LAS SANTAS DE LA SEMANA: SANTA AGUEDA YI Y SANTA TERESA KIM

En Seúl, ciudad de Corea, santas mártires Santa Agueda Yi, virgen, cuyos padres murieron también mártires, y Teresa Kim, viuda, que, estando en la cárcel, primero fueron azotadas y después degolladas. La Iglesia Católica celebra el 9 de enero su memoria

Águeda Yi -o Ni- era una joven de 16 años, virgen, ferviente católica, cuyo padre, san Agustin Yi -o Ni-, y su madre había sido martirizados el año anterior. El ministro Tsio Tieng-bien-i, tomando como pretexto la edad, quiso librarla de la muerte, consiguiendo para ella la prisión; pero más bien padeció allí horribles torturas, no solo por soportar el hambre y la sed, sino por tener que defenderse, con sólo sus manos y la ayuda de Dios, de los infames carceleros que amenazaban su castidad. Había nacido en Seul en 1824.

Junto a ella padeció Teresa Kim, de no mucha edad -habia nacido en Myeoncheon, Chungcheong-do en 1797, y tenía por tanto 43 años-, pero que era ya viuda. Teresa era tía por parte de padre del futuro mártir san Andrés Kim Taegòn, primer sacerdote nativo de Corea, que sufrirá el martirio en 1846. Teresa había visto morir en prisión por la fe a su marido (José Son Len-ou-ki, no canonizado aun), y ella continuará como viuda dando ejemplos de virtud. Ayuna con frecuencia y ayuda en las tareas más humildes a los misioneros. En la persecución de 1839 estaba en casa del obispo, y no huyó rápidamente, por lo que fue encarcelada.

Las dos mujeres soportaron con paciencia las vejaciones, latigazos y todo género de torturas durante 11 y 7 meses de prisión, respectivamente, hasta que fueron estranguladas (otros documentos dicen decapitadas).

La base para las noticias de la vida de estos santos es la «L’Histoire de l’Eglise de Corée» (1874), en dos volúmenes, de Charles Dallet. En este caso el martirio está contado en la página 229 del volumen II. Ver la noticia general sobre los mártires de Corea en la hagiografía del grupo.

Abel Della Costa

¿DÓNDE ESTÁ LA FUENTE PARA QUE SALGA ALGO BUENO?

En los días que preceden a la fiesta de la Epifanía, la liturgia eucarística propone unos evangelios que hablan de seguimiento de Cristo. Resultan muy oportunos para cerrar el ciclo del adviento y de la navidad. Adviento, o sea, venida; Navidad, o sea, aparición; Epifanía, o sea, manifestación. Todo es lo mismo. El Señor Jesús viene para manifestarnos quién es el Padre, para darnos a conocer que este Dios clemente y misericordioso del que hablaba Israel es un Dios cercano que nos ama como no se puede amar más. La lógica respuesta ante este anuncio y esta manifestación es ponerse en camino hacia el Dios que siempre viene. Y para ello nada mejor que seguir a su mensajero. De ahí la oportunidad de estos relatos de seguimiento.

El evangelio del día 4 fue particularmente interesante, pues el verbo griego que hay detrás del «se quedaron con él» (los discípulos se quedaron con él aquel día) es «menein»; verbo que el evangelio de Juan utiliza para decir que el Padre permanece en el Hijo y en Hijo permanece en el Padre; o que Jesús y su Palabra permanecen en nosotros y nosotros estamos llamados a permanecer en él. O sea, el sentido profundo de este permanecer no es físico, sino espiritual y teológico: Maestro, ¿dónde vives, o sea, dónde están tus raíces, qué es lo que te da la vida, qué es lo que te vivifica, dinos dónde está la fuente, para que nosotros podamos permanecer, afincarnos, estar siempre bebiendo de ella? Y el relato de seguimiento del evangelio del día 5 también es de sumo interés: para saber lo bueno que es Jesús, para saber si de Nazaret puede salir algo bueno, ven y lo verás, o sea, incorpórate a nuestro grupo, comparte tu vida con nosotros.

Estas son las preguntas que los cristianos debemos provocar y las respuestas que estamos llamados a dar: la pregunta de qué nos hace vivir y dónde está la fuente de nuestra vida. Una vez respondida, podemos pasar a otra pregunta: ¿de mí puede salir algo bueno, estoy en condiciones de ofrecer algo bueno? De entrada a lo mejor parece que no. De ahí la duda implícita en la pregunta. ¿Puede salir algo bueno de mi? Dependerá de dónde permanezco, dónde están los fundamentos que me sostienen, dónde mis verdaderos intereses. Hay otra pregunta que formula Natanael, una vez que ha ido a Jesús y se ha incorporado a la comunidad de discípulos: ¿de qué me conoces? ¿De qué me conoces, Señor, para haberme llamado? Jesús nos conoce y eso tiene que ser para cada uno de nosotros un motivo de alegría y de esperanza. Y un estímulo. Nos conoce y, por eso, no a pesar de eso, sino por eso, porque sabe de nuestras posibilidades y de nuestras capacidades, porque sabe de nuestras muchas bondades, por eso nos ha llamado para ser sus discípulos y testigos.

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat

PREGÓN DEL PÓRTICO DE NAVIDAD DE MARIBEL REVERIEGO EN MALPARTIDA DE CÁCERES

PÓRTICO DE NAVIDAD 2.024

Antes de empezar os pido disculpas, por si no sale como quisiera y os merecéis.

 Buenas noches, comunidad parroquial, amigos, vecinos… Buenas noches, Malpartida.

Desde el principio quiero agradecer a los que han confiado en mí para tan solemne acto. Me honra vuestra confianza. La asistencia a los presentes en general y a los que no pudiendo estar aquí, lo están oyendo por la radio o me han pedido el guion porque viven lejos.

 Cuando me invitó D. Santiago a hacer el Pregón del pórtico de Navidad me pareció una temeridad. Le dije, que reflexionara un poco más y después hablábamos. Era después de la Misa en la que se leyó el Evangelio de las dos mujeres pobres y viudas, una solo tenía dos pequeñas monedas y la otra sólo un puñado de harina ni siquiera leña para cocer el pan. Como yo, que poco tengo, por lo que poco os puedo dar. Pero ¿Por qué le iba a negar esto a mi parroquia, que tanto debo y quiero? Porque en esta santa casa, ante el Señor de este Sagrario se fraguó todo lo que soy y tengo como cristiana. Luego se reforzó y completó en mi Congregación, pero aquí empezó todo. ¿Por qué no dar como ellas, lo que tengo? Y Quién ha tenido antes, el honor de poder anunciar el pregón del Pórtico de Navidad en la que hoy se puede decir con todo derecho: Que esta Iglesia de la Asunción de Malpartida es un bien de interés cultural como acaba de ser declarada… A todos los que han trabajado por conseguirlo, se lo agradecemos muy sinceramente.

