UNA VIDA EN COMÚN

Antonio García y su mujer Aurora Rogado nos escriben un bonito testimonio de su camino vital. Os animamos a que nos enviéis vuestros testimonios.

 «Nacimos en unos pueblos salmantinos cercanos, superando las carencias y consecuencias de la Guerra incivil, con racionamientos y escaseces, aunque nunca nos faltó el pan. Nuestros padres no eran beatos, pues sus trabajos y ocupaciones para sacar adelante a la familia tampoco se lo permitían. Sin embargo, siempre nos animaban para acudir al culto y formación en la fe, que ellos vivían con el respeto, la fidelidad, la solidaridad y la lealtad a la palabra dada.

      En los tiempos de Navidad, Reyes, cuaresma, Pascua, primeras comuniones y otras celebraciones, todo el pueblo acudía cantando con alegría sana. Sin apenas darnos cuenta, su ejemplo iba calando en nosotros. Ya adolescentes nuestra fe no decaía participando en el Aspirantado de Acción Católica, Juventud de A.C. o similares.

     Sin mayoría de edad, salimos de casa a trabajar, para no ser una carga familiar, acompañados de la confianza en el Señor. Pasaron unos años y al ser vecinos en Las Arenas-Romo (Vizcaya) las familias de unas hermanas de Aurora y otra de Antonio, allí nos conocimos tomando un café. Luego, charlamos acompañando a Aurora hasta el trenecillo próximo.

      Después nos carteamos durante un tiempo hasta que Aurora decidió irse a Madrid donde trabajaba Antonio, a fin de conocerse mejor. Pasado otro medio año decidimos casarnos en Las Arenas-Romo, donde nos encontramos por primera vez.

     Ya en Madrid, nuestros puntos de vista son algo diferentes, pero siempre juntos y disponibles para colaborar en la parroquia cercana, Ntrª Srª de la Misericordia, tras el campo de fútbol del Rayo  Vallecano, y que a principios de 1968 iniciaba el culto y demás en unas aulas cedidas por las MM Dominicas.

      Allí el párroco novel, D. Rafael Herrero, nos invitó a un curso Bíblico, Movimiento Familiar Cristiano y a formar un grupo de Legión de María de la Curia de Vallecas. También colaboramos con las Comunidades Populares, siempre con la gran familia Zamanillo y otros amigos, hasta el traslado a Alicante, a finales de 1977.

     Una prueba muy dolorosa y difícil fue la de perder el primer hijo, debido a negligencias médicas. Paliado más tarde con el nacimiento de Aurora el 17-12-70, si bien ya particular y con cesárea, bautizada el 9 de enero de 1971 en esa parroquia. Esta niña era muy  alegre y simpática, que colmaba nuestros anhelos. Así, damos gracias a Dios por todo.

     Una vez instalados en Alicante, nuestra hija estudiaba en el colegio Hijas de la Caridad, y allí participamos en Escuela de Padres. Antes como catequistas de 1ª Comunión y Voluntarias de San Vicente de Paúl. Seguimos con Renovación Carismática Católica y Encuentro Matrimonial (Fin de Semana).

    En 1999 conocimos Vida Ascendente. La serenidad del alma que nos sigue ayudando a crecer como persona, pareja, familia, etc, mediante la oración, amistad y espiritualidad, y para vivirlo en la sociedad, con vecinos y conocidos.

      Pasando 15 días de vacaciones en la Residencia de Ferroviarios,                           intentamos formar un grupo de V. A. Unos años después, ya residentes, consideramos que habíamos llegado a una gran familia y debíamos de vivir para ella con nuestro ideal del Evangelio, colaborando y ayudando en voluntariados, manualidades y otros, llegando a formalizar y hacer el anhelado grupo de V.A., que luego quedó interrumpido por el Covid.

       A finales de 2021 y a causa de un repentino infarto perdimos a nuestra hija. No podemos olvidarla y el inmenso dolor lo vamos aceptando gracias a Dios y a las oraciones de todos los conocidos.

       Hasta hace unos días y durante seis años atendimos la sacristía de la Capilla, Aurora ordenando todo para el culto y Antonio ayudándole a colocarlo, con las lecturas del día, cuentas de colectas y recogida al terminar. Realizado siempre con agrado y como un servicio a esta Comunidad, mediante la asistencia de Dios.

          Un saludo en el Señor. Aurora y Antonio.»

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JOSÉ DE CUPERTINO

José nació en 1603 en el pequeño pueblo italiano llamado Cupertino. Sus padres eran sumamente pobres. El niño vino al mundo en un pobre cobertizo pegado a la casa, porque el padre, un humilde carpintero, no había podido pagar las cuotas que debía de su casa y se la habían embargado.

Triste niñez. Murió el padre, y entonces la madre, ante la situación de extrema pobreza en que se hallaba, trataba muy ásperamente al pobre niño y este creció debilucho y distraído. Se olvidaba hasta de comer. A veces pasaba por las calles con la boca abierta mirando tristemente a la gente, y los vecinos le pusieron por sobrenombre el «Boquiabierta». Las gentes lo despreciaban y lo creían un poca cosa. Pero lo que no sabían era que en sus deberes de piedad era extraordinariamente fervoroso y que su oración era sumamente agradable a Dios, el cual le iba a responder luego de maneras maravillosas.

Un distraído desechable. A los 17 años pidió ser admitido de franciscano pero no fue admitido. Pidió que lo recibieran en los capuchinos y fue aceptado como hermano lego, pero después de ocho meses fue expulsado porque era en extremo distraído. Dejaba caer los platos cuando los llevaba para el comedor. Se le olvidaban los oficios que le habían puesto. Parecía que estaba siempre pensando en otras cosas. Por inútil lo mandaron para afuera.

Al verse desechado, José buscó refugio en casa de un familiar suyo que era rico, pero él declaró que este joven «no era bueno para nada», y lo echó a la calle. Se vio entonces obligado a volver a la miseria y al desprecio de su casa. La madre no sintió ni el menor placer al ver regresar a semejante «inútil», y para deshacerse de él le rogó insistentemente a un pariente que era franciscano, para que le recibieran al muchacho como mandadero en el convento de los padres franciscanos.

Cambio inesperado. Sucedió entonces que en José se obró un cambio que nadie había imaginado. Lo recibieron los padres como obrero y lo pusieron a trabajar en el establo y empezó a desempeñarse con notable destreza en todos los oficios que le encomendaban. Pronto con su humildad y su amabilidad, con su espíritu de penitencia y su amor por la oración, se fue ganando la estimación y el aprecio de los religiosos, y en 1625, por votación unánime de todos los frailes de esa comunidad, fue admitido como religioso franciscano.

Coincidencias agradables. Lo pusieron a estudiar para prepararse al sacerdocio, pero le sucedía que cuando iba a presentar exámenes se trababa y no era capaz de responder. Llegó uno de los exámenes finales y el pobre Fray José la única frase del evangelio que era capaz de explicar completamente bien era aquella que dice: «Bendito el fruto de tu vientre Jesús». Estaba asustadísimo, pero al empezar el examen, el jefe de los examinadores dijo: «Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, será la que tiene que explicar». Y salió precisamente la única frase que el Cupertino se sabía perfectamente: «Bendito sea el fruto de tu vientre».

Otra chiripa. Llegó al fin el examen definitivo en el cual se decidía quiénes sí serían ordenados. Y los primeros diez que examinó el obispo respondieron tan maravillosamente bien todas las preguntas, que el obispo suspendió el examen diciendo: «¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?» y por ahí estaba haciendo turno para que lo examinaran, el José de Cupertino, temblando de miedo por si lo iban a descalificar. Y se libró de semejante catástrofe por casualidad.

Después de conocer la vida de San José, podemos notar que las «coincidencias o chiripas» se trataban más bien de Providencias de Nuestro Señor.

Fuertes penitencias. Ordenado sacerdote en 1628, se dedicó a tratar de ganar almas por medio de la oración y de la penitencia. Sabía que no tenía cualidades especiales para predicar ni para enseñar, pero entonces suplía estas deficiencias ofreciendo grandes penitencias y muchas oraciones por los pecadores. Jamás comía carne ni bebía ninguna clase de licor Ayunaba a pan y agua muchos días. Se dedicaba con gran esfuerzo y consagración a los trabajos manuales del convento (que era para lo único que se sentía capacitado).

Un caso único y raro. Desde el día de su ordenación sacerdotal su vida fue una serie no interrumpida de éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales en un grado tal que no se conocen en semejante cantidad en ningún otro santo. Bastaba que le hablaran de Dios o del cielo, para qué se volviera insensible a lo que sucediera a su alrededor. Ahora se explicaban por que de niño andaba tan distraído y con la boca abierta. Un domingo, fiesta del Buen Pastor, se encontró un corderito, lo echó al hombro, y al pensar en Jesús Buen Pastor, se fue elevando por los aires con cordero y todo.

Los animales sentían por él un especial cariño. Pasando por un campo, se ponía a rezar y las ovejas se iban reuniendo a su alrededor y escuchaban muy atentas sus oraciones. Las golondrinas en grandes bandadas volaban alrededor de su cabeza y lo acompañaban por cuadras y cuadras.

Los 70 éxtasis. Ya sabemos que la Iglesia Católica llama éxtasis a un estado de elevación del alma hacia lo sobrenatural, durante lo cual la persona se libra momentáneamente del influjo de los sentidos (no oye, no siente) para dedicarse a contemplar lo que pertenece a la divinidad. La palabra éxtasis significa en griego: ser transportado hacia lo sobrenatural.

San José de Cupertino quedaba en éxtasis con mucha frecuencia durante la santa Misa, o cuando estaba rezando los Salmos de la S. Biblia. Durante los 17 años que estuvo en el convento de Grotella, sus compañeros de comunidad presenciaron 70 éxtasis de este santo. El más famoso sucedió cuando diez obreros deseaban llevar una pesada cruz a una alta montaña y no lo lograban. Entonces Fray José se elevó por los aires con cruz y todo y la llevó hasta la cima del monte.

Prohibición de aparecer en público. Como estos sucesos tan raros podían producir verdaderos movimientos de exagerado fervor entre el pueblo, los superiores le prohibieron celebrar misa en público, ir a rezar en comunidad con los demás religiosos, asistir al comedor cuando estaban los otros allí, y concurrir a las procesiones u otras reuniones públicas de devoción.

Cuando estaba en éxtasis lo pinchaban con agujas, le daban golpes con palos, y hasta le acercaban a sus dedos velas encendidas y no sentía nada. Lo único que lo hacía volver en sí, era oír la voz de su superior que lo llamaba a que fuera a cumplir con sus deberes. Cuando regresaba de sus éxtasis pedía perdón a sus compañeros diciéndoles: «Excúsenme por estos ‘ataques de mareo’ que me dan».

Las levitaciones. En la Iglesia han sucedido levitaciones a más de 200 santos. Consisten en elevarse el cuerpo humano desde el suelo, sin ninguna fuerza física que lo esté llevando. Se ha considerado como un regalo que Dios hace a ciertas almas muy espirituales. San José de Cupertino tuvo numerosísimas levitaciones.

Un día llegó el embajador de España con la esposa y mandaron llamar a Fray José para hacerle una consulta espiritual. Este llegó corriendo. Pero cuando ya iba a empezar a hablar con ellos, vio un cuadro de la Virgen que estaba en lo más alto del edificio, y dando su típico pequeño grito, se fue elevando por el aire hasta quedar frente al rostro de la sagrada imagen. El embajador y su esposa contemplaban emocionados semejante suceso que jamás habían visto. El santo rezó unos momentos. Luego descendió suavemente al suelo, y como avergonzado, subió corriendo a su habitación, y ya no bajó más en ese día.

Besando al Niño Jesús. En Osimo, donde el santo pasó sus últimos seis años, un día los demás religiosos lo vieron elevarse hasta una estatua de la Virgen María que estaba a tres metros y medio de altura, y darle un beso al Niño Jesús, y allí junto a la Madre y al Niño se quedó un buen rato rezando con intensa emoción, suspendido por los aires.

Su última misa. El día de la Asunción de la Virgen en el año 1663, un mes antes de su muerte, celebró su última misa. Y estando celebrando quedó suspendido por los aires como si estuviera con el mismo Dios en el cielo. Muchos testigos presenciaron este suceso.

Tratamientos duros. Muchos enemigos empezaron a decir que todo esto eran meros inventos y lo acusaban de engañador. Fue enviado al Superior General de los Franciscanos en Roma y este al darse cuenta que era tan piadoso y tan humilde, reconoció que no estaba fingiendo nada. Lo llevaron luego donde el Sumo Pontífice Urbano VIII el cual deseaba saber si era cierto o no lo que le contaban de los éxtasis y de las levitaciones del frailecito. Y estando hablando con el Papa, quedó José en éxtasis y se fue elevando por el aire. El Duque de Hanover, que era protestante, al ver a José en éxtasis, se convirtió al catolicismo.

El Papa Benedicto XIV que era rigurosísimo en no aceptar como milagro nada que no fuera en verdad milagro, estudió cuidadosamente la vida de José de Cupertino y declaró: «todos estos hechos no se pueden explicar sin una intervención muy especial de Dios».

Getsemaní antes de la glorificación. Los últimos años de su vida, José fue enviado por sus superiores a conventos muy alejados donde nadie pudiera hablar con él. La gente descubría dónde estaba y allá corrían las multitudes. Entonces lo enviaban a otro convento más apartado aún. El sufrió meses de aridez y sequedad espiritual (como Jesús en Getsemaní) pero después a base de mucha oración y de continua meditación, retornaba otra vez a la paz de su alma. A los que le consultaban problemas espirituales les daba siempre un remedio «Rezad, no cansarse nunca de rezad. Que Dios no es sordo ni el cielo es de bronce. Todo el que le pide recibe».

Murió el 18 de septiembre de 1663 a la edad de 60 años.

Tomado del Libro «Vidas de Santos» del P. Eliécer Sálesman

(Fuente: sanjosecupertino.galeon.com)

EL MARAVILLOSO PODER DEL AGUA BENDITA

Un amigo sacerdote me aseguró que innumerables católicos, aun de los más instruidos, no saben para lo que sirve el agua bendita. ¡Es una lástima! ¡Por eso no se benefician con este precioso instrumento instituido por la Iglesia para ayudarlos en prácticamente todas las circunstancias y dificultades de la vida!

Hay varias formas de usarla. La más común es persignarse con ella.

Otra es aspergirla (salpicarla) sobre sí mismo, sobre otras personas, lugares u objetos. Cualquier laico o laica puede hacer esto. Naturalmente, si lo hace un sacerdote tiene más valor.

¿Para qué sirve?

Su efecto más importante es alejar al demonio, que “ronda como león rugiente” , buscando toda especie de mal, como nos advierte San Pedro (I Pe 5,8). Los espíritus malignos, cuyas misteriosas y siniestras operaciones afectan incluso las actividades físicas del hombre, quieren ante todo inducirnos al pecado grave, que conduce al infierno. Para ello emplean todos los recursos.

A veces, por ejemplo, nos provocan un sinnúmero de molestias físicas o psicológicas. Otras veces provocan pequeños incidentes en nuestra vida diaria, causar enredos que parecen tener causas meramente naturales.

Por ejemplo, al momento de cumplir un deber, la persona siente un inexplicable malestar, un inesperado desánimo, un raro dolor de cabeza…

En ciertas oportunidades, sin motivo alguno, el marido se irrita repentinamente con la esposa, o viceversa, de eso surge una discusión y se rompe la paz del hogar. O si no, el padre o la madre se dejan llevar por un movimiento de impaciencia y reprenden duramente al hijo, en vez de amonestarlo con dulzura. El hijo se rebela, sale de casa. ¡Se creó un problema! Todo eso puede evitarse ahuyentando al demonio con una simple señal de la cruz hecha con agua bendita. Cuando sienta usted una irritación extraña, haga la prueba y ponga atención al efecto saludable que produce. Enseguida volverá la serenidad.

Además, el agua bendita es un sacramental que nos alcanza el perdón de los pecados veniales, puede librarnos de accidentes (tránsito, asaltos, caídas), y ayuda hasta a curar enfermedades.

El agua bendita, como todo sacramental, nos invita en las diversas circunstancias del día a invocar el socorro del Divino Espíritu Santo, para el bien de nuestra alma y de nuestro cuerpo.

Otro beneficio muy interesante y poco conocido: se la puede usar eficazmente en provecho de personas que se encuentran distantes de nosotros.

Y aun más, cada vez que la utilizamos para hacer la señal de la cruz por la intención de las almas del purgatorio, ellas son aliviadas en sus sufrimientos.

¿De dónde viene ese poder maravilloso?

Viene del hecho de ser un sacramental instituido por la Santa Iglesia Católica (ver recuadro). El sacerdote bendice el agua como ministro de Dios, en nombre de la Iglesia y como su representante, seguro que nuestro Divino Salvador siempre la atenderá con benevolencia.

Es importante recordar que para que sea agua bendita debe ser bendecida por el sacerdote según el ceremonial prescrito por la Iglesia, en el “Ritual de Bendiciones” y en el propio “Misal Romano”.

Son hermosas y altamente significativas las oraciones para la bendición del agua. Por ejemplo, esta: Señor, Padre Santo, dirige tu mirada sobre nosotros, que redimidos por tu Hijo, hemos nacido de nuevo del agua y del Espíritu Santo en la fuente bautismal; concédenos, te pedimos, que todos los que reciban la aspersión de esta agua queden renovados en el cuerpo y en el alma y te sirvan con limpieza. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

¡Así que no se olvide!

Es muy conveniente llevar siempre consigo agua bendita para usar en cualquier circunstancia. Por ejemplo, santiguarse con ella al salir o entrar en la iglesia, en casa o en el lugar de trabajo; al iniciar una oración, un trámite, un viaje.

Para alejar del hogar la influencia maléfica de los demonios, es muy aconsejable aspergir en la casa algunas gotas de vez en cuando. Esto puede hacerlo cualquier persona de la familia. Claro está que pedirle a un sacerdote que bendiga la casa es mucho mejor.

¡Por lo tanto, el agua bendita es siempre benéfica y eficaz!

¿QUÉ PAN PEDIMOS EN EL PADRENUESTRO?

La respuesta más habitual a la pregunta que encabeza este artículo es: el pan de cada día, o sea, lo necesario para vivir. No pedimos la opulencia o la riqueza, sino lo que de verdad necesitamos. Este lectura es legítima y con toda seguridad hay que incluirla en la petición de la oración que Jesús enseñó.

Ahora bien, este “pan de cada día” podría tener otro sentido. Los exégetas reconocen que es la traducción de un término difícil, que tiene un sentido de presente, pero también un sentido de futuro (y entonces habría que traducirlo como el pan del mañana, el pan del futuro). De hecho, esta expresión, tal como la han interpretado los primeros escritores cristianos, podría referirse al pan de la Eucaristía (el verdadero pan escatológico), de modo que una posible traducción sería: el pan de la vida eterna, anticípanoslo hoy. Este pan de la vida eterna se anticipa en la eucaristía, en donde recibimos la prenda de la gloria futura.

San Jerónimo traduce la misteriosa palabra (“epioúsios”) por “supersubstantialis”. Este pan super sustancial, esta sustancia nueva, superior, Jerónimo interpreta que se nos da en el Santísimo Sacramento, verdadero pan de vida: “éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera” (Jn 6,50); “vuestros padres comieron el maná en el desierto” (Jn 6,31) y seguían teniendo hambre, y murieron (como nosotros). El pan material no sacia, ni llena el corazón, ni asegura la alegría. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54).

En esta petición del padrenuestro quedan ligadas nuestras propias necesidades con las necesidades de los hermanos (por eso pedimos “nuestro” pan y no mi pan), pero al mismo tiempo este pan (sobre todo cuando es compartido) nos hace anhelar este banquete celeste, en donde no habrá ya más necesidad, pues rebosaremos de todo bien. Esta mesa celestial se anticipa en el banquete de la eucaristía, y se nos anuncia y promete en el pan de la palabra de Dios.

Martín Gelabert  Blog Nihil Obstat

Puedes escuchar en el siguiente enlace la canción «Pan  de Vida eterna» de Marco Frisina

EL PADRE ÁNGEL ABRE LA CIUDAD DORADA, UN COMPLEJO DE ALDEAS PARA MAYORES QUE SUFREN SOLEDAD

El presidente y fundador de Mensajeros de la Paz, el sacerdote Ángel García, más conocido como el padre Ángel, ha presentado el proyecto ‘Ciudad Dorada’, un complejo de aldeas de encuentro y lugares de descanso en  Asturias, junto al mar y la montaña, para personas mayores vulnerables.

Este proyecto tiene como objetivo luchar contra uno de los «problemas mayores» de la sociedad actual: «la soledad». «La madre Teresa en Calcuta decía que la soledad no se cura con pastillas, sino que se cura con acompañamiento y con cariño. La soledad es buscar gente que te quiera, gente que te acompañe. Y las grandes residencias a veces, aunque estén muy bien equipadas, son lugares fríos, como los hoteles», ha explicado el padre Ángel en una entrevista concedida a Europa Press.

Ubicada en Colunga, Asturias, Esta ciudad es un complejo de 44 aldeas de encuentro y lugares de descanso junto al mar y la montaña. La primera fase ya está realizada, con 12 aldeas con capacidad para 24 personas. La segunda fase consistirá en la creación de otras 32 Aldeas de Encuentro, según ha explicado el sacerdote en la presentación del proyecto.

Inspirado en la antigua ‘Perlora’, inaugurada en los años 50 como lugar de vacaciones para obreros y empleados de diversas empresas en la localidad del mismo nombre, este complejo quiere ser un lugar de encuentro y descanso, donde los mayores puedan aprender las herramientas que les permitan afrontar la soledad de manera positiva.

Estos espacios están diseñados para ofrecer un hogar, con todos los servicios necesarios, incluyendo comedores, lavanderías y salones para socializar. «Es un proyecto precioso», ha destacado el padre Ángel, que espera que esté terminado para el próximo año y que se pueda extender a otras provincias de España.

Según ha informado la Fundación Social Padre Ángel, impulsora del proyecto, las personas mayores que se beneficiarán serán designadas por los Servicios Sociales de las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos, a través de convenios de colaboración que garantizarán la sostenibilidad del proyecto a largo plazo. «Necesitamos hacer ciudades pequeñas para que nos conozcamos, para que se sepa que existe Pepín, Josefa, Luis o Marcos. Que sepamos si alguien se pone enfermo, o si alguien se muere, o si a alguien le ha tocado la lotería o le han sacado una plaza de trabajo, para poder felicitarle», ha comentado el sacerdote.

Además, en este caso, el objetivo es acompañar a gente que «está carente de amor y de cariño» porque tal y como ha precisado, «no hay pobreza mayor que la soledad». En este sentido, el padre Ángel ha insistido en cuidar a las personas mayores y a los abuelos y ha advertido de que «con buscarles una residencia» no está todo hecho. «Con nuestras personas mayores o los abuelos a veces nos olvidamos, creemos que con buscarles una residencia ya está todo hecho, a veces hay que buscar la residencia pero después hay que ir a verles, a visitarles, a comer con ellos, a sacarles a la playa o a la ciudad o a dar un paseo», ha remarcado.

Visto en El Norte

ASÍ CONTRIBUYE LA DIETA CETOGÉNICA EN LA TERAPIA DEL CÁNCER DE PÁNCREAS

La Dra. Tan-Shalaby es médica en el Departamento de Medicina, Sección de Hematología y Oncología del VA Pittsburgh Healthcare System y profesora clínica adjunta en la Facultad de Medicina de la Universidad de Pittsburgh, (ambas en Pensilvania), en un artículo de opinión publicado en ‘Federal Practitionenr’, destaca: «Ya en el año 500 a. C. , el ayuno se utilizaba como un tratamiento eficaz para muchas dolencias médicas. El ayuno continuó hasta los tiempos modernos y, en 1910, Guelpa y Marie propusieron el ayuno como tratamiento antiepiléptico. En 1921, Woodyatt observó que la inanición o el uso de dietas ricas en grasas y bajas en carbohidratos en personas sin comorbilidades médicas significativas producían acetona y β-hidroxibutirato, dos fuentes de energía producidas por el hígado en ausencia de glucosa».

Se pensaba, insiste,  que una dieta baja en carbohidratos y alta en grasas era una alternativa al ayuno o la inanición, ya que tenía muchos de los mismos efectos deseados mientras seguía nutriendo las células sanas. El término dieta cetogénica (DC) fue acuñado más tarde por Wilder y Peterman, quienes formularon la relación grasa-carbohidratos que todavía se utiliza hoy en día. Normalmente contiene un 75% de grasas, un 20% de proteínas y solo un 5% de carbohidratos. Ambos investigadores informaron que esta dieta mejoró la capacidad mental y cognitiva de sus pacientes, tal y como apuntan en su ensayo publicado en ‘Epilepsia’

También empezó a surgir el uso de la dieta Keto como coadyuvante en la terapia contra el cáncer. En 1922, Braunstein observó que la glucosa desaparecía de la orina de los pacientes con diabetes después de que se les diagnosticara cáncer, lo que sugiere que la glucosa se dirige a las zonas cancerosas, donde se consume a un ritmo mayor del normal.

El resurgimiento

A mediados del siglo XX, el uso de la dieta cetogénica en el tratamiento de la epilepsia y en la investigación del cáncer había disminuido. Sin embargo, a mediados y fines de la década de 1990, con la creación de la Fundación Charlie, la dieta lentamente comenzó a recuperar el reconocimiento. Se publicaron los resultados de muchos estudios in vitro y en animales, y también comenzaron a acumularse datos humanos.

Ahora científicos de la Universidad de California en San Francisco  (UCFS) han descubierto una forma de eliminar el cáncer de páncreas en ratones al someterlos a una dieta rica en grasas, o cetogénica, y administrarles terapia contra el cáncer.

El tratamiento contra el cáncer bloquea el metabolismo de las grasas, que es la única fuente de combustible de la enfermedad mientras los ratones permanezcan con la dieta cetogénica, y los tumores dejan de crecer. El equipo hizo el descubrimiento, cuyo trabajo aparece publicado en ‘Nature’, mientras intentaban descubrir cómo el cuerpo logra subsistir con grasa mientras ayuna.

«Nuestros hallazgos nos llevaron directamente a la biología de uno de los cánceres más mortales, el cáncer de páncreas», ha documentado Davide Ruggero, profesor titular de la Cátedra Goldberg-Benioff y de investigación de la Sociedad Estadounidense del Cáncer en los Departamentos de Urología y Farmacología Molecular Celular de la UCSF y autor principal del artículo.

Por primera vez

El equipo de Ruggero descubrió por primera vez cómo una proteína conocida como factor de iniciación de la traducción eucariota (eIF4E) modifica el metabolismo del cuerpo para que pase al consumo de grasas durante el ayuno. El mismo cambio también ocurre, gracias a eIF4E, cuando un animal sigue una dieta cetogénica.

Descubrieron que un nuevo fármaco contra el cáncer llamado eFT508, actualmente en ensayos clínicos, bloquea el eIF4E y la vía cetogénica, impidiendo que el cuerpo metabolice la grasa. Cuando los científicos combinaron el fármaco con una dieta cetogénica en un modelo animal de cáncer de páncreas, las células cancerosas murieron de hambre.

«Nuestros hallazgos abren un punto de vulnerabilidad que podemos tratar con un inhibidor clínico que ya sabemos que es seguro en humanos. Ahora tenemos evidencia sólida de una manera en la que la dieta podría usarse junto con terapias preexistentes contra el cáncer para eliminar con precisión un cáncer», ha insistido Ruggero.

Los humanos pueden sobrevivir durante semanas sin comida, en parte porque el cuerpo quema la grasa almacenada. Durante el ayuno, el hígado convierte las grasas en cuerpos cetónicos para utilizarlos en lugar de la glucosa, la fuente normal de energía del organismo. El equipo de Ruggero descubrió que el eIF4E en el hígado se volvió más activo, incluso cuando el órgano detuvo su otra actividad metabólica, lo que sugiere que este factor estaba involucrado en la producción de cuerpos cetónicos, un proceso llamado cetogénesis.

«El ayuno ha formado parte de diversas prácticas culturales y religiosas durante siglos, y a menudo se ha creído que favorece la salud», ha documentado el Dr. Haojun Yang, investigador postdoctoral en el laboratorio de Ruggero y coautor del estudio. «Nuestro hallazgo de que el ayuno remodela la expresión genética ofrece una posible explicación biológica de estos beneficios», ha apostillado.

Al rastrear cómo cambiaban las diferentes vías metabólicas durante el ayuno, los científicos descubrieron que eIF4E se activaba por la presencia de ácidos grasos libres, que son liberados por las células grasas al comienzo del ayuno, por lo que el cuerpo tiene algo para consumir. «El metabolito que el cuerpo utiliza para generar energía también se utiliza como molécula señal durante el ayuno», ha declarado Ruggero. «Para un bioquímico, ver un metabolito actuar como una señal es lo más interesante».

Estos mismos cambios en el hígado (producción de cuerpos cetónicos a partir de la quema de grasa, junto con un aumento en la actividad de eIF4E) también ocurrieron cuando a los animales de laboratorio se les dio una dieta cetogénica que consistía principalmente en grasa. «Fue entonces cuando se me encendió la bombilla, Una vez que pudimos ver cómo funciona el camino, vimos la oportunidad de intervenir», ha insistido el investigador.

El talón de Aquiles del cáncer de páncreas

Los científicos primero trataron el cáncer de páncreas con un fármaco llamado eFT508 que desactiva el eIF4E, con la intención de bloquear el crecimiento del tumor. Sin embargo, los tumores pancreáticos continuaron creciendo, sostenidos por otras fuentes de energía como la glucosa y los carbohidratos.

Sabiendo que el cáncer de páncreas puede proliferar con la grasa y que el eIF4E es más activo durante la quema de grasa, los científicos primero sometieron a los animales a una dieta cetogénica, obligando a los tumores a consumir solo grasas, y luego los sometieron a un medicamento contra el cáncer. En este contexto, el medicamento suprimió el único sustento de las células cancerosas y los tumores se redujeron de tamaño.

Ruggero, junto con el Dr. Kevan Shokat, profesor de farmacología celular y molecular de la UCSF, desarrolló eFT508 en la década de 2010 y mostró resultados prometedores en ensayos clínicos. Pero ahora hay una forma mucho más eficaz de utilizarlo.

«El campo ha tenido dificultades para vincular firmemente la dieta con el cáncer y sus tratamientos», dijo Ruggero. «Pero para realmente conectar estas cosas de manera productiva, es necesario conocer el mecanismo».Se necesitarán diferentes combinaciones de dieta y medicamentos para tratar más formas de cáncer.

Esperamos que la mayoría de los cánceres tengan otras vulnerabilidades Ruggero. Esta es la base para una nueva forma de tratar el cáncer con dieta y terapias personalizadas», ha afirmado el investigador.

Autor: Patricia Matey para 65 y mas

LOS ‘PADRES DEL POP’ EN ESPAÑA SE UNEN EN EL ESPECTÁCULO ‘PIONEROS’

El espectáculo ‘Pioneros. Los padres del pop’ reunirá el próximo 12 de enero de 2025 en el Teatro Calderón de Madrid a varios artistas que marcaron la historia del pop en la década de los setenta en España. Entre ellos, destacan Helena Bianco de ‘Los Mismos’, Miguel Ángel Carreño ‘Micky’, Paco Pastor de ‘Fórmula V’, Santi Carulla de ‘Los Mustang’ o Popi González de ‘Los Ángeles’.

Tal y como ha apuntado Santi Carulla durante la entrevista con Europa Press, este espectáculo no llega a ser un concierto, sino un homenaje a las canciones y a los artistas que abrieron el camino al pop español, y en el que junto a una banda de músicos y una puesta en escena audiovisual, repasarán «grandes éxitos».

El pop vs. el reguetón

«El reguetón directamente no es música. Para mí la música es armonía, un trabajo de muchas cosas. Y el reguetón es la simplicidad en el ritmo, en la melodía, la simplicidad en todo. Tiene algo que me gusta mucho y es que no se entiende lo que dicen, con lo cual te ahorras un cabreo», ha asegurado Paco Pastor, en relación con la música más escuchada en la actualidad en España, durante la entrevista.

Por su parte, la artista Helena Bianco ha reivindicado «las raíces» y la cultura musical nacional ya que, asegura, España se está dejando «comer el terreno» por una música que «no nos corresponde».

«Respeto todo lo que es música y creatividad. Pero lo que aflora es el problema que tenemos aquí, ¿por qué nos dejamos comer el terreno? ¿Por qué estamos perdiendo nuestro sitio? Nuestra personalidad, una forma de componer», ha cuestionado.

«Hay grupos y solistas buenísimos con grandes capacidades que se están ignorando porque estamos dejándonos llevar por una música que es divertida pero no nos corresponde, perdemos las raíces», ha criticado.

Así, ha añadido que en España la industria musical «no sabe luchar» por lo propio para después apuntar que el pop u otros géneros «están desapareciendo».

Fuente: 65 y mas

EL SANTO DE LA SEMANA: SAN JUAN CRISÓSTOMO

Nació en Antioquía (Siria) hacia el año 347. En aquel entonces, dicha ciudad era la segunda más importante del Imperio Romano de Oriente. El padre de Juan, Secundo, era un alto oficial del ejército romano y murió poco tiempo después del nacimiento de Juan por lo que su hermana mayor y él quedaron totalmente a cargo de Antusa, la madre cristiana de ambos.Fue bautizado a los 23 años.

Juan fue un as de la palabra desde muchacho. El famoso rector Libonio, su maestro, que veía en el joven a su natural sucesor, sintió mucho cuando aquel alumno prometedor prefirió la fe a la atractiva retórica. “¡Si los cristianos no me lo hubieran robado!”, exclamará. En efecto, Juan sí fue “robado” por la atracción que sentía por las palabras sagradas, que estudia con atención en el círculo de Diodoro, futuro obispo de Tarso. San Pablo es uno de sus preferidos, al que le dedicará mucho en pensamientos y páginas. Pero toda la Biblia, con sus enseñanzas, deja una huella profunda en aquel joven de Antioquía que se prepara para convertirse en una espada de doble filo en el oriente cristiano del siglo V, precisamente por aquel talento de decir las cosas sabiendo que lo dice bien.

El espíritu no el vientre

El obispo Fabiano lo ordenó sacerdote pero Juan, desde los años del diaconato, demuestra rotundamente que su capacidad de hablar a la gente de las Escrituras es fuera de lo común. Antes de esta fase, el joven también hace la experiencia eremítica – seis años en el desierto, los últimos dos en una caverna – y esto consolida en él un carácter de sobriedad que confiere ulterior fuerza a sus palabras que sacuden siempre por su franqueza. Predica el amor concreto a los hermanos más pobres, insta a los monjes a realizar obras de caridad y a desprenderse del dinero; impulsa a los laicos a evitar la telaraña de la corrupción. En suma, más espacio al espíritu y menos a la carne. Juan es un moralista, en el sentido positivo del término, para una época en la que extraer de los dichos bíblicos normas de comportamiento coherentes con la vida de un bautizado era el camino que se recorría con frecuencia.

Patriarca incómodo

Cuando tenía alrededor de 50 años, en el 397, da el gran salto. Juan está en Constantinopla para suceder al Patriarca Nectario. Cambia el papel: gran visibilidad y cercanía a la corte. El único que no cambia es Juan. El fustigador de la corrupción – que en los palacios del poder bizantino pulula – es fiel a su estilo. La gente lo ama por eso, tal como lo testimonian sus contemporáneos. Los que comienzan a detestarlo cada vez más abiertamente son la nobleza y el clero, apegados a sus privilegios y de aquel hombre que, en lugar de alinearse a los modos del círculo del que ha entrado a formar parte, reciben frases que no hacen descuentos. Indolencia y vicios, sobre todo por parte de quien viste una túnica, son los blancos preferidos. Y a las palabras siguen los hechos. Muchos presbíteros son removidos por indignidad, incluido el obispo de Éfeso. Para muchos es demasiado. Y contra un hombre que en el fondo es más ingenuo que astuto, parte la lista de intrigas.

“Boca de oro”

Capitanea la fronda contra Juan el Patriarca de Alejandría, Teófilo, y la emperatriz Eudoxia. En su ausencia convocan un sínodo que obliga a Juan al exilio. Corre el año 403, pero el alejamiento dura poco. Por aclamación popular, Juan regresa a Constantinopla y sus adversarios vuelen a lanzar el desafío. El 9 de junio del 404 una nueva condena lo aleja del centro del Imperio. El antiguo eremita encuentra una soledad forzada. Juan “boca de oro”, tal como será apodado tiempo después, muere en el año 407, en Comana Pontica, durante uno de los tantos traslados que debía realizar. Su sabiduría permanece intacta a lo largo de los siglos, corroborada por centenares de escritos de un hombre y un sacerdote convencido de que “en todas las cosas” deba darse “gloria a Dios”.

En 1568, Pío V lo declaró doctor de la Iglesia. Es uno de los cuatro doctores orientales. Por su parte, Pío X lo declaró patrono de los predicadores.  La Iglesia Católica lo celebra el 13 de Septiembre

APUNTES PARA LA ORACIÓN: LA IGLESIA EN ORACIÓN

El Papa Francisco ha querido que 2024 sea un año dedicado a la Oración para la preparación del Jubileo de 2025. Este año comenzó el pasado 21 de enero, domingo de la Palabra de Dios. Según señaló, “me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración; ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo”. Las diócesis, las congregaciones religiosas y todas las instituciones de la Iglesia están invitadas a promover la centralidad de la oración individual y comunitaria.

El Dicasterio para la Nueva evangelización junto a la Conferencia Episcopal Española y la editorial BAC ofrecen para potenciar la experiencia de la oración los Apuntes sobre la oración. Ocho cuadernos que se publicarán cada mes junto con material preparado para su utilización y su difusión.

En este mes de septiembre lo dedicamos a: La Iglesia en oración.

La oración es un misterio profundo, con raíces en el mismísimo Corazón de Dios. Resuena en el eterno himno de alabanza del Cielo, un canto que solo Dios conoce y enseña: el diálogo entre el Padre y el Hijo en la presencia del Espíritu Santo.

En la Iglesia, este diálogo divino se refleja en nuestra oración, un regalo de Cristo a la humanidad que tiene lugar en la Iglesia. Porque Iglesia es la casa del Dios vivo, un espacio de encuentro entre Dios y el hombre, donde la oración es esencial.

Desde la creación del cosmos, la primera “iglesia cósmica”, se celebra una liturgia en la que todo el universo participa. Con la encarnación de Cristo, la Iglesia se fortalece. Es Cristo, Dios hecho hombre, quien realizan la unión de Dios y la humanidad.

A través de Cristo, cada uno de nosotros puede decir “Abba-Padre” y unirse al eterno canto de alabanza. Ser cada uno de nosotros “casa de Dios”; ser lugar del encuentro con Dios, nos permite ser protagonistas de un diálogo personal, cara a cara con el Señor, y ese camino espiritual, nos permite encontrar nuestra identidad más profunda.

La Eucaristía es el culmen de nuestra unión con Cristo, transformando nuestra vida en un continuo acto de alabanza y oración. La oración nos permite vivir en comunión con el Cristo resucitado, aquí y ahora.

En la oración, nos encontramos en las manos del Padre, guiados hacia la plenitud de la Pascua. Unidos en el Misterio de Cristo, nuestra vida se convierte en una eterna alabanza a Dios.

Que nuestra oración sea siempre ese canto de amor y entrega al Padre. Amén.

El misterio y el don de la oración

La oración es un misterio ya que tiene su origen y sus raíces en el mismo Corazón de Dios. Resuena en el himno de alabanza que es cantado eternamente en el Cielo y que resuena eternamente en el mismo Misterio de Dios. Sólo Él lo conoce y solo Él puede cantarlo y enseñárnoslo.

«Tú eres mi hijo» es la Palabra que el Padre dice eternamente. Y el Hijo le responde a su vez con una única palabra: Abba (Padre). El Espíritu es el Silencio que permite al Padre decirla y al Hijo escucharla. Este diálogo entre el Padre y el Hijo en el Espíritu, este eterno «hablarse», constituye toda la vida de Dios.

Nuestra oración y la de la Iglesia es por tanto «unión con la oración de Cristo, un don que Cristo entregó a su Iglesia con su encarnación, y, por medio de la Iglesia, a cada persona.

Una casa de oración

La Iglesia es la casa del Dios vivo y Dios mismo ha querido que su Casa fuera una casa de oración. Por lo tanto, la oración, ese diálogo entre Dios y el hombre, es la esencia de la Iglesia, su razón de ser, fuera de la cual no tendría sentido que existiera.

El primer espacio en el que se establecerá el fundamento de la Iglesia es con la Creación del cosmos. Es el lugar en el que vive su historia de amor con nosotros. La creación natural, todo el universo, es esta Iglesia «cósmica», por llamarla de algún modo. En ella se celebra, ya desde el primer instante de su existencia, una verdadera liturgia. Ora porque en el cosmos reverbera en su lenguaje silencioso el himno de acción de gracias.

La construcción de esta Casa de oración, alcanzará la etapa final cuando el Padre, con la encarnación de su Hijo, le pondrá en la Iglesia como piedra angular preciosa, un fundamento sólido que une inseparablemente las dos paredes del templo: Dios y la humanidad.

Con la encarnación del Hijo, cada hombre podrá ahora decirle: «Abba-Padre» y participar de ese modo en el eterno cántico de alabanza «que se canta en las moradas celestiales».

Por eso, dejarse construir como «casa de Dios» es la síntesis de todo el camino espiritual de cada hombre. Se trata de dejarse alcanzar por quien nos busca, dejarse tocar por la mano del Padre que plasma en nosotros a su Hijo único.

Tener sed de Dios, tener sed de encontrarlo… Solo este ardiente deseo de Él, de su cercanía, puede abrirnos los ojos, purificar nuestra mirada y permitirnos así verlo. Podemos acercarnos a Él en el único lugar donde podemos encontrarlo: en su casa de oración, en el misterio de su cuerpo, en su Iglesia.

Aprender a orar

Toda la creación estaba por tanto orientada a ser «casa de Dios y casa de oración». El sacerdote de esta Iglesia era Adán, creado a imagen y semejanza del Hijo y llamado a ser también un cántico de alabanza y acción de gracias al Padre. Sin embargo, nuestros primeros padres no quisieron recibir el don de la vida divina, sino que quisieron obtenerlo de forma autónoma.

La peor consecuencia de ese primer pecado fue la deformación de la imagen de Dios en ellos. Esa deformación creó un obstáculo casi infranqueable para la oración. La intimidad con Dios, que antes del pecado era la alegría del hombre, ahora se ha transformado en miedo.

Por eso todavía hoy sentimos que la oración es nuestro «deber», un deber de la criatura, del hombre que ha de rendir culto a Dios, al Soberano de todas las cosas, al Dueño de nuestras vidas, a un Dios inaccesible, a un Dios sordo a nuestros sufrimientos y a nuestros deseos, que manipula nuestras vidas a su gusto, según su inescrutable designio. Esta es la imagen de oración que tenemos, que implica también una imagen de Dios.

Sin embargo, todo cambia radicalmente con la encarnación del Verbo. Dios se hace hombre y enseña al hombre a rezar.

Por eso, cuando le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1), Jesús, dirigiéndose en un aparte a sus discípulos, dijo: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!» (Lc 10,21-24).

Jesús cantó este «cántico nuevo» durante toda su vida, pero de modo pleno y perfecto cuando, en la cruz, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Cuando llega la hora de pasar de este mundo al Padre (Jn 13,1), Jesús se eleva con todo su ser hacia Dios, se convierte Él mismo en oración, Él, el Hijo que está totalmente dirigido a Dios. La Pascua de la muerte y la resurrección es el misterio de Jesús convertido en oración.

Ahí, en ese acto de entrega sin reservas hasta la muerte, el Hijo «dice» perfectamente, con categorías humanas, con actos y palabras realmente humanos, lo que dice inefablemente en el seno de la Trinidad eterna: «Abba, Padre, me entrego a ti sin reservas, en tus manos encomiendo mi Espíritu».

Es «en la cruz donde orar y entregarse son una sola cosa» (CCE 2605).

El descubrimiento de Dios como Padre nuestro es una adquisición espiritual más allá de la cual no se puede ir. Esa convicción permite entrar de manera directa en la experiencia del mismo Cristo, tanto como Hijo eterno como Hombre y Redentor.

No se puede ir más lejos y una paz tan grande (como la que brota al entregarse al Padre) no puede ser igualada por nada más, ni siquiera por el matrimonio espiritual.

Si podemos de verdad decir «Padre mío» con una confianza absoluta, entonces nos habremos encontrado con nuestra identidad profunda, en cierto sentido, nos volveremos «indiferentes» a todo lo demás. Porque nada de lo que pueda suceder en la vida nos podrá afectar más profundamente que esta palabra: «Padre mío».

La Iglesia se une a la oración de Cristo en la liturgia

Cristo se entregó a sí mismo en un acto de ofrenda, su mismo acto de ofrenda, que glorifica perfectamente al Padre. Le entregó su oración, se entregó a sí mismo convertido en oración.

Este don lo recibimos en la liturgia porque esta es «participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana encuentra su fuente y su término»

En la liturgia de la Iglesia, «Cristo está presente no como una idea abstracta, sino como una persona viva y una fuerza viva que emana de una persona viva.

En la liturgia eucarística Cristo nos une «corporalmente», de forma real, a su «cántico nuevo». La Eucaristía es el culmen de nuestra unión con Cristo en su oración de alabanza al Padre.

Pero precisamente por ser su culmen, configura al hombre a Cristo y se expande en toda la vida del fiel.

En el Oficio divino, se funden en una sola voz la voz de la Esposa que es la Iglesia y la voz del Esposo que es Cristo, «La oración de la Iglesia es, por tanto, la oración de Cristo y la oración de Cristo es la oración de la Iglesia»11.

La liturgia del corazón: la vida de oración

Sin embargo, aunque es necesaria, la sola unión con Cristo en la liturgia no es suficiente si no se convierte en la forma estable de toda nuestra vida.

Hemos de entregar a Cristo sin reservas toda nuestra persona: alma y cuerpo, todos nuestros deseos y sentimientos, buenos y malos, para recibir de Él lo que es nuestro, transfigurado en lo que es suyo,

El deseo de estar unidos a Jesús para que nuestra vida se convierta, por decirlo de algún modo, en intercambiable con la suya y la suya con la nuestra es lo único que puede permitirnos vivir en una oración ininterrumpida.

Quedarse, perseverar, permanecer a pesar de todo parece significar que Él no vendrá nunca, que es difícil. Parece que a menudo la respuesta de Dios a este deseo del encuentro, a esta incesante oración, es su silencio.

Pero es entonces, cuando todo parece estar perdido, cuando el cántico de alabanza alcanza su mayor pureza. Por mucho que pueda ser oscuro el camino que el Señor hace recorrer a su Iglesia y a nosotros dentro de ella; por mucho que pueda ser incomprensible lo que vivimos a diario, por mucho que parezca que no tenga luz el futuro que nos espera, estamos seguros de que estamos en las manos del Padre y que él nos está conduciendo hacia la plenitud de la Pascua.

La vida resucitada

La Pascua es «el único acontecimiento de la historia que no pasa. […]. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte […]. El acontecimiento de la cruz y de la resurrección permanece y atrae todo hacia la vida».

Esta contemporaneidad del resucitado con todos los hombres de todos los tiempos es lo que permite a nuestra oración no ser una autoilusión, una vacía ensoñación o, peor, un delirio en el cual nos hablamos con nosotros mismos o con la nada.

Es en la oración donde Cristo resucitado, vivo y presente, presente y activo, «aquí y ahora» sigue atrayendo hacia sí a todos (Jn 12.32), atrayéndolos en su Misterio.

Porque la oración, o es comunión con el resucitado o no es oración.

Quien ora uniéndose a Jesús con la fe «tiene la vida eterna y no debe afrontar el juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida», como afirma el Señor (Jn 5,24). Cuando ora, el cristiano «tiene la vida eterna»: la posee ya; ha pasado ya con Cristo de la muerte a la vida porque acoge en sí mismo al Cristo vivo, y vivo hoy, vivo en el único Acto que le da vida: el recibir la vida del Padre y restituirla en la eucaristía.

Con la oración pasamos de una vida, que es para la muerte y tiene la muerte como único horizonte,  la vida sin fin que brota del don de sí mismo hasta el extremo, hasta la muerte.

La madre de la oración

Por medio de la fe silenciosa de María, la alabanza que el Verbo canta eternamente al Padre, Abba, también se empezó a cantar en nuestro mundo con palabras nuestras. La oración se hacía carne, se hacía visible y tangible para que todos pudiéramos cantar con el Hijo su canto eterno al Padre.

Fue el «sí» de la Virgen lo que permitió finalmente a la humanidad «que desatara una oración dichosa y veraz; y sintiera el inefable poder regenerador de cantar con nosotros las alabanzas divinas y las esperanzas humanas.

María es, por tanto, Madre de la oración, la nuestra y la de la Iglesia, porque es Madre del Único que puede y sabe orar.

Y sobre todo engendra la oración de los pobres, de aquellos que «no saben pedir como conviene» (Rom 8,26), que no saben y no pueden recorrer los caminos intransitables de la «gran» oración.

A estas «pequeñas almas», Dios ofrece a María como sencillo camino de oración, como medio fácil para su transformación en Cristo.

DOS MANERAS DE MIRAR

La compasión y el egoísmo son dos características contradictorias de lo humano. La raíz de las mismas está en la diferente manera de comprender la propia identidad. El problema aparece cuando afirmamos nuestra identidad a costa de los demás. Nos afirmamos contra los otros. De ahí surge el egoísmo, el pensar sólo en mi mismo, e incluso el deseo de que desaparezca el otro; el otro es un estorbo, una molestia.

Hay momentos en la vida en los que cobramos una aguda conciencia de que somos seres necesitados de ayuda. Cuando contemplamos a personas con necesidades especiales, o el rostro desfigurado de una persona por un accidente de tráfico, estamos contemplando nuestra propia posibilidad. Por eso, la situación del necesitado nos da pena y suscita nuestra compasión, porque consciente o inconscientemente vemos allí nuestra propia posibilidad. En esta línea, Tomás de Aquino decía que, viendo el dolor de los demás, “los hombres se compadecen de sus semejantes y allegados, por pensar que también ellos pueden padecer estos males” (Suma de Teología, II-II, 30,2).

Miguel de Unamuno decía que la compasión que sentimos por los demás y hasta por nosotros mismos no es sino la otra cara del amor: “el hombre ansia ser amado, o lo que es igual, ansia ser compadecido”. Y continúa diciendo: “amar en espíritu es compadecer, y quien más compadece más ama”. La compasión, añade este autor, es lo que nos diferencia de los animales: “La compasión es la esencia del amor espiritual humano, del amor que tiene conciencia de serlo, del amor que no es puramente animal, del amor, en fin, de una persona racional. El amor compadece, y compadece más, cuanto más ama”.

La compasión coexiste con otro elemento que es causa de mucho sufrimiento, y que parece estar en el origen de todos los males de la humanidad, a saber, el egoísmo. El egoísta todo lo centra en uno mismo, reduciendo a los demás a mera posesión e instrumento. El egoísmo se opone frontalmente al amor. Cuando uno solo se ama a sí mismo, los demás estorban. El egoísta sólo piensa en sí mismo. Por eso, ignora a los otros. Para el egoísta no hay otros, sólo cuenta el propio yo. Los otros son instrumentos útiles o inútiles en función del provecho que saco de ellos.

Compasión y egoísmo presuponen dos maneras de mirar, de prestar atención al otro. Recordemos la parábola del samaritano misericordioso. Los clérigos que pasan de largo, sin atender al herido, no le odiaban, no tenían ningún motivo para ello, ni siquiera le conocían. Lo que les impidió amarle fue el egoísmo, el pensar en sus cosas, el no tener tiempo para mirarle. El samaritano, por el contrario, se fijó en el herido, y lo que vio le hizo cambiar de planes. Dejó sus ocupaciones para atender al herido.

Cristo desenmascara nuestros egoísmos, nos invita a desprendernos de nosotros mismos, a dejar de mirarnos a nosotros mismos, pero no para perdernos, sino para encontrarnos en el verdadero amor, hecho de acogida y respeto, un amor que encuentra sitio para los demás. Con Cristo aprendemos que la compasión es la esencia del amor.

Martín Gelabert. Blog Nihil Obstat