular, mayordomo de palacio, bibliotecario del seminario, vicesecretario de cámara y secretario de visita pastoral, se sintió llamado por Dios para hacerse religioso y fundar dos congregaciones religiosas.

Fundador y apóstol de la Sagrada Familia

Contando con la aprobación del obispo, en 1864, fundó a los Hijos de la Sagrada Familia Jesús, María y José, y en 1874, a las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret, con la misión de imitar, honrar y propagar el culto a la Sagrada Familia de Nazaret y procurar la formación cristiana de las familias, principalmente por medio de la educación e instrucción católica de la niñez y juventud y el ministerio sacerdotal.

Con oración y trabajo constantes, con el ejercicio ejemplar de todas las virtudes, con amorosa dedicación y solicitud por las almas, guió e impulsó a lo largo de casi cuarenta años la formación y expansión de los institutos, abriendo escuelas, colegios y talleres y otros centros de apostolado en varias poblaciones de España. Hoy, los dos institutos están presentes en países de Europa, las dos Américas y África.

Especialmente llamado por Dios para presentar al mundo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, escribió varias obras y opúsculos para propagar la devoción a la Familia de Jesús, María y José, fundó la revista La Sagrada Familia y promovió la erección, en Barcelona, del templo expiatorio de la Sagrada Familia, obra del arquitecto siervo de Dios Antonio Gaudí, destinado a perpetuar las virtudes y ejemplos de la Familia de Nazaret y ser el hogar universal de las familias.

Su pensamiento

San Josep Manyanet predicó abundantemente la Palabra de Dios y escribió también muchas cartas y otros libros y opúsculos para la formación de los religiosos y religiosas, de las familias y de los niños, y para la dirección de los colegios y escuelas‑talleres. Sobresale La Escuela de Nazaret y Casa de la Sagrada Familia (Barcelona 1895), su autobiografía espiritual, en la cual, mediante unos diálogos del alma, personificada en Desideria, con Jesús, María y José, traza todo un proceso de perfección cristiana y religiosa inspirada en la espiritualidad de la casa y escuela de Nazaret.

También Preciosa joya de familia (Barcelona 1899), una guía para los matrimonios y familias, que les recuerda la dignidad del matrimonio como vocación y la importante tarea de la educación cristiana de los hijos.

Para la formación de los religiosos escribió un libro de meditaciones titulado El espíritu de la Sagrada Familia, en donde describe la identidad de la vocación y misión de las religiosas y religiosos Hijos de la Sagrada Familia en la sociedad y en la Iglesia.

Existe una edición de sus Obras Selectas (Madrid 1991) y está en fase de impresión el primer volumen de sus Obras Completas.

Enfermedades y muerte

Las obras del Padre Manyanet crecieron entre muchas dificultades: ni le faltaron varias dolorosas enfermedades corporales que le atormentaron durante toda su vida. Pero su indómita constancia y fortaleza, nutridas con una profunda adhesión y obediencia a la voluntad de Dios, le ayudaron a superar todas las dificultades.

Minada su salud por unas llagas abiertas en el costado durante 16 años —que llamaba «las misericordias del Señor»—, el 17 de diciembre de 1901, esclarecido en virtudes y buenas obras, volvió a la casa del Padre, en Barcelona, en el colegio Jesús, María y José, el centro de su trabajo y rodeado de niños, con la misma sencillez que caracterizó toda su existencia. Sus últimas palabras fueron la jaculatoria que había repetido tantas veces: Jesús, José y María, recibid cuando yo muera el alma mía.

Sus restos mortales descansan en la capilla‑panteón del mismo colegio Jesús, María y José, continuamente acompañados por la oración y el agradecimiento de sus hijos e hijas espirituales y de innumerables jóvenes, niños y familias que se han acercado a Dios, atraídos por su ejemplo y sus enseñanzas.

El testimonio de su santidad

La fama de santidad que le distinguió en vida, se extendió por muchas partes. Por lo que, introducida la Causa de Canonización en 1956, reconocida la heroicidad de sus virtudes en 1982 y aprobado un milagro debido a su intercesión, fue declarado Beato por Juan Pablo II en 1984. El mismo papa lo canonizó el día 16 de mayo de 2004.

La santidad de Josep Manyanet, como afirmó Juan Pablo II, tiene su origen en la Sagrada Familia. Fue llamado por Dios «para que en su nombre sean bendecidas todas las familias del mundo». El Espíritu forjó su personalidad para que anunciara con valentía el «Evangelio de la familia». Su gran aspiración era que «todas las familias imiten y bendigan a la Sagrada Familia de Nazaret»; por ello, quiso hacer un Nazaret en cada hogar, una «Santa Familia» de cada familia.

Fuente Santopedia

CATEQUESIS PAPA FRANCISCO EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA. ANUNCIAR EL EVANGELIO EN EL ESPÍRITU SANTO. EL ESPÍRITU SANTO Y LA EVANGELIZACIÓN

Después de haber reflexionado sobre la acción santificadora y carismática del Espíritu, dedicamos esta catequesis a otro aspecto: la obra evangelizadora del Espíritu Santo, es decir, su papel en la predicación de la Iglesia.

La Primera Carta de Pedro define a los apóstoles como «los que anunciaron el Evangelio por medio del Espíritu Santo» (cf. 1,12). En esta expresión encontramos los dos elementos constitutivos de la predicación cristiana: su contenido, que es el Evangelio, y su medio, que es el Espíritu Santo. Digamos algo del uno y del otro.

En el Nuevo Testamento, la palabra «Evangelio» tiene dos significados principales. Puede referirse a cualquiera de los cuatro Evangelios canónicos: Mateo, Marcos, Lucas y Juan; en esta acepción, «Evangelio» significa la buena nueva proclamada por Jesús durante su vida terrenal. Después de Pascua, la palabra «Evangelio» adquiere el nuevo significado de buena noticia sobre Jesús, es decir, el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Esto es lo que el apóstol llama «Evangelio» cuando escribe: «No me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1:16).

La predicación de Jesús, y, más tarde, la de los apóstoles, también contiene todos los deberes morales que se desprenden del Evangelio, empezando por los Diez Mandamientos y terminando por el ‘nuevo’ mandamiento del amor. Pero si no queremos volver a caer en el error denunciado por el apóstol Pablo de anteponer la ley a la gracia y las obras a la fe, debemos partir siempre del anuncio de lo que Cristo ha hecho por nosotros. Por eso, en la exhortación apostólica Evangelii gaudium se insiste tanto en la primera de las dos cosas, es decir, en el kerygma o «anuncio», del que depende toda aplicación moral.

De hecho, «en la catequesis tiene un papel fundamental el primer anuncio o “kerygma”, que debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. […] Cuando a este primer anuncio se le llama “primero”, eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos. […] No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en favor de una formación supuestamente más «sólida». Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más consistente y más sabio que ese anuncio» (nn. 164-165), es decir el del kerygma.

Hasta ahora hemos visto el contenido de la predicación cristiana. Sin embargo, debemos tener en cuenta también el medio del anuncio. El Evangelio debe predicarse «mediante el Espíritu Santo» (1 Pe 1:12). La Iglesia debe hacer precisamente lo que Jesús dijo al comienzo de su ministerio público: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por eso me ha ungido y me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres» (Lc 4, 18). Predicar con la unción del Espíritu Santo significa transmitir, junto con las ideas y la doctrina, la vida y la convicción de nuestra fe. Significa confiar no en «discursos persuasivos de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y su poder» (1 Cor 2:4), como escribió San Pablo.

Es fácil decirlo -se podría objetar-, pero ¿cómo ponerlo en práctica si no depende de nosotros, sino de la venida del Espíritu Santo? En realidad, hay una cosa que depende de nosotros, o más bien dos, y las mencionaré brevemente. La primera es la oración. El Espíritu Santo viene sobre los que rezan, porque el Padre celestial -está escrito- «da el Espíritu Santo a los que se lo piden» (Lc 11,13), ¡sobre todo si se lo piden para anunciar el Evangelio de su Hijo! ¡Cuidado con predicar sin rezar! Uno se convierte en lo que el Apóstol llama «bronces que resuenan y címbalos que retiñen» (cf. 1 Co 13:1).

Por tanto, lo primero que depende de nosotros es orar para que venga el Espíritu Santo. Lo segundo es no querer predicarnos a nosotros mismos, sino a Jesús el Señor (cf. 2 Co 4,5).

Esto se refiere a la predicación. A veces hay predicaciones largas, de 20 minutos, de 30 minutos… Pero, por favor, los predicadores deben predicar una idea, un afecto y una llamada a la acción. Más allá de ocho minutos, la predicación se desvanece, no se entiende. Y esto se lo digo a los predicadores… [aplausos] ¡Veo que les gusta oír esto! A veces vemos a hombres que, cuando empieza el sermón, salen a fumar un cigarrillo y luego vuelven a entrar. Por favor, el sermón debe ser una idea, un afecto y una propuesta de acción. Y nunca debe durar más de diez minutos. Esto es muy importante.

La segunda cosa -les decía- es no querer predicarnos a nosotros mismos sino al Señor. No es necesario que nos detengamos en esto, porque cualquiera que se dedique a la evangelización sabe bien lo que significa, en la práctica, no predicarnos a nosotros mismos. Me limitaré a una aplicación particular de esta exigencia. No querer predicarnos a nosotros mismos implica también no dar siempre prioridad a las iniciativas pastorales promovidas por nosotros y vinculadas a nuestro propio nombre, sino colaborar de buen grado, si se nos pide, en las iniciativas comunitarias, o que se nos encomienden por obediencia.

¡Que el Espíritu Santo nos ayude, nos acompañe, y enseñe a la Iglesia a predicar así el Evangelio a los hombres y mujeres de este tiempo! Gracias

Fuente: The Holy See

GRACIAS DE TODO CORAZÓN

La Conferencia Episcopal ha recibido ya los datos provisionales de la campaña de la Renta del año 2024 que corresponde al ejercicio fiscal de 2023. Según estos datos, se constata que ha aumentado en 208.841 el número de declaraciones en favor de la Iglesia, lo que supone un valioso reconocimiento de la labor realizada por la Iglesia.

7.839.984 personas marcaron la ‘X’ de la Iglesia en su declaración de la renta, lo que supone el 30,43 % de las declaraciones presentadas. Contando las declaraciones conjuntas, son 9 millones los contribuyentes que confían en la labor de la Iglesia, el número más alto de apoyos en la historia del sistema.

Según estos datos, el importe total asignado a la Iglesia se sitúa en los 382.437.998 euros, lo que supone un incremento de 23,6 millones de euros, un 6,6 % más, lo que va a permitir a la Iglesia hacer frente al aumento de las necesidades. De media, la aportación que recibe la Iglesia de cada contribuyente que marca la casilla de la X es de 42,5 euros.

Uno de los datos para la reflexión es que setecientos mil nuevos declarantes no han marcado ninguna casilla de las que la Declaración deja a la libertad de los contribuyentes, lo que implica una bajada de 1,5% de casillas marcadas. Este dato afecta tanto a las declaraciones de fines sociales como a las de la Iglesia. En el caso de la Iglesia supone un descenso de 0,56 puntos. Este dato obliga a hacer un mayor esfuerzo para explicar la casilla de la X en favor de la Iglesia y el significado que tiene, un ejercicio de libertad para el contribuyente que no supone ni pagar más ni que te devuelvan menos.

Declaraciones y porcentaje de asignación por comunidades

El número total de declaraciones a favor de la Iglesia aumenta en 16 de las 17 comunidades autónomas, especialmente en Andalucía, Madrid, Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha. También destaca el aumento del porcentaje de asignación en la Hacienda foral de Guipúzcoa.

En relación con el importe asignado, se ha producido un incremento de la cantidad recaudada en todas las Comunidades Autónomas. En términos absolutos, los mayores aumentos en euros asignados se producen en Madrid, Andalucía y Cataluña. Además, 10 comunidades se sitúan por encima de la media en % de asignantes, destacando Castilla-La Mancha (43,2%), La Rioja (42,3%), Extremadura (42,3%), Murcia (41,9%) y Castilla y León (40,7%).

Declaraciones y porcentaje de asignación por delegaciones de Hacienda

Por delegaciones de Hacienda, la provincia con más % de asignación continúa siendo Ciudad Real (50,7%). Le siguen Jaén (46,03%), Badajoz (44,08%) y Ávila (44,4%).

En valor absoluto, las delegaciones de hacienda donde han crecido más el número de asignaciones son Madrid, Guipúzcoa, Sevilla, Valencia y Málaga. En relación con los importes asignados, en todas las delegaciones de hacienda ha crecido el importe asignado, destacando por orden Madrid (+ 5,6 millones €), Barcelona (+ 2 mm), Guipúzcoa (+1,2 mm) y Sevilla (+ 1 mm).

Datos para destacar

En estos datos provisionales, destaca que:

Los tres últimos tramos de renta, es decir aquellos que ganan más de 30.000 € al año, representan en la práctica el 85,1% del dinero recaudado, incrementándose un año más en un punto su peso con relación al año anterior. La subida es especialmente importante en el tramo de 60.000 a 150.000 €.

    Por tramos de edad, la mejor evolución está en los tramos entre 50 y 70 años.

    Por sexo, aunque la distancia entre hombres y mujeres es muy pequeña, han aumentado más las declaraciones de las mujeres por su creciente incorporación al mercado laboral.

    En cuanto al tipo de declaración, por segunda vez desde que tenemos datos, el porcentaje de declaraciones conjuntas con asignación (32,43%) supera al de las declaraciones individuales (30,75%).

Pero detrás de todos estos datos están cada una de las personas que cada año muestran su confianza en la labor de la Iglesia marcando la X en la Declaración de la Renta. Y a ellas está dedicada la campaña de agradecimiento que pone hoy en marcha la oficina de Sostenimiento de la Iglesia con el lema, “Gracias de corazón”.

Los protagonistas de esta Campaña son esas casi 9 millones de personas que mostraron su apoyo a la Iglesia marcando la X en su declaración de la Renta. Todas forman parte de la familia Xtantos. Una familia que hace posible sostener la actividad de la Iglesia ofreciendo su tiempo, su oración o con su aportación económica. Y una familia que se completa con los que reciben esta ayuda de la Iglesia, tanto social como espiritual. Ellos también son los rostros que están detrás de los datos que hoy se presentan.

Además, para responder a su compromiso con la transparencia, en la página web Xtantos se pueden consultar, de manera visual y accesible, todos los resultados de la campaña de 2024 (IRFP 2023).

El especial se sirve de un vídeo en el que enlaza con el viaje por tantos, que fue el hilo conductor de la Campaña de la Renta 2024. Además, incluye un mapa de España interactivo donde es posible consultar los datos segmentados por Comunidades Autónomas. También cinco ránquines con las delegaciones de Hacienda y CC.AA. líderes en porcentaje de asignación, número de ‘X’ en términos absolutos, o recaudación…  Además, propone seguir el viaje de la X mostrando su recorrido desde la casilla de la Renta hasta llegar a los más desfavorecidos y se vuelven a presentar los testimonios que este año pedían que se marcara la casilla de la Iglesia.

Otro portal, donoamiiglesia.es, permite donar directamente a cualquier parroquia de España, para hacer llegar directamente las ayudas a las instituciones que las ponen al servicio de la sociedad.

Por su parte, la Oficina de Transparencia de la CEE presentó  el martes 10 de diciembre la Memoria de actividades de la Iglesia católica en España 2023, donde dio cuenta de toda la actividad de la Iglesia en España en ese año.

Fuente: Web de la Conferencia Episcopal

AÑO JUBILAR; BAJO EL SIGNO DE LA ESPERANZA

El año jubilar, convocado por el Papa Francisco, se abrirá oficialmente en Roma el 24 de diciembre y el domingo, 29 de diciembre, en las demás diócesis del mundo. Hace falta valor para convocar un año jubilar bajo el signo de la esperanza. Valor, porque este signo contrasta con la situación de desesperanza en la que vive gran parte de nuestra sociedad.

¿Qué esperanza puede haber para los pobres y desheredados de este mundo, para todas esas personas que se encuentran en situaciones sin salida porque la guerra, la pobreza, la política de sus gobiernos corruptos, o la ambición de los poderosos, les ha dejado sin nada? El capítulo primero de la encíclica Fratelli tutti lleva como título “las sombras de un mundo cerrado”. Por tanto, si está cerrado no tiene futuro. En este capítulo el Papa pasa revista a las heridas y atropellos que están maltratando la sociedad de nuestro tiempo que, más que a la esperanza, conducen a la desesperación: maltrato de la tierra, pobreza, xenofobia, mala acogida a los emigrantes, personas descartadas.

También en nuestro mundo capitalista y consumista estamos faltos de esperanza. “La palabra esperanza, dice Byung-Chul Han, no pertenece al vocabulario capitalista”. Y añade: “los consumidores no esperan. Tan solo tienen deseos y necesidades que hay que satisfacer. Tampoco necesitan un futuro. Viven en el presente del consumo”. Los que tienen de todo, o mejor, los que tenemos de todo y nada nos falta, ya no esperamos nada. Solo buscamos disfrutar el momento presente. Y lo que pretendemos no es un futuro distinto, sino conservar lo que tenemos. Somos conservadores. Y el conservador no tiene futuro. Solo pretende conservar lo que hay.

Lo que, sin duda, puede generar esperanza en nuestra sociedad es una cultura de la inclusión, de la compasión, de la atención a los más débiles. Una cultura cuyo lema podría ser: si quieres cuidar de ti, cuida de los demás. Cultura que debe ser asimilada por cada uno para así contagiarla a los demás. Precisamente, la gran esperanza, la esperanza en ese Reino de Dios en el que no habrá llanto, ni lágrimas, ni dolor, porque Dios será la realidad que todo lo determine, es un motivo más para ocuparnos de tantas necesidades con las que nos encontramos mientras vamos peregrinando hacia el Reino. Un motivo más para ofrecer esperanza concreta en lo inmediato, en el aquí y el ahora.

La bula del Papa recuerda que la peregrinación es un elemento fundamental de todo acontecimiento jubilar. Ponerse en camino es algo así como buscar el sentido de la vida. Y en estos tiempos en donde aviones y trenes de alta velocidad facilitan los desplazamientos, el Papa habla de “la peregrinación a pie”. Está claro que ninguno vamos a ir a Roma a pie. Pero este recordatorio de la buena peregrinación es una llamada a la austeridad para no gastar más de lo necesario y así tener reservas para compartirlas con los demás, para ayudar, para demostrarnos a nosotros mismos que consideramos a los necesitados como hermanos y como presencia de Cristo entre nosotros.

Martín Gelabert Ballesteros. Blog Nihil Obstat

TESTIMONIO DE LA  ASISTENCIA  AL ENCUENTRO DE FORMACIÓN  DE VIDA ASCENDENTE NACIONAL NOVIEMBRE 2024

Conozco Vida Ascendente desde hace más de 20 años, cuando María Luisa lo trajo a la parroquia y una vecina y amiga de mi madre la invitó a ir a las reuniones. La asistencia a estas reuniones fue algo muy bueno para mi madre, ya que volvió a encontrarse con personas con las que hacia años que no había tenido relación y supuso un revulsivo en su vida espiritual.

Los últimos años de su vida hizo que yo la acompañara y me quedara con ella en las reuniones que en esos momentos llevaba el párroco. Paulatinamente comencé a intervenir en las reuniones y desde la parroquia me propusieron hacerme cargo de las reuniones, porque se veía peligrar el grupo ya que el párroco por temas personales iba cancelando sesiones y distanciando las reuniones.

Al hacerme cargo de las reuniones, entré en contacto con Tomi, y comencé a asistir a las asambleas de la diócesis. Todo ello me ha hecho pertenecer al consejo diocesano y poder asistir a este encuentro.

No tenía muy claro que me iba a encontrar en este encuentro, la formación para mí es fundamental. No tenía un modelo de moderador de grupo, ya que cuando empecé a asistir con mi ama, el encuentro lo llevaba el párroco de aquel momento y las reuniones se limitaban a leer el guión y él hacía algún comentario y alguna pregunta ocasional.

Este encuentro ha sido muy importante para mi. No sólo me llevo formación “reglada”, por decirlo de algún modo, sino que me he puesto al día del Sínodo y del próximo jubileo, además de haber conocido a un grupo de personas geniales.

Me sentí acogida cariñosamente desde el minuto uno. El conocer y cambiar impresiones con tras personas de toda España, enriquece mucho. Aprender de la experiencia del otro, compartir intimidades como si te conocieras de toda la vida, unidos en la oración y en el compartir (experiencias personales, experiencia de llevar grupos durante mucho tiempo, etc.). Personas tan diferentes, con distintos recorridos pero unidos por una misma fe, unos mismos objetivos que a su vez son los pilares del movimiento: Amistad, Apostolado, Espiritualidad.

Hasta ahora no tenía sentimiento de pertenencia al movimiento. Ahora sí, y me defino como mujer, católica  que pertenece a la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Bilbao y al movimiento de Vida Ascendente.

Esto hace que mi vida se caracterice por la alegría y la ilusión, de “pertenencia” a un movimiento que posibilita formación , acompañamiento , compartir experiencias de vida una veces alegres, otras no tanto, pero siempre en la confianza y en las manos del Señor, a quien agradezco toda esta riqueza que me ha sido regalada.

Mercedes Santamaría

NOTICIAS DEL MOVIMIENTO: ENCUENTRO DE FORMACIÓN DE ANIMADORES

Del 27 al 28 de noviembre han tenido lugar las Jornadas de Formación de VA en Madrid.

Seis ponencias han marcado estas Jornadas:

  1. Testimonio del Sínodo de la Sinodalidad. Padre Luis Manuel Romero.

El Padre Luis Manuel, nos dio testimonio del Sínodo de la Sinodalidad como el acontecimiento eclesial más importante después del Concilio Vaticano II. Habló de la sinodalidad como un modo de ser de Iglesia, incluso como un modo de ser cristiano.

Destacó como ideas fundamentales:

  1. La universalidad y catolicidad de la Iglesia
  2. La elaboración de un Documento de Consenso buscando la comunión mediante la escucha del Espíritu Santo y de todos los participantes.
  3. La participación del Papa Francisco.
  4. Práctica de la relatividad que permite respetar y valorar lo que aportan los otros.
  5. No juzgar, ni condenar, no poner etiquetas ni perjuicios.

Estas ideas han fundamentado el aprendizaje del Sínodo para descubrir la belleza de la Iglesia, amarla más y disfrutar del regalo de la fraternidad.

Durante los tres años de preparación del Sínodo se ha consultado a todo el Pueblo de Dios, finalizando con un Documento que el Papa ha autentificado sin exhortación. El Documento:

– Invita a la conversión, como una profecía a la sociedad.

– Destaca que la Iglesia debe dedicarse a la Misión y huir de la referencialidad,

porque en la fe todos somos iguales.

– Señala el ecumenismo como una familia, con vocación y carismas diferentes,

donde hay que cuidar las relaciones humanas para sentirnos Iglesia y

evangelizar.

También resaltó la formación compartida y facilitó unas pautas para el discernimiento

comunitario en el Espíritu Santo.

El Papa Francisco le dio un mensaje para los laicos de España: “Que no sean

clericales, que cumplan su vocación en la vida pública empezando por la familia”.

  1. Los pilares de VA: La Espiritualidad. Jaime Tamarit

Nos habló Jaime de VA como un brote del Espíritu, que con los otros pilares —

amistad y apostolado —, nos convierte y nos une. El acompañamiento espiritual del

mayor debe estar dirigido a quererle, animarle y respetar su identidad.

Vivimos en una sociedad llena de contradicciones y sin trascendencia, donde el mayor

se ve como débil, ignorante, sin salud y sin respuestas. Juan Pablo II llamó carismas

del atardecer al conjunto de valores que constituyen el tesoro de su espiritualidad.

Estos son:

  1. Renacer. Propósito de luchar cada día con la convicción de que Dios no sigue

llamando.

  1. Sabiduría. Primero de los dones del Espíritu Santo, es el saber de los sencillos,

expresado en amar (hágase, aceptación), no saber (mística, contemplación) y

sabor del Espíritu (compartir, rezar). No es maestra, sino discípula que escucha,

aprende y acoge. Nos dona los siguientes frutos: Ver lo esencial, desapego,

benevolencia con nosotros y con los demás, estar pacificados y ser pacificadores,

perspectiva con la realidad, decir si a nuestra vida y a nuestro pasado, aceptación

del sufrimiento, agradecimiento y, aprecio de cada día como regalo de Dios.

  1. Memoria y discernimiento. Nos permiten valorar nuestra historia mediante los

recuerdos, ver que está bien y que está mal, alabar y agradecer la misericordia y el

perdón. Favorece la auto-reconciliación y en los grupos una amistad sincera.

  1. Esperanza. Benedicto XVI decía que la esperanza salva. Es una esperanza

personal — como la reconciliación — pero que usa el tiempo con dimensión de

eternidad. Es extraña, intangible, pero nos da libertad; es aventurera, está más allá

en sueños e ilusiones; y es mi esperanza, donde espero y soy esperado.

  1. Alegría. La fe produce esperanza, la esperanza da alegría y esta nos llena de

libertad. Está basada en el amor del Dios cercano que nos llena de gozo; en

comunicar sentimientos buenos y tristes, porque entonces los primeros se crecer y

los otros disminuyen; en ir ligeros de equipaje y ser generosos; es la Gran

Esperanza en un Futuro Nuevo.

  1. Cotidianidad. Cada día, cada momento es una oportunidad para el encuentro con

Dios, por eso tiene un carácter transcendente. No debemos olvidar detenernos en

el camino a contemplar, admirar y agradecer la fe, para armonizarla con la vida y

alcanzar la gracia de la presencia de Dios. Así fue con los discípulos de Emaús (Lc

24, 13-35), Jesús se puso a caminar con ellos y cambió su realidad llenándolos de

futuro, porque “Estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 19).

De dos fuentes brotan estos carismas: el santuario del corazón donde habita Dios y la

Eucaristía. Ambos nos permiten peregrinar hacia cimas, que no son altas sino en

descenso, que instan a lo pequeño, humilde, más solos, más viejos y enfermos.

III. Los pilares de VA: La Amistad y el Apostolado. María Dolores

Núñez

El objetivo del grupo de VA es ayudar a descubrir y vivir, cada vez mejor, la vocación y

misión de laicos cristianos; es decir, profundizar en la fe (espiritualidad), vivir el amor

fraterno (amistad), anunciar la Buena Noticia y ser testigos en el mundo con amigos y

no amigos, con los que comparten nuestra fe y los que no (apostolado).

Para el Papa Francisco la amistad es un regalo y un don de Dios, sus características

son: acoger, aceptar y no juzgar; compartir y cuidar del otro fraternalmente. Nos la

descubre Jesús en las páginas del Evangelio:

– “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn

15, 12)

– “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros

os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

(Jn 15, 15)

– “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn

13, 35)

Nos habló también que para ser apóstol antes hay que ser discípulo, y aún antes estar

convertido. El Señor toma siempre la iniciativa y pide sígueme en lo cotidiano. Esta

conversión, primero personal y después pastoral, obliga a cambiar de vida. Nadie se

salva solo, nos salvamos en comunidad.

Palabra y el testimonio.

¿QUÉ OCULTA LA VIRGEN DE GUADALUPE EN LOS OJOS Y EN EL MANTO?

Esta imagen se ha convertido en uno de los elementos más importantes del catolicismo, no sólo de México, sino a nivel mundial. Una imagen no exenta de discrepancias y enigmas, que giran en torno a esta representación
Para el pueblo mexicano, ser «guadalupano», trasciende las fronteras del catolicismo. Miles de ellos, se lanzan en peregrinación días antes del 12 de diciembre, su celebración, para agradecer todas las gracias recibidas y rezar a su «Morenita». La Basílica de Guadalupe, es uno de los templos de la iglesia católica con más peregrinos después de la Basílica de San Pedro en Roma. La imagen es un estandarte popular del pueblo mexicano, venerada por campesinos, empresarios, obreros o médicos.
De acuerdo con el «Acontecimiento Guadalupano» la Virgen de Guadalupe se le apareció en cuatro ocasiones al indígena San Juan Diego. En uno de estos encuentros, ocurridos en 1531, la Virgen le pidió subir al Cerro del Tepeyac, recolectar varias flores con ayuda de su tilma y llevárselas al obispo como prueba de su existencia. Al estar frente al religioso, Juan Diego extendió la prenda y de forma milagrosa, en ella quedó plasmada la imagen de una virgen morena con rasgos mestizos. Estas apariciones marianas se sustentan en el Nican Mopohua, relatado en náhuatl de 1556 atribuido al noble indígena Antonio Valeriano, y que se construyó a partir de los testimonios que el propio Juan Diego dio de viva voz.
Desde entonces, esta imagen se convirtió en uno de los elementos más importantes del catolicismo, no sólo de México, sino a nivel mundial. Una imagen no exenta de discrepancias y enigmas, que giran en entorno a esta representación.
La Tilma
La Iglesia y sus investigadores sostienen que el material sobre el que está plasmada la imagen de la Virgen proviene de una especie de agave, material que con el paso de los años tiende a deteriorarse fácilmente. Además, carece de preparación de fondo, lo que haría imposible que pudiera pintarse al óleo o al temple. De hecho, no hay rastros de pinceladas ni de pintura animal, mineral o natural. En la tela, y al acercarse lo único que se ve es la tela del maguey, sin ningún tipo de pintura encima.
Sin embargo, otros sostienen que la tilma está hecha de cáñamo y lino, un material mucho más duradero y que sí puede pintarse. Aseguran que a simple vista se puede apreciar una preparación de color blanco, probablemente sulfato de calcio, sobre la que luego pintó. Se dice que la obra ha sido pintada varias veces y que es posible identificar la firma de algunos de los artistas responsables, entre ellos la del indio Marcos Cipac de Aquino.

Las diferencias entre las reproducciones de la Virgen realizadas siglos atrás y la imagen actual, sugieren que, el lienzo fue alterado. Una prueba es la corona que desapareció en el siglo XIX sin que hasta ahora haya una explicación clara.
Otra polémica dice que muchas de las pruebas ofrecidas para probar el milagro no son veraces. En lo particular se cuestiona la existencia de los supuestos estudios que la NASA realizó de la imagen.
Los ojos
Son unos de los elementos más inquietantes de esta figura. La pieza ha sido analizada por distintos oftalmólogos de prestigio internacional, uno de ellos el Dr. Enrique Graue, quien encontró que la pupila de la virgen se contrae y dilata de acuerdo a la luz que recibe, tal y como ocurre con los ojos reales.
En los ojos de la Virgen también es posible distinguir «el reflejo» de varias figuras humanas. Se habla del hallazgo de hasta 12 personajes, que, según se narra, fueron los testigos del milagro cuando San Juan Diego mostró su ayate, es como una fotografía que capturó ese momento.
El Manto
La posición de las estrellas del manto que porta la virgen de Guadalupe, de acuerdo a estudios astronómicos, corresponden a la configuración exacta del cielo el día en el que esta imagen fue revelada.
No obstante, la vestimenta y configuración de la Virgen de Guadalupe es muy anterior a su aparición de Nueva España. El ejemplo más claro es la Virgen de Guadalupe de Extremadura. Una imagen de la Virgen, con tez morena de origen árabe y que fue llevada a México por Hernán Cortés.
El tejido dañado se restauró por sí mismo: los incidentes
Entorno a esta imagen hay varios sucesos insólitos. Uno de ellos ocurrió en 1791, cuando accidentalmente vertieron en la tela un poco de ácido muriático. Un mes después, y sin aplicarle ningún tratamiento especial, el tejido dañado se restauró por sí mismo, dejando sólo una breve decoración en la zona como prueba de lo ocurrido.
El 14 de noviembre de 1921, un anarquista colocó un arreglo floral junto a la imagen, este objeto contenía en su interior una bomba que al detonar destruyó todo lo que se encontraba alrededor, con excepción de la tilma de la Virgen de Guadalupe, estaba detrás de un simple cristal y de forma inexplicable no se rompió. Junto a la imagen, había una cruz de metal que se dobló, y que se dice, protegió al ayate del percance.
Todas estas contradicciones, versiones encontradas y diversos puntos de vista, contribuyen a darle más profundidad e interés al culto a la Virgen de Guadalupe.
Matilde Latorre de Silva

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JUAN DIEGO

San Juan Diego Cuauhtlatoatzain, de la estirpe indígena nativa, varón provisto de una fe purísima, de humildad y fervor, que logró que se construyera un santuario en honor de la Bienaventurada María Virgen de Guadalupe, en la colina de Tepeyac, en la ciudad de México, en donde se le había aparecido la Madre de Dios.

El Beato Juan Diego, que en 1990 Vuestra Santidad llamó «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac» (L’Osservatore Romano, 7-8 maggio 1990, p. 5), según una tradición bien documentada nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas.Se llamaba Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba «Águila que habla», o «El que habla con un águila».

Ya adulto y padre de familia, atraído por la doctrina de los PP. Franciscanos llegados a México en 1524, recibió el bautismo junto con su esposa María Lucía. Celebrado el matrimonio cristiano, vivió castamente hasta la muerte de su esposa, fallecida en 1529. Hombre de fe, fue coherente con sus obligaciones bautismales, nutriendo regularmente su unión con Dios mediante la eucaristía y el estudio del catecismo.

El 9 de diciembre de 1531, mientras se dirigía a pie a Tlatelolco, en un lugar denominado Tepeyac, tuvo una aparición de María Santísima, que se le presentó como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». La Virgen le encargó que en su nombre pidiese al Obispo capitalino el franciscano Juan de Zumárraga, la construcción de una iglesia en el lugar de la aparición. Y como el Obispo no aceptase la idea, la Virgen le pidió que insistiese. Al día siguiente, domingo, Juan Diego volvió a encontrar al Prelado, quien lo examinó en la doctrina cristiana y le pidió pruebas objetivas en confirmación del prodigio.

El 12 de diciembre, martes, mientras el Beato se dirigía de nuevo a la Ciudad, la Virgen se le volvió a presentar y le consoló, invitándole a subir hasta la cima de la colina de Tepeyac para recoger flores y traérselas a ella. No obstante la fría estación invernal y la aridez del lugar, Juan Diego encontró unas flores muy hermosas. Una vez recogidas las colocó en su «tilma» y se las llevó a la Virgen, que le mandó presentarlas al Sr. Obispo como prueba de veracidad. Una vez ante el obispo el Beato abrió su «tilma» y dejó caer las flores, mientras en el tejido apareció, inexplicablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde aquel momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.

El Beato, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó los suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del Obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en este grandioso templo, símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de Guadalupe.

En espíritu de pobreza y de vida humilde Juan Diego recorrió el camino de la santidad, dedicando mucho de su tiempo a la oración, a la contemplación y a la penitencia. Dócil a la autoridad eclesiástica, tres veces por semana recibía la Santísima Eucaristía.

En la homilía que Vuestra Santidad pronunció el 6 de mayo de 1990 en este Santuario, indicó cómo «las noticias que de él nos han llegado elogian sus virtudes cristianas: su fe simple […], su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí cerca de Tepeyac, fue ejemplo de humildad» (Ibídem).

Juan Diego, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus contemporáneos que éstos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga como Juan Diego».

Circundado de una sólida fama de santidad, murió en 1548.

Su memoria, siempre unida al hecho de la aparición de la Virgen de Guadalupe, ha atravesado los siglos, alcanzando la entera América, Europa y Asia.

El 9 de abril de 1990, ante Vuestra Santidad fue promulgado en Roma el decreto «de vitae sanctitate et de cultu ab immemorabili tempore Servo Dei Ioanni Didaco praestito».

El 6 de mayo sucesivo, en esta Basílica, Vuestra Santidad presidió la solemne celebración en honor de Juan Diego, decorado con el título de Beato.

Precisamente en aquellos días, en esta misma arquidiócesis de Ciudad de México, tuvo lugar un milagro por intercesión de Juan Diego. Con él se abrió la puerta que ha conducido a la actual celebración, que el pueblo mexicano y toda la Iglesia viven en la alegría y la gratitud al Señor y a María por haber puesto en nuestro camino al Beato Juan Diego, que según las palabras de Vuestra Santidad, «representa todos los indígenas que reconocieron el evangelio de Jesús» (Ibídem).

Beatísimo Padre, la canonización de Juan Diego es un don extraordinario no sólo para la Iglesia en México, sino para todo el Pueblo de Dios.

(Fuente: vatican.va)

CATEQUESIS DE PAPA FRANCISCO. EL ESPÍRITU Y LA ESPOSA. LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO. LA ALEGRÍA

Después de haber hablado de la gracia santificante y de los carismas, quisiera detenerme hoy en una tercera realidad vinculada a la acción del Espíritu Santo: los «frutos del Espíritu». ¿Qué cosa es el fruto del Espíritu? San Pablo ofrece una lista de éstos en su Carta a los Gálatas. Escribe: «el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia» (5,22). Nueve frutos del Espíritu. ¿Pero qué cosa es este “fruto del Espíritu”?

A diferencia de los carismas, que el Espíritu concede a quien quiere y cuando quiere para el bien de la Iglesia, los frutos del Espíritu – repito: amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad, dominio propio – son el resultado de una colaboración entre la gracia y la nuestra libertad.

Estos frutos expresan siempre la creatividad de la persona, en la que «la fe obra por medio de la caridad» (Gal 5,6), a veces de forma sorprendente y llena de alegría.

No todos en la Iglesia pueden ser apóstoles, profetas, evangelistas; pero todos indistintamente pueden y deben ser caritativos, pacientes, humildes, constructores de paz, y etcétera. Todos nosotros, si, debemos ser caritativos, debemos ser pacientes, debemos ser humildes, artífices de paz y no de guerra.

Entre los frutos del Espíritu indicados por el Apóstol, me gustaría destacar uno de ellos, recordando las palabras iniciales de la exhortación apostólica Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.» (n. 1). A veces habrá momentos tristes, pero siempre existirá la paz. Con Jesús existe la alegría y la paz.

La alegría, fruto del Espíritu, tiene en común con cualquier otra alegría humana un cierto sentimiento de plenitud y satisfacción, que hace desear que dure para siempre. Sin embargo, sabemos por experiencia que eso no ocurre, porque todo aquí abajo pasa rápidamente: Todo pasa rápidamente. Pensemos juntos: la juventud, pasa rápidamente, ¿la salud, las fuerzas, el bienestar, las amistades, el amor… duran cien años? Pero después no más.

Por otra parte, aunque estas cosas no pasaran rápidamente, después de un tiempo ya no son suficientes, o incluso se vuelven aburridas, porque, como dijo San Agustín a Dios: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» [1]. Existe la inquietud del corazón por buscar la belleza, la paz, el amor, la alegría.

La alegría del Evangelio, la alegría evangélica, a diferencia de cualquier otra alegría, puede renovarse cada día y volverse contagiosa. «Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la auto referencialidad. […] Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?» (Evangelii gaudium, 8). Esta es la doble característica de la alegría que es fruto del Espíritu: no sólo no está sujeta al inevitable desgaste del tiempo, ¡sino que se multiplica al compartirla con los demás! Los demás. Una verdadera alegría se comparte con los demás, y se “contagia”.

Hace cinco siglos, vivía en Roma un santo llamado Felipe Neri. Él pasó a la historia como el santo de la alegría. A los niños pobres y abandonados de su Oratorio les decía: “Hijos, estén alegres; no quiero escrúpulos ni melancolía; me basta con que no pequen”. Y todavía: “¡Sean buenos, si pueden!”. Menos conocida es, sin embargo, la fuente de la que procedía su alegría. San Felipe Neri sentía un amor tal por Dios que a veces parecía que el corazón le iba a estallar en el pecho. Su alegría era, en el sentido más pleno, un fruto del Espíritu. El santo participó en el Jubileo de 1575, que enriqueció con la práctica, mantenida posteriormente, de visitar las Siete Iglesias. Fue, en su época, un verdadero evangelizador a través de la alegría. Y tenía esta característica de Jesús: perdonaba siempre, perdonaba todo. Quizás alguno de nosotros puede pensar: “pero he cometido este pecado, y esto no tendrá perdón…”. Escuchen bien: Dios perdona todo, Dios perdona siempre. Y esta es la alegría: ser perdonados por Dios. A los sacerdotes y a los confesores siempre digo: perdonen todo, no preguntar mucho, pero perdonar todo, todo y siempre.

La palabra «evangelio» significa buena nueva. Por tanto, no se puede comunicar con caras largas y rostro sombrío, sino con la alegría de quien encontró el tesoro escondido y la perla preciosa. Recordemos la exhortación que San Pablo dirigió a los creyentes de la Iglesia de Filipos, y que ahora nos dirige a todos nosotros: «Estén siempre alegres en el Señor, les repito estén alegres, y den a todos muestras de un espíritu muy abierto. El Señor está cerca» (Fil 4,4-5).

Queridos hermanos y hermanas, alégrense con la alegría de Jesús en el corazón. Gracias.