 Esa noche no pude dormir, pero saqué la conclusión: “Si esta es la Voluntad de Dios, pondré todo mi esmero y lo haré, con mucho gusto, con toda la ilusión del mundo y agradecida, sacando lo mejor que pueda quedar en mí” ¿Qué mayor honor que anunciaros que va a venir, Jesús, Nuestro Salvador? ¡Que nos alivia las cargas y consuela en los sufrimientos!…

No hay cosa más grande que anunciar a Jesús. Y anunciarlo en mi parroquia, a mis vecinos y amigos de siempre; a donde mis padres me trajeron a bautizar, para recibir la fe en Cristo, en quien creo y espero… Aquí que recibí mi primera Comunión, fui Confirmada con el Espíritu Santo, para dar paso a la madurez en la fe… Recibí la catequesis, los círculos de benjaminas de Acción Católica, que nos daba Maruqui Lancho, la del casino de abajo. (y en aquella época los teníamos en la parte de arriba donde vivía la Matea) Nos la tenía cedida gratis, la señora María Bravo. Porque entonces no había centro parroquial. De adolescentes, que nos daba los círculos, Felisa Díaz a la que yo cogí luego el relevo… La influencia espiritual de Dª Mercedes (mi maestra de escuela) y tantas influencias positivas que aquí y muchas veces de vosotros mismo he recibido y han ido formado una gran parte de la base de servicio y generosidad, que mucha o poca hay en mi personalidad… Esto y mucho más, se lo debía a mi parroquia. Estaba en deuda con ella. Por eso y porque ya me queda poco que dar, quiero seguir entregando mis dos monedas

La idea de Pórtico de Navidad, parece que lo trae en el 2008 a la diócesis, nuestro más ilustre paisano, y muy querido y recordado D. Francisco Cerro, que entonces estaba aquí de Pastor diocesano y hoy es el Primado de España, para dar paso a los días de Navidad. Y a quien hoy desde aquí le envío el más cariñoso y merecido saludo.

 Como de este concepto sé poco voy a centrarme en “ANUNCIAR LA NAVIDAD” como la concibo y trato de vivir. Sin fechas ni personajes, que vosotros ya bien conocéis. Comenzando por el día de hoy, que sería aproximadamente, cuando empezaron su camino de los 111 Km que hay de Nazaret a Belén, a empadronarse María y José en la ciudad, de David de donde procedía José. Y en el estado que se encontraba María y por transporte en un burrino le calculo que tardarían más de una semana. Y el viaje había que hacerlo, sí o sí. Porque lo mandaba un edicto de Cesar Augusto.

A veces nos quejamos nosotros de los caminos que nos toca recorrer; largos, dificultosos, con piedras que nos hacen tropezar. Las cuestas que tenemos que subir… y no son desniveles del terreno, si no, paro, pobreza, sueldos con los que no se llega a fin de mes. El frio, la sequía o las lluvias a veces torrenciales, como las que han sufrido en Levante, que se llevan todo a su paso, incluso centenares de vidas humana, ganado, cosechas, medios de vida…y dejan tanta desolación, ruina, tristeza y dolor. Las pobrezas, enfermedades, adicciones, guerras, rupturas, hogares destrozados… nuestros o de nuestro entorno… Y Jesús que aún no ha nacido, ya nos está enseñando como se hacen estos caminos, cómo se alivian los sufrimientos, como se superan las pruebas… Con Él y junto al corazó de su Madre. Allí nos espera, quiere acompañarnos en nuestras vidas. Enseñarnos a pasar los días fríos, las noches oscuras, las dudas, los, dolores y las tristezas.

 No creo que Belén fuese una ciudad inhóspita, como le pasa a Malpartida. Sería una ciudad acogedora, alegre, saludable, con buenas condiciones de vida… pero cuando ellos llegaron todo estaba lleno y no encuentran un sitio, donde María descanse y Jesús pudiera nacer. Como nos pasa a nosotros que estamos llenos de compromisos, cenas y regalos; siempre deprisa, no tenemos tiempo para nada. Yo solo he empezado a tenerlo cuando me he jubilado (los niños y los mayores) sufren el poco tiempo que se les dedica para escucharlos, jugar con ellos, ayudarlo con los deberes, acogerlos, consolarlos… Comprometernos, con esta sociedad tan necesitada, darnos y darles tiempo o lo que necesiten y tengamos y a veces hasta de sobra.

 Aquí, como en Belén, tenemos dificultades a veces para ser acogedores y buenas personas con todos, como nos pide nuestro cristianismo, dispuestos a abrir puertas, sin levantar muros, ni de ideologías, ni de pensamientos, ni formas de vivir. Aceptando al otro con su forma de ser como lo hacía y enseñaba Jesús que comía con publicanos y con pecadores y nos dice que acojamos siempre y a todos, sin juzgar, si no amándolos de corazón y de verdad. Tenemos que nacer de nuevo, para mejorar este camino que hacemos juntos por la vida en la sociedad actual. Venciendo miedos y creciendo en confianza, ayudándonos mutuamente; para acogernos y vivir con entusiasmo y alegría desbordante esa que tanto necesita el mundo de hoy a veces triste de la historia. ¿No le podemos abrir con esa alegría la puerta de esta posada a Jesús en nuestro corazón? ¡Cómo le alegraría venir a un establo así a Jesús! Yo sueño y confío en mí y en vosotros que sí. Al menos vamos a intentarlo.

 Ya que no hay posada, vamos a preparar un Cielo en nuestro corazón. El Padre Dios, organiza la fiesta, pone sus ángeles en marcha. Que anuncien a toda la tierra que nos llega el Salvador. Que llenen la noche de luz y alegría. De la mejor reina, la más humilde y la más hermosa del universo. Pero la más pura y tierna de las madres nace Enmanuel, Dios con nosotros. El bueno de San José, se deshace en adecentar el establo. (Nos ayuda a prepararnos). Lo quiere poner confortable, pero es difícil hacer algo digno entre tantas pobrezas y dificultades. Otra vez los ángeles aparecen con sus resplandores, lucen más brillantes las estrellas y su música celestial suena por las majadas, los campos y las intemperies cantando: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Llenan de luz y alegría la Gran noche. Se ha adornado todo y nuestro corazón arde en deseos de la llegada del Niño Dios. Resuena la alegría de los niños con villancicos por plazas y calles… Todos se apresuran a obsequiar al Recién Nacido. Llegan con regalos, panderetas, zambombas y castañuelas… Hasta la mula y el buey han puesto su pobre calefacción para que no pase demasiado frío, el Niño que va a nacer. ¡La Gran Noche! ¡No la debemos dormir! ¡Nace nuestra Salvación!  Que viene a redimirnos, a rescatarnos, a abrirnos las puertas del Reino de Dios.

 Llegan los pastores, los Reyes y nosotros. Cada uno le lleva sus presentes. De acuerdo con su situación. ¿Qué le vamos a llevar nosotros? Somos una comunidad parroquial esplendida y nuestro pueblo y sus gentes son maravillosa. Hasta la Junta de Extremadura quiere llevar su regalo al Niño que va a nacer, al declarar a Su Casa, el templo parroquial de Malpartida, como bien de interés cultural. Aquí hay mucha generosidad, con los afectados por la DANA, con Mozambique, la India, con Cáritas. Se demostró en la pandemia del covid 19, en cualquier colecta de solidaridad. Llevando a la residencia de mayores la alegría, enseñando a los niños el buen trato hacia los mayores, tanto en el instituto, como en el colegio y la guardería. Compartiendo amistad, alegría, cultura y fraternidad en el club la Paz, y tantas excelentes asociaciones y corales que tan buenos ratos nos hacen pasar con sus amenizaciones continuas… que tenemos. Cofradías entusiastas, que favorecen la religiosidad popular con gusto y entrega. Un sacerdote y unas hermanas que, en silencio, pero con amabilidad y cariño atienden espiritualmente a niños, enfermos, ancianos… a los que sufren tristeza, dolor, duelos y carencias de cualquier tipo… Dan formación religiosa con las abnegadas y animosas catequistas, que a veces sin poder siguen aportando su saber y alegría. Les llevan los sacramentos y el amor misericordioso de Dios, que viene para todos, todos, todos, sin excepción…

 Si a este cielo que es Malpartida, con su Semana Santa, San Isidro, sus paraguas de colores, museos y todas sus fiestas, habidas y por haber añadimos un poquito más de compromiso, de valores cristianos, humanos y éticos, que hemos recibido, pero los estamos perdiendo, estaríamos preparando un lugar celestial maravilloso para que Jesús tenga una gran ilusión por venir a nacer en nuestros corazones, nuestra parroquia y nuestra muy querida Malpartida. Si en la humanidad luchamos con dialogo por la paz, por el problema de los emigrantes, si evitamos abortos, vientres de alquiler y favorecemos a las familias. Si cuidamos con cariño y ternura como merecen, los ancianos y enfermos, con paliativos, sí, todos los que sean precisos, pero sin eutanasia, que se presta a que todo el que moleste se le ponga una simple inyección y así solucionan el problema. Si resolvemos la violencia de género, la trata de personas y nos comportamos humanamente con el prójimo… Jesús se volverá loco de alegría de venir a nacer a este mundo, lo acogerán los brazos amorosos de su Madre y a San José, se le caerá la baba con lo que ve. Ese calor humano que recibió Jesús al nacer, es el que tanto necesita nuestro mundo de hoy y como Él lo tiene, lo quiere compartir con nosotros.

 También en este marco festivo de la Navidad, comienza el año Jubilar de la “Esperanza” y hemos de ser nosotros signo de esperanza para pobres, presos, jóvenes sin horizonte y los niños asustados por las bombas de tantas guerras y tristes por tantas rupturas, sin juguetes, con frio y sin mantas, con hambre en los campamentos de refugiados… Todos en estos días nos deseamos la paz, el amor y la felicidad. (Que no sean solo palabras vacías). Tengamos unas palabras de esperanza. Seamos signo de esperanza y vivamos nosotros mismo la esperanza de que este Niño que nos va a nacer “es nuestra esperanza, nuestra paz, nuestra alegría y nuestra Salvación”.

 Por eso y para todos, de corazón os deseo mi más sincera: (Tirando un beso a la comunidad)

FELIZ NAVIDAD.

Maribel Reveriego

 

 

 

 

INTENCIONES DE ORACIÓN

“El Papa Francisco confía cada mes a su Red Mundial de Oración, intenciones de oración que expresan sus grandes preocupaciones por la humanidad y por la misión de la Iglesia”, afirma el sitio web de la iniciativa.

“Su intención de oración mensual es una convocatoria mundial para transformar nuestra plegaria en «gestos concretos», es una brújula para una misión de compasión por el mundo”, agrega.

Este mes de enero oramos Por el derecho a la educación.

Oremos para que migrantes, refugiados y afectados por las guerras vean siempre respetado su derecho a la educación, necesaria para construir un mundo mejor.

La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española aprobó en su 121º reunión, que tuvo lugar del 17 al 21 de abril de 2023, las intenciones de la CEE para el año 2024 por las que reza la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración).

Enero: Por los frutos del Jubileo de la Encarnación y por los fieles de España que peregrinarán a Roma en 2025, para que, por la gracia jubilar, vivan como peregrinos de esperanza y comuniquen a todos la alegría del Evangelio.

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN SILVESTRE

De la Roma pagana a la cristiana

San Silvestre es el primer Papa de una Iglesia que ya no tiene que esconderse en las catacumbas a causa de las persecuciones de los primeros siglos. En efecto, en el año 313, durante el papado del africano Melquíades, los emperadores Constantino y Licinio concedieron plena libertad de culto a los cristianos.

Al año siguiente, Silvestre, sacerdote romano, es elegido Papa. Se desconoce el año de su nacimiento; sin embargo, según el Liber Pontificalis, era hijo de un cierto Rufino romano. Silvestre guió el pasaje de la Roma pagana a la Roma cristiana, y asistió a la construcción de las grandes basílicas constantinianas.

Siempre según el Liber Pontificalis, el Papa Silvestre sugirió a Constantino la fundación de la Basílica de San Pedro en la colina del Vaticano, sobre la tumba del apóstol. Gracias a la colaboración entre Constantino y Silvestre, también surgieron la basílica y el baptisterio de Letrán -cerca del ex palacio imperial donde comenzó a vivir el Pontífice-; la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén; y la Basílica de san Pablo Extramuros.

La memoria de Silvestre está, sin embargo, unida principalmente a la iglesia “in titulus Equitii” que toma el nombre de un presbítero romano que se dice que erigió esta iglesia en su propiedad. Dicha iglesia se encuentra aún cerca de las termas de Trajano, junto a la Domus Aurea.

Papa “confesor de la fe

Es incierto el papel de Silvestre en las negociaciones sobre donatistas en Arles y sobre el arrianismo en el primer Concilio ecuménico de la historia, desarrollado en Nicea en el 325. Según algunos, ni siquiera pudo intervenir. Pero debe haber impresionado a sus contemporáneos, ya que, apenas fallecido, fue honrado de inmediato públicamente como “Confesor”. Es más, estuvo entre los primeros en recibir este título, atribuido desde el siglo IV en adelante a quien, aunque no fue mártir, transcurrió una vida sacrificada a Cristo. Sin duda, el Papa contribuyó además al desarrollo de la liturgia: cambió para la liturgia los nombres de los días de la semana que recuerdan divinidades paganas, dejando con nombre sólo el Sábado y el Domingo y llamando «ferias» con su respectivo ordinal a los demás días, tal como se usa en portugués.

Durante su papado, probablemente fue escrito el primer martirologio romano. Al Papa Silvestre se le atribuye también el haber marcado las bases del derecho canónico, así como la creación de la escuela romana de canto.

La Milicia de Oro

San Silvestre Papa es el patrono de la orden caballeresca llamada Milicia de Oro u Orden de la Espuela de oro, cuya creación es atribuida tradicionalmente al emperador Constantino.

Después de varias vicisitudes en el transcurso de los siglos, el Papa Gregorio XVI, en el ámbito de una gran reforma de las órdenes ecuestres, separó la orden de San Silvestre Papa de la Milicia de Oro, asignándole sus propios estatutos. En 1905, el Papa Pío X aportó ulteriores modificaciones, aún vigentes.

NUEVO CICLO DE CATEQUESIS DEL PAPA: JESUCRISTO, NUESTRA ESPERANZA.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy comenzamos el ciclo de catequesis que se desarrollará durante todo el Año Jubilar. El tema es «Jesucristo nuestra esperanza»: Él es, en efecto, la meta de nuestra peregrinación, y Él mismo es el camino, la senda a seguir.

La primera parte tratará de la infancia de Jesús, que nos narran los evangelistas Mateo y Lucas (cf. Mt 1-2; Lc 1-2). Los Evangelios de la infancia relatan la concepción virginal de Jesús y su nacimiento del vientre de María; recuerdan las profecías mesiánicas cumplidas en Él y hablan de la paternidad legal de José, que injertó al Hijo de Dios en el «tronco» de la dinastía davídica. Se nos presenta a un Jesús recién nacido, niño y adolescente, sumiso a sus padres y, al mismo tiempo, consciente de que está totalmente entregado al Padre y a su Reino. La diferencia entre los dos evangelistas es que mientras Lucas relata los acontecimientos a través de los ojos de María, Mateo lo hace a través de los de José, insistiendo en una paternidad tan inédita.

Mateo abre su Evangelio y todo el canon del Nuevo Testamento con la «genealogía de Jesucristo hijo de David, hijo de Abraham» (Mateo 1:1). Se trata de una lista de nombres ya presentes en las Escrituras hebreas, para mostrar la verdad de la historia y la verdad de la vida humana. De hecho, «la genealogía del Señor es la verdadera historia, en la que están presentes algunos nombres, por así decir, problemáticos, y se subraya el pecado del rey David (cf. Mt 1,6). Todo, sin embargo, termina y florece en María y en Cristo (cf. Mt 1,16)» (Carta sobre la renovación del estudio de la historia de la Iglesia, 21 de noviembre de 2024). Aparece, pues, la verdad de la vida humana que pasa de una generación a otra entregando tres cosas: un nombre que encierra una identidad y una misión únicas; la pertenencia a una familia y a un pueblo; y finalmente la adhesión de fe al Dios de Israel.

La genealogía es un género literario, es decir, una forma adecuada a transmitir un mensaje muy importante: nadie se da la vida a sí mismo, sino que la recibe como don de otros; en este caso, se trata del pueblo elegido, y de los que heredan el depósito de la fe de sus padres: al transmitir la vida a sus hijos, les transmiten también la fe en Dios.

Pero a diferencia de las genealogías del Antiguo Testamento, en las que sólo aparecen nombres masculinos, porque en Israel es el padre quien impone el nombre a su hijo, en la lista de Mateo de los antepasados de Jesús también aparecen mujeres. Encontramos a cinco de ellas: Tamar, la nuera de Judá que, al quedarse viuda, se hace pasar por prostituta para asegurar una descendencia a su marido (cf. Gn 38); Racab, la prostituta de Jericó que permite a los exploradores judíos entrar en la tierra prometida y conquistarla (cf. Stg 2); Rut, la moabita que, en el homónimo libro, permanece fiel a su suegra, cuida de ella y se convertirá en bisabuela del rey David; Betsabé, con la que David comete adulterio y, tras hacer matar a su marido, genera a Salomón (cf. 2 Sam 11); y, por último, María de Nazaret, esposa de José, de la casa de David: de ella nace el Mesías, Jesús.

Las cuatro primeras mujeres están unidas no por el hecho de ser pecadoras, como a veces se dice, sino por el hecho de ser extranjeras para el pueblo de Israel. Lo que Mateo destaca es que, como ha escrito Benedicto XVI, «a través de ellas… el mundo de los gentiles entra en la genealogía de Jesús: se manifiesta su misión a los judíos y a los paganos» (La infancia de Jesús, Milán-Ciudad del Vaticano 2012, 15).

Mientras las cuatro mujeres anteriores se mencionan junto al hombre que nació de ellas o al que lo generó, María, al contrario, adquiere un particular relieve: marca un nuevo comienzo, ella misma es un nuevo comienzo, porque en su historia ya no es la criatura humana la protagonista de la generación, sino Dios mismo. Esto se desprende claramente del verbo «nació»: «Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1,16). Jesús es hijo de David, injertado por José en esa dinastía y destinado a ser el Mesías de Israel, pero también es hijo de Abraham y de mujeres extranjeras, destinado por tanto a ser la «Luz para iluminar las naciones paganas» (cf. Lc 2,32) y el «Salvador del mundo» (Jn 4,42).

El Hijo de Dios, consagrado al Padre con la misión de revelar su Rostro (cf. Jn 1,18; Jn 14,9), entra en el mundo como todos los hijos del ser humano, hasta el punto de que en Nazaret se le llamará «hijo de José» (Jn 6,42) o «hijo del carpintero» (Mt 13,55). Verdadero Dios y verdadero hombre.

Hermanos y hermanas, despertemos en nosotros el recuerdo agradecido hacia nuestros antepasados. Y, sobre todo, demos gracias a Dios, que, a través de la Madre Iglesia, nos ha generado a la vida eterna, la vida de Jesús, nuestra esperanza.

Fuente: The Holy See

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

La Solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primer Fiesta Mariana que apareció en la Iglesia Occidental, su celebración se comenzó a dar en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación –el 1º de enero– del templo “Santa María Antigua” en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma.

La antigüedad de la celebración mariana se constata en las pinturas con el nombre de “María, Madre de Dios” (Theotókos) que han sido encontradas en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa en tiempos de las persecuciones.

Más adelante, el rito romano celebraba el 1º de enero la octava de Navidad, conmemorando la circuncisión del Niño Jesús. Tras desaparecer la antigua fiesta mariana, en 1931, el Papa Pío XI, con ocasión del XV centenario del concilio de Éfeso (431), instituyó la Fiesta Mariana para el 11 de octubre, en recuerdo de este Concilio, en el que se proclamó solemnemente a Santa María como verdadera Madre de Cristo, que es verdadero Hijo de Dios; pero en la última reforma del calendario –luego del Concilio Vaticano II– se trasladó la fiesta al 1 de enero, con la máxima categoría litúrgica, de solemnidad, y con título de Santa María, Madre de Dios.

De esta manera, esta Fiesta Mariana encuentra un marco litúrgico más adecuado en el tiempo de la Navidad del Señor; y al mismo tiempo, todos los católicos empezamos el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María.

El Concilio de Éfeso

En el año de 431, el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, afirmando: “¿Entonces Dios tiene una madre? Pues entonces no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”. Ante ello, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso –la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años– e iluminados por el Espíritu Santo declararon: “La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios”. Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».

Asimismo, San Cirilo de Alejandría resaltó: “Se dirá: ¿la Virgen es madre de la divinidad? A eso respondemos: el Verbo viviente, subsistente, fue engendrado por la misma substancia de Dios Padre, existe desde toda la eternidad… Pero en el tiempo él se hizo carne, por eso se puede decir que nació de mujer”.

Madre del Niño Dios

“He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”

Es desde ese fiat, hágase que Santa María respondió firme y amorosamente al Plan de Dios; gracias a su entrega generosa Dios mismo se pudo encarnar para traernos la Reconciliación, que nos libra de las heridas del pecado.

La doncella de Nazareth, la llena de gracia, al asumir en su vientre al Niño Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, se convierte en la Madre de Dios, dando todo de sí para su Hijo; vemos pues que todo en ella apunta a su Hijo Jesús.

Es por ello, que María es modelo para todo cristiano que busca día a día alcanzar su santificación. En nuestra Madre Santa María encontramos la guía segura que nos introduce en la vida del Señor Jesús, ayudándonos a conformarnos con Él y poder decir como el Apóstol “vivo yo más no yo, es Cristo quien vive en mí”.

LA ENCARNACIÓN COMO CONVERSACIÓN

En la teología de Tomás de Aquino, el término “conversación” resulta de lo más adecuado para explicar el misterio de la Encarnación. La encarnación es una conversación de Dios con el ser humano. Por cierto, también el Vaticano II entiende que la revelación es una conversación de Dios con sus amigos, los seres humanos, y cita Bar 3,38: “Dios apareció en la tierra y conversó con los hombres”. Pero dejo el Concilio y me centro en Tomás de Aquino.

Posiblemente el más conocido de los himnos eucarísticos compuestos por nuestro santo es el Pange lingua. ¿Qué debe cantar la lengua? El misterio del glorioso cuerpo y la preciosa sangre de Cristo que, nacido de una virgen inmaculada, conversó con el mundo (et in mundo conversatus) sembrando la semilla de su palabra. Desgraciadamente las traducciones del término “conversatio” no expresan toda la fuerza que tiene, entre otras cosas, porque buscan sinónimos y olvidan la palabra tan castellana de “conversación”.

En la tercera parte de la Suma de Teología, tratando de la Encarnación, santo Tomás dedica una cuestión al tipo de conversación que Cristo tenía con nosotros. Por “género de vida” han traducido al español la pregunta que el santo formula por el tipo conversación que Cristo tenía con nosotros: de modo conversationis Christi. Y lo primero que plantea es si Cristo debía conversar con los hombres o vivir en soledad. La dificultad estaría en que, si Cristo era Dios, no es adecuado para Dios conversar con los hombres. Sin embargo, dice el santo, la conversación es lo que más conviene al fin de la encarnación, pues conversando familiarmente con los hombres nos dio confianza y nos acercó a él. “Cristo quiso manifestar su divinidad por medio de su humanidad. Y por eso, conversando con los hombres, lo que es una actitud propia del hombre, manifestó a todos su divinidad, predicando y haciendo milagros, y llevando entre los mismos una vida inocente y justa”. El texto bíblico de referencia que utiliza Tomás es el mismo que utiliza el Vaticano II, a saber, Baruc 3,38: “Dios se dejó ver en la tierra y conversó con los hombres”.

En sus comentarios bíblicos Tomás de Aquino utiliza con frecuencia el término conversación. Me limito a traducir lo que escribe al final de su comentario a Jn 1,14. El evangelista dice que la Palabra habitó entre nosotros “para mostrar la admirable conformidad de la Palabra respecto de los hombres, con los que ha conversado de tal modo que parecía uno de ellos. Pues no solo en la naturaleza quiso asimilarse a los hombres, sino también en la convivencia y en la conversación familiar, cuando quiso estar con ellos para atraer a Sí a los hombres por la dulzura de su conversación”.

Conversar implica atención, cercanía, interés por los problemas y necesidades del otro, familiaridad, intimidad. Conversar es dialogar, entrar en relación. No imponer desde arriba, sino buscar una relación horizontal entre amigos. Así es como Cristo quiso estar entre nosotros. Ese es el misterio de la Encarnación según Tomás de Aquino.

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat

MENSAJE DE NAVIDAD DE PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Navidad!

La Palabra de Dios, que ha creado el mundo y da sentido a la historia y al camino del hombre, se hizo carne y vino a habitar entre nosotros. Apareció como un susurro, como el murmullo de una brisa ligera, para colmar de asombro el corazón de todo hombre y mujer que se abre al misterio.

El Verbo se hizo carne para dialogar con nosotros. Dios no quiere tener un monólogo, sino un diálogo. Porque Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es diálogo, eterna e infinita comunión de amor y de vida.

Dios nos mostró el camino del encuentro y del diálogo al venir al mundo en la Persona del Verbo encarnado. Es más, Él mismo encarnó en sí mismo este camino, para que nosotros pudiéramos conocerlo y recorrerlo con confianza y esperanza.

Hermanas, hermanos, «qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades» (Carta enc. Fratelli tutti, 198). En este tiempo de pandemia nos damos cuenta de esto todavía más. Se pone a prueba nuestra capacidad de relaciones sociales, se refuerza la tendencia a cerrarse, a valerse por uno mismo, a renunciar a salir, a encontrarse, a colaborar. También en el ámbito internacional existe el riesgo de no querer dialogar, el riesgo de que la complejidad de la crisis induzca a elegir atajos, en vez de los caminos más lentos del diálogo; pero son estos, en realidad, los únicos que conducen a la solución de los conflictos y a beneficios compartidos y duraderos.

En efecto, mientras el anuncio del nacimiento del Salvador, fuente de la verdadera paz, resuena a nuestro alrededor y en el mundo entero, vemos todavía muchos conflictos, crisis y contradicciones. Parece que no terminan nunca y casi pasan desapercibidos. Nos hemos habituado de tal manera que inmensas tragedias ya se pasan por alto; corremos el riesgo de no escuchar los gritos de dolor y desesperación de muchos de nuestros hermanos y hermanas.

Pensemos en el pueblo sirio, que desde hace más de un decenio vive una guerra que ha provocado muchas víctimas y un número incalculable de refugiados. Miremos a Irak, que después de un largo conflicto todavía tiene dificultad para levantarse. Escuchemos el grito de los niños que se alza desde Yemen, donde una enorme tragedia, olvidada por todos, se está perpetrando en silencio desde hace años, provocando muertos cada día.

Recordemos las continuas tensiones entre israelíes y palestinos que se prolongan sin solución, con consecuencias sociales y políticas cada vez mayores. No nos olvidemos de Belén, el lugar en el que Jesús vio la luz, que vive tiempos difíciles, también a causa de las dificultades económicas provocadas por la pandemia, que impide a los peregrinos llegar a Tierra Santa, con efectos negativos en la vida de la población. Pensemos en el Líbano, que sufre una crisis sin precedentes con condiciones económicas y sociales muy preocupantes.

Pero he aquí, en medio de la noche, el signo de esperanza. Hoy «el amor que mueve el sol y las otras estrellas» (Paraíso, XXXIII, 145), como dice Dante, se hizo carne. Vino en forma humana, compartió nuestros dramas y rompió el muro de nuestra indiferencia. En el frío de la noche extiende sus pequeños brazos hacia nosotros, está necesitado de todo, pero viene a darnos todo. A Él pidámosle la fuerza de abrirnos al diálogo. En este día de fiesta le imploramos que suscite en nuestros corazones anhelos de reconciliación y de fraternidad. A Él dirijamos nuestra súplica.

Niño Jesús, concede paz y concordia a Oriente Medio y al mundo entero. Sostén a todos los que están comprometidos en la asistencia humanitaria a las poblaciones que se ven forzadas a huir de su patria; consuela al pueblo afgano, que desde hace más de cuarenta años es duramente probado por conflictos que obligan a muchos a dejar el país.

Rey de las naciones, ayuda a las autoridades políticas a pacificar las sociedades devastadas por tensiones y conflictos. Sostén al pueblo de Myanmar, donde la intolerancia y la violencia también golpean frecuentemente a la comunidad cristiana y los lugares de culto, y opacan el rostro pacífico de sus gentes.

Sé luz y sostén para quienes creen y trabajan en favor del encuentro y del diálogo, yendo incluso contra corriente, y no permitas que se propaguen en Ucrania las metástasis de un conflicto gangrenoso.

Príncipe de la Paz, asiste a Etiopía para que vuelva a encontrar el camino de la reconciliación y la paz a través de un debate sincero, que ponga las exigencias de la población en primer lugar. Escucha el grito de los pueblos de la región del Sáhel, que padecen la violencia del terrorismo internacional. Dirige tu mirada a los pueblos de los países del Norte de África que sufren a causa de las divisiones, el desempleo y la desigualdad económica, y alivia los sufrimientos de muchos hermanos y hermanas que sufren por los conflictos internos de Sudán y Sudán del Sur.

Haz que en los corazones de los pueblos del continente americano prevalezcan los valores de la solidaridad, la reconciliación y la pacífica convivencia, a través del diálogo, el respeto recíproco y el reconocimiento de los derechos y los valores culturales de todos los seres humanos.

Hijo de Dios, conforta a las víctimas de la violencia contra las mujeres que se difunde en este tiempo de pandemia. Ofrece esperanza a los niños y a los adolescentes víctimas de intimidación y de abusos. Da consuelo y afecto a los ancianos, sobre todo a los que se encuentran más solos. Concede serenidad y unidad a las familias, lugar primordial para la educación y base del tejido social.

Dios con nosotros, concede salud a los enfermos e inspira a todas las personas de buena voluntad para que encuentren las soluciones más adecuadas que ayuden a superar la crisis sanitaria y sus consecuencias. Haz que los corazones sean generosos, para hacer llegar la asistencia necesaria, especialmente las vacunas, a las poblaciones más pobres. Recompensa a todos los que demuestran responsabilidad y entrega al hacerse cargo de sus familiares, de los enfermos y de los más débiles.

Niño de Belén, permite que los prisioneros de guerra, civiles y militares, de los conflictos recientes, y quienes están encarcelados por razones políticas puedan volver pronto a sus hogares. No nos dejes indiferentes ante el drama de los emigrantes, de los desplazados y de los refugiados. «Sus ojos nos piden que no miremos a otra parte, que no reneguemos de la humanidad que nos une, que hagamos nuestras sus historias y no olvidemos sus dramas» [1].

Verbo eterno que te has hecho carne, haznos diligentes hacia nuestra casa común, que también sufre por la negligencia con la que frecuentemente la tratamos, y motiva a las autoridades políticas a llegar a acuerdos eficaces para que las próximas generaciones puedan vivir en un ambiente respetuoso para la vida.

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JUAN EVANGELISTA Y APÓSTOL

San Juan Evangelista, a quien se distingue como «el discípulo amado de Jesús» y a quien a menudo le llaman «el divino» (es decir, el «Teólogo») sobre todo entre los griegos y en Inglaterra, era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba el oficio de pescador.

Junto con su hermano Santiago, se hallaba Juan remendando las redes a la orilla del lago de Galilea, cuando Jesús, que acababa de llamar a su servicio a Pedro y a Andrés, los llamó también a ellos para que fuesen sus Apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de Boanerges, o sea «hijos del trueno» (Lucas 9, 54), aunque no está aclarado si lo hizo como una recomendación o bien a causa de la violencia de su temperamento.

Se dice que San Juan era el más joven de los doce Apóstoles y que sobrevivió a todos los demás. Es el único de los Apóstoles que no murió martirizado.

En el Evangelio que escribió se refiere a sí mismo, como «el discípulo a quien Jesús amaba», y es evidente que era de los mas íntimos de Jesús. El Señor quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento de Su transfiguración, así como durante Su agonía en el Huerto de los Olivos. En muchas otras ocasiones, Jesús demostró a Juan su predilección o su afecto especial. Por consiguiente, nada tiene de extraño desde el punto de vista humano, que la esposa de Zebedeo pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse junto a Él, uno a la derecha y el otro a la izquierda, en Su Reino.

San Juan Apóstol con Jesús

Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar la cena de la última Pascua y, en el curso de aquella última cena, Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y fue a Juan a quien el Maestro indicó, no obstante que Pedro formuló la pregunta, el nombre del discípulo que habría de traicionarle. Es creencia general la de que era Juan aquel «otro discípulo» que entró con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera. Juan fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. «Mujer, he ahí a tu hijo», murmuró Jesús a su Madre desde la cruz. «He ahí a tu madre», le dijo a Juan. Y desde aquel momento, el discípulo la tomó como suya. El Señor nos llamó a todos hermanos y nos encomendó el amoroso cuidado de Su propia Madre, pero entre todos los hijos adoptivos de la Virgen María, San Juan fue el primero. Tan sólo a él le fue dado el privilegio de llevar físicamente a María a su propia casa como una verdadera madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.

Gran testigo de la Gloria del Maestro

Cuando María Magdalena trajo la noticia de que el sepulcro de Cristo se hallaba abierto y vacío, Pedro y Juan acudieron inmediatamente y Juan, que era el más joven y el que corría más de prisa, llegó primero. Sin embargo, esperó a que llegase San Pedro y los dos juntos se acercaron al sepulcro y los dos «vieron y creyeron» que Jesús había resucitado.

A los pocos días, Jesús se les apareció por tercera vez, a orillas del lago de Galilea, y vino a su encuentro caminando por la playa. Fue entonces cuando interrogó a San Pedro sobre la sinceridad de su amor, le puso al frente de Su Iglesia y le vaticinó su martirio. San Pedro, al caer en la cuenta de que San Juan se hallaba detrás de él, preguntó a su Maestro sobre el futuro de su compañero:

«Señor, y éste, ¿qué?» (Jn 21,21) Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme.» (Jn 21,22)

Debido a aquella respuesta, no es sorprendente que entre los hermanos corriese el rumor de que Juan no iba a morir, un rumor que el mismo Juan se encargó de desmentir al indicar que el Señor nunca dijo: «No morirá». (Jn 21,23).

Después de la Ascensión de Jesucristo, volvemos a encontrarnos con Pedro y Juan que subían juntos al templo y, antes de entrar, curaron milagrosamente a un tullido. Los dos fueron hechos prisioneros, pero se les dejó en libertad con la orden de que se abstuviesen de predicar en nombre de Cristo, a lo que Pedro y Juan respondieron: «Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído.» (Hechos 4:19-20)

Después, los Apóstoles fueron enviados a confirmar a los fieles que el diácono Felipe había convertido en Samaria. Cuando San Pablo fue a Jerusalén tras de su conversión se dirigió a aquellos que «parecían ser los pilares» de la Iglesia, es decir a Santiago, Pedro y Juan, quienes confirmaron su misión entre los gentiles y fue por entonces cuando San Juan asistió al primer Concilio de Apóstoles en Jerusalén. Tal vez concluido éste, San Juan partió de Palestina para viajar al Asia Menor.

Éfeso

San Ireneo, Padre de la Iglesia, quien fue discípulo de San Policarpo, quién a su vez fue discípulo de San Juan, es una segura fuente de información sobre el Apóstol. San Ireneo afirma que este se estableció en Efeso después del martirio de San Pedro y San Pablo, pero es imposible determinar la época precisa. De acuerdo con la Tradición, durante el reinado de Domiciano, San Juan fue llevado a Roma, donde quedó milagrosamente frustrado un intento para quitarle la vida. La misma tradición afirma que posteriormente fue desterrado a la isla de Patmos, donde recibió las revelaciones celestiales que escribió en su libro del Apocalipsis.

Maravillosas revelaciones celestiales

Después de la muerte de Domiciano, en el año 96, San Juan pudo regresar a Efeso, y es creencia general que fue entonces cuando escribió su Evangelio. El mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo. «Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la vida en Su nombre». Su Evangelio tiene un carácter enteramente distinto al de los otros tres y es una obra teológica tan sublime que, como dice Teodoreto, «está más allá del entendimiento humano el llegar a profundizarlo y comprenderlo enteramente». La elevación de su espíritu y de su estilo y lenguaje, está debidamente representada por el águila que es el símbolo de San Juan el Evangelista. También escribió el Apóstol tres epístolas: a la primera se le llama Católica, ya que está dirigida a todos los otros cristianos, particularmente a los que él convirtió, a quienes insta a la pureza y santidad de vida y a la precaución contra las artimañas de los seductores. Las otras dos son breves y están dirigidas a determinadas personas: una probablemente a la Iglesia local, y la otra a un tal Gayo, un comedido instructor de cristianos. A lo largo de todos sus escritos, impera el mismo inimitable espíritu de caridad. No es éste el lugar para hacer referencias a las objeciones que se han hecho a la afirmación de que San Juan sea el autor del cuarto Evangelio.

Predicando la Verdad y el amor

Los más antiguos escritores hablan de la decidida oposición de San Juan a las herejías de los ebionitas y a los seguidores del gnóstico Cerinto. En cierta ocasión, según San Ireneo, cuando Juan iba a los baños públicos, se enteró de que Cerinto estaba en ellos y entonces se devolvió y comentó con algunos amigos que le acompañaban: «¡Vámonos hermanos y a toda prisa, no sea que los baños en donde está Cerinto, el enemigo de la verdad, caigan sobre su cabeza y nos aplasten!».

Dice San Ireneo que fue informado de este incidente por el propio San Policarpio el discípulo personal de San Juan. Por su parte, Clemente de Alejandría relata que en cierta ciudad cuyo nombre omite, San Juan vio a un apuesto joven en la congregación y, con el íntimo sentimiento de que mucho de bueno podría sacarse de él, lo llevó a presentar al obispo a quien él mismo había consagrado. «En presencia de Cristo y ante esta congregación, recomiendo este joven a tus cuidados». De acuerdo con las recomendaciones de San Juan, el joven se hospedó en la casa del obispo, quien le dio instrucciones, le mantuvo dentro de la disciplina y a la larga lo bautizó y lo confirmó. Pero desde entonces, las atenciones del obispo se enfriaron, el neófito frecuentó las malas compañías y acabó por convertirse en un asaltante de caminos. Transcurrió algún tiempo, y San Juan volvió a aquella ciudad y pidió al obispo: «Devuélveme ahora el cargo que Jesucristo y yo encomendamos a tus cuidados en presencia de tu iglesia». El obispo se sorprendió creyendo que se trataba de algún dinero que se le había confiado, pero San Juan explicó que se refería al joven que le había presentado y entonces el obispo exclamó: «¡Pobre joven! Ha muerto». «¿De qué murió, preguntó San Juan. «Ha muerto para Dios, puesto que es un ladrón» , fue la respuesta. Al oír estas palabras, el anciano Apóstol pidió un caballo y un guía para dirigirse hacia las montañas donde los asaltantes de caminos tenían su guarida. Tan pronto como se adentró por los tortuosos senderos de los montes, los ladrones le rodearon y le apresaron. «¡Para esto he venido!», gritó San Juan. «¡Llevadme con vosotros!» Al llegar a la guarida, el joven renegado reconoció al prisionero y trató de huir, lleno de vergüenza, pero Juan le gritó para detenerle: «¡Muchacho! ¿Por qué huyes de mí, tu padre, un viejo y sin armas? Siempre hay tiempo para el arrepentimiento. Yo responderé por ti ante mi Señor Jesucristo y estoy dispuesto a dar la vida por tu salvación. Es Cristo quien me envía». El joven escuchó estas palabras inmóvil en su sitio; luego bajó la cabeza y, de pronto, se echó a llorar y se acercó a San Juan para implorarle, según dice Clemente de Alejandría, una segunda oportunidad. Por su parte, el Apóstol no quiso abandonar la guarida de los ladrones hasta que el pecador quedó reconciliado con la Iglesia.

Aquella caridad que inflamaba su alma, deseaba infundirla en los otros de una manera constante y afectuosa. Dice San Jerónimo en sus escritos que, cuando San Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado que no podía predicar al pueblo, se hacía llevar en una silla a las asambleas de los fieles de Éfeso y siempre les decía estas mismas palabras: «Hijitos míos, amaos entre vosotros . . .» Alguna vez le preguntaron por qué repetía siempre la frase, respondió San Juan: «Porque ése es el mandamiento del Señor y si lo cumplís ya habréis hecho bastante».

San Juan murió pacíficamente en Éfeso hacia el tercer año del reinado de Trajano, es decir hacia el año cien de la era cristiana, cuando tenía la edad de noventa y cuatro años, de acuerdo con San Epifanio.

Según los datos que nos proporcionan San Gregorio de Nissa, el Breviarium sirio de principios del siglo quinto y el Calendario de Cartago, la práctica de celebrar la fiesta de San Juan el Evangelista inmediatamente después de la de San Esteban, es antiquísima. En el texto original del Hieronymianum, (alrededor del año 600 P.C.), la conmemoración parece haber sido anotada de esta manera: «La Asunción de San Juan el Evangelista en Efeso y la ordenación al episcopado de Santo Santiago, el hermano de Nuestro Señor y el primer judío que fue ordenado obispo de Jerusalén por los Apóstoles y que obtuvo la corona del martirio en el tiempo de la Pascua». Era de esperarse que en una nota como la anterior, se mencionaran juntos a Juan y a Santiago, los hijos de Zebedeo; sin embargo, es evidente que el Santiago a quien se hace referencia, es el otro, el hijo de Alfeo.

La frase «Asunción de San Juan», resulta interesante puesto que se refiere claramente a la última parte de las apócrifas «Actas de San Juan». La errónea creencia de que San Juan, durante los últimos días de su vida en Éfeso, desapareció sencillamente, como si hubiese ascendido al cielo en cuerpo y alma puesto que nunca se encontró su cadáver, una idea que surgió sin duda de la afirmación de que aquel discípulo de Cristo «no moriría», tuvo gran difusión aceptación a fines del siglo II. Por otra parte, de acuerdo con los griegos, el lugar de su sepultura en Efeso era bien conocida y aun famosa por los milagros que se obraban allí.

El «Acta Johannis», que ha llegado hasta nosotros en forma imperfecta y que ha sido condenada a causa de sus tendencias heréticas, por autoridades en la materia tan antiguas como Eusebio, Epifanio, Agustín y Toribio de Astorga, contribuyó grandemente a crear una leyenda. De estas fuentes o, en todo caso, del pseudo Abdías, procede la historia en base a la cual se representa con frecuencia a San Juan con un cáliz y una víbora. Se cuenta que Aristodemus, el sumo sacerdote de Diana en Efeso, lanzó un reto a San Juan para que bebiese de una copa que contenía un líquido envenenado. El Apóstol tomó el veneno sin sufrir daño alguno y, a raíz de aquel milagro, convirtió a muchos, incluso al sumo sacerdote. En ese incidente se funda también sin duda la costumbre popular que prevalece sobre todo en Alemania, de beber la Johannis-Minne, la copa amable o poculum charitatis, con la que se brinda en honor de San Juan. En la ritualia medieval hay numerosas fórmulas para ese brindis y para que, al beber la Johannis-Minne, se evitaran los peligros, se recuperara la salud y se llegara al cielo.

San Juan es sin duda un hombre de extraordinaria y al mismo tiempo de profundidad mística. Al amarlo tanto, Jesús nos enseña que esta combinación de virtudes debe ser el ideal del hombre, es decir el requisito para un hombre plenamente hombre. Esto choca contra el modelo de hombre machista que es objeto de falsa adulación en la cultura, un hombre preso de sus instintos bajos. Por eso el arte tiende a representar a San Juan como una persona suave, y, a diferencia de los demás Apóstoles, sin barba. Es necesario recuperar a San Juan como modelo: El hombre capaz de recostar su cabeza sobre el corazón de Jesús, y precisamente por eso ser valiente para estar al pie de la cruz como ningún otro. Por algo Jesús le llamaba «hijo del trueno». Quizás antes para mal, pero una vez transformado en Cristo, para mayor gloria de Dios.

Fuente Bibliográfica: Vidas de los Santos de Butler, Vol. IV